Enciclopedia de la Literatura en México

Ignacio Manuel Altamirano

mostrar Introducción

Ignacio Manuel Altamirano es uno de los hombres más importantes del siglo xix. Su labor no sólo se limita a la literatura –aunque él mismo lo deseara así tal y como consigna en varios de sus escritos–, sino que también implica su quehacer periodístico, su actividad política, militar, social, educativa y la construcción de una identidad mexicana. Nació en Tixtla, Guerrero en 1834, y murió en San Remo, Italia en 1893. Polígrafo con enormes aptitudes para desenvolverse en numerosos campos de conocimiento, tuvo siempre una capacidad versátil y dinámica en los distintos trabajos a los que se consagró, apunta Vicente Quirarte.[1] Altamirano fue un escritor prolífico que cultivó diversos géneros literarios: novela, poesía, crónica y ensayo; la capacidad del guerrerense para traspasar las fronteras entre los géneros literarios habla de una concepción moderna de la literatura. Su actividad política, por otra parte, es resultado de sus tendencias liberales y de la construcción de un proyecto nacional republicano. La palabra para Altamirano era un arma, una forma de combatir, la manera de hablar del presente, por ello la escritura era el fundamento de su proyecto político. Ello es perceptible en sus novelas La Navidad en las montañas, El Zarco y Clemencia, en las que, como telón de fondo, se encuentra la ideología del autor.

mostrar Los primeros años y la juventud

La fecha exacta de nacimiento de Altamirano ha sido discutida por los especialistas, sólo se cuenta con la fe de bautismo con la que se le registra el 13 de diciembre de 1834, en Tixtla, una zona empobrecida y recóndita de Guerrero en la que aparece con el nombre Ignacio Homobono Serapio de un día de nacido. Sin embargo, Altamirano era supersticioso con los números y solía afirmar: “En 13 nací, en 13 me casé y en 13 me he de morir”, como consigna Fernando Tola de Habich.[2]

Luis González Obregón, en 1894, realiza el primer acercamiento a la vida infantil de Altamirano. El escritor, con pluma ensayística, desglosa los orígenes míticos del tlixteco en un paraíso indígena en el que la naturaleza ocupaba un primer plano: el niño guerrerense desconocía el español y sus primeros aprendizajes fueron los de la tierra, jugando con los otros niños. En 1992, Jesús Sotelo Inclán realiza un análisis de la vida de Altamirano en los primeros años; apunta que la madre era mestiza, de ahí que no sea completamente dominante su supuesta ascendencia indígena.[3]

La vida escolar de Altamirano comienza hasta los doce años; está marcada por los contrastes y diferencias sociales y raciales entre indígenas, mestizos y criollos; el propio Altamirano relata experiencias escolares de esta índole: de un lado se sentaban los hijos de los criollos y mestizos considerados “seres de razón” mientras que del otro, los “seres sin razón”, a saber, los indígenas. Dado que el padre de Altamirano es nombrado alcalde indígena de Tixtla, el niño no tiene que someterse a estas opresiones. Sus puntos de vista sobre la educación y lo que más tarde consignará en varias de sus crónicas como parte del progreso del proyecto nacional, sin duda, se cimientan en muchas de las vivencias que encarnó el propio escritor. La civilización corría paralela a una buena educación primaria, cara a una nación que aspiraba a la grandeza.

mostrar Camino hacia las letras

En 1848, Altamirano concursa por una beca para estudiar en el Instituto Literario de Toluca, con lo cual el destino del niño indígena –ya adolescente– estaba a punto de cambiar. Padre e hijo caminaron durante varios días hacia el Instituto, Ignacio iba descalzo, llevaba los zapatos colgados en el cuello para no maltratarlos; cuando lograron llegar, el ciclo escolar ya había comenzado. Los estudios duraban aproximadamente cinco años; se enseñaban humanidades y ciencias con una concepción enciclopédica del conocimiento. Esta institución formaba parte del ideario liberal que ya se había colado en la educación a partir de 1824. Las contradicciones de la época no se hicieron esperar; había una suerte de sincretismo entre las ideas políticas liberales y las arraigadas concepciones religiosas de los alumnos; esto se reflejaría más tarde en la obra del autor, donde es significativa la presencia de ideas católicas en paralelo al pensamiento político republicano.

Esta etapa para el polígrafo fue estimulante, se desempeñó bien en latín y en francés, aunque estuvo a punto de ser expulsado luego de descubrírsele unos versos obscenos; al final, Juan Álvarez, su pariente político y protector, lo ayudó a permanecer en el Instituto. Durante el segundo año escolar, Altamirano se desempeña como bibliotecario, allí se nutre de los clásicos griegos y latinos: Horacio, Virgilio, Tito Livio, Cicerón, Plutarco, etc. En sus crónicas será constante la aparición de estas lecturas.

La educación en el Instituto lo marca profundamente, sobre todo, por la influencia de Ignacio Ramírez, figura combativa que había que imitar. Ramírez ya había sido encarcelado por su periodismo crítico y había escandalizado a la Academia de Letrán con su acendrado ateísmo. Altamirano mismo testifica que con Ramírez se enseñaba la literatura de otra manera: “Era en toda la amplitud de la palabra una enseñanza enciclopédica, y los que la recibimos aprendimos más en ella, que lo que pudimos aprender en el curso entero, de los demás estudios”. Más tarde en 1852, Ramírez es expulsado del Instituto por sus ideas radicales y el propio Altamirano también, debido a su participación en un periódico considerado subversivo que se llamaba Los Papachos.

mostrar Las armas y las letras

A su salida del Instituto, el escritor pasa dos años entre Cuautla y Yautepec en el Estado de México. Los datos acerca de esta época son pocos, aunque gracias a la novela El Zarco, se presume que conoció detalladamente la zona. Al suscitarse la Revolución de Ayutla, se adhiere a sus filas. Cuando Santa Anna, ante las rebeliones en todo el país, ataca Guerrero, Altamirano es conmovido por sus convicciones contra la dictadura y por la agresión que ve sufrir a su tierra de origen. En 1855 triunfa la Revolución de Ayutla y Juan Álvarez es electo presidente de la república. El primer discurso cívico de Altamirano es escrito para Cuautla el 16 de septiembre de ese mismo año: el orador comenzaba su fervorosa participación política a través de la palabra en el púlpito. En este primer discurso, según Nicole Girón, ya se encuentra el germen de las ideas republicanas del escritor, así que éste dará pie a los intensos discursos que elaborará más tarde.[4]

En 1856 ingresa al Colegio Nacional San Juan de Letrán a estudiar derecho con una beca que le otorga el presidente interino Ignacio Comonfort. Paralelo a sus estudios, va al teatro, lee los periódicos y escribe. En el Colegio de Letrán, se reúne con otros pensadores revolucionarios y escucha los discursos de Ignacio Ramírez, Melchor Ocampo, Francisco Zarco y todos los liberales que llegaron a dominar los debates que culminarían en la Constitución de 1857. Ignacio Comonfort es elegido presidente bajo esta carta magna, sin embargo, a fines del mismo año, el general Félix Zuloaga se pronuncia con el Plan de Tacubaya, que rechazaba la constitución. Comonfort renuncia a su juramento. A principios de 1858, Benito Juárez, hasta entonces presidente de la Suprema Corte de Justicia, asumió la presidencia de la república de acuerdo con la constitución. Comenzó entonces la Guerra de Reforma o Guerra de Tres Años. A partir de ella, surgen dos gobiernos: el constitucional con Benito Juárez y el militar encabezado más tarde por Miguel Miramón. Juárez, después de pasar algún tiempo preso en Guadalajara, reinstala su gobierno en Veracruz y en 1859 dicta las Leyes de Reforma, nacionalizando los bienes de la iglesia. La guerra de Reforma dura hasta 1860.

En los escritos de Altamirano de 1857 y 1858 aparecen los recuerdos de los amigos con los que compartía intereses: Marcos Arróniz, Florencio María del Castillo, José Rivera y Río, los hermanos Juan y Manuel Mateos, Juan Díaz Covarrubias, Miguel Cruz Aedo, etc. En 1858, se gradúa con urgencia ya que debe volver a su tierra para cuidar y sostener a su familia. Más tarde regresaría al Colegio de Letrán pero como profesor de latín. Este mismo año escribe poesía, sobre todo, motivado por la muerte de una mujer de la que estuvo enamorado a la que en sus poemas llama Carmen. El amor imposible que caracteriza muchos de los textos del autor está influenciado por la imposibilidad característica de la estética romántica; esto, a su vez, es también parte de la novelística del escritor, en la que continuamente se nos muestran tramas relacionadas con amores idílicos.

En 1859, dos de sus amigos, Juan Díaz Covarrubias y Manuel Mateos, son asesinados por los conservadores. Para Altamirano, esta es una muestra de cómo la facción enemiga actúa con deliberada crueldad. Un mes después, sin embargo, el escritor de 25 años, continúa con su vida y se casa con Margarita Pérez Gavilán.

mostrar Las misiones de la literatura: concordia e identidad nacional

Una vez casado, Altamirano regresa a su tierra de origen. Algunos meses después, el autor recibe la autorización para ejercer su profesión en Guerrero. En 1860 decide unirse a las fuerzas comandadas por el general Jiménez y aunque no tiene una participación militar propiamente activa, se convierte en un voluntario y obtiene el reconocimiento de sus superiores. Hasta 1861 presta sus servicios como asesor militar en la División del Sur para ser nombrado, finalmente, diputado del Congreso de la Unión en Acapulco.

En 1860 los liberales triunfan sobre los conservadores. En 1861 el ejército reformista entra a la capital con el júbilo de la gente; a los pocos días, Benito Juárez toma el poder. Altamirano inicia una carrera fructífera en el parlamento; se consagra como orador cuando pronuncia su discurso contra la amnistía, un texto enérgico y brillante, en el que el escritor se declara contra un ideario cultural mexicano que siempre perdona a los traidores. Tanto el tono como la reacción del orador ante la amnistía son de carácter vibrante; en este texto se observa también su temperamento aguerrido; la voluntad de transformar y generar un México progresista y crítico que cimentará sus principios en la democracia y la lealtad. Debido a la audaz oratoria de Altamirano, de “estirpe jacobina” se le llama el “Marat de los puros”. Altamirano admira a los revolucionarios franceses, de ahí que su oratoria se encuentre impregnada de muchas de las ideas recogidas allí; la postura de Altamirano contra la superstición, por ejemplo, forma parte de las apropiaciones francesas que el autor incorporó a su ideario. Tal vez, por ello, también en su novelística se lea esa impronta de la razón ilustrada francesa.

Es en estos años que el parlamento exige a Juárez las reformas acordes con los principios liberales, pero la república aún no triunfaba y México se encontraba en una grave crisis financiera que Inglaterra, España y Francia se cobraron por la fuerza con los fondos de la aduana de Veracruz. Napoleón iii estaba decidido a imponer una monarquía en México, unido a las fuerzas conservadoras. Aprovechando la guerra de Secesión en Estados Unidos, que impedía la posible ayuda de los norteamericanos en caso de una situación bélica, los franceses dieron comienzo a la guerra en 1862. Altamirano tiene entonces una intensa actividad política: escribe artículos en El Monitor Republicano y en El siglo xix, apoya a los liberales en Guerrero y participa activamente en las batallas hasta ser nombrado coronel, aún sin tener carrera militar.

En 1867 la guerra finaliza con la victoria republicana. En su diario en 1869, Altamirano registra su encuentro con Maximiliano cuando ambos estaban enfermos de disentería, la cordialidad del emperador lo hace escribir positivamente sobre él en su diario. Con respecto a la literatura, Altamirano escribe en la introducción a la revista literaria El Renacimiento: “¿Quién no ha observado que durante la década que concluyó en 1867, ese árbol tan frondoso de la literatura mexicana, no ha podido florecer ni aún conservarse vigoroso, en medio de los huracanes de la guerra?” En La expresión nacional, José Luis Martínez dice de Altamirano que es “el espíritu más noble y lúcido con que contó la literatura mexicana en el siglo xix" y que El Renacimiento es “el documento que mejor sintetiza el carácter literario y aún cultural de toda una época".[5] En cierta forma, estas citas dejan ver a Altamirano como fundador de una nueva visión sobre la literatura: encarna el espíritu histórico volcado en las letras, nos permite ver que el arte estaba imbricado con la política y que la construcción de la identidad y del progreso estaban en el arte mismo.

mostrar Altamirano: maestro y fundador

José Luis Martínez realiza una división de cuatro etapas literarias fundamentales en esta época: la primera comandada por Lizardi, la segunda por Andrés Quintana Roo, la tercera por Altamirano y la cuarta por la generación modernista.[6] En el escritor culminan, por un lado, las apropiaciones románticas del xix, las del Realismo y la búsqueda de una escritura histórica encausada a la conciliación de las fuerzas políticas y el nacionalismo. Ya para entonces, Altamirano podía dedicarse de lleno a sus actividades culturales. Funda asociaciones, periódicos y revistas y realiza una actividad intensa en pro de la educación que incorporará las ideas liberales que había predicado hasta entonces.

En El Renacimiento se ven las posturas avanzadas de Altamirano, allí se consigna una nueva visión en torno a la cultura; en este sentido, la intensa actividad periodística del escritor resulta fundamental en la construcción del escenario nacional. Para Altamirano, la literatura implicaba, además, una forma de educar y de transmitir valores. Es así que de 1867 a 1889 escribe sus novelas que tenían como fin incorporar estas ideas a las tramas. En El Renacimiento aparece, por entregas, su primera novela Cuentos de invierno. En 1869 aparece Clemencia en forma de libro aunque también fue publicada por entregas el mismo año. En 1870 publica, en el Siglo xx, Una noche de julio, llamada Julia diez años más tarde, como parte de los Cuentos de invierno. Antonia aparece en las páginas de El Domingo en 1872. Póstumamente se publican su novela Atenea y El Zarco, que aparece hasta 1901.

Otra de las vertientes de la escritura literaria de Altamirano son sus ensayos, en ellos ofrece una historia de las letras en el siglo xix, desde 1821 hasta 1883 registra y evalúa los acontecimientos, libros y personalidades más ilustradas; y dibuja, en cierto modo, las coordenadas del canon de la literatura decimonónica mexicana. También escribe ensayos sobre literatura extranjera, crónicas teatrales y artículos críticos.

En 1872 muere Juárez y es sucedido, temporalmente, por el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Lerdo de Tejada. Después del interinato, en 1880 resulta electo Manuel González; hasta que en 1884, Porfirio Díaz accede a la presidencia, siendo reelecto en 1888. En estos años en los que la democracia se ve impedida, Altamirano sufre una suerte de marginación hasta en el periodismo, desde 1885 abandona La República. Altamirano registra en su diario de entonces apuntes depresivos mezclados con sus dolencias físicas debido a la disentería, la diabetes y la tuberculosis. En 1889 es designado cónsul general de México en España, pero a inicios de 1890, insatisfecho con el clima cultural español, cambia con Manuel Payno el cargo y se traslada a París. En 1891, viaja a San Remo Italia y, acosado por la enfermedad, muere en 1893.[7]

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mostrar Enlaces externos

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Ignacio Manuel Altamirano impulsó la literatura como elemento de integración cultural de la nación”, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, (consultado el 2 de septiembre de 2013).

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Ángel Muñoz Fernández
1995 / 28 nov 2017 08:50

Nació en Tixtla, Guerrero, en 1834 y murió en San Remo, Italia, en 1893. Indio puro, maestro de escuela, abogado, orador, diputado al Congreso, procurador general, presidente de la Suprema Corte, cónsul en Barcelona y en Francia. Participó en la revolución de Ayutla, en la guerra de Reforma y contra la intervención francesa. Novelista, poeta y periodista. Creó escuela entre los escritores de su tiempo. Colaboró en las siguientes publicaciones: Los Papachos (1852), El Correo de México (1867), El Renacimiento (1869) (53 números) (colaboraron en él los más importantes escritores de la época), El Federalista (1871), La Tribuna (1875), La República (1880) y Álbum de Navidad, donde apareció La Navidad en las montañas en 1870.

Notas: Es considerado uno de los más importantes literatos mexicanos del siglo XIX. De 1986 a 1992, la Secretaría de Educación Pública y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes publicaron 22 tomos de sus Obras completas.

 

Alfonso Reyes
1958 / 28 nov 2018 14:36

Altamirano, indio puro, fue el más grande en su tiempo y es uno de nuestros valores universales, y su genio atractivo se manifestó prácticamente en todos los géneros del oficio literario y en todos los órdenes del trato humano. Aparte de su influencia social en la cultura y la vida literaria de su época, Altamirano alcanzó con su obra propia ese nivel afortunado en que lo nacional habla para el mundo y el mundo todo es llamado a robustecer las virtudes de la propia naturaleza. Se interesó singularmente por las literaturas hispanoamericanas, no muy conocidas hasta entonces. Como poeta –abierto a todos los sentidos, romántico por temperamento, pero casi clásico de procedimiento–, supo comunicar a la lírica una elegancia y deleite nuevos. Está lleno de imágenes y objetos visibles y palpables, de tropicales arrullos y dulces muelleces, de amenidad y hallazgos felices. Nuestra poesía, con Altamirano, aun cuando la lírica no haya sido su nota sobresaliente, estuvo a punto de ceñirse la corona de triunfo, aun antes de la aparición de Gutiérrez Nájera. A partir de ese instante, hay en la lírica mexicana un movimiento ascendente que alcanza hasta las primeras décadas del siglo xx.

Altamirano, como novelista, cuida singularmente de la composición y el equilibrio de su obra. Este indio era un gran europeo. Proporción y unidad, armonía, nitidez, realidad de ambiente, veracidad en los personajes y estilo de noble pulcritud: tales son las cualidades relevantes de sus novelas y cuentos: Clemencia, El Zarco, La Navidad en las montañas, Las tres flores, Julia, Antonia, etcétera. Hay ensueño, hay ternura, hay poesía y hay una vívida visión de aquel México destrozado por las discordias y los sobresaltos sociales. 

José Luis Martínez
1993 / 04 sep 2018 20:39

El Maestro Altamirano

Ignacio Manuel Altamirano nació cerca de Tixtla (estado de Guerrero) el 13 de noviembre de 1834. Sus padres, Francisco Altamirano y Gertrudis Basilio, indígenas puros, habían heredado su apellido del español Juan Altamirano, padrino de uno de sus ascendientes. Al entrar en la escuela, ignorando quizás la lengua castellana, lo separan de la clase privilegiada, de los blancos, de los muchachos "de razón"; pero en 1842, cuando su padre vuelve a ser alcalde de Tixtla, el maestro coloca al niño Altamirano entre la gente "de razón". Concluida su instrucción primaria, se resiste a seguir un oficio (herrero o pintor) y su aplicación lo hace merecedor a la beca del municipio para estudiar en el Instituto Literario de Toluca, según ley del Estado de México promovida por Ignacio Ramírez, para beneficio de los más aventajados escolares indios. Como bibliotecario de la institución tiene oportunidad de satisfacer aquella curiosidad intelectual que no le abandonará nunca. Allí conoció a Ignacio Ramírez, que será para él constante ejemplo de heroísmo moral y cívico, y cuya elocuencia y sabiduría recordará siempre con entusiasmo. Cuando por los vaivenes de la política los profesores liberales son sustituidos por otros "moderados", Altamirano abandona el Instituto. Encuentra un acomodo transitorio en un colegio particular donde a cambio de clases de francés obtiene lo más indispensable para su mantenimiento. Pero no se resigna largo tiempo a aquella vida oscura. En los años siguientes, Altamirano se lanza a la conquista de la vida, sufre su primera desventura amorosa, peregrina; se aventura en el teatro y tiene su primer éxito con un drama histórico, Morelos en Cuautla, que un público sencillo aplaude pero que su autor, más exigente, ocultará siempre.

Ya en la Ciudad de México, se inscribe en el Colegio de Letrán para continuar sus estudios. Cuando la revolución de Ayutla, Altamirano deja las aulas por los bosques surianos; sirve como secretario a don Juan Álvarez y, terminada la lucha, vuelve a México a concluir sus estudios de Derecho. En noviembre de 1857 sustenta acto público de tercer año de Jurisprudencia, pronunciando el discurso más antiguo que de él se conoce. Nutrido con las arengas que escucha en las sesiones del Congreso en que se discutía la Constitución liberal de 1857, compartiendo sus ideales políticos y literarios con otros nacientes escritores, Altamirano vuelve a tomar las armas, de nuevo en el sur, para luchar por la Reforma, y entra de lleno por estos años en el periodismo político en el que ya se había iniciado desde los días del Instituto. Surge también entonces el gran orador cívico; en su discurso del 16 de septiembre de 1859, pronunciado en la hoy Ciudad Guerrero, afirma su fe en los destinos de la patria y su voluntad inquebrantable en la instauración de los ideales reformistas. Al triunfo de la causa, Altamirano va al Congreso de la Unión en 1861, donde, el 10 de julio del mismo año, conquista uno de sus mayores triunfos parlamentarios con su célebre discurso contra la amnistía a los enemigos de la Reforma. Los periódicos lo llenan de elogios; su nombre se hace popular y aun el apodo de Marat de los puros que le dan los conservadores es para él una ganancia. Dos años más tarde, la vieja lucha entre liberales y conservadores ha vuelto a plantearse, ahora frente a un enemigo auxiliado por un ejército extranjero. Y Altamirano sirve una vez más a la República; con el grado de coronel, participa (de 1863 a 1867) en importantes acciones militares. Por su actuación en el sitio de Querétaro, se le cita "como un héroe" en la orden general del ejército.

Al ser restablecida la República, el presidente Benito Juárez ordena que se paguen a Altamirano los haberes que no había percibido. Ello le permite fundar El Correo de México, que publicará en unión de Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto, y entregarse por entero a la tarea de construir un espíritu para su patria que ya había reconquistado su existencia. De los años de lucha aprende medularmente tres artes: el del hombre, el del político y el del escritor, y una misión, su vocación sustantiva, la del maestro. Inicia entonces el brillante curso de su magisterio intelectual, convencido de que México sólo podría fortalecerse por el retorno a la propia esencia que le da vida. En 1869 funda, con Gonzalo A. Esteva, la revista literaria El Renacimiento que logra reunir fraternalmente a los antiguos contendientes y promueve toda una época de esplendor en las letras mexicanas. En 1871, participa en la fundación de El Federalista; en 1875 en la de La Tribuna y dirige, durante su primer año, 1880, el diario La República. Muchos otros periódicos y revistas literarias, de ideas liberales, se honran con su colaboración: El Artista, El Domingo, El Libre Pensamiento, El Semanario Ilustrado, El Monitor Republicano, El Siglo xix, El Nacional, La Libertad, El Liceo Mexicano y El Diario del Hogar. Publica en ellos sus poesías, algunas de sus novelas, crónicas de teatro y misceláneas, bibliografías, ensayos, panoramas literarios, artículos de crítica literaria, artículos costumbristas, artículos políticos, artículos educativos, estudios históricos, y, en una palabra, se esfuerza por registrar los pasos de la cultura nacional y por alentar, con todas sus fuerzas, el resurgimiento de las letras patrias. Participa también activamente en la vida de las sociedades literarias y científicas de México, destacándose, en este aspecto, el restablecimiento que realiza del Liceo Hidalgo y su benemérita actuación en la Sociedad de Geografía y Estadística. Fue el maestro que infundió una conciencia nacional y una responsabilidad intelectual a la generación literaria que se inició en los años siguientes al triunfo de la República en 1867 y declinó hacia 1890, cuando ya se anunciaba una nueva doctrina literaria. Mientras se escuchó su mensaje tuvo siempre dispuesta la pluma para alentar y guiar a todos los que emprendían un camino o alcanzaban una meta. Los numerosos prólogos que escribió en esta época atestiguan hasta qué punto supo cumplir con el magisterio intelectual a que se vio destinado.

No interrumpe Altamirano, en estos años, su actividad oratoria que le trae siempre nuevos triunfos, ni sus servicios al Estado. Atiende diversos cargos en la Suprema Corte de Justicia; desempeña la Oficialía Mayor de la Secretaría de Fomento en el ministerio de Vicente Riva Palacio y vuelve a ser diputado al Congreso de la Unión. Presta también notables servicios a la educación mexicana, ya desde sus cátedras en la Escuela Nacional de Comercio, en la Escuela Preparatoria, en la Escuela de Jurisprudencia y en la Escuela Normal o ya como organizador de esta última que le debe una de las bases orgánicas que la han regido.

En 1889 es nombrado Cónsul General en España, con residencia en Barcelona. Para despedir a aquel maestro al que tanto debían, los miembros del Liceo Mexicano organizan una Velada Literaria la noche del 5 de agosto. Participan en ella con discursos, poesías, cartas o artículos, Ángel de Campo, Guillermo Prieto, Luis G. Ortiz, Juan de Dios Peza, Justo Sierra, Porfirio Parra, Manuel Gutiérrez Nájera, Luis G. Rubín, José P. Rivera, José María Bustillos y Enrique Fernández Granados. Después de algunos meses de permanencia en Barcelona –ciudad que, según Justo Sierra, le había sido "profundamente antipática"–, permuta su puesto con Manuel Payno y se establece en París. Pero aunque visitara Roma, Nápoles, Niza o Berna, sus sueños estaban siempre puestos en México. Ya enfermo, continúa honrando a su patria lejana, en congresos culturales, o enalteciendo la memoria de los héroes en los aniversarios de la Independencia mexicana. Agravada su enfermedad, se refugia en San Remo. Allí le es preciso renunciar a su último deseo de volver a México a morir. El 13 de febrero de 1893 terminan sus días, cumpliéndose así aquella superstición que siempre lo asediara por el número 13.

En la Legación de México en París se hicieron solemnes exequias a sus cenizas, en tanto eran trasladadas a México. Fueron traídas a su patria en junio de 1893, donde, luego de celebrados funerales en la Cámara de Diputados, se depositaron en el panteón Francés. En 1934, primer centenario de su nacimiento, el Congreso de la Unión acordó que sus restos fueran trasladados a la Rotonda de los Hombres Ilustres.

El novelista

Su época

La novela mexicana de los años siguientes al triunfo de la causa liberal, en 1867, alcanzó un desarrollo que supera en casi todos los aspectos a lo realizado anteriormente. Para este género, más aún que para los demás, fue profético el nombre que Altamirano diera a su revista: El Renacimiento. Además de afirmar y enriquecer las tendencias ya manifestadas –novela sentimental, histórica y de aventuras–, la de este periodo inaugura el costumbrismo y el realismo a la manera española, con lo que ganaron en densidad los cuadros demasiado espontáneos que había introducido Fernández de Lizardi. La observación y la pintura del ambiente mexicano, que continúan dominando el repertorio temático de nuestros novelistas, progresan hacia un nacionalismo cada vez más consciente y significativo. Y aun cuando en la pluma de algunos escritores la novela alcanza categoría artística, la mayoría de ellos siguen escribiendo, salvo contadas excepciones, según el curso que les dicta su pródiga imaginación y sin someter su obra a un orden previsto. Su gran acierto, sin embargo, fue haber escuchado la lección de Fernández de Lizardi e Inclán, antes que la de Orozco y Berra y del Castillo, tan admirados en su tiempo. Aquellos proponían una vigorosa imaginación novelesca, firmemente asentada en lo nacional y cuya inculta riqueza condicionaba su pintoresco desorden. Los novelistas sentimentales, por el contrario, no ofrecían más que soliloquios de héroes inciertos que ignoraban la tierra que pisaban. Y su espiritualidad no los hizo ni más ricos ni mejores narradores que los primeros.

Entre ambos caminos, Altamirano adopta uno que, aun cuando puede considerarse entroncado con la tradición nacionalista y popular, se aparta de ella porque le interesa, además del sabor nativo y del atractivo novelesco, una construcción más orgánica y cuidadosa. No era ciertamente un narrador de la estirpe de Inclán, de Payno y de Riva Palacio, porque antes que imaginativo, prefirió ser un educador y un civilizador. Pero aquella pobreza de sus invenciones y aun el freno que su índole mental le llevaba a imponer a las criaturas de su espíritu, los substituyó, algunas veces con fortuna, por una observación más lúcida y una planeación más sabia. Por ello, las mejores lecciones de su obra novelesca son sobre todo lecciones formales que contribuyeron significativamente al progreso de la literatura narrativa de su tiempo. Fue de los primeros en cultivar con propósitos estéticos las descripciones paisajistas, y, cuando todos pensaban que la eficacia de una novela residía en la abundancia y en la truculencia de los hechos que contaba, él tuvo el acierto de mostrar la virtud de la sobriedad y del equilibrio.

Mas estos méritos de la obra novelesca de Altamirano son obviamente más significativos en el plano de la historia de nuestra literatura que en el de la calidad intrínseca de las narraciones. Quiero decir que las cualidades que reconocemos en sus novelas son más importantes para la evolución histórica del género que para el deleite gratuito de sus lectores, especialmente si son de nuestro tiempo. Por supuesto que aún son capaces de interesarnos Clemencia, La navidad en las montañas y El Zarco, pero también debemos reconocer que hay otras novelas en el siglo xix mexicano que, no obstante su descuido y superficialidad, resultan más atrayentes para nuestro gusto.

Hombre de muy diversas actividades y cultivador de casi todas las formas literarias, Altamirano escribió sus novelas a lo largo de su carrera de escritor, pero sin entregarse nunca del todo al género. Dijérase que no llegaron a avenirse la gravedad del magisterio intelectual que realizó con tantos frutos y ejercicios como el poético, que casi abandonó en su madurez, con el novelesco, demasiado absorbente para un hombre de su temperamento. Sus mejores páginas no quedaron, por ello, entre sus obras de creación, sino más bien en aquellas otras –sus ensayos, crónicas y discursos– que resultaban más adecuadas para expresar su pensamiento y la acción de su magisterio, estas sí empresas capitales de su vida.

Los Cuentos de invierno

Cuando el periodista y editor Filomeno Mata dio oportunidad a Ignacio Manuel Altamirano para iniciar, en 1880, la publicación sistemática de sus ya extensas obras, en el tomo i, después de la colección de sus poesías, incluyó una serie de cuentos y novelas escritos entre 1867 y 1871, amparados con el título general de Cuentos de invierno. Coleccionaba allí Las tres flores, un cuento traducido del alemán que había publicado por primera vez en El Correo de México, en 1867, con el título de La novia, y había sido reimpreso dos años más tarde en El Renacimiento, con el subtítulo de "Cuento Alemán"; Julia, una novela corta que al publicarse por primera vez en El Siglo xix, en 1870, se llamaba Una noche de julio; La navidad en las montañas, que había dado a conocer en el Álbum de Navidad[1], y la novela Clemencia, que se publicó por primera vez en el semanario El Renacimiento, en 1869, y el mismo año había sido impresa en volumen por los editores Francisco Díaz de León y Santiago White.

El título general de Cuentos de invierno había aparecido por primera vez al frente de la primera edición de Clemencia, y aludía sin duda al pretexto inicial de la narración, pues se finge que la cuenta al autor un viejo médico militar en una noche tormentosa e invernal. Otro tanto ocurre con Julia, en la que se emplea el mismo recurso narrativo, y en cuanto a Las tres flores y La navidad en las montañas, el melancólico romanticismo del cuento alemán y el ambiente mismo del último relato, justifican su inclusión en esta serie cuyo rubro de Cuentos de invierno estaba inspirado seguramente en las obras de Dickens y Hoffman que por entonces frecuentaba Altamirano, y de las cuales quedan abundantes alusiones y aun estudios[2] en sus escritos de aquellos años.

La circunstancia de que, en algunas de sus publicaciones, La novia o Las tres flores haya aparecido con el subtítulo de "Cuento bohemio", hicieron suponer a algunos, olvidando la indicación final que dice siempre "Traducido por I. M. A.", que pudiera ser original de Altamirano o bien una paráfrasis o imitación como las que se acostumbraban entonces. Pero aunque no haya sido posible, hasta ahora, localizar al autor original del cuento, creo que Altamirano fue sólo su traductor y aun que pudo haberlo vertido directamente del alemán. En 1868, en sus Revistas literarias de México decía,[3] hablando de la importancia de la literatura alemana y de la ineficacia de las traducciones francesas, que "no podemos hacer hoy otra cosa que consagrarnos con tenacidad y con empeño el estudio del idioma alemán", y, además, quedan otros testimonios de su afición por aquella lengua, no sólo en las frecuentes alusiones que dedica a la cultura alemana en sus crónicas de El Renacimiento, sino también en otras traducciones suyas de textos alemanes.[4]

El asunto de Las tres flores es característico del romanticismo alemán: una sencilla y sentimental leyenda que cuenta la historia de los tristes amores de Lisbeth y Ludwig, adornados con las poéticas significaciones que la imaginación popular atribuye a las flores que forman el ramo nupcial de la novia. Aun ignorando el original, puede percibirse que la traducción conserva el clima del brumoso y melancólico idealismo que debió seducir a Altamirano en el cuento alemán.

Tras de este ensayo, Altamirano publicó su primera novela, Clemencia, que llegaría también a ser la más afortunada. La reciente guerra contra la intervención francesa, en la que él mismo había participado valientemente, le sirvió de animado fondo histórico sobre el que tejió con habilidad las opuestas aventuras románticas de dos oficiales mexicanos cuyos destinos habría de enlazar al hechizo de Clemencia, la heroína de la narración. No sin cierta violencia, Altamirano nos invita a reconocer, como en las comedias de Alarcón, el triunfo póstumo del bien oscuro y humilde sobre el falso brillo del mal, al fin descubierto y castigado, conflicto este en el que insistirá en otras de sus novelas, como si se empeñara, lo mismo que el autor de La verdad sospechosa, en defender con la ficción literaria sus propias experiencias humanas. Pero las mejores páginas de Clemencia no son las que cuentan esta fábula, sino las discretas estampas costumbristas y las emotivas descripciones de una hermosa ciudad mexicana, Guadalajara, que pintan el ambiente en que aquella acción ocurre.

En la historia de las letras mexicanas, Clemencia tiene el mérito de haber sido la primera novela realizada con claros propósitos y conciencia artísticos. La proporción y armonía de sus diversos elementos, la pureza de su lenguaje, el justo relieve de sus personajes y acciones, el encanto de las descripciones paisajísticas –que alcanzan en Clemencia categoría de elemento estético–, todo revela una concepción que sabía señorear sus objetivos. En una época en que la única norma del novelista había sido la plétora imaginativa, articulada por el procedimiento folletinesco de mantener suspensa la cu­riosidad de los lectores, el ejemplo de sobriedad formal y de contenido que propuso Altamirano debió ser naturalmente provechoso, aunque no fuera seguido sino varias décadas más tarde cuando aparece el realismo en la novela mexicana. Maestro en todos sus actos, Altamirano tuvo el acierto de hacer de su pobreza inventiva una lección más para la selvática riqueza de las letras de su tiempo.

En Julia, la novela corta que publicó un año después de Clemencia, Altamirano vuelve a perfilar al protagonista con aquellos rasgos autobiográficos que habían aparecido en el comandante Valle de Clemencia, y que aparecerían de nuevo, con dibujo más acabado, en el Nicolás de El Zarco. Pero si el carácter orgulloso y apasionado del infortunado Julio, el desprecio que tiene que sufrir de su amada por su condición humilde y su reacción frente a aquel desprecio son paralelos en estos tres personajes, el resto de la historia que cuenta Julia carece de la armonía de la que narra Clemencia y del colorido e interés de la que contiene El Zarco. La primera parte de las desventuras de Julia parecen tan inverosímiles y forzadas como las de un relato folletinesco, y aunque las peripecias que conocemos en la última se ven animadas por las descripciones de Tasco, la inconsecuencia original del planteamiento del asunto no permite que la novela se salve para el gusto contemporáneo.

Mayor fortuna tuvo Altamirano con la novela corta que lleva por título La navidad en las montañas. Combina en ella, en armonioso contrapunto, las armas y la religión con un delicado episodio sentimental, cuyo marco es el fértil y colorido paisaje de nuestras montañas tropicales. Más al escribir, por encargo de don Francisco Sosa, esta encantadora narración, Altamirano parece haberse propuesto mostrar, en aquellos días en que aún estaba enconada la lucha entre liberales y conservadores, el punto en que podrían conciliarse las doctrinas liberales con las religiosas. Para un espíritu como el de Altamirano, cuya preocupación constante había sido el logro de este entendimiento, indispensable para la integración orgánica de nuestra cultura, el abrazo cordial que se dan en su novela el soldado liberal y el sacerdote de la aldea –que ha logrado hacer realidades los principios por los que aquél había peleado– no puede ser sino una alegoría, cuya lección permanece aún válida, de aquella unidad nacional que fue una de las mayores empresas de su vida de maestro.

Los Idilios y elegías

Tras de esta serie inicial de cuentos, novelas y novelas cortas que Altamirano agrupó en el tomo i de sus Cuentos de invierno, aparecieron, en las revistas literarias El Domingo y El Artista, dos partes de una novela, Antonia, y Beatriz, esta última inconclusa, que llevan el título general de Idilios y elegías (Memorias de un imbécil).[5]

Estos fragmentos parecen haber sido el principio de un proyecto más amplio en el cual Altamirano se proponía novelar las experiencias amorosas de un adolescente, separándolas en cuadros que le permitían detenerse especialmente en el tratamiento de un tipo femenino. Mas, por alguna razón que ignoramos, la obra fue abando­nada y aun relegada al olvido, pues apenas se ha reproducido.

Dentro de la obra novelesca de Altamirano, estos Idilios y elegías sorprenden por su libertad de imaginación y aun por algunos rasgos picarescos que no se encuentran en sus demás narraciones. No se reconoce en ellos al maestro que sabía orientar todas las obras de su pluma en pro de las empresas culturales que fueron su legado, y acaso precisamente porque quedaban fuera de misión educadora, los dejó truncos y olvidados. Pero no era tampoco muy afortunada la con­cepción de los Idilios y elegías. El relato de las aventuras con Antonia es agradable y pintoresco, pero es demasiado superficial y aun caricaturesco el dibujo de sus caracteres; y, por el planteamiento que conocemos, el idilio entre la gran señora Beatriz y el escolar pobre carecía de perspectiva y lo afeaban desde el principio aquellas figuras grotescas y confusas del canónigo y del hijo de Beatriz, entre las que oscilan las peripecias del protagonista, condenado desde su nacimiento por el subtítulo de la narración que dice: Memorias de un imbécil.

Las novelas póstumas

Altamirano escribió El Zarco (Episodios de la vida mexicana en 1861-63) entre 1886 y 1888. Los primeros trece capítulos fueron leídos por su autor en las sesiones públicas y privadas del Liceo Hidalgo, en 1886, y habiéndola vendido en doscientos pesos al editor español Santiago Ballescá, Altamirano la concluyó "a las once y veinte minutos de la noche del 6 de abril de 1888", según dice el manuscrito original. Su autor no llegó a verla impresa, pues la primera edición de su novela aparecería en Barcelona, 1901, con prólogo de Francisco Sosa e ilustraciones de Antonio Utrillo, en lugar de las de Ramón Cantó que se habían proyectado inicialmente. Esta edición de Ballescá, de la cual son reproducción todas las posteriores, pese a la estimación que el editor y el prologuista sentían por el maestro recién desaparecido, no pudo ser una edición fiel. El manuscrito carecía de esos últimos toques que el autor suele reservar para el momento de la corrección de las pruebas; el nombre mismo del héroe, que inicialmente era Pablo, había sido convertido en Nicolás, no sin que se escaparan en las tachaduras algunos Pablos, y en varios casos, el autor no se había decidido aún entre dos soluciones para algún pasaje. Confiado en este estado el manuscrito a un copista, probablemente español y sin duda apresurado, la edición quedó llena de pequeñas infidelidades; supresión de frases, equívocos en los nombres geográficos, cambio de no pocas expresiones de sabor popular por otras más castizas o convencionales y, sólo en un caso, una corrección que pudo ser intencionada, pues se prefirió omitir que Cobos, el introductor en México de los "plagios", era un español. Al tener oportunidad de cotejar esta primera edición con el manuscrito original de la novela –que de la biblioteca de don Luis González Obregón, a quien lo regaló el maestro poco antes de salir para Europa, pasó a la del ingeniero don Marte R. Gómez, quien tuvo la bondad de confiármelo–, he procurado devolver El Zarco a su forma original, modernizando solamente, como en las demás novelas de esta edición, la ortografía y corrigiendo la puntuación cuando era necesario, pero reproduciendo el texto del manuscrito con entera fidelidad.[6]

Un asunto como el de esta novela, tan cercano a los que Inclán y Payno aprovecharon con su desenfadado y pródigo sentido novelesco,[7] dio a Altamirano una excelente oportunidad para trazar una historia pintoresca y animada, pero también para mostrar cuánto lo separaba de aquéllos. Altamirano había ganado indudablemente en soltura narrativa y había aprendido a sazonar sus relatos con diestros toques costumbristas y paisajísticos. La pintura que hace de la vida y el lenguaje familiar en Yautepec tiene un vivo encanto y trasciende a esos aromas nativos que él quería que conservara nuestra literatura. Pero cuando tiene que volver los ojos a los "plateados", salteadores y plagiarios, el moralista oculta al novelista. Si los autores de Astucia y de Los bandidos de Río Frío no podían menos que justificar, más el primero que el último, las tropelías de sus héroes, al fin criaturas de su imaginación, a Altamirano faltóle no poca simpatía para el Zarco al que describe tan contradictorio como repulsivo. Otro tanto ocurre con el resto de sus personajes, un poco acartonados e insinceros, así los buenos como los malos, quizá precisamente porque los sentimos forjados más por un hombre recto y justiciero que por un auténtico novelista. Cuando se reprochaba a Gorki haber descrito con simpatía ladrones de caballos, contestó que su oficio era describir eficazmente a sus personajes y que a los jueces tocaba condenarlos. Altamirano, por el contrario, tuvo que condenar, moral y literalmente, al "plateado" de su novela y con ello demostrarnos que si fue un maestro y un ciudadano notable, no llegó a ser un verdadero novelista.

Estas represiones que imponía a la invención novelesca, casi desaparecieron en los fragmentos que conocemos de la última de sus novelas póstumas, Atenea, escritos hacia 1889 poco antes de salir para Europa, y publicados por primera vez hasta 1935.[8]

La narración que en estas breves páginas hace del nacimiento de la ardorosa pasión otoñal que experimenta un viajero por una hermosa mujer, en Venecia, revela una intensidad emotiva que sólo pudo comunicar aquel gran corazón que fue el suyo. Siguiendo el esquema del diálogo socrático con la extranjera de Mantinea, pero oponiéndose substancialmente a su concepción idealista del amor, Altamirano confiesa aquí su propia doctrina: "El amor vive de los sentidos". Bajo los graves mármoles con que había procurado cubrirse, resurgió en sus últimos años aquel invencible erotismo, lleno de languideces tropicales, que había animado sus primeros cantos líricos. "Se creyó mármol y era carne viva", pudo decirse de él con el verso memorable de Rubén Darío.

El crítico e historiador de las letras[9]

En la crítica y en la historia literaria encontró Ignacio Manuel Altamirano uno de los más adecuados instrumentos para ejercer aquel magisterio intelectual a que se vio destinado en las letras mexicanas, desde el año siguiente al fin de la intervención francesa y el imperio, 1868, hasta 1890, aproximadamente, en que la autoridad de su palabra dejó de ser oída por una nueva generación, la de los modernistas. Poeta, novelista, orador, historiador, costumbrista y periodista fecundo, no pudo alcanzar la misma fortuna en tan variadas actividades. En su juventud, alternó brillantemente la revelación de su lirismo y de los paisajes tropicales que alienta en sus poesías, con la valerosa y elocuente proclamación de sus creencias políticas que conservan sus discursos. Pero en los años de su madurez, atento siempre a aquella preocupación suya por una cultura nacional, no pudo entregarse sin reservas a sus creaciones novelescas –en las que pronto llegamos a apreciar mejor su lección literaria que su puro interés narrativo–; encontró, en cambio, el cauce justo de aquellas ideas en los estudios de crítica e historia literaria.

Cuando Altamirano publicó en 1868 las primeras Revistas literarias, inauguraba una etapa decisiva en la historiografía de la literatura mexicana. Quedan noticias de que el jesuita veracruzano Agustín Pablo Pérez de Castro (1728-1790), dejó en los comienzos una historia de la literatura mexicana e hispanoamericana, actualmente perdida. En 1755, Juan José de Eguiara y Eguren publicó en México el primer tomo de su Biblioteca mexicana que aspiraba a formar un repertorio biobibliográfico de los escritores de la época colonial. Años más tarde, José Mariano Beristáin y Souza decidió continuar y completar la obra que Eguiara había dejado incompleta y editó –en México, 1816, 1819 y 1821– su Biblioteca hispanoamericana septentrional. Ciertamente, en los prólogos o Anteloquia que lleva el volumen de Eguiara, se encuentra el esbozo de una historia crítica de la cultura mexicana desde la época anterior a la conquista hasta 1754; pero el propósito fundamental de este trabajo, y de su continuación hecha por Beristáin, se limitaba al acopio de noticias biográficas y bibliográficas y excluía aún el propósito de una historia literaria. Ya en el siglo xix, la historiografía de nuestra literatura se inicia con panoramas de épocas, tan caprichosos como el que escribió el poeta español José Zorrilla en La flor de los recuerdos (México, 1855), o de géneros, como el Discurso sobre la poesía mexicana que Joaquín Baranda pronunció en Campeche, en 1866, para evocar al­gunos nombres de nuestra lírica. Pero la reflexión crítica y la ordenación de una secuencia histórica, propia de la historia literaria, sólo llegarán con los escritos que Altamirano publica entre 1868 y 1883.[10] El mismo año en que Altamirano escribe la última de sus Revistas, Francisco Pimentel publica la primera edición de su Historia crítica de la poesía en México que, a pesar de sus limitaciones, abre un nuevo ciclo de la historiografía de nuestras letras. La serie de panoramas literarios escritos por Altamirano, constituye una historia de muchos aspectos de la literatura mexicana, desde 1821 hasta 1883. De acuerdo con sus ideas liberales, va registrando, en el curso de las letras del siglo xix, los acontecimientos, los libros y las personalidades que le parecen más ilustrativos en el proceso de nuestra literatura. Escribe, pues, una historia doctrinaria que, cuando no pasa en silencio las obras contrarias a sus propias convicciones, las condena sin que medie ninguna otra consideración. No son escasas en estas páginas, sin embargo, las muestras de un criterio imparcial o propiamente histórico. En realidad, el objetivo al cual Altamirano quería ver orientada nuestra literatura era tan amplio como provechoso para la cultura de su tiempo: aspiraba a que nuestra literatura llegara a ser expresión fiel de nuestra nacionalidad y un elemento activo de integración cultural. Por ello, con tal de que una obra contribuyera, aunque fuese en forma modesta o rudimentaria, a este propósito, la celebraba con una generosidad que, si restaba en algunos casos objetividad y proporción a sus juicios, le permitía en cambio cumplir aquella función de animador y suscitador que prefirió siempre. Mas cuando en las creaciones y en los hombres que juzgaba se unía la orientación nacional con la calidad literaria, escribía páginas que pueden considerarse clásicas y que de hecho han constituido el punto de partida para la apreciación de aquellas figuras de nuestras letras.

Estos panoramas tienen, por otra parte, ese interés y ese encanto que les da la cercanía con los hechos a que se refieren. Con excepción de las revisiones que hace Altamirano de la personalidad de algunos escritores de la primera mitad del siglo xix, sus demás juicios se refieren a hombres de su tiempo, a obras cuya gestación y aparición presenció y a acontecimientos en los cuales él intervino. Puede hablarnos, por ello, de autores y de libros que en sus días tuvieron renombre y que hoy, acaso injustamente en algunos casos, hemos olvidado, y nos ofrece datos y circunstancias que nos ayudan a comprender y conocer mejor una época particularmente importante en la historia de nuestras letras, pues se gestaba en ella lo que podemos llamar con propiedad literatura mexicana. A propósito de las Veladas Literarias, por ejemplo, que se efectuaron en 1867 y 1868, primer germen de este movimiento, la crónica que hace Altamirano en estas páginas es si no la única, sí la más importante y amplia. El escritor español Enrique de Olavarría y Ferrari, en la reseña que años más tarde hizo de ellas,[11] debió completar sus recuerdos persona­les con las noticias y juicios que Altamirano había consignado a raíz de aquellas reuniones literarias.

Admira al lector de estas Revistas literarias de México la riqueza de los dominios culturales que poseía Altamirano. Fue acaso el primer mexicano que, en los principios mismos de su carrera literaria, hacia 1868, exploró con inteligente curiosidad literaturas como la inglesa, la alemana, la norteamericana y la hispanoamericana, que en su tiem­po continuaban siendo desconocidas para la mayoría de nuestros hombres de letras. Escribe un ensayo excelente sobre Dickens y cita familiarmente a los románticos ingleses; hace traducciones de poetas alemanes –probablemente a través de versiones francesas–; conoce y divulga a Edgar Poe y menciona con frecuencia a otros escritores norteamericanos; proclama a los grandes poetas hispanoamericanos –Bello, Olmedo, Heredia, Echeverría, Mármol, etc.– como los precursores de una independencia cultural que desea para México, y se mantiene atento a aquellos dominios ya frecuentados con anterioridad, como las letras clásicas, las francesas, las italianas y las españolas.

Al interesarse con tan precoz modernidad en los campos entonces accesibles de la cultura universal, no le guiaba, sin embargo, un simple afán de erudición o de cosmopolitismo. En los monumentos de la literatura extranjera buscaba, ante todo, la enseñanza que habría que aplicar a la incipiente literatura mexicana, la lección histórica que debería guiar sus pasos. Así llega al convencimiento de que nuestras letras, artes y ciencias, para que lograran ser expresión real de nuestro pueblo y elemento activo de nuestra integración nacional, necesitaban nutrirse de nuestros propios temas y temperamento y de nuestra propia realidad, es decir, convertirse en nacionales. La literatura debería sumarse al conocimiento de nuestra historia y de nuestras personalidades eminentes, al fortalecimiento de nuestra educación y al cultivo de las lenguas indígenas, para lograr en el espíritu popular la afirmación de una conciencia y un orgullo nacionales. El mensaje perdurable de Altamirano queda sin duda en esta revelación que hizo de la dignidad artística de lo mexicano, mensaje que logró convertir en la doctrina de toda una época y que aún continúa vigente en nuestro tiempo.

Creía también el maestro que para que la nuestra fuese una literatura orgánica y no le faltasen las raíces, precisábamos de una poesía épica, salud vigorosa de las letras y fundamento de toda expresión y conciencia nacionales. Advertía melancólicamente la in­consistencia y la fugacidad de nuestros cantores épicos y cívicos y la propensión de nuestros poetas hacia el sentimentalismo quejumbroso. No llegó a comprender que sólo dentro de nuestra propia índole podíamos desarrollarnos y que, acaso, nuestra épica había quedado en los oscuros textos indígenas o, según la tesis de Agustín Yáñez, en algunas crónicas de la conquista. Pero cuando apareció el Romancero nacional de Guillermo Prieto –obra limitada, a pesar de sus méritos–, Altamirano creyó ver surgir el primer monumento de la épica nacional que mantendría vivo en la memoria, del pueblo el recuerdo de los héroes que forjaron la patria.

No faltaron impugnadores de estas doctrinas de Altamirano, especialmente respecto a su credo nacionalista. José María Vigil, sin aludirlo, discutió en su artículo "Algunas observaciones sobre la literatura nacional"[12] las condiciones necesarias para la aparición de una literatura de esta naturaleza que consideraba, por otra parte, un objetivo imperioso. Francisco Pimentel, en algunas sesiones del Liceo Hidalgo así como en varios pasajes de la segunda edición de su Historia crítica de la poesía en México,[13] opuso a las ideas de Altamirano, con tesón y astucia, su criterio casticista y académico, pero no consiguió destruirlas ni repetir en México una polémica paralela a la que en el segundo tercio del siglo xix sostuvieron en Chile Sarmiento y Bello.

El tipo de crítica que emplea Altamirano en estos textos es de aquella especie que atiende más a las fuerzas espirituales que animan una obra que a sus valores formales. Parece dar por supuesto que el escritor debe superar una serie de problemas lingüísticos para trasmitir su mensaje y, desentendiéndose de ellos, se ocupa exclusivamente de éste. En el orden de sus ideas literarias, considera en el rango más elevado una especie de belleza moral que sirva y defienda a la patria –según sus creencias liberales y su particular doctrina nacionalista–, y subordina a este concepto todas sus demás valoraciones.

Altamirano escribía estos panoramas para que apareciesen en diversas publicaciones periódicas. Entre ellos, sólo las Revistas literarias de México, de 1868, formaron posteriormente un libro, dando a su autor la oportunidad de retocarlas. Debía redactarlas, en casi todos los casos, como artículos que integraban una serie y, según la tradición periodística, con una prisa que excluía necesariamente el reposo de la meditación, la confrontación de los datos o el pulimento del estilo. Pero en nuestro siglo xix la mayoría de nuestros escritores eran periodistas y para los periódicos y revistas literarias escribieron muchas de las obras que hoy consideramos memorables. Sus escritos, fuesen o no ideológicos, se adscribían naturalmente al campo de un partido y difícilmente puede encontrarse el caso de un escritor que no haya sido, activa o pasivamente, adicto a alguno de los bandos, cuyo medio de expresión eran siempre los periódicos. Los tiempos lo exigían así, y Altamirano, congruente con el suyo, fue con Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, Francisco Zarco, Juan Bautista Morales, Vicente Riva Palacio, Justo Sierra y Manuel Gutiérrez Nájera, uno de nuestros grandes periodistas del siglo xix. Pero si esta condición de sus escritos impidió que fuesen intachables, les dio, en cambio, esa viril elegancia que tiene la buena prosa doctrinaria que no convierte aún la gracia en amaneramiento ni la densidad en oscuridad. Leyendo estos panoramas se siente la fuerza de un pensamiento orgánico y poderoso que articula los elementos del discurso, como si su autor diese una salida natural a un manantial de doctrina que ha madurado largamente dentro de sí, y que ha nacido, no de una pura especulación intelectual, sino de la experiencia del soldado y del ciudadano que, luego de luchar con las armas y desde la tribuna por la integridad de su patria, propone un camino para defenderla con la cultura.

El Renacimiento y su tiempo

Función de las revistas literarias de México

A pesar de que el siglo xix mexicano, esa época de la "buena crianza" y de "hombres apasionados y orgullosos",[14] ha sido el periodo de nuestra historia literaria hasta hoy más generosamente estudiado, no podemos aún afirmar que ese conocimiento haya agotado un material que cada vez comprendemos más rico y más valioso. Los investigadores han realizado estudios biográficos y críticos de los autores destacados y aun de las figuras menores; conocemos ya los pasos evolutivos que siguen los géneros literarios y las características más acentuadas de la cultura de la época, pero no se ha contado en estos estudios sino con una parte de los documentos que pueden ilustrarnos, olvidando otros, que, acaso por su misma humildad, por su carácter transitorio, son los más reveladores de la vida literaria de México a partir de los primeros años del siglo pasado.

Los libros, que han sido la base informativa para el conocimiento de nuestras letras, son pues sólo una parte, no siempre la más valiosa, de la actividad literaria. Su proceso de selección no ha obedecido en todos los casos al único imperativo de la calidad. Aquí, como en otros campos, los factores económicos son decisivos en numerosas ocasiones. Mas, para fortuna de los escritores, las revistas literarias han vivido, sucediéndose unas a otras, para recoger con largueza lo mismo las páginas del poderoso que las del humilde, las de la personalidad consagrada que las del escritor oscuro y las del joven que se inicia en la literatura. Su proliferación extraordinaria en México está condicionada por la tradicional pobreza en que han vivido nuestras letras y por la necesidad que experimenta el escritor de hacer pública su obra inmediata, de conocer la producción de sus contemporáneos, y de registrar o conmemorar los acontecimientos que interesan a la actividad de su espíritu.

Desprovisto en los primeros años de nuestro periodismo –primera mitad del siglo xviii– de órganos propios, el periodismo literario fue naciendo como un parásito dentro de publicaciones de otra índole, noticiosas o políticas, hasta que su invasión ganó casi totalmente un primer periódico, el Diario de México, que se publicó entre 1805 y 1817. A partir de estas fechas, y pese a todas las calamidades políticas que asolaron nuestro país durante más de la mitad del siglo xix, las revistas literarias se reprodujeron y maduraron en ritmo ascendente, sin que las letras dejaran por ello de intervenir en los periódicos comunes. A partir de estas fechas puede afirmarse que, cuando me­nos, la mitad de la literatura mexicana está, más que contenida, olvidada en periódicos y revistas cuyo volumen es impresionante y cuyo contenido es la expresión más justa de nuestra vida literaria.

Pero si pretendiésemos encontrar en el nutrido conjunto de las revistas (alrededor de doscientas) la publicación más significativa y elocuente, la que compendíase en sí misma todo el carácter de la época, ninguna mejor que el semanario El Renacimiento, que se pu­blicó en México, en 1869, bajo la inspiración del espíritu más noble y lúcido con que contó la literatura mexicana en el siglo xix, Ignacio Manuel Altamirano. En ella se cruzaban las dos épocas literarias de aquella centuria, la que va del término de la guerra de Independencia al año en que con el fusilamiento de Maximiliano termina medio siglo de constantes sobresaltos políticos y sociales, y la que, a partir de 1867, transcurre hasta las postrimerías del siglo xix, bajo el signo nacionalista de Altamirano, en un ambiente que parecía pacífico y próspero para quienes asistieron a la elaboración sangrienta de la República, a la instauración de la Reforma y a la sedimentación final, pronto corrompida, del porfirismo. Situada en los límites mis­mos de una y otra etapa, la revista El Renacimiento reúne a los escritores que habían surgido desde la primera mitad del siglo y a los que habrían de florecer en la última; allí conviven los conservadores derrotados y los liberales triunfantes, y en ella, en fin, están manifestados los mejores valores literarios de nuestro siglo xix y los más nobles ideales culturales que movieron a los hombres de aquella centuria. Es El Renacimiento, por todo ello, el documento que mejor sintetiza el carácter literario y aun cultural de toda una época.

Periodismo literario anterior a El Renacimiento

Comprenderemos más cabalmente su significación si volvemos unos años atrás la vista para apreciar lo que le había precedido. Iniciando nuestro reconocimiento desde aquellos primeros años del siglo xix y últimos de la Colonia en que surge la primera publicación periódica de carácter literario, el Diario de México, descubriremos que, antes de la aparición de El Renacimiento, pueden registrarse no menos de noventa y cuatro revistas de esta naturaleza. En los cortos intermedios de paz, en medio de los azares políticos, destruidas por la violencia o la miseria, recién creadas, las revistas literarias invadieron unas décadas que asistieron a incontables revoluciones y asonadas, a dos invasiones extranjeras, a la mutilación de nuestro territorio y que vieron cruzar tantas veces, ora como libertador y benemérito, ora como traidor perseguido, la figura contradictoria y fatídica de Santa Anna.

Apenas conquistada la ilusoria independencia política, las revistas literarias iniciaron su vida y aparecieron tres –dos de ellas redactadas por el cubano José María Heredia, por entonces residente en México–, en la tercera década (1820-1829) del siglo; en la cuarta, el número aumentó a trece y en la quinta llegó hasta treinta y tres. Pero no se piense que se iban agregando unas a otras. El destino de nuestras revistas es efímero y su vida pocas veces sobrepasa los límites de un año. Las de esta época, antes que superar esa condición, la exageraron, y así, las que aparecen en un lapso, son diferentes a las anteriores, aunque las redactaran y forjaran los mismos hombres. En la última década mencionada, recordémoslo, ocurrió la invasión norteamericana y fue natural que aquel ritmo ascendente de publicaciones literarias decreciera. La década que va de 1850 a 1859 sólo registra veintiséis nuevas revistas, y veintiuna la siguiente, al final de la cual aparecerá El Renacimiento.

Las revistas literarias que conviene recordar dentro de este cuadro estadístico son las siguientes: el Diario de México (1805-1817), ya mencionado, que recogió la producción de los poetas neoclásicos del ciclo de Navarrete; El Iris (México, 1826), que redactaba el poeta cubano Heredia; El Mosaico Mexicano (México, 1836-1837, 1840-1842), uno de los primeros periódicos que publicó Ignacio Cumplido, el gran impresor mexicano; El Diario de los Niños (México, 1839-1840); El Zurriago Literario (México, 1839-1840, 1851), en que repartía censuras gramaticales el conde de la Cortina; el Semanario de las Señoritas Mexicanas (México, 1841-1842), obra del impresor Vicente García Torres y dirigida por Isidro Rafael Gondra, que inaugura el ciclo de las delicadas y hermosas publicaciones dedicadas a la mujer, en que tanto se complace el siglo xix; El Panorama de las Señoritas (México, 1842), salida de la misma imprenta; El Museo Mexicano (México, 1843-1845), bella publicación de Cumplido, enriquecida por los más distinguidos escritores de la época, en la que se inicia el tono serio, culto, nacionalista, en las publicaciones literarias del siglo xix, frecuentemente invadidas por artículos misceláneos que pretendían sólo la ligereza y la amenidad; El Ateneo Mexicano (México, 1844), excelente órgano de la sociedad del mismo nombre que presidía José María Tornel; El Liceo Mexicano (México, 1844), llena de buenos estudios históricos y literarios; la Revista Científica y Literaria de México (México, 1845-1846), en que colaboraron Ignacio Ramírez, Manuel Payno, Casimiro del Collado, José Joaquín Pesado y Guillermo Prieto, entre muchos otros; los admirables Presentes Amistosos, dedicados a las señoritas mexicanas, joyas de nuestra tipografía, que publica Cumplido en 1847, 1851 y 1852, adornados con la producción literaria de la época; El Álbum Mexicano (México, 1849), también de Cumplido y una de las revistas más amenas y hermosas del siglo xix, que avalora la deliciosa serie de litografías coloreadas de origen francés sobre "Las flores animadas"; La Semana de las Señoritas Mexicanas (México, 1850-1853), en que escriben Marcos Arróniz, Francisco Zarco, José Tomás de Cuéllar, Luis G. Ortiz y Francisco González Bocanegra, por ejemplo; La Ilustración Mexicana (México, 1851-1855), bajo la dirección de Francisco Zarco, con la que continuaba Cumplido su tradición de calidad y gusto; La Cruz (México, 1855-1858), el órgano de expresión de los escritores católicos, y, finalmente, la rica colección de los Calendarios, Años Nuevos y Almanaques, con los que, a partir de 1827 en que Mariano R. Galván inicia la publicación anual de su tradicional Calendario, todos los editores del siglo xix compiten en ofrecer al lector el cuaderno más gracioso, el más interesante, el mejor impreso o el más ameno e instructivo, con el concurso de los literatos mexicanos que entonces no consideraban deshonroso escribir para los niños y los hombres sencillos, para deleite y encanto de las mujeres y para solaz de los viejos.

La relación, con ser muy abreviada, puede dar una idea de la riqueza de nuestras revistas literarias en estos años anteriores a El Renacimiento, que no fueron ciertamente los de mayor esplendor. Aparecían estas publicaciones por lo común semanariamente; aún no se habían descubierto los anuncios y las revistas se sostenían, vendiéndose a precio muy reducido, con un arte cuyo secreto parece ya olvidado. No puede decirse que estuvieran hechas, como las actuales, exclusivamente para lectores especializados, antes bien, como se ha hecho notar, los escritores entendían entonces la literatura como un medio de comunicar emociones placenteras a los lectores medios, procurando, al mismo tiempo, fortalecer sus creencias religiosas o ampliar "sin lágrimas" sus conocimientos culturales. Al lado de los artículos de "variedades", muchas veces tomados de otras publicaciones, las modas ocuparon siempre un lugar importante. Se reproducían en bellas litografías figurines de París y no desdeñaban glosarlos nuestros más respetables escritores. No todo había sido, sin embargo, frivolidad. Se advierte en las revistas de esta época una plausible evolución de las misceláneas de amenidades hacia los repertorios de literatura verdadera y artículos nacionalistas. Los estudios históricos sobre episodios más o menos novelescos de la historia europea, fueron sustituidos progresivamente por biografías y pequeños ensayos sobre temas mexicanos o estudios de mayor circunspección científica. Las modas también crearon sus publicaciones propias y dejaron de poner una nota de vanidad y de pudorosa gracia entre los versos y los cuadros de costumbres de las revistas literarias. Mas, a pesar de su indudable transformación y mejoramiento, El Renacimiento mostró cuánto era lo que quedaba por hacer a aquellas publicaciones que más nos encantan por su gracia e ingenio que por su valor literario.

La época de El Renacimiento 

La época en que apareció El Renacimiento ofrecía un ambiente mucho más animado y propicio que el de los años anteriores. El triunfo de la causa liberal en 1867, la generosa amnistía que se ofreció a los conservadores vencidos, y la relativa estabilidad del gobierno, unidos al deseo que todos experimentaban de cambiar las armas y el encono por los instrumentos del trabajo y el pensamiento, todo fue propicio a un resurgimiento de las letras mexicanas.

En el mismo año de la victoria de la República, Altamirano, aprovechando los haberes atrasados que le fueron cubiertos por orden de don Benito Juárez, fundó El Correo de México en unión de Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto. En 1868 iniciaron su vida revistas literarias como La Guirnalda, que se publicó en Veracruz hasta el siguiente año; El Semanario Ilustrado (México, 1868-1869), en que colaboraron también Altamirano, Ramírez y Prieto, y La Vida de México que sólo vivió durante el año de su nacimiento. Pero fue la aparición de El Renacimiento, el 2 de enero de 1869, y la generosidad del llamado que allí dirigió Altamirano a los dispersos y reñidos escritores mexicanos, lo que produjo el verdadero resurgimiento. No sólo en la capital, sino en muchas provincias del interior, se organizaron grupos literarios, se fundaron nuevas revistas, se publi­caron nuevos libros. En 1869 se crearon: El Álbum Literario, en León, Guanajuato; El Anáhuac, que publicaba en México la Sociedad Netzahualcóyotl a la que pertenecían Manuel Acuña y Agustín F. Cuenca; la Biblioteca de Señoritas, que aparecía en Mérida con la colaboración de Francisco Sosa; La Ilustración, que editaban en la capital un grupo de señoras; La Ilustración Potosina, el excelente semanario que publicaran José Tomás de Cuéllar y José María Flores Verdad, ilustrado por Villasana; la Revista Literaria (México, ca. 1869), suplemento dominical del periódico La Constitución, que redactaba Roberto A. Esteva, y Las Violetas, el semanario que continuó en Veracruz la vida de La Guirnalda, redactados ambos por Manuel Díaz Mirón, Antonio F. de la Portilla, Santiago Sierra y otros; revistas éstas cuya vida se redujo al año de 1869. Dos publicaciones, nacidas en el mismo año, tuvieron una existencia más larga, La Revista de Mérida, llena de sabios artículos del historiador Crescendo Carrillo y Ancona, que continuó hasta el año siguiente, y El Teatro, que llegó a su décimo año, con la colaboración probable de los imprescindibles Manuel Caballero y el doctor Manuel Peredo.

Por otra parte, en la prensa no literaria tuvieron los escritores una hospitalidad siempre abierta que contribuyó a prestar animación a aquellos primeros años de paz. En El Federalista (México, 1871-1878), en cuya fundación intervinieron Manuel Payno e Ignacio Manuel Altamirano, escribía también Justo Sierra, y un adolescente, Manuel Gutiérrez Nájera, publicó allí sus primeros artículos con el nombre de "Confidencias"; en La Iberia (México, 1868-1911), que editaba don Anselmo de la Portilla, colaboraban Victoriano Agüeros, Casimiro del Collado y Gutiérrez Nájera; en El Libre Pensamiento (México, 1870), que dirigía Altamirano, hay artículos de José María Vigil; en El Siglo xix (México, 1841-1896), el gran periódico de Ignacio Cumplido que a la sazón andaba ya en su cuarta época, escribían casi todos los escritores del siglo, desde José María Lacunza y Guillermo Prieto hasta Carlos Díaz Dufoo y Ángel Pola; en El Monitor Republicano (México, 1844-1896), el excelente periódico liberal de Vicente García Torres, "El Nigromante", Ignacio Ramírez, sostuvo su famosa polémica con Emilio Castelar, y todos los escritores liberales más destacados de la época contribuyeron: Prieto, Altamirano y Vigil, Florencio M. del Castillo y Justo Sierra.

La actividad editorial, en lo que a libros se refiere, fue no menos rica que la periodística. La literatura de México se encaminaba decididamente por el nacionalismo que proclamara Altamirano, se cantaba al paisaje mexicano con musicales voces autóctonas, se alentaba a los autores dramáticos, los novelistas descubrían el filón de la historia y los hombres de estudio dedicaban su esfuerzo a organizar el conocimiento de nuestra cultura. Para ilustración de estas afirmaciones, recordemos algunos de los libros que aparecieron en torno a 1869. Vicente Riva Palacio y Juan A. Mateos se encontraban en plena fecundidad. El primero, inspirándose en asuntos de la Colonia, publicó su Monja y casada, virgen y mártir en 1868 y, el año siguiente, Martín Garatuza. Mateos, que prefería el pasado inmediato, hizo aparecer El sol de mayo, en 1868, y Sacerdote y caudillo y Los insurgentes, en 1869. Dentro de la misma corriente de la novela histórica, Enrique de Olavarría y Ferrari, aunque español de origen, abrevaba también en la historia mexicana en El tálamo y la horca (1868-1869) y en Venganza y remordimiento (1869); Lorenzo Elízaga publica Mauricio el ajusticiado o una persecución masónica, en 1869. Se anuncia la publicación por entregas, a partir de enero de 1870, de El pecado del siglo. Memorias de la época de Revillagigedo, 1789, de que es autor José Tomás de Cuéllar, y, como historia novelada, en 1869 se inician las entregas de El libro rojo, historia de los crímenes de la conquista y el virreinato, que escriben Vicente Riva Palacio, Manuel Payno, Juan A. Mateos y Rafael Martínez de la Torre. Pero también se cultivan otros temas novelescos: Mariano Villanueva publica, en 1868 y 1869, unas Memorias fantásticas del pájaro verde, y José Rivera Río, en 1869, El hambre y el oro y Los dramas de Nueva York.

La poesía recibe las siguientes aportaciones: Ipandro Acaico edita en Guanajuato, hacia estos mismos años, su traducción de los Idilios de Bion de Esmirna; el español Casimiro del Collado, reúne, en 1868, sus Poesías; Rivera Río, además de sus novelas, publica un tomo de versos que titula Luceros y nebulosas, y José María Esteva, desde su destierro cubano, envía a México ejemplares de su leyenda La mujer blanca (1869).

En el campo de la historia, la geografía y los estudios filológicos, la actividad editorial sigue los mismos rumbos nacionalistas que la literatura: Crescencio Carrillo y Ancona edita en Mérida, en 1868, un Manual de historia y geografía de la península yucateca; José María de Liceaga, en el mismo año, los Apuntes y rectificaciones a la "Historia de México" que escribió D. Lucas Alamán; el licenciado Faustino Chimalpopoca Galicia publica un Epítome o modo fácil de aprender el idioma Náhuatl o lengua mexicana, en 1869, obra que celebra entusiastamente Altamirano; Antonio García Cubas, en el mismo año, hace aparecer el tomo primero de su Curso elemental de geografía universal y, en fin, se publica un abundante número de documentos históricos sobre la intervención francesa y el imperio de los que México acababa de librarse.

Pero como la vida literaria de una época no se forma solamente de revistas y libros, registremos también las actividades sociales de los escritores, sus viajes, sus muertes, sus asociaciones literarias, sus teatros y diversiones, los acontecimientos públicos en los que participan, todo lo que pueda contribuir al mejor conocimiento de la época en que se publica El Renacimiento, ya que las mismas Crónicas de la semana que allí escribe Altamirano nos presentan la ocasión de enterarnos de cuanto constituía la vida de los hombres de letras de su tiempo.

Desaparecida hacía más de diez años la Academia de Letrán, que fuera el centro de reunión de los escritores en la primera mitad del siglo, e inexistente aún el Liceo Hidalgo que habría de congregarlos más tarde, algunas sociedades literarias y científicas, de corta vida las primeras, sirvieron como lazo de unión para los escritores de esta época. Los más jóvenes reuníanse en la Sociedad Netzahualcóyotl, cuyo solo título indicaba ya la influencia nacionalista e indigenista del maestro. Allí concurrían, entre otros, dos poetas que años más adelante ocuparían un lugar distinguido en el coro de nuestra lírica, los dos prematuramente desaparecidos: Agustín F. Cuenca y Manuel Acuña. Los escritores católicos preferían reunirse en la Sociedad Católica, y los del bando opuesto, organizaron la Sociedad de Libres Pensadores que publicaba su propio periódico bajo la dirección de Pedro Batiza. El escritor costumbrista José Tomás de Cuéllar, que paralelamente a El Renacimiento había publicado en San Luis Potosí su semanario La Ilustración Potosina, al venir a México fundó un círculo al que llamó Bohemia Literaria y que también publicó su propia revista con el nombre que llevaría la famosa colección novelesca: La Linterna Mágica (1872). Las reuniones de la Sociedad de Geografía y Estadística –una de las más antiguas y valiosas corporaciones mexicanas y de la que sería alma durante algunos años Ignacio Manuel Altamirano, organizador de su rica biblioteca– eran iluminadas con las disertaciones y polémicas de Ignacio Ramírez, el conde de la Cortina, Manuel Payno, Francisco Pimentel, Gabino Barreda y de todos aquellos que, además de sus aficiones literarias, se interesaban por estudios científicos y filosóficos. Y aunque no constituyesen propiamente una asociación, las Veladas Literarias que se celebraron en 1867 y 1868, con el grupo de Altamirano y sus discípulos, habían llegado a ser la más cordial y la más activa fraternidad literaria.

Menos opulento acaso que Jesús E. Valenzuela en los años del modernismo, don Manuel Payno era no menos generoso en las comidas que ofrecía en su casa a la aristocracia intelectual de la época. Isabel Prieto de Landázuri, la celebrada poetisa mexicana por muchos años residente en Alemania, llega a México por estos días. Procedente de Italia, donde había realizado una brillante carrera artística, el maestro Melesio Morales regresa a su patria que lo recibe triunfalmente. En el Teatro Iturbide se celebra una función de homenaje al músico mexicano, que da ocasión a algunos poetas para ejercitar su inspiración en la poesía de circunstancias. De Guadalajara llega, como diputado federal, don José María Vigil, distinguido liberal y laborioso escritor que continuará en la capital sus actividades literarias. A Roma, finalmente, parte el suntuoso obispo y poeta Ignacio Montes de Oca y Obregón que, entre los Árcades, se llamó Ipandro Acaico.

Otros acontecimientos relacionados con la vida literaria ocurren también en la época de El Renacimiento. Francisco Zarco, el compañero de Altamirano, Ramírez y Prieto en las luchas liberales y en las empresas literarias, muere en 1869. Por los mismos días, se abre en la capital una nueva librería, sucursal de la que en París tenían los hermanos Garnier, en una de las piezas del antiguo convento del Espíritu Santo. Los teatros renuevan constantemente sus espectáculos. Las compañías de Gaztambide y de Albisu ofrecen a los aficionados a la zarzuela, entre los que se cuenta Altamirano –convencido defensor de ese género teatral–, las más gustadas piezas de su repertorio. Las actrices italianas que por entonces visitan México, entre ellas la celebrada trágica Civili, deslumbran a un público siempre entusiasta. Y para contentar todos los gustos, los circos de Bell y de Ghiarini divierten o asombran a chicos y grandes. Para conmemorar la batalla del Cinco de Mayo, Enrique de Olavarría y Ferrari, Justo Sierra y Esteban González, jóvenes entonces, componen una Loa sobre un tema indígena que se canta con éxito en el Teatro Iturbide con música del maestro Cresj.

Detengámonos, finalmente, en los pequeños y grandes sucesos sociales, artísticos y cívicos que ocupaban la atención de los hombres en 1869. Con gran pompa se inaugura el tramo de ferrocarril que va de Apizaco a Santa Anna, y Altamirano figura entre la concurrencia; todos deploran que, a los pocos días de estar en uso, se registre un terrible accidente. Menos trágicas eran las peripecias que regularmente ocurrían en el ferrocarril de Tlalpan, objeto de burlas y apodos. Por las locuras a que parecía tan aficionada la locomotora que conducía ese vehículo, se le llamaba la Burra de Balaam y, quien se confiaba a sus servicios, debía contar con un descarrilamiento que podía hacerlo nadar en fango o con que a la Burra le ocurriera salirse de la vía para correr a campo traviesa por los felices y desiertos llanos que entonces cruzaba. El relato que Altamirano hace, en una de sus Crónicas de la semana, de este episodio, es una página llena de amenidad y gracia que puede competir con las mejores crónicas de la época modernista. Pero continuemos la rememoración de la vida de aquellos tiempos. En el paseo de la Viga se inaugura un busto de Cuauhtémoc, como un signo más de este retorno a lo nacional que surgió en un pueblo dos veces amenazado en su integridad nacional. El aniversario del nacimiento del barón de Humboldt es conmemorado en el Club Alemán y en la Sociedad de Geografía y Estadística. Ignacio Ramírez y Gabino Barreda intervienen en el acto que celebra esta última corporación. Altamirano, en funciones de cronista de El Renacimiento, asiste complacido a los bailes del Casino Español y a las inauguraciones de nuevas escuelas. José María Velasco, discípulo a la sazón de Landesio, comienza a pintar por entonces sus primeros cuadros en los que ve ya Altamirano el anuncio de uno de nuestros más grandes pintores y del mayor paisajista del Valle de México. Melesio Morales, deslumbrando a los melómanos mexicanos con sus conocimientos aprendidos en Europa, hace escuchar trozos de Haydn, Beethoven y Schumann. Las fiestas patrióticas de septiembre celébranse en Puebla, a donde parte una gran comitiva del gobierno de Juárez. Altamirano, que cuenta en el grupo, hace una puntual crónica de la expedición y nos refiere, entre muchas otras cosas, que el maestro Morales deleitó a la concurrencia con el estreno de su composición La locomotiva, pieza de música imitativa, según la moda que habían implantado algunos compositores alemanes.

Tal es el cuadro que podemos reconstruir de la vida literaria y social en la época de aparición de El Renacimiento. Si en los años que antecedieron a 1867 el signo debió ser, por fuerza de las circunstancias, la destrucción y la lucha, ahora la nueva consigna es la construcción y la concordia. El principal abanderado de los nuevos tiempos es Ignacio Manuel Altamirano.

Altamirano y El Renacimiento

Si las obras en verso de Altamirano –escribía don Ezequiel A. Chávez en 1935, en uno de los artículos con que se conmemoró el primer centenario del nacimiento del autor de Clemencia– ocupan, salvo raras excepciones, diez y seis o diez y siete años de su vida –su juventud y los comienzos de su edad viril–, en contemplación admirada de la naturaleza y con apasionado lirismo, de los veinte a los treinta y seis años; si los discursos que de él nos han llegado, coleccionados en 1889, cuando aún vivía, abrazan veintitrés años, en plena edad viril, de los veinticinco a los cuarenta y siete, proclamación elocuente de su fe política, de su amor a la patria, a las letras, al progreso, a la humanidad; si su obra de crítica de la literatura y del teatro, lo mismo que de los sucesos para él contemporáneos, de valor histórico, y de los acontecimientos pasados, abraza veintiuno o veintidós años, de los treinta y cuatro a los cincuenta y cinco de su vida, sazonados frutos de su virilidad y de su madurez, su labor de novelista comprende visiblemente veintidós años, los mismos casi que su obra de crítica, de 1867 a 1889, creadora proyección de su vida sentimental, transfigurada en los paisajes materiales y sociales elegidos por su fantasía.[15]

En 1869, consiguientemente, Altamirano contaba treinta y cinco años de edad, estaba a punto de concluir su período de creación poética, se encontraba en la cima de su carrera política y comenzaba a realizar sus dos empresas de madurez, sus textos críticos y estudios culturales y sus novelas. Por lo que respecta a su actividad exclusivamente periodística debe recordarse que, en los años anteriores a la aparición de su revista El Renacimiento, dedicó casi la totalidad de sus trabajos intelectuales a la lucha en favor de los ideales liberales y reformistas. De allí que, en ese período, sean más importantes sus trabajos políticos, tanto en los periódicos que fundó o dirigió como en aquellos en que colaboró, que sus trabajos propiamente literarios. Además de El Correo de México ya mencionado, Altamirano había fundado los siguientes periódicos: cuando no contaba más de dieciocho años publicó en Toluca el curioso periódico Los Papachos, con este curioso subtítulo: "A pedantes habladores, ya sean viejos o muchachos, les haremos mil papachos", que recuerda los epígrafes a que era aficionado en sus periódicos Fernández de Lizardi. En él publicó Altamirano, de acuerdo con los informes de González Obregón,[16] sus primeras producciones en prosa, sus primeros versos y algunos artículos satíricos. Años más tarde, durante la intervención francesa y acaso en los intervalos de sus acciones militares, fundó en el estado de Guerrero otro periódico al que llamó El Eco de la Reforma, del cual se conservan muy escasas noticias. Ya no como fundador sino como colaborador participó, en los años anteriores a 1869, en varios periódicos. En La Chinaca (México, 1862-1863), periódico liberal de corta vida, escribió al lado de sus amigos y compañeros Ignacio Ramírez, Vicente Riva Palacio, Francisco Zarco y Guillermo Prieto. En El Monitor Republicano, que con diversas interrupciones venía publicándose desde 1844, órgano de las ideas liberales, Altamirano figuró como redactor. Allí publicó, en 1862, la requisitoria contra el barón de Wagner después reproducida en folleto. En La Voz del Pueblo, periódico publicado en Ciudad Guerrero en 1866, hay algunos editoriales con su firma. En El Siglo xix, el órgano periodístico sin duda más representativo de aquella centuria, publicó crónicas teatrales y otros artículos entre 1868 y 1870. En El Semanario Ilustrado, revista que se publicó en México en 1868 y 1869, Altamirano, finalmente, había colaborado al lado de Ramírez, Prieto y Luis G. Ortiz, que escribían allí lo mismo de literatura que de ciencias, costumbres y sucesos contemporáneos, según el uso de la época.

Como ha podido advertirse, la actividad periodística de Altamirano en esta etapa de su vida puede considerarse modesta si se la compara con la que realizaría en los años siguientes. Contribuyeron a ello los tropiezos que en tiempos tan tormentosos debían sufrir todas las actividades intelectuales y, fundamentalmente, el hecho de que Altamirano, comprendiendo que su deber para con la patria y para con sus convicciones políticas se encontraba en el campo de combate, había tomado las armas para luchar, con heroísmo ejemplar, por la instauración de los ideales liberales y para librar a México del invasor francés. Pero al triunfo de la causa liberal y cuando sobrevino la liquidación del imperio de Maximiliano, Altamirano pudo entregarse al fin a la tarea de construir un espíritu para su patria que ya había reconquistado su existencia. La bandera que podía alentar a un pueblo exhausto y desilusionado debía ser pues el nacionalismo, y Altamirano fue quien primero agrupó a la aristocracia intelectual de México en torno a ella en las páginas de El Renacimiento.

El Renacimiento. Historia externa

¿Cómo surgió en los días finales de 1868 la idea de fundar un nuevo semanario con estos propósitos? Desde luego, las Veladas Literarias que impulsadas principalmente por Altamirano se habían celebrado en 1867 y 1868, fueron el germen natural de la revista y de todo el resurgimiento cultural que la rodeó. Olavarría y Ferrari, veinticinco años más tarde, recordará que en torno a Altamirano congregábase "una multitud de jóvenes escritores fraternalmente unidos, y los viejos campeones de antiguas lides literarias, poseedores ya de fama y nombradía",[17] y nos explica luego que si a Altamirano se debió la inspiración y la dirección espiritual de El Renacimiento, Gonzalo A. Esteva fue quien proporcionó los elementos materiales para realizarla. Como era debido, ambos, Altamirano y Esteva, figuraron como editores al frente del primer tomo de este periódico literario. Los redactores fueron Ignacio Ramírez, José Sebastián Segura, Guillermo Prieto, Manuel Peredo y Justo Sierra, y los colaboradores, que en número de sesenta y dos figuran en la portada del primer tomo, incluían a casi todos los escritores mexicanos y extranjeros residentes en México que tenían una significación por entonces.

Los impresores escogidos para realizar la publicación fueron Fran­cisco Díaz de León y Santiago White, cuyos talleres estaban en la calle Segunda de la Monterilla número 12. Díaz de León, que iniciaba su carrera tipográfica, había de ser en las últimas décadas del siglo xix el continuador de la brillante tradición que tanto ilustraron impresores como Ignacio Cumplido y Vicente García Torres. Su labor junto con White en El Renacimiento, si no puede reputarse por memorable, no puede tachársela tampoco de descuidada. La impresión es correcta y limpia, la composición sobria y las ilustraciones que embellecen los dos tomos del periódico, debidas a los litógrafos H. Iriarte, V. Debray, Lara y Salazar, casi todas ellas de personajes, lugares y asuntos mexicanos, tienen la calidad que es común en los trabajos de la época.

Al iniciarse el segundo tomo, el 4 de septiembre, con el número 36 de la revista, fue necesario introducir algunos cambios. Problemas económicos determinaron a Altamirano y a Esteva a traspasar la propiedad del periódico a los impresores que, a partir de aquella fecha, convirtiéronse en editores. El cuerpo de redactores fue engrosado por Francisco Pimentel, Manuel Orozco y Berra y Gonzalo A. Esteva; Altamirano se convirtió en Redactor en Jefe y los colaboradores llegaron a setenta. Debe explicarse, para honra de Díaz de León y White, que su nuevo carácter de editores no los indujo a introducir cambios que acaso pudieran mejorar las economías de la publicación, a costa de su autonomía y calidad literarias. Altamirano continuó siendo su animador y la calidad de su contenido siguió el rumbo ascendente señalado desde el primer número. Aparte de las colaboraciones variables en prosa y verso, fueron proyectadas tres secciones constantes en El Renacimiento: la Crónica de la semana y el Boletín bibliográfico, de los que se encargó Altamirano, y la Revista teatral confiada al doctor Manuel Peredo. Las Crónicas, que requie­ren una consideración adecuada a su importancia, las escribió Altamirano regularmente excepto una, la correspondiente al 21 de agosto, en que tuvo que suspenderla por fuerza mayor; el Boletín, de gran utilidad informativa, apareció mensualmente en todo el tomo primero –que va del 2 de enero al 28 de agosto– y en él se registraron las novedades editoriales con una breve descripción y comentario. Las Revistas teatrales, escritas con algunas interrupciones, nos ofrecen una reseña discreta y amena de cuanto ocurría en el mundo dramático de aquellos días, ya que el doctor Peredo tenía no sólo una bien ganada reputación de crítico teatral, sino que aun tenemos constancia de uno de sus intentos dramáticos, la pieza Quien todo lo quiere..., estrenada con éxito el 29 de diciembre de 1868 en el Teatro Principal.

Desde el primer número de El Renacimiento, Altamirano formuló en su memorable introducción el espíritu que animaba a su periódico y el programa que se proponía seguir. Luego de hacer una revisión de las actividades intelectuales que habían sido posibles en los años anteriores, en que "todos los espíritus estaban bajo la influencia de las preocupaciones políticas", cree llegada una nueva hora. "Cesó la lucha –escribe–, volvieron a encontrarse en el hogar los antiguos amigos, los hermanos, y natural era que bajo el cielo sereno y hermoso de la patria, ya libres de cuidados, volviesen a cultivar sus queridos estudios y a entonar sus cantos armoniosos". Para reunir esos renovados entusiasmos fue fundado El Renacimiento, y para que participen en él llama "a los amantes de las bellas letras de todas las comuniones políticas" cuyo auxilio será aceptado con agradecimiento y con cariño. "Muy felices seríamos –concluye diciendo Altamirano– si lográsemos por este medio apagar completamente los rencores que dividen todavía por desgracia a los hijos de la madre común".

Quien un día no lejano, cuando pretendía concederse una amnistía para los conservadores, había ocupado la tribuna de la Cámara de Diputados para pedir el castigo de los enemigos, "cuyos cráneos deberían estar ya blancos en la picota", ofrece hoy la concordia con nobles y generosas palabras que recibieron de liberales y conservadores, de los hombres maduros y de los jóvenes una acogida excepcional, que marcó, como ha advertido uno de nuestros historiadores, la verdadera amnistía. Meses más adelante habría de robustecer ese mismo llamado en las palabras elocuentes del discurso que pronunció en el Panteón de San Fernando, al depositarse allí las cenizas de los generales Arteaga y Salazar. En esa ocasión exclamaba:

¡Oh! ¿por qué la desgracia nos hace hermanos y la victoria y la dicha nos hacen enemigos? ¿Por qué hoy que nos agrupamos todos, sin distinción de opiniones y de banderías en derredor de los antiguos caudillos, como teniendo vergüenza de presentarnos desunidos ante ellos que nos vieron fraternizar bajo sus órdenes, por qué, digo, no deponemos para siempre nuestras mezquinas pasiones personales, haciendo el juramento de hermandad, como una ofrenda al borde de la tumba sagrada de los héroes?

Si no somos capaces de tan fácil sacrificio, bendita sea entonces la adversidad que es la única que nos hace servir a nuestro país. ¿Esa reconciliación importaría la abjuración de nuestras ideas y de nuestra independencia de carácter, ni la dignidad ni el orgullo de un gobierno? No ciertamente. Importaría sólo la moderación de nuestras luchas de familia y la práctica pura de la democracia, la cesación completa de los trastornos civiles, la grandeza de la Nación.[18]

Y al lograr la convivencia dentro de las páginas de El Renacimiento, de un Montes de Oca y un Roa Bárcena, imperialistas y conservadores, junto a un Ramírez y un Prieto, republicanos y liberales, manteniendo íntegramente la promesa de respeto a las creencias políticas individuales, se logró como lo anunciaba el título de la revista, un renacimiento cultural pocas veces igualado en nuestra historia y acaso más valioso que ningún otro por ese sello de autenticidad que le prestaban su carácter comprensivo y sus firmes raíces nacionales.

Cultura nacional

El Renacimiento fue, desde su primera hasta su última página, un semillero de temas, sugestiones y conquistas culturales en los que puede reconocerse siempre la mano inspiradora de Altamirano. Mas el tema que con mayor constancia e interés llenó las páginas del semanario fue el de la cultura nacional. Los estudios sobre asuntos mexicanos, especialmente literarios, recibieron siempre particular aten­ción. Francisco Pimentel, que a la sazón reunía los materiales para la que había de ser su Historia crítica de la poesía en México, publicó en El Renacimiento algunos de los mejores capítulos de esa obra. Altamirano colaboró con estudios sobre los novelistas Fernando Orozco y Berra y Florencio M. del Castillo y sobre el músico Melesio Morales; José Tomás de Cuéllar escribió un artículo sobre La literatura nacional; Gonzalo A. Esteva dio un estudio sobre Rafael Roa Bárcena, jurisconsulto y escritor; José María Roa Bárcena se ocupó del poeta Casimiro del Collado, que aunque español de origen podía considerarse ya mexicano, y Alfredo Chavero, Manuel Orozco y Berra y Pedro C. Paz discurrieron sobre temas arqueológicos. Los estudios históricos recibieron una atención no menos destacada. En El Rena­cimiento, Manuel Orozco y Berra publicó sus sabias indagaciones sobre los conquistadores de México y sobre la acusación de moneda; Ignacio Cornejo hizo aparecer sus Efemérides mexicanas y Valentín Uhink y Pedro Santacilia contribuyeron con eruditas disertaciones sobre temas de bibliología, algunas sobre asuntos mexicanos. Al promover estos trabajos, Altamirano siente la necesidad de atraer hacia lo nacional tanto a los hombres de estudio como a los artistas. A propósito de un cuadro alegórico del pintor Monroy, insiste en la conveniencia de que "nuestros artistas exploten las riquezas no tocadas aún de nuestra vida antigua y moderna".

En la educación vio siempre Altamirano el mejor instrumento para la creación de una cultura nacional. El analfabetismo de una porción considerable de nuestra población lo llenaba de tristeza y creía, con razón, que la base de todo gobierno "en que pueden fundarse las esperanzas de grandeza y de gloria futuras, es la instrucción pública". Su Crónica del 9 de enero está llena de sagaces atisbos sobre este fundamental problema mexicano, lo mismo que sus artículos sobre la personalidad y la benemérita obra educativa y de beneficencia de Vidal Alcocer y sobre Manuel López Cotilla, el gran educador jalisciense.

La instrucción primaria –decía en su Crónica antes mencionada– debe ser como el sol en el mediodía, debe iluminarlo todo, y no dejar ni antro, ni rincón que no bañe con sus rayos. Mientras esto no sea, vanas han de ser las ilusiones que se forjen sobre el porvenir de nuestro país y las esperanzas de que se desarrollen el amor a la paz y al trabajo, y de que se ahuyenten de nuestros campos yermos y de nuestras poblaciones atrasadas los negros fantasmas de la miseria, de la revolución y del robo que hasta aquí han parecido ser los malos genios de la nación.

Palabras cuya trágica verdad, a casi un siglo de distancia, continúan siendo válidas para nosotros, a pesar de los esfuerzos que de tiempo en tiempo han emprendido nuestros educadores, sin que hasta ahora ni el tiempo ni las circunstancias les hayan permitido lograr esa conquista básica para el progreso de nuestro pueblo.

Como buen indígena y mexicano culto, Altamirano afirmaba también la necesidad de que se prestase mayor atención al estudio de nuestras lenguas aborígenes. Aunque es probable que no conociese los textos literarios indígenas hoy divulgados, procuraba el estudio de esas lenguas como un medio de afirmación nacional y un instrumento para el conocimiento de nuestras antigüedades históricas. Deploraba que fueran extranjeros sus mejores conocedores y aplaudía los tra­bajos de Faustino Chimalpopoca Galicia, autor de una gramática de la lengua mexicana. Los estudios de Francisco Pimentel sobre las lenguas indígenas de la República mexicana, publicados en El Renacimiento, concurren al mismo propósito.

Ya fuera por el conocimiento de nuestras personalidades eminentes, ya por el de nuestra historia, ya por el fortalecimiento de nuestra educación o por el estudio de las lenguas indígenas, Altamirano buscaba, y en su empeño participan los escritores que reúne El Renacimiento, la afirmación de una conciencia y un orgullo nacionales. Detestaba profundamente, como queda expreso en la invectiva de su Crónica del 22 de mayo, ese ánimo que tan frecuentemente nos lleva a exaltar lo extranjero y a menospreciar lo propio. Sus ideas al respecto son de una energía y agudeza notables. Ocurrió en aquellos días que, requiriéndose un himno sobre Zaragoza, un grupo de mexicanos fue a solicitarlo al compositor español Gaztambide, cuando nuestro compatriota Aniceto Ortega había compuesto una vibrante marcha sobre el mismo tema. Un caso, pues, frecuente entre nosotros, que lo mismo podría ilustrarse con nuestro Himno Nacional cuya música se debe al catalán Jaime Nunó. Cuando Altamirano conoce el sucedido, una justificada ira le hace perder su serenidad habitual.

Semejantes torpezas –escribe– no se comprenden ni se explican sino diciendo que somos muy inclinados a desdeñar lo nuestro, muy afectos a admirar lo extranjero aunque sea inferior, y muy propensos a la idolatría, que es la más estúpida de las ceguedades; que en nuestro país bien puede haber un genio deslumbrador, pues nosotros nos apresuramos a taparle con el manto del desprecio, para correr a ponernos de hinojos delante del primer recién venido de Europa a quien no conocemos, pero cuya superioridad creemos a pie juntillas porque así lo aseguran unos cuantos papeles públicos.

Desde que el Papa –continúa diciendo– tuvo que declararnos hombres para ser considerados como tales, no parece sino que de Europa deben soplarnos las opiniones, las creencias, el buen gusto y la simpatía o la antipatía.

Tan iracundas y justicieras palabras no nacían, sin embargo, de un hombre que hubiera abrazado un nacionalismo cerrado y xenófobo. Los estudios que dedicaron el mismo Altamirano y muchos otros colaboradores de El Renacimiento a diferentes dominios de la cultura universal –como vamos a confirmarlo inmediatamente– prueban que lo que se buscaba era lo que antes he llamado la afirmación de una conciencia y un orgullo nacionales. Quería mostrar al mundo la calidad y la dignidad de nuestros escritores, artistas, sabios y educadores; la nobleza de algunas figuras de nuestro pasado histórico; las posibilidades de nuestro paisaje, costumbres y temperamento para realizar con ellos obras de mérito artístico, y todo ello para concurrir con nuestra propia voz y con nuestra propia índole al coro de todas las culturas, en el que hasta entonces parecía que sólo deseábamos participar con ecos de voces extrañas y procurando ocultar cuanto fuese posible la realidad de la que partíamos.

Cultura universal

Junto a la preocupación esencial por México y las cosas mexicanas, El Renacimiento no sólo mantuvo el interés por aquellos dominios de la cultura universal ya cultivados con anterioridad, sino que aun exploró nuevos dominios, hasta entonces apenas conocidos.

Si las letras clásicas tuvieron un lugar en la cultura mexicana desde los primeros años de la colonia y las letras francesas penetraron en México en la segunda mitad del siglo xix, el resto de las culturas europeas y americanas se mantuvo como terra incógnita para nuestros lectores, salvo raras excepciones, hasta bien entrado el siglo xix. Nuestra relación con la cultura española debe ser considerada aparte, por cuanto su injerto en las viejas raíces indígenas estuvo complicado con la conquista material y espiritual. Durante tres siglos, la cultura española había sido la de nuestra metrópoli y, si a partir de la independencia no pocos escritores mexicanos mostraron un despego por aquella tutela intelectual que había tenido en nosotros tan largo imperio, nunca llegamos a considerarla como algo extraño al edificio propio que tan lenta y penosamente íbamos erigiendo.

Pero en aquellos días, no eran los resquemores contra España los más vivos; aún estaba fresco el recuerdo ominoso de la intervención y el imperio y era natural que el resentimiento se dirigiera contra lo francés, aunque sólo se manifestase en el entusiasmo con que se estudiaban otras literaturas europeas. A pesar de ello, los estudios y traducciones francesas no fueron totalmente desterrados de las páginas de El Renacimiento: Justo Sierra publica un excelente ensayo sobre Lamartine; traducen a Víctor Hugo Isabel Prieto de Landázuri, Manuel M. Flores y José Rosas Moreno; Le lac de Lamartine tiene un intérprete afortunado y digno de atención en Ricardo Ituarte; José María Roa Bárcena y José Rosas Moreno vierten al español, con menos felicidad, otras composiciones del mismo Lamartine; Manuel M. Flores traduce a Musset, e Ignacio Manuel Altamirano, finalmente, pone en español un artículo de Eugéne Cortet sobre la Semana Santa.

Si lo anterior puede considerarse como una prolongación adelgazada de lo que era una costumbre desde los orígenes de nuestro periodismo literario, el interés por otras culturas europeas sí debe considerarse una de las conquistas de El Renacimiento, aunque no se trate en todos los casos de innovación. En el caso de la cultura alemana, y sin que tenga suficientes datos para confirmar mi opinión, creo que las penetraciones que aparecen en la revista que examinamos pueden considerarse las primeras en nuestro país. Como siempre, Altamirano nos ha dejado expresos los móviles de ese interés por la cultura de la patria de Goethe. En su Crónica de la semana del 23 de enero, con su acostumbrada perspicacia, escribe:

Antes se creía que el francés era la clave de las ciencias; ahora es preciso estudiar el alemán si se quiere saber. Los franceses traducen; los alemanes piensan y crean. Las ciencias naturales, la literatura, la crítica, hoy están resplandeciendo en Alemania. Sus universidades son los faros de la ciencia, sus libros son rayos de luz, sus sabios son hoy los maestros en todo. Y ¿así descuidamos el estudio del alemán, cuando al contrario, debía enseñarse este idioma de preferencia a los demás extranjeros que se hablan hoy?

Después de escuchar las palabras de Altamirano preguntémonos: ¿no tiene acaso este llamado un paralelo con el que, en las primeras décadas de nuestro siglo, lanzara José Ortega y Gasset desde su Revista de Occidente y que tanta influencia tuviera sobre la formación de los filósofos y hombres de estudio españoles e hispanoamericanos modernos?

Alentados quizá por las enseñanzas del "sabio y modesto profesor" Oloardo Hassey, algunos mexicanos y extranjeros residentes en México dieron muestras de sus conocimientos de la lengua alemana con las traducciones que publicaron en la revista que nos ocupa. José Sebastián Segura, el de más firmes conocimientos, traduce las parábolas de Krummacher, antecediéndolas con una docta introducción, y vierte, además, poemas de Goethe y de Schiller. Su traducción del poema "La campana" de este último, mereció ser considerada por Menéndez Pelayo como más próxima al metro original y menos parafrástica que la de Hartzenbusch. Rafael de Zayas Enríquez envía desde Medellín una traducción de La muerte del bardo de Uhland; Esther Tapia de Castellanos imita un poema de Novalis, e Ignacio Manuel Altamirano, además de su traducción de los Idilios de Gessner, probablemente hecha a través del francés, propone a la crítica un problema todavía sin solución plausible al poner el vago subtítulo de "Cuento alemán" a Las tres flores.

Las letras inglesas están representadas en El Renacimiento por un hermoso estudio de Altamirano sobre Dickens y tres traducciones de Lord Byron, firmadas respectivamente por José Monroy, Ramón Valle y José María Roa Bárcena, esta última precedida de un estudio. Una de las sorpresas que guarda la revista que examinamos es la traducción de El cuervo de Edgar Poe, realizada por Ignacio Mariscal. A pesar de nuestra vecindad, la literatura norteamericana es una de las que llegan más tardíamente al conocimiento de los lectores mexicanos. Desde las primeras décadas del siglo xix se leyeron en México novelas norteamericanas, pero nunca llegó a existir, sino hasta nuestros días, una corriente de comunicación constante. El camino que los libros norteamericanos tuvieron que recorrer para llegar hasta nosotros fue siempre a través de Francia o España, que nos hacían conocer las creaciones de nuestros vecinos. En el caso de Edgar Poe, ignoro por qué medios lo hayan conocido Ignacio Mariscal, su traductor, Pedro Santacilia, a quien está dedicada la versión, y Altamirano de quien dice Santacilia que nadie mejor que él conoce la obra del poeta norteamericano. Pero el hecho es que, si esta traducción se publica en 1869, aunque estuviese hecha dos años antes, puede considerarse –de acuerdo con la información que da Pedro Salinas en su artículo "Poe in Spain and Spanish America"–[19] como la primera traducción hispanoamericana de Edgar Poe.

Más dispersa es la huella que las letras italianas dejan en El Renacimiento. La Edad Media está representada por Dante, cuyo canto xxxiii del "Infierno" traduce fragmentariamente Manuel Peredo, el cronista teatral, para que sea declamado por la trágica Carolina Civili; y por Petrarca, de quien hay una imitación suscrita por José Rosas Moreno. Del siglo xvii el doctor Peredo vierte un poema dramático de Metastasio. Y del romanticismo, el barón Gustavo Gosdawa de Gostkowsky, de origen polaco y que usaba el seudónimo "Nemo" escoge la figura de Rossini para dedicarle un entusiasta estudio.

El contacto con la literatura española no puede ser más débil. Se reduce a un artículo, de memorable elegancia, de Justo Sierra sobre el orador Emilio Castelar, y a una imitación que hace Manuel M. Flores de Campoamor. Respecto a la literatura de los países hispanoamericanos, por la que Altamirano había mostrado tanta simpatía en su Revista literaria 1868, proponiéndola en algunos aspectos como un modelo para la nacional, no puede registrarse en El Renacimiento más que la publicación de dos poemas entonces inéditos del cubano José María Heredia, cuyos títulos aluden a su larga estancia en México: "Epístola al C. Andrés Quintana Roo" y la "Campaña de Zacatecas".

Pero no sólo apreciaban las letras modernas los redactores de esta revista. Tanto para los escritores liberales como para los conservadores, la cultura clásica había sido un elemento importante en su educación y ello explica que, tras sus intereses más recientes, subsistiera el fondo clásico del que dan pruebas las traducciones de Horacio, Virgilio, Mosco, Catulo y Teócrito realizadas por el cubano Juan Clemente Zenea, Luis G. Ortiz y el celebrado humanista Ipandro Acaico.

En otros dominios culturales cultivados por El Renacimiento deben destacarse los estudios filológicos de Ignacio Ramírez y de Oloardo Hassey. Junto con los de Francisco Pimentel sobre las lenguas indígenas, los Estudios sobre literatura de Ramírez, agudos aunque carezcan de rigor científico, pueden considerarse la contribución mexicana más importante que en el siglo xix recibe esta disciplina. Interesante personalidad es la de este alemán, Oloardo Hassey, que tanto se asemeja a la de otro huésped del México contemporáneo, el milanés Gutierre Tibón. Así como Tibón discurre con sabiduría e ingenio sobre el origen y las peripecias de América, de nuestros apellidos y de nuestro lenguaje, Hassey escribe para El Renacimiento, con erudición no menos copiosa, sobre asuntos filológicos o arqueológicos, sobre la historia del diablo –su nacimiento, su juventud, su imperio y su decrepitud– o sobre curiosos incidentes del pasado.

El panorama literario

Mas no se formaba El Renacimiento sólo con estudios y traducciones. Al lado de este panorama tan amplio y rico de los continentes culturales explorados, como entre los cuerpos severos del edificio los prados floridos, estaba la producción literaria misma, la poesía, la novela, las crónicas y los artículos, ya que el teatro sólo llegaba por entonces a las revistas literarias a través de reseñas. La poesía fue sin duda el género más cultivado. Todos los poetas de renombre colaboraron en la revista, los viejos y los jóvenes, los liberales y los conservadores, los clásicos y los románticos. Al lado de Manuel Carpio, José Joaquín Pesado, Ignacio Montes de Oca y José María Roa Barcena, de formación clásica, figuran los románticos Manuel M. Flores, Luis G. Ortiz, Juan Valle, Guillermo y Gonzalo A. Esteva, Isabel Prieto de Landázuri, Esther Tapia de Castellanos, José Rosas Moreno y Casimiro del Collado. Y como un matiz mexicano del romanticismo, ponían en el coro una nota de gracia festiva dos poetas costumbristas: Guillermo Prieto y José Tomás de Cuéllar. Otro matiz no menos mexicano, el de nuestro paisaje, cantado en una melodía muelle y ondulante cuyas cadencias recordaban el sopor y languidez tropicales que las inspiraban, llegó a El Renacimiento con los seis poemas que publicó Altamirano como un anticipo de sus Rimas, que sólo reuniría once años más tarde.

Entre los muchos poetas jóvenes que publican en esta revista sus primicias líricas, tres de ellos, que apenas frisaban los veinte años, alcanzarían la fama: Justo Sierra, Agustín F. Cuenca y Manuel Acuña. Las poesías de circunstancias que publica el primero no podrán reputarse como sus composiciones más felices: la elocuencia conceptuosa de que en ellas hace gala el futuro ministro de Instrucción Pública, era sin duda más adecuada a la prosa doctrinaria en que tanto descollaría años más tarde. En la única poesía de Cuenca publicada en El Renacimiento, "A Cuba", no puede reconocerse todavía ese anuncio del modernismo que caracteriza su obra. Acuña, en cambio, como si previera su desaparición inminente, se apresuraba a decir la breve y amarga canción que sería su legado. Después de dos composiciones insubstanciales, cuyo nombre común de "Doloras" alude ya a su dulzón y melancólico modelo, publica uno de sus mejores poemas "¡El hombre!", que le gana las censuras de algunos de los periódicos católicos de la época. Pese a sus indefendibles vulgaridades y a su pedantería declamatoria, en este poema, como en dos o tres más de Acuña, llegaba a la poesía mexicana un soplo de angustia metafísica hasta entonces casi no escuchado y que no carece, en sus momentos felices, de nobleza y elevación poética.

Pero no todos los poetas, jóvenes entonces, que concurrieron a las páginas de El Renacimiento alcanzaron renombre. Entre muchos otros que pueden continuar en el olvido, merecen recordarse algunos poco conocidos y dignos de atención: Luis Ponce, de Tulancingo, de producción irregular, pero afortunado en algunos momentos de su poema "El ángel de la tristeza"; Ricardo Ituarte, de quien se ha destacado la calidad de su traducción de Lamartine, autor de un poema de circunstancias escrito con soltura en elegantes estrofas sáficas; Manuel Peredo, el cronista y autor teatral, poeta de algún mérito en su canto "A la noche", y José María Bandera, cuya delicada "Serenata" es la pieza más lograda de su copiosa producción.

La novela, como la poesía, se cultiva también con abundancia por los redactores de El Renacimiento, aunque en forma más desigual. Junto a narraciones profusas e insubstanciales, tan lejanas ya a nuestra sensibilidad actual, como la de Gonzalo A. Esteva, María Ana. Historia de un loco, la de Roberto A. Esteva, Una pasión italiana o la de Emilio Rey, Amor de ángel, la misma revista publica, en folletín separado, El ángel del porvenir de Justo Sierra y Clemencia de Ignacio Manuel Altamirano, la mejor novela que salió de su pluma y una de las que más contribuyeron a la depuración de esta especie literaria en México. Como obras narrativas deben considerarse también los cuadros costumbristas, llenos de la agudeza popular que caracteriza sus escritos, que además de algunos artículos y poesías, publicó en esta revista José Tomás de Cuéllar, "Facundo".

En el campo del ensayo y de la crónica, El Renacimiento contribuye a las letras mexicanas con dos prosistas excepcionales, el mismo Ignacio Manuel Altamirano y Justo Sierra. Si en los cuadros más divulgados de la evolución de la prosa en México suele adscribirse a Gutiérrez Nájera la audacia del salto renovador, quien lea las encantadoras Crónicas de la semana de Altamirano, que durante el año de vida de su revista encabezaron cada uno de sus números, convendrá con las certeras observaciones de Rafael Heliodoro Valle y Francisco Monterde, para quienes estos artículos anuncian la prosa espiritual e intencionada de los grandes cronistas del modernismo mexicano: Gutiérrez Nájera y Urbina.[20] La anuncian, añadiría, con sus cualidades de gracia y elegancia, y sin su amaneramiento, sin extremar todavía su exquisitez y, sin menos refinadas, más viriles y substanciales. En las Crónicas de Altamirano la nobleza y la ponderación no excluyen la perspicacia ni la valentía de los juicios, y por todo ello junto al aprecio que concedemos al Altamirano maestro, al novelista, al orador y al poeta, es preciso recordar también al gran prosista de estas Crónicas, maduro y auténtico.

A propósito de crónicas cabe recordar aquí los datos que nos proporciona Altamirano respecto a los orígenes del género en México. Niceto de Zamacois propagó la especie de que el señor Mabellan, en las columnas de El Monitor Republicano, fue su introductor. Altamirano, entonces, aclara que fue Luis G. Ortiz en el folletín de El Siglo xix, en 1867, su verdadero introductor. A Ortiz le siguió José Tomás de Cuéllar, cronista de El Correo de México, y Altamirano mismo quien escribió una crónica también en 1867. El señor Mabellán, finalmente, sólo comenzó a escribirlas al año siguiente. Volviendo a los grandes prosistas de El Renacimiento, debemos añadir que algunos de los artículos que allí publica el entonces joven Justo Sierra tienen ya la calidad magistral de sus obras de madurez. Su prosa, de severa fastuosidad, está llena de pasajes no indignos del mejor Renán. Su fantasía 666. Cayo Nero tiene la nobleza de las páginas antiguas que finge, y su artículo sobre Castelar es una muestra notable de su talento y un testimonio apasionado de sus entusiasmos juveniles.

Irradiación espiritual

Tal es el contenido que llena las 802 páginas de los dos tomos de esta excepcional revista mexicana. Cuando agobios económicos que ignoramos determinaron a sus editores y redactores a suspenderla, al año justo de su aparición, Altamirano anunciaba nuevos proyectos literarios y afirmaba la creencia de que se había ya cumplido el objeto que se propuso El Renacimiento, pues en la capital y en los estados se advertía un despertar de las letras mexicanas. Si los pro­yectos literarios no llegaron a cumplirse del todo, la semilla depositada había sido fecunda.

El despertar a que alude Altamirano fue, en verdad, extraordinario. En la década que siguió a la fecha en que concluyó El Renacimiento –25 de diciembre de 1869– se fundaron treinta y cinco nuevas revistas literarias en la capital y en los estados, algunas de ellas notables como la edición literaria de los domingos de El Federalista (México, 1872-1877); La Linterna Mágica (México, 1872) que dirigía José Tomás de Cuéllar; El Artista (México, 1874-1875) en que colaboró Justo Sierra; La Alianza Literaria que publicaron en 1876, en Guadalajara, Antonio Zaragoza, Manuel Caballero y Manuel Puga y Acal, entre otros; La Aurora Literaria que apareció en la misma ciudad, de 1877 a 1881, redactada por el mismo grupo de escritores jaliscienses y por Alberto Santoscoy y el gramático Tomás V. Gómez, y El Mundo Científico y Literario (México, 1878), suplemento dominical del periódico La Libertad.

Veinticinco años más tarde, en 1894, cuando ya habían muerto muchos de los colaboradores de El Renacimiento, entre ellos el mismo Altamirano, Enrique de Olavarría y Ferrari se rodeó de los escritores finiseculares más distinguidos para resucitar, en una segunda época, aquella revista ejemplar. Sin desestimar su esfuerzo, la publicación de Olavarría y Ferrari, aunque llevase el mismo nombre de su precursora, resultó totalmente diferente a ella, con nuevas firmas y con nuevo espíritu, semejante quizá sólo en el fervor y en la calidad con que se procuraba realizarla.

Mas no sólo en las revistas literarias fue notorio el resurgimiento de las letras mexicanas en el periodo que siguió a El Renacimiento. La poesía, la novela y el ensayo –ya que no el teatro que no pudo superar la calidad alcanzada en la primera mitad del siglo– fueron cultivados en esa época de paz con un esplendor y un entusiasmo poco frecuentes en nuestra historia. Y si la influencia de Altamirano no puede considerarse la única que determina este renacimiento, sin su magisterio generoso y fecundo no hubiesen alcanzado nuestras letras la vitalidad que muestran en las últimas décadas del siglo xix. El signo que las distingue, el impulso central que las mueve fue aquel nacionalismo sin extremos proclamado por el maestro. En cada una de las corrientes principales de nuestras letras de este periodo puede reconocerse la huella de quien, mejor que ningún otro, había madurado en años heroicos y austeros un mensaje espiritual para su pueblo.

A la mitad de su vida y de su carrera, cumplido ya su deber para con la patria en las horas amargas, demócrata y culto, perspicaz renovador, conciliador e íntegro, Altamirano, ampliando la lección de Lizardi, supo descubrir la dignidad artística de lo mexicano sin olvidar, por ello, la necesidad de una circulación universal. Tal fue la enseñanza substancial que expresó a través de El Renacimiento. Y aunque la publicación de esta revista no fuese más que uno de los pasos de su actividad intelectual, en ella se marcó el momento más fructífero y elocuente de su magisterio, el compendio mejor de su pensamiento mexicano.

Al mismo tiempo, gracias a la concordia que supo fundar y a su situación temporal en el cruce de las dos épocas de su siglo, El Renacimiento puede considerarse el documento mayor de nuestras letras en esta centuria. Con razón pudo decir Altamirano, en la introducción al tomo segundo, que su "periódico llegará a ser un monumento en el que se examinarán más tarde los grados de adelanto literario de la época presente". En él están representados, en efecto, los escritores más característicos, las corrientes literarias más destacadas, los valores culturales más fértiles que conforman nuestras letras en los años que transcurren de la proclamación de la Independencia a la aparición de los primeros signos modernistas, anuncio ya de una nueva etapa.

¿Qué otra revista literaria mexicana, del pasado o del presente, puede ofrecernos la riqueza de impulsos y la irradiación espiritual que contiene El Renacimiento? ¿Cuál otra ha conseguido esta calidad en el contenido, afianzando, al mismo tiempo, su sentido mexicano y universal, su conciencia social, su integridad humana? Otras ha habido más refinadas y exclusivas, más cultas y cosmopolitas, pero ajenas radicalmente a México si no es porque surgían de sus hombres. Acaso con mayor modestia, los escritores que hicieron El Renacimiento procuraron con todo su esfuerzo y con toda su sensibilidad realizar una literatura mexicana y una obra que enalteciera a su pueblo. Consiguieron publicar la más valiosa revista literaria con que cuenta México y uno de los documentos más estimulantes y hermosos de las letras mexicanas.

El poeta

El breve grupo de poemas de Altamirano, reunido con el nombre de Rimas (México, 1871), está fechado en su mayoría entre 1854 y 1865, es decir, entre los veinte y los treinta y un años de su vida. Ocupan, pues, como dice Ezequiel A. Chávez, su juventud y los comienzos de su edad viril. Si por haberlos firmado Altamirano esperamos de ellos que, de acuerdo con las ideas que proclamó, sean poemas de inspiración nacional y de entonación cívica o épica, los encontraremos conformes con el primer postulado mas totalmente ajenos al último. No hubo, sin embargo, una contradicción, puesto que aquellas ideas fueron expresadas posteriormente cuando ya el maestro, ocupado en otras tareas, había abandonado casi el cultivo de la poesía.

Lo distintivo de las Rimas de Altamirano es el sentimiento de la naturaleza que acertó a expresar, con características muy mexicanas, en una melodía muelle y ondulante cuyas cadencias recuerdan el sopor y languidez tropicales de su paisaje nativo. Pero esta cualidad descriptiva sólo aparece con todo su vigor en el poema "Al Atoyac" –el más hermoso y significativo de su obra lírica– y con carácter más bien secundario en los idilios "Flor del alba", "Los naranjos" y "Las amapolas", por ejemplo, en los que el paisaje sirve de colorido ambiente para escenas eróticas. El resto de su producción en verso es notablemente inferior, salvo estrofas o versos aislados. Ni en los poemas puramente eróticos, ni en los elegiacos, ni en los de tema sacro y menos aún en las piezas de circunstancias vuelve a apreciarse aquella viveza pictórica de sus versos descriptivos, aquel acierto en su audacia para introducir palabras indígenas, musicales y evocadoras, aquella primacía, señalada por Urbina, "en darnos la sensación, la vibración, el color del paisaje mexicano de la región de donde era oriundo, en versos de una extraordinaria robustez y pureza".

1. Ignacio Manuel Altamirano, Álbum de Navidad, México, Imprenta de Ignacio Escalante, 1871.

2. Ignacio Manuel Altamirano, "Carlos Dickens. Su carácter. Sus obras", en El Renacimiento, t. i, México, 1869, pp. 66-68.

3. Ignacio Manuel Altamirano, Revistas literarias de México, México, T. F. Neve Impresor, 1869, p. 172.

4. De Eduardo Baltzer, "La vida de Jesús", en El Libre Pensamiento, México, 1870; en colaboración con Luis Hahn, y de Salomón Gessner, "Idilios", en El Renacimiento, t. i, México, 1869, pp. 394-395 y 406-407.

5. Antonia se publicó por primera vez en El Domingo, núms. 3-10 y 15, México, 2, 9, 16, 23 y 30 de junio; 7, 14 y 21 de julio y 25 de agosto de 1872.

El primer capítulo de Beatriz apareció inicialmente en El Domingo, núm. 15, 23 de marzo de 1873, y este capítulo y tres más se publicaron en El Artista, tomo ii, México, julio-diciembre de 1874.

Antonia y Beatriz se reprodujeron en un frustrado tomo ii de los Cuentos de invierno, México, Tipografía de Filomeno Mata, 1880, que no llegó a publicarse, pues se destruyeron las páginas ya impresas.

6. Se han corregido únicamente algunos "apriesas" que, por no ir dentro de los parlamentos de los personajes, de la novela, se substituyeron por la forma moderna. Este texto fue preparado para el volumen de "Novelas", en la colección de Obras completas de Altamirano que inició la Secretaría de Educación Pública. Sólo se publicó el volumen i con los Discursos (edición, Agustín Yáñez, 1949). Cuando ya se habían entregado la mayor parte de los materiales, el proyecto –considerado sin importancia por educadores que al mismo tiempo premian a sus mejores maestros con la Medalla Altamirano– fue abandonado. [El entuerto ha sido reparado recientemente por la Dirección General de Publicaciones del cnca, que culminó en 1992 la edición de las Obras completas de Altamirano. N. del e.]

7. Pablo Robles (Perroblillos) publicó en 1891 una novela intitulada Los plateados de Tierra Caliente. Episodios de la guerra de tres años en el estado de Morelos, en la que se conjugan personajes y situaciones de Los bandidos de Río Frío de Payno, que se publicaba por entonces, y de El Zarco de Altamirano, que Robles pudo conocer parcialmente en las lecturas del Liceo Hidalgo.

8. Los fragmentos de Atenea se publicaron dentro del Homenaje a Ignacio M. Altamirano que editó la Imprenta Universitaria en México, 1935, con motivo del centenario del nacimiento del maestro. Francisco Monterde hizo, en el mismo año, una reimpresión de esta novela inconclusa en edición limitada de cincuenta ejemplares.

9. Este estudio, ampliado, aparece dentro de la "Historiografía de la literatura mexicana desde los orígenes hasta Francisco Pimentel" que figura en La expresión nacional.

10. Se encuentran coleccionados bajo el título de La literatura nacional (edición y prólogo, José Luis Martínez), México, Porrúa, (Escritores Mexicanos, 52-54), 1949.

11. Véase referencias más amplias en "Historiografía de la literatura mexicana desde los orígenes hasta Francisco Pimentel", en La expresión nacional.

12. Véase El Eco de Ambos Mundos, México, 11 y 12 de mayo de 1872.

13. Francisco Pimentel, Historia crítica de la poesía en México, México, 1892.

14. Estos escritos se encuentran coleccionados en Ignacio Manuel Altamirano, La literatura nacional, José Luis Martínez (ed. y pról.), México, Porrúa (Escritores Mexicanos, 52-54), 1949.

15. No existe una correspondencia exacta entre los datos que I. M. Altamirano y E. de Olavarría y Ferrari dan sobre las Veladas Literarias. Pero es necesario recordar que los datos del último, cuando no proceden de la crónica de Altamirano, están escritos muchos años más tarde.

16. José María Vigil, "Algunas observaciones sobre la literatura nacional", en El Eco de Ambos Mundos, México, 12 de mayo de 1872, pp. 1-2. Del mismo: "Algunas consideraciones sobre la literatura mexicana", en El Federalista, México, 21, 23 y 28 de septiembre, 5, 7, 12, 14 y 25 de octubre de 1876, pp. 1 y 2.

17. José López Portillo y Rojas, en el "Prólogo" que puso a su novela La parcela, Antonio Castro Leal (ed.), México, (Escritores Mexicanos, ii), 1945, p. 3, dice: "El difunto Liceo Hidalgo, que de Dios goce, consagró años ha algunas de sus sesiones a discutir si México debería tener o no una literatura especial. Si la memoria no nos es infiel, don Francisco Pimentel y Heras y don Ignacio M. Altamirano fueron los corifeos de una y otra tesis y se engolfaron con tal motivo en eruditísimas discusiones, haciendo votos el segundo por una literatura netamente nacional y el primero por la continuación de la hispana. El debate quedó irresoluto, y después de aquella sazón, nadie, que sepamos, ha vuelto a provocarle." Si este debate, tan importante para la historia de las ideas literarias en México, llegó a publicarse, no he podido encontrarlo hasta ahora. Pero las ideas de Altamirano pueden conocerse en sus estudios sobre letras mexicanas, y las de Pimentel pueden reconstruirse en varios pasajes de su Historia crítica de la poesía en México, México, Oficina Tip. de la Secretaría de Fomento, 2a ed., 1892, pp. 841-842, 883 y ss., y 975-976.

18. En la serie de tres conferencias dada en los Cursos de Invierno de 1949-1950 de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de México hice una exposición de esta polémica y de todo el proceso de La emancipación literaria de México. Este estudio se publicó en Cuadernos Americanos, núms. 5 y 6, 1950 y núm. 2, 1951, y luego en volumen, México, 1955, (México y lo Mexicano, 21).

19. Estos ensayos, biografías y prólogos sobre asuntos mexicanos de I. M. Altamirano se encuentran coleccionados, junto con los panoramas literarios citados antes, bajo el título de La literatura nacional, veáse n. 30.

20. Las Revistas literarias de México, de Ignacio Manuel Altamirano, aparecieron inicialmente en el folletín de La Iberia (México, 30 de junio-4 de agosto de 1868), y encuadernadas, llevan el pie de Díaz de León y Santiago White, México, 1868. En el mismo año apareció otra edición corregida: México, T. F. Neve, Imp., 2a. ed., 1868.

21. Pedro Santacilia, Del movimiento literario en México, México, Imprenta del Gobierno en Palacio, 1868.

22. Ibid., p. 1.

23. Ibid., p. 10.

24. Idem.

25. Enrique de Olavarría y Ferrari, El arte literario en México, Noticias biográficas y críticas de sus más notables escritores por..., Madrid, Espinosa y Bautista, 2a. ed., s. f. [ca. 1878]. La primera edición es de la Imprenta de la Revista Andalucía.

26. Véase n. 31.

27. Enrique de Olavarría y Ferrari, Reseña histórica del teatro en México, 1a. ed. en el diario El Nacional, México, 1892-1894; 2a. ed., México, Imprenta, Encuadernación y papelería La Europea, 1895, 4 vols.; 3a, ed. con prólogo de Salvador Novo, ilustrada y puesta al día de 1911 a 1961; Índices de la "Reseña...", México, Porrúa (Biblioteca Porrúa, 21-25 y 38), 1961 y 1968, 6 vols. O. y F. dejó inédita la sección 1896-1911.

28. Apareció en El Renacimiento, México, 1869, t. i, pp. 129-131. Reproducida en La literatura nacional, op. cit., vol. ii, pp. 155-165. El pasaje citado, p. 164.

29. Marcelino Dávalos, Monografía del teatro. Breves noticias entresacadas de su vida, a través de lugares y tiempos, por..., México, Departamento Editorial de la Dirección General de Educación Pública, 1917. Rodolfo Usigli, México en el teatro, México, Imprenta Mundial, 1932. Francisco Monterde, Bibliografía del teatro en México, México (Monografías Bibliográficas Mexicanas, 28), 1933. Posteriormente, Luis Reyes de la Maza, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la unam, ha realizado una vasta obra de estudio y recopilación documental cerca del teatro en el siglo xix, dividido por épocas, como sigue: Durante la Independencia (1810-1839), 1969; En la época de Santa Anna, t. i (1840-1850), 1972; t. ii (1851-1857), 1979; En 1857 y sus antecedentes (1855-1856), 1956; Entre la Reforma y el Imperio (1858-1861), 1958; Durante el Segundo Imperio (1862-1867), 1959; En la época de Juárez (1868-1872), 1961; Con Lerdo y Díaz (1873-1879), 1963; Durante el Porfirismo, t. i (1880-1887), 1964; t. ii (1888-1899), 1965; t. iii (1900-1910), 1968. Estos once volúmenes han sido editados por el Instituto mencionado, de la unam.

30. Juan de Dios Peza, "Poetas y escritores modernos mexicanos", en Filomeno Mata, El Anuario Mexicano, 1877, México, Tipografía literaria, 1878, pp. 147-239.

31. Juan de Dios Peza, "La vida intelectual mexicana: poetas y escritores modernos de México. Revista crítica bibliográfica del estado intelectual de la República Mexicana", en Nueva Revista de Buenos Aires, Buenos Aires, 1883, t. 8, pp. 550-579; t. 9, pp. 124-144, 448-471 y 598-618. Véase nota al artículo "A cien años de Juan de Dios Peza" en la presente obra.

32. Juan de Dios Peza, De la gaveta íntima. Memorias, reliquias y retratos, París-México, Librería de la Vda. de Ch. Bouret, 1900. Hay reedición de 1911.

33. Juan de Dios Peza, op. cit., pp. 259-269.

34. Victoriano Agüeros, Cartas literarias, "Prólogo" de Anselmo de la Portilla, México, 1877. Del mismo: Escritores mexicanos contemporáneos, México, Imprenta de Ignacio Escalante, 1880; Obras literarias. Artículos sueltos, México, Imprenta de Victoriano Agüeros, 1897. Agüeros publicó numerosos artículos literarios, en La Iberia (Ensayos de José, 1874), en su propio periódico El Tiempo (1883-1911) y en sus dos suplementos, El Tiempo Ilustrado (1891-1905) y El Tiempo. Edición literaria (1883).

35. Ignacio M. Altamirano, Obras, vol. i, Rimas. Artículos literarios, México, Imprenta de V. Agüeros (Biblioteca de Autores Mexicanos, 21), 1899.
"Dicho texto [el de las Revistas literarias de México, de Altamirano] se encuentra reducido [en la edición de Agüeros] en una tercera parte aproximadamente; además de las poesías citadas por Altamirano, Agüeros suprimió todos aquellos pasajes que pudieran lastimar al más susceptible de los conservadores: alusiones a la Inquisición, a la democracia, al progreso, a Voltaire, a Hugo o a los mártires de Tacubaya, respecto a los cuales tachó estas palabras: 'asesinados por la reacción'. En otros casos el celo doctrinario de Agüeros y su inescrupulosidad intelectual lo llevaron hasta omitir la parte sustancial de los juicios de Altamirano sobre escritores liberales como José Joaquín Fernández de Lizardi, Ignacio Ramírez, Hilarión Frías y Soto, Francisco Zarco y Antonio García Pérez." (José Luis Martínez, "Bibliografía", en Ignacio M. Altamirano, La literatura nacional, edición y prólogo de…, México, Porrúa, 1949, vol. i, p. xxix.) Otro tanto hizo Agüeros con los textos de los ensayos De la poesía épica y de la poesía lírica en 1870 y Carta a una poetisa.

36. La primera versión apareció en las Cartas literarias (1877), de Agüeros, y en las Correspondencias literarias de México, que se publicaron en La Ilustración Española y Americana, de Madrid. Véase Victoriano Agüeros, "Prólogo", Escritores mexicanos contemporáneos, sin paginación.

37. Victoriano Agüeros, "Introducción", Escritores mexicanos contemporáneos, p. v.

38. Ibid., p. xiii.

39. Ibid., pp. xxxii-xxxiii.

40. Pp. 161-171.

41. Ibid., p. 171.

42. El Ahuizote. Semanario feroz, aunque de buenos instintos, México, J. M. Villasana y Cía., 1874-1876.

43. [Vicente Riva Palacio], Los ceros. Galería de contemporáneos. Por Cero, México, Imprenta de F. Díaz de León, 1882.

44. Carlos G. Amézaga, Poetas mexicanos, Buenos Aires, Imprenta de Pablo E. Coni e hijos, 1896, p. 105.

45. [Vicente Riva Palacio], Los ceros, pp. 366-367. Este pasaje de Riva Palacio anticipa la tesis bien conocida de P. Henríquez Ureña sobre el carácter de nuestra poesía: "¿Y quién, por fin, no distingue entre las manifestaciones de esos y los demás pueblos de América, este carácter peculiar: el sentimiento discreto, el tono velado, el matiz crepuscular de la poesía mexicana?" Véase Don Juan Ruiz de Alarcón, México, 1913.

46. José López Portillo, artículo sobre Francisco Sosa en El Mercurio de Occidente, cit. por Alberto Ma. Carreño, "Francisco Sosa", Enciclopedia yucatanense, México, vol. viii, p. 452.

47. Francisco Sosa, Manuel de biografía yucateca, Mérida, Imprenta de J. D. Espinosa e hijos, 1866; Biografías de mexicanos distinguidos, México, Ediciones de la Secretaría de Fomento, 1884; Anuario biográfico nacional, México, Imprenta de La Libertad, 1884; Los contemporáneos, México, Imprenta de Gonzalo A. Esteva, 1884.

48. Juan de Dios Peza, "Francisco Sosa", Memorias reliquias y retratos, p. 240.

49. Alberto Ma. Carreño, en la bibliografía de Francisco Sosa que publica en las Memorias de la Academia Mexicana correspondiente de la Española (México, 1946, t. viii, pp. 324-326), da noticia detallada de estas biografías inéditas escritas por Sosa.

50. Marcelino Menéndez Pelayo, "México", Historia de la poesía hispanoamericana, Madrid, Librería general de Victoriano Suárez, 1911, vol. i, p. 24.

51. Joaquín García Icazbalceta, México en 1554. Tres diálogos latinos que Francisco Cervantes de Salazar escribió e imprimió en México en dicho año (edición, traducción y notas de…), México, 1875; Coloquios espirituales y sacramentales y poesías sagradas del presbítero Hernán González de Eslava (edición y prólogo sobre "Representaciones religiosas en el siglo xvi", por...), México, 1877; El peregrino indiano, de Antonio de Saavedra Guzmán (edición y prólogo de. ..), México, Edición de El Sistema Postal, 1880; Opúsculos inéditos latinos y castellanos del P. Francisco Javier Alegre (edición, prólogo y traducción de. ..), México, Imprenta de F. Díaz de León, 1889; Bibliografía mexicana del siglo xvi, Primera parte, Catálogo razonado de los libros impresos en México de 1539 a 1600, México, Librería de Andrade y Morales, Sucs., Impresa por F. Díaz de León, 1886; "Introducción de la imprenta en México", en Diccionario universal de historia y de geografía, 1855; "La 'Biblioteca', de Beristáin", en Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, 1864, t. x; "La Academia Mexicana", en Memorias de la Academia Mexicana, 1876, t. i; "Las 'Bibliotecas' de Eguiara y Beristáin", en Memorias de la Academia Mexicana, 1878, t. i; "La instrucción pública en México durante el siglo xvi" (1882), en Obras de Joaquín García Icazbalceta, 1896, vol. i (Biblioteca de Autores Mexicanos, i); "Francisco de Terrazas y otros poetas del siglo xvi", en Memorias de la Academia Mexicana, 1883, t. ii; "La 'Grandeza mexicana' de Balbuena", en Memorias de la Academia Mexicana, 1886, t. i; "La Universidad de México", en Obras de Joaquín García Icazbalceta, 1896, vol. i, (Biblioteca de Autores Mexicanos, i). La mayor parte de estos estudios se reprodujo en los diez volúmenes de Obras de Joaquín García Icazbalceta, que hay en la Colección de Escritores Mexicanos de Victoriano Agüeros.
Para una información bibliográfica más amplia sobre la obra de Joaquín García Icazbalceta véase:
[Alberto María Carreño, "Bibliografía de los académicos mexicanos", en] Memorias de la Academia Mexicana, 1946, t. viii, pp. 126-137; Antonio Castro Leal, "Bibliografía", en Joaquín García Icazbalceta, Don Fray Juan de Zumárraga, edición de Rafael Aguayo Spencer y Antonio Castro Leal, México, Porrúa (Escritores Mexicanos, 41), 1947, vol. i, pp. xix-xxii. Hay una monografía sobre Icazbalceta: Manuel Guillermo Martínez, Don Joaquín García Icazbalceta, his place in Mexican historiography by... A dissertation. The Catholie University of America, Washington, D. C, 1947. Studies in Hispanie American History, vol. iv (con bibliografía de y sobre Joaquín García Icazbalceta). Traducción castellana con notas y apéndice por Luis García Pimentel, Porrúa, 1950.

52. "Carta a José Fernando Ramírez", en Cartas de Joaquín García Icazbalceta, compiladas y anotadas por Felipe Teixidor, prólogo de Genaro Estrada, México, Porrúa, 1937, p. 5.

53. Menéndez y Pelayo, Historia de la poesía hispanoamericana, vol. i, p. 39.

54. Enrique Fernández Ledesma, Viajes al siglo xix. Señales y simpatías de la vida de México, México, s.e., 1933, p. 7.

55. Ezequiel A. Chávez, "Altamirano inédito", en Homenaje a Ignacio M. Altamirano, México, Imprenta Universitaria, 1935, p. 87.

56. Luis González Obregón, "Biografía de Ignacio M. Altamirano", en Homenaje..., op. cit., p. 4.

57. Enrique de Olavarría y Ferrari, "Crónica general", en El Renacimiento, Periódico literario, segunda época, México, 1894, p. 33.

58. Ignacio Manuel Altamirano, "Discurso pronunciado por encargo del Poder Ejecutivo de la Unión, en el Panteón de San Fernando de México, en el acto de depositarse allí las cenizas de los beneméritos generales Arteaga y Salazar, el día 17 de julio de 1869", en Discursos patrióticos, (selección y prólogo, Manuel Toussaint), México, Cultura, 1932, p. 167.59. Pedro Salinas, "Poe in Spain and Spanish America", en Poe in Foreing Lands and Tongues. A Symposium, Baltimore, The John Hopkins Press, 1941, p. 25.

59. Rfael Heliodoro Valle, Bibliografía de Manuel Ignacio [sic] Altamirano, México, DAPP (Bibliografías Mexicanas, 8), 1939, p. 6; y Francisco Monterde, "El maestro Altamirano, polígrafo", en Cultura mexicana. Aspectos literarios, México, Intercontinental, 1946, p. 221.

Seudónimos:
  • Espinel

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El Zarco

Producción:  Radio Educación; Dirección General de Publicaciones y Bibliotecas, Secretaria de Educación Pública SEP
Productor: Alejandro Ortiz Padilla
Guion: Carmen Limón
Música: Vicente Morales
Género: Radionovela
Temas: Actuación: Víctor Trujillo, Guadalupe Noel, Carlota Villagrán, Genoveva Pérez, Edith Kleiman, María Eugenia Pulido, Luis Pablo Montaño, Arturo Guízar, Manuel Guízar, et al. Dirección artística de Carlos Castaño.
Participantes:
Actuación: Víctor Trujillo, Guadalupe Noel, Carlota Villagrán, Genoveva Pérez, Edith Kleiman, María Eugenia Pulido, Luis Pablo Montaño, Arturo Guízar, Manuel Guízar, et al. Dirección artística de Carlos Castaño.
Fecha de producción: 1981
Duración de la serie: 07:05 hrs.