Carlos Díaz Dufoo


27 jun 2014 / 11:18

Nació en Veracruz, Veracruz, en 1861 y murió en la Ciudad de México en 1941. Dramaturgo, periodista y economista. Cuando era estudiante, en España, colaboró en El Globo de Emilio Castellar. Fundó la Revista Azul con Manuel Gutiérrez Nájera y El Imparcial con Rafael Spíndola. Colaboró en El Demócrata y en el Excélsior. Dirigió El Economista Mexicano.


Notas: "El padre mercader" fue la primera comedia mexicana que alcanzó cien representaciones ininterrumpidas desde su estreno, el 24 de agosto de 1929. "La jefa", según el Diccionario de Escritores Mexicanos (1967), no parece haber sido estrenada ni editada. Escribió diversos libros sobre temas económicos.



27 jun 2014 / 11:39

Nació en Veracruz, Veracruz, y murió en Ciudad de México. Periodista, narrador y dramaturgo, participó con Manuel Gutiérrez Nájera en la fundación de la Revista Azul (1894), y con Rafael Reyes Spíndola, en el periódico El imparcial (1896). Fue director también de la revista especializada El economista mexicano (1901-1911) y colaborador asiduo de periódicos como Excélsior y Revista de Revistas. Fue diputado en varias ocasiones y —por sus conocimientos de economía— formó parte de comisiones de presupuestos. Fue profesor en diversas escuelas de comercio, así como en la de jurisprudencia y en la Escuela Libre de Derecho. Su obra dramática alcanzó los favores del público, particularmente Padre Mercader (1929), que alcanzó la —para entonces extraordinaria— cifra de cien representaciones consecutivas. Obra dramática: Entre vecinos (1884), De gracia (1884), Padre Mercader (1929), La fuente del Quijote (1930), Palabras (1931), La jefa (1931) y Sombra de mariposas (1936).



10 sep 2013 / 09:20

Creo firmemente que el periodismo doctrinario, con sus editoriales serios como colchones, sus tratados breves acerca de la soberanía, de las funciones del poder público y de las relaciones entre el Estado y la Iglesia —tomados directamente de Burlamaqui o de Prisco— y sus artículos tediosos, blancos o negros, oposicionistas rabiosos o gobiernistas à outrance, está mandado retirar y no resucitará nunca; pero, en cambio, creo también que el periodismo actual, en que el repórter es el árbitro que manda y gobierna, que dispone y usufructúa, no puede durar ni lo que la verdura de las eras. En esta materia, más que en ninguna otra, podemos decir que tras la acción ha venido la reacción: después de los articulazos de Martínez o de Zarco o de Aguilar y Marocho, repletos de erudición, de citas, de razonamientos y de teoría, hemos llegado a los reportazgos en que se agotan las minimeces, se menudean los detalles y se puntualiza lo más insignificante con el primer con que aquel mal escultor del ejemplo clásico esculpía en la estatua uñas y cabellos. Y gracias que la fiebre va cediendo y que el pujo de dar mejores y más reseñas se va moderando, pues a la fecha ya sólo como reliquia se guardan aquellos planitos que señalaban el rastro de la sangre que había dejado la víctima o el camino que había recorrido el asesino, y aquellas descripciones de jurados en que se contendía sobre si el inculpado llevaba en la camisa pechera de hilo o de algodón. Pero afortunadamente en esta materia, como dice el axioma de Lavoissier, nada se pierde… aunque muy poco se crea. Tras las exageraciones de los pedagogos y los excesos de los noticieros vendrá la síntesis, y veremos imperar el verdadero periodismo, el periodismo que forma la opinión, que alza y derriba gobiernos, que hace triunfar teorías sanas, que es, en suma, el dueño de conciencias y de voluntades, y ese periodismo estará igualmente distante del que ejercían los que empuñaban la férula del dómine y del que ejercen los que para emular el premio que describió Cervantes, tratan de declarar quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo y quién el primero que se rascó la cabeza. Y ese periodismo, que enseñará, porque al fin y a la postre quitaríamos su función más hermosa a la hoja impresa si le quitaramos la tarea de difundir y extender nociones, y que describirá cosas y sucesos coetáneos porque no es el libro ni la enciclopedia, será antes que todo ameno, literario.

El precursor de esa tendencia armónica lo es, en mi opinión, D. Carlos Díaz Dufoo, uno de los escritores más elegantes que haya en México.

Crítica literaria, crítica teatral, editoriales tendenciosos, trabajos de vulgarización científica, lieds melancólicos, cuantos delicados, novelas cortas, todo lo ha escrito Díaz Dufoo, pudiéndose asentar como verdad innegable que si ha sido más o menos afortunado en la elección de sus asuntos no ha sido nunca fastidioso al desempeñarlos.

Pero si ha desflorado esas y otras cosas para complacer al público, que sin cesar pide “cuanto puede inventar la fantasía —en concebir delirios eminentes”, su aptitud, su verdadera aptitud, es sin duda el humorismo, esa sátira triste, esa ráfaga de sol en la llovizna, grata a los septentrionales y punto menos que incomprensible para nosotros.

Muchas de sus revistas, de sus “luces de bengala”, de sus artículos de todas clases tienen esa seriedad cómica, esa formalidad chistosa, ese regocijo terrible que sentiría quien llevara las entrañas traspasadas por un puñal buido y chanceara sobre su mala estrella.

Un amigo mío, cuyas opiniones me infunden tanto respeto que casi no me atrevo a discutirlas, llamaba a Díaz Dufoo el clair de lune de Gutiérrez Nájera. No juzgo, ni mucho menos, acertada tal denominación: el gran Duque era un espontáneo, un bondadoso, un tolerante; reía de los defectos ajenos con risa compasiva y suave como de quien embroma a un amigo diciéndole cosas punzantes mientras le da palmaditas en el hombro y le sonríe con faz dulce y cariñosa.

Díaz Dufoo es cáustico, es intencionado, es cruel. Toma a la risa por sorpresa; la acecha y la viola; como los viejos bíblicos, aguarda a que Susana se despoje del cinturón para atisbarla y gozarse en su desnudez, para analizarla y exponerla a la contemplación de los perversos.

Su chiste es doloroso como Swift cuando proponía de la más lógica y discreta manera que se matara a los niños irlandeses para alimentar el resto de la población con bocados sanos, y alegaba su desinterés para que se tomara la medida dado que su hijo menor contaba ya nueve años y que su mujer había llegado a la menopausia; como el de Thackeray cuando presentaba al galeongi el trozo de endemoniado potaje y veía a su compañero el diplomático caer accidentado.

Pero esas ráfagas pasan y queda el escritor exquisito que dice todas las cosas con frase clara, comprensiva y justa, que no se extravía, que no se pierde, que no sufre eclipses ni olvidos y que posee las dos grandes fuerzas del periodista: una instrucción enciclopédica y una memoria a prueba de años y negocios.

Díaz Dufoo, burlando, ha enseñado más economía política, más filosofía de la historia, más arte de gobernar y más derecho constitucional que muchos editoriales sesudos, que muchos autores de infolios que podían haber estampado en la segunda página de sus libros la frase de Cambronne sin que nadie se asustara ni pusiese por ello el grito en el cielo.

Nació periodista, y si el periodismo no hubiese existido aquí, habría habido que inventarlo para él.

No ha coleccionado sus artículos, aunque alguna vez lo ha prometido, y en verdad que tiene razón. ¿Qué va a dar a conocer si lo suyo lo conoce todo el mundo¿ Y luego, sus trabajos, con alusiones a cosas y personas, a objetos y sucesos ya pasados y olvidados ya, ¿se leerán con igual interés que cuando respondieron a la necesidad del día, a la sensación del momento, cuando fueron la nota verdaderoa, oportuna e insustituible? De alguien más que de los cómicos y cantantes debía Musset haberse acordado cuando escribió sus estancias a la Malibrán. Los periodistas son también voces que se extinguen y que cuando hablan a un público distinto del que los escuchó pasan tan desconocidos como si fueran seres de otro planeta.

Pero lo que nunca pasará porque representa una época feliz de transición del periodismo vetusto al moderno, es la silueta simpática del autor de En revenant de la Revue y de tantas dichosas e intencionadas creaciones.

 

Victoriano Salado Álvarez



27 jun 2014 / 11:54

Creo firmemente que el periodismo doctrinario, con sus editoriales serios como colchones, sus tratados breves acerca de la soberanía, de las funciones del poder público y de las relaciones entre el Estado y la Iglesia —tomados directamente de Burlamaqui o de Prisco— y sus artículos tediosos, blancos o negros, oposicionistas rabiosos o gobiernistas à outrance, está mandado retirar y no resucitará nunca; pero, en cambio, creo también que el periodismo actual, en que el repórter es el árbitro que manda y gobierna, que dispone y usufructúa, no puede durar ni lo que la verdura de las eras. En esta materia, más que en ninguna otra, podemos decir que tras la acción ha venido la reacción: después de los articulazos de Martínez o de Zarco o de Aguilar y Marocho, repletos de erudición, de citas, de razonamientos y de teoría, hemos llegado a los reportazgos en que se agotan las minimeces, se menudean los detalles y se puntualiza lo más insignificante con el primor con que aquel mal escultor del ejemplo clásico esculpía en la estatua uñas y cabellos. Y gracias que la fiebre va cediendo y que el pujo de dar mejores y más reseñas se va moderando, pues a la fecha ya sólo como reliquia se guardan aquellos planitos que señalaban el rastro de la sangre que había dejado la víctima o el camino que había recorrido el asesino, y aquellas descripciones de jurados en que se contendía sobre si el inculpado llevaba en la camisa pechera de hilo o de algodón. Pero afortunadamente en esta materia, como dice el axioma de Lavoissier, nada se pierde… aunque muy poco se crea. Tras las exageraciones de los pedagogos y los excesos de los noticieros vendrá la síntesis, y veremos imperar el verdadero periodismo, el periodismo que forma la opinión, que alza y derriba gobiernos, que hace triunfar teorías sanas, que es, en suma, el dueño de conciencias y de voluntades, y ese periodismo estará igualmente distante del que ejercían los que empuñaban la férula del dómine y del que ejercen los que para emular el premio que describió Cervantes, tratan de declarar quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo y quién el primero que se rascó la cabeza. Y ese periodismo, que enseñará, porque al fin y a la postre quitaríamos su función más hermosa a la hoja impresa si le quitáramos la tarea de difundir y extender nociones, y que describirá cosas y sucesos coetáneos porque no es el libro ni la enciclopedia, será antes que todo ameno, literario.


El precursor de esa tendencia armónica lo es, en mi opinión, D. Carlos Díaz Dufoo, uno de los escritores más elegantes que haya en México.

Crítica literaria, crítica teatral, editoriales tendenciosos, trabajos de vulgarización científica, lieds melancólicos, cuentos delicados, novelas cortas, todo lo ha escrito Díaz Dufoo, pudiéndose asentar como verdad innegable que si ha sido más o menos afortunado en la elección de sus asuntos no ha sido nunca fastidioso al desempeñarlos.

Pero si ha desflorado esas y otras cosas para complacer al público, que sin cesar pide “cuanto puede inventar la fantasía —en concebir delirios eminentes”, su aptitud, su verdadera aptitud, es sin duda el humorismo, esa sátira triste, esa ráfaga de sol en la llovizna, grata a los septentrionales y punto menos que incomprensible para nosotros.

Muchas de sus revistas, de sus “luces de bengala”, de sus artículos de todas clases tienen esa seriedad cómica, esa formalidad chistosa, ese regocijo terrible que sentiría quien llevara las entrañas traspasadas por un puñal buido y chanceara sobre su mala estrella.

Un amigo mío, cuyas opiniones me infunden tanto respeto que casi no me atrevo a discutirlas, llamaba a Díaz Dufoo el clair de lune de Gutiérrez Nájera. No juzgo, ni mucho menos, acertada tal denominación: el gran Duque era un espontáneo, un bondadoso, un tolerante; reía de los defectos ajenos con risa compasiva y suave como de quien embroma a un amigo diciéndole cosas punzantes mientras le da palmaditas en el hombro y le sonríe con faz dulce y cariñosa.

Díaz Dufoo es cáustico, es intencionado, es cruel. Toma a la risa por sorpresa; la acecha y la viola; como los viejos bíblicos, aguarda a que Susana se despoje del cinturón para atisbarla y gozarse en su desnudez, para analizarla y exponerla a la contemplación de los perversos.

Su chiste es doloroso como Swift cuando proponía de la más lógica y discreta manera que se matara a los niños irlandeses para alimentar el resto de la población con bocados sanos, y alegaba su desinterés para que se tomara la medida dado que su hijo menor contaba ya nueve años y que su mujer había llegado a la menopausia; como el de Thackeray cuando presentaba al galeongi el trozo de endemoniado potaje y veía a su compañero el diplomático caer accidentado.

Pero esas ráfagas pasan y queda el escritor exquisito que dice todas las cosas con frase clara, comprensiva y justa, que no se extravía, que no se pierde, que no sufre eclipses ni olvidos y que posee las dos grandes fuerzas del periodista: una instrucción enciclopédica y una memoria a prueba de años y negocios.

Díaz Dufoo, burlando, ha enseñado más economía política, más filosofía de la historia, más arte de gobernar y más derecho constitucional que muchos editoriales sesudos, que muchos autores de infolios que podían haber estampado en la segunda página de sus libros la frase de Cambronne sin que nadie se asustara ni pusiese por ello el grito en el cielo.

Nació periodista, y si el periodismo no hubiese existido aquí, habría habido que inventarlo para él.

No ha coleccionado sus artículos, aunque alguna vez lo ha prometido, y en verdad que tiene razón. ¿Qué va a dar a conocer si lo suyo lo conoce todo el mundo? Y luego, sus trabajos, con alusiones a cosas y personas, a objetos y sucesos ya pasados y olvidados ya, ¿se leerán con igual interés que cuando respondieron a la necesidad del día, a la sensación del momento, cuando fueron la nota verdadera, oportuna e insustituible? De alguien más que de los cómicos y cantantes debía Musset haberse acordado cuando escribió sus estancias a la Malibrán. Los periodistas son también voces que se extinguen y que cuando hablan a un público distinto del que los escuchó pasan tan desconocidos como si fueran seres de otro planeta.

Pero lo que nunca pasará porque representa una época feliz de transición del periodismo vetusto al moderno, es la silueta simpática del autor de En revenant de la Revue y de tantas dichosas e intencionadas creaciones.

Victoriano Salado Álvarez



Seudónimos:

  • Ambrosio

Catálogo de seudónimos, anagramas, iniciales y otros alias usados por escritores mexicanos y extranjeros que han publicado en México, de María del Carmen Ruiz Casañeda y Sergio Márquez Acevedo (México: Universidad Nacional Autónoma de México / Instituto de Investigaciones Bibliográficas [Instrumenta Bibliographica; 6], 2000).


 
 
Grabado: Julio Ruelas
Grabado: Julio Ruelas

Carlos Díaz Dufoo

1861
Veracruz, Veracruz
1941
Ciudad de México

Derecho de autormostrar

Código Civil de 1884

Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos

Código Civil de 1928, Título segundo


OBRA PUBLICADA


BIBLIOGRAFÍA RELACIONADA

Institución (es):
Revista Azul
Fecha de ingreso: 06 de mayo de 1894
Fecha de egreso: 1896
Redactor y propietario