Enciclopedia de la Literatura en México

Rafael F. Muñoz

mostrar Introducción

Rafael F. Muñoz vivió 73 años: nació el 1 de mayo de 1899, en Chihuahua, y murió el 2 de julio de 1972, en la Ciudad de México. Fue periodista, profesor, escritor, promotor de la cultura y servidor público. La pasión por la lectura (y por la escritura) no fue sólo interés personal, sino colectivo; su defensa por el libro de texto gratuito quedó plasmado en varios textos en los que recurría al sarcasmo y a la sátira para dar, a un tiempo, fuerza y ligereza a las duras respuestas que daba a quienes criticaban su posición y estamento cultural e intelectual. Como escritor, cultivó el género narrativo: cuento y novela; el tema principal de su obra es una orquestación entre lo histórico y lo ficcional que retoma como materia prima de su escritura la realidad que le fue contemporánea: la Revolución mexicana en todos sus matices: como guerra, como ideario político, como proyecto económico y social, como esperanza y aun como institucionalización de su propios alcances y fracasos. No es gratuito, pero tampoco suficiente, ubicarlo en el tomo de los narradores de la Revolución mexicana; esta categorización está bien fundada por cuanto hace a la temática que sus relatos desarrollan y es, al mismo tiempo, corta porque a través de sus incursiones en la descripción plástica del paisaje descubre a un narrador dueño de una enunciación no exclusivamente descriptiva sino poética (lírica): hay en su escritura ambientes y paisajes, en cuyos pliegues se halla la intimidad y la psicología que aparentemente no existe en el trazo narrativo de sus personajes, cuestión que no pocos de sus críticos señalan como falta en sus cuentos y novelas.

Habría que detenerse en todo esto para saborear con mayor gozo este apretado sumario de la vida y obra de un ejemplar autor de la literatura mexicana del siglo xx.

Dueño de un temple forjado en los aires de dos épocas culturalmente distantes: el provinciano siglo xix del norte de la República Mexicana y el del ferviente desarrollo civilizatorio de la gran ciudad, la metrópoli mexicana hoy llamada Ciudad de México, el joven Rafael Felipe Muñoz Barrios (1899-1972) encontró en las letras el lugar preciso para ensayar sus ideas respecto al momento histórico que le tocó vivir, y buscó en la narración (literaria o periodística) formas y géneros diferentes para fijar su visión histórica (y artística, sobre todo) de esa realidad.

La mayoría de la fuentes que anotan referencias biográficas del autor recuperan su nombre sin registro de apellido materno y reduciendo a la primera consonante su segundo nombre de pila: Rafael F. Muñoz, quien supo aprovechar la educación que su padre le procuró primero en la Escuela de la Sociedad Filomática, dirigida por padres paulinos; luego, en el Instituto Científico y Literario de Chihuahua, donde realizó únicamente sus primeros años de escolaridad; el bachillerato lo cursó en la Ciudad de México, en la Escuela Nacional Preparatoria. Sobre sus orígenes hay versiones encontradas; por ejemplo, el crítico Adalbert Dessau[1] observa que el padre de Don Rafael fue un agricultor, empleado de un rancho al norte fronterizo del país; mientras Antonio Castro Leal registra[2] que el padre fue un prominente abogado, dueño de “El pabellón”, hacienda donde él mismo trabajaba la tierra; se precisa, además, que el rancho estaba muy cerca de los Estados Unidos de Norteamérica y que contaba con una buena y amplia biblioteca, propiedad del abuelo paterno, donde Muñoz pasaba largas horas disfrutando de la lectura y, muy probablemente, realizando sus primeros textos. El crítico alemán anota que hacia los 21 años, Don Rafael conoció a Francisco, Pancho, Villa, quien produjo en él una fuerte impresión al grado tal que no pasó mucho tiempo antes de que se sumara a su equipo como el periodista que ya era. Las referencias a la vida privada de Rafael F. Muñoz abonan más a la creación de una leyenda que a la de una figura pública deseosa de dejar para la posteridad sus señas vitales: en sus perfiles biográficos son muchas las imprecisiones y apuntan a un anonimato decidido. Afirman Roberto Suárez Argüello y Marco Antonio Pulido que su biografía “tiene tanto de ficción como de verdad. [Sus] charlas eran muy sabrosas; no las iba él a sacrificar por un hecho escueto, cuando podía adornarlas con una entrevista a Francisco Villa, en medio del desierto o con un terrible sucedido del que se había enterado y que encajaba bien en la plática, como antes había ajustado bien en un cuento”.[3]  

Del matrimonio formado por Carlos Muñoz y la Señora Barrios (no se consigna nombre de pila) se registraron dos hijos: Laureano y Rafael; el primero murió de tuberculosis siendo adolescente, mientras el otro pasaba las horas encerrado en la biblioteca del abuelo, don Laureano Muñoz. El escritor y periodista formó matrimonio y familia con la señora Dolores Buckingham, hija de padres petroleros de quienes heredaría la compañía El Águila. El matrimonio Muñoz Buckingham tuvo dos hijos: Leonor y Rafael, que murió a principios de los años cincuenta del siglo xx; este acontecimiento causó en Muñoz tan hondo pesar que su actividad creativa comenzó a silenciarse; sobre la muerte del autor de ¡Vámonos con Pacho Villa! se apunta como causa un derrame cerebral en medio de lo que podría calificarse como momento festivo: murió, afirma Fernando Tola,[4] rodeado de amigos en una partida de dominó.

Con los años y la experiencia, la actividad periodística y literaria de Muñoz desembocó en otra arista, la de servidor público, al lado de escritores en funciones gubernamentales: de  1943 a 1946 fue jefe de prensa en la Secretaría de Educación Pública bajo las órdenes de Jaime Torres Bodet; inmediatamente después de este encargo, tuvo otro: jefe de prensa de la Secretaría de Relaciones Exteriores durante el periodo 1946-1951, también al lado de Torres Bodet. En 1958 fungió como titular del área de Divulgación Cultural y Prensa de la sep. No fueron puestos burocráticos sino de efectivo servicio a favor de la educación y de los libros de texto gratuitos. Imposible olvidar al filósofo Gerardo Montaño, personaje ficcional a través de quien Muñoz respondía irónica y sarcásticamente a las críticas de la Unión de Padres de Familia que, por razones ajenas al bien común, iniciaron una campaña de desprestigio en contra de ese noble proyecto editorial, argumentando que los libros de texto gratuitos fomentaban una ideología comunista y los apartaba de la formación cristiana.[5] Fue Don Rafael F. Muñoz periodista, escritor e intelectual que defendió la educación y la libertad como los senderos por los que hay que transitar para desarrollar el proyecto de nación que pretendió la Revolución. Visto así, la familia intelectual de Muñoz estaría formada por Alfonso Reyes, Jaime Torres Bodet y, por supuesto, José Vasconcelos como emprendedor y realizador de un proyecto cultural y educativo para el país.

Rafael F. Muñoz es autor de El hombre malo (1927), El feroz cabecilla (1928), El hombre malo y otros relatos [Villa ataca Ciudad Juárez y La Marcha Nupcial] (1930), Si me han de matar mañana…(1934), Santa Anna, el dictador resplandeciente (1937) y Fuego en el Norte (1960); ¡Vámonos con Pancho Villa! (1931) y Se llevaron el cañón para Bachimba (1941).

La producción literaria y periodística de Rafael F. Muñoz integra un corpus más bien reducido en cantidad, pero absolutamente imprescindible al momento de integrar la historia crítica tanto del cuento como de la novela hispanoamericana; los diálogos que su obra entabla con otras literaturas y otras disciplinas rebasan el ámbito de la literatura mexicana. En todos las direcciones que esta afirmación apunta es imposible dejar de pensar en un paralelismo entre Rafael F. Muñoz y Juan Rulfo, si al desarrollo de las ideas y el pensamiento literario nos atenemos.

mostrar Periodismo, historia, política y ficción: la escritura de Muñoz

Como la mayoría de los hombres que han apoyado abiertamente a quien pierde el poder y son fieles a sus ideales, la familia de Rafael F. Muñoz se dispersó y comenzó a ver mermada la estabilidad financiera que le permitió, entre otras cosas, dar educación a sus integrantes. En razón del desacuerdo o político con Venustiano Carranza, el periodista y escritor tuvo que exiliarse por un periodo relativamente corto: entre 1916 y 1920 vivió en Estados Unidos. La simpatía que manifestó por la persona y el proyecto político de Álvaro Obregón fue la causa de esta decisión, y no volvió al país sino hasta la caída de Carranza.[6] A su regreso ejerció el periodismo de manera profesional, primero en su ciudad natal y luego en la Ciudad de México. Su primera crónica (1914) fue sobre la Decena Trágica y se publicó en el diario Vida nueva. Aquí comenzó efectivamente la obra periodística y literaria, narrativa en suma, de Muñoz, quien colaboró en las siguientes revistas: Frente a frente, El Libro y el Pueblo, Universidad y Ruta, y en varios periódicos: El Heraldo, El Universal, El Universal Gráfico, El Universal Ilustrado, El Nacional, donde llegó a ser director durante el gobierno del licenciado Portes Gil. Era tanta su actividad reconocida en los medios impresos, que fue dos veces nombrado secretario general del Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa, en 1928 y en 1934.

En cuanto a la producción estrictamente literaria, Muñoz nos entregó un buen número de historias cortas con temática de la Revolución: sus cuentos dieron la idea de ser cuadros, de ser textos seriados y apuntar al folletín, lo cual no era nada raro si se considera que para entonces la literatura, la historia y el periodismo confundían sus bordes discursivos, igual o más que ahora; empero el asunto parece ser otro: sus cuentos ya traían engendrado el nacimiento del género que cultivará con discreción e ingenio: la novela. Con tan sólo dos títulos publicados: ¡Vámonos con Pancho Villa! (1931) y Se llevaron el cañón para Bachimba (1941), Muñoz será reconocido como autor magistral del género citado. Ambas novelas han sido editadas y reeditadas por diferentes sellos editoriales, lo  mismo que sus cuentos, y han sido traducidas a otros idiomas. Esta tarea de reescritura, de reedición también, −quizá más claramente observable en los cuentos que en las novelas−, señala la deuda que la academia y el mercado editorial tienen con este autor: el de la edición crítica de su obra reunida.

Entre sus crónicas periodísticas y sus dos novelas hay que colocar el ensayo escrito en colaboración con Ramón Puente hacia 1923, cuando aconteció la muerte del Centauro del Norte, me refiero al texto titulado inicialmente Francisco Villa, biografía rápida, recuperado y publicado en 1955 con el título de Pancho Villa, rayo y azote, según lo sugieren las “Notas” de Juan Antonio Rosado.[7]

Rafael F. Muñoz fue autor de cuento y novelas. Sin duda, su permanencia y vigencia en el campo literario mexicano, y aún hispanomericano, están aseguradas por sus dos novelas: ¡Vámonos con Pancho Villa! y Se llevaron el cañón para Bachimba, mismas que hoy habría que incluir sin menoscabo al repertorio de nuestras letras mexicanas clásicas. Sin embargo, no por esta afirmación, en la que hay acuerdo entre los críticos, debe dejar de señalarse su incursión como adaptador de textos literarios a guiones cinematográficos, tarea que llevó a cabo, en alguna ocasión, con el poeta Xavier Villaurrutia. Sobre la versión cinematográfica de ¡Vámonos con Pancho Villa!, en la cual el propio Rafael F. Muñoz actuó en el papel de Martín Espinosa, la crítica no le favorece. Entre quienes recuperan este aspecto y buscan equilibrar su mala actuación, el fallido guion y el carácter de Muñoz, vale la pena recuperar la valoración de Jorge Aguilar Mora, no sin antes recordar que el guion lo elaboró Xavier Villaurrutia y que la dirección estuvo a cargo de Fernando de Fuentes. Aquí  un fragmento de la mesurada y hasta gentil crítica de Aguilar Mora: “¿Habrá dicho algo o se quedó callado cuando le pidieron aceptar el papel de Espinosa? ¿Nunca le recordó al guionista o al director que el verdadero sentido de su personaje estaba en el hecho de ser manco? […] ¿No se reía Rafael F. Muñoz, para sus adentros, cuando oía que se hablaba de la película como una de las mejores, si no la mejor de la cinematografía mexicana?”.[8]

¿Por qué las novelas de Muñoz (y algunos de sus cuentos: “El feroz cabecilla” y “Oro, caballo y hombre” ) podrían, sin dificultad, considerarse clásicas? La suya es una narrativa de acontecimientos históricos nacionales a la manera en que abundó entre sus contemporáneos, pero hay en su estilo una agilidad y amenidad inusuales, sobre todo, cuando de asuntos historiográficos se trata; su novela, afirma Renato Prada Oropeza, “corresponde íntegramente a la constelación narrativa que se configura en torno al caudillo del norte”.[9] Es verdad, aunque más tiene su obra la especial virtud de describir el paisaje e introducir un tono irónico y un ritmo dramático que sin suplir la acción, la trama avanza junto con la construcción de lugares, sitios o espacios humanamente entrañables. En este sentido, las de Muñoz son novelas que merecen ser leídas en un contexto más amplio que el sugerido por la etiqueta “literatura de la Revolución Mexicana”.

El paisaje en la narrativa de Muñoz se caracteriza no sólo como lugar de riquezas naturales, sino porque en él existe una exposición de la crueldad, plenamente justificada, propia de las escenas a que dan lugar las guerras; al lado de esto, nos encontramos con un manejo mesurado del humor negro.[10] No se trata de textos tremendistas o de exaltaciones a la barbarie, simple y llanamente se busca ser fiel a la imagen de vida que fue posible experimentar entre balazos, traiciones e ideales. Muñoz no hace sino recuperar la paradoja que la lucha por la libertad trae consigo cuando el poder político se sobrepone a los principios humanos.

Por el conjunto de elementos poéticos como los anteriormente atisbados, puede afirmarse que Rafael F. Muñoz dialoga estéticamente con El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán y con Los de de abajo de Mariano Azuela. La relación Guzmán-Muñoz podría explorarse específicamente a partir del cuento más antologado del Chihuahuense, a saber, “Oro, caballo y hombre”, que relata el proceso que llevó a la muerte al general Rodolfo Fierro, personaje histórico y literario que Martín Luis Guzmán inmortalizara en el capitulillo “La fiesta de las balas”, de su novela El águila y la serpiente. Por su parte, el vínculo intertextual entre la novela de Azuela y la de Muñoz es más sutil todavía; es Aguilar Mora quien lo revela cuando se detiene a leer los finos tejidos de ¡Vámonos con Pancho Villa!, y encuentra una muy discreta intención autoral: homenajear a través de un guiño al autor de Los de abajo. La escena a la que Aguilar Mora se refiere se encuentra en el capítulo titulado “El desertor”, en el que Tiburcio y su hijo intercambian palabras mientras van arando la tierra, en este momento íntimo y cotidiano, el lector se entera que uno de los bueyes del arado se llama Palomo, como el perro guardián que recorría el patio de la casa de Demetrio Macías.

Azuela, Guzmán y Muñoz son tres autores que tienen una trayectoria de formación literaria engendrada por la lectura y la escritura periodística e historiográfica. Sobre este asunto, Aguilar Mora, reflexiona y concluye que tanto Nellie Campobello como Rafael F. Muñoz supieron captar mejor que nadie el secreto sistema de valores que mantenía cohesionados a los hombres de Villa.[11] Ya antes, en 2011, el académico había escrito que “Los cuentos de Rafael F. Muñoz son precisamente instancias ejemplares de las obras producidas en la encrucijada latinoamericana donde la vanguardia y el barroco se confunden”,[12] razón esta por la que las clasificaciones de escritor popular o de la Revolución mexicana resultan insuficientes o, al menos, imprecisas. La valoración de Aguilar Mora es contundente: “En la literatura latinoamericana nadie ha mostrado con tanta serenidad y lucidez como Muñoz que la autenticidad vital necesita un rito de pasaje y que los ritos de pasaje consisten en romper todos los cordones umbilicales y todas las filiaciones simbólicas”.[13] Aquí se halla una de las aristas estéticas que Muñoz construyó con su estilo particular, estilo que la crítica debe recuperar en un contexto más allá de la llamada novela de la Revolución Mexicana; que parta sin duda de este hecho pero que no se conforme con ese cerco.

mostrar Atisbos para una poética del paisaje norteño

Don Rafael F. Muñoz fue propuesto para ocupar una de las sillas de la Academia Mexicana de la Lengua, la misma que ocupara Julio Torri, pero el destino −que él consideraba como señal indeleble en los seres humanos− quiso otra cosa: Muñoz muere mientras preparaba su discurso de ingreso a ese honorable claustro. Al respecto, Salvador Reyes Nevares escribe lo siguiente: “Tenía ya dispuesto su discurso para tal ocasión […] Fue sin duda lo último que escribió y posee un alto valor documental, aparte de que enuncia una buena doctrina sobre los deberes de los medios de comunicación masiva, según ahora se les llama”.[14] Por los tiempos que hoy vivimos bien vale la pena citar, al menos, un fragmento de ese discurso: “[…] la libertad de información y de prensa solamente pueden existir donde previamente se han endurecido los cimientos de otras: la de vivir en paz, la de vagar sin itinerario, la de soñar y la de sonreír, de gritar, de analizar, hacer crítica de nuestros gobiernos sin temor de ellos, y lo que es mejor aún, sin temor de nosotros mismos. Así, tendremos siempre libertad de existir, libertad para ser humanos”.[15]

Su vida tuvo una duración de 73 años, su escritura fue productiva durante casi 12 años. Hubo periodos de ausencia y silencio; estuvo arriba y abajo; tuvo acceso a distintas formas de poder y también diferentes maneras de conocer el mundo, –sobre todo de construirlo a través de la escritura. Fue hombre de su tiempo y a la vez, adelantado a su tiempo: supo poner en perspectiva las batallas verdaderas: no las bélicas, sino las humanas (las que se presentan llenas de emoción y de pasión), y las simbolizó con los elementos que tuvo a la vista y a la experiencia desde su niñez y su juventud: el paisaje del norte de México.

Y es que en las novelas de la Revolución Mexicana, el paisaje no es sólo atributo que define a los personajes; ese sitio o lugar en perspectiva que es el paisaje es parte constitutiva de la figuración de los protagonistas, y no pocas veces alcanza su mismo estatuto narrativo: el paisaje es también personaje, se suma a los elementos que dan identidad no a la historia contada sino a las vidas que en ella intervienen. Muñoz parece saberlo, pues “dueño de aguda mirada, descubre que la naturaleza no es algo estático, sino que tiene movimiento, que se confunde con la prisa de los hombres”.[16]

Sobre la configuración de ambientes, del paisaje, Juan Rulfo escribió que en Se llevaron el cañón para Bachimba la descripción del paisaje áspero del norte alcanza niveles plásticos: no sólo es posible imaginarlos, sino verlos, sentirse allí. Esta dimensión profunda dada al paisaje es la responsable de que la historia no sea solo un relato más de las batallas de la rebelión orozquista; en todo caso estos acontecimientos son el marco o trasfondo donde tiene lugar lo verdaderamente importante: el modo de ser, de pensar de Álvaro Abasolo; a través de este personaje los lectores tenemos la fortuna de conocer la espléndida manera con que se trabajan las emociones que definen la condición humana. Y todo esto hecho con economía de palabras, la síntesis no sólo es clara sino contundente; se aloja en la memoria con facilidad: de este tipo son las imágenes creadas por Muñoz.

La trama de ¡Vámonos con Pancho Villa! se teje alrededor de seis hombres dedicados al trabajo de la tierra y se ubica espacialmente en el norte de México, particularmente en un pueblo llamado San Pablo. Cada uno de los seis personajes (Tiburcio Maya, los hermano Máximo y Rodrigo, Melitón Botello, Martín Espinosa y Miguel Ángel del Toro) habitó un cuento publicado por el autor en el periódico El Universal Ilustrado. Los seis personajes integran a los llamados “Leones de San Pablo”, fieles hasta la muerte al Centauro del Norte; es como si fueran seis revolucionarios en busca de un caudillo.

Cuando la colaboración dominical se canceló, Muñóz ideó la recuperación de estas historias en una trama de mayor complejidad y extensión. A decir del autor, esta su primera novela fue hecha a las prisas, no fue pensada o proyectada con detenimiento, más bien se integró de retazos. Posiblemente esta contundente crítica lo que nos revela no sea una obra fallida, sino a un autor de cuentos, consciente de serlo, incursionando por vez primera en la narrativa de largo aliento. No son pocos los críticos, entre ellos el especialista en el género breve: Alfredo Pavón, que sostienen que el mejor cuentista de la temática de la Revolución Mexicana es Rafael F. Muñoz.

De entre todos los personajes de la narrativa de la Revolución son muchos los que resultan inolvidables y acaso entrañables; es el caso de Tiburcio Maya quien admira por encima de todo argumento a Pancho Villa. En efecto, pero es aún más fuerte la figuración que Muñoz logra de Villa: los contrastes que descubre de él no rascan en el monólogo interior sino en la descripción del paisaje. Veamos una cita en extenso que no tiene merma en este punto.

Al extremo de la cañada había un rancho llamado El Piojo. Eran dos casas vacías y un huertecillo en el que dos viejas que apenas podían moverse estaban inclinadas entre las matas. Sobre las lechugas y los nabos, un árbol de durazno, solitario y alegre, abría sus ramas florecidas en un diluvio de pétalos amarillos y rosados; desnudo de hojas, perfumado y esbelto, el árbol se bañaba en la frescura de la tarde, y bajo su sombra acariciante, como mano de mujer, las viejas vieron pasar la columna. Toda ésta se desenvolvió en el dorso de una colina cubierta de palmas, y al poco rato desapareció tras el perfil redondo batido por el viento.
Un jinete, se regresó hacia el rancho en los momentos en que aparecía por el otro extremo un grupo de catorce o quince hombres montados, que parecían ir siguiendo los pasos de la caballería villista; el rebelde titubeó un momento  y luego se dirigió hacia el huerto a galope largo; llegó hasta las mujeres cuando los rancheros del grupo disparaban sus armas contra él; sobre su cabeza se tejió una red de peligro que descendía y se estrechaba; alguna bala atravesó el plumaje rosa del árbol, y unos cuántos pétalos cayeron revoloteando como mariposas.
El hombre quedó casi cercado, y a tiros los otros le aseguraban ser sus enemigos.
–¡Oigan, viejas! –gritó–. ¡Tapen ese durazno, porque la noche va a helar!... ¡Quiero comer fruta de él en septiembre!
Y luego, como un proyectil que llevara dentro su propio impulso, subió la cuesta seguido por las detonaciones, y se perdió tras la loma, hacia los suyos. Era Francisco Villa.[17]

Salta a la vista que el paisaje no detiene el relato ni disminuye la intensidad de trama; al contrario, su espacialidad resume las emociones y los puntos de vista que sobre un acontecimiento pueden experimentar varios personajes. Y sin embargo, tanto la perspectiva del narrador como la del lector acusan empatía con unas y otros figuras que intervienen en la escena. La feminidad y la masculinidad se complementan sin confundirse.

La segunda novela de Rafael F. Muñoz, Se llevaron el cañón para Bachimba, alcanza una composición mucho más cohesionada que la primera. Formalmente la suya es una construcción equilibrada en extensión y en contenidos: aquí no se busca hablar de la Revolución desde el lugar central de sus figuras principales, sino de una de sus orillas: la historia que se cuenta tiene como marco histórico el levantamiento de Pascual Orozco, en 1921, y en ella las acciones fundamentales las lleva a cabo un un joven, Álvaro Abasolo, que experimenta un pasaje de formación, de aprendizaje (bildungsroman). Se trata de un joven de familia que, por sus ideales, se suma a la llamada bola de la Revolución, al lado de un grupo que apoya a Pascual Orozco. La admiración aquí es múltiple: se admira al caudillo, al ejército que lucha por él y, también, se admira al jefe inmediato como si de un padre se tratara.

Técnicamente, la novela no construye desde la perspectiva del narrador una imagen de Pascual Orozco, más bien urde un abanico de posibilidades mediante la combinación de varios puntos de vista. En la trama, Villa ocupa un segundo plano sin abandonar la configuración heroica, causa de admiración y terror entre seguidores y enemigos.

Un personaje entrañable es el general Marcos Ruiz, el padre simbólico del protagonista, que sufrió en la adolescencia el abandono del padre. Ruiz es la guía moral y ética que el joven Abasolo quiere seguir como modelo. Quizá sea la capacidad de discernir críticamente, de las enseñanzas recibidas y aprendidas, que lo que vale es su adecuación a las nuevas circunstancias sin que ciegue la rigidez del ideal perseguido inicialmente y sin perder los valores que aún tienen vigencia en los nuevos contextos. Esto puede constatarse en las palabras que Marcos Ruiz le dirige a Marcos Abasolo respecto a la guerra: la guerra no es belleza, sino horror; no es muestra más que del fracaso y la desesperación.

Su primera novela tiene como figura central a Tiburcio Maya; la segunda, a un joven quien asume como figura paterna a un orozquista. El dominio autoral queda tras bambalinas, la voz de los personajes es la responsable de encontrar su propio sitio en la historia y desde allí construir, mediante la narración estructurada a partir de cuadros, su identidad doble: la realista y la simbólica: en ¡Vámonos con Pancho Villa! y en Se llevaron el cañón para Bachimba no hay figuras maternas, sólo la figura paterna tiene presencia honda: Pancho Villa en la primera y Marcos Ruiz en la segunda; ambos unidos a ese espacio que lo mismo los expulsa que los acoge para protegerlos, casi como si fueran parte de un mismo cuerpo: el paisaje natural. “[L]as narraciones de Rafael F. Muñoz insisten en afirmar que la vivencia de la lucha es una experiencia de múltiples dimensiones, de infinitos sentidos, de irrecuperables sensaciones, de momentos que forman nudos en la realidad y se resisten a la traducción ideológica”.[18]

En Se llevaron el cañón para Bachimba sobresale un artesanal cuidado en la construcción de la figura paterna, que como sabemos no es biológica sino simbólica. Esta amplitud de sentido abre el horizonte de recepción de la novela sacándola del encasillamiento de novela histórica de la Revolución Mexicana, pues lo que hay en ella tiene que ver  más con un rito de pasaje que con simples motivos que tensarán la anécdota. El rito de pasaje forja y define tanto la estampa y como el temple y el carácter del héroe: el joven Álvaro Abasolo, quien además de protagionizarla narra también la historia. Hay quien ha querido ver en esta estrategia la presencia de una veta autobiográfica, lo cual no se sostiene ni como impulso artístico ni como hecho referencial.

Que la figura materna no esté configurada tal cual en las dos novelas de Muñoz, no empaña ni disminuye el trabajo retórico-estilístico que consigue con los personajes femeninos. Sobre esto, es pertinente recuperar la bien argumentada postura de Alfredo Pavón: “Una contribución de Muñoz es su visión sobre las mujeres, las adelitas, valentinas, anónimas muchachas que recorrieron valles, cañadas, montañas, sabanas desérticas, siguiendo a su hombre, aspirando la brisa de la libertad”.[19] Las mujeres de estas narraciones no son frágiles ni débiles, aunque sí, claramente sometidas a la fuerza masculina, como lo sugiere, casi sin intención, el mismo Pavón: “La mujer mexicana de la revolución va con la misma sonrisa hacia el cactus, que protege su parto solitario, que hacía la pistola del amante, tronchado por una carabina treinta-treinta, para continuar la batalla, no sin antes darle el tiro de gracia a su hombre, que, herido en el estómago, la mira cariñoso cuando, en el acto de amor, ella lo manda definitivamente al diablo”.[20]

Con todo, es la figuración del caudillo la mejor lograda por Muñoz. En una y otras novelas profundiza ágilmente en la composición humana de esta figura. Del caudillo conocemos su origen, sus anhelos, sus traumas, sus ideales, sus vicios, sus fortalezas y sus debilidades; lo vemos triunfar y también somos testigos de sus derrotas.

Respecto a los valores, las pasiones, las emociones y los sentimientos que se configuran en la narrativa de Muñoz, y que la crítica literaria actual analiza como ejes fundamentales para comprender el tema de la subjetivación de los personajes, habría que señalar la fidelidad: no amorosa, sino política; el miedo, confundido con la admiración y la incertidumbre; y por supuesto la felicidad, la alegría, como estado de ánimo que invade cuando se ha actuado sin traición a las convicciones; la felicidad que no requiere para su celebración de la colectividad sino que puede gozarse a plenitud desde la intimidad, desde la soledad, tal como lo experimenta Álvaro Abasolo ensimismándose en el paisaje que lo rodea.

¡Ah, qué alegría! Yo soy un hombre completo desde hace mucho tiempo. Yo sé luchar, yo sé resistir, yo sé perder. Yo tengo ya las enseñanzas de una vida y un propósito muy alto para el futuro. Vencido, solitario, extraviado no me he rendido ni me rendiré. Adonde quiera que vaya, alto o bajo, tengo ya una finalidad que seguir, una lección que obedecer, un sentimiento íntimo que practicar…
¡Hay que sacudir el polvo y hacer latir el nuevo corazón, erguir el cuerpo y marchar por la vereda angosta pisando con firmeza, a pasos acompasados como en un desfile, alegre y seguro de mí mismo, como todo un hombre!
Aspiré la alegría de la montaña y tuve ganas de cantar, como el viento, como el bosque… ¡Libre, eterno, feliz![21]

Esta es la plenitud de Álvaro Abasolo: festiva porque se sabe dueño de sí mismo. Se sabe libre y acogido por el paisaje. Se transformó positivamente porque de los ritos de pasaje que integraron su formación como hombre cabal salió fortalecido y con ello recuperó el deseo de volver al paraíso mediante la entonación, a gritos, de una canción  de infancia.

mostrar Más allá de la Revolución: tema y tono definen el estilo

La recepción crítica de la producción de Rafael F. Muñoz está por venir. Su obra ha recibido la atención de notables críticos y académicos que han sabido espigar entre sus páginas más allá de lo evidente: Antonio Castro Leal y Emmanuel Carballo entre los primeros; recientemente resultan no sólo orientadores sino verdaderamente propositivos los prólogos preparados por Jorge Aguilar Mora para las ediciones publicadas por la editorial Era. Respecto a la cuestión del aporte que su obra significa en la historia de la literatura mexicana, no pueden dejarse de lado las valoraciones críticas de Edmundo Valadés, Alfredo Pavón y Juan Antonio Rosado, por ejemplo. Asimismo, su obra ha sido bien recibida por sus pares, destaca sobre todos los comentarios, el de Juan Rulfo.

Sobre los argumentos que todos estos especialistas han elaborado para poner de relieve el valor artístico y poético de los cuentos y las novelas de Muñoz, hemos dejado constancia en los capítulos anteriores. No obstante, si bien la suma de todos estos esfuerzos muestra la razón que los asiste en sostener que la de Muñoz es un obra que procura y trasciende los asuntos de la revolución mexicana, aún es necesario detenerse en ella para leerla en diálogo con otras literaturas y otras disciplinas más allá del guiño. Las condiciones para una recepción actual están dadas y cuenta con fuertes cimientos.

Por causas iguales o superiores a las aquí apuntadas, decir que Rafael F. Muñoz es autor de la narrativa de la Revolución Mexicana es, para algunos críticos, empobrecer la figura autoral que no sólo encuentra cierto parangón con Mariano Azuela y Martín Luis Guzmán, sino también con Nellie Campobello y Juan Rulfo, en el territorio nacional; fuera de México, la escritura, el estilo de Muñoz tiene resonancia en la amplia y variada región latinoamericana. Si revisamos los aspectos fundamentales de las novelas de formación, es posible que la segunda de nuestro autor pueda integrarse, sin desmerecimiento alguno, al canon latinoamericano que sigue la tradición del bildungsroman, en cuyo sendero más claro cabría colocar, en los extremos de una interesante triada, a Don segundo  Sombra (1926) del argentino Ricardo Güiraldes y Los ríos profundos (1958) del peruano José María Arguedas y al centro, puede adivinarse, Se llevaron el cañón para Bachimba.

Leer a Rafael F. Muñoz como prolongador de la maniquea relación: civilización versus barbarie (naturaleza) es no sólo un acto errado, sino incompleto por parcial y poco atento al modo tan diferente en que reflexiona sobre la naturaleza. “Muñoz ha escrito un anti-Edipo y ha reescrito la fábula de Zaratustra: para crecer, para vivir auténticamente, hay que convertirse, de camello con joroba en niño”.[22] Para vislumbrar, al menos, la envergadura de la propuesta artística de Muñoz, bastaría con leerlo, asevera críticamente Aguilar Mora, teniendo enfrente a Alejo Carpentier o a Miguel Ángel Asturias.

La visión de mundo que Muñoz construye en sus narraciones está anclada, no salpicada ni iluminada, sino fundamentada en una crítica procedente de la ironía y el sarcasmo. A este respecto, Aguilar Mora, quien realiza agudas lecturas sobre las novelas en cuestión, sostiene que es posible “reconocer un tono –una tonada– similar entre obras tan disímiles como Astucia de Luis G. Inclán y los cuentos y novelas de Rafael F. Muñoz. Ese carácter es el resultado del cruce fortuito y afortunado de la modernidad irónica –sea romántica, simbolista o vanguardista– y de la sensibilidad barroca…” .[23]

En sus cuentos, la narración en tercera persona deja que la voz de los protagonista sea la que muestre los alcances de sus acciones, de sus pasiones. No ve necesidad de guiar ideológicamente su conducta, antes bien les permite, dentro de la coherencia de la historia a la que pertenecen, construir su propio ser. El suyo es un sistema literario que con franqueza  pone de manifiesto la reescritura de sus narraciones al retomar, por ejemplo, personajes de algunas narraciones breves en otras de amplia extensión, como sucede con el cuento “El niño” y su segunda novela.

Por cuanto hace a la composición de la obra y la configuración de sus personajes, que habitan una historia breve lo mismo que una extensa, Aguilar Mora emparenta a Muñoz con Balzac. Si el Realismo artístico es la perspectiva de valoración, entonces el historiador y crítico, propone leer en Muñoz la presencia de Chéjov y Maupassant: es la alegoría de sus cuentos el rasgo que mejor muestra esta posible filiación estética. Ahora bien, hay algo que no es apropiación de la lectura en lenguas extranjeras, sino que procede de lo propio, de la cultura hispanoamericana; nos referimos  al tono discursivo que da cuerpo al texto y lo llena de matices.

Si bien la construcción de la voz narrativa y la configuración de los personajes son los elementos de la poética de Muñoz de mayor atracción en el tejido de la trama, a nivel del discurso es el tiempo y el tono lo que lo convierten en un clásico. No se trata del tiempo de la cosa contada y ni del tiempo de la narración, sino del tiempo-espacio simbólico en que todos los lectores cabemos y podemos experimentar(nos) la vida que nos hace vivir Muñoz casi sin que seamos conscientes de esa decisión. La escritura de Rafael F. Muñoz pertenece a la literatura que nos involucra, que nos compromete con nosotros mismos.

mostrar Bibliografía

Aguilar Mora, Jorge, “La literatura infinita”, en Rafael F. Muñoz, Que me maten de una vez. Cuentos completos, México, D. F., Era, 2011.

----, El silencio de la Revolución y otros ensayos, México, D. F., Ediciones Era, 2011.

----, “Novela sin Joroba”, en Rafael F. Muñoz, Se llevaron el cañón para Bachimba, México, D. F., Era, 2016, pp. 9-45.

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José Luis Martínez
1995 / 19 sep 2018 15:20

Cuando apenas era un adolescente, a Rafael F. Muñoz (1899-1972) le fue dado presenciar la Revolución. Originario de Chihuahua, al norte de la República, desde donde vinieron las avanzadas rebeldes más violentas, estuvo cerca de uno de los hombres más temidos en el entonces revuelto país, de quien gozaba fama de cruel y sanguinario sobre todos, de Pancho Villa. En los hechos del guerrillero, en sus inverosímiles hazañas y en la desesperación de su mexicanismo, Muñoz encontró la materia para sus escritos. De ahí proviene lo sustancial de su pluma, y de su tierra misma el ágil, directo estilo con que escribe sus novelas y sus cuentos. Estos no son de un crítico pesimista y desencantado de la Revolución sino relatos y estampas objetivos con el “aliento poético que se encuentra en los romances y en los corridos”, el “aliento monumental y bárbaro de la primigenia literatura guerrera” y las “atroces hazañas, irrepetibles torturas y realizaciones inimaginables que, situadas en el límite de lo humano, suelen alimentar la materia de lo legendario” –observa Felipe Garrido en la presentación de Relatos de la Revolución. Cuentos completos, de Rafael F. Muñoz (México, Utopía, 1976).

La obra central de su producción literaria es ¡Vámonos con Pancho Villa! (Madrid, 1931), reflejo de numerosas acciones y escenas de la vida revolucionaria en el norte del país, narradas por seis entusiastas villistas. Fue tema, con el mismo título, de una de las películas clásicas sobre la Revolución, dirigida en 1935 por Fernando de Fuentes con fotografía de Jack Draper y Gabriel Figueroa, música de Silvestre Revueltas y con Domingo Soler como Pancho Villa. Los cuentos de Muñoz: El feroz cabecilla y otros cuentos de la Revolución (1928), El hombre malo (1930), Si me han de matar mañana... (1933), reunidos en el volumen de 1976 que acaba de citarse, los cuentos –repito– constituyen parte importante de su obra y se distinguen por su firme estructura y la viveza de sus descripciones. La agilidad empleada en su relato más famoso es notoria también en el resto de su obra, y aun se afina en sus narraciones posteriores, como Se llevaron el cañón para Bachimba (1941). Rafel F. Muñoz es autor también de una espléndida biografía de Santa Anna (1938), la tragicómica figura de la historia de México.

Uno de sus últimos libros fue Obras incompletas, dispersas o rechazadas (1967), que recogen páginas de humor negro: “Del fusilamiento, como una de las bellas artes”, que supera en ferocidad el famoso texto de Torri; y otras interesantes: “Gerardo Montaño, un filósofo”, “Cátedra sobre violines”, y “Nadie se escapa”, que es una conferencia sobre la novela de la Revolución. Además de estas Obras, se ha publicado Traición en Querétaro. Un libreto para el cine (1969), que se refiere a la atribuida a Miguel López. Otro texto interesante de Muñoz es el discurso que preparó para su ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, y que no llegó a pronunciar por su muerte (recogido como apéndice en Relatos de la Revolución, México, sep (SepSetentas, 151), 1974). Su tema principal es la libertad de información; pero como Muñoz iba a sustituir a Julio Torri, dedica a su antecesor comparaciones con él mismo –Muñoz– agudas y divertidas:

Torri era tímido, encogido, meticuloso, de prosa pulcra y limpia. El otro, reportero de periódico, obligado por su profesión a ser atrevido y sin que se le exigiera, despreocupado, displicente, un poco atolondrado y sin la cultura literaria de Torri. La diferencia es honda. Torri escribió sobre lo que había leído. El otro, sobre lo que había visto. Uno, literatura del mundo; otro vida de México. Uno, pensamiento; otro, acción. Uno, bellas letras; otro, la revolución.

Hijo de un prominente abogado chihuahuense, que fuera presidente del Tribunal estatal, pasó su infancia en la hacienda El Pabellón, cercana a los Estados Unidos, donde contó con una amplia biblioteca. Realizó sus estudios en el Instituto Científico y Literario de su estado. En la Ciudad de México estudió en la Escuela Nacional Preparatoria; a raíz de la usurpación huertista regresó a Chihuahua, en donde se inició como periodista en febrero de 1914 con una crónica sobre la Decena Trágica, publicada en el diario Vida Nueva, del que también fue redactor y traductor. Su labor como reportero lo llevo a conocer a Francisco Villa, cuya personalidad lo impresionó de tal manera que se convirtió en figura central de sus obras posteriores. Su manifiesta simpatía por Obregón lo obligó a exiliarse en California, en los Estados Unidos, durante el gobierno de Carranza. En 1920 regresó a la Ciudad de México para colaborar en los diarios El Heraldo y El Universal. Fundó El Universal Gráfico, del que fue jefe de redacción de 1927 a 1930. Dirigió El Nacional durante el gobierno de Portes Gil. En 1929 participó en la creación del Partido Nacional Revolucionario (pnr) en el que militó, excepto en 1958, cuando fue jefe de campaña de la Federación de Partidos del Pueblo. Colaboró con Jaime Torres Bodet como jefe de prensa en la Secretaría de Educación Pública (sep) (1943-1946) y en la de Relaciones Exteriores (sre) (1946-1951). Asistió a numerosas conferencias internacionales, como la Asamblea Constitutiva de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Durante el gobierno de Ávila Camacho se dio de alta en el Servicio Militar Obligatorio (recién creado), en el que obtuvo el grado de Teniente Coronel y la Condecoración al Mérito Militar de Tercera Clase. Retirado ya de toda actividad pública regresó, en 1958, a colaborar con Torres Bodet en la Dirección General de Divulgación Cultural y Prensa, de la sep. Su postura antinazi y antifascista, le valió algunos reconocimientos de los gobiernos de Francia, Holanda, Bélgica y los Estados Unidos. Elegido como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, en octubre de 1970, la muerte le impidió leer su discurso de ingreso sobre el derecho a la información y la responsabilidad de la prensa ante sus lectores.

Rafael Felipe Muñoz Barrios, periodista de profesión. Encontró que el cuento corto, para él cercano al reportaje, el mejor medio para abordar el tema revolucionario. Sus relatos presentan una escena en la que los personajes se encuentran en una situación límite. La falta de penetración psicológica en los personajes, la descripción de un paisaje ajeno a las experiencias humanas y un narrador distanciado de los acontecimientos acentúan el dramatismo de los hechos; sin embargo, no están exentos de un humor en ocasiones amargo. La diversidad de situaciones que presenta Muñoz en sus relatos forma un mosaico del movimiento revolucionario desde el punto de vista de los rebeldes y de los federales. Esta objetividad y el entramado de historia y ficción son especialmente patentes en “Oro, caballo y hombre”, que da cuenta de la verdadera muerte de Rodolfo Fierro; narración considerada una obra maestra no sólo en la producción del autor, sino del género mismo. La novela ¡Vámonos con Pacho Villa!, inicialmente aparecida por entregas, es una serie de relatos independientes sobre seis personajes unidos por la fidelidad hacia la avasalladora personalidad de Francisco Villa. Se llevaron el cañón para Bachimba narra la frustrada rebelión orozquista contra el gobierno de Madero. El texto lleva discretos rasgos autobiográficos. El personaje Álvaro Abasolo encarna –según el autor– al revolucionario que le hubiera gustado ser. A partir de las notas tomadas por Ramón Puente y de recuerdos personales, redactó una biografía sobre Villa, que ha sido considerada, con las Memorias de Pancho Villa de Martín Luis Guzmán, uno de los retratos más auténticos del caudillo del norte. Santa Anna, el que todo lo ganó y todo lo perdió, cuya edición definitiva lleva por título Santa Anna, el dictador resplandeciente, es una amena, sintética y objetiva obra de divulgación que presenta la compleja personalidad política del personaje. También dedicado al cine, realizó los argumentos para algunas comedias rancheras y un guion, que no se llegó a filmar, sobre los últimos días del Imperio de Maximiliano. Sus Obras incompletas, dispersas o rechazadas recogen una serie de cuentos, ensayos, fragmentos de novela y guiones de cine que, por diversas razones, no terminó o no tuvieron cabida en libros independientes.

Instituciones, distinciones o publicaciones


El Nacional
Director

Secretaría de Educación Pública (SEP)
Fecha de ingreso: 1943
Fecha de egreso: 1946
Jefe de prensa

Secretaría de Educación Pública (SEP)
Fecha de ingreso: 1958
Fecha de egreso: 1946
Colaborador en la Dirección General de Divulgación Cultural y Prensa

Academia Mexicana de la Lengua
Fecha de ingreso: 1970
Miembro electo