Enciclopedia de la Literatura en México

Sor Juana Inés de la Cruz

mostrar Introducción

Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695) es la última gran poeta de los Siglos de Oro de la literatura en español. Su vida intelectual fue muy intensa y abarcó todos los saberes de la época. Escribió numerosos poemas líricos, cortesanos y filosóficos, comedias teatrales, obras religiosas y villancicos para las principales catedrales del Virreinato. Inscrita en el estilo barroco, su poesía es rica en complejas figuras del lenguaje, conceptos ingeniosos y referencias a la mitología grecolatina.

Durante su vida, la obra de sor Juana gozó de gran popularidad. Gracias a sus relaciones cercanas con los virreyes, fue publicada en España y leída con asombro en muchas partes del Imperio. Su poesía destaca por una deslumbrante belleza sonora, ingenio refinado y profundidad filosófica. Los siglos xviii y xix, dominados por un gusto adverso a la estética barroca, la desdeñaron, pero en el siglo xx se revaloró a sor Juana como un clásico extraordinario de la literatura hispánica.

De acuerdo con la estética renacentista de la imitación, sor Juana siguió los modelos literarios de la época y en muchos casos los superó. Sirvan de ejemplos el poema Primero sueñola comedia Los empeños de una casa o el auto sacramental El divino Narciso, así también, Respuesta de la poetisa a la muy ilustre sor Filotea de la Cruz –normalmente presentada como Respuesta a sor Filotea de la Cruzque es uno de los textos en prosa más importantes de toda la literatura novohispana. 

mostrar Nacimiento y formación

Sor Juana Inés de la Cruz, cuyo nombre secular fue Juana Ramírez, nació en la Hacienda de San Miguel de Nepantla, actualmente en el Estado de México. Según la Vida, biografía escrita por el sacerdote jesuita Diego Calleja e incluida al comienzo de la Fama y obras póstumas publicadas en 1700, sor Juana nació el 12 de noviembre de 1651; sin embargo, la mayoría de los sorjuanistas considera más plausible que sor Juana haya nacido en 1648, de acuerdo con el testimonio de un acta de bautismo encontrada en 1952.

La infancia de Juana transcurrió en la Hacienda de Panoayan, cerca de su abuelo Pedro Ramírez de Santillana. En su Respuesta a la muy ilustre sor Filotea de la Cruz, la misma sor Juana nos informa sobre su temprana curiosidad intelectual. A los tres años aprendió a leer en Amecameca en la “Amiga”, escuela para niñas; comenzó a estudiar los libros de su abuelo, y a los pocos años ya deseaba ser enviada a la Universidad. Otro ejemplo de su creatividad precoz es que a los ocho años escribió una loa al Santísimo Sacramento en Amecameca compuesta por 360 versos en español y náhuatl. En 1659 estudió latín con el bachiller Martín de Olivas, y lo aprendió, según Calleja, en 20 lecciones. En la Ciudad de México llegó a vivir con Juan de Mata y María Ramírez, hermana de su madre. Entre 1663 y 1665 fue aceptada como criada de la virreina Leonor de Carreto, marquesa de Mancera. Durante este periodo se hizo conocida en la corte por su sagacidad y erudición. Es célebre la anécdota de un examen público al que fue sometida cuando tenía alrededor de 17 años para saber si su sabiduría era humana o divina (“adquirida” o “infusa”, según el relato de Calleja). Ante la corte, cuarenta sabios le plantearon una serie de preguntas sobre diversos temas, que ella supo responder. Durante muchos años, la fama de sor Juana se debió a la amplitud y profundidad de sus conocimientos, más que a su obra literaria. En el Teatro de virtudes políticas, impreso en 1680, Carlos de Sigüenza y Góngora subraya “su capacidad en la enciclopedia y universalidad en las letras”.[1]

mostrar Iniciación religiosa: de Juana a sor Juana Inés

Puesto que sor Juana deseaba entregarse completamente al estudio y no estaba interesada en el matrimonio, siguió el consejo del padre Antonio Núñez de Miranda, confesor de los virreyes, y entró al Convento de San José de las Carmelitas Descalzas. Incapaz de resistir la austeridad y disciplina de esta orden, la dejó por motivos de salud para finalmente profesar como religiosa en el Convento de San Jerónimo en 1669, bajo el nombre de sor Juana Inés de la Cruz. Ahí pudo, además de cumplir funciones como contadora y archivista, dedicarse al estudio y sostener prolíficas amistades con los virreyes marqueses de Mancera (1664-1673), fray Payo Enríquez de Rivera (1673-1680) y con los marqueses de la Laguna y condes de Paredes (1680-1686), Tomás Antonio de la Cerda y María Luisa Manrique de Lara.

mostrar Vida literaria

Durante su juventud, el prestigio de sor Juana provocó que distintas instituciones le encargaran poemas como el Soneto fúnebre a Felipe iv (1666), un romance al arzobispo fray Payo Enríquez de Rivera (1671), sonetos fúnebres al duque de Veraguas, un soneto acróstico a Martín de Olivas (1673) y sonetos fúnebres por el fallecimiento de la marquesa de Mancera (1674).

Para el recibimiento de los marqueses de la Laguna, el cabildo eclesiástico le encargó a sor Juana elaborar uno de los arcos triunfales de bienvenida, al que ella nombró Neptuno alegórico. Esta obra le ganó el favor de los virreyes y propició el comienzo de la intensa amistad entre sor Juana y la virreina. Antes de conocerla, sor Juana había dedicado sus dotes poéticas casi exclusivamente a la redacción de villancicos por encargo. La condesa de Paredes era una mujer formada en la corte madrileña y estimuló a sor Juana a escribir obras personales según las corrientes literarias de la época. Durante siete años, la amistad con la virreina quedó manifiesta en gran parte de sus poemas de elogio y amor. Gracias al apoyo de los virreyes, ella pudo escribir y representar comedias profanas: en 1683 se representó Los empeños de una casa y en 1689 Amor es más laberinto, escrita por sor Juana y Juan de Guevara para celebrar el cumpleaños del nuevo virrey Gaspar de la Cerda, conde de Galve (1688-1696). 

mostrar Publicación de su obra

En abril de 1688 los virreyes de Mancera y Paredes partieron hacia España. De regreso a la metrópoli, la condesa María Luisa, que había llevado consigo muchos poemas manuscritos de sor Juana, promovió la publicación de la obra reunida de su amiga. Fray Luis Tineo y el secretario de la virreina en la Nueva España, Francisco de las Heras, se encargaron de recopilar los poemas y preparar su edición. En 1689 se publicó en Madrid la Inundación castálida, que difundió la poesía de sor Juana en los territorios del Imperio español; fue acogida con mucho entusiasmo. El “Prólogo al lector” y los epígrafes que preceden cada uno de los poemas fueron escritos por Heras y constituyen un valiosísimo testimonio del modo en que la obra de sor Juana fue interpretada en su momento. 

Antes de este libro, la obra de sor Juana sólo se conocía en Nueva España, donde se habían impreso algunos poemas protocolarios y varias series de villancicos (la primera de estas colecciones se publicó en 1676 bajo el título Villancicos que se cantaron en la Santa Iglesia Catedral de México en honor de María Santísima, Madre de Dios, en su Asunción triunfante). Entre 1689 y 1700, se publicaron tres tomos: Inundación castálida (1689); Segundo volumen de las obras (1692) y Fama y obras póstumas del Fénix de México (1700), los cuales incluyen gran parte de la obra de sor Juana y tuvieron sucesivas reimpresiones que llegan hasta 1725, en varias ciudades de la península Ibérica (Madrid, Barcelona, Zaragoza, Valencia, Lisboa y Sevilla).

El título del primero revela el prestigio y respeto inspirado por sor Juana: Inundación castálida de la única poetisa, Musa Décima, sóror Juana Inés de la Cruz, religiosa profesa en el monasterio de san Jerónimo en la imperial ciudad de México, que en varios metros, idiomas y estilos fertiliza varios asuntos con elegantes, sutiles, claros, ingeniosos, útiles versos, para enseñanza, recreo y admiración.

En el Segundo volumen, publicado en Sevilla (1692), se encuentra la silva conocida como Primero sueño que, según afirma la misma sor Juana en Respuesta a sor Filotea, es el único poema que ella escribió movida por su gusto e interés personales. Este tomo también incluye los autos sacramentales El cetro de JoséEl mártir del sacramentoSan Hermenegildo y El divino Narciso; las comedias Los empeños de una casa y Amor es más laberinto, y la Carta atenagórica.

Entre sus supuestas obras extraviadas están El equilibrio moral y el tratado de música titulado El caracol. Tenemos certeza de la excelente acogida de la obra de sor Juana gracias a las numerosas reimpresiones de estos tomos y a la variedad de testimonios literarios relacionados con su poesía a finales del siglo xvii y gran parte del xviii.

mostrar Controversias

La activa vida intelectual de sor Juana le produjo diversos conflictos eclesiásticos, pues la ideología de su tiempo excluía a las mujeres del debate teológico y filosófico. En 1690 escribió una crítica al Sermón del Mandato del afamado predicador portugués Antonio Vieyra, el cual fue publicado como Carta atenagórica por el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz. Posteriormente, Fernández de Santa Cruz (firmando con el seudónimo sor Filotea de la Cruz) envió una carta a la monja, donde la exhortaba a concentrarse en las letras divinas y abandonar las humanas. Este fue el detonador de la famosa Respuesta a sor Filoteafechada en 1691, donde sor Juana expone algunos rasgos de su vida y carácter; en ella se hace patente su erudición e inteligencia, aunque ella argumenta que no está capacitada para dedicarse a la teología.

En 1693 la vida de sor Juana sufrió cambios importantes. Volvió con su confesor de antaño, Núñez de Miranda, de quien se había separado en 1682; abandonó la escritura, y renunció a su biblioteca, aparatos científicos e instrumentos musicales. El dinero obtenido por la venta de sus pertenencias fue dedicado a la manutención de los pobres, pues una serie de hambrunas y epidemias desatadas a partir de 1690 habían generado una crisis social. Mientras que su primer gran editor moderno, el padre Alfonso Méndez Plancarte y otros críticos católicos explican este proceso como una purificación espiritual, otros críticos (Octavio Paz, Elías Trabulse) la atribuyen a una fuerte represión ejercida por su confesor Núñez de Miranda y el arzobispo misógino Francisco de Aguiar y Seijas. Los motivos verdaderos de la renuncia a la literatura y sus posesiones son desconocidos.

En 1694, sor Juana confirmó sus votos religiosos y protestó defender la Inmaculada Concepción. Puesto que la peste afectó a numerosas monjas recluidas en el Convento de San Jerónimo, y sor Juana cuidaba de ellas, se contagió y murió el 17 de abril de 1695.

mostrar Fortuna crítica

Después de su muerte, la fama de sor Juana siguió expandiéndose por el Imperio. Son numerosos los poemas y diversos textos en donde se alaba su obra y vida. Sin embargo, la aversión por el estilo barroco, que marcó el gusto neoclásico en el siglo xviii afectó muy pronto la apreciación de su obra. Ya en 1726, nos revela Antonio Alatorre, Benito Jerónimo Feijoo afirmó que “lo menos que tuvo fue el talento para la poesía, aunque es lo que más se celebra”.[2] Su proximidad estilística con la poesía de Luis de Góngora y Argote sería vista como un defecto terrible. Durante dos siglos se sostuvo la idea de que sor Juana fue una mujer admirable por su erudición e inteligencia, pero que tuvo la desgracia de escribir con un estilo hermético y decadente. En el siglo xix, Ignacio M. Altamirano escribió sobre “nuestra Décima Musa, a quien es necesario dejar quietecita en el fondo de su sepulcro y entre el pergamino de sus libros”.[3]

La publicación en 1910 de la biografía de Amado NervoJuana de Asbajemarca el comienzo de una revaloración de sor Juana como gran poeta. A este resurgimiento contribuyó el rescate de los valores estéticos de la obra de Góngora por Alfonso Reyes y los poetas españoles de la Generación del 27. En su Antología poética en honor de Góngora, Gerardo Diego incluyó el romance decasílabo de sor Juana “Lámina sirva el cielo al retrato”. En los años posteriores, los trabajos de Alfonso Reyes, Octavio Paz, y estudiosos extranjeros como Karl Vossler, Ludwig Pfandl y Darío Puccini han contribuido a que en la actualidad se reconozca la belleza imperecedera de la poesía de sor Juana.

mostrar Bibliografía

Alatorre, Antonio, “María Luisa y sor Juana”, en Periódico de Poesía. 2, México, D. F., Universidad Nacional Autónoma de México/ Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/ Instituto Nacional de Bellas Artes, 2001.

----, Sor Juana a través de los siglos (1668-1910), 2 ts., México, D. F., El Colegio de México/ El Colegio Nacional/ Universidad Nacional Autónoma de México, 2010.

Cruz, SalvadorJuana Inés de Asuaje, o, Asuage: el verdadero nombre de Sor Juana: con un facsímil del impreso donde Sor Juana publicó su primer poema (1668), Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla/ Biblioteca José María Lafragua, 1995.

Maza, Francisco de laSor Juana Inés de la Cruz ante la historia. Biografías antiguas (La Fama de 1700, Noticias de 1667 a 1892), recopil. de Francisco de la Maza, rev. de Elías Trabulse, México, D. F., Universidad Nacional Autónoma de México/ Instituto de Investigaciones Estéticas, 1980.

Méndez Plancarte, Alfonso, “Introducción”, en Obras completas de sor Juana Inés de la Cruz, t. i, México, D. F., Fondo de Cultura Económica, 1994.

Paz, OctavioSor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, México, D. F., Fondo de Cultura Económica, 1982.

Pfandl, LudwigSor Juana Inés de la Cruz, la décima musa de México: Su vida, su poesía, su psique, México, D. F., Instituto de Investigaciones Estéticas/ Universidad Nacional Autónoma de México, 1963.

Puccini, DarioSor Juana Inés de la Cruz: Studio d’una personalitá del barocco messicano, Roma, Ateneo, 1967.

Reyes, Alfonso, “Virreinato de Filigrana”, en Letras de la Nueva España, México, D. F., Fondo de Cultura Económica, 1948.

Sabat de Rivers, Georgina, “Sor Juana Inés de la Cruz”, en Historia de la literatura mexicana desde sus orígenes hasta nuestros días, vol. 2, La cultura letrada en la Nueva España del siglo xvii, coord. de Raquel Chang-Rodríguez, México, D. F., Universidad Nacional Autónoma de México/ Siglo xxi Editores, 2002.

Trabulse, ElíasLos años finales de sor Juana, México, D. F., Centro de Estudios de Historia de México, 1995.

Vossler, Karl, “La décima musa de México: Sor Juana Inés de la Cruz”, Investigaciones Lingüísticas iii, núm. 2, 1935.

mostrar Enlaces externos

Cruz, sor Juana Inés de la, El divino Narciso (loa y auto sacramental)”, en Biblioteca Virtual Miguel de  Cervantes(Consultado el 12 de abril de 2012).

_____________________, Funesta: seis arias de Marcela Rodríguez sobre textos de sor Juana Inés de la Cruz”, en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes(Consultado el 12 de abril de 2012).

_____________________, “Textos”, en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. (Consultado el 12 de abril de 2012).

Glantz, Margo (dir.), “Sor Juana Inés de la Cruz”, en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. (Consultado el 1º de marzo de 2012).

Sistema Bibliográfico Sor Juana Inés de la Cruz (SIBISOR). (Consultado el 10 de febrero de 2012).

Sor Juana Inés de la Cruz (Juana Ramírez de Asbaje), Cambridge, University of Cambridge. (Consultado el 1º de marzo de 2012).

Alfonso Reyes 1958 / 01 sep 2017 14:21

Toda la Nueva España se evoca en la que fue llamada nuestra Décima Musa. Pero aquel lirismo arrebatador y dionisíaco a lo divino; el borbollón de lágrimas que fluye en sus versos de amor, el vértigo de la poesía pánica a que llegó un instante —ese ascender angustioso hasta los límites de las posibilidades humanas, aunque sea para derrumbarse y postrarse ante las posibilidades angélicas, en su poema del Primero sueño, parangón mexicano de las Soledades de Góngora, por cierto con intenciones más hondas— todo esto ni tiene nombre, ni época, ni lugar y le pertenece solamente a ella. Su prosa, como en la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, es la mejor prosa  que poseemos anterior al siglo xviii y una imagen, refractada en el tiempo y en la distancia, de las páginas autobiográficas de Santa Teresa. Su teatro es ameno, y pertenece al ciclo calderoniano. Tuvo que componer, a petición de los virreyes, de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo, numerosas obras de ocasión: ninguna es del todo indiferente, y todas se salvan por algún inesperado gesto de ingenio y de gracia.

Juana se nos presenta todavía como una persona viva e inteligente. Se escudriña su existencia, se depuran sus textos, se registra su iconografía, se levanta el inventario de su biblioteca; se discute, entre propios y extraños —en México, en los Estados Unidos, en Alemania— el tanto de su religiosidad, no faltando quien, en su entusiasmo, quiera canonizarla. Por ella se rompen lanzas todavía. Es popular y actual. Hasta el cine ha ido en su busca. Y, como se ha dicho sutilmente, no es fácil estudiarla sin enamorarse de ella.

Hay en este “camino de perfección”, cuatro “moradas” o etapas bien notorias. Primera, la infancia en el pueblecito natal: precocidad inaudita, desordenado afán de saber, rebeldía de autodidacta. Segunda, la corte virreinal: apogeo de encanto femenino y sabiduría, cerco amoroso —y decepción acaso—, único tributo que aquella sociedad, no madura para darle el gobierno de una tertulia literaria al modo francés, sabía rendir a sus talentos.Tercera, refugio en el claustro: aunque el convento de las Jerónimas era una pequeña academia, le proporciona algo de soledad, y también el indispensable respeto para una doncella negada al matrimonio y negada a ser “pared blanca donde todos quieren echar borrón”. Cuarta y última, “la puerta estrecha”: —celada de cerca por su férreo director espiritual, el padre Núñez, esta musa de la biblioteca convierte en limosnas sus cuatro millares de volúmenes, sus instrumentos músicos y matemáticos, sus joyas y pertenencias, vive aún dos años de mortificación y ascetismo y, a la cabecera de sus hermanas enfermas, se deja contaminar por la peste. Es la ruta, casi, de una María Egipciaca sin pecado. Murió a los cuarenta y cuatro, en una de las épocas más lúgubres de la Colonia. Entre heladas, tormentas, inundaciones, hambres, epidemias y sublevaciones, cielo y tierra parecían conjurados para hacer deseable la muerte. La rodeó el aplauso, pero también la hostilidad; pues, de uno u otro modo, todos querían reducirla a su tamaño.

No tiene menor hondura el examen de su vocación. Oyendo estudiar a su hermana, aprende a leer sola a los tres años. Escribe a los cinco. Antes de los seis, evita el queso, porque oyó decir que “hacía rudos”. A los ocho es poetisa. Quiere ingresar a la Universidad de México, aunque sea vestida de hombre, puesto que no se admitían mujeres. En México, aprende gramática y latín en veinte lecciones. Sus “cuatro bachillerías” le bastan para confundir a los doctores que la someten a pruebas. Nueva Catalina de Alejandría, se desembaraza de los argumentos y réplicas, según el virrey, “a la manera que un galeón real se defendería de pocas chalupas”. Donosa respuesta a Schopenhauer, cuanto a los cabellos largos e ideas cortas de las mujeres, cuando algún estudio se le resistía, se castigaba cortándose cuatro o seis dedos del pelo, siendo así que es “tan apreciable adorno” y mucho más “en tan florida juventud”, y se encerraba a solas hasta no vencer a su Quimera.

Verdadera contribución al esclarecimiento de la experiencia intelectual, Juana no solamente descubre que la alternancia de disciplinas es un reposo, que “mientras se mueve la pluma, descansa el compás, y mientras se toca el arpa, sosiega el órgano”, sino descubre, además, que hay una manera de concatenación entre las agencias mentales y que éstas entre sí se auxilian por una suerte de metáfora interna. “Y quisiera yo persuadir a todos con mi experiencia, a que no sólo no se estorban, pero se ayudan, dando luz y abriendo camino las unas para las otras...Es la cadena que fingieron los antiguos, que salía de la boca de Júpiter, de donde pendían todas las cosas eslabonadas una con otras.”

Las características de Sor Juana en la poesía lírica son la abundancia y la variedad, no menos que el cabal dominio técnico en todas las formas y los géneros. El oficio nunca deja nada que desear. Silvas, liras, sonetos, romances, redondillas, villancicos, loas y tonadas son de una factura que acusa, por una parte, el enriquecimiento acumulado durante siglos por la poesía española, y por otra, el don de Sor Juana, don que es también imperiosa necesidad de versificar, según ella lo ha confesado. Juana representa el fin de una época poética. Hasta ella llegan todas las apariencias asumidas después del Renacimiento por la lírica del Siglo de Oro, y acaso en ella pueden apreciarse por última vez, como en una galería de valor.

Sor Juana escucha las voces de todos los puntos del horizonte, y no pasa de grosero error y figurársela como estrictamente sujeta al gongorismo, o como necesariamente difícil cuando ella no se lo propuso. Su poesía religiosa sigue el curso diáfano de fray Luis o de San Juan de la Cruz.

A poco, se remonta a la reflexiones morales, en aquellos sonetos de equilibrado conceptismo que tienen un vaivén pendular, y parece que pintan exactamente lo que borran, propia imagen de la perplejidad, para rematar en algo como un fallo inapelable sobre la disyuntiva o encrucijada que es toda meditación de la conducta. Y otras veces se va trotando en esos romances medio conversados y medio cantados —privilegio de esta españolísima forma—, que pueden compararse con los mejores de la época.

Sorprende encontrar en esta mujer una originalidad que trasciende más allá de las modas con que se ha vestido. Sorprende este universo de religión y amor mundano, de ciencia y sentimientos, de coquetería femenina y solicitud maternal, de arrestos y ternuras, de cortesanía y popularismo, de retozo y de gravedad, y hasta una clarísima conciencia de las realidades sociales: América ante el mundo, la esencia de lo mexicano, el contraste del criollo y el peninsular, la incorporación del indio, la libertad del negro, la misión de la mujer, la reforma de la educación. 

Alfonso Reyes 1946 / 04 oct 2017 09:17

En sor Juana Inés de la Cruz es condición no olvidar el imponderable de la belleza literaria y de sumar otra dimensión nueva en la hondura del pensamiento. Ella y Juan Ruiz de Alarcón —¡qué dos Juanes de México!— son nuestra legítima gloria.

Juana se nos presenta todavía como una persona viva e inquietante. Se escudriña su existencia, se depuran sus textos, se registra su iconografía, se levanta el inventario de su biblioteca; se discute, entre propios y extraños —en México, en los Estados Unidos, en Alemania— el tanto de su religiosidad, no faltando quien, en su entusiasmo, quiera canonizarla. Por ella se rompen lanzas todavía. Es popular y actual. Hasta el cine ha ido en su busca. Y como se ha dicho sutilmente, no es fácil estudiarla sin enamorarse de ella.

La controversia sobre la religiosidad de sor Juana es algo ociosa. Muy natural que, en época de creencias, una criatura de su temple, decidida a vivir para el espíritu, que por eso se hace monja y posee ya sus vislumbres místicas, acabe por entregarse del todo a la piedad. Llegó por etapas sucesivas. Su abuela distante diría que emprendió el camino de perfección a través de las moradas interiores de su castillo. Si aquélla, la española, domina una de las cumbres más altas y tempestuosas, la mexicana se enseñorea de una graciosa colina, con vistas apacibles. Si allá el ventarrón ardiente y seco barre las llanuras de Castilla, acá el suave aroma de los jardines —con su poquillo de ambiente de tocador— se esparce por los salones virreinales. Teresa, arropada en la tosca estameña, descalza y desgarrada de espinas. Juana, en chapines, protegida de seda, ocultando el llanto —patrimonio de las almas nobles— con leve, pudorosa coquetería. Asediada por la humanidad, festejada, busca en el claustro el abrigo de sus letras, y cuando al fin las descifra todas, alcanza la caridad sin mácula. Cuando ya nada le faltaba, descubre que le falta todo.

Sor Juana, cierto ¡qué espíritu más difícil de comprender! Para los ortodoxos resulta demasiado libre, tanto en poesía como en costumbres. Fue mucha mujer esta mujer. Si en nuestro siglo la tomaríamos por un portento ¿cuál no sería el asombro… a fines del siglo XVII, entre las mujeres de su época? Pues si nos referimos al escabroso punto de sus versos de amor ¿cuántas imaginaciones no se despiertan?... Sabemos tan poco… que es casi imposible prescindir del factor imaginativo...

Con todo, hay en este “camino de perfección”, cuatro “moradas” o etapas bien notorias. Primera, la infancia en el pueblecito natal: precocidad inaudita, desordenado afán de saber, rebeldía de autodidacta. Segunda, la corte virreinal: apogeo de encanto femenino y sabiduría, cerco amoroso —y decepción acaso—, único tributo que aquella sociedad, no madura para darle el gobierno de una tertulia literaria al modo francés, sabía rendir a sus talentos. Tercera, refugio en el claustro: aunque el convento de las Jerónimas era una pequeña academia, le proporciona algo de soledad, y también el indispensable respeto para una doncella negada al matrimonio y negada a ser “pared blanca donde todos quieren echar borrón”. Cuarta y última, “la puerta estrecha”: celada de cerca por su férreo director espiritual, el padre Núñez, esta musa de la biblioteca convierte en limosnas sus cuatro millares de volúmenes, sus instrumentos músicos y matemáticos, sus joyas y pertenencias, vive aún dos años de mortificación y ascetismo y, a la cabecera de sus hermanas enfermas, se deja contaminar por la peste. Murió a los cuarenta y cuatro, en una de las épocas más lúgubres de la colonia. Entre heladas, tormentas, inundaciones, hambres, epidemias y sublevaciones, cielo y tierra parecían conjurados para hacer deseable la muerte. La rodeó el aplauso, pero también la hostilidad; pues de uno u otro modo, todos querían reducirla a su tamaño.

Debemos prescindir aquí de los escritores devotos, incluso la Carta atenagórica, tardía respuesta al sermón de Vieyra, quien se creía superior a los Padres de la Iglesia. Las últimas páginas de esta carta tienen un encanto de sacra conversazione. Prescindimos también del Neptuno alegórico, explicación, en emblemas y jeroglifos, del arco triunfal al virrey Paredes. Su prosa se estudia, sobre todo, en la Respuesta a sor Filotea de la Cruz, esta “confesión laica” como la llama Ermilo Abreu Gómez. Es análisis de la propia formación intelectual y verdadera exposición de su método de estudio y trabajo. Aparte de su trascendencia humana, psicológica y filosófica, este documento representa, a nuestro sentir, la mejor prosa mexicana de la época. A la riqueza y buen estilo tradicionales de la prosa española, añade cierto rigor de la palabra justa y hallazgos de expresión que, a la vez, poseen valor estético y científico. Salvando épocas y distancias, se lo puede poner al lado de la Introducción al método de Leonardo de Vinci, de Paul Valéry. Y sin necesidad de admitir contagios de doctrina, es indudable que pertenece a ese mismo orden de “filosofía de la estufa”, investigación del yo solitario enfrentado con el universo, de que dan ejemplo los Robinsones Metafísicos, desde Aben-Tofail hasta el Criticón de Baltasar Gracián, pasando por el Discurso cartesiano. La monja se entrega a sus reflexiones,

teniendo sólo por maestro un libro mudo, por condiscípulo un tintero insensible, y en vez de explicación y ejercicio muchos estorbos…, como estar yo leyendo y antojárseles en la celda vecina tocar y cantar; estar yo estudiando, y pelear dos criadas y venirme a constituir juez de su pendencia; estar yo escribiendo y venir una amiga a visitarme, haciéndome muy mala obra con muy buena voluntad.

Logra concentrarse con esfuerzo, conquista nitidez y precisión mental extraordinarias; se objetiva, se desprende de sí misma y, como Michel Montaigne, se convierte en tema de su física y su metafísica. Plantea, sincera, la conducta del escritor en relación con su ambiente, sin disimular un instante el derecho que concede a su independencia. ¡Cuánta razón hubiera tenido la pretendida “Sor Filotea de la Cruz”, si en vez de querer vedar a Sor Juana el ejercicio de las letras humanas, simplemente le hubiera aconsejado —como muy bien dice don Ezequiel A. Chávez — resistirse “a las instancias de tantos que abusaban de su bondad, pidiéndole versos a todo propósito”, que es por donde padece un tanto su poesía.

No tiene menor hondura el examen de la vocación. Oyendo estudiar a su hermana, aprende a leer sola a los tres años. Escribe a los cinco. Antes de los seis, evitaba el queso, porque oyó decir que “hacía rudos”. A los ocho, es poetisa. Quiere ingresar a la Universidad de México, aunque sea vestida de hombre, puesto que no se usaban mujeres. En México, aprende gramática y latín en veinte lecciones. Sus “cuatro bachillerías” le bastan para confundir a los Doctores que la someten a prueba. Nueva Catalina de Alejandría, se desembaraza de los argumentos y réplicas, según lo dijo el Virrey, “a la manera que un galeón real se defendería de pocas chalupas”. Donosa respuesta a Arthur Schopenhauer, cuanto a los cabellos largos e ideas cortas de las mujeres, cuando algún estudio se le resistía, se castigaba cortándose cuatro o seis dedos de pelo, siendo así que es “tan apreciable adorno” y mucho más “en tan florida juventud”, y se encerraba a solas hasta no vencer a su Quimera. Aunque cierta prelada “muy santa y muy cándida” le mandó que no estudiase, por creer que “el estudio era cosa de Inquisición”, y sor Juana la obedeció durante los tres meses que aquélla duró en el mando del convento, sólo la obedeció “en cuanto a no tomar libro”, pues más no estaba en su potestad, y “estudiaba en todas las cosas que Dios crío, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal”. El amor de las letras nació con ella, no puede evitarlo: Vos me coegistis, y Dios sabe lo que hace, Dios que —según el refrán portugués— escribe derecho con líneas tuertas:

Si es malo, yo no lo sé.
Sé que nací tan poeta,
que azotada como Ovidio,
suenan en metro mis quejas.

Verdadera contribución al esclarecimiento de la experiencia intelectual, Juana, no solamente descubre que la alternancia de disciplinas es un reposo; que “mientras se mueve la pluma, descansa el compás, y mientras se toca el arpa, sosiega el órgano”. Sino descubre, además, que hay una manera de concatenación entre las agencias mentales, y que éstas entre sí se auxilian por una suerte de metáfora interna.

Y quisiera yo persuadir a todos con mi experiencia, a que no sólo no se estorban, pero se ayudan, dando luz y abriendo camino las unas para las otras… Es la cadena que fingieron los antiguos que salía de la boca de Júpiter, de donde pendían todas las cosas eslabonadas unas con otras.

Sor Juana es música y poetisa, matemática y teóloga; y de pronto, lo que no entiende en un lado, lo entiende en otro. Y si en Carlos de Sigüenza y Góngora se encuentra la última ciencia conquistada y establecida, en sor Juana, aunque a veces haya atraso, hay también tanteos y exploraciones, por ejemplo en la acústica, y hasta investigación experimental, como cuando puso a bailar un trompo en harina para estudiar las curvas que describía, o cuando especulaba sobre triángulos de alfileres, y hasta sobre las reacciones del huevo, la mantequilla y el azúcar en el brasero.

Ahora bien, el caso no se queda en mera pericia de estudiante. Los arcos cruzados tienen una clave maestra. Se va trasluciendo una armonía universal entre todas las convergencias del saber. Todos los conocimientos resultan ser ancilas para el conocimiento de Dios, enciclopedia a lo divino armada de estupendo sorites. Cultivada entonces la aptitud alegórica en la mentalidad de la época al grado que puede apreciarse por los autos sacramentales, se revelan con facilidad los enlaces de las nociones. Sor Juana se encamina, sin obstáculo, del humanismo al sobrehumanismo. Ésta es la última enseñanza de la Respuesta a sor Filotea; anuncia la etapa final de su existencia y prepara su pascaliana noche de Getsemaní, reacción vigorosa que fundirá el orden activo y el intelectivo en el orden místico. A Roma no sólo se llega por la inmediatez del éxtasis y el arrobo: también por los grados de la inteligencia. Y entiendo que no es de sana teología negar los servicios de la razón.

Sin duda es sor Juana una de las organizaciones cerebrales más vigorosas. Pero ¿por qué ha de negarse en ella a la poetisa, para reconocer a la “intelectual”? ¿Será violación de alguna norma el que los buenos poetas hayan sido sabios e inteligentes? Hay monstruos de la Gracia, es verdad. Son éstos, y no los otros, la excepción.

“No parece gran elogio para sor Juana —decía Marcelino Menéndez y Pelayo— declararla superior a todos los poetas del reinado de Carlos II.” No lo es: los siete lustros de aquel reinado fueron “época ciertamente infelicísima para las letras amenas”. El reinado de la décima Musa parece que dura todavía, aunque haya reparos al gusto ambiente, y aunque tengamos que olvidar algunas poesías de encargo para los virreyes o las catedrales.

Las características de sor Juana en la poesía lírica son la abundancia y la variedad, no menos que el cabal dominio técnico en todas las formas y los géneros. El oficio nunca deja nada que desear. Silvas, liras, sonetos, romances, redondillas, villancicos, loas y tonadas son de una factura que acusa, por una parte, el enriquecimiento acumulado durante siglos por la poesía española, y por otra, el don de sor Juana, don que es también imperiosa necesidad de versificar según ella lo ha confesado. Juana representa el fin de una época poética. Hasta ella llegan todas las apariencias asumidas después del Renacimiento por la lírica del Siglo de Oro, y acaso en ella pueden apreciarse por última vez, como en una galería de valor. Y todavía nos ofrece novedades como esos decasílabos de esdrújulo (por ejemplo, el retrato de la Condesa de Paredes), que merecen llamarse versos sorjuaninos.

Sor Juana escucha las voces de todos los puntos del horizonte, y no pasa de grosero error figurársela como estrictamente sujeta al gongorismo, o como necesariamente difícil cuando ella no se lo propuso. Su poesía religiosa sigue el curso diáfano de Fray Luis de León o de San Juan de la Cruz, y a veces da muestras de aquella castiza sencillez que no necesita nombre en la historia literaria; o “canta con voz de ángel” en los villancicos —según la palabra de Manuel Toussaint—, o retoza y juega con el pueblo jácaras, ensaladas, congos, vizcaínos, latines, tocotines y “adivinanzas” indias.

A poco, se remonta a las reflexiones morales, en aquellos sonetos de equilibrado conceptismo que tienen un vaivén pendular, y parece que pintan exactamente lo que borran, propia imagen de la perplejidad, para rematar en algo como un fallo inapelable sobre la disyuntiva o encrucijada que es toda meditación de la conducta. Y otras veces, se va trotando en esos romances medio conversados y medio cantados —privilegio de esta españolísima forma—, que pueden compararse con los mejores de la época.

El amor auténtico, apasionado y lloroso, rendido de abnegación o espinoso de celos y de sentimientos encontrados, le dicta sonetos inmortales; liras que manan como agua clara, romances o redondillas como la Ausencia o “los efectos del amor”, en que no es posible concebir más acabada alianza entre la espontaneidad y el arte.

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Sor Juana Inés de la Cruz. Primero sueño

Lectura a cargo de: José Luis Ibáñez
Estudio de grabación: Universum. Museo de las Ciencias
Dirección: José Luis Ibáñez
Operación y postproducción: Cristina Martínez
Año de grabación: 2011
Género: Poesía
Temas: Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, mejor conocida como Sor Juana Inés de la Cruz (San Miguel Nepantla, 1651-Ciudad de México 1695), religiosa y escritora. Una de las más altas cumbres de las letras novohispanas, que le ha valido el sobrenombre de “el Fénix de América” o la “Décima Musa”. Prefirió la vida religiosa en vez del matrimonio, por las posibilidades que la primera le brindaba para entregarse a sus estudios. Además de su inobjetable talento literario y erudición teológica, también compuso obras musicales y realizó investigaciones científicas. Entre algunas de sus obras más célebres se encuentran: Los empeños de una casa, Amor es más laberinto, El Divino Narciso, Neptuno alegórico, Carta Atenagórica y Carta a Sor Filotea de la Cruz. Esta última puede ser escuchada desde la serie «Ensayo» aquí en Descarga Cultura.UNAM. A continuación reproducimos Primero sueño de Sor Juana Inés de la Cruz, en la voz del maestro José Luis Ibáñez. Originalmente publicado en 1692, este extraordinario texto compuesto por 975 versos escritos a la manera gongorina, tiene como tema fundamental la inmarcesible voluntad del ser humano por la obtención del conocimiento; algo que Sor Juana expone situándose más allá de un plano físico o temporal, al tiempo que vindica dicho acto como un ejercicio libre y gozoso. Este texto pertenece a la serie «En los Siglos de Oro», cuyos contenidos son seleccionados, dirigidos y leídos por el maestro José Luis Ibáñez con el propósito de ofrecer la lectura de obras literarias destacadas producidas en ambos lados del Atlántico durante los siglos XVI y XVII. D.R. © UNAM 2011

Sor Juana Inés de la Cruz. Poemas

Lectura a cargo de: Margarita Castillo
Estudio de grabación: Universum. Museo de las Ciencias
Dirección: Mijail Lamas
Operación y postproducción: Esteban Estrada/ Sonia Ramírez
Año de grabación: 2008
Género: Poesía
Temas: Eje y pilar de la poesía mexicana, Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) reúne en sus poemas y, en su obra literaria en general, los elementos formales y estilísticos más destacados del Siglo de oro español y los trasciende por su indiscutible genio. Su poesía está especialmente dotada de un elevado pensamiento y sagaz ingenio. Fruto de un avezado conocimiento retórico, sus juegos conceptuales aunados a la delicada elaboración de sus versos y la incorporación de un léxico mestizo, dotarán de un sello propio a las palabras de una nación, al tiempo de que en su obra se forjarán los matices y la personalidad propia de nuestra literatura. D.R. © UNAM 2008

Sor Juana Inés de la Cruz. Carta a sor Filotea de la Cruz

Editorial: Pequeños Grandes Ensayos. Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial / UNAM
Lectura a cargo de: Margarita Castillo
Estudio de grabación: Universum. Museo de las Ciencias
Dirección: Margarita Heredia
Música: Igor Stravinsky. Concierto para violín y orquesta en re mayor
Operación y postproducción: P. Flores / C. Martinez / S. Ramírez
Año de grabación: 2008
Temas: La Carta a sor Filotea de la Cruz es un documento de vida y un testimonio de la defensa del pensamiento independiente. Tiene su antecedente en la publicación que sor Filotea de la Cruz (pseudónimo de Manuel Fernández de la Cruz, obispo de Puebla) hace de la llamada Carta atenagórica, en que la monja jerónima rebatía al jesuita portugués Antonio Vieyra sobre ciertos temas de la fe católica y, aún admitiendo la elevada capacidad intelectual de la monja, la acompaña con la recomendación a sor Juana de dedicarse a cosas más propias de su sexo y condición. Sor Juana Inés de la Cruz (1648?-1695) responde en la epístola que aquí reproducimos, con una auténtica proclama de libertad intelectual e independencia de la mujer, en la pluma de una ilustrísima mexicana del siglo XVII. La versión escrita de este título puede consultarse en la colección «Pequeños Grandes Ensayos», publicada por la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM. D.R. ©UNAM 2009