Enciclopedia de la Literatura en México

Taller

Xalbador García
01 may 2019 / 05 jun 2019 00:18

mostrar Introducción

Taller fue una revista literaria que se publicó en la Ciudad de México de diciembre de 1938 a febrero de 1941. Sus doce números tuvieron una extensión entre 56 y 106 páginas. Los poetas Octavio Paz, Efraín Huerta, Rafael Solana y Alberto Quintero Álvarez impulsaron el proyecto en su primera etapa. Con el arribo de los exiliados españoles al país, el perfil de la publicación cambió. A partir de la quinta entrega, Paz apareció como director y Juan Gil-Albert, como secretario. Junto a los jóvenes mexicanos, al cuerpo de redacción se integraron Ramón Gaya, José Herrera Petere, Antonio Sánchez Barbudo y Lorenzo Varela. Otros de los involucrados fueron José Alvarado y el republicano Juan Rejano, quienes en el décimo número se sumaron como redactores ocupando el lugar que Rafael Vega Albela había asumido desde la sexta edición.

mostrar Inicios de la publicación: contexto histórico y el Grupo Taller

De talante cosmopolita, la revista consolidó al Grupo Taller. Compuesto por escritores alrededor de los veinticinco años, el círculo literario se cohesionó a la luz de la furiosa “Década Roja”. Tan convulsos como seductores, los años treinta mezclaron conflictos locales con problemáticas internacionales haciendo de México un foco donde se aglutinó el mundo. La Guerra Civil española iniciada en 1936, el fascismo con su halo amenazante, el comunismo como nuevo elemento de cambio, las luchas obreras de signo socialista y las reminiscencias del conflicto del Chaco en Sudamérica estuvieron presentes en el país con personajes como Lev Davídovich Bronstein “Trotsky”, Pablo Neruda, André Breton, León Felipe, Antonin Artaud y Luis Cardoza y Aragón. De la misma manera el ambiente se nutrió con el gran número de refugiados españoles recibidos por el gobierno de Lázaro Cárdenas. En política interna, el presidente llevó a cabo acciones radicales que le cambiaron la fisonomía a la nación. Entre las medidas públicas más importantes del cardenismo se encontraron la expropiación petrolera y el reparto agrario que le valieron, tanto apoyos incondicionales, como fuertes críticas desde diversos sectores. Ambas visiones permearon todos los ámbitos, incluido el cultural. Intelectuales de izquierda y derecha entraron a debate por las estrategias oficiales, a lo que no permanecieron indiferentes los animadores de la revista.  

El entorno de los jóvenes iniciadores de Taller fue álgido, fascinante y bélico. Les exigió un compromiso intelectual, pero no menos pragmático. El concepto del “hombre nuevo”, donde arte y acción comulgaran al unísono, alimentó su discurso. Educados en su mayoría en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso y con inclinaciones por las ideologías de izquierda, varios de los involucrados en el proyecto eran asiduos colaboradores de revistas y periódicos. Con sus primeros libros publicados como garante debatían los problemas que aquejaban a la sociedad mexicana, a la par que escribían sobre cine, teatro y los creadores llegados a México. Los más afortunados, como Octavio Paz y José Revueltas, ya habían viajado a Europa donde palparon la temperatura del momento, mientras que los otros camaradas se desempeñaban en medios de comunicación que les permitían presumir un espacio, bien ganado, en el ámbito de la cultura. A esos jóvenes nada les parecía ajeno; nada les era ajeno.

Con el entusiasmo por demostrar su valía social y artística, en el mes de octubre de 1938 se desató una polémica en el diario El Popular, protagonizada por Rafael Solana y Alberto Quintero Álvarez. En su texto “Juventud de piedra”, el primero se quejaba por la falta de un “grupo uniforme” entre los escritores jóvenes mexicanos:

No. No existe ningún grupo literario sólido posterior al de los envejecidos “Contemporáneos”. Los nuevos valores que han surgido permanecen dispersos, indecisos, titubeantes, separatistas. Forman una juventud que, aunque se la sienta estar presente, no habla, no se hace escuchar, no toma ninguna actitud, no impone ninguna nueva forma, ni, al parecer, tiene ningún nuevo mensaje que transmitir. Silenciosa e inmóvil en su sitio, es solamente un candado de piedra.[1]

El segundo respondió con el artículo “Juventud de presencia”, en el que coincidía con Solana en torno a que no existía un nuevo grupo homogéneo ni reconocible en las letras nacionales. Pero aun con las carencias –seguía Quintero Álvarez– sí existía una juventud inquieta que más allá de cuestionamientos sociales y políticos estaba envuelta en una necesidad que los hermanaba: la escritura. La inclinación por la literatura se constituía como el elemento afín entre unos y otros. Así que lo único urgente era un medio, la gestación de un nuevo órgano donde mostrar, ya no un ensayo de lo que podrían ser, sino una realidad de lo que eran:

¿Qué nos hace falta demostrar, salir a flote, decir: ¡aquí estamos!? Estoy de acuerdo. Una revista no solamente es útil, sino indispensable como órgano de presentación y como poderoso estímulo de trabajo. A este respecto hay que considerar que varias veces hemos hecho el intento de lanzar una publicación, y que circunstancias de otro orden nos lo han impedido. […] Sin embargo el momento está por llegar. Estamos dispuestos todos los llamados por Rafael Solana a demostrar que no se trata de unos “convidados de piedra”.[2]

El resultado del diálogo fue la conformación del Grupo Taller que nació oficialmente la tarde del 11 de noviembre de 1938 durante la fiesta por la graduación como abogado de Ignacio Carrillo Zalce. En la casa ubicada en la calle de Camelia, de la colonia Guerrero, se reunieron diversos amigos que se reconocían como integrantes de dos círculos diferentes. El primero se había formado alrededor de las revistas Barandal (1931-1932) y Cuadernos del Valle de México (1933-1934), y estaba compuesto por los mayores, en cuanto a nivel educativo se refería, entre quienes se encontraban Octavio Paz, Salvador Toscano, Rafael López Malo, José Alvarado, Arnulfo Martínez Lavalle, Manuel Moreno Sánchez, Manuel Rivera Silva, Julio Prieto, Humberto Mata y Ramírez, Adrián Osorio, Raúl Vega Córdoba y Enrique Ramírez y Ramírez. La cofradía había absorbido, por medio de la relación con Paz, a Rafael Vega Albela, José Ferrel y a los llegados de provincia César Ortiz y Raúl Rangel, así como al propio Carrillo Zalce.

Al segundo de los corros, nacido a la luz de Taller Poético, pertenecían el director de esta revista, el veracruzano Rafael Solana, junto a los jóvenes poetas guanajuatenses, Efraín Huerta y Alberto Quintero Álvarez. En torno a ellos, una gavilla de nuevos escritores había gozado de su bautismo literario en la misma publicación: Carmen Toscano, Emmanuel Palacios, Enrique Gabriel Guerrero Larrañaga, Neftalí Beltrán, Manuel Lerín, Mauricio Gómez Mayorga, Octavio Novaro y Ramón Gálvez. La cercanía con Huerta también sumaba a Carlos Villamil Castillo, Antonio Magaña Esquivel, Guillermo Olguín Hermida, Heriberto García Rivas, Ricardo Cortés Tamayo, Edmundo Báez, Alberto T. Arai y José Revueltas, a quien se reconocía como el compañero más adelantado en la lucha social, por lo que disfrutaba de un lugar destacado en la promoción.

La misma polémica que se había presentado en El Popular, sobre sus compromisos y necesidades intelectuales, volvió a la mesa durante el encuentro en casa de Carrillo Zalce. Tras las felicitaciones al homenajeado, Raúl Rangel cambió de rumbo la charla. Señaló enfático la gran calidad humana, artística y literaria de cada uno de los círculos y planteó “la fusión en un solo haz de todos los jóvenes, que por encima de todas las minúsculas diferencias de edad y de puntos de vista, en realidad viven las mismas inquietudes”.[3] Los involucrados declararon su adhesión a la propuesta. Rafael Solana, cronista de la reunión, escribió al respecto: “Estos dos grupos son los más jóvenes de la literatura mexicana y en realidad, para la historia, no formarán sino uno. Se trata del grupo de la revista Barandal y el de la revista Taller Poético de ahora en adelante fundidos en un sólo cenáculo y una sola revista, que se llama Taller”.[4]

mostrar Historia de Taller: una revista de acción y palabra

Un mes después saldría el primer número de Taller, una revista abierta a todos los géneros, tal y como lo había sugerido Quintero Álvarez a Rafael Solana. A ellos se les unió Efraín Huerta y posteriormente Octavio Paz. Los cafés de chinos fueron el escenario para que aquellos muchachos empezaran a planear el proyecto que resultaría definitorio en sus carreras literarias.[5] Con entusiasmo, más que con un discurso sólido respecto a lo que pretendían, Taller nació sin un programa definido: no es casualidad que los textos que concretaron el perfil de la revista hayan aparecido a partir de la segunda entrega. En un principio, la publicación fue concebida como un espacio para trabajar sobre las ideas y el lenguaje. El impulso primero de los animadores de Taller fue responder, como escritores, al llamado del “hombre nuevo” con una obra literaria destacable.

Para Paz, “este primer número definió el temple de la nueva generación”.[6] Se trataba de un temple de reconocimiento, de pertenencia, de manifestar que las nuevas voces de las letras mexicanas ya no perdían el tiempo y el talento en pugnas estériles como sus antecesores, sino que labraban su palabra en hechos tangibles, en productos culturales tan dignos como una propuesta literaria de la mejor calidad posible. En el número de apertura el Grupo Taller mostró una forma propia de hacer literatura, en la que el arte no era absorbido por la política. Así se mantenían alejados de los movimientos estéticos del momento que pugnaban por un trabajo bajo el yugo de una ideología definida. Estuvieron al margen del Partido Comunista y de los miembros de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (lear). Aun con estos deslindes, los animadores de Taller no concebían la creación como un refugio para escapar de la realidad. Ensayaron una propuesta del más alto nivel estético, pero no ajena a los problemas del mundo. Para ellos “la poesía era actividad vital más que ejercicio de la expresión”.[7] A diferencia de lo hecho hasta ese momento en el plano literario nacional, la revista presentó temas sociales sin caer en el panfleto.

Aunque los textos polémicos no estuvieron ausentes de la publicación, se excluyeron aquellos que criticaran las iniciativas de la Unión Soviética. A contracorriente, la Guerra Civil española y los embates contra el fascismo hallaron un lugar privilegiado en sus páginas. Tampoco se suprimieron los pronunciamientos a favor de las acciones que impulsaba Cárdenas, ni mucho menos las arremetidas en agravio de escritores y movimientos, como el Surrealismo. Este rasgo de ecuanimidad, y al mismo tiempo de apertura crítica, que en un principio se percibió como un auténtico triunfo para la discusión estética, sería posteriormente un lastre del que la revista nunca se recuperó. El coto vedado lo sufrieron los más combativos del grupo, como Efraín Huerta, quien buscó otros espacios para publicar sus reflexiones políticas.[8] Debido a la ausencia del debate, Taller tuvo un cariz ambivalente. Careció de posicionamientos respecto a sucesos tan importantes como el pacto entre los gobiernos de Hitler y Stalin, y tan cercanos, como el asesinato de Trotsky en Coyoacán. Paz llamó al fenómeno la gran “falla moral” de Taller.[9]

El liderazgo de Solana fue empañándose en las siguientes entregas de la revista. Ocupado en los preparativos de su viaje a Europa, dejó el protagonismo a los otros encargados, cuya principal preocupación fue la de conseguir dinero para continuar el proyecto. El retraso de cuatro meses en la aparición del segundo número demuestra las dificultades económicas en la publicación. El mecenas de las siguientes tres entregas fue Eduardo Villaseñor. El político les donó una remesa de papel couché que vendieron para oxigenar financieramente a Taller.

Sorteadas las necesidades primarias, en abril de 1939 salió a la venta la segunda edición que contiene el ensayo “Razón de ser”, de Octavio Paz. Considerado como la poética de la promoción, el texto establece el deslinde del Grupo Taller respecto a las generaciones anteriores, especialmente la de Contemporáneos. Para ello marca la diferencia entre los preceptos “herencia” y “tradición”. La herencia es lo que disfrutaban por el solo de hecho de ubicarse en un contexto cultural definido: México, Latinoamérica, las letras en castellano. Pero la tradición es lo que, en tanto jóvenes, reconocían y seleccionaban de esa herencia. La elección de sus precedentes, que no sólo habitaban la geografía nacional, sino que provenían de otros puntos del continente y del mundo e incluso la selección de obras en otros idiomas, les suponía una independencia estética y moral respecto a sus mayores. Sin despreciar totalmente la propuesta estética de las promociones pasadas, los miembros del Grupo Taller se alejaron de ella para ubicarse en la trinchera de la libertad, la crítica y la revolución, tanto en su labor social, como en su producción literaria. Debido a su vínculo con la figura del “hombre nuevo”, eran poetas en tanto revolucionarios, eran revolucionarios en tanto poetas. Acción y palabra les fueron sinónimos y, con su propia revista, buscaron demostrarlo número a número.

Pese a ese empuje primigenio de Taller, dos sucesos modificaron la publicación: los problemas económicos por los que nunca dejó de atravesar la revista y, aún más imprescindible, los acontecimientos históricos que trajeron al continente un éxodo de intelectuales españoles. Luego de la cuarta entrega el dinero volvió a escasear. La crisis dentro de la promoción fue azuzada también por el pacto soviético-alemán conocido como el acuerdo Ribbentrop-Molotov y que se estableció como la antesala de la Segunda Guerra Mundial. Las voces a favor y en contra de las medidas del Kremlin se enfrentaron dentro del Grupo Taller, lo que estuvo a punto de fragmentarlo.

Frente a la vorágine de problemas, Octavio Paz, amigo de varios de los recién llegados, los invitó a colaborar. Los españoles aceptaron apoyar el proyecto, tanto económica como creativamente. José Bergamín fue el enlace clave para que se diera el acuerdo, pero les pidió a los jóvenes mexicanos que Ramón Gaya fuera el responsable del diseño y el único autor de las viñetas que aparecían, desde el número cinco, en la revista. El resultado fue que Taller quedó muy parecida a Hora de España, la publicación que los republicanos mantenían en su país antes de la partida. Las semejanzas de edades, las coincidencias políticas, la admiración de los mexicanos por los refugiados y el discurso estético compartido hicieron que, al inicio, la incorporación fuera bien acogida. Sin que sus fundadores lo reconocieran conscientemente, desde ese momento Taller fue parte de la tradición de las revistas del exilio español en América. Por su contenido, perfil, colaboradores y diseño, la publicación estableció vasos comunicantes con las revistas Espuela de Plata y Nuestra España, editadas al mismo tiempo en La Habana, Cuba, y cuyo afluente principal fue precisamente Hora de España

A partir de la quinta entrega de Taller, según Solana, “los exiliados universalizaron nuestra revista, la pusieron al día, y reflejaron en ella problemas menos locales que los que hasta antes de su llegada nos habían preocupado”.[10] Debido al gran impulso que recibió la revista con la llegada de los republicanos, Taller modificó su tamiz. Desde la quinta entrega los espacios para los jóvenes mexicanos empezaron a disminuir, tal vez de manera natural por haber crecido la nómina de colaboradores, pero la situación no fue bien vista por los fundadores. De las dos partes existían motivos que sembraron, si no la discordia frontal, sí el alejamiento entre los mandos. Aún en 1939, por parte de los republicanos, existía la clara convicción de que su exilio no era permanente. Volverían a España en cuanto cayeran los regímenes fascistas y, con ellos, Francisco Franco. Percibían a Taller con las reservas que se concibe un proyecto temporal más que definitivo. Del lado de los mexicanos, no sin tintes nacionalistas, los jóvenes sintieron que su revista les fue arrebatada por un grupo de escritores con más experiencia en todos los sentidos.

Al alejamiento de sus iniciadores, la llegada de los exiliados, las pugnas ideológicas que se incrementaron a medida que avanzaba la embestida alemana en Europa, se le agregó que los españoles buscaron sus propios espacios editoriales. El nacimiento de la revista Romance, el primer órgano netamente de los exiliados en México, mermó los fondos para Taller, que vio retrasos en sus siguientes entregas. Aun con las dificultades, el proyecto destacó por su peso intelectual. Para la onceava entrega, Taller ya ostentaba un catálogo de colaboradores tan interesante como las mejores revistas de su época no sólo en México, sino en castellano. Como lo estipulaban las reseñas del momento, la publicación había dejado su halo juvenil. Si sus primeros objetivos habían sido ser la voz de un círculo literario sólido, luego de diez números el proyecto se había convertido en el punto de encuentro entre México y el mundo.

Es común la idea de que Taller murió de “influencia española”, como lo denunció Rafael Solana algunas décadas después.[11] Sin embargo, Huerta dio cuenta de la ambivalencia que los mexicanos establecieron respecto a los españoles. Mientras por una parte reconocieron el gran aporte de los exiliados, por la otra criticaron los cambios en la revista.[12] Lo cierto es que a la incorporación de los españoles como origen del deceso de la publicación deben sumarse la falta de recursos y, sobre todo, las murallas ideológicas que ya eran insalvables entre los propios integrantes del Grupo Taller, cuyo punto de quiebre fue el asesinato de Trotsky. Como hombres de izquierda, pero aún más como intelectuales críticos, fue imposible conciliar sus puntos de vista respecto a las decisiones soviéticas. En realidad Taller murió por la libertad coartada, las dudas políticas y el sentimiento de orfandad de los involucrados. Para ese momento el Grupo Taller estaba desmoronado.

Estas causas provocaron la demora, de seis meses, del último número. Con fecha de enero-febrero de 1941, la entrega muestra la temperatura ríspida del entorno. Las aguas estaban tan caldeadas dentro y fuera de la revista que Pablo Neruda reclamó a Paz la publicación de “Del pensamiento en un jardín”, el poema de Alberti con que abre la edición y que lleva la dedicatoria “A José Bergamín, en México”. Paz explicaba que el chileno había leído el texto como una toma de posición de Taller respecto a la pugna que éste mantenía con Bergamín.[13] La crítica de Neruda era tan sólo un síntoma más del agotamiento del proyecto que también se lee en su contenido. Con la excepción de la obra poética de Alberto Quintero Álvarez, Efraín Huerta, Enrique Gabriel Guerrero, Efrén Hernández y Adolfo Sánchez Vázquez, en la última entrega predominan las reseñas. Taller se había convertido en un catálogo de novedades.

Con el último número termina la aventura de los jóvenes que con su revista encontraron su lugar definitivo en la República de las Letras. La publicación fue un digno representante de su tiempo. Un tiempo álgido, de conflictos, de guerra, de enfrentamientos desde todos los frentes. Un tiempo donde las posiciones tibias tenían un carácter de flaqueza más que de ecuanimidad. Un tiempo donde la política, las artes y las ideologías compartían el mismo terreno y, desde ahí, se combatía a los enemigos o se compartía con los camaradas.

Del otro extremo, Taller también mostró el sentido humano de la época. Fue una publicación mexicana con talante netamente cosmopolita, que arropó a los exiliados, que estuvo a la altura de las circunstancias de un país que se había convertido en el corazón del mundo hispanoparlante. En sus páginas los jóvenes entendieron el peso de la palabra fraternidad y demostraron un perfil estético libertario y, a la vez, un comportamiento moral frente a la historia.

Debido al contexto, así como a las posiciones artísticas y éticas de sus propios protagonistas, la revista no podía seguir sin el impulso primero que la había llevado a ser una realidad. Se trataba de un impulso de juventud del que había nacido el Grupo Taller. Una vez que el grupo dejó de funcionar como tal, era el momento de alcanzar nuevos horizontes. Algunos buscaron refugio en El Nacional. Otros percibieron necesaria la fundación de una nueva revista que aglutinara diversas experiencias, múltiples voces, distintas generaciones, por lo que nacería El Hijo Pródigo. Todos coincidían en que la vida de Taller y su grupo habían concluido. La entrega 12, con su sello místico, les significó a Efraín Huerta, Alberto Quintero Álvarez, Rafael Solana, Octavio Paz y a la caterva de jóvenes a su alrededor, el último proyecto editorial de espíritu juvenil.

mostrar Características generales

A pesar de que su historia establece tres años de vida, Taller abarca tan sólo 15 meses de existencia si se toman en cuenta las fechas de cada uno de los números de la revista: uno (diciembre de 1938), dos (abril de 1939), tres (mayo de 1939), cuatro (julio de 1939), cinco (octubre de 1939), seis (noviembre de 1939), siete (diciembre de 1939), ocho y nueve (enero-febrero de 1940), diez (marzo-abril de 1940), once (julio-agosto de 1940) y doce (enero-febrero de 1941). Confeccionada con papel couché, medía en su primera etapa 22.3 x 17 centímetros. En la segunda, con la llegada de los españoles, el formato se extendió a 24.5 x 18 centímetros.

En las dos primeras entregas el precio fue de 1.50 pesos, el cual iba acompañado de la siguiente leyenda: “El deseo de presentar nuestra revista con algún decoro tipográfico y los graves tropiezos materiales y de toda índole que supone una publicación en México, nos obligan a venderla a $1.50. Superados estos obstáculos, esperamos ofrecerla a un precio más reducido”. El objetivo se cumplió y del tres al doce la revista se mantuvo en 1 peso y su precio en el extranjero por ejemplar fue de 40 centavos de dólar. Las suscripciones en México tenían el valor de 5 pesos por cuatro números; 7.50, seis números; 10 pesos, ocho números, y en el extranjero: 2 dólares por cinco números y 5 dólares, doce números. A partir de la quinta entrega los importes de suscripción anual se mantuvieron para el mercado nacional en 10 pesos y 3 dólares para el extranjero, precio que bajará a 2.50 dólares en el número doble de enero-febrero de 1940. El registro del costo fuera de territorio nacional no era oportunista, pues Taller se vendió en todo el continente como lo establece el anuncio de la revista publicado en Romance que la ubica “de venta en las mejores librerías de América”.[14]

El diseño de la portada de la primera a la cuarta entrega de Taller es sumamente modesto. El título de publicación subrayado, bajo el cual se lee “revista mensual”, es acompañado de una pequeña viñeta que, en su número inicial, está firmada por María Izquierdo. Los otros artistas plásticos que colaboraron en estos ejemplares fueron Ramón Gaya, Pedro Sánchez, Jesús Guerrero Galván, Juan Soriano y Miguel Prieto. Y desde la quinta entrega, Gaya fue el único ilustrador de la publicación.

Por su rico contenido, preparación y propuestas artísticas, los suplementos de Taller fueron una de sus características más destacadas. En orden y a partir de la cuarta entrega estos fueron: Temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud, en traducción de José Ferrel –primera vez que el texto se publicó completo en México; Fragmentos sobre el amor y las mujeres, de Don Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza; Liras, bajo el cuidado de Pablo Neruda; Endechas, de sor Juana Inés de la Cruz; Poesías, de Luis Carrillo de Sotomayor; Poemas, de T. S. Eliot; La Retama (La Ginestra), de Jacobo Leopardi, y Diarios íntimos, de Charles Baudelaire. De los anteriores, los contenidos que la revista vendió por separado fueron los suplementos de Rimbaud, sor Juana, Luis Carrillo de Sotomayor y T. S. Eliot, así como el libro La educación de los sentidos, de Rafael Solana, único de los volúmenes que vio la luz bajo el sello editorial de Taller.

 

Imagen 6. Suplemento a cargo de Pablo Neruda. Taller, ed. facs. núm. 6, noviembre de 1939, México, fce (Revistas Literarias Mexicanas Modernas), 1982, t. 1.

En cuanto a los géneros, Taller permite la oportunidad de conocer “un brevísimo panorama de la poesía más joven” de México de ese momento.[15] La revista presenta 51 entradas con un total de 196 poemas. El otro afluente importante de la revista es el ensayo de cuyo género brindó 40 textos; el cual va de la mano con las reseñas que, en muchas ocasiones, se presentan como pequeños ensayos. Se publicaron, finalmente, 45 reseñas. Además, Taller presentó nueve narraciones, seis notas informativas, cuatro críticas de arte, un discurso y una epístola.

El contenido de la revista ofrece 160 colaboraciones, compartidas entre 64 autores, de los cuales 28 fueron mexicanos y 25 españoles. Junto con ellos se presentaron dos alemanes: Federico Hölderlin y Pablo Luis Landsberg; dos franceses: Baudelaire y Rimbaud; un argentino: Aníbal Ponce; un chileno: Pablo Neruda; un estadounidense: T. S. Eliot; un guatemalteco: Luis Cardoza y Aragón; un italiano: Leopardi y una uruguaya: Sara Ibáñez. Entre los autores más frecuentes se encuentran Octavio Paz y Alberto Quintero Álvarez, con 14 y 13 textos, respectivamente, seguidos de Huerta y Solana con nueve colaboraciones cada uno.

En el aspecto económico, luego del primer número financiado por Solana, la supervivencia de la revista no pudo haberse dado sin la ayuda de Eduardo Villaseñor, quien había sido impulsor del Fondo de Cultura Económica, en 1934; cónsul general de México en Nueva York, en 1935; administrador del Banco Nacional de Crédito Agrícola, en 1936; consejero del Banco de México en el mismo lapso; subsecretario de Hacienda, de 1938 a 1940, y director general del Banco de México hasta 1946. Es fácil reconocer la mano de Villaseñor en la publicidad que se presentó en Taller. Los anuncios del Banco de Crédito Agrícola, Banco Nacional Hipotecario Urbano y de Obras Públicas, Seguros de México S. A., y el Fondo de Cultura Económica expuestos en la revista fueron mediados por el funcionario.

A partir del séptimo número, el otro mecenas de la revista fue Alfonso Reyes, quien el 7 de noviembre de 1939 “presta” la cantidad de 150 pesos a la publicación.[16] Los anuncios de los libros de La Casa de España se dieron por su mediación. Igualmente, la publicación recibió sustento de los libreros. La publicidad así lo devela con la propaganda de Editorial América, Librería Porrúa, Biblioteca del Estudiante Universitario, Editorial Losada y Editorial Cvltvra. Asimismo Taller tenía intercambio publicitario con Letras de México, en la que se anunciaba con valor de un peso y “de venta en todas las librerías”.

Como sucedió en los otros ámbitos de la revista, los españoles diversificaron la publicidad. Anuncios de las novedades y las colecciones de Editorial Séneca, a cargo de Bergamín, y de las revistas de exiliados España Peregrina y Romance se exhibieron en Taller. La publicidad del Bar Paolo, Aseguradora Mexicana y la Asociación Hipotecaria Mexicana llegaron a Taller por instancia de los exiliados. En las páginas de la revista también se promocionaron la antología Voces de España, preparada por Octavio Paz; Saludo de alba, de Alberto Quintero Álvarez; La educación de los sentidos, de Rafael Solana, y los suplementos de Taller, así como una curiosa publicidad sobre clases de inglés por correspondencia.

Los demás anuncios pertenecen a las imprentas en las que se editó la publicación. Del número uno al cuatro vio la luz en los talleres de Cooperación Gráfica, ubicados en esquina Lago Alberto y Calzada Mariano Escobedo, con oficinas en Guadalquivir 30, colonia Cuauhtémoc. La quinta entrega se realizó en la imprenta Artes Gráficas Comerciales, con dirección en Lecumberri 36. De la sexta se hizo cargo la Imprenta Universitaria, dirigida por Antonio Acevedo Escobedo y que se asentaba en Bolivia 17. Y del siete al doce Taller nació en Guatemala 96, dirección de Editorial Cvltvra que también imprimía los libros de Editorial Séneca.

 

Imagen 7. Taller, núm. 10, marzo-abril de 1940, ed. facs., fce (Revistas Literarias Mexicanas Modernas), 1982, t. 2.

En cuanto a su recepción, la crítica destacó los números 1, 5 y 10. La entrega de apertura de Taller tuvo una acogida discorde. El Nacional saludó a la revista como una publicación que se esperaba desde hace tiempo. El cuidado de la impresión, la calidad del papel, las viñetas de Ramón Gaya y la profundidad de los contenidos la colocaron “a la cabeza de las publicaciones literarias de México”. La nueva propuesta de los jóvenes no había decepcionado a lector alguno. Desde Ruta, Ermilo Abreu Gómez colocó a la naciente publicación junto a Crisol, Ábside, Letras de México y la propia Ruta, como las principales revistas literarias del país. Tras alabar la prosa poética de Paz, destacó la inteligencia y la sensibilidad que mostró Solana en su estudio sobre la pintura de María Izquierdo. Sin embargo, denunció la “copia” de Huerta a la poesía de Neruda y les exigió a los involucrados una definición política, moral y estética de su revista:

Taller es un problema. Taller tiene obligación de definir su rumbo: tiene que fijar su orientación literaria, su posición política; no basta la calidad literaria. Esto estuvo bien ayer. Hoy se exige otra cosa: un sentimiento de responsabilidad social, revolucionaria, en la literatura. Taller tiene que completar la obra ideológica de la revolución. Un sector de ésta le pertenece. Un poco más de atención y Taller cumplirá con el táctico compromiso que ha contraído.[17]

La quinta entrega de Taller fue igualmente bien recibida por la crítica. Desde las páginas de Letras de México, Octavio G. Barreda escribió sobre la evolución del proyecto:

Hace un año precisamente apareció el primer número de esta revista juvenil que, ahora, después de alzas y caídas, de dificultades propias del momento, de falta de recursos pecuniarios, ha llegado, remozada y endomingada, a su número cinco (octubre). Ha encontrado al parecer –y hoy por hoy– generosas manos amigas en el ascenso.[18]

Meses después, en el primer número de Romance, se destacó el valor de Taller al estar conformado tanto por mexicanos de gran talento como por las mejores plumas llegadas de Europa:

La revista Taller que ya desde su aparición vino a ocupar un puesto de primer orden entre las revistas literarias de habla española, mejora día a día. A partir del número V esta revista, tipográficamente ya, ha adquirido una gran dignidad. Varios nombres de escritores jóvenes españoles han venido a sumarse en la redacción de esta revista a los de sus fundadores mexicanos.
Taller es una revista joven aunque no “juvenilista”. Nombres prestigiosos de la literatura mexicana y española han ido hasta ahora apareciendo en las páginas de Taller junto con estos jóvenes que tienen por lema, no la estúpida iconoclastía que hace años hiciera furor entre los deportivos literatos, sino la inteligencia, la mejor ambición, la serenidad. Los nombres allí reunidos, que aparecen con frecuencia en las páginas de Taller, se unen, principalmente, por su común anhelo de encontrar, dentro de una línea que sea continuidad de la verdadera tradición, los caminos en que la literatura que no es ya un juego, se funde con los destinos del hombre. Taller, es una auténtica revista joven porque es creadora y libre de pequeños prejuicios, y no porque confunde “lo nuevo” con las bobas piruetas.[19]

El número 10 de Taller ofreció una nómina extraordinaria de poesía con la obra de Hölderlin, Carlos Pellicer, Luis Cernuda, Jorge Cuesta, Stephen Spender (en traducción de Cuesta), Emilio Prados, Octavio Paz, Juan Gil-Albert, Antonio Machado y, para cerrar de manera destacable, el suplemento de T. S. Eliot, con presentación de Bernardo Ortiz de Montellano. Los poemas fueron traducidos por varios autores: “El canto de amor de J. Alfred Prufock”, en versión de Rodolfo Usigli; “La fligia che piange” y “Marina”, en traducción de Juan Ramón Jiménez; “Tierra baldía”, llevada al español por Ángel Flores; “Los hombres huecos”, traducida por León Felipe; “Un canto para Simeón”, en adaptación al castellano por Octavio G. Barreda, y “Miércoles de ceniza”, en versión del propio Ortiz de Montellano. Ante tal contenido Romance catalogó a la décima entrega como “uno de los números más logrados de la joven revista mexicana. Voces poéticas de diversos significados, se unen en este encendido homenaje de la redacción de Taller, a la poesía eterna y vital de siempre”.[20]

El contenido y la manufactura de la revista demuestran la riqueza literaria y la altura cultural del proyecto. Taller es una pieza imprescindible para la historia de la literatura en castellano, pues en ella puede leerse la dinámica de un momento tan álgido políticamente, como generoso en cuanto a producción artística. Su esencia juvenil jamás menguó su alcance literario. Al contrario, la juventud le sirvió de base para que discursos, venidos de múltiples geografías, hallaran un espacio propicio para el encuentro y la convivencia.

mostrar Bibliografía

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Barreda, Octavio G., “Revista de revistas”, en Letras de México, ed. facs. núm. 11, noviembre de 1939, México, Fondo de Cultura Económica (Revistas Literarias Mexicanas Modernas), 1985, t. 2, p. 140.

Huerta, EfraínEl otro Efraín. Antología prosística, Carlos Ulises Mata (ed. y selec.), México, Fondo de Cultura Económica, 2014.

----, “Los españoles que viví”, en El exilio español en México 1939-1982, México, Salvat/ Fondo de Cultura Económica, 1982 pp. 683-694.

Paz, Octavio, Obras completas 3, México, Fondo de Cultura Económica, 1994.

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Reyes, Alfonso y Octavio Paz, Correspondencia (1939-1959), Anthony Stanton (ed.), México, Fondo de Cultura Económica, 1998.

Solana, Rafael, “La juventud de piedra”, en El Popular (México), 2 de octubre de 1938, p. 5.

----, “Barandal, Taller Poético, Taller, Tierra Nueva”, en Las revistas literarias de México, Instituto Nacional de Bellas Artes, México, 1963, pp. 185-207.

----, “Política literaria”, en El Popular, 13 de noviembre de 1938, p. 5.

Quintero Álvarez, Alberto, “La juventud en presencia”, en El Popular (México), 9 de octubre de 1938, p. 4.

mostrar Enlaces externos

Coloquio Juventud, poesía y revolución. Revistas literarias mexicanas del siglo xx, en El Colegio Nacional, coordinado por Vicente Quirarte, (consultado el 27 de febrero de 2019).

Delgadillo Martínez, Emiliano, “Un poeta que desata y libera su idioma”, en Nexos (México), 1 de junio de 2014, (consultado el 27 de febrero de 2019).

García Rodríguez, Salvador, La promoción de la revista Taller, entre la tradición mexicana y el llamado del mundo, Tesis de doctorado en Letras Hispánicas, México, El Colegio de San Luis,  2016, (consultado el 27 de febrero de 2019).

Revista Hora de España en Biblioteca Digital Hispánica, (consultado el 27 de febrero de 2019)

Revista Nuestra España en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, (consultado el 27 de febrero de 2019).

La revista Taller es la primera publicación sólida de la generación que se dio a conocer con las revistas Barandal, Cuadernos del Valle de México y Taller Poético. A excepción de Octavio Paz, los editores de Barandal y Cuadernos del Valle de México se retiraron luego de las funciones editoriales, pero no dejaron de escribir.

Después de la experiencia de Taller Poético, los miembros del grupo decidieron ampliar las posibilidades de la revista para integrar narrativa y ensayo político y filosófico.

Los primeros cuatro números de esta revista estuvieron a cargo de Rafael Solana; los ocho restantes fueron responsabilidad de Octavio Paz.

Para Solana, la revista tuvo entre sus principios ser un órgano de difusión de la creación de escritores mexicanos y extranjeros; se trataba de generar un foro abierto para las manifestaciones culturales del país.

En el primer número, ideado, realizado y pagado por Solana, figuran poemas inéditos de Federico García Lorca rescatados por Genaro Estrada y con ilustraciones de José Moreno Villa; también aparecen notas de Xavier Villaurrutia y José Revueltas, así como un texto de Andrés Henestrosa: “Retrato de mi madre”.

En el primer número, según Paz, quedó definido el temple de la primera promoción de la nueva generación, pues unos años después apareció un segundo grupo, el de Tierra Nueva. Solana fue director “en ausencia” de los siguientes tres números: un viaje lo alejó del país y del proyecto editorial, y las entregas se publicaron gracias al apoyo de Eduardo Villaseñor, quien donó el papel.

Para esta segunda época de la revista, del número 5 en adelante, el grupo obtuvo ayuda económica de la Editorial Séneca. A partir de entonces, Octavio Paz apareció como director. La publicación guardó en esencia su estructura inicial, aunque se hicieron modificaciones mínimas, como cambiar la numeración arábiga a romana,

En este número aparece una nota que presenta la segunda época de la revista Taller. Ahí se advierte que el Consejo de Redacción se ha enriquecido con nombres españoles y se justifica el hecho argumentando que es parte de la fidelidad a la cultura y, especialmente, a la causa viva de la herencia hispánica. En esa nota se dice también que Taller, más que revista de coincidencias, será una revista de confluencias.

La revista publicó artículos de corte político, pero, a decir de Paz, no fue partidaria del arte nacionalista ni comprometido. Rafael Solana afirma que Taller nunca persiguió ninguna finalidad social, sino que fue una revista enteramente artística, que no significó un cambio de postura frente a los Contemporáneos, sino una prolongación de las ideas culturales y estéticas de esta generación. Al parecer, esta ausencia de una decisión ideológica definida fue el motivo del distanciamiento de escritores que por entonces pertenecían a la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, bajo el influjo del Partido Comunista.

En esta segunda época desaparecieron del directorio los cuatro iniciadores del proyecto y quedó solo en director, Octavio Paz, y el secretario, Juan Gil-Albert. Como Cuerpo de Redacción se menciona, por orden alfabético, a Ramón Gaya, quien dibujó las viñetas, José Herrera Petere, Efraín Huerta, Alberto Quintero Álvarez, Antonio Sánchez Bardubo, Rafael Solana, Lorenzo Varela y Rafael Vega Albela.

En ambas épocas se incluyeron importantes sumplementos, como Temporada en el infierno de Rimbaud, traducido por José Ferrel; Hyperión de Hölderlin, traducido por Juan Gil-Albert; “La retama”, de Leopardi, traducido por Miguel de Unamuno; poemas de T. S. Eliot, traducidos por Rodolfo Usigli; textos de Juan Ramón Jiménez, Ángel Flores, León Felipe, Octavio G. Barreda y Bernardo Ortiz de Montellano; “Liras españolas”, predecidas por un “Discurso de las liras”, de Pablo Neruda; una selección “Sobre el amor y las mujeres” de Juan Ruiz de Alarcón, por Antonio Castro Leal, y una edición de las Endechas, de sor Juana Inés de la Cruz, con notas de Xavier Villaurrutia. Según Solana, la revista desapareció debido al carácter transitorio de los colaboradores españoles, quienes la invadieron y luego la abandonaron para mudarse del país o volver a España.


MIEMBROS INTEGRANTES
Este visor fue inspirado por el que desarrolló E-Algorab en la Academia Mexicana de la Lengua.
Alvarado, José Colaborador
Barreda, Octavio G. Colaborador
Beltrán, Neftalí Participó en el grupo
Cardoza y Aragón, Luis Colaborador
Díez-Canedo, Enrique Colaborador
Gil-Albert, Juan Secretario
Gómez Mayorga, Mauricio Colaborador
Guerrero Larrañaga, Enrique Gabriel Tuvo una importante participación dentro de la generación de Taller
Huerta, Efraín Responsable
León Felipe, Colaborador
Moreno Villa, José Colaborador
Ortiz de Montellano, Bernardo Colaborador
Palacios, Emmanuel Fue colaborador
Paz, Octavio Director
Paz, Octavio Responsable
Pellicer, Carlos Colaborador
Quintero Álvarez, Alberto Responsable
Rejano, Juan Redactor
Revueltas, José Varios textos suyos han sido publicados de manera póstuma
Solana, Rafael Fundador