Enciclopedia de la Literatura en México

Se llevaron el cañón para Bachimba

mostrar Introducción

Como la gran mayoría de la narrativa de Rafael F. Muñoz (1899-1972), su segunda novela, Se llevaron el cañón para Bachimba (1941), ocurre en el marco de la Revolución iniciada en 1910, particularmente en el levantamiento de Pascual Orozco (1912) cuyo epicentro fue el norte del país. El protagonista de la novela es Álvaro Abasolo, un muchacho de 14 años abandonado por su padre que se une a las tropas de Marcos Ruiz, un general orozquista; en el fragor de la batalla y el andar por los mezquitales Alvarito madura y al final de la novela se reconoce a sí mismo como un hombre, lo cual ha llevado a críticos como Juan Antonio Rosado[1] y Jorge Aguilar Mora[2] a calificar esta obra como un bildungsroman o novela de aprendizaje. Este rasgo la convierte en única dentro de la corriente de la Narrativa de la Revolución mexicana, a ello se suman los recursos poéticos integrados y las descripciones de los paisajes, por lo cual varios estudiosos –como Emmanuel Carballo[3] la consideran como la mejor obra de Muñoz.

La novela fue publicada por Espasa-Calpe dentro de la colección Austral en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Posteriormente reapareció en los años 1944 y 1947; en 1979 en Promexa, junto con ¡Vámonos con Pancho Villa!, con prólogo de Roberto Suárez Argüello y Marco Antonio Pulido. En 2007 la editorial era imprimió nuevamente las obras de Muñoz, donde Se llevaron el cañón para Bachimba apareció prologada por Aguilar Mora.

mostrar Los Colorados, un ejército en el olvido

El afianzamiento de la Revolución, cuyas demandas fueron condensadas en el Plan de San Luis (1910), se logró con la toma de Ciudad Juárez en 1911 –al tratarse de una plaza importante política y geográficamente hablando– y la posterior firma de los tratados mediante los cuales se hizo oficial la renuncia de Porfirio Díaz.

Tras el exilio del dictador en Francia y la celebración de las elecciones, Francisco I. Madero comenzó un mandato que estuvo marcado por una ola de intrigas políticas, traiciones e insubordinaciones por parte de quienes fueran sus propios seguidores, quienes cuestionaban sus decisiones políticas. Una de estas rebeliones, la que puso el dedo en la llaga contra la tambaleante estructura del gobierno maderista, fue dirigida por Pascual Orozco, quien “era, como muchos otros, un jefe resentido por la facilidad con que Madero y los suyos se olvidaron de sus servicios en cuanto estuvo libre la vía hacia la ciudad de México”.[4] Las desavenencias entre ambos jefes comenzaron, según cuenta José Mancisidor,[5] justo después de la toma de Ciudad Juárez. Las explicaciones sobre los motivos de la rebelión orozquista –cuyos militantes eran conocidos como “Los Colorados” por el listón rojo que utilizaban– han redundado en “desmesuradas simplificaciones”, según apunta Michael C. Meyer.[6] Si bien los estudios hechos no han esclarecido las causas del orozquismo, a decir del propio Meyer, el movimiento encabezado “contenía humanitarismo y misantropía, benevolencia y rencor, avidez e indiferencia”.[7]

Algunos agentes de las familias conservadoras de Chihuahua, al ver lastimados sus intereses por la recién triunfante Revolución, se acercaron a Orozco para proponerle que dirigiera un levantamiento contra Madero. La propuesta, según nos explica Meyer, se aprovechó de un aparato de adulación –impulsado por varios actores, no necesariamente interesados en una prebenda– que incluía reportajes hiperbólicos sobre las habilidades de Orozco, vinos etiquetados con su retrato, artículos de joyería en su honor y corridos populares que inmortalizaban las hazañas del caudillo, por mencionar algunos.[8] Así, la aristocracia chihuahuense cultivó en Orozco la idea de que el país iba al desastre y solo él podía salvarlo; desde luego, los grandes terratenientes veían en él un medio para mantener sus privilegios, pero éste, inexperto en política, no fue capaz de advertir ese peligro.

En enero de 1912, en una entrevista con Orozco, el presidente le solicitó que promoviera en la legislatura estatal de Chihuahua la ampliación de poderes para el gobernador interino y que derrotara a las tropas zapatistas, todavía en lucha por el reparto agrario; sin embargo Orozco no cumplió ninguna de las peticiones.[9] Una carta firmada por los principales jefes de una rebelión que se había levantado desde enero de 1912, fue lo que determinó al caudillo para unirse y encabezar una nueva revolución, en marzo de 1912, amparada en el Plan de la Empacadora. Para sofocar dicha rebelión, Madero comisionó, primero, al comandante José González Salas quien, luego de la derrota federal en Rellano, se quitó la vida; después, a pesar de las muestras de deslealtad que había dado, a Victoriano Huerta. El general cumplió su misión de manera tan eficaz que para octubre de 1912 había vencido a “Los Colorados” y Orozco había marchado a Estados Unidos para ponerse a salvo. Con esta batalla ganada, el gobierno federal obtuvo un aparente prestigio y estabilidad que perdió de nuevo en 1913 con la Decena trágica.

Se llevaron el cañón para Bachimba ficcionaliza el levantamiento orozquista en su realización y alude a sus causas. Las tropas de la brigada Ruiz llegan a casa de Alvarito Abasolo cuando se encuentran en plena campaña, antes de su primer triunfo. Así, Muñoz cumple con la función que él mismo impuso a la novela de la Revolución: “presentar los motivos de la lucha en México a través de diferentes personajes imaginarios o reales”.[10] Es de destacar, también, que la novela está dedicada a una de las facciones derrotadas del movimiento; debido a que el orozquismo supuso un cuestionamiento al incipiente orden maderista, y a que fue vencido, poco se ha reconocido y estudiado su valor en el triunfo de la primera etapa revolucionaria, así como los principios que enarboló y defendió.

mostrar Motivos de la novela de la Revolución

Los de abajo (1915) de Mariano Azuela, es considerada la iniciadora de la corriente denominada Narrativa de la Revolución mexicana; sin embargo esta obra, primero publicada en el periódico El Paso del Norte, Texas, fue realmente conocida y difundida como libro diez años más tarde de su aparición. El re-descubrimiento de Los de abajo se debió, en gran parte, a la polémica sostenida en 1925 en torno al carácter que debía tener la literatura nacional con miras a la reconstrucción del país. La forma, un tanto obtusa, de plantear la disyuntiva a la que se enfrentaban los escritores en México se resumió en: afeminada o viril. Las novelas sobre el movimiento armado de 1910, representaban esa parte masculina,[11] que habría de cultivarse para el florecimiento de la literatura.

El despunte de las obras sobre la Revolución mexicana estuvo condicionada por esa polémica y por las políticas gubernamentales, que buscaban consolidar la idea del triunfo de la reciente lucha. José Manuel Puig Casauranc, al frente de la Secretaría de Educación Pública (1924-1928), expidió un decreto para apoyar a los escritores que se enfocaran en temas sociales y populares. Así, a partir de 1925 se produjo una efervescencia de publicaciones que buscaban dar testimonio, reflexionar o problematizar en torno al acontecimiento histórico de 1910. El impulso narrativo fue tal que, hacia 1931, “no se publicó una sola novela importante que no tratase el tema de alguna manera”.[12] Brushwood atribuye esta profusión de obras sobre la Revolución al “reconocimiento de los problemas persistentes de la nación y de las fallas de los gobiernos posrevolucionarios”.[13] Lo cual pone de manifiesto el estrecho vínculo entre el ejercicio narrativo y la necesidad de los escritores por esclarecer el suceso histórico que había marcado los destinos del país y del que algunos de ellos habían tomado parte.

Entre 1939, año en que el chihuahuense envió el manuscrito a la editorial, y 1941 proliferaron los relatos vinculados, en mayor o menor medida, con el tema. Encontramos de Mariano Azuela, Regina Landa (1939), Avanzada (1940) y Nueva burguesía (1941); de Gregorio López y Fuentes, Huasteca (1939); de José Vasconcelos, El proconsulado (1939); de Ermilo Abreu Gómez, Canek (1940); de Dolores Bolio de Peón, La cruz maya (1941) y de José Revueltas, Los muros de agua (1941). Cada una de las obras mencionadas da cuenta de los diversos cauces que tomó la narrativa de la época. Mientras que las novelas de Azuela se centraron en las dinámicas de la sociedad posrevolucionaria, Vasconcelos cultivó la memoria personal; Abreu Gómez, López y Fuentes y Bolio de Peón, desde distintas visiones, nutrieron la corriente del Indigenismo; finalmente, la novela de Revueltas, cuyos protagonistas son un cuarteto de presos políticos en las Islas Marías, denuncia el fracaso de la Revolución en un gobierno que no admite la disidencia.

mostrar Formación y genealogía literaria de Muñoz

Rafael F. Muñoz pertenece a una generación de escritores que se formó, y no pocas veces inició su carrera literaria, en el periodismo. Algunos de los diarios en los que colaboró fueron Vida Nueva, El Heraldo, El Universal, El Universal Gráfico y El Nacional, del cual fue director en 1930. El oficio periodístico y la narrativa estuvieron ligados de tal modo, en el caso de Muñoz, que su primera novela, ¡Vámonos con Pancho Villa! (1931), fue producto de una serie de cuentos primero publicados en un rotativo.

Al margen de lo que el periodismo haya contribuido a su ejercicio narrativo, el chihuahuense reconoce que sus principales guías en el arte de narrar fueron “las obras maestras de la novelística universal”.[14] Algunas de las piezas literarias que Muñoz presume conocer bien, son las de “Archibachiev, Chéjov, Leónidas Leónov, Dostoyewsky [sic], Kuprin, Bunin, Constantino Fédin, Béstkov, Averschenko, Gorki y Erehnburg”.[15] Entre la nómina de autores franceses, destaca Henri Barbusse, autor de El fuego (Le feu, 1916), de cuya lectura “nació en mí el deseo de dedicarme a escribir sobre la Revolución Mexicana”.[16] Hay que añadir, de la lengua francesa, a Anatole France y Blaise Cendrars; de la inglesa, a Oscar Wilde y Edgar Allan Poe. Entre los españoles le “impresionaron Valle-Inclán y Benjamín Janés”.[17] Este breve recuento nos da una idea de la amplia gama prosística de la que abrevó el norteño, con tendencia hacia el realismo.

A pesar de su cosmopolitismo literario, Muñoz afirma que “el escritor más cercano a su temperamento es Heriberto Frías”,[18] cuya novela, Tomochic (1893), fue la primera que leyó en su vida. Otros mexicanos que formaron parte de su genealogía fueron Emilio Rabasa y el olvidado, en su papel de escritor, Carlos González Peña.

mostrar Rasgos generales de la novela de la Revolución mexicana

Es incontable el número de obras que componen la corriente de la Narrativa de la Revolución mexicana y, en consecuencia, la crítica sobre el tema es abundante. Se considera, para su estudio, un primer grupo de escritores, entre los que se encuentran Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán y José Vasconcelos. Un segundo grupo, o generación, estaría conformado por Gregorio López y Fuentes, Celestino Herrera, Mauricio Magdaleno, Jorge Ferretis y el mismo Rafael F. Muñoz.[19]

Las novelas de esta corriente son, según José Luis Martínez, “casi siempre alegatos personales en los que cada autor [...] propala su intervención en la Revolución”; entre las maneras de contar, menciona la “perspectiva autobiográfica”.[20] Manuel Pedro González acusa a los autores de imitar, en aras de mantenerse fieles al hecho histórico, más que novelar: “su fantasía creadora apenas interviene”.[21] Por ello, hacia 1951, califica esta novela de “impresionista, improvisada, y con frecuencia, mal urdida. [...] Exceptuando algunos aciertos bien logrados por Azuela, Martín Luis Guzmán, José Vasconcelos y Gregorio López y Fuentes, la inmensa mayoría de estas novelas carecen de jerarquía estética”.[22] No está de más decir que estas valoraciones fueron hechas con base en estudios generales, pues González, analiza sobre todo la obra de Mariano Azuela, mientras que al resto de los autores y los libros dedica escuetos comentarios.

Otro rasgo destacado de las novelas sobre la Revolución es su “desencanto” y “desapego ideológico” del hecho que ficcionalizan; es decir, no son propiamente revolucionarias ni en su estructura ni en su contenido. Se llevaron el cañón para Bachimba se apega a algunos de los rasgos mencionados, como la elección de un narrador testimonial. Según declaraciones del propio Muñoz, “Alvarito es, hasta cierto punto, el joven que a mí me hubiese gustado ser”, lo cual convierte a esta obra en una “especie de autobiografía imaginaria”,[23] elemento que contradice la ausencia de imaginación argüida por González. Otra característica que la novela comparte con el resto de las obras que conforman la corriente es que adopta una perspectiva particular: el orozquismo. En otros aspectos, Se llevaron el cañón para Bachimba se aparta de las características tradicionalmente achacadas a la corriente.

Según Jorge Aguilar Mora, para comprender la “literal originalidad” de la novela novela de Muñoz, hay que sacarla “de ese cajón polvoriento e inútil del género” en el que se ha ubicado y leerla en el contexto de una tradición más amplia: la literatura hispanoamericana. De acuerdo con el crítico, las novelas de Muñoz “tienen más parentesco con las novelas de Carpentier y de Asturias que con Los de abajo o La sombra del caudillo”.[24] Para leerla en la tradición de los bildungsroman convoca a Don Segundo Sombra,[25] del argentino Ricardo Güiraldes, y Los ríos profundos, del peruano José María Arguedas. Esta perspectiva resulta novedosa, pero todavía no ha sido suficientemente explorada.

mostrar Edificio circular: la estructura de la novela

Se llevaron el cañón para Bachimba es el verso de un corrido norteño, en el que se canta la derrota orozquista, acaecida en el lugar mencionado por la canción. La obra está compuesta por cuarenta capítulos, pues como dice su autor “al proyectar y escribir una novela hay que tratar de dividirla en períodos (capítulos) más o menos de la misma extensión”.[26] Cada apartado comienza con un subtítulo, descriptivo e indicativo de lo que será narrado, y tiene entre una y tres páginas, lo cual habla de una repartición equilibrada.

La narración testimonial corre a cargo del también protagonista, Álvaro Abasolo, y se combina, eventualmente, con diálogos que nos permiten conocer el habla del resto de los personajes. Los sucesos se narran en un orden cronológico: desde que el padre deja a su hijo en calidad de “centinela” para resguardar la casa de la familia, hasta que Marcos Ruiz, jefe de tropa y maestro, se despide del joven teniente. En este sentido, estamos ante una obra de corte tradicional, pues el tiempo de la historia de Álvaro junto a “Los Colorados”, coincide con el orden de las secuencias narrativas que constituyen la novela-tiempo del discurso.[27]

Tanto al principio como al final, Álvaro se queda solo, sin embargo el sentido de uno y otro momento es muy distinto. Mientras que su padre lo deja desamparado y con una enorme responsabilidad –“sentí sobre mi espalda, como un fardo, el pesado silencio de la casa centenaria de los Abasolo”–;[28] Marcos lo deja con ánimos y herramientas suficientes para enfrentar la vida por vivir: “Yo soy un hombre completo desde hace tiempo. Yo sé luchar, yo sé resistir, yo sé perder”.[29] El niño que comenzó la novela, al cabo de la campaña orozquista, madura lo suficiente para emprender su propio camino.

Este rasgo cíclico es reforzado mediante el cuento de las brujas que curan a un jorobado por ayudarles a rimar una canción –“Lunes y martes y miércoles, tres / jueves y viernes y sábado, seis”–, y castigan a otro, por echarla a perder –“y domingo, siete”–. Esta historia infantil aparece narrada en el segundo capítulo de la novela, “Aniceto”, donde Álvaro nos cuenta que su criado lo hacía dormir con ese y otros relatos; en el capítulo “Final”, esta canción sirve de fondo para la marcha, firme y alegre, del hombre que vuelve a casa.

En esta novela de corte realista –por la configuración de los personajes y sus voces, así como su búsqueda por ficcionalizar un hecho social– hay algunos rasgos simbólicos; por ejemplo la muerte de Aniceto, quien representa la infancia y el lazo humano con la casa familiar. Cuando las tropas de la brigada Ruiz reciben una dotación de parque, Marcos decide enseñarle a tirar a Alvarito. Una de las pruebas consiste en disparar como si uno fuera sorprendido: “En aquel momento, Aniceto atravesaba el hueco de la puerta [...] abrió los brazos, echó la cabeza hacia atrás, el cuerpo se le fue curvando como un carrizo cuando sopla el viento y cayó paralelo al umbral”.[30] La muerte de Aniceto es también el fin de la niñez de Álvaro; el adolescente ha entrado en una etapa donde ya no necesitará cuentos para dormir, sino a alguien que le enseñe cómo usar una pistola, cómo moverse en la guerra.

mostrar Trato de escribir en forma clara, precisa, pura y, cuando puedo, elegante

A la pregunta expresa de Emmanuel Carballo sobre los estímulos que tuvo para acercarse al ejercicio de las letras, Muñoz respondió:

La primera frase de la gramática de Rafael Ángel de la Peña: ‘La gramática es el arte de hablar y escribir un idioma con claridad, precisión, pureza y elegancia’. [...] Claridad, llamar a las cosas por su nombre, lo más sencillamente posible. Precisión, encontrar el vocablo único, insustituible para nombrar a las cosas y a los hechos. Pureza, eliminación de extranjerismos, localismos… Elegancia, adecuación perfecta del fondo y la forma.[31]

Si bien es cierto que un autor no es la referencia más objetiva para juzgar su obra, en este caso, los sustantivos que Muñoz define son reconocibles en su prosa. A la claridad, la precisión, la pureza y la elegancia, hay que añadir el tono poético, que otorga ritmo a la novela: “El libro abunda en pasajes de un ‘poetismo’ casi poesía”,[32] dice Rand Morton. Entresacar un pasaje de Se llevaron el cañón para Bachimba, donde se puedan apreciar recursos poéticos, no es difícil; para muestra algunos botones:

la llanura debe de haberse emocionado con nuestro paso, porque había enrojecido: la tierra, de la que emergían los abanicos verdes de mezquital parecía cobre bruñido; y era rojo el halo que se levantaba del suelo al golpear los cascos de los caballos.

Pero el rebaño de cerros no tuvo para nosotros el menor indicio.

El sol curioso comenzó a elevarse, blanqueando la tierra, calcinándola; calentado el aire, abrillantándolo, puliéndolo como para una fiesta.[33]

En estos pasajes se nota la capacidad de Muñoz para humanizar o animar los objetos –metáfora/ personificación–, como ocurre con la llanura que expresa sus sentimientos mediante el color, con los cerros, cuya continuidad hace pensar en una procesión de inmóvil ganado, o con el sol entrometido. Los siguientes dos fragmentos permiten comparar cómo el lenguaje figurado sirve tanto a situaciones contemplativas, caso de la luna, como para la crudeza con que se habla de los efectos de un balazo:

La luna estaba dormida aún y su sueño mantenía sucia a la tierra con la tinta de las tinieblas. –¿Se te hace mucho un pellejo agujereado por cuatro chorizos de hierro que se rajan allá arriba?[34]

Antolín Monge, en su estudio sobre la narrativa de Muñoz, apuntó que el lenguaje poético “cumple una función de contrapeso: balancea una prosa cargada de truculencia”,[35] pues “se aplica al material bélico”,[36] como en este pasaje donde se describe el estallamiento de una granada: “Tronaban las ramas secas como cuando las tritura una rueda, y en el aire caliente volaban estrellitas que brillaban por un momento, chispas, átomos de madera que arden en pleno vuelo, luciérnagas, moscas luminosas que antes de caer son ya ceniza”.[37] O en este otro, donde al cañón se le adjudica habilidad lingüística, efecto reforzado tipográficamente:

Del cañón que pronunció cinco monosílabos iguales. La batalla comenzaba; los treinta minutos en que todo, menos el sol, estuvo inmovilizado, fueron las hojas en blanco con que principia el libro. La siguiente página tuvo cinco manchas negras, cinco grandes letras: CAÑÓN.[38]

La repetición de imágenes, el cuidado en el lenguaje y la proporción en cuanto al tamaño de los capítulos va construyendo un efecto de “equilibrio. Uno debe llevar al escribir un ritmo, que es la mejor forma de presentar una determinada realidad”.[39] Juan Antonio Rosado define la prosa de Muñoz como “directa y equilibrada, profunda en su concisión y sencillez, partícipe de la vieja postura del arte de parecer sin arte”.[40] Además, el autor integra recursos poéticos que, al integrarse a la prosa, refuerzan las emociones de los personajes, mantienen la tensión de los hechos relatados y sirven como una especie de descanso para la violencia contenida en la guerra.

mostrar El desierto de la guerra

Dentro de la novela, uno de los elementos más interesantes es la construcción del espacio, donde acontecen los hechos narrados. En el caso de Se llevaron el cañón para Bachimba, el ambiente se traduce en el paisaje norteño; algunos lugares están plenamente identificados por los subtítulos, caso de “Rellano”, “Cruz de Neira” y “Bachimba”; otros son más ambiguos, pero también aluden a elementos naturales como “Campo”, “Mezquital” y “Montaña”.

Francisco Antolín señala que el paisaje en Muñoz “traduce situaciones emocionales, lo que se ha llamado correspondencias, que son de la más pura estirpe romántica”.[41] Antolín pone como ejemplo el capítulo titulado “Impotencia”, donde las tropas están esperando las órdenes para atacar y el paisaje es un campo en calma. Esta sensible apreciación es apoyada por declaraciones del propio Muñoz, quien afirma que las páginas de su obra que más le gustan son la descripción de los mezquites en Se llevaron el cañón para Bachimba, donde “establezco un símil entre el hombre del pueblo y el mezquite”.[42]

La verosimilitud del paisaje narrado se debe a que, según nos dice Muñoz, “el recorrido que hace en la novela la columna de los ‘Colorados’ del general Marcos Ruíz lo hice previamente a caballo”; más aún, el capítulo “Divagando”, donde se desarrolla la comparación entre el hombre del pueblo y el mezquite, “está apoyado en mis notas de viaje”.[43] Al conocimiento profundo del terreno, Muñoz suma su arte narrativo para mostrarnos posibles correspondencias entre un arbusto y el carácter de la nación.

Lo habría creído agresivo y es humilde. Es un arbusto del campo; nadie lo planta, nadie lo cuida; lo mismo asoma en el arenal que en las arrugas del basalto, donde los vientos han dejado una costra de tierra. Parece no tener sed ni hambre, pues vive de la luz, vive del viento, corre por el llano, sube por los flancos de los cerros, asoma curioso en la corona de los cantiles y se vuelca locamente por los precipicios. [...] Envejece cada año y el invierno lo vuelve gris. Después, sus ramas se van quedando calvas, ennegrecidas como por un incendio; se tornan quebradizas, caen en pedazos, se dispersan. Pero del palo duro que quedó enterrado, salen en primavera unos gusanos verdes; ¡el mezquite ha resucitado! No desaparecerá nunca asesinado, como otros árboles, por el hacha, porque sirve para muy poca cosa. Es eterno, como las rocas; es variable, como las ondas que el viento hace en las dunas. Vive sin necesidades, sin preocupaciones, sin cuidados. Se expande, se eleva, se arrastra.[44]

La larga extensión de la cita se justifica por la necesidad de apreciar en la prosa de Muñoz la profundidad de las metáforas. Emmanuel Carballo, llevado por la sugerencia del también autor de ¡Vámonos con Pancho Villa!, apunta que el mezquite “simboliza, por una parte, a la Revolución; por otra, al pueblo. Es la Revolución, pero no aquella de los ideólogos, precisa en sus aspiraciones; es la Revolución tal cual la entiende la gente del pueblo: una vaga, oscura conciencia de justicia social”.[45]

Otros espacios que aparecen descritos son el interior de la casa centenaria de los Abasolo, o los vagones donde las tropas orozquistas se movilizan. No obstante, no tienen la misma significación ni correspondencia emotiva que el paisaje exterior, ni ocupan una extensión notable en el desarrollo de la trama.

mostrar Odisea en el desierto

Se llevaron el cañón para Bachimba es el relato del viaje que Álvaro Abasolo emprende una mañana de marzo. La odisea acontece en el territorio geográfico de Chihuahua, pero también da cuenta de un trayecto que va de la comodidad de una casa a la agresividad del desierto, de la ciudad al campo, de la paz a la guerra, de la ignorancia a la experiencia, del conocimiento libresco al empírico, de la niñez a la madurez. Paradójicamente, buena parte de este trayecto es posible en virtud de que las largas marchas por el desierto lo llevan al interior de sí mismo.

Álvaro, narrador protagonista de la novela, es hijo de una familia acomodada del norte del país; su padre, profesor de leyes, al enterarse de que “Los Colorados” nuevamente se rebelarían, decide dejar la casa al cuidado de su hijo adolescente, pues le “faltan muchos años para ser hombre”.[46] En esta casi orfandad, Abasolo recibe a las tropas de Marcos Ruiz, quien a partir de ese momento se convierte en una figura ejemplar para el niño.

La relación entre Álvaro y “Los Colorados”, al principio, es de extrañeza. Cuando las tropas ocupan su casa, sin violencia pero también sin dejarle otra opción, el joven tiene la oportunidad de conocer desde otra perspectiva a los rebeldes. “En mi interior, iba acercándome a aquellos hombres que eran conmigo amables y hasta humildes”.[47] A pesar de esta convivencia fraterna, la voluntad de Abasolo no está con Pascual Orozco, a quien no ve con buenos ojos. Se podría decir que para el joven la rebelión de “Los Colorados” era “música, caras alegres, banderas brillantes ondeando en el viento, brillo de armas, entusiasmo de hombres, impaciencias de caballos jóvenes”.[48] Al comienzo es muy claro que Abasolo no comprende y no le interesa entender cuáles son las causas de la rebelión.

Si bien el arribo de la Brigada Ruiz a su casa fue producto de la casualidad, la decisión de acompañarlos en la campaña corresponde plenamente a Álvaro. Nadie, ni siquiera Marcos, le pide que vaya; de hecho lo dejan un poco atrás porque se tarda en arreglar su montura. Cuando se da cuenta de ello, el muchacho sale tan apresuradamente que olvida cerrar la puerta: “Iba a partir a la guerra únicamente por mi gusto, como sin excepción lo hacían todos los demás”.[49] Su desapego por la que hasta entonces había sido su casa le hace olvidar los peligros de un posible saqueo.

Trasponer el umbral de la mansión familiar, el hogar de su infancia, puede ser visto como un rasgo simbólico de la madurez que se avecina. La manera de hacer patente este cambio es cuando Marcos, al pasar revista de su brigada, se topa con su antiguo anfitrión y, no sin sorpresa, lo llama “Alvarito”, a lo que éste responde: “Ya no quiero ser Alvarito, quiero ser Abasolo, Abasolo el ‘colorado’”.[50] Días después de este re-bautizo, Abasolo es nombrado teniente –el grado más bajo dentro del ejército– a las órdenes directas de Marcos, con lo cual se estrechan más los lazos con el jefe.

Aunque su experiencia en el campo de batalla era nula, la colaboración de Abasolo incluía la lectura de los periódicos –en español e inglés–, donde los rebeldes se enteraban de los movimientos de las tropas federales. No por ello, su participación en las peleas fue poca; las acciones del joven teniente en la batalla donde vencen al general José González Salas, o cuando lanzan la locomotora loca –llena de dinamita–, o en la derrota en el cañón de Bachimba dan cuenta de su colaboración con “Los Colorados”. Así, con todo y su impericia, Abasolo logró ganarse el respeto la tropa.

Un rasgo peculiar de esta novela, dentro de la Narrativa de la Revolución mexicana, es la exploración de la interioridad del protagonista en diversos niveles. Los capítulos “Amanecer” y “Divagando” concentran las reflexiones íntimas de Abasolo. “Únicamente yo pensaba; pensaba en el olor del humo, en el frío brusco del viento, en el mugido de la locomotora, en el sueño que tendrían las estrellas, pues cerraban los párpados, y que no podrían dormirse porque bajo ellas iban pasando los trenes con ruidos de cascada”.[51] En el segundo capítulo mencionado se encuentra la célebre reflexión a partir del mezquite. En “Sueño” y “Ambiciones” asistimos a otro nivel de interioridad, onírica, en el primer caso, y en el segundo, vinculada a las aspiraciones del joven teniente por llegar a ser general.

Álvaro Abasolo es un personaje que no intenta convencer al lector de nada. Sus motivos para ir a la guerra son personales, no tiene una ideología explícita: “Yo había ido a la guerra con una idea vaga de poder servir para algo, de poder ayudar a alguien, de contribuir a que viniera una situación nueva, mejor que la otra”,[52] palabras que, en cierto modo, resumen la razón del resto de los rebeldes.[53]

Su guía en el desierto de la orfandad es Marcos Ruiz, a quien procuraba imitar en todo lo posible porque Marcos “vale más que todos los que vengan a atacarnos. A donde él vaya, he de ir yo también”.[54] Esta última promesa es cumplida por Abasolo a pie juntillas; aun cuando el resto de la tropa se ha dispersado rendida por la sierra norteña, él continúa fiel al jefe, y sólo desiste cuando éste lo abandona. La relación maestro-alumno, establecida entre Ruiz y Abasolo, es lo que permite a Juan Antonio Rosado calificar la novela como un “original bildungsroman”. Unirse a las tropas orozquistas supone para Álvaro aprender “de la vida militar, que incluye también la aprehensión del ideal, ya que el prurito era no dejar morir a la Revolución mientras no se lograran sus fines”.[55] Para Bruce-Novoa “esa lucha parece relegarse a un aprendizaje juvenil, un rito de iniciación que al final permite que el joven pase a la vida adulta, un hombre, en sus propias palabras, ‘vencido, solitario, extraviado’ que se aleja de la Revolución”.[56] Ante lo cual, lo mejor es contextualizar los tres adjetivos citados por el crítico: “Vencido, solitario, extraviado, no me he rendido ni me rendiré. Adonde quiera que vaya, alto o bajo, tengo ya una finalidad que seguir, una lección que obedecer, un sentimiento íntimo que practicar”.[57]

mostrar Marcos Ruiz: el mensaje revolucionario

Marcos Ruiz –llamado por Aguilar Mora “padre memorable de la literatura”–[58] es el otro personaje protagonista de la novela; en palabras de Rafael F. Muñoz “se parece al general orozquista José Inés Salazar” y “representa los ideales de la Revolución”.[59] En boca del jefe revolucionario se expresan los discursos más emotivos y las enseñanzas más profundas para Álvaro. Cuando éste conoce a Ruiz, le llama la atención que “su voz, sin ser gritona, y sus ademanes, sin ser violentos, eran de mando”.[60] Marcos es un de general atípico en la narrativa sobre la Revolución mexicana. A diferencia de Demetrio Macías o del mismo Pancho Villa, quienes son ficcionalizados como hombres que sólo siguen sus instintos en el campo de batalla, carecen de ideología, son manejables y crueles, Marcos es un hombre ilustrado –era maestro en Ciudad Guerrero, Chihuahua– y es capaz de racionalizar los sentimientos de injusticia y desigualdad social, que comprende pues los ha vivido en carne propia.

Como ya había sido mencionado, Marcos Ruiz funge, dentro de la novela, como la figura paterna sustituta para Álvaro Abasolo. Según Antolín Monge la relación entre los dos personajes implica el enfrentamiento entre “dos mundos: el burgués, feudal, altanero de Álvaro y el nuevo orden revolucionario. Termina por triunfar el segundo: Álvaro se rinde ante la moderación, el carácter y los ademanes de Marcos que daban impresión de poder”.[61] Para Muñoz, es el vehículo mediante el cual se introduce el mensaje sobre la revolución que le interesa transmitir.

Otro de los rasgos que distinguen esta novela del resto de las obras de la Narrativa sobre la Revolución mexicana es su postura frente al movimiento armado. Si bien, Se llevaron el cañón para Bachimba narra la derrota de la facción orozquista, no se percibe un aire de desencanto con respecto a la lucha, ello es notable en las palabras de Marcos Ruiz, por donde se filtra un pensamiento utópico sobre la revolución. Aunque Muñoz no buscaba hacer una novela de propaganda, sí confiesa que “la idea de poner el mensaje casi al final del libro” fue inspirada por la novela Las doce sillas.[62] El discurso más cargado ideológicamente está al término de la novela y supone la despedida de un maestro, Marcos, a su discípulo, Álvaro; lo cual es admisible en el pacto narrativo de una novela de aprendizaje.[63]

Algunas de las opiniones sobre la causa revolucionaria en boca de Marcos Ruiz tienen que ver con el sentido de la lucha y la necesidad de no personificar ideas:

La revolución es algo más, algo tan grande, que nos exhibe a los hombres en toda nuestra insignificancia: es la inconformidad del pueblo con su miseria. [...] El pueblo se aleja más fácilmente de los hombres que de las tendencias. No es preciso que sea Orozco el que triunfe sobre Madero, ni Madero el que se imponga sobre Orozco; es preciso que sea el pueblo el que triunfe, a pesar de los errores, de las pasiones, de las locuras, de la ceguera de sangre, de los odios… y a pesar de los hombres.[64]

Tras la derrota orozquista, los hombres de Marcos Ruiz, poco a poco, lo abandonan. Él acepta resignado esta renuncia, pero se niega a seguir el mismo camino. Antes bien, según explica, prefiere volver a la sierra y a las minas, donde puede esconderse de los federales. Pues las otras opciones –rendirse o pedir perdón– le parecen indignas. La noche previa a su partida, pronuncia un sentido discurso, donde resume los motivos de la lucha y las enseñanzas para Álvaro.

No mires a la guerra como una belleza, sino como un horror. Es el último extremo, el recurso que queda ante el fracaso de todos los otros. Es la desesperación. Aunque el pueblo siempre la comienza, su enemigo es siempre quien la provoca. Cuando puedas hablar, habla; y di que no por temor, sino por afecto, por justicia, hay que sacar al pueblo de la miseria. Si todos están callados, grita; si todos gritan, únete al coro, que no sobrará ni una voz, que no se perderá una palabra, como no se pierde una sola gota del agua que llueve sobre los sembrados.[65]

Así, aunque es evidente la línea ideológica de la despedida, la novela no es panfletaria. El discurso final de Marcos es emotivo, no sólo porque antecede la partida del general orozquista, sino porque esas palabras suponen la herencia revolucionaria del maestro para el niño, que dentro de la lógica de la novela de aprendizaje, bildungsroman, cumplen con una función estética.

mostrar Los efectos críticos del cañón

Aunque el manuscrito de Se llevaron el cañón para Bachimba fue enviado desde 1939 a la casa matriz de Espasa-Calpe, en España, la edición se retrasó debido al contexto de la Guerra Civil (1936) en la península. Por ello el libro apareció hasta 1941, en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Este hecho, tal vez influyó en la poca atención que la crítica mostró hacia la novela, a pesar de que la editorial ha tenido gran prestigio. Atento al universo literario de su tiempo, José Luis Martínez escribió una reseña de la novela el mismo año de su aparición. Juan Carlos Gordillo, a propósito de la edición de Era (2007), escribió otra para una revista universitaria.

Jorge Aguilar Mora, autor del prólogo de la última edición de la novela, ofrece una lectura actual y amplia sobre su riqueza expresiva y simbólica. Destaca, entre otras cosas, el final, la canción de “Lunes, martes, miércoles, tres…”. Al respecto concluye que no hay “una novela más abstracta que ésta en toda la literatura mexicana: ningún acontecimiento, ningún desenlace, ningún misterio develado, sólo la presencia intangible de la alegría”.

Emmanuel Carballo considera que Se llevaron el cañón para Bachimba es la mejor obra de Muñoz.[66] F. Rand Morton, coincide con el ensayista mexicano: “No cabe duda que en este libro Muñoz ha logrado su mejor tratamiento estilístico y tiene su mejor novela”.[67] Rulfo, por su parte, dice que ahí “se encuentran también las mejores páginas descriptivas del paisaje áspero del Norte”.[68] No sucede así con Albert Dessau, otro estudioso de la corriente, para quien:

La forma de narración autobiográfica de un joven presta unidad a la composición, pero a veces hace que el autor se aparte del tema, o que la trama se ciña demasiado al curso de los acontecimientos históricos. Por ello, a pesar de varios trozos bien logrados, esta novela no resulta satisfactoria desde el punto de vista literario.[69]

Este juicio resulta desconcertante a la luz de otros especialistas –Julia Hernández, Juan Carlos Gordillo, Juan Antonio Rosado– quienes destacan la fuerza poética, el estilo y la calidad de la prosa literaria. La misma Julia Hernández en su recuento de Novelistas y cuentistas de la revolución (1960) da noticia de que los críticos extranjeros no le perdonaron a Muñoz el haberse dedicado a “hacer la apología de Villa”.[70] Como ejemplo también menciona a José Rojas Garcidueñas quien, al juzgar a Muñoz escritor, parece hacerlo pensando en la invasión a Columbus, hecho retratado en ¡Vámonos con Pancho Villa![71]

Si bien con breves comentarios, la mayor parte de los estudiosos de la Narrativa de la Revolución mexicana y de la literatura hispanoamericana en general retoman el trabajo de Rafael F. Muñoz. Entre ellos se puede mencionar a John S. Brushwood, Manuel Pedro González, Julia Hernández, F. Rand Morton, Carlos González Peña, Enrique Anderson Imbert, Antonio Castro Leal. Una idea recurrente es que Muñoz fue opacado por las figuras de Mariano Azuela y Martín Luis Guzmán; sin embargo, atendiendo a las cualidades literarias de su prosa, el norteño es un narrador de primera fila. No obstante la ausencia de estudios particulares en torno a Se llevaron el cañón para Bachimba, puede considerarse como una obra obligada dentro de la Narrativa de la Revolución mexicana, no sólo por su estilo sino por la particular perspectiva con que aborda el tema.

mostrar Bibliografía

Aguilar Camín, Héctor y Lorenzo Meyer, A la sombra de la revolución mexicana, México, D. F., Secretaría de Educación Pública (Biblioteca para la Actualización del Maestro), 1997.

Aguilar Mora, Jorge, “Novela sin joroba”, en Rafael F. Muñoz, Se llevaron el cañón para Bachimba, pról. de Jorge Aguilar Mora, México, D. F., Era, 2007, pp. 9-45.

Anderson Imbert, E., Historia de la literatura hispanoamericana ii. México, D. F., Fondo de Cultura Económica (Breviarios; 156), 1980.

Antolín Monge, Francisco, La narrativa de Rafael F. Muñoz, Tesis de maestría, Universidad Nacional Autónoma de México, 1975.

Aub, MaxGuía de narradores de la Revolución mexicana, México, D. F., Fondo de Cultura Económica (Lecturas Mexicanas; 97), 1985.

Bruce Novoa, Juan, “La novela de la Revolución mexicana: la topología del final”, Biblioteca Virtual Universal, pp. 37- 44, (consultado el 8 de julio del 2015).

Brushwood, John S., México en su novela. Una nación en busca de su identidad, trad. de Francisco González Aramburo, México, D. F., Fondo de Cultura Económica (Breviarios; 230), 1973.

Carballo, Emmanuel, “Rafael F. Muñoz”, en Protagonistas de la literatura mexicana, México, D. F., Alfaguara, 2005, pp. 357-376.

Dessau, Adalbert, La novela de la revolución mexicana, México, D. F., Fondo de Cultura Económica (Colección Popular; 117), 1996.

González, Manuel Pedro, Trayectoria de la novela en México, México D. F., Botas, 1951.

Hernández, Julia, Novelistas y cuentistas de la revolución, México, D. F., Unidad Mexicana de Escritores, 1960.

Mancisidor, José, Historia de la revolución mexicana, México, D. F., Editores Mexicanos Unidos, 1976.

Martínez, José LuisLa literatura mexicana del siglo xx, México, D. F., Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1995.

Meyer, Michael C., El rebelde del norte. Pascual Orozco y la Revolución, trad. de Carolina Espejel Sherman, México, D. F., Universidad Nacional Autónoma de México/ Instituto de Investigaciones Históricas (Serie de Historia Moderna y Contemporánea; 16), 1984.

Morton, F. Rand, Los novelistas de la revolución mexicana. Ilustraciones, capitulares y viñetas de José A. Gómez Rosas, México, D. F., cvltvra, 1949.

Muñoz, Rafael F.¡Vámonos con Pancho Villa! / Se llevaron el cañón para Bachimba/ ¿Historia, novela? (relato de la expedición punitiva), pról. de Roberto Suárez Argüello y Marco Antonio Pulido, México, D. F., Promexa, 1979.

Navarro, JoaquinaLa novela realista mexicana, México, D. F., Compañía General de Ediciones, 1955.

Puga, Mario, “El escritor y su tiempo: Rafael F. Muñoz”, Universidad de México, núm. 2, vol. x, octubre de 1955, pp. 16-18.

Rosado, Juan Antonio, “Rafael F. Muñoz, a treinta años de su muerte”, (consultado el 6 de julio del 2015).

Rulfo, Juan, “Rafael F. Muñoz”, La Jornada, 20 de noviembre de 2010, p. 31, (consultado el 2 de septiembre del 2015).

Serrano, Francisco, La rebelión de Pascual Orozco, México, D. F., Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (Nueva Biblioteca del Niño Mexicano)/ Secretaría de Gobernación/ Fondo de Cultura Económica, 2009.

Suárez Argüello, Roberto y Marco Antonio Pulido, “Prólogo”, en Rafael F. Muñoz, ¡Vámonos con Pancho Villa! / Se llevaron el cañón para Bachimba/ ¿Historia, novela? (relato de la expedición punitiva), México, D. F., Promexa, 1979, pp. ix-xxix.

Valadés, Edmundo y Luis LealLa revolución y las letras, México, D. F., Consejo Nacional para las Cultura y las Artes, (Lecturas Mexicanas, Tercera serie; 14), 1990.

mostrar Enlaces externos

Conde Ortega, José Francisco, “Rafael F. Muñoz: la retórica del poder”, Tema y Variaciones de Literatura, pp. 189-196, (consultado el 3 de agosto del 2015).

Muñoz, Rafael F., Oro, caballo y hombre, México, D. F., Universidad Nacional Autónoma de México (Material de lectura)/ Coordinación de Difusión Cultural/ Dirección de Literatura, 2010, (consultado el 3 de agosto del 2015).

Se llevaron el cañón para Bachimba fue el último libro narrativo de Rafael F. Muñoz (1899-1972). A pesar de haberse publicado en 1941, lo cierto es que la novela estaba terminada desde poco antes de la Guerra Civil Española; el autor la envió a su editorial madrileña sin sacar una copia; el ejemplar quedó guardado y finalmente se quedó en la Argentina. El éxito fue inmediato. La crítica ha considerado con cierta unanimidad que ésta es la mejor novela –en cuanto estilo, forma y aliento poético– de Muñoz y una de las más logradas de la Revolución Mexicana. La historia está contada desde la perspectiva de un muchacho, casi un niño, que acompaña y combate al lado de un general orozquista, de “un colorado”, contra el gobierno de Madero. Como bien dice F. Rand Morton en el estudio que sirve de prólogo a esta edición: “En Se llevaron el cañón para Bachimba, el estilo se ha vuelto más poético, menos brutal, más ocupado por la naturaleza y de un modo más lírico de pintarla. Igual ha pasado con el fondo. Ya no es el hecho sangriento sino el hecho emocional el que toma el lugar principal”.

* Esta contraportada corresponde a la edición de 1941. La Enciclopedia de la literatura en Iberoamerica no se hace responsable de los contenidos y puntos de vista vertidos en ella.


Se llevaron el cañón para Bachimba fue el último libro narrativo de Rafael F. Muñoz (1899-1972). A pesar de haberse publicado en 1941, lo cierto es que la novela estaba terminada desde poco antes de la Guerra Civil Española; el autor la envió a su editorial madrileña sin sacar una copia; el ejemplar quedó guardado y finalmente se quedó en la Argentina. El éxito fue inmediato. La crítica ha considerado con cierta unanimidad que ésta es la mejor novela –en cuanto estilo, forma y aliento poético– de Muñoz y una de las más logradas de la Revolución Mexicana. La historia está contada desde la perspectiva de un muchacho, casi un niño, que acompaña y combate al lado de un general orozquista, de “un colorado”, contra el gobierno de Madero. Como bien dice F. Rand Morton en el estudio que sirve de prólogo a esta edición: “En Se llevaron el cañón para Bachimba, el estilo se ha vuelto más poético, menos brutal, más ocupado por la naturaleza y de un modo más lírico de pintarla. Igual ha pasado con el fondo. Ya no es el hecho sangriento sino el hecho emocional el que toma el lugar principal”.

* Esta contraportada corresponde a la edición de 2001. La Enciclopedia de la literatura en Iberoamerica no se hace responsable de los contenidos y puntos de vista vertidos en ella.


Se llevaron el cañón para Bachimba fue el último libro narrativo de Rafael F. Muñoz (1899-1972). A pesar de haberse publicado en 1941, lo cierto es que la novela estaba terminada desde poco antes de la Guerra Civil Española; el autor la envió a su editorial madrileña sin sacar una copia; el ejemplar quedó guardado y finalmente se quedó en la Argentina. El éxito fue inmediato. La crítica ha considerado con cierta unanimidad que ésta es la mejor novela –en cuanto estilo, forma y aliento poético– de Muñoz y una de las más logradas de la Revolución Mexicana. La historia está contada desde la perspectiva de un muchacho, casi un niño, que acompaña y combate al lado de un general orozquista, de “un colorado”, contra el gobierno de Madero. Como bien dice F. Rand Morton en el estudio que sirve de prólogo a esta edición: “En Se llevaron el cañón para Bachimba, el estilo se ha vuelto más poético, menos brutal, más ocupado por la naturaleza y de un modo más lírico de pintarla. Igual ha pasado con el fondo. Ya no es el hecho sangriento sino el hecho emocional el que toma el lugar principal”.

* Esta contraportada corresponde a la edición de 2012. La Enciclopedia de la literatura en Iberoamerica no se hace responsable de los contenidos y puntos de vista vertidos en ella.


Esta novela, la segunda y última de Rafael F. Muñoz, es simplemente una obra magistral: enseña no sólo el arte de narrar sino el difícil ejercicio de crecer y madurar. Enseña, muestra, sigue paso a paso, una relación entrañable entre un adolescente abandonado por su padre biológico y un general orozquista que pronto se convierte en padre simbólico.
Es de los grandes narradores, como lo fue sin duda Muñoz, la sabiduría de tejer tan sutil y naturalmente acontecimientos de la Historia –en este caso la rebelión orozquista de 1912– con eventos vitales de personajes novelescos.
Siempre catalogada como “novela de la Revolución Mexicana”, esta novela admirable ha sufrido la tipificación de los prejuicios que esa categoría ha inspirado a la crítica y a la difusión literarias en México: novelas de interés limitado a los “hechos históricos” de una época específica y por lo tanto de escaso valor “artístico”. En última instancia, ejemplos de un género con más voluntad de testimonio que ambición creativa.
El lector de esta novela comprobará que no es necesario conocer los detalles históricos de la rebelión orozquista para apreciar la maestría con la que Muñoz describe al mismo tiempo una rebelión popular y la transformación de un huérfano en un ser humano dueño de su destino.
Se llevaron el cañón para Bachimba de Rafael F. Muñoz merece colocarse entre las grandes obras literarias del siglo XX mexicano y latinoamericano no sólo por su perfección narrativa sino también por su singular comprensión de las formas de nuestra vida.

* Esta contraportada corresponde a la edición de 2017. La Enciclopedia de la literatura en Iberoamerica no se hace responsable de los contenidos y puntos de vista vertidos en ella.



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