Enciclopedia de la Literatura en México

Agustín Yáñez

Nació en Guadalajara, Jalisco, el 4 de mayo de 1904; muere el 17 de enero de 1980. Narrador y ensayista. Estudió Derecho en la Escuela de Jurisprudencia de Guadalajara y la Maestría en Filosofía en la FFyL de la UNAM. Fue profesor universitario; director de radio de la Secretaría de Educación, de Educación Primaria de Nayarit y de Bandera de Provincias; rector del Instituto Científico y Literario de Tepic; jefe del Departamento de Bibliotecas y Archivos Económicos de la Secretaría de Hacienda; coordinador de Humanidades de la UNAM; gobernador del Estado de Jalisco; secretario de Educación Pública; presidente de la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos. Presidente del SCM, de El Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de la Lengua. Premio Nacional de Letras 1973.

Agustín Yáñez (1904-1980) inició su obra narrativa inspirado en su provincia y luego la extendió al conjunto de la realidad nacional. A lo largo de casi medio siglo —con interrupciones por sus tareas como gobernante y educador— escribió novelas, cuentos y relatos, notables por su vigor y sensibilidad, que significaron, sobre todo Al filo del agua (1947), su obra más importante, la entrada a la madurez de la novela mexicana.

Su preferencia por las formas orgánicas lo llevó a ordenar sus obras novelescas dentro de un sistema, como antes lo había hecho Mariano Azuela. Su propósito era:

 

Abarcar la vida mexicana en sus distintos aspectos: el arte, la vida universitaria, el campo, el trabajo industrial, la vida obrera, la vida en la ciudad y en la provincia, los problemas políticos y los sociales, la historia. Asimismo quiero abarcar todos los caracteres y todas las edades. [Emmanuel Carballo, Diecinueve protagonistas de la literatura mexicana del siglo XX, México, 1963, página 293.]

 

 

Su ambicioso designio era, pues, el de componer una nueva comedia humana de la vida mexicana. Y, como Balzac, trazó también el cuadro general al que se ajustan las novelas que escribió y la que tenía en proyecto. Se reproduce a continuación dicho cuadro, añadiendo un asterisco a las obras que llegó a publicar

 

 

EL PLAN QUE PELEAMOS

 

 

Primer esbozo para un retrato de México

 

 

 

LAS EDADES Y LOS AFECTOS

 

 Flor de juegos antiguos

 Archipiélago de mujeres

 La ladera dorada

 Los sentidos al aire

 

EL PAÍS Y LA GENTE

 

 La tierra pródiga

 Las tierras flacas

 Cornelio Luna, comisario ejidal

 Al filo del agua

 La culta sociedad

 Ojerosa y pintada

 

LA HISTORIA Y LOS TIPOS

 

 Las vueltas del tiempo

 Crónica de los días heroicos

 La fortuna de los Ibarra Diéguez

 Mónica Delgadillo y sus amigos

 La gloriosa

 

LOS OFICIOS Y LAS ILUSIONES

 

 La creación

 La torre

 El taller de Sanromán

 Claudia Capuleto

 Tonantzintla

 

De las veinte narraciones proyectadas en 1964 —fecha del plan—, Yáñez llegó a publicar once. De La fortuna de los Ibarra Diéguez anticipó un capítulo (Cuadernos Americanos, tomo XXVI, número 6, noviembre-diciembre de 1966). Y Mónico Delgadillo y sus amigos anda disperso en dos libros (“Introducción” a Archipiélago de mujeres, 1943), y “Mónico Delgadillo”,—nombre alterno del propio Yáñez—, en Alfonso Gutiérrez Hermosillo y algunos amigos, 1945).

 

El primer ciclo del plan se inicia con una de las obras más felices de Yáñez, Flor de juegos antiguos (1941), que transfigura imágenes de infancia, a la que podría asociarse, sus evocaciones juveniles, Baralipton (1930), Por tierras de Nueva Galicia (1931, 1975) y Genio y figuras de Guadalajara (1941) —que tiene tanto de historia y ensayo como de memorias e imaginación—, y la mayor parte de los cuentos de Los sentidos del aire (1964) —el despertar de los sentidos y los sentimientos—, que son de esos años.

Las estampas de Espejismos de Juchitán (1940) y las novelas cortas de Archipiélago de mujeres (1943) constituyen un primer desprendimiento del mundo personal. El hermoso Archipiélago, en especial, es como un ejercicio de dedos, un puente entre el mundo autobiográfico y el de la ficción, un intermedio lírico, antes de la gran empresa novelística. Los cuentos de La ladera dorada (1978), el último de los libros escritos por Yáñez, es otro ejercicio, pero de libertad moral. Personajes mitológicos o literarios viejos, redescubren el amor, y Yáñez lo cuenta, por primera vez en su obra, con delectación erótica y humor.

Después de sus libros de juventud, que entregaron a sus lectores la poesía de la infancia y el lirismo del adolescente, al alcanzar la madurez intelectual y artística, Yáñez atacó por primera vez la novela en Al filo del agua (1947), con ambición extraordinaria. Rehuyó los caminos conocidos y los temas probados. Y frente a la riqueza y complejidad del tema elegido, supo tratarlo como dominio técnico y fuerza expresiva. En Al filo del agua, el lector se estremece ante la verdad interior de los personajes y ante la fuerza y la delicadeza con que van siendo desnudadas aquellas almas y los conflictos y duelos que padecen. Al filo del agua reveló o creó la intensidad de un pequeño mundo.

Éste, un pueblo jalisciense de la región de Los Altos, hacia 1909, penúltimo año del largo gobierno patriarcal. Vísperas del estallido de la Revolución: al filo del agua. La novela nos va introduciendo en las intimidades angustiadas de los protagonistas: los que golpean inútilmente los muros de su tiempo y los que se resignan a agonizar en su luto perpetuo. La perturbación se inicia con la llegada al pueblo de Victoria, la hermosa extranjera, y de los que han estado en el “norte”; estos quieren una vida abierta y han vuelto vestidos de chillonas galas, jactanciosos y rebeldes. Y todo se precipita a su propio fin: el crimen de Damián Limón, la enajenación iluminada de Gabriel y la del pobre Luis Gonzaga Pérez, la derrota del cura don Dionisio y la insurgencia gloriosa de María que sabe jugarse la vida al futuro. Son, pues, varias acciones simultáneas que, a la manera de novelas como las de Sherwood Anderson y John Dos Passos , reconstruyen la vida de un cuerpo social. Y en medio de los protagonistas arrebatados, hay un personaje admirable que es como la memoria del pueblo, como el inmóvil coro que da testimonio: el viejo Lucas Macías.

El estilo fue preocupación dominante de Yáñez, y lo concebía como el empleo de un instrumento que debe ajustarse a una función expresiva precisa. Lo hemos llamado barroco, y Fernando Benítez escribió que veía a Yáñez “como un gran altar del siglo XVIII, como un altar lleno de santos, de máscaras, de frutas, de sensualidad” (Revista Mexicana de Cultura de El Nacional, 11 de octubre de 1964). Ahora bien, me parece que, en el caso de Yáñez, barroquismo no significa decoración superflua, confusión de la arquitectura interior de la obra. Por lo contrario, la profusión de su estilo es plenamente significativa, responde a exigencias internas de expresión, es riqueza verbal avasalladora, y la densidad y profundidad de las nociones son las que determinan su peculiar barroquismo. Señalo dos pasajes de Al filo del agua en los cuales la riqueza barroca alcanza la plenitud expresiva de cada una de las palabras; anda en ellas es decorativo o superfluo, porque todo conviene a la expresión de una realidad significante. Los pasajes a que me refiero son la narración en contrapunto de la locura mística de Luis Gonzaga Pérez, alternada con el oficio latino del Viernes Santo, y la descripción del apasionado concierto de campanas con que Gabriel despide a Victoria.

El estilo y la técnica novelística de Yáñez tienen también otros registros notables. Como lo había hecho ya en obras anteriores, en su novela capital emplea largamente el monólogo interior joyceano; se sirve de collages, intercalando noticias periodísticas, oraciones y textos litúrgicos en el relato; recoge variadas formas del lenguaje popular y del específico de ciertos oficios, y articula y yuxtapone sus escenas enlazándolas por medio de alusiones o evocaciones internas. Es, pues, Al filo del agua una novela que asume su tiempo literario y que impone en él su propia marca.

Dena, profunda y perturbadora, Al filo del agua es una de las novelas mexicanas más hermosas e importantes. La vitalidad de nuestra novela contemporánea, que se inaugura con esta obra, debe mucho a su ejemplo de audacia espiritual y de rigor y maestría artísticos.

En 1978 Rafael Corkidi dirigió una adaptación cinematográfica de Al filo del agua. Como lo comentó Yáñez, el resultado fue una “desadaptación libertina [...]. El pueblo de mujeres enlutadas, se convierte en rincones de mujeres desvestidas”. Yáñez prohibió que su nombre y el título de su novela se usaran en la película.

Después de su sexenio como gobernador de Jalisco (1953-1959), Yáñez prosigue su obra literaria con dos novelas de la ciudad de México. La creación (1959), primera de ellas, se enlaza aún con el mundo de la provincia pues ofrece un nuevo desarrollo de algunos personajes de Al filo del agua. Gabriel, el campanero adolescente que expresaba confusamente su vocación musical, ya instruido, es el protagonista de la novela. Y junto a él persisten las dos mujeres protectoras, Victoria, la gran señora siempre lejana, y María, la audaz sobrina del cura que decidió seguir a los revolucionarios y que ahora, en La creación, es una mujer poderosa y lúcida.

Estos personajes ya conocidos junto a otros nuevos, van a actuar y mezclarse con los personajes reales: pintores, compositores y escritores que, hacia principios de los veinte y en torno a José Vasconcelos, realizan un nuevo renacimiento mexicano. Las estampas de este mundo cultural son un documento interesante, aunque en la novela sólo tienen la función de ofrecer el ambiente para la historia de Gabriel el compositor, y de los pasos y tropiezos de su pasión creadora. Compuesto a la manera de una sinfonía, tiene cierto fondo autobiográfico. La creación ofrece dos personajes bien logrados, Gabriel y Victoria. Él con fuerza original, impaciencia y calor humano. Y ella, la inspiradora, es una sombra protectora que sólo llega a corporizarse, al final, cuando aniquilada, sólo conserva el aroma de su prestigio.

Ojerosa y pintada (1960), título que procede de un verso de “La suave Patria” de Ramón López Velarde, es una de las novelas de Yáñez de más fácil lectura y, aparentemente, más ligera: novelas o cuentos cortos, característicos de la pluralidad de ambientes, gentes y problemas de la metrópoli, enlazados por el artificio del chofer de taxi que los conduce a lo largo del día entero. Siguiendo el reparto escénico que gusta a Yáñez, hay dos personajes testigos: el mismo chofer y el Filósofo del Gran Canal, coro-testigo, que pertenece a la estirpe del viejo Lucas Macías, de Al filo del agua, y de la mágica y espléndida Matiana, que aparecerá en una novela posterior, Las tierras flacas.

Ojerosa y pintada —escribe Carballo— no es una novela de crecido número de personajes: es novela de un solo personaje, el hombre que nace, crece, se reproduce y muere en la ciudad de México. Así lo indican las tres partes en que está dividida: “Cuesta arriba”, “Parteaguas” y “Cuesta abajo”. La novela se inicia con un nacimiento y concluye con una defunción: (Yáñez como novelista padece de agorafobia: todas sus obras son circulares, están redondamente concluidas. Estructuralmente rechaza las obras abiertas.) Entre uno y otra corren —y digo que corren porque es una novela río— las múltiples posibilidades de la vida. [Diecinueve protagonistas…, obra citada, páginas 322-323.]

La complejidad de la novela alcanza también el estilo. Su aparente facilidad, otra vez, esconde un virtuosismo literario, pues el estilo va ajustándose a los múltiples rostros de la ciudad y los recursos técnicos a las necesidades internas de la narración. Aquel barroquismo interior de otras obras suyas deja su lugar a una fluidez narrativa, al solo devenir de la vida múltiple y una de la ciudad de México.

Una de las empresas importantes que realizó Agustín Yáñez como gobernador de Jalisco fue la de incorporar la región de la costa jalisciense a la vida económica y social del estado y de la república. Aisladas por la agreste serranía, aquellas tierras feraces dejaron de ser un mito cuando sus hombres y sus cosechas pudieron transportarse por el primer camino que comunicó a la región y cuando, con la comunicación, se inició para ellas una nueva vida. Los viajes que hizo entonces Yáñez a la costa le hicieron conocer la belleza sobrecogedora de la región, y la astucia, la violencia, la vivacidad y el duro temple de los hombres que, a su manera, se habían adelantado en el dominio de la región. El tema debió ser tan persuasivo para el novelista que, aún durante su gobierno, encontró tiempo para escribir los primeros cinco capítulos de La tierra pródiga (1960), la novela que dedicaría a aquel mundo.

Ésta es, pues, la novela de la costa jalisciense, del trópico primitivo y violento que los caciques, los señores de la tierra, explotan y gobiernan con la ley de la fuerza y la sangre, hasta que llegan los civilizadores, los hombres de los programas, la técnica y las máquinas, que trabajosamente van imponiendo un orden a aquel mundo bronco. La tierra pródiga forma parte, por ello, de la tradición hispanoamericana de luchas entre civilización y barbarie, aunque en la novela de Yáñez triunfará la fuerza de las máquinas y se iniciará la etapa de la industrialización.

La riqueza temática de esta lucha y la seducción de los escenarios eran un reto al que Yáñez, en plena madurez, respondió con singular fortuna realizando una composición de tipo mural, llena de brío y poderoso trazo. Como en otras de sus novelas, en La tierra pródiga se emplean recursos musicales y todo un despliegue de estilos y formas expresivas. La novela, acaso la más apasionante de las escritas por Yáñez, es una sucesión de páginas admirables: como la tensión oscura de la “rueda de fieras” que abre el libro; el preludio sinfónico de la costa y el mar y, en otro registro, los rudos acordes de la letanía de imprecaciones de los peones de Sotero Castillo; o el tono noble y dramático de la viuda que rescata el cadáver del maligno.

El Amarillo, personaje principal de la novela, es una de las creaciones memorables de Yáñez. Es un tipo sin escrúpulos que emplea los recursos más adecuados para lograr sus fines y que combina los residuos de un carácter del altiplano con las concupiscencias de la costa, con lo que él llama “el gran libertinaje de la naturaleza”. Las astucias, las pasiones, la imaginación y la derrota final de El Amarillo componen un carácter de tanta fuerza humana como verdad literaria.

Después de la novela de la vitalidad tropical, Yáñez escribe la novela de las tierras áridas, de Los Altos de Jalisco, Las tierras flacas (1962). Por ello, ésta será la novela de hombres y mujeres de otro temperamento, graves y sentenciosos, apegados a su tierra ingrata y a la esperanza de un cielo sin clemencia. El tema de Las tierras flacas tiene afinidades con otras obras de Yáñez. Aquella región despojada y dura y aquellos hombres tan semejantes a su tierra son los mismos de Al filo del agua. Pero ahora son los habitantes de un grupo de rancherías, entre 1920 y 1925, cuando ya ha pasado la Revolución. Y, como en La tierra pródiga, esta otra novela cuenta la lenta, azarosa lucha de un pueblo por librarse del cacique opresor.

La anécdota central es un hallazgo por la humanidad y la emoción que alcanza. Rómulo y Merced, padres de la difunta Teófila, se ven ante el dilema de entregar al cacique, en pago de sus deudas, la máquina de coser —recuerdo sagrado de la hija llorada o el resto de la tierra que les queda. Y en torno a la historia de la máquina de coser de Teófila se agita un mundo fascinante: el bárbaro sentido patriarcal del cacique Epifanio, las marrullerías de Jesusito, las hazañas del libertador Miguel Gallo, el abuelo evocado por Rómulo, síntesis de la sabiduría popular y el señorío campesino; y la espléndida figura de la zahorina Matiana, que recoge leyendas populares y alcanza a veces la grandeza trágica de la Celestina española. La difunta Teófila es el recuerdo de la pureza y la gracia.

Epifanio Trujillo, el cacique patriarcal, es una personalidad notable y, al mismo tiempo, un documento sociológico, pues retrata una realidad que existió en la región. Arriero enriquecido y engordado, conserva el humor y el gusto por los refranes. Cuando aún corría de rancho en rancho, comenzó también a rodar de mujer en mujer. Y cuando se estableció en el Llano y acumuló tierras fue imponiendo su propia “ley de actos”:

A nadie raptó. Por convencimiento, interés o afecto, las mujeres lo siguieron voluntariamente… Las instalaba en casas independientes y en ranchos diferentes, alejadas entre sí; las proveía de lo necesario… les prestaba esmeros en sus enfermedades, y principalmente cuando iban a dar a luz; las castigaba en sus fallas…

 

[Las tierras flacas, Mexico, Joaquín Mortiz, pp. 45-46]

Motivos mayores, menores o insignificantes bastaban para romper sus “lunas de miel” y volver a viejos y nuevos bebederos. Los hijos quedaban en categoría de ahijados, mientras no probaran que merecían ser reconocidos y bautizados. Y, cuando don Epifanio muere y afronta su juicio, habla con sabor de pastorela vieja y, como el Pedro Páramo de Juan Rulfo, sigue interviniendo en la acción novelesca por medio de apariciones.

La maga, la misteriosa Matiana tiene cierto parentesco con el viejo Lucas Macías, la memoria popular de Al filo del agua, y con el Filósofo del Gran Canal, de Ojerosa y pintada. De los tres, es el personaje más rico y atrayente. Su fugaz marido comenzó a adiestrarla en astucias y saberes populares. Cuando lo perdió “se lo llevaron de leva”—, la soledad le dio fortaleza y le fue dando sabiduría, piedad y compasión por seres y cosas. Paulatinamente, fue haciéndose apoyo y consejo, remedio y adivinación en aquellos parajes desvalidos. Acabó en curandera y hechicera. La descripción que hace el novelista del mundo de Matiana, de la “pieza de los misterios” y de su instrumental son un extraordinario inventario de la farmacopea y de la medicina o hechicería rancheras, así como de las aplicaciones terapéuticas de cada sustancia.

Al final de Las tierras flacas, la madre Matiana alcanza una altura trágica y queda como la constancia del mundo mágico, indígena e hispánico, que va a desaparecer frente al mundo moderno.

Las vueltas del tiempo (1973) fue escrita entre 1948 y 1951, inmediatamente después de Al filo del agua. El haberla guardado más de veinte años antes de decidirse a publicarla se debió a su tema: el entierro del expresidente Plutarco Elías Calles, el 20 de octubre de 1945, y las evocaciones que suscita en algunos de los asistentes a los funerales. Yáñez temió que su aparición le acarrearía críticas feroces. Sólo cuando había pasado largo tiempo y ya habían terminado sus principales actuaciones políticas (gobernador de Jalisco, 1953-1955), y secretario de Educación Pública, 1964-1970), se decidió a publicarla. Ni escritores ni políticos le prestaron atención.

Como sus demás novelas, Las vueltas del tiempo tiene una estructura clara y están bien balanceados sus temas. En la funeraria, en el trayecto al Panteón, durante el entierro y al volver de él, conversan, opinan y recuerdan varios personajes: dos viejos, un liberal y otro socialista; un periodista y un extraño gringo; un empleado de la funeraria, agobiado por los agravios personales que tiene con el personaje muerto; ricos porfiristas que cierran las ventanas de su casa para aislarse del paso del cortejo; los Ibarra Diéguez. Con ese gusto que tenía Yáñez de continuar con sus antiguas creaciones y de seguir sus pasos en nuevas situaciones, aquí reaparecerá Damián Limón, el supuesto parricida y matamujeres de Al filo del agua, ahora exgeneral de la Revolución, empobrecido; y María, la sobrina del cura y su actual y poderoso marido, el ingeniero Ibarra Diéguez, también de la misma novela. Lo que ocurrió a Damián y a María en los treinta y tantos años transcurridos entre las acciones de una y otra novela, es de los relatos más interesantes de Las vueltas del tiempo, aunque sólo incidentalmente tengan que ver con el general Calles y sean más bien crónicas de los vaivenes y matanzas de la Revolución.

Pero, además de los antiguos conocidos hay nuevos personajes. Uno de los empleados de la funeraria que hacen el notorio servicio es un sonorense cuyo padre había sido ahorcado por orden de Calles. El recuerdo de aquellos agravios lo conturba frente al muerto aborrecido. Y cuando termina su servicio - al fin de la novela -, exasperado, tiene una trifulca con su mujer.

La parte de la persecución religiosa se centra principalmente en la historia de Osollo, extraño personaje, medio contrahecho y de gran inteligencia, al que en tiempos de la cristiada llamaban el Anticalles, se hace jesuita famoso y acaba por declararse callista. El grupo de porfiristas ricos no llega a tener carácter y sus conversaciones son un relleno. Asimismo el estadounidense mister Goldwyn que acompaña al periodista, y cuenta su historia, la refiere larga y confusa.

Las vueltas del tiempo es, pues, una novela que no encuentra su propio camino. Carece de la congruencia interna y de la fuerza literaria de las grandes novelas de Yáñez. Sus secciones mejores logradas son las continuaciones de las vidas de Damián Limón y de María y su marido, en el marco de la Revolución. Y puesto que su tema es la figura de Calles, el hecho es que sólo se nos cuentan hechos de los cristeros, y algunas opiniones encontradas respecto a él y muy poco de su personalidad y actuación.

La mayor parte de los libros narrativos de Yáñez tienen ilustraciones. Son especialmente notables las que trazó Julio Prieto para Espejismos de Juchitán, Archipiélago de mujeres, Pasión y convalecencia (1943) y Al filo del agua. Las muy hermosas de este último se reprodujeron como una plaquette con nota preliminar de Yáñez (1947). De Al filo del agua la Editorial Porrúa hizo, en 1979, una edición de lujo con ilustraciones, algunas en color, de Alfonso de Lara Gallardo. La primera edición tapatía de Flor de juegos antiguos la ilustró Alonso Mario Medina. Los sentidos al aire tiene excelentes ilustraciones de Francisco Moreno Capdevila. Esteban Cueva Brambila dibujó las de Por tierras de Nueva Galicia y las viñetas de Ojerosa y pintada son anónimas.

Además de su obra novelística, Yáñez escribió dos buenas biografías: Fray Bartolomé de las Casas, el conquistador conquistado (1942) y Don Justo Sierra. Su vida, sus ideas y su obra (1950); y los primeros capítulos de Santa Anna. Espectro de una sociedad (1982). Sus estudios críticos son importantes. Los dedicados a los mitos indígenas —indagación acerca de las creaciones y facultades del alma indígena—, a las crónicas de la Conquista, a José Joaquín Fernández de Lizardi y de nuevo a Bartolomé de Las Casas y a Justo Sierra, se reunieron en Fichas mexicanas (1945). En El contenido social de la literatura iberoamericana (1944) indagó la vinculación de la literatura con la realidad social y el poder constructivo de la palabra. En fin, sobre temas de su tierra, escribió Alfonso Gutiérrez Hermosillo y algunos amigos (1945), El clima espiritual de Jalisco (1945) y Yahualica (1946).

Además de las ediciones originales de sus obras, en la Biblioteca de Autores Modernos, de Aguilar, se ha publicado un volumen de Obras escogidas de Yáñez, con un extenso estudio preliminar de José Luis Martínez (1968). Entre los muchos estudios sobre la obra de Yáñez pueden destacarse: Heleny F. Giacoman, Homenaje a Agustín Yáñez. Variaciones interpretativas en torno a su obra (Madrid, Anaya, 1973) y Alfonso Rangel Guerra, Un mexicano y su obra. Agustín Yáñez (México, Empresas Editoriales, 1969).

Obtuvo el título de abogado el 15 de octubre de 1929 en la Universidad de Guadalajara y se graduó como maestro en Filosofía, el 12 de septiembre de 1951 en la Universidad Nacional Autónoma de México (unam). Agustín Yáñez fue profesor en Guadalajara y fundador de la revista Bandera de Provincias (1929-1930), que reunió en un "Grupo sin número y sin nombre" al que pertenecían Alfonso Gutiérrez Hermosillo, Esteban A. Cueva, José G. Cardona Vera, Emmanuel Palacios y el propio Agustín Yáñez, que utilizó el seudónimo de "Mónico Delgadillo", formado por el nombre de Santa Mónica por el día de su nacimiento y el apellido de su madre. Mónico Delgadillo también es el personaje que sintetiza a los amigos que formaban su grupo, bajo cuyo nombre pudieron abordar con libertad e impertinencia ciertos temas. En el prólogo a la primera edición de Archipiélago de mujeres, lo hace morir en Estancia de la Soledad, jurisdicción de Yahualica, el 5 de agosto de 1935, día en que Gutiérrez Hermosillo y Martínez Valadez, del grupo Bandera de Provincias también habían muerto. Yáñez fue rector del Instituto de Nayarit (1930-1931) y director de Educación Primaria de ese estado. A partir de 1942 se dedicó a la docencia en la Escuela Nacional Preparatoria y en la ffyl de la unam. Fue director de la Oficina de Radio de la Secretaría de Educación Pública (1932-1934), jefe del Departamento de Bibliotecas y Archivos Económicos de la Secretaría de Hacienda (1934-1952), jefe de la Delegación a la xi Asamblea General de la unesco (1960) y subsecretario de la Presidencia de la República (1962-1964). Sus múltiples colaboraciones en publicaciones periódicas se encuentran, principalmente, en Letras de México, Crisol, Ábside, Revista Iberoamericana, México en el Arte, El Libro y el Pueblo, Filosofía y Letras, Historia Mexicana, Cuadernos Americanos y en otras revistas tanto de la capital como de la provincia, así como en los principales diarios de la Ciudad de México y sus suplementos culturales, especialmente en El Nacional. Los periodos en que fue gobernador de su estado (1953-1959) y secretario de Educación Pública (1964-1969) no obstaculizaron su trabajo a favor de la cultura mexicana y a su literatura. Agustín Yáñez pertenece a la primera generación de los grandes narradores iberoamericanos contemporáneos nacidos alrededor de 1900, como Asturias, Carpentier, Borges, Onetti, Roa Bastos, Bioy Casares, Sábato y Guimarães Rosa, entre otros. Sus restos descansan en la Rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón de Dolores.

Agustín Yáñez Delgadillo, halló el sentido de su vida en el ejercicio vocacional de la escritura y la docencia. Cultivó la narrativa y el ensayo con temas didácticos e históricos y de crítica literaria y política. Publicó veinte libros entre novelas, cuentos y relatos, y otros tantos de ensayos, sin contar sus numerosos prólogos. En la mayoría de sus libros se revela el amor a México y especialmente a su provincia. El propósito general de su obra fue abarcar todos los aspectos de la vida mexicana, sin olvidar que ésta es parte de la iberoamericana. Sus inquietudes por la cultura mexicana, la historia, la literatura y los problemas educativos fueron el origen de ensayos como Crónicas de la Conquista de México, Mitos indígenas, Fray Bartolomé de las Casas, José Joaquín Fernández de Lizardi; Don Justo Sierra, su vida, sus ideas y su obra; Santa Anna, El contenido social de la literatura iberoamericana, De la naturaleza y carácter de la literatura mexicana y otros. Dentro de su narrativa sobresalen: Flor de juegos antiguos (1942), obra "transida por el recuerdo de Guadalajara y macerada en los perfumes, colores, ruidos y decires de la clara ciudad", en la cual logra recuperar del tiempo pasado el sabor de la infancia que ilustra con motivo de los juegos infantiles; "graba el ritmo y la intimidad de la vida de una ciudad y traza a la vez el dramático y misterioso relato del niño que descubre un mundo"; Archipiélago de mujeres (1943) consta de siete dramas amorosos legendarios, trasplantados y recreados en ambientes mexicanos, conservando la esencia de los héroes de donde provienen, penetra a través del recurso del monólogo interior y con una gran intuición, en el mundo del deseo del adolescente anterior al de la posesión; Al filo del agua (1947), la primera novela de su trilogía provinciana, nos ofrece un cuadro fiel de la vida de un pueblo característico del estado de Jalisco. Con ella realiza una de sus obras novelescas más ambiciosas, se desprende por primera vez del material autobiográfico y de la prosa narrativa que habían dominado sus obras anteriores para alcanzar una creación original y objetiva, sin omitir ninguna de las conquistas importantes de la novela de entonces. La religión y el amor son las dos grandes fuerzas alrededor de las cuales giran ideas, conceptos, sentimientos y costumbres; de eso hablan sus personajes, de eso se lamentan, por eso viven, mueren y sueñan. Al filo del agua es nada menos que el preludio de la Revolución, que se ve justificada en la obra. Esta novela es la primera obra en que se cristaliza una literatura nacional mexicana, con lo que llegó a ser el punto de partida de la novela mexicana contemporánea propiamente dicha; con Los de abajo merece un reconocimiento universal. La tierra pródiga (1960), la segunda novela de su trilogía, es la pintura de las costas de Jalisco, la primera gran novela de la selva en México; narra la historia en que la barbarie se enfrenta a la civilización, en la que el hombre acomete la tarea de sojuzgar a la naturaleza, en la que los hombres se despedazan con saña zoológica; es la conquista y la colonización de la tierra caliente, del término de los grandes cacicazgos, del comienzo del imperio de la máquina. Comparando esta novela con sus hermanas latinoamericanas, vemos que es la primera en que el hombre domina y modifica a la naturaleza, que sí lo caracteriza pero no lo anula. En la tercera novela de su trilogía, Las tierras flacas (1962), Yáñez reencuentra su campo vital, es decir, entra en contacto nuevamente con las criaturas que más amó y comprendió, las de su novela Al filo del agua, las de los pueblos de atmósfera enrarecida y de los ranchos que, de tan pequeños, carecen de horizonte humano. La obra es el drama de la gente de campo, en que el cielo no les ofrece seguridades y el suelo está ya agotado. A estos seres se les plantea el conflicto de renunciar a sus tradicionales modos de vida para aceptar las ventajas del mundo de la técnica y de la industrialización, con todo o que implica, o por el contrario, combatir las nuevas ideas, amurallados en sus viejas creencias. Dos mitos campean a lo largo de toda la historia: la tierra y la máquina. A la postre triunfa la última por ser el símbolo de una nueva vida, de un mundo nuevo, que sin embargo no soluciona la vida de estos seres. La técnica del novelista se adentra en las mentes y en el pasado de las gentes haciendo vivir a los que ya no existen. Subjetivo y lírico, Yáñez da a su novela hondura y trascendencia, misterio y vida. Su conocimiento del ser, manera y lenguaje de su pueblo hacen de su novela, además de una obra de arte, una verdadera fuente para el filólogo y el investigador de nuestra cultura. Sin duda alguna Las tierras flacas constituye todo un estudio de historia de las mentalidades. Yáñez coincide justamente con las palabras de Alfonso Reyes: "La literatura, la poesía, son […] una vasta investigación en busca de la conciencia nacional, encaminada a dar al mexicano mayor vinculación con la tierra y un apoderamiento mayor sobre las realidades del mundo".

Seudónimos:
  • Mónico Delgadillo

Instituciones, distinciones o publicaciones


El Colegio Nacional (COLNAL)
Fecha de ingreso: 24 de septiembre de 1952

Centro Mexicano de Escritores
Fecha de ingreso: 1951
Miembro del Consejo Literario

Premio Nacional de Ciencias, Letras y Artes
Fecha de ingreso: 1973
Fecha de egreso: 1973
Ganador en el campo de Lingüística y Literatura

Bandera de Provincias. Quincenal de Cultura
Fecha de ingreso: 01 de mayo de 1929
Fecha de egreso: 30 de abril de 1930
Gerente fundador

Seminario de Cultura Mexicana
Miembro

Academia Mexicana de la Lengua
Fecha de ingreso: 1973
Director

Facultad de Filosofía y Letras FFyL (UNAM)
Fecha de ingreso: 1942
Profesor

Secretaría de Educación Pública (SEP)
Fecha de ingreso: 1932
Fecha de egreso: 1934
Director de la Oficina de Radio

Letras de México. Gaceta literaria y artística
Colaborador

Crisol. Revista de crítica.
Colaborador

Ábside. Revista de cultura mexicana
Colaborador

México en el Arte
Colaborador

Cuadernos Americanos. La revista del mundo nuevo
Colaborador

El Nacional
Colaborador