José Juan Tablada


24 oct 2013 / 11:29

Nació en la Ciudad de México en 1871 y murió en Nueva York, Estados Unidos de América, en 1945. Periodista y escritor. Profesor en Bellas Artes y en la Preparatoria. Diplomático en diversos países. Fue el precursor del verso ideográfico en nuestro país. Miembro de la Academia de la Lengua. Como periodista colaboró en El Universal (llegó a publicar 10 000 artículos en 50 años), El Imparcial, El Mundo Ilustrado, Revista de revistas, Excélsior, El Universal Ilustrado, La Falange y El Maestro, además de otras publicaciones en el extranjero.


Notas: En 1971 la UNAM inició la publicación de sus obras completas.



24 oct 2013 / 11:29

Nació en la Ciudad de México en 1871 y murió en Nueva York, Estados Unidos de América, en 1945. Periodista y escritor. Profesor en Bellas Artes y en la Preparatoria. Diplomático en diversos países. Fue el precursor del verso ideográfico en nuestro país. Miembro de la Academia de la Lengua. Como periodista colaboró en El Universal (llegó a publicar 10 000 artículos en 50 años), El Imparcial, El Mundo Ilustrado, Revista de revistas, Excélsior, El Universal Ilustrado, La Falange y El Maestro, además de otras publicaciones en el extranjero.


Notas: En 1971 la UNAM inició la publicación de sus obras completas.



03 oct 2013 / 14:07

Después de Rubén Darío y de Manuel Gutiérrez Nájera, ha sido José Juan Tablada el propagandista más avanzado de la actual estética francesa. Este literato es japonófilo por inclinación: se sintió desde el principio de su carrera, hermano menor de los Goncourt, y ellos lo llenaron de amor por las crisantemas y de veneración por las flores de lis.

¡Oh excelsos admiradores del Japón y del siglo diez y ocho!

De sus autores favoritos, de sus estudios y de sus lecturas, no ha tomado sino aquello que convenía a su temperamento y a la segura formación de su personalidad. Claro es que en la poesía de Tablada se siente la caricia de Baudelaire; se oye la voz unciosa de Verlaine, se ven pasar las sombras de los Poetas Malditos; pero el canto del Florilegio hace creaciones de sus reminiscencias, y en todas partes halla su sinceridad y su estilo.

Tablada es un espléndido colorista, y así en sus miniaturas como en sus lienzos decorativos, tiene toques de luz y matices de un vigor extraordinario. Los poemas exóticos son verdaderas joyas en este sentido. La Atlántida, el Canto de las gemas, los Fuegos artificiales, son un derroche de policromías admirables.

Lo que en Tablada parece artificial no es otra cosa que el hallazgo de alguna forma que la multitud no trasegó y que el artista aprovechó con la intuición maravillosa de su temperamento.

En efecto: no hay exquisiteces más francas, más espontáneas ni más hondamente sentidas, que las que caracterizan el Florilegio, cuyas páginas huelen, con una aristocrática vaguedad, a arrozales del Japón, a higos de Smirna, a incienso, y a no sé qué suave fragancia de bibelot tocado por manos de mujeres hermosas.

Mas, dentro del verso amplio, sonoro, transparente, como en el fondo de una copa de abierta corola de cristal, burbujea y bulle la sangre como vino generoso. La poesía de tablada, llena de primores, de finuras, de filigranas, obra de un aurifabrista delicioso, es un modelo de belleza. Y no sólo por su dicción pura y clara y por sus felices combinaciones rítmicas, seduce esta poesía nueva, sino porque, a la vez, tiene un eco lejano, pero constante, de gritos dolorosos.

En las composiciones baudelairianas se acentúa más el amargo resabio de sufrimiento descreído y martirizado, que el poeta deja escapar por entre las junturas de la rima.

Tablada es ante todo un apasionado; más bien, un pasional. De su pensamiento hiperestesiado por largos sueños y de su corazón rebosante de ternuras, ha salido esa dulce y musical elocuencia con que nos transmite sus raras emociones hasta transportarnos, por el poder de una divina taumaturgia, a sus extraños y luminosos paraísos.

Porque el poeta del Florilegio es un visionario refinado, que, por odio al vulgo, ama esos erotismos místicos, esas perversiones tramadas de sensualidad y de religión, en las que el deseo oficia como un sacerdote, en misteriosos y satánicos ritos. Tablada introdujo entre nosotros el nuevo estremecimiento de Baudelaire; y de sus viajes al alma enferma y hosca de Huysmans trajo el recuerdo de esas infernales y negras ceremonias. Cuando nos da a comulgar sus hostias negras, experimentamos una sensación de malestar complicada de voluptuosidad y de regocijo: en la obscuridad del templo enlutado, la tentación roza nuestros labios con sus alas velludas.

El poeta nos contagia con sus sueños de opio, y al rumor metálico de las estrofas, y a la luz intermitente de los tropos, sentimos que

 

El corazón desangra herido
por el cilicio de las penas
y corre el plomo derretido
de la neurosis en las venas.

Florilegio. “Misa negra”

 

¡Ah! Con cuánto placer llegamos al final del libro para murmurar como a la salida de un culto prohibido, el Laus Deo, con que mansa y serenamente se despide el poeta de nosotros, convencido ya de que el goce satánico no da la felicidad y sí el hastío.

Confieso que esta parte del libro es la más seductora para mí, porque al través de ella, como al través de un símbolo artístico, entreveo el espíritu de Tablada, triste, adolorido, inquieto, nostálgico de ideal y enfermo de escepticismo y desesperanza.

El “Ónix” —una admirable página moderna— es un profundo sollozo de la tristeza humana, un suspiro del dolor eterno, un grito de la infinita angustia de vivir.

Bien hizo en anunciarnos el poeta desde la portada que su libro era una jaula, una lápida y una lámpara; jaula de sus sueños, lápida del sepulcro de su fe, lámpara de su amor; su vida, en fin, el resumen de su vida intranquila que promete terminar en la beatífica tranquilidad de un arrepentido y de un resignado.

 

                                                                                                                       Luis G. Urbina

 



03 oct 2013 / 14:07

Después de Rubén Darío y de Manuel Gutiérrez Nájera, ha sido José Juan Tablada el propagandista más avanzado de la actual estética francesa. Este literato es japonófilo por inclinación: se sintió desde el principio de su carrera, hermano menor de los Goncourt, y ellos lo llenaron de amor por las crisantemas y de veneración por las flores de lis.

¡Oh excelsos admiradores del Japón y del siglo diez y ocho!

De sus autores favoritos, de sus estudios y de sus lecturas, no ha tomado sino aquello que convenía a su temperamento y a la segura formación de su personalidad. Claro es que en la poesía de Tablada se siente la caricia de Baudelaire; se oye la voz unciosa de Verlaine, se ven pasar las sombras de los Poetas Malditos; pero el canto del Florilegio hace creaciones de sus reminiscencias, y en todas partes halla su sinceridad y su estilo.

Tablada es un espléndido colorista, y así en sus miniaturas como en sus lienzos decorativos, tiene toques de luz y matices de un vigor extraordinario. Los poemas exóticos son verdaderas joyas en este sentido. La Atlántida, el Canto de las gemas, los Fuegos artificiales, son un derroche de policromías admirables.

Lo que en Tablada parece artificial no es otra cosa que el hallazgo de alguna forma que la multitud no trasegó y que el artista aprovechó con la intuición maravillosa de su temperamento.

En efecto: no hay exquisiteces más francas, más espontáneas ni más hondamente sentidas, que las que caracterizan el Florilegio, cuyas páginas huelen, con una aristocrática vaguedad, a arrozales del Japón, a higos de Smirna, a incienso, y a no sé qué suave fragancia de bibelot tocado por manos de mujeres hermosas.

Mas, dentro del verso amplio, sonoro, transparente, como en el fondo de una copa de abierta corola de cristal, burbujea y bulle la sangre como vino generoso. La poesía de tablada, llena de primores, de finuras, de filigranas, obra de un aurifabrista delicioso, es un modelo de belleza. Y no sólo por su dicción pura y clara y por sus felices combinaciones rítmicas, seduce esta poesía nueva, sino porque, a la vez, tiene un eco lejano, pero constante, de gritos dolorosos.

En las composiciones baudelairianas se acentúa más el amargo resabio de sufrimiento descreído y martirizado, que el poeta deja escapar por entre las junturas de la rima.

Tablada es ante todo un apasionado; más bien, un pasional. De su pensamiento hiperestesiado por largos sueños y de su corazón rebosante de ternuras, ha salido esa dulce y musical elocuencia con que nos transmite sus raras emociones hasta transportarnos, por el poder de una divina taumaturgia, a sus extraños y luminosos paraísos.

Porque el poeta del Florilegio es un visionario refinado, que, por odio al vulgo, ama esos erotismos místicos, esas perversiones tramadas de sensualidad y de religión, en las que el deseo oficia como un sacerdote, en misteriosos y satánicos ritos. Tablada introdujo entre nosotros el nuevo estremecimiento de Baudelaire; y de sus viajes al alma enferma y hosca de Huysmans trajo el recuerdo de esas infernales y negras ceremonias. Cuando nos da a comulgar sus hostias negras, experimentamos una sensación de malestar complicada de voluptuosidad y de regocijo: en la obscuridad del templo enlutado, la tentación roza nuestros labios con sus alas velludas.

El poeta nos contagia con sus sueños de opio, y al rumor metálico de las estrofas, y a la luz intermitente de los tropos, sentimos que

 

El corazón desangra herido
por el cilicio de las penas
y corre el plomo derretido
de la neurosis en las venas.

Florilegio. “Misa negra”

 

¡Ah! Con cuánto placer llegamos al final del libro para murmurar como a la salida de un culto prohibido, el Laus Deo, con que mansa y serenamente se despide el poeta de nosotros, convencido ya de que el goce satánico no da la felicidad y sí el hastío.

Confieso que esta parte del libro es la más seductora para mí, porque al través de ella, como al través de un símbolo artístico, entreveo el espíritu de Tablada, triste, adolorido, inquieto, nostálgico de ideal y enfermo de escepticismo y desesperanza.

El “Ónix” —una admirable página moderna— es un profundo sollozo de la tristeza humana, un suspiro del dolor eterno, un grito de la infinita angustia de vivir.

Bien hizo en anunciarnos el poeta desde la portada que su libro era una jaula, una lápida y una lámpara; jaula de sus sueños, lápida del sepulcro de su fe, lámpara de su amor; su vida, en fin, el resumen de su vida intranquila que promete terminar en la beatífica tranquilidad de un arrepentido y de un resignado.

 

                                                                                                                       Luis G. Urbina

 



16 dic 2013 / 14:28

José Juan Tablada realizó una extensa obra cuya primera época pertenece al periodo modernista finisecular, mientras que en la segunda es un suscitador de innovaciones vanguardistas. En su juventud, fue amigo y admirador de Manuel Gutiérrez Nájera. En 1890 se inició en el periodismo, con poemas y crónicas dominicales, “Rostros y máscaras”, que publicaba El Universal de Reyes Spíndola. En aquellas colaboraciones pueden advertirse ya algunos de los que serán intereses y rasgos dominantes de su obra: estampas de la vida mexicana, traducciones de Edmond de Goncourt sobre arte japonés, temas internacionales y versos audaces y refinados. A lo largo de medio siglo escribirá más de diez mil artículos y empleará varios seudónimos.

En prosa publicó sátiras políticas, la novela La resurrección de los ídolos (1924), la monografía sobre Hisroshigué, el pintor de la nieve y de la lluvia, de la noche y de la luna (1914), la Historia del arte en México (1927), la primera parte de sus memorias, La feria de la vida (1937) y Del humorismo a la carcajada (1944), además de sus crónicas. Fundó la excelente revista ilustrada a colores Mexican Art and Life (1938-1939).

Su prestigio como poeta se inició en 1894 con la publicación de “Ónix” en la Revista Azul; y su poema “Misa negra”, de 1898, escandalizó a algunos personajes y dio origen a la creación de la Revista Moderna.  Su primer libro de poemas, El florilegio, de 1899, se amplió en 1904. De junio a octubre de 1900 visitó el Japón, cuyas letras, artes y costumbres dejarán huella persistente en su obra. Impresiones de ese viaje quedan en las crónicas de El país del sol (Nueva York, 1919). En Coyoacán se construyó una casa de estilo japonés, donde lo visitó López Velarde. A otra de sus mecas intelectuales, París, viajó del otoño de 1911 a la primavera de 1912, y de allí surgieron las crónicas de Los días y las noches de París (1918).

Opuesto a Madero desde el inicio de su campaña política, y contra el cual había publicado una sátira en verso, Madero-Chantecler (1910), Tablada colaboró con el gobierno de Huerta. A la caída del usurpador emigró a Nueva York, que sería su residencia durante años. Cuando los zapatistas entraron a la ciudad de México, un tal Montes de Oca, a quien Tablada había protegido, haciéndose pasar por general zapatista, saqueó la casa japonesa de Coyoacán y destruyó entre otros bienes el manuscrito de la novela La nao de la China. En 1918 el presidente Carranza lo nombró secretario del servicio exterior y Tablada pasó algunos años en Bogotá y en Caracas. Realizó entonces una actividad laboral cultural y editó en Caracas dos de sus libros más importantes, Un día… (1919), con poemas sintéticos, a la manera de los haikú japoneses, que reveló y propagó en lengua española, y Li-Po y otros poemas (1920), de composiciones “ideográficas”, paralelas a los Calligrammes (1918), de Guillaume Apollinaire. José María González de Mendoza ha hecho notar que se trata de una coincidencia, pues los primeros “Madrigales ideográficos” del poeta mexicano son de 1911,  en tanto que los caligramas de Apollinaire son coetáneos de la guerra de 1914-1918.

Después de una breve estancia en México, Tablada volvió en 1920 a Nueva York donde fundó la Librería de los Latinos. Esta nueva estancia fue muy provechosa para el mejor conocimiento de México, entonces mal visto a causa de la Revolución,  y para llamar la atención de Estados Unidos sobre los nuevos artistas mexicanos, como José Clemente Orozco, Diego Rivera, Miguel Covarrubias y Adolfo Best Maugard, a los que destacará también en su Historia del arte en México. Uno de los poemas en francés de Tablada, “La croix du sud”, fue puesto en música por Edgar Varèse. De regreso en México, en 1923 un grupo de escritores jóvenes le dio un homenaje y se le llamó “poeta representativo de la juventud”. Volvió en 1945 a Nueva York, como vicecónsul y allá murió el 2 de agosto de ese año.

La poesía de Tablada es importante por su frescura lírica, su originalidad y por haber sido ventana abierta a perspectivas siempre renovadas. Si los más seguidos poetas mexicanos de estos años proponían la aventura interior, Tablada, por el contrario, como observó Octavio Paz, “experimentaba la fascinación del viaje, de la fuga, fuga de sí mismo y fuga de México”. Los poemas sintéticos a la japonesa, los “ideográficos”, las “disociaciones líricas” de El jarro de flores (Nueva York, 1922) o los “poemas mexicanos” de La feria (Nueva York, 1928) fueron experimentación, renovación formal, ruptura de tradiciones, sorpresa siempre y, muchas veces, espléndidas realizaciones poéticas. En el último de sus libros sintió la atracción del López Velarde de “La suave Patria” —en cuya muerte escribió un precioso “Retablo”—, pero no imitó la intimidad sentimental del poema sino que la convirtió en colorido rabioso y humor, en alegría y algarabía.

Él mismo sintetizó su credo estético en estas frases de una carta a González de Mendoza (Álbum Salón, mayo de 1919):

Todo depende del concepto que se tenga del Arte. Hay quien lo cree estático y definitivo; yo  lo creo en perpetuo movimiento y en continua renovación como los astros y como las células de nuestro cuerpo mismo [...] La Vida Universal puede sintetizarse en una sola palabra: Movimiento. El arte moderno está en marcha, y dentro de él la obra personal lo está también sobre sí misma, como el planeta, alrededor del sol.

 

El Centro de Estudios Literarios, de la UNAM, va publicando lentamente las Obras de Tablada. Hasta la fecha (1991) han aparecido los tomos I, de Poesía (1971), II, de Sátira política (1981) y III, Los días y las noches de París. Crónicas parisienses (1988). Dos libros de Tablada se han rescatado: El arca de Noé, lecturas sobre animales para niños de las escuelas primarias por J. J. T. y otros autores de fama mundial (1926, 1982) y Hongos mexicanos comestibles. Micología económica, manuscrito con ilustraciones de Tablada y de otros que donó éste a la Academia Mexicana de la Lengua y se editó, al cuidado de Andrea Martínez, en 1983.

Acerca de Tablada, véanse: Nina Cabrera de Tablada, José Juan Tablada en la intimidad (con cartas y poema inéditos), México, Imprenta Universitaria, 1954; los numerosos apuntes de José María González de Mendoza, en Ensayos selectos, México, Tezontle, 1970, y los estudios de Octavio Paz recogidos en Generaciones y semblanzas. Escritores y letras de México, México, FCE (México en la Obra de Octavio Paz, t. II), 1987.



16 dic 2013 / 14:28

José Juan Tablada realizó una extensa obra cuya primera época pertenece al periodo modernista finisecular, mientras que en la segunda es un suscitador de innovaciones vanguardistas. En su juventud, fue amigo y admirador de Manuel Gutiérrez Nájera. En 1890 se inició en el periodismo, con poemas y crónicas dominicales, “Rostros y máscaras”, que publicaba El Universal de Reyes Spíndola. En aquellas colaboraciones pueden advertirse ya algunos de los que serán intereses y rasgos dominantes de su obra: estampas de la vida mexicana, traducciones de Edmond de Goncourt sobre arte japonés, temas internacionales y versos audaces y refinados. A lo largo de medio siglo escribirá más de diez mil artículos y empleará varios seudónimos.

En prosa publicó sátiras políticas, la novela La resurrección de los ídolos (1924), la monografía sobre Hisroshigué, el pintor de la nieve y de la lluvia, de la noche y de la luna (1914), la Historia del arte en México (1927), la primera parte de sus memorias, La feria de la vida (1937) y Del humorismo a la carcajada (1944), además de sus crónicas. Fundó la excelente revista ilustrada a colores Mexican Art and Life (1938-1939).

Su prestigio como poeta se inició en 1894 con la publicación de “Ónix” en la Revista Azul; y su poema “Misa negra”, de 1898, escandalizó a algunos personajes y dio origen a la creación de la Revista Moderna.  Su primer libro de poemas, El florilegio, de 1899, se amplió en 1904. De junio a octubre de 1900 visitó el Japón, cuyas letras, artes y costumbres dejarán huella persistente en su obra. Impresiones de ese viaje quedan en las crónicas de El país del sol (Nueva York, 1919). En Coyoacán se construyó una casa de estilo japonés, donde lo visitó López Velarde. A otra de sus mecas intelectuales, París, viajó del otoño de 1911 a la primavera de 1912, y de allí surgieron las crónicas de Los días y las noches de París (1918).

Opuesto a Madero desde el inicio de su campaña política, y contra el cual había publicado una sátira en verso, Madero-Chantecler (1910), Tablada colaboró con el gobierno de Huerta. A la caída del usurpador emigró a Nueva York, que sería su residencia durante años. Cuando los zapatistas entraron a la ciudad de México, un tal Montes de Oca, a quien Tablada había protegido, haciéndose pasar por general zapatista, saqueó la casa japonesa de Coyoacán y destruyó entre otros bienes el manuscrito de la novela La nao de la China. En 1918 el presidente Carranza lo nombró secretario del servicio exterior y Tablada pasó algunos años en Bogotá y en Caracas. Realizó entonces una actividad laboral cultural y editó en Caracas dos de sus libros más importantes, Un día… (1919), con poemas sintéticos, a la manera de los haikú japoneses, que reveló y propagó en lengua española, y Li-Po y otros poemas (1920), de composiciones “ideográficas”, paralelas a los Calligrammes (1918), de Guillaume Apollinaire. José María González de Mendoza ha hecho notar que se trata de una coincidencia, pues los primeros “Madrigales ideográficos” del poeta mexicano son de 1911,  en tanto que los caligramas de Apollinaire son coetáneos de la guerra de 1914-1918.

Después de una breve estancia en México, Tablada volvió en 1920 a Nueva York donde fundó la Librería de los Latinos. Esta nueva estancia fue muy provechosa para el mejor conocimiento de México, entonces mal visto a causa de la Revolución,  y para llamar la atención de Estados Unidos sobre los nuevos artistas mexicanos, como José Clemente Orozco, Diego Rivera, Miguel Covarrubias y Adolfo Best Maugard, a los que destacará también en su Historia del arte en México. Uno de los poemas en francés de Tablada, “La croix du sud”, fue puesto en música por Edgar Varèse. De regreso en México, en 1923 un grupo de escritores jóvenes le dio un homenaje y se le llamó “poeta representativo de la juventud”. Volvió en 1945 a Nueva York, como vicecónsul y allá murió el 2 de agosto de ese año.

La poesía de Tablada es importante por su frescura lírica, su originalidad y por haber sido ventana abierta a perspectivas siempre renovadas. Si los más seguidos poetas mexicanos de estos años proponían la aventura interior, Tablada, por el contrario, como observó Octavio Paz, “experimentaba la fascinación del viaje, de la fuga, fuga de sí mismo y fuga de México”. Los poemas sintéticos a la japonesa, los “ideográficos”, las “disociaciones líricas” de El jarro de flores (Nueva York, 1922) o los “poemas mexicanos” de La feria (Nueva York, 1928) fueron experimentación, renovación formal, ruptura de tradiciones, sorpresa siempre y, muchas veces, espléndidas realizaciones poéticas. En el último de sus libros sintió la atracción del López Velarde de “La suave Patria” —en cuya muerte escribió un precioso “Retablo”—, pero no imitó la intimidad sentimental del poema sino que la convirtió en colorido rabioso y humor, en alegría y algarabía.

Él mismo sintetizó su credo estético en estas frases de una carta a González de Mendoza (Álbum Salón, mayo de 1919):

Todo depende del concepto que se tenga del Arte. Hay quien lo cree estático y definitivo; yo  lo creo en perpetuo movimiento y en continua renovación como los astros y como las células de nuestro cuerpo mismo [...] La Vida Universal puede sintetizarse en una sola palabra: Movimiento. El arte moderno está en marcha, y dentro de él la obra personal lo está también sobre sí misma, como el planeta, alrededor del sol.

 

El Centro de Estudios Literarios, de la UNAM, va publicando lentamente las Obras de Tablada. Hasta la fecha (1991) han aparecido los tomos I, de Poesía (1971), II, de Sátira política (1981) y III, Los días y las noches de París. Crónicas parisienses (1988). Dos libros de Tablada se han rescatado: El arca de Noé, lecturas sobre animales para niños de las escuelas primarias por J. J. T. y otros autores de fama mundial (1926, 1982) y Hongos mexicanos comestibles. Micología económica, manuscrito con ilustraciones de Tablada y de otros que donó éste a la Academia Mexicana de la Lengua y se editó, al cuidado de Andrea Martínez, en 1983.

Acerca de Tablada, véanse: Nina Cabrera de Tablada, José Juan Tablada en la intimidad (con cartas y poema inéditos), México, Imprenta Universitaria, 1954; los numerosos apuntes de José María González de Mendoza, en Ensayos selectos, México, Tezontle, 1970, y los estudios de Octavio Paz recogidos en Generaciones y semblanzas. Escritores y letras de México, México, FCE (México en la Obra de Octavio Paz, t. II), 1987.



02 dic 2013 / 10:07

Después de Rubén Darío y de Manuel Gutiérrez Nájera, ha sido José Juan Tablada el propagandista más avanzado de la actual estética francesa. Este literato es japonófilo por inclinación: se sintió desde el principio de su carrera, hermano menor de los Goncourt, y ellos lo llenaron de amor por las crisantemas y de veneración por las flores de lis.

¡Oh excelsos admiradores del Japón y del siglo diez y ocho!

De sus autores favoritos, de sus estudios y de sus lecturas, no ha tomado sino aquello que convenía a su temperamento y a la segura formación de su personalidad. Claro es que en la poesía de Tablada se siente la caricia de Baudelaire; se oye la voz unciosa de Verlaine, se ven pasar las sombras de los Poetas Malditos; pero el canto del Florilegio hace creaciones de sus reminiscencias, y en todas partes halla su sinceridad y su estilo.

Tablada es un espléndido colorista, y así en sus miniaturas como en sus lienzos decorativos, tiene toques de luz y matices de un vigor extraordinario. Los poemas exóticos son verdaderas joyas en este sentido. La Atlántida, el Canto de las gemas, los Fuegos artificiales, son un derroche de policromías admirables.

Lo que en Tablada parece artificial no es otra cosa que el hallazgo de alguna forma que la multitud no trasegó y que el artista aprovechó con la intuición maravillosa de su temperamento.

En efecto: no hay exquisiteces más francas, más espontáneas ni más hondamente sentidas, que las que caracterizan el Florilegio, cuyas páginas huelen, con una aristocrática vaguedad, a arrozales del Japón, a higos de Smirna, a incienso, y a no sé qué suave fragancia de bibelot tocado por manos de mujeres hermosas.

Mas, dentro del verso amplio, sonoro, transparente, como en el fondo de una copa de abierta corola de cristal, burbujea y bulle la sangre como vino generoso. La poesía de tablada, llena de primores, de finuras, de filigranas, obra de un aurifabrista delicioso, es un modelo de belleza. Y no sólo por su dicción pura y clara y por sus felices combinaciones rítmicas, seduce esta poesía nueva, sino porque, a la vez, tiene un eco lejano, pero constante, de gritos dolorosos.

En las composiciones baudelairianas se acentúa más el amargo resabio de sufrimiento descreído y martirizado, que el poeta deja escapar por entre las junturas de la rima.

Tablada es ante todo un apasionado; más bien, un pasional. De su pensamiento hiperestesiado por largos sueños y de su corazón rebosante de ternuras, ha salido esa dulce y musical elocuencia con que nos transmite sus raras emociones hasta transportarnos, por el poder de una divina taumaturgia, a sus extraños y luminosos paraísos.

Porque el poeta del Florilegio es un visionario refinado, que, por odio al vulgo, ama esos erotismos místicos, esas perversiones tramadas de sensualidad y de religión, en las que el deseo oficia como un sacerdote, en misteriosos y satánicos ritos. Tablada introdujo entre nosotros el nuevo estremecimiento de Baudelaire; y de sus viajes al alma enferma y hosca de Huysmans trajo el recuerdo de esas infernales y negras ceremonias. Cuando nos da a comulgar sus hostias negras, experimentamos una sensación de malestar complicada de voluptuosidad y de regocijo: en la obscuridad del templo enlutado, la tentación roza nuestros labios con sus alas velludas.

El poeta nos contagia con sus sueños de opio, y al rumor metálico de las estrofas, y a la luz intermitente de los tropos, sentimos que

 

El corazón desangra herido
por el cilicio de las penas
y corre el plomo derretido
de la neurosis en las venas.

Florilegio. “Misa negra”

 

¡Ah! Con cuánto placer llegamos al final del libro para murmurar como a la salida de un culto prohibido, el Laus Deo, con que mansa y serenamente se despide el poeta de nosotros, convencido ya de que el goce satánico no da la felicidad y sí el hastío.


Confieso que esta parte del libro es la más seductora para mí, porque al través de ella, como al través de un símbolo artístico, entreveo el espíritu de Tablada, triste, adolorido, inquieto, nostálgico de ideal y enfermo de escepticismo y desesperanza.

El “Ónix” —una admirable página moderna— es un profundo sollozo de la tristeza humana, un suspiro del dolor eterno, un grito de la infinita angustia de vivir.

Bien hizo en anunciarnos el poeta desde la portada que su libro era una jaula, una lápida y una lámpara; jaula de sus sueños, lápida del sepulcro de su fe, lámpara de su amor; su vida, en fin, el resumen de su vida intranquila que promete terminar en la beatífica tranquilidad de un arrepentido y de un resignado.

 

                                                                                                                       Luis G. Urbina



02 dic 2013 / 10:07

Después de Rubén Darío y de Manuel Gutiérrez Nájera, ha sido José Juan Tablada el propagandista más avanzado de la actual estética francesa. Este literato es japonófilo por inclinación: se sintió desde el principio de su carrera, hermano menor de los Goncourt, y ellos lo llenaron de amor por las crisantemas y de veneración por las flores de lis.

¡Oh excelsos admiradores del Japón y del siglo diez y ocho!

De sus autores favoritos, de sus estudios y de sus lecturas, no ha tomado sino aquello que convenía a su temperamento y a la segura formación de su personalidad. Claro es que en la poesía de Tablada se siente la caricia de Baudelaire; se oye la voz unciosa de Verlaine, se ven pasar las sombras de los Poetas Malditos; pero el canto del Florilegio hace creaciones de sus reminiscencias, y en todas partes halla su sinceridad y su estilo.

Tablada es un espléndido colorista, y así en sus miniaturas como en sus lienzos decorativos, tiene toques de luz y matices de un vigor extraordinario. Los poemas exóticos son verdaderas joyas en este sentido. La Atlántida, el Canto de las gemas, los Fuegos artificiales, son un derroche de policromías admirables.

Lo que en Tablada parece artificial no es otra cosa que el hallazgo de alguna forma que la multitud no trasegó y que el artista aprovechó con la intuición maravillosa de su temperamento.

En efecto: no hay exquisiteces más francas, más espontáneas ni más hondamente sentidas, que las que caracterizan el Florilegio, cuyas páginas huelen, con una aristocrática vaguedad, a arrozales del Japón, a higos de Smirna, a incienso, y a no sé qué suave fragancia de bibelot tocado por manos de mujeres hermosas.

Mas, dentro del verso amplio, sonoro, transparente, como en el fondo de una copa de abierta corola de cristal, burbujea y bulle la sangre como vino generoso. La poesía de tablada, llena de primores, de finuras, de filigranas, obra de un aurifabrista delicioso, es un modelo de belleza. Y no sólo por su dicción pura y clara y por sus felices combinaciones rítmicas, seduce esta poesía nueva, sino porque, a la vez, tiene un eco lejano, pero constante, de gritos dolorosos.

En las composiciones baudelairianas se acentúa más el amargo resabio de sufrimiento descreído y martirizado, que el poeta deja escapar por entre las junturas de la rima.

Tablada es ante todo un apasionado; más bien, un pasional. De su pensamiento hiperestesiado por largos sueños y de su corazón rebosante de ternuras, ha salido esa dulce y musical elocuencia con que nos transmite sus raras emociones hasta transportarnos, por el poder de una divina taumaturgia, a sus extraños y luminosos paraísos.

Porque el poeta del Florilegio es un visionario refinado, que, por odio al vulgo, ama esos erotismos místicos, esas perversiones tramadas de sensualidad y de religión, en las que el deseo oficia como un sacerdote, en misteriosos y satánicos ritos. Tablada introdujo entre nosotros el nuevo estremecimiento de Baudelaire; y de sus viajes al alma enferma y hosca de Huysmans trajo el recuerdo de esas infernales y negras ceremonias. Cuando nos da a comulgar sus hostias negras, experimentamos una sensación de malestar complicada de voluptuosidad y de regocijo: en la obscuridad del templo enlutado, la tentación roza nuestros labios con sus alas velludas.

El poeta nos contagia con sus sueños de opio, y al rumor metálico de las estrofas, y a la luz intermitente de los tropos, sentimos que

 

El corazón desangra herido
por el cilicio de las penas
y corre el plomo derretido
de la neurosis en las venas.

Florilegio. “Misa negra”

 

¡Ah! Con cuánto placer llegamos al final del libro para murmurar como a la salida de un culto prohibido, el Laus Deo, con que mansa y serenamente se despide el poeta de nosotros, convencido ya de que el goce satánico no da la felicidad y sí el hastío.


Confieso que esta parte del libro es la más seductora para mí, porque al través de ella, como al través de un símbolo artístico, entreveo el espíritu de Tablada, triste, adolorido, inquieto, nostálgico de ideal y enfermo de escepticismo y desesperanza.

El “Ónix” —una admirable página moderna— es un profundo sollozo de la tristeza humana, un suspiro del dolor eterno, un grito de la infinita angustia de vivir.

Bien hizo en anunciarnos el poeta desde la portada que su libro era una jaula, una lápida y una lámpara; jaula de sus sueños, lápida del sepulcro de su fe, lámpara de su amor; su vida, en fin, el resumen de su vida intranquila que promete terminar en la beatífica tranquilidad de un arrepentido y de un resignado.

 

                                                                                                                       Luis G. Urbina



19 jun 2015 / 10:22

Escritor y ensayista. Renovador de las letras e introductor del haiku en lengua española y también, aunque en menor medida, promotor de artistas plásticos de la vanguardia mexicana en Nueva York. Sus primeras obras publicadas fueron traducciones en la prensa cultural mexicana, por lo que la traducción indujo la actividad desarrollada posteriormente como escritor, en cuanto a sus intereses y temas. Comenzó traduciendo para El Universal, pasó más tarde a la Revista Azul, para en breve llegar a ser uno de los fundadores de la Revista Moderna, además de poeta y ensayista reconocido. Sus traducciones revelan los intereses que lo acompañaron toda su vida: la literatura, en especial la poesía, y las artes plásticas, a las que pretendió dedicarse en un comienzo. Como buen modernista que fue en esa primera época, le apasionaban el lujo versallesco tanto como el decadentismo, la Antigüedad y el “Oriente”. En El Universal y la Revista Azul publicó fragmentos de Alphonse Daudet (“La intrigante” y “El estreno”), “Minuet” de Guy de Maupassant, “El modelo” y “Gentleman” de Jean Richepin, y “El arte japonés” de los hermanos Goncourt. En la Revista Moderna aparecieron el “Himno a la belleza” de Charles Baudelaire, “El samurai” y “El daimio. Mañana de batalla” de José-Maria de Heredia, “Canción” de Victor Hugo, “Las princesas: Cleopatra, Medea y Mesalina” de Théodore de Banville, “Las palomas” de Albert Samain y “Bilitis” y “Palabras maternales” de Pierre Louÿs, además de introducir a poetas japoneses, una completa novedad en el medio latinoamericano. A principios de 1892 presentó el poema “El fantasma” en la página literaria de El Universal como un inédito, “con su firma al calce”. Solo al día siguiente la redacción previno que se trataba de la “traducción perifrástica” de un poema de Baudelaire, aclaración hecha por el mismo Tablada. La crítica que despertó, ambigua, fue condescendiente, al mencionar su juventud, pero aseveró también, inclemente: “la composición [...] ha perdido tanto al ser vertida, que... ni su sombra... ni fantasma siquiera es!”, en palabras de A. Saborit la mayor parte de sus traducciones conocidas son del francés, exceptuada la serie de “El rey Galaor” del portugués Eugénio de Castro, publicada en la Revista Moderna, en varias entregas a partir de abril de 1902. “El manto de penitencia”, de autor anónimo, publicado en Revista Moderna (marzo de 1901), se anunció como “traducido del japonés por José Juan Tablada”, aunque resulta poco creíble que tradujera nada de esa lengua, por lo menos antes de su viaje a Japón a fines del mismo año. A este periodo pertenecen sus versiones de las “Utas japonesas. Poetas del amor” (Revista Moderna, octubre de 1900) y los “Cantos de amor y de otoño. Del Kokiñshifu: colección de odas antiguas y modernas” (Revista Moderna, diciembre del mismo año). Resulta difícil identificar todos los textos que tradujo, pues o bien no se anunciaron como tales o se omitió el nombre del traductor. Así, en El arca de Noé de 1926 (México, Águilas; ed. facsimilar Puebla, Premiá, 1982), donde aparecen varias traducciones presumiblemente más antiguas, solo se anuncia su nombre en la de Pierre Loti. Su actividad traductora decayó a partir de 1900, a la vez que la de articulista se volvía cada vez más importante, a la que agregó incidentalmente la de autor del panfleto teatral Madero Chantecler, tras lo cual tuvo que comenzar su “exilio involuntario” neoyorquino, que no se vio interrumpido ni aun después de que Carranza decidiera encargarle la promoción de la cultura mexicana en los Estados Unidos, tarea para la cual emprendió la elaboración de un archivo impresionante. Allí publicó Mexican Art and Life (1938-1939) y preparó el prólogo de los Rubaiyat de Omar Jayam, traducidos en verso por José Castellot, a partir de la versión de Edward Fitzgerald (Nueva York, 1918), con lo que manifestaba la vitalidad de su interés por un Oriente, lleno de idealización y exotismo que conoció en la literatura que había traducido. Por otra parte, en sus ensayos, su interés por el arte japonés se manifiesta siempre a través del Modernismo y la crítica que vienen de Europa. Sin embargo, es necesario reconocer que la actitud de Tablada respecto a la cultura japonesa contrastaba con la de sus contemporáneos, como el mexicano Efrén Rebolledo y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, pues, a diferencia de ellos, buscó una identificación más profunda con la cultura del Japón e intentó aplicar una forma oriental a sus versiones. Aun así, a pesar de que sus haikus en español desdeñan el metro japonés, Tanabe señala su originalidad y Meyer Minneman su espontaneidad cuando denomina “ideogramas” sus poemas en su obra Li-po y otros poemas, al tiempo que rechaza la denominación “caligrama”, que sin duda conocía.

Bibl.: Odile Cisneros, “El Oriente de los mexicanos: Japón en la obra de Tablada y Rebolledo”, Literatura Mexicana 13:2 (2002), 91-115. || Esperanza Lara Velázquez, Catálogo de los artículos de José Juan Tablada en publicaciones periódicas (1890-1945), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1995. || Rodolfo Mata, “Prólogo” en J. J. Tablada, Li Po y otros poemas, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2005, 7-25. || Klaus Meyer-Minneman, “Formas de escritura epigráfica en Li-Po y otros poemas de J. J. Tablada”, Nueva Revista de Filología Hispánica 36:1 (1988), 433-453. || Fernando Rodríguez-Izquierdo, El haiku japonés. Historia y traducción, Madrid, Hiperión, 2009. || Antonio Saborit, José Juan Tablada, México, Cal y Arena, 2008. || Atsuko Tanabe, El japonismo de José Juan Tablada, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1981.

Fernando Cisneros



19 jun 2015 / 10:22

Escritor y ensayista. Renovador de las letras e introductor del haiku en lengua española y también, aunque en menor medida, promotor de artistas plásticos de la vanguardia mexicana en Nueva York. Sus primeras obras publicadas fueron traducciones en la prensa cultural mexicana, por lo que la traducción indujo la actividad desarrollada posteriormente como escritor, en cuanto a sus intereses y temas. Comenzó traduciendo para El Universal, pasó más tarde a la Revista Azul, para en breve llegar a ser uno de los fundadores de la Revista Moderna, además de poeta y ensayista reconocido. Sus traducciones revelan los intereses que lo acompañaron toda su vida: la literatura, en especial la poesía, y las artes plásticas, a las que pretendió dedicarse en un comienzo. Como buen modernista que fue en esa primera época, le apasionaban el lujo versallesco tanto como el decadentismo, la Antigüedad y el “Oriente”. En El Universal y la Revista Azul publicó fragmentos de Alphonse Daudet (“La intrigante” y “El estreno”), “Minuet” de Guy de Maupassant, “El modelo” y “Gentleman” de Jean Richepin, y “El arte japonés” de los hermanos Goncourt. En la Revista Moderna aparecieron el “Himno a la belleza” de Charles Baudelaire, “El samurai” y “El daimio. Mañana de batalla” de José-Maria de Heredia, “Canción” de Victor Hugo, “Las princesas: Cleopatra, Medea y Mesalina” de Théodore de Banville, “Las palomas” de Albert Samain y “Bilitis” y “Palabras maternales” de Pierre Louÿs, además de introducir a poetas japoneses, una completa novedad en el medio latinoamericano. A principios de 1892 presentó el poema “El fantasma” en la página literaria de El Universal como un inédito, “con su firma al calce”. Solo al día siguiente la redacción previno que se trataba de la “traducción perifrástica” de un poema de Baudelaire, aclaración hecha por el mismo Tablada. La crítica que despertó, ambigua, fue condescendiente, al mencionar su juventud, pero aseveró también, inclemente: “la composición [...] ha perdido tanto al ser vertida, que... ni su sombra... ni fantasma siquiera es!”, en palabras de A. Saborit la mayor parte de sus traducciones conocidas son del francés, exceptuada la serie de “El rey Galaor” del portugués Eugénio de Castro, publicada en la Revista Moderna, en varias entregas a partir de abril de 1902. “El manto de penitencia”, de autor anónimo, publicado en Revista Moderna (marzo de 1901), se anunció como “traducido del japonés por José Juan Tablada”, aunque resulta poco creíble que tradujera nada de esa lengua, por lo menos antes de su viaje a Japón a fines del mismo año. A este periodo pertenecen sus versiones de las “Utas japonesas. Poetas del amor” (Revista Moderna, octubre de 1900) y los “Cantos de amor y de otoño. Del Kokiñshifu: colección de odas antiguas y modernas” (Revista Moderna, diciembre del mismo año). Resulta difícil identificar todos los textos que tradujo, pues o bien no se anunciaron como tales o se omitió el nombre del traductor. Así, en El arca de Noé de 1926 (México, Águilas; ed. facsimilar Puebla, Premiá, 1982), donde aparecen varias traducciones presumiblemente más antiguas, solo se anuncia su nombre en la de Pierre Loti. Su actividad traductora decayó a partir de 1900, a la vez que la de articulista se volvía cada vez más importante, a la que agregó incidentalmente la de autor del panfleto teatral Madero Chantecler, tras lo cual tuvo que comenzar su “exilio involuntario” neoyorquino, que no se vio interrumpido ni aun después de que Carranza decidiera encargarle la promoción de la cultura mexicana en los Estados Unidos, tarea para la cual emprendió la elaboración de un archivo impresionante. Allí publicó Mexican Art and Life (1938-1939) y preparó el prólogo de los Rubaiyat de Omar Jayam, traducidos en verso por José Castellot, a partir de la versión de Edward Fitzgerald (Nueva York, 1918), con lo que manifestaba la vitalidad de su interés por un Oriente, lleno de idealización y exotismo que conoció en la literatura que había traducido. Por otra parte, en sus ensayos, su interés por el arte japonés se manifiesta siempre a través del Modernismo y la crítica que vienen de Europa. Sin embargo, es necesario reconocer que la actitud de Tablada respecto a la cultura japonesa contrastaba con la de sus contemporáneos, como el mexicano Efrén Rebolledo y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, pues, a diferencia de ellos, buscó una identificación más profunda con la cultura del Japón e intentó aplicar una forma oriental a sus versiones. Aun así, a pesar de que sus haikus en español desdeñan el metro japonés, Tanabe señala su originalidad y Meyer Minneman su espontaneidad cuando denomina “ideogramas” sus poemas en su obra Li-po y otros poemas, al tiempo que rechaza la denominación “caligrama”, que sin duda conocía.

Bibl.: Odile Cisneros, “El Oriente de los mexicanos: Japón en la obra de Tablada y Rebolledo”, Literatura Mexicana 13:2 (2002), 91-115. || Esperanza Lara Velázquez, Catálogo de los artículos de José Juan Tablada en publicaciones periódicas (1890-1945), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1995. || Rodolfo Mata, “Prólogo” en J. J. Tablada, Li Po y otros poemas, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2005, 7-25. || Klaus Meyer-Minneman, “Formas de escritura epigráfica en Li-Po y otros poemas de J. J. Tablada”, Nueva Revista de Filología Hispánica 36:1 (1988), 433-453. || Fernando Rodríguez-Izquierdo, El haiku japonés. Historia y traducción, Madrid, Hiperión, 2009. || Antonio Saborit, José Juan Tablada, México, Cal y Arena, 2008. || Atsuko Tanabe, El japonismo de José Juan Tablada, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1981.

Fernando Cisneros



Seudónimos:

  • Bange

Catálogo de seudónimos, anagramas, iniciales y otros alias usados por escritores mexicanos y extranjeros que han publicado en México, de María del Carmen Ruiz Casañeda y Sergio Márquez Acevedo (México: Universidad Nacional Autónoma de México / Instituto de Investigaciones Bibliográficas [Instrumenta Bibliographica; 6], 2000).


 
 


José Juan Tablada

Traductores al español
03 de abril de 1871
Ciudad de México
02 de agosto de 1945
Nueva York, E.U.A.

Obra en dominio público
Puede incluir obras con registro de perpetuidad

Derecho de autormostrar

Código Civil de 1884

Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos

Código Civil de 1928, Título segundo


OBRA PUBLICADA


BIBLIOGRAFÍA RELACIONADA