Enciclopedia de la Literatura en México

Antonio Terán de la Torre

Lo único que asienta Beristáin sobre este autor es “vecino, a lo menos, de Mégico”,[1] y cita una sola obra Feliz y solemne pompa con que regresó de Mégico a su Santuario la prodigiosa imagen de Nuestra Señora de los Remedios (México, Viuda de Bernardo Calderón, 1653). En realidad, el impreso en cuestión lleva el siguiente título: Romance a la dichosa partida que Nuestra Señora de los Remedios hizo desta ciudad de México para su santuario, en 3 de iulio de 1653 años; los demás datos son correctos.

Para entender el relato de este romance hay que recordar que la ciudad de México padeció por problemas relacionados con la lluvia: si llovía en exceso, se inundaba; si no llovía venían la sequía y las hambrunas. En la ciudad las dos vírgenes más veneradas eran la de los Remedios y la de Guadalupe, y, en relación con la lluvia, cada una tenía un especialidad: a la de los Remedios se le rezaba para que lloviera; a la de Guadalupe para no hubiera inundaciones.[2] De hecho, una de las fiestas extra-litúrgicas más representativas era el traslado de la Virgen de los Remedios desde su santuario en Toltepec hasta la catedral para pedir lluvias, así como su regreso de la catedral a su santuario. Según Antonio Rubial esto llegaba a hacerse hasta doce veces al año.[3] Así describe Guijo en su diario esta particular ocasión:

[…] Continuó el estar la Virgen martes, miércoles, y jueves 3 de julio, en cuya presencia se cantó por el cabildo la misa conventual y antes de ella la rogativa, y luego este día a las tres de la tarde, estuvieron las religiones debajo de su cruz y preste […], y toda la clerecía precediendo las insignias de las cofradías con luces y mucho número de hombres y mujeres de todas naciones, con cera, que por devoción iban alumbrando a la Virgen; colgáronse las calles desde la de Tacuba hasta la Veracruz, acudió el virrey, visitador, real audiencia y tribunales, llevaron en hombros la clerecía las andas de la Virgen y el palio el regimiento de la ciudad. Salieron de la catedral con tan fuerte rigor del sol, que era imposible resistirlo, y llegando la cruz de la catedral al colegio de Santa Ana, subió hacia Guadalupe una nube negra, y habiéndose puesto en medio del cielo, fue tan grande el aguacero, que duró desde después de las tres hasta el amanecer del viernes […] Dejáronla [la imagen de la Virgen] esta noche allí y fue notable el concurso de gente toda la noche; veláronla los más graves religiosos de San Francisco, amaneció el viernes y a las siete de él con repique de campanas salió el cabildo y clerecía de su iglesia, y el virrey, visitador y audiencia y tribunales llegaron a Santa Clara, donde el Dr. don Pedro de Barrientos, juez provisor y vicario general, cantó una misa muy solemne, y acabada le dio gracias a Nuestra Señora de las mercedes que hacía a todo el reino en darnos agua, porque en dieciséis días que estuvo en la catedral no llovió en la ciudad más de un aguacero recio…[4]

Podría decirse que en la poesía novohispana, particularmente del siglo xvii, hay toda una tradición de composiciones a las idas y venidas de la Virgen de los Remedios. Diego de Ribera compuso alrededor de doce poemas al respecto, Alonso Ramírez de Vargas, otros tantos, y Pedro Muñoz de Castro algún otro. De hecho, hasta donde se ha logrado averiguar, parece ser que este romance inaugura esa tradición, de ahí su inclusión aquí.

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