Enciclopedia de la Literatura en México

Luis G. Inclán

Ángel Muñoz Fernández 1995 / 28 jul 2017 09:41

Nació en 1816 y murió en 1875 en la ciudad de México. Hombre de campo, versado en la charrería. Impresor. La producción de este autor se refiere principalmente a temas campiranos. Novelista y poeta. Como impresor de sus talleres salieron los periódicos La Cucaracha, El Cucharón, La Orquesta, El Látigo, La Patria, La Borrasca, La Justicia, El Instructor del Pueblo, La Sociedad, Doña Clara, La tos de mi mamá y Hojarana. Publicó en La Jarama.

 

Notas: Ver Luis Inclán, el desconocido (1969) de Hugo Aranda. Editó Diario de un testigo de Pedro de Alarcón, El jarabe de Niceto de Zamacois y la séptima edición de El periquillo sarniento. Se consideran perdidas las obras los Tres pepes y Pepita la planchadora. Astucia y Los bandidos de Río Frío se consideran las dos mejores novelas mexicanas del siglo XIX.

 


José Luis Martínez 1993 / 26 sep 2017 09:24

Las tentativas para la expresión novelesca de lo mexicano —que en Lizardi permanecían aún atadas a los esquemas de la picaresca es­pañola y francesa, cuando no deformadas por preocupaciones edu­cativas; que en Orozco y Berra, Díaz Covarrubias y Del Castillo quedaban oscurecidas tras de tantas lágrimas, y que en los iniciadores de nuestra novela histórica se limitaban a la interpolación de escenas sentimentales que animaban artificialmente las evocaciones del pasa­do— alcanzarán una primera conquista franca en la pluma rústica de Luis G. Inclán (1816-1875). Para fijar los recuerdos de sus años juveniles transcurridos en los campos, haciendas y pequeños pobla­dos del estado de Michoacán, y particularmente las hazañas de su amigo y protagonista de su narración, este hombre sencillo escribió una de las más hermosas y originales novelas mexicanas, Astucia, el jefe de los hermanos de la hoja o los charros contrabandistas de la rama (México, 1865-1866).

Afortunada condición la de Luis G. Inclán. Nacido en el rancho de Carrasco, cercano a Tlalpan, su vida habría de oscilar entre el campo y la ciudad, mas no sus íntimas preferencias. Su padre quería hacerlo un clérigo, pero él habría de conquistar, al precio de todas las rudezas, el derecho a hacerse un hombre del campo, un charro. De la ciudad sólo había recibido la educación justa para darle el instrumento expresivo que haría posible que lo recordásemos, y en el campo, por el contrario, encontraría la sustancia misma de su vida. Fue por naturaleza —y no por pintoresquismo o por simple afición— un hombre de la tierra, un ranchero, que cumplía honra­damente sus faenas, que disfrutaba de la cordialidad de su pueblo y cuyo mayor orgullo y placer fueron las charrerías. Y cuando su vida declinaba y los azares políticos —Reforma, intervención e im­perio— lo habían desterrado otra vez a la Ciudad de México, tro­cando las riendas de su famoso caballo "El Chamberín" por los tipos y las prensas de la modesta imprenta y litografía con que se ganaba la vida, llena su memoria de nostálgicos recuerdos de los días lumi­nosos del pasado, se inventó escritor para conservar aquellos recuer­dos y para que los disfrutasen otros amantes como él de la vida campirana.

El taller tipográfico de Inclán tenía el propósito de ser una pequeña empresa comercial, pero parece que nunca llegó a gran prosperidad. De ella salieron, a lo que sabemos, impresiones de tipo popular adecuadas a la índole del maestro Inclán: corridos, oraciones y estampas de santos, además de un curioso librito de Niceto de Zamacois sobre El jarabe (1860), el Diario de un testigo de la guerra de África (1861) de Alarcón y una séptima edición del Periquillo (1865). Poco trabajo, en verdad para los veinticinco años corridos en que existió su taller. Mas acaso porque el trabajo remunerado escaseaba, don Luis comenzó a ocupar sus prensas con pequeñas obras de su propia cosecha y, cuando ya tenía suficiente experiencia, allí mismo compuso e ilustró con ingenuas litografías los dos gruesos tomos de la primera edición de su novela Astucia.

Las obras menores que escribió e imprimió Luis G. Inclán son todas de asuntos charros o conexos. Dos de ellas en prosa, las Reglas con que un colegial puede colear y lazar (1860) y una Ley de gallos (1872), y cuatro en versos de ripiosa y galana rustiquez: Don Pascasio Romero (s. f.), Recuerdos de "El Chamberín" (1860), Regalo delicioso para el que fuere asqueroso (s. f.), y El capadero de la Hacien­da de Ayala (1872). Cada una de ellas tiene su encanto para el amante de las cosas de nuestro pueblo y de las viejas costumbres mexi­canas, pero entre todas, los Recuerdos de "El Chamberín", que es una narración elegiaca de las hazañas del que fuera su caballo pre­ferido, son una pieza única en nuestra literatura popular, y sólo paralela a los poemas gauchescos argentinos.

Se sabe, además, que dejó inéditas dos novelas de costumbres, Los tres Pepes y Pepita la planchadora, las cuales, junto con un Diccionario de mexicanismos o Gramática mexicana que guardaba su familia, se perdieron en un incendio hacia 1884.

La gran novela de Inclán, y su largo título, Astucia, el jefe de los hermanos de la hoja o los charros contrabandistas de la rama, nació y se explica por las circunstancias que prevalecían en México, hasta mediados del siglo XIX, respecto al comercio del tabaco. Desde mediados del siglo XIX, en efecto, la explotación del tabaco era privilegio de una empresa con la que contrataba el gobierno. Y como siempre era más provechoso para todos, menos para el gobierno, el cultivo y el comercio ilícitos, libres de impuestos, del tabaco, y eran muy severas las sanciones que recibían los infractores, llegó a crearse una hermandad de charros contrabandistas de tabaco, pro­tegida celosamente por el pueblo beneficiado, y cuyas hazañas son la materia de la rica epopeya inclanesca.

Astucia tiene, pues, como asunto principal, la vida y las aventuras de cada uno de los charros que integran la hermandad y más espe­cialmente del héroe que los capitanea, y cuyo apodo de combate es el que da título a la novela, Astucia. Pero al lado de este tronco completan el frondoso árbol que es la novela de Inclán, animadas escenas de la vida rural, coloridas y vigorosas fiestas charras, las vidas anteriores de los protagonistas —según los modelos clásicos de la novela de aventuras-— y, finalmente, los hechos ocurridos al héroe Astucia cuando, después de abandonar trágicamente sus faenas de contrabandista, se convierte en patriarca de su pueblo y en sosegado y feliz esposo.

La novela es, de manera general, un fresco de la vida rural mexi­cana a mediados del siglo XIX. Pero si nos detenemos a observar los aspectos de esta vida en que se detiene de preferencia el narrador, descubriremos que las tónicas que dan su carácter a esta rica trama son la vida y las relaciones familiares que Inclán concibe como un mundo patriarcal, como veneración a los padres y como honor y decoro de las costumbres. ¿Pero cómo podría existir una novela interesante en un mundo tan equilibrado? Para que surja la aventura, vive en el espíritu de Inclán la inconmovible convicción de que son radicalmente opuestos los intereses del pueblo con las leyes del go­bierno; si éstas son injustas y acarrean la pobreza, está justificado el engaño al mal gobierno. Así nace y se justifica la actividad ilegal de sus héroes, los cuales nada tienen que ver con los bandidos de quienes son los más encarnizados enemigos. Sus contrabandistas, por encima de todo, son buenos hijos y honradas personas y, entre ellos, la lealtad y la camaradería y aun cierto espíritu caballeresco, son notas esenciales.

Formalmente, Astucia es una novela de aventuras cuyo modelo más notorio es Los tres mosqueteros de Dumas; mas al mismo tiempo es una novela de costumbres que encuentra un justo equilibrio entre la acción y la observación moral de los caracteres. Con un extraordinario sentido de la proporción —notable en un ranchero de tan escasas letras—, los temas y los recursos técnicos de la novela tienen un equilibrio y una eficacia con pocos paralelos en la historia de nuestra novela y cuenta habida de la extensión de la de Inclán. La unidad de la acción principal se mantiene y a ella se subordinan las acciones secundarias o sea los relatos incidentales de las vidas pasadas de cada uno de los héroes. La acción es lineal, es decir que no existen las tramas simultáneas o conjugadas o la profundización de los caracteres, pero esta línea única no implica pobreza como en tantos otros novelistas nuestros, pues en Inclán está nutrida de acción de la mejor estirpe novelesca y de observación minuciosa y atinada que da vida a cada gesto, a cada hecho y a cada ambiente. La presentación de los hechos en el relato es también la de un novelista consumado: la narración es impersonal y los caracteres y las descripciones están dibujados siempre por la acción y no por intromisiones del narrador. Y a pesar de que la novela es a fin de cuentas una novela folletinesca, la suspensión dramática no es nunca un abuso ni una trampa ingenua para mantener el interés, porque éste surge sin violencias de la acción misma y del encanto y la simpatía de la narración toda.

¿En dónde radica pues el secreto paradójico de este escritor sin arte aprendido pero tan cabal dueño de su oficio? Luis G. Inclán era sin duda un novelista ingenuo y desprovisto de recursos literarios artificiales, pero poseía un don innato de narrador, y antes que deformar su visión del mundo con el sentimentalismo que ahogaba a sus contemporáneos, había conservado el secreto de trasmitir esa visión de una manera directa y con eficacia insuperable. Y la otra mitad de su secreto reside sin duda en su amor por la tierra y por el pueblo, y ese amor le permite percibir todas las tónicas y todos los matices de la vida rural mexicana y expresarlos en un lenguaje lleno de interés y espontaneidad.

Inclán no podía alcanzar el artificio de narrar con un lenguaje culto y hacer hablar a sus héroes con el lenguaje popular; toda su novela, lo mismo los animados diálogos de sus protagonistas que las intervenciones del narrador, está escrita con el lenguaje del pueblo campesino del centro de la república, y con una riqueza y exactitud que ya reconocía García Icazbalceta al aprovecharla como fuente principal de información para su Vocabulario de mexicanismos (1899). Pero en el lenguaje inclanesco existen varias zonas: el lenguaje rural y de charrerías, los términos jurídicos y administrativos, que consti­tuyen la erudición de Inclán, y las descripciones sentimentales, único punto artificioso y de contagio literario-ambiental que padece. Y po­demos perdonarle sus vanidades jurídicas y sus desvíos sentimentales en atención a la sazonada, picante y amplísima generosidad de su lengua popular en la cual el caballo y cuanto a él se relaciona cons­tituye el nervio motor.

En la historia de nuestra cultura el arte singular de Inclán reco­noce tres paralelos ilustres: el sentido narrativo popular y espontáneo de Bernal Díaz del Castillo y de José Joaquín Fernández de Lizardi y la sensibilidad para la expresión de lo mexicano radical que tuvo el grabador José Guadalupe Posada. Los cuatro fueron creadores surgidos del pueblo, llenos de sentido directo de la realidad, de sano vigor y de generosidad. Inclán tenía la gracia narrativa, la simpatía y el sentido del honor y de la verdad que distinguían a Bernal Díaz; y tenía también aquellos dones que poseyeron Fernández de Lizardi y Posada: la sensibilidad para registrar las esencias propias de Mé­xico, su amor al pueblo, la pureza y el vigor de sus estampas, la malicia y el humor. Pero lo diferencia de Posada la capacidad que éste poseía para lo dramático y para la sátira social y política. Y aven­taja a Lizardi en la cordialidad y la simpatía, pues mientras el autor del Periquillo era sobre todo un moralista adicto al pueblo, Inclán era un narrador sin malicia en cuyo espíritu alentaban sin deforma­ción todos los sentimientos populares.

Y hay, finalmente, otra excelencia más en esta novela: la lección trascendente y la patria que nos entrega. En el mundo todo de la literatura existen muy contadas novelas viriles y afirmativas; la mexi­cana Astucia es una de ellas. Todo en sus páginas es frescura y vitalidad y nada está corroído por un espíritu negativo o escéptico. Hasta el romanticismo de la época, que para casi todos se resolvía en inconformidad, fuga y lágrimas, a Inclán sólo le entrega su rostro afirmativo: el entusiasmo por las aventuras caballerescas y por el costumbrismo regional, la exaltación del valor y de los usos rurales y del sentido patriarcal de la vida. Así llega a convertirse el héroe Astucia en un Quijote mexicano, que ha sustituido la tragedia gro­tesca y la meditación trascendental por virtudes hogareñas y por un fervor ingenuo para el mundo que era entonces el México campesino de mediados del siglo XIX. Este modesto y familiar Quijote mexicano era el charro, descendiente de la generación que había peleado por la Independencia y que, al asentarse en sus propias esencias y formas de vida, había encontrado un equilibrio moral y social, aunque se libraran al mismo tiempo tantas guerras fratricidas y el país sufriera las agresiones del exterior. Pero aquel equilibrio interior del pueblo que anima la novela de Inclán, duró sólo un momento fugaz. Su liberalismo, su laboriosidad, su sentido del honor y de la justicia y su señorío, como ya aparece en la propia novela, iban a verse pronto vencidos y deformados o transformados por un cúmulo de calami­dades y por las exigencias mismas de la historia, por las heces de las ciudades, por las sordideces de la ambición, por el necio afán de aprender a ser lo que no somos.

Por todo ello la lección de Inclán, de intrepidez y apego a lo nuestro, será siempre una lección saludable y una lectura encantadora. Pero, según escribió con tanto acierto Salvador Novo,

...no es [...] la injustamente estimada singularidad de su forma la que reviste de una fresca, perdurable actualidad a esta novela mexicana. Es sobre todo, en esta hora en que lo auténtico mexicano sufre el embate de todas las influencias, y su espíritu la solicitación de todas las desorienta­ciones, su diluido, modesto, cautivador mensaje indirecto de llamado a la tierra; su credo de sencilla felicidad campirana; su condensa­ción de la esencia de nuestras más auténticas virtudes, de las más dignas de salvar del naufragio, lo que hace de Astucia el arquetipo ideal del mexicano, de Inclán nuestro mayor novelista, y de su obra... una que ningún mexicano debería desconocer.[1]

 


1. Salvador Novo, "Prólogo" a Luis G. Inclán, Astucia, México, Porrúa, 1946, t. I, p. XXVII. Junto a éste de Novo, los principales estudios sobre Inclán son los siguientes: José de J. Núñez y Domínguez, "El novelista Inclán", en Los poetas jóvenes de México y otros estudios literarios nacionalistas, México, Bouret, 1918, pp. 69-88; Carlos González Peña, "Luis G. Inclán en la novela mexicana (1931)", en Claridad en la lejanía, México, Stylo, 1947, pp. 75-124; Jorge Luis Porras Cruz, La vida y la obra de Luis G. Inclán, México (tesis universitaria), 1950; Hugo Aranda Pamplona, Luis Inclán "El desconocido", México, Manuel Quesada Brandi Editor, 1969.




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