Enciclopedia de la Literatura en México

Novela de la Revolución

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La novela de la Revolución tuvo sus antecedentes en algunas obras aparecidas a fines del siglo XIX o a principios del actual. Se recuerdan al respecto La bola (1887), de Emilio Rabasa; Tomóchic (1892), de Heriberto Frías; La Parcela (1898), de José López-Portillo y Rojas, y una pieza de teatro de Federico Gamboa, La venganza de la gleba (1905). Pero si tales son las obras precursoras, otras muy curiosas fueron, además de la base histórica, las causas de la aparición del género. Mariano Azuela había publicado desde 1915 su novela Los de abajo (recogida en libro en 1916) en un oscuro folletón de El Paso, Texas, y nadie había advertido con suficiente publicidad su significación y su importancia. Pero en 1924 y en el curso de una polémica relacionada con el asunto, Francisco Monterde señaló la existencia de aquella obra que recurría por primera vez al tema de la Revolución. (John E. Englekirk, El “descubrimiento” de Los de abajo, Francisco Monterde, En defensa de una obra y de una generación, México, 1935). Años más tarde, interesados nuestros novelistas en la veta tan rica que se les proponía, comenzaron a publicar, casi ininterrumpidamente desde 1928 hasta una década más tarde, una abundante serie de obras narrativas a las que vino a denominarse “Novelas de la Revolución”.

Caracteriza a estas obras su condición de memorias más que de novelas. Son casi siempre alegatos personales en los que cada autor, a semejanza de lo que aconteció con nuestros cronistas de la Conquista, propala su intervención en la Revolución. El género adopta diferentes formas, ya el relato episódico que sigue la figura central de un caudillo, o bien la narración cuyo protagonista es el pueblo; otras veces, se prefiere la perspectiva autobiográfica, y, con menos frecuencia, los relatos objetivos o testimoniales. Merece notarse que la mayoría de estas obras, a las que supondríase revolucionarias por su espíritu, además de por su tema, son todo lo contrario. No es extraño encontrarse en ellas el desencanto, la requisitoria y, tácitamente, el desapego ideológico frente a la Revolución. Sería, pues, erróneo llamarles literatura revolucionaria y el nombre que llevan, no obstante su imprecisión, es preferible. A pesar de la proliferación del género y de la existencia dentro de él de obras magistrales, es difícil destacar una que sintetice el movimiento revolucionario, por la parcialidad temática o de partido en que casi todas incurren. Mas cuenta habida de sus limitaciones, las novelas de la Revolución han contribuido poderosamente a lo que podría llamarse la creación de un estilo del pueblo, en cuanto lo expresan y lo acogen. Su aparición es paralela, por otra parte, a la de un amplio repertorio novelístico hispanoamericano de temas populares y, junto con esas obras, las nuestras participan señaladamente en el resurgimiento de la novela americana ocurrido en aquellos años. Pocas obras han merecido una más calurosa acogida en el extranjero. La Novela de la Revolución fue traducida a lenguas ignoradas casi por todo el resto de nuestra literatura anterior, y llevó a pueblos remotos una imagen violenta y pintoresca de nuestra vida, que ha promovido, aun desde tan extremosa perspectiva, el conocimiento de México y la justificación de nuestra empresa revolucionaria.

Agotados los temas que proporcionaba la Revolución o perdido el interés por ellos, casi todos los novelistas que participaron en esta tendencia derivaron a la novela rural y de la ciudad, cuando no a la novela de tesis o de contenido social. En ambos casos, los autores continúan preocupados con las consecuencias de aquellas luchas y tratan de mantener el espíritu que las originó o de patentizar su desencanto. Fue, pues, fundamentalmente un llamado a la tierra y a la justicia social lo que vinieron a significar las obras de este género.

Escribieron también obras novelescas inspiradas en la Revolución o en las luchas posteriores: K. Lepino autor de una de las primeras novelas sobre este tema: Sangre y humo o el tigre de las Huastecas (1918), que narra en forma truculenta los primeros años revolucionarios; Ramón Puente (1879-1939) que, además de sus obras históricas sobre etapas y personajes del movimiento revolucionario (Vida de Francisco Villa contada por él mismo, Villa en pie (1937, 1966), escribió una “Novela del pensamiento revolucionario”, Juan Rivera (1936); Hernán Robleto, nicaragüense, a quien atrajo la figura de Villa: La mascota de Pancho Villa. Episodios de la Revolución Mexicana (1934); José Mancisidor (1895-1956) que en Frontera junto al mar (1953) narró la resistencia de los pescadores del puerto de Veracruz contra la dictadura de Huerta y contra los invasores estadunidenses en 1914; Alfonso Taracena (1899), autor de la novela Los abrasados (1937), narrador de sus experiencias revolucionarias y de sus recuerdos de personajes de aquellas luchas, como Madero (1937) y Vasconcelos (1982), y cronista de las efemérides revolucionarias, desde 1901 hasta 1952; José C. Valdés (1901-1976) historiador del movimiento armado (Historia general de la Revolución Mexicana, 9 vols., reimpresa en 1985) y autor de un animado relato sobre Las caballerías de la Revolución. Hazañas del general Buelna (1937).

Acerca de la literatura de la Revolución mexicana pueden consultarse: F. Rand Morton, Los novelistas de la Revolución Mexicana, Cvltvra, 1949; Manuel Pedro González, Trayectoria de la novela en México, México, Botas, 1951; John S. Brushwood y José Rojas Garcidueñas, Breve historia de la novela mexicana, México, Studium, 1959; Edmundo Valadés y Luis Leal, La Revolución y las letras, México, INBA, 1960; Antonio Magaña Esquivel, La novela de la Revolución, 2 vols., México, Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1964 y 1965; Adalbert Dessau, La novela de la Revolución Mexicana, traducción del alemán de Juan José Utrilla, México, FCE, 1972; John S. Brushwood, México en su novela. Una nación en busca de su identidad, traducción de Francisco González Aramburo, México, FCE (Breviarios, 230), 1973; Rogelio Rodríguez Coronel, Recopilación de textos sobre la novela de la Revolución Mexicana, La Habana, Casa de las Américas; 1975; Marta Portal, Proceso narrativo de la Revolución Mexicana, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1977. En la colección de Clásicos Aguilar se publican dos volúmenes, La novela de la Revolución Mexicana, con selección de textos y estudios de Antonio Castro Leal (México, 1960), que recogen obras de Azuela, Guzmán, Vasconcelos, Vera y Campobello, el tomo I; y de Romero, López y Fuentes, Urquizo, Mancisidor, Muñoz, Magdaleno y Lira, el tomo II. Los corridos surgidos de la Revolución y de las luchas posteriores fueron recogidos por Celestino Herrera Frimont, en 1934, y por Concha Michel en 1938.



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Azuela, Mariano

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Lectura a cargo de: Margo Glantz
Estudio de grabación: MUAC
Operación y postprodución: Cristina Martínez / Gloria Hernández
Año de grabación: 2010
Temas: Margo Glantz (DF, 1930), escritora, periodista y profesora emérita de la UNAM. Fue fundadora de la revista Punto de Partida en 1966. Ha publicado más de 20 libros, en los géneros de novela y ensayo, además de ser una de las especialistas más sobresalientes en la figura de Sor Juana Inés de la Cruz. Ha sido galardonada con importantes distinciones como el Premio Xavier Villaurrutia (1984), el Premio Universidad Nacional (1991), el Premio Nacional de Lingüística y Literatura (2004) y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances (2010). Entre algunos de los títulos de su autoría se encuentran: Las genealogías, Apariciones, El rastro, Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador y Saña. A continuación reproducimos el curso magistral Nellie Campobello y la novela de la Revolución Mexicana, impartido por la Dra. Margo Glantz dentro del ciclo Grandes Maestros. UNAM, del 21 al 25 de mayo de 2010, en el cual se resalta la importancia de la obra de Campobello como mujer escritora que, con maestría, retrató el impacto de la contienda armada. Agradecemos al Museo Universitario Arte Contemporáneo, MUAC, su apoyo en la realización de este curso y a los participantes en las sesiones de preguntas. D.R. © UNAM 2010