Enciclopedia de la Literatura en México

Hora de junio

mostrar Introducción

Carlos Pellicer publicó Hora de junio cuando tenía cuarenta años, en 1937. Este libro reúne poemas escritos entre 1929 y 1936. Marca una segunda etapa en la obra del autor, ya que agrega un registro intimista mediante poemas amorosos, aspecto que lo liga con Recinto y otras imágenes (1941).

La estructura del volumen resulta llamativa por la agrupación interna de los poemas y los núcleos temáticos y, a veces, también estilísticos; a lo largo de la obra se intercalan poemas que llevan el nombre de "Horas de junio" con otros títulos y temas variados. 

Mientras que en los poemas de “Horas de junio” el tono es dolorido, dado que el tema que los unifica es la evocación de un pérdida amorosa, en el resto, Pellicer explora la dimensión plástica del paisaje desde diferentes estrategias poéticas en el característico tono celebratorio de este sector de su obra. Predominan el mar y algunas escenografías tropicales, como en “Grupos de palmeras”; sin embargo, hay menciones importantes a la vida en la ciudad. El tratamiento del lenguaje, cercano a la musicalidad del Modernismo (y lo que éste toma del Barroco), indaga una voluntad de experimentación, próxima a las vanguardias y que, en todo caso, evidencia el desarrollo pleno de un estilo personal, heterodoxo. Hora de junio es considerado uno de los libros más representativos de la poesía de Carlos Pellicer

Incorporó la primera intención de “Esquemas para una oda tropical” –previamente publicada– cuya independencia se acentuó con la aparición varios años después de la segunda intención de este poema extenso.

Recientemente la crítica ha señalado que en los sonetos de “Horas de junio” se encuentran algunos de los primeros poemas homoeróticos de la poesía de México. La edición estuvo a cargo de Xavier Villaurrutia y fue objeto de una adaptación musical por el compositor Silvestre Revueltas.

mostrar Biografía de las horas

Cuando se publica Hora de junio el mundo de la poesía mexicana ha comenzado a renovarse con la producción de las generaciones más recientes; varios del grupo de Contemporáneos han dado a conocer obras significativas e incluso los más jóvenes, como Efraín Huerta y Octavio Paz, han publicado ya sus primeros poemarios en 1933 (Absoluto amor y Luna silvestre, respectivamente). A pesar de la cercanía de edad de Carlos Pellicer con ciertos escritores de Contemporáneos, de su amistad con algunos de ellos y de que coincidieron en varios proyectos, instituciones y revistas, es preciso hacer hincapié en la individualidad que caracteriza la obra de este poeta. Tanto los temas como las preocupaciones estéticas de Pellicer lo distinguen de este grupo y lo convierten en un creador aparte a ellos, no por su importancia, sino por lo señaladamente distinto de su propuesta artística. Una de las características distintivas de la poesía pelliceriana, que puede apreciarse especialmente en Hora de junio, es su completa devoción al paisaje como tema, metáfora y fuente de inspiración. Veremos que particularmente el paisaje tropical mexicano será el eje que vertebra Hora de junio y la gran mayoría de su producción, sin sacrificar por esto sus ideales estéticos en aras de una literatura nacionalista, como sí sucedió con otros artistas mexicanos durante las mismas épocas. 

La continuidad de estilo es uno de los rasgos que definen la poesía de Carlos Pellicer, lo que no significa que no haya transformaciones y giros a lo largo de su obra; hay, más bien, una identidad artística reconocible en toda su poesía. Este libro se sitúa en un momento de madurez, si tomamos en cuenta que su primer poemario, Colores en el mar, se publicó cuando él tenía veinticuatro años y que entre éste y Hora de junio dio a las prensas Hora y 20 (1927), la plaquette de Esquema para una oda tropical (1933) y 6, 7 poemas (1934), por mencionar los más relevantes. Se trata de un libro que condensa las primeras tentativas del autor y que amplía los registros de su obra al explorar en sonetos una pérdida amorosa, como lo hacen los poemas sin forma estrófica de Recinto y otras imágenes. Además, ambos libros fueron escritos en la misma época.

mostrar Amor, naturaleza, poesía y sus fuentes en Hora de junio

Las fuentes que se pueden identificar en Hora de junio son, por una parte, las que impulsaron desde el inicio a su poesía; notoriamente, el Modernismo. No obstante y a diferencia de los poemas de juventud, en Hora de junio se deja ver el paso de las vanguardias y otras tentativas de modernización literaria. Carlos Monsiváis afirma, acerca del vínculo de Pellicer con la tradición, que: “Pellicer es tradicional porque exalta los motivos de su admiración ancestral y es modernísimo por no ceder al empecinamiento doctrinario y las rutinas literarias”.[1] Adolfo Castañón, por su parte, explora el itinerario de lecturas que se encuentra detrás de esta obra y resalta la importancia que tuvo otra generación de “contemporáneos”, la española del 27:

[...] está la lectura precoz de Góngora y se diría que también de Garcilaso, Herrera y Gracián y también, por supuesto, la lectura del mexicano José Juan Tablada; alrededor, se podría imaginar una cierta afinidad del proyecto de Carlos Pellicer y en particular de Hora de junio con Rafael Alberti y Gerardo Diego; en América, la tiene con José Juan Tablada, Vicente Huidobro y con Aurelio Arturo, apenas unos años menor.[2]

Alfredo A. Roggiano apunta una diferencia importante entre el modernismo y la reelaboración que de éste hizo el autor de Hora de junio. Exalta las cualidades que podrían considerarse más vanguardistas de su poesía: “[...] en Pellicer [a diferencia del modernismo] el mundo externo sigue existiendo, sobre todo como una fiesta de los sentidos, como arrobamiento auroral, en el entusiasmo de las celebraciones dionisiacas, aunque sin lujuria pagana”.[3]

Efectivamente, en Hora... conviven las antípodas del goce sensorial y la tendencia a la introspección, a un tono a veces austero, casi monástico. La poesía mística es una lectura importante que se deja ver en los varios sonetos que forman “Horas de junio”. La divinidad está presente la mayoría de las veces como una cualidad asociada al paisaje natural; como lo fue para los románticos, la naturaleza es para Pellicer una expresión de lo divino y, al mismo tiempo, el lugar metafórico donde el poeta puede comunicarse con Dios. En “Esquemas para una oda tropical” esta reflexión es muy transparente:

El trópico entrañable

sostiene en carne viva la belleza

de Dios. La tierra, el agua, el aire, el fuego,

al Sur, al Norte, al Este, y al Oeste

concentran las semillas esenciales

el cielo de sorpresas

la desnudez intacta de las horas

y el ruido de las vastas soledades.[4]

Quizá por esta razón, porque el poeta busca una identificación con la divinidad a través de la naturaleza, sea común el recurso de la prosopopeya. Este procedimiento, la atribución de características humanas a elementos inertes, y especialmente, a elementos del paisaje, aparece como parte de la escenografía de muchos poemas de Hora... Nuevamente se hace notoria esta característica en “Esquemas...”: “A la cintura tórrida del día / han de correr los jóvenes aceites / de las noches de luna del pantano”.[5] Un procedimiento algo más heterodoxo pero similar en su intención es el inverso: dar al ser humano adjetivos y cualidades de la naturaleza y el paisaje. El final de “Esquemas…” es un ejemplo muy ilustrativo y, sobre todo, atractivo y fresco:

La oda tropical a cuatro voces

podrá llegar palabra por palabra,

a beber en mis labios,

a amarrarse en mis brazos,

a golpear en mi pecho,

a sentarse en mis piernas,

a darme la salud hasta matarme

y a esparcirme en sí misma,

a que yo sea a vuelta de palabras.

palmera y antílope,

ceiba y caimán, helecho y ave-lira,

tarántula y orquídea, zenzontle y anaconda.[6]

Puede decirse, entonces, que la naturaleza es el tema principal, siempre que se entienda en sus diferentes planos; como un motivo de celebración estética y, al mismo tiempo, como una metáfora del amor y/o la divinidad, como es claro en las alusiones a junio en los sonetos de “Horas de junio”: “Junio dos nubes mágicas me fía / y ya soy cielo en que la duda empieza”.[7]

El tema amoroso, tan recurrente en esta serie, resulta difícil de aprehender si se busca leer sólo en un plano anecdótico, sentimental; el enamoramiento, la devoción por el ser amado y el conflicto que el lector espera descubrir a lo largo de los sonetos muy pronto se confunden con otros conceptos que resultan menos claros. Incluso la persona a quien hipotéticamente van dirigidos es completamente difusa: aparece únicamente como un “tú” al que interpelan los versos, sin ningún otro atributo físico o psicológico; un “tú” que incluso parece a ratos estar intencionalmente oculto. Así, en el primer soneto de la segunda sección de “Horas…”, leemos una invocación indirecta a la amada, a través de elementos naturaleza (junio, el aire, el agua), donde sólo percibimos de ella los ojos (sin rostro, sin color, sin mirada) y el corazón, que casi es sólo latido:

Agua, en tus lluvias llévame ceñido

al campo de sus ojos, al latido

del corazón que halle en otra sombra.[8]

Sobre esta condición Carlos Monsiváis afirma: “Hora de junio (1937) y Recinto y otras imágenes, de 1941, son, según creo, el conjunto de poemas de amor más armonioso de la literatura mexicana. Prevalecen la noción de la pérdida, las desintegraciones que conducen al desorden sentimental, la ruptura que al metaforizarse resulta algo distinto, más cercano al escalofrío metafísico que a la evocación del ser amado”.[9] En efecto, Hora de junio puede leerse como la bitácora de un amor terrenal y al mismo tiempo, como una búsqueda divina; sólo en este sentido puede considerarse como un libro armonioso de amor.

El binomio amor-naturaleza, sin embargo, es sólo un componente del triángulo que forman ambos en conjunción con la poesía. En Hora de junio la poesía misma es un tema recurrente, lo que lo convierte en un poemario amoroso y metapoético por igual. Su plasticidad característica está en relación directa con la conciencia que tiene el poeta de su labor, y en la concepción de la poesía como una disciplina muy emparentada a la pintura. En la medida en que el poeta describe la naturaleza, se apropia de ella y, como en la práctica religiosa, comulga con ella, al mismo tiempo que le hace una ofrenda.

mostrar El arquitecto de las horas

El poema inicial, “Esquema para una oda tropical” y el que cierra el libro, “La voz” parecen dos elementos independientes que, sin embargo, acotan el resto y le confieren unidad. La exuberancia de la naturaleza protagoniza el “Esquema…” de tal forma que el lenguaje mismo prolifera en sus versos en un aparente caos selvático. En “La voz”, en cambio, el poeta adopta un tono más reflexivo. Es importante rescatar las palabras de Pellicer con respecto a la estructura de su libro: “Sobre dos poemas fuertes: ‘Esquemas para una oda tropical’ y ‘La voz’, reposa un arco problemático de temas diversos conjugados con otro –interior– de sonetos que se refieren, casi todos, a un desastre sentimental. El libro abarca ambiciosamente, casi todos los temas de la poesía”.[10]

Efectivamente, si estos son dos poemas pilares que conducen al lector del principio al fin, los sonetos de “Horas de junio” constituyen el resto del edificio, dejando umbrales y ventanas por donde asoman los demás poemas. Estos sonetos funcionan como paréntesis que, al mismo tiempo, dividen el poemario en pequeñas secciones. Por otra parte, pueden leerse como una sola unidad, pues todos comparten el tema de lo añorado y la separación; tienen la misma tonalidad sentimental. Entre la secuencia de “Horas de junio”, repartida a lo largo del poemario en grupos de tres o cuatro sonetos, encontramos otras series de poemas emparentados entre sí, como “Grupos de nubes”, “Grupos de figuras” y “Grupos de palmeras”; la tríada de “Poética del paisaje”, “Retórica del paisaje” e “Invitación al paisaje”; las “Estrofas del mar marino”, “Estrofas de campo y lluvia” y “Estrofas de lindo linde”, por mencionar sólo los que forman segmentos diferenciables.

La metáfora arquitectónica no es la única que puede definir la estructura tan delimitada del poemario; también parece haber sido concebido como una pieza musical, con una combinación de preludios e interludios, allegros y adagios. Lo que es muy evidente es la planeación global del conjunto por parte del autor; ambos elementos tienen correspondencias entre sí, de tal forma que la composición general da una impresión de contrapunto.

mostrar Arcos: “Horas de junio”

El verso endecasílabo es por mucho el más frecuentado en Hora... En palabras de Pellicer: “El noventa y cinco por ciento de los versos de Hora de junio son endecasílabos tratados libremente en lo que se refiere a las consonancias o asonancias y la libertad sólo se encuentra cuando los problemas técnicos fundamentales se han resuelto definitivamente”.[11] Esta forma métrica se encuentra dispersa en todos los poemas, combinada muchas veces con heptasílabos y octosílabos, pero se concentra principalmente en los catorce sonetos de “Horas de junio”. La continuidad formal no es el único rasgo que une a estos poemas; la selección léxica, así como el tema y el tono los hacen sobresalir como un conjunto autónomo. A diferencia del resto, éstos están anclados en un universo indeterminado: el paisaje está permeado por la subjetividad de la voz lírica a tal grado que el espacio se transforma en un ambiente mucho menos colorido, definido y plástico que en los poemas intercalados. Predominan los elementos de la naturaleza como el agua en sus distintas formas (especialmente las nubes), el aire y a veces la tierra:

Álzame hasta la nube que ya existe,

líbrame de las nubes, adelante.

Haz que la nube sea el buen instante

que hoy cumple un año, Junio, que me diste.[12]

Aparecen otros, más individualizados, como la piedra, las estrellas y la rosa:

En palabras de amor se va la hermosa

vida junto a la espina y la rosa

tan alta siempre que cuando la hallamos

antes sangran los dedos con la espina

y la rosa en la altura de sus ramos

ya es otra rosa que se indetermina.[13]

Algunas partes del cuerpo son mencionadas, también fragmentariamente, como los ojos, el corazón y las manos; y, finalmente, elementos más abstractos y difusos, como la luz, la sombra, lo infinito, la soledad, la vida y la muerte:

Amor así, tan cerca de la vida,

amor así, tan cerca de la muerte.

Junto a la estrella de la buena suerte

la luna nueva anúnciate la herida.[14]

El lugar en el que suceden estos poemas son todos y ninguno, es un paisaje interiorizado donde, en los momentos más climáticos, sucede la unión del mundo exterior con la vida interior del sujeto poético. Esta cualidad crea un alto contraste entre las dos partes estructurales del libro, y sin embargo, no es tan fuerte que logre disociarlas. Como hemos dicho, Hora de junio refleja una planeación muy minuciosa, una ordenación calculada que marca la pauta para su lectura. A diferencia de muchos otros libros de poemas, Hora de junio fue pensado para leerse en el orden en que está impreso.

A pesar de que el tema y la forma están acotados desde el principio, la actitud cambiante del poeta frente a la experiencia amorosa a lo largo de los catorce sonetos dota de dinamismo a la serie. Las primeras tres secciones pueden leerse sin mayores complicaciones como poemas de amor; en cambio, a partir del cuarto bloque, dicha interpretación comienza a volverse simplista. La transformación se refleja en la actitud del yo; conforme los sonetos van avanzando de lo terrenal a lo trascendental, la voz del poeta se vuelve más laudatoria, menos doliente. Los primeros poemas describen a junio como un paraíso perdido, un lugar del pasado donde existió el amor, donde éste era tan pleno que no era necesaria la poesía. En la cuarta sección no se menciona siquiera a junio; los versos suceden en presente y el sujeto amoroso al que se dirigen, el que antes era acechado por el olvido, ahora se encuentra ahí, invocado. La poesía, pues, se convierte en un medio. Hay dos elementos que dan cohesión a la secuencia: el más abstracto es la preocupación metapoética; el más concreto, la alusión a junio. Desde el primer soneto quedan unidos la poesía con el recuerdo de junio, la poesía como un medio, casi un instrumento de nigromancia, para resucitar el momento perdido:

Vuelvo a ti, soledad, agua vacía,

agua de mis imágenes, tan muerta,

nube de mis palabras, tan desierta,

noche de la indecible poesía.[15]

A partir de este punto, los poemas serán una herramienta para acercarse a este “tú” que cada vez se define más a través de atribuciones divinas. La unión deseada se equipara a la desintegración del individuo en el todo, a la unión con lo eterno e infinito y, más aún, se asemeja a una ascensión o purificación. Claramente, se pasa del amor terrenal al místico, una transformación que se intuye en el comienzo de la penúltima sección de “Horas”:

¿Por qué si ya estoy lleno de mí mismo

quiero de ti la brisa, el agua, todo

tu ser en mí, profundo, de tal modo

que yo sea el abismo de tu abismo?[16]

Queda decir, por último, que a pesar de que en algunos poemas puede leerse una mayor audacia en cuanto a los recursos, también es cierto que la versificación y la forma cerrada del soneto reducen la experimentación, que será más prolija en el resto del libro.

mostrar Ventanas y paisajes

La poesía como tema no es exclusiva de los sonetos de “Horas…”. El resto de Hora de junio está colmado de alusiones metapoéticas, lo que, de nuevo, nos da prueba de que Pellicer fue un escritor muy autoconsciente, que conjuntaba la reflexión sobre el oficio de escribir con la práctica. En este libro hay numerosos ejemplos de esta conciencia tan aguda de los materiales y las formas de la poesía; del peso y las ventajas de pertenecer o deslindarse de una tradición literaria. Como lectores, estos versos nos sirven como pistas para aproximarnos más a su idea de la poesía y también a su ideal de ésta.

Una de las preocupaciones centrales de Pellicer es el sonido; este regocijo en la musicalidad probablemente esté relacionado con el hecho de que no haya abandonado por completo las formas métricas fijas, a pesar de que el verso libre ya tuviera muchos años de estar circulando en el habla hispana. La gran habilidad del poeta para encontrar nuevos ritmos y combinaciones sonoras dentro de los patrones establecidos es un rasgo sobresaliente.

Será más fácil aprehender esta característica y otros aspectos formales a través de una serie de ejemplos de pasajes metapoéticos. En “Poética del paisaje” delata sus principales recursos métricos:

El patio lo ocupó el endecasílabo;

el palco y la platea

ciertos traje-de-cola alejandrinos.

En galería

hay uno que otro gratis sin oficio.[17]

También en “Grupos de figuras” alude a la variedad acentual:

En la prosodia esdrújula y aguda

risas y gritos se bañan tan claros

que a toda voz desnuda.[18]

Más allá de lo que concierne a la métrica, pero todavía en lo relativo al sonido, encontramos otros recursos frecuentes, como la aliteración y la paranomasia. La segunda es evidente, por ejemplo, desde el título de las “Estrofas del mar marino”; en este poema combina los derivados de la palabra “mar” con otras palabras que son fonéticamente afines, como en el verso: “El mar marino marea”.[19] Otro ejemplo del virtuosismo del poeta se encuentra al comienzo: “De las nubes a las naves / níveas Nínives de espuma”.[20] Este último está basado más que en la repetición de palabras que pertenecen al mismo campo léxico (paranomasia), en la repetición de sonidos, independientemente de su campo semántico (aliteración).

En “Retórica del paisaje” es notoria la importancia que Pellicer le confiere al adjetivo. Después de una serie de adjetivos antepuestos al sustantivo, quedan en una sola estrofa los siguientes versos: “(Los claros adjetivos / ecuestres en caballos sustantivos...)”.[21] Y más adelante, a manera de conclusión se pregunta: “¿Para qué el adjetivo si las cosas / todas, claras, se ven por cuatro lados?”.[22] En realidad, se trata de una estrategia retórica para devolverle su naturalidad al paisaje que ha descrito con tanto lujo lingüístico en las estrofas anteriores.

La adjetivación, en efecto, es un rasgo importante en algunos poemas de Hora de junio. Hay algunos ejemplos donde el cambio de registro de léxico le da un aire de frescura y sorprende al lector, como en “Poética del paisaje”, donde el verde es adjetivado como “verde golf”, y el gris, “gris perdices”.[23]

No obstante, ésta no es la única manera en que el poeta manipula el lenguaje para lograr efectos innovadores. Así como en la métrica, Pellicer busca llevar al límite las posibilidades sonoras del verso, en el nivel sintáctico consigue enrarecer la relación entre las palabras, de modo que el vínculo entre ellas no sea claro a primera vista y el significado se modifique por la combinación extraña. Sucede así en “Grupos de nubes”, donde los sustantivos funcionan como adjetivos: “viaje ópalo” o “cielo deseo”.[24] Es llamativa la construcción con el artículo neutro “lo”, que convierte a los sustantivos en una cualidad:

Terraza a lo alcohol de un valle intenso

y pórticos al sur.

Lo cántico deslumbra entre filetes

de una muralla gris [...][25]

Acaso son este tipo de pasajes los que suscitan el comentario de Adolfo Castañón: “La euforia de Pellicer no viene del transporte de un idioma alcoholizado por enfáticos adjetivos. Viene del agua prístina y regia del substantivo que se yuxtapone sobre el substantivo (una lección que Carlos Pellicer le aprendió bien a López Velarde)”.[26]

En contraste con las “Horas…”, que quizá por ser sonetos se mantienen en el ámbito de lo solemne, otros poemas se desarrollan en una vertiente más popular. El uso del estribillo, del verso corto y las rimas simples son pruebas de esta modulación de tono. Este énfasis nos recuerda al tono de José Gorostiza en Canciones para cantar en las barcas (1925), por mencionar a un poeta contemporáneo.

Otra diferencia importante entre los sonetos y los demás poemas es la aparición, en estos últimos, de elementos de la ciudad moderna y la construcción de imágenes que apuntan hacia una cercanía con el surrealismo u otras poéticas más experimentales. Roggiano se refiere a estas imágenes como opuestas a lo que I. E. Richards denominó tied image o imagen atada, y las define como metáforas que no tienen fundamento en la realidad física ni en la lógica, sino en la imaginación poética.[27]

Encontramos algunas imágenes de corte surrealista en “Grupos de nubes”, por ejemplo, donde la fugacidad de la forma de las nubes da cabida a una narración cuya secuencia es casi onírica. El humor también es un elemento importante, que resalta lo absurdo, como en los versos: “El Rey se ha vuelto siembra de repollos / y la Reina / perchero de los mantos imperiales”.[28] Es el mismo humorismo que leemos en “Grupos de palmeras”, en una estrofa que se repite, con algunas variantes y que presenta una descripción a la vez concisa y metafórica: “Los grupos de palmeras / –edad de 20 a 30, estado célibe, / libre oficio– secundan el poema”.[29] Por otra parte, la ciudad moderna hace aparición en “Grupos de figuras”:

Abajo, la ciudad arterialmente

bebe la gasolina.

Y el ritmo microbial que la devora

es un hermoso caos.[30]

En “Poética del paisaje”, la apropiación de las vanguardias se transparenta en las breves acotaciones que hace el yo desde la trinchera de los paréntesis: “(Un ocho de palomas / divide mi atención en varias fechas)” y “(Tiempo y color: yo les doy un abono / y designo banquera a una sonrisa...)”.[31]

Por último, cabe anotar que la mayor libertad temática y formal del resto de los poemas le permite al autor desarrollar un tópico importante en su poética: la relación de la palabra con la imagen, es decir, el vínculo entre la poesía y las artes visuales.

mostrar La sobra musical

Los versos finales de “Poética del paisaje” tocan un aspecto esencial de Hora de junio:

Ya nada tengo que decir del panorama,

pero algo como el agua en el desierto

roba a todos la sed y queda intacta,

me queda en abundancia y en deseo.

La sobra musical; una delicia

de todo ritmo, de toda danza,

de todo vuelo...[32]

Esta agua, esta abundancia que parece no terminarse nunca, es, en Hora de junio, la música, la sonoridad del verso. En efecto, muchas veces, el tema se debilita o la anécdota se hace confusa en los poemas; a la voluntad comunicativa, se impone el goce de la palabra, el juego sonoro de la poesía. Carlos Pellicer es un poeta que puede preciarse de tener “sobra musical”, una cualidad que se esparce a lo largo de su extensa obra poética.

mostrar Dispersión de junio

En términos generales la crítica reciente ha centrado su interés en los sonetos y dejado al margen los otros poemas de Hora de junio, salvo en el caso de la primera intención de “Esquemas para una oda tropical” (escrita en 1932 y publicada un año después), que debe tratarse aparte debido a su importancia en el conjunto de la obra de Pellicer y por la existencia de la segunda intención, escrita y publicada varias décadas después (1973-76). Esto ha planteado una encrucijada para los editores de antologías y, sobre todo, para los compiladores de todos los poemas de Pellicer: respetar la cronología o la unidad temática de ambas intenciones.

Luis Mario Schneider, quien editó individualmente el tomo Obras. Poesía de 1981, suscribió en este trabajo el orden cronológico. Quince años después, al lado de Carlos Pellicer López (sobrino del poeta), optó por colocar juntos a ambos poemas. Este criterio de la edición de la Poesía completa (en tres tomos, de 1996) se ha convertido en la norma para las antologías de las primeras décadas del siglo xxi, tal vez propiciada por la edición crítica de las dos intenciones (1987) que preparó Samuel Gordon en un solo volumen. Publicadas antes y después de Hora de junio la primera y segunda intenciones de “Esquemas para una oda tropical” tendrán un solo artículo en esta enciclopedia.

En lo que respecta a los estudios recientes de los sonetos, la crítica ha seguido dos direcciones: señalar la heterogeneidad de la obra de Pellicer frente a la rutina de calificarlo como un poeta celebratorio, únicamente centrado en lo exterior (la naturaleza del trópico); y demostrar que la serie de sonetos no plasma un amor entre un amante y una amada, sino que estos poemas, leídos como un todo, cantan un amor homoerótico, cuyas designaciones se encuentran veladas por la represión y la homofobia imperantes.

Sobre la primera dirección, Rubén Bonifaz Nuño publicó Tristeza de amor en Carlos Pellicer (2001):

Se ha repetido tanto que resulta lugar común, la afirmación del fondo vital de alegría y de victoria que sustenta la obra poética de Carlos Pellicer. Como si éste fuera el único modo de esa obra, se la ha glosado, menospreciado y elogiado. Sin embargo, al pensar y criticar de tal manera, se está cometiendo un acto de mutilación que necesariamente lleva al empobrecimiento de la apreciación del objeto del pensamiento y de la crítica.[33]

Bonifaz Nuño dedicó dos capítulos a algunos sonetos de Hora de junio y un tercero a los de Recinto. Conocedor de la relojería compositiva y prosódica del soneto y el endecasílabo en castellano, analizó estrofas, versos, sílabas, cesuras, acentos, rimas y encabalgamientos con el propósito de señalar la manera en que la depurada técnica literaria de Carlos Pellicer da forma al “desastre sentimental”.

La segunda dirección de la crítica reciente sobre Hora de junio es ilustrativa de la técnica de análisis fundamental de los estudios literarios: la de los pasajes paralelos. Para poder demostrar que los sonetos son episodios de un amor homoerótico, lectores de la obra de Pellicer han analizado la tensión entre el horizonte de expectativas de la época y los recorridos interpretativos, formulados por los exégetas a partir de la comparación de pasajes de los sonetos con versos de otros poemas y de la lectura del total de “Horas de junio” como si se tratara de una sola unidad.

Evodio Escalante, en un ensayo publicado en Literatura Mexicana (2002), establece un horizonte de expectativas grupal, circunscrito a un sector específico del campo literario de México. Para este investigador, los sonetos de Pellicer deben ser leídos en relación con “Elegía” (1933) y el “Nocturno de los ángeles” (1936), poemas en los que Salvador Novo y Xavier Villaurrutia, respectivamente, habían explorado de manera oblicua el tema del amor homosexual:

Lo que conjeturo es que él [Carlos Pellicer] sabía que tenía que ir más lejos que sus dos amigos de Contemporáneos, que tenía que internarse en terrenos sobre los que ninguno de sus dos colegas se había atrevido a poner las plantas de los pies. No bastaba con documentar la pasión amorosa: había que describir el encuentro sexual, quiero decir, no meramente insinuarlo, o aludirlo a través de un símbolo, sino nombrarlo.[34]

Por su parte, Gerardo Bustamante Bermúdez, también en un ensayo publicado en la misma revista en 2016, esboza el horizonte de expectativas determinado por el psicoanálisis, la doxa epistémica de aquel tiempo:

Hora de junio corresponde a una época en la que el psicoanálisis explica desde el terreno médico, jurídico y social las conductas y clasificaciones sobre la homosexualidad, pero sobre todo, a través del inconsciente, con sus correspondientes subjetividades. […] Hay que señalar, además, que será hasta 1974 cuando la homosexualidad queda desclasificada de los manuales de enfermedades psiquiátricas.[35]

En la presentación a la Iconografía de Carlos Pellicer, Carlos Monsiváis señala el horizonte de expectativas de la doxa –sin adjetivos– que constriñe la actuación en el espacio público e íntimo de quienes no se ajustan a las conductas heteronormadas por el dispositivo de la dominación masculina:

En vida de Pellicer, la discreción sobre la orientación sexual es obligada y las alusiones a la heterodoxia amorosa son escasas. (“De callar este amor que es de otro modo”). Desde la perspectiva actual, se entiende ya de un modo más abierto el otro amor, que todavía hace unas décadas dice su nombre como puede.[36]

El ensayo de Luis Rius (publicado a propósito de Material poético en 1962) es quizá el primero en advertir la laguna de sentido que impide precisar el género (social) de los pronombres de “Horas de junio”:

Hay una clave que al lector escapa para entender la historia de este libro. El lector presiente que esa clave existe (junio la tiene) y que se cuenta una historia entre líneas. Pero así debe ser: la historia que oculta este libro no importa como tal; importa su oscura inmanencia en él. La historia de la pasión del amor no es como una historia narrable; no ofrece continuidad; no es como un camino que paso a paso puede seguirse de principio a fin, horizontalmente.[37]

Se trata de uno de los rasgos estilísticos de este sector específico de la poesía de Pellicer que otros de sus lectores han señalado. En palabras de Dionicio Morales, editor de una antología de la poesía amorosa de Pellicer:

Los poemas “sentimentosos” que Carlos Pellicer nos legó a lo largo de su obra son, a veces, difíciles de desentrañar –como en ningún otro poeta– porque en la mayoría de ellos existe un entrecruzamiento, una entrega, una correspondencia, una violación, un diálogo todavía más secreto entre los sentidos, un no sabemos a ciencia cierta qué, que unifica o sella sus resurrecciones.[38]

Estas discontinuidades y lagunas de sentido derivan, en parte, del orden en que aparecen los poemas a lo largo de libro: quince sonetos, catorce de los cuales aparecen bajo el título de “Horas de junio”, distribuidos en cinco grupos ternarios, salvo el segundo grupo que únicamente se compone de dos poemas, al lado de los cuales se encuentra el soneto “Poesía”, con el que se conformaría también una triada.[39] Entre cada grupo de sonetos, se encuentran intercalados los poemas “exterioristas” sobre el trópico y sus circunstancias. Para Evodio Escalante se trata de una estrategia para evadir la gazmoñería de la censura.

La intromisión de los poemas exterioristas, en tensión con el horizonte de expectativas de los críticos, orienta los dos tipos de lectura, en lo que se refiere al género de los involucrados en la relación amorosa. Para Rubén Bonifaz Nuño, quien únicamente analiza los tres primeros grupos de sonetos, dice a propósito de la primera y segunda estrofas del segundo de toda la serie: “Entre amante y amada, el amor se endulza y crece, dejándolo callar. Maravilla del silencio compartido, en el cual acontecen libremente los pasos de la unión superior. […] Y vemos el fracaso del poema como medio de comunicación. Porque no fue el amor, aquí seguramente el de la amada, quien la recibió…”.[40] El “entrecruzamiento” que provoca la ambigüedad, (es preciso decir, entrecruzamiento de líneas temáticas) conduce a que Yvette Jiménez de Báez, otra estudiosa de los sonetos y del motivo de junio en la obra de Pellicer, afirme que estos poemas son un episodio que desemboca, en otros libros, en un amor a lo divino. …”.[41]

Carlos Monsiváis también formula un recorrido interpretativo que va de las partes al todo, sólo que lo hace para constatar el homoerotismo de los sonetos. Como parte de la presentación de la Iconografía y de la conferencia en la Cátedra Alfonso Reyes (agosto de 2001), y que posteriormente apareció en libro, emplea la técnica de los pasajes paralelos: “Sin embargo, lo perdurable de Pellicer, su “amor verdadero” (su condición gay) está siempre presente de manera discreta y obstinada. En 1921 escribe: “Unos ojos me sonríen sobre un cuerpo prohibido”, y luego pregunta: “¿Y aquel adolescente / cuya mirada le cambió el destino / a la persona heroica de la frente?” Pero es en Recinto donde, sin angustias o sensiblerías, Pellicer procede a una tranquila definición autobiográfica: “Sé de la noche esbelta y tan desnuda / que nuestros cuerpos eran uno solo. / Sé del silencio ante la gente oscura, / de callar este amor que es de otro modo.”[42]

Sin embargo, la única lectura que busca ir del todo a las partes y que se circunscribe por entero (con una particularidad) a los sonetos de Hora de junio es la de Evodio Escalante: bajo la conjetura de que se trata de un poema extenso, todos los sonetos fueron publicados al término de su ensayo, precedidos del poema que abre esta obra de Pellicer. Los sonetos analizados por Escalante son: el uno, dos, tres, seis, diez, trece, catorce y quince. Si los procedimientos de lenguaje que urden la “noción de secreto” se encuentran en algunos versos de los sonetos dos, tres y seis (“Junio me dio la voz, la silenciosa / música de callar un sentimiento”, por ejemplo) su argumentación descansa en los sonetos diez y, fundamentalmente, en los que conforman la última triada:

El movimiento de acercamiento culmina en los sonetos trece y catorce. Nos encontramos en el umbral de la posesión amorosa. Para que no quede duda que los involucrados en el juego amoroso son dos varones, y no un varón y una hembra, Pellicer se permite no una sino varias referencias a la fuerza: “En el cielo de junio la escondida / noche te hace sentir pálido y fuerte”.[43]

Bustamante Bermúdez, a partir de lo que denomina “narrativa lírica” de los sonetos, coincide en que en estos pasajes se encuentran las marcas del sujeto masculino textualmente dibujado por los sustantivos, adjetivos y verbos: “La noción de fuerza generalmente está asociada al espacio de lo masculino, además, el poeta escribe “pálido”, pero no se refiere a junio como el sexto mes del año, sino a un sujeto masculino. Cuando dice que su interlocutor está “herido” no hay posibilidad de anfibología poética”. Para este investigador, en estos poemas Pellicer “apenas se acerca al tema de la confesión velada”. Y apunta que en Recinto el tema homoerótico no admite dudas. Mas, para Evodio Escalante, los dos tercetos del penúltimo soneto describen la cópula explícita, pero metafóricamente: “Y buscándote en ambos nuestra suerte / fluyó hacia tu esbeltez la fuerza fuerte / al fin su espacio halló propio y profundo // Salgo de ti y estoy en tu tristeza, / sales de mí y estás en tu belleza. / Las estrellas nos ven: ya hay otro mundo.” Aunado a lo dicho, la inclusión de los primeros sonetos en antologías ha condicionado la recepción de los correspondientes a los dos últimos grupos, precisamente aquellos en los que los amantes masculinos consuman “eso que no se dice ni se canta”.[44]

Finalmente, un fenómeno de recepción, que cobra especial relevancia en la obra de Pellicer por su prolongada sistematicidad, está relacionado con la incorporación de partes de versos o paráfrasis de los mismos a modo de títulos en las obras de otros autores mexicanos. De la misma manera en que son citas de Pellicer Los recuerdos del porvenir (Elena Garro), “El prodigioso miligramo” (Juan José Arreola) o Que se abra esa puerta (Carlos Monsiváis), en Morir todos los días (libro de relatos de Vicente Quirarte) pervive un endecasílabo de los sonetos más importantes de Hora de junio, aquel en donde Carlos Pellicer condensa en una línea el dolorido sentir del desastre amoroso.

mostrar Bibliografía

Carlos Pellicer. Iconografía. Ivestigación iconográfica y biobibliografía de Alba C. de Rojo. Selección de poemas de Carlos Pellicer López. Presentación de Carlos Monsiváis. México: Fondo de Cultura Económica (Tezontle), 2003.

Bonifaz Nuño, Rubén. Tristeza de amor en Carlos Pellicer. México: Universidad Nacional Autónoma de México (Diversa;17), 2001.

Bustamante Bermúdez, Gerardo. “La retórica homoerótica en dos poemarios de Carlos Pellicer”. Literatura Mexicana, número 1, volumen 27, 2016, páginas 75-97.

Escalante, Evodio. “Una obra maestra “desconocida” de Carlos Pellicer. Los sonetos de Hora de junio”, Literatura Mexicana, número 2, volumen 13, 2002.

Gordon, Samuel. Carlos Pellicer. Breve biografía literaria. México: Ediciones del Equilibrista/ Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1997.

La poesía de Carlos Pellicer. Interpretaciones críticas. Edición de Edward J. Mullen. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1979.

Monsiváis, Carlos. “De la marginalidad sexual en América Latina. Hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos”. Debate Feminista, año 20, volumen 40, octubre de 2009.

______________. Las tradiciones de la imagen: notas sobre poesía mexicana. México: Ariel/ Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (Cuadernos de la Cátedra Alfonso Reyes), 2001.

Morales, Dionicio. Conjuros y divagaciones. México: Universidad Nacional Autónoma de México/ Coordinación de Difusión Cultural/ Dirección de Literatura (Serie Diagonal), 2000.

Pellicer, Carlos. Poesía completa. Edición de Luis Mario Schneider y Carlos Pellicer López. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/ Universidad Nacional Autónoma de México/ Ediciones del Equilibrista, 1996.

___________. Espiga de junio (antología). Edición, prólogo y notas de Yvette Jiménez de Báez. México: Fondo de Cultura Económica (Tierra Firme)/ El Colegio de México, 1998.

___________. Hora de junio / Práctica de vuelo. México: Fondo de Cultura Económica (Letras Mexicanas), 1998.

Tópicos y trópicos pellicerianos: estudios sobre la vida y la obra de Carlos Pellicer. Compilación de Samuel Gordon y Fernando Rodríguez. Villahermosa: Horayveinte, 2004, páginas 53-72.

mostrar Enlaces externos

Castañón, Adolfo. “Quince Minutos de Hora de junio”. Revista de la Universidad de México, número 42, Nueva Época, agosto, 2007, páginas 13-17. (Consultado el 14 de diciembre de 2012). 

Pellicer, Juan. “La hora de junio de Carlos Pellicer: notas, claves, silencios y alteraciones de una crisis”. Revista Iberoamericana, número 192, volumen lxvi, julio-septiembre, 2000, páginas 481-500. (Consultado el 14 de diciembre de 2012). 

Hay en cada verso de estos poemas y en cada estrofa de estas elegías una frescura de conceptos que hablan de la luminosa y madura inspiración de Carlos Pellicer, el poeta del trópico, en las cálidas horas del verano.

* Esta contraportada corresponde a la edición de . La Enciclopedia de la literatura en México no se hace responsable de los contenidos y puntos de vista vertidos en ella.

 

Otras obras de la colección (Letras Mexicanas):

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México, D. F.: Fondo de Cultura Económica (Letras Mexicanas).

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Compilación, estudio introductorio e índices de Elizabeth Corral Peña. México, D. F.: Universidad Nacional Autónoma de México / Fondo de Cultura Económica (Letras Mexicanas) / El Colegio Nacional.

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Prólogo de Philippe Ollé-Laprune. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica (Letras Mexicanas).

Compilación, prólogo y notas de Omegar Martínez. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica (Letras Mexicanas).

Recopilación de Miguel Capistrán. Recopilación y prólogo de Alí Chumacero. Recopilación y bibliografía de Luis Mario Schneider. México: Fondo de Cultura Económica (Letras Mexicanas).




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Editorial: Enciclopedia de la Literatura en México
Dirección: Jorge Mendoza Romero y Alexa Martín
Año de grabación: 2017
Producción: Ángeles Luna
Participantes:
Diego Alba, Hamlet Ayala, Bernardo Barrientos Domínguez, Itzel Cisneros Mondragón, Mariano del Cueto, Hasam Díaz, Elisa Díaz Castelo, Aura García-Junco, Eduardo Langagne, Valeria Loera, Nadia López García, Alexa Martín, Uriel Mejía, Lino Monanegi, Danush Montaño Beckmann, Alejandra Muñoz, Marco Antonio Murillo, Brianda Pineda Melgarejo, Laura Sofía Rivero, Berta Soní, Olivia Teroba, Dámaris Vera.
Año de producción: 2017