Enciclopedia de la Literatura en México

Ignacio Ramírez

Ángel Muñoz Fernández 1995 / 07 ago 2017 11:56

Nació en San Miguel El Grande, Guanajuato, en 1818 y murió en la Ciudad de México en 1879. Perteneció a la Academia de Letrán. Su discurso de ingreso "No hay Dios..." causó polémica entre los conservadores. Diputado en el Congreso Constituyente. Encarcelado por Antonio López de Santa Anna. Ministro de Justicia y Fomento con Benito Juárez. Ministro de Justicia con Porfirio Díaz. Fundó la Biblioteca Nacional.


Notas: Cartas del Nigromante a Fidel son publicaciones de periódico y se han reeditado parcialmente en libro. En 1984 el Centro de Investigación Científica Ing. Jorge L. Tamayo inició la publicación de sus obras completas.

El indio Ignacio Ramírez, “el Nigromante”, fue un liberal de la política y un clásico de las letras. Nadie en su tiempo escribió una prosa más bella y bien esculpida. Entre sus poemas, de sobrio pesimismo y varonil elegancia, alguno ha merecido ser comparado a los epigramas de la Antología Griega. Jacobino con sentido de las tradiciones, indianista de entrañable casticismo hispano, ofrece páginas superiores a cuanto entonces nos brinda  la  literatura  mexicana; ora  arrebatado  y  fantástico;  ora  estoico  y sereno —con esa serenidad que hace temblar en medio de los naufragios y las tormentas—, la crítica aún no desentraña todos los tesoros de su cultura y de su estilo. Fue ministro de Justicia y Fomento en el gabinete de Juárez, y se lo considera como una de las columnas de la Reforma liberal. Su obra, dispersa en la polémica de ocasión, no es muy extensa. Su amor tardío por Rosario —la ya inmortal Rosario de Manuel Flores y de Acuña— puso algunos últimos arrullos en aquella poesía gravemente filosófica y aun severa. 

1993 / 28 sep 2017 13:25

Ignacio Ramírez (Arranque)

Tengo desde hace años la convicción de que Ignacio Ramírez es un escritor que no hemos comprendido y apreciado adecuadamente y que merece una reconsideración o una reconquista.  En primer lugar, creo que merece encontrarse entre ese breve número de nuestros escritores del siglo XIX que tienen un carácter propio, una individualidad literaria claramente diferenciada. En este pequeño museo de medallones que hemos ido forjando para aclararnos la identidad de los personajes del drama que es nuestro siglo XIX, Fernández de Lizardi es el escritor y el defensor del pueblo, Guillermo Prieto el costumbrista y romancero de las gestas nacionales, Manuel Payno el entretenido folletinista, Luis G. Inclán el novelista de la vida rural, Ignacio M. Altamirano el maestro e impulsor de la causa nacionalista, Vicente Riva Palacio el creador de truculencia colonial y el autor de un soneto “Al viento” de serena belleza, Manuel M. Flores el poeta del erotismo, Manuel Acuña el amargo y desilusionado suicida, Juan de Dios Peza el poeta de los niños que ya no leemos, José Tomás Cuéllar el costumbrista de la clase media urbana, Justo Sierra el escritor de gran vuelo retórico, Manuel Gutiérrez Nájera el precursor del refinamiento verbal, Rafael Delgado,  José López Portillo y Rojas y Emilio Rabasa los serenos y reposados cronistas de la primera sociedad porfiriana y Ángel del Campo el escritor de la compasión y la ternura para los humildes. Pero ¿qué rasgos grabar en el perfil indio de Ignacio Ramírez? De él solemos recordar que fue uno de los más constantes y acérrimos defensores de la Reforma y el liberalismo, que escandalizó a la Academia de Letrán con su afirmación: “no hay Dios, los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”; que a pesar de su liberalismo escribió una poesía de entonación clásica o académica de la cual las antologías recogen unánimemente sus tercetos “Por los gregorianos muertos” que concluyen con un grito de altiva y desdeñosa belleza:

Madre naturaleza, ya no hay flores por do mi paso vacilante avanza: nací sin esperanza ni temores; vuelvo a ti sin temores ni esperanza.

Y sabemos, finalmente, que tuvo una polémica con Emilio Castelar, por entonces el summun de la sabiduría española, en la cual éste se declaró caballerosamente derrotado, y que fue un orador cívico muy admirado por sus contemporáneos.

Me parece que a propósito de Ignacio Ramírez nuestra ineptitud para comprenderlo como escritor y para identificar su obra con algo más que fórmulas de manuales de historia literaria –el liberal clásico- ha encontrado sobre todo el obstáculo de una personalidad política más acentuada y definida que su personalidad y su obra literaria. Lo cual no está muy lejos de la verdad. En efecto, del millar de páginas de los dos volúmenes de sus Obras coleccionadas en 1889, una década después de su muerte, sus versos ocupan sólo un poco más de un ciento de páginas y no llegan a media docena sus artículos propiamente literarios, dejando aparte sus Lecciones de literatura, impresa aparte y que se refieren a retórica y a filología. La parte principal de los escritos del “Nigromante” son, pues, sus discursos y sus estudios sobre materias políticas, cívicas, económicas y sociales, esto es, las que incumben a su personalidad de ideólogo y de hombre político, que fue, notoriamente, la dominante. Quien libro tantas encarnizadas batallas y padeció cárceles por sus ideas, quien sólo compartió los afanes también ideológicos y políticos de sus amigos escritores –Prieto, Zarco, Altamirano-, sólo ocasionalmente pudo y quiso ser escritor literario.

De acuerdo. Pero entonces, ¿cómo ajustar la precaria imagen de escritor ocasional que así nos queda de Ramírez con el fervoroso entusiasmo, la exaltada admiración que algunos de sus contemporáneos: Guillermo Prieto en sus Memorias de mis tiempos, Hilarión Frías y Soto y Juan de Dios Peza en artículos periodísticos, Francisco Sosa en su biografía e Ignacio M. Altamirano en la excelente introducción que escribió para las Obras de Ramírez, tuvieron no sólo “del eminente pensador, del inmaculado liberal, del gran apóstol de la Reforma”, como decía Altamirano, sino también del escritor sabio en todas las disciplinas, del maestro de literatura, del persuasivo y elocuente orador, del polemistas terrible y del poeta extraño e inspirado?

Seudónimos:

  • El Nigromante