Carlos Pellicer


06 ene 2011 / 08 ago 2017 / 13:21

Nació en Villahermosa, Tabasco, el 16 de enero de 1897; murió en la ciudad de México el 16 de febrero de 1977. Poeta. Fue cofundador del Grupo Solidario del Movimiento Obrero; profesor de poesía moderna en la UNAM y director del Departamento de Bellas Artes; organizó los museos Frida Kahlo, La Venta (en Villahermosa) y Anahuacalli; senador de la República en 1976. Formó parte del grupo Los Contemporáneos e ingresó a la Academia de la Lengua en 1953. Colaboró en las revistas Falange, Contemporáneos, y Ulises. Premio Nacional de Literatura 1964.



José Luis Martínez
1995 / 02 ago 2017 / 10:22

Algunos de los Contemporáneos tienen una leyenda, sobre todo Novo, Cuesta y Villaurrutia. Ninguna tan rica y jovial como la de Carlos Pellicer (1897-1977): el trópico y la selva, el bolivarismo, la cárcel que sufrió por su vasconcelismo, la maravillosa voz recitando Pedro y el lobo, los museos, el franciscanismo, el humor cordial, los viajes, los Velascos desaparecidos, los Nacimientos y la caudalosa obra poética. Escribió versos desde sus quince años hasta su muerte a los ochenta; y sus dieciocho libros formales más sus poemas no coleccionados y sus primeras composiciones llenan casi mil páginas (Obras. Poesía, Luis Mario Schneider (ed.), 1981), y constituyen la obra más extensa de los poetas de su tiempo.

Es el más antiguo y menos “contemporáneo” de los Contemporáneos. Su formación y su temperamento difieren también de la del grupo. Antes que intelectual y francesista o anglicista, prefirió una sensualidad ávida de las ofrendas del mundo. Comenzó por ser un modernista que progresó luego por su propio camino, lleno de innovaciones e inquietudes, que lo enlazaron con los Contemporáneos, y con una amplia variedad de temas y maneras. La suya es una poesía plástica, de “alegrías verbales”, de fascinantes imaginaciones y dueña de palabras sonoras y giros audaces. Su exuberancia y su facilidad lo hicieron desigual y despreocupado del pulimiento. Es un  poeta de pasajes maravillosos más que de poemas perfectos.

Antes de su aparición formal como poeta, escribió numerosos versos (“Primeros poemas”, 1912-1921) entre los quince y los veinticuatro años. Algunos se publicaron en revistas y periódicos y muchos quedaron inéditos. Con esta copiosa producción pudo formar dos o tres libros nutridos. Que no lo haya hecho muestra que se daba cuenta que eran sólo su aprendizaje. Pese a descuidos en la versificación y a inventos de palabras poco felices, sus poemas de adolescencia muestran soltura y anticipan algunos de los que luego serán dominios del poeta: la viveza en las descripciones, los rasgos de humor y los temas americanos. Al mismo tiempo, estos poemas registran las lecturas que impresionaban a su autor y los modelos que iban guiando su crecimiento poético. Entre las primeras, sobresalen la Salomé de Oscar Wilde, y el Quo vadis? de Sinkiewicks, cuyos personajes y ambientes fascinan al poeta. Dedica también un elogio a la poesía sentimental de la primera época de Juan Ramón Jiménez, cuyas huellas no sigue. En cuanto a sus modelos evidentes, son notorios Rubén Darío, José Santos Chocano, Salvador Díaz Mirón y Rafael López, para su línea descriptiva, indigenista y americana, y Luis G. Urbina en sus paisajes otoñales, lunares y lacustres.  Y quedan aún otros temas y maneras notorias en estos “Primeros poemas”, como los versos amorosos, las descripciones de pinturas famosas y las quejas melancólicas, que luego abandonará o transformará.

Los cinco primeros libros de Carlos Pellicer, Colores en el mar (1921), Piedra de sacrificios (1924), 6,7 poemas (1924), Hora y 20 (1927) y Camino (1929), escritos entre sus 18 y 32 años, son la explosión de la juventud de un gran poeta. Canta el esplendor del mundo americano, europeo y del Medio Oriente; el pasado indígena y a Bolívar, al sol, al mar, a los puertos, al viento, a las mieses, a las palomas y a los frutos en una renovada fiesta de imaginación, gracia, humor, sensualidad y alegría creadora.

Habría que detenerse en tantos poemas memorables de esta primera época: el “Estudio” de Curazao, “Recuerdos de Iza”, la “Suite brasilera. Poemas aéreos”, la “Estrofa al viento del otoño”, la “Oda a Cuauhtémoc”, “Deseos”, “Segador”, “Variaciones sobre un tema de viaje”, “Grupo de palomas”, el “Estudio” que comienza “La sandía pintada de prisa”, la “Elegía ditirámbica. Simón Bolívar”, la “Semana holandesa”, el “Estudio” (“Esta fuente no es más que varillaje”), “Estudios”, “Oda al sol de París, “A la poesía”, y añadir a este grupo de poemas espléndidos la “Oda a Salvador Novo”, que es de 1925.

Gabriel Zaid ha hecho que esta “libertad prodigiosa” de los poemas vanguardistas del Pellicer de estos años, se origina en su encuentro, entre 1918 y 1920, con José Juan Tablada en Bogotá y en Caracas, donde éste es secretario de las legaciones mexicanas. Tablada salta entonces del modernismo a la vanguardia, en Un día… poemas sintéticos (1918) y en Li-Po y otros poemas (1920), y otro tanto hace el joven Pellicer “que no parece haber sentido la necesidad de romper con el modernismo, tal vez porque llegó a la vanguardia siguiendo a un modernista”.

Después de unos años sin libros, la segunda etapa de la poesía de Pellicer corresponde a sus 40 años: Hora de junio (1937), Exágonos (1941), Recinto y otras imágenes (1941). “A la explosión, sigue un repliegue. La voz se vuelve íntima […] En vez de la imaginación y la inventiva, predomina el sentimiento”, apunta Zaid. Hay de nuevo mar y paisaje, campo y lluvia, nubes y pueblos de nombres hermosos, aunque ahora alternan con ellos las “Horas de junio”, casi siempre en sonetos enlazados, creación de Pellicer para sus poemas amorosos. Algunos son de júbilo y posesión —excepcionales en la poesía mexicana— (“Vida, / ten piedad de nuestra inmensa dicha”), si bien dominan la pérdida y la desolación. Estos últimos son de los más emocionantes y memorables, como los cuatro sonetos de la “Elegía nocturna”, de Recinto, que comienzan: “Ay de mi corazón que nadie quiso” y el “Nocturno”, que habla “de la horrible belleza que el destino me envía” y en el que dice: “mi corazón esta noche de sangre va diciendo la angustia”. Mas, con toda su desolación, el poeta aún tiene humor para burlarse de sus aficiones paisajísticas y viajeras:

El paisaje decía:
“¿Quién iba a sospechar, después de tanto
ir y venir por cuatro mares —sueños—...
que en un valle pintado
por el niño sin nombre, yo sirviera
para el de ojos errantes, teatro amor?
Toda su geografía del paisaje
vino a quedar en un rincón inédito,
en un lugar cualquiera de la Mancha
de cuyo nombre...”
Y el paisaje
cintilaba los Bósforos, las tardes
florentinas, la palma Río Janeiro,
la grande hora de Delfos y el bazar
de las tierras de España y los etcéteras,
y enrollaba los mapas...

Pero, junto a la desolación amorosa, sigue existiendo la alegría juguetona, un poco a la manera de Alberti, en las “Estrofas de campo y lluvia”:

Tan bajas están las nubes
que es la oportunidad
de conocer a los ángeles.

Y el poema final de Recinto, “Presencia” es un puro juego retórico de versificación y de eses, encantador:

si en el brío rosal de la rosa
rocío que exclaman vitrinas
y brisas que llevan oculta su S
la tarde en sus yemas de tacto su forma sorprende;
si el agua davídica escoge una piedra y es honda
y dan salomónicas sombras rosales ausencias,
si este que no es sílaba
que es discurso que sigue y persigue y prosigue
se pintara de azul y de rojo
librarían espejos mis ojos y no dejarían imágenes...

Otro recurso, que Pellicer usa con maestría en estos libros, es el de los sustantivos adjetivados —que pudo aprender de López Velarde: música cintura, camino rubí—:

y apoderarse en luz de un orbe lágrima...
voz que del vaho borde de la dicha...
del horizonte labio de la ausencia...

Al frente de Hora de junio aparece “Esquemas para una oda tropical”, probablemente el poema más ambicioso e importante de Carlos Pellicer. Esta “primera intención”, de 116 versos, está fechada en 1937. Muchos años más tarde, en 1973, compuso una “segunda intención”, que se publicó junto con la primera, en 1976. (Por un descuido, esta segunda parte se omitió en la edición del Fondo de Cultura Económica de 1981, de la Poesía de Pellicer, la cual se añadió en un cuaderno.)

En la breve nota introductoria que Pellicer puso a estos poemas, dice que son “testimonio de una frustración: no pude escribir la ‘Oda tropical’ de acuerdo con el proyecto de hace muchos años”. Y en una explicación que dio a José Joaquín Blanco, esbozó el desarrollo coreográfico que había concebido y no llegó a realizar:

 

Concebí la construcción de un poema que se llamaría “Oda tropical” y que se realizaría a base de coros, coros de los dos sexos. Entonces yo pondría los cuatro elementos en la zona tropical y de acuerdo con esos cuatro elementos habría cuatro solistas: una soprano coloratura para el aire, una soprano dramática para la tierra, un tenor para el agua y un barítono para el fuego. Además de estos solistas habría un pequeño coro de diez personas, cinco de cada sexo, que tendrían las voces adecuadas para cada una de las partes del poema, lo que sería el color de cada uno de los elementos. Esto estaría, en un principio, dirigido por mí. Había calculado el número de versos para cada elemento y los coros, mezclándose a veces en una operación audiovisual bajo mi responsabilidad de ver y saber ver las cosas. Emprendí la tarea y tuve que renunciar a ella: era desmesurada, necesitaba un largo trabajo de investigación, como hacer lentamente listas de palabras pertinentes y sólo obtuve un esquema. Me sentí frustrado y pensé en hacer otro poema sobre el Valle de México [en José Joaquín Blanco, Crónica de la poesía mexicana, Guadalajara, 1977, pp. 192-193].

 

Las dos “intenciones” existentes, aunque no tienen ninguna relación con este proyecto de poema coral, son espléndidas. Como decía Pellicer, ”los dos poemas son una sola imagen con diferentes luces: juventud y madurez”. La primera es un himno triunfal, una exaltación de la plenitud y la  fecundidad:

El trópico entrañable
sostiene en carne viva la belleza
de Dios. La tierra, el agua, el aire, el fuego...

La segunda intención ya no ve la belleza sino el frenesí de la destrucción, el desorden, la podredumbre, el horror, la selva que borró “la suntuosa elegancia de los mayas”. “Lo que fue población de jeroglíficos / pavorosamente vacío”. Pero, concluye: “No hay crimen: sólo la voluntad de vivir / dentro de la simetría de cada uno". Y en los versos finales hay un nuevo nacimiento, un signo de esperanza, un “retoño volador del árbol muerto”.

Ambas versiones de los “Esquemas para una oda tropical” son de los mayores poemas de Pellicer, por el esplendor de tantos versos, por sus pasajes memorables (la ceiba caída, la destrucción de las creaciones de los mayas, el baño en el cenote), por el himno a la belleza de la “primera intención” y el himno al caos, la podredumbre y los despilfarros gratuitos de la segunda. Y sin embargo, la belleza plástica de estos poemas es simplemente acumulativa, no están compuestos ni elaborados y graduados como una unidad.

En la excelente edición crítica de estos poemas que hizo Samuel Gordon (Villahermosa, 1987), con facsímiles de los manuscritos y cotejos de las versiones sucesivas, puede seguirse su proceso de composición, o el “testimonio de una frustración”, como escribió Pellicer. Y en esta misma edición se reproduce una estupenda carta que, a raíz de la aparición inicial de la primera versión, en 1933, envió el Abate de Mendoza, José María González de Mendoza, al poeta, y es un ejemplo de crítica severa y cordial. “Su ‘Esquema para una oda tropical’—le dice—revela—indudablemente sin que usted lo haya querido— la capital deficiencia de su arte: esquemas, apuntes, esbozos: poemas a medio hacer...” Le hace notar luego cacofonías y descuidos de versificación. Y al final apunta: “las negligencias que deja usted entre sorprendentes bellezas, tienen el don de exasperarme...”

El tercero y último Pellicer —siguiendo el esquema propuesto por Zaid—, comprende los libros que publicó a partir de sus cincuenta años: Subordinaciones (1949), Práctica de vuelo (1956), Cuerdas, percusión y aliento (Villahermosa, 1976), así como su gran recopilación, Material poético. 1918-1961 (1962); sus libros póstumos: Reincidencias (1978) y Cosillas para el Nacimiento (1978), y en fin, la edición de Schneider, de Obras. Poesía (1981) que, a los libros conocidos, añade los “Poemas no coleccionados, 1922-1976” y los “Primeros poemas, 1912-1921”.

En estos espaciados libros finales vuelve a aparecer el brío y la alegre imaginación junto a poesía plana, que repite fórmulas y motivos, y surgen también nuevas vetas: los grandes poemas conversables, la poesía religiosa y las reflexiones autobiográficas.

Desde su iniciación poética, en la “Oda a Salvador Novo”, Pellicer practicó un tipo de poemas llanos, fluidos y que, mejor que coloquiales, pueden llamarse conversables. Uno de sus modelos pudiera ser la preciosa “Espístola a la señora de Leopoldo Lugones” (1906), de Rubén Darío. Los de Pellicer de esta especie son numerosos y, algunos, muy felices, como el “Discurso por las flores” — escrito en alejandrinos pareados, como el poema de Darío—, que es un rosario de hallazgos y ocurrencias, o la “Elegía apasionada”, escrita a la muerte de José Vasconcelos, que es de sus poemas más apasionantes y entrañables:

En la historia de Nuestra América
fue, durante un largo instante,
la estrella de la mañana
[...]
Cuando abro sus libros
es como cuando uno a la vuelta de un camino
descubre el mar.

Además de estos poemas excepcionales, hay otros que deben  recordarse, el “Nocturno a mi madre”, “Tempestad y calma en honor de Morelos”, “El canto del Usumacinta”, “Poema en dos imágenes, Ramón López Velarde” y las “Noticias sobre Nezahualcóyotl y algunos sentimientos”. Con esta misma amplia andadura conversable, Pellicer escribió muchos poemas cívicos, históricos y políticos y aun himnos escolares, que cumplieron su función circunstancial aunque no cuenten para la poesía.

Los poemas religiosos de Pellicer son, principalmente, los sonetos que figuran en Práctica de vuelo, y los pequeños poemas de las Cosillas para el Nacimiento. En febrero de 1930, Pellicer fue encarcelado en el Cuartel de San Diego, de Tacubaya, por vasconcelista, y escribió entonces los sonetos “En prisión”, cuya angustia no enturbia ninguna alusión circunstancial. De sus demás sonetos, los más conmovedores me parecen los que comienzan “Tiempo soy entre dos eternidades” y “Ando en mi corazón como en el fondo...”

Desde 1946 hasta 1976, poco antes de su muerte, Pellicer organizó cada año en su casa Nacimientos, que eran la gran fiesta de espíritu cristiano y de su talento plástico y poético. Cuando publicó por primera vez la “Cosillas para el Nacimiento”, como llamó a los pequeños poemas dedicados a cada una de estas celebraciones, escribió de sus creaciones navideñas, con el énfasis humorístico que lo complacía: “Estoy seguro que es lo único notable que hago en mi vida. Es casi una obra maestra. He podido conjuntar la plástica, la música y el poema, así, cada año.” Gabriel Zaid tuvo el acierto de reunir, en 1978, una colección de 34 de estos poemas. No son propiamente villancicos ni son para cantar, sino breves composiciones alusivas a la Navidad y a motivos circunstanciales. Grabadas con la espléndida voz del poeta, se escuchaban mientras se admiraban los Nacimientos. Estos poemitas tienen encanto y auténtico sentimiento religioso. Existe un álbum (Carlos Pellicer, El sol en un pesebre. Nacimientos, con poemas de Pellicer y textos introductorios de Germán Arcinegas y Gabriel Zaid, edición de Clara Bargellini, INBA, México, 1987), que sólo da una pálida imagen de esta fiesta que no podrá repetirse.

En los últimos libros de Pellicer hay, en fin, una pequeña veta de curiosos poemas autobiográficos, unos alusivos a su propensión descriptiva:

He pasado la vida con los ojos
en las manos y el habla en paladeo
de color y volumen y florero
de todos los jardines en manojos
“Sonetos dolorosos”, XIII, en Práctica de vuelo
Yo nada sé de mí, ya solo canto
y no sé lo que canto y si lo digo
no sé si es que respondo o que prosigo
sin conocer el agua en que me encanto.
“Sonetos dolorosos”, XXIII, ibíd

En “Esto soy”, de 1972, en Reincidencias, el poeta cuenta sus orígenes, sus preferencias y aficiones y la versión poética de sus grandes devociones: Bolívar, San Francisco, Cuauhtémoc, el amor y la noche. Y el poema llamado “He olvidado mi nombre”, de 1952 (en Poemas no coleccionados), cuyo segundo verso es el famoso “Todo será posible menos llamarse Carlos”, es un surrealista juego de reflejos, con el humor y el ambiente tabasqueños, sobre el tema del olvido y la disolución de la personalidad.

Pellicer organizó, con notable sentido plástico, varios museos, como la Casa de Frida Kahlo y el Anahuacalli de Diego Rivera, en la ciudad de México; el Museo-Parque de la Venta y el Arqueológico, en Villahermosa, y el de Tepoztlán.

Las obras en prosa y el epistolario de Pellicer —que debe ser nutrido y muy interesante— no se ha editado. El Fondo de Cultura Económica ha publicado: Pellicer, Álbum fotográfico (1982), Cartas desde Italia (1985), edición de Clara Bargellini, que reproduce las escritas en 1927 y 1928 a Arturo Pani, Guillermo Dávlia y Juan Pellicer, un libro encantador por el humor y la fantasía de estas visiones, y con excelentes ilustraciones.

Sobre Pellicer, véanse: Edward J. Muller, Carlos Pellicer, Boston, Twayne Publishers, 1977; Octavio Paz, “La poesía de Carlos Pellicer”, en Generaciones y semblanzas. Escritores y letras de México, México, FCE (México en la obra de Octavio Paz, t.II), 1987, pp. 427-435; y de los numerosos estudios que le ha dedicado Gabriel Zaid, señalo especialmente, “Siete poemas de Carlos Pellicer”, en Revista Iberoamericana, nums. 148-149, julio-diciembre de 1989, pp. 109-148.



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  • Editorial: Enciclopedia de la Literatura en México
    Dirección: Jorge Mendoza Romero y Alexa Martín
    Año de grabación: 2017
    Producción:  Ángeles Luna
    Participantes:
    Diego Alba, Hamlet Ayala, Bernardo Barrientos Domínguez, Itzel Cisneros Mondragón, Mariano del Cueto, Hasam Díaz, Elisa Díaz Castelo, Aura García-Junco, Eduardo Langagne, Valeria Loera, Nadia López García, Alexa Martín, Uriel Mejía, Lino Monanegi, Danush Montaño Beckmann, Alejandra Muñoz, Marco Antonio Murillo, Brianda Pineda Melgarejo, Laura Sofía Rivero, Berta Soní, Olivia Teroba, Dámaris Vera.
    Fecha de producción: 2017



 
 
Foto: Archivo CNL-INBA
Foto: Archivo CNL-INBA

Carlos Pellicer

Autor(a)

 

16 de enero de 1897
Villahermosa, Tabasco
16 de febrero de 1977
Ciudad de México


OBRA PUBLICADA


BIBLIOGRAFÍA RELACIONADA

Institución (es):
Asociación de Escritores de México, A. C. (AEMAC)


Premio Nacional de Ciencias, Letras y Artes
Fecha de ingreso: 1964
Fecha de egreso: 1964
Ganador en el campo de Lingüística y Literatura

Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños
Fecha de ingreso: 2008
Fecha de egreso: 2008
Jurado

Estaciones. Revista Literaria de México
Dirección

Nivel
Fecha de ingreso: 1959
Fecha de egreso: 1960
Director