Salvador Díaz Mirón

Nació en 1853 y murió en 1928 en Veracruz, Veracruz. Autor muy importante de la lírica hispanoamericana. Influyó en los poetas de su tiempo, sobre todo en Rubén Darío y Santos Chocano. Fue diputado. Tuvo una vida agitada que le deparó persecuciones, encarcelamientos, duelos y destierros. Vivió exiliado en La Habana donde se ganó la vida como maestro en escuelas privadas. Dirigió El Veracruzano, El Diario, El Orden y El Imparcial.


Díaz Mirón saltó al coso como un campeón de armas deslumbrantes. Su poesía de la primera etapa, huguiana y oratoria, alcanzó un gran éxito popular, y él mismo la hizo olvidar después con su segunda manera. Entonces cultivó trabajosamente un arte torturado, enigmático y caprichoso, rico de secretos no enteramente esclarecidos. Los increíbles desmayos del gusto alternan en él con estupendos aciertos de perfección formal. Fue un gran descriptivo y un soberbio hacedor de versos, para quien la lengua era como una amante sumisa. Asumió aire y ademanes geniales, pero sus ideas eran más bien de corto alcance, y su verdadera heroicidad mental y personal se sació en la investigación de los enigmas poéticos.

 


A los 21 años publica sus primeros versos en La Concordia de Veracruz, dos años después inicia su labor periodística con algunos artículos de carácter político, que aparecen en El Veracruzano, en su segunda época (su padre había fundado un periódico con el mismo nombre, en 1851). Su vida estuvo marcada por la acción, por la violencia; su carácter arrojado e iracundo siempre suscitó comentarios y le acarreó al mismo tiempo que acérrimos admiradores, fieles enemigos. Compartió la pluma con las armas y no siempre para la guerra, sino para defender su honor. En 1878, siendo diputado por Jalacingo, se bate a tiros en Orizaba, entonces capital del estado, su contrincante, Martín López, lo deja inutilizado del brazo izquierdo; y en 1883 mata, después de  haber sido agredido y herido, al abarrotero español Leandro Lloda. Destaca en la Cámara de Diputados por sus discusiones grandilocuentes y en el periodismo por sus colaboraciones a menudo directamente agresivas —como las acusaciones y retos al gobernador Luis Mier y Terán por haber mandado fusilar a algunos prisioneros complicados en una “conspiración lerdista”.

En 1892 mata a Federico Wolter en defensa propia en la ciudad de Veracruz y permanece, como consecuencia, durante cuatro años en la cárcel. Al salir de prisión se establece en Xalapa, donde funda y redacta en 1900 el periódico semanal El Orden; ese mismo año regresa a la Cámara de Diputados. En 1910 inicia la persecución de Santanón en el sur del estado y agrede a tiros en la cámara al diputado por Oaxaca, lo que le vale ser desaforado y recluido en la cárcel de Belén, de donde sale al año siguiente, para reintegrarse a la Legislatura.

En 1912 se traslada a Xalapa, en donde se le nombra director del Colegio Preparatorio, cargo que desempeña hasta 1913. Durante la dictadura de Huerta se le ofrece y acepta la dirección del periódico gobiernista El Imparcial; a la caída del usurpador, se exilia en Santander, España; en 1917 pasa a La Habana en donde se gana la vida dando clases, hasta que en 1919 Carranza autoriza su regreso a México. Se establece en 1920 en su ciudad natal, en la que se le restituyen sus bienes. Renuncia a una pensión que le ofrece el presidente Álvaro Obregón y a las cátedras que le ofrece José Vasconcelos, entonces secretario de Educación.

En 1927, frustrado un proyecto de homenaje nacional en parte por la oposición de los jóvenes escritores vanguardistas que firmaban los manifiestos estridentistas, acepta la dirección del Colegio Preparatorio de Veracruz, puesto al que renuncia poco después por haber golpeado a un alumno insubordinado. Al morir, después de velarlo en el Anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria, se le enterró en la rotonda de los hombres ilustres.


Nació el 14 de diciembre de 1853 en el puerto de Veracruz. Su educación fue irregular y acabó por ser la de un autodidacto. Las primeras letras las recibió de su padre, el poeta y político Manuel Díaz Mirón; fue luego a la escuela dirigida por Manuel Díaz Costa y en 1865 siguió por algo más de un año los estudios preparatorios en el Seminario de Jalapa. Reacio a cualquier disciplina, volvió a Veracruz donde su primo, Domingo Díaz Tamariz, mayor que él y de considerable cultura, alentó y guió su formación literaria. A su pasión por la lectura el adolescente sumaba otras aficiones: la natación, la cacería y las armas, siempre buscando el mayor riesgo. Pronto surgió también el interés por las luchas sociales y políticas a través del periodismo, en el que se inició desde los catorce años. Hacia 1872, para alejarlo de la agresividad de la pandilla juvenil que comandaba, su padre lo envió a los Estados Unidos. Cuando volvió a Veracruz, a pesar del desorden de sus estudios, hablaba ya inglés, francés y tenía nociones de latín y de griego. Y aunque su afición por el revólver y su supremo ejercicio, los duelos para salvar el honor, se han vuelto consubstanciales con su temperamento, por estos años (1874) comienza a interesarse seriamente en la poesía. Como consecuencia de una campaña periodística sobre cuestiones políticas locales, en 1876 pasa algún tiempo, exiliado voluntariamente, de nuevo en los Estados Unidos. A su regreso, prosigue el periodismo político, criticando al gobierno, y gracias a la popularidad que ha obtenido y a su naciente fama como poeta, es electo diputado local en 1878 y se traslada a Orizaba, sede por entonces del gobierno veracruzano. Un primer incidente de violencia, el de Martín López, le deja a los veinticinco años el brazo izquierdo deformado e inútil, y exacerba su convicción de que un arma al menos es indispensable para la protección del honor de un inválido.

El fusilamiento, en 1879, de un grupo de supuestos conspiradores movió al diputado y periodista Díaz Mirón a publicar un artículo explosivo condenando el crimen y retando públicamente a duelo al gobernador. En 1881 casó con Genoveva Acea Remond y comenzó a trabajar en la agencia veracruzana del Banco Nacional de México; la felicidad del hogar no aquietó su violencia. En mayo de 1883, por una pendencia insignificante, dio muerte al tendero Leandro Llada que lo había golpeado. Fue absuelto, alegando legítima defensa, pero tuvo que abandonar su trabajo y se dedicó por entero a la política y a la poesía. Por estos años, deja lamentos y melancolías sentimentales, recibe la influencia del Víctor Hugo combativo y sus versos corresponden a aquella dureza altiva que había adoptado en su vida. Una vez más es elegido diputado, ahora al Congreso de la Unión, y la tribuna nacional va a permitirle alcanzar uno de sus momentos más brillantes al intervenir con vehemencia en la discusión de la deuda inglesa, a fines de 1884. Por un momento, vive convencido de que su misión es ser apóstol y mártir de la redención social. Pero cuando el general Díaz vuelve a la presidencia, después del intermedio de Manuel González, Díaz Mirón no es reelecto, y cuando años después regresa a la Cámara es para hundirse en silencio y apatía, sólo interrumpidos una vez para apoyar la ampliación del mandato presidencial. Mas a pesar de que su fama como poeta aumentaba y en 1886 se publica la primera recopilación de sus versosMéxico, El Parnaso Mexicano, durante el periódo que pertenece a la Cámara se exacerba su agresividad. Cuatro incidentes violentos más ocurren y acaban en duelos y disputas originados por una mirada despectiva o fricciones sin importancia. Y en 1892 choca con Lino Tenorio, jefe de los estibadores aduaneros, que parece haber sido el único contrincante que logra atemorizarlo. A mediados de 1892, poco antes de las elecciones para diputados en las que es candidato, ocurre el séptimo y uno de los más graves incidentes en el que Díaz Mirón mata por segunda vez, ahora a Federico Wólter. A pesar de que alega una vez más legítima defensa, permanece en prisión por cuatro años, decisivos para la maduración de su poesía. Poco después de su libertad se instala en Jalapa y pasa allí uno de sus periodos más tranquilos y fecundos. En 1901 se publicó en esa misma capital, en la Tipografía del Gobierno del Estado, su único libro autorizado, Lascas, una de las más notables obras poéticas mexicanas, que le valió también su rehabilitación pública. El producto de su venta, quince mil pesos, fue donado para equipar la biblioteca del Colegio Preparatorio de Jalapa. Poco antes, en 1900, Díaz Mirón había retornado a la Cámara de Diputados. Los años siguientes fueron de relativa tranquilidad, compartidos entre la inerte diputación y el disfrute del prestigio poético. Por estos años, la Academia Mexicana lo elige académico correspondiente, aunque nunca llega a ocupar un sillón de número. En 1908 participó en movimientos políticos locales, al parecer aspirando a la gubernatura del Estado y, a mediados de 1910, su reciente enemistad con el gobernador Dehesa lo llevó a un incidente ridículo, al pretender batir al forajido o guerrillero Santanón. Pasadas las fiestas del Centenario, en las que intervino con una composición de poco brillo, tuvo una reyerta más en la Cámara de Diputados con Juan C. Chapital, por la cual fue desaforado y permaneció preso cinco meses en la antigua cárcel de Belén. Se ha dicho que la Revolución, iniciada por entonces, le devolvió la libertad y lo reintegró a la Cámara. Sin embargo, Díaz Mirón, que poco antes había atacado a Madero, dejó la representación al suplente y partió a Jalapa, donde se le había nombrado director del Colegio Preparatorio. Allá permaneció, entregado a su nueva vocación magisterial, hasta que ocurrió el asesinato del presidente Madero y, meses después, la muerte de la esposa del poeta. Regresó entonces a la capital decidido a colaborar con el usurpador, volvió a su curul y se le confió la dirección de El Imparcial en el que escribió abyectos artículos en elogio de Huerta. Cuando éste abandonó la capital, Díaz Mirón salió también hacia Veracruz y luego a España y a Cuba, donde permaneció hasta 1919. Una orden de Carranza lo autorizó a volver a México. Se instaló en Veracruz, rehuyó a la ayuda oficial que se le ofreció y llevó una vida monótona y discreta de viejo porteño. En 1927, cuando contaba ya con setenta y cuatro años, fue nombrado director y profesor de literatura y de historia del Colegio Preparatorio de Veracruz. El maestro cautivaba a sus alumnos, pero aquel renacimiento espiritual se vio interrumpido por el noveno y último episodio de violencia. El alumno Carlos Ulibarri reaccionó a una reprimenda con un gesto amenzador para el maestro, lo que provocó que este lo golpeara en la cabeza con su revólver. Dimitió a su cargo, amargado por aquel acto. A principios de 1928 comenzó a sentirse enfermo y en junio de 1928 murió en Veracruz a los 75 años.

Acaso no sean tan contradictorios, como a primera vista parecería, la vida y el arte de Salvador Díaz Mirón. Aquellas reglas frenéticas que dominaron y arruinaron su vida fueron también las que impuso a su obra, que llegó a pulir con ambición y obsesión a veces pueriles en busca de una perfección inmaculada, y la altivez y la energía de algunos de sus versos están acordes con el temple de su vida. Lo extraño es, sin embargo, que este hombre violento y arrogante sea, al mismo tiempo, un poeta auténtico que escribía en ocasiones poemas admirables y conmovedores. El rigor formal, que acentuó a partir de su prisión en 1892, puede producir normalmente sólo versos eufónicos y obstáculos cuya superación deben apreciar los tratadistas. Lo singular es que en los poemas memorables de Díaz Mirón, este afán de perfección, cercano a la vez al ahorro verbal y a la elegancia latinos y al esplendor verbal de los poetas parnasistas, expresaba al mismo tiempo una intensidad emotiva, un admirable dibujo de la naturaleza, imágenes que parecen insuperables y aun un temblor ante el misterio. Y no puede afirmarse que el énfasis declamatorio de poemas de la primera época, como “A Byron” o “Víctor Hugo”, dominen en los años en los que también compuso poemas de tan delicado registro de sentimiento como “Toque”. Ciertamente, los mejores poemas de Lascas, como “El muerto”, “El fantasma”, “Beatus ille” y “A una araucaria”, siguen más bien una melodía interiorizada, de estirpe clásica. Pero, de nuevo, en uno de sus poemas de la última época, “Al chorro del estanque…”, se da un singular encuentro entre la expresión enfática, de brillos acerados, y el análisis de cuestión tan sutil como la lucha del poeta con sus creaciones. Poeta de contradicciones, contrastes y extrañezas, y en el que se alternan poemas del peor gusto con algunos de los momentos de más puro e intenso lirismo, Díaz Mirón es un caso excepcional y uno de los poetas mayores de la América hispánica.




1. México, El Parnaso Mexicano.


Seudónimos:

  • Espartaco

Catálogo de seudónimos, anagramas, iniciales y otros alias usados por escritores mexicanos y extranjeros que han publicado en México, de María del Carmen Ruiz Casañeda y Sergio Márquez Acevedo (México: Universidad Nacional Autónoma de México / Instituto de Investigaciones Bibliográficas [Instrumenta Bibliographica; 6], 2000).

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SALVADOR DÍAZ MIRÓN
14 de diciembre de 1853
Veracruz, Veracruz
12 de junio de 1928
Veracruz, Veracruz

OBRA PUBLICADA

BIBLIOGRAFÍA CRÍTICA