Enciclopedia de la Literatura en México

Manuel Gutiérrez Nájera

mostrar Introducción

La vida y obra de Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895) puede cifrarse en el paralelismo del poeta-periodista o del periodista-poeta, personalidad acorde con un México que comenzaba a dar los primeros pasos hacia la modernidad industrial y que, en su proceso de secularización, volvía la mirada al positivismo. Ante una realidad que le parecía adversa, Manuel Gutiérrez Nájera, moderno y modernista, pasó sus veinte años de vida productiva (1875-1895) en una lucha constante por alcanzar un espacio interior que le permitiera afirmarse en su verdadera vocación: la de poeta que pudiera entregarse al ejercicio artístico sin las limitaciones de espacio, tiempo y dinero que tradicionalmente coartaban su labor creativa.  Lo que lo convirtió en uno de los más importantes escritores mexicanos del último cuarto del siglo xix.

El trabajo literario y la vida del Duque Job, uno de sus seudónimos más famosos, están marcadas por el eclecticismo: supo que debía buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad. En ese mundo de grandes tensiones y vertiginosos cambios que le tocó vivir, luchó contra las circunstancias políticas y económicas que como poeta lo iban anulando; proyectó construir un mundo mejor y trató de hallar un camino de “salvación”, por lo que asumió esta misión a través de su entrega diaria a la escritura; lo que hoy nos hace posible revalorarlo desde un espectro más amplio, ya no como el introductor o precursor del Modernismo, sino como el primer modernista mexicano, el primer novelista de este movimiento en Hispanoamérica y el primero en ofrecer un cuento parisiense. Es así que podemos presentarlo como un hombre moderno, cosmopolita, cuya expresión artística fue ecléctica al incorporar a su escritura tendencias distintas, Romanticismo, Realismo, Naturalismo, simbolismo, impresionismo, etc.; un escritor, en fin, siempre en búsqueda de la belleza.

mostrar Primeros años y primeras publicaciones

Manuel Demetrio Francisco de Paula de la Santísima Trinidad Guadalupe Ignacio Antonio Miguel Joaquín Gutiérrez Nájera nació en la Ciudad de México el 22 de diciembre de 1859. Primogénito del matrimonio Manuel Gutiérrez Gómez (1818-1889) y Dolores Nájera y Huerta (1831-1895), tuvo dos hermanos menores, Santiago y Salvador, y una media hermana, María.

Con la ayuda de su madre, Gutiérrez Nájera aprendió a leer en los periódicos. A los escasos 14 años, la admiración y la pasión por la mujer y por el arte lo llevaron al camino de la creación literaria. Dos años más tarde nació el poeta; durante unas vacaciones en la hacienda de la familia de su madre, el contacto con la Naturaleza y la cercanía de su prima Lola hicieron emerger en el precoz Manuel la emoción romántica. Su primer poema, “Serenata”, está fechado el 23 de octubre de 1875.

Poco después, escribió una oda titulada “Al Sagrado Corazón de Jesús”, dedicada “Al señor don Carlos de Borbón y de Este. Homenaje de profundo respeto” y leída en la reunión que organizó la Sociedad Literaria Munguía en honor de Pío ix, el 21 de julio de 1876, de la cual formaba parte su señor padre. Esta pieza fue la primera colaboración que Gutiérrez Nájera entregó formalmente a La Voz de México, Órgano de la Sociedad Católica, diario que, podemos afirmar, publicó la primicia del escritor.[1]

A partir de entonces, y durante veinte años los textos najerianos vieron la luz en diarios y revistas de la época. El Catálogo Mapes, registro de participaciones najerianas encontradas por Erwin K. Mapes en la prensa mexicana, proporciona el listado de publicaciones periódicas que dieron a conocer, por primera vez –o reprodujeron–, las colaboraciones de Manuel Gutiérrez Nájera: El Álbum de la Mujer, La Colonia Española, El Correo de las Señoras, El Correo Español, El Correo Germánico, El Cronista de México, El Demócrata, La Familia, El Federalista, La Iberia, La Ilustración Mexicana, La Juventud Literaria, La Libertad, El Liceo Mexicano, El Monitor del Pueblo, El Mundo Literario Ilustrado, El Nacional, El Noticioso, El Pabellón Nacional, El Pacto Federal, El Partido Liberal, El Porvenir, El Propagador Industrial, El Reproductor, La República, El Republicano, Revista Azul, Revista de México, Revista Nacional de Letras y Ciencias, El Siglo xix, El Socialista, El Tiempo, El Universal, La Voz de España y La Voz de México.[2]

Si bien se sabe que su primer ensayo –“Un soneto”, del 6 de octubre de 1875, firmado con el seudónimo Rafael– fue un plagio del estudio de José María Sbardi, publicado en La Ilustración Española y Americana, impreso en Madrid el 1º de agosto de 1872,[3] Gómez del Prado lo justifica como un pecado de adolescencia porque, dice, fue el arranque de una de las más brillantes carreras periodísticas del siglo pasado.[4]

mostrar El periodista y la ideología materialista del Porfiriato

La visión de mundo a finales del siglo xix estaba regida por el pragmatismo científico y por el materialismo que hizo del trabajo su dios. De esta manera, los escritores que aspiraran a vivir de su pluma tuvieron que encontrar la manera de adaptarse, aunque fuera todavía incipientemente, a las exigencias de la misma y, por lo tanto  las imperantes necesidades de su modus vivendi condujeron a Manuel Gutiérrez Nájera hacia la profesionalización de la escritura, actividad que lo mantuvo encadenado al trabajo periodístico cotidiano que no le concedía los instantes deseados para la escritura personal, por lo que llegó a expresar que sus colaboraciones, como todas las mercancías, estaban sujetas a la ley de la oferta y la demanda.[5]

En aquel momento el periodista no tenía una especialización: no sólo era un homo duplex, sino el hombre capaz de “partirse en mil pedazos y quedar entero”, porque estaba obligado a conocer, aunque fuera con superficialidad, toda la escala de los conocimientos humanos, todas las ciencias y todas las artes y a escribir poesía o novelas, hablar de política, de teatros, de bailes, de bancos, de ferrocarriles, de educación, de moral... Tenía la presión de ser al mismo tiempo músico y poeta, arquitecto y arqueólogo, pintor y médico: el periodista era uno y diez mil.[6]

A lo largo de su carrera manejó veintitrés firmas con ciertas variantes, por ejemplo M.G.N., G. N.; para algunos de sus seudónimos perfiló una personalidad y un estilo propio, y en muchas ocasiones los enfrentó en duras polémicas, excelente juego de mercadotecnia que elevaba las ventas de los distintos periódicos en los que mantenía sus diatribas. Esta práctica mostró no sólo su genio creador de poeta-periodista, sino también su versatilidad. Hasta 1964, Carlos Gómez del Prado estimaba la cifra de 1 500 colaboraciones najerianas; hoy hablamos de 2 026 registros en 37 publicaciones periódicas.[7] 

En consecuencia pocas obras de Gutiérrez Nájera pueden considerarse literatura en pureza, me refiero a su poesía y a su novela Por donde se sube al cielo (1882). Con relación a sus relatos vale la pena señalar que muchos de ellos están encabalgados con otros géneros como la crónica y el ensayo; donde las narraciones dan cuenta de los sucesos cotidianos de la urbe capitalina que, las más de las veces, se convierten en el relato reflexivo de su propia visión de mundo.

mostrar El comienzo del poeta y el periodista

El poeta y el periodista surgieron en 1876: el 29 de junio publicó un breve texto de crítica literaria titulado “La poesía sentimental”, en defensa de la obra Páginas sueltas de Agapito Silva, que dio pie a que, entre agosto y septiembre, publicara en La Iberia un largo ensayo en seis entregas, firmado con su nombre, que bautizó con el nombre de “El arte y el materialismo”, hoy considerado como el primer manifiesto modernista.[8] El 11 de junio apareció su ensayo de reflexión moral: “La pobreza” en el periódico El Federalista. Su incursión en la crónica de teatro comenzó el 10 de agosto en El Correo Germánico de Othon Brackel-Welda. No olvidemos que, desde su prematura juventud, Gutiérrez Nájera vivió “entre bastidores”, y que gran parte de su periodismo estuvo dedicado al espectáculo en general y ámbito teatral en particular.

El texto que se ha considerado como su primer relato, “Una cena y una escena de Nochebuena”, vio la luz en enero de 1877 en El Federalista. El inicio del ensayista político lo encontraremos en noviembre de ese mismo año con la publicación de “Las grandezas de la raza latina” en el mismo periódico. Como novelista debutó en 1882 en el periódico El Noticioso con su novela Por donde se sube al cielo.

Así, entre finales de 1875 y enero de 1877, Manuel Gutiérrez Nájera ya había comenzado su carrera de escritor integral al haber incursionado en casi todos los géneros literarios. Su mayor producción original queda ubicada entre 1876 y 1885, ya que en el panorama general, durante esta etapa, escribió cerca de la mitad de sus poemas; su novela y las tres cuartas partes de sus relatos y de las primeras versiones de su ensayo político, casi todas sus crónicas y sus artículos sobre teatro.[9]

mostrar El segundo periodo de su carrera literaria

En la segunda parte de su vida productiva, su circunstancia lo llevó a diversificarse aún más; en 1886 fue nombrado diputado suplente y en 1888, titular. En este mismo año contrajo nupcias con María Cecilia Soledad Francisca de Paula Maillefert y de Olaguíbel (1865-1957), su musa blanca, y en 1890 nació su primogénita, María de Altagracia Cecilia (1890-1994). Entre 1893 y 1895 publicó sus más importantes columnas de actualidad: “Crónicas de Puck” (56 piezas) y “Plato del día” (264 textos), ambas en el periódico El Universal.

Durante este período no es extraño encontrar republicaciones o adecuaciones de sus textos, en los que mueve, cual hábil ajedrecista, a decir de Ana Elena Díaz Alejo, párrafos y páginas completas.[10] Si bien a partir de este momento el Duque escribió menos colaboraciones originales, podemos decir que sus reflexiones sobre la sociedad y la literatura sí son de nuevo cuño. Fue entonces cuando entregó a la imprenta casi todas sus meditaciones de orden moral y buena parte de las de crítica literaria.

Aunado a lo anterior, en estas dos décadas participó como socio literario en diversas asociaciones, como la Sociedad Peón Contreras en 1876; el Círculo Literario Gustavo Adolfo Bécquer en 1877; El Liceo Hidalgo de 1879 a 1888; en 1882 apareció en la nómina del Ateneo Mexicano de Ciencias y Artes, sociedad que pese al apoyo gubernamental no se consolidó; de 1885 a 1892 se integró al Liceo Mexicano Científico y Literario; en 1894 al grupo de la revista El Renacimiento en su segunda época; y de mayo de 1894 a su fallecimiento (3 de febrero de 1895), al grupo de la Revista Azul; y, finalmente, fue nombrado presidente de la Prensa Asociada el 28 de diciembre de 1894, cargo que no llegó a ejercer.

El año de 1894 marcó un hito en la vida del autor y en la historia de las letras mexicanas del período, pues no sólo nació su segunda hija, María Guadalupe Margarita (1894-1965), sino también fundó, con Carlos Díaz Dufoo, la Revista Azul, donde colaborarían los poetas y artistas más sobresalientes de ese momento. Aunque sólo unos meses estaría al frente de esta empresa, la labor de noble guardián que se adjudicó, señalaría el camino a generaciones venideras.

mostrar Una obra integral: cuento, ensayo, crónica, poesía y novela

El universo cuentístico de Manuel Gutiérrez Nájera asciende a 90 piezas, de las cuales 45 fueron versiones únicas; una, “Al amor de la lumbre”, se publicó en siete ocasiones; de otras piezas se han encontrado hasta seis versiones: la suma de posibilidades ha dado como resultado 191 piezas registradas. De este corpus, el propio autor reunió sólo 15 relatos en un pequeño librito al que dio el título de Cuentos frágiles (1883), único volumen que vio entre dos pastas. Otros 22 textos llevaron el título de “cuento”, y formaron parte de alguna serie como “Cuentos del domingo”, publicada en El Nacional, entre junio y agosto de 1884.[11]

Como ya se mencionó, en conjunto, los relatos no responden sólo a una intención estética, sino también a la finalidad de transformar a la sociedad. Lejos de encerrarse en una torre de marfil y alejarse del vulgo que no comprendía su literatura aristocrática –actitud con la que la crítica ha definido a los modernistas, por no ofrecer, dicen, “formulaciones ideológicas o ensayos de exposición orgánica sobre la problemática social”–, el Duque Job se esmeró en defender el trabajo artístico de la palabra, al mismo tiempo que, en permanente juego dialéctico, participar con entusiasmo en la construcción de la sociedad moderna.[12]

La crónica y el ensayo fueron los espacios ideales donde, sin fronteras rígidas, como otrora en el púlpito, el autor habló en parábolas, contó ejemplos, divagó, soñó, criticó y conversó elevando la voz para conservar el equilibrio entre el idealismo tradicional y el materialismo que el momento le imponía. La crónica y el ensayo de finales del siglo decimonono se erigieron entonces en los lugares de unión entre lo espiritual y lo material, lo subjetivo y lo objetivo, la ficción y la realidad, por medio de ellos el escritor comunicó su angustiosa ambigüedad de poeta-periodista. Con notoria frecuencia, estas piezas oscilan entre la realidad y la ficción, que él mismo consideró “verdaderas obras de arte”.[13] Cabe señalar que, cuando estos textos resultaban largos, los fragmentaba y publicaba en varias entregas.

Como poeta, el Duque Job comprendió que el espacio ideal para el acto de la creación era el intérieur, un locus amoenus, o, como él mismo decía, su boudoir japonés o su saloncito Renacimiento; lugar donde en soledad y en silencio, consigo mismo, y después de haber vivido, es decir, de haber gozado y sufrido, podía dejar en libertad su imaginación para que, en un vuelo mágico, crear fantasías y escribir obras muy bellas labrando la palabra. No obstante, la realidad del periodismo no se lo permitió.

Como novelista nos entregó algunas piezas breves: Cuentos del domingo. Aventuras de Manón (Recuerdos de ópera bufa) (1884) en El Nacional y deja inconclusa La mancha de Lady Macbeth (1889), pero es la novela Por donde se sube al cielo (1882), la que puede ser considerada como el texto de ficción pura de Gutiérrez Nájera, obra que rompió con buena parte de los parámetros narrativos decimonónicos, y que en su momento no contó con la atención que se hubiera esperado. Esta novela se publicó por entregas en 17 folletines de El Noticioso, entre el 11 de junio y el 29 de octubre de 1882; constó de nueve capítulos y 192 páginas. En esta obra Manuel Gutiérrez Nájera narra la historia de Magda, una comedianta-prostituta, inspirada, a mi juicio, en la vida de la cantante francesa Paola Marié, quien actuó en México en 1881. Si bien no es la primera novela que trató el tema, sí fue la primera en pretender que la sociedad tomara conciencia de la parte de culpabilidad que le correspondía en la “caída” de las jóvenes desamparadas, al dejar abierta la posibilidad de redención social de las “mujeres de costumbres libres”; suceso inimaginable en la sociedad mexicana finisecular.

En su estructura, esta obra encadenó una serie de novedades que los críticos no supieron en aquel entonces aquilatar: 1) la ubicación de la acción en París y en un lugar de veraneo que el narrador denomina Aguas Claras, cronotopo que la convierte en la primera narración parisiense del modernismo, antítesis del modelo nacionalista dictado por Ignacio Manuel Altamirano. 2) El juego del tiempo: el narrador regresa al pasado mediante la focalización de un detalle, ya sea del decorado de su habitación o de la “cucharilla de cristal” que la doncella de Magda mueve al prepararle una medicina, recurso que encontraremos formalmente en el ejercicio de la narrativa contemporánea. 3) El final con opciones múltiples: la primera lectura de la novela sorprende con su desenlace; la estructura no concluye, sino que sugiere y deja al lector la posibilidad de elección, y, al estudioso, la opción de analizarla como una obra que señala cambios. Y 4) La posibilidad de redención social de una prostituta, lo que da cuenta de su esperanza en el cambio.

El rescate de esta novela no sólo transformó la visión que se tenía de la tradición de la narrativa mexicana del siglo xix, sino, además, modificó la historiografía de la literatura hispanoamericana al considerarla actualmente la primera del Modernismo, por anteceder tres años a Amistad funesta (1885), de José Martí.

Como ensayista, Gutiérrez Nájera nos ofreció un panorama complejo al conjuntar dos caminos de diversa índole: por un lado, la defensa de su libertad creadora, y por el otro, la elección del eclecticismo. Sobre asuntos morales, el Duque Job no se mostró categórico; en el ensayo político, desde 1877, se declaró moderno al revelarse como un convencido del programa de “Paz, Orden y Progreso”; en sus textos críticos sobre arte y literatura, se trasluce la ambigüedad que hoy explica al escritor modernista, quien se manifestó en contra de “esa materialización del arte”, de ese “asqueroso y repugnante positivismo”[14] que trataba de introducirse en la poesía, pero al mismo tiempo se sumó a la fuerza laboral productiva del país y se convirtió en la conciencia vigilante de la sociedad.

En lo público, primero encontraremos en él una visión católica del mundo, cuya figura central es Jesucristo. Luego, hombre de su momento, modificó sus concepciones en aspectos como la relatividad del tiempo –correlación que percibió en la belleza–, o en su esperanza en el porvenir y no ya en el premio después de la muerte. Gutiérrez Nájera va dejando atrás la postura religiosa al integrarse cada vez más a los principios científicos del positivismo. Así, los intereses najerianos se encaminaron, con mayor énfasis, a la more, al actuar colectivo del habitante de la urbe, a quien solía observar e intentaba comprender desde la perspectiva taineana, según la cual el hombre vive determinado por la raza, por el medio ambiente y por la circunstancia. Ese hombre que, al decir de Spencer, se ve inmerso en el proceso de “la lucha por la vida”, donde sobrevive siempre el más apto. Sus juicios, por momentos, pueden parecernos pragmáticos y radicales; sin embargo, debemos verlos insertos en el propósito de tratar de alcanzar el bien social.

Finalmente, Manuel Gutiérrez Nájera, incorporándose a la misión de cambiar la esencia nacional, expresó: “va uno a redimir al mundo”, y abrazó el “llamado […] a ser el corrector de la Providencia”.[15]  A partir de que se declaró positivista, nunca dejó de serlo; creyó con firmeza en la teoría de la evolución, y así lo manifestó hasta el término de su existencia. Sin embargo, en este último lapso de su vida, buscó la armonía, encontró que el justo medio ofrecía la objetividad necesaria para obtener una opinión equitativa y lograr, con mayor eficacia, hacer que su público compartiera sus perspectivas. Esta actitud le permitió modificar opiniones que, de manera determinante, había expresado antaño; trató de ser equilibrado en sus apreciaciones y consideró que la justicia era la ley que debía regir el mundo.

mostrar Ciudadano crítico

Crítico literario y ciudadano crítico, en aras de su objetivo de “alzar la nación”,[16] el Duque Job retomó y combinó temas románticos con realistas y naturalistas, de los que “abstrae magistralmente elementos precisos e indispensables que, concatenados, le permiten expresar el universo elegido de antemano”, hacia la finalidad primordial de sus relatos: la crítica social.[17]

Puede decirse que el eclecticismo y el cosmopolitismo fueron una constante en cada uno de los ámbitos de la vida del autor: en su quehacer literario fue ecléctico, por una parte, al atraer hacia sus textos lo que consideró como bello de los movimientos literarios que se dieron de forma simultánea en México durante el último tercio del siglo xix Romanticismo, Realismo, Naturalismo–; a esto sumó su lectura de los simbolistas, expresionistas e impresionistas franceses; y por la otra, al romper fronteras entre los distintos géneros literarios y crear nuevas estructuras discursivas.

Culturalmente, fue cosmopolita al abrevar en todas las fuentes que tuvo a su alcance: conformó su tradición literaria de la obra de los místicos y de los escritores contemporáneos españoles; leyó a los franceses y por medio de ellos conoció a los clásicos; se acercó a las expresiones italianas y alemanas, y tuvo contacto con las literaturas exóticas. Esta manera de comprender el mundo lo llevó a manifestarse a favor del “cruzamiento en literaturas” como una manera de dejar atrás el nacionalismo para, por medio de la consolidación de las letras mexicanas, alcanzar la universalidad.[18]

mostrar El intelectual

Ideológicamente, fue católico por formación materna y, guardando para sí el gran ideal del Amor que profesó Jesucristo, defendió la enseñanza de la filosofía y de la metafísica, al mismo tiempo que comulgó con el planteamiento positivista-evolucionista spenceriano.

En política, si bien se confesó liberal por herencia paterna, no tardó mucho en criticar a los radicales jacobinos; al concebir al hombre en permanente evolución, asumió que los liberales que años atrás habían proclamado la libertad y las reformas, en el hoy najeriano, aferrados a sus principios democráticos, se habían convertido en la facción conservadora. La intención del poeta fue la de afianzar, dentro de los parámetros positivistas de orden y progreso, un Estado vigoroso que resistiera la anarquía, que había reinado en el país durante casi medio siglo.

Intelectual, no confundió su inclinación: fue cosmopolita al buscar la universalidad cultural, al mismo tiempo que se esmeró por consolidar una literatura mexicana.[19] Su eclecticismo lo llevó a comulgar con la dualidad materia-espíritu, en la que se conjuntaba el tiempo real con la eternidad. Alzó su pluma para defender la verdad, la virtud y la belleza, trilogía esencial del espíritu que conducía, a su parecer, hacia la trascendencia. Así, trazó un camino por el cual, a través del pensamiento, del amor, del conocimiento y de la educación del propio espíritu en la ciencia, en la justicia, en la abnegación, en la caridad, el hombre ascendería por la “escala de cosas divinas para subir por ella al Cielo”.[20] 

mostrar Fe en el mañana

Gutiérrez Nájera manifestó su fe en el mañana, en un futuro promisorio donde la conciencia pudiera rescatar al hombre “de esa madrastra que se llama la ignorancia”.[21] Asimismo, se comprometió con el proyecto modernizador; trabajó para vencer el escepticismo y la indiferencia, defectos que consideró naturales en el mexicano; se convirtió, además, en constante animador de la juventud e impulsor del progreso de las ciencias y de las artes con lo que buscó alcanzar la plenitud civilizadora.

Al Duque Job le tocó vivir las dos primeras décadas porfirianas en cuyo transcurso se instituye esa “paz”, más tarde puesta en tela de juicio; en ese lapso, con la ideología positivista que veía hacia el progreso económico, se tendieron miles de kilómetros de líneas férreas, se establecieron relaciones políticas y comerciales con el exterior, se abrieron las puertas del país a capitales extranjeros, se buscó el desarrollo de una nación que tres siglos de coloniaje y setenta años de luchas internas habían dejado en el atraso y en la anarquía, y se encaminó a las letras mexicanas a la universalidad, en buena medida, de la mano de Gutiérrez Nájera.

mostrar Estudio y recuperación de su obra

Gracias a la labor de recuperación y edición de la obra najeriana que se lleva a cabo en el Seminario de Edición Crítica de Textos, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, se cuenta con la publicación de buena parte de su obra: un volumen de crítica literaria; la totalidad de sus crónicas y artículos sobre teatro, en seis volúmenes; dos sobre el ensayo político y moral; otros dos reúnen sus relatos; uno recoge los textos sobre periodismo; uno más agrupa sus artículos sobre ciencia e historia, y se siguen preparando futuras ediciones que nos permitirán dialogar con el propio autor de forma más directa.

mostrar Bibliografía

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González Guerrero, FranciscoRevisión de Gutiérrez Nájera: discurso de recepción en la Academia Mexicana correspondiente de la Real Española leído por su autor en la sesión solemne celebrada la noche del 16 de febrero de 1955 en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes y respuesta de Alfonso Méndez Plancarte leída ocho días después de la muerte de su autor, en la propia sesión solemne por el académico Alfonso Junco, México, D. F., Bajo el Signo de Abside, 1955.

Gutiérrez, José Ismael, Manuel Gutiérrez Nájera y sus cuentos. De la crónica periodística al relato de ficción, New York, Peter Lang (Currents in Comparative Romance, Languages and Literatures, 68), 1999.

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mostrar Enlaces externos

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Pacheco, José Emilio, "Manuel Gutiérrez Nájera: el sueño de una noche porfiriana", (consultado julio de 2015).

 

Manuel [Demetrio Francisco de Paula de la Santísima Trinidad Guadalupe Ignacio Antonio Miguel Joaquín] Gutiérrez Nájera nació en la Ciudad de México el 22 de diciembre de 1859 y falleció en la misma ciudad el 3 de febrero de 1895. Escritor, periodista e intelectual, Gutiérrez Nájera conoció y participó de la diversidad estética e ideológica de su momento, al mismo tiempo que asumió la reciente tradición mexicana. Carlos Gómez del Prado en Manuel Gutiérrez Nájera: vida y obra (1964) afirmó que inició sus estudios en Querétaro durante los dos años que la familia residió en esa ciudad, cuando su padre desempeñó el cargo de prefecto en tiempos de la Intervención Francesa (1863-1865). Su madre dirigió sus primeras lecturas de tradición católica: santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz y fray Luis de León. Al decir de su hija Margarita, en Reflejo: biografía anecdótica de Manuel Gutiérrez Nájera (1960), recibió clases de latín, de francés y de matemáticas. Posteriormente, su formación fue autodidacta; a los doce años comenzó la lectura de escritores contemporáneos españoles como: José Zorrilla, Gustavo Adolfo Bécquer, Juan Valera, Gaspar Núñez de Arce y Benito Pérez Galdós; prosiguió con los clásicos latinos, entre otros: Horacio, Virgilio y Ovidio; tuvo especial inclinación por los autores franceses como: Victor Hugo, Alphonse Lamartine, Louis Charles de Musset, Theóphile Gautier y Charles Baudelaire, y se adentró en la filosofía al leer a Auguste Comte, Herbert Spencer y Ernest Renan. 

La ambigüedad y las tensiones de la modernidad de su tiempo se observan en su tradición católica, de la que conservó para sí el gran ideal del Amor que profesó a Jesucristo, a la vez que comulgó con el planteamiento positivista-evolucionista spenceriano "que en el país se impuso con miras al progreso" y defendió la enseñanza de la metafísica, bagaje cultural que lo muestra como un intelectual ecléctico.

A los dieciséis años, Gutiérrez Nájera ingresó a las filas del periodismo, profesión que nunca abandonó, y a los veintisiete formó parte del Poder Legislativo como diputado suplente por el distrito del Cantón de Tepic, en la xiii Legislatura. En 1888 fue nombrado diputado propietario por Texcoco en la xiv Legislatura, curul que ocupó hasta su muerte.

Como refiere Alicia Perales, perteneció a las asociaciones literarias: el Liceo Hidalgo, segunda etapa (1872-1882), del cual fue su principal animador a partir de 1879; el Círculo Gustavo Adolfo Bécquer (1877); el Ateneo Mexicano de Ciencias y Artes que, pese al apoyo gubernamental, no logró mantenerse, y al que el autor defendió de las críticas que se le hicieron; el Liceo Hidalgo, tercera época (1884-1888), donde participó en la discusión sobre la literatura nacional, respondiendo que sí la había, mas no tan rica como la de otras naciones avanzadas, y el Liceo Mexicano Científico y Literario (1885-1892). Y, finalmente, como Perales advirtió, fue la cabeza que sostuvo al grupo que, a manera de sociedad, se congregó en torno a la Revista Azul, suplemento literario dominical de El Partido Liberal, publicación que fundó con Carlos Díaz Dufoo, para dar cauce al Modernismo.

Sus colaboraciones vieron la luz en treinta y cinco diarios y revistas de la época: El Álbum de la Mujer, La Colonia Española, El Correo de las Señoras, El Correo Español, El Correo Germánico, El Cronista de México, El Demócrata, La Familia, El Federalista, La Iberia, La Ilustración Mexicana, La Juventud Literaria, La Libertad, El Liceo Mexicano, El Monitor del Pueblo, El Mundo Literario Ilustrado, El Nacional, El Noticioso, El Pabellón Nacional, El Pacto Federal, El Partido Liberal, El Porvenir, El Propagador Industrial, El Reproductor, La República, El Republicano, Revista Azul, Revista de MéxicoRevista Nacional de Letras y Ciencias, El Siglo Diez y Nueve, El Socialista, El Tiempo, El Universal, La Voz de España y La Voz de México. A lo largo de su ejercicio escritural utilizó alrededor de cuarenta firmas y seudónimos o variantes de ellos. En su libro Correcciones y adiciones al catálogo de seudónimos, anagramas, iniciales y otros alias usados por escritores mexicanos y extranjeros que han publicado en México, María del Carmen Ruiz Castañeda y Sergio Márquez Acevedo ofrecen una nómina de ellos: “3X, El Alcalde de Lagos (posible seudónimo), El Alcalde Ronquillo, Alfonso, Can-Can, Cascabel, Croix-Dieu, El Cronista, Crysantema, El Cura de Jalatlaco, El Duque Job, El Estudiante de Salamanca (posible seudónimo), El Estudiante Polaco, Fritz, Frou-Frou, Fru-Frú, G. N., Gil Blas, Heraclio (El Cura de Jalatlaco), Ignotus, Incógnito, Incognitus, Junior, Junius, Junius (Senior), Juan Lanas, Mr. Can-Can, Manuel G. Nájera, Nemo, Noel, Omega, Papillón, Perico de los Palotes, Pomponet, Puck, Rabagás, Rafael, Recamier, X.X., X.X.X.”. Posteriormente a la elaboración de esta nómina, Elvira López Aparicio confirmó que El Alcalde de Lagos sí fue un seudónimo najeriano.

Gutiérrez Nájera incursionó en casi todos los géneros; en primera instancia en la poesía, en la que estuvieron presentes temas como la religión, el amor y la profunda duda existencial provocada por las ideas positivistas. Uno de los coetáneos de Gutiérrez Nájera, Justo Sierra, el primer editor de su obra poética, si bien opinó que sería necesario alejarse de la poesía de El Duque para poder juzgarla, supo apreciar en plenitud la propuesta moderna de nuestro autor. Tenía dieciséis años cuando escribió su ensayo “Un soneto”, del 6 de octubre de 1875, firmado con el seudónimo Rafael, pieza que había sido un plagio, como más tarde se demostró. Gómez del Prado disculpó este hecho al observar que fue el arranque de una de las más brillantes carreras periodísticas del siglo pasado. Ignorando la procedencia del artículo, su público lector le otorgó significativos elogios. Su primer poema, “Serenata”, estuvo fechado el 23 de octubre de 1875. Debutó como narrador con “Una cena y una escena de Nochebuena”, que se publicó en enero de 1877; asimismo, el comienzo del ensayista político lo encontraremos en noviembre de ese mismo año con la publicación de “Las grandezas de la raza latina” en El Federalista. Como novelista figuró en el periódico El Noticioso, donde apareció por entregas, entre el 11 de junio y el 29 de octubre de 1882, la única novela que conocemos de El Duque: Por donde se sube al cielo.

En cuanto a su prosa sólo reunió en vida un delgado volumen de narraciones que bautizó como Cuentos frágiles (1883), tal vez para la consciencia que tenía de su encabalgamiento genérico con la crónica o el ensayo. En esos textos, Gutiérrez Nájera dio cuenta de los sucesos cotidianos de la urbe que, las más de las veces, en tono reflexivo los convirtió en el relato de su propia visión del mundo. Al decir de Ana Elena Díaz Alejo, en la “Advertencia editorial” del volumen Narrativa ii (2001), en la que se reúnen todos los relatos conocidos del autor, diseminados en la prensa de la época, el mismo Duque llegó a considerar sus colaboraciones periodísticas como “verdaderas obras de arte”.

Su novela Por donde se sube al cielo –historia que narra la vida de Magda, una comedianta-prostituta– hasta ahora la primera novela modernista, adquiere importancia porque rompió con buena parte de los parámetros narrativos decimonónicos; esta razón puede justificar el por qué el exitoso Manuel Gutiérrez Nájera de la prensa nacional, como novelista sufrió la indiferencia total. Además si bien no fue la única novela en tratar el tema, sí fue señera al pretender que la sociedad tomara conciencia en la parte de responsabilidad que le incumbía en la “caída” de las jóvenes desamparadas, con lo que dejó abierta la redención social de estas “mujeres de costumbres libres”; propuesta inimaginable en la sociedad mexicana de finales del siglo xix. En cuanto a su estructura, el autor encadenó una serie de novedades que los críticos –amigos o enemigos– tampoco supieron aquilatar, entre ellas están: 1) la ubicación de la acción en París, lo que la convierte en la primera narración parisiense del Modernismo, antítesis del modelo nacionalista dictado por Ignacio Manuel Altamirano, y crédito que, hasta entonces, tenía Rubén Darío. 2) El juego del tiempo que el autor hace parte de su estilo: el regreso al pasado a través de la focalización de un detalle, ya sea del decorado de su habitación o de la “cucharilla de cristal” que mueve la doncella de Magda, al prepararle una medicina; ejercicio que encontraremos formalmente en la narrativa del principios del siglo xx. 3) El final con opciones múltiples, ya que la historia no concluye, sino que el narrador sugiere y deja al lector la posibilidad de elección, y al estudioso la alternativa de analizarla como una obra que señala cambios.

En sus ensayos y crónicas Gutiérrez Nájera se comprometió con el proyecto modernizador; trabajó para vencer el escepticismo y la indiferencia, defectos que consideró naturales en el mexicano; se convirtió, además, en constante animador de la juventud e impulsor del progreso de las ciencias y de las artes, con lo que buscó alcanzar la plenitud civilizadora. De ahí que podemos estudiarlo como uno de los grandes narradores de esa modernidad, puesto que nos legó, al decir de Davi Arriguchi en “Fragmentos sobre crónica” (1987), el registro de la rápida transformación de la urbe, el “testimonio de una vida, el documento de una época o un medio de inscribir la historia en el texto”; asimismo el crítico plantea que este tipo de piezas conservaron viva la “fuente de imaginación”, de inspiración.

Para el lector del siglo xxi, las crónicas y los ensayos najerianos, además de ser un fiel testimonio de su momento, son una muestra de su participación en las ideas políticas, de sus reflexiones sociales, de su angustia existencial, de su crisis religiosa, y de todo aquello que lo refleja plenamente, es decir: la voz del hombre en su circunstancia, pero siempre a través de su cualidad esencial, el manejo artístico del lenguaje.

En los volúmenes de Obras en prosa i, editados por Luis G. Urbina en 1898, y Hojas sueltas, prologada por Carlos Díaz Dufoo en 1912, fue donde, por primera vez, se calificó a Gutiérrez Nájera de romántico tardío, y Arturo Torres Rioseco en Precursores del modernismo (1925), Carlos González Peña en Historia de la literatura mexicana: desde los orígenes hasta nuestros días (1928) y Francisco González Guerrero en su edición de las poesías completas (1953), lo declararon “precursor” del Modernismo e imitador de los modelos franceses. En la misma línea se mantuvieron Boyd G. Carter y Ermilio Abreu Gómez; este último afirmó que El Duque fue el prócer de una literatura que supo darle sentido estético a la palabra. Poco antes de cumplirse el centenario de su muerte, Max Henríquez Ureña lo consideró como el iniciador del movimiento, observando los rasgos no sólo románticos de su poesía, sino también alguno de la modernidad, por ejemplo, la duda religiosa.

La ardua labor de rescate de la obra najeriana ha estado a cargo, primero, del Centro de Estudios Literarios y, actualmente, del Seminario de Edición Crítica de Textos, del Instituto de Investigaciones Filológicas, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Se cuenta con un volumen de crítica literaria; la totalidad de sus crónicas y artículos sobre teatro, en seis volúmenes; dos más sobre el ensayo político y moral; uno de relatos y una novela; uno que recoge los textos sobre periodismo; uno más agrupa sus artículos sobre ciencia e historia. Y próximamente aparecerán los que rescatan: los textos de arte, viajes y espectáculos, y sus columnas “Plato del día” (1893-1895) y “Crónicas de Puck” (1893-1894), y se siguen preparando futuras ediciones.

Gracias al rescate de la mayor parte de la obra najeriana, la crítica literaria del siglo xx ha dejado atrás el encasillamiento al que redujeron a Gutiérrez Nájera al calificarlo  como romántico tardío, precursor o, en el mejor de los casos, iniciador del Modernismo, para revalorarlo como autor integral, el primero del Modernismo mexicano.

Ángel Muñoz Fernández
1995 / 29 nov 2017 09:09

Nació en 1859 y murió en 1895 en México, D.F. Autodidacta que se formó en el periodismo. Desde niño trabajó en La Iberia donde publicó su primer artículo a los 13 años. Colaboró en periódicos y revistas del país en las que usó más de cuarenta y cinco seudónimos. Su obra se encuentra publicada en la prensa de la época: Revista Azul (que fundó con Carlos Díaz Dufoo); La Iberia, El Porvenir, El Federalista, El Liceo Mexicano, Revista Nacional de Letras y Ciencias, El Partido Liberal, El Renacimiento (2a. época), México, El Mundo Literario Ilustrado, El Correo Germánico, El Cronista de México, El Nacional, El Republicano, El Universal. Colaboró en unos 60 periódicos entre 1875-90 con cientos o miles de artículos y crónicas.

Notas: Iniciador del Modernismo, con Rubén Darío y José Martí. Innovó el periodismo al introducir en la crónica, el poema, el comentario, la plática y la narración. La UNAM ha publicado 5 volúmenes de sus obras completas, proyecto iniciado en 1959.

Alfonso Reyes
1958 / 28 nov 2018 14:52

En México, inaugura la nueva era [el modernismo] el sumo poeta Manuel Gutiérrez Nájera, con quien al fin la poesía mexicana va a respirar a plenos pulmones, y que fue también un delicioso prosista en cuentos, crónicas, ensayos breves. La tradición de esta prosa ha de buscarse en el poeta Luis G. Urbina, también autor de crónicas, críticas y preciosas páginas sobre nuestra historia literaria. La poesía de Gutiérrez Nájera está hecha de gracia, elegancia y honda ternura. Justo Sierra la declaraba “flor de otoño del romanticismo mexicano”, y señaló en ella, con pulso seguro, esa condición inefable que llamó “sonrisa del alma”.

José Luis Martínez
1993 / 11 sep 2018 11:52

Ensayista y crítico[1]

El aroma preservado

Durante más de seis décadas, el prestigio del arte ha conservado vivo para el mundo de las letras hispánicas el aroma de la poesía del Duque Job, "flor de otoño del romanticismo mexicano".[2] A lo largo de estos años, varias generaciones literarias se han sucedido y han propuesto nuevos credos estéticos que nos han llevado muy lejos ya de aquel mundo de fantasía y refinado sentimentalismo que permanece en los versos y en la prosa de Manuel Gutiérrez Nájera. Alguna vez, incluso, se intentó condenarlo al desván que sólo frecuentan las señoritas de provincia y los lectores de corazón sencillo. Pronto tuvimos que reconocer que pertenecía a ellos, por la autenticidad de su sentimiento, y que al mismo tiempo algunos de sus poemas y muchas de sus páginas en prosa no sólo tenían una importante significación histórica por su ímpetu renovador y como precursoras del modernismo hispanoamericano, sino que podían cruzar airosas la puerta estrecha del arte perdurable.

Sin embargo, hoy sabemos que nuestro conocimiento de la obra de Gutiérrez Nájera es muy precario y que, cuando se lleve a cabo la edición de su obra completa que se proyecta iniciar desde luego, en ocasión del primer centenario del nacimiento del escritor que hoy conmemoramos, los volúmenes existentes se multiplicarán, y paralelamente, quizás encontremos aspectos y relieves hoy ignorados.[3] Pero aun dentro de la sección de su obra hasta ahora accesible –su poesía y sus cuentos aproximadamente completos y porciones aisladas del resto de su prosa–, el estudio de Gutiérrez Nájera se ha guiado por ciertas preferencias caprichosas. Los estudios de Justo Sierra, Luis G. Urbina, Amado Nervo y Carlos Díaz Dufoo, sus primeros prologuistas y exégetas, fijaron sobre todo la mitología del Duque Job, nos conservaron su vibración humana y nos dieron los primeros, y en algún caso definitivos, vislumbres acerca de la magia de su estilo. Luego hemos preferido seguir narrando la breve y amarga vida del poeta, sus costumbres y anécdotas, las enormes tareas periodísticas que debió afrontar sin ninguno de los recursos hoy disponibles, la grata empresa de la Revista Azul, sus lecturas y sus caprichos. En cuanto al estudio de su obra, hemos ido sin duda más adelante. Algunos trabajos críticos nos han dado elucidaciones importantes acerca de su poesía y de sus cuentos y crónicas, y acerca de la significación de su obra como precursora de la renovación modernista; y las investigaciones eruditas, que han compartido estudiosos norteamericanos, hispanoamericanos y mexicanos, pronto habrán de coronarse con la edición completa de inminente iniciación. 

La obra semiolvidada

Dijérase pues que en el cuadro de los estudios e investigaciones que han suscitado Manuel Gutiérrez Nájera y su obra, parece haber quedado relegada su prosa crítica y ensayística, nunca hasta ahora reeditada ni coleccionada,[4] y casi intacto su estudio, aunque contemos ya con observaciones sagaces acerca de este aspecto de su obra. Sería labor muy grata volver a enlazar los rastros que conservamos de aquella personalidad tan peculiar y seductora, tan representativa de una sociedad y de un momento de nuestra historia que fue Gutiérrez Nájera, pero no deja de intimidarme la emulación de quienes, con mano maestra, han estudiado los aspectos más frecuentados, y acaso más importantes de la obra de este escritor de excepción. Por ello, he preferido que mi contribución a este homenaje que México rinde a uno de sus más finos espíritus, se restrinja a un primer intento de examen de este aspecto semiolvidado de su obra.

Los esbozos de ensayos y los estudios críticos que conocemos de Gutiérrez Nájera, primera peculiaridad muy de su tiempo, nunca fueron escritos expresamente como tales. Quien los redactaba fue fundamentalmente un periodista que, según las costumbres de su tiempo, debía colaborar cotidianamente en el periódico o la revista en turno con la publicación de cierta literatura placentera: crónicas sobre los acontecimientos de actualidad, notas de viaje, cuentos y fantasías y, de cuando en cuando, versos. Así pues, por lo general sus comentarios teatrales, sus juicios acerca de autores y libros o sus exposiciones doctrinarias formaban parte de sus crónicas para las que buscaría títulos sugestivos y firmaría con una amplia provisión de seudónimos, como si quisiera evitar que los lectores se fatigaran con la profusión de su propio nombre. Además, podemos suponer que la mayor parte de estos escritos pertenecen a sus últimos quince años de vida –de 1880 a 1895–, el lapso más activo de su actividad periodística en el que realizaría una obra que sin hipérbole puede calificarse de abrumadora y, consiguientemente, podemos colegir que acaso ninguna de estas páginas fue escrita con el reposo y la meditación que, salvo a escritores de excepción como él, exige esta índole de reflexiones.

Junto al ritmo ligero y espiritual y a la melodía siempre cambiante que distingue la prosa de Gutiérrez Nájera, encontraremos en estos textos, además, nuevos aspectos de singular interés puesto que en ellos está meditado y teorizado con lucidez el impulso renovador que fue umbral de la modernidad; asimismo, estas páginas nos muestran sus peculiares métodos y nos presentan un panorama cordial e inteligente de la literatura del pasado y de su tiempo. 

La nueva arte poética

Merece que se recuerde al ya olvidado Manuel Puga y Acal, o "Brummel", aquel crítico que provocó una escaramuza a fines del siglo xix con sus ásperos juicios sobre algunos poetas, por haber suscitado la carta que Manuel Gutiérrez Nájera le escribió no tanto en defensa de un poema suyo, zarandeado por "Brummel", cuanto en noble y muy razonada defensa de los méritos cordiales de la poesía de Juan de Dios Peza, porque en esa carta consignó Gutiérrez Nájera preciosas observaciones acerca de la conciencia del escritor y de su destino, y acerca de los poetas franceses de su predilección, desde Hugo a Baudelaire y a Banville y, sobre todo, porque aquel debate lo llevó a darnos su personal credo estético en materia de poesía, en líneas que parecen escritas por un teórico del Modernismo. "Usted como yo –dice a Puga y Acal– es apasionado de la forma; sentimos la voluptuosidad del color y de la línea; nos fascina y encanta por ejemplo este admirable verso de Díaz Mirón:

. . . el culminante pecho
hincha y erige su botón de rosa!

Creemos en Gautier, buscamos la paleta de los Goncourt, nos evadimos del Diccionario de la Academia porque está lleno de palabras secas y de vocablos grises, nos suena a banda militar la poesía de Zorrilla y a vihuela destemplada la poesía de Grillo".[5] ¿Despectivo Gutiérrez Nájera para la "banda militar" de Zorrilla? No, porque más adelante reconocerá, en un juicio que coincide con la crítica actual, la "belleza musical" de su poesía, y en otro artículo, dedicado a la coronación del poeta, escribirá: "Este músico es, además, un gran decorador. Los personajes de sus leyendas son figuras de gobelinos; sus romances, son riquísimas tapicerías".[6]

Pero volvamos a la nueva arte poética que expone Gutiérrez Nájera. Después de exaltar la "voluptuosidad del color y de la línea", en esta misma carta a Puga y Acal se refiere a otro procedimiento caro al modernismo, los juegos de oposición de colores y los claroscuros,[7] nota que podemos enlazar con otra muy singular, acerca del color de las sensaciones, y que coincide con la curiosa teoría del soneto de Rimbaud. Nuestro escritor ha ido al lago de Pátzcuaro y al intentar fijar sus impresiones se pregunta:

¿Por qué no atribuir color a las sensaciones, si el color es lo que pinta, lo que habla en voz más alta a los ojos, y por los ojos al espíritu? Y siento color de rosa cuando recuerdo mi primera mañana en tierra caliente, la salida del sol contemplada desde el mirador del palacio de Cortés; siento color de plata cuando recuerdo mi noche de luna en el mar, y siento azul cuando vuelvo a ver en mi memoria el lago de Pátzcuaro.[8]

Ha fijado pues, categóricamente, tres notas de su nueva teoría poética: la sensualidad plástica y musical, los juegos de colores y de claroscuros y las trasposiciones sinestéticas, que van a ser, primero en su obra y luego en la de los seguidores del modernismo, algunos de los signos peculiares y originales de esta tendencia literaria. 

Teoría del afrancesamiento

A propósito de Gutiérrez Nájera, ningún lugar común ha sido tan frecuentado como su francesismo que suele considerarse de una manera simplista. Sin embargo, la teoría que al respecto expuso nuestro autor afirma no sólo los móviles de aquella preferencia sino también sus antídotos y aun la necesidad de que nacía. Gutiérrez Nájera comenta la decadencia que en su tiempo sufre la poesía lírica española y, con juicio seguro, dictamina que se debe a la falta de cruzamiento. "La aversión a lo extranjero –escribe– y a todo lo que no sea cristiano rancio, siempre ha sido maléfica para España." ¿Cuál es la solución que propone? Héla aquí:

Mientras más prosa y poesía alemana, francesa, inglesa, italiana, rusa, norte y sudamericana, etc., importe la literatura española, más producirá, y de más ricos y más cuantiosos productos será su exportación... No puede negarse que en España hay mejores novelistas que poetas líricos. ¿Y a qué se debe esta disparidad? Pues a que esos novelistas han leído a Balzac, a Flaubert, a Stendhal, a George Eliot, a Thackeray, a Bret Harte, a Salvatore Farina, a Tolstoi, a muchos otros, y este roce con otros temperamentos literarios, con otras literaturas, ha sido provechoso para ellos.[9]

Este cruzamiento que fecundara nuestro propio temperamento fue el que practicó en su propia obra Gutiérrez Nájera y prefirió, entre todos, aquel "sutil y enervante perfume que despiden, página a página, los modernos libros franceses",[10] como decía Luis G. Urbina.

Mas al mismo tiempo, y fiel en esto a las doctrinas del maestro Altamirano, quería que no se olvidaran las propias raíces americanas, como lo decía, con ese amaneramiento que a veces afeaba su estilo, a los miembros de una misión cubana que visitaron México a fines de 1894: "La literatura de vuestra isla prestigiosa... es como un arco iris deslumbrante que con una de sus extremidades toca las torres de París y con la otra los trémulos penachos de las palmas americanas." Mas junto a las raíces americanas,[11] había que buscar también las de la propia tradición castellana y grecolatina:

La poesía francesa –escribió nuestro autor– es muy coqueta y muy hermosa; cuesta trabajo levantarse de su muelle canapé; pero, aunque estoy enamorado de ella, debo confesar a usted que nos va a dañar algo su champagne. Bueno es cenar con ella –añade con prudente doctrina–, pero a la mañana siguiente hay que marcharse a oír el canto de las cigarras virgilianas y el murmurio de la fuente de Tibur... Bebamos una copa de Borgoña con Teodoro de Banville, pero conversemos luego mucho rato con los griegos y latinos, ¡los grandes sobrios! Y diré a usted que tampoco nos haría mal frecuentar el trato de los clásicos españoles. Yo tengo muchos pecados en mi conciencia y he pensado elegir por confesor a fray Luis de Granada.[12]

Pero además de estos textos que dan un sentido coherente y una justa proporción al afrancesamiento de Gutiérrez Nájera, contamos con un testimonio lleno de simpatía que nos permite aclarar aún más esta cuestión. Refiere José Juan Tablada en sus Memorias que, siendo muy joven, fue a mostrar sus versos a Gutiérrez Nájera, quien le dijo:

Lees mucho a los franceses ¿verdad? [...] Haces bien; su ejemplo es muy saludable para nosotros, para animarnos a romper viejos moldes. Pero no descuides a los clásicos griegos y latinos ni a los españoles, Debemos individualizarnos, pero dentro de nuestra tradición literaria... ¿Y el idioma?... El nuestro es magnífico, fue, mejor dicho, porque ha venido a menos, como uno de esos ancianos que fueron ricos y poderosos y hablan sólo de sus tiempos pasados. Pero ese anciano puede volver a ser rico y poderoso, aquí, en América.[13]

Estética de la prosa

Así como la respuesta a las ásperas críticas de Puga y Acal dio ocasión a Gutiérrez Nájera de precisar su doctrina acerca del nuevo concepto de la poesía y del sentido de su galicismo espiritual otra interpelación va a empujarlo a expresar su pensamiento acerca de la prosa. El escritor José Ferrel, bajo el seudónimo de "Ángel Franco", reconviene públicamente al Duque Job porque ha encontrado muchos versos dispersos en la prosa de la espléndida elegía que, con el nombre de "Neniae", escribiera a la muerte del maestro Altamirano y le pregunta si es o no un defecto literario la prosa en verso, como lo es el verso prosaico. La respuesta de Gutiérrez Nájera es precisa. "Se me cayeron versos en ella, porque así pasó; y esos versos son malos, como míos; pero no es malo prender versos en la prosa".[14] Hasta aquí la réplica, pero como ocurría siempre, el asunto se enriquece en seguida en su imaginación, y poco a poco va pasando del punto preciso en cuestión a lo que pudiéramos llamar su teoría estética de la prosa, adornada de acuerdo con su peculiar estilo:

¿Cómo, pues –escribe–, que no le gusta a cualquiera ver a una muchacha guapa con una camelia en el corpiño, con una rosa en el cabello? La prosa de buena cepa se viste de andaluza, como en El sombrero de tres picos; se viste de monja; calza el coturno griego; corretea como retozona parisiense; declama a veces; hace números, otras; y si la ocasión es apropiada, también hace versos [...] Lo interesante es trasmitir a otros la sensación nuestra. El que lo consigue es verdaderamente un escritor [...] La prosa tiene su ritmo recóndito [...] Se lo digo a usted amistosamente [...] ajuste su prosa al ritmo de que se trate. Si éste es seco, árido, séalo ella. Si es doctrinal, que sea clara. Pero si llega al entusiasmo, precedido por los redobles del tambor; si flamean los ideales; si calienta el sol las bayonetas, que surja de esa prosa el yambo flumíneo; que entre el verso batallador por entre sus filas apretadas, como entra el toque del clarín sacudiendo las soñolientas energías. Entonces la r se retuerce, retumba el periodo, relampaguea la frase descarada, raya la pluma el papel en que escribimos, ruedan rugiendo las palabras... Cuando cae la tristeza lentamente, surge el verso, por lo mismo que al anochecer van brillando las estrellas, trémulas como las lágrimas.[15]

Me parece singularmente interesante esta exposición de Gutiérrez Nájera no tanto por su hábil defensa de los versos intercalados en la prosa sino por los términos inconfundiblemente modernos en que propone la plasticidad y el ritmo propio de la prosa, por esa clara conciencia que tiene del nuevo sentido que infunde su prosa y que va a constituir, históricamente, su aportación renovadora. Creo que él era consciente, además, de que su registro no era muy amplio y que, por ejemplo, los redobles marciales, la severa meditación o el amplio vuelo de las ideas no eran su fuerte. Pero dentro de su propio registro: la ironía sentimental, la gracia alada y espiritual, la evocación y la fantasía, tuvo precisamente el acierto de dar a su prosa el ritmo y la plasticidad que se ajustaban como un guante a la índole de aquellas páginas. De ahí su calidad y su eficacia.

Las ideas acerca de la crítica

Los juicios críticos de Gutiérrez Nájera acerca de autores y libros del pasado o de su tiempo, pertenecen a aquel tipo de crítica llamado impresionismo que Alfonso Reyes define como la manifestación informal y sin compromisos de la iluminación cordial que nos provoca una obra. Con su peculiar lucidez, el mismo Duque Job decía que sus intentos críticos no perseguían el análisis sino expresar el efecto que ciertas obras le producen, los estímulos que le avivan, los sentimientos que le encienden y los recuerdos que le dejan.[16] En cuanto a las normas de su crítica parecía confiar más en el dictamen de la simpatía, en el gusto, que en rígidas normas de belleza, como cuando apuntaba con mucho desenfado que "La verbena de la paloma no es una obra bella; pero es una obra guapa, airosa, provocativa. En fin, me gusta".[17] No iba con su temperamento aquel tipo de crítica pendenciera que en su tiempo ejercía Antonio de Valbuena y prefería, en cambio, la pulcritud, la cortesía y el buen tono con que Juan Valera sabía decir las mismas verdades.[18] Desagradábale, asimismo, la crítica facciosa que en aquellos años se hacía en México y que, en lugar de bandos o tendencias literarias, reducía las posiciones críticas a connotaciones políticas: "mochos" y "puros".[19]

En la práctica, sus páginas de crítica formaban una parte o un ingrediente natural de sus crónicas que en su pluma no eran sólo, según la definición de Urbina, "un pretexto para batir cualquier acontecimiento insignificante y hacer un poco de espuma retórica, sahumada de algunos granitos de gracia y elegancia",[20] sino que eran, además, un vehículo amable en el que cabían también la meditación espiritual, el humor, los toques costumbristas y las reflexiones sobre temas culturales y sociales. La literatura periodística de buena parte del siglo xix, y especialmente la de Gutiérrez Nájera, no estaba regida por la norma informativa y crítica que hoy impera sino que su propósito era más bien el de ganar el agrado de los lectores –"no quiero que me admiren; quiero que me quieran",[21] decía el Duque Job–, así que era indispensable vaciar dentro de aquel vaso de apariencia ligera y frívola que era la crónica todas las especies intelectuales. La excelencia de Gutiérrez Nájera, en este aspecto, consistió precisamente en el arte y en el gusto con que supo diluir sus apuntes críticos y sus análisis formales en la fluida corriente de la crónica, recurriendo siempre, de acuerdo con la técnica de la crítica impresionista, al registro de las resonancias y de las afinidades que provocaban en su espíritu las obras comentadas.

En sus apuntes sobre el teatro de Shakespeare, que son acaso sus más hermosas páginas críticas, puede no llegar a informarnos nada preciso y puede no llegar a proponernos apuntes críticos originales; pero, en cambio, me parece que cuando compara al trágico inglés con el mar y dice que "como él tiene perlas y como él tiene monstruos. Como él copia, en sus noches, los innúmeros astros, y como él se levanta, enfurecido, en formidables ímpetus",[22] o cuando, mudando de símil, ve su obra como un bosque intrincado en el que "tras el caduco tronco de una encina, chispean, como ojos de jaguar, las pupilas de Otelo. Rozan nuestra cabeza las alas de murciélago de Calibán. Oímos chocar en el aire los palos de escoba en que montan las brujas de Macbeth... El espectro del padre Hamlet, clamando venganza, camina a la plataforma de Elsinor",[23] o cuando describe su poder para reanimar y resucitar los fantasmas de la historia, o cuando exalta su humanidad poderosa o se refiere, de acuerdo con el pensamiento de Baudelaire, a la belleza de lo horrible que hay en algunas de sus creaciones, entonces ha logrado comunicarnos afectivamente el esplendor de aquellas creaciones, ha logrado atraernos a su admiración y a su conocimiento y, en lugar de la luz fría del concepto, ha logrado contagiarnos el gusto por la belleza de aquel arte.

Estas mismas normas y procedimientos críticos presiden sus apuntes que se refieren a escritores mexicanos o españoles de su tiempo y los que dan testimonio de sus grandes cultos literarios: Bécquer y Gautier, Valera y Pérez Galdós, Hugo y Castelar, Saint Víctor y Martí, Renán y Altamirano, y otro tanto hizo en sus encantadoras crónicas de teatro que tenían la virtud de comunicar al lector no sólo la índole y el valor de la representación sino los pormenores del ambiente en que ocurrían, en relatos llenos de vivacidad, de humor y de fina, discreta inteligencia. 

Las notas de viaje

Él, que tanto pensaba en países lejanos, apenas salió de su ciudad natal, la capital, para conocer algunas poblaciones del interior de la República: Jalapa, Veracruz, Puebla, Morelia, Pátzcuaro, Guadalajara, Toluca, y para dejarnos apuntes de muy fino observador acerca del carácter de los lugares y de sus habitantes. A veces se ahogaba en los elogios vacíos –a la manera de los que solía prodigar Zorrilla– pero casi nunca faltan en sus notas de viaje breves y agudos registros de color o de sonido que acusan su temperamento plástico y observaciones llenas de agudeza y sensualidad a propósito de las mujeres de provincia, como cuando dice que la piel de las veracruzanas "está tejida de relámpagos"[24] o cuando advierte que en Guadalajara las mujeres "aparecen con el crepúsculo como las luciérnagas y las estrellas".[25] A esta misma ciudad, que tanto le agradó, se refiere una anécdota y una frase galana. Cuenta José López Portillo y Rojas que, cuando Gutiérrez Nájera visitó Guadalajara con motivo de la inauguración del Ferrocarril Central, los escritores tapatíos lo llevaron a conocer el Hospital Cabañas, cuya espléndida construcción y cuya organización admiró mucho, tanto que exclamó finalmente: "¡Qué ricos son los pobres de Guadalajara!", frase que, según el autor de La parcela, "merecería ser grabada con letras de oro en el pórtico de nuestro Hospicio".[26] Pero aun cuando acertara en algunas observaciones objetivas, los mayores aciertos de sus notas de viaje seguirán siendo, lo mismo que en sus crónicas y en sus cuentos, las divagaciones sentimentales. En el vaporcito en que hace la travesía del lago de Pátzcuaro ve a la mujer del capitán canadiense, "sentada en un banco de palo, pálida, con los ojos bajos, cosiendo maquinalmente y como perdida la imaginación en remotas tierras", y ya está volando su propia imaginación para inventar cordialmente aquella melancólica vida y para dejarnos uno de los pasajes de su prosa que prefiero, por su lento y profundo ritmo, por su morosa y azoriniana capacidad de observación para lo pequeño y lo humilde.

Pasará los días en Ibarra esa mujer –escribe Gutiérrez Nájera– contemplando desde la ventana el lago, el cerro de Ihuatzio que divide el lago, y las chalupas que lo surcan como huecas flechas de madera, sin oír más que el cacareo de los gallos en el corral o el gruñido de los cerdos; no hablará con ninguno porque no conoce nuestro idioma; comerá sola en la desierta y desmantelada fonda, cerca del arriero que allí almuerza, y cuando caiga la tarde, cuando se enciendan las estrellas en el cielo y escasas luminarias en las próximas islitas, irá a aguardar a su marido para cenar y dormir, hasta que los cascabeles de las mulas que llevan el guayín de Ibarra al paradero de los trenes la despierten y la indiquen que es hora ya de levantarse. En la cena, por la noche, en los patios y corredores del hotel, verá pasajeros ufanos y felices novios que hacen su viaje de bodas, y para ella no hay más que soledad, reclusión, silencio y pobreza, o la monotonía de navegar continuamente en aquel barco sucio y tiznado de hollín, que siempre se detiene en los mismos puntos para recoger balsas cargadas de madera y remolcarlas. Bajo aquel cielo gris, dentro de aquella atmósfera y vapor de agua, la mujer del capitán me parecía una palidez y un frío más.[27]

Fuentes y estela de su prosa

El panorama literario de México en el último tercio del siglo xix, del que surge la prosa de Gutiérrez Nájera, estaba aún dominado por el grueso aliento retórico del romanticismo, por cierta difusión intelectual y por una desproporción carente de gusto. Sin embargo, cabe recordar que en las Conversaciones del domingo, de 1868, que formarán luego parte de los Cuentos románticos de Justo Sierra, había ya un preludio de esta música flexible y ligera, de este humor sentimental y de la divagación entre frívola y espiritual que habrán de alcanzar su esplendor en los cuentos y en las crónicas de Gutiérrez Nájera posteriores a 1880. Y junto a estos modelos inmediatos vendrán a sumarse los grandes prosistas franceses –Renán, Janin, Saint Victor– y los españoles –Valera, Pérez Galdós, Castelar– que completarán el cuadro de los maestros que intervienen en la formación del estilo de Gutiérrez Nájera. Mas el resultado de esta múltiple confluencia de lecciones va a ser de nuevo una creación original, singularísima y fruto de un momento peculiar de la sociedad mexicana, como que se revertirá luego como influencia renovadora a todo el ámbito de las letras hispánicas. Así lo señalaba ya Justo Sierra en su estudio memorable cuando decía:

Puede afirmarse que los diez o doce primeros años de la vida literaria de Gutiérrez Nájera (76-88) fueron un viaje perpetuo entre todas estas influencias, acercándose a todas, reflejándolas todas, nadando en las aguas de los autores nuevos, encantado, admirado, sugerido, y mostrando a veces en la superficie de las olas, como el escualo de Heredia, su aleta relampagueante de esmeralda y oro. En aquel decenio –prosigue Sierra– se reveló prosista singularísimo, sin punto de comparación dentro de las letras españolas de hoy, por la fulguración perpetua, pero suavísima, como la de las noctilucas, de su frase, y por su estilo, muy complicado, muy fino, saturado de poesía y de una inexpresable facultad de efusión íntima, familiar y acariciadora que parecía tocar en lo amanerado, pero que sorteaba el escollo con un movimiento lleno de gracia y de gusto.[28]

La nueva estética de Gutiérrez Nájera, en otro sentido, va a provocar el rompimiento definitivo con los jirones que aún sobrevivían del romanticismo. Conservará ciertamente, aunque afinada y purificada, la propensión sentimental que diríase consustancial al temperamento mexicano, pero proscribirá en cambio el arrebato desesperado, la falta de pulimiento y el abuso del color local que tanto lo exasperaba. "En Cuba –apuntó alguna vez– hay vates que lo son nada más porque riman mamey con siboney y con carey. Esa poesía emborracha como el olor de un plantío de chirimoya, o guayabo".[29] Además, añadirá por su cuenta dos elementos más que habrán de ser fundamentales para la integración del credo estético del modernismo hispanoamericano: el gusto y el aliño formal.

Parece condición de los escritores de raza, de los escritores esenciales, la de darnos –así haya sido breve su vida, precaria su educación y poco propicio su tiempo– un universo completo en su obra. Así ocurre con Gutiérrez Nájera. Fue un escritor de su tiempo y toda la vida de su tiempo está expresada, con emoción e inteligencia, en su obra; pero a la vez –como observa Mauricio Magdaleno– fue un escritor que impuso a su época la marca de su arte y de su sensibilidad.[30] Pueden llenarnos de admiración el volumen físico de su obra, las condiciones adversas en que la realizó y la calidad que, no obstante el apremio con que se escribieron, tienen muchas de sus páginas; puede admirarnos también el que haya tenido una conciencia tan clara del nuevo sentido que quería dar a la poesía y a la prosa y de la motivación profunda que, en aquellos días, hacía conveniente recibir la fecundación de las letras francesas; pero lo que constituye su hazaña verdadera, lo que le da un lugar de honor en la historia literaria de México y lo que hace que permanezca viva su obra y su memoria –que honramos esta noche en que se cumple el primer centenario de su nacimiento–, es un hecho muy sencillo en apariencia, el haber traído a las letras mexicanas esa música nueva, esa delicadeza y esa gracia, "especie de sonrisa del alma",  que están siempre en el fondo de su estilo, y el haber sabido forjar con ellas páginas cuya humedad y cuyo aroma aún nos conmueven.

Ideas sociales de Gutiérrez Nájera

Una sesión solemne

La determinación de celebrar una sesión solemne en homenaje a Manuel Gutiérrez Nájera, escritor ilustre en las letras nacionales, en ocasión de cumplirse el primer centenario de su nacimiento, se fundó no solamente en la eminencia intelectual y artística de Gutiérrez Nájera sino también en el hecho de que, además, él fue diputado por el 5o. Distrito del Estado de México, cargo que ocupaba al ocurrir su temprana muerte a principios de 1895. Sin embargo, no creo pecar de temerario si sospecho que estas razones pudieron parecer precarias a algunos de nosotros, que aceptaron con reticencia esta interrupción en nuestros debates acerca de las cuestiones nacionales que hoy nos absorben. Homenajes como éstos, acaso pensaron algunos, están bien para los centros culturales, pero ¿para qué distraernos ahora con el recuerdo de quien no fue, que sepamos, un legislador sobresaliente aunque haya escrito versos que todos conocemos?

Voy a intentar aclarar esta duda, y voy a procurar, antes que narrar de nuevo para ustedes el oscuro drama de la vida de Gutiérrez Nájera, que vivió como un forzado de la pluma y que escribió, sin embargo, tantas páginas llenas de gracia y de belleza, o el mérito de su prosa y de su poesía, que habrían de significar una profunda renovación y revitalización de las letras en lengua española de su tiempo, voy a procurar, decía, dar a ustedes algunas razones acerca de la justicia de este homenaje para un hombre y un escritor como Manuel Gutiérrez Nájera.

Dos grandes familias de escritores

Considerados desde cierta perspectiva, parecen existir dos grandes familias de escritores, los que mueven al mundo con sus ideas o sus doctrinas y los que dan testimonio de la variable e infinita condición de la vida y del espíritu humano. Aquéllos dan origen a las grandes corrientes ideológicas, mueven las revoluciones, hacen posible el dominio técnico del universo y acaso llegan a perfeccionar o a proteger nuestra existencia biológica, mientras que éstos nos entregan imágenes y diagnósticos profundos del alma humana y de su concepción del mundo, dan testimonio de la vitalidad o de la corrupción de nuestras sociedades, denuncian las iniquidades, mantienen y esclarecen nuestra tradición y nuestra historia, conducen e iluminan nuestros sueños, registran los matices de nuestra sensibilidad y el secreto de nuestras pasiones, en suma, nos revelan y nos iluminan a nosotros mismos.

Gutiérrez Nájera fue un escritor de esta última estirpe, y dentro de su propio orden, lo fue con grandeza. En sus cuentos y en sus poemas, en sus crónicas, en sus notas de viaje y en sus páginas de crítica permanece un riquísimo testimonio de la vida, de la sensibilidad y de los sueños de aquella sociedad finisecular de la que él sería, al mismo tiempo, un personaje representativo y el testigo más elocuente. ¿Recuerdan ustedes el admirable mural de Diego Rivera que concentra en la Alameda de la Ciudad de México un expresivo desfile de nuestra historia? Pues allí, en la sección dedicada al último tercio del siglo xix, en plena época porfiriana, en medio de aquella sociedad extremosa –pelados y catrines– que originaría la Revolución, se encuentra Manuel Gutiérrez Nájera, uno de los dones más nobles y auténticos de aquellos años, junto a los globos y los dulces infantiles, junto a los rapaces del pueblo y los voceadores de periódicos y junto también a las encopetadas damas que tanto lo conmovían.

Imagen y compendio de la vida de su tiempo

Tampoco en esta ocasión se equivocó Diego Rivera, porque Gutiérrez Nájera es, en efecto, imagen y compendio de la vida de México en su tiempo. Cuando nos asomamos a sus páginas parece que nos fuera atrayendo gentilmente a la comprensión de su mundo mexicano. Pero la suya no es nunca la enseñanza del profesor o del técnico a la que hoy hemos concluido por resignarnos; la suya es la placentera, suave enseñanza de un artista de raza. Con su prosa alada y ligera, con esa discreción con que gustaba velar todo asomo doctoral o pedantesco, con su gracia, "especie de sonrisa del alma" –como decía Justo Sierra–, con cierto encanto moroso y con una agudeza que pocas veces lo abandona, va enseñándonos este periodista excepcional cómo eran, qué pensaban, qué hacían, cuáles eran las diversiones y las pasiones de los mexicanos de los ochentas y los noventas. Además del mundo del arte y de las letras que era su propio mundo, aparte de su afrancesamiento cordial, que él convertiría en fecundación renovadora, hay en la obra de Gutiérrez Nájera, y en el orden de los temas que más pueden interesar a nuestra asamblea de representantes del pueblo, un repertorio de observaciones, de estampas y de juicios que constituirían suficientes méritos, si no tuviera otros, para darle nuestra admiración.

Ideas sociales

Las ideas sociales de Gutiérrez Nájera no fueron sin duda revolucionarias pero sí muy precisas. Su profesión periodística lo llevaba a los salones mundanos y su entusiasmo lo hacía admirar con devoción a todas las mujeres, ya fueran las grandes figuras del teatro y de la sociedad elegante o las muchachas de barrio a las que dedicó páginas emocionadas; pero al mismo tiempo –y sin que mi ánimo sea mostrarlo como un precursor de nuestras actuales convicciones sociales, de las cuales estaba muy lejos– aquella comprensión llena de ternura que tuvo para su pueblo lo llevó a afirmar que el socialismo –que apenas se avizoraba en su tiempo– se amamantaba en los "pechos estériles y flacos de la miseria" y a preguntarse si no habría en él, al lado de un grave error, una tendencia justa que se debiera satisfacer con "hacederas concesiones, con mejoramientos necesarios". Igualmente atinadas pueden parecemos otras opiniones suyas acerca de cuestiones sociales y lacras nacionales, que hemos acabado por aceptar porque las vemos formar ya parte de nuestro ser nacional, como la afición o el vicio popular por el pulque, al que llamaba "gran elector de criminales" y sobre cuya inocente blancura apunta: "El indio no gasta más que en tres cosas blancas que absorben casi todo su presupuesto: en manta para vestirse, en pulque para beber y en cera para los santos y los muertos", o como el gusto por la fiesta de toros cuya ferocidad rechazaba aunque describiera magistralmente el colorido espectáculo.

Cuauhtémoc y Juárez

A propósito del indigenismo, su dictamen, que hoy nos parece inobjetable, debió escandalizar a los lectores de su tiempo:

El mayor, el egregio monumento que puede alzarse a Cuauhtémoc –escribió–, puesto que Cuauhtémoc amó a los suyos, es la instrucción primaria gratuita, obligatoria para todos los habitantes de la República. Mientras el indio se nutra mal y no sepa leer, podremos levantar estatuas a Cuauhtémoc, pero estaremos matando a sus hijos.

El innecesario dilema entre nuestros dos grandes indios, Cuauhtémoc y Juárez, que parecía preocuparlo, lo llevó a escribir:

A Cuauhtémoc lo admiro; pero con toda conciencia y aunque se me acuse de blasfemo, digo que don Benito Juárez mereció que se le erigiese un monumento antes que a Cuauhtémoc. Juárez sí es un indio nuestro; y si saber morir con dignidad, como murió Cuauhtémoc, es muy glorioso, saber dar vida a un pueblo, como supo Juárez, es más glorioso todavía. Paguemos primero nuestras deudas de honor, paguemos a Hidalgo, a Morelos, a Juárez... y en seguida pagaremos las deudas de nuestros antepasados.

Y en una hermosa arenga cívica en honor del patricio, afirmó: "El que vino a tiempo, y en la hora propicia, para sentir la idea de la patria, ya difusa en la totalidad, y para encarnarla, fue Benito Juárez", y más adelante: "En Juárez se unen por manera indivisible y se compenetran la idea de la patria y la idea de la república. Es el único en nuestra historia que enlaza así esas dos ideas y las encarna y las simboliza". Y vuelve una vez más a la comparación con el defensor de Tenochtitlán para acuñar esta sentencia de viril gallardía: "En el humo que alzábase a las plantas de Cuauhtémoc íbase el alma de una raza vencida: en Juárez empieza una nación".

Estampas de patricios y héroes

Las estampas que nos dejó de otros patricios y héroes de nuestra nacionalidad están igualmente humedecidos de íntimo fervor cívico, lo mismo sus hermosos poemas "A la Corregidora" y "A Hidalgo" –que todavía se recitan con entusiasmo en nuestras escuelas– que los apuntes acerca de otros mexicanos ilustres. Por ejemplo, compendió las virtudes de Andrés Quintana Roo en estas palabras justas: "Amó la patria, la libertad y la belleza". De Ignacio Ramírez observó que su influencia "se siente más en el desarrollo político de México y menos en el arte. Ramírez fue de los grandes demoledores, y como buen escéptico, desdeñoso del vulgo, poco amigo de dar de su espíritu en comunión a la generalidad, filosóficamente egoísta" decía que no necesitaba una corona porque mil veces las ha logrado "al triunfar en la Cámara, al terminar la lectura de una oda patriótica, al levantarse a defender los intereses más sagrados de la República; esta coronación tumultuosa, espontánea, entusiasta; esta coronación de gritos y sombrerazos (aunque la frase sea vulgar, es gráfica), vale más, mucho más que las coronaciones decretadas y oficiales". De Ignacio Manuel Altamirano; su maestro de "ojos guerrilleros y chinacos", escribió: "Altamirano ha hecho obras maestras; ayudó a hacer la República; ha hecho discípulos, ha hecho fanáticos, ha hecho las obras de muchos amigos suyos, ha hecho una literatura", y en otra parte: "La obra real de Altamirano anda dispersa en muchos cerebros; está fluida en nuestra atmósfera intelectual. Fue ese maestro obrador de belleza en sí y en otros." De Justo Sierra apuntó que "es acaso en México el cultivador más honrado de la heredad intelectual".

Para el periodista Francisco Zarco pidió se levantara una estatua en el Paseo de la Reforma, al igual que la erigida a Ignacio Ramírez, "la primera estatua levantada en México a un hombre de letras", comenta, para añadir luego con entusiasmo: "¡Venturoso indicio éste, de reposo y de reflexión en la vida nacional!" Con esa oportunidad, Gutiérrez Nájera escribió una encendida apología de Zarco y del periodismo político que es plausible repetir en este recinto:

Ser periodista –¡periodista como él lo fue!– ¿no es ser caudillo?, ¿no es librar una batalla diaria?, ¿no es recibir una herida cada día más?... ¿Ser periodista como Zarco no es dar la vida poco a poco a la libertad y a la República?... En las luchas por la libertad, Zarco fue el Aquiles de la prensa. El joven que a los veintiséis años defendió con tal brío en El Siglo xix y en la tribuna del Congreso Constituyente la libertad de imprenta, la libertad de conciencia, todas las libertades, bien merece una estatua porque fue héroe. Ya que le quitamos la vida poco a poco, démosle en cambio la vida augusta de los mármoles y bronces.

El periodista en México

Esta exaltación de los rigores y de los afanes de la vida del periodista en México surgía con tal fervor en Gutiérrez Nájera porque él sabía en carne propia de ellos. Alguna vez describió su jornada diaria en estos términos:

Escribo de seis a ocho horas diarias; cuatro empleo en leer, porque no sé todavía cómo puede escribirse sin leer nada, aun cuando sólo sea para ver qué idea o qué frase se roba uno; publico más de treinta artículos al mes; pago semanariamente mi contribución de álbums; hago versos cuando nadie me ve y los leo cuando nadie me oye, porque presumo de bien educado.

Que era verdad cuanto decía nos lo atestiguan los millares de páginas que escribió, amparándose con tantos seudónimos, y que con excepción de una pequeña parte, apenas ahora comenzarán a coleccionarse. Quien no asistió regularmente a ninguna escuela, quien escribió siempre acicateado por el deber y la necesidad y sólo vivió treinta y seis años, habría de darnos, paradójicamente, una de las obras más fecundas y significativas en la historia de las letras mexicanas y que, a través de tantas páginas, casi nunca carece de la marca de ese espíritu cordial y sensible que fue el suyo, de esa "inexpresable facultad de efusión íntima, familiar y acariciadora", como la describió el maestro Sierra.

Sólo una vez, que yo sepa, se refirió Gutiérrez Nájera a nuestras tareas legislativas, que fueron también suyas, para expresar opiniones muy sensatas. A propósito de cierto periodismo "obstruccionista", como él lo llamaba, y de su perpetua insatisfacción frente a la obra de los legisladores, se preguntaba:

¿Y por qué esos periodistas iniciadores, cuando son diputados, cuando pertenecen al Senado, no llevan a las Cámaras su iniciación y su empuje? Pues porque el legislador construye: el periodista siembra. El legislador no puede edificar con aspiraciones; necesita realidades, elementos ya disponibles... Querer levantar una fábrica sin piedra, sin cal, sin madera ni operarios, es simplemente insensato, y por eso el legislador prudente hace lo que puede, reservándose el derecho y cumpliendo el deber de hacer, como publicista, lo que noblemente quiere.

Un escritor que nos ayuda a comprendernos y a iluminarnos

Al llegar a este punto, me doy cuenta de que, con el ánimo de afirmar ante ustedes la dignidad y la justicia que asiste a este homenaje que rendimos a un escritor, he sacado un poco de quicio la figura de Gutiérrez Nájera al entresacar de su obra aquellos pensamientos y aquellas estampas que pudieran ajustarse al tipo de cuestiones que habitualmente se debaten en este recinto. Sin embargo, todos sabemos que el legado perdurable de Gutiérrez Nájera no queda tanto en sus páginas cívicas y políticas cuanto en aquellas que una vez dieron forma a nuestra sensibilidad y a nuestros sueños, a nuestra angustia y a nuestra alegría; en aquellas húmedas de comprensión y de ternura para su pueblo, de devoción para la mujer y de amor para el mundo del arte; en aquellas que guardan su visión afinada para descubrir el alma de nuestras ciudades y la intimidad de las penas humildes; en aquellas en que siempre alentará su generoso gusto por la vida, tan lleno de sensualidad como de bondad y de compasión, y sobre todo, en la melodía espiritual y refinada de su poesía que abre las puertas de la modernidad.

Estas son las razones que he podido dar a ustedes para afirmar que un escritor como Manuel Gutiérrez Nájera, que nos ayuda a comprendernos y a iluminarnos a nosotros mismos y que nos entrega bellas creaciones que son fuente permanente de alegría para el espíritu, es también un asunto digno de la atención de esta asamblea porque es una parte de México.

Seudónimos:
  • 3X
  • El Alcalde de Lagos
  • El Alcalde Ronquillo
  • Alfonso
  • Can-Can
  • Cascabel
  • Croix-Dieu
  • El Cronista
  • Crysantema
  • El Cura de Jalatlaco
  • El Duque Job
  • El Estudiante de Salamanca (posible pseudónimo)
  • El Estudiante Polaco
  • Fritz
  • Frou-Frou
  • Fru-Frú
  • G. N.
  • Gil Blas
  • Heraclio (El Cura de Jalatlaco)
  • Ignotus
  • Incógnito
  • Incognitus
  • Junior
  • Junius
  • Junius (Senior)
  • Juan Lanas
  • Mr. Can-Can
  • Manuel G. Nájera
  • Nemo
  • Noel
  • Omega
  • Papillón
  • Perico de los Palotes
  • Pomponet
  • Puck
  • Rabagás
  • Rafael
  • Recamier
  • X.X.
  • X.X.X.

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Manuel Gutiérrez Nájera. Poemas

Lectura a cargo de: José Ramón Enríquez
Música: Triciclus Circus Band
Operación y postproducción: Fabiola Rodríguez/ Cristina Martínez
Año de grabación: 2015
Género: Poesía
Temas: Manuel Gutiérrez Nájera (Ciudad de México, 1859-1895). Poeta, traductor, periodista y médico cirujano. Iniciador del modernismo en México y el primer novelista de esa corriente en Hispanoamérica. Intentó ser seminarista pero lo abandonó para dedicarse al periodismo, actividad que inició desde los dieciséis años. Fue uno de los fundadores de la Revista Azul. Colaboró en diversos periódicos y revistas como El Monitor del Pueblo, El Universal y La Voz de México, en los cuales siempre firmó con seudónimos como “Duque Job”. Cultivó el género de la lírica, el cuento, el ensayo, la crónica, así como la crítica literaria y la crítica de teatro. Es autor de poemas como “Hamlet a Ofelia”, “Odas Breves” y “La Serenata de Schubert”. De sus libros, Cuentos frágiles (1883) fue el único que publicó en vida. También escribió la novela Por donde se sube al cielo (1882) y en Descarga Cultura.UNAM puedes escuchar los títulos La novela del tranvía e Historia de un peso falso. Los tres poemas que se presentan en esta ocasión, son piezas representativas de la obra lírica de Manuel Gutiérrez Nájera. En éstas convergen corrientes como el parnasianismo, el simbolismo y el romanticismo, así como las formas literarias desarrolladas durante el Siglo de Oro español. Sobre el título “La Duquesa Job”, José Emilio Pacheco señaló que es el primer poema realmente moderno escrito en México y mencionó que “ilustra el método, al mismo tiempo librecambista y expropiador, que le resultó de tal manera fecundo (…) Por su levedad y su gracia el taconeo de la Duquesa Job no ha dejado de resonar en las avenidas de la poesía mexicana”. La lectura y la selección de estos textos es de José Ramón Enríquez. Agradecemos la colaboración musical de Triciclus Circus Band. D.R. © UNAM 2016

Manuel Gutiérrez Nájera. La novela del tranvía

Lectura a cargo de: Guillermo Henry
Estudio de grabación: Radio UNAM
Dirección: Eduardo Ruiz Saviñón
Música: Gustavo Rivero Weber, piano
Operación y postproducción: Francisco Mejía/Sonia Ramírez
Año de grabación: 2008
Género: Narrativa
Temas: Manuel Gutiérrez Nájera (Ciudad de México, 1859-1895) es ampliamente conocido como poeta, periodista y ensayista. Aquí presentamos una faceta suya muy poco conocida: la de narrador. Inició su carrera literaria a muy temprana edad, publicando con diferentes seudónimos, el más popular de los cuales fue “Duque Job”, en referencia a su clásico poema “La duquesa Job”. Se le conoce como precursor de la poesía modernista en México. El presente texto fue seleccionado por el escritor Vicente Leñero para esta serie. D.R. © UNAM 2008

Manuel Gutiérrez Nájera. Historia de un peso falso

Lectura a cargo de: Guillermo Henry
Estudio de grabación: Radio UNAM
Dirección: Eduardo Ruiz Saviñón
Música: Gustavo Rivero Weber, piano. Música mexicana para piano. vol. 3
Operación y postproducción: Francisco Mejía/Sonia Ramírez
Año de grabación: 2008
Género: Narrativa
Temas: Manuel Gutiérrez Nájera (Ciudad de México, 1859-1895) es ampliamente conocido como poeta, periodista y ensayista. Aquí presentamos una faceta suya muy poco conocida: la de narrador. Inició su carrera literaria a muy temprana edad, publicando con diferentes seudónimos, el más popular de los cuales fue “Duque Job”, en referencia a su clásico poema “La duquesa Job”. Es uno de los fundadores de la Revista Azul y se le conoce como precursor del modernismo. El presente texto fue seleccionado por el escritor Vicente Leñero para esta serie. D.R. © UNAM 2008

Instituciones, distinciones o publicaciones


Revista Azul
Fecha de ingreso: 06 de mayo de 1894
Fecha de egreso: 1896
Redactor y propietario