Enciclopedia de la Literatura en México

Octavio Paz

mostrar Introducción

En la obra de nuestro Premio Nobel Octavio Paz (1914-1998) las palabras se tejen para colmar las virtudes de los grandes poemas y los grandes ensayos. Autor en cuyas páginas la lengua española se convierte en escenario de preocupaciones universales. Vertebró debates de amplias repercusiones para la tradición hispánica en la estética y la cultura. A él se deben obras clásicas de la literatura en México. Halló la “poesía de comunión” en el erotismo del que dejó testimonios de rotunda belleza en sus versos y un hermoso libro de ensayos, La llama doble. Desde muy joven, para Octavio Paz la literatura fue una ética, una estética, una política y un medio para resacralizar y transformar el mundo. Son preocupaciones de su poesía y sus ensayos: la relación de la naturaleza y el hombre, las posibilidades significativas del lenguaje, la fascinación por los opuestos, el tiempo o los temas metafísicos.

Atento al pensamiento contemporáneo, Paz concentró en su obra ensayística páginas sobre lo que puede distinguir a los mexicanos en El laberinto de la soledad y abordó su concepción del fenómeno poético en El arco y la lira o Los hijos del limo, dos de sus libros más influyentes. El poema “Piedra de sol” se convirtió en un clásico instantáneo y, desde Libertad bajo palabra, pasando por Salamandra, Ladera este, Blanco, El mono gramático, Pasado en claro o Árbol adentro, sus libros de poesía multiplicaron, profundizaron y acrecentaron los caminos hacia la revelación poética. En Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe concibió un análisis profundo de la vida, obra y época de la Décima Musa, a quien le restituyó su sitio preponderante en la cultura hispánica, como lo hizo con otros poetas en Cuadrivio, donde renovó la mirada sobre las obras de Rubén Darío, Luis Cernuda y Ramón López Velarde, y presentó a Fernando Pessoa a los lectores de nuestro continente. Ejerció un importante oficio de traductor de poetas de lengua francesa, inglesa, portuguesa, sueca, china y japonesa.

Crítico de los totalitarismos, discernió las diferencias que separan a la revolución, la rebelión y la revuelta, y en El ogro filantrópico analizó la apabullante presencia del Estado en las sociedades del siglo xx. Conocimiento, agudeza y gran sensibilidad se combinaron en él para la crítica de arte. Supo enmarcar y ampliar nuestra perspectiva sobre las literaturas del mundo y acuñó términos de gran calado como “la tradición de la ruptura”, que abanderó la antología de poesía mexicana más importante del siglo xx, Poesía en movimiento.

Protagonista activo de la vida cultural de México en el siglo xx, fue director de revistas –como Taller, Plural o Vuelta, en las cuales se realizó el programa intelectual de la generación de los Contemporáneos: que la cultura mexicana fuera contemporánea de la cultura del mundo– y animador de encuentros culturales donde México se convirtió en interlocutor del pensamiento de Oriente y Occidente. Fue miembro de El Colegio Nacional y formó parte del Servicio Exterior Mexicano, en el que, en un acto de entereza intelectual, renunció al puesto de embajador de México en la India en protesta por la masacre del 2 de octubre de 1968.

Numerosas condecoraciones y homenajes reconocieron el sitio fundamental que ocupa Octavio Paz en el concierto de la cultura del mundo, donde destacan dos premios: en 1981 recibió el más prestigioso en lengua española, el Cervantes, y en 1990, el más importante galardón concedido a un escritor de cualquier geografía, el Nobel de Literatura. 

mostrar Mixcoac: “Casa grande / encallada en un tiempo / azolvado”

Octavio Paz nació el 31 de marzo de 1914 en Mixcoac, una región del valle de México que entonces no se encontraba dentro de la ciudad, sino que era un pueblo contiguo a la mancha urbana. Hijo de Josefina Lozano, de padres andaluces, y Octavio Paz Solórzano, mexicano, creció en un entorno familiar de raigambre política y literaria. Su abuelo, Ireneo Paz, además de ser impresor, periodista y autor de novelas históricas, participó en la guerra de la Segunda intervención y apoyó el ascenso de Porfirio Díaz al poder. El padre, abogado y también periodista, militó en el zapatismo durante los años de la Revolución.

Su infancia transcurrió, sobre todo, en la casa de su abuelo en Mixcoac, un lugar que será recordado y recreado en su poesía; en esta misma casa presenció la muerte de Ireneo en 1924, una escena que se ve retratada en el poema “Elegía interrumpida”. A la presencia del abuelo –en cuya biblioteca nació el interés de Paz por la la historia y la literatura– se contrapone la ausencia intermitente del padre, quien viajó en 1916 a Los Ángeles como representante de Emiliano Zapata y no regresó sino seis años después, tras la muerte del revolucionario. De acuerdo con ciertos testimonios, Octavio Paz y su madre viajaron a la ciudad norteamericana en 1918 para reunirse con su padre, donde inició sus estudios formales.

Fuera del entorno de la biblioteca, la cercanía con el lenguaje y la ficción es propiciada por la presencia de su tía Amalia Paz, mujer letrada, traductora y aficionada a la poesía decimonónica. De ella escuchó con avidez las historias fantásticas que estimularon su gusto por la literatura; a la vez, fue ella quien lo acercó a los versos de algunos poetas mexicanos modernistas, como Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895).

mostrar “De una máscara a otra”: adolescencia y encuentro con la poesía

En 1920, Octavio Paz regresó a la ciudad de México. Asistió al colegio francés La Salle y al Colegio Williams, y posteriormente ingresó a la Escuela Secundaria número 3. En 1931 entró a estudiar a la Escuela Nacional Preparatoria en San Ildefonso, donde tomó clases de literatura hispanoamericana con Carlos Pellicer (1897-1977) y, ocasionalmente, tuvo como profesores a José Gorostiza (1901-1973) y Samuel Ramos (1897-1959). Desde este momento fueron notorias sus preocupaciones por la realidad social mexicana y su simpatía por los ideales izquierdistas. Durante su estancia en la Escuela Nacional Preparatoria militó con otros condiscípulos como José Bosch en la Unión de Estudiantes Pro-obreros y Campesinos, constituida en 1926. El mismo Bosch lo recuerda como un lector voraz y curioso, con fuertes opiniones políticas desde entonces.

Por estos mismos años fundó su primera revista literaria, Barandal (1931-1932), junto con Salvador Toscano (1912-1949), José Alvarado (1911-1974) y otros, editada en la imprenta La Razón, de la que Salvador Novo (1904-1974) era el responsable. Sólo dura siete números: es, sin embargo, un referente importante ya que en ella aparece el ensayo “Ética del artista”, con el que comenzó su reflexión sobre la poesía, que lo acompañará durante toda su obra. Con los barandales y otros colaboradores funda después Cuadernos del Valle de México (1933-1934) que duró dos números.

Luna silvestre (1933) fue su primera plaquette, editada en la imprenta de Miguel N. Lira. Es un conjunto de siete poemas cercanos todavía a la poética de Juan Ramón Jiménez, “interioristas”, según Alberto Ruy Sánchez.[1] Para Enrico Mario Santí, su temática era la del “típico repertorio temático” romántico y modernista.[2] Aunque tuvo escasa resonancia en su momento, en Luna silvestre comienza a vislumbrarse una poesía que, a decir de Rafael Alberti, aspiraba ya a “transformar el lenguaje” y se distinguía de la de sus coetáneos.[3]

mostrar Búsqueda de utopías: entre Mérida y Valencia

Durante el sexenio de Lázaro Cárdenas (1934-1940), entre algunos grupos intelectuales el comunismo fue visto como la salida a la crisis que sobrevino tras la institucionalización de la gesta revolucionaria mexicana. La ebullición social y las luchas ideológicas caracterizaron el México de los treinta: mucho se debatió entre la expresión “comprometida” y el culto del arte por el arte, la misma encrucijada en la que se encontraron las vanguardias, cuya etapa histórica culmina también en estos años. En consonancia con este ambiente de exaltación política, Paz buscó unir la labor creadora con las preocupaciones históricas. Su poema “¡No pasarán!” (1936), donde expresó su indignación ante la Guerra Civil española, refleja esta vertiente de su poesía. Por otra parte, en 1937 decidió abandonar la casa donde creció: deja la carrera de leyes, que cursaba en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional desde 1932. Partió hacia Yucatán y se integró a una campaña de alfabetización dirigida a hijos de obreros y campesinos, derivada del proyecto educativo cardenista. En este viaje presenció la explotación cotidiana a la que estaban sometidos los grupos indígenas, y que continúa actualmente, realidad contrastante con la riqueza de sus tradiciones y del paisaje. De esta experiencia resultan el poema “Entre la piedra y la flor”, que fue publicado hasta 1941, y una nota que publicó en El Nacional (1937).

Entre la piedra y la flor” fue escrito bajo la lectura de La tierra baldía de T. S. Eliot, a quien descubrió en 1930, gracias a la versión de Enrique Munguía: El Páramo. A raíz de la lectura del poema, Paz se propuso hermanar dos de sus principales inquietudes, la poesía y la historia, y de esta manera abordar una realidad social muy concreta: la del campesino mexicano, con la que se había familiarizado durante la estancia en Yucatán. Esta tentativa reaparecerá en textos como “Piedra de sol”, “Himno entre ruinas” y “Pasado en claro”.

Otro episodio importante en su vida fue la muerte de su padre, quien fue atropellado por un ferrocarril en 1936; esta anécdota será referida en el poema “Al polvo” de 1939 y retomada en Pasado en claro:

Del vómito a la sed,

atado al potro del alcohol,

mi padre iba y venía entre las llamas.

Por los durmientes y los rieles

de una estación de moscas y de polvo

una tarde juntamos sus pedazos.[4]

También en 1937 publicó Raíz del hombre, compuesto por quince poemas, en los que explora las posibilidades del acto erótico como medio para encontrar la revelación del tiempo y de la poesía, un tópico recurrente en su obra. El mismo Paz calificará después a esos versos de balbuceos y titubeos. La reseña que escribió Jorge Cuesta (1903-1942) sobre este volumen es de suma importancia para la comprensión de su primera etapa poética, además de que consolidó el vínculo estético con el grupo de Contemporáneos, sobre todo con Xavier Villaurrutia (1903-1950) y José Gorostiza (1901-1973). El encuentro con Cuesta, a quien conoció desde los años en la preparatoria, fue determinante para otra región de su obra: la reflexión crítica.

mostrar “Nuestra ración de tiempo y paraíso”: España

A su regreso a la Ciudad de México se casó con la escritora Elena Garro (1920-1998), a quien conoció desde 1934. Recibió una invitación al ii Congreso Internacional de Escritores Antifascistas para la Defensa de la Cultura, por lo que partió a Valencia, España, acompañado de su esposa. También fueron invitados Carlos Pellicer (1897-1977) y otros intelectuales de nuestro país, pertenecientes a la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR).

Durante este viaje, con el apoyo de Manuel Altolaguirre, publicó el poemario Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España (1937), en la Nueva Colección Héroe, consagrada a la poesía y derivada de la revista Héroe. En el congreso conoció a los autores agrupados en torno a la revista Hora de España (1937-1939), además de otros escritores latinoamericanos y europeos; se identifica, sobre todo, con los primeros, por ser el grupo más joven y por compartir con ellos cierto recelo hacia las expresiones más dogmáticas de los grupos estalinistas. Esta postura se hizo notoria cuando, durante las sesiones del congreso, André Gide fue fuertemente criticado por la publicación de su obra Regreso de la URSS (1936) y calificado de traidor, a tal grado que José Bergamín presentó una moción de censura a su obra ante el congreso. Tanto Octavio Paz como Carlos Pellicer y los jóvenes escritores españoles se negaron a unirse a este pronunciamiento. Después de las sesiones en España, viaja a París, donde convivió con Robert Desnos, César Vallejo, Alejo Carpentier y León Felipe, entre otros. A pesar del impacto causado por su visita en la ciudad y el encuentro con otros artistas envueltos en la doble inquietud de revolucionar los ámbitos político y artístico, no será hasta su regreso a la capital de Francia, en 1945, cuando se interesó activamente por el movimiento surrealista.

De regreso en México, entre 1938 y 1941 participó en la revista Taller, fundada por Rafael Solana, de la que fue director a partir del quinto número. En la coordinación de la revista convergieron Paz, Alberto Quintero Álvarez (1914-1944) y Efraín Huerta (1914-1982), a quien conocía desde los años de Barandal y quien también participó en la campaña alfabetizadora de 1937. Como expresa en “Razón de ser”, esta revista y la generación que representa, “no [heredan] sino una inquietud; un movimiento, no una inercia; un estímulo, no un modelo”.[5]

En 1939 nació su hija, Helena Paz Garro. En 1940, junto con los españoles Juan Gil-Albert, Emilio Prados y el mexicano Xavier Villaurrutia, preparó Laurel, antología de la poesía moderna en lengua española, encargada por José Bergamín que se publicó en 1941 por la editorial Séneca en los talleres gráficos de Cvltvra, esta selección será trascendente para las voces del continente. La antología reúne poemas de autores españoles e hispanoamericanos; comienza con el Modernismo y desemboca en las generaciones del 27 española y de Contemporáneos mexicana, al lado de los poetas del mismo periodo de toda la región. Como anota Anthony Stanton, en términos generales, el criterio subyacente a la selección de poemas y autores está relacionado con la idea de poesía pura y la continuidad que ésta tuvo a lo largo de las generaciones de habla hispana.[6] Entre los conflictos que el libro ocasiona, el más conocido lo protagoniza Pablo Neruda. Había aceptado aparecer en la antología, pero se niega después por una desavenencia con José Bergamín y el grupo de Contemporáneos. Este desacuerdo distanció a Paz y Neruda, luego su alejamiento continuó por razones estéticas y políticas durante años.

A inicios de los cuarenta conoció a Victor Serge y Jean Malaquais, dos intelectuales ex-comunistas que le ofrecen un punto de vista alternativo frente al régimen soviético. Aunque Paz había mostrado interés por el pensamiento marxista, el pacto germano-soviético entre Hitler y Stalin, y la realidad de los campos de concentración de la URSS provocaron en él un distanciamiento crítico, que desarrolló de manera sistemática a partir de entonces.

mostrar El Hijo Pródigo. Encuentro de los Estados Unidos

En 1942 el poeta publicó A la orilla del mundo. Al año siguiente participó en la fundación de la revista El Hijo Pródigo, dirigida por Octavio G. Barreda (1897-1964). En ella publicó, entre otros, el ensayo “Poesía de soledad y poesía de comunión”, texto que prefigura algunas ideas presentadas en El arco y la lira (1956). Obtuvo la beca de la Fundación Guggenheim para el periodo de 1943 a 1945 y se estableció en Berkeley, California, aunque visitó otras ciudades como Vermont y Nueva York. Al término de la beca, Paz permaneció en Estados Unidos: se mantuvo gracias a trabajos muy variados, entre ellos el subtitulaje de películas, y pasó a veces por estrecheces monetarias. Algunos fragmentos de la primera versión de El laberinto de la soledad (1950), por ejemplo “La revuelta de los pachucos”, provienen de esa época.

La estancia incidió fuertemente tanto en su obra ensayística como en la poética. Encontró puntos de convergencia en la poesía de autores como W. B. Yeats, Walt Whitman, William Carlos Williams, E. E. Cummings y Wallace Stevens, a quienes traducirá años más tarde. Además, trabó amistad con el poeta Robert Frost; la crónica “Visita a un poeta” (que aparece en la Obra completa como “Visita a Robert Frost”) registra este hecho. También durante este periodo escribió un ensayo sobre la poesía de José Juan Tablada (1875-1945), que lee en Nueva York con motivo de la muerte del poeta mexicano. La cercanía con la poesía moderna norteamericana coincidió con el viraje hacia un lenguaje menos enfático. Como anota Anthony Stanton: “El poeta se distancia de la elevada retórica de los textos anteriores para acercarse, en su lenguaje y versificación, al ideal del ‘habla viva’”.[7]

mostrar “Piedras hechas de tiempo”: París y Oriente (1945-1952)

Gracias a José Gorostiza, en ese momento jefe del Servicio Diplomático, Paz consiguió el nombramiento de embajador en París, a finales de 1945. El reencuentro con Benjamin Péret y su incorporación activa al grupo surrealista de André Breton, que incluye publicaciones en revistas del movimiento, marcaron fuertemente su carácter y su poesía a partir de esos años. Asimiló sus preocupaciones estéticas y morales, así como algunos elementos expresivos que se notarán en sus textos más importantes.

Comienza así otro momento de su poesía con Libertad bajo palabra, de 1949, que apareció en su primera edición bajo el sello editorial Tezontle y posteriormente se incorporó como colección al Fondo de Cultura Económica. Libertad bajo palabra, con el paso de los años, se convirtió en el título que agrupa la primera parte de la obra poética de Paz. En 1960 se reunieron buena parte de sus poemas escritos de 1935 a 1957 en un segundo libro que iba a titularse Todavía, pero que habría de cambiar por Libertad bajo palabra: obra poética (1935-1957). A partir de esta reunión de poemas –un total de doscientos veinticinco–, se hicieron las reelaboraciones posteriores. En ellas, Paz suprimió textos de adolescencia, corrigió otros e incluyó algunos inéditos o que sólo se habían publicado en revistas y periódicos: con esto buscó hacer un recuento de la primera etapa de su poesía. En 1968 se publicó la tercera edición donde, a decir de Paz: “decidi[ó] excluir más de cuarenta poemas” y corregir otros. Once años después, en 1979, apareció la cuarta versión en la que se reincorporan algunos de los poemas que antes se habían eliminado. La versión definitiva de Libertad bajo palabra es de 1990 –que no varía mucho de la anterior– y apareció en el volumen décimo primero de las Obras Completas de Octavio Paz, publicadas primero en 1996 en la edición española Círculo de Lectores y luego en 1997 por el Fondo de Cultura Económica en México.

En 1951 el poeta mexicano viajó a Nueva Delhi para cumplir deberes diplomáticos, y en 1952, a Tokio, como encargado de negocios. Ambos viajes potenciaron una transfiguración de su pensamiento y su poética desde su deslumbramiento vital. Hasta entonces había conocido el Oriente mediante la lectura, por ejemplo, de José Juan Tablada. De Japón lo impresionó la poesía sintética: se adentró en el género del haiku e incluso tradujo, en colaboración con Eikichi Hayashiya, Sendas de Oku de Matsuo Basho (Imprenta Universitaria, 1957). Por otra parte, la conciencia de la otredad, el encuentro con otras visiones religiosas, como el budismo y, en general, el contacto con otras formas de espiritualidad y expresiones estéticas modificaron su visión artística. Una muestra es el poemario Semillas para un himno (1954), donde además se anticipan algunas preocupaciones presentes en “Piedra de sol”.

mostrar La ciudad en torno a su sombra: los años en México

Octavio Paz regresó a México en 1953, donde permaneció hasta 1958, todavía al servicio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, como director de organismos internacionales. Fueron años de intensa actividad en la vida cultural del país. Por ejemplo, participó en una polémica con Antonio Castro Leal (1896-1981), donde se anunciaba su cambio de perspectiva sobre la tradición poética, que presentará en Poesía en movimiento.

A instancias de Jaime García Terrés (1924-1996) –entonces director de Difusión Cultural de la UNAM– y con el apoyo de otros artistas como Leonora Carrington (1917-2011), Juan Soriano (1920-2006) y Juan José Arreola (1918-2001), se creó en 1955 el grupo de teatro experimental Poesía en Voz Alta. Durante las representaciones de la agrupación se llevó a escena la única pieza teatral de Paz, La hija de Rapaccini –basada en la obra de Nathaniel Hawthorne–, que dirigió Héctor Mendoza (1932-2010) con vestuario y escenografía de Carrington. Fue adaptada a la ópera en 1989 por Daniel Catán (1949-2011). Además, junto con Carlos Fuentes (1928-2012) y Emmanuel Carballo (1929-2014) participó en la Revista Mexicana de Literatura, que marcó una época importante de la vida literaria en los años sesenta.

mostrar Las vías de la imaginación poética: encuentros y desencuentros con el Surrealismo

Como afirma Adolfo Castañón, “[…] es posible entender que para Octavio Paz […] el surrealismo sea una inspiración moral, una fuente de aliento ético y de aliento espiritual, una guía de conducta en el laberinto de la cultura y de la historia”.[8] La empatía con el Surrealismo se hace visible en obras como ¿Águila o sol? (1951), Semillas para un himno (1954), La estación violenta (1958) y Salamandra (1962), y en ciertas características temáticas y formales.

Ya desde El arco y la lira, Paz marca su filiación con el Surrealismo no sólo como escuela literaria –o artística en general–, sino como influjo revolucionario de la modernidad, por lo que trasciende los parámetros bajo los cuales había sido leída la vanguardia:

El programa surrealista –transformar la vida en poesía y operar así una revolución decisiva en los espíritus, las costumbres y la vida social– no es distinto al proyecto de Friedrich von Schlegel y sus amigos: hacer poética la vida y la sociedad. Para lograrlo, unos y otros apelan a la subjetividad: la disgregación de la realidad objetiva, primer paso para su poetización, será obra de la inserción del sujeto en el objeto. La “ironía” romántica y el “humor” surrealista se dan la mano.[9]

En 1957 Octavio Paz publicó Las peras del olmo, que integró textos sobre literatura mexicana, extranjera y temas vinculados a las artes plásticas aparecidos en distintas publicaciones. En éste apareció la conferencia “Estrella de tres puntas: André Breton y el surrealismo” que había dictado en 1954 en la Universidad Nacional Autónoma de México, cuyo tema reavivaría una vieja polémica en las letras mexicanas. Lo cierto es que nuestro Premio Nobel no se adhirió al Surrealismo sin más, sino que mantuvo una distancia crítica. A declaraciones como “Para mí, a diferencia de los surrealistas, la memoria es el origen de la poesía”, se suma el poema “Esto, esto y esto”, publicado en Árbol adentro (1987). Aunque Paz señaló que el Surrealismo puede haber desaparecido como actividad pictórica o literaria, insiste en que sus ecos pueden encontrarse todavía en nuestros días.

mostrar Piedra de sol

A decir de José Emilio Pacheco (1939-2014), “'Piedra de sol' es hasta hoy la obra maestra de Octavio Paz y mientras exista la lengua española será uno de los grandes poemas de la poesía mexicana”.[10] Ciertamente, poco después de su publicación, en 1957, el texto se consagró como clásico de la literatura; se inscribe dentro de la tradición del poema de largo aliento en nuestro país precedido por Primero sueño, La suave patria y Muerte sin fin.

Los quinientos ochenta y cuatro endecasílabos blancos que forman el poema tienen como asunto central el devenir del tiempo. Esto es evidente desde su presentación formal: el número de versos es idéntico a los días que Venus tarda en dar la vuelta al sol. “Este largo poema es culminación y síntesis. En él no sólo se dan todos los elementos contradictorios de la poesía de Paz, sino que se proyectan esta vez en una dimensión mítica y a la vez existencial”, nos dice Guillermo Sucre, uno de los críticos más certeros del poeta.[11]

La estructura del poema refleja la complejidad de temas que van del erotismo al trasfondo mítico. En opinión de Ramón Xirau:

Si El arco y la lira es la “summa” del pensamiento de Octavio Paz, Piedra de Sol es también la “summa” de su poesía. Las porciones contrarias se encuentran. Ya no tenemos ahora, aquí, un poema de protesta social y, más allá, un poema idílico o un poema elegíaco. Elegía, amor, protesta, aceptación y renuncia, contentamiento y desesperación, se unen ahora en un todo homogéneo […][12]

El arco y la lira (1956) fue escrito gracias a una beca que, durante la gestión de Alfonso Reyes (1889-1959), le otorgó El Colegio de México. En este ensayo reflexiona en torno al poema, la revelación poética, y el vínculo poesía e historia, como aclara el subtítulo. Para Paz estos elementos están fuertemente interrelacionados, ya que “La poesía es revelación de la condición humana y consagración de una experiencia histórica concreta”. En este largo ensayo, al que volvió en otras ocasiones para ampliarlo y corregirlo, se concretan sus ideas sobre poesía y modernidad esbozadas desde su juventud en distintos textos, y que se vieron enriquecidas como resultado de su curiosidad intelectual.

En cierto sentido, algunas de las ideas del ensayo fueron leídas dentro del marco del Surrealismo. Dada la amplitud de perspectivas del ensayo, ésta es una de sus lecturas posibles. Con este libro Octavio Paz obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia. En 1965 se publicó en francés en la editorial Gallimard; en 1967 se reeditó en México, aumentado y con cambios. Es considerado, hasta hoy, un ensayo fundamental para entender la tradición literaria moderna.

mostrar Testimonio de los sentidos: la India

Luego de divorciarse de Elena Garro en 1959 y tras una pequeña estancia en París en 1962, Octavio Paz fue nombrado embajador en la India, con residencia en Nueva Delhi. A finales de ese mismo año apareció en México Salamandra con poemas escritos entre 1959 y 1961, en los cuales siguió su acercamiento al Surrealismo, a la vez que se aproximó al poema sintético de la tradición japonesa. Su labor diplomática, llevada a cabo con eficacia, contribuyó a cultivar una de sus grandes pasiones personales: el viaje de descubrimiento. Otro evento importante: en 1964 conoció a Marie-José Tramini, con quien se casará en 1966 y desde entonces permanecerá a su lado hasta el fin de sus días.

El interés por la India, su historia y su cultura fecundó su obra. Si bien ya desde hacía unos años Paz había mostrado curiosidad por el mundo oriental, su acercamiento definitivo a esas cosmogonías, filosofías y estéticas se intensificó con esta experiencia. Uno de los temas que lo obsesionaron en esa época fue el del tiempo infinito, que forma parte de sus preocupaciones; otro asunto recurrente es el del erotismo, cuya percepción se enriquece con el arte y la cultura hindúes.

Esto es notorio en El mono gramático (1974), poema en prosa de largo aliento que narra el viaje de Hanuman, el dios mono dominador de los siete libros de la Gramática por el camino de Galta, y por el espacio que dista entre el nombre y la realidad que busca nombrar. Su fascinación por la India quedó confirmada, finalmente, en Vislumbres de la India (1995), en el que establece analogías con México.

La estancia de Paz en ese país terminó cuando dejó su cargo después de enterarse de la represión del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz al movimiento estudiantil, en la plaza de Tlatelolco en 1968. En el poema “México Olimpiada de 1968”, escrito unos días después del acontecimiento, quedó registrado su sentir y opinión al respecto:

La vergüenza es ira

vuelta contra uno mismo:

si

una nación entera se avergüenza

es león que se agazapa

para saltar.[13]

Su decisión fue objeto de polémica durante varios años dentro del país por parte de la prensa oficial y de algunos sectores de la izquierda; ahora es reconocida como un acto de solidez moral frente a la cerrazón gubernamental de aquellos años. Su reflexión sobre estos acontecimientos y sus implicaciones para nuestro país quedaron registrados en Posdata (1970), una continuación de El laberinto de la soledad (1950).

Tiempo después, en 1971, Paz volvió a refrendar su congruencia política cuando, al enterarse del llamado “Halconazo”, se negó a leer en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. En El ogro filantrópico volverá a enjuiciar los sucesos que marcaron un antes y un después para la cultura mexicana de la segunda mitad del siglo xx.

mostrar Poesía en movimiento y otras obras

Poesía en movimiento, una antología realizada con la colaboración de Homero Aridjis (1940), Alí Chumacero (1918-2010) y José Emilio Pacheco (1939-2014), fue publicada en 1966. En el prólogo Octavio Paz anuncia: “Nuestro libro pretende reflejar la trayectoria de la modernidad en México: poesía en movimiento, poesía en rotación. [...] el paisaje también cambia, las obras no son nunca las mismas, los lectores son igualmente autores”.[14] El movimiento sugerido en esas palabras del mexicano se refleja en el orden sui generis de los poetas antologados: por ejemplo, los entonces jóvenes José Emilio Pacheco, José Carlos Becerra (1936-1970), entre otros, preceden a Ramón López Velarde (1888-1921) y Xavier Villaurrutia (1903-1950), lo cual contradice el criterio cronológico como fundamento para entender la tradición literaria. Esto se debe a que el concepto central que conduce la antología es el de la “tradición de la ruptura”, una idea de Paz que ha demostrado ser productiva para la crítica de la poesía en nuestro país desde entonces.

Otra de las huellas que dejó su estancia en la India es la renovación expresiva, de la que quizá el mejor ejemplo sea Blanco (1967), aunque este poema también está fuertemente influido por la lectura e interpretación de Paz sobre la poesía concreta brasileña. Discos visuales (1968), hecho en colaboración con Vicente Rojo (1932), y Topoemas (1971), publicado después aunque escrito con anterioridad, son dos obras en las que Paz experimenta con el registro formal del caligrama. Durante esos años también elabora Hacia el comienzo (1964-1968), que luego se incluirá en el tomo primero de su Obra poética (1996). Además de conocer buena parte de la India, viajó a Afganistán, cuyos paisajes áridos quedaron retratados en Ladera este (1969). Este libro marcó un hito en su carrera poética, pues da cuenta de la fascinación por el lugar descubierto bajo una nueva sensibilidad.

mostrar Nuevos alientos en su ensayo

La obra ensayística de Octavio Paz da cuenta de la lucidez y claridad de su pensamiento, de su exacto manejo de los referentes universales y de su atención crítica a las novedades históricas, filosóficas y políticas. Sus preocupaciones e inquietudes en cuanto a lo que sucedía en el mundo en los años cincuenta y sesenta quedaron plasmadas en Puertas al campo (1966), recopilación de artículos y ensayos, así como en Corriente alterna (1967), que incluye textos publicados en revistas entre 1959 y 1965. Cuadrivio (1965) es la reunión de cuatro ensayos iluminadores en torno a Ramón López Velarde, Luis Cernuda, Rubén Darío y Fernando Pessoa, de quien fue difusor en nuestro país. En Los signos en rotación (1965) reflexiona sobre las relaciones antagónicas y complementarias entre la poesía y las sociedades modernas. Traducción: literatura y literalidad (1971) es un breve ensayo, escrito en Nueva Delhi, donde propone que traducción y creación son ejercicios análogos.

Además de la literatura, Paz estuvo interesado a lo largo de su vida en las artes plásticas, a semejanza de Charles Baudelaire. Su preocupación por la obra de Marcel Duchamp puede leerse en Marcel Duchamp o el castillo de la pureza (1968) y en Apariencia desnuda (1973). Su cercanía con el arte de México queda registrada en sus notas, presentaciones y polémicas en torno a figuras como Diego Rivera, Rufino Tamayo, Juan Soriano o Pedro Coronel. La pintura de los Estados Unidos, que conoció sobre todo mientras vivió en ese país, fue otro tema al que dedicó abundantes páginas. El arte latinoamericano –prehispánico y moderno– también fue objeto de textos reveladores.

Desde Francia irradiaba la escuela estructuralista: los años cincuenta y sesenta fueron los del giro lingüístico. Octavio Paz conoció, reflexionó y se nutrió de sus postulados, siempre con una actitud crítica. Muestra de ello son los libros Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo (1967), que parte de las propuestas del padre del estructuralismo antropológico para sugerir una visión del hombre en tanto emisor de signos y como signo en sí mismo. Conjunciones y disyunciones (1969) continúa indagando en esas cuestiones, pero ahora desde el signo-cuerpo en relación con el signo no-cuerpo. Por último, si bien mantiene la misma temática que los dos libros anteriores, El signo y el garabato (1973) contiene una rica visión teórica sobre la poesía que avanza en temas y perspectivas distintas a las ya tocadas por Paz.

mostrar De Plural a Vuelta

Antes de volver a México tras su renuncia en la India, Octavio Paz dictó cursos en universidades como Harvard, Cambridge y la de Austin. Ya desde 1967, a pesar de la distancia geográfica, se integró a El Colegio Nacional. En 1971 fue invitado por Julio Scherer –entonces director del Excélsior– a dirigir la revista Plural. Crítica y literatura, que bajo su coordinación fue publicada hasta 1976. Aunque aparecía junto con el periódico, la línea editorial se mantuvo independiente. En sus páginas fueron dados a conocer textos de escritores y pensadores que ya eran o serían referencias obligadas en el quehacer literario hispanoamericano. La revista se acompañaba con un suplemento donde salían a la luz traducciones de textos inéditos, que aún hoy resultan atractivos. Su aparición significó un parteaguas en el modo de promover el arte y el pensamiento en la sociedad mexicana a principios de la década de los setenta, cuyo panorama en cuanto a cultura, libertad y democracia era desalentador. Su cabezal que antepone la crítica a la literatura da cuenta de las intenciones de la publicación, que buscaba fomentar un ejercicio analítico y reflexivo del pensamiento en todas las esferas culturales y políticas en México a finales del siglo xx.

Sin embargo, como recuerda Carlos Monsiváis (1938-2010): “En julio de 1976, el gobierno del presidente Luis Echeverría auspicia un golpe contra la directiva de Excélsior. De inmediato, Paz y sus colaboradores renuncian a Plural, y en diciembre de ese año fundan la revista Vuelta, que Paz dirige”.[15] Vuelta (1976-1998) se convirtió en una de las publicaciones más longevas del país: una continuación de las intenciones y del formato de Plural (1971-1976), pero una revista independiente. Los recursos eran obtenidos mediante subastas de obras plásticas o donaciones, lo cual le permitió mantener una línea editorial abierta y crítica. Fundamentalmente dedicada a la literatura, también fue un espacio abierto a temas de sociología, filosofía y el pensamiento en general, además de promover la crítica como ejercicio indispensable dentro de una sociedad democrática. Por su impacto en el arte, la cultura y las letras de habla hispana fue reconocida en 1993 con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

mostrar El diálogo y la escritura

Algunos textos escritos por Paz entre 1969 y 1975 fueron publicados en Vuelta, que contiene cuatro poemas largos, cuyo tema común es la vuelta a la ciudad natal, y otras composiciones breves. Del “Nocturno de San Ildefonso” destaca la nostalgia con que se rememoran las calles y los ideales de antaño:

El muchacho que camina por este poema,

entre San Ildefonso y el Zócalo,

es el hombre que lo escribe:

esta página

también es una caminata nocturna.

 

Aquí encarnan

los espectros amigos,

las ideas se disipan.

El bien, quisimos el bien:

enderezar al mundo.

No nos faltó entereza:

nos faltó humildad.[16]

Pasado en claro (1975) es un poemario autobiográfico en muchos sentidos, ya que recupera sus vivencias en la casa paterna de Mixcoac. Por otra parte, Renga (1972) –forma de poesía colectiva japonesa– es un libro hecho a varias manos, al lado del poeta francés Jacques Roubaud, del italiano Edoardo Sanguinetti y del inglés Charles Tomlinson. Otro intento similar es Air born / Hijos del aire (1979) realizado solamente con Tomlinson. Muestra de colaboración en la escritura es asimismo Solo a dos voces (1973), interesante edición de entrevistas, acompañadas por pasajes de la obra de Paz, hecha por Julián Ríos; de igual forma Teatro de signos / Transparencias (1974) es un montaje de textos realizado por el escritor español. Paz también tuvo una intensa actividad como traductor de otras lenguas: de ello queda registro en Versiones y diversiones (1974).

Después de varios años sin publicar un nuevo libro de poesía, aparece Árbol adentro (1987); el poemario vuelve al erotismo, aunque también emergen el Oriente, el lenguaje y la pintura.

Árbol adentro

 

Creció en mi frente un árbol.

Creció hacia adentro.

Sus raíces son venas,

nervios sus ramas,

sus confusos follajes pensamientos.

Tus miradas lo encienden

y sus frutos de sombras

son naranjas de sangre,

son granadas de lumbre.

Amanece

en la noche del cuerpo.

Allá adentro, en mi frente,

el árbol habla.

Acércate, ¿lo oyes?[17]

mostrar Sendas del presente y el pasado (1974-1990)

Una muestra de su labor de ensayista en los años setenta puede ser leída en Los hijos del limo (1974), extenso libro necesario para comprender su teoría poética y el desarrollo de la poesía moderna. En otra mirada hacia el canon personal y nacional publicó Xavier Villaurrutia en persona y en obra (1978), entrañable y fundamental ensayo sobre el autor de Nostalgia de la muerte. Otro volumen, llamado In/mediaciones (1979), trata sobre arte y literatura de actualidad que, escribió Paz, “[...] no es tanto la que divulgan los medios de publicidad como la que vive al margen, lejos cuando no en contra de las corrientes en boga –el arte y la literatura de las afueras o, más exactamente, de las inmediaciones”.[18]

En 1981 recibió el Premio Cervantes y pronunció un discurso sobre la libertad, la democracia y el liberalismo. La dimensión política de su ensayo sigue siendo controvertida. Paz defendió siempre los valores democráticos necesarios para la transformación del país, lo que provocó descontento en los extremos opuestos de la ideología imperante: la izquierda y la derecha sin autocrítica. Para Alberto Ruy Sánchez, Octavio Paz “define su trabajo de analista político como la pasión inquisitiva de un escritor, de un poeta, que fuera de su poesía también da testimonio de su tiempo”.[19] De ahí que su labor en la promoción de la cultura, ya sea mediante la creación de espacios de publicación o bien fortaleciendo instituciones, sea también política. Y su acción siempre fue acompañada de la escritura reflexiva en torno a la historia y el presente de México y Latinoamérica. Prueba de ello son tanto El ogro filantrópico (1979), donde revisa críticamente la historia de nuestro país y la presencia opresiva del Estado en las sociedades contemporáneas, como Tiempo nublado (1983), reunión de ensayos en torno a la política internacional y el papel de los Estados Unidos en el devenir latinoamericano.

El año de 1982 aparece Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, biografía de la Décima Musa a la vez que interpretación de la historia del virreinato de la Nueva España, cuya importancia estriba en la restitución valorativa de la obra de la poeta novohispana. Para Carlos Monsiváis: “En este libro Paz lee la poesía barroca, las relaciones entre los intelectuales y el poder totalitario, el aislamiento de las mujeres, el mapa de lecturas e influencias de la monja jerónima y, muy posiblemente, su propia biografía intelectual”.[20] Sombras de obras (1983) es un conjunto de ensayos sobre temas que van de la literatura a la fotografía, sin dejar de lado las artes plásticas; mientras que Hombres en su siglo (1984) reúne textos en torno a personalidades como Fiodor Dostoievsky, José Ortega y Gasset, Jean-Paul Sartre.

El peregrino en su patria (1987), Generaciones y semblanzas (1987) y Los privilegios de la vista (1987) son tres volúmenes que fueron publicados bajo el título México en la obra de Octavio Paz (1987), si bien cada uno está dedicado a un asunto distinto. Sus escritos iniciales fueron publicados en Primeras letras 1931-1943 (1988), donde podemos encontrar Vigilias: diario de un soñador, artículos sobre arte, literatura, y reseñas sobre libros.

La teorización sobre el devenir de la poesía iniciada en Los hijos del limo (1974) continúa en La otra voz. Poesía de fin de siglo (1990). A esta reflexión contribuye Poesía, mito y revolución (1989), discurso pronunciado en la ceremonia de premiación del Premio Alexis de Tocqueville, donde ahonda sobre los encuentros y desencuentros de la poesía y la modernidad. Éste, como algunos otros libros más, apareció en Vuelta, casa editorial fundada y dirigida por él mismo.

mostrar Cita en Suecia

El reconocimiento internacional de su obra culminó con la obtención del Premio Nobel de Literatura en 1990. Su discurso de recepción, “La búsqueda del presente”, explora las postrimerías de la modernidad. Por su parte, los últimos años de su vida fueron particularmente fructíferos. Octavio Paz expresó sus opiniones a contracorriente de su tiempo: su crítica temprana y sostenida al sistema soviético fue uno de los temas que más le acarrearon enemigos. Pequeña crónica de grandes días (1990) registra sus consideraciones al respecto.

En 1991 publicó Convergencias, un conjunto de nueve ensayos, algunos de ellos dedicados a autores que según Paz forman parte de nuestra tradición y con los que confluye, tales como Fernando Pessoa, Luis Cernuda, Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro y André Breton. Al paso (1992) reúne otros apuntes: “Mis notas, más que juicios, son impresiones”, dice Paz en la introducción del libro.[21] Itinerario (1993) contiene cinco apartados sobre historia contemporánea de México y el mundo; el primero de ellos, cuyo título es homónimo del libro, es una suerte de biografía intelectual.

Los temas del amor y el erotismo son tratados extensamente en La llama doble (1993), uno de sus ensayos centrales que fue madurando desde 1962. Ese mismo año salió a la luz, en la editorial Vuelta y en colaboración con Heliópolis, Un más allá erótico: Sade (1993), que recoge su acercamiento al escritor francés con un poema y dos ensayos.

mostrar Su legado, una “escritura de fuego sobre el jade”

Octavio Paz se distinguió también por ser un extraordinario conversador. Algunas de sus charlas sobre sus andanzas, búsquedas y opiniones sobre acontecimientos de la época fueron compiladas por Hugo J. Verani en Pasión crítica (1985). Su presencia se extendió también a otros medios: Conversaciones con Octavio Paz (1984), Ezra Pound (1986), México en la obra de Octavio Paz (1989) y El siglo xx la experiencia de la libertad (1990) son cuatro series televisivas que protagonizó durante las últimas décadas de su vida.

El escritor murió el 19 de abril de 1998 en la Ciudad de México. Sin embargo, las empresas editoriales que animó, las instituciones que fundó o consolidó, el diálogo que estableció con otras literaturas y su obra –crítica y creativa– son un conjunto imprescindible para entender el devenir literario y cultural no sólo mexicano, sino universal. Su escritura es uno de los referentes más brillantes de la poesía en lengua española.

mostrar Premios y distinciones

1944 Beca de la Fundación Guggenheim.

1956 Premio Xavier Villaurrutia por El arco y la lira.

1963 Gran Premio internacional de Poesía (Bruselas).

1967 Miembro de El Colegio Nacional de México.

1972 Miembro Honorario de la American Academy of Arts an Letters (Estados Unidos).

1972 Premio del Festival de Poesía de Flandes.

1973 Doctorado honoris causa otorgado por la Universidad de Boston.

Doctorado honoris causa otorgado por el Instituto Allende de Guanajuato.

1977 Premio Jerusalem, Premio de la crítica (Barcelona), Premio Nacional de Letras.

1979 Gran Águila de Oro del Festival del Libro en Niza.

Doctorado honoris causa otorgado por la Universidad Nacional Autónoma de México.

1980 Premio Ollin Yolliztli.

Doctorado honoris causa otorgado por la Universidad de Harvard.

1981 Premio Miguel de Cervantes.

1982 Premio internacional Neustadt de la Universidad de Oklahoma.

Premio Wilhelm Heise (Alemania).

1984 Premio de la Paz (Frankfurt).

1985 Premio Mazatlán.

Premio Oslo de Poesía.

Doctorado honoris causa otorgado por la Universidad de Nueva York.

1986 Premio Internacional Alfonso Reyes (México).

Cruz de Alfonso X el Sabio (Madrid).

1987 Premio Internacional Menéndez Pelayo (Santander).

Premio T. S. Eliot

Premio American Express (Miami).

1988 Premio Britannia de la Enciclopedia Británica.

Medalla Picasso (UNESCO)

1989 Premio Alexis de Tocqueville (Francia).

Comendador de la Orden de Artes y Letras (Francia).

Premio Mondello Internacional (Italia).

Doctorado honoris causa otorgado por la Universidad de Murcia, España.

1990 Premio Nobel de Literatura.

1991 Orden Nacional al Mérito (Ecuador).

1992 Doctorado honoris causa otorgado por Middebury College (Estados Unidos).

Doctorado honoris causa otorgado por la University of Texas.

1993 Gran Cruz al Mérito (Alemania).

Miembro de Bellas Artes de la Real Academia de Bélgica.

Premio Príncipe de Asturias por la revista Vuelta.

1994 Condecoración de Gran Oficial de la Orden al Mérito (Italia).

Gran Cruz de la Legión de Honor de Francia.

Medalla Gabriela Mistral (Chile).

199 Premio de Periodismo Mariano de Cavia (España).

Doctorado honoris causa otorgado por la New School of Social Research

(Estados Unidos).

1996 Premio Blanquerna (Cataluña, España).


Estos datos fueron recopilados por Hugo J. Verani en Octavio PazBibliografía Crítica  (1931-1996).

mostrar Bibliografía

AA.VV. Festejo: 80 años de Octavio Paz. México: El Tucán de Virginia, 1994.

AA. VV. Homenaje a Octavio Paz. Nueva York: Instituto Cultural Mexicano de Nueva York, 2001.

Castañón, Adolfo. “Octavio Paz. La otra poética del surrealismo”. Festejo: 80 años de Octavio Paz. México: El Tucán de Virginia, 1994.

Mendiola, Víctor Manuel. El surrealismo de Piedra de sol, entre peras y manzanas. México: Fondo de Cultura Económica, 2001.

Monsiváis, Carlos. Adonde yo soy tú somos nosotros. Octavio Paz: crónica de vida y obra. México: Hoja Casa Editorial, 2000.

Paz, Octavio. Al paso. México: Seix Barral (Biblioteca Breve), 1992.

__________. El arco y la lira. 3ª edición. México: Fondo de Cultura Económica, 1981.

__________. In/mediaciones. México: Seix Barral (Biblioteca Breve), 1980.

__________.“Razón de ser”. Taller (México) abril de 1939, número 2, páginas 32-33.

__________. “Prólogo”. Poesía en movimiento. Selección y notas de Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis. México: Siglo XXI, 1966.

__________. Vuelta. México: Seix Barral (Biblioteca Breve), 1976.

Pacheco, José Emilio. “Descripción de Piedra de sol”. Revista Iberoamericana, número 74, volumen xxxvii, enero-marzo, 1971, páginas 135-146.

Phillips, Rachel, Las estaciones poéticas de Octavio Paz. México: Fondo de Cultura Económica, 1976.

Poniatowska, Elena. Octavio Paz. Las palabras del árbol. México: Plaza y Janés, 1998.

Ruy Sánchez, Alberto. Una introducción a Octavio Paz. México: Joaquín Mortiz, 1990.

Sheridan, Guillermo. Poeta con paisaje. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz. México: Era, 2004.

Stanton, Anthony. Inventores de tradición. Ensayos sobre poesía mexicana moderna. México: Fondo de Cultura Económica (Serie Estudios de Lingüística y Literatura; 38)/ El Colegio de México, 1998.

__________. “Octavio Paz y la poesía moderna en lengua inglesa”. Homenaje a Octavio Paz. Nueva York: Instituto Cultural Mexicano de Nueva York, 2001.

Sucre, Guillermo. Luz espejeante. Octavio Paz ante la crítica. Selección y prólogo de Enrico Mario Santí. México: Universidad Nacional Autónoma de México/ ERA, 2009.

mostrar Enlaces externos

Castañón, Adolfo, “El poeta como revisor”. Revista de la Universidad de México, número 51, mayo de 2008. (Consultado el 5 de diciembre de 2011).

Dumitrescu, Domnita. “Traducción y heteroglosia en la obra de Octavio Paz”. Hispania, número 2, volumen lxxviii, mayo de 1995. (Consultado el 5 de diciembre del 2011).

Franz, Carlos. “Tres poetas”. Letras Libres, noviembre de 2008. (Consultado el 27 de marzo del 2014).

Mullen, Edward J. “Sobre Octavio Paz: Octavio Paz, Hombres en su siglo y otros ensayos”. Anales de literatura española (Publicaciones periódicas), número 5, 1986-1987. (Consultado el 5 de diciembre del 2011).

Schrader, Ludwig. “Octavio Paz y el surrealismo francés (Sobre "Noche en claro")”. Anales de literatura española (Publicaciones periódicas), número 7, 1991. (Consultado el 5 de diciembre del 2011).

Nació en la Ciudad de México el 31 de marzo de 1914; murió el 19 de abril de 1998. Poeta y ensayista. Estudió en las facultades de Derecho y Filosofía y Letras de la UNAM. Fue miembro del Servicio Exterior Mexicano; director de organismos internacionales de la SRE; embajador en la India; ministro plenipotenciario de la Embajada de México en París; fundador y director de Barandal; editor responsable de Cuadernos del Valle de México y Taller; redactor de El Popular; fundador y director de Plural y Vuelta. Miembro de El Colegio Nacional, la American Academy of Arts and Letters, la Academia Mexicana, el Consejo de Crónica de la Ciudad de México, la comisión de literatura del CONACULTA y de la Real Academia de Bélgica. Fundador del grupo Poesía en Voz Alta. Su obra ha sido traducida a 32 idiomas. Colaboró en Alcancía, América,  Barandal, Cuadernos del Valle de México, El Hijo Pródigo, El Popular,  Estaciones, Plural, Poesía, Revista Mexicana de Literatura, Ruta, Taller, Taller Poético, Tierra Nueva, y Vuelta. Becario de la Fundación Guggenheim, 1944. Premio Xavier Villaurrutia 1956 por El arco y la lira. Premio Internacional de Poesía 1963, Bruselas, Bélgica. Premio del Festival de Poesía Flandes 1972 (compartido con Jorge Guillén, Saint-John Perse, Leopoldo Sega y Giullia Yllyes). Premio Jerusalén de Literatura 1977. Premio de la Crítica Española 1977, Barcelona. Premio Nacional de Letras 1977, México. Premio de la Crítica de Editores 1977, España. Premio Gran Águila de Oro del Festival Internacional del Libro 1979, Niza. Premio Ollin Yoliztli 1980. Premio Miguel de Cervantes 1981, España. Premio Internacional Neustadt de Literatura 1982, Oklahoma, EUA. Premio de la Paz de Editores y Libreros 1984, Frankfurt, Alemania. Premio Oslo de Poesía 1985, Noruega. Premio Mazatlán de Poesía 1985. Premio Internacional Alfonso Reyes 1986. Premio Internacional Menéndez Pelayo 1987, Santander, España. Medalla Picasso 1987 otorgada por la unesco, París, Francia. Premio Britania 1988 de la Enciclopedia Británica, Nueva York. Premio Alexis de Tocqueville 1989 otorgado por la Academia Francesa. Premio Nobel de Literatura 1990, Estocolmo. Gran Cruz al Mérito 1993, Berlín. Premio Príncipe de Asturias 1993 por Vuelta. Gran Oficial de la Orden al Mérito 1994, Italia. Gran Cruz de la Legión de Honor de Francia 1994. Medalla Gabriela Mistral 1994, Santiago de Chile. Premio de Periodismo Mariano de Cavia 1995, Madrid, España. Premio Blanquerna 1996, Barcelona, España. Medalla al Mérito Ciudadano 1998 de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (póstumo). Gran Cruz de Isabel la Católica 1998 (póstumo). Honorary “Nosotros” Golden Eagle Award 1998 (póstumo), Los Ángeles. Mexican Cultural Institute Award 1999 (póstumo), Washington. Doctor honoris causa por la Universidad de Boston (1973), la UNAM (1979), la Universidad de Harvard (1980), la Universidad de Nueva York (1985), la Universidad de Murcia (1989), la Universidad de Texas (1992) y la Universidad de Roma (1997).


José Luis Martínez
1995 / 02 ago 2017 10:16

La poesía

A lo largo de sesenta años, sin tregua y en un proceso constante de depuración y renovación, Octavio Paz (1914) ha realizado una obra excepcional como poeta y ensayista.

Sus tres primeros libros de versos, Luna silvestre (1933), Raíz del hombre (1937) y Bajo tu clara sombra (Valencia, 1937-México, 1941) que escribía un adolescente entre los 19 y 23 años, sorprendieron por su fluencia lírica, su poderosa imaginación:

Tu cuello, que un día, oh dulce agonizante,
reposara su arqueada gracia en mi hombro
tranquilo
Raíz del hombre, XII

O bien:

Tengo que hablaros de ella,
de la que alza blancos tumultos en el aire,
claras espumas en el día,
de la que puebla de vivos mármoles la noche.
Bajo tu clara sombra, IV

Además de su poesía amorosa, Octavio Paz escribió en estos años un poema de intención social, Entre la piedra y la flor (1937), dedicado al henequén y que concluye con una condena de la explotación que sufren los campesinos mayas que lo cultivan; y dos poemas relacionados con la guerra civil española. El primero de ellos, la “Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón” (1937) es una vibrante y dolida exaltación:

Has muerto, camarada,
en el ardiente amanecer del mundo.

Su autor suprimió la “Elegía” (“me sigue pareciendo tributario de una retórica que repruebo”) en la edición corregida y disminuida de Libertad bajo palabra, pero la volvió a recoger en la edición española de sus Poemas (1935-1975) “como el doble testimonio de una convicción y una amistad”. En las notas finales de esta edición, Paz refiere pormenorizadamente la singular historia del poema y de su inspirador.

El otro poema político es ¡No pasarán! (1936). Se editó por Simbad en una sencilla plaquette que fue “cedida al Frente Popular Español, en México, en prueba de simpatía y adhesión”, dice el colofón. Se incluyó en la rara edición española de Bajo tu sombra (Valencia, 1937) y no se ha vuelto a imprimir. En tanto que “Elegía” expresa sobre todo el dolor por el amigo perdido, ¡No pasarán! es un ejercicio “tributario de una retórica” que fue persuasiva en su momento y que dejó de serlo.

Hay un poema más, relacionado con el viaje a España, de grave emoción. Se llamó “El barco”, cuando se publicó en Hora de España (núm. XXIII, Barcelona, noviembre de 1938, pp. 367-369), y en Libertad bajo palabra, de 1960, cambió de título por “Los viejos”. Inicialmente llevaba la siguiente nota explicativa:

A mi regreso, en Lisboa, subieron trescientos españoles, viejos todos, gente de campo. Habían escapado, puesto que rebasaban la edad militar, de la zona facciosa. Ningún testimonio más horrendo, que el de estos pobres viejos, que ya no querían de su suelo, de su patria, sino un pedazo de tierra. Y el hecho de huir de sus tumbas arroja fuego sobre la realidad espantosa del franquismo.

Los temas sociales y políticos sólo volverán a aparecer muchos años más tarde y con otras connotaciones, en su poesía. En cambio, profundizará el gran tema del amor. El júbilo erótico de los primeros libros se transforma en una experiencia del mundo, en un camino para conocer el origen. El poema “Noche de resurrecciones”, de A la orilla del mundo (1942) es el tránsito de aquella sensualidad a esta trascendencia, sobre todo en los tercetos de la sección III:

Sobre esta roca tierna, ceniza de los años,
tendido como río, como piedra dormida,
yo sueño y en mí sueña mi polvo acumulado.

Y se inician esos desdoblamientos de las percepciones que serán frecuentes en su poesía:

Toco tu piel dorada,
el nacer de tu cuello entre mis manos,
en tus ojos me miro:
¿te miras o me miro por tus ojos?
¿te miras por los míos
como si fueras ya mi propio sueño?
“Entresueño”

Así llega el poeta a la exteriorización de su experiencia del mundo y a preguntarse por el significado de las criaturas visibles e invisibles en una serie de poemas luminosos y ya con pleno dominio de su lirismo:

Como en el mar desierto surge, de entre las olas,
una que sostiene,
estatua repentina,
sobre las verdes, líquidas espaldas
de las otras, las sobrepasa,
vértigo solitario, y a sí misma,
a su caída y a su espuma,
se sobrevive, esbelta
y hace quietud su movimiento,
reposo su oleaje,
tú, delicia, imprevista criatura,
brotas entre los ávidos minutos,
alta quietud erguida, suspensa eternidad.
“Delicia”, primera versión, en A la orilla del mundo

Con el rigor autocrítico de la madurez, en la “Advertencia” a la recopilación de sus Poemas, de 1979, dice su autor que cuantos versos escribió en los diez años que siguieron a 1933, fecha de su primer libro, “fueron borradores de borradores”, y que su “verdadero primer libro apareció en 1949: Libertad bajo palabra”. Ciertamente, éste es uno de sus grandes libros de poesía; pero el camino recorrido para llegar a él, los “borradores de borradores” del adolescente enamorado y del joven que gana la experiencia del mundo y de sus criaturas a través del amor, siguen siendo fascinantes.

Separados en lapsos de cinco a siete años, los libros de poesía de Octavio Paz han ido sucediéndose como círculos concéntricos que retoman el vuelo anterior para seguir su curso. En efecto, Libertad bajo palabra retoma, para comenzar, el poema “La poesía”, del libro anterior, para continuar la exploración de la poesía, del poeta y del mundo, y la lucha con las palabras. Hay viejos y nuevos temas, tratados con una maestría de múltiples registros. La transmutación de realidades luminosas:

El sol reposa sobre las copas de los castaños.
Sopla apenas el viento,
mueven las hojas los dedos, canturrean,
y alguien, aire que no se ve, baila un baile antiguo.
Camino bajo luces enlazadas y ramas que se abrazan,
calzada submarina de luz verde,
impalpable y de carne al mismo tiempo:
¡verdor que acaba en oro,
luz que acaba en sabor, luz que se toca,
aire vibrante, humano, hecho de alas
hueco que deja un cuerpo hermoso que se fuga!
“En la calzada”, primera versión

O una feroz amargura en las “Vigilas”, entre las que hay una serie de sonetos, “La caída”, “A la memoria de Jorge Cuesta”; o los poemas de “El girasol”, de sensualidad transfigurada. En la sección “Puerta condenada” aparece un poema hermoso y extraño, “Sueño de Eva” (que luego se llamará “Virgen”). Gutierre Tibón le dedicó un comentario importante: “Cadmo y un poema de Octavio Paz” (Excélsior, 29 de julio de 1971), que revela las alusiones herméticas al mito de los dientes del dragón de Cadmo y a otros mitos europeos y americanos, que subyacen en el poema. La explicación de Tibón ilumina un aspecto del poema, que sigue siendo bello en su misterio.

Al igual que otros poemas autobiográficos de Paz, son emocionantes “Elegía interrumpida” (“Hoy recuerdo a los muertos de mi casa”) y “La vida sencilla”, que aparecen en Libertad bajo palabra.

Con el libro que acaba de mencionarse, y con los que le siguen en la década de los cincuenta, entre sus 35 y 44 años, cuando publica ¿Águila o sol? (1951), Semillas para un himno (1954), Piedra de sol (1957) y La estación violenta (1958), alcanza Octavio Paz el punto más alto de su poesía –que se mantendrá con nuevos temas y tratamientos en los años posteriores–: la coexistencia de “el canto poético y la reflexión analítica”, que señalaba Julio Cortázar (“Homenaje a una estrella de mar”, 1971). Y en esta década estelar de tantos poemas memorables: el deslumbrante “Himno entre ruinas”; el canto a la belleza del mundo, al amor cumplido y a la felicidad de la mirada que es Semillas para un himno, con pasajes como éste:

Llorabas y reías
La cama era un mar pacífico
Reverdecía el cuarto
Nacían árboles nacía el agua
Había ramos y sonrisas entre las sábanas
Había anillos a la medida de la dicha
Pájaros imprevistos entre tus pechos
Plumas relampagueantes en tus ojos
Como el oro dormido era tu cuerpo…

y en los otros libros, poemas como “Mutra”, “¿No hay salida?” y el terrible visionario “El cántaro roto”, tienen su culminación en una obra maestra, Piedra de sol.

Este poema está compuesto por 584 endecasílabos, cuyos seis primeros versos se repiten al final. “En realidad, con ellos no termina sino que vuelve a empezar el poema”, explica su autor. “Este número de versos –prosigue– es igual al de la revolución sinódica del planeta Venus, que es de 584 días. Venus aparece dos veces al día, como Estrella de la Mañana y como Estrella de la Tarde. Esta dualidad (Lucifer y Vésper) no ha dejado de impresionar a los hombres de todas las civilizaciones, que han visto en ella un símbolo, una cifra o una encarnación de la ambigüedad esencial del universo”.

El memorable principio y fin del poema, dice:

un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:

Es pues, un poema circular cuyo tema central es la movilidad y la trasformación incesante de la vida. Al igual que los grandes poemas de Góngora, que Primero sueño, de Sor Juana y que Muerte sin fin, de Gorostiza, sus pares en lengua española, Piedra de sol está formado no de sus razonamientos y relatos sino de un lirismo que conjuga siempre su belleza verbal e imaginativa con su apretada trama de significados:

tu falda de maíz ondula y canta,
tu falda de cristal, tu falda de agua,
tus labios, tus cabellos, tus miradas,
toda la noche llueves, todo el día
abres mi pecho con tus dedos de agua,
sobre mis huesos llueves, en mi pecho
hunde raíces de agua un árbol líquido,
busco una fecha viva como un pájaro,
busco el sol de las cinco de la tarde
templado por los muros de tezontle:
la hora maduraba sus racimos
y al abrirse salían las muchachas
de su entraña rosada y se esparcían
por los patios de piedra del colegio,
alta como el otoño caminaba
envuelta por la luz bajo la arcada
y el espacio al ceñirla la vestía
de una piel más dorada y transparente,
                            vida y muerte
pactan en ti, señora de la noche,
torre de claridad, reina del alba
virgen lunar, madre del agua madre,
cuerpo del mundo, casa de la muerte,
caigo sin fin desde mi nacimiento,
caigo en mí mismo sin tocar mi fondo,
recógeme en tus ojos, junta el polvo
disperso y reconcilia mis cenizas,
ata mis huesos divididos, sopla
sobre mi ser, entiérrame en tu tierra,
tu silencio dé paz al pensamiento
contra sí mismo airado;

Ramón Xirau considera a Piedra de sol una summa de la poesía de Paz: “Elegía, amor, protesta, aceptación y renuncia, contentamiento y desesperación se unen ahora en un todo homogéneo” (“Notas a Piedra de sol”, 1957). En “Descripción de Piedra de sol” (1970), José Emilio Pacheco afirmó que “es hasta hoy la obra maestra de Octavio Paz y mientras exista la lengua española será uno de sus grandes poemas”. Julio Cortázar escribió:

En el corazón de esa obra [de Octavio Paz] se alza Piedra de sol, para mí el más admirable poema de amor jamás escrito en América Latina, respuesta en el dominio erótico a la sed de confrontación total del hombre con su propia trascendencia, allí donde todas las falsas fronteras se ven abolidas, donde el ser no se reduce al yo histórico de Occidente sino que se abre a una armonía con tantos dioses abjurados o perdidos: los dioses del cuerpo, que son innumerables, los dioses del canto, los dioses de la felicidad… [Op. Cit.]

Para Pere Gimferrer, “El resorte esencial de todo poema [es] la búsqueda de la plenitud del propio ser en el instante amoroso […]; la unidad esencial del mundo, y la unidad de palabra y el mundo” (Lecturas de Octavio Paz, Barcelona, 1980).

Y Maya Schärer-Nussberger afirma que Piedra de sol “es el poema paziano del Eterno Retorno” y es una manifestación de lo que el poeta llama vivacidad, como lo decía Nietzsche: “No la vida eterna sino la eterna vivacidad, eso es lo que importa” (Octavio Paz. Trayectorias y visiones, México, FCE, 1989. La cita de Nietzsche es de Paz en “Poesía de soledad y poesía de comunión”, 1942; Las peras del olmo, 1957, p.125).

Con los textos poéticos en prosa de ¿Águila o sol?, Octavio Paz explora nuevos campos expresivos. Bajo los subtítulos de “Trabajos forzados” –luego llamados “trabajos del poeta” – “Arenas movedizas”, y “¿Águila o sol?”, el tema dominante es la incertidumbre y la lucha por la expresión: “Comienzo y recomienzo –dice el poeta–. Y no avanzo. Cuando llego a las letras fatales, la pluma retrocede: una prohibición implacable me cierra el paso”. Aquel feroz programa del poema “Las palabras”:

Dales la vuelta,
cógelas del rabo (chillen, putas),
azótalas,
dales azúcar en la boca a las rejegas…
Libertad bajo palabra, 1949

se pone en práctica en estas imaginaciones frenéticas, pesadillas surrealistas y fascinantes variaciones sobre la palabra:

A la palabra torre le abro un agujero rojo en la frente. A la palabra odio la alimento con basuras durante años, hasta que estalla en una hermosa explosión purulenta, que infecta por un siglo el lenguaje. Mato de hambre al amor, para que devore lo que encuentre.
“Trabajos del poeta”, IX

“El ramo azul” es un espeluznante cuento de horror; y son muy hermosos el relato “Mi vida con la ola” y el homenaje al pintor Rufino Tamayo, “Ser natural”.

La primera recopilación de la obra poética de Octavio Paz, 1935-1958, se llama Libertad bajo palabra (1960) –como el libro de 1949. Excluyó en ella la mayor parte de sus poemas de adolescencia; desechó algunos más de sus libros anteriores, dio versiones corregidas de otros, recogió algunos dispersos, y reordenó el conjunto bajo cinco secciones “que atienden más bien a afinidades de tema, color, ritmo, entonación o atmósfera”. En una edición posterior (1967) de esta recopilación “modifiqué –dice su autor– muchos poemas y suprimí más de cuarenta. Algunos aprobaron el rigor, otros lo lamentaron” (el presente comentador entre ellos). En el volumen llamado Poemas (1935-1975) (Barcelona, 1979), se mantiene, en la primera parte, aquella división de cinco secciones –aunque “he indultado a once de los condenados”, dice Paz– y se añaden al final los libros posteriores a 1956, incluyendo los de prosa poética, pero excluyendo las traducciones de poesía. Su obra poética es, pues, una obra en movimiento y reelaboración. Aquí sigo las ediciones originales, aunque mencionando, en ciertos casos, las modificaciones posteriores.

Vuelvo al repaso de su obra. Durante su permanencia en México, de 1953 a 1959, Paz realiza una intensa actividad literaria. En 1956 participa en una empresa cultural interesante, la del grupo teatral Poesía en voz alta. Para el segundo de sus programas escribió La hija de Rappaccini (1956, 1990), pieza en un acto, en prosa. La dirigió en su primera representación Héctor Mendoza, con escenografía y vestuario de Leonora Carrington y música incidental de Joaquín Gutiérrez Heras. Adaptando libremente el cuento de Nathaniel Hawthorne y la tradición oriental, Paz, en su único y afortunado contacto con el teatro, escribió La hija de Rappaccini sobre el tema de la muchacha alimentada con venenos, y el amor de Juan y Beatriz. Daniel Catán compuso una ópera sobre esta obra, con escenografía de Roger Von Gunten, representada en México, 1991.

Las vetas surrealistas de ¿Águila o sol? continúan en varios de los poemas de Salamandra (1962), que recoge la obra de 1958-1961. “Noche en claro”, dedicado precisamente “A los poetas André Bretón y Benjamín Peret” me parece el mejor de los poemas surrealistas de Paz. Inspirado por el maravilloso soneto de Quevedo, “Amor constante más allá de la muerte”, escribió “Homenaje y profanaciones”, un poema de tensa violencia erótica. Dice su autor que es uno de sus poemas regidos por la numerología: “El número básico es el catorce, porque representa los catorce versos del soneto, unido al tres, porque cada soneto puede dividirse en tres partes. Es un soneto de sonetos” (“Tiempos, lugares, encuentros, entrevista con Alfred MacAdam”, en Vuelta, núm. 181, México, diciembre de 1991). El poema que da título al libro es una fulgurante enunciación del bicho:

Exclamación. Corona de incendio
En la testa del himno
Reina escarlata
(y muchacha de medias moradas
corriendo despeinada por el bosque)
Salamandra
Animal taciturno
Negro paño de lágrimas de azufre.

En Salamandra lo mismo que en Ladera este (1969), su siguiente libro, Octavio Paz inició cada verso con mayúsculas y prescindió de los signos de puntuación.

En 1952, Octavio Paz visita por primera vez la India y el Japón y se interesa vivamente por la poesía y la filosofía del Oriente. Y de 1952 a 1968 es embajador de México en la India, así como en Ceilán y Afganistán. El contacto con estos mundos y con el pensamiento hindú originarán un reverdecimiento lírico, exaltado por una nueva presencia amorosa (“Viento entero” y los poemas que le siguen).

Entre los poemas inspirados por las ciudades o lugares de la India, hay uno notable, “Vrindaban”, nombre de una ciudad santa del hinduismo, dedicada al culto a Krisna. De este poema, Claude Givaudan, en Ginebra, 1966, hizo una excepcional edición, un “libro objeto”, con traducción francesa de Carmen Figueroa.

Además de los poemas de Ladera este, la etapa de la India fue también tema de un singular libro en prosa, El mono gramático (en francés, Ginebra, 1972; en español, Barcelona, 1974). El director de libros de arte, Albert Skira, dirigió una serie especial llamada Los Caminos de la Creación, en la que se publicaron obras de Picasso y de Michaux, y para la cual solicitó a Octavio Paz un libro.

Al comenzar estas páginas –explica su autor– decidí seguir literalmente la metáfora del título de la colección a que están destinadas, Los Caminos de la Creación, y escribir, trazar un texto que fuese efectivamente un camino, y que pudiese ser leído, reconocido como tal. A medida que escribía, el camino de Galta se borraba o yo me desviaba y perdía en sus vericuetos. Una y otra vez tenía que volver al punto de comienzo. En lugar de avanzar, el texto giraba sobre sí mismo. ¿La destrucción es creación? No lo sé, pero sé que la creación no es destrucción. A cada vuelta el texto se desdoblaba en otro, a un tiempo su traducción y su transcripción; una espiral de repeticiones y de reiteraciones que se han resuelto en una negación de la escritura como camino.

“El mono gramático” que da nombre al libro es Hanuman, un gran mono mitológico que parece reinar en el enjambre de simios que pueblan el palacio abandonado de Galta. Imágenes de este lugar, fantasías eróticas, variaciones sobre el sentido del lenguaje y de los signos, mitos y recuerdos convergen en esta prosa encendida. De pronto, una evocación hace recordar al poeta un cuadro extraño, The fairy-teller’s master-troke, pintado por Richard Dadd a mediados del siglo XIX, en un manicomio inglés. Y escribe una interpretación magistral de esta obra. (En la monografía La peinture anglaise. De Hogarth aux Preraphaélites, de Jean-Jacques Mayoux, Ginebra, Skira, 1972, p. 253, se recoge este texto de Paz, calificado de “admirable”).

Después del surrealismo y el Oriente, y conjugando sus motivaciones, en este caso las del lado japonés, Octavio Paz emprende, a partir de 1966, una búsqueda experimental de nuevos caminos para la expresión poética. José Juan Tablada, desde 1920, en “Nocturno alterno” enfrentó dos textos que podían leerse separados o unidos, formando un tercer poema. Paz había escrito versos y poemas breves con este procedimiento pero, en Blanco (1967) lo empleó en forma más extensa y más compleja. Blanco está compuesto por tres poemas y sucesiones de versos que pueden leerse separados o en varias combinaciones. El central tiene por tema el tránsito de la palabra al silencio. La columna de la izquierda es un poema erótico, y la derecha son variaciones sobre la sensación, la percepción, la imaginación y el entendimiento. Por la belleza de sus versos y las sorpresas de sus combinaciones, éste es el más logrado de los poemas experimentales e individuales del poeta.

Los seis Topoemas (1968) son poemas espaciales, a veces con imágenes descriptivas –“poesía concreta”– que cobran sentido con las explicaciones que su autor escribió para cada uno.

Los Discosvisuales (1968) dibujados por Vicente Rojo, son ingeniosos. Son cuatro objetos circulares de alegres colores, que contienen otros tantos breves poemas: “Juventud, “Pasaje”, “Concorde” y “Aspa”. Cada objeto tiene dos círculos que giran en torno a su centro. Los superiores se hallan provistos de ventanas, y al girar van apareciendo, en los inferiores, fragmentos del poema. “Proyectan –explica su autor– un puñado de signos como un ideograma que fuese un surtidor de significaciones.”

Una invención más es 3 notations-rotations (Harvard 1974) formado por tres luminosas figuras rotatorias, compuestas por Toshi Katayama, nombradas “Portrait”, “Two in one” y “Bread of Riddle”. Las figuras tienen ventanas que al girar permiten leer los textos expresivos de Octavio Paz.

La afición por la poesía japonesa se manifestó en varios estudios del poeta, en sus traducciones de un clásico japonés, las Sendas de Oku (1957), de Matsúo Basho (con colaboración de Eikichi Hayashiya), y sobre todo en la publicación de Renga (1972), simultáneamente en edición francesa de Gallimard y mexicana de Joaquín Mortiz.

El renga es una forma poética colectiva que se inició en Japón en el siglo VIII. Consiste en poemas ligados o encadenados en cuya redacción intervienen varios poetas. Jacques Roubad explica: “un eslabón cualquiera del renga forma con el que lo precede un poema y este poema es diferente del que forma con el eslabón que le sigue”. Existe, pues, una continuidad y una ruptura: un “ejercicio del corazón para penetrar el talento y la visión del otro”.

Convocados por Octavio Paz, en abril de 1969, se reunieron durante cinco días en el sótano del Hotel Saint-Simon, de París, cuatro poetas: el inglés Charles Tomlinson, el italiano Edoardo Sanguineti, el francés Jacques Roubaud y el mexicano Octavio Paz. Sirviéndose cada uno de su lengua, convinieron escribir siete secuencias de siete sonetos cada una, de estructura muy libre. En cada secuencia, uno de ellos la iniciaba y proponía el mood, en la primera estrofa; en los siguientes seis sonetos se iba variando el orden de las intervenciones, y el último soneto de cada secuencia lo escribía completo el iniciador de la secuencia. Sólo faltó el séptimo soneto de la cuarta secuencia, que correspondía al italiano Sanguineti. En la edición mexicana que lleva introducción de Claude Roy y exposiciones de Paz, de Roubaud, de Tomlinson, al lado de cada soneto original, escrito en las cuatro lenguas, se ofrece una traducción del conjunto al español. El resultado, como quiera que se lo lea, es espléndido. Apartándose del modelo japonés, proyectando una sola lengua, el Renga de 1969 está escrito en cuatro lenguas y, como dice Paz, “en un solo lenguaje: el de la poesía contemporánea”. Y añade el poeta mexicano que concibieron el renga, “no como un río que se desliza sino como un lugar de reunión y oposición de varias voces: una confluencia”. Y Tomlinson precisa:

Todos tuvimos que someternos al curso del poema y, mientras éste se desenvolvía, al influjo de otros elementos dentro del poema mismo, de modo que no nos afectó tanto la necesidad de ser “nosotros mismos” como la de contribuir a una estructura común.

Por la originalidad del procedimiento seguido, la calidad y la disciplina de los participantes y el interés de la obra lograda, esta empresa del renga promovida por Octavio Paz es una excepcional experimentación poética.

Air Born-Hijos del aire (1979) fue una variante y afinación del Renga de 1972. Octavio Paz y Charles Tomlinson escribieron, alternándose cuartetos y tercetos, dos series de sonetos en torno a Casa y Día como temas. Por correo aéreo y en sus respectivas lenguas intercambiaban contribuciones. La serie Casa la inició Tomlinson y el cuarto soneto lo escribió Paz completo. Y la serie Día la inició Paz y concluyó con un soneto de Tomlinson. Al mismo tiempo, cada uno traducía los poemas completos al inglés y al español. El resultado muestra la posibilidad de una poesía por cooperación de dos poetas afines y en dos lenguas.

Al mismo tiempo que realizaba esta búsqueda de nuevas posibilidades y modos de expresión, Octavio Paz escribía estudios importantes y proseguía su propia ascensión poética. A fines de 1974 compone uno más de sus poemas mayores, Pasado en claro (1975; nueva versión, 1978). En tanto que Piedra de sol es un poema circular cuyo tema es la vasta experiencia del mundo, Pasado en claro es una reflexión sobre la memoria del poeta, un preguntarse por el sentido de sus antepasados y por su propio designio vital. El pasaje de rememoraciones de la madre, el abuelo, la tía y el padre, que comienza, “En mi casa los muertos eran más que los vivos”, con sus implacables descripciones, es de los más emocionantes de nuestras letras. Con este poema memorable, Paz cierra un ciclo de poemas autobiográficos que comenzó a esbozar muchos años antes, en poemas como “Elegía interrumpida” y “Cuento de dos jardines” (“Yo era niño/Y el jardín se parecía a mi abuelo”). Y en el libro siguiente Vuelta (Barcelona, 1976), que recoge poemas amargos, feroces, escritos entre 1969 y 1974 a su regreso a México, sobresale el “Nocturno de San Ildefonso”, en el que vuelve a evocar y a reflexionar acerca de su juventud en la vieja escuela Nacional Preparatoria y en el barrio estudiantil:

El muchacho que camina por este poema,
entre San Ildefonso y el Zócalo,
es el hombre que lo escribe:
                          esta página
también es una caminata nocturna.
                                  Aquí encarnan
los espectros amigos,
                                   las ideas se disipan.
El bien, quisimos el bien:
                                enderezar al mundo.
Nos faltó entereza:
                             nos faltó humildad.

Cada uno de los libros principales de Octavio Paz es como otra vuelta de tuerca hacia dentro del poeta, como una nueva exploración del mundo, o como la búsqueda de formas más expresivas. Árbol adentro (Barcelona, 1987), en la cima de la madurez del poeta, prosigue este crecimiento y es como un resumen de su poesía y su condición humana:

Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.
“Hermandad”

(Poema que emparienta con las “Estancias” de Villaurrutia: “Estrella que te asomas, temblorosa y despierta…”). Hay aquí indagaciones sobre la naturaleza de la poesía; haikús según las reglas japonesas; dos espléndidos poemas de rememoración –que se enlazan con los de libros anteriores–: “Hablo de la ciudad” y “1930: vistas fijas”; poemas sobre pintores entre los que prefiero los dedicados a Joan Miró y Antoni Tapies; un notable poema, “La guerra de la driada o vuelve a ser eucalipto”, que traspone con soltura una fábula mitológica a un incidente inmediato; y sobre todo dos obras mayores que deberán inscribirse junto a las grandes creaciones del poeta. “Ejercicio preparatorio”, la primera de ellas, es una meditación sobre la muerte, de grave emoción, que concluye con estas líneas:

                            pido
frente a la tos, el vómito, la mueca,
ser día despejado,
                            luz mojada
sobre la tierra recién llovida
y que tu voz, mujer, sobre mi frente sea
el manso soliloquio de algún río;
pido ser breve centelleo,
repentina fijeza de un reflejo
sobre el oleaje de esa hora:
memoria y olvido,
                                al fin,
una misma claridad instantánea.

El otro poema culminante de Árbol adentro es “Carta de creencia”, compuesto como una cantata en tres tiempos y una coda. Es una conversación con la amada y una reflexión sobre la sustancia del amor que los ha unido. Dice la “Coda”:

Tal vez amar es aprender
a caminar por este mundo.
Aprender a quedarnos quietos
como el tilo y la encina de la fábula.
Aprender a mirar.
Tu mirada es sembradora.
Plantó un árbol.
                             Yo hablo
porque tú meces los follajes.

Las traducciones de Octavio Paz, reunidas en Versiones y diversiones (1974) son un despliegue de los múltiples caminos de su curiosidad: poesía en lengua inglesa, francesa, portuguesa, sueca, china y japonesa, en algunos casos con colaboraciones. Además de su habilidad como traductor y de que, como él lo dice, “a partir de poemas en otras lenguas quise hacer poesía en la mía”, estas versiones fueron también revelaciones de poetas en ocasiones mal conocidos. De ellas son notables las de Donne y Marvell, las de Apollinaire, la de “La Conquista” de Lysander Kemp –que no he logrado conocer–, las espléndidas de Pessoa, la de Gunnar Ekelöf y las muy hermosas de poetas chinos y japoneses.

Cuatro de estas traducciones se publicaron previamente en pequeños libros: la de Matsúo Basho, Sendas de Oku (1957), traducción directa del japonés con la colaboración de Eikichi Hayashiya, con estudio preliminar y los textos completos en prosa y verso de Basho; la de Fernando Pessoa, Antología (1962), con introducción; la de Cuatro poetas contemporáneos de Suecia: Martinson, Lundkvist, Ekelöf y Lindegren, con la colaboración de Pedro Zekeli (1963), y la de William Carlos Williams, Veinte poemas (1973), con dibujos de Gunther Gerzso, estudio preliminar y los textos originales.

“Todo el libro de poemas es, en el fondo, un diario”, dice Octavio Paz, y los suyos lo han sido, en efecto. Vistos en perspectiva, puede sugerirse en ellos el curso de su vida, de su pensamiento y de sus concepciones poéticas. El entusiasmo erótico del adolescente, la transformación de ese erotismo en una experiencia trascendente del mundo, la denuncia social y la exaltación de una lucha o un héroe políticos, la indagación sobre la naturaleza de la poesía y del poeta, la transmutación de la realidad y la revelación de la belleza del mundo, la lucha con la palabra, las rememoraciones autobiográficas, la movilidad y la transformación incesante de la vida, la “confrontación total del hombre con su propia trascendencia”, la imaginación y la libertad surrealistas, el reverdecimiento lírico ante las experiencias de la India, las búsquedas experimentales inspiradas en formas japonesas que extrema y perfecciona, las reflexiones sobre el pasado del poeta, la amargura y la ira contra la insensibilidad que destruye la armonía del mundo, la meditación sobre la muerte y la reflexión sobre la naturaleza y sustancia del amor que lo ha conducido.

Cuando todo parece haber sido ya expresado y cuando todos los reconocimientos han honrado al poeta, es conmovedor leer que sigue atento aún a la mínima belleza:

Nacida al borde de un ladrillo
en un rincón del patio,
brizna de hierba combatiente
contra el aire y la luz,
aire y luz ella misma.
De “Verde noticia”, mayo de 1991

En este vasto mundo de sentimientos, imágenes y tonos, pueden advertirse ciertas ausencias. Por ejemplo, el humor, la vulgaridad y la sátira. Cualquiera que sea la motivación poética, Paz la transfigura en una visión irisada de motivos y correspondencias y la trasciende en busca de sus significados. No persigue los juegos epigramáticos o ingeniosos sino una concentración imaginativa, a la vez plástica y musical.

Aunque desde el principio de su obra fue notable su fluencia lírica, no se detuvo especialmente en exhibir su destreza como versificador. De oído seguro, emplea con preferencia endecasílabos sueltos, combinados a veces con heptasílabos o pentasílabos; maneja bien los más raros eneasílabos y, cuando es necesario, pasa a los versículos a la manera bíblica. Sus sonetos y tercetos son excelentes. De todas maneras, los aspectos técnicos de la versificación se hacen casi invisibles en su poesía ante la carga de su tensión creadora:

La feliz soltura con que Octavio Paz se mueve en cualquier tipo de versificación –observa Carlos H. Magis–, se debe a un especial sentido del ritmo: la conformidad del movimiento con la fluencia de las asociaciones mentales donde nace el caudal de las imágenes. [La poesía hermética de Octavio Paz, México, El Colegio de México, 1973, p.181]

Este sentido del ritmo se aprecia sobre todo en los poemas extensos, apoyados en estructuras orgánicas, con balances internos de temas y tonos, y un aliento sostenido. El propio autor de Piedra de sol, Blanco y Pasado en claro ha precisado las características que debe tener un poema extenso y que él ha puesto en práctica:

Lo distintivo –dice– no es únicamente el número de líneas sino el desarrollo: las divisiones entre las distintas partes y los enlaces y articulaciones entre ellas. El poema extenso debe satisfacer una doble exigencia de la variedad dentro de la unidad y la de la combinación entre recurrencia y sorpresa. [“Cantar y contar (Sobre el poema extenso)” en La otra voz. Poesía y fin de siglo, Barcelona, Seix Barral, 1990, p.22]

No pocos de los poemas de Octavio Paz implican alusiones herméticas y una carga simbólica. Por ello, casi todos los exégetas de su poesía se han detenido en la explicación de estas alusiones. Pero el conocimiento de una poesía no es sólo el desciframiento de acertijos y significaciones sino, sobre todo, su disfrute verbal. De aquí que en los presentes comentarios haya procurado equilibrar ambas perspectivas, atendiendo a “el canto poético y la reflexión analítica”, como decía Cortázar.

El gusto por la experimentación de nuevos recursos expresivos y los ejercicios de poesía en colaboración con otros poetas –ambos poco frecuentes en nuestras letras–, muestran la curiosidad abierta y creadora de Octavio Paz y su disciplina para explorar la posibilidad de una poesía de voces múltiples.

Paz ha sido un crítico riguroso de sus poemas y a no pocos de ellos ha excluido de sus recopilaciones o los ha corregido y rehecho. Estas correcciones parecen tender a evitar redundancias, divagaciones o decoraciones prescindibles. Sus rigores son los del hombre maduro y sabio limpiando las obras del joven. Pero aquellas efusiones siguen teniendo el encanto del balbuceo apasionado.


José Luis Martínez
1995 / 02 ago 2017 10:16

Los ensayos de historia y política

Desde sus primeros escritos, Octavio Paz alternó la poesía con los ensayos. A lo largo de su obra, sus libros de reflexión llegarán a ser más extensos que los de creación poética y tan importantes como éstos. Los temas de sus ensayos son principalmente la historia y la política, las letras y las artes. Así se encuentran divididos en la compilación llamada México en la obra de Octavio Paz que se publicó en 1987 en tres volúmenes. En la presente exposición seguiré estas divisiones y me referiré de preferencia a los libros originales para considerar tanto a los ensayos de temas nacionales como a los extranjeros. Asimismo, tomaré en cuenta en sus escritos juveniles que ha recopilado Enrico Mario Santí en Primeras letras (1931-1947) (1988).

El primer ensayo publicado por Paz, en diciembre de 1931 (Barandal, núm. 5, y recogido en Primeras letras), cuando sólo tenía 17 años, se llama “Ética del artista”. Al enfrentar el dilema “¿arte de tesis o arte puro?”, anticipa ya el tema de la moral del escritor que será el dominante en sus ensayos de historia y política.

En estos primeros años escribe capítulos de un diario, “bajo el hechizo de Rilke”, estudios sobre literatura, arte y política, reseñas de libros y respuestas a encuestas. Son los pasos iniciales que anuncian a un escritor de múltiples caminos. Y así como el primer ensayo prefigura al pensador político, “Poesía de soledad y poesía de comunión” (1942) es la semilla de sus ideas literarias, e “Isla de gracia” (1939) su iniciación en la crítica artística.

Solicitado por tantos temas, uno fue concentrando su pensamiento: la indagación sobre la naturaleza y el ser de México. En 1943, publicó en el diario Novedades, 27 artículos semanales (recogidos en Primeras letras), en los que llegó a dominar la soltura periodística. Al menos cinco de estos artículos: “El vacilón”, “Don Nadie y Ninguno”, “¡Viva México hijos…!”, “Arte tricolor” y “La mentira en México”, son apuntes en torno al tema mencionado. El tercero de ellos, que mantiene el pudor lingüístico que entonces era común, rememora el pueblo de Mixcoac, en que vivió de niño y el bullicio de la plaza en las fiestas religiosas. “En estas ocasiones, desde temprano, una banda tocaba melancólicas marchas que querían ser marciales; en torno a los músicos, chicos y grandes formaban un absorto círculo de comedores de cacahuates.”

Por la noche, la plaza y la iglesia se iluminaban con los fuegos de artificio que culminaban con tres ruedas prodigiosas en las que brillaban los colores patrios:

Y siempre, entre el rumor extático –cuenta Paz–, había alguna voz desgarrada, angustiosa que gritaba: “¡Viva México hijos de…!”
      El niño quería saber: “¿a quiénes les decía ¡hijos de…! aquella convulsa voz popular ¿Y quién era esa señora? Nunca lo supe” Le dicen que “aquélla era una injuria muy fea”, y se da cuenta del vacío de la alusión. En realidad –escribe–, era un grito en el vacío –y lanzado al vacío […] En ese grito el mexicano se afirma, orgullosa y desesperadamente como un hijo de la nada. [Primeras letras, pp. 312-314]

Años después, estos apuntes aislados van a articularse en el primer libro de ensayos que escribe Octavio Paz, a los 36 años, El laberinto de la soledad (1950; 2ª. edición revisada y aumentada, 1959). Por su apasionada intensidad intelectual, ésa es una obra excepcional en el curso de las letras mexicanas y con la que su autor ganó notoriedad.

El perfil del hombre y la cultura en México (1934) de Samuel Ramos, es uno de sus antecedentes. Mas esta primera búsqueda de la idiosincrasia del mexicano fue superada y profundizada con la fuerza de una inteligencia superior. Aunque algunos de los temas de El Laberinto de la soledad, como el del “pachuco”, se han transformado, muchos otros seguirán vigentes porque se atañen a nuestra sustancia permanente. Por ejemplo, los que describen el mundo cerrado y el disimulo, el machismo, el sentido mexicano de la fiesta, la raíz y significación del “chingar” en México y los penetrantes análisis de nuestra evolución histórica. En El laberinto de la soledad Paz se sirve de sus propias observaciones y experiencias y de un bagaje intelectual muy amplio, que a las fuentes literarias añade las históricas, sociológicas, filosóficas y antropológicas. Por la vivacidad y lucidez de sus interpretaciones, El laberinto se ha convertido en uno de nuestros clásicos y es un libro indispensable para el conocimiento de México.

Entre los acontecimientos importantes que ocurrieron en los años siguientes a la aparición de El laberinto de la soledad, fue particularmente grave la rebelión estudiantil y la matanza del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. Octavio Paz entonces embajador de México en la India, dimitió de su cargo en protesta por la acción del gobierno. Años más tarde reflexionó sobre su significado en una prolongación de El laberinto que llamó Posdata (1970). Está dividida en tres secciones: “Olimpiada y Tlatelolco”, “El desarrollo y otros espejismos” y “Crítica de la pirámide”. Su tesis central es muy audaz: el modelo azteca de dominación sangrienta subsiste en México. “Los virreyes españoles y los presidentes mexicanos son los sucesores de los tlatoanis aztecas”, cuyo mundo –de estos últimos– “es una de las aberraciones de la historia”. Y la matanza de Tlatelolco fue una representación simbólica, un sacrificio en la pirámide que es México; fue la reaparición de “aquello que somos desde la conquista y aún antes”. “Al México del Zócalo, Tlatelolco y el Museo de Antropología –concluye– tenemos que oponer otra imagen […] sino la crítica, el ácido que disuelve las imágenes […] debemos aprender a disolver ídolos […] dentro de nosotros mismos” (Posdata, pp. 136-148.)

Posdata es uno de esos raros ensayos estremecedores y fascinantes, acaso sólo comparable a ciertas páginas de José Vasconcelos. La interpretación simbólica que Octavio Paz hace de México y de nuestras instituciones podrán convencernos o irritarnos, o incluso podrá encontrarse falsa o desmesurada, pero es ya parte de nuestra conciencia. Estas páginas no son un desahogo ni una denuncia sino una especie de catarsis que nos obliga a reconocer en un espejo sombrío una imagen terrible de nosotros mismos, y no propone una purificación y una salida.

Las reflexiones sobre México de El laberinto de la soledad y de Posdata tuvieron una prolongación interesante: la conversación de Paz con el crítico francés Claude Fell, llamada “Vuelta a El laberinto de la soledad” (1975), que recoge precisiones sobre cuestiones políticas. Los tres textos se reunieron en una edición especial de El laberinto (México, FCE, 1981).

Alternándolos con su poesía y sus ensayos sobre letras y artes, Octavio Paz continuó escribiendo sobre historia y política a partir de 1970. Este desdoblamiento del hombre de letras que además se ocupa de cuestiones públicas, había sido común entre los escritores del siglo XIX, y Paz lo recupera y lo asume plenamente. Sus escritos políticos no son los de un aficionado superficial sino de un analista bien documentado, con ideas claras y firmes, y muy combativo. Pronto se ocupa, además de los asuntos nacionales, de las cuestiones generales del momento.

En sus ensayos de esta índole, el pensamiento de Octavio Paz está regido por sus personales concepciones del compromiso y de la crítica. Opuesto a la idea sartreana del compromiso, encuentra inaceptable:

que un escritor o un intelectual se sometan a un partido o una iglesia. La crítica es para mí –prosigue– una forma libre de compromiso. El escritor debe ser un francotirador, debe soportar la soledad, saberse un marginal […] Para mí la crítica es creadora. La gran diferencia entre Francia e Inglaterra, por un lado, y España e Hispanoamérica, por el otro, es que nosotros no tuvimos el siglo XVIII. No tuvimos ningún Kant, Voltaire, Diderot, Hume. [“Vuelta a El laberinto de la soledad” (1975), en El ogro filantrópico, 1979, pp. 34-35]

Y en otro lugar, al referirse a los peligros que tiene el intelectual al servicio del gobierno, afirma que el oficio del escritor es de palabras,

y que entre ellas, una de las más cortas y convincentes es NO. Uno de los privilegios del escritor –añade– es decir NO al poder injusto. Pero ese NO debe brotar de la conciencia y no de la táctica, la ideología o las necesidades del partido. [“Suma y sigue”, op. cit., 1977, p. 333.]

Las citas anteriores proceden de El ogro filantrópico (1979), que reúne los ensayos de Paz sobre historia y política, de 1971 a 1878. El ensayo que da nombre al libro se refiere al Estado y su peligroso crecimiento en el México de aquellos años. Y además de éste y de las conversaciones con Claude Fell y Julio Scherer (“Suma y sigue”), ya citadas, hay aquí muchos otros textos de gran interés y valentía doctrinaria: sobre Quetzalcóatl y Guadalupe, el libro de Jacques Lafaye; sobre la independencia intelectual de Daniel Cosío Villegas; acerca de nuestra relación con Estados Unidos; sobre el PRI y el ejido (“Burocracias celestes y terrestres”); “A cinco años de Tlatelolco”; sobre problemas demográficos; sobre cuestiones universitarias; sobre las ideas de Charles Fourier; varios artículos sobre los campos de concentración soviéticos y el caso Solyenitzin; y sobre Sartre y sus actitudes. Entre estos ensayos, señalo principalmente uno, “La mesa y el lecho”, tan sugestivo como esclarecedor, acerca de la evolución de las modas culinarias y eróticas en el mundo moderno, con comparaciones muy agudas entre las costumbres mexicanas y estadounidenses. Cito, al menos, un pasaje:

La comida yanqui, impregnada de puritanismo, está hecha de exclusiones. La preocupación maniática por la pureza y el origen de los alimentos corresponde al racismo y el exclusivismo […] en esta tradición culinaria resultaría escandaloso nuestro gusto por los guisos sombríos y pasionales como los moles –espesas y suntuosas salsas rojas, verdes y amarillas. También lo sería el lugar de elección que tienen en nuestra mesa el huitlacoche que, además de ser una enfermedad del elote, es una alimento de color negro. O nuestro amor por los chiles y las mazorcas de maíz, ellos del verde perico al morado eclesiástico y ellas del dorado solar al azul nocturno. Colores violentos como los sabores. Los norteamericanos adoran los colores y los sabores tiernos y frescos. Su cocina es como pintura al agua o al pastel [p. 216].

Del amplio repertorio de temas que incluye El ogro filantrópico, el más notorio es la condenación del socialismo soviético: campos de concentración, Solyenitzin, y el Gulag, confesiones de Heberto Padilla, Sartre y las manifestaciones y violencias locales. Esta decidida toma de posición de Paz originó numerosos antagonismos de variados calibres. Uno de los más consistentes fue el de Héctor Aguilar Camín: “Octavio Paz; metáforas de la tercera vía”. (La cultura en México, núm. 900, suplemento de Siempre!, México, 6 de junio de 1979, recogido en el libro Saldos de la revolución, México, Océano, 1984).

Las páginas de El ogro… –afirma Aguilar Camín– han quedado cerradas a la denuncia y la crítica del imperialismo y a la injusticia del sistema capitalista, para centrarse exclusiva y visceralmente en la demolición del socialismo, sus escrituras sagradas, acólitos, sacristanes y oficiantes. [p. 276]
      La elección del enemigo es obvia y reiterativa –agrega Aguilar Camín más adelante–. La independencia de Paz se ejerce sólo contra el marxismo y sus derivados; su anticomunismo es más fóbico y obsesivo que su anticapitalismo, lo mismo que su versión de la URSS frente a la de los Estados Unidos; su denostación de los intelectuales de izquierda mexicanos y latinoamericanos simplemente carece de la contraparte que se esperaría de una conciencia libre e independiente: la crítica de los intelectuales de derecha y sus medios de penetración masiva [p. 293].

En la excelente entrevista que hizo Julio Scherer a Paz en 1977 (“Suma y sigue”, recogida también en El ogro filantrópico), se había hecho a Paz una crítica semejante y su respuesta fue contundente:

¡Falso! –contestó Octavio Paz–. En Plural y en Vuelta hemos procurado siempre denunciar los crímenes de los regímenes militares de América Latina. Un ejemplo entre muchos: en Plural apareció un reportaje –necesariamente anónimo– sobre los fusilamientos en la prisión militar de Trelew (Argentina). Fue un hecho terrible pero al que la prensa mexicana e internacional concedió poca atención. Sobre el cuartelazo de Chile publicamos muchos textos, entre ellos un artículo mío que fue reproducido por Le monde y The New York Times. Sobre la política norteamericana en Vietnam y en otras partes también publicamos muchos artículos, entre ellos algunos de Chomsky y de Stone. Finalmente, lo que pasaba y pasa fuera no ha sido nunca para nosotros un pretexto para callar ante lo que pasa en México. Vuelta es una revista literaria y artística pero, cada vez que ha sido necesario, nos hemos ocupado de la actualidad política mexicana.
      Tu crítica –prosigue Paz– delata un error de óptica. En México, sobre todo en la izquierda, que todavía constituye la opinión ilustrada (a la derecha no le interesan las ideas y los debates le producen dolor de cabeza), asombra e irrita a cualquier crítica a los países llamados socialistas. Ciertos temas siguen siendo tabú. Así como hay un puritanismo sexual hay un puritanismo político. Condenar los crímenes de los generalotes y genralillos es un ritual sin riesgos; decir que los soldados cubanos no tienen nada que hacer en África, salvo perder la vida, es más grave que blasfemar a la Virgen de Guadalupe. [El ogro, p. 330]

Los más importantes ensayos de Paz acerca de historia y política mexicanas se reunieron en el primer volumen de la colección México en la obra de Octavio Paz (3 vols., FCE, 1987), que lleva como subtítulo El peregrino en su patria, y contó con la colaboración, como editor, de Luis Mario Schneider. Aquí aparecen, además, ensayos no recogidos antes, como los dedicados a Cuauhtémoc y a Cortés, y se publican por primera vez el ensayo “Contrarronda” y algunos poemas.

Sin desentenderse de las cuestiones nacionales, a fines de los sesenta Paz comienza a ocuparse de los grandes temas e ideas generales y de los cambios profundos que entonces ocurrían: precisa la significación de tres nociones que suelen confundirse: revuelta, revolución y rebelión; critica la superficialidad de las ideas del comunicólogo McLuhan; se pregunta por el sentido de las rebeliones de los jóvenes y las mujeres, que se iniciaban; enfrenta las “razones” de Ortega y Gasset a las de Sartre; analiza la significación de la revuelta del “tercer mundo”, todo esto en Corriente alterna, III (1967). Además, expone las ideas antropológicas, el estructuralismo y la noción del signo en Lévi-Strauss (Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo, 1967).

Después de estas indagaciones temáticas, en Tiempo nublado (1983) afronta el análisis del conjunto de la historia de nuestro tiempo y de las transformaciones y crisis que afectan al mundo en los años setenta y en los primeros ochenta. Siguiendo la concepción maya, expone la “cuenta larga”, o sea las modificaciones de los grandes ritmos que alteran las viejas estructuras, y los acontecimientos aislados de la “cuenta corta”.

La primera parte de Tiempo nublado registra los “cambios de opinión y del ánimo” en las naciones del Viejo Mundo; la crisis de la democracia imperial de Estados Unidos, y su contrapartida, la del sistema de dominación burocrática de Rusia; la revuelta de los particularismos, sobre todo en los países de la periferia; y los peligros y dificultades de la modernización de México. Si los análisis de las crisis de Estados Unidos y de Rusia son notables, los comentarios que dedica Paz a “la revuelta de los particularismos” resultan admirables por su precisión documental y por anticipar problemas que se han exacerbado posteriormente. El terrorismo en Irlanda del Norte (p. 19), el conflicto en Israel y Palestina, la revuelta-resurrección de Irán con el Ayatola Jomeini, la revolución cultural de China y la figura de Mao, “que es ya parte de la galería de monstruos de la historia”, sentencia Paz.

La segunda parte de Tiempo nublado estudia la relación de México y Estados Unidos. En un pasaje importante precisa la diferencia central de nuestras sociedades. La estadounidense que se origina en la Reforma, antecedente de la Ilustración y del mundo moderno, y la hispano-mexicana que nace de la Contrarreforma y el neotomismo y se cierra a la modernidad (p.152). En otros capítulos, se pregunta por “América Latina y la democracia” y examina la “desdichada involución del régimen de Castro”. A las luchas del sindicato Solidaridad y del pueblo polaco, de 1980-1981, entonces aplastados y posteriormente triunfantes, dedica Octavio Paz la última sección de Tiempo nublado.

En la advertencia a este libro, su autor dice que no es un profesional de la historia y que sus artículos y ensayos acerca de la actualidad tienen un punto de vista marginal. “En todo caso –agrega– nunca desde las certidumbres de una ideología”. Por la amplitud de su documentación y su rigor y lucidez críticos, los ensayos históricos y políticos de Octavio Paz, a partir de los de El ogro filantrópico y de Tiempo nublado, son los de un maestro, también en ese campo.

En Hombres en su siglo y otros ensayos (1984) reúne ensayos sobre personalidades contemporáneas, entre los que sobresalen los dedicados a los poetas del exilio español, a Ortega y Gasset y a Kostas Papaioannou –evocado con calidez– y a la diversidad de la imagen en la era de lo visual, o sea la TV.

En Pasión crítica (1985) Hugo J. Verani reunió algunas de las mejores entrevistas que se han hecho a Octavio Paz. Interlocutor excepcional, ha tenido la suerte de ser entrevistado con inteligencia, sobre cuestiones concretas y sin caer en vaguedades y generalizaciones. Las entrevistas de Roberto González Echevarría y Emir Rodríguez Monegal sobre la elaboración de poemas mayores y el surrealismo; la de Rita Guibert sobre feminismo, erotismo y literatura; la de Edwin Honig sobre problemas de la traducción; la de Masao Yamaguchi sobre el Oriente y erotismo; la de Antonio Marimón sobre cuestiones políticas y la de Gilles Bataillon sobre política centroamericana y mexicana, me parecen las más interesantes.

Se incluyen también otras entrevistas ya conocidas, como la de Claude Fell sobre El laberinto de la soledad y la de Julio Scherer sobre temas políticos. Además, junto a esas entrevistas se recoge un texto muy vivaz: la “Conversación en la Universidad”, de 1979. Invitado por estudiantes, Paz leyó y comentó algunos de sus poemas, y al final, contestó con agudeza las preguntas que le hicieron. La última es memorable:

Es usted uno de los poquísimos escritores contemporáneos que aún invoca a las musas; no define si hay espontaneidad o no; entonces, ¿cómo se ubica respecto a la lucha de clases?
       ¡Caramba! Esto de la lucha de clases y las musas me recuerda a algo que pasó hace años. Discutían en una comida teólogos católicos y dialécticos marxistas. Entre ellos estaba un escéptico. Al cabo de unas horas de discusión el escéptico se levantó y les dijo: “Señores, los dejo en su mesa, con sus masas y sus misas: yo me voy con las mozas que son mis musas”. [p. 236].

Y en la entrevista con Gilles Bataillon explica bien las motivaciones profundas de su preocupación política:

Aspiro a hacer la crítica de la política. Es un asunto que me preocupa desde la infancia quizás porque, niño, me interesé por la historia. Soy ante todo poeta. Ahora bien, para mi generación la poesía estuvo ligada a la historia. No olvide usted que nací en 1914 y que soy contemporáneo de las grandes conmociones del siglo XX […] Todo esto marcó profundamente mi adolescencia y mi juventud. Cuando comencé a escribir estaba poseído de la profunda afinidad entre poesía y revolución. Las veía como las dos caras de un mismo fenómeno [p. 272].

Al ocurrir en 1989 los dramáticos acontecimientos promovidos por el gobierno de Gorbachov, que determinaron el fin de setenta años de dictadura comunista, Octavio Paz, que había sido adversario constante de aquel sistema y de sus prolongaciones latinoamericanas, escribe, a raíz de los sucesos, su Pequeña crónica de grandes días (1990). Antes que vanagloriarse de los hechos que le dieron aun con exceso la razón, reflexiona sobre el sentido de estos hechos y su posible evolución. Comienza por sorprenderse de que el fin del sistema, que imaginaba sólo desaparecería “en una conflagración”, cuyo “derrumbe arrastrase a la civilización entera”, ocurriese en forma relativamente pacífica. Después de considerar las causas antiguas e inmediatas de la “enorme mutación”, y la acción del político excepcional que la puso en marcha, Paz anticipa con lucidez los peligros que la acechan: los “demagogos nostálgicos” y los “nacionalistas rabiosos”, que ya aparecieron. (Cuando escribo estos comentarios, diciembre de 1991, Gorbachov no es ya presidente y la URSS ha desaparecido.) Asimismo, examina Paz el complejo problema de la “resurrección de las culturas tradicionales”, al “insurrección de los particularismos étnicos y culturales”, cuestión de la que depende “el futuro y la vida misma de la Unión Soviética”, y en fin, anticipa los nuevos problemas que provocará la liberación de la Europa Central.

La parte final de este ensayo, examina las posibilidades de una comunidad de naciones de América del Norte, y el porvenir de México en busca de la modernidad.


José Luis Martínez
1995 / 02 ago 2017 10:17

Los ensayos de letras y artes

Por la agudeza de sus interpretaciones y por su valentía para ir contra la corriente dominante, los ensayos de historia y política de Octavio Paz le han dado notoriedad pública. Con todo, prefiero los que tratan de letras y artes. Éstos se orientan principalmente hacia la elucidación de la naturaleza de la poesía y de aspectos técnicos del arte literario; y al estudio de la evolución de la lírica contemporánea y de personalidades de las letras. Y los de arte prefieren las creaciones de nuestro tiempo y las del arte prehispánico.

Su primer ensayo importante en estos campos fue, como ya se dijo, “Poesía de soledad y poesía de comunión” (de 1942, publicado por primera vez en El hijo Pródigo, en 1943). Es una apasionada exaltación de la poesía, de su diálogo con el mundo y de las dos situaciones extremas en que se mueve la obra del poeta:

una, de soledad; otra de comunión. Siempre intenta comulgar, unirse (reunirse, mejor dicho), con su objeto: su propia alma, la amada, Dios, la naturaleza… La poesía mueve al poeta hacia lo desconocido. Y la poesía lírica, que principia como un íntimo deslumbramiento, termina en la comunión o en la blasfemia [en Las peras del olmo, 1957, p.120]

Después de esta primera aproximación, Paz se atreve a una indagación a fondo de la naturaleza de la poesía, y a los cuarenta y dos años escribe uno de sus libros mayores: El arco y la lira (1956; a partir de la 2ª. ed., de 1967, se incluyen numerosas modificaciones; se amplía el capítulo “Verso y prosa” y se sustituye el epílogo por uno nuevo: “Los signos en rotación”, de 1965) “que no es –precisa su autor– sino la maduración, el desarrollo y, en algún punto, la rectificación de aquel lejano texto” [“Poesía de soledad…”] (“Advertencia”).

Aquellos eran los años en que Alfonso Reyes, en su plenitud, había publicado La experiencia literaria (Buenos Aires, 1942) y El deslinde. Prolegómenos a la teoría literaia (1944). Como reconoce Paz, estos estudios le “iluminaron” su propio camino. El que sigue en El arco y la lira no es el de la investigación fenomenológica. Su propósito es indagar “la naturaleza última” de la poesía. Quiere responder a estas preguntas: “¿Hay un decir poético –el poema– irreductible a todo decir?; ¿qué dicen los poemas?; ¿cómo se comunica el decir poético?".

El arco y la lira es, quizás, el libro de Paz más apretado de sentidos y menos claro en su diseño general. Mas, al mismo tiempo, tiene múltiples pasajes y capítulos fascinantes por la lucidez de su pensamiento, como “El ritmo”, “La inspiración” y “El verbo descarnado”; como, en los apéndices. “Poesía y respiración”, la nueva versión del capítulo “Verso y prosa” sobre la poesía moderna, y el nuevo epílogo, “Los signos en rotación”.

Algunas de las tesis centrales de la primera versión de El arco y la lira conciben la poesía como una posibilidad de trascendencia del hombre y la imaginación, como una especie de redención de la humanidad, si llega a realizarse la “encarnación de la poesía en la historia”. En los nueve textos, estos designios son menos francos. La poesía venidera se ve como: “la dispersión de la imagen del mundo en fragmentos inconexos [que] se resuelve en uniformidad y, así, en pérdida de la otredad".

Sin embargo: “Hoy la poesía no puede ser destrucción sino búsqueda del sentido. Nada sabemos de su sentido porque la significación no está en lo que ahora se dice sino más allá, en un horizonte que apenas se aclara”. (“Los signos en rotación”, 1964).

Y en una entrevista de 1991 considera la situación de la poesía con realismo pesimista:

la poesía de hoy –dice– es un culto secreto cuyos ritos se celebran en las catacumbas, en las afueras de la ciudad. La sociedad de consumo y los editores comerciales prestan poca atención a la poesía. Creo que ésta es una de las enfermedades de nuestra época. Dudo que podamos tener una sociedad buena si carecemos de buena poesía.

Y en este mismo texto formula dos promesas importantes. “Ahora que me encuentro al final de mi carrera, quiero hacer dos cosas: seguir escribiendo poemas y escribir otra defensa de la poesía” (“Tiempos, lugares, encuentros. Entrevista con Alfred MacAdam”, en Vuelta, núm. 181, México, diciembre de 1991, p. 20)

Después de El arco y la lira y sus prolongaciones y modificaciones, Paz siguió escribiendo sobre cuestiones generales de literatura, casi siempre concentrado en la poesía. En la primera parte de Corriente alterna (1967) y en El signo y el garabato (1973) reúne ensayos breves sobre estos temas y, entre ellos, uno especialmente interesante, sobre “Teoría y práctica de la traducción” que incluye un magistral comentario sobre “El soneto IX” de Mallarmé.

Octavio Paz fue invitado por la Universidad de Harvard a sustentar las Charles Eliot Norton Lectures, correspondientes al curso de 1972. Estas conferencias habían sido prestigiadas por T. S. Eliot, E .E. Cummings, Igor Strawinsky, Pedro Henríquez Ureña, Jorge Luis Borges, Jorge Guillén y Carlos Chávez.

Los hijos del limo. Del romanticismo a la vanguardia (Barcelona, 1974) llamó Paz al libro que reunió sus conferencias. El título proviene de un verso de Nerval, que va como epígrafe. Y su tema general, dice su autor, es “el movimiento poético moderno y sus relaciones contradictorias con lo que llamamos ‘modernidad’” (p.9).

Se trata de una modernidad –dice Paz– que, vista de cerca, resulta paradójica: en muchas de sus obras más violentas y características –pienso en esa tradición que va de los románticos a los surrealistas– la literatura moderna es una apasionada negación de la modernidad; en otra de sus tendencias más persistentes y que abraza a la novela tanto como a la poesía lírica –pienso ahora en esa tradición que culmina en un Mallarmé y un Joyce–, nuestra literatura es una crítica no menos apasionada y total de sí misma. [p.55].

La exposición de Paz acerca de la obras de los poetas románticos ingleses, Coleridge, Wordsworth y Blake, y alemanes, Hölderlin, Novalis y Jean-Paul Richter, es muy sugestiva. Especialmente conturbadoras son las páginas que se refieren al Sueño de Jean-Paul, cuyo tema es la muerte de Dios, texto que “abre las puertas de la contingencia y la sinrazón. La respuesta –prosigue Paz– es doble: la ironía, el humor, la paradoja intelectual; también la angustia, la paradoja poética, la imagen” (p.72).

Y agrega más adelante:

El Sueño de Jean-Paul va a ser soñado, pensado y padecido por muchos poetas, filósofos y novelistas del siglo XIX y del XX: Nietzsche, Dostoievski, Mallarmé, Joyce, Valéry… En Francia fue conocido gracias al libro famoso de Madame de Staël: De l’Allemange (1814 [2ª. parte, cap. XXVIII]). Hay un poema de Nerval, compuesto por cinco sonetos e intitulado “Cristo en el monte de los Olivos”, que es una adaptación del Sueño. El texto de Jean-Paul es abrupto, exagerado; los sonetos de Nerval despliegan los mismos temas como una solemne música nocturna [p.75]

Otros pasajes interesantes de Los hijos del limo son los que exponen (cap. IV) las ideas de Charles Fourier, antigua afición de Paz:

La palabra deseo –escribe–, no figura en el vocabulario de Marx. Una omisión que equivale a una mutilación del hombre. Para Fourier, cambiar a la sociedad significa liberarla de los obstáculos que impiden la operación de las leyes de la atracción apasionada [p.102].

La crítica de Paz acerca del romanticismo español e hispanoamericano, en el capítulo V, es pesimista sin matices, y acaso desproporcionada a apropósito de Blanco White. Con razón protesta nuestro autor, en 1972, por la poca atención de la crítica respecto a “la influencia de la tradición ocultista”, activa no sólo en Darío, Lugones, Nervo y Tablada, sino aun en poetas de vanguardia, como Gilberto Owen –como lo mostró el estudio de García Terrés, de 1980–, “El modernismo –escribe– se inició como una búsqueda del ritmo verbal y culminó en una visión del universo como ritmo” (p. 134).

Habría que mencionar aún muchas otras observaciones interesantes en Los hijos del limo, pero antes me detendré en una puntualización necesaria. En la sección dos del capítulo final afirma Paz: “La rehabilitación de Góngora fue iniciada por Rubén Darío y después siguieron los estudios de varios críticos eminentes” (p. 188).

En cuanto a lo de Darío, precisa Emilio Carilla: “Punto de arranque, es cierto, pero débil comienzo, ya que sería exagerado atribuir aquí al poeta de Prosas profanas una importancia mayor que la que realmente tiene” ("Rubén Darío y Góngora” Estudios sobre Rubén Darío, Ernesto Mejía Sánchez (comp.), México, FCE, 1968, pp. 320-331).

El “punto de arranque” de la rehabilitación de Góngora, de parte de Darío, son los sonetos de “Trébol”, de 1899, incluidos en Cantos de vida y esperanza (1905). “Trébol” es un homenaje a Diego Velázquez, en su centenario, y al retrato que pintó de Góngora. Estos sonetos fueron recogidos por Gerardo Diego en su Antología poética en honor a Góngora (Madrid, Revista de occidente, 1927). Darío, además, hizo menciones ocasionales del “delicioso Góngora” y de la “Galatea gongorina”.

El verdadero principio de la rehabilitación de Góngora se encuentra en el ensayo de Alfonso Reyes, “Sobre la estética de Góngora”, de 1910, que se publicó en Cuestiones estéticas (París, 1911). Estas páginas precoces de Reyes fueron las precursoras del movimiento de revaloración de Góngora que, en ocasión del centenario del cordobés en 1927, alcanzara su culminación con los estudios magistrales de Dámaso Alonso: “Claridad y belleza de las Soledades”, de 1927, “Alusión y elusión de la poesía de Góngora”, de 1928, y La lengua poética de Góngora, de 1935.

El ensayo inicial de Reyes de 1910 así como los estudios textuales y de erudición gongorina posteriores, fueron celebrados por Dámaso Alonso. Éste dedicará al mexicano su ensayo “Monstruosidad y belleza en el Polifemo de Góngora” (Poesía española. Ensayos de métodos y límites estilísticos, Madrid, Gredos, 1950) con estas palabras: “Para Alfonso Reyes, cabeza de todos los gongoristas de hoy” (p.331); y en otro lugar lo llamará “Maestro y precursor de todos los nuevos estudiantes de gongorismo” (Estudios y ensayos gongorinos, Madrid, Gredos, 1955, p.294).

Aún deben señalarse, al fin de Los hijos del limo, las clarividentes observaciones de Paz sobre lo que luego ha venido a llamarse posmodernidad:

El arte moderno –escribe Paz– comienza a perder sus poderes de negación. Desde hace años sus negaciones son repeticiones rituales: la rebeldía convertida en procedimiento, la crítica en retórica, la transgresión en ceremonia […] No digo que vivimos el fin del arte: vivimos el fin de la idea del arte moderno [p.195].

Y en nota al pie recuerda que ya se ha ocupado del tema en escritos anteriores: en Corriente alterna (1967), en Conjunciones y disyunciones (1969) y en la entrevista con Rita Guibert (1973).

La otra voz. Poesía y fin de siglo (Barcelona, 1990), el más reciente de los libros de ensayos de Paz, se ocupa también de la poesía considerada desde varias perspectivas. Se abre con un ensayo teórico acerca del poema extenso; al que siguen otros sobre “Ruptura y continuidad”, que expone sus ideas acerca de “modernidad y romanticismo”; “Modernidad y vanguardia”, con observaciones sobre la aparición del maquinismo (la locomotora y el paquebote) en la poesía moderna, y de nuevo sobre el posmodernismo, en que llama la atención respecto a la confusión de conceptos.

“Poesía, mito, revolución” se llama el hermoso discurso, aquí incluido, que pronunció Octavio Paz al recibir, el 22 de junio de 1989, el premio Alexis de Tocqueville de manos del presidente François Miterrand. En el libro publicado por la editorial Vuelta, que recoge los cuatro discursos pronunciados en esta ocasión, es impresionante en ellos el conocimiento y aprecio que las autoridades culturales francesas, y el propio presidente de Francia, muestran por la personalidad y obra del escritor mexicano.

“Poesía y fin de siglo”, segunda parte de esta obra, contiene reflexiones acerca del público y la situación de la poesía en nuestro tiempo. En el inciso final, “La otra voz”, nuestro ensayista se hace una pregunta importante: ¿cuáles pueden ser los nuevos ideales de la sociedad actual, para sustituir los programas de los escritores socialistas y libertarios? Piensa que, de la triada cardinal de la democracia moderna: libertad, igualdad, fraternidad, esta última “es el nexo que las comunica, la virtud que las humaniza y las armoniza” (p.129). Y al final de su ensayo, Paz hace una reflexión apasionada en defensa de la poesía:

En la tradición de crítica y rebeldía de la modernidad, la poesía –escribe– ocupa un lugar a un tiempo central y excéntrico […] Entre la revolución y la religión, la poesía es la otra voz […] Si, como creo, nace un nuevo pensamiento político, sus creadores tendrán que oír la otra voz […] Ahora bien, ocurra lo que ocurra, es claro que el inmenso, estúpido y suicida derroche de los recursos naturales tiene que cesar pronto, si es que los hombres quieren sobrevivir sobre la tierra […] Lo urgente, hoy, es saber cómo vamos a asegurar la supervivencia de la especie humana. Ante esa realidad, ¿cuál puede ser la función de la poesía? ¿Qué puede decir la otra voz? […]: recordar ciertas realidades enterradas, resucitarlas y presentarlas […] Si el hombre olvidase la poesía, se olvidaría de sí mismo. Regresaría al caos original [pp.130-139].

Este mismo llamado a la preservación de los recursos naturales fue el tema central del emocionante discurso de Octavio Paz al recibir, en diciembre de 1990, el Premio Nobel de Literatura.

Alternándolos con sus ensayos sobre cuestiones generales y aspectos teóricos de la literatura, Octavio Paz ha escrito constantemente acerca de escritores y libros en particular. Se ha ocupado preferentemente de poetas, sobre todo mexicanos, aunque ha hecho también estudios sobre extranjeros, acompañados varias veces de traducciones.

En sus estudios literarios prescinde por lo general de ordenamientos y precisiones bibliográficas. Va directamente a las obras con descripciones o juicios sintéticos, eficaces y expresivos. En la literatura mexicana tiene un cuadro de preferencias y aficiones principales: Sor Juana, Sandoval Zapata, Othón, López Velarde, Tablada, Pellicer, Villaurrutia y Gorostiza. Y en la universal, Dante, Donne, Marvell, Novalis, Baudelaire, Mallarmé, Nerval, Apollinaire, Eliot, Michaux, Breton y Huidobro, entre los más constantes. Ante Alfonso Reyes oscila entre el reconocimiento a la gracia de sus ensayos breves y la intensidad dramática de Ifigenia cruel y reclamos al ensayista por lo que no hizo. No le entusiasma la poesía de González Martínez. Se ha ocupado poco de novelistas, con la excepción de una nota sobre Al filo del agua, de Yáñez, y de cálidos alegatos en defensa de la rectitud moral de Revueltas. De los escritores más recientes ha celebrado entre otros, a Chumacero, Fuentes, Sabines y Elizondo; y ocasionalmente a Rulfo y Arreola.

Sus tres primeros libros de crítica: Las peras del olmo (1957), Cuadrivio (1965) y Puertas al campo (1966), tienen un entusiasmo lleno de frescura y están apretados de ideas y sugestiones. Los panoramas de la poesía mexicana, que se recogen en la primera de estas obras, son excelentes. La “Introducción a la historia de la poesía mexicana”, prólogo a la antología de la Unesco de 1952, que preparó también Paz, es su único panorama general y ya aparecen en él las predilecciones que luego frecuentará: Sor Juana, Othón, Reyes, Tablada y López Velarde.

“Emula de la llama” de 1942 es un breve ensayo, de los primeros que escribió Paz. Su punto de vista es un acierto: determinar la hora o el momento de la poesía de un grupo representativo de poetas. Díaz Mirón “es el medio día pleno, lujoso, dorado, caliente, majestuoso, insoportable […] El seco y desgarrado Othón sí posee la lucidez, la angustia, el resplandor herido del sol en el crepúsculo […] A Luis G. Urbina le conviene […] la luz vacilante del día que muere”. González Martínez “prefiere las horas veladas, pero no por sensualidad sino por orgullo y pudor […] Si la poesía de Othón es la de las cinco de la tarde, todo sombra y resplandor nítidos, crueles y enemigos, y la de Urbina es la de las seis, nácar lujoso y muriente, la de González Martínez es la de las siete: nos anuncia la noche.”

A López Velarde, “¿en qué hora situarlo –se pregunta–: al atardecer, en la calle Madero, ruina del paseo de Plateros, o en un burdel posvillista, con olfato y angustia, pecador y creyente?, ¿o en una iglesia, permanente crepúsculo, llorando ante la Virgen, espantado de sí mismo, que contempla a la imagen con cierta sarracena codicia?”

Alfonso Reyes:

Poeta de sobremesa y de siesta sensual, luminosa, de ojos entrecerrados y nostálgicos cuando sueña en la soledad de la estancia, de vivos ojos abiertos cuando departe y reparte la sal de la gracia y el pan de la cordialidad a los invitados… con uno ojo mira al cielo y con otro hace guiños a la tierra. Su hora: ¿las tres o las cuatro de la tarde?...
      Pellicer es el poeta de la mañana, no del amanecer. Con él nace el mundo; con él brilla… Es el poeta del entusiasmo y del milagro, como otros lo son del asombro o de la angustia. Todo lo que toca resplandece…
     La hora de Gorostiza es la de la madrugada. (Nos referimos a Canciones para cantar en las barcas. Su segundo libro posee un esplendor abstracto: medio día cruel de la inteligencia, medio día fuera del tiempo). Madrugada de luz suave y amarga, un poco fría y húmeda, siempre tierna y deliciosa.
     Xavier Villaurrutia, es un poeta nocturno. Su hora no es la del crepúsculo, ni tampoco la media noche romántica […] Es un poeta desvelado, un poeta insomne, lúcido, sin sueño, sin revelación pero con sueños, con fantasmas […] ha escrito unos cuantos poemas que, por su perfección, se antojan como un grupo de estatuas nocturnas, a solas con la noche y la muerte.
      No –concluye Octavio Paz–, el crepúsculo no define a todos los poetas mexicanos. Cada uno tiene su hora, su espacio y su luz propia. [Las peras del olmo, pp.53-59]

Desde la primera colección de Las cien mejores poesías (líricas) mejicanas, de 1914 –hecha con la colaboración de Manuel Toussaint y Alberto Vázquez del Mercado–, Antonio Castro Leal fue el antólogo de nuestra poesía. Años más tarde publicó, sin colaboradores, las dos series de Las cien mejores poesías (1935 y 1939). La antología que publicó en la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica: La poesía mexicana moderna (1953), culminaba esta serie de trabajos, era más amplia que sus antecesoras y por todo ello, muy esperada. Acerca de esta antología y con su propio título, Octavio Paz escribió, en 1954, una extensa reseña, de ejemplar severidad y precisión, señalando omisiones y presencias injustificadas, ligereza de juicios, textos descuidados, etcétera.

Poesía en movimiento. México, 1915-1966 (1966) se llama la singular antología que organizaron, Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis. Decidieron ordenarla de manera inversa a la habitual, es decir, comenzando por los entonces más jóvenes, Aridjis y Pacheco, y remontarse a los más antiguos, López Velarde y Tablada; y, con algunos ajustes, mantener como norma la “tradición de la ruptura” o del cambio –idea de Paz–, lo cual determinó exclusiones graves: González Martínez, Cuesta, Beltrán y Ponce, por ejemplo. Para este “experimento”, Paz escribió un prólogo interesante –recogido sólo en Generaciones y semblanzas, op. cit., t. II, 1987. Después de explicar y discutir las convenciones de la antología, hace una brillante exposición de los poetas mayores, y a base del I Ching, caracteriza las actitudes poéticas de los poetas jóvenes incluidos en Poesía en movimiento.

Además de las numerosas, vivaces y precisas viñetas que ilustran la personalidad de los poetas mencionados en los panoramas, Paz ha escrito muchos otros apuntes y estudios, dispersos en sus libros de crítica y reunidos en Generaciones y semblanzas: sobre Pellicer, Gorostiza, “Gilberto Owen y la alquimia”, Huerta, Chumacero, Sabines, Bonifaz Nuño, Xirau, Manuel Durán, Montes de Oca, Pacheco, Ulalume González de León, Deniz, Joaquín Xirau Icaza y Becerra; así como sobre algunos prosistas: Vasconcelos, Yáñez, Henestrosa, Revueltas, Rulfo, Ibargüengoitia, Vicens, Fuentes, García Ponce y Elizondo. Y también sobre escritores de otros países: León Felipe, Antonio Machado, Moreno Villa, Elizabeth Bishop, Robert Frost, Miguel Hernández, Martínez Rivas, Pasternak, Donne, Apollinaire, Perse, Michaux, Guillán, Tomlinson, Cummings, los poetas suecos, Schéhadé, Westphalen, Blanca Varela y Mutis.

Los estudios extensos están dedicados a las aficiones mayores de Octavio Paz, y se refieren a escritores que son principalmente poetas.

De los reunidos en Cuadrivio (1968), Rubén Darío, Ramón López Velarde, Fernando Pessoa y Luis Cernuda, me parecen superiores los dos primero estudios. El dedicado a Darío se concentra en sus dos libros mayores –Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza– y consigue transmitirnos la magia de las creaciones memorables del poeta logradas en medio del arrebato de su vida. Paz no se deja ahogar por los mil pormenores biográficos y críticos, sin ignorarlos, y sabe registrar el temblor inicial de Darío: “el erotismo poderoso, la melancolía viril, el pasmo ante el latir del mundo y del propio corazón, la conciencia de la soledad humana frente a la soledad de las cosas” (p.39).

Los ensayos sobre López Velarde que ha escrito Paz, cuya parte central es “El camino de la pasión” que figura en Cuadrivio, comenzaron por ser una reseña del libro de Allen W. Phillps sobre López Velarde, de 1962, y fueron extendiéndose hasta convertirse en una de las visiones más cordiales y penetrantes de la personalidad y la obra del poeta zacatecano. Paz examina el mapa de afluentes que recibe la poesía de López Velarde; sus temas centrales; “la historia ausente de su obra”; el descubrimiento de la realidad oculta de las cosas y de sí mismo; y, sobre todo, escribe excelentes análisis de los poemas principales de López Velarde, de los cuales menciono, entre los más notables, los dedicados a “La suave Patria” y a “El sueño de los guantes negros”.

Tanto en el estudio sobre Darío como en el de López Velarde, Paz llama la atención sobre la “corriente de ocultismo” que ha ignorado la que llama “crítica universitaria”. En Darío, la tradición oculta transformada en visión y palabra; la tortuga de oro, uno de los emblemas del universo; el caracol marino, “silencioso y henchido de rumores” y el erotismo panteísta.

Y en López Velarde, citando al propio poeta que confiesa: “La astrología, cuando le place, entra en mi lecho con sus rodillas heladas. Me atengo a la quiromancia como a la vacuna. Confundo las leyes de Newton con la fatalidad. Mi creencia de cábala, mi arte de amuleto” (en “Espantos”, de 1916, p. 110, citado en Obras completas, 2ª ed., p. 439); y además la condenación del matrimonio como eco de la doctrina de los cátharos y con la concepción del ángel de la mística sufí, y las semejanzas entre la Dama de la tradición provenzal y Fuentesanta. Estas observaciones de Paz sobre los trasfondos ocultistas en las obras de Darío y López Velarde son contribuciones tan perspicaces como importantes para el conocimiento más riguroso de estas obras.

El ensayo sobre Pessoa, que apareció originalmente como prólogo a la Antología (1962) del portugués, formada con traducciones del propio Paz, fue muy oportuno para difundir esta obra sombría y sensible, entonces casi desconocida en México. El estudio tiene información biográfica y nos ayuda a distinguir y apreciar los matices peculiares de Pessoa y sus tres heterónimos.

Entre los poetas españoles modernos, Cernuda es una de las aficiones permanentes en Paz. En el ensayo que cierra Cuadrivio y que dedica al poeta, estudia las características de su coloquialismo, en el que ve el lenguaje “hablado en la gran ciudad”; su franqueza y valentía al proclamarse homosexual, y la intensidad de su erotismo. Poco nos dice de la conmovedora belleza de los poemas de Luis Cernuda.

Los estudios que ha dedicado Paz a Tablada, comenzando por la precursora “Estela”, de 1945, que se recoge en Las peras del olmo, son importantes. Con la excepción de los numerosos estudios que le dedicó José María González de Mendoza (véase en Ensayos selectos, Tezontle, 1970), Tablada seguía siendo un poeta poco apreciado. A Paz y al Abate debemos su revaloración. Paz celebra en Tablada al promotor por antonomasia de la “tradición de la ruptura”, el inquieto experimentador y, sobre todo, al poeta de los haikús memorables y de La feria (1928). “¿Cómo no ver en su poesía otras virtudes [además de su ‘fidelidad a la aventura’]: la curiosidad, la ironía, el poder de concentración, la agilidad, la renovada frescura de la imagen?”, dice Octavio Paz al final de la “Estela de José Juan Tablada”.

El ensayo, Xavier Villaurrutia en persona y obra (1978) –bien editado con diez espléndidas calaveras de Juan Soriano y un iconografía que incluye dibujos del propio Villaurrutia– es también uno de los estudios más hermosos de Paz. Tributo a la amistad del escritor admirado, es una crónica de la vida literaria de los años treinta y cuarenta, con los encuentros con los Contemporáneos de la generación de Paz y la mía; y en una evocación del singular personaje que fue Villaurrutia:

Era discreto lo mismo en la vida real que en la literatura: su amor por las formas se reflejaba tanto en su manera de vestir como en sus endecasílabos. Pecado mortal: el brillo excesivo [p. 19].

No era un hombre de ideas: era un hombre extraordinariamente inteligente que, por escepticismo, había decidido poner su inteligencia al servicio de su sensibilidad [p. 21].

La gran tentación de los poetas de nuestra lengua, por la índole misma del castellano y de la tradición española, es el verso rotundo, categórico. Villaurrutia me enseñó a leer los poemas con otros ojos; mejor dicho, me enseñó que la lectura de un poema no se hace sólo con los ojos sino con todos los sentidos y con el entendimiento [p. 34].

El estudio de Paz es también un comentario inteligente y penetrante de la obra de Xavier Villaurrutia: el teatro; la crítica literaria –especialmente el ensayo que “resucitó” a López Velarde y la “introducción a la poesía mexicana”–; y la crítica de arte, antes de demorarse en la exposición de la poesía de Villaurrutia y en sus dos grandes temas, el sueño y la muerte. Para Paz, el “Nocturno en que habla la muerte”, el “Nocturno de los ángeles”, el “Nocturno rosa” y el “Nocturno mar”, “representan la madurez, el momento más alto de su poesía” (p. 64). Y más adelante afirma que los mejores poemas de XV “cuentan entre los mejores de la poesía de nuestra lengua y de su tiempo”, y lamenta que su poesía no haya trascendido las fronteras mexicanas y sea poco leída. “Su poesía es una poesía solitaria y para solitarios” (p. 82).

Para explicar el origen y desarrollo del tema de la muerte, dominante en Villaurrutia, Paz escribe (pp. 68-74) una notable exposición acerca de esta idea en la cultura occidental, y en especial la fascinación que, hacia los años treinta, tuvo nuestra poesía. Señala que el centro de esta vasta meditación sobre la muerte fue Alemania y sus figuras más notables, Rilke y Heidegger (p. 73).

Paz preparó, además, una Antología (1980) de la obra –poesía, crítica y teatro– de Villaurrutia, que lleva como prólogo el estudio comentado.

Junto a los trabajos de Paz sobre el poeta de los “Nocturnos”, pueden mencionarse dos crónicas sobre la vida literaria de la época: “Poesía e historia (Laurel y nosotros)” y “Antevíspera: Taller (1938-1941)”, ambos recogidos en Sombras de obras (1983).

El gran tema de Sor Juana había tentado a Paz desde los principios de su obra. Muchos años más tarde, en 1971, comienza a estudiarla a fondo como tema para cursos en la Universidad de Harvard, y en 1974 en El Colegio Nacional. De 1971 a 1976 escribe las tres primeras partes de su estudio, y en 1980 y 1981 redacta las tres finales. En 1982, a los 68 años, publica Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, su libro más extenso, una de sus obras mayores y, según mi opinión, su obra más importante en prosa.

En los cuatro capítulos de la primera parte traza un cuadro de la sociedad novohispana en la segunda mitad del siglo XVII, para enmarcar la vida y obra de Sor Juana, tema del resto de la obra. Las perplejidades de la niña Juana Inés, que se descubre hija ilegítima, cuya madre Isabel Ramírez, recibe en su casa a un nuevo amante; la vida y las lecturas ávidas con el abuelo, su envío a la ciudad de México, su vida en la corte como dama de compañía de Leonor Carreto, la virreina; los “galanteos de palacio”, el famoso examen de la muchacha prodigio por los sabios de la corte mexicana, y su decisión de hacerse monja a los diecinueve años, todo está bien contado y documentado, con un rigor crítico que, en ocasiones, había faltado a sorjuanistas anteriores.

En los capítulos dedicados al análisis de las obras de Sor Juana, hay numerosos pasajes dignos de atención y comentarios. Respecto a los debatidos poemas de amor, Paz dice:

Es imposible, lo han señalado muchos, que sus poemas de amor no se apoyen en una experiencia realmente vivida; pienso en lo mismo pero, repito, lo que llamamos experiencia abarca lo real y lo imaginario, lo pensado y lo soñado. Es casi seguro que conoció, durante los años en la corte virreinal, el amor o los amores; ya en el claustro tampoco fue inmune a la pasión, como lo prueba su afecto por María Luisa […] Su vida erótica fue casi enteramente imaginaria, sin que por eso haya carecido de realidad e intensidad… [p.132].

Los comentarios de Paz sobre las famosas redondillas, “Hombres necios que acusáis” (pp. 397-400) exponen muy bien sus antecedentes, su originalidad y su valor como testimonio feminista.

En los párrafos siguientes se refiere Paz a una sección de la obra de Sor Juana poco conocida: sus epigramas, crueles e hirientes, y sus sonetos burlescos, de “humor canalla”. Y junto a esta poesía ligera, es un gusto leer comentarios como éstos, escritos por un poeta acerca de otro poeta:

He mencionado varias veces –escribe Paz– el “retrato de Belilla” [poema 71], canción ligera como una nubecilla y esbelta como únicamente puede serlo una muchacha a los quince años. Cada estrofa es un giro de gracia y la última una sorprendente pirueta:
Este de Belilla
no es retrato, no;
ni bosquejo, sino
no más de un borrón (p.403).
Mejores que estas canciones –sigue comentando– son las “Tres letras para cantar” (8, 9 y 10): tres delgados, transparentes chorros verbales. En la primera una joven canta y al oír su voz, que resuelve en armonía la discordia de los elementos, y pone en movimiento a los astros:
El mar la admira sirena
y con sus marinas ninfas
le da en lenguas de las aguas
alabanzas cristalinas (p.404).

El capítulo “Arca de música” (tercero de la quinta parte), dedicado a los villancicos de Sor Juana, es de los más hermosos del libro. Expone el origen y las primeras manifestaciones del género, la complejidad y la simplicidad, el decoro y la elegancia de los villancicos y sus cultivadores, su función social, y la maestría y la gracia de los villancicos de Sor Juana. La monja los escribe no sólo en español sino también en latín, en náhuatl (tocotín, núm. 224) y en las maneras de hablar de los moros, negros, vizcaínos, gallegos, portugueses, y en lengua de payos mexicanos. Aparece en ellos la erudita historia de la cruz de Serapis. Y además de estas implicaciones varias, el encanto poético, de “belleza simple, belleza punzante” de los villancicos de la monja.

En cuanto al teatro de Sor Juana, después de un minucioso capítulo sobre el teatro profano: comedias, loas y sainetes, Paz dedica el siguiente a los Autos Sacramentales y se detiene especialmente en El divino Narciso. En principio, la loa que precede este Auto –así como las correspondientes a los otros dos– tiene por tema el muy espinoso, y entonces en boga, de las supuestas relaciones entre la religión prehispánica y el cristianismo. En la loa de El divino Narciso Sor Juana sigue la descripción que hace Torquemada, en su Monarquía indiana (lib. VI, cap. 38) de la ceremonia llamada Teocualo: Dios comido, en la que los sacerdotes indígenas preparaban una imagen de Huitzilopochtli con semillas de “alegría” mezcladas con sangre de niños, y después de flechar y derribar a la imagen le repartían en pedazos entre los participantes: evidente semejanza con la comunión católica.

En El divino Narciso, Sor Juana convierte la fábula que cuenta Ovidio en las Metamorfosis “en una alegoría de la pasión de Cristo y de la institución de la Eucaristía” (p. 462); y su motivo central está inspirado de cerca en un pasaje del Pimandro, del Corpus Hermeticum. “El divino Narciso –comenta Paz– es un maravilloso mosaico de formas poéticas y métricas. A la profundidad y complejidad del pensamiento corresponde la belleza del lenguaje y la perfección de la concepción teatral.” (p. 464.)

Y concluye:

El divino Narciso brilla con luz propia. Género híbrido, el auto sacramental está muy lejos de la sensibilidad moderna [...] Sin embargo, unas cuantas obras, cuatro o cinco, lo redimen y le otorgan esa actualidad fuera del tiempo que es el signo de la verdadera poesía. Entre ellas, al lado de La vida es sueño, El gran teatro del mundo y La cena de Baltasar, está El divino Narciso, alianza sorprendente y osada de complejidad intelectual y pureza lírica [p. 468].

Por su densidad intelectual y su rigor crítico, el capítulo dedicado a Primero sueño, el poema más ambicioso de Sor Juana, es el mejor del libro de Paz y uno de los más notables ensayos críticos de nuestra literatura. Después de precisar sus semejanzas y diferencias con las Soledades de Góngora, su modelo formal, pasa a examinar los sueños y viajes del alma en la literatura de la antigüedad, los llamados "sueños de anábasis", o expediciones al mundo del espíritu, cuya tradición recoge Sor Juana. Pero nuestra poetisa se aparta de sus predecesores y crea un nuevo género, con "absoluta originalidad" (p. 474).

Siguiendo a Vossler, Paz señala un precedente importante, el viaje astronómico (Iter exstaticum) de Kircher, el famoso jesuita alemán contemporáneo de Sor Juana. "La tradición hermética, de la que es parte esencial la visión del alma liberada en el sueño de las cadenas corporales, llegó hasta Sor Juana —escribe Paz— a través de Kircher y, subsidiariamente, de los tratados de mitología de Cartario, Valeriano y otros (pp. 476-477)A raíz de la publicación de un prólogo de Elías Trabulse a una antología de Sor Juana (México, Promexa, 1979), en el que se refiere a las relaciones de Sor Juana y Kircher, Octavio Paz acusó a Trabulse de repetir sus conceptos sobre este punto, que él (Paz) había divulgado en 1974 en sus conferencias de El Colegio Nacional y en la revista Vuelta. Trabulse precisó las alusiones que varios autores habían hecho con anterioridad sobre el tema y sus conocimientos directo de él. Los textos de la polémica, en la que intervinieron otros escritores, se recogieron en El hermetismo y Sor Juana Inés de la Cruz. Orígenes e interpretación (1980), de circulación privada..

Apartándose Sor Juana en su Primero sueño de los esquemas tradicionales de estos "viajes del alma", señala Paz que introdujo dos modificaciones: prescinde del guía habitual del viaje y "el poema es una visión espiritual que termina en una no-visión" (p. 482).

El estudio de Paz contiene muchas otras observaciones interesantes sobre el excepcional poema. En la imposibilidad de apuntarlas todas, elijo las que me parecen principales:

El poema sucede en el espacio de una noche y sus cambios son analógicos a las insensibles variaciones de la sombra, la luz, la temperatura, de la caída del Sol a su aparición por el Oriente. Éste es uno de los grandes aciertos artísticos de Sor Juana [p. 483].

En los versos 340-412 se habla de una pirámide de luz:

Vossler señala que estos cuerpos geométricos tienen "una significación simbólica en el poema"; la pirámide luminosa representa el ascenso del alma y está en oposición de la sombra del principio. Recuerda asimismo que Kircher expone en uno de sus libros que "los egipcios solían distinguir entre una pirámide de luz de desciende del cielo a la Tierra y otra de una sombra que aspira a elevarse hasta el cielo" [pp. 485-486].

Sor Juana compara la pirámide de luz que es el alma con las dos pirámides de Menfis. Nuevo eco del hermetismo: Egipto es el lugar de la revelación de Hermes y el platonismo es para muchos, entre ellos el mismo Kircher, una doctrina originalmente egipcia [p. 491].

El alma de Primero sueño no aspira a unirse a Dios como persona sino que quiere, a la manera platónica, conocerlo y contemplarlo como Alto Ser y Primera Causa [p. 492].

En el espacio de una sola noche ideal, de una manera voluntariamente abstracta, Juana Inés nos cuenta su vida intelectual [p. 496].

Primero sueño no es el poema del conocimiento como un vano sueño sino, el poema del acto de conocer [p. 499].

Aunque su forma es la de la poesía culterana, la filiación de Primero sueño está en la tradición del viaje del alma del antiguo hermetismo redescubierto por el Renacimiento. Tampoco es una profecía de la poesía de la Ilustración sino de la poesía moderna que gira en torno a esa paradoja que es el núcleo del poema: la revelación de la no-revelación. En este sentido, Primero sueño se parece a Le cimentiere marin y, en el ámbito hispano a Muerte sin fin y Altazor. Se parece, sobre todo, y ante todo, al poema en que se resume toda esta poesía: Un coup des dés...[p. 500].

Con Primero sueño aparece una pasión nueva en la historia de nuestra poesía: el amor al saber. [p.504].

En tres figuras se vio Juana Inés: la pitonisa de Delfos, en la diosa Isis y en el joven Faetón. Las tres imágenes están lazadas con las letras y el conocimiento: la doncella de Delfos es inspiración, Isis es sabiduría y Faetón es el ansia de saber. [p. 505].

Hay otra obra de que tiene con Primero sueño un parecido no menos profundo e inquietante. No es un poema, es un grabado: Melancolía I de Durero. El tema es el mismo: la contemplación de la naturaleza y la desazón del espíritu —angustia, zozobra, decaimiento, rebeldía— al no poder transformar esa contemplación en forma e idea [p.505].

La Carta atenagórica, de 1690, que escribe Sor Juana a instancias del obispo de Puebla Manuel Fernández de Santa Cruz, es una crítica muy aguda del Sermón del Mandato del jesuita portugués Antonio Vieyra. Su publicación provocó una tormenta de reproches, réplicas y comentarios. El propio obispo, bajo el seudónimo de "Sor Filotea de la Cruz" escribió a Sor Juana para elogiar la "viveza de sus conceptos" y celebrar que una mujer haya vencido al famoso teólogo. El obispo aprueba que la mujer estudie a condición de que el estudio no la vuelva soberbia, y lamenta que Sor Juana se consagre a las letras profanas y no a las sagradas.

Sor Juana contestará a estas censuras en su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, de 1691, que Paz califica como:

documento único en la historia de la literatura hispánica, en donde no abundan las confidencias sobre la vida intelectual, sus espejismos y sus desengaños [...] la Respuesta [...] es el complemento de Primero sueño: si este último es el aislado monumento del espíritu en su ansia por conocer, la Respuesta es el relato de los diarios afanes del mismo espíritu, contados en un lenguaje directo y familiar [pp. 537-538].

El asedio contra Sor Juana para que renuncie a las letras profanas, es el tema de la sexta y última parte del libro de Octavio Paz. Si cada uno de los capítulos de esta admirable obra está compuesto con información exhaustiva y análisis penetrantes, que van recreando la vida y obra de Sor Juana, en " Las trampas de la fe" Paz presenta una interpretación audaz y tan rigurosa como original, del acoso que sufre Sor Juana y de su derrota final.

Desde 1680 se inicia el cerco. Su confesor Núñez de Miranda renuncia a seguir siéndolo y rompe con Sor Juana: el 8 de junio de 1692 ocurre en la Ciudad de México el motín de indios, causado por la carestía de alimentos, y se pone fuego al palacio virreinal, que debilita la autoridad del virrey y aumenta la fuerza del arzobispo Aguiar y Seijas, enemigo de las letras y de la mundanidad de Sor Juana; y en España muere el antiguo virrey, marqués de La Laguna, protector junto con su mujer, de Sor Juana. Acosada y sin apoyos, en 1693 Sor Juana acepta su derrota y pide a Núñez de Miranda que vuelva a ser su confesor. Éste acepta pero exige una rendición total: la renuncia a las letras.

Sor Juana hace una confesión general y es absuelta cuando decide romper radicalmente con su vida intelectual y mundana y consigue consagrarse exclusivamente a la vida piadosa. En 1694, dice Paz, se convierte en una "delirante penitente" y:

En esos días entregó todos sus libros e instrumentos de música y de ciencias al arzobispo Aguiar y Seijas para que los vendiese y con el producto auxiliar a sus pobres [...] El acto de Sor Juana fue considerado por sus contemporáneos y después por muchos críticos como sublime. A mí me parece —afirma Paz— el gesto de una mujer aterrada, que pretende conjurar a la adversidad con el sacrificio de lo que más ama. La entrega de la biblioteca y de la colección destinada a aplacar al enemigo [...] Así se dispersó la biblioteca de uno de los grandes poetas de América [p. 597].

Debilitada por ayunos y penitencias, Sor Juana Inés de la Cruz se contagió de la epidemia que sufrió su convento y murió el 17 de Abril de 1695, a las cuatro de la mañana. Tenía cuarenta y seis años y cinco meses.

La fe y las creencias de Sor Juana —resume Paz— fueron cómplices de su derrota. Regaló sus libros a su persecutor, castigó su cuerpo, humilló su inteligencia y renunció a su don más suyo: la palabra. El sacrificio en el altar de Cristo fue un acto de sumisión ante prelados soberbios. En sus convicciones religiosas encontró una justificación de su abjuración intelectual: los poderes que la destrozaron fueron los mismos que ella había servido y alabado [p. 608].

Cuando estaba en proceso de edición la obra de Octavio Paz sobre Sor Juana, se publicó en Monterrey, N.L. (1981) un pequeño libro del padre Aureliano Tapia Méndez, llamado Autodefensa espiritual de Sor Juana. En él se daba a conocer un documento importante: la Carta de la madre de Juana Inés de la Cruz, escrita al R.P.M. Antonio Núñez, de la compañía de Jesús, que puede fecharse entre 1681 y 1682. Eran los años de mayor intensidad mundana e intelectual de la monja. Dicha carta consigna el rompimiento con su confesor Núñez de Miranda y anticipa ya los argumentos de defensa que aparecerán, una década más tarde, en la Respuesta a Sor Filotea, con expresiones más directas y aún ásperas. Éste descubrimiento corroboró la tesis de Paz respecto al conflicto de Sor Juana con las autoridades eclesiásticas. En la tercera edición (1983) de su libro sobre Sor Juana, Paz incluyó esta carta en un apéndice, con una nota preliminar, "Sor Juana: testigo de cargo".

La siguiente obra de Paz aquí comentada es de índole muy diversa. Conjunciones y disyunciones (1969) es un libro de "vagabundeos y divagaciones", variadas e interesantes. Comenzó por ser un prólogo a la Nueva picardía mexicana, de Armando Jiménez. Pero en lugar de limitarse a comentar y analizar el sentido de cuentos, dichos y albures pícaros del libro en cuestión, Paz pronto olvidó el motivo inicial y se dejó llevar por su propia inventiva para ir de un tema a otro. El primero fue "el ojo del culo", ilustrado con un grabado de Posada, versos de Quevedo y de Góngora y la Venus del espejo, de Velázquez. Volviendo por un momento a la Nueva picardía, señala las "raíces homosexuales" (p.22) del machismo y la monotonía de chistes y cuentos, semejantes a los de otros países y lenguas.

El siguiente tema, a propósito del erotismo anal, es la asociación excremento-sol-oro. "Guardar oro —apunta— es atesorar vida (sol) y retener el excremento" (p. 29). Esto me recuerda que en náhuatl existe una relación semejante: teocuitlatl, oro, viene de teotl, dios, y cuitlatl, excremento: el oro es el excremento divino.

Más adelante, ocasionalmente, hace un cálido elogio del erotismo de El Archipestre de Hita: "Al Archipestre de veras le gustaban las mujeres: sabía que, si son la casa de la muerte, son asimismo la mesa del festín de la vida" (p. 37).

"¿Por qué —se preguntaba Paz— nadie ha escrito una historia general de las relaciones entre el cuerpo y el alma, la vida y la muerte, el sexo y la cara?" (En los años transcurridos desde 1968, en que se hace esta pregunta, creo que la obra ya fue publicada: Fragments for a History or the Human Body (Michel Feher, Ramona Nadaff y Nadia Tazi (eds.), 3 vols., Cambridge, Mass.—Londres, The MIT Press, 1989, con ilustraciones).

Y formula otra sugestión de estudio, que ignoro si ha sido satisfecha:

Desde la perspectiva descubierta por Dumézil [mitología comparada de los indoeuropeos] quizás algún día alguien osará estudiar las civilizaciones del Extremo Oriente (China, Corea, Japón) y de la América precolombina. No sería imposible que ese estudio verificase lo que muchos sospechamos: la tendencia de ambas civilizaciones a pensar en términos cuadripartitos es algo más que una mera coincidencia [p. 45].

El mayista J. Eric S. Thompson escribió, hacia 1954 una opinión semejante. Piensa que los grupos asiáticos que pasaron a América por el estrecho de Bering trajeron con ellos múltiples inventos y:

algunas concepciones religiosas que sobreviven hasta hoy en el Asia orienta, mezcladas con hinduismo y budismo adulterado. Pienso —añade Thompson— en esos desarrollos y,asociaciones de colores y dragones celestiales con los cuatro rumbos del mundo, ideas que me parecen demasiado complejas y no naturales para haber evolucionado independientemente en Asia y América [The Rise and Fall of Maya Civilization, 1954, cap. II].

Es muy interesante la exposición que hace Paz del tantrismo y sus ritos sexuales, comparados con el protestantismo (pp. 63-92). Y con usos sexuales de la antigua China. Y en las páginas finales de este libro singular, autor comenta la rebelión juvenil de 1968, entonces reciente.

A lo largo de su vida, un escritor como Octavio Paz, cuya obra se extiende en tantos dominios, fue consignando sus impresiones, sus búsquedas, sus fascinaciones del mundo de imágenes que llamamos arte. En 1939, un joven de veinticinco años escribía unas notas sobre el arte de Creta, la "aérea isla de gracia". Más de medio siglo más tarde, un escritor dueño de la experiencia y el conocimiento, sigue celebrando, con los "signos de admiración de un viajero", al mundo del arte y de los artistas.

El caudal de la sección estética de su obra es importante y de múltiples direcciones. Sus estudios sobre arte los fue publicando, junto con los de crítica literaria, en Las peras del olmo (1957), Puertas al campo (1966), In/mediaciones (1979) y Sombras de obras (1983). En el tercer tomo de México en la obra de Octavio Paz (1987) reunió los de tema mexicano bajo el título de Los privilegios de la vista. Y los dedicados al arte de otras nacionalidades, y su único libro consagrado a un sólo artista, Marcel Duchamp, son tan numerosos como aquéllos. Todos ellos comparten, dice su autor, "la admiración, la curiosidad, la indignación, la complicidad, la sorpresa, para comentar una exposición o para presentar un amigo; a pedido de un museo o de una revista" ("Preámbulo a Los privilegios de la vista, p. 31").

Sin considerarse un profesional de esta crítica ni atenerse a sistemas o a un propósito histórico, sus escritos de esta naturaleza son un panorama personal, crítico y apasionado, de sus entusiasmos y sus desacuerdos en el mundo del arte. Además, su autor muestra una rara capacidad para penetrar sus temas, para desentrañar raíces y exponer sus visiones en síntesis precisas, que nos enseñan a conocer y apreciar mejor algunas de las criaturas del arte de México y del mundo.

Para algunas de las grandes exposiciones del arte mexicano, Paz ha escrito excelentes panoramas introductorios. Al principio del tomo antes citado, Los privilegios de la vista, recoge los dedicados a las exposiciones de 1977 y 1962. A éstos debe agregarse el notable ensayo, "El águila, el jaguar y la Virgen" que encabeza el catálogo de México: esplendor de treinta siglos (The Metropolitan Museum of Art, New York, 1990).

Acerca de la incertidumbre que subsiste sobre las relaciones entre las antiguas culturas de Asia y América —tema al que aludirá también en un pasaje de Conjunciones y disyunciones, antes citado—, Paz escribió, en 1965, una Apostilla, "Asia-América" —a su crónica sobre la exposición de Obras maestras de México en París, de 1962— en la que consigna sus cavilaciones acerca de las evidencias y motivos de duda a propósito de estas relaciones: semejanza con los antiguos egipcios (pirámides) y con la India (comidas, artes populares cultos y concepciones cosmogónicas), y parecido del arte Khmer y el maya.

En el campo de las ideas de Paz acerca del arte prehispánico de México, una de sus interpretaciones más sugestivas es la que puede llamarse "La pirámide: arquetipo de México"—título de la inteligente entrevista que hizo a Octavio Paz, Alberto Ruy Sánchez (Artes de México, otoño de 1990). Desarrollando ideas que formulado en textos anteriores, la "Teoría de la pirámide" de Paz puede resumirse como sigue:

La geografía de México tiende a la forma piramidal como si existiese una relación secreta pero evidente entre el espacio natural y la geometría simbólica y entre esta geometría y la historia invisible. Arquetipo arcaico del mundo [...] Es el eje del universo, el sitio en que se cruzan los cuatro puntos cardinales, el centro del cuadrilátero: el fin y el principio del movimiento [p. 42].

La pirámide cuadrangular escalonada es la forma canónica de la arquitectura religiosa mesoamericana [...] El santuario estaba en lo alto de la plataforma; la tumba, como en Egipto, era una cámara subterránea. Ya dijimos que el modelo de la forma piramidal fue la montaña [p. 47].

Pero la pirámide es algo más que la representación simbólica de la montaña formada por el mundo y el inframundo. El movimiento que proyecta el cuadrilátero hacia arriba o hacia abajo lo transforma en tiempo [...] y, a su vez, en la pirámide el tiempo se vuelve espacio, tiempo petrificado [p. 47].

En Chichén Itzá, en la pirámide llamada El Castillo, cada equinoccio de otoño pueden verse siete segmentos luminosos recorrer las escaleras: son sierre trozos de la serpiente que asciende a la tierra desde las profundidades del inframundo.

Las pirámides eran tumbas y de ahí que fuesen representaciones del inframundo y de sus nueve zonas. En Palenque, en el Templo de las Inscripciones, sepulcro del rey Pacal, la pirámide tiene nueve niveles: adentro, en el centro del nivel inferior, se halla la magnífica cámara mortuoria. Y hay más: 13 cornisas suben de la tumba al piso superior. Nueve y 13: los pisos del inframundo y del cielo.

En Tikal, la pirámide 1, asimismo tumba del monarca, tiene nueve niveles. En Copán hay otro notable ejemplo de pirámide funeraria de nueve terrazas. [...]
      En cambio, la pirámide de Tenayuca, cerca de México, tiene 52 cabezas de serpiente: los 52 años del siglo azteca. La de Kukulcán, en Chichén Itzá, tiene nueve terrazas dobles: los 18 meses del año. Sus escaleras tienen 364 gradas más una de la plataforma: los 365 días del calendario solar. En Teotihuacán, las dos escaleras de la Pirámide del Sol tienen cada una 182 gradas: 364 más una de la plataforma. El templo de Quetzalcóatl tiene 364 fauces de serpiente. En el Tajín, la pirámide principal tiene 364 nichos más uno escondido. Nupcias del espacio y el tiempo, representación del movimiento por una geometría pétrea [pp. 47-48].

Aún dentro del campo del arte prehispánico, me parece que Octavio Paz fue el primero en llamar la atención, en su ensayo "Reflexiones de un intruso. Postscriptum", de 1986, sobre la importancia de los nuevos estudios mayistas de Linda Schele y Mary Ellen Miller, en The Blood of Kings. Dinasty and Ritual in Maya Art (Fort Worth, Kimbell Art Museum, 1985), obra muy bien editada que ofrece una nueva visión de los usos y rituales dinásticos y de la escritura de los antiguos mayas. La señora Schele, ahora acompañada por David Freidel, publicó posteriormente otro libro notable: A Forest of Kings, The Untold Story of the Ancient Maya (New York, William Morrow and Company, 1990), que fue comentado por Enrique Florescano.

De los estudios de Paz sobre arte de nuestro siglo XIX, en el dedicado al pintor popular guanajuatense, Hermenegildo Bustos, nuestro crítico, apoyado de una observación de Walter Pach, hace una comparación del arte funerario de los retratos egipcios de Fayún con los rostros de pueblerinos que pinta Bustos a fines del siglo XIX. Las miradas húmedas e intensas de las tablillas de Fayún y las de los vecinos de Purísima son inolvidables.

En su estudio sobre los paisajes de José María Velasco, me parece muy aguda esta observación:

Hay una especie de horror al hombre en todo lo que pinta: la figura humana sólo aparece cuando necesita subrayar la desolación o la grandeza solitaria de la naturaleza, en medio de la cual el hombre es siempre un intruso [Los privilegios de la vista, p. 173].

Las "Re/visiones" que escribió Paz acerca de los pintores del muralismo mexicano se apartan de los esquemas habituales, "prejuicios y telarañas", para proponer nuevas visiones críticas. He aquí algunas muestras:

Por sus gustos, su sensibilidad y su sentido de la forma, Rivera es un pintor muy distinto a sus dos compañeros y rivales. Si todavía fuese válida la oposición entre artista romántico y clásico, es claro que Orozco y Siqueiros serían románticos y Rivera clásico. Lo es, sobre todo, por la superioridad de su dibujo y por su sentido de la composición. Su color nunca es agrio y su línea, a veces demasiado plácida, jamás se tuerce ni retuerce. Ni la tortura ni la contorsión, los dos polos de Orozco y Siqueiros como dibujantes. Hay, además, un rasgo que lo separa radicalmente de sus compañeros y por el que se hace perdonar muchos kilómetros de pintura plana y monótona: su amor a la naturaleza y su amor a la forma femenina [op. cit., pp. 236-237].

El último Rivera se convirtió en un productor en serie, una mano que pintaba sin cesar guiada mecánicamente no por la inspiración sino por el hábito. Lo de Siqueiros sería risible si no fuese patético: sus últimos murales son un enredijo de formas hinchadas [op. cit., p. 276].

Orozco fue el más libre y el más profundo de los tres. Fue un temperamento intenso. No sabía ni sonreír. Otra limitación grave para un pintor: no era sensual [op. cit., p. 281].

En otros estudios, Paz dice de Tamayo —al que dedicó tres notables estudios— que aquello que lo distingue de otros pintores de nuestro tiempo es el sol. "Está en todos sus cuadros, visible o invisible; la noche misma no es para Tamayo sino sol carbonizado" ("Transfiguraciones", en op. cit., p. 369).

De la arquitectura de Luis Barragán observa que "es un ejemplo del uso inteligente de nuestra tradición popular" (p. 397).

La pintura de Remedios Varo queda condensada en esta línea exacta en su belleza: "Navegaciones en el interior de una piedra preciosa" (p. 411).

Y de la pintura de Juan Soriano, al que dedicó varios apuntes, escribe:

El amarillo triunfa; el azul edifica palacios verdes con manos moradas; el rojo se extiende como una marea de gloria; el amarillo de nuevo asciende como un himno. Oleadas de vida, oleadas de muerte cálida. La materia es dichosa en su esplendor perecedero, el espíritu se baña en la dicha solar de este minuto [p. 427].

Entre tantas otras que merecían señalarse, basten estas pocas muestras de la agudeza critica de las interpretaciones de Octavio Paz en sus escritos sobre arte mexicano.

Los estudios sobre artistas de otras nacionalidades son también importantes. En primer lugar debe mencionársela el único libro que Octavio Paz ha dedicado a un solo creador. Inicialmente se llamó Marcel Duchamp o El castillo de la pureza (1968), y es un libro-maleta con reproducciones de la obra y los extraños escritos de Duchamp. Revisada y ampliada, la obra se llamó Apariencia desnuda. La obra de Marcel Duchamp (1978). El ensayo de Paz, sobre este caso extremo de ironía destructora, de búsquedas radicales que pronto llegaron a la negación de los presupuestos de la creación artística y al silencio, es de gran rigor analítico.

Además del estudio sobre Duchamp, Paz escribió estudios extensos, ensayos breves y poemas sobre arte del Oriente, surrealistas, europeos antiguos y modernos, latinoamericanos y arte de Estados Unidos, así como textos para ediciones especiales de libros y objetos de arte.

En Junio de 1990, el Centro Cultural de Arte Contemporáneo organizó, en homenaje a la excelencia de las obras poéticas y críticas que Octavio Paz ha dedicado al arte mexicano y universal, una exposición excepcional, que se llamó Los privilegios de la vista, y que publicó un catálogo suntuoso con este mismo título. El propósito de la exposición fue el de reunir, junto a los textos de Paz sobre arte, una gran cantidad de las obras mismas aludidas. Era la ilustración de su mundo pictórico y artístico y también una ilustración de su vida y su pensamiento.

La gracia que le fue otorgada al poeta, para ver con la inteligencia formas y significaciones; con la sensibilidad el mensaje y la vibración oculta; con el espíritu alerta, la aparición de artistas significativos; y con la magia de su estilo, transformar sus visiones en palabras luminosas, fue un privilegio que pudimos compartir.

Los organizadores de la exposición y del catálogo realizaron la hazaña de reunir, venidos de tres continentes y de once países, un conjunto importante de las obras que han formado el mundo estético del poeta y ensayista.

Desarrollada a lo largo de más de sesenta años, la obra de Octavio Paz, en la creación, el pensamiento y la promoción de la cultura, ha alcanzado una altura excepcional. El mundo ha reconocido a este escritor mexicano que es honor de su patria y de nuestro tiempo.

La edición de revistas literarias ha sido una actividad preferente de Octavio Paz. A lo largo de su vida ha fundado, dirigido o formado parte de la redacción de las siguientes: Barandal, 1931-1932; Cuadernos del Valle de México, 1933-1934; Taller, 1938-1941; El Hijo Pródigo, 1943-1946; Plural, 1971-1976 y Vuelta, desde 1976.

La edición de las Obras completas de Octavio Paz ha sido emprendida por el Círculo de Lectores de Barcelona en 1991, y el por el Fondo de Cultura Económica, de México, en 1994. Constará de 14 volúmenes con nuevos prólogos.

Libros completos o selecciones de sus obras han sido traducidos al inglés, francés, alemán, italiano, portugués, sueco, noruego, finlandés, holandés, serbocroata, polaco, rumano, húngaro, checo, griego y japonés.

Ha recibido los siguientes premios y distinciones: en 1956, premio Xavier Villaurrutia, en México; en 1963, Gran Premio Internacional de Poesía, de Bruselas; en 1972, Miembro Honorario de la American Academy of Arts and Letters y Doctorado Honoris Causa, de la Universidad de Boston; en 1977, Premio Jerusalén, en Israel, Premio Nacional de Letras, en México, y Premio de la Crítica, en Barcelona; en 1979, Gran Águila de Oro, del Festival del Libro, en Niza, y Doctorado Honoris Causa de la Universidad Nacional Autónoma de México; en 1980, Premio Ollin Yoliztli, en México y Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Harvard; en 1981, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, Premio Miguel de Cervantes, de España; en 1982, Premio Internacional Neustatd, de la Universidad de Oklahoma; en 1984, Premio de la Paz, en Frankfurt; en 1985, Premio Mazatlán, Premio Oslo de Poesía, y Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Nueva York; en 1986, Premio Internacional Alfonso Reyes, de México, y la Cruz de Alfonso X el Sabio, de Madrid; en 1987, Premio Menéndez Pelayo, de Santander, Premio T. S. Eliot, de la Enciclopedia Británica, y Premio American Express, de Miami; en 1989, Premio Alexis de Tocqueville, de Francia, y Premio Mondale, de Italia; y en 1990, Premio Nobel de Literatura, de Suecia.

La voz de Octavio Paz ha sido recogida en un disco de la colección Voz Viva de México, de la UNAM, núm. 13, 1961: Poemas. Selección, presentados por Ramón Xirau.

Las siguientes, revistas le han dedicado números de homenaje: Cuadernos Hispanoamericanos, núms. 343-345, Madrid, enero-marzo de 1979; La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, México, enero de 1991; Gradiva, núms. 6-7, París, febrero de 1975; Peña Labra, núm. 38, invierno de 1980-1981; Review, núm. 6, Nueva York, otoño de 1972; Revista de Iberoamérica, núm. 74, enero-marzo de 1971; World Literature Today, Oklahoma, otoño de 1982.

 


1. A raíz de la publicación de un prólogo de Elías Trabulse a una antología de Sor Juana (México, Promexa, 1979), en el que se refiere a las relaciones de Sor Juana y Kircher, Octavio Paz acusó a Trabulse de repetir sus conceptos sobre este punto, que él (Paz) había divulgado en 1974 en sus conferencias de El Colegio Nacional y en la revista Vuelta. Trabulse precisó las alusiones que varios autores habían hecho con anterioridad sobre el tema y sus conocimientos directo de él. Los textos de la polémica, en la que intervinieron otros escritores, se recogieron en El hermetismo y Sor Juana Inés de la Cruz. Orígenes e interpretación (1980), de circulación privada.


Anthony Stanton
2013 / 05 ago 2017 11:26

Poeta y ensayista, dedicó parte de su vasta obra a la práctica de la traducción y a la reflexión sobre los problemas engendrados por esta actividad literaria. Fascinado por las complejas ramificaciones hermenéuticas del fenómeno de la traducción tanto en el sentido lingüístico (la que se da entre distintas lenguas) como en el más amplio y epistemológico (la de los intercambios entre distintas culturas o incluso dentro de la misma lengua), Paz ve el lenguaje mismo como traducción de fenómenos no verbales mientras “la historia de las civilizaciones es la historia de las traducciones que han hecho los pueblos de la cultura de sus antepasados y de la de sus vecinos, sus enemigos y sus vasallos”, como escribe en 1991. Toda verdadera traducción es un acto creador: en el traslado hay una transformación tanto del objeto (el texto) como del sujeto (el traductor). El resultado es una “transmutación”: algo nuevo creado a partir de algo conocido. En contra de los argumentos del determinismo lingüístico o del relativismo nominalista, Paz afirma que más que una cárcel solipsista, el lenguaje es una ventana al mundo, un punto de vista parcial y limitado que permite vislumbrar analogías y correspondencias con otras lenguas y otras culturas. Sus primeras traducciones se publican en la década de 1950. En Semillas para un himno (México, Tezontle, 1954), el poeta incluye, al final del folleto que contiene sus poemas más recientes, una sección titulada “Versiones de Marvell y Nerval”, en la cual ofrece traducciones de Andrew Marvell (“A su tímida amante”) y de Gérard de Nerval (dos versiones de “El desdichado”, “Mirto”, dos versiones de “Délfica” y “Artemisa”), precedidas por una breve nota que enuncia por primera vez sus metas como poeta-traductor: “Deseoso de ajustarme a un ideal de fidelidad poética, no me pareció ilegítimo tomarme ciertas libertades, en algunos casos. No se trata, pues, de traducciones literales; tampoco de paráfrasis sino de versiones libres: quise obtener, hasta donde fuese posible, con medios distintos resultados poéticos equivalentes”. Nunca abandonó esta definición sintética de Valéry del arte de traducir. A partir de 1956, inspirado por sus lecturas de Arthur Waley y Donald Keene, dio a conocer sus versiones de textos clásicos de las literaturas china y japonesa, veta que tampoco abandonará: su primer estudio de estas tradiciones, “Tres momentos de la literatura japonesa” (con múltiples traducciones), es de 1954. Durante más de cuarenta años publicó sus versiones, imitaciones, homenajes, recreaciones y transformaciones a partir de textos de poetas de lengua inglesa, francesa, portuguesa y catalana y de obras en lenguas menos cercanas como el sueco, el chino, el japonés y el sánscrito. Paz traducía directamente del inglés, francés, portugués y catalán. Para las otras lenguas solía trabajar en colaboración con un conocedor de la lengua o a partir de traducciones existentes, sobre todo al inglés y al francés. Su objetivo nunca fue alcanzar la exactitud filológica o histórica sino encontrar equivalencias analógicas en una actualización creadora: “el punto de partida fueron poemas escritos en otras lenguas; el de llegada, la tentativa de escribir, con ellos, poemas en la mía”. En esta labor constante los proyectos mayores, que contaron con estudios introductorios, fueron los siguientes libros: el diario de viaje de Matsuo Bashō Sendas de Oku (México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1957; Barcelona, Seix Barral, 1970, con Eikichi Hayashiya), la Antología de poemas de Fernando Pessoa (Universidad Nacional Autónoma de México, 1962), Cuatro poetas contemporáneos de Suecia: Martinson, Lundkvist, Ekelöv y Lindegren (Universidad Nacional Autónoma de México, 1963, con Pierre Zekeli), Veinte poemas de William Carlos Williams (México, Era, 1973), Quince poemas de Apollinaire (México, Latitudes, 1979), “Kavya: 25 epigramas” en Vislumbres de la India (Barcelona, Seix Barral, 1995) y Trazos: Chuang-Tzu y otros (México, Ediciones del Equilibrista, 1997). En 1971 publicó en la editorial barcelonesa Tusquets Traducción: literatura y literalidad, libro donde figuran su célebre ensayo teórico del mismo título y sus versiones y comentarios de poemas de John Donne, Stéphane Mallarmé, Apollinaire y e. e. cummings. Paz recogió la mayor parte de sus traducciones breves en las distintas ediciones de Versiones y diversiones: la primera de México, Joaquín Mortiz, 1974; una segunda edición, corregida, en la misma editorial (1978); la tercera, bilingüe, revisada y aumentada (Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2000); y una final en Obra poética (1935-1998), tomo 7 de las Obras completas (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2004). Se trata de un título revelador, como todos los suyos: cada traducción literaria es una versión o interpretación particular, además de ser una diversión (divertimiento para el placer, pero también lo que diverge, lo que es diverso). La única manera de permanecer fiel al texto original es mediante una desviación creadora. El prólogo dice que el libro es “el resultado de la pasión y de la casualidad”, actividad amorosa y lúdica que presupone un formidable conocimiento. Paz traductor se considera un viajero en el espacio y en el tiempo, un explorador que comparte sus hallazgos con otros con la esperanza de ampliar su universo mental. Si la poesía, para Paz, es expresión de nuestra otredad constitutiva, la traducción poética se vuelve el instrumento predilecto de indagar las fronteras ambiguas entre el yo y los otros. En cada edición del libro figura, además de las revisiones y ampliaciones, un prólogo nuevo que explícita las ideas que rigen su práctica. Paz solía acompañar sus versiones de comentarios, algunos célebres, como el extraordinario ensayo sobre el soneto en -ix de Mallarmé o el extenso análisis de la obra de Pessoa. Lo más llamativo de la última edición de Versiones y diversiones es el lugar que ocupa: por primera vez aparece como parte integral de la obra poética del autor. Aquí se aprecian los alcances de la actividad traductora de Paz: más de cuatrocientas páginas de traducciones de textos de distintas épocas y de culturas muy diversas, además de cincuenta páginas de comentarios y notas (que no incluyen sus ensayos más extensos sobre los poetas y poemas traducidos). A diferencia de la edición de 2000, ahora solo figuran las traducciones y no los textos originales, en concordancia con su concepción personal de la versión como recreación liberada de ataduras filológicas. Como en el caso fundador de Ezra Pound, autor de Cathay (1915), en Paz es imposible trazar una línea nítida entre creación y traducción. Este incluso llegó a decir, en una conversación de 1975 con Edwin Honig, que “cada poema original es la traducción de un texto desconocido o ausente”. Sus traducciones son obras de creación mientras algunos de sus propios poemas son recreaciones de textos ajenos, como “Hermandad”, de su última colección Árbol adentro (1976-1987) (Barcelona, Seix Barral, 1987), texto cuyo subtítulo es “Homenaje a Claudio Ptolomeo”: un poema personal que reescribe el que figura en la Antología palatina (9. 577). Inspirado por el ejemplo pionero de José Juan Tablada, Paz incorporó la brevedad sintética del haiku a su propia poesía a partir de Piedras sueltas (México en la Cultura, 1955). Otra zona limítrofe entre traducción y creación se encuentra en las obras colectivas de Paz, especialmente Renga (París, Gallimard, 1971). En esta creación experimental cuatro poetas occidentales (Paz, Jacques Roubaud, Edoardo Sanguineti y Charles Tomlinson) escriben en sus lenguas maternas (español, francés, italiano e inglés) un poema colectivo en el cual cada uno no solo traduce los textos de los otros sino que utiliza, en el proceso mismo de la escritura, la traducción interna como estímulo de creación. A partir del antiguo modelo japonés del renga (poema encadenado y combinatorio hecho por varios), cada poeta escribe una estrofa de una obra que contiene a todos al mismo tiempo que los transforma en partes de una nueva totalidad cuatrilingüe. El modelo oriental es “traducido” a una forma occidental (el soneto petrarquísta con sus cuatro partes) y luego la traducción interna (la que se da entre lenguas, pero también la que se da en el interior de cada lengua al interactuar con las otras) funciona como motor de creación de esta composición a cuatro voces en cuatro lenguas que se acercan y se alejan en una compleja red de alusiones, citas, traducciones, desviaciones, homenajes, interferencias, preguntas, respuestas, sátiras y parodias. En un sentido profundo puede decirse que toda la obra poética y ensayística de Paz es una vasta traducción que recrea, sintetiza e inventa de manera original y absolutamente personal temas, formas y prácticas de distintas tradiciones literarias y de muy diversas cosmovisiones culturales.

Bibl.: Frances R. Aparicio, “Epistemología y traducción en la obra de Octavio Paz”, Hispanic Journal 8:1 (1986), 157-167. || Octavio Armand, “Octavio Paz o el traductor no traiciona”, Cuadernos Hispanoamericanos 343-345 (1979), 732-738. || Fabienne Bradu, “Octavio Paz, traductor”, Vuelta 259 (1998), 30-37. || Fabienne Bradu, Los puentes de la traducción: Octavio Paz y la poesía francesa, México/Xalapa, Universidad Nacional Autónoma de México/Universidad Veracruzana, 2004. || Todd Burrell, “Octavio Paz traductor: teoría y práctica en Veinte poemas”, Traduic 4:9 (1994), 19-23. || Enrique Caracciolo Trejo, “Octavio Paz, traductor”, Siglo xx/20th Century: Critique and Cultural Discourse 10:1-2 (1992), 195-209. || Diógenes Céspedes, “Teoría de lo político, teoría de la traducción en Octavio Paz”, Cuadernos de Poética 3:7 (1985), 58-91. || Jordi Doce, “Transformaciones y correspondencias”, Cuadernos Hispanoamericanos 615 (2001), 105-111. || Domnita Dumitriescu, “Traducción y heteroglosia en la obra de Octavio Paz”, Hispania 78:2 (1995), 240-251. || Horst Hina, “Octavio Paz como traductor de poesía inglesa”, Brispania 1 (1992), 83-105. || Graciela Isnardi, “El hacedor de milagros. Octavio Paz, maestro de traductores”, Cuadernos Hispanoamericanos 343-345 (1979), 720-731. || Jean-Claude Masson, “Une traduction (im)possible: la versión espagnole du ‘Sonnet en ix’ par Octavio Paz”, Meta 31:3 (1986), 314-320. || Ángela Liliana Navas Forero, “Reflexiones de Julio Cortázar y Octavio Paz con respecto a traducción desde su punto de vista como escritores”, Mutatis Mutandis 3:2 (2010), 293-303, http://aprendeenli nea.udea.edu.co/revistas/index.php/muta tismutandisx || Alicia Piquer, “Las relaciones entre traducción y creación en la obra ensayística y poética de Octavio Paz” en F. Lafarga, A. Ribas y M. Tricás (eds.), La traducción, metodología, historia, literatura: ámbito hispanofrancés, Barcelona, PPU, 1995 327-332. || Virginia Rodríguez Cerdá, “La tradición del haikú en Octavio Paz”, Arrabal 5-6 (2007), 151-152. || José María Rodríeguez García, “John Donne After Octavio Paz: Translation as Transculturation”, Dispositio 48 (1996), 155-182.

Anthony Stanton




MATERIAS RELACIONADAS
Árbol adentro Pasado en claro El mono gramático Ladera este (1962-1968) Libertad bajo palabra : obra poética 1935-1957

Instituciones, distinciones o publicaciones


El Colegio Nacional
Fecha de ingreso: 01 de agosto de 1967

Premio Nobel de Literatura

Centro Mexicano de Escritores
Miembro del Consejo Literario

Premio Nacional de Ciencias, Letras y Artes
Fecha de ingreso: 1977
Fecha de egreso: 1977
Ganador en el campo de Lingüística y Literatura

Premio Xavier Villaurrutia de escritores para escritores
Fecha de ingreso: 1956
Fecha de egreso: 1956
Ganador con el libro "El arco y la lira"

Premio Internacional Alfonso Reyes
Fecha de ingreso: 1985
Fecha de egreso: 1985
Ganador

Barandal
Fecha de ingreso: 01 de agosto de 1931
Fecha de egreso: 01 de marzo de 1932
Editor

Cuadernos del Valle de México
Editor

Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes
Fecha de ingreso: 1981
Fecha de egreso: 1981
Ganador

El Hijo Pródigo. Revista Literaria
Redactor

La Letra y La Imagen. Semanario cultural del periódico El Universal Ilustrado
Fecha de ingreso: 03 de septiembre de 1979
Fecha de egreso: 01 de marzo de 1981
Consejero de colaboración

Vuelta. Revista mensual
Fecha de ingreso: 1976
Fecha de egreso: 1998
Director

Plural. Crítica y literatura
Fecha de ingreso: 01 de octubre de 1971
Fecha de egreso: 01 de julio de 1976
Director

Taller
Fecha de ingreso: 1938
Fecha de egreso: 1939
Responsable

Taller
Fecha de ingreso: 1939
Fecha de egreso: 1940
Director

Premio Mazatlán de Literatura
Fecha de ingreso: 1985
Fecha de egreso: 1985
Ganador con la obra "Hombres en su siglo y otros ensayos"