Enciclopedia de la Literatura en México

Alfonso Reyes

mostrar Introducción

Alfonso Reyes (1889-1959) ha sido para la literatura y cultura mexicanas un apasionado de las letras universales. Destacó como ensayista, narrador, poeta, dramaturgo, traductor y diplomático. Tuvo una de las formaciones más exigentes de las que se tenga registro. Ya en su primer libro, Cuestiones estéticas (1911), están presentes los grandes temas que ocuparían sus inquietudes literarias: el mundo clásico, la literatura española de los Siglos de Oro, la poesía simbolista francesa, y la vida y obra de Goethe. Después, sus indagaciones tocaron la cultura de México y en su periodismo literario se encuentran los más diversos asuntos con los que Reyes, siempre con estilo cortés, demostraba una cultura enciclopédica. Su prosa –flexible, concisa, elegante, ática–, de la cual Visión de Anáhuac es uno de los ejemplos más altos, fue celebrada por los principales escritores de su tiempo. Humanista, en el sentido de quien viaja al pasado para comprender mejor el presente, recogió en libros como La antigua retórica o Junta de sombras aspectos de la cultura griega. Con el poema dramático Ifigenia cruel, Alfonso Reyes da prueba de una obra que no desmerece ante los clásicos que la preceden. “La cena” es uno de los primeros textos en que nuestra narrativa explora los caminos de lo fantástico. 

A lo largo de su vida y de sus viajes y estancias en el extranjero, Alfonso Reyes se dedicó a conocer y difundir la cultura que lo rodeó. Su activa participación en numerosas instituciones de México y el mundo son parte del testamento alfonsino, cuyas raíces se encuentran en la visión cultural de su generación, la del Ateneo de la Juventud. De este legado sobresale su dirección de la Casa de España que daría origen a El Colegio de México, su labor en la Academia Mexicana de la Lengua y su presencia en El Colegio Nacional.

mostrar Los primeros años y el Ateneo de la Juventud

Alfonso Reyes Ochoa  nació en Monterrey el 17 de mayo de 1889 y murió en la ciudad de México el 27 de diciembre de 1959. Fue el noveno de los doce hijos del matrimonio entre el general Bernardo Reyes y doña Aurelia Ochoa. Cuando Alfonso nació, su padre era gobernador de Nuevo León, estado en el que realizó sus primeros estudios. El nombramiento como Ministro de Guerra que le fue otorgado al general por parte de Porfirio Díaz obligó a la familia a trasladarse a la ciudad de México donde Alfonso Reyes terminó sus estudios en el Liceo Francés en 1901. En ese año empezó a escribir poemas.

En 1902 la familia volvió a Nuevo León, donde Reyes estudió la preparatoria en el Colegio Civil de Monterrey. Año y medio después regresó a la ciudad de México para concluir en 1907 sus estudios en la Escuela Nacional Preparatoria. Su estancia en el centro del país coincidió con el nacimiento de Savia Moderna (revista literaria fundada en 1906 por Alfonso Cravioto y Luis Castillo Ledón; a pesar de su corta vida de cinco números, su importancia radica en ser el antecedente del Ateneo de la Juventud). Fue en la capital donde conoció al dominicano Pedro Henríquez Ureña (que trabajó en México como profesor universitario desde ese año hasta 1913), quien se volvería su amigo y mentor literario, una presencia constante en la vida y el trabajo de Reyes; las primeras correcciones de estilo que Henríquez Ureña le hizo están presentes en el trabajo de Cuestiones estéticas.

En 1907 conoció a Manuela Mota, con quien contraería nupcias cuatro años después. En 1908 entró a la Escuela Nacional de Jurisprudencia (actualmente la Facultad de Derecho de la UNAM), donde se celebraron las primeras reuniones del Ateneo de la Juventud, asociación civil fundada en octubre de 1909 que trabajó por la cultura y el arte, organizando reuniones y debates públicos; su objetivo era generar una reflexión popular en torno a los problemas culturales que dejó el ocaso del porfirismo en la educación.

mostrar El “exilio”

En 1911, a los 21 años Reyes publicó en París su primer libro en la editorial de Paul Ollendroff, Cuestiones estéticasconjunto de ensayos donde estudia la composición de los textos que lo influyeron, desde el drama griego, pasando por el Siglo de Oro, hasta llegar al Romanticismo alemán. En 1912 (el mismo año del nacimiento de su único hijo y de la creación de la Universidad Popular Mexicana por esfuerzo del Ateneo) fue nombrado secretario de la Escuela Nacional de Altos Estudios (germen de la actual Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM), donde fundó la cátedra de “Historia de la Lengua y Literatura Españolas”.

El 9 de febrero de 1913 el general Bernardo Reyes participó en el golpe de Estado contra el presidente Francisco I. Madero (hecho que después se conocería como la Decena Trágica) y murió en el primer día de combate; Reyes dedicaría el poema "Oración del 9 de febrero" a la memoria de su padre. Ese mismo año se tituló de abogado con la tesis Teoría de la sanción. Asesinado Madero, Victoriano Huerta le ofreció a Reyes el puesto de secretario particular; desinteresado en la venganza política, salió en un velado destierro hacia París en agosto de ese año, con el cargo de Segundo Secretario de la Legación Mexicana.

En 1914 la labor diplomática mexicana en Europa cesó por el inicio de la Primera Guerra Mundial y Reyes se trasladó a Madrid en octubre. Ahí inició su labor periodística en el Centro de Estudios Históricos junto a Ramón Menéndez Pidal y trabajó en las crónicas que posteriormente incluiría en Cartones de Madrid, publicado en 1917. José Luis Martínez determina a partir de esta fecha –el inicio de la “Década Madrileña”– la mejor etapa en la producción de Reyes.[1] En 1915 se instaló en la calle de Torrijos donde terminó de escribir Visión de Anáhuacensayo poético publicado en 1917, cuya temática gira en torno al descubrimiento del valle de Anáhuac por los exploradores españoles.

En aquel mismo año de 1915, José Ortega y Gasset creó el semanario España, donde Reyes colaboró al lado de Martín Luis Guzmán, con quien compartió el seudónimo de Fósforo para escribir sobre cine. Un año después, esta colaboración quedó únicamente en manos de Reyes y éste la traslada a El Imparcial (periódico fundado en 1896 por Rafael Reyes Spíndola). También empezó a circular El Sol (periódico madrileño, ilustrado, liberal, fundado en 1917 por Nicolás María de Urgoiti), donde Reyes se hizo cargo de la página semanal dedicada a Historia y Geografía de diciembre de 1917 a fines de 1919.

Terminó de escribir los ensayos sobre el pensamiento humano y su convivencia con el mundo contemporáneo incluidos en El suicida, que también vio la luz en 1917, y se trasladó a su segunda casa en Madrid, en la calle de General Pardiñas del barrio de Salamanca, donde tuvo por vecinos a Carlos Pereyra, José María Chacón y Calvo, Antonio G. Solalinde y Pedro Enríquez Ureña. Fue en casa de este último que conoció a un joven Jorge Luis Borges (la familia del argentino había llegado a España en 1919), quien le tendría una admiración constante, siendo el mexicano diez años mayor que él. Por esa época, Reyes también comenzó a publicar colaboraciones en el Boletín de la Real Academia Española y dirigió la sección bibliográfica de la Revista de Filología Española.

Su producción literaria ascendió constantemente durante su estancia en Europa: en 1920 publicó El plano oblicuo libro de cuentos y Retratos reales e imaginarios notas y reseñas literarias; en 1921, Simpatías y diferencias sobre las “relaciones del arte mexicano con el de América Latina”, como reza el mismo libro y El cazador ensayos donde mezcla historia y análisis estético, con claro influjo francés–. En 1922, Huellas conjunto de poemas y en 1924, Calendario volumen donde mezcla ensayo con narrativa.Esta primera etapa termina ese mismo año con Ifigenia cruel, su reconocido poema dramático.

No sólo como creador, sino también en el ámbito académico, Reyes trabajó a los autores clásicos españoles e hizo diversas ediciones y estudios. En 1917 las Memorias de fray Servando, las Páginas escogidas de Quevedo y el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita. En 1918 preparó las Páginas escogidas de Ruiz de Alarcón y el Poema del Cid. Al año siguiente, Los pechos privilegiados de Ruiz de Alarcón y el Teatro de Lope de Vega; en 1920, Las aventuras de Pánfilo, del mismo Lope y las Obras completas de Amado Nervo; para 1923 se ocupó de la Fábula de Polifemo y Galatea de Góngora, cuatro años antes de que iniciaran los festejos por los 400 años de la muerte del poeta. Tradujo, además, obras de Chejov, Chesterton, Sterne y Stevenson.

mostrar “La gitanería dorada de la diplomacia.” Reyes en Sudamérica

José Luis Martínez apunta que de 1924 a 1938 Reyes vivió “sus años felices, mundanos y un poco despreocupados”.[2] Desde 1922 ya era Encargado de Negocios en España, puesto que abandonó en 1924 para volverse Ministro en Francia hasta 1927. De 1927 a 1930 fue embajador en Argentina, donde publicó Pausa (1926) y siguió cultivando su amistad con Borges (el argentino recordaría después que Reyes lo invitaba a comer a la embajada).

Desde 1922 varios países americanos habían iniciado labores diplomáticas en Brasil para conmemorar sus cien años de independencia. México, queriendo legitimarse como nación y para disipar la desconfianza generada por su revolución, aprovechó para iniciar tratos diplomáticos y de 1930 a 1936, Reyes se encargó de la embajada de México en Brasil. Ahí publicó en 1931 La saeta, mezcla de poesía y narración; en 1933, Romances del Río de Enero, poesía, como su nombre lo dice; en 1934, los poemas A la memoria de Ricardo GüiraldesGolfo de México y Yerbas del Tarahumara; y en 1935, Minuta e Infancia, también trabajos poéticos.

En 1936 volvió a Argentina en el mismo puesto diplomático para terminar un año después. Otra vozCantata en la tumba de Federico García Lorca son los libros que publica durante este período, en 1936 y 1937, respectivamente. Borges remarcaba con simpatía hacia Reyes que siempre regalaba al menos una publicación a cada país que visitaba. Sin embargo, no descuidó los otros géneros que había cultivado hasta entonces. Destacan su ensayo de historia nacional México en una nuez, publicado en 1930; el "Discurso por Virgilio", ensayo de 1931 sobre la educación y el aprendizaje; A vuelta de correo, correspondencia entre Alfonso Reyes y Héctor Pérez Martínez, publicada al año siguiente; las reflexiones sobre la cultura al gobernar en Atenea política y Tren de ondas, el conjunto de ensayos donde retoma el estilo poético y analítico de sus primeros años. Esta etapa queda cerrada con la Homilía por la cultura, en cuyo ensayo, publicado en 1938, se expresa la preocupación del autor por diversos aspectos ya no sólo intelectuales, sino humanos.

mostrar Regreso definitivo a México: creador de instituciones y madurez literaria

Su misión en Brasil como embajador concluyó formalmente el 20 de diciembre de 1939. Sin embargo, permaneció ahí hasta el 12 de enero del año siguiente, día en que se despidió del presidente Getulio Vargas. El 9 de febrero –aniversario de la muerte de Bernardo Reyes– regresó de manera definitiva a México. Una vez instalado en el país, emprendió su Segunda meditación sobre el libre albedrío. A pesar de un periodo anímicamente difícil, se empeñó en sentar las bases de la Casa de España, que más tarde sería El Colegio de México. Este periodo no puede entenderse sin considerar el apoyo del presidente Cárdenas a los exiliados españoles en nuestro país, consecuencia de la Guerra civil española. 

En 1941 Reyes publicó Capítulos de la literatura española. Primera serie, conjunto de ensayos sobre temas clásicos de literatura de aquel país, fruto de las investigaciones realizadas en el Centro de Estudios Históricos de Madrid. Apareció también el poema "Villa de Unión", inspirado en la memoria de su padreEse mismo año el escritor fue nombrado catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Publicó también Pasado inmediato y otros ensayos, donde trata asuntos de poesía hispanoamericana, memorias literarias, historia cultural patria y, además, hace una remembranza de Justo Sierra, Genaro Estrada y Luis G. Urbina. Igualmente, presentó Algunos poemas y La crítica en la edad ateniense, un volumen dedicado a los estudios que Reyes consagró permanentemente a la cultura helénica en general y a la ateniense en particular, así como al arte de la retórica. Ese mismo año Berkeley le otorgó el grado honorífico de Doctor en Leyes de la Universidad de California. 

Entre su producción también se encuentra Los siete sobre Deva, ensayos de reminiscencias clásicas hilvanados a partir de diálogos entre tres personajes que se expresan y cuatro que en silencio examinan; Última Tule, ensayos sobre la utopía americana, así como sus antecedentes míticos en el imaginario europeo; La experiencia literaria, donde se entiende la escritura como actividad humana por excelencia; y La antigua retórica, un volumen consagrado al examen de la materia a partir de los principales autores de la antigüedad: Aristóteles, Cicerón y Quintilian. En 1944 Reyes publicó El deslinde que, como su nombre lo indica, presenta las demarcaciones necesarias en asuntos de crítica y literatura; Tentativas y orientaciones, diversos asuntos culturales entre ellos temas de política internacional, y Dos o tres mundos, volumen que reúne cuentos y ensayos. Un año después participó en la fundación de El Colegio Nacional, institución equivalente al Collège de France.

Hacia 1945 fue embajador delegado en la Conferencia Interamericana sobre Problemas de la Guerra y la Paz en Chapultepec. En este año publicó La casa del grillo, una risueña sátira de la vida doméstica; aparecieron Tres puntos de exegética literaria, donde se ocupa del método histórico en la crítica, la vida y sus relaciones con la obra literaria; Romances y afines; Panorama del Brasil, ensayo expositivo sobre la cultura de ese país; Capítulos de literatura española. Segunda serie, estudios sobre la literatura española de los Siglos de oro; Norte y Sur, que reúne ensayos breves y de circunstancia; Juan Ruiz de Alarcón, enfocado en la obra del autor novohispano, y Discursos en la Academia Mexicana de la Lengua (con Jaime Torres Bodet).

En 1946, la Universidad de La Habana le otorgó el doctorado honoris causa. De noviembre a diciembre presidió la delegación mexicana ante la I Asamblea Internacional de la UNESCO, en París, adonde viajó con categoría de embajador. En ese mismo año aparecieron La vega y el soto, volumen de poesía; Las letras patrias, que comprende de los orígenes al fin de la Colonia; Por mayo, era por mayo, conjunto de ensayos; así como Los trabajos y los días, crónicas y artículos de temas diversosEn 1948 publicó Letras de la Nueva EspañaCortesíaEntre libros, Grata compañíaA lápizPanorama de la religión griegaJunta de sombras De un autor censurado en “El Quijote”: Antonio de Torquemada.

mostrar Reconocimiento internacional y últimos años

En 1949 varias universidades y centros de escritores apoyaron la candidatura de Alfonso Reyes para el Premio Nobel de Literatura, aunque fue William Faulkner quien finalmente fue galardonado. En este periodo Reyes publicó SirtesDe viva voz y Homero en CuernavacaEntre 1950 y 1953 presentó El horizonte económico en los albores de Grecia, Trazos de historia literaria, y Verdad y mentiraDurante esos años la Universidad de Princeton, la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad de Michoacán le concedieron el doctorado honoris causa en Letras.

El 3 de agosto de 1951 fue transportado al Instituto de Cardiología, luego del cuarto aviso de la dolencia que a la postre terminaría con su vida. Con todo, ese año aparecieron En torno al estudio de la religión griegaAncorajesMedallones e Interpretación de las Edades HesiódicasEn 1952 publicó Marginalia (primera serie), La X en la frente y Obra poética (1906-1952). Hacia 1953 fue distinguido con el Premio Literario del Instituto Mexicano del Libro. Ese mismo año aparecieron Memorias de cocina y bodegaDos comunicacionesÁrbol de pólvora, y Cuando creí morirEl 18 de febrero de 1954 fue nombrado presidente honorario de la Federación de Alianzas Francesas en México. Publicó también Trayectoria de Goethe, Parentalia, Hipócrates y Asclepio, Nueve romances sordos y la segunda serie de MarginaliaEn 1955 aparecieron Presentación de Grecia, Quince presencias y Los tres tesoros; en 1956, La danza en la Grecia clásica y en 1957, Estudios helénicos Las burlas veras (Primer ciento). El 14 de noviembre de 1958 recibió el doctorado honoris causa por la Universidad de París. Hacia 1959 apareció la tercera serie de su Marginalia y nació su Anecdotario (de aparición póstuma en 1968). El 27 de diciembre de 1959 Alfonso Reyes murió, víctima de un mal cardiaco.

mostrar El legado

La obra cultural de Alfonso Reyes no se circunscribe solamente a sus libros publicados. Además de las instituciones en cuya fundación participó en vida, tras su muerte han surgido en torno a su figura grupos y lugares de trabajo que persiguen la visión humanística del autor regiomontano. La que fuera casa de Alfonso Reyes en su regreso definitivo a la ciudad de México, la llamada por Enrique Díez-Canedo "Capilla Alfonsina", fue decretada patrimonio nacional junto con su biblioteca el 13 de junio de 1972. El 14 de enero de 1980 otro decreto presidencial –respuesta a una petición encabezada por la– otorgó la custodia de la biblioteca a la Universidad Autónoma de Nuevo León como respuesta a una petición encabezada por la misma institución. El 13 de noviembre de 1980 se inauguró oficialmente en Monterrey la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria. Hoy en día, la casa de la ciudad de México mantiene el nombre de Capilla Alfonsina y funciona como museo y centro de estudios literarios bajo la tutela de la Coordinación Nacional de Literatura del INBA. Ubicada en la calle Benjamin Hill 122 de la colonia Condesa, resguarda diversos documentos, fotos y objetos que dan testimonio de la vida de nuestro autor. Además de contribuir en la promoción y difusión de la obra de Reyes, la Capilla Alfonsina ha contribuido en el otorgamiento del "Premio Internacional Alfonso Reyes". Por otra parte, el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey creó la Cátedra Alfonso Reyes "como una respuesta a la necesidad de fortalecer las humanidades en la formación de sus profesores, estudiantes y la comunidad en general".[3] Gracias a los avances informáticos, esta cátedra está presente en todos los campus y sedes del Sistema en México y América Latina a través de la Universidad Virtual. La Cátedra Alfonso Reyes promociona eventos culturales y publicaciones. Destacan también la Colección Capilla Alfonsina y la Colección Cuadernos de la Cátedra Alfonso Reyes.  

mostrar Bibliografía

Castañón, Adolfo. Alfonso Reyes: caballero de la voz errante. Edición revisada y aumentada. Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León, 2007.

Martínez, José Luis. Guía para la navegación de Alfonso Reyes. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1992.

Pacheco, José Emilio. “Para acercarse a Reyes”. La capilla virtual. México. (Consultado el 20 de noviembre de 2011).

Rangel Guerra, Alfonso y José Ángel Rendón (compiladores). Páginas sobre Alfonso Reyes. ii volúmenes. Monterrey: Universidad de Nuevo León, 1955-1957.

Reyes, Alfonso. Última Tule. Edición aumentada. México: Imprenta Universitaria, 1942.

____________. Última Tule y otros ensayos. Selección y Prólogo Rafael Gutierréz Girardot. Cronología Anja María Erdt y Rafael Gutiérrez Girardot. Bibliografía James Willis Robb y Rafael Gutiérrez Girardot. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1991.

Reyes, Alicia. Genio y figura de Alfonso Reyes. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1977.

Robb, James Willis (compilador). Más páginas sobre Alfonso Reyes: Vol. iii y iv. México: El Colegio Nacional, 1996-1997.

mostrar Enlaces externos

Cátedra Alfonso Reyes del Tecnológico de Monterrey.  Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey. (Consultado el 12 de marzo de 2012).

Pacheco, José Emilio. “Nota sobre una enemistad literaria: Reyes y López Velarde”. Universidad Veracruzana. Repositorio Institucional de la Universidad Veracruzana. (Consultado el 12 de marzo de 2012).

___________________. “Para acercarse a Reyes”. La capilla virtual. México. (Consultado el 20 de noviembre de 2011).

“Poesía y humanidades. Reyes, Alfonso”El Colegio NacionalMiembros. (Consultado el 12 de marzo de 2012).

Reyes, Alfonso. La Capilla Virtual. (Consultado el 12 de marzo de 2012).

Nació en Monterrey, Nuevo León, el 17 de mayo de 1889; murió en la Ciudad de México, el 27 de diciembre de 1959. Poeta, ensayista, narrador y dramaturgo. Estudió en la Facultad de Derecho de la UNAM. Fue embajador, ministro y representante de México en Francia, España, Argentina y Brasil; miembro fundador del Ateneo de la Juventud, de la Casa de España en México (El Colegio de México), de El Colegio Nacional y de la Sociedad Mexicana de Bibliografía. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, que dirigió hasta su muerte; del Pen Club México y de la Junta de Gobierno de la UNAM, de 1945 a 1959; catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y presidente Honorario de la Federación de Alianzas Francesas. Sus obras completas fueron editadas por el Fondo de Cultura Económica de 1955 a 1993 y constan de 26 volúmenes. Obtuvo el doctorado honoris causa en las siguientes universidades: Universidad de Nuevo León, University of California, University of New Orleans, Harvard University, Princenton University, UNAM, Universidad de París, Universidad de La Habana. Premio Nacional de Literatura 1945. Premio del Instituto Mexicano del Libro 1953. Premio de Literatura Manuel Ávila Camacho 1953.

Alejandro Ortiz Bulle-Goyri 2007 / 03 ago 2017 19:27

Nació en Monterrey, Nuevo León, y murió en la Ciudad de México. En 1913 obtuvo el título de abogado. Con otros escritores funda el Ateneo de la Juventud. Fue durante algún tiempo profesor universitario. Ocupó también diversos cargos diplomáticos. En 1913 fue designado segundo secretario de la legación de México en Francia. Hacia 1914 se traslada a España, donde trabajó en el Centro de Estudios Históricos de Madrid. En 1939 volvió a México, donde presidió La Casa de España en México, hoy conocida como El Colegio de México. Obtuvo en 1945 el Premio Nacional de Literatura. Fue fundador de El Colegio Nacional (1943) y presidió la Academia Mexicana de la Lengua (1957-1959). Fue hombre de letras y de una erudición extraordinaria. Su obra ensayística y prosística es monumental. Escribió también poesía, algunos cuentos y se interesó por el drama. Entre sus obras más importantes destacan Visión del Anáhuac (1917), Simpatías y diferencias (1921), La X en la frente (1952), El deslinde (1944), La experiencia literaria (1942). Obra dramática: Ifigenia Cruel (1923, estrenada 1936), Égloga de los ciegos (1925), El pájaro colorado (1928), Landrú (1929-1953, estrenada 1953).

 

La obra literaria y humanista de Alfonso Reyes se desarrolla en los cincuenta años que van de 1910-1911, en que publica su primer libro importante, Cuestiones estéticas, a los últimos días de 1959 en que muere. A lo largo de este medio siglo su obra no siguió lo que pudiera llamarse una curva natural de crecimiento, apogeo y decadencia ni experimentó tampoco cambios bruscos de derrotero. Siguió una misma línea de estilo espiritual y de aficiones fundamentales, de hecho ya manifestada desde su primer libro y sus primeros escritos, y distribuyó tareas y reposos en los años justos, como si cumpliera un plan previsto, y las circunstancias externas sólo colaboraran a su mejor realización. En términos generales, durante estos cincuenta años me parece que hay en su obra dos periodos de intenso trabajo intelectual, seguidos de otros tantos de descanso y divagación, en un caso, y de recolección y ordenamiento final en el otro.

Convengamos en que aquellos primeros años de su vida hasta mediados de 1914, transcurridos entre su nativa Monterrey y la Ciudad de México, son los de aprendizaje y los de sus primeras armas: concluye entonces su carrera de abogado, participa activamente en las empresas culturales de la generación ilustre que unió al Ateneo de la Juventud, se casa con Manuelita, publica su primer libro y dos importantes conferencias hasta que, en 1913, los sucesos políticos y la trágica muerte de su padre, el general Bernardo Reyes, le empujan a Europa a mediados de ese año. Superemos, como él lo hizo, sus duros años iniciales en París y luego en Madrid cuando, además de las penurias materiales, se sentía alejado del país y lo conturbaban los trágicos recuerdos de la muerte de su padre, confundido y perdido por la violencia revolucionaria, y veámoslo comenzar valerosamente en Madrid, que aún lo desconoce, su intrépida carrera.

La década que va de 1914 a 1924, o de sus veinticinco a sus treinta y cinco años, en que permanece en Madrid, será la de su mejor periodo de creación y en la que se convertirá, al mismo tiempo, en gran escritor y en maestro de la investigación literaria. La simple enumeración de las obras que realiza en estos años dan idea de la intensidad de su trabajo de creación y de erudición. Inmediatamente después de las agudas instantáneas de Cartones de Madrid (1917), que serían su tarjeta de presentación intelectual ante aquella ciudad a la que iba, como el abuelo Ruiz de Alarcón, a ganarse la vida, viene esa breve obra maestra que es Visión de Anáhuac (1917), a la que seguirán muchos otros de los libros de ensayos, de poesía y de cuentos y fantasías que le dieron justa fama: El suicida (1917), El plano oblicuo (1920), Retratos reales e imaginarios (1920), Simpatías y diferencias (5 vols., 1921-1926), El cazador (1921), Huellas (1922), Calendario (1924) y, finalmente, Ifigenia cruel (1924), con que cerrará Alfonso Reyes su década española y acaso también, la angustia de una herida que nunca cerrará del todo. Quien había llegado a Madrid con sólo un libro por bagaje intelectual, saldrá de aquella ciudad en 1924, convertido en un escritor que celebran con entusiasmo los críticos de varios países. Las obras que publica en estos años dan testimonio de un espíritu singularmente ágil, abierto y sensible a todas las incitaciones y que se expresaba en un estilo cuya riqueza y flexibilidad eran las de un sabio y un artista. Y si uno de sus primeros libros madrileños, Visión de Anáhuac, era la evocación nostálgica de la patria lejana a la que se interroga por el sentido de su existencia, su postrer libro de esta época, Ifigenia cruel será, en palabras de su autor, “mitología del presente y descarga del sufrimiento personal”, pues quería no sólo alejarse de la vendetta mexicana, sino, sobre todo, quería liquidarla dentro de su propio corazón. De ahí el nuevo sentido y la nueva solución que en su hermoso poema dramático propondrá al viejo mito de Ifigenia.

A esta excepcional obra de creación de los años madrileños deben añadirse sus trabajos eruditos de esta época, surgidos al calor del Centro de Estudios Históricos de Madrid, que dirigía Ramón Menéndez Pidal, y de la Revista de Filología Española. De entonces son las sabias Cuestiones gongorinas (1927) y los estudios y ediciones de las Memorias de Fray Servando (1917), de las Páginas escogidas de Quevedo (1917), del Libro de buen amor de Juan Ruíz, Arcipreste de Hita (1917), de las Páginas escogidas de Ruiz de Alarcón (1918), de los Tratados de Gracián (1918), del Poema del Cid (1919), de Los pechos privilegiados de Ruiz de Alarcón (1919), del Teatro de Lope de Vega (1919)  y de Las aventuras de Pánfilo del mismo (1920), de las Obras completas de Amado Nervo (29 vols., 1920-1928), y de la Fábula de Polifemo y Galatea de Góngora (1923). Y todavía deben agregarse, para completar el cuadro de la enorme tarea realizada en esta década madrileña, las traducciones que realiza entonces de obras de Chejov, Chesterton, Sterne y Stevenson.

Podemos, pues, convenir en que en este primer ciclo de la obra de Alfonso Reyes no sólo se ha forjado su prestigio literario e intelectual en el ámbito nacional y europeo sino que ha realizado en este periodo obras sin las cuales su figura literaria no podría ser la que es. El escritor es ya dueño cabal de su oficio y su maestría, lo mismo en la poesía que en el cuento, y en el ensayo de interpretación y de creación que en la investigación erudita. El hombre que deja Madrid en 1924 para pasar a París como ministro de México es ya el gran escritor Alfonso Reyes, orgullo de las letras mexicanas.

Los catorce años siguientes, de 1924 a 1938, entre sus treinta y cinco y sus cuarenta y nueve de edad, parecen sus años felices, mundanos y un poco despreocupados. Vida diplomática y social, haciendo comprender y amar a México en París y Buenos Aires, en Río de Janeiro y Montevideo. Escribe entonces sobre todo su poesía refinada y de cortesía, sus divertimientos de hombre de fino espíritu: Pausa (1929), La saeta (1931), Romances de Río de Enero (1933), A la memoria de Ricardo Güiraldes (1934), Golfo de México (1934), Yerbas del Tarahumara (1934), Minuta (1935), Infancia (1935), Otra voz (1936) y Cantata en la tumba de Federico García Lorca (1937), que imprime en hermosas plaquettes que van fijando su itinerario y recordando la gracia de su espíritu; es la poesía culta y serena en que los malos, trágicos recuerdos —los que encienden la Ifigenia— se han atemperado y sosegado. Son también los años pacientes de las afinaciones de Mallarmé, vertido al español; de su correo literario Monterrey (1930-1937), cruzado de tantos temas e incitaciones; de nutrida correspondencia con amigos dispersos en el mundo, y de numerosos discursos, conferencias y contribuciones en homenajes y reuniones culturales.

Pero apresurémonos a no desestimar, sólo por el contraluz de la perspectiva, la obra de estos años que, además de las obras poéticas mencionadas se enriquece con el Discurso por Virgilio (1931), con las esclarecedoras páginas de A vuelta de correo (1932) en que hace la defensa de lo que pudiera llamarse su economía intelectual y precisa los justos términos del nacionalismo literario; con la luminosa Atenea política (1932) en que los muchachos de mis años aprendimos a orientar nuestra vocación; con aquel vivaz resumen que se llama México en una nuez (1930), con Tren de ondas (1932), con los magistrales estudios goetheanos de esta época y con la serena Homilía por la cultura (1938). Ciertamente no emprende Alfonso Reyes en estos años obras de aliento sostenido, sin duda porque sus deberes oficiales no se lo consienten, y fiel al gusto de la época, prefiere ir entregando sus obras una a una. Pero cada uno de estos breves frutos de su espíritu tiene su marca y, juntos en los libros de años venideros, formarán esas obras compendiosas y nutridas que algunos le exigían.

Justamente en el límite entre este período mundano y refinado de su obra y el siguiente, recibirá Alfonso Reyes una reconvención llena de perspicacia. Nuestro escritor había vuelto definitivamente a la Ciudad de México, a principios de 1939, y acababa de publicar la primera serie de Capítulos de literatura española (1939) cuando, en septiembre del mismo año, Antonio Castro Leal publica, en la revista Letras de México, el ensayo al que he aludido: “Alfonso Reyes y una fantasía a dos voces”. Dice Castro Leal que en todo escritor hay, por lo menos, dos escritores “el malo y el bueno, o el romántico y el clásico, o el discreto y el heroico”. “En Alfonso Reyes —prosigue— hay dos escritores, buenos ambos; el escritor de sus amigos, al que podemos llamar Alfonso y el escritor de sus lectores, al que podemos llamar Reyes”. Y a continuación imagina una conversación entre el escritor Alfonso y el escritor Reyes, en que ambos defienden sus puntos de vista y sus respectivas preferencias por un arte de minorías, el primero, o por un ejercicio literario hecho para todos, “desvergonzadamente público”, el último. En fin, entre sutiles argumentos, Castro Leal sugiere a Alfonso Reyes que abandone las pequeñas obras de Alfonso, el escritor de sus amigos, y emprenda las obras de gran aliento que puede realizar Reyes, el escritor de sus lectores. En todo caso, propone que ambos colaboren en las obras futuras.

La agudeza de la observación de Castro Leal es evidente. Creo, sin embargo, que sería desproporcionado suponer que su juicio haya llegado a ser factor determinante en el cambio de rumbo de la obra de Alfonso Reyes, que de hecho ya estaba en camino. Considero, por ello, que la “Fantasía a dos voces” de Castro Leal, antes que señalar, registraba oportunamente aquel cambio de rumbo, la entrada a un nuevo ciclo de intenso y fructífero trabajo intelectual.

En efecto, después de los catorce años anteriores, que podemos llamar mundanos, Alfonso Reyes, al fin asentado definitivamente en su patria y entre sus libros, inicia otro de los grandes ciclos de su obra que se extenderá de 1939 a 1950, en la cumbre de su madurez intelectual y entre sus cincuenta y sus sesenta y un años, y éste será, sobre todo, el periodo de sus trabajos de sabio y humanista. Son de estos años sus magnos estudios de temas clásicos: La crítica en la Edad Ateniense (1941), La antigua retórica (1942), Junta de sombras (1949) y otras monografías menores; sus fundamentales estudios de teoría literaria: La experiencia literaria (1942),  El deslinde (1944) y Tres puntos de exegética literaria (1945); sus estudios de historia literaria española y mexicana: Capítulos de literatura española (1939 y 1945) y Letras de la Nueva España (1948); sus ensayos sobre temas americanos; Última Tule (1942), Tentativas y orientaciones (1944) y Norte y sur (1945), a más de otros volúmenes de ensayos y notas. Escribe y publica también en esta época libros de poesía que culminarán en las colecciones de La vega y el soto (1946) y Cortesía (1948), y en la primera parte de su traslado de la Ilíada de Homero (1951); colecciona también, en Verdad y mentira (1950), sus cuentos y fantasías; inicia la publicación de los cuadernos de su Archivo; escribe prólogos para numerosos libros y aún traduce textos de Jules Romains, A. Petrie, C. M. Bowra y Gilbert Murray. En resumen, durante este segundo gran ciclo de su obra intelectual publica treinta y cinco volúmenes de ensayos y estudios de los cuales veintiocho son libros originales y el resto reediciones; siete volúmenes de poesía; dos de novelística; siete cuadernos de su Archivo; prologa dieciséis libros y hace cuatro traducciones; es decir, que en estos once años publica cincuenta y un libros de su pluma, dejando aparte prólogos y traducciones. Además, ya lo sabemos, organiza y preside El Colegio de México; sustenta sus conferencias en El Colegio Nacional donde enseña literatura y explica temas humanistas y cumple aún con numerosos compromisos académicos y cívicos.

Si el primer gran periodo de su obra, la década madrileña de 1914 a 1924, había sido el de su más intensa creación literaria, este segundo periodo de 1939 a 1950 será el de las grandes síntesis de sus conocimientos, el de sus especulaciones de teoría literaria y el de sus estudios de temas clásicos. Si aquélla fue la época de creación del poeta, del poeta en prosa y en verso, ésta es la del sabio que ha merecido el título de humanista.

En 1951 recibe Alfonso Reyes el primer aviso de las dolencias cardiacas que destruirían su vida. Acaso por ello los últimos años de su vida y de su obra, de 1951 a 1959, de sus sesenta y dos a sus setenta años, serán los de la cosecha final. Continúa aún trabajando en sus temas humanistas, de los que dejará algunos libros inéditos, y proseguirá la redacción de sus memorias cuya primera parte, Parentalia. Primer libro de recuerdos (1958), es un libro valiente y conmovido; pero la preocupación constante será la de engavillar las espigas dispersas a lo largo de tantos años y de tan incesante trabajo de la pluma. Éstos serán los años de las colecciones de obras sueltas: poesía, ensayos, artículos y archivo; del ordenamiento de las Obras completas, iniciadas en 1955 para celebrar los cincuenta años de su carrera de escritor, y de las cuales alcanzó a cuidar los primeros diez volúmenes y preparar cuatro más (llegarán a veintiséis tomos); y de la continuación de algunas de las empresas permanentes en su vida intelectual: estudios clásicos, resúmenes de literatura mexicana, etcétera. Pero no emprende ya nuevas tareas, siente que sus días se acortan y experimenta la necesidad  de ordenar sus papeles, de atar cabos sueltos y de preparar su legado. En su último año de vida publicó dos pequeños textos preciosos en su voluntaria humildad: los resúmenes destinados a lectura popular que llevan por título Cartilla moral (1959) y Nuestra lengua (1959) en que quiso dejar, accesible a todos, su cordial sabiduría y su noble humanismo.

Entre los numerosos estudios y homenajes dedicados a Reyes, pueden recomendarse especialmente los siguientes: Alfonso Rangel Guerra, Las ideas literarias de Alfonso Reyes, México, El Colegio de México, 1989; Voces para un retrato. Ensayos sobre Alfonsos Reyes, Víctor Díaz Arciniega (comp.), México, UAM/FCE, 1990; Alicia Reyes, Genio y figura de Alfonso Reyes, Monterrey, Al Voleo/El Troquel, 2a. ed., 1989, y José Luis Martínez, Guia para la navegación de Alfonso Reyes, México, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, 1992. 

Adolfo Castañón 2013 / 05 ago 2017 11:32

Escritor y ensayista. La presencia de la traducción se da desde los inicios de su carrera: así lo muestran, por ejemplo, los ensayos “Las tres ‘Electras’ del teatro ateniense”, “Sobre la simetría en la estética de Goethe” y “Sobre el procedimiento ideológico de Stéphane Mallarmé”. Al final de su primer libro de poemas titulado Huellas (1906-1919), de 1922 (México, Andrés Botas e Hijo), Reyes incluye una serie de traducciones de poesía medieval francesa y de lírica inglesa. Se trata de cuatro traslados: “El castellano de Coucy”, del francés del siglo XII, siguiendo el texto medieval establecido por Gaston Paris en su Chrestomatie du Moyen Age, la “Elegía a la muerte de un perro rabioso”, que tomó de la obra El vicario de Wakefield de Oliver Goldsmith; “Los gemelos” de Robert Browning, y “El abanico de Mlle Mallarmé” de Stéphane Mallarmé. A ese repertorio añadió una serie de “burlas” que promedian la imitación y la parodia con el homenaje y el autoescarnio. Cabe señalar que en la constancia lírica de Reyes conviven la tradición, la traducción y la sátira. Presencias de ningún modo accidentales. Traducen una conciencia de que la lengua se encuentra en la historia y de que las palabras encierran en su seno, por así decir, la biografía misma de la cultura. De ahí que no extrañe la familiaridad, que muy pronto se tornará intimidad, que Reyes tiene con los tiempos pasados del idioma, y se afirme en él, desde muy temprana hora, una disposición lírica y poética, prosódica y conceptual que va del brazo con una vocación radicalmente filológica, como si la lealtad a la observancia de la sentencia délfica -“Conócete a ti mismo ”- pasara por un saber y conocer la lengua en la historia y la historia de la lengua. Las vicisitudes políticas en las que se vio envuelta su familia, junto con la muerte trágica de su padre, obligaron a Alfonso Reyes a salir del país en septiembre de 1913, con un modesto y efímero cargo diplomático. Inició, a partir de ese momento, un viaje tan forzado como fogoso que duró alrededor de veinticinco años entre destierro y representaciones diplomáticas, y que él vivió como una personal odisea. Un viaje que fue por demás fecundo para su oficio y ejercicio como traductor, filólogo, intérprete, trujamán y sabio. Reyes llegó a fraguar un retrato irónico de sí mismo y de su sombra políglota en el poema “El descastado” (1916). El dominio de varios idiomas le abrió las puertas de salones, revistas, editoriales, tertulias, ateneos y centros de estudios históricos y literarios. En los años de su estancia española, a medias vividos al margen de las instituciones, se ganó el pan haciendo diversos trabajos de traducción que se iban publicando, a veces y sobre todo en los primeros tiempos, bajo otros nombres, dando lugar así a pintorescos y a veces humillantes recuerdos, como el relacionado con Luis Ruiz Contreras, personaje menor de la Generación del 98, fundador de la Revista Nueva (1899), que organizaba trabajos de traducción y trataba de aprovecharse de los desafortunados traductores que caían en sus garras, y que le ofreció que tradujera, para luego él arreglarla a su modo y adaptarla a su estilo, la Histoire illustrée de la guerre de 1914 de Gabriel Hanotaux. Ramón Gómez de la Serna dice en Automoribundia que vio a Alfonso Reyes “sentado a su mesa de traductor y sometido a horas de oficina”. Las traducciones más nobles y notables salidas de su pluma fueron las del inglés. A la cuidadosa, vivaz traducción que hizo del difícil libro de Gilbert K. Chesterton Ortodoxia (1917; reed. México, Fondo de Cultura Económica, 1987), que él supo trasladar con soltura, siguió la de El hombre que fue jueves (1923; luego México, Fondo de Cultura Económica, 1985), igualmente vertida con maestría, con la misma mano maestra con la que había traducido al español la Pequeña historia de Inglaterra (1920) y El candor del Padre Brown (1921), todas ellas en la madrileña editorial Calleja. A esos traslados, que no dejaron de influir en el carácter y estilo del propio Reyes, hay que sumar los de Laurence Sterne, Viaje sentimental por Francia e Italia (1919) y la del relato Olalla (1922) de su admirado Robert Louis Stevenson, ambas publicadas por Calpe (Madrid). Años más tarde, ya instalado en México, para solidarizarse con su amigo el economista, historiador y “empresario cultural” Daniel Cosío Villegas y para colaborar, pluma en mano, en la construcción del edificio editorial que es el catálogo del Fondo de Cultura Económica, institución hermana de El Colegio de México, se dio a la tarea de trasladar al español obras de divulgación, tanto de historia y teoría política como de la tradición helenista. De esos empeños son prenda los libros: Doctrinas y formas de la organización política de G. D. H. Colé (1937); Eurípides y su tiempo de Gilbert Murray (1946); Introducción al estudio de Grecia de Alexander Petrie (1946) e Historia de la literatura griega de Cecile Maurice Bowra (1948). El oficio de la traducción suele estar asociado, al menos en el orbe hispánico e hispanoamericano a la dolorosa praxis de la migración por motivos políticos, y sin duda a la eterna guerra que Reyes sufrió como en carne propia: así trajo a las letras en lengua española la obra Nomentano, el refugiado (México, Cuadernos Americanos, 1946), escrita en el exilio por su amigo el poeta y novelista Jules Romains, quien se contaba, al igual que él, entre los penúltimos “hombres de buena voluntad”. Ya desde los tiempos de Madrid era conocida su afición por el poeta francés Mallarmé, en cuyo honor organizó, anónimamente, en el parque del Retiro, “un minuto de silencio poético”. En medio de la tormentosa vida periodística, mundana, editorial y diplomática que llevaba Alfonso Reyes, fue precisamente el fervor por la traducción de Mallarmé, unido al interés por la lírica deslumbrante de Góngora -al que “tradujo” en una prosificación titulada El Polifemo sin lágrimas. La fábula de Acis y Galatea. Libre interpretación del texto de Góngora (México, Fondo de Cultura Económica, 1991)- lo que le permitió sobrevivir desde el punto de vista de su desarrollo intelectual. Durante años Reyes trabajó en el libro Mallarmé entre nosotros, originalmente editado por Adolfo Bioy Casares con el sello Destiempo (Buenos Aires, 1938); esas escasas 94 páginas luego formaron parte de la obra póstuma Culto a Mallarmé (México, Fondo de Cultura Económica, 1991). Los trabajos de Reyes como traductor no se agotan en estas faenas. En 1951 publicó el traslado al español moderno de los primeros nueve cantos de la Ilíada de Homero con el título Aquiles agraviado (Fondo de Cultura Económica). Como él mismo dice: “No leo la lengua de Homero; la descifro apenas. ‘Aunque entiendo poco griego -como dice Góngora en su romance- un poco más entiendo de Grecia’”. Cierto: no sabía griego a cabalidad, aunque sabía, lo suficiente como para “controlar”, y mucho, una traducción contrastándola con otras. Y, si no sabía griego a plenitud, sabía Grecia -como diría otro alto poeta: Gonzalo Rojas- y podría decirse que la traducción de esos cantos está respaldada no solo por su personal experiencia de la ubicua guerra y la política, sino por los cuatro tomos de sus Obras completas dedicados a los estudios helénicos. Pero Alfonso Reyes, desde luego, también dominaba las variedades de la lengua española, y su moderna versión, realizada en alejandrinos, es dueña de una rara velocidad y una plástica rotundez. No solo practicó la traducción con soltura -como prueba, por ejemplo, su versión de la subversiva Fable des abeilles de Bernard de Mandeville, en verso, con el título El panal rumoroso (número 2 de la revista La Flecha, 1957, y reproducción facsimilar en la revista Istor número 23, 2005)- sino que también reflexionó sobre ella en el curso de su obra literaria y, específicamente, en el ensayo “De la traducción” incluido en el libro La experiencia literaria (1942). La traducción, la transmisión, el traslado, el comercio literario y verbal entre las lenguas tanto como entre un momento de la lengua y otro -recuérdese su atinada prosificación del Poema del Cid (Madrid, Calpe, 1919), realizada bajo la mirada de Ramón Menéndez Pidal- están presentes en la obra de Alfonso Reyes como un secreto camino de perfección. La traducción de versos y obras poéticas se encuentra también diseminada como polen en el vasto espacio de sus obras e incluye, además de los autores arriba mencionados, traslados, parodias, epigramas y versiones de autores tan disímiles como los anónimos indígenas caníbales brasileños, o Marcial o Dante, otras tantas pruebas de que, en el fondo del baúl alfonsino, se guardaba en germen la torre de Babel.

Bibl.: Adolfo Castañón, “Prólogo a El panal rumoroso de Bernard de Mandeville”, Istor. Revista de Historia Internacional VI, número 23 (2005), 92-98. || Adolfo Castañón, “Alfonso Reyes y la traducción”, Revista de la Universidad de México 93 (2011), 97-98. || Luis Arturo Guichard, “Notas sobre la versión de la Ilíada de Alfonso Reyes”, Nueva Revista de Filología Hispánica 52:2 (2004), 409-447. || Eugenia Houvenaghel, Sam Creve y Aagje Moballieu, “Alfonso Reyes, traductor de la Ilíada: un poeta épico autónomo”, Neopbilologus 92:1 (2008), 49-61. || Emilio Lledó, “Alfonso Reyes traduce la Ilíada”, Cuadernos Hispanoamericanos 41 (1953), 289- 291; también en E. Lledó, Días y libros, Valladolid, Junta de Castilla y León, 1994, 227-229. || Germán Viveros Maldonado, “Alfonso Reyes, traductor de la Ilíada” en Alfonso Reyes. Homenaje de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1981, 161-166.

Adolfo Castañón

Seudónimos:

  • A.R.
  • Fósforo

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Lectura a cargo de: Juan Stack
Estudio de grabación: Universum. Museo de las Ciencias
Música: Juan Pablo Villa
Operación y postproducción: Fabiola Rodríguez /Cristina Martínez
Año de grabación: 2015
Temas: Alfonso Reyes (Monterrey, 1889–Ciudad de México, 1959). Escritor y diplomático. Estudió Derecho en la UNAM. Junto con José Vasconcelos, Antonio Caso, Isidro Fabela y Pedro Henríquez Ureña, entre otros, participó en la fundación de “El Ateneo de la Juventud”. Tras la muerte de su padre, el general Bernardo Reyes, se exilió en España. Ocupó diversos puestos diplomáticos en Francia, España, Argentina y Brasil. Por su trabajo, se le reconoce como una de las grandes figuras de la academia y de las letras mexicanas del siglo XX. Entre otros cargos, se desempeñó como Presidente de La Casa de España en México (lo que actualmente es El Colegio de México), así como de la Academia Mexicana de la Lengua. Fue Miembro Fundador de El Colegio Nacional y del Instituto Francés de América Latina. Recibió diversos reconocimientos como el de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Princeton, la Universidad de Berkeley y La Soborna, así como el primer Premio Nacional de Ciencias y Artes en Literatura y Lingüística. Es autor de libros como Cuestiones estéticas (1911), Visión de Anáhuac (1917), El suicida (1921), Cuestiones gongorinas (1927), Homilía por la cultura (1938), Tentativas y orientaciones (1944), Norte y Sur (1945), Letras de la Nueva España (1948), Junta de sombras (1949), La X en la frente y Marginalia (1952). En “Oración del 9 de febrero” el autor rinde un homenaje a la figura de su padre, quien perdió la vida en 1913 durante los acontecimientos de la Decena Trágica, y explora la orfandad desde la complicidad de su amor filial. Sobre este texto, el crítico literario Christopher Domínguez Michael ha escrito: “Es una de las piezas más perfectas y conmovedoras en la historia de la prosa hispanoamericana”. La voz es de Juan Stack. Agradecemos la colaboración musical de Juan Pablo Villa. D.R. © UNAM 2015

Alfonso Reyes. La cena

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Lectura a cargo de: Juan Stack
Estudio de grabación: Radio UNAM
Dirección: Eduardo Ruiz Saviñón
Música: Juan Pablo Villa
Operación y postproducción: Gustavo Páez / Fabiola Rodríguez
Año de grabación: 2015
Género: Narrativa
Temas: Alfonso Reyes (Monterrey, 1889–Ciudad de México, 1959). Escritor y diplomático. Estudió Derecho en la UNAM. Fue uno de los fundadores de “El Ateneo de la Juventud” y Miembro Fundador de El Colegio Nacional. Recibió numerosos reconocimientos como el primer Premio Nacional de Ciencias y Artes en Literatura y Lingüística. Se desempeñó como embajador de México en España, Francia, Argentina y Brasil. Su vasta producción intelectual abarca temas de economía, filosofía, geografía, historia, medicina, mitología, poesía y religión. “La cena” es un relato fantástico de 1912 que se incluyó en el libro El plano oblicuo publicado en 1920. En este cuento, el sueño y la realidad, así como las dimensiones temporales y espaciales, se confunden en una experiencia irracional, mágica. La riqueza de símbolos y referencias literarias que Reyes teje a lo largo de la historia son una característica de esta pieza fundacional de la literatura fantástica latinoamericana. La versión de “La cena” que se presenta en esta ocasión cuenta con la voz de Juan Stack y la dirección de Eduardo Ruiz Saviñón. Sobre este autor, en Descarga Cultura.UNAM también puedes escuchar “Oración del 9 de febrero”. Agradecemos la colaboración musical de Juan Pablo Villa. D.R. © UNAM 2016

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Fecha de ingreso: 01 de junio de 1930
Fecha de egreso: 1937
Autor