Bernardo de Balbuena


28 nov 2013 / 09:18

El manchego Bernardo de Balbuena, obispo en las Antillas, está incorporado al parnaso mexicano y es figura sobresaliente en la poesía hispana de aquella época. Dedicará totalmente a México su poema Grandeza mexicana, primer grande obra de nuestra lírica; y volverá a recordar a México en sus obras posteriores, El siglo de oro en las selvas de Erífile, novela pastoral en metro, y El Bernardo o Victoria de Roncesvalles, epopeya artística. Está orgulloso de sus dos patrias, es ya un poeta superior, y en él apreciamos un monumento de ese alejandrinismo moderno que ya todos llaman barroco. Sus notas de mayor facilidad se dan en la Grandeza; las de estilo más ajustado, en la novela pastoril; las más ricas y robustas, en el poema épico. Dejando de lado sus obras secundarias en prosa o verso, la poesía de tema mexicano es, en Balbuena, no una poesía tropical y fogosa como alguna vez se ha dicho, sino urbana, acicalada y hasta geométrica. Se adelanta al churrigueresco, y anuncia las revoluciones poéticas del Siglo de Oro por caminos independientes. Su Grandeza, poema en airosos tercetos, es un ostentoso mural sobre la ciudad de México, sus caballos, sus monumentos, teatro, letras, elegancias, oficios, etcétera, cuidadosamente dibujado e iluminado con alegre paleta. 



10 dic 2013 / 14:12

Bernardo de BalbuenaAclara José Rojas Garcidueñas (Bernardo de Balbuena. La vida y la obra, México, Universidad Autónoma de México, 1958, p. ix): “he usado el nombre de Balbuena en esa forma de una tradición que es casi constante, no ignoro que la anarquía en la escritura de los nombres era ordinaria en el siglo XVI, que Menéndez Pelayo y otros historiadores prefieren la forma Valbuena a la anterior y que, etimológicamente, ésta última es sin duda la más correcta, pero creo que el uso ha consagrado la primera y he preferido dejar el nombre así como lo usaba y vio la luz en las primeras ediciones de sus obras que aparecieron revisadas y aprobadas por el propio autor”. es uno de los poetas más importantes de la transición novohispana del Renacimiento al Barroco. Dice Rojas Garcidueñas: “Por sus obras y por su vida misma, Bernardo de Balbuena es un egregio representante de su tiempo y de su patria: español y novohispano, fue asimismo un claro ejemplo de la ambivalencia cultural de su momento: renacentista y barroco, mas no propiamente como transición o puente de una a otra de esas formas de la cultura moderna, sino copartícipe de ambas…” (ibid., p. 201). Al referirse a su obra literaria, la crítica ha sido unánime en la valoración de sus aciertos estilísticos. Sabemos de los elogios que le prodigaron Cervantes (“Éste es aquel poeta memorando, / que mostró de su ingenio la agudeza / en las selvas de Erífile [sic] cantando”),Viaje del Parnaso, Canto II, vv. 205-207 (uso la sig. ed.: Miguel de Cervantes, Viaje del Parnaso, ed. introd. y notas V. Gaos, Madrid, Castalia, 1974). QuevedoEn un soneto aparecido en los preliminares de la primera ed. de Siglo de Oro (Madrid, 1608): “Es una dulce voz tan poderosa, / que fue artífice en Tebas de alto muro, / y en un delfín sacó del mar seguro / al que venció su fuerza rigurosa. // Compró con versos mal lograda esposa / el amante de Tracia, al reino escuro; / a Sísifo quitó el peñasco duro / y a Tántalo la eterna sed rabiosa. // De vos no menos que de Orfeo esperara, / si el pueblo de las sombras mereciera / que, cual su voz, la vuestra en él sonara. // Por oíros, de Tántalo no huyera / el agua, y él de suerte os escuchara, / que, por no divertirse, no bebiera”. y Lope de Vega (“…Doctísimo Bernardo de Balbuena… ¡Qué bien cantaste al español Bernardo, / qué bien al Siglo de Oro!...). “Y siempre dulce tu memoria sea, / generoso prelado, / doctísimo Bernardo de Balbuena; / tenías tú el cayado / de Puerto Rico, cuando el fiero Enrique, / Holandés rebelado, / robó tu librería; / pero tu ingenio no, que no podía, / aunque las fuerzas del olvido aplique, / ¡Qué bien cantaste al español Bernardo, qué bien al Siglo de oro! / Tú fuiste su prelado y su tesoro, / y tesoro tan rico en Puerto Rico, / que nunca Puerto Rico fue tan rico” (“Silva II”: Laurel de Apolo, ed. Ch. Giattreda, Roma, Alinea, 2002, p. 128, cf. infra, aquí mismo, n. 22). A mediados del siglo XIX, Manuel José Quintana escribe: “Gozan [las églogas de Siglo de Oro] en la estimación pública el lugar más próximo a las de Garcilaso. Sin duda lo merecen, atenida la propiedad del estilo, la facilidad de los versos, la oportunidad y frescura de las imágenes y la sencillez de la invención” “Introducción histórica a una Colección de poesía castellana”, en Obras completas, Madrid, BAE, 1852, t. 19, pp. 138-139. Incluso Menéndez Pelayo tiene elogios para la poesía de Balbuena: “tan nueva en castellano cuando él escribía, tan opulenta de color, tan profusa de ornamentos, tan amena y fácil, tan blanda y regalada al oído cuando el autor quiere, tan osada y robusta a veces, y acompañada siempre de un no sé qué de original y exótico, que con su singularidad le presta realce, y que en las imitaciones mismas que hace de los antiguos se discierne”.Historia de la poesía hispanoamericana, ed. cit., p. 55. Finalmente, hay que destacar los juicios de Pedro Henríquez Ureña: “Al contrario de Garcilaso y Alarcón, Valbuena es un artista francamente barroco. Pertenece a una era de invención y tiene genio inventivo […] La principal contribución de Hispanoamérica al barroco, en literatura, llegó a través de Valbuena […] Si el arte de hacer antologías estuviera más de moda en los países hispánicos, Valbuena podría salvarse para una posteridad indiferente que, por falta de atención, pierde algunas de las notas más tiernas, las descripciones más brillantes y los versos más bellos que pueden encontrarse en el idioma”.Las corrientes literarias en la América hispánica, México, Fondo de Cultura Económica, 1949, pp. 76-77.

Bernardo de Balbuena nació en 1562 en Valdepeñas (La Mancha)Las noticias biográficas de Balbuena están tomadas de José Rojas Garcidueñas, op. cit. y fue hijo ilegítimo de Francisca Sánchez de Velasco y de Bernardo de Balbuena. A los dos años de edad, su padre lo trajo a vivir a Nueva Galicia, donde los Balbuena tenían propiedades en los pueblos de Guadalajara, Compostela y San Pedro Lagunillas.Todas tierras en la costa occidental de la República, repartidas entre los actuales estados de Jalisco y Nayarit. Dice Rojas Garcidueñas (op. Cit., p. 4) que los Balbuena llegaron a Nueva Galicia con el conquistador Nuño Beltrán de Guzmán. Aquí transcurrió la infancia del poeta. Para 1570 ya vivía en Guadalajara; en esta ciudad empezó sus estudios. Hacia 1580, durante el virreinato de Martín Enríquez de Almanza, llegó a la ciudad de México y cursó los estudios de artes y teología. “…en uno de sus colegios, quizá el de Omnium Sanctorum, pues aunque sus biógrafos hablen de estudios hechos y de un grado obtenido en la Universidad de México, quien esto escribe ha revisado los papeles y libros de la misma Universidad, que existen en el Archivo General de la Nación, sin encontrar el nombre de Bernardo de Balbuena en documento alguno de fines del siglo XVI” (Francisco Monterde, “Prólogo” a Bernardo de Balbuena, Grandeza mexicana y fragmentos del siglo de Oro y El Bernardo, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1941, p. xxviii). Por su parte, Rojas Garcidueñas tiene una explicación para la ausencia de esa matrícula en los libros de la Real y Pontificia Universidad de México: los colegios (como el de San Gregorio, jesuita, o el de Todos los Santos) otorgaban los grados menores (como el de bachiller); en la Universidad tomaban los colegiales algunos cursos, hacían los exámenes y obtenían los grados mayores (como el de doctor, que Balbuena obtuvo en la Universidad de Sigüenza, según se desprende de la dedicatoria de Siglo de Oro, fechada el 31 octubre de 1607); de ahí que no figure en los libros de la Universidad. A los 24 años inició la carrera eclesiástica y tomó los hábitos en Guadalajara, de donde fue capellán. En 1592, fue nombrado cura  beneficiado de las minas del Espíritu Santo y partido de San Pedro Lagunillas.

Desde 1585 lo encontramos trabajando activamente en la vida literaria de Nueva España. En ese año participó en un certamen poético en honor del Santísimo Sacramento (certamen que formó parte de los festejos celebrados para el Tercer Concilio Provincial Mexicano), en el cual una composición suya fue premiada. Ese mismo año participó, y triunfó, en otro certamen realizado a la llegada del virrey marqués de Villamanrique. Tenía entonces 23 años y él mismo se ufana de sus prontos éxitos literarios en competencias: “donde han entrado trescientos aventureros, todos en la facultad poética ingenios delicadísimos y que pudieran competir con los más floridos del mundo”.“Carta al arcediano”, f. 3IV.Todavía en 1590 volvió a participar y a ser premiado en un certamen celebrado en honor al nombramiento como virrey de don Luis de Velasco. En la “Carta al arcediano”, Balbuena habla de estas tres justas literarias, de sus respectivos triunfos y reproduce los poemas premiados.

Los diez años que transcurren a partir de 1592 son los de mayor actividad literaria. En ese año comenzó a escribir El Bernardo y Siglo de Oro en las selvas del Erifile. “Porque aunque el Siglo de Oro haya sido creado cuando vestía la beca estudiantil en México no es creíble que saliese como hoy lo conocemos, obra cuajada y completa, de una pluma llevada por mano tan tierna […] En cuanto al gran poema El Bernardo sí es indudable que lo escribió en aquel retiro de sus tierras compostelanas […] Porque no fue ni pudo ser tal epopeya obra de su primera juventud, hay mucha erudición que supone largas lecturas de diversas disciplinas, un plan muy complejo lentamente elaborado y resuelto, una labor en fin que no haría un estudiante en su colegio capitalino”(J. Rojas Garcidueñas, op. cit., p. 14). En 1602, en un viaje a Culiacán, conoció a doña Isabel de Tovar y Guzmán, quien le encargó una descripción de la ciudad de México.Alguna relación afectiva existía entre Bernardo de Balbuena y doña Isabel de Tovar, quien también vivía en Nueva Galicia. De hecho, en Siglo de Oro le dedica un soneto acróstico, imperfecto, pero que claramente forma el nombre de “Doña Isabel de Tobar” (es el que comienza “Dulce regalo de mi pensamiento”: Bernardo de Balbuena, Siglo de Oro en las selvas de Erifile, ed. Introd. y notas de J. C. González Boixo, Xalapa, Universidad Veracruzana, 1989, pp. 246-247). Esta petición, junto con la seducción ejercida por la capital colonial en Balbuena, son la génesis de la Grandeza mexicana,Hay que decir que en Siglo de Oro (publicada después de la Grandeza mexicana, pero comenzada desde la juventud y retocada a lo largo de los años) está aludida la futura Grandeza mexicana: “Mas luego que sentada encima de sus delicadas ondas vi una soberbia y populosa ciudad, no sin mucha admiración dije en mi pensamiento: «Ésta sin duda es aquella Grandeza Mejicana, de quien tantos milagros cuenta el mundo»” (ed. cit., p. 213). Al respecto, Rojas Garcidueñas hace una observación muy pertinente: la Grandeza no surgió sólo de una petición de doña Isabel de Tovar, como lo dice el mismo Balbuena, sino muy probablemente del modelo de Siglo de Oro, esto es, de Sannazaro, pues en el relato último de la Arcadia, Sannazaro es conducido por una ninfa, equivalente a la Erifile de Balbuena, al lugar donde quedó sepultada Pompeya, y desde ahí contempla la ciudad de Nápoles: “…ma questa che dinazi ne vedemo, la quale senza alcundubbio celebre città un tempo nei tuoi paesi chiamata Pomei, et irrigata da le onde del freddissimo Sarno, fu per subito terremoto inghiottita de la terra, mancandole, credo, sotto ai piedi il firmamento, ove fundataera […] E già in queste parole eramo ben presso a la città, che lei dicea, de la quale e le torri e le case e i teatri e i templi si poteano quasi integri discernere...” (cf. J. Rojas Garcidueñas, op. cit., pp. 105-106). compuesta entre 1602 y 1603 e impresa en 1604 junto con el “Compendio apologético en alabanza de la poesía”.México, Melchor Ocharte, 1604.

En 1606, buscando mejores cargos, viajó a España, donde dos años después publicó su novela pastoril Siglo de Oro en las selvas de ErifileMadrid, Alonso Martín, 1608. (escrita a imitación de la Arcadia de Sannazaro), apadrinada, entre otros, por Lope de Vega y Quevedo. En España también —como ya mencioné (cf. supra, n. II)—, en 1607 obtuvo el grado de doctor en la Universidad de Sigüenza aunque Balbuena aspiraba a un puesto en la metrópoli, lo que consiguió, en 1608, fue ser elegido abad de Jamaica, a donde partió a mediados de 1610. No era la administración de esta pequeña, pobre y remota colonia el fin que perseguía, por lo que siguió tratando de mejorar su situación. En 1619 fue nombrado obispo de Puerto Rico, aunque llegó a la isla en 1623.Todavía permaneció tres años más (hasta 1622) en Jamaica, y luego pasó diez meses en Santo Domingo. Cinco años más tarde, el poeta tuvo la satisfacción de ver impresa, en España, su última obra, El Bernardo o la Victoria de Roncesvalles: Madrid, Diego Flamenco, 1624. "el que pudo ser su primer libro, aquel en que había mucho del vigor juvenil de un bachiller entregado a la lectura de epopeyas cortesanas, que acariciaba ensueños de poderío en un pueblecito de la Nueva Galicia, Salió en 1624: veinte años después de publicada de la Grandeza mexicana”. Francisco Monterde, op. cit., p. xxxiii.

En Puerto Rico, en sus últimos años, Balbuena sufrió la pérdida de su biblioteca y de su casa, durante un ataque de piratas holandeses a San Juan de Puerto Rico en 1625.Aquí un curioso apunte de uno de los primeros biógrafos de Bernardo de Balbuena, John van Horne: “Lope de Vega lamentó en el Laurel de Apolo el robo de la librería de Balbuena por «el fiero Enrique, holandés rebelado». Con este tributo [se refiere a su propio libro] un descendiente moderno de holandeses quisiera ofrecer a la memoria del obispo-poeta homenaje y enmienda, insuficientes desde luego, pero inspirados en verdadero amor para Balbuena, su idioma y su raza” (Bernardo de Balbuena. Biografía y crítica, Guadalajara, México, Imprenta Font, 1940, p. 10) Murió dos años más tarde, el II de octubre de 1627.

El Siglo de Oro, Grandeza mexicana y El Bernardo no fue lo único que escribió Balbuena. Hay otras obras de menor aliento e importancia e, incluso, obras perdidas. Esas obras menores forman parte no del poema, pero sí del volumen que contiene la Grandeza mexicana. La primera es una Canción al excelentísimo Conde de Lemos y Andrade, Marqués de Sarria, Presidente del Real Consejo de Indias, poesía encomiástica de circunstancia, de poco valor. La segunda, con las mismas características, se titula Al doctor don Antonio de Ávila y Cadena, arcediano de la Nueva Galicia. Dentro de este documento, conocido como Carta al Arcediano, están incluidas las cuatro composiciones juveniles que le fueron premiadas en otros tantos certámenes. Estos son: las redondillas “Carta en que Cristo consuela al alma”, del certamen de Corpus Christi de 1585; otras redondillas parte de las fiestas para recibir al virrey marqués de Villamanrique, en 1586; otra composición en redondillas “Carta al rey Felipe II, que está en el cielo, en agradecimiento de haber enviado por virrey a Don Luis de Velasco”, del certamen de recepción al virrey en 1590, dentro del cual también triunfó con unas quintillas tituladas “Exposición de una empresa de tres diademas y siete letras sobre ellas que decían ALEGRÍA”. Todas estas composiciones tienen un interés meramente histórico: obras juveniles que dan cuenta de la afición y auténtica vocación por las letras y los versos de Bernardo de Balbuena. Otro testimonio de esa vocación, aunque es difícil saber si se trata de una obra juvenil, es el escrito que se encuentra al final del volumen de la Grandeza mexicana, en prosa, sin relación con la obra principal, que el autor llama “Compendio apologético en alabanza de la poesía”: una auténtica “poética” y posiblemente de los primeros “ensayos” sobre el  tema, escritos en Nueva España.

De un soneto incluido en los preliminares de la Grandeza mexicana, deduce Rojas Garcidueñas la existencia de otras obras, hoy perdidas. El soneto, dedicado por don Miguel Zaldierna de Maryaca al autor, es el siguiente:

Espíritu gentil, luz de la tierra,
sol del Parnaso, lustre de su coro,
no seas más avariento del tesoro
que ese gallardo entendimiento encierra.
Ya Erifile fue a España, desencierra
de ese tu Potosí de venas de oro
el valiente Bernardo, y con sonoro
verso el valor de su española guerra.
No te quedes en sola esta Grandeza,
danos tu universal Cosmografía,
de antigüedades y primores llena.
El divino Cristíados, la alteza
de Laura, el arte nuevo de Poesía,
y sepa el mundo ya quién es Balbuena. Apud J. Rojas Garcidueñas, op. cit., p. 189.
(vv. 17-22)

A las tres obras ya conocidas, habría que añadir entonces: un Cosmografía, algo titulado El Cristiados(?), algún poema "A Laura" y un Arte nuevo de poesía. De la existencia de este escrito, que podría confundirse con el “Compendio apologético”, no puede haber duda, pues ?como lo señala Rojas Garcidueñas (op. cit., pp. 190-191)? el mismo Balbuena asegura en el “Compendio” haber escrito tal “poética”. que confirmaría el interés de Balbuena por la reflexión teórica en torno a su oficio:Se trata de una preocupación constante. En el prólogo al Bernardo se vuelve a ocupar de lo que debe ser un poema: “ha de ser imitación de acción humana en alguna persona grave, donde en la palabra imitación se excluye la historia verdadera, que no es sujeto de poesía, que ha de ser toda pura imitación y parto feliz de la imaginativa […] pues dice el mismo filósofo [Aristóteles] que si la historia de Heródoto se hiciese verso, no por eso sería poesía, ni dejaría de ser historia como antes […] Porque la poesía ha de ser imitación de la verdad, pero no la misma verdad, escribiendo las cosas, no como sucedieron, que ésa ya no sería imitación, sino como pudieron suceder, dándoles toda la perfección que puede alcanzar la imaginación que las finge, que es lo que hace unos poetas mejores que otros…” (El Bernardo, ed., introd. y selección de N. Jitrik, México, Secretaría de Educación Pública, 1988, pp. 40-41). “[la pérdida] es de todo punto lamentable porque esa obra de Balbuena fue primigenia en su especie: como ensayo de teoría y de crítica fue el primer estudio de tal índole y el primero en juzgar las condiciones de la producción literaria, en este Nuevo Mundo, y fue, por lo mismo, una de las más claras proyecciones del renacentismo europeo floreciendo en las tierras de esta Nueva España”. J. Rojas Garcidueñas, op. cit., p. 193



1 Aclara José Rojas Garcidueñas (Bernardo de Balbuena. La vida y la obra, México, Universidad Autónoma de México, 1958, p. ix): “he usado el nombre de Balbuena en esa forma de una tradición que es casi constante, no ignoro que la anarquía en la escritura de los nombres era ordinaria en el siglo XVI, que Menéndez Pelayo y otros historiadores prefieren la forma Valbuena a la anterior y que, etimológicamente, ésta última es sin duda la más correcta, pero creo que el uso ha consagrado la primera y he preferido dejar el nombre así como lo usaba y vio la luz en las primeras ediciones de sus obras que aparecieron revisadas y aprobadas por el propio autor”.

2 Dice Rojas Garcidueñas (Triunfo parténico, ed. J. Rojas Garcidueñas, México, Eds. Xóchitl, 1945): “Por sus obras y por su vida misma, Bernardo de Balbuena es un egregio representante de su tiempo y de su patria: español y novohispano, fue asimismo un claro ejemplo de la ambivalencia cultural de su momento: renacentista y barroco, mas no propiamente como transición o puente de una a otra de esas formas de la cultura moderna, sino copartícipe de ambas…” (ibid., p. 201).

3 Viaje del Parnaso, Canto II, vv. 205-207 (uso la sig. ed.: Miguel de Cervantes, Viaje del Parnaso, ed. introd. y notas V. Gaos, Madrid, Castalia, 1974).

4 En un soneto aparecido en los preliminares de la primera ed. de Siglo de Oro (Madrid, 1608): “Es una dulce voz tan poderosa, / que fue artífice en Tebas de alto muro, / y en un delfín sacó del mar seguro / al que venció su fuerza rigurosa. // Compró con versos mal lograda esposa / el amante de Tracia, al reino escuro; / a Sísifo quitó el peñasco duro / y a Tántalo la eterna sed rabiosa. // De vos no menos que de Orfeo esperara, / si el pueblo de las sombras mereciera / que, cual su voz, la vuestra en él sonara. // Por oíros, de Tántalo no huyera / el agua, y él de suerte os escuchara, / que, por no divertirse, no bebiera”.

5 "Y siempre dulce tu memoria sea, / generoso prelado, / doctísimo Bernardo de Balbuena; / tenías tú el cayado / de Puerto Rico, cuando el fiero Enrique, / Holandés rebelado, / robó tu librería; / pero tu ingenio no, que no podía, / aunque las fuerzas del olvido aplique, / ¡Qué bien cantaste al español Bernardo, qué bien al Siglo de oro! / Tú fuiste su prelado y su tesoro, / y tesoro tan rico en Puerto Rico, / que nunca Puerto Rico fue tan rico” (“Silva II”: Laurel de Apolo, ed. Ch. Giattreda, Roma, Alinea, 2002, p. 128, cf. infra, nota 22).

6 "Introducción histórica a una Colección de poesía castellana”, en Obras completas, Madrid, BAE, 1852, t. 19, pp. 138-139.  

7 Historia de la poesía hispanoamericana, Madrid, Librería General de Victoriano Suárez, 1911, t. I, p. 55.

8 Las corrientes literarias en la América hispánica, México, Fondo de Cultura Económica, 1949, pp. 76-77.

9 Las noticias biográficas de Balbuena están tomadas de José Rojas Garcidueñas, op. cit.

10 Todas tierras en la costa occidental de la República, repartidas entre los actuales estados de Jalisco y Nayarit. Dice Rojas Garcidueñas (op. cit., p. 4) que los Balbuena llegaron a Nueva Galicia con el conquistador Nuño Beltrán de Guzmán.

11 "…en uno de sus colegios, quizá el de Omnium Sanctorum, pues aunque sus biógrafos hablen de estudios hechos y de un grado obtenido en la Universidad de México, quien esto escribe ha revisado los papeles y libros de la misma Universidad, que existen en el Archivo General de la Nación, sin encontrar el nombre de Bernardo de Balbuena en documento alguno de fines del siglo XVI” (Francisco Monterde, “Prólogo” a Bernardo de Balbuena, Grandeza mexicana y fragmentos del siglo de Oro y El Bernardo, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1941, p. xxviii). Por su parte, Rojas Garcidueñas tiene una explicación para la ausencia de esa matrícula en los libros de la Real y Pontificia Universidad de México: los colegios (como el de San Gregorio, jesuita, o el de Todos los Santos) otorgaban los grados menores (como el de bachiller); en la Universidad tomaban los colegiales algunos cursos, hacían los exámenes y obtenían los grados mayores (como el de doctor, que Balbuena obtuvo en la Universidad de Sigüenza, según se desprende de la dedicatoria de Siglo de Oro, fechada el 31 octubre de 1607); de ahí que no figure en los libros de la Universidad.

12 "Carta al arcediano”, f. 3IV.

13 En la “Carta al arcediano”, Balbuena habla de estas tres justas literarias, de sus respectivos triunfos y reproduce los poemas premiados.

14 "Porque aunque el Siglo de Oro haya sido creado cuando vestía la beca estudiantil en México no es creíble que saliese como hoy lo conocemos, obra cuajada y completa, de una pluma llevada por mano tan tierna […] En cuanto al gran poema El Bernardo sí es indudable que lo escribió en aquel retiro de sus tierras compostelanas […] Porque no fue ni pudo ser tal epopeya obra de su primera juventud, hay mucha erudición que supone largas lecturas de diversas disciplinas, un plan muy complejo lentamente elaborado y resuelto, una labor en fin que no haría un estudiante en su colegio capitalino”(J. Rojas Garcidueñas, op. cit., p. 14).

15 Alguna relación afectiva existía entre Bernardo de Balbuena y doña Isabel de Tovar, quien también vivía en Nueva Galicia. De hecho, en Siglo de Oro le dedica un soneto acróstico, imperfecto, pero que claramente forma el nombre de “Doña Isabel de Tobar” (es el que comienza “Dulce regalo de mi pensamiento”: Bernardo de Balbuena, Siglo de Oro en las selvas de Erifile, ed. Introd. y notas de J. C. González Boixo, Xalapa, Universidad Veracruzana, 1989, pp. 246-247).

16 Hay que decir que en Siglo de Oro (publicada después de la Grandeza mexicana, pero comenzada desde la juventud y retocada a lo largo de los años) está aludida la futura Grandeza mexicana: “Mas luego que sentada encima de sus delicadas ondas vi una soberbia y populosa ciudad, no sin mucha admiración dije en mi pensamiento: «Ésta sin duda es aquella Grandeza Mejicana, de quien tantos milagros cuenta el mundo»” (ed. cit., p. 213). Al respecto, Rojas Garcidueñas hace una observación muy pertinente: la Grandeza no surgió sólo de una petición de doña Isabel de Tovar, como lo dice el mismo Balbuena, sino muy probablemente del modelo de Siglo de Oro, esto es, de Sannazaro, pues en el relato último de la Arcadia, Sannazaro es conducido por una ninfa, equivalente a la Erifile de Balbuena, al lugar donde quedó sepultada Pompeya, y desde ahí contempla la ciudad de Nápoles: “…ma questa che dinazi ne vedemo, la quale senza alcun dubbio celebre città un tempo nei tuoi paesi chiamata Pomei, et irrigata da le onde del freddissimo Sarno, fu per subito terremoto inghiottita de la terra, mancandole, credo, sotto ai piedi il firmamento, ove fundata era […] E già in queste parole eramo ben presso a la città, che lei dicea, de la quale e le torri e le case e i teatri e i templi si poteano quasi integri discernere...” (cf. J. Rojas Garcidueñas, op. cit., pp. 105-106).

17 México, Melchor Ocharte, 1604.

18 Madrid, Alonso Martín, 1608.

19 Todavía permaneció tres años más (hasta 1622) en Jamaica, y luego pasó diez meses en Santo Domingo.

20 Madrid, Diego Flamenco, 1624.

21 Francisco Monterde, op. cit., p. xxxiii.

22 Aquí un curioso apunte de uno de los primeros biógrafos de Bernardo de Balbuena, John van Horne: “Lope de Vega lamentó en el Laurel de Apolo el robo de la librería de Balbuena por «el fiero Enrique, holandés rebelado». Con este tributo [se refiere a su propio libro] un descendiente moderno de holandeses quisiera ofrecer a la memoria del obispo-poeta homenaje y enmienda, insuficientes desde luego, pero inspirados en verdadero amor para Balbuena, su idioma y su raza” (Bernardo de Balbuena. Biografía y crítica, Guadalajara, México, Imprenta Font, 1940, p. 10)

23 Apud J. Rojas Garcidueñas, op. cit., p. 189.

24 De la existencia de este escrito, que podría confundirse con el “Compendio apologético”, no puede haber duda, pues —como lo señala Rojas Garcidueñas (op. cit., pp. 190-191)— el mismo Balbuena asegura en el “Compendio” haber escrito tal “poética”.

25 Se trata de una preocupación constante. En el prólogo al Bernardo se vuelve a ocupar de lo que debe ser un poema: “ha de ser imitación de acción humana en alguna persona grave, donde en la palabra imitación se excluye la historia verdadera, que no es sujeto de poesía, que ha de ser toda pura imitación y parto feliz de la imaginativa […] pues dice el mismo filósofo [Aristóteles] que si la historia de Heródoto se hiciese verso, no por eso sería poesía, ni dejaría de ser historia como antes […] Porque la poesía ha de ser imitación de la verdad, pero no la misma verdad, escribiendo las cosas, no como sucedieron, que ésa ya no sería imitación, sino como pudieron suceder, dándoles toda la perfección que puede alcanzar la imaginación que las finge, que es lo que hace unos poetas mejores que otros…” (El Bernardo, ed., introd. y selección de N. Jitrik, México, Secretaría de Educación Pública, 1988, pp. 40-41).

26 J. Rojas Garcidueñas, op. cit., p. 193. 



28 oct 2013 / 15:17

Está incorporado a nuestro parnaso. Si pertenece a la Mancha por su nacimiento y a las Antillas por su episcopado, nos pertenece por su educación y su poesía. Acaso debe a su permanencia juvenil en la Nueva España, singularmente en la Nueva Galicia —y aun a la soledad y aburrimiento de su provinciana parroquia—, la elaboración fundamental de sus libros. Si sólo dedicó totalmente a México su poema sobre la Grandeza mexicana, vuelve a recordar a México en sus obras posteriores: El siglo de oro en las selvas de Erífile, novela pastoril en metro que contiene una miniatura de la Grandeza mexicana, y El Bernardo o Victoria de Roncesvalles, epopeya donde la tristísima figura del Nayarit vuelve, de pronto, idílicamente embellecida por el recuerdo. En su corazón de gran poeta se confundían el amor de sus dos patrias y el orgullo de las dos distintas grandezas. Y el mismo arte de componer en un solo cuadro dos mundos diferentes se revela en su rara virtud para actualizar las imágenes antiguas o naturalizar las evocaciones italianas que constantemente visitaban su espíritu, prestándole ese singularísimo y extraño sabor calificado de “clasicismo romántico”, y haciendo de su poesía un monumento de ese alejandrinismo moderno que ya todos llaman el barroco.

En natural evolución, la crítica encuentra la Grandeza mexicana más espontánea y sencilla, de lectura más fácil; la novela pastoril, más justa de estilo; y el poema heroico, más rico y trascendente. Pues, como decía Mira de Amescua, no tenía España otro poema comparable.

Dejando las páginas secundarias —aquella prosa que es escudero del verso—; lamentando la pérdida de otros trabajos, cuya sustancia se antoja que volcó y diluyó en los tres libros principales; prescindiendo de los temas no mexicanos —aunque por todas las zonas de su poesía circuló siempre nuestra atmósfera—, podemos repetir con su crítico que, al revés de fray Antonio de Guevara, Balbuena ha querido ofrecernos una “alabanza de la corte y menosprecio de la aldea”.J. van Horne, Bernardo de Balbuena: biografía y crítica, Guadalajara, 1940.—Cfr. en Bernardo Balbuena, Grandeza mexicana y Fragmentos del Siglo de Oro y El Bernardo, México, Bibl. del Estudiante Universitario, n° 23, 1941, el prólogo de F. Monterde.   

Su nota característica no está, como se aseguró de memoria, en el ímpetu y la feracidad tropicales (su paisaje es casi siempre erudito), sino en la exaltación de la Polis, de la ciudad, de la obra humana que asea y reedifica la naturaleza. Su fantasía misma se halla estimulada por la templanza del clima y la transparencia del altiplano; la cual, como alguna vez hemos escrito, ofrece el paisaje organizado, donde los ojos yerran con discernimiento, la mente descifra cada línea y acaricia cada ondulación. El colorido y la suavidad no estorban a la osadía y al nervio. Su colorismo no es abigarramiento, y hasta entiende de claroscuro. El mural palpita con el desfile donde nunca hay embarazos de tránsito.

Balbuena se adelante al churrigueresco, así como entra en las revoluciones poéticas del Siglo de Oro por caminos independientes. Y si su retablo es abultado de relieves, ello no se debe a la hinchazón o desorden de las pretendidas exorbitancias americanas, sino a una estética o a una retórica conscientes, que gobiernan imperiosamente la palabra, obligándola a rendir toda su elocuencia: propia metáfora del “medido jinete y su acicate, en seda envuelto y varia plumería”, que cabalga por la señorial avenida de los tercetos.

Si es cierto, como quiere Quintana, que Balbuena dio a la musa española “oro en gran cantidad y de elevados quilates”, devolvámosle el símil advirtiendo que Balbuena no sería entonces volcán, ni yacimiento virgen, sino buscador, minero, orive, acuñador y artífice.

“Aquel pródigamente darlo todo” no fue locura: es método. El terceto no consiente alaridos. El poema mismo está sometido a un programa riguroso y verdaderamente geométrico que, por supuesto, no tiene el mal gusto de respetar al pie de la letra. Consta de nueve cantos en tercetos, y cada canto responde a cada uno de los versos de la octava inicial, que viene a servirle de sumario; a excepción del séptimo, el cual, por su naturaleza, se divide en dos miembros. Y nótese que se trata del penúltimo endecasílabo, como si el análisis se adelgazara aquí, para luego recoger la síntesis en el canto final:

 

De la famosa México el asiento,

origen y grandeza de edificios,

caballos, calles, trato, cumplimiento,

letras, virtudes, variedad de oficios,

regalos, ocasiones de contento,

primavera inmortal y sus indicios,

gobierno ilustre, religión y estado:

                        todo en este discurso está cifrado.   


J. van Horne, Bernardo de Balbuena: biografía y crítica, Guadalajara, 1940.—Cfr. en Bernardo Balbuena, Grandeza mexicana y Fragmentos del Siglo de Oro y El Bernardo, México, Bibl. del Estudiante Universitario, n° 23, 1941, el prólogo de F. Monterde. 



AUDIO

 
 
  • Bernardo de Balbuena. Regalos, ocasiones de contento.

    Editorial: Dirección de Publicaciones de la UNAM
    Lectura a cargo de: Juan Stack
    Estudio de grabación: Universum. Museo de las Ciencias
    Dirección: Margarita Heredia
    Música: Gustavo Rivero Weber. Piano
    Operación y postproducción: Esteban Estrada / Cristina Martínez / Flor Falconi
    Año de grabación: 2009
    Género: Ensayo
    Temas: Bernardo de Balbuena, poeta manchego (Valdepeñas, España 1562- San Juan de Puerto Rico, 1627), vivió en México varios años, donde escribió Grandeza mexicana, un elogio a la capital de la Nueva España. Se trata de un poema laudatorio escrito en versos de octava real donde los primeros anuncian cada uno de los temas: “De la famosa México el asiento,/ origen y grandeza de edificios,/ caballos, calles, trato, cumplimiento,/ letras, virtudes, variedad de oficios,/ regalos, ocasiones de contento,/ primavera inmortal y sus indicios,/ gobierno ilustre, religión, estado,/ todo en este discurso está cifrado.” Aquí presentamos la lectura de la quinta parte del poema, “Regalos, ocasiones de contento”, donde se describe la ciudad de México como un espacio idílico por sus múltiples motivos de recreación, joyas, fiestas, pasatiempos y toda clase de delicias para el paladar. Así como Hernán Cortés relatara su deslumbramiento ante la ciudad de Tenochtitlan (véase La gran Tenochtitlan en esta misma serie), Balbuena dedica este poema a plasmar las riquezas de la ciudad colonial. Este texto forma parte del libro Ocasiones de contento, de la colección Pequeños grandes ensayos, de la Dirección de Publicaciones de la UNAM. D.R. © UNAM 2009



 
 
Retratos de Españoles ilustres, publicado por la Real Imprenta de Madrid, 1791
Retratos de Españoles ilustres, publicado por la Real Imprenta de Madrid, 1791

Bernardo de Balbuena

1562
Valdepeñas, España
11 de octubre de 1627
San Juan de Puerto Rico


OBRA PUBLICADA


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