Jesús E. Valenzuela


07 oct 2013 / 14:53

Nació en Guanaceví, Durango, en 1856 y murió en la Ciudad de México en 1911. Abogado, poeta y periodista. Diputado en el Congreso de la Unión. Formó parte del grupo de literatos encabezados por Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo y José Juan Tablada. Continuó la publicación de la Revista Moderna cuyo primer número fue editado por Bernardo Couto. Publicó en el Excélsior.



04 oct 2013 / 08:43

Por una curiosa asociación de ideas, siempre que pienso en Valenzuela pienso en París; y sin embargo, Valenzuela nunca ha pisado los asfaltos atrayentes de la moderna Lutecia, ni es de los que en Lutecia piensan con hondas y torturantes melancolías…

Pero no se borra de mi mente el recuerdo de una calurosa tarde de estío, en que el Orient-Express me dejó en una estación de París, atolondrado entre los ruidos del nutrido tráfico y un tanto asombrado ante la expresiva movilidad latina, de que por tanto tiempo se habían privado mis pupilas y mi alma. En la estación estaba el maestro Altamirano y estaban algunos caballeros de la Legación y de la Colonia; las voces francesas de la muchedumbre acariciaban mis oídos con una caricia inefable que entonces no supe comprender, pero que más tarde se me reveló como una manifestación fonética de ese apretado nudo que, a pesar de cuanto se ha hecho y de cuanto se hace por desatarlo, sigue manteniendo en un conjunto a la vasta comunidad latina; después oí la lengua de mi tierra, sorprendí ademanes y entonaciones de mi tierra y, apoyado en el generoso cariño del Maestro, pisé confiadamente las baldosas de la gran ciudad, tan diferentes, tan diferentes de las que cubren los discretos patios de las universidades teutonas. Esa misma tarde, de sobremesa, hablamos de libros y de letras; mi noción literaria se encontraba encerrada dentro de los calces de una educación gimnacial y apenas alcanzaba mi cronología poética hasta Goethe, Schiller y Uhland, por modo tal, que llegué a creer que los poetas sólo habían existido en los tiempos pasados, como los inquisidores y como los burgraves. ¡Fue grande mi asombro cuando Altamirano me dijo que en México había poetas y que muchos poetas mexicanos vivían y florecían en aquellos preciosos días de 1891! Y hablando de poetas mexicanos, con aquel afecto con que el Maestro hablaba siempre de ellos, habló también de Valenzuela y este nombre se me quedó incrustado en el cerebro porque no sólo se dijo de Valenzuela que hacía muy hermosos versos, sino también que era muy probable que en breve le viésemos en nuestra compañía, tomando café en aquel delicioso saloncito de la calle Lafayette. Yo era casi un niño y la perspectiva de conocer a un poeta, y a un poeta mexicano, conmovía todas mis ingenuidades de garzón crecido lejos de la lírica vida latina y en medio de la quietud claustral de una ciudadela de la provincia alemana; alternó esa emoción singular con mis primeras emociones parisinas, que no olvidaré jamás, porque con ellas despertaban también mi cerebro y mi sentimiento, y desde entonces tuve una grande y constante simpatía por Valenzuela, quien, burlando los afectuosos pronósticos de sus amigos y desdeñando el viejo anhelo hereditario, no cruzó los mares y tuvo orgullo en vaciar sus escarcelas en la metrópoli patria.

Le conocí una tarde, a mi regreso, en el café de la Reforma, al flanco de aquella personificación genuina del soldado republicano que se llamó Sóstenes Rocha, y con avidez escuché su charla, una charla que por entonces estuvo lejos de satisfacer mis esperanzas, pues sólo desfloró sucedidos vulgares y ni por un momento se elevó por sobre las diarias y burguesas inspiraciones del asfalto…¡Hasta se habló de negocios, de terrenos baldíos, de acciones mineras, de libranzas, de cheques y pagarés!

Más tarde, andando el tiempo, he tenido multiplicadas oportunidades de observar a Valenzuela en todos los grados de la vibración lírica, sonriente ante una caricia o sublevado ante un zarpazo de la vida, y esas multiplicadas observaciones, unidas a la severa impresión que en los cerebros suficientemente preparados deja su obra escrita, me han traído a la certidumbre de que, en el estrecho enjambre de nuestros poetas, sin declamaciones ni artificios y sólo con la fuerza de su personalidad sentimental y con la conciencia de un propósito de arte preciso, ha sabido Valenzuela labrarse un sitial propio, que si no tiene incrustraciones exóticas, ni ostenta las curvaturas arcaicas, ni cubre su respaldo con retazos de viejas casullas adquiridas en los bazares, sí es de generosa y rica madera nuestra, duradera, nutrida con los vigores de la tierra americana y tallada sobriamente con la porfía de un bagaje intelectual sano y moderno. La nota sobresaliente de la poesía de Valenzuela es, sin duda, el soplo de intensa humanidad que la impregna.

Esta nota constituye, al través de todas sus composiciones, la homogeneidad de su labor, esa homogeneidad necesaria en la obra perdurable y que, por desgracia, con poquísimas excepciones, muy a menudo falta a nuestros poetas.

Dos factores primordiales ha puesto Valenzuela de su parte para alcanzar ese vigor de conjunto en sus producciones; es el primero su amor a la vida, a la realidad, a los goces verdaderos y a los verdaderos dolores, que acarician y torturan al hombre, y que fuera vano buscar en los dominios metafísicos de la imaginación pura; es el otro, el distinguido recato que su Musa ostenta y que, lejos de convertirla en matrona estéril, ha podido encauzar su procreación en la ruta de una labor serenamente madura:

 

Multíplice la Musa, mas no osada
en multiplicación perenne, sea:
forme de muchos fuegos una tea
y no riegue sus chispas en la nada.

 

Más que burilador de la forma, más que plástico, más que descriptivo, Valenzuela es psicólogo; lo que equivale a decir que su lira es eminentemente subjetiva. Mas no por ello claudica cuando pule o pinta o describe, y siempre, en cualquiera de sus composiciones, encuéntrase la nota intensa que la graba en el alma del que la estudia. Primor de forma tiene —tomo un ejemplo al azar— su soneto “A una artista”, y como esta poesía hay muchas en que descuellan calidades exteriores; pero, repito, su estro se prende preferentemente a la idea, y en este concepto (que es trascendental en momentos en que el verso americano tiende a descender a una misión puramente sensorial), es superior a la mayoría de nuestros poetas. Esta superioridad tendrá que reconocerse cuando, estrujando oropeles y destruyendo reputaciones fiduciarias, se haga en México una crítica literaria concienzuda, valiente, sincera, sana y serena, ¡labor que ya se impone, que será ingrata y que, para ser justiciera, a menudo tendrá que ser iconoclasta!

Valenzuela da al arte revelado su precioso valor, no acepta vaguedades en el sendero de la creación artística; analiza sus sensaciones para traducirlas en un concepto diáfano, y más que de los ripios retóricos huye de los ripios ideológicos. No puede ser, pues , un poeta popular, ya no entre el vulgo, pero ni entre el tipo medio de literato latinoamericano.

En lo que apuntado dejo está implícita la afirmación de que Valenzuela no puede ser un exclusivista en materia de escuelas literarias, pues adorará la belleza en donde quiera que la encuentre y no se dejará cegar nunca por simples esplendores de una novedad atrayente; pues, si no es un receptáculo de erudición hecha, no funda sus asertos en la eufonía de una frase arrancada del último libro llegado a México, ha leído más críticas que novelas, recorrió los jardines clásicos antes de penetrar en los invernáculos del arte moderno y… ¡sabe matemáticas!...

Hace algunos años vióse a Valenzuela como paladín del modernismo, mas sus esfuerzos no tendían precisamente a imponer la nueva escuela como norma de la poesía actual; quiso defenderla de apasionadas apreciaciones. Él mismo nunca ha empleado señaladamente el modo modernista, sino cuando lo hallara ajustado sin esfuerzo al motivo que pretendiera instrumentar.

Tal vez guarde algo definitivo y perfecto para sellar en breve su personalidad literaria, ahora que se encuentra en la plenitud de su madurez intelectual y ahora que el arte puede arrullarle y ahuyentar de su alma las amarguras que en ella vertieran tantas ingratitudes y no pocas injusticias… Sería entonces esa obra algo alto y sereno, algo de lo que no se crea sino en la serenidad de un estro tranquilo, cuando los recuerdos del pasado se equilibran exactamente con los propósitos del porvenir, nel mezzo del camino della vita, en una armonía de forma y fondo tan pura como la de Lascas, que es la poesía más perfecta que ha dado esta América nuestra. (Personales son las apreciaciones emitidas en un artículo que se firma.)

Quiero mucho al hombre para poder hablar de él.

No comprobaré que es noble, generoso, bueno. Esto lo saben muchos y los que no lo saben no han menester que se les diga… ¿Para qué? La amistad y el afecto son cosas tan íntimas que se marchitan cuando se las expone al aire. ¡Que el público admire al poeta y que deje que los íntimos amen al amigo!

 

                                                                                                    Juan Sánchez Azcona



Ficha de diccionario de
04 dic 2013 / 08:17

Por una curiosa asociación de ideas, siempre que pienso en Valenzuela pienso en París; y sin embargo, Valenzuela nunca ha pisado los asfaltos atrayentes de la moderna Lutecia, ni es de los que en Lutecia piensan con hondas y torturantes melancolías…

Pero no se borra de mi mente el recuerdo de una calurosa tarde de estío, en que el Orient-Express me dejó en una estación de París, atolondrado entre los ruidos del nutrido tráfico y un tanto asombrado ante la expresiva movilidad latina, de que por tanto tiempo se habían privado mis pupilas y mi alma. En la estación estaba el maestro Altamirano y estaban algunos caballeros de la Legación y de la Colonia; las voces francesas de la muchedumbre acariciaban mis oídos con una caricia inefable que entonces no supe comprender, pero que más tarde se me reveló como una manifestación fonética de ese apretado nudo que, a pesar de cuanto se ha hecho y de cuanto se hace por desatarlo, sigue manteniendo en un conjunto a la vasta comunidad latina; después oí la lengua de mi tierra, sorprendí ademanes y entonaciones de mi tierra y, apoyado en el generoso cariño del Maestro, pisé confiadamente las baldosas de la gran ciudad, tan diferentes, tan diferentes de las que cubren los discretos patios de las universidades teutonas. Esa misma tarde, de sobremesa, hablamos de libros y de letras; mi noción literaria se encontraba encerrada dentro de los calces de una educación gimnacial y apenas alcanzaba mi cronología poética hasta Goethe, Schiller y Uhland, por modo tal, que llegué a creer que los poetas sólo habían existido en los tiempos pasados, como los inquisidores y como los burgraves. ¡Fue grande mi asombro cuando Altamirano me dijo que en México había poetas y que muchos poetas mexicanos vivían y florecían en aquellos preciosos días de 1891! Y hablando de poetas mexicanos, con aquel afecto con que el Maestro hablaba siempre de ellos, habló también de Valenzuela y este nombre se me quedó incrustado en el cerebro porque no sólo se dijo de Valenzuela que hacía muy hermosos versos, sino también que era muy probable que en breve le viésemos en nuestra compañía, tomando café en aquel delicioso saloncito de la calle Lafayette. Yo era casi un niño y la perspectiva de conocer a un poeta, y a un poeta mexicano, conmovía todas mis ingenuidades de garzón crecido lejos de la lírica vida latina y en medio de la quietud claustral de una ciudadela de la provincia alemana; alternó esa emoción singular con mis primeras emociones parisinas, que no olvidaré jamás, porque con ellas despertaban también mi cerebro y mi sentimiento, y desde entonces tuve una grande y constante simpatía por Valenzuela, quien, burlando los afectuosos pronósticos de sus amigos y desdeñando el viejo anhelo hereditario, no cruzó los mares y tuvo orgullo en vaciar sus escarcelas en la metrópoli patria.

Le conocí una tarde, a mi regreso, en el café de la Reforma, al flanco de aquella personificación genuina del soldado republicano que se llamó Sóstenes Rocha, y con avidez escuché su charla, una charla que por entonces estuvo lejos de satisfacer mis esperanzas, pues sólo desfloró sucedidos vulgares y ni por un momento se elevó por sobre las diarias y burguesas inspiraciones del asfalto…¡Hasta se habló de negocios, de terrenos baldíos, de acciones mineras, de libranzas, de cheques y pagarés!

Más tarde, andando el tiempo, he tenido multiplicadas oportunidades de observar a Valenzuela en todos los grados de la vibración lírica, sonriente ante una caricia o sublevado ante un zarpazo de la vida, y esas multiplicadas observaciones, unidas a la severa impresión que en los cerebros suficientemente preparados deja su obra escrita, me han traído a la certidumbre de que, en el estrecho enjambre de nuestros poetas, sin declamaciones ni artificios y sólo con la fuerza de su personalidad sentimental y con la conciencia de un propósito de arte preciso, ha sabido Valenzuela labrarse un sitial propio, que si no tiene incrustraciones exóticas, ni ostenta las curvaturas arcaicas, ni cubre su respaldo con retazos de viejas casullas adquiridas en los bazares, sí es de generosa y rica madera nuestra, duradera, nutrida con los vigores de la tierra americana y tallada sobriamente con la porfía de un bagaje intelectual sano y moderno. La nota sobresaliente de la poesía de Valenzuela es, sin duda, el soplo de intensa humanidad que la impregna.

Esta nota constituye, al través de todas sus composiciones, la homogeneidad de su labor, esa homogeneidad necesaria en la obra perdurable y que, por desgracia, con poquísimas excepciones, muy a menudo falta a nuestros poetas.

Dos factores primordiales ha puesto Valenzuela de su parte para alcanzar ese vigor de conjunto en sus producciones; es el primero su amor a la vida, a la realidad, a los goces verdaderos y a los verdaderos dolores, que acarician y torturan al hombre, y que fuera vano buscar en los dominios metafísicos de la imaginación pura; es el otro, el distinguido recato que su Musa ostenta y que, lejos de convertirla en matrona estéril, ha podido encauzar su procreación en la ruta de una labor serenamente madura:

 

Multíplice la Musa, mas no osada
en multiplicación perenne, sea:
forme de muchos fuegos una tea
y no riegue sus chispas en la nada.

 

Más que burilador de la forma, más que plástico, más que descriptivo, Valenzuela es psicólogo; lo que equivale a decir que su lira es eminentemente subjetiva. Mas no por ello claudica cuando pule o pinta o describe, y siempre, en cualquiera de sus composiciones, encuéntrase la nota intensa que la graba en el alma del que la estudia. Primor de forma tiene —tomo un ejemplo al azar— su soneto “A una artista”, y como esta poesía hay muchas en que descuellan calidades exteriores; pero, repito, su estro se prende preferentemente a la idea, y en este concepto (que es trascendental en momentos en que el verso americano tiende a descender a una misión puramente sensorial), es superior a la mayoría de nuestros poetas. Esta superioridad tendrá que reconocerse cuando, estrujando oropeles y destruyendo reputaciones fiduciarias, se haga en México una crítica literaria concienzuda, valiente, sincera, sana y serena, ¡labor que ya se impone, que será ingrata y que, para ser justiciera, a menudo tendrá que ser iconoclasta!

Valenzuela da al arte revelado su precioso valor, no acepta vaguedades en el sendero de la creación artística; analiza sus sensaciones para traducirlas en un concepto diáfano, y más que de los ripios retóricos huye de los ripios ideológicos. No puede ser, pues, un poeta popular, ya no entre el vulgo, pero ni entre el tipo medio de literato latinoamericano.

En lo que apuntado dejo está implícita la afirmación de que Valenzuela no puede ser un exclusivista en materia de escuelas literarias, pues adorará la belleza en donde quiera que la encuentre y no se dejará cegar nunca por simples esplendores de una novedad atrayente; pues, si no es un receptáculo de erudición hecha, no funda sus asertos en la eufonía de una frase arrancada del último libro llegado a México, ha leído más críticas que novelas, recorrió los jardines clásicos antes de penetrar en los invernáculos del arte moderno y… ¡sabe matemáticas!...

Hace algunos años vióse a Valenzuela como paladín del modernismo, mas sus esfuerzos no tendían precisamente a imponer la nueva escuela como norma de la poesía actual; quiso defenderla de apasionadas apreciaciones. Él mismo nunca ha empleado señaladamente el modo modernista, sino cuando lo hallara ajustado sin esfuerzo al motivo que pretendiera instrumentar.

Tal vez guarde algo definitivo y perfecto para sellar en breve su personalidad literaria, ahora que se encuentra en la plenitud de su madurez intelectual y ahora que el arte puede arrullarle y ahuyentar de su alma las amarguras que en ella vertieran tantas ingratitudes y no pocas injusticias… Sería entonces esa obra algo alto y sereno, algo de lo que no se crea sino en la serenidad de un estro tranquilo, cuando los recuerdos del pasado se equilibran exactamente con los propósitos del porvenir, nel mezzo del camino della vita, en una armonía de forma y fondo tan pura como la de Lascas, que es la poesía más perfecta que ha dado esta América nuestra. (Personales son las apreciaciones emitidas en un artículo que se firma.)


Quiero mucho al hombre para poder hablar de él.

No comprobaré que es noble, generoso, bueno. Esto lo saben muchos y los que no lo saben no han menester que se les diga… ¿Para qué? La amistad y el afecto son cosas tan íntimas que se marchitan cuando se las expone al aire. ¡Que el público admire al poeta y que deje que los íntimos amen al amigo!

 

                                                                                                    Juan Sánchez Azcona

 





 
 
Grabado: Julio Ruelas
Grabado: Julio Ruelas

Jesús E. Valenzuela

1856
Guanaceví, Durango
1911
Ciudad de México

Obra en dominio público
Puede incluir obras con registro de perpetuidad

Derecho de autormostrar

Decreto sobre propiedad literaria del 3 de diciembre de 1846

Código Civil de 1884


OBRA PUBLICADA


BIBLIOGRAFÍA RELACIONADA

Institución (es):
Revista Moderna de México
Fecha de ingreso: 1903
Director