Enciclopedia de la Literatura en México

José Luis Martínez

mostrar Introducción

José Luis Martínez (1918-2007) comenzó su trayectoria intelectual como poeta, editor y crítico en la revista Tierra Nueva que fundó al lado de sus compañeros de generación. Gracias a libros de crítica e historia literarias, convertidos en obras de referencia y consulta, se encuentra entre las figuras centrales del panorama literario mexicano.

Con Problemas literarios, La literatura mexicana del siglo xx, La expresión nacional y la antología El ensayo mexicano moderno estableció mapas y guías de lectura para navegar en las letras de los siglos xix y xx. Al recuperar, ordenar, contextualizar, reseñar, analizar, caracterizar, presentar y periodizar una heterogénea cantidad de obras, planteó la interdependencia de la crítica y la historia literarias. Profundizó estos aspectos en los estudios y libros dedicados a las obras y las figuras de Alfonso Reyes, Ramón López Velarde, José Rubén Romero o Agustín Yáñez. Muchos de sus hallazgos se basaron en la consulta de los archivos y las fuentes hemerográficas por lo que promovió y coordinó la colección de facsímiles Revistas Literarias Mexicanas Modernas (fce). Incursionó también en la literatura oral y tradicional.

A partir de 1972, cuando publicó Nezahualcóyotl, vida y obra, centró su atención en la historiografía. Se ocupó, con mirada panorámica, del mundo antiguo y empezó a profundizar su conocimiento del siglo xvi. Se sucedieron estudios sobre los cronistas y sus investigadores, así como libros que dan cuenta de los viajes y las vidas de los colonizadores europeos llegados a América: Pasajeros de Indias y El mundo privado de los emigrantes en Indias. Culminó esta labor con dos trabajos: la compilación, en cuatro volúmenes, de los Documentos cortesianos y la biografía sobre Hernán Cortés, su obra cumbre.  

La docencia y el servicio público fueron otros aspectos que abarcó la trayectoria de José Luis Martínez. Durante tres años, fue secretario de Jaime Torres Bodet, cuando éste presidió la Secretaría de Educación Pública. Además de diplomático y diputado, encabezó instituciones culturales como el Instituto Nacional de Bellas Artes, Los Talleres Gráficos de la Nación y el Fondo de Cultura Económica, entre otras. Impartió cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras de la unam. Dirigió la Academia Mexicana de la Lengua y fue miembro de la de Historia.

Reunió una extensa biblioteca y en dos obras dejó constancia de su erudición y afecto por la cultura del libro: Origen y desarrollo del libro en Hispanoamérica y Bibliofilia. Tras la muerte del autor, la biblioteca fue adquirida por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y puesta a disposición de los usuarios de la Biblioteca de México José Vasconcelos en la capital del país.

mostrar Panorama de vida

El crítico literario, historiador, editor y bibliófilo José Luis Martínez nació el sábado 19 de enero de 1918 en el pueblo de Atoyac, en el centro sur del estado de Jalisco.[1]  Fue el primero de los cuatro hijos que procrearon el doctor Juan Martínez Reynaga (1888-1962) y su primera esposa, Julia Rodríguez Rodríguez (1896-1922). Casados el 20 de marzo de 1916, formaron una familia de profunda religiosidad católica y vivieron en una bella casa con patio en la céntrica Calle Ancha, hoy calle Pedro Ruiz. Después de José Luis, nacieron Javier (1919-1971), Rosa Isabel (1921-2009) y Rosa Eugenia (1922-2007).

Para ofrecer una buena educación a sus hijos, el doctor Martínez decidió mudarse en 1922 de Atoyac a Ciudad Guzmán, un pueblo más grande hacia el sur, antes Zapotlán el Grande, el de La feria, la gran novela de Juan José Arreola.  Pero Julia falleció ese mismo año de 1922 y el doctor Martínez instaló a sus hijos en una casa de Ciudad Guzmán, bajo la tutoría de su abuela materna María Isabel Rodríguez Villaseñor. José Luis quedó al cuidado particular de la joven Guadalupe Rodríguez (?-1999), su tía, media hermana de su mamá, que de cariño lo llamaba Quío.[2]  De las canciones y oraciones de su madre Julia, de su abuela Isabel y de su nana Lupe, el niño José Luis recibió el primer gusto por la palabra, que habría de ser definitorio para toda su vida.

El doctor Martínez se casó el año siguiente con Lucía Rodríguez Rodríguez (?-1949), hermana de Julia, con la que tuvo seis hijos: Ignacio (1924-2002), María de la Paz (1927-2017), Ernesto, Juan –el místico poeta y pintor Juan Martínez (1933-2007)–, Lucía Tarcila (1935) y Ana María de los Remedios (la Güera) (1936/8).

En 1923, el niño José Luis fue inscrito en una escuela de párvulos de unas monjas francesas que admitían en su mayor parte a niñas. El caprichoso genio de la literatura quiso que el otro niño admitido, y sentado en el mesabanco con José Luis Martínez, fuese nadie menos que Juan José Arreola. Desde entonces, los dos niños le tomaron gusto a la lengua francesa y su literatura. Pero las leyes callistas clausuraron la escuela de las religiosas y, para la primaria, los dos niños fueron inscritos en el recién establecido Colegio Renacimiento, que dirigían los maestros don Gabino y don José Ernesto Aceves, padre e hijo, que les abrieron el gusto por la lectura, particularmente de las letras francesas. “Algo hubo de predestinación en mi primer contacto con el mundo de la cultura”, consideró José Luis Martínez en una conferencia de 1959 sobre “El trato con escritores”, en la que describió el complejo mundo imaginario en el que se confabuló con Juanito en el Colegio Renacimiento, donde fundaron el solemne y extravagante culto a la Babucha.[3]

El doctor Martínez llevaba al pequeño José Luis a visitar a sus enfermos, a los que secretamente catequizaba, en plena Guerra Cristera (1926-1929); y a visitar a su padrino don José del Carmen Méndez, cura del pueblo de Amacueca. En su derruida casa le fascinaba un ejemplar de las Obras espirituales de San Juan de la Cruz, en la edición de Sevilla de 1703, que el cura le acabó regalando y que hoy se conserva en la Biblioteca de México.[4]  Así comenzó a formarse su biblioteca.

En 1930, la familia se fue de Ciudad Guzmán y los dos amigos se perdieron de vista. La familia se estableció primero en Tequila, pero el joven José Luis fue mandado a la Ciudad de México a estudiar en el Colegio Francés La Salle; luego, se estableció en Guadalajara en 1932, alojado en el internado abierto por los maestros Aceves, quienes habían pasado de Ciudad Guzmán a Guadalajara; y después, con su abuela Isabel. Cursó la secundaria en la Universidad de Guadalajara, donde se sumó a la huelga de 1933 contra la imposición por el gobierno de la Educación Socialista. A macanazos fue metido a la cárcel junto con otros jóvenes, entre ellos el nayarita Alí Chumacero y el jalisciense Jorge González Durán, quienes se volvieron sus amigos para toda la vida. Tras la cárcel, los tres amigos no dejaron de compartir lecturas y escrituras, simpatías y diferencias, y, con sus recursos escasos, fueron formando sus respectivas bibliotecas, siguiendo el ejemplo más avanzado de Alí. Su librería preferida era la Font. En 1935, se fundó la Universidad Autónoma de Guadalajara, la primera universidad privada de México, para evadir la Educación Socialista, y allí se inscribieron los amigos. Muy buenas clases les dio don Agustín Basave Castillo-Negrete (1886-1961), quien les insistió que no dejaran de estudiar la literatura mexicana.

Para juzgar sobre los frutos de estos primeros años de estudios en Guadalajara, basta leer la conferencia que a los 17 años leyó Martínez, el 2 de agosto de 1935, en la clase de literatura, sobre el escritor francés Paul Bourget, magnífico en sus descripciones psicológicas y morales de los extravíos de la humana condición. Bourget falleció cinco meses después de la conferencia, el 25 de diciembre de 1935, y José Luis, al cumplir los 18 años, vio su primer artículo publicado, en el número 25, de enero-febrero de 1936, de la revista Nueva Galicia, amplio, equilibrado, maduro y perceptivo.[5]   

Residencia en la Ciudad de México y fundación de Tierra Nueva

En 1937, llegó el tiempo de pasar de la preparatoria a la universidad, y el doctor Martínez y su familia se trasladaron a la Ciudad de México. En 1938, José Luis fue admitido en la Escuela de Medicina de la Universidad Nacional, y dispuso de algunos meses para dedicarse a hacer extensas jornadas de lectura con Alí en la Biblioteca Nacional. En 1939, se matriculó también en la Facultad de Filosofía y Letras, donde estudió con Julio Torri, Julio Jiménez Rueda, Francisco Monterde, Manuel Toussaint, Jaime Torres Bodet, entre otros, con los que entabló relaciones duraderas. Y pronto comenzó a dar clases en la Facultad e impulsó la cátedra de Literatura Mexicana, que antes se estudiaba como parte de la española.[6]

Y en 1940 Alí, Jorge y José Luis se juntaron con el filósofo Leopoldo Zea y fundaron, con el apoyo de la unam, la revista Tierra Nueva (1940-1942), así bautizada por Alfonso Reyes (1889-1959); en sus páginas publicaron ensayos y poemas, de donde pasaron a publicar y participar en la revista Letras de México (1937-1943) y después en El Hijo Pródigo (1943-1946), dirigidas ambas por Octavio G. Barreda. José Luis escribía poesía desde tiempo atrás, y algo publicó en 1940 y 1941, pero a partir de entonces dejó de escribir poesía, consciente de que jamás podría igualar la expresiva inspiración de su amigo Octavio Paz, y se concentró en la crítica y el ensayo literario. Recordó José Luis Martínez: “Descubrí que no tenía imaginación, y menos imaginación creadora. En cambio, sí sabía reconocer qué era literatura y me daba cuenta que tenía cierta capacidad analítica para deshacer los relojes. Fue una buena decisión aprovechar mis limitaciones y defectos”.[7]

Porque leía con gusto y bien, Martínez aprendió a transmitir el placer por la lectura, y por discernir lo bueno de lo no tan bueno. Como crítico literario, adquirió muy pronto autoridad propia, por su claridad, rigor y generosidad. Trató de las letras mexicanas, españolas y europeas por igual.[8] Y en 1943, leyó en la revista jalisciense Eos un cuento que lo impresionó y que comentó, “Hizo el bien mientras vivió”, escrito por un tal Juan José ArreolaJosé Luis no supo si era Juanito, su fabuloso amigo de infancia, hasta que Juan José le escribió y se volvieron amigos y cómplices literarios para toda la vida.

Martínez realizó estos estudios y escritos en medio de exigentes trabajos para mantenerse: entre 1938 y 1943 dio muchas clases de literatura en la Facultad de Filosofía y Letras, en la Escuela de Verano, en la Escuela Nacional Preparatoria, en la Escuela Normal Superior, en la Universidad Femenina y en El Colegio de México. Y entre 1943 y 1946, fue secretario particular del poeta Jaime Torres Bodet, designado Secretario de Educación Pública. El momento era ingente: el censo de 1940 había mostrado que la mitad de los mexicanos no sabía leer. ¿Qué sentido tenían la crítica, las revistas y el mundo literario, frente a esta realidad? José Luis Martínez se comprometió de manera completa con Torres Bodet en la Campaña Alfabetizadora, y le impresionó su concentración en el trabajo, su rigor intelectual y su compromiso social de raigambre vasconcelista.[9]  Entendió que, en el México de su época, un escritor no podía ser sólo escritor y tenía que dedicar un esfuerzo al servicio público. Ésta fue la figura que representaron en su vida otros mentores suyos como Alfonso Reyes y Agustín Yáñez. A partir de entonces, dividió su tiempo entre sus desempeños gubernamentales y su actividad como estudioso y escritor, sin descuidar a su familia y amigos. Más adelante, en 1953, entrevistado por Elena Poniatowska, le expresó su desesperación ante el atraso cultural del país y dijo que los escritores deberían volverse maestros rurales.[10]  Él no lo hizo, pero toda su larga carrera como escritor y funcionario estuvo marcada por esta misma voluntad de servicio, de ser útil.

Los años del crítico e historiador de la literatura

En sus primeros ensayos críticos, José Luis Martínez se concentraba en tal o cual libro o autor de la literatura mexicana, latinoamericana o europea, pero hizo también severos panoramas generales de lo que se publicaba en todos los géneros en el curso de un año en México, en los que diagnosticaba la falta de vitalidad de la literatura mexicana, y que generaron vivos debates.[11]  Pero tuvo el gusto, como lo advirtió Enrique Krauze, de ver el “advenimiento de una renovación literaria”, y fue de los primeros en destacar el valor de la poesía de Octavio Paz, de la novela Al filo del agua de Agustín Yáñez y de los cuentos de Juan Rulfo y Juan José Arreola.[12]

Y en 1946 José Luis Martínez dio el paso de crítico literario a historiador de la literatura. En ese año Jaime Torres Bodet le pidió a Alfonso Reyes escribir el capítulo sobre “Las letras patrias” del gran libro México y la cultura, con el que culminaría sus tres años como Secretario de Educación Pública. Reyes avanzó sobre la época prehispánica y la colonial, y sintió que ya no podía seguir adelante, por lo que le pidió ayuda a su joven amigo José Luis para escribir la parte relativa a la Independencia en adelante, que incorporaría a su capítulo, dándole plenamente crédito. José Luis Martínez no quedó muy contento al ver así integrado el producto de años de trabajo, pero no dijo nada, y, sin pedirle permiso, su esposa la bailarina Amalia Hernández Navarro (1917-2000) le escribió a don Alfonso para reclamarle. Aunque molesto por la queja, Reyes le escribió a Torres Bodet para que su estudio y el de Martínez se publicaran como capítulos separados. La edad del joven Martínez contrastó con la de los consagrados maestros que escribieron los demás capítulos de México y la cultura, que hasta la fecha sigue siendo valioso.[13]

Don Alfonso y José Luis acordaron publicar juntos sus capítulos para formar una historia de la literatura mexicana, pero el proyecto nunca se realizó. En 1948, Reyes publicó por su cuenta su parte, como libro, Letras de la Nueva España, en el Fondo de Cultura Económica, y José Luis Martínez prefirió darse un tiempo para ahondar en sus investigaciones. Con el apoyo de Reyes, entró en 1947 como Secretario de El Colegio Nacional donde, pese a la exigencia del trabajo administrativo y editorial, tuvo tiempo para hacer grandes lecturas en la biblioteca del Colegio, y para editar en 1948 cinco de los quince grandes tomos de las Obras completas del maestro Justo Sierra, que dirigió Agustín Yáñez, y en 1949 tres tomos con los artículos sobre La literatura nacional de Ignacio Manuel Altamirano y un tomo con la poesía de Manuel Acuña, todo transcrito a mano y con valiosas introducciones.[14]

Y ese mismo año de 1949, Martínez publicó, en la Antigua Librería Robredo, un libro con un panorama amplio sobre la Literatura mexicana. Siglo xx, complementado por un segundo tomo bibliográfico, como instrumento para navegar la literatura mexicana.

En 1951 José Luis Martínez se fue por varios meses a San Salvador, donde ayudó a organizar las actividades culturales y las investigaciones literarias en el país. Fundó allí la elegante revista Ars, en la que publicó un artículo sobre “Feminidad y coquetería en Sor Juana”.[15] De regreso a México, se reincorporó por poco tiempo a los dos Colegios, el Nacional, como secretario administrador, y el de México, como profesor e investigador, pero pronto aceptó entrar a trabajar, entre 1952 y 1958, como subgerente de los Ferrocarriles Nacionales de México, dirigidos por Roberto Amorós (1914-1973), donde promovió la lectura entre los trabajadores ferrocarrileros. Y, con el apoyo de Amorós, pudo becar a escritores como Octavio Paz y Juan José Arreola y el filósofo Emilio Uranga. 

El trabajo en Ferrocarriles fue absorbente, pero se dio tiempo para casarse con la húngara Lydia Baracs (1928-1986), mudarse con su biblioteca de Parque España 49 a Euclides 10, y publicar en 1955 tres libros: Problemas literarios, en la librería Obregón, con sus ensayos de teoría literaria, La emancipación literaria de México, un breve esbozo, en la Antigua Librería Robredo, colección “México y lo Mexicano”, y La expresión nacional. Letras mexicanas del siglo xix, publicado por la unam, estudio amplio, aunque preliminar, de la literatura mexicana del siglo xix, que vino a completar, con su Literatura mexicana, siglo xx, la parte de la historia de la literatura mexicana que debía publicar con Alfonso Reyes. Los dos libros de José Luis Martínez sobre los siglos xix y xx comparten un orden semejante, pues ambos incluyen un ensayo general, atento a los géneros, las tendencias y las generaciones que establecen, como lo vio José Emilio Pacheco “una organización generacional que seguimos usando como si hubiera aparecido por sí misma”;[16] y los dos libros tienen una segunda parte con artículos sobre autores y temas particulares, que antojan a la lectura y apuntan perspectivas de investigación.

En esos años preparó también una antología, De poeta y loco, de la poesía del Negrito Poeta (José Vasconcelos, congolés criollo, nacido a comienzos del siglo xviii en Almolonga, Puebla), de Celestino González, de Maximiliano Salazar Centella y de Margarito Ledesma, con un estudio preliminar escrito en 1950 y 1954, que, según Aurora M. Ocampo es “una de las primeras aproximaciones a la poesía popular”.[17]  El libro se publicó en 1956, con abundantes erratas, en la colección “Los Presentes”, que dirigía Juan José Arreola.

En los años siguientes, Martínez continuó sus estudios y ediciones sobre la literatura mexicana de los siglos xix y xx. En 1958, se dio tiempo para hacer una campaña para diputado federal por Jalisco, y de publicar una antología en dos tomos de El ensayo mexicano moderno, reivindicando, junto con Alfonso Reyes, la dignidad literaria del género fundado por Michel de Montaigne. En 1960, publicó su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, De la naturaleza y carácter de la literatura mexicana, una valoración de conjunto, como la que le había pedido en 1950 su amigo Octavio Paz.[18] Agustín Yáñez hizo la contestación al discurso de su joven amigo y, si bien lo elogió, no dejó de disentir en cuanto a la severidad del juicio de José Luis Martínez sobre la vitalidad de la novela en México.[19]

Entre 1965 y 1970, Agustín Yáñez fue Secretario de Educación Pública, y designó a José Luis Martínez director del Instituto Nacional de Bellas Artes, pero no bajó el ritmo de su trabajo literario. En 1965 editó una Antología de Alfonso Reyes y entre diciembre de 1966 y marzo de 1967 escribió un extenso prólogo, un librito, sobre “La obra de Agustín Yáñez”, para la edición de sus Obras escogidas de la editorial Aguilar que se publicó en 1968.

José Luis Martínez siguió atento a los nuevos desarrollos de la literatura y, en 1968 publicó en la Revista de la Universidad el panorama “Nuevas letras, nueva sensibilidad”.[20] Y en julio-diciembre de 1969 publicó, en un número triple de la Revista de Bellas Artes, el más bello de sus libros, La Luna, en el que dispuso una recopilación de textos religiosos, literarios e informativos, y de imágenes, diseñado por Vicente Rojo en la Imprenta Madero, en ocasión de la llegada del hombre a la luna el 20 de julio de 1969.[21] Continuó con una edición anotada y crítica de las Obras de Ramón López Velarde, publicada por el Fondo de Cultura Económica en 1971, que quería que sirviera de modelo para ediciones de autores mexicanos. En 1972, siendo embajador de México en Atenas (1971-1974), publicó Unidad y diversidad de la literatura latinoamericana, que editó Joaquín Mortiz, y en 1976 un nuevo balance sobre la literatura mexicana del siglo xix para la Historia general de México que dirigió Daniel Cosío Villegas en El Colegio de México.

mostrar Primer observatorio del crítico

De poeta a crítico[22]

En 1940 se publicó el primer y único poemario de José Luis Martínez: Elegía por Melibea y otros poemas. Aquella colección de poemas fue editada por Tierra Nueva. Revista de Letras Universitarias, la cual José Luis Martínez dirigió junto a Leopoldo Zea, Jorge González Durán y Alí Chumacero, de 1940 a 1942. En forma de plaquette, al final de cada número se ofrecía un “suplemento” o, en algunos casos, un “suplemento poético” en el que se dedicaban breves páginas a un autor o a una antología de poetas. El suplemento poético del tercer número estuvo dedicado a la obra de Martínez.

En el primer número de Tierra Nueva se pueden leer, además, otros poemas que no fueron recogidos en Elegía por Melibea y otros poemas.[23] Vistos en conjunto, los poemas de José Luis Martínez, por un lado, recogen, como los de Alí Chumacero, la aclimatación de la poesía pura, basada en la autonomía de la imagen, que llevaron a cabo los miembros de la Generación del 27 y de Contemporáneos; se advierte la apropiación de Lorca, Alberti y Villaurrutia, respectivamente. Por el otro, en su mayoría de corte amoroso, se adhieren a la poesía de comunión defendida por Octavio Paz.

No obstante en las siguientes entregas, el autor abandonó ese género y se abocó a otras formas, como el ensayo y la reseña, para forjar su erudición en el campo de las letras.[24] La transición de poeta a crítico en la obra de Martínez se puede apreciar con claridad a través de sus colaboraciones en la revista y sus suplementos. Si en un principio, Martínez se sintió llamado por la poesía, en un segundo momento entregó ensayos sobre diversos temas y autores que le interesaban (como sus reflexiones sobre la muerte o la revisión de las obras ensayísticas de Aldous Huxley) y preparó antologías temáticas de poesía con textos de otros autores.[25] Esta revista representó un espacio significativo en el desarrollo creativo y crítico de José Luis Martínez, ya que fue ahí donde por primera vez experimentó sus posibilidades con la literatura.

Demostró su pasión por las letras mediante sus atentas lecturas y cuidadosos análisis pero, sobre todo, mediante su habilidad para anotar, fichar y clasificar cuantos textos pasaban por sus manos. De aquella práctica, que requería bastante disciplina y paciencia, desarrolló un instinto con el que fue capaz de encontrar relaciones entre distintas obras y autores, y de discernir entre los textos que gozaban calidad literaria de los que no. Esto se puso de manifiesto en el prólogo de la antología Poesía romántica (1941), que seleccionó Alí Chumacero. Tal obra, encargada para formar parte de la Biblioteca del Estudiante Universitario de la unam, lo enfrenta a la poesía del siglo xix y lo invita a ejercitarse en uno de los aspectos en que se forma, sincrónicamente, el crítico y, diacrónicamente, el historiador: establecer conjuntos o periodizaciones a partir de los rasgos que caracterizan a las distintas partes de un corpus. En gran medida, en este texto, ya se advierten los aportes de José Luis Martínez a la cultura mexicana, debidos a su capacidad para ordenar y dar coherencia a un cúmulo de textos literarios.[26]

La crítica en los paratextos[27] 

Buena parte de la obra de José Luis Martínez está conformada por textos que acompañan otros escritos literarios e históricos; se trata de prólogos, presentaciones, introducciones, notas, comentarios, estudios preliminares, etc. Este conjunto de paratextos, por un lado, da cuenta de los intereses intelectuales de su autor por ciertas obras de escritores de renombre en su época y, por el otro, son representativos de su manera personal de acercarse a las obras, de su modo de hacer crítica y teoría literaria.

Considerados en sus contextos, los paratextos de Martínez cumplen tres funciones centrales. En primer lugar, guían la lectura. Por ejemplo, en su trabajo sobre la obra de Ignacio Manuel Altamirano: la edición y prólogo de los tres volúmenes de La literatura nacional o la selección y notas de los tres volúmenes de sus Escritos de literatura y arte, en los que establecía las coordenadas sociales, históricas, culturales e, incluso, políticas de lo antologado.

En segundo lugar, enmarcan las obras para contribuir a su divulgación y estudio continuo. En las ediciones hechas por José Luis Martínez, se observa en sus prólogos, notas e índices una constante actualización de contenidos a la luz de sus nuevas indagaciones sobre las obras que le interesaban. Esta práctica en particular situaría a José Luis Martínez como referente obligado en la tradición ecdótica de la segunda mitad del siglo xx en México, cuyos frutos encontramos en su obra publicada a final de siglo. Lo anterior se refleja en los cuatro volúmenes de 1990 de sus Documentos cortesianos, donde compiló, editó y anotó textos de Hernán Cortés, o sobre todo cuando tomó a su cargo la edición crítica de las Obras de Ramón López Velarde, primero en 1971 con el Fondo de Cultura Económica y luego en 1998 en la Colección Archivos. En este sentido, José Luis Martínez fue un mediador de la cultura mexicana para aquellos que quisieran acercarse a ella.

En tercer lugar, los paratextos transmiten las ideas de Martínez sobre lo literario y la literatura mexicana, desde la perspectiva del escritor, del crítico y del historiador.[28] Así, a lo largo de su cronología bibliográfica de paratextos se observa al crítico en proceso de formación de un criterio personal y, en sus ensayos más tardíos, el cambio o reforzamiento de sus puntos de vista sobre la literatura. En este sentido, se sitúan, por ejemplo, las reflexiones de Martínez sobre el lugar que ocupaba la ficción en la obra total de Alfonso Reyes, en la que si bien “la poesía y los ensayos y estudios fueron los más frecuentados” y “aunque no concediera a la imaginación narrativa el cultivo concentrado y persistente que tuvo para los géneros dominantes en su obra, las ficciones fueron para Alfonso Reyes una curiosidad un poco lateral, una manera de escape o descanso dominical a los que volvía de tiempo en tiempo”[29] y que merecían de igual manera un lugar en la recopilación de sus Obras completas. Estos ejercicios, además, permiten observar a Martínez como parte del juego de exclusiones e inclusiones implícitas en la creación de un canon literario. En esta tarea en particular, José Luis Martínez destaca por integrar más que excluir, como demuestra su antología De poeta y loco[30] o el hecho de haber incluido en la segunda edición de La expresión nacional las semblanzas de los miembros de la Academia Mexicana de la Lengua, “relegados por la historia oficial de la literatura a causa de haber pertenecido al bando conservador”.[31]

También, a partir del conjunto de paratextos de José Luis Martínez, se pueden identificar algunas etapas, reconocibles cronológicamente e ilustrativas del posicionamiento de su autor en el campo literario de su época. En las primeras décadas de su trabajo como crítico, entre los años cuarenta y cincuenta, la firma de Martínez acompaña a autores ampliamente conocidos. Así, en 1948 se puede leer su trabajo de la obra de Justo Sierra, sus ediciones, introducciones y anotaciones de las Poesías, de Crítica y artículos literarios y de El exterior. Revistas políticas y literarias, o también su recopilación, biografía y bibliografía en La obra de Enrique González Martínez, en 1951.

Posteriormente, entre los años sesenta y ochenta, se percibe un mayor equilibrio entre la voz de Martínez y los otros autores. Algunos ejemplos de lo anterior serían su Antología de Alfonso Reyes de 1965, de la cual se hizo cargo de la selección y del prólogo, y su edición, introducción, cronología y notas, en 1971 y 1979, de las Obras de Ramón López Velarde; también sus introducciones y anotaciones de los seis volúmenes de 1976 de la colección titulada El mundo antiguo, que, siguiendo a Enrique Krauze, “no sólo continúan la pasión helénica de Alfonso Reyes sino que retoman el espíritu educativo de Vasconcelos: la cultura universal al alcance del pueblo”;[32] y por último, en 1984, los Estudios mexicanos de Pedro Henríquez Ureña.

mostrar Cuatro obras centrales

La trayectoria de José Luis Martínez como historiador de la literatura es visible en cuatro libros que si bien publicó por primera vez en los años cuarenta y cincuenta, volvió a ellos en repetidas ocasiones a lo largo de su vida. Ahí se concentran algunas de las coordenadas de su labor como crítico y teórico de la literatura. En primer lugar, en Problemas literarios, de 1955, pero con textos escritos entre 1943 y 1955, se aprecia una instantánea de las bases metodológicas que se encuentran en toda su obra. Luego, con La literatura mexicana del siglo xx, publicada en 1949, pero con textos escritos entre 1941 y 1949, se ve que antes de reflexionar públicamente sobre las implicaciones de su labor, como en el libro anterior, ya había incursionado en la historia de la literatura y realizado una primera propuesta de organización y estudio. En tercer lugar, otro ejemplo de Martínez como historiador de la literatura, y como editor no sólo de contenidos, sino también de las maneras de estructurarlos es La expresión nacional, de 1955, con textos de 1947 a 1952 (y luego posteriores, según se verá). Por último, como parte de sus reflexiones ya incluidas desde La literatura mexicana del siglo xx sobre los géneros que habrían de formar parte de nuestra historia de la literatura está El ensayo mexicano moderno, publicado en 1958.

Problemas literarios: acercamientos teóricos y críticos desde el presente[33] 

Problemas literarios es el libro de José Luis Martínez que compila los textos escritos entre 1943 y 1955 sobre algunos de los problemas teóricos de la crítica literaria. Cuenta con dos ediciones. Se publicó primero en 1955 en la Colección literaria del sello de Obregón, y luego hasta 1997 en la Cuarta serie de Letras Mexicanas del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. No obstante, varios de los contenidos fueron dados a conocer antes de la primera edición. Tal es el caso de dos de los textos más conocidos: “La técnica en literatura” y “Situación de la literatura mexicana contemporánea”.

“La técnica en literatura” fue publicado primero de manera individual en 1943 por Letras de México y, en palabras de Martínez, se trata de “una disección de la crítica que se hacía entonces”,[34] cuyo fin era “encontrar la arquitectura individual de cada obra”,[35] o bien, la técnica, que “funge ilustrándonos en un aprovechamiento artificioso de los recursos expresivos y de las reacciones que estos estímulos engendran”.[36] Para Martínez, la importancia de la técnica radicaba en tener “un valor previo, una disposición armoniosa de las formas para que pueda descender hasta ellas el don de la poesía”.[37]

El artículo “Situación de la literatura mexicana contemporánea” fue publicado por primera vez en noviembre de 1948 en el número 6 de Cuadernos Americanos, que desató “todas las iras al denunciar el letargo en que había caído nuestra literatura pasado el esplendor de los primeros cuarentas”.[38] Aquel artículo situó a su autor en el centro de una polémica literaria extendida aproximadamente hasta marzo del año siguiente en la que participaron autores como Ermilio Abreu Gómez, Octavio N. Bustamante, Carlos González Peña, Margarita Michelena, José Rubén Romero, Efraín Huerta, Alí Chumacero, entre muchos otros. José Luis Martínez inició aquel artículo con las líneas siguientes:

Quien haya concedido alguna atención a la vida de la literatura contemporánea habrá advertido que, en los últimos años, esa vida ha dado muestras evidentes de una situación que, sin exagerado pesimismo, puede llamarse letárgica [...] Los impulsos y tendencias que animaron a la literatura mexicana en los años anteriores a 1940 han sido agotados y su vigencia ha concluido.[39]

Para el crítico, las causas de lo anterior radican en: la “falta de originalidad” de quienes practicaban la versificación, el agotamiento de los temas de la Revolución de los novelistas, la “inmadurez” del teatro, que ensayistas y críticos “padecen [...] de concepciones estrechas” y de “insuficiencias técnicas” y, por último, a la falta de “medios de expresión literarias”[40] como libros y revistas. Para Martínez, la vida y la literatura debían ir de la mano, en tanto que aquella unión constituía una suerte de “substancia persuasiva” que hacía de la literatura algo comunicable y capaz de conectarse con el “pueblo lector”. Martínez llamaba en este artículo a conciliar las posturas de los escritores que se inclinaban más por los aspectos formales de las expresiones literarias con las de aquellos que se enfocaban en las preocupaciones sociales desde la literatura.

Al final de este artículo, Martínez agregó una crónica de la polémica sin ahondar demasiado en las posturas específicas contrarias a la idea del "estado letárgico de las letras mexicanas". Posteriormente, a modo de apología por las críticas de las que fue objeto, resume las circunstancias que lo motivaron a escribir “Situación…”:

Mi insatisfacción, respecto a la literatura mexicana contemporánea, parte radicalmente de un interés profundo y constante por ella y de la creencia de que somos capaces de mejorarla [...] Mi artículo no ha surgido [...] de una complacencia frente a la situación de nuestras letras; ha sido más bien una descripción en la que el afán de rigor y objetividad me ha impuesto el escepticismo.[41]

Los textos de Problemas literarios conforman una primera etapa en la formación de este autor, ya que ahí vuelca sus primeros estudios e ideas acerca de la literatura en México. Además se puede leer, si no directamente, sí aludidas, las bases críticas y teóricas de sus trabajos posteriores, como se verá en sus tempranas incursiones en la historia de la literatura. En este sentido permite la entrada a sus lecturas personales con las reseñas dedicadas, por ejemplo, a Concepto de la poesía de José Antonio Portuondo, a la Sociología de la novela de Roger Caillois, o a El gusto literario de Levin L. Schücking.

Asimismo opina con respecto a los temas presentes y ausentes de la poesía y la novela mexicanas de su tiempo en: “Sobre la geografía poética” donde trata el uso de topónimos en la poesía, en “Cultura del paisaje” donde insta a atender a la naturaleza de forma literaria, y en “Lo mexicano y lo folklórico” donde hace una revisión de esos conceptos para explicar en qué sentido las obras literarias poseen un carácter nacional. Incluye sus revisiones sobre el origen, desarrollo y función de ciertos géneros como en “Sobre la novela policial” y “La Revolución Mexicana y la literatura”. En “Los problemas de nuestra cultura literaria” expresa su postura y sus propuestas para subsanar los males que observaba. Por ejemplo, la “situación de insularidad, de aislamiento en el concierto universal de la cultura”[42] de nuestra literatura, con lo que llamaba a “perder de una vez por todas el miedo o la insensata devoción por lo extranjero”[43] para conciliar la idea de lo propio frente a las culturas extranjeras. Además revisa y analiza las fuentes para crear una metodología propia para hacer nuestra historia de la literatura, como también lo hace en “Problemas de la historia literaria”.

En este último, de manera general y basándose en sus lecturas de Alfonso Reyes, Thibaudet, Guillermo de Torre, Menéndez Pelayo, Ulrich Leo y otros, el programa de trabajo debía amalgamar varias propuestas estéticas de estudio de la literatura; es decir, debía pasar por lo que Martínez llamó los “tres planos de la crítica literaria”. En primer lugar se encuentra la "crítica seleccionadora" que “trata de investigar [...] qué es y qué no es literatura, y al mismo tiempo inicia la descripción de los caracteres externos de la obra en cuestión e intenta fijar su significación en el desarrollo literario de su autor y aun dentro de la evolución general de la literatura a que pertenece”.[44] En segundo lugar, la "historia literaria", que “apoyándose en las exploraciones de la crítica seleccionadora [...] organiza un sector determinado de obras y de acontecimientos literarios en órdenes cronológicos, genéricos, temáticos, geográficos, etcétera, atendiendo muy especialmente al desarrollo de las formas artísticas del lenguaje. Su objeto es la descripción externa de las obras literarias significativas”.[45] Y en tercer lugar está la "ciencia literaria", “el campo de operación de los diferentes métodos críticos de que se sirven los grados anteriores, sólo que empleados en su mayor pureza y con todo el rigor científico posible, desentendiéndose de las aproximaciones inseguras del primero y del aparato y composición históricos del segundo”.[46] Este ensayo recibió la atención y consejo de Alfonso Reyes, quien le dirigió una carta (incluida también en el libro) donde elogia las reflexiones de Martínez y vislumbra “un programa para desarrollos futuros, una verdadera hipótesis de trabajo”,[47]  tal como había hecho y seguiría haciendo Martínez ya en 1946 en “Las letras patrias. De la época de Independencia a nuestros días”, en 1949 en Literatura mexicana del siglo xx. 1910-1949 y luego en 1955 en La expresión nacional, tres obras que ejemplifican aquel plan de trabajo.[48]

De manera tangencial a estos juicios se incluyen críticas sobre las condiciones de producción que directa o indirectamente han afectado el desarrollo de la literatura en México, como en “Los escritores y el Estado” donde evalúa el papel del Estado en la actividad de los escritores; y sucede algo similar con “Vida del libro” y “Misión de las letras y del escritor”, donde explora la interdependencia entre los autores y sus lectores bajo la insistencia de que los “escritores de México logremos hacer una literatura interesante y viva para nuestro pueblo”,[49] en tanto este último es para Martínez uno de los factores que mantienen vivos los libros.

La polémica citada, la cual en palabras de José Emilio Pacheco, “cerró una época y abrió otra que inauguraron Al filo del agua, Libertad bajo palabra, Los días terrenales, Confabulario, El llano en llamas”,[50] así como el resto de las temáticas centrales contenidas en Problemas literarios funcionan como indicios de los cambios importantes de la tradición literaria en las décadas de los años cuarenta y cincuenta. En ese sentido sientan las bases de las rupturas y continuidades literarias. Este libro de Martínez, de profunda crítica evaluativa del quehacer literario de sus contemporáneos, es quizá la metonimia tanto de los cambios culturales y sociales que se estaban dando, como del propio proceso de formación de Martínez como crítico, teórico e historiador de las letras.

La literatura mexicana del siglo xx: el crítico como historiador[51] 

Como sucede con las otras obras de crítica e historia literaria más representativas de José Luis Martínez, La literatura mexicana del siglo xx tuvo más de dos ediciones a las cuales se sumaron textos significativos.[52] A pesar de que la primera edición data de 1949, la versión más completa de este trabajo salió a la luz casi cincuenta años después, en 1995. Aunque, en la primera edición se incluía un segundo tomo de Guías bibliográficas[53] sobre los autores mencionados, además de una “Bibliografía de la literatura mexicana 1900-1949” con listas de antologías, estudios críticos, bibliografías y revistas literarias que ya no se retomó en ediciones posteriores.[54] La primera edición está conformada por una compilación de textos que José Luis Martínez escribió de 1941 a 1949. El primer capítulo, “Panorama de la literatura contemporánea”, fue escrito como capítulo final de un rápido bosquejo con el nombre de “Las letras patrias. De la época de Independencia a nuestros días” publicado en México y la Cultura, a fines de 1946.

En una segunda edición, publicada en 1990, José Luis Martínez trata someramente sobre temas del Modernismo, el grupo del Ateneo de la Juventud y las características de la novela de la Revolución. Después describe lo que él llama “Otros panoramas” y específicamente se detiene en el ensayo y la producción literaria de los años de 1941 y 1942. Luego reflexiona en torno a distintos géneros; en especial, la poesía y la novela. Por último, incluye un apartado donde dedica unas líneas a vertientes poco atendidas de la literatura en México, como el estudio de: las revistas literarias, la literatura fantástica, la literatura indígena o la que fue escrita por mujeres.

El último trabajo, físicamente más cercano a un catálogo de arte que a un libro convencional,[55] contó con una adenda sustancial que no se presentó en las ediciones anteriores de 1949 y 1990: un panorama literario que abarca de 1955 a 1993, escrito por el crítico Christopher Domínguez Michael. La intención con la que se concibió este proyecto, según escribió José Luis Martínez en el “Preliminar” de la edición de 1995 fue la siguiente: “Mi panorama literario tiene un propósito de evaluación crítica, tanto como informativo y descriptivo del contenido y la significación de las obras. Es decir, trato de contar al lector qué contienen los libros que menciono, cómo están escritos y qué valor tienen, según mi juicio”.[56]

El rasgo más valioso de este volumen es su espíritu enciclopédico. El lector que se quiera empapar de la vida y obra de algunos de los escritores más representativos del siglo xx encuentra en este libro un buen punto de partida. Aunque el propio autor reconoce las lagunas de su obra, debe destacarse su intento por incluir a escritores poco conocidos, como a los ateneístas: Roberto Argüelles Bringas o Ricardo Gómez Robelo. O bien, hay que mencionar que incluyó un apartado original sobre el “Folklore y literatura popular” en el que propone a Rubén M. Campos, como uno de los primeros investigadores del tema. Asimismo otro capítulo digno de mencionarse es el que dedica a los “Organizadores de la cultura” mexicana. Ahí, José Luis Martínez incluye a sus predecesores como los curadores de las letras de este país. Este apartado es de los más extensos y quizás de los más significativos, porque en él se reconoce la figura del crítico como parte indispensable de la historia de la literatura. Se puede decir que el autor, al escribir este apartado, les otorga el debido mérito a sus maestros porque él está consciente de la carga de trabajo que implica leer atentamente y tratar de establecer conexiones no advertidas entre los textos.

Sobre este libro, el investigador Víctor Díaz Arciniega ha dicho que es un parteaguas para la manera en la que se escribía crítica en este país debido a:

los principios metodológicos, las ponderaciones históricas, los juicios críticos, la documentación analizada, la amplitud y variedad de temas, obras y autores son un derroche de trabajo metódico, claridad analítica y creatividad interpretativa. De hecho, el libro, además de ser una historia literaria, es una historia de la cultura: lo abarcador de los análisis y el tratamiento de las consideraciones interpretativas penetran más en las características de corrientes generales que de obras o autores.[57]

Más allá de los comentarios que se puedan hacer a las tres ediciones de La literatura mexicana del siglo xx, en definitiva esta obra constituye un hito en la manera de organizar la información, que hasta entonces se encontraba dispersa, para darle sentido y continuidad a la evolución de nuestras letras. A continuación se verá que este proyecto no fue el único de gran envergadura que José Luis Martínez preparó en vida, sino que más bien repitió este modelo para preparar más historias sobre diferentes periodos y temas específicos de la cultura mexicana. 

La expresión nacional: editor de sí mismo[58] 

La expresión nacional, publicada por primera vez en 1955, aunque dedicada al siglo xix, continúa la labor historiográfica iniciada en La literatura mexicana del siglo xx. Aquélla reúne los ensayos que, en su continuo quehacer como crítico literario, José Luis Martínez dedicó entre 1947 y 1952 a las obras, a los autores, a las prácticas literarias y a las reflexiones sobre el origen, estudio y recopilación de nuestra literatura del siglo xix.

Este libro responde a la inquietud de Martínez por recopilar y salvaguardar un corpus representativo de textos cuyo tema de fondo era la producción literaria en México. Con el siglo xix en mente, manifestó la poca atención que se ponía en el rescate de las fuentes hemerográficas. Según el crítico, esto provocaba la limitada producción de investigaciones, a la par que dificultaba “escribir una historia de la literatura mexicana del siglo xix”;[59] en otras palabras, el objetivo que él mismo se planteó con la publicación de La expresión nacional.

También recupera una literatura creada en un contexto inestable a raíz del proceso de independización política y económica de México, por lo que exaltaba el carácter nacional. En tanto que los escritores “entendían la literatura como una función social al servicio de la patria”,[60] para Martínez resultaba la fuente principal para reconstruir nuestro proceso de emancipación intelectual –o “mental”, como la llamó en La emancipación literaria de México[61]  a través de expresiones literarias nacionales y autónomas.

La expresión nacional cuenta con tres ediciones, además de la de 1955, publicada por la Imprenta Universitaria. Se volvió a publicar casi 30 años después, en 1984, por Oasis y por último en 1993 por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Nuevamente, ninguna de ellas es idéntica a la anterior. Atender a las diferencias entre estas tres ediciones connota un modo de trabajar de José Luis Martínez, observado en buena parte de su obra y que le han valido los adjetivos de recopilador, teórico, analista y constante corrector de su obra. Este libro es, además de una instantánea de la historia de la literatura decimonónica, una propuesta metodológica que Martínez lleva a la práctica para poner a prueba una estructura y un modo de estudiar la literatura.[62] Se trata también de un proceso de reflexión fragmentado y continuo, notorio desde la génesis misma del libro, es decir, a partir de páginas escritas a lo largo de varios años pensadas para otros contextos, como los salones de clases o para eventos académicos, pero bajo la coherencia de una misma línea de investigación.

Uno de estos casos lo ejemplifica la adición más sustancial entre las tres ediciones: el ensayo “México en busca de su expresión” que primero formó parte de la Historia general de México publicada por El Colegio de México en 1976. Con este añadido al inicio de la segunda edición, no sólo fijó la organización actual de su obra en tres partes, sino también introdujo el lugar de enunciación decimonónico, los supuestos teóricos y los tópicos que organizan los otros dos apartados y que constituyen los puntos de encuentro entre los autores seleccionados por Martínez.

La segunda parte atiende a la reconstrucción cronológica de la vida y obra de los autores, a juicio de Martínez, representativos de la centuria. Plantea los orígenes de la novela en México con Fernández de Lizardi, pasa por la poesía y los estudios literarios de Ignacio Ramírez, por los distintos géneros que cubrió la obra de Justo Sierra, por el análisis de la poesía romántica de Vicente Riva Palacio y Manuel M. Flores, por los comentarios extendidos de algunas novelas de Manuel Payno, Luis G. Inclán, Emilio Rabasa, entre muchas otras plumas. En esta revisión, por un lado, se hace evidente la centralidad de ciertos autores en sus propios contextos y, por otro lado, Martínez trasluce sus intereses propios. Tal así los prolíficos apartados de Ignacio Manuel Altamirano (por lo que se llamaría a sí mismo “altamiranista” durante los años cuarenta y cincuenta)[63] y de Manuel Gutiérrez Nájera. Ambos continuaron siendo modificados hasta la tercera edición, en contraste con las breves palabras dedicadas a Manuel Acuña, o los intereses añadidos con posterioridad, como las también breves semblanzas de José María Oliver y Casares o Ramón Isaac Alcaraz, e incluso un nuevo apartado dedicado a Benito Juárez.

La tercera parte de La expresión nacional fue objeto de modificaciones de contenido y de estructura. En primer lugar, Martínez da sitio para sus estudios sobre el rastreo de los orígenes de su propia tarea historiográfica de la literatura, donde destaca la figura de Francisco Pimentel, otro autor quien como Martínez, pero en la segunda mitad del siglo xix, también se interesó por hacer la historia de la literatura mexicana. En segundo lugar, dedica un apartado que fue creciendo para exponer las tareas colectivas todavía pendientes para esta historia, en donde se puede insertar algunas labores que el propio Martínez alcanzó a desarrollar, como la serie de reproducciones facsimilares de las Revistas Literarias Mexicanas Modernas y las ediciones críticas de Ramón López Velarde.

El ensayo mexicano moderno: reivindicación de un género[64] 

Los dos tomos que conforman El ensayo mexicano moderno –editado y compilado por José Luis Martínez y publicado por el Fondo de Cultura Económica, en 1958– fueron innovadores en el campo de la crítica mexicana. Esta obra, por un lado, reivindicó el género del ensayo como una forma de expresión erudita digna de ser estudiada. Y, por otro, sirvió para que Martínez expusiera sus hipótesis sobre una posible tradición ensayística en México que se remonta a los siglos xvii y xviii, que hasta ese momento no había sido materia de discusión en la historia literaria de este país.

Para demostrar a los lectores de qué maneras se había manifestado el ensayo en las letras mexicanas, José Luis Martínez antologó textos de 59 escritores expuestos de manera cronológica.[65] A pesar de que en la introducción dedica un apartado a la obra de los humanistas del siglo xviii y los presenta como los pioneros del ensayo en México, su antología abre con autores nacidos en la segunda mitad del siglo xix, porque sigue a Daniel Cosío Villegas, quien afirmó que la época moderna en México se inició en 1867 con la restauración de la República. La selección se inicia con Justo Sierra (1848-1912) y concluye con Carlos Monsiváis (1938-2010).

En ese recorrido cronológico se aprecia cómo el ensayo estaba esparcido en artículos de revistas, prólogos o discursos célebres, sobre todo, desde el siglo xix. Probablemente, debido a la dispersión de estas publicaciones se explica por qué había pasado desapercibido como género frecuente en las letras de México. Ahora bien, es posible que el autor de esta selección haya reparado en la fuerza del ensayo en México, como género literario, a partir de los textos que reflexionaban sobre el ser mexicano del grupo Hyperión, cuyo momento culminante fue la publicación, en 1950, de El laberinto de la soledad, por Octavio Paz.

Antes de presentar a los autores escogidos, el crítico mexicano en su introducción se dio a la tarea de ofrecer a sus lectores una síntesis sobre los orígenes del ensayo no sólo en México, sino en otras partes del mundo como Francia, Inglaterra y Estados Unidos; asimismo hizo un repaso filológico de su definición. En este espacio también expuso la “flexibilidad y amplitud” que, según él, caracteriza a este género. Posteriormente abordó los ya mencionados antecedentes del ensayo mexicano ejemplificados con la obra de los humanistas desde tiempos de la conquista hasta el siglo xviii. Lo anterior ayudó a sustentar una de sus tesis principales: un tema persistente en los ensayos escritos en México ha consistido en la reflexión filosófica sobre lo que significa ser mexicano (a diferencia de otros países como Francia e Inglaterra, cuyos ensayistas abordaban temas diversos como la filosofía, la estética o la política).

Por esa razón, para José Luis Martínez, el ensayo estaba ligado a la historia de las ideas de México y conformaba una parte esencial de su cultura. En palabras del autor: “Dentro de sus propios límites, el ensayo mexicano moderno es buena parte del pensamiento mexicano y, por ello mismo, una historia de la cultura y un inventario de nuestros problemas”.[66] Lo anterior le dio pie a sustentar el siguiente apartado en el cual establece diferentes etapas del pensamiento ensayístico mexicano. Es decir, propone una guía de las principales etapas del ensayo mexicano y comienza por las tendencias de este género durante el Porfiriato, después expresa lo que sucedía con los ateneístas, la Revolución, el vanguardismo en los años 20 y 30, el historicismo y el existencialismo durante los 40, las meditaciones sobre el ser mexicano, el nacionalismo, hasta llegar a los años cincuenta con las obras de Alfonso Caso, Jesús Silva-Herzog y Daniel Cosío Villegas.

De la introducción no se puede obviar la tipología del ensayo que propuso Martínez para distinguir las distintas maneras de expresarse en ese género. Entre ellos identificó diez tipos: el “ensayo como género de creación literaria”, el “ensayo breve, o poemático”, el “ensayo de fantasía, ingenio o divagación”, el “ensayo-discurso u oración”, el “ensayo interpretativo”, el “ensayo teórico”, el “ensayo de crítica literaria”, el “ensayo expositivo”, el “ensayo-crónica o memorias”, y por último el “ensayo breve, periodístico”. Más allá de lo categórica que pueda resultar esta clasificación en nuestros días, es loable el ejercicio teórico y crítico que representó en su momento agrupar las diferentes maneras en las que es posible abordar el género. Sobre todo porque hasta la fecha, son escasos los estudios que proponen teorías alrededor de este género, que cada vez tiene más representantes en nuestras letras.

El ensayo mexicano moderno –como los demás libros representativos de José Luis Martínez– ha sido reeditado tres veces y en cada nueva edición se han integrado cambios que vale la pena mencionar. La introducción no presenta modificaciones, sólo la lista de los antologados. En la segunda edición, de 1971, se sumaron siete autores (José Alvarado, Gastón García Cantú, Ramón Xirau, Jaime García Terrés, Carlos Fuentes, Juan García Ponce y Carlos Monsiváis) y se prescindió de cuatro (José López Portillo y Rojas, Alfonso Junco, César Garizurieta y Emilio Uruanga). La tercera edición, publicada en 2001 pero firmada en 1996, presenta nuevos textos de autores canónicos como Octavio Paz y Carlos Fuentes. José Luis Martínez reconoce la pléyade de nuevos escritores que él ha dejado fuera de su antología, por lo que avisa sobre un nuevo proyecto que le gustaría realizar, mas éste no vio la luz: El ensayo mexicano contemporáneo.

Si bien en la actualidad este libro parece poco representativo[67] para demostrar la vasta producción ensayística de México, sí es un hito en la manera en la que fue percibida la lectura del ensayo y sentó las bases de estudios sobre este género.

mostrar Navegante de las obras de Ramón López Velarde y Alfonso Reyes

En sus obras generales José Luis Martínez estudia brevemente una gran cantidad de autores, de promociones literarias y de corrientes estéticas. Como ya le había comentado Octavio Paz en una carta donde le agradece el envío de La literatura mexicana del siglo xx, este tipo de trabajos impedía los “estudios aislados, sobre personalidades”[68] en concreto. No obstante, la bibliografía de Martínez también está dedicada a ciertas figuras de importancia, a autores a los que regresaba con frecuencia y que le permitieron profundizar su labor como crítico literario; entre ellos debe mencionarse a Nezahualcóyotl, Agustín Yáñez, José Rubén Romero y ponerse en primer plano a Ramón López Velarde y Alfonso Reyes. Con el primero se verán sus incursiones en la ecdótica y su sensibilidad por la poesía, mientras con el segundo, la manera en la que leyó atentamente la obra de su maestro y ofreció a los lectores una guía de su vasta producción literaria.

La sensibilidad poética del crítico: sobre Ramón López Velarde[69]

En el suplemento de la revista Tierra Nueva, correspondiente a los números 13 y 14 del año 1941, se puede leer un poema de Ramón López Velarde que precede los de Carlos Pellicer, José Gorostiza, Salvador Novo y de poetas del grupo de los Contemporáneos. En opinión de José Luis Martínez, la obra de Ramón López Velarde “concertó y cristalizó nuestro moderno sentido y espíritu de la nacionalidad; él nos reveló, con su sensibilidad imaginativa, las sombras y el secreto de nuestro corazón y de nuestros sentimientos, y su obra es el punto de partida de nuestra poesía moderna”,[70] y de ahí la necesidad de recuperar y compilar su obra.

La presencia de López Velarde en los escritos de Martínez –publicados sobre todo como paratextos en la obra del poeta–, cubre prácticamente cada década del periodo de escritura de este historiador de la literatura, desde aquella antología del año 1941 hasta casi el final del siglo xx. Probablemente, el primer texto del que se tiene noticia que José Luis Martínez dedicó a aquel autor es “Examen de Ramón López Velarde”, publicado en El Hijo Pródigo en 1946, en el número de homenaje a los 25 años de su muerte. Posteriormente, incluyó dicho texto en la primera edición de 1949 de su Literatura mexicana del siglo xx. 1910-1949.

La próxima década siguió escribiendo artículos similares para otras revistas, como Novedades  y la Universidad de México, pero fue hasta 1971, en el cincuentenario de la muerte de López Velarde, que vio la luz su proyecto de más largo aliento, el cual seguiría trabajando, corrigiendo y aumentando hasta los últimos años de su vida, y que nació, según cuenta el investigador, Rodrigo Martínez Baracs, con el descubrimiento en París de “las ediciones francesas de obras completas bien cuidadas de la colección de la Pléiade, y se propuso una edición con los mismos criterios para un autor mexicano importante, que sirviera de modelo”.[71] Esta labor lo posicionaría más adelante como crítico de consulta necesaria para los estudios sobre el poeta zacatecano.

En el contexto del cincuentenario de la muerte de Ramón López Velarde, Martínez se hizo cargo de la primera edición de 1971 de las Obras del poeta zacatecano publicadas por el Fondo de Cultura Económica y, posteriormente, también de su segunda edición, corregida y aumentada, en 1990, que según Gabriel Zaid: “superó notablemente la de 1971”, pues “añadió un centenar de textos (sobre todo cartas) y mejoró el aparato crítico”.[72] Luego en 1995, volvió a antologar a este poeta en la última edición de La literatura mexicana del siglo xx.[73] En este acercamiento ya es identificable el esbozo de la estructura que siguió en sus ediciones a las obras reunidas de López Velarde. Ahí resume el contexto histórico y político en el que escribió y comenta brevemente sus libros de poemas, a partir de los cuales enumera sus temas más recurrentes e identifica las transformaciones de su poesía. Dedica algunas líneas a su periodismo literario, a su crítica literaria y a sus cartas, así como a la importancia de estos tres tipos de textos para comprender mejor la vida y obra de López Velarde

Su proyecto de las obras completas culminó con la coordinación de la edición crítica para la Colección Archivos en 1998, que se realizó también en homenaje a las décadas de estudios del propio José Luis Martínez de aquel poeta, según anotó Amos Segala, el entonces director de la Colección.

En esta nueva edición, Martínez recopiló la poesía completa de López Velarde, incluyendo una pieza inconclusa e inédita, así como buena parte de su prosa literaria, todo esto con notas explicativas. Añade como paratexto la versión más actual y trabajada de aquel primer artículo llamado “Examen de Ramón López Velarde”[74] en el que reflexiona sobre la trascendencia de esta figura para la cultura mexicana. Asimismo, destina algunas páginas a la biografía y obra del poeta, así como a las apropiaciones nacionales e internacionales visibles en su poesía, de la que además realiza un análisis estilístico. Esto último lo lleva a identificar ciertas particularidades de su versificación. Rastrea también las obras y autores que como él se han dedicado a estudiar a este poeta, y las fuentes primarias en las que se ha podido ir rescatando su obra.

Con respecto a la realización de esta edición, Martínez volvió a cotejar los textos y, acorde con su interés siempre presente en su labor como investigador de dar cuenta precisa de las fuentes primarias, corrigió algunas fechas de primera publicación. Por ejemplo, en la edición anterior de 1990, en los poemas de Zozobra sólo consignaba el año de publicación, y en la de Archivos añadió las referencias completas de la mayor parte de su contenido. Además, la Academia Mexicana de la Lengua le facilitó el manuscrito y el borrador de “La suave Patria” (ambos incluidos en la edición), con el que pudo cotejar el poema así como analizar las correcciones hechas por el autor; después agregó tres traducciones de ese poema al francés, al inglés y al latín. La edición concluye con una cronología bibliográfica comentada,[75] y con una selección de textos de otros autores dedicados a la vida y obra del autor, encabezados por un breve texto de Martínez donde reflexiona sobre el interés generado en la crítica por las figuras femeninas en los poemas del zacatecano.

Cartógrafo de la obra alfonsina[76]

Al igual que buena parte de los contemporáneos de José Luis Martínez, Alfonso Reyes fue una figura tutelar para quienes eran cercanos al campo de las letras. No obstante, Martínez desarrolló una relación especial con Reyes. Por un lado fue su modelo a seguir como crítico y teórico literario y, por otro, tuvo una buena relación de amistad con él. Fernando García Ramírez recuerda el trato entre los dos escritores de la siguiente manera:

No era poca cosa querer parecerse a Reyes. Era hasta un chiste de [los] años mozos [de José Luis Martínez] (que “estudiaba para ser Reyes”). A su regreso a México en 1939, luego de sus embajadas sudamericanas, Reyes recibe al joven Martínez, le pone nombre a su revista (Tierra Nueva […]) y le entrega una colaboración inaugural. Además, se vuelve su amigo. Lo recibía en su biblioteca (que él fantaseaba con poder superar en número). En esa época, quizás gracias al influjo benefactor de don Alfonso, se da cuenta de que “unas son las gentes que quieren modificar las cosas... pero hay otra especie rara que son los que conservan los papeles y los ordenan”.[77]

Más allá de su admiración personal, José Luis Martínez dedicó un libro a la obra del poeta de Monterrey y prologó algunos tomos de sus Obras Completas editadas por el Fondo de Cultura Económica. En Guía para la navegación de Alfonso Reyes el crítico literario ofrece al lector una compilación de textos en torno a la obra de su maestro.

Para la confección de este libro, el autor retomó los prólogos que escribió para las Obras Completas y los intercaló con otros escritos, otorgándoles un orden temático donde revisa cuidadosamente la labor de Reyes.

El primer capítulo, “La obra de Alfonso Reyes” consiste en una estampa biográfica del autor. Ahí lo presenta en su papel dentro de la generación del Ateneo de la Juventud y en su faceta como diplomático e investigador. Después menciona los temas que le interesaron a Reyes desde temprana edad y que tratará en apartados posteriores: “la cultura clásica, la investigación teórica de la literatura, las letras españolas, francesas, inglesas y mexicanas, la fantasía y el ensayo, Goethe y Mallarmé”.[78] Asimismo dedica secciones exclusivas a los géneros en los que escribió Reyes. Encontramos las reflexiones de Martínez sobre el ensayo, la poesía y la teoría en relación com las grandes obras de Reyes como Visión de Anáhuac, Ifigenia Cruel o El Deslinde, respectivamente.

Uno de los capítulos más interesantes de esta Guía lo conforma “Los ciclos en la obra de Alfonso Reyes”, donde el autor se da a la tarea de establecer una periodización de la obra del regiomontano. Ahí divide sus escritos en seis etapas: de medio siglo, los años de aprendizaje, la década madrileña, los años mundanos de 1924 a 1938, el periodo de madurez y su cosecha final. Este apartado conjuga, por una parte, la biografía del autor estudiado y, por otra, su producción literaria. Al tejer estos dos puntos, Martínez expone una trama que, si bien puede ser continuada en estudios posteriores, deja sentadas las bases para una (aún inédita) biografía de Alfonso Reyes.

Asimismo, en su Guía, José Luis Martínez recupera la introducción que escribió para la edición anotada de la correspondencia entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, entablada de 1907 a 1914. Ahí, el crítico enfatizó el estilo de las cartas enviadas por ambas partes, los temas discutidos y la manera en la que pudo influir el estilo erudito de Henríquez Ureña en Reyes. En este mismo tono minucioso, José Luis Martínez repasó los estudios de su maestro sobre las obras de Mallarmé, Góngora y Goethe, y al final incluyó una generosa bibliografía sobre Reyes para que otros investigadores se acerquen a su obra con facilidad. De esta lista, es interesante que el crítico la haya dividido en sus traducciones, prólogos, obras póstumas y haya incluido un índice de su archivo personal. Este último gesto demuestra el cariño que José Luis Martínez sentía por su maestro y su interés por difundir la obra que había dejado una huella en su propia carrera profesional.

Pero su admiración no terminó después de la edición de su guía a la obra de Alfonso Reyes. A inicios del siglo xxi, Martínez y Alicia Reyes (la nieta y albacea de Alfonso Reyes) se propusieron editar el Diario del autor de Ifigenia Cruel. No obstante, por la delicada tarea que esto representaba se repartieron entre varios especialistas (Adolfo Castañón, Luz América Viveros Anaya, Belem Clark de Lara, Fernando Curiel Defossé, Víctor Díaz Arciniega, Alberto Enríquez Perea, Javier Garcíadiego Dantan, Alfonso Rangel Guerra y Jorge Ruedas de la Serna) las labores para editar este trabajo.[79] No queda duda de que la relación entre Alfonso Reyes y José Luis Martínez puede ser abordada desde distintas perspectivas y que durante los años de su vida, el crítico literario tuvo muy presente la memoria de uno de sus maestros más significativos.

mostrar Valoración de las revistas literarias

La figura del editor es inseparable de la trayectoria intelectual de José Luis Martínez. Fungió como colaborador y coeditor de la revista Tierra Nueva. Revista de Letras Universitarias, que se publicó durante tres años (de 1940 a 1942) y tuvo 14 números. Allí veló sus armas y a tal punto llevó su actividad que Rafael Solana comentó que Tierra Nueva fue un terreno donde dominó la presencia de sus editores, a pesar de contar con colaboraciones de la talla de Alfonso Reyes, Juan Ramón Jiménez Antonio Caso y Enrique González Martínez. La revista –en palabras de Solana–: “por momentos llega hasta a parecer la propiedad de uno solo de ellos, de José Luis Martínez, que aceptaría a todos los demás como invitados, como fugaces visitantes, que pronto desaparecen”.[80]

Tierra Nueva fue privilegiada, frente a otras revistas de la época, porque la Universidad Nacional Autónoma de México proporcionaba todos los fondos necesarios para su impresión. Es importante destacar lo anterior porque eso permitió que sus colaboradores y, sobre todo, los directores, Alí Chumacero, Leopoldo Zea, Jorge González Durán y José Luis Martínez tuvieran más libertades en el proceso de edición. En lo que respecta al diálogo con otras publicaciones del momento, dentro de Tierra Nueva existió una sección que se abocaba exclusivamente al comentario de las revistas literarias. En ella aparecieron notas dedicadas a Taller, Ábside y Letras de México, entre otras.

Más allá de su labor en Tierra Nueva, José Luis Martínez se forjó como crítico en revistas posteriores. Sus escritos abundan en El Hijo Pródigo, Letras de México y Cuadernos Americanos, por mencionar algunas. De hecho, no debe sorprendernos que para formar sus libros regresara a lo que publicó en revistas y por eso, en gran medida, sus libros más importantes como La expresión nacional o La literatura mexicana del siglo xx consisten en colecciones de artículos. Una mínima arqueología de sus textos muestra que en “La sociología de la novela” publicada en sus Problemas literarios consiste en una versión mejorada de la reseña que apareció años antes en El Hijo Pródigo.[81] En este sentido, Primicias: una antología, compilada y presentada por Adolfo Castañón, retoma un ejercicio llevado a cabo por el propio José Luis Martínez. El resultado es un volumen que amplía la visión sobre los intereses del crítico hacia las letras del ámbito iberoamericano y de otros espacios culturales y lingüísticos como el francés, del que Martínez realizó algunas traducciones.

La creación y la colaboración en revistas se enriqueció con reflexiones sobre su función en la dinámica del campo literario en periodos precisos. El investigador, Antonio Cajero ya se ha dado la labor de comentar algunos de estos artículos esparcidos en distintas publicaciones y recupera “Literatura femenina” publicado en 1943 donde José Luis Martínez alaba la revista Rueca, o bien “El Renacimiento y su tiempo” publicado en La expresión nacional.[82]  No obstante, el terreno es fértil para rastrear los textos que Martínez escribió sobre revistas literarias en otras publicaciones.

En 1947, por ejemplo, escribió “El Renacimiento y su tiempo” y lo incluyó como un apartado de La expresión nacional donde habla sobre la función de las revistas literarias en el México decimonónico. Ofrece una historia de la revista literaria en México que data del siglo xviii: “Desprovisto en los primeros años de nuestro periodismo –primera mitad del siglo xviii– de órganos propios, el periodismo literario fue naciendo como un parásito dentro de publicaciones de otra índole, noticiosas o políticas hasta que su invasión ganó casi totalmente un primer periódico, el Diario de México, que se publicó entre 1805 y 1817”.[83] O bien, en “Las revistas literarias del romanticismo mexicano”, otro apartado de ese libro de estudios decimonónicos, José Luis Martínez propone un tipo de estudio que en su momento de publicación (1948) era muy original: seguir una corriente literaria en diversas revistas. Así pone de relieve la huella del romanticismo en algunas revistas editadas por el cubano José de Heredia en México como en El Iris (1826), Miscelánea (1829-1832) y Minerva (1835); después señala que esas tenues señas se intensifican en revistas como El Año Nuevo; no obstante, para 1874, cuando se publica El Artista, éstos se difuminan de nuevo y dejan impresiones vagas del romanticismo. José Luis Martínez nos dice que entre El Año Nuevo y El Artista se publicaron más de 100 revistas en las que se pueden rastrear estos eslabones. El crítico hace esta aseveración no para profundizar en ella sino para dejarla asentada como precedente de una posible veta de investigación.

Otro breve ejemplo en el que se puede notar la intuición de José Luis Martínez tiene que ver con la materialidad, aspecto que se volverá moneda corriente en el último tercio del siglo xx con el llamado “giro material”: “El tamaño de las revistas pareció irse aumentando con el paso del tiempo. Las de los treintas, como El Año Nuevo y los Calendarios de las Señoritas,  no eran más grandes que la palma de la mano, pero los años siguientes poco a poco fueron creciendo hasta alcanzar la generosa amplitud de revistas como El Renacimiento y El Artista”.[84]

No obstante, la mayor aportación de José Luis Martínez al campo hemerográfico mexicano fue la creación de la colección de las Revistas Literarias Mexicanas Modernas, que consiste en la reproducción facsimilar de un poco más de cuarenta revistas, que de otra manera hubiera sido casi imposible consultar. En una entrevista con Marco Antonio Campos, José Luis Martínez afirmó sobre esta colección que las revistas literarias en facsímil “han abierto campos para los más jóvenes. Les han hecho entender que cada revista significativa ha sido un paso en nuestra literatura”.[85] Tuvo un impacto positivo en la historia literaria del país, como lo menciona el investigador, Antonio Cajero:

Como quería José Luis Martínez, la historia de la literatura mexicana se ha enriquecido y ha adquirido una nueva dimensión a raíz de la publicación de las Revistas Literarias Mexicanas Modernas. Alguno puede objetar que muchas quedaron fuera, principalmente de provincia, y tendrá razón, pero con todo y que Martínez era un titán para estas empresas, seguramente los recursos de que disponía estaban limitados e hizo lo mejor que pudo […] Considero que las ramas de este fructífero árbol se extienden hasta el Diccionario de escritores mexicanos coordinado por Aurora M. Ocampo, que aprovecha como fuente los facsímiles, más manejables que los originales dispersos en bibliotecas públicas y archivos particulares, con un largo y escabroso camino de por medio entre ellos y los curiosos lectores.[86]

Este dilatado trato con las revistas orilló a Martínez a escribir una ponencia en 1990 presentada en la Universidad de la Sorbona en París y después publicada como artículo por la revista francesa América. Cahiers du CRICCAL en donde reunió todo su saber en torno a la materia. En el apartado “La historia de las revistas de Hispanoamérica” afirma que se trata de: “la manifestación más natural de la vida literaria” y que “las mejores revistas lo son porque nos revelan creadores o pensadores ignorados y nos abren puertas más anchas para el conocimiento de ciertos temas o para el disfrute de nuevas imaginaciones”.[87]

En lo que parece ser una de sus últimas reflexiones sobre este aspecto fundamental de toda tradición literaria de la modernidad, José Luis Martínez hace una propuesta tipológica de las revistas que el lector puede encontrar en el caso mexicano. Habla, en primer lugar, de aquellas que se asocian a un grupo juvenil y que proponen una estética renovadora, o bien, que asumen un credo estético, filosófico o político. De ellas afirma que no gozan de una vida larga ni alcanzan gran circulación. En segundo lugar, el crítico engloba las revistas creadas por un grupo de cierta madurez literaria con aquellas afiliadas a una institución cultural. Éste es el tipo de publicación que tiene asegurada cierta circulación y estabilidad económica y cuya vida es mayor que las anteriores. Su contenido puede estar asociado con los gustos de sus directores. Ahora bien, hace una distinción sobre este último grupo en la que afirma que una variante de este tipo de revistas es la revista académica o especializada. Sus órganos son universidades o instituciones y por ende sus contenidos son de orden intelectual en un campo específico. (Posteriormente dedica algunas líneas a los suplementos literarios que surgieron en el siglo xix como adenda de los diarios de información.) El siguiente, y último tipo de revista, es el de las revistas personales, escritas por un solo autor. No obstante, admite que para la década de los noventa son escasas y más bien remiten al siglo xviii.[88]

Esta tipología se complementa por una periodización en la que Martínez propone seis cortes temporales:

a) gacetas y revistas dieciochescas y del principio del siglo xix
b) revistas de las primeras generaciones después de la independencia: 1820-1830
c) Nacionalismo, Romanticismo y Costumbrismo: 1830-1896
d) Modernismo: 1896-1916/1920
e) vanguardias y nueva literatura: 1920-1950
f) periodo contemporáneo: 1950 hasta nuestros días [1990] 

Al final de este artículo, José Luis Martínez describe un “programa para las revistas literarias”, que se puede interpretar como su legado de tareas pendientes a los futuros investigadores. Esta lista de tareas pendientes consiste, por una parte, en formar colecciones completas de las revistas y resguardarlas con los cuidados necesarios que exigen materiales tan delicados y valiosos; por otra parte, en reproducir a manera de facsimilares las revistas que no han alcanzado esta suerte, porque de otra manera será fácil que desaparecieran.

mostrar Los tiempos del historiador

Los intereses de José Luis Martínez se ampliaron a partir de 1972, cuando se inclinó por la figura literaria pero también histórica y humana de Nezahualcóyotl, el rey poeta y arquitecto de Texcoco, de la que derivó su libro Nezahualcóyotl. Vida y obra, que escribió con el apoyo del joven sabio Miguel León-Portilla, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1972. Su interés se extendió de la literatura mexicana de los siglos xix y xx al periodo prehispánico y al siglo xvi, olvidándose un poco de los siglos xvii y xviii. El siglo xvi lo fascinó por su importancia para la conformación del país, por el atractivo de las historias que en él se entretejieron, y por la riqueza e interés de sus fuentes: códices, crónicas, historias, documentos judiciales en español, náhuatl y otras lenguas. José Luis Martínez descubrió entonces la figura del gran estudioso del siglo xvi, el historiador conservador Joaquín García Icazbalceta –a quien había descuidado en sus estudios anteriores sobre el siglo xix, centrados en la literatura–, y desde entonces lo admiró al grado de identificarse con él, por considerar al siglo xvi como el más importante de la historia de México, por sus bien documentadas, rigurosas y claras exposiciones, por su trabajo como editor de documentos, por sus afanes bibliográficos y lexicográficos, y por su modestia.

El siglo xvi, el mundo antiguo y el pasado de una institución

Con clara inspiración icazbalcetiana, Martínez emprendió un gran estudio, Historiografía mexicana del siglo xvi, un conjunto de estudios informativos sobre los historiadores del siglo xvi mexicano. Para ello se llevó muchos libros a Atenas, y siguió trabajando de regreso. Los autores que más le interesaron fueron Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, Francisco Cervantes de Salazar, Alonso de Zorita, fray Bernardino de Sahagún, fray Gerónimo de Mendieta y los “diaristas” coloniales.[89] Nunca acabó el libro, pero varios de sus capítulos los fue publicando o aprovechando para trabajos más ambiciosos. Y, en la misma vena icazbalcetiana, intensificó su labor como editor de documentos literarios e históricos.  

De regreso a México en 1974, José Luis Martínez le propuso a la sep hacer un libro semejante a las Lecturas Clásicas para Niños promovidas en 1924 por José Vasconcelos, pero dirigido a un público menos joven, un amplio Panorama cultural, cuya primera parte estaría dedicada a El mundo antiguo, y la segunda a El mundo moderno (ésta no la hizo). Los seis tomos de El mundo antiguo se publicaron en 1976: el primero dedicado a Mesopotamia, Egipto, India, el segundo a Grecia, el tercero a los Hebreos y cristianos. Roma, el cuarto a China, Japón, el quinto a Persia, Islam, y el sexto a la América antigua. Esta obra es de las que más dejaron satisfecho a José Luis Martínez, por su utilidad y por su belleza, y porque muestra “el origen de nuestras nociones culturales”. Lo pudo hacer gracias a su excelente biblioteca que había instalado en la casa de Rousseau, 53, en la colonia Anzures. Cada tomo incluye una amplia selección de textos, con bien escogidas traducciones, introducciones generales y particulares, y abundantes fotos que Martínez tomó él mismo con su cámara Asahi Pentax y un tripié, y dispuso con la ayuda del escritor y editor Felipe Garrido (que se había formado con María del Carmen Millán publicando la gran serie de SepSetentas, 1970-1976). “Con esta sola obra –consideró Miguel León-Portilla–, el prestigio de José Luis Martínez como historiador quedó ya plenamente asentado”.[90]

En 1975 la Academia Mexicana de la Lengua cumplió su Centenario, y José Luis Martínez aceptó la tarea de dirigir la publicación de las “Ediciones del Centenario de la Academia Mexicana”, que consistió en la edición facsimilar completa de los tomos i a vii (de 1876 a 1945) de las Memorias de la Academia Mexicana, con un tomo de índices, con importantes trabajos de García Icazbalceta y sobre él. Y preparó igualmente una edición facsimilar del Diccionario de mexicanismos de García Icazbalceta, póstumo.[91] Y más adelante publicó, en el Fondo de Cultura Económica, los Escritos infantiles de Joaquín.[92] José Luis Martínez no logró hacer una edición grande de las obras de García Icazbalceta, pero se enorgullecía de haber publicado su primero y su último libro. Y en 1994 escribió un perceptivo estudio, para el Centenario de su fallecimiento.[93]

La Academia Mexicana publicó también en su propio Centenario de 1975 un importante tomo de Semblanzas de académicos, para el cual Martínez contribuyó con los autores menos conocidos, sobre los cuales los demás académicos no querían escribir, como: Ramón Isaac Alcaraz, Joaquín María de Castillo y Lanzas, Audomaro Molina Solís, José María Oliver y Casares, Fermín de la Puente y Apezechea, entre otros, más conocidos.[94]

En 1975 Martínez fue director de los Talleres Gráficos de la Nación, y este contacto con la imprenta le fue de gran utilidad cuando fue nombrado el año siguiente de 1976 director del Fondo de Cultura Económica, cargo que asumió hasta 1982. Uno de sus proyectos personales fue la edición facsimilar de las Revistas Literarias Mexicanas Modernas. El otro fue promover una edición de las obras del franciscano fray Bernardino de Sahagún, pues no se había publicado correctamente la columna en español de su Historia general de las cosas de la Nueva España, no se había traducido al español su columna en náhuatl, y no se había publicado ni su manuscrito original, el Códice florentino, bilingüe e ilustrado, ni sus manuscritos preparatorios, los Códices matritenses. Martínez no logró su cometido, y lo apenaba que los mexicanos no hubiésemos logrado hacer una traducción completa del texto náhuatl del Códice florentino, que los estadounidenses Charles E. Dibble y Arthur J. O. Anderson sí realizaron (y el Gobierno Mexicano, por consejo de José Luis, los recompensó en 1981 con el Águila Azteca). José Luis Martínez se alegró en 1979 cuando la historiadora Alejandra Moreno Toscano, directora del Archivo General de la Nación, publicó una preciosa y muy cuidada edición facsimilar a colores de los tres grandes tomos en folio del Códice florentino, que se puso a estudiar detalladamente. No pudo enfrentar directamente el texto náhuatl, pero leyó cuidadosamente el texto español, lo cotejó con las ediciones existentes y escribió el librito El Códice florentino y la Historia general de Sahagún, que editó el agn en 1982. Y realizó una antología y reorganización de la obra de Sahagún, con el título de El México antiguo, para la entonces existente venezolana Editorial Ayacucho. El libro, publicado en 1981, incluye un amplio y bien documentado estudio preliminar, capítulo de la proyectada Historiografía mexicana del siglo xvi.

De esa misma cantera, José Luis Martínez publicó en 1978 el último artículo, sobre el político e historiador Alonso de Zorita, de la Enciclopedia de México, que coordinó su amigo José Rogelio Álvarez. En 1980 dio el capítulo sobre el cronista franciscano fray Gerónimo de Mendieta a la benemérita revista Estudios de Cultura Náhuatl, que dirigía Miguel León-Portilla. Martínez nunca logró completar el capítulo sobre Bernal Díaz del Castillo, que lo fascinaba pero no lograba aprehender, y sólo publicó en 1981, en la española Revista de Indias, una nota sobre el funcionamiento de la memoria en el prolijo y enigmático cronista: “Una muestra de la elaboración de la ‘Historia verdadera’ de Bernal Díaz del Castillo”. Y en 1986 publicaría su semblanza del gran cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, en 1986, en una edición de su entrevista con Juan Cano, el esposo de doña Isabel Moctezuma, la primera entrevista periodística sobre México, con preguntas y respuestas, que se publica.

De Pasajeros de Indias a Documentos cortesianos y el Hernán Cortés, obra cumbre

En 1982 José Luis Martínez salió del Fondo y nuevamente fue diputado por Jalisco, cargo que realizó de buena gana entre 1982 y 1985. Su hijo, Rodrigo Martínez Baracs, le había traído de un viaje a Chiapas una edición del Diario del viaje de Salamanca a Ciudad Real del dominico fray Tomás de la Torre, de 1544-1545, y de la fascinación que le produjo su lectura nació el proyecto de reeditarlo con una nota preliminar, y así creció el delicioso e instructivo libro Pasajeros de Indias, publicado por Alianza Editorial en 1983, sobre los viajes transatlánticos del siglo xvi. Puede acaso decirse que este es el primer libro de historia, historia no literaria, de José Luis Martínez (si se considera que los libros sobre Nezahualcóyotl y sobre Sahagún, estaban centrados en su obra escrita).

Cuando en 1988 se le hizo un homenaje por sus setenta años, Martínez consideró El mundo antiguo y Pasajeros de Indias como los preferidos de sus libros:

Si rememoro con objetividad mis escritos, creo que todavía puede ser útil para guiar a los curiosos que quieren indagar los orígenes de nuestras nociones culturales, la recopilación y los textos que puse en El mundo antiguo; que pueden divertir e ilustrar las noticias acerca de los viajes en el siglo xvi que reuní en Pasajeros de Indias; y que en mis estudios literarios e históricos me ha animado la voluntad de ordenar, aclarar y entender, para facilitar a los lectores el conocimiento y el aprecio de personalidades y obras fundamentales.[95]

Su propia bibliofilia se unió a la de García Icazbalceta y en 1983, José Luis Martínez compuso un librito sobre el Origen y desarrollo del libro en Hispanoamérica, que se publicó en España.[96] Con la carga de trabajo aliviada, en los ochentas se dedicó sobre todo a hacer ediciones: de José Rojas Garcidueñas, Simón Bolívar, Pedro Henríquez Ureña, Ignacio Manuel Altamirano, Ignacio Ramírez, Alfonso Reyes y una selección de textos históricos y literarios sobre Guadalajara. Le sirvió de alivio durante los dolorosos últimos meses de su esposa Lydia, trabajar en la edición muy anotada del primero de los tres tomos de la Correspondencia de Alfonso Reyes con Pedro Henríquez Ureña, publicada por el Fondo de Cultura Económica en 1986, que le permite al lector construirse su propia historia, su propia novela.[97]

De otro proyecto editorial de José Luis Martínez habría de derivar un gran libro. Al escribir el capítulo sobre Cortés de su Historiografía mexicana del siglo xvi, se dio cuenta de que sus escritos y los documentos relacionados con él habían sido compilados muy parcialmente y muchos permanecían dispersos o inéditos, lo cual era una vergüenza, dada la importancia de Cortés en la historia de México. Por ello acordó con el historiador Roberto Moreno de los Arcos que éste hiciera una edición de las Cartas de relación, mientras que José Luis Martínez haría una compilación de Documentos cortesianos. El último avanzó en el trabajo de edición, pero Moreno de los Arcos no alcanzó a hacer la edición de las Cartas. Al hacer la introducción para los Documentos, el capítulo de cien páginas de la Historiografía mexicana del siglo xvi se volvió en las mil páginas del gran Hernán Cortés, que fue su obra maestra, notable por su visión documentada y equilibrada, por su claridad, legibilidad y aliento, y por tratar sobre un personaje tan importante como conflictivo para los mexicanos, evitando los escollos indigenista e hispanista por igual. El Hernán Cortés se publicó en 1990, complementado por los cuatro tomos de los Documentos cortesianos, que se publicaron entre 1990 y 1992. Esta fue la contribución principal de José Luis Martínez para la Conmemoración del Quinto Centenario del Encuentro de Dos Mundos que promovió Miguel León-Portilla. Escribió el historiador Luis González y González sobre el Cortés:

Otros biógrafos han preferido regodearse con la carrera ascendente de Cortés, Martínez se ocupa de preferencia en el despeñadero de desgracias por el que fue atrapado don Hernán: el viaje a las Hibueras, los negocios corruptos de los lugartenientes del viajero; la trágica expedición a las Molucas, el juicio de residencia, el regreso a España, las frías conversaciones con el emperador Carlos v y la pérdida del poder, de la gubernatura del mundo por el conquistado, que era lo que más amaba aquel padre de todos los conquistados. Al otoño y al invierno de Cortés, Martínez le concede diez sádicos capítulos.[98]

En relación con el Hernán Cortés, Martínez publicó varios estudios, como un librito sobre Motecuhzoma y Cuauhtémoc, editado en España, y un prólogo al Hernán Cortés de Christian Duverger, con su entusiasmo por Cortés como promotor del mestizaje en México. Y en 1992, fascinado por la compilación que hizo el venezolano Enrique Otte de las Cartas privadas de emigrantes a Indias. 1540-1616, cuya edición José Luis Martínez promovió en el Fondo, compuso un librito sobre El mundo privado de los emigrantes en Indias, publicado por el Fondo.[99] Y ese mismo año publicó un ensayo sobre los “Intercambios en la Conquista”, en el libro El otro Occidente. Los orígenes de Hispanoamérica.

Académico de la historia y la lengua

Finalmente, en 1993, Martínez ingresó a la Academia Mexicana de la Historia, con lo cual fue reconocido ya no sólo como crítico literario e historiador de la literatura, sino como historiador. En su ingreso pronunció un discurso en “Rescate de Francisco Cervantes de Salazar”, revalorando “cuanto tiene de original, de eficaz y de interesante”, contra la aceptada figura de un plagiario de la Historia de la conquista de México de Francisco López de Gómara. Lo recibió con un discurso de respuesta el historiador Luis González, director de la Academia de la Historia, y originario de San José de Gracia, no lejos de Atoyac, cuya microhistoria escribió e hizo grande.

Martínez realizó otros trabajos sobre los tiempos antiguos, como su contribución a una historia ilustrada de El correo en México, del año 2000, pero en sus últimos años de vida regresó a su antigua afición por la literatura mexicana de los siglos xix y xx. Publicó una edición aumentada de La expresión nacional. Letras mexicanas del siglo xix y una antología de Manuel Gutiérrez Nájera, escribió un nuevo libro sobre la Literatura mexicana del siglo xx, cuya segunda parte, sobre la segunda mitad del siglo xx, encomendó al joven crítico Christopher Domínguez Michael, coordinó un tomo de homenaje a Guillermo Prieto, publicado por el mismo conaculta en 2005, escribió un librito sobre el novelista José Rubén Romero, e hizo varios estudios sobre la obra de su maestro Alfonso Reyes, antologías y cuidadas ediciones. Murió sin acabar la edición en varios tomos del Diario de Reyes, que lo entusiasmaba, y que sus colaboradores culminaron años después.

Mención aparte merece un proyecto lexicográfico que José Luis Martínez impulsó siendo director de la Academia Mexicana de la Lengua (1980-2002), a la vera del último Joaquín García Icazbalceta, el del inconcluso Diccionario de mexicanismos. Trátase del Índice de mexicanismos, registrados en 138 listas publicadas desde 1761. Con el fin de realizar un Diccionario de mexicanismos, a la luz de los requerimientos modernos de la lexicografía, de las posibilidades de un cuerpo de académicos y de los avances de la computación, la Academia juzgó que un primer paso sería hacer un Índice, tomado de un gran número de fuentes o “autoridades”, que permitiera en un segundo momento hacer un verdadero Diccionario de mexicanismos. El proyecto, dirigido por José Luis Martínez y coordinado por el escritor y pensador Gabriel Zaid (entonces académico de la Lengua) y por el lexicógrafo Juan Palomar de Miguel, con varios expertos en computación y capturistas, se publicó en 1998, y es una lástima que no se haya continuado en los años siguientes para culminar la obra.[100]

mostrar Las varias vidas de una biblioteca: legado de un bibliófilo profesional

En sus últimos años José Luis Martínez se volteó también sobre su propia historia, su biografía. En 1959 ya había dado una conferencia sobre su trato con escritores, que lamentablemente se detuvo temprano, en su colaboración con Torres Bodet en la sep (1943-1946), sin continuar sobre los años siguientes. En los homenajes que se le hicieron en 1988, en ocasión de sus setenta años, dio varias alocuciones autobiográficas y lo entrevistaron Marco Antonio Campos y Emmanuel Carballo. En 1996 hizo un conmovedor relato sobre su segunda esposa, Lydia Baracs, y de su hija, Andrea Guadalupe, en Recuerdo de Lupita, publicado en edición privada por el poeta y editor Mario del Valle. A mediados de 1999 concedió a Javier Galindo Ulloa una entrevista sobre “Mi amigo Juan José”.[101]  En 2004 publicó un libro sobre su propia Bibliofilia, bellamente impreso en el Taller Martín Pescador de Tacámbaro, Michoacán y publicado por el Fondo. En agosto de ese mismo año Fernando García Ramírez le hizo una entrevista, publicada en la revista Letras Libres, que dirige Enrique Krauze. Y en 2006, José de la Colina fue a visitar varias semanas a José Luis, ya muy enfermo, para hacerle una extensa entrevista, transcrita y parcialmente editada pero no publicada.

Hasta el final de su vida, José Luis Martínez siguió enriqueciendo, acomodando y ordenando la otra gran obra literaria de su vida, su gran biblioteca, excepcional desde el punto de vista cuantitativo (setenta mil volúmenes) y desde el cualitativo también.[102] Como hemos visto, comenzó a formar su biblioteca desde los primeros años, prueba de lo cual es que toda la vida conservó sus libros de texto de la Primaria y Secundaria. Y él mismo contó en su libro Bibliofilia cómo su padrino el cura de Amacueca le regaló un gran tomo con la edición de 1703 de las Obras espirituales de San Juan de la Cruz, cómo comenzó a comprar libros en Guadalajara junto con Alí Chumacero y Jorge González Durán, y cómo el primer gran libro que compró, el 23 de marzo de 1936, fue una traducción antigua de Las poesías de Horacio. Conforme avanzó la carrera literaria de José Luis Martínez, fue creciendo su biblioteca, y creció aún más conforme se ampliaron sus intereses: literatura mexicana, latinoamericana, española, europea, mundial, historia, ciencias humanas, sociales y naturales, arte, ciencias, entre otros. La parte más importante y valiosa de su biblioteca es la literatura mexicana de los siglos xix y xx, porque se benefició en los años treintas y cuarentas de librerías de viejo, que tenían tesoros literarios de México hoy inconseguibles; de la cercanía con los escritores de todos los géneros y tendencias; y también de la estabilidad económica que obtuvo gracias a los cargos públicos que ejerció. Su biblioteca creció conforme se fueron ampliando los departamentos y casas en las que vivió, en Ciudad Guzmán, en Guadalajara y en la Ciudad de México: en Doctor Liceaga 151, en la colonia Doctores (1937-1940); en el departamento de la calle de Tonalá, en la colonia Condesa (1941); en el departamento 6 del número 82, de la calle de Jalapa, también en la Roma (1942-1944); en la casa del número 94 de la calle de Dickens, colonia Polanco (1944-1950); en el departamento 6 del número 49 del Parque España, colonia Condesa (1952-1954); su casa en Euclides 10, en la colonia Anzures (1954-1960); y su gran casa en Rousseau 53 (1965-2008), en la Anzures también, que ocupó y acondicionó con la ayuda de su esposa Lydia, que se llenó de libros, y se volvió el gran santuario de su gran biblioteca, que siguió creciendo hasta abarcar todos los rincones de la casa, y trastocando el orden ideal de la mudanza de 1965. Agrego las estancias de José Luis Martínez en San Salvador (1951), en Lima (1961-1962), en París (1963-1964) y en Atenas (1971-1974), durante las cuales tuvo que ver la manera de poner su biblioteca a buen resguardo, al tiempo que la enriqueció con copiosas adquisiciones hechas en las mejores librerías de esas ciudades y otras.[103]

Cuando falleció José Luis Martínez, en la mañana del 20 de marzo de 2007, varios escritores escribieron sobre él y su biblioteca, entre los que destaco a: Gabriel Zaid, quien lo llamó “el curador de las letras mexicanas”, Enrique Krauze, Adolfo Castañón, Felipe Garrido, Vicente Quirarte, y varios otros. De esta manera la biblioteca fue adquirida por el Gobierno de México, a través del conaculta, que dirigía Sergio Vela, con el apoyo de Mónica del Villar, y tras algunas dudas (¿dejarla donde está, ponerla en Palacio Nacional?), fue instalada en la Biblioteca de México José Vasconcelos, hoy Biblioteca de México, en la Ciudadela, en donde fue instalada y está abierta al público. Posteriormente, por idea de Consuelo Sáizar, nueva directora del conaculta, la Biblioteca de México adquirió también otras bibliotecas de escritores mexicanos: las de Antonio Castro Leal, Alí Chumacero, Jaime García Terrés y Carlos Monsiváis.[104]

Resumió Enrique Krauze la carrera bibliofílica de José Luis Martínez el mismo lunes 30 de abril de 2007 en el que falleció:

La larga y fructífera vida de José Luis Martínez transcurrió ante, para, por, desde, hacia... los libros. De joven aprendió los secretos del oficio de tipógrafo y el arte de hacer libros. Más tarde los procuró, los compró, los valoró y, sobre todo, los leyó. Su biblioteca personal fue una de sus obras magnas, quizá la mayor, porque, a diferencia de todos los acervos –algunos muy numerosos o apreciables–, que se llegaron a formar en el siglo xx, la suya estaba construida, no como una agregación de obras valiosas, sino como una arquitectura editorial. No es una biblioteca de incunables –aunque contiene obras valiosísimas y raras. Es una biblioteca de colecciones, de conjuntos que José Luis Martínez fue integrando con infinita paciencia a lo largo de siete décadas para servir, en el mejor espíritu de educación vasconceliano, al lector mexicano interesado en la literatura, la historia y la historia literaria. No en balde una de sus primeras adquisiciones en Guadalajara habían sido algunos de los tomos verdes universitarios de Vasconcelos.[105]

Ojalá se preserve, unida y en buenas condiciones, la Biblioteca de José Luis Martínez, junto con sus bibliotecas hermanas de la Biblioteca de México. Debe tenerse en mente que si bien son un tesoro para los lectores de hoy, sobre todo los jóvenes, también son un legado para los lectores del futuro, para que los puedan disfrutar, y apreciar cómo eran las buenas bibliotecas que se formaron en el siglo xx, es decir, en una época en la que la oferta de libros era muy grande y había gente con recursos suficientes para adquirirlos y para tener casas suficientemente grandes para albergarlos, antes de la época de la reproductibilidad digital de los bienes culturales, que, hasta cierto punto, hace para muchos innecesarias las bibliotecas. Se trata, pues, de poner estas bibliotecas al servicio del público, sin dejar de asegurar su mantenimiento.

mostrar Bibliohemerografía

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mostrar Enlaces externos

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Nació en Atoyac, Jalisco, el 19 de enero de 1918; murió en la Ciudad de México, el 20 de marzo de 2007. Ensayista y poeta. Realizó estudios de Medicina y Letras en la unam. Ha sido jefe de redactores del Departamento de Publicidad de la sep; secretario administrador de El Colegio Nacional; vocal de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos; gerente general de Talleres Gráficos de la Nación y de pipsa; director general del inba y del fce; diputado federal por Jalisco en dos ocasiones; cronista de la Ciudad de México; docente de la ffyl de la unam, la Escuela Normal Superior, la Universidad Femenina y la Universidad del Salvador, donde trabajó para el Ministerio de Cultura; redactor de El Hijo Pródigo y Nueva Revista de Filología Hispánica; codirector de Estaciones y Tierra Nueva; director de Letras de México y Revista Mexicana de Literatura; consejero de la Fundación Cultural Televisa. Miembro del consejo del cme, de la Junta de Gobierno de El Colegio de México, de la Academia Mexicana de Historia; presidente del Pen Club de México. Presidente de la Academia Mexicana de la Lengua (desde 1980). Prologuista de Manuel Acuña, Ramón López Velarde, Ignacio Manuel Altamirano, Alfonso Reyes y Justo Sierra. Gran Cruz de la Orden del Sol de Perú 1963. Comendador de la Orden al Mérito de la República Federal Alemana 1966. Cruz Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa 1969. Premio de Letras Elías Sourasky 1978. Premio Nacional de Lingüística y Literatura 1980. Premio Internacional Alfonso Reyes 1982. Premio de Cultura Hispánica 1982 por Pasajeros de Indias, España. Gran Cruz del Mérito Civil 1982. Medalla Ramón López Velarde 1986. Premio Carlos María Bustamante 1990. Premio Jalisco de Letras 1991. Premio Rafael Heliodoro Valle 1991. Premio Mazatlán 1991. Medalla de Honor de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo 1993. Premio Internacional Menéndez y Pelayo 1995. Presea Pericles 1997. Gran Cruz Alfonso X el Sabio 1998. Presea Torre de Plata 1999. Doctor honoris causa por la Universidad de Santo Domingo y por la unam.

Instituciones, distinciones o publicaciones


Asociación de Literatura Mexicana
Fecha de ingreso: 1994

Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura INBA
Fecha de ingreso: 1964
Fecha de egreso: 1971
Director de la Institución

Academia Mexicana de la Lengua
Fecha de ingreso: 22 de abril de 1960
Académico de número. Director de 1980 a 2002

Premio Nacional de Ciencias, Letras y Artes
Fecha de ingreso: 1980
Fecha de egreso: 31 de diciembre de 1980
Ganador en el campo de Lingüística y Literatura

Premio Internacional Alfonso Reyes
Fecha de ingreso: 1982
Fecha de egreso: 1982
Ganador

Estaciones. Revista Literaria de México
Dirección

El Hijo Pródigo. Revista Literaria
Redactor

Literatura Mexicana
Fecha de ingreso: 01 de agosto de 1995
Comité editorial

Tierra Nueva. Revista de Letras Universitarias
Fecha de ingreso: 1940
Fecha de egreso: 1942
Responsable

Premio Mazatlán de Literatura
Fecha de ingreso: 1991
Fecha de egreso: 1991
Ganador con la obra "Hernán Cortés"

Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde
Fecha de ingreso: 1998
Fecha de egreso: 1999
Ganador

Caza de Letras (UNAM)
Fecha de ingreso: 2011
Fecha de egreso: 2011
Jurado

Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo
Fecha de ingreso: 2006
Fecha de egreso: 2006
Jurado

Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances
Fecha de ingreso: 2006
Fecha de egreso: 2006
Jurado

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