Enciclopedia de la Literatura en México

Carlos Díaz Dufoo

Ángel Muñoz Fernández
1995 / 29 nov 2017 07:56

Nació en Veracruz, Veracruz, en 1861 y murió en la Ciudad de México en 1941. Dramaturgo, periodista y economista. Cuando era estudiante, en España, colaboró en El Globo de Emilio Castellar. Fundó la Revista Azul con Manuel Gutiérrez Nájera y El Imparcial con Rafael Spíndola. Colaboró en El Demócrata y en el Excélsior. Dirigió El Economista Mexicano.

Notas: "El padre mercader" fue la primera comedia mexicana que alcanzó cien representaciones ininterrumpidas desde su estreno, el 24 de agosto de 1929. "La jefa", según el Diccionario de Escritores Mexicanos (1967), no parece haber sido estrenada ni editada. Escribió diversos libros sobre temas económicos.

 

Alejandro Ortiz Bulle-Goyri
2007 / 03 ago 2017 19:01

Nació en Veracruz, Veracruz, y murió en Ciudad de México. Periodista, narrador y dramaturgo, participó con Manuel Gutiérrez Nájera en la fundación de la Revista Azul (1894), y con Rafael Reyes Spíndola, en el periódico El imparcial (1896). Fue director también de la revista especializada El economista mexicano (1901-1911) y colaborador asiduo de periódicos como Excélsior y Revista de Revistas. Fue diputado en varias ocasiones y —por sus conocimientos de economía— formó parte de comisiones de presupuestos. Fue profesor en diversas escuelas de comercio, así como en la de jurisprudencia y en la Escuela Libre de Derecho. Su obra dramática alcanzó los favores del público, particularmente Padre Mercader (1929), que alcanzó la —para entonces extraordinaria— cifra de cien representaciones consecutivas. Obra dramática: Entre vecinos (1884), De gracia (1884), Padre Mercader (1929), La fuente del Quijote (1930), Palabras (1931), La jefa (1931) y Sombra de mariposas (1936).

Victoriano Salado Álvarez
28 nov 2017 08:15

Creo firmemente que el periodismo doctrinario, con sus editoriales serios como colchones, sus tratados breves acerca de la soberanía, de las funciones del poder público y de las relaciones entre el Estado y la Iglesia —tomados directamente de Burlamaqui o de Prisco— y sus artículos tediosos, blancos o negros, oposicionistas rabiosos o gobiernistas à outrance, está mandado retirar y no resucitará nunca; pero, en cambio, creo también que el periodismo actual, en que el repórter es el árbitro que manda y gobierna, que dispone y usufructúa, no puede durar ni lo que la verdura de las eras. En esta materia, más que en ninguna otra, podemos decir que tras la acción ha venido la reacción: después de los articulazos de Martínez o de Zarco o de Aguilar y Marocho, repletos de erudición, de citas, de razonamientos y de teoría, hemos llegado a los reportazgos en que se agotan las minimeces, se menudean los detalles y se puntualiza lo más insignificante con el primor con que aquel mal escultor del ejemplo clásico esculpía en la estatua uñas y cabellos. Y gracias que la fiebre va cediendo y que el pujo de dar mejores y más reseñas se va moderando, pues a la fecha ya sólo como reliquia se guardan aquellos planitos que señalaban el rastro de la sangre que había dejado la víctima o el camino que había recorrido el asesino, y aquellas descripciones de jurados en que se contendía sobre si el inculpado llevaba en la camisa pechera de hilo o de algodón. Pero afortunadamente en esta materia, como dice el axioma de Lavoissier, nada se pierde… aunque muy poco se crea. Tras las exageraciones de los pedagogos y los excesos de los noticieros vendrá la síntesis, y veremos imperar el verdadero periodismo, el periodismo que forma la opinión, que alza y derriba gobiernos, que hace triunfar teorías sanas, que es, en suma, el dueño de conciencias y de voluntades, y ese periodismo estará igualmente distante del que ejercían los que empuñaban la férula del dómine y del que ejercen los que para emular el premio que describió Cervantes, tratan de declarar quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo y quién el primero que se rascó la cabeza. Y ese periodismo, que enseñará, porque al fin y a la postre quitaríamos su función más hermosa a la hoja impresa si le quitáramos la tarea de difundir y extender nociones, y que describirá cosas y sucesos coetáneos porque no es el libro ni la enciclopedia, será antes que todo ameno, literario.

El precursor de esa tendencia armónica lo es, en mi opinión, D. Carlos Díaz Dufoo, uno de los escritores más elegantes que haya en México.

Crítica literaria, crítica teatral, editoriales tendenciosos, trabajos de vulgarización científica, lieds melancólicos, cuentos delicados, novelas cortas, todo lo ha escrito Díaz Dufoo, pudiéndose asentar como verdad innegable que si ha sido más o menos afortunado en la elección de sus asuntos no ha sido nunca fastidioso al desempeñarlos.

Pero si ha desflorado esas y otras cosas para complacer al público, que sin cesar pide “cuanto puede inventar la fantasía —en concebir delirios eminentes”, su aptitud, su verdadera aptitud, es sin duda el humorismo, esa sátira triste, esa ráfaga de sol en la llovizna, grata a los septentrionales y punto menos que incomprensible para nosotros.

Muchas de sus revistas, de sus “luces de bengala”, de sus artículos de todas clases tienen esa seriedad cómica, esa formalidad chistosa, ese regocijo terrible que sentiría quien llevara las entrañas traspasadas por un puñal buido y chanceara sobre su mala estrella.

Un amigo mío, cuyas opiniones me infunden tanto respeto que casi no me atrevo a discutirlas, llamaba a Díaz Dufoo el clair de lune de Gutiérrez Nájera. No juzgo, ni mucho menos, acertada tal denominación: el gran Duque era un espontáneo, un bondadoso, un tolerante; reía de los defectos ajenos con risa compasiva y suave como de quien embroma a un amigo diciéndole cosas punzantes mientras le da palmaditas en el hombro y le sonríe con faz dulce y cariñosa.

Díaz Dufoo es cáustico, es intencionado, es cruel. Toma a la risa por sorpresa; la acecha y la viola; como los viejos bíblicos, aguarda a que Susana se despoje del cinturón para atisbarla y gozarse en su desnudez, para analizarla y exponerla a la contemplación de los perversos.

Su chiste es doloroso como Swift cuando proponía de la más lógica y discreta manera que se matara a los niños irlandeses para alimentar el resto de la población con bocados sanos, y alegaba su desinterés para que se tomara la medida dado que su hijo menor contaba ya nueve años y que su mujer había llegado a la menopausia; como el de Thackeray cuando presentaba al galeongi el trozo de endemoniado potaje y veía a su compañero el diplomático caer accidentado.

Pero esas ráfagas pasan y queda el escritor exquisito que dice todas las cosas con frase clara, comprensiva y justa, que no se extravía, que no se pierde, que no sufre eclipses ni olvidos y que posee las dos grandes fuerzas del periodista: una instrucción enciclopédica y una memoria a prueba de años y negocios.

Díaz Dufoo, burlando, ha enseñado más economía política, más filosofía de la historia, más arte de gobernar y más derecho constitucional que muchos editoriales sesudos, que muchos autores de infolios que podían haber estampado en la segunda página de sus libros la frase de Cambronne sin que nadie se asustara ni pusiese por ello el grito en el cielo.

Nació periodista, y si el periodismo no hubiese existido aquí, habría habido que inventarlo para él.

No ha coleccionado sus artículos, aunque alguna vez lo ha prometido, y en verdad que tiene razón. ¿Qué va a dar a conocer si lo suyo lo conoce todo el mundo? Y luego, sus trabajos, con alusiones a cosas y personas, a objetos y sucesos ya pasados y olvidados ya, ¿se leerán con igual interés que cuando respondieron a la necesidad del día, a la sensación del momento, cuando fueron la nota verdadera, oportuna e insustituible? De alguien más que de los cómicos y cantantes debía Musset haberse acordado cuando escribió sus estancias a la Malibrán. Los periodistas son también voces que se extinguen y que cuando hablan a un público distinto del que los escuchó pasan tan desconocidos como si fueran seres de otro planeta.

Pero lo que nunca pasará porque representa una época feliz de transición del periodismo vetusto al moderno, es la silueta simpática del autor de En revenant de la Revue y de tantas dichosas e intencionadas creaciones.

Carlos de la Concepción María Díaz Dufoo nació en el Puerto de Veracruz el 4 de diciembre de 1861 y falleció en la Ciudad de México el 6 de septiembre de 1941. Escritor, dramaturgo, periodista, editor, economista, historiador y pedagogo. Sus padres fueron el doctor Pedro Díaz Fernández, español nacionalizado mexicano, y Matilde Dufoo, veracruzana.

En 1867, cuando tenía seis años, fue a radicar con su familia a Europa: Madrid, Sevilla y París. En Madrid hizo sus primeras armas en El Globo, periódico que dirigía Emilio Castelar. Colaboró también en el Madrid Cómico de Sinesio Delgado. De regreso a México, en julio de 1884, escribió en La Prensa, de Agustín Arroyo de Anda, y después en El Nacional, de Gonzalo A. Esteva. En 1887 radicó en su ciudad natal para dirigir El Ferrocarril Veracruzano, y de allí pasó a Jalapa donde se hizo cargo de La Bandera Veracruzana.

Tras una breve estancia en Veracruz, y luego de un duelo, apadrinado por Salvador Díaz Mirón, del que resultó victorioso, volvió a la Ciudad de México, donde formó parte de la redacción de El Siglo xix y de El Universal, de Rafael Reyes Spíndola. Al lado de Manuel Gutiérrez Nájera fundó la Revista Azul el 6 de mayo de 1894, y a la muerte de éste (3 de febrero de 1895) continuó dirigiéndola y tratando de conservar el espíritu que el poeta le imprimiera, hasta su desaparición el 11 de octubre de 1896. Díaz Dufoo fue el colaborador más asiduo en la vida de la Revista, publicó ensayos, relatos y, sobre todo, crónicas, la mayoría de éstas pertenecen a su columna semanal “Azul pálido”, que firmaba con el seudónimo Petit Bleu; algunas más aparecieron firmadas por Monaguillo o con su propio nombre. Otra de las facetas con que participó en la Revista fue la de narrador, género en el que publicó varios relatos que, posteriormente, formaron parte de su volumen Cuentos nerviosos (1901).

En 1896, cuando el gobierno de Porfirio Díaz concentró en un solo beneficiario las subvenciones que antes repartiera a varios periódicos, Díaz Dufoo con Reyes Spíndola crearon un periódico que rompía “los moldes de la antigua prensa ministerial”, El Imparcial, a cuya redacción perteneció hasta 1912, primero como jefe de redacción y más tarde como director. En 1912 también dirigió El Mundo y colaboró en El Cómico con artículos firmados con el seudónimo de Monaguillo.

Fue diputado al Congreso de la Unión de 1896 a 1912 y fue miembro de la Comisión de Presupuestos desde 1901 hasta 1910. Fue miembro de la comisión mexicana que concurrió a la Exposición de París de 1900, circunstancia que le permitió visitar algunas capitales europeas y asistir a varios congresos internacionales.

Desde 1901, Manuel Zapata y él dirigieron El Economista Mexicano hasta 1911. Desaparecido El Imparcial de Reyes Spíndola, Dufoo hizo una pausa de cinco años en sus tareas periodísticas que reanudó en 1917 como fundador y editorialista de Excelsior, y colaboró al mismo tiempo en Revista de Revistas.

Ocupó la silla número 8 de la Academia Mexicana de la Lengua, como académico correspondiente en 1927, y como académico de número a partir del 21 de noviembre de 1934. Su discurso de ingreso “De Manuel Gutiérrez Nájera a Luis G. Urbina” fue pronunciado el 15 de mayo de 1935.

En su faceta como dramaturgo destacan las obras: Entre vecinos y De gracia (ambas de 1885), Padre mercader… (1929), La fuente del Quijote (1930) y Sombras de mariposas (1937).

Entre sus firmas están: Ambrosio, Argos, C.D.D. (iniciales de su nombre), Gran Eleazar, Cualquiera, Monaguillo, Petit Bleu, Pistache, El Implacable (seudónimo colectivo), XYZ.

Fue considerado el primer economista de su tiempo. Participó como en diversos consejos de importantes empresas. Fue profesor de Estadística, por oposición, de la Escuela Superior de Comercio y Administración, que dirigió años más tarde. Impartió la cátedra de Economía Política en la Escuela de Jurisprudencia y la de Economía Política Nacional en la Escuela Libre de Derecho.

La figura de Díaz Dufoo como periodista ha sido destacada con frecuencia. Amado Nervo y Victoriano Salado Álvarez ofrecieron una valoración más subjetiva, de afinidad personal en la que no hubo juicios críticos. Nervo consideró Robinson mexicano (1904) como el libro más afortunado de Dufoo y relevante por ocuparse de la educación de los niños. En su respuesta al discurso de ingreso de Díaz Dufoo a la Academia, Federico Gamboa encomió la persona y la obra del escritor veracruzano. Ofreció una biografía de tono íntimo y apuntó ciertas huellas de otros escritores en el humorismo que caracteriza sus textos.

José de Jesús Núñez y Domínguez resaltó que su obra Limantour es un libro producto del estudio acucioso de este personaje en el que Dufoo destacó las cualidades del secretario de Hacienda en todas las etapas de su vida.

Harley D. Oberhelman presenta someramente su papel como fundador de la Revista Azul y su contribución literaria a esa revista. Ana Elena Díaz Alejo y Ernesto Prado Velázquez sitúan a Díaz Dufoo como el mejor representante de la crisis del espíritu “fin de siglo”, y hacen una reseña de su columna “Azul pálido”. Jorge von Ziegler estudió el papel de Gutiérrez Nájera y Díaz Dufoo en la fundación y orientación de la Revista Azul, su importancia y trascendencia en su época.

Ahora bien, desde los estudios de Ziegler se ha revalorado la figura de Dufoo, ya no asociado a Gutiérrez Nájera, sino como escritor de diversos géneros durante los 45 años que siguieron a la muerte de El Duque Job. Nallely Pérez Sánchez en El azul pálido de Petit Bleu: aproximación a las cavilaciones de Carlos Díaz Dufoo (2014), analiza la significativa presencia de Díaz Dufoo en la fundación y consolidación de la Revista Azul por su trabajo como director y como colaborador; destaca su columna “Azul pálido” para revalorar su obra crítica y ofrece importantes datos sobre las consideraciones que hace el propio escritor sobre el decadentismo.

Por su parte, Ana Laura Zavala Díaz considera a Dufoo como un escritor atento y sensible a la crítica antidecadente, “así como el que dejó mayor cantidad de testimonios sobre la cuestión, casi todos ellos incluidos en las páginas de la Revista Azul. La autora señala la oscilación del escritor entre el rechazo y la aceptación del decadentismo como el movimiento encargado de concretar las ansias culturales de integración universalista de México. Al analizar los Cuentos nerviosos, Zavala Díaz advierte que una de sus aportaciones fue que, al emplear algunos de los elementos decadentes, partió de la idea de que el malestar fin de siglo simbolizaba una de las fuentes nutricias del arte occidental, es decir, que tras los síntomas de la degeneración latía un resurgimiento social.

Con frecuencia, algunos de los relatos de Díaz Dufoo han sido incluido en antologías de cuento mexicano del siglo xix, entre otros “Una duda”, en Antología de cuentos mexicanos (1875-1910), de Joaquín Ramírez (antolog.); “Guitarras y fusiles”, en Dos siglos de cuento mexicano. xix y xx, de Jaime Erasto Cortés (antolog.); “Por qué la mató” y la segunda parte de “Historia del Boulevard”, en La creación literaria en Veracruz, de Miguel Bustos Cerecedo; “La autopsia”, en Voces narrativas de Veracruz (1837-1989), de José Luis Martínez Morales y Sixto Rodríguez Hernández (antologs.); “Catalepsia”, “Una duda” y “Autopsia” en El cuento mexicano en el modernismo (Antología), de Ignacio Díaz Ruiz (antolog.). Por su parte Luis Leal esbozó un apunte crítico sobre el lenguaje usado por Díaz Dufoo en el cuento “Por qué la mato”.

Textos nerviosos (1984) recoge los 16 textos de Cuentos nerviosos, así como una serie de ensayos que habían aparecido publicados en la Revista Azul, y testimonios de la vida y de la obra de Dufoo de escritores contemporáneos suyos. Jorge Rufinelli editó también Cuentos nerviosos y Padre mercader…, considerada su obra de teatro más importante.

En los últimos años se han realizado estudios sobre los Cuentos nerviosos, en los que se revela al escritor múltiple y su real y profunda significación en el panorama de nuestras letras. Martínez Morales y Rodríguez Hernández afirman que Cuentos nerviosos presentan temas que pertenecen a “otra realidad”, experiencias que son desequilibradas, desconcertantes, y destacan la importancia de la atmósfera que va creando el autor; aluden también a las influencias en la narrativa del veracruzano. Emmanuel Carballo afirmó que los temas de Cuentos nerviosos son afines al naturalismo con el estilo y la visión del mundo modernista. Dulce Diana Aguirre López analizó los rasgos modernos en estos textos, las fórmulas propias del modernismo literario que incluyeron elementos del ideario decadente, y la presencia de temas que incumbieron al hombre moderno.

En la revaloración de la obra de Díaz Dufoo cabe mencionar el estudio de Nydia Irazema León Jiménez sobre el discurso en la obra de teatro Sombras de mariposas (2015), tesis de licenciatura.

Para Jesús Silva Herzog, Díaz Dufoo era un divulgador de la ciencia económica, sin embargo, considera que sus ideas eran impermeables a toda corriente intelectual nueva, lo que hacía que tuviera una marcada influencia en los círculos conservadores de la época.

Seudónimos:
  • Ambrosio
  • Petit Bleu
  • Monaguillo
  • Argos
  • C.D.D.
  • Gran Eleazar
  • Cualquiera
  • Pistache
  • El Implacable
  • XYZ

Instituciones, distinciones o publicaciones


Revista Azul
Fecha de ingreso: 06 de mayo de 1894
Fecha de egreso: 1896
Redactor y propietario