Enciclopedia de la Literatura en México

Balbino Dávalos

Ángel Muñoz Fernández
1995 / 04 ago 2017 14:08

Nació en Colima, Colima, en 1866 y murió en la ciudad de México en 1951. Escritor, abogado, profesor de latín y Literatura en la Escuela Nacional Preparatoria y en las universidades de Minnesota y Columbia, Estados Unidos de América. Rector de la UNAM. Ministro en Rusia, Alemania y Suecia. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Se distinguió por lo acertado de sus traducciones. 


José Juan Tablada
1904 / 04 ago 2017 14:07

Les miens et moi, le ciel nous voie

Par l'humble voie

"Entrer, Seigneur, dans votre joie"

Paul Verlaine (Amour)

 

En un bello mármol pentélico cincelado por un Fidias, cabría el Maestro Sierra con su majestad de Olimpo y su épica hermosura, en un álbum de Cherét otcado a la acuarela, la mundana elegancia del Duque Job; el padre Pagaza, sobre el fondo de oro de un tipo medieval; Urbina en un lienzo de Teniers, luciendo junto a un bock su obesidad flamenca; en un medallón florentino el perfil de Peón del Valle; Valenzuela, en una vigorosa terracota; Urueta (conmigo), en un álbum de Ho-Ku-sai, sobre una hoja de papel de arroz esmaltada por el pincel japonés; Bustillos, con su enamorada misa en una bergerade de Sajonia; Micrós y Olaguíbel, en dos netzukes de Tokio –dijes danzantes sobre el vientre de un daimio–; y Balbino Dávalos, en fin, en una agua fuerte, pálida y sombrosa, ennegrecida y alumbrada por el claro-obscuro de un Goya.

Si yo fuera “aguafortista”, le haría su retrato y le regalaría la plancha, para que en una hoja de rugoso y amarillento Whatman sacara la prueba y adornara con ella la futura edición de sus poesías. Si yo fuera aguafortista, con predilección y cariño grabaría su cuerpo esbelto, y su rostro pálido y anguloso. Intentaría un claro-obscuro a la Rops, y colocaría mi figura sobre el fondo grisáceo, donde una ventana gótica encuadrara con su ojiva la claridad de un crepúsculo. Negro, muy negro el cuerpo, señalando en enérgica silueta la osatura del dorso; negro el amplio levitón, y entre lo gris y lo negro la blanca mancha del rostro, donde fueran con breves líneas apuntados, los ojos indecisos de miope, la fina arista de la nariz y los labios grandes y delgados. Y acabaría la plancha dejando blancas, también, las manos de mórbida elegancia, las manos amarfiladas y blancas de icono bizantino. Y si es cierto que en las manos es donde aparece con mayor precisión la individualidad de cada uno; si en ellas, como dijo el poeta, se revelan los meteoros del cerebro y las tormentas del alma, con mayor finura burilaría en el cobre encerado las singulares manos de Balbino, que también dan idea de su espíritu refinado y artista. Creo que lo que Balbino ha escrito, podría reunirse en las 200 páginas de un Elzevir, o en las 80 de un Aldo. Son pocas sus poesías y sus paráfrasis, porque la pieza más pequeña, la más breve estrofa, representan una labor exquisita y minuciosa, labor delicada de miniaturista y de orfebre. Sobre el campo amarfilado de un pensamiento melancólico o en el oro de una bella idea, va incrustando las palabras o aplicando los vocablos con armoniosos esmaltes. ¡Y limadas las excrecencias, frotadas las facetas de las pedrerías erizadas, aquella joya se sacude con estremecimientos sonoros y vibraciones argentinas, llena de música y de colores, como el collar de una odalisca agitado en un rayo del sol de Oriente!

Sus primeros versos –lieder de la lira heiniena, myosotis de las orillas del Rhin, pequeñas poesías con orientes de perla y vaga tristeza de crepúsculo– brotaban en la primavera de 90, en las columnas de un periódico; y aquellos versos, que eran como todos aroma y blancura ¡tenían a veces un reportazgo por vecino! El literato que tomara aquella hoja, el artista que viera aquellas poesías en aquellas columnas de empresa y de réclame, pensaba por analogía en el rechoncho Prudhome de Henry Monnier con una flor de lis en el ojal. ¿Pero, qué hacer? ¡Son tan pocos los poetas afortunados, que pueden embalsamar sus amores o sus tristezas en las páginas blancas de un volumen!

Aquellas delicadas poesías, esa floración nivosa y perfumada, que hizo nacer en el cerebro de Balbino una mirada de la musa alemana, de la gentil Wilis, de ojos de violeta y de blondos cabellos voluptuosos, duró poco. ¡Quién sabe qué ráfaga de invierno sopló en el alma del poeta, llevándose los nidos y las rosas! Pasó algún tiempo y la lluvia… caía en las hojas secas, haciendo un abono fecundo donde nuevos gérmenes temblaban…

¿Te acuerdas, Balbino, de aquella mesa de redacción improvisada? ¿Has olvidado la turbia cancela que separaba nuestro umbroso recinto de la aristocrática calle? ¿Haces memoria de Rábago, que fabricaba un volumen de sprit en media hora de anecdótica charla; de Leduc, refiriendo su vida de “a bordo”, contando la locura de Maupassant, o enseñándonos sus autógrafos de Pierre Loti y de Barrés? ¿Te acuerdas del gosse Olaguíbel, improvisando en argot como un fort en gueule rabelesiano?

En aquellos días y en aquel medio sentiste el sacro advenimiento, y cayeron las escamas de tus ojos, y Pauvre Lelian refrescó tu frente de neófito con el agua lustral de su arte divino. Entonces abandonaste a la musa que te besaba a ti y a todos, y el nupcial beso de la casta te arrancó tu Preludio. Entonces fue cuando dijiste:

¡Oh musa sensual y exótica,
enérvenme tus miradas
avivadas
por tu palidez clorótica!

 

¡Oh, mi neurótica Ariana,
arrójeme tu histerismo
al abismo
de tus brazos de liana,
que el éxtasis reverente
de los profanos no tarda:
ya lo aguarda
mi espíritu decadente! 
(Las ofrendas, cuarta parte: “Al Arte”.)

 

 

Y ese Preludio puede ser la portada de nuestra obra, es la armoniosa obertura que ha abierto nuestros cantos. ¡Salve, pues, Lohengrin! Tu musa, como el cisne blanco, ha surcado las frías tinieblas del escondido lago; tu cuerpo de plata, con su vibrante clarinada, ha despertado nuestros himnos. Vamos, pues, ¡oh augural mensajero! Vamos juntos sobre mares procelosos y por selvas negras hacia las mágicas Walkirias, donde lo Bello irradia… ¡Vamos al Santo Graal!

Has hecho el Arte, guardando incólume la dignidad del artista, manteniendo a la Musa en una Turris eburnea en su improfanable gineceo, envuelta siempre en su nublado peplón, junto al fuego sacro, y eso es una virtud magna. Jamás has intentado ganar entre una multitud el fácil aplauso que premia a los “efectistas”. Nunca has tendido la mano a esos sentimientos, que se albergan como en una soez hostería en el corazón popular. Jamás te has detenido ante esas pasiones, que si bien palpitan en el corazón de una turba, nunca han abierto tus labios de poeta. ¿Cómo se conquista al público, y cómo se ganan los aplausos y la popularidad y el dinero? ¡La manera es fácil! ¡Amplio es el camino carretero que tantos han hollado! ¡Conocida es la puerta que tan fácilmente se abre a los carneros de Panurgo! ¡Y en lugar del camino real que lleva al éxito y al triunfo, se sigue una vereda intrincada y escabrosa que conduce a una pagoda obscura, donde hay dioses que no premian y sí demandan sacrificios, donde el dogma es un martirio y la creencia un apostolado! Pero el que, como tú, hace eso; el que comprende que el Arte puede ser el ideal de una existencia y el móvil de una vida, antes que un instrumento en el struggle for life; el que mejor quiere ser víctima de una utopía, que proxeneta de una Musa, merece ser querido, ¡porque es artista, porque en el fondo de su alma de Elegido hay nobleza, abnegación y amor!



2013 / 05 ago 2017 09:02

Escritor, abogado y diplomático que dedicó la mayor parte de su trabajo intelectual a la traducción. En 1888 se convirtió en traductor del periódico El Partido Liberal, función que desempeñó más tarde en muchos otros periódicos como El País, El Mundo, El Nacional, Diario del Hogar y El Universal. En ellos publicó traducciones de la poesía de Charles Baudelaire, Théophile Gautier, Maurice Rollinat, Paul Verlaine, Jean Lahor, Walt Whitman, Edgar A. Poe y Oscar Wilde, entre otros. Años después recogió buena parte de ellas para conformar dos antologías: Musas de Francia. Versiones, interpretaciones y paráfrasis (Lisboa, A editora limitada, 1913), en donde recopiló poemas de diecinueve autores franceses, entre los cuales figuraban Baudelaire, Gautier y Leconte de Lisle; y Musas de Albión y otras congéneres (México, Cvltvra, 1930), en la que reunió a veintinueve poetas de Gran Bretaña, Irlanda y Estados Unidos comprendidos entre el siglo XVII y el XIX, como Alfred Tennyson, A. C. Swinburne, John Keats y Henry W. Longfellow. En 1894 empezó a colaborar en la Revista Azul, en la que publicó nueve traducciones. Manuel Gutiérrez Nájera, director de la revista, elogió el talento de Dávalos para traducir, opinión que compartían muchos escritores de la época. En 1898, en la Revista Moderna, de la cual fue fundador y colaborador asiduo junto con escritores como José Juan Tablada, Amado Nervo y Efrén Rebolledo, dio luz a algunas de sus traducciones más importantes, como El arte y la Sinfonía en blanco mayor de Gautier. A pesar de que Dávalos no fue el único traductor de la Revista Moderna, hay un consenso entre los críticos sobre el mérito de su labor, razón por la que se le recuerda como el traductor por excelencia de la revista. Además de traducir en publicaciones periódicas, tradujo las siguientes obras: Afrodita de Pierre Louÿs (París, Librería Artística, 1898); Relato de una hermana de Mme. Augustus Craven (París, Ch. Bouret, 1900); Monna Vanna de Maurice Maeterlinck (México, Ch. Bouret, 1902); El México desconocido de Carl Lumholtz (Nueva York, C. Scribner’s Sons, 1904) y las Odas de Píndaro (inéditas). No llegó nunca a publicar una tercera antología de poesía traducida, titulada De otros parnasos, a pesar de que se anunció en la primera edición de Musas de Francia. En dicha antología estaba prevista la reunión de sus versiones de poesías griegas, latinas, inglesas, alemanas, italianas y portuguesas. El caso de su traducción de Afrodita merece también una aclaración, ya que gracias a los periódicos de la época se tiene noticia de que el libro efectivamente se publicó y circuló, pero hoy en día no se conserva ningún ejemplar. Solo publicó un libro de poesía de su propia autoría, Las ofrendas (1909), lo cual revela el lugar prioritario que ocupaba la traducción en su labor. Si bien no se tiene noticia de ningún prólogo en ninguna de sus traducciones, se cuenta con un número considerable de escritos donde reflexiona sobre la traducción. En Ensayo de crítica literaria. Algunas odas de Q. Horacio Flaco traducidas en verso castellano por Joaquín D. Casasús (1901) resume su postura acerca de la traducción poética. Por un lado establece que el traductor de poesía debe ser poeta; por otro, reflexiona sobre el concepto de fidelidad, que para él consiste en la exactitud en la transposición de las ideas, lo cual puede conllevar el sacrificio de la forma. Además, ofrece un breve panorama de la historia de la traducción de Horacio al castellano. Se vale del estudio de Marcelino Menéndez Pelayo, Horacio en España, pero añade mucha información sobre los traductores sudamericanos y, de manera más concreta, mexicanos. El trabajo de Dávalos como traductor no solo llama la atención por el lugar que ocupa en su producción, sino también por las reseñas y comentarios que suscitó. Musas de Francia fue reseñada por Rubén Darío y Amado Nervo, y de su labor como traductor dejaron testimonio autores como Gutiérrez Nájera, Federico Gamboa, José Juan Tablada y Enrique Díez-Canedo, quien se sirvió de algunas de las traducciones de Dávalos para su Antología ordenada de la poesía francesa moderna (1913). También es preciso señalar la clara influencia que Musas de Francia tuvo para la creación de la antología Jardines de Francia (1915), en la que el poeta Enrique González Martínez reunió sus propias traducciones de la poesía simbolista francesa. Otros testimonios de Dávalos sobre la labor traductora quedaron impresos en algunas de sus “Notas literarias” publicadas en el periódico El Nacional, a finales del siglo XIX, y en su discurso “Los grandes poetas anglo-americanos”, publicado en la Revista Moderna en 1901, en donde expone la relevancia de la traducción como medio de influencia literaria y conformación de una literatura.

Bibl.: Hernán Bravo Varela, “Prólogo” en B. Dávalos, Musas de Albión, Colima, Gobierno del Estado de Colima, 2003, 3-5. || Felipe Garrido, “Prólogo” en B. Dávalos, Las ofrendas, Colima, Gobierno del Estado de Colima, 2002, 9-20. || Gustavo Jiménez Aguirre y Santiago Cortés Hernández, “Amado Nervo y Balbino Dávalos, distantes simetrías”, Literatura Mexicana 11:2 (2000), 253-262. || Porfirio Martínez Peñaloza, “Introducción” en Máscaras de la “Revista Moderna”, México, Fondo de Cultura Económica, 1968, 9-58. || Carlos Ramírez Vuelvas, “Nota del editor” en B. Dávalos, Musas de Francia, Colima, Universidad de Colima, 2007, 9-20. || Carlos Ramírez Vuelvas, “Nota del editor” en B. Dávalos, Nieblas londinenses, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2007, 9-29. || Carlos Ramírez Vuelvas, “Biografía de Balbino Dávalos” en Fondo Balbino Dávalos del Archivo Histórico del Municipio de Colima, . || Héctor Valdés, “Estudio preliminar” de Índice de la Revista Moderna: arte y ciencia. 1898-1903, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1967, 9-88.

Lili Atala García


Seudónimos:

  • B.D.



MATERIAS RELACIONADAS
Carlos Díaz Dufoo Salvador Díaz Mirón Ramón López Velarde Rafael López Alberto Leduc Enrique González Martínez Francisco González de León Manuel José Othón Francisco Modesto de Olaguíbel Manuel Gutiérrez Nájera Luis G. Urbina Jesús Urueta Amado Nervo Rubén M. Campos Ciro B. Ceballos Bernardo Couto Castillo María Enriqueta Camarillo y Roa de Pereyra Efrén Rebolledo Joaquín Arcadio Pagaza Alfredo R. Placencia Justo Sierra Jesús E. Valenzuela José Juan Tablada