Enciclopedia de la Literatura en México

Mariano Azuela

mostrar Introducción

Mariano Azuela González (Lagos de Moreno, Jalisco, 1 de enero de 1873-Ciudad de México, 1 de marzo de 1952). Fue hijo de Evaristo y Paulina Azuela. Su padre lo obligó a estudiar en el seminario de Guadalajara, pero, finalmente, decidió continuar en la carrera de medicina. En 1900 se casó con Carmen Rivera de la Torre, con quien tuvo diez hijos.[1]

Empezó a escribir en su juventud, cuando cursaba el bachillerato, en 1896, utilizando el seudónimo “Beleño” en el Gil Blas cómico.[2] Practicó el ensayo, el cuento, la biografía y el teatro, pero fue la novela la que le dio el prestigio y la notoriedad con los que cuenta hasta el día de hoy. De este periodo destacan su primera novela, María Luisa (1907), Los fracasados (1908), Mala yerba (1909), Andrés Pérez, maderista (1911) y Sin Amor (1912). Su interés en la política nacional se concreta con la caída de Madero, por ello se unió a las fuerzas revolucionarias villistas de Julián Medina y obtuvo el puesto de Director de Instrucción Pública de Jalisco en 1913, pero con la llegada de los carrancistas se unió a la lucha como médico militar. Para estos años, según testimonios de sus hijos, ya había terminado Los caciques.[3] Más tarde, sus experiencias serían retomadas en su libro más exitoso, Los de abajo, novela publicada originalmente en folletines en el periódico El Paso del Norte en 1915 y en ese mismo año en formato de libro. Destacan, además, las siguientes obras: Los caciques (1917), Las moscas (1918), Las tribulaciones de una familia decente (1918), La malhora (1923), El desquite (1925), La luciérnaga (1932), Pedro Moreno, el insurgente (1933-1934), Avanzada (1940), Nueva burguesía (1941), La mujer domada (1946), Cien años de novela mexicana (1947), La maldición (1955) y Esa sangre (1956). Buena parte de su obra se inscribe en la llamada “novela de la Revolución”, pero también en la novela proletaria, la realista y la urbana, así como en las vanguardias. La novela de la Revolución, como género literario y como tema, ha sido un parteaguas en la literatura mexicana del siglo xx, y el nombre de Azuela encabeza las antologías y los listados sobre el género, gracias a que, para los críticos literarios, Los de abajo inicia la novela de la Revolución mexicana.

mostrar Desarrollo contextual, los años formativos y la trayectoria intelectual

Sus primeros años y la Revolución mexicana

Aunque su padre deseaba que fuera sacerdote y lo mandó estudiar en el Seminario de Guadalajara, Azuela estudió medicina, lo cual le dio la oportunidad de pertenecer a las filas villistas.[4] Su interés por la política nacional se concretó cuando fue designado Director de Instrucción Pública de Jalisco en 1913. Al mismo tiempo, su gusto por las letras lo motivó a participar en el Centro Bohemio, que entre sus filas tenía al Dr. Átl, y a continuar con la escritura (para estas fechas, según testimonios de sus propios hijos, ya había terminado de redactar Los caciques). Desafortunadamente, la lucha revolucionaria siguió su marcha y Azuela se vio obligado a incluirse en las filas militares como médico durante varios meses.[5] Como sabemos, Los de abajo se inspiró en sus experiencias a lo largo de la campaña villista, pero fue hasta su exilio en El Paso, Texas, luego de la derrota por parte de las tropas carrancistas, cuando la redactó. La primera edición se publicó por entregas entre octubre y diciembre de 1915, en el periódico El Paso del Norte de El Paso, Texas. La primera edición como libro también apareció en el mismo año y en la misma editorial; la segunda edición fue la de Razaster de 1920.[6]

Al regresar de su exilio en El Paso tras la derrota de Villa, se muda con su familia a la Ciudad de México, donde trabajó como médico en un dispensario público. Las anécdotas de sus vecinos y pacientes del barrio bravo donde atendió le permitieron explorar otra realidad de la Ciudad de México y las consecuencias de la Revolución mexicana en el ámbito urbano. A esta etapa pertenecen las novelas Las moscas (1918) y Las tribulaciones de una familia decente (1918).[7]

El descubrimiento y la novela de la Revolución

Aunque Azuela había iniciado su carrera literaria varios años antes, es hasta 1924 que su nombre es “descubierto” en la famosa polémica literaria que se dio en las páginas de El Universal y de El Universal Ilustrado.[8] Sin embargo, su revaloración no fue casual: estaba enmarcado en una ola nacionalista que impulsó la cultura de la Revolución. Al término del movimiento armado, el gobierno buscó una manera de afianzar su prestigio, garantizar su permanencia y minimizar los levantamientos por la búsqueda del poder. Una de las principales estrategias fue la creación de un “nacionalismo cultural”, la cual tuvo cabida en todos los ámbitos de la cultura (los artísticos, los medios de comunicación masiva, el entretenimiento y la educación).[9]

Asimismo, el modelo de la novela de la Revolución fue bien aceptado entre el público a finales de los años veinte, debido a que se insertó en los principales temas de interés de los lectores: los asuntos de actualidad y la novela histórica. La oferta editorial previa al descubrimiento de Los de abajo también incluía biografías, libros de viaje, crónicas y reportajes, algunos con un marcado tono novelesco autobiográfico, sobre el movimiento armado o sobre temas históricos y políticos recientes.[10] Es probable que el experimental estilo de Los de abajo no le permitiera insertarse en los gustos del público acostumbrado a la tradicional novela histórica y a la biografía novelada; irónicamente, la mayor parte de las novelas de la Revolución retomaron estas propuestas estéticas, en parte por la campaña nacionalista que estimuló la producción literaria que promovía la “mexicanidad”.

La consolidación

Tras varios años de intentar que alguna de sus obras fuera conocida entre el público lector y el crítico, al final de su vida Azuela gozó de un prestigio inigualable. Fue miembro fundador del Seminario de Cultura Mexicana, y recibió el Premio de Literatura en 1942 por parte de la Sociedad Arte y Letras. El 15 de mayo de 1943 ingresó a El Colegio Nacional también como miembro fundador. Las conferencias que dictó se convirtieron más tarde en el libro Cien años de novela mexicana (1947). Recibió el Premio Nacional de Artes y Ciencias en 1949. Actualmente, sus restos se encuentran en la Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón Civil de Dolores en la Ciudad de México.[11] Gracias a una carta que le escribió su amigo José María González de Mendoza el 13 de octubre de 1950, sabemos que Azuela fue seleccionado para ocupar un sitio en la Academia Mexicana de la Lengua, cargo que rechazó.[12]

Textos originales y fragmentos de sus obras pueden encontrarse en las revistas culturales y literarias, seminarios y periódicos como Contemporáneos, Ulises, El Correo Literario, Kalendas, El Hombre, Ocios Literarios, Gaceta Cultural de México, Bandera de Provincias, Hoy, El Universal Ilustrado, El Nacional, El Mundo, El Imparcial, El Defensor del Pueblo, El Universal Gráfico, Nuestro México, El Universal y el Gil Blas Cómico. Su obra fue publicada principalmente por la Editorial Botas, y desde 1960, año en el que se editan sus Obras completas, Fondo de Cultura Económica está detrás de la difusión de Azuela.

mostrar Caracterización, la poética del autor

La novela de la Revolución

A poco más de cien años de la publicación de Los de abajo es difícil imaginar que, en sus inicios, esta obra no tuvo la repercusión que pensaríamos. Como sabemos, fue gracias a la polémica literaria de 1925 que la mayor parte de los lectores la conocieron y los críticos empezaron a hablar de ella. Es claro que la novela de la Revolución, por lo menos en México, aparecía como tema recurrente en las noticias, pero había pocas obras que la retomaran; por el contrario, en San Antonio y El Paso, los autores parecían más interesados en mostrar el movimiento armado. Lo más probable es que hubiera una crítica vedada en el territorio nacional que, aunada a los altos costos del papel, limitara la producción en los primeros años.[13]

La novela de la Revolución y Los de abajo son un parteaguas en la literatura mexicana, y para muchos, son inseparables, debido al impulso que le dio a la novela de la Revolución tras la oleada de textos que trataron de imitar la obra de Azuela. Los de abajo fue una de las primeras obras que se comercializó con la etiqueta “novela de la Revolución”, cuyo éxito se puede comprobar con la gran cantidad de ediciones nacionales (por ejemplo, el tiraje de la última edición de Fondo de Cultura Económica es de 4000 ejemplares), así como las tempranas traducciones a distintos idiomas: al francés, L'Ouragan, en 1929; al inglés con el título The Under Dogs, en 1929; una nueva versión al francés, Ceux d'en bas, con el conocido prólogo de Valery Larbaud, en 1930; al alemán, Die Rotte (1930); al yugoslavo, Oni Sa Dna (1933); al japonés, de 1932 a 1933; al portugués, Os Rebelados (1934); al checoslovaco, Demetrio (Tizdola), en 1935. A este listado debemos añadir las ediciones en español: la de Biblos de 1927 y la de Espasa-Calpe de 1930; en Argentina en 1928; y en Chile en 1930.[14]

Entre las líneas que modelaron la poética de la novela de la Revolución en Azuela, podemos destacar el desencanto y la crítica al movimiento revolucionario, con una fuerte influencia de la novela realista y naturalista de inspiración provinciana. Sus obras exponen el encuentro entre la civilización y la barbarie (como en Los de abajo), los antihéroes y las luchas sin sentido, la disputa entre las facciones políticas y la crítica a la ignorancia del pueblo. Los recursos más frecuentes son la utilización del habla popular y del estilo coloquial (el uso de diminutivos, de palabras altisonantes y de refranes), las narraciones sumamente descriptivas, la presencia de cuadros de costumbres, el ambiente rural y el estilo directo y dramático.

Las novelas vanguardistas

La trilogía de novelas vanguardistas comenzó en 1923 con La Malhora (1923), a la que siguieron El desquite (1925) y La luciérnaga (1932, aunque escrita en 1927); es decir, cuando la polémica literaria de El Universal estaba en su apogeo, Azuela ya había escrito dos de sus tres obras experimentales. Sin duda, el autor buscaba otro estilo que, quizá, le diera la oportunidad de tener el éxito que, hasta ese momento, no había tenido ninguna de sus obras previas: “cansado de ser autor solo conocido en mi casa, tomé la resolución valiente de dar una campanada, escribiendo con técnica moderna y de la última hora. Estudié con detenimiento esa técnica que consiste nada menos que en el truco ahora bien conocido de retorcer palabras y frases, oscurecer conceptos y expresiones, para obtener el efecto de la novedad”.[15] Esas técnicas eran el monólogo interior indirecto, la fragmentariedad, el flujo de conciencia, lo que enfatizaba la dicotomía entre la realidad y la fantasía.

Pese a su esfuerzo, la única que tuvo algún impacto fue La Malhora, pero principalmente en el extranjero: “El desquite en cambio no logró alcanzar ningún éxito ni dentro ni fuera de México, por lo que, con esa tenacidad que en opinión de algún crítico teatral caracteriza mis merecimientos de escritor, compuse en seguida otra: La luciérnaga”.[16] Es decir, aunque ya se hablaba de Azuela como escritor de la Revolución mexicana, su nombre no despuntó en la nómina de autores vanguardistas en la que intentaba ingresar.

Los nuevos caminos narrativos que buscó fueron azarosos, y el proceso de escritura inició, al igual que en Los de abajo, en las páginas de los periódicos y revistas. Por ejemplo, La luciérnaga tuvo cuatro fragmentos publicados antes de la primera edición (Madrid, 1932): el primero, publicado en el número 1 de la revista Ulises, en mayo de 1927; el segundo apareció en la revista Contemporáneos en agosto de 1928; ese mismo capítulo sería republicado en El Ilustrado en enero de 1929; el último también salió en Contemporáneos, en abril de 1930. La Malhora se publicó en la Imprenta y Encuadernación de Rosendo Terrazas en 1923, aunque también se publicaron algunos fragmentos en El Universal Ilustrado (8 de octubre de 1925) y en Contemporáneos (números 30, 31 y 32; noviembre de 1930 a enero de 1931). El desquite se editó por primera vez en La Novela Semanal, el 20 de junio de 1925, y, al igual que las dos tras dos novelas, se publicó un capítulo en El Universal Ilustrado, el 18 de febrero de 1925.[17]

De igual forma, La luciérnaga tuvo más impacto en los críticos que en los lectores comerciales, y se publicó en México hasta 1955.[18] Para este año, las obras de Azuela se publicaban principalmente en la Editorial Botas y tenían una buena distribución. La luciérnaga, por el contrario, “ha sido el mayor éxito literario que he tenido en mi vida, al mismo tiempo que el fracaso económico más rotundo. Editada por Espasa-Calpe en Madrid hace diecinueve años, cuando de mis obras anteriores a esa se han hecho varias ediciones, conforme a las notas que de la editorial he recibido, de dos mil ejemplares de que se compuso la edición quedan más de mil en almacén”.[19]

mostrar Recepción, la trayectoria intelectual y la poética del autor

De noviembre de 1924 a marzo de 1925 se difundió la famosa polémica literaria que rescató del olvido a Mariano Azuela gracias a Los de abajo, y sería el modelo de la mayoría de los narradores de la Revolución. Este fue el inicio del género literario que se conocería como “novela de la Revolución mexicana”, y que incluiría a autores como Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz, Agustín Yáñez y Nellie Campobello. La polémica inició el 20 de noviembre de 1924 en El Universal Ilustrado con un artículo titulado “La influencia de la Revolución en nuestra literatura”, firmado por José Corral Rigán (seudónimo de Febronio Ortega, Carlos Noriega Hope y Arqueles Vela).[20] La respuesta llegó el 20 de diciembre de 1924 de la pluma de Julio Jiménez Rueda, en el artículo “El afeminamiento en la literatura mexicana”, donde se quejaba de la ausencia de las cruentas batallas que se había librado unos años antes y de la virilidad de los escritores. El 25 de diciembre de 1924 en El Universal, Monterde contestaría a Jiménez Rueda con el texto “Existe una literatura mexicana viril”, donde se incluye la conocida frase que iniciaría el descubrimiento de Azuela: “Haciendo caso omiso de los poetas de calidad “no afeminados” que abundan y gozan de amplio prestigio fuera de la patria, podría señalar entre los novelistas apenas conocidos “y que merecen serlo” a Mariano Azuela. Quien busque el reflejo fiel de la hoguera de nuestras últimas revoluciones tiene que acudir a sus páginas”.[21] A partir de este momento, el nombre de Mariano Azuela se vería ligado a su gran novela, Los de abajo. De hecho, la mayor parte de la crítica se centra en esta novela; el resto de su obra ha sido, en comparación, escasamente estudiada.

A pesar de la cuantiosa cantidad de estudios en torno a Los de abajo y a la notoria ausencia de trabajos dedicados a otras novelas del autor, en las primeras décadas los estudios se dedicaron a repetir lo que se había dicho en la polémica de 1925: que la novela era mexicana porque hablaba de los temas que eran importantes para la opinión pública, que retrataba el “alma nacional” por medio de los personajes, y que las escenas eran fotografías de la realidad del movimiento armado. Pocos se aventuraron a decir que Azuela tenía una visión pesimista sobre los hechos y que no buscaba exaltar a nadie, más bien, criticar la postura ideológica de la Revolución. Manuel Pedro González, en 1951, dijo que Los de abajo “es una obra de filiación estética y no moralista ni filosófica”,[22] lo cual contradice a la misma obra. Antonio Castro Leal, quien en 1960 publicó su famosa antología La novela de la Revolución mexicana que incluye a Los de abajo, Los caciques y Las moscas, señalaba en la introducción que “es frecuente comparar los diversos episodios de Los de abajo, de Azuela, a una serie de fotografías instantáneas (snapashots) tomadas con la clásica Kodak, recuerdos gráficos, imprevistos e informales, de un grupo de campesinos que se lanza a la revolución, que se organiza y aumenta, que lucha, triunfa y perece”.[23] La breve valoración de Castro Leal destaca por la importancia que tiene la antología para el género: por más de 50 años se ha considerado la representación del canon de la novela de la Revolución, y la nómina de autores y obras que incluye han sido los más valorados por la crítica y el público en general.

En 1966, J. S. Brushwood publicó México en su novela, obra crítica fundamental para entender la literatura en México. En ella, el autor subrayó que “la única novela importante publicada antes de 1918 fue Los de abajo (1915), de Mariano Azuela, el mejor relato que se haya escrito de la Revolución popular”,[24] principalmente por el movimiento que se traduce de sus palabras y la vitalidad de la narración. El estudioso incluye en su análisis las novelas Las moscas (1918), Andrés Pérez, maderista (1911), Mala yerba (1909) y La Malhora (1923), y concluye que “Mariano Azuela el más importante de los novelistas  de este periodo y durante muchos años después, estaba aún más apartado que Frías del orden establecido que se venía abajo”.[25]

La novela de la Revolución mexicana de Adalbert Dessau es el primer trabajo monográfico sobre el tema, y fue publicado tan solo un año después del de Brushwood (1967). Es, además, uno de los primeros estudios que reflexiona sobre la veracidad del género y los enfoques que han tenido los críticos desde sus inicios. Dessau incluye varios apartados sobre la obra de Azuela: “Juventud y primeras tentativas literarias de Mariano Azuela”, “Los trabajos literarios antes de estallar la revolución”, “Las primeras novelas de la Revolución”, “Los de abajo”, “El final del ciclo revolucionario” y “El ciclo posrevolucionario”. A lo largo de los seis capítulos, el crítico analiza la conformación de la obra de Azuela a partir de momentos históricos y personales del escritor de Lagos, puntualizando el trabajo creativo y la diversidad literaria de Azuela.

Además del impecable trabajo archivístico y crítico de Luis Leal, uno de los principales investigadores de la vida y la obra de Azuela es Víctor Díaz Arciniega, quien, en la introducción a la nueva edición de Los de abajo de Fondo de Cultura Económica, aclara que “el problema de la aceptación de Los de abajo tiene que ver con estas características históricas y políticas, tan estrechamente trabadas dentro de la ficción novelesca. Si en 1915 sus cualidades narrativas resultaron excesivamente innovadoras para el común de los lectores, no menos conflictivos fueron los aspectos políticos o ideológicos”.[26] Cabe destacar que, si bien el estudio retoma la obra más analizada de Azuela, el resultado es novedoso y alentador y está dividido en cuatro partes: “La trama biográfica”, “La novela verosímil”, “Marcas del realismo” y “Para volver al origen”. A lo largo del texto, se encuentra una detallada historia textual, enfocada principalmente a las motivaciones del escritor, aspectos por demás interesantes para los filólogos, así como también un completo estado de la cuestión de los trabajos en torno a Los de abajo y un análisis de la novela.  

Para finalizar, en 2017 vio la luz un libro que busca proponer nuevos caminos críticos al nutrido acervo de trabajos que han versado en torno a la figura del notable escritor: Mariano Azuela y la literatura de la Revolución Mexicana, editado por Rafael Olea Franco.[27] En él, se encuentra puntuales análisis de Los de abajo, María Luisa, Andrés Pérez, maderista, La luciérnaga, así como su diálogo con el maderismo y otros autores de la literatura de la Revolución. Sin duda, es un estudio que amplía las vertientes críticas de la obra de Azuela, las cuales, a lo largo de cien años desde su publicación original, aunque han producido grandes hallazgos, en ocasiones se han dedicado a repetir las impresiones de los críticos más renombrados.

Como se puede ver, los críticos de Azuela se han detenido reiteradamente en Los de abajo, y en pocas ocasiones se ha tenido la oportunidad de leer análisis de alguna obra más de su amplia producción. Cabe destacar el trabajo crítico de Sergio López Mena, quien se ha dedicado a las obras menos conocidas de Azuela: el teatro (en la que destaca la adaptación teatral de Los de abajo),[28] y la primera narrativa.[29] También podemos incluir a Eliud Martínez, reconocido investigador de la etapa vanguardista.[30] Sin duda, Los de abajo es la obra representativa de la trayectoria literaria de Azuela, y gracias a ella se motivó la lectura de sus otros trabajos, principalmente las que corresponden a su etapa experimental. Además de las traducciones de Los de abajo, también encontramos la traducción al francés de Mala Yerba (Mauvaise Graine, 1933),[31] así como al inglés (Marcela. A mexican love story; 1932), y Two Novels of Mexico: The Flies and The Bosses (Las moscas y Los caciques, 1956).[32]

Para conmemorar el trabajo de Azuela, su ciudad natal ha creado el “Premio Nacional de Narrativa, Mariano Azuela”, para los Juegos Florales Nacionales de Lagos de Moreno.

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mostrar Enlaces externos

Centro de información, El Colegio Nacional, (consultado el 30 de marzo de 2017). [En este enlace se pueden consultar el catálogo del acervo relacionado con Mariano Azuela en El Colegio Nacional].

Estudios sobre Mariano Azuela, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, (consultado el 13 de febrero de 2017).

Hemeroteca Nacional Digital de México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, Hemeroteca Nacional, (consultado el 6 de abril de 2017). [En este enlace se puede consultar el semanario Gil Blas Cómico].

Primera edición de Los de abajo, The Portal to Texas History, (consultado el 5 de septiembre de 2016).

Primera edición de María Luisa, Universidad Autónoma de Nuevo León, (consultado el 3 de abril de 2017).  

Ángel Muñoz Fernández
1995 / 24 oct 2018 14:37

Nació en Lagos de Moreno, Jalisco, en 1873, y murió en la Ciudad de México en 1952. Médico. Ocupó algunos cargos políticos y participó en la Revolución con las fuerzas villistas. Obtuvo el Premio de Literatura (1942) y el Premio Nacional de Artes y Ciencias.

Nota: Este autor no fue tomado en cuenta hasta que Francisco Monterde, en 1925, proclamó Los de abajo como la mejor novela de la Revolución mexicana. En la primera edición de Las moscas se incluyó Domitilo quiere ser diputado y Cómo al fin lloró Juan Pablo. En 1958-1960 se publicaron tres tomos de sus obras completas.

Alejandro Ortiz Bulle-Goyri
2007 / 03 ago 2017 18:53

Nació en Lagos de Moreno, Jalisco, en 1873, y murió en la Ciudad de México en 1952. En 1896 escribió para un periódico de la capital, Impresiones de un estudiante, con lo que inició su carrera en las letras. En 1907 publicó su primera novela, María Luisa; posteriormente aparecen Los fracasados (1908), Mala Yerba (1909), Andrés Pérez, maderista (1911), Los de abajo (1915), Esa sangre (1956) y otras más. Obra dramática: Los de abajo (versión teatral 1938); Los caciques o del llano Hnos. S en C. (1938); El búho en la noche (1938); El insurgente Pedro Moreno (versión teatral, estrenada en 1951).

José Luis Martínez
1995 / 20 ago 2018 10:56

Con una obra clásica de nuestra literatura moderna, Los de abajo (1916), Mariano Azuela (1873-1952) inicia la novela de la Revolución. Ésta y sus otras novelas forman parte de una extensa obra, importante y poco estudiada en conjunto.

Originario de Lagos de Moreno, en la región jalisciense de Los Altos, Azuela va a Guadalajara a cursar la preparatoria y la carrera de medicina. Desde 1896 comienza a publicar "Impresiones de un estudiante", en el Gil Blas Cómico de la ciudad de México, y obtiene algunos triunfos en juegos florales y concursos. En su pueblo natal, con un grupo de escritores laguenses, publica la revista Kalendas (1904-1907) y la recopilación de Ocios literarios (1905).

En el curso de su larga vida, Azuela publicará 23 novelas, que van siguiendo las etapas de su vida y de la historia de México durante medio siglo, y que pueden agruparse como sigue:

I. Primeras novelas: Maria Luisa (1907), Los fracasados (1908), Mala yerba (1909), Sin amor (1912).

II. De la Revolución: Andrés Pérez, maderista (1911), Los de abajo (1916), Los caciques (1917), Las tribulaciones de una familia decente (1918), Las moscas (1918), Domitilo quiere ser diputado (1918).

III. Intentos vanguardistas: La malhora (1923), El desquite (1925), La luciérnaga (1932).

IV. La nueva sociedad: El camarada Pantoja (1937), San Gabriel de Valdivia, comunidad indígena (1938), Regina Landa (1939), Avanzada (1940), Nueva burguesía (1941).

V. Últimas novelas y póstumas: La marchanta (1944), La mujer domada (1946), Sendas perdidas (1949), La maldición (1953) y Esa sangre (1956).

En Lagos de Moreno, Mariano Azuela publica su primera novela, María Luisa (1907), que relata los amores de un estudiante de medicina en Guadalajara, la seducción de María Luisa, y la caída y aniquilamiento de la linda muchacha.

De la Guadalajara estudiantil, Azuela vuelve al pueblo para trazar, en Los fracasados (1908), su primera novela extensa: un cuadro satírico de las pugnas políticas de los pequeños poblados. "Católicos de Pedro el Ermitaño/ y jacobinos de época terciaria", como diría López Velarde. La trama de los amores del joven e idealista licenciado Reséndez y Consuelo se inicia bien, pero se resuelve débilmente.

Mala yerba (1909), novela muy movida e interesante, narra la vida en las haciendas, los abusos de los hacendados y la miseria de los peones. Marcela, la ambiciosa "mala yerba", es un personaje notable, y la carrera de caballos está contada con maestría. Julián Andrade, el hacendado prepotente de esta novela, va a reaparecer en Esa sangre (1956), la última de las novelas póstumas de Azuela. Su autor explica ("El novelista y su ambiente", en Obras completas, t. iii, p. 1110) que así como en otras novelas quiso mostrar la evolución del peón vuelto amo, en ésta se ocupó del antiguo amo vuelto peón, empobrecido y embrutecido por el alcohol y el resentimiento.

Desde otra perspectiva, Mala yerba parece la prefiguración del género cinematográfico que llamamos "de rancheros", pues tiene todos los elementos esenciales que se fijaron, años más tarde en la película iniciadora del género, Allá en el rancho grande (1936), de Fernando de Fuentes, con fotografía de Gabriel Figueroa. Sin embargo, la novela de Azuela no tiene la exaltación convencional de la vida idílica del rancho. Mala yerba también se hizo película, en 1940, dirigida por Gabriel Soria, con Arturo de Córdova, Lupita Gallardo, René Cardona, Stella Inda, Pedro Armendáriz y Miguel Inclán, y con música de Silvestre Revueltas. Al doctor Azuela le desagradó la deformación que se hizo de su novela (Obras completas, t. iii, pp. 1157-1161).

Sin amor (1912), la última del primer grupo de novelas, es mediocre. Narra la historia, en un pueblo jalisciense, de una mujer pobre y ambiciosa, que logra que su hija case con el rico del pueblo. El mundo frívolo y femenino recuerda el de las novelas de Jane Austen. La conclusión de Azuela es pesimista: ni la educación ni la riqueza dan la felicidad.

El ciclo que Azuela dedica a la Revolución mexicana se inicia con Andrés Pérez, maderista (1911). Es una novela corta, ligera y desganada, que parece no tomar en serio la revolución maderista. Pero debe tenerse en cuenta que, en la fecha de su publicación, 1911, este movimiento y sus consecuencias apenas se iniciaban.

Durante el breve gobierno de Francisco I. Madero, el doctor Azuela había sido jefe político de su pueblo, Lagos de Moreno, y a la caída de este gobierno "no teníamos más perspectiva –dice– que la de incorporarnos con el primer grupo rebelde que se acercara" ("El novelista y su ambiente", en Obras completas, t. iii, p. 1078). En octubre de 1914, en Irapuato, se convirtió en jefe del servicio médico, con el grado de teniente coronel, de las tropas de Julián Medina, un ranchero jalisciense que pertenecía a la facción villista. Por entonces ya habían ocurrido la toma de Zacatecas (23 de junio de 1914) y la Convención de Aguascalientes (octubre de 1914) que desconoció al gobierno provisional de Venustiano Carranza. Los villistas iban de derrota en derrota, vencidos por las fuerzas de Carranza y Obregón. Azuela, como médico de la tropa, recibió el encargo de salvar al coronel zacatecano Manuel Caloca, herido gravemente en combate en San Pedro Tlaquepaque. Cruzaron los cañones de Juchipila para llegar a Aguascalientes, donde el doctor Azuela operó a Caloca, y continuaron hacia Chihuahua. Volvió Azuela a Guadalajara y, cuando se acercaron los carrancistas, se dirigió a El Paso, Texas (noviembre de 1915), donde concluyó la redacción de Los de abajo.

Estas experiencias propiamente revolucionarias en algo más de un año, y los hombres y mujeres que entonces trató, especialmente Julián Medina y Manuel Caloca, van a darle la materia viva sobre la que trazará su novela. En la conferencia que dio Azuela en El Colegio Nacional, en 1945 ("El novelista y su ambiente. Los de abajo", en Obras completas, t. iii, pp. 1077-1099), explicó minuciosamente la elaboración de su obra y los sucesos, ambientes y personajes reales que fueron su apoyo.

En sus novelas anteriores y posteriores a Los de abajo, Azuela mostró ser un observador crítico y en ocasiones mordaz del México de aquellos años, y un novelista diestro en la creación de personajes y en el registro de escenarios y lenguajes característicos. Pero la superioridad de Los de abajo es abrumadora. Es una obra maestra por la rara conjunción de sobriedad e intensidad; por la fuerza épica de sus personajes; por la variedad de sus registros, y aun por su diagnóstico y su mensaje desoladores respecto a la Revolución.

Su trama es sencilla. Demetrio Macías, un ranchero jalisciense que cultiva la tierra en Limón, en el cañón de Juchipila, tuvo un choque con don Mónico, el cacique de la región, quien toma venganza por medio de los soldados federales huertistas acusándolo de maderista y quemando su jacal. Demetrio junta a algunos de sus amigos y vecinos y se "levanta en armas" contra los federales. Su único móvil es defensivo contra las injusticias y la amenaza de la "leva". Triunfa en su primera escaramuza pero queda herido. Las mujeres de una ranchería lo protegen, y Camila lo cuida. Aparece allí el "curro", Luis Cervantes, un estudiante de medicina que cura a Demetrio y tiene ideas respecto al sentido justiciero de la Revolución: La revolución –le explica Cervantes– beneficia al pobre, al ignorante, al que toda su vida ha sido esclavo, a los infelices que ni siquiera saben que si lo son es porque el rico convierte en oro las lágrimas, el sudor y la sangre de los pobres. (Obras completas, t. i, p. vii).

El curro Cervantes y, al final de la novela, el poeta Valderrama son las voces reflexivas, el coro, que va recordando a los héroes el sentido de las cosas; pero el primero es también el corruptor, el promotor de la ambición y la codicia, y será el único que saque provecho de la lucha.

Restablecido, Demetrio y su hueste continúan sus éxitos como guerrilleros, se unen a la gente de Julián Medina y participan con audacia en la toma de Zacatecas por los ejércitos villistas. Así concluye la primera parte de la novela.

Demetrio es ascendido a general y celebrado por sus hazañas. En la segunda parte se relatan las maniobras políticas, los preparativos de la Convención de Aguascalientes y la barbarie de los revolucionarios, los saqueos de las casas de los ricos, la destrucción de bienes y la búsqueda de oro. Hay una escena (Obras completas, t. ii, p. vii) de brutalidad impresionante: la Pintada mete una soberbia yegua negra a la sala de una casa rica en la que se embriagan los revolucionarios triunfantes, y el Güero Margarito anuncia que va a matarse con "un tiro en la merita frente", y dispara a su imagen reflejada en un gran espejo.

Demetrio decide volver a Moyahua, donde hace quemar la casa del viejo cacique don Mónico –como los federales habían quemado su jacal– y va a la ranchería donde se había restablecido en busca de Camila.

Mientras tanto, la Convención desconoce a Carranza; Villa es derrotado en Celaya, y los villistas inician la desbandada, perseguidos por carrancistas y obregonistas. Demetrio decide volver a su rancho de la región de Juchipila. Encuentra a su mujer, después de dos años de ausencia, envejecida. Y cuando quiere abrazar a su pequeño hijo, éste, "muy asustado, se refugió en el regazo de su madre", como en los adioses de Héctor y Andrómaca, en la Iliada. Ella tiene la esperanza de que Demetrio se quede con ellos, pero él ha caído en el vértigo de la Revolución, y, como la piedrecita que arroja al fondo del cañón, "ya no se para". Con sus hombres se interna en el barranco, los enemigos los cazan con ametralladoras: "Y al pie de una resquebrajadura enorme y suntuosa como pórtico de vieja catedral, Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el cañón de su fusil". Como en "La trinchera" que pintó José Clemente Orozco.

Azuela se sirve con eficacia en Los de abajo de varios registros de lenguaje, el del narrador, neutro e impasible aunque con toques de entusiasmo lírico en las descripciones de la naturaleza, y el de cada uno de sus personajes, según su índole y procedencia, bien caracterizados. Los refranes son escasos y se recuerdan algunas hermosas canciones. Valery Larbaud escribió un elogio del estilo de Azuela:

Leyendo las escenas de pillaje y asesinato de Los de abajo, me he sorprendido a punto de reanimar en mi imaginación los capítulos xxxi-xxxiv del Libro iii de las Historias en donde describe Tácito la toma y saqueo de Cremona. El mismo aparente desinterés, la misma claridad impasible en el relato de las atrocidades; solamente que, con Azuela, vemos más cercano el detalle de la acción y alejados los grandes conjuntos, los grandes personajes. Estamos entre Los de abajo. ¿Pero quién podría asegurar que Demetrio Macías no perdurará en nuestra memoria tan largamente como Antonius Primus?[1]

El héroe, Demetrio Macías, es un indígena sobrio, valiente, honesto, con algo de la reciedumbre del Cid. En la composición de Los de abajo se ha señalado "la recurrencia que desemboca en la circularidad" (Mónica Mansour, en edición crítica, 1988), sobre todo en el principio y el fin de la novela. Y José Joaquín Blanco subraya: "Esta audacia para asumir la vulgaridad, el tremendismo, la caricatura, el mal gusto, el feísmo permite la presencia de la muchedumbre" (Mariano Azuela: una crítica de la Revolución mexicana, México, inah, Cuaderno de Trabajo, 1982).

Por otra parte, es notable el sentido plástico en la composición de las escenas de la novela, lo mismo en los agrestes exteriores, como el que concluye Los de abajo, antes citado, que en los interiores, ya sean éstos las chozas humildes o los salones de las casas ricas. Esto explica las adaptaciones que se han hecho para el teatro y el cine. José Luis Ituarte hizo una primera escenificación teatral de Los de abajo, estrenada en 1929, bajo la dirección de Antonieta Rivas Mercado; y en 1938, el autor compuso su propia adaptación, representada por la compañía de Víctor Moya que, aunque fue premiada, no agradó a don Mariano (Obras completas, t. iii, pp. 1150-1151). Y hubo también una versión cinematográfica, dirigida por Chano Urueta en 1940, con música de Silvestre Revueltas, fotografía de Gabriel Figueroa, y la actuación de Miguel Ángel Ferriz (Demetrio Macías), Domingo Soler (Anastasio), Carlos López Moctezuma, Esther Fernández (Camila), Isabela Corona (la Pintada) y otros. Mariano Azuela celebró su interpretación: "Ninguna de mis novelas –escribió– me ha dado la satisfacción y el regocijo que Los de abajo en la pantalla" ("El novelista y su ambiente. Mi experiencia en el cine y el teatro", en Obras completas, t. iii, pp. 1163-1166).

Además de las ediciones populares y en las Obras completas (1958) de Los de abajo, del Fondo de Cultura Económica, la misma editorial ha hecho una edición especial, con las ilustraciones de José Clemente Orozco, y un apéndice documental (1983). En la colección Archivos hay una edición crítica (1988), coordinada por Jorge Ruffinelli, con estudios de Carlos Fuentes, Luis Leal, Mónica Mansour, Seymour Menton y Stanley L. Robe. Y en Cátedra (Letras Hispánicas, Madrid, 1985) hay una edición con un estudio de Marta Portal.

Aun dentro del ciclo temático de la Revolución, Azuela escribirá cuatro novelas más. Los caciques (1917), contracara que justifica la rebelión de "los de abajo", describe, con cierto esquematismo e ingenuidad, las astucias y triquiñuelas de los señores Del Llano para enriquecerse y controlar el poder, "con el antifaz de la religión".

Mucho más interesantes son Las tribulaciones de una familia decente (1918). Acosadas, desposeídas y empobrecidas por revueltas y contrarrevueltas, con los ferrocarriles tomados por las facciones, las familias del centro y del norte del país emigran a la ciudad de México. Desastre tras desastre, engañados por todos y arruinados por la anulación de los "bilimbiques", los "desterrados", las "provincianas mártires" que compadeció López Velarde, y sus padres y hermanos, enfermos de vanidad y de decencia, padecen sin esperanza la confusión y la miseria en el "año del hambre". Azuela describe en esta novela con humor ácido la entrada de Villa y Carranza en la ciudad de México; y con ferocidad, la inmoralidad y atropellos de los carrancistas. La exaltación del trabajo redentor que afronta la realidad y sepulta las ilusiones, con que concluye la novela, es una prédica algo artificial, pero entrañable en su autor.

A propósito del "sufrimiento modelador de caracteres", personificado en el Procopio de Las tribulaciones, el doctor Azuela hizo reflexiones interesantes:

Yo creo –dice– que el error más craso de algunos viejos revolucionarios ha consistido en asesinar lo mejor que había en ellos, en olvidar su humilde origen, sus hábitos morigerados por la pobreza y muchas veces por la miseria y dejarse seducir por el miraje del poder y del dinero. Los que propalan como doctrina de salvación para nuestro pueblo la creación de necesidades que él no tiene, hacen más daño que todas las revoluciones juntas [...] Seguramente nuestros males automáticamente desaparecerían sin llanto, ni sangre, si los hombres nos contentáramos con una vida sencilla, sin complicaciones ni despilfarros.[2]

Por otra parte, en Las tribulaciones, su autor abandona el lenguaje popular de Mala yerba y Los de abajo por otro literario convencional.

Las moscas (1918), como una variante de Las tribulaciones, ofrece otra imagen de la desbandada. Ahora describe a la gente de Irapuato, después de la derrota de Villa, que como moscas espantadas, huye hacia la ciudad de México atemorizada por los carrancistas. Un pasaje da idea de su desesperación y confusión:

Haber soportado el tormento de pasar de un gran gobierno a la tragicomedia de Madero y luego de otro gobierno fuerte y honesto a esta cafrería. Con todo, algo hemos ganado. ¿No ha pensado el señor Ríos en sus horas amargas de desesperanza que nuestro estoicismo nos ha hecho crecer? ¿Que algo superior a nosotros mismos se nos ha revelado en nuestra serena actitud?

Al final de este grupo, Domitilo quiere ser diputado (1918) es una sátira de las ambiciones políticas de los nuevos revolucionarios.

Diez novelas había publicado Azuela, y seguía en el anonimato:

Cansado –dice– de ser autor sólo conocido en mi casa, tomé la resolución valiente de dar una campanada, escribiendo con técnica moderna y de la última hora. Estudié con detenimiento esa técnica que consiste nada menos que en el truco ahora bien conocido de retorcer palabras y frases, oscurecer conceptos y expresiones, para obtener el efecto de la novedad.[3]

Esto ocurría por los años de 1921 y 1922 y aún no se descubría literariamente Los de abajo, lo que cambiaría radicalmente la situación del novelista Mariano Azuela.

Lo curioso es que esta "técnica moderna" que intentaría Azuela era la del estridentismo mexicano, moda de poca sustancia literaria. En la narrativa consistía, como resume Enrique Anderson Ímbert, en "Imágenes 'dada', objetos futuristas, hermetismo de símbolos engarabitados, estilo antilógico, expresionismo, monólogos oscuros..." (Historias de la literatura hispanoamericana, México, fce, 2a. ed., 1957, cap. xi).

Las tres novelas vanguardistas de Azuela, La malhora (1923), El desquite (1925) y La luciérnaga (1932), tienen en común los barrios miserables de la ciudad de México. La malhora es un relato rápido, nervioso sobre el bajo mundo de las pulquerías. Neorrealismo urbano. He aquí una muestra de cómo entendía Azuela la nueva narrativa:

Esposas, mordazas, resortes de acero en la nuca invertida. Hierro, frío, carne, huesos, todo una. Enfrente el de los cabellos crispados con una cabellera de sangre líquida en la punta de su cuchillo. Ella también; sí, ella con sus dientes de porcelana y su risa de loba. ¡Ella!... Y no poder estrangularla siquiera...

Valery Larbaud decía, en 1930, que dentro de la obra de Azuela, "no titubeo en decir que prefiero La malhora".

En El desquite, Azuela exagera el descoyuntamiento de la narración que se vuelve confusa.

La luciérnaga, para mi gusto la mejor novela de este grupo, narra la vida angustiosa de la posrevolución en que los fuereños caen en todas las trampas de los marrulleros de la ciudad de México. En un ambiente cruel y sórdido hay un personaje magistralmente retratado, el avaro José María. Pero también hay una pequeña luz, la generosidad de Conchita, la Luciérnaga. El doctor Azuela no se olvidaba de su profesión y en esta novela exagera el uso de innecesarios términos médicos: ambliopía, daltonismo, criptostesia, caquéctico, radífera, hiperacústicos.

Después del descubrimiento de Los de abajo, en 1924, y del prestigio que adquiere su autor como novelista, y pasado asimismo el sarampión vanguardista, Azuela prosigue trazando su crónica novelesca de la vida mexicana. El camarada Pantoja (1937), en la época de Calles, cuenta el ascenso de Catarino Pantoja quien se convierte en esbirro de la persecución religiosa. La novela es una denuncia feroz de los crímenes del callismo y una caricatura del obrero que aprende a ser asesino, se hace diputado y se aburguesa. Además de la trama principal, hay una pintoresca descripción de la quema de Judas, el sábado de Gloria, en la ciudad de México; una narración sin relieve del fusilamiento de Segura Vilches y del Padre Pro, y un relato de iracundo patetismo, de la captura de un ingeniero y un cura, detenidos por "reaccionarios". El final de la novela es apresurado. Azuela refiere cuánto le impresionaron los "asesinatos en frío que culminaron con los del Padre Pro, del general Serrano, y de multitud de católicos y políticos desafectos al régimen de Plutarco Elías Calles", de su intento para dar "un trasunto fiel de aquellos años de pesadilla", y de los trabajos que pasó para superar su horror y dar alguna congruencia a su testimonio ("El novelista y su ambiente", en Obras completas, t. iii, p. 1101).

La novela siguiente, San Gabriel de Valdivia, comunidad indígena (1938), relata una historia abigarrada de incidentes. En la época callista y de los cristeros, Ciriaco, convertido en maestro rural, vuelve a su pueblo, al que el progreso le ha traído un camino y está por concluir una presa. El cacique-hacendado sigue dominando, pero aparece otro cacique, el líder agrario y diputado Saturnino. Ciriaco riñe y se rebela contra ambos y acaba yéndose al cerro donde se une con una partida de cristeros. Juntos, acaban con los dos caciques, el viejo hacendado y el nuevo agrarista, y vuelve la felicidad al pueblo. Fábula inverosímil.

Regina Landa (1939) pasa al sexenio cardenista y al pequeño mundo de la burocracia de estos años, con reuniones de intelectuales izquierdizantes. Regina es un personaje íntegro y valeroso y la novela cuenta su dura lucha para abrirse camino con independencia.

Avanzada (1940) recoge la historia de una especie de agrónomo, que vuelve de Estados Unidos y de Canadá, dispuesto a modernizar la agricultura de sus tierras. Lo logra, pero aparecen los agraristas que lo despojan de todo. Reformador invencible, se convierte en peón de una zafra en un ingenio veracruzano y en un iluminado que intenta vencer el odio y la corrupción, con inteligencia y amor. Lo matan. Avanzada es una novela fluida y bien estructurada. Mariano Azuela ha impreso en ella con fuerza su odio contra los abusos y la podredumbre del agrarismo y del sindicalismo del periodo cardenista, que ha pintado con ferocidad. El trabajo en los ingenios azucareros está descrito con maestría.

A pesar de su nombre, Nueva burguesía (1941) describe el mundo del proletariado ferrocarrilero y obrero, y el ambiente peculiar de las vecindades de Nonoalco –donde vivía el doctor Azuela–, al fin del periodo cardenista. Hay una descripción bien lograda de la sonada manifestación almazanista y de la contramanifestación en favor de Ávila Camacho, que organizó el gobierno de Cárdenas. Más que una novela, Nueva burguesía es un conjunto de historias "de género", muchas de ellas con finales trágicos y con un vivo sentido de humanidad y comprensión para este sector de la ciudad de México.

Las cinco últimas novelas que escribe Azuela al finalizar su vida, La marchanta (1944), La mujer domada (1946), Sendas perdidas (1949), La maldición (1953) y Esa sangre (1956), póstumas las dos últimas, son variaciones de los temas que antes ha desarrollado. Ha aprendido algunos recursos técnicos, ha aumentado su pesimismo y, en ocasiones, se ha dejado ganar por la truculencia folletinesca.

La marchanta es la historia de Fernanda, hija de una puestera o marchanta humilde del barrio de Tlatelolco y de sus amores con Santiago, otro desvalido. Logran ascender, pero él se enamora de una cancionera; ambos son derrotados en la vida y ella vuelve al antiguo puesto de su madre. Novela bien llevada y desoladora es su pesimismo. Diríase que su lección es que es inútil que los humildes progresen porque, tarde o temprano, volverán a su miseria.

La mujer domada se inicia con el mundo de los estudiantes nicolaítas de Morelia y es la historia de Serafina o Pinita, muchacha humilde movida por gran ambición. Quiere superar su condición por el camino del estudio, aunque tiene pocos alcances. Viene a la ciudad de México a estudiar leyes. Vive miserablemente en ambientes sórdidos, aunque su bovarismo la lleva a imaginar y fingir progreso. La realidad la aplasta y vuelve a Morelia, a su casa humilde, y encuentra allí la felicidad. Pinita se doma a sí misma o es domada por la fuerza de los hechos. No hay esperanza de superación y, según el novelista, la felicidad sólo se encuentra en la aceptación del destino. En pasajes de esta novela puede advertirse el uso eficaz de técnica contrapuntística en el relato, que procede probablemente de la novela inglesa y estadunidense:

De pronto se encontró hincada de rodillas ante la barandilla en el templo de la Enseñanza. Oro viejo a profusión en los altares, sordo murmullo de rezos, la tos carraspienta de una anciana y soledad monástica. "Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu... con treinta pesos al mes de menos y sin un centavo de ahorros... El pan nuestro de cada día dánoslo hoy y perdónanos... hay que ir a la casa de asistencia de Jesús Carranza y Matamoros... muy decente por treinta mensuales... gastos menores con el producto de mis copias... Hágase Señor, tu voluntad, así en la tierra como en el cielo... Ocho pesos por copia... y después veremos... Dios te salve, María, llena eres de gracia... Adelantar un mes cuando menos, empeñando la Corona de Chavira... Requiem aeternam dona eis domine..."

Sendas perdidas (1949) vuelve al mundo de las fábricas del barrio de Santiago-Tlatelolco para narrar la historia de un obrero, mecánico competente, que arruina su vida con su pasión por una cancionera, como en La marchanta. La cabaretera está pintada según el estereotipo que ha fijado Azuela: frívola, ignorante e irredenta. Sendas perdidas es un mediocre folletín de truculencia gratuita.

La maldición (1955), póstuma, cuenta la historia de una familia de Celaya que viene a México después de que ha sido despojada de su hacienda por los agraristas del cardenismo. El hijo Rodolfo, gracias a su simpatía y su habilidad, se abre paso en la burocracia. Aprende el arte de las "buscas" y acaba convertido en un próspero estafador. Su hermana Malena se prostituye y enriquece. Sin piedad, el novelista los va hundiendo en fracasos y miserias, para que se cumpla la maldición que, al salir del pueblo, les lanzó su tío, quien les anunció que en la ciudad de México podrían hacerse ricos pero que la alegría y la paz de su alma la perderían para siempre. Otro folletín truculento.

Esa sangre (1956), también póstuma y la última de las novelas de Azuela, retoma a Julián Andrade, el hacendado asesino que en Mala yerba huye. Se hace villista, deserta, el agrarismo le quita sus tierras, se dedica a amansar potros y llega a Argentina. Vuelve a México y sueña con recuperar su antigua hacienda, San Pedro de las Gallinas. Este retorno a la tierra y la conversación con un ranchero que le cuenta historias viejas y nuevas, y con su hija Marcela, que le recuerda a su madre, es una página espléndida (caps. vi y vii), por su emoción y su eficacia narrativa. Otras páginas notables son las que describen el coleadero que interrumpe borracho el viejo Andrade (caps. xxii-xxiv). Como en otras novelas, el antiguo hacendado, miserable y embrutecido, va de tropiezo en tropiezo hasta el fin. Él, su hermana protectora y el líder perverso que lo humilló, todos mueren.

Cuando Azuela inicia su carrera como narrador, brillaban tres novelistas mexicanos. José López-Portillo y Rojas ya había publicado La parcela (1898) y Novelas cortas (1900); Federico Gamboa, Suprema ley (1896) y Santa (1913), y Rafael Delgado, La calandria (1890) y Los parientes ricos (1903); y al mismo tiempo, todos leían a los maestros del realismo español y del naturalismo francés. Azuela, buen lector, conoció las obras de mexicanos y europeos, y acerca de cada uno de ellos, en sus conferencias de El Colegio Nacional, dejó constancia razonada de sus objeciones y sus entusiasmos, con la precisión del que conoce el oficio y aún con cierta aspereza para los novelistas que lo antecedieron. Al mismo tiempo, comenzó a buscar su propio camino: el verismo de los personajes y de su peculiar lenguaje, la congruencia o psicología de sus caracteres, la exactitud de la descripción de los ambientes y el interés narrativo de la historia que cuenta.

Por otra parte, cada una de sus novelas extensas y cortas será un trasunto de las experiencias que la vida fue ofreciéndole, y por ello, un testimonio de la vida mexicana desde principios de nuestro siglo hasta los años cuarenta: la prerrevolución, la revolución maderista de 1910 y sus prolongaciones: el carrancismo, el villismo, el obregonismo, el callismo y el cardenismo.

Además de su interés narrativo, las 23 novelas que escribió el doctor Azuela forman una crónica sistemática de la evolución de la vida mexicana en el periodo señalado. No son muchos los sistemas novelescos de esta naturaleza en la historia de nuestras letras. Antes del de Azuela, pueden considerarse los de Manuel Payno, en Los bandidos de Río Fríoy los de José Tomás de Cuéllar, en La linterna mágica, y después de él, las obras articuladas de Agustín Yáñez, el panorama novelesco de Luis Spota y las que en nuestros días escribe Carlos Fuentes, todos ellos de ascendencia balzaciana.

Las de Azuela expresan las tensiones sociales y recrean los personajes característicos de cada etapa aunque limitándose a ciertos sectores: los campesinos, amos y peones; y los obreros, oficinistas y el proletariado urbano; tangencialmente, se ocupó algunas veces de los estudiantes. Se concentró también en ciertos escenarios: los pueblos y rancherías de las regiones alteña jalisciense, aguascalentense y zacatecana; los barrios populares de Guadalajara, Morelia, y Querétaro; pueblos anónimos de Veracruz y Oaxaca; y en la ciudad de México, sobre todo los barrios populares de Santiago-Tlatelolco, donde vivió el autor como médico de "venéreas", y el antiguo barrio estudiantil y de oficinas públicas del centro de la ciudad.

Los dramas y conflictos mejor desarrollados en las novelas de Azuela son los de la mujer "caída" que rueda sin esperanza hasta el aniquilamiento, salvo que tenga el temple de Regina Landa; las familias acomodadas de provincia –las "desterradas" de los poemas de López Velarde–, que huyen de la Revolución y sufren tribulaciones en la ciudad; los peones que la Revolución convierte en amos, verdugos y caciques, y los antiguos amos vueltos siervos y que no encuentran salida; la pasión por mujeres de mal vivir, cabareteras y cancioneras, que arruinan a los incautos; el mundo sórdido de las pulquerías; las revoluciones y los movimientos que les siguen, que desatan la insensibilidad moral y el latrocinio. Una visión, pues, hondamente pesimista de la vida.

Azuela describió muy bien la miseria, el primitivismo de las pasiones, el odio, la crueldad, la ambición, el sacrificio generoso, el amor y la ternura. Sin embargo, en estos últimos, no toca nunca sus rasgos eróticos. Se detiene siempre en el umbral de las carnalidades, como si no existieran, y sólo vagamente las implica. Tampoco consiente las caricias en su mundo novelesco. Cuando alguno de sus galanes atreve un tacto o un beso, la reacción es siempre la bofetada y el insulto de la ofendida. Rehúye también de las palabrotas, que quedan sólo insinuadas

Azuela no concibió nunca su oficio novelesco como una forma de divertir a sus lectores. Por eso el humor no existe en su mundo. Sentíase más bien un cronista de su tiempo y de las grandes transformaciones de las que fue testigo; un cronista con algo de reformador social y crítico de la sociedad y de los gobiernos, cuyas inmoralidades, torpezas y crímenes denuncia con acritud y aun con ira. Dice José Joaquín Blanco que la moraleja de la obra de Azuela reitera "los crímenes que fatalmente ocurren cuando se vive en cualquier espacio 'fuera de orden'". La misma ciudad de México es también un lugar "fuera del orden" en el país rural ("Lecturas de Los de abajo", en La paja en el ojo, Ensayos de Crítica, Puebla, icuap, 1980, pp. 223-224).

Mariano Azuela se vio a sí mismo como un escritor aparte de la grey literaria, esto es, aparte de modas y refinamientos, y que se limitaba a realizar su oficio novelesco para interesar a sus lectores y decir su verdad. Fue, sin duda, un escritor orgulloso y solitario, pero al cual arrastraron también en su momento las modas, y que se preocupó seriamente por conocer la gran tradición novelesca y por dominar y mejorar su técnica de narrador. Admiró y aceptó algunas de las innovaciones de la narración moderna, como lo muestra su entusiasmo por la obra de Proust, que conoció bien, y su empleo de algunas técnicas vanguardistas. Pero no todo le gustaba. A propósito de Faulkner dice que "ciertos refinamientos, como ciertos perfumes, me asfixian" ("El novelista y su ambiente", en Obras completas, t. iii, p. 1063). De todas maneras, estas innovaciones son más bien superficiales y poco añadieron a su eficacia narrativa. Xavier Villaurrutia observaba:

No admira tanto en Mariano Azuela la economía y sencillez de sus medios como la rapidez con que los hace vivir. Unas cuantas frases y ya estamos respirando en un ambiente; unas cuantas líneas que duran sólo un segundo, y ya está, en pie, un personaje, y así otro y otro.[4]

Ahora bien, esta eficacia, este don narrativo, lo tuvo casi desde el principio de su obra, digamos, desde Mala yerba, que es de 1909, y su evolución sólo consistió en manejarlo con mayor soltura y aplicarlo a temas especializados. En cambio, donde sí advierto logros y caídas notorios es en los temas y en su economía. Los de abajo se eleva solitaria como obra maestra por la sobriedad e intensidad de su materia novelesca, que Azuela no encuentra ni antes ni después. En una segunda fila podrían quedar Mala yerba, Las tribulaciones de una familia decente, La luciérnaga Avanzada. Y ya se han señalado los folletines truculentos en que incurrió Azuela, sobre todo en sus últimas obras. Parece, pues, que el suyo no fue problema de oficio sino de gusto, de valor y olfato para podar la hojarasca.

Por otra parte, la crítica rencorosa de los gobiernos siguientes a la Revolución, la visión radicalmente pesimista del destino humano, y la concentración en personajes miserables, lo fue cercando en visiones negativas y rudimentarias, cortadas a hachazos y sin matices morales o intelectuales. Como fue un médico de pobres, quiso también ser un novelista de pobres, de recursos y de espíritu. Los estudiantes que pintó, por ejemplo, son, casi sin excepción, grotescos, y sus raros personajes positivos son los que renuncian a la mejoría, bien o mal habida, y aceptan volver a su origen humilde. Su grandeza se encuentra en la piedad, en la humanidad con que entendió este mundo peculiar de sus novelas, y en la eficacia narrativa con que lo rescató en sus creaciones.

Además de su extensa obra novelística, el laborioso Mariano Azuela escribió muchas otras páginas: teatro, biografías, conferencias, apuntes y notas varias.

Dos de sus obras de teatro son adaptaciones de sus novelas, de Los de abajo (1929) ya mencionada, y de Los caciques, bajo el nombre de Del Llano Hermanos S. en C. (1936) ambas representadas. Una más, El búho en la noche (1938), es una pieza original, sin importancia.

Atraído por la novela como biografía –explica Azuela– y en gran parte por el deseo de ensayar una nueva disciplina, aunque lindando con la de la pura novela, me aventuré en más de una vez por estos campos; fue primero los del insurgente Pedro Moreno, que por ser laguense me atrajo tanto como la del historiador don Agustín Rivera, del mismo origen; escribí la de los célebres guerrilleros-bandoleros Manuel Lozada, Antonio Rojas y Eulogio Morales, conocido entonces con el apodo de El Amito. Escribí también muchos apuntes sobre don Santos Degollado, que me sirvieron para una de mis conferencias en El Colegio Nacional, pero que por incompletos jamás he publicado. Con excepción de la biografía del padre Rivera, que nada tiene de novela, en las demás sí procedí con técnica de biografías noveladas. [5]

De Pedro Moreno, el insurgente (1933-1934) hay una versión teatral, estrenada en 1951. El padre don Agustín Rivera es de 1942; y Azuela escribió también Madero (biografía novelada), destinada a un film cinematográfico nunca realizado y que dejó inédita.

Bajo el nombre de Precursores (Santiago de Chile, 1935) reunió Azuela las tres biografías de guerrilleros-bandoleros que menciona. De ellas, la dedicada a Manuel Lozada, El Tigre de Álica, es un relato sobrecogedor y el mejor de los que conozco sobre el tema por el brío de su estilo y su abundante y precisa información acerca de este cora terrible, que llegó a dominar una extensa zona occidental de México entre la sexta y la octava década del siglo xix. Es curioso recordar que Alfonso Reyes, al contar la biografía militar de su padre, el general Bernardo Reyes (Parentalia, 1957, iii, pp. 9 y 11; Memorias, Obras completas, t. xxiv), se refiere con alguna extensión y saña a la figura siniestra de Manuel Lozada, y recoge un testimonio que afirma que don Bernardo, entonces comandante y bajo el mando del coronel Andrés Rosales, fue quien logró aprehender a Lozada (Memorias, p. 416). Don Mariano dice que el captor fue Rosales.

Al ser designado en 1943 miembro fundador de El Colegio Nacional, don Mariano Azuela cumplió puntualmente el compromiso de dar diez conferencias anuales, y así encontró una nueva e importante veta en su obra. Las conferencias y ensayos de don Mariano forman dos grupos, las que se refieren a otros escritores, particularmente novelistas, y las que explican la propia obra y personalidad del autor Azuela. En todas ellas adopta la perspectiva "del lector ordinario que lee y da la impresión de lo que lee, despreocupadamente y sin cuidarse de pareceres ajenos". Y añade: "Sé que es muy decente ser un escritor bien: pero estimo de mayor decencia ser un escritor honrado. Y la simulación no es honradez". Gracias a esta actitud quedan en pie –en Cien años de novela mexicana (1947)– unos cuantos novelistas mexicanos: Inclán, Rabasa, Payno, Delgado y, entre los contemporáneos de Azuela, Guzmán y Vasconcelos.

Los estudios que dedica a "Grandes novelistas" –Balzac, Zola, Proust y Pérez Galdós– muestran el conocimiento que llegó a tener de los maestros que le enseñaron el arte narrativo, y los límites que a sí mismo se impuso al no aceptar a los novelistas de su propio tiempo.

Las dos series de "El novelista y su ambiente" y la "Autobiografía del otro", son páginas de lectura placentera y llenas de interés que relatan el ambiente y circunstancias en que nacieron sus novelas, los muchos fracasos y desilusiones y los contados triunfos que no llegaron a envanecerlo.

Las Obras completas de Mariano Azuela –que recogen, además de las obras consideradas, los "Apuntes y notas" dispersos–, con prólogo de Francisco Monterde, fueron reunidas y cuidadas por Alí Chumacero y Carlos Villegas, en tres copiosos volúmenes (México, fce, 1958-1960).

El Epistolario y archivo de Azuela, recopilación, notas y apéndices de Beatrice Berler, fue publicado por el Centro de Estudios Literarios de la unam, en la Nueva Biblioteca Mexicana, 11, México, 1969.

Se graduó como médico cirujano en Guadalajara en 1899; ejerció su profesión en su tierra natal, donde adquirió una botica y formó su hogar. Se inició en la literatura desde que cursaba el bachillerato: en 1896 envió a un periódico de la ciudad de México, sus "Impresiones de un estudiante". Su primera novela, María Luisa (1907), tuvo como punto de partida aquellas impresiones de estudiante. Fue maderista y jefe político de Lagos de Moreno. Al caer el presidente Madero el doctor Azuela, perseguido por sus enemigos, se incorporó como médico a las fuerzas revolucionarias de Julián Medina: lo que presenció ahí le sirvió de tema para Los de abajo, obra que editaría en El Paso, Texas, en 1915, cuando emigró a los Estados Unidos. En 1916 se trasladó a la ciudad de México. Mientras laboraba en un dispensario público, de la colonia Nonoalco Tlatelolco, observó el medio: la barriada humilde, las costumbres de las clases medias bajas, observaciones que utilizaría en varias de sus novelas. En 1922 es designado médico interino de la beneficencia pública. A partir de 1923 habitó en la colonia Santa María la Ribera. En 1943 se incorporó como miembro fundador al Colegio Nacional: sus primeras conferencias en esa institución formarían el libro Cien años de novela mexicana (1947). Dejó de ejercer como médico, en 1942, después de veinticinco años de practicar la medicina con un sentido social. Sus restos descansan en la Rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón Civil de México.

Mariano Azuela González, novelista por vocación, también escribió cuentos y relatos. Cultivó el ensayo y adaptó para el teatro algunas de sus novelas. Toda su obra reprueba las claudicaciones y condena los vicios; muestra, en su totalidad, la intransigencia de un hombre y un escritor honrados. En sus veintidós novelas Azuela da su visión de la sociedad mexicana durante la primera mitad del siglo xx, divididas entre aquellas en las que predomina la temática campirana y de la Revolución, misma que van desde Los fracasados y Mala yerba hasta Esa sangre, y las que abordan problemáticas urbanas, serie que comienza con La malhora y termina con Sendas perdidas. Su estilo narrativo tiene como punto de partida el realismo, describe los ambientes lugareños y denuncia injusticias, lo cual le aproximó a los postulados de la narrativa naturalista que pretende impulsar una reforma en la sociedad, y se situó, temporalmente, en cuanto a su técnica, entre los escritores de vanguardia, especialmente con el relato La Malhora. A partir de 1932 se suceden en su obra novelística las narraciones en que el escritor alterna impresiones de la ciudad y recuerdos del campo. Tras la famosa polémica de 1925 se le reconoció el mérito de haber sido fundador, con Los de abajo, de la "novela de la Revolución" que tanta repercusión e importancia tendría en nuestras letras, y de entre las numerosas novelas de los cultivadores de esta corriente, sigue siendo ésta, la novela de la Revolución por excelencia, además de haber adquirido, por derecho propio, el título de clásico de la literatura mexicana. Los de abajo ha sido traducida al alemán, árabe, checo, chino, francés (con la colaboración del Abate González de Mendoza), griego, húngaro, inglés, italiano, japonés, portugués, serbocroata y sueco. En Español Los de Abajo tiene más de un millón de ejemplares vendidos.

Nació en Lagos de Moreno, Jalisco, el 1 de enero de 1873; murió en la ciudad de México, el 1 de marzo de 1952. Narrador, ensayista y dramaturgo. Realizó estudios de médico cirujano en Guadalajara, carrera que ejerció en diversas instituciones públicas y en su consultorio en la ciudad de México, donde fijó su residencia en 1916. Incursionó en la políticia durante la Revolución, siendo nombrado jefe político de Lagos de Moreno en 1911, y director de Instrucción Pública del Estado de Jalisco, en 1914, durante el gobierno convencionista. Entre el 27 de octubre y el 21 de noviembre de 1915, publicó por entregas la novela Los de abajo. Cuadros y escenas de la revolución actual, en el periódico mexicano Paso del Norte,de El Paso, Texas, obra que, junto con Andrés Pérez, maderista (1911), inauguró el ciclo de la novela de la Revolución mexicana. Fue miembro y fundador de diversas sociedades literarias e intelectuales a nivel regional, nacional e internacional, como el Seminario de Cultura Mexicana, El Colegio Nacional y The Hispanic Society, entre otras. Primer lugar en los Juegos Florales de Lagos de Moreno, en 1903, con la narración “De mi tierra”. Premio de Literatura 1940, otorgado por el Ateneo Nacional de Ciencias y Artes, por su trayectoria. Premio Nacional de Ciencias y Artes en Literatura, en 1949, por su trayectoria. Sus restos descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres.

Los de abajo

Producción:  Radio Educación
Productor: Alejandro Ortiz Padilla
Guion: Ana Cruz
Música: Vicente Morales
Género: Radionovela
Temas: Literatura. Literatura hispanoamericana. Novela de la Revolución Mexicana. Doctrina política.
Participantes:
Narración: Diana Bracho; Actuación: Claudio Obregón, Agustín Balbanera, Óscar Yoldi, Genoveva Pérez, Estela Chacón, Eugenio Sánchez-Aldana, Fernando la Paz, Beatriz Moreno, Juan Felipe Preciado, Jorge Pulido, Benito Romo del Vivar, Raúl Reyes Valerio, et al. Dirección artística: Carlos Castaño.
Fecha de producción: 1980-1981
Duración de la serie: 07:33

Instituciones, distinciones o publicaciones


El Colegio Nacional (COLNAL)
Fecha de ingreso: 15 de mayo de 1943
Fecha de egreso: 1952
Miembro fundador

Premio Nacional de Ciencias, Letras y Artes
Fecha de ingreso: 1940
Fecha de egreso: 1949
Ganador en el campo de Lingüística y Literatura

Seminario de Cultura Mexicana
Fue miembro y fundador

Premio Nacional de Ciencias, Letras y Artes
Fecha de ingreso: 1949
Fecha de egreso: 1949
Por su trayectoria