Enciclopedia de la Literatura en México

Juan José Arreola

mostrar Introducción

Juan José Arreola no sólo es un escritor fundamental en la historia de la literatura mexicana, sino que su presencia en el mundo editorial, en la televisión, en la docencia, lo hizo un personaje conocido por amplios sectores sociales, aun por los que están más distantes de la vida literaria. Se trata de una figura imprescindible para el crecimiento y fortalecimiento de la cultura en México por su trabajo en la formación de la nueva generación de escritores, por su participación en los medios de difusión, revistas, libros y programas culturales de televisión, que ensancharon el horizonte de millones de receptores.

Hablar de Arreola es hablar de un mundo de referencias literarias universales, es evocar la pasión por el lenguaje en su máxima posibilidad expresiva, en su sonoridad y sus sentidos recónditos, es revivir el deleite por la forma, experimentar el placer del ingenio, la risa y la vitalidad; Arreola es memoria, es depositario de una larga tradición con la que juega, a la que recrea y enriquece. Con Arreola se parte siempre de la tierra natal, de lo oral, de las raíces, del decir de la gente del campo para elevarse hecho arte a las regiones más altas de la cultura universal. Para entender cabalmente su propuesta artística es imprescindible tener en cuenta estas coordenadas apenas enunciadas aquí.

Arreola nació en Zapotlán el Grande, hoy Ciudad Guzmán, Jalisco, el 21 de septiembre de 1918 –“nací, como alguna vez lo dije, entre pollos, chivos, guajolotes, vacas, burros y caballos”–;[1] fue el cuarto de catorce hijos que procrearon Felipe Arreola Mendoza y Victoria Zúñiga. Después de un largo ir y venir por distintas partes del país y del mundo: Zapotlán, Guadalajara, Colima, Ciudad de México, París, volvió a Guadalajara, donde murió el 3 de diciembre de 2001.

Su obra, a pesar de no ser muy extensa, abarca una gran diversidad de géneros: novela, prosa poética, cuento, teatro, estilización de textos ajenos, fragmentos. Sus escritos se han recogido en diferentes libros: Varia invención (fce, 1949); Confabulario (fce, 1952) –vale la pena consignar que este libro sufrió una serie de modificaciones en las sucesivas ediciones, por ejemplo, en la de 1955 (fce) corrige y aumenta los textos que lo componen; en 1962 bajo el sello del Fondo de Cultura Económica aparece con el título de Confabulario total (1941-1961), y ahí integra Bestiario, Confabulario y Varia invención; se vuelve a editar con nuevas correcciones en 1966. Bestiario (unam, 1958); La feria (Joaquín Mortiz, 1963), su única novela; Palindroma (Joaquín Mortiz, 1971). Como dramaturgo, nos han quedado dos obras suyas: La hora de todos (Los Presentes, 1954), que se integró a Varia invención y Tercera llamada ¡tercera! O empezamos sin usted (farsa de circo en un acto) que forma parte de Palindroma. “Gunther Stapenhorst” es un cuento que no incluyó en ninguno de sus libros, pero fue publicado originalmente en 1946 (Costa-Amic) y más tarde, en 2002, se vuelve a publicar en un libro independiente con dos fragmentos de una novela que no terminó. En 1979 Jorge Arturo Ojeda reúne textos diversos de carácter ensayístico en un libro que publica bajo el título de La palabra educación. Otra faceta de la creación literaria de Arreola que debe ser tenida en cuenta es la memorística, dos textos en los que habla por medio de la pluma de otros que lo escucharon y compusieron la obra reconstruyendo su voz: Memoria y olvido. Vida de Juan José Arreola (1920-1947) a cargo de Fernando del Paso (1994) y El último juglar. Memorias de Juan José Arreola, por Orso Arreola, su hijo (1998).

mostrar La cultura universal de un autodidacta

Juan José Arreola no recibió una educación escolarizada, fue su tenacidad, su curiosidad innata y su amor por los libros y el conocimiento los que lo llevaron a formarse en el vasto mundo de la cultura occidental. El recuento de los autores que leyó y que lo influyeron es muy extenso, y él en distintos momentos, en entrevistas y en sus memorias; y en la mención de algunos de estos nombres se puede constatar que se trata de escritores de todos los tiempos, de todos los géneros y de todos los confines: Goethe, Jules Renard, Papini, Kafka, Marcel Schowb, Alfonso Reyes, José Juan Tablada, Ramón López Velarde, Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador Díaz Mirón, Pablo Neruda, Julio Herrera y Reissig, Asunción Silva, José Santos Chocano, Vicente Huidobro, César Vallejo, son sólo algunos de los grandes autores que dejaron su huella en una existencia dedicada a las letras.

La vida de Arreola, sin embargo, fue sumamente complicada en términos económicos, pues aunque al parecer descendía de una familia de clase media provinciana, no tuvo la holgura suficiente para dedicarse de tiempo completo a los estudios que le interesaron, como el teatro. Debió ejercer una gran cantidad de trabajos a lo largo de los años para ganarse el sustento. Ya es casi legendario su paso por los múltiples oficios que ejerció que van desde abonero, vendedor ambulante, panadero, mozo de cuerda, empleado de mostrador en diferentes comercios, encuadernador, tipógrafo, corrector de pruebas, hasta maestro de secundaria, entre otros.

En la tan diversa actividad laboral, destaca su paso por El Occidental, un periódico local al que se incorpora cuando vive en Guadalajara, de 1942 a 1945: en este periodo tuvo conocimiento directo del mundo del periodismo en todas sus facetas, pues para hacer posible la circulación del periódico, debió involucrarse en cualquier tipo de labor, desde la redacción de artículos, hasta la supervisión de las ventas en los puestos. Para estos años, Arreola ya había iniciado la escritura de versos y de sus primeros cuentos. En 1943 fundó la revista Eos en colaboración con Arturo Rivas Sáiz y en ese momento puede marcarse su verdadera iniciación en el mundo literario. En el primer número de la revista apareció publicado su cuento “Hizo el bien mientras vivió” del que dijo  “tal es mi acta de nacimiento a la literatura mexicana”.[2]

De la larga trayectoria de Arreola como difusor de la cultura y la literatura mexicana, destaca su trabajo temprano como fundador de la revista Pan, en 1945, ahora en colaboración con su amigo, el filólogo Antonio Alatorre. A pesar de la corta vida de esta revista en ella se dieron a conocer textos que habrían de ser fundamentales para las letras en lengua hispana, como “Nos han dado la tierra” de Juan Rulfo y varios de los relatos del propio Arreola, quien siguió colaborando, a pesar de haber viajado a Francia.

En su proceso de formación como escritor resultó muy importante su afición al teatro, no sólo como creador sino también porque en la cercanía con este arte fue forjando su perfil como figura pública. Arreola fue un aficionado al teatro y al cine: “Salir del trabajo a la mitad del día para ir al cine, y salir del cine, era un doble deslumbramiento, un viaje extraordinario”,[3] afirmaba. Y en el ejercicio de recuperar su pasado, desgrana una larga lista de películas que vio desde su temprana juventud. En enero de 1937 se marchó a la Ciudad de México para inscribirse en la Escuela de Teatro de Fernando Wagner; a partir de entonces sostendrá un fuerte vínculo con las actividades teatrales. Reconoce como sus maestros a Xavier Villaurrutia y a Rodolfo Usigli. A mediados de 1945 viaja a París con el apoyo del actor Louis Jouvert para dedicarse al estudio del arte dramático. Sin embargo, llegó  a una Francia devastada por la guerra, envuelta en la penuria y la escasez. Y a pesar de esta situación precaria, logra introducirse en la vida teatral parisina, actúa en varias obras, bajo la guía de Jean-Louis Barrault; conoce allá a Octavio Paz, trata con asiduidad a Usigli y a Roger Caillois; ensancha su horizonte de referencias y crece su conciencia política. Sin embargo, pronto se vio forzado a regresar a México por una complicación en su salud.

A su regreso de París entró a trabajar al Fondo de Cultura Económica, por la mediación de Antonio Alatorre. Corrigió pruebas de imprenta, traducciones y originales, hasta que pasó a formar parte del catálogo de autores, cuando se publicó Varia invención en la colección Tezontle en 1949. Los dos amigos hicieron posible también la publicación de los cuentos de Juan Rulfo bajo el sello del Fondo y un poco más tarde de Pedro Páramo.

Es en la década del cincuenta cuando Arreola se lanza a una nueva aventura editorial: funda la colección Los Presentes (1954-1957) en la que ofrecerá al conocimiento del lector mexicano una gran cantidad de obras de escritores no sólo nacionales, como Revueltas, Pellicer o Poniatowska, sino también de otras naciones latinoamericanas; por ejemplo, allí se publica por primera vez, en 1956, Final de juego de Julio Cortázar. Su compromiso y amor por la literatura lo llevan enseguida a otra empresa cultural, la fundación de Cuadernos del Unicornio en la que editó una serie de obras también esenciales: La sangre de Medusa de José Emilio Pacheco, Nocturno amor de Elías Nandino, entre muchas otras; además de la gran cantidad de piezas dramáticas que editó en forma de plaquette. A esta labor le siguió la edición de la revista Mester, de 1964 a 1967, en la que publicaba trabajos de sus alumnos del taller literario, como Elsa Cross, Elva Masías, Juan Tovar. Amplía el sello para la edición de libros, en donde publicó La tumba de José Agustín. Esta actividad la continuó durante algún tiempo su hijo Orso Arreola, en una segunda etapa.

Juan José Arreola, a pesar de su pasión por el teatro, nunca llegó a ser un verdadero dramaturgo profesional, sus obras han sido raramente montadas en los tablados, pero su vida está signada por la teatralidad. No debe olvidarse tampoco su importante trabajo en la formación de las nuevas generaciones en la unam con la creación de Poesía en voz alta (1956), taller teatral en el que varios dramaturgos hallaron su expresión. A pesar de que se inició como poeta, el reconocimiento a su labor literaria lo ganó por su narrativa en la que escribió las obras más memorables y celebradas. Una vez convertido en un escritor reconocido, el despliegue de su labor como maestro y difusor de la cultura fue incesante y sumamente fructífero. Sin su trabajo la literatura mexicana acusaría lagunas imposibles de llenar. Afirma Sánchez Prado: “Arreola fue quizá uno de los últimos maestros en toda la extensión de la palabra, un hombre con un compromiso vital con la literatura, más allá de la mezquindad del mercado y las mediocridades de las burocracias”.[4] Y es que así se puede considerar su intensa y sostenida labor como tallerista; su trabajo como docente en la Universidad Nacional Autónoma de México por más de treinta años. Pero también por su participación en programas de televisión, lo que le permitió entrar en comunicación con el amplio público, ajeno a la academia y a la alta cultura: con humor y sutileza comentaba desde partidos de futbol hasta la obra de otros escritores.  

Arreola fue merecedor de una gran cantidad de premios y reconocimientos. Destaca la obtención del premio de novela Xavier Villaurrutia en 1963 por La feria, que compartió con Elena Garro por Los recuerdos del porvenir. En 1977 se le concedió el Premio Nacional de Periodismo, por su participación en televisión; en 1979 obtuvo el Premio Nacional de Lingüística y Letras; en 1990 se hizo acreedor al Premio Internacional de Literatura Juan Rulfo; se le otorgaron varios doctorados honoris causa, y sólo por mencionar un reconocimiento más de los que llevan el nombre de los autores que él más apreció, el año 1995 recibió el Premio Internacional de Literatura Alfonso Reyes.

mostrar Un heredero de la cultura universal

Es proverbial la amplia cultura de Juan José Arreola, su erudición, su conocimiento profundo de la literatura occidental y su pasión por la perfección estilística. Buena parte de la escritura de Arreola hace referencia a otros textos, recrea, reescribe, traduce en el amplio sentido de la palabra. Y al reconocer este rasgo por parte de la crítica, de manera parcial se le ubica como escritor libresco. Por ejemplo, ha habido momentos en los que erróneamente se le ha visto como un escritor cercano a Juan Rulfo por amistad, pero se les sitúa en las antípodas artísticas: uno regionalista, interesado en los problemas de la tierra y el otro en lo fantástico y lo cosmopolita. Nada más engañoso que esta dicotomía simplificadora. Arreola, como Rulfo, se consideró un legítimo heredero de toda la cultura que se ha producido en el mundo, hizo suyo el legado de la tradición literaria universal, sin desconocer el ámbito de lo oral y de las perspectivas populares.

“La cultura es una adopción real, íntegra, plena de lo que nos ha precedido en el mundo del conocimiento, pero nosotros tenemos que refrendarle el valor consagrado poniéndolo a circular en nuestra propia sangre. Una pieza de teatro, una película, un libro nos interesan cuando les damos nuestro tiempo auténtico a cambio de ese seudo tiempo que está en la obra de arte”.[5] En esta declaración se cifra la relación vital que estableció Arreola con la herencia cultural. La tradición no es para él un pesado bloque inerte, intocable, es algo con sentido, cambiante, actual, gracias a la interacción vital entre obra y lector-espectador.

Por estas razones es tan frecuente reconocer los claros ecos de otros escritores, de otros tiempos, en los textos de Arreola. Para él la cultura es diálogo, es un constate rehacer y de eso se trata toda la sección de “Aproximaciones” incluida en el Bestiario, prosas que reelaboran textos anteriores de Jules Renard, Paul Claudel o Henri Michaux, entre otros. La interpretación de obras predecesoras es constante en su escritura, a veces para jugar, para ensayar una nueva perspectiva o para rendir un homenaje, pero en todo caso, en Arreola es muy aguda la conciencia de que toda escritura parte de textos anteriores y, por tanto, la literatura es sobre todo, reescritura de otras obras.

“Toda belleza es formal”,[6] reza un aforismo que se ha citado infinidad de veces para demostrar la tendencia de Arreola hacia la perfección lingüística y el rigor en la composición de su obra. Y es verdad, esta afirmación puede ser leída como un franco manifiesto poético que deja asentada su conciencia sobre el trabajo literario, una de sus grandes preocupaciones.

Arreola rehusó ceñir su creación a formas fijas; su obra es un constante juego con los límites de los géneros literarios, de ahí que muchos de los textos que escribió se sitúen en la intersección de los caminos, entre lo lírico y lo narrativo, entre el cuento y el aforismo, obras dramáticas que desatienden las reglas clásicas, una novela hecha a base de fragmentos, a la vez que recupera géneros de la antigüedad, como los bestiarios. Pero también juega a rehacer y darles una orientación nueva a otras formas discursivas no literarias, como los anuncios comerciales, informes de guerra, discursos científicos, noticias de los periódicos, como en “Flash”:

Londres, 26 de noviembre (AP). –Un sabio demente, cuyo nombre no ha sido revelado, colocó anoche un Absorsor del tamaño de una ratonera a la salida de un túnel. El tren fue vanamente esperado en la estación de llegada. Los hombres de ciencia se afligen ante el objeto dramático, que no pesa más que antes, y que contiene todos los vagones del expreso de Dover y el apretado número de víctimas.[7]

Obsérvese cómo en este breve texto Arreola hace una parodia de la forma en la que se transmiten las noticias en los periódicos, incluso las más trágicas, sin sensibilidad, sin mayores explicaciones. Pero este trabajo de estilizar un discurso no literario no se queda en un simple juego con las palabras o con la forma, sino que está orientado también a ofrecer una visión crítica del moderno funcionamiento de la ciencia y de la técnica que ha desarrollado grandes progresos que se revierten en contra de la humanidad. En estos términos, Arreola fue un permanente crítico de la cultura moderna con sus adelantos científicos sin perspectiva ética.

Por textos como el anterior y otros, como “La migala”, “El guardagujas” o “Un pacto con el diablo”, Arreola ha sido considerado como un escritor de lo fantástico, aunque siempre se reconozca la imposibilidad de catalogarlo de modo categórico en un rubro y se abra el abanico hacia la ciencia ficción; de ahí se parte, con frecuencia, para leer sus imaginaciones del futuro como satíricas (por ejemplo, Carmen de Mora).[8] Por estas razones, tal vez valdría la pena recordar aquella aclaradora afirmación que hizo Monterroso sobre la obra de Arreola: “Sólo debo añadir que el ser literatura fantástica algunos de los cuentos incluidos en estas obras no les viene tanto del manejo de fantasmas (que no los hay) o del horror a la manera de la irrupción de lo insólito en lo cotidiano, que todos conocemos, sino de sus incursiones a situaciones extrañas y al buceo a profundidad en los terrenos del resentimiento, la duda o la complejidad de las relaciones humanas”. Y esta reserva para ubicarlo plenamente dentro de la categoría de lo fantástico puede ser comprendida con un claro ejemplo, el microrrelato que tituló “Cuento de horror”: “La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones”,[10] donde establece un juego con la tradición del cuento de terror y la invierte burlonamente.

La visión crítica de un Arreola cosmopolita, enfrentado a un supuesto regionalismo rural de Rulfo, ha sido parcial. Porque si bien es muy clara su vocación universalista, su concepción de la cultura como memoria, por cierto prodigiosa, su pasión por el lenguaje y sus posibilidades expresivas y sonoras, de ninguna manera justifican que se le encasille como un escritor formalista, alejado de las preocupaciones del mundo y de su sociedad. En su obra predomina una actitud crítica, una vitalidad que se revela en su interés por el destino de los seres humanos, con sus problemas, una decidida vocación ética. Por ello, y en aras de tener clara su postura, vale la pena recuperar una declaración suya a propósito del virtuosismo lingüístico que siempre se valora por encima de otros rasgos: “Todavía en mis textos pululan los arabescos, pero utilizados desde un punto de vista irónico… Cuando soy barroco y elegante en el sentido tradicional, lo soy desde un punto de vista irónico. Detrás de esas bellezas ornamentales conscientes se puede ver la sorna agazapada”.[11] Y desafortunadamente, no siempre sus lectores han sabido ver ese sentido irónico que anida en su escritura.

mostrar Sentido lúdico y la importancia del humor

La actitud artística de Juan José Arreola puede resumirse en la palabra juego. Fue un escritor, un intelectual, un hombre con verdadera pasión por el juego –no se olvide que fue un magnífico jugador de ajedrez–, y esta actitud se aprecia en su creación literaria. Para Arreola la tradición literaria no era un monumento intocable, sino memoria viva con la que los seres humanos pueden y deben relacionarse libre y creativamente y éste es el espíritu que campea en sus incesantes recomposiciones de textos precedentes.

Sara Poot Herrera hace un meticuloso recuento de los vaivenes de los textos de un libro a otro para integrarse en el Confabulario total y apunta:

A partir de 1962, con la publicación de Confabulario total, Arreola inicia un trabajo permanente de combinatoria de sus textos y va armando un inventario móvil de su creación. Algunas piezas del conjunto se mueven de un lugar a otro. La creación literaria de Juan José Arreola se configura en una obra móvil y giratoria: libros que pasan a ser parte de otros más densos o que finalmente se convierten en un nuevo libro; textos que cambian de un lugar a otro; párrafos que se diseminan en otros textos.[12]

Y así continúa describiendo la actitud compositiva del autor; lo que alude a esta percepción de la obra como un juego móvil que se arma y se desarma.[13]

Los títulos de las obras son significativos del espíritu lúdico que dominó su ejercicio literario, por lo que vale la pena detenerse en las amplificaciones de significado de cada título escogido. En Confabulario reúne las dos acepciones del verbo confabular, “Asociarse o ponerse de acuerdo varias personas para realizar una acción contra alguien”;[14] pero también y, sobre todo, la de contar fábulas o cuentos, y en esta operación mágica de conjugación se resume el sentido del quehacer literario como actividad que involucra a los otros para urdir significados, esos otros que son los creadores que lo precedieron y los lectores que ahora leen.

Palindroma de inicio es un juego verbal, el ingenio de construir frases que igual pueden ser leídas de izquierda a derecha que de derecha a izquierda –de hecho, el lector encuentra que el libro se abre con un palíndromo, “Are cada Venus su nevada cera” y se cierra con otro: “…éres o no éres… seré o no seré…”–,[15] lo que implica un guiño juguetón para que el receptor elija las posibilidades de lectura de la obra. En una de sus secciones, “Variaciones sintácticas”, Arreola presenta la reescritura creativa de textos de autores precedentes, actividad que, en el fondo, consiste en ofrecer posibles lecturas de la tradición literaria: de izquierda a derecha el texto original, de derecha a izquierda el nuevo.

Bestiario declara abiertamente su filiación al antiguo género clásico y medieval –que también han practicado escritores modernos como Alfonso Reyes o Borges–, en el que se hace un recuento pormenorizado, a veces más fantasioso que realista, de descripciones de animales, que se recrean, se inventan con el agudo lente de la poesía. Arreola no construye moralejas a partir de la descripción de la conducta de los animales de los que se ocupa. Su visión poética se dirige a crear imágenes de la existencia con un sentido lúdico.  Este libro también ofrece al lector no pocas sorpresas estéticas: “Cantos de mal dolor”, “Prosodia”, pequeñas joyas en forma de prosas poéticas, llenas de guiños a otros textos, además de “Aproximaciones”, traducciones libres de algunos de sus autores preferidos, como Claudel o Renard.

Varia invención rehúsa la adscripción limitante a un género particular y opta por lo vario, lo diverso, donde priva la invención, el juego de las posibilidades libres. La feria, su única novela, lleva en el título la marca orientadora de la lectura, pues, por un lado, la organización de la fiesta en honor al santo patrono del pueblo, San José, es el marco en el que se desarrollan las historias, porque se trata de una festividad muy importante para los campesinos ya que coincide con la celebración ritual del momento de la recolección de los frutos de la tierra; de tal suerte que en esta fiesta se une el sentido religioso cristiano con el antiguo ceremonial pagano. Por otro lado, está el sentido profano, mercantil, de la fiesta que aprovechan los ricos para obtener ganancias valiéndose del espíritu festivo del pueblo. La feria que se organiza en Zapotlán es la conjunción de estas formas de fiesta, en cuyo seno late una profunda tensión social que se anida desde tiempos remotos. Con respecto a la propia organización novelesca, también es necesario recuperar su sentido lúdico, que ya había observado Sara Poot Herrera:

Narrar La feria no sólo implica escribir, y transcribir muchas veces, una multiplicidad de historias y de fragmentos, sino, y tal vez ahí radique su primordial importancia, ponerlos a funcionar de acuerdo con un juego creativo de combinaciones que acomoda acertadamente sus partes en relación con ellas mismas y con el todo. Cada fragmento es una pieza del juego y éste tiene sus reglas y su propia estrategia. Saber jugarlo supone una lectura con el mismo carácter lúdico de su creación.[16]

Prácticamente no hay crítico al que le haya pasado desapercibido el dejo humorístico que tiene la escritura de Arreola; sin embargo, aún falta mayor atención a esta presencia porque sin tenerlo en cuenta no es posible comprender la poética del mexicano. Toda la obra de Arreola está atravesada por el espíritu de la risa, una risa que abarca múltiples tonalidades, pues va de lo festivo a lo sarcástico, de lo lúdico a cierto matiz satírico, o a lo melancólico. Arreola practicó casi todas las formas de introducción de la risa en su obra: la ironía, la parodia, la sátira, el absurdo, entre otras.

Si se ha insistido en la continua reelaboración de textos clásicos, es necesario apuntar que con mucha frecuencia este trabajo está tocado por el hálito de la risa. Baste el siguiente ejemplo: “No olvide usted, señora, la noche en que nuestras almas lucharon cuerpo a cuerpo”,[17] reelaboración humorística del soneto xviii Francisco de Aldana –“¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando/ en la lucha de amor juntos, trabados,/ con lenguas, brazos, pies y encadenados/ cual vid que entre el jazmín se va enredando…”–,[18] en la que se invierte con gracia el tono melancólico y de lamento que se escucha en el poeta español.

El mundo literario de Arreola, construido con las voces que lo precedieron, también está lleno de parodias burlescas por la deshumanización de ciertas formas discursivas, como la de los informes científicos, los anuncios publicitarios, la prensa, que han cosificado a los seres humanos en la inmoralidad del comercio moderno, donde todo se vende y se compra: “Señora ama de casa: convierta usted en fuerza motriz la vitalidad de sus niños. Ya tenemos a la venta el maravilloso Baby H. P., un aparato que está llamado a revolucionar la economía hogareña”.[19] Por estas razones, a veces ha sido leído como un escritor satírico. Por supuesto que no se puede negar la presencia de estas preocupaciones éticas, pues su escritura está construida en el espíritu de participación con los otros, pero la obra de Arreola no llega nunca a ser moralizante, de ahí que sea parcial y empobrecedor verlo sin más como un autor satírico.

El tratamiento familiar de temas graves y solemnes es uno de los recursos a los que apela Arreola para desmitificar asuntos trascendentes. Se aprecia también un afán constante por poner el mundo al revés; busca el ángulo desacostumbrado y en esa medida pone al descubierto la falsedad que se anida en los discursos emanados del sentido común. Es justo lo que hace, por ejemplo, en un texto como “Los bienes ajenos”, en el que el punto de vista de la enunciación corresponde al ladrón, con lo que se invierten radicalmente los valores dominantes, como el del derecho a la propiedad privada.[20]

La ironía, una de las manifestaciones más antiguas de la literatura escrita, es una forma de visión que desenmascara y desacraliza, y a ella apeló Arreola en muchos de sus textos para presentar las relaciones humanas, particularmente las amorosas, como un campo de batalla sanguinario donde dos seres hacen trampa, se burlan, se hacen daño.[21] En una entrevista con Emmanuel Carballo, el mismo autor valoraba su proceso en relación con la ironía: “Cada vez se vuelve más despiadada, incurre en el sarcasmo y en lo que yo llamaría lo sardónico […] La ironía resulta del hecho de poner en crisis mis más íntimas realidades…”.[22] Y para conseguir esta mirada despiadada, prefería narrar desde un ángulo de visión descentrado; eso le permitía exhibir el ridículo de personajes que encarnan la institucionalidad, como el caso del Juez McBride en el cuento “El rinoceronte”, un imponente personaje, abusivo, furioso, dominante, que termina domado de la manera más ridícula imaginable por su nueva esposa. Importa resaltar que el relato lo hilvana la mujer anterior del Juez.

La ironía feroz contra la falsedad de las relaciones amorosas se articula en diferentes formas genéricas; en algunas ocasiones son cuentos, a veces, aforismos, en otros, fragmentos de enunciaciones. Lo que es constante en la obra de Arreola es su preferencia por los puntos de vista marginales, de quienes no han tomado la palabra. Por ejemplo, en “Epitalamio”, una joven sirvienta que debe rehacer el lecho donde dos amantes se entregaron a las artes amatorias, murmura acerbas palabras porque ella conoce en carne propia la fugacidad del amor y la falsedad de las caricias que se han prodigado los amantes: ella fue violada antes por el amador. En otras ocasiones (como por ejemplo en “El soñado”) la perspectiva del relato está dominada por un ser que todavía no ha nacido y que desde ese limbo observa irónico los afanes de la pareja por crear otra vida, con lo que toca burlón los presupuestos del psicoanálisis.[23]

Las grandes preocupaciones de Arreola pasan a través de varios filtros, las palabras y el estilo de otros, los maestros predecesores, la recomposición del estilo ajeno en nuevas formas expresivas siempre enfocadas con la lente del humor y la ironía. En buena medida, puede decirse que muchos de los supuestos de la cultura occidental han sido sometidos a prueba, han sido burlados y se ha exhibido la mentira pregonada tantas veces como verdad y como valor. Sin embargo, la constatación de este hecho no puede llevar a la conclusión de que en la obra de Arreola campea una perspectiva negativa, una risa puramente destructiva o pesimista. Por el contrario, el lector encontrará la construcción de una literatura presidida por un profundo sentido ético y humanista.

mostrar Una poética de la sonoridad

“La literatura como las primeras letras, me entró por los oídos”, dice Arreola, y más adelante enfatiza: “Para mí el lenguaje, aunque se halle estampado en el papel, no es silencioso: de él y desde él se propagan sucesivas sonoridades”.[24] Esta vivencia del lenguaje es la que determina el desarrollo de toda su creación artística, una escritura marcada por la precisión, la justeza y la armonía sonora. El autor recreó poética y lúdicamente las múltiples tonalidades del habla popular; en su obra resuenan los acentos de las voces campesinas que reclaman justicia, de jóvenes imberbes que juegan con las palabras, de comunidades enteras que se confiesan al unísono, de cantos y plegarias. Pero no se trata de una reproducción fiel de las hablas sino de una recreación artística. Estamos ante una lengua escrita de la que emanan sonoridades diversas que se enfrentan, polemizan, se encuentran armoniosa o conflictivamente.

“Juglar, trapecista y actor de la palabra” llamó Luis Ignacio Helguera a Arreola,[25] y se trata de una caracterización justa –las memorias que escribió Orso Arreola llevan el significativo título de El último juglar–, porque en él se reúnen los rasgos del antiguo cantor popular de plaza pública que congrega a su alrededor a los oyentes deslumbrados con el relato de los últimos sucesos. En muchos de sus textos pululan artistas callejeros, se oyen pregones de saltimbanquis, vendedores de ilusiones, charlatanes de feria: “Al grito de ‘¡Cambio esposas viejas por nuevas!’ el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos”, empieza su cuento, “Parábola del trueque”.[26]

En la recuperación de los tonos orales, Arreola recrea una visión de mundo particular, no se trata de un trabajo de estilizar solamente la forma externa de la expresión. La oralidad está pletórica de significados y cada enunciación, cada voz que suena en sus páginas crea una atmósfera y evoca un mundo social histórico que se enfrenta, irremediablemente, al de los otros. Es así como está compuesta su novela La feria,[27] una inmensa caja de resonancias de hablas que se complementan entre sí, pero también se contradicen unas a otras, se burlan, se ponen en duda. En 288 fragmentos oímos rezos, confesiones, coplas populares, cuentos, quejas, soliloquios, reclamos antiguos; se trata de una gran variedad de géneros del discurso que dialogan a lo largo de la historia. Es importante tener en cuenta que esta conjunción de voces no se limita a contar únicamente el problema de la tenencia de la tierra en México, como a veces se ha leído, sino que va mucho más allá, pues ahí se recrea magistralmente el debate entre alta cultura y cultura popular, de carácter oral, la palabra escrita frente a la pronunciada.

Para que pueda apreciarse esta pugna que se proyecta a lo largo de siglos de historia, entre lo escrito y lo oral, entre el poder y el pueblo desposeído, véase el siguiente fragmento de La feria en el que se consigna uno de los muchos decretos del Rey español: “Quiero que me deis satisfacción a mí y al mundo del modo de tratar a estos mis vasallos… Y tengo de mandaros hacer gran cargo de las más leves omisiones en esto, por ser contra Dios y contra mí, y en total ruina y destrucción destos reinos, a cuyos naturales estimo y quiero que sean tratados como lo merecen vasallos que tanto sirven a la monarquía y la han engrandecido y lustrado. Yo el Rey”. Enseguida entra una voz popular, un pregón callejero, que en apariencia no está conectado con el decreto del monarca: “—Pasen a tomar atole, todos los que van pasando…”.[28] De tal suerte que resulta difícil no establecer la relación entre una enunciación y otra, donde el pregón callejero parece desenmascarar la futilidad de las buenas intenciones del Rey que, desde el otro lado del Atlántico, por complejo ajeno a la realidad del mundo que gobernaba, extendía decretos que nadie obedecía.

La intensa vida de la oralidad halla cabida en la escritura de Arreola y es muy importante tener en cuenta este elemento para comprender con mayor justeza la poética que gobierna su obra, pues con mucha frecuencia, como se anotaba líneas arriba, se ha apreciado de manera clara su perfil de escritor cosmopolita, de fuentes librescas, a pesar de la propia declaración del autor: “Soy autodidacto, es cierto. Pero a los doce años y en Zapotlán el Grande leí a Baudelaire, a Walt Whitman y a los principales fundadores de mi estilo: Papini y Marcel Schwob, junto con medio centenar de otros nombres más y menos ilustres… Y oía canciones y los dichos populares y me gustaba mucho la conversación de la gente del campo”,[29] clara declaratoria de la coexistencia en su poética del mundo de la alta cultura con la popular de carácter oral.

mostrar Una escritura ética. Preocupaciones por el destino humano

La escritura de Arreola, en conclusión, no puede ser vista como un mero ejercicio de malabares formales y lingüísticos. Sí, se preocupó hondamente por la expresión más depurada, por la palabra precisa y el rigor formal, porque sin la belleza no podía haber arte para él y el arte es una de las maneras privilegiadas de acercarse a lo humano. La poética de Arreola está regida por la indagación acerca del destino de los seres humanos, por su vida en una sociedad alienada, injusta e irracional. Desde esta perspectiva es posible leer la obra del escritor como una crítica radical a las formas de organización social del mundo moderno. Muchos de sus cuentos están orientados en esta dirección: desenmascarar por medio de la ironía, la deshumanización de la ciencia y la tecnología, la feroz embestida del mercado en la vida de los hombres en un afán puramente lucrativo, el fraude de las religiones que han perdido de vista a los seres de carne y hueso que viven y sufren día a día.

Judith Buenfil ha propuesto una lectura de esta obra desde la tradición del Humanismo y ofrece una interpretación de la poética de Arreola a partir del parentesco de raíz con la visión espiritual de los grandes maestros del pasado, como Erasmo o Castiglione o Cervantes, que indagaban en los conflictos esenciales de la vida, rechazaban cualquier forma de fanatismo o de atadura del espíritu y buscaban la regeneración del ser humano: “Arreola buscó por diversos flancos la recuperación de una unidad que sentía perdida en el ser humano, pues en esa reintegración del original vislumbró un posible camino para la salvación del mundo”.[30] Y en este trabajo de restablecer los vínculos de Arreola con la tradición del Humanismo, Buenfil ubica la estética de la risa y la predilección por los géneros menores del autor como centrales en la construcción de la poética.

En la indagación arreolina del destino humano, sobresale su constante atención al problema de las relaciones amorosas, con las asechanzas que pueden albergar, la soledad, la imposibilidad del amor pleno. Por ello la recreación de historias de adulterio (“Pueblerina”, “El faro”, “La vida privada”, por ejemplo), de voces que claman por el engaño sufrido (“Apuntes de un rencoroso”). Con frecuencia ha sido visto como un escritor misógino, que carga sobre la mujer la culpa de la infelicidad de los hombres y la configura como un personaje animalesco que cual mantis puede devorar al amado (“Insectíada”, “Homenaje a Johan Jacobi Bachofen”), o como un ser monstruoso que corta las alas del espíritu (“Tú y yo” o “Luna de miel”). Sin embargo, él mismo se defendió de estos reproches y afirmaba su actitud de ser incompleto sin la mujer. Por lo demás, tampoco faltan en su obra cuentos que recreen humorística o irónicamente la condición del hombre en el matrimonio como un animal lamentable. No puede interpretarse la visión de Arreola como la de un misántropo, es preciso tener en cuenta que más bien se afanaba en mostrar la imposibilidad del amor en el estrecho marco de la mezquina institución matrimonial y de las convenciones sociales que destruyen la libertad de espíritu, la posibilidad de juego y generan seres grotescos que se hacen mutuamente la vida miserable.

El arte y el trabajo de creación artística es otro de los grandes temas en la obra de Arreola. Esta preocupación atraviesa toda su escritura y le da un tono particular a su búsqueda expresiva. Buena parte de lo que escribió puede leerse como una meditación sobre el sentido de la literatura en este mundo enajenado. Sobre el trabajo meticuloso del artesano proyecta la imagen del creador artístico una y otra vez, pues el arte es el resultado de la dedicación, la constancia y la plena conciencia de lo que se hace, por amor a esa actividad.

Estrechamente ligada con esta preocupación surge una imagen constante en la obra de Arreola: la del artista hambreado que debe pedir con súplicas su sustento, la del artista fracasado que no alcanza la cima de la belleza y la del sometido a la presión de un insaciable público que pide siempre más y más, cuando se ha agotado la vena creativa. Su cuento “Parturient montes” es un luminoso ejemplo de la recreación humorística del sufrimiento del artista sujeto a la exigencia de un público insaciable y cruel.

La obra de Arreola es actual, vigorosa y variada; sigue ofreciendo un caudal de imágenes poéticas novedosas sobre la existencia humana; enraizada en la cultura nacional se despliega al gran universo de la cultura occidental; proclama la literatura como la principal fuente de gozo, de juego y fiesta, pero también y sobre todo, como la más poderosa memoria con la que cuenta la humanidad para resistir el acoso de la banalidad.

mostrar Bibliografía

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Nació en Zapotlán el Grande (hoy Ciudad Guzmán), Jalisco, el 21 de septiembre de 1918; muere en Guadalajara, Jalisco, el 3 de diciembre de 2001. Ensayista, narrador y poeta. Estudió Actuación en la Escuela de Teatro del INBA y actuó bajo la dirección de Rodolfo Usigli y Xavier Villaurrutia. Becado por el Instituto Francés de América Latina, viajó en 1945 a París, donde estudió Declamación, Técnica de Actuación y fue comparsa de la Comedia Francesa. Fue corrector del FCE; director y fundador de la Casa del Lago; coordinador de ediciones de la Presidencia de la República; colaborador y actor en programas de radio y televisión; profesor de la FFyL; jefe de circulación de El Occidental; coeditor de El VigíaEos y Pan; fundador y director de Mester y las colecciones editoriales Los Presentes, Cuadernos y Libros del Unicornio; fundador y miembro del consejo literario del CME; fundador de diversos talleres literarios de la UNAM, IPN, DDF y SRE; dirigió seminarios de escritores cubanos en la Casa de la Américas; realizador del programa de televisión “Aproximaciones”; creador del título de la colección Breviarios del FCE y de la serie Nuestros Clásicos de la UNAM. Formador de importantes escritores que han destacado en la segunda mitad del siglo XX, quienes acudieron a su taller literario y publicaron en Mester. Traductor del francés de temas artísticos, hizo una importante traducción de Francis Thompson. En 1992, la Universidad de Guadalajara creó el Centro de Investigación Teatral Juan José Arreola; en 1999 se construyó el Centro de Escritores Juan José Arreola y en 2002 se instituyó el Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola. Participó en algunos programas teatrales de Poesía en Voz Alta. Confabulario forma parte de las grabaciones de la colección Voz Viva de México, de la UNAM; que se editó en 1961, se reeditó en 1985 y se pasó a formato CD en 2002. Colaboró en AméricaEl Hijo PródigoEosLetras de MéxicoNovedadesPan,  Siempre! y Revista Universidad de México. Becario del CME, 1951 y 1953; y de El Colegio de México, en filología, 1945. Miembro del SNCA, como creador emérito. Premio Jalisco de Literatura 1953. Premio Festival Dramático del INBA 1955 por La hora de todos. Premio Xavier Villaurrutia 1963 por La feria. Premio Nacional de Periodismo 1977. Oficial de Artes y Letras del Gobierno de Francia 1977. Premio Azteca de Oro a la revelación anual de televisión 1975. Premio Nacional de Ciencias y Artes (Lingüística y Literatura) 1979. Premio UNAM 1987 en aportación artística y extensión de la cultura. Premio Jalisco de Letras 1989. Premio Internacional de Literatura Juan Rulfo 1990. Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo 1992. Premio Internacional Alfonso Reyes 1995. Doctor honoris causa 1996 por la Universidad de Colima y 2002 (póstumo) por la UAM. En 2000, la Universidad del Claustro de Sor Juana, Casa Lamm, los centros universitarios de Integración Humanística y de Estudios Universitarios de Londres le entregaron una de las 17 medallas a los sabios de fin del siglo XX. El 21 de septiembre de 2015 sus restos fueron trasladados a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres.

José Luis Martínez
1995 / 20 ago 2018 10:48

La personalidad de Juan José Arreola es única en el panorama de nuestras letras. Enjuto, nervioso, extrovertido, locuaz, es un juglar burlesco cuya pasión dominante es la palabra. Él mismo nos ha contado su vida en una página preciosa:

Yo señores, soy de Zapotlán el Grande. Un pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace cien años. Pero nosotros seguimos siendo tan pueblo que todavía le decimos Zapotlán. Es un valle redondo de maíz, un circo de montañas sin más adorno que su buen temperamento, un cielo azul y una laguna que viene y se va como un delgado sueño […] Nací el año de 1918, en el estrago de la gripa española, día de San Mateo Evangelista y Santa Ifigenia Virgen, entre pollos, puercos, chivos, guajolotes, vacas, burros y caballos. Di los primeros pasos seguido precisamente por un borrego negro que se salió del corral. Tal es el antecedente de la angustia duradera que da color a mi vida, que concreta en mí el aura neurótica que envuelve a toda la familia y que por fortuna o desgracia no ha llegado a resolverse nunca en la epilepsia o la locura. Todavía este mal borrego negro me persigue y siento que mis pasos tiemblan como los del troglodita perseguido por una bestia mitológica.
Como casi todos los niños, yo también fui a la escuela. No pude seguir en ella por razones que sí vienen al caso pero que no puedo contar: mi infancia transcurrió en medio del caos provinciano de la Revolución Cristera. Cerradas las iglesias y los colegios religiosos, yo, sobrino de señores curas y de monjas escondidas, no debía ingresar a las aulas oficiales so pena de herejía. Mi padre, un hombre que siempre sabe hallarle salida a los callejones que no la tienen, en vez de enviarme a un seminario clandestino o a una escuela de gobierno, me puso sencillamente a trabajar. Y así, a los doce años de edad entré como aprendiz al taller de don José María Silva, maestro encuadernador, y luego a la imprenta del Chepo Gutiérrez. De allí nace el gran amor que tengo a los libros en cuanto objetos manuales. El otro, el amor a los textos, había nacido antes por obra de un maestro de primaria a quien rindo homenaje: gracias a José Ernesto Aceves supe que había poetas en el mundo, además de comerciantes, pequeños industriales y agricultores […].
Soy autodidacto, es cierto. Pero a los doce años y en Zapotlán el Grande leí a Charles Baudelaire, a Walt Whitman y a los principales fundadores de mi estilo: Giovanni Papini y Marcel Schwob, junto con medio centenar de otros nombres más o menos ilustres… Y oía canciones y los dichos populares y me gustaba mucho la conversación de la gente de campo.
Desde 1930 hasta la fecha he desempeñado más de veinte oficios y empleos diferentes… He sido vendedor ambulante y periodista; mozo de cuerda y cobrador de banco. Impresor, comediante y panadero. Lo que ustedes quieran.
Sería injusto si no mencionara aquí al hombre que me cambió la vida. Louis Jouvet, a quien conocí a su paso por Guadalajara, me llevó a París hace veinticinco años. Ese viaje es un sueño que en vano trataría de revivir; pisé las tablas de la Comedia Francesa: esclavo desnudo en galeras de Antonio y Cleopatra, bajo las órdenes de Jean Louis Barrault y a los pies de Marie Bell.
A mi vuelta de Francia, el Fondo de Cultura Económica me acogió en su departamento técnico gracias a los buenos oficios de Antonio Alatorre, que me hizo pasar por filólogo y gramático. Después de tres años de corregir pruebas de imprenta, traducciones y originales, pasé a figurar en el catálogo de autores (Varia invención apareció en Tezontle,1949).
Una última confesión melancólica. No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana; en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente.[1]

Arreola dedicó, en efecto, sólo un par de décadas de su vida al ejercicio de la literatura escrita. En 1943, cuando contaba venticinco años, publica en Guadalajara sus primeros cuentos. En 1963, a los cuarenta y cinco de edad, aparece La feria, su último libro formal. Pero, además de sus libros, hace muchas otras cosas en estos años fecundos. Es actor en el Teatro de Media Noche, que dirigía Rodolfo Usigli. Y en 1947, en la única representación de Corona de sombras, la obra magna de nuestro dramaturgo, Juan José hace el breve papel del general Miramón. En la conversación final que tiene Maximiliano con los generales mexicanos que lo acompañarán en la muerte, el emperador les ofrece unos puros. Éstos debieron ser viejos y de mala calidad, y Arreola, que nunca había fumado, palideció y estuvo a punto de desmayarse por la náusea.

En 1950, cuando aún no se prestaba gran atención a las nuevas letras (la colección Letras Mexicanas, del Fondo, se iniciaría en 1952), Arreola se hace editor con la colección de cuadernos Los Presentes, editados con pulcritud y que continúan hasta 1956. Publica allí hermosos textos de Carlos Pellicer, Andrés Henestrosa, Ernesto Mejía Sánchez, Augusto Monterroso, José Pascual Buxó, Francisco Tario, Jaime García Terrés, Rubén Bonifaz Nuño, dibujos de Juan Soriano, y cinco de los mejores Cuentos (1950) del propio editor. Aparte de los cuadernos, en 1956 Arreola edita los primeros 50 títulos de la colección de libros también llamados Los Presentes. Junto a textos de escritores mayores, en esta serie da a conocer una legión de escritores jóvenes: Carlos Fuentes y Julio Cortázar se cuentan entre ellos. Y en fin, en 1958 y 1959 publica 28 Cuadernos del Unicornio, que divulgan obras iniciales de escritores como Emilio Uranga, Eduardo Lizalde y Fernando del Paso, entre otros.

La vocación de Juan José Arreola para guiar los pasos de los escritores jóvenes ha sido ciertamente memorable. Creo que él inició los talleres literarios. La revista Mester (1963-1967), que dirigió Arreola, recoge en sus doce números los primeros textos de escritores luego destacados, como José Agustín, Elsa Cross, Hugo Hiriart, Federico Campbell, José Carlos Becerra, Homero Aridjis, Jaime Sabines, Salvador Elizondo, Carlos Monsiváis y Vicente Leñero, entre los más notorios. El novelista José Agustín reconoció las enseñanzas de Arreola con estas palabras:

Era universal, la verdad. Estaba todo el mundo y a todo el mundo le entregaba a tiempo. Y a todos nos dio, primero que nada, unas nociones de identidad propia; nunca quiso obligar a la gente a que escribiera bajo determinados patrones. Tenía la capacidad inmensa de poder reconocer los estilos incipientes de cada quien y ayudarlo a desarrollar su estilo.[2]

Siempre atraído por el teatro, en 1956 Arreola organizó el primer programa del innovador ciclo de llamado Poesía en Voz Alta, con una selección de poesía y teatro españoles y de piezas breves de Federico García Lorca. En la presentación que escribió para el ciclo dice que pretenden "jugar limpio el antiguo y limpio juego del teatro". Arreola fue uno de los recitadores y actores en este primer programa y en algunos de los siguientes de este ciclo de tan buena memoria.

Y además de actor, editor y guía de los jóvenes escritores, Arreola es ajedrecista, jugador de ping-pong, ciclista y aficionado a las encuadernaciones nobles, a los cristales bellos y a las viejas levitas. Y es también un escritor excepcional.

Cuando se publicó Varia invención en 1949, un aire nuevo y fresco llegó a las letras mexicanas. Reaparecía la vida pueblerina, en cuentos como "Hizo el bien mientras vivió", "El cuervero", "Carta a un amigo zapatero", y "La vida privada", pero vista con una malicia burlona. Y había muchas novedades: cuentos de temas de historia antigua y de cuestiones teológicas; fantasías de sabor kafkiano y un "Monólogo del insumiso", en el que el innombrado Manuel Acuña cavila sobre el porvenir de sus versos. La novedad aparecía con un aire festivo, a veces socarrón, y en un lenguaje manejado con destreza y ajustado siempre a la índole de sus temas. En el último de los cuentos mencionados, por ejemplo, hay un complejo juego de alusiones a personajes y hechos relacionados con la historia del poeta: los amores con la lavandera, el memorialista Guillermo Prieto y la Dulcinea, que se llamaba Rosario de la Peña, y juicios sobre la poesía de Acuña, consignados en el monólogo del poeta que ha decidido suicidarse. El resultado es sugestivo, lo mismo para quien lee el cuento ignorando sus alusiones como para el que disfruta sus entretelas.

En el libro siguiente de Arreola, Confabulario (1952), las promesas de Varia invención se multiplican y los veinte cuentos son espléndidos. Forzando la selección, pueden destacarse "El guardagujas", atroz fantasía sobre nuestros trenes (que tiene alguna relación con cuentos afines de Charles Dickens y de Álvaro Mutis, según mostró Sara Poot Herrera); "El discípulo", acerca de dos aprendices de Leonardo da Vinci y su búsqueda de la belleza; "La canción de Peronelle", sobre el poeta francés Guillaume de Machaut; el conmovedor "Epitafio", que cuenta la vida de François Villon; "El lay de Aristóteles", que recrea una leyenda medieval acerca del filósofo; los "Apuntes de un rencoroso", variación sobre los celos; y el ingenioso "Baby H.P." que expone la posibilidad de aprovechar la energía que despilfarran los niños.

En los años siguientes al primer Confabulario de 1952, Arreola escribió nuevos cuentos que añadió en las ediciones posteriores –Confabulario total (1941-1961) y Confabulario, en la edición de Obras de J.J. Arreola, de Joaquín Mortiz, de 1971– a los que llamó "Prosodia". Entre ellos hay nuevas obras maestras: "Cocktail Party", que se refiere de nuevo a Leonardo da Vinci, ahora con Monna Lisa; la preciosa y desesperada "Balada"; "Tú y yo", otro variante del conflicto de pareja; "Anuncio", que lo es de una mujer de plástico cuyos atractivos se ponderan así: "Nuestras damas son totalmente indeformables e inarrugables, conservan la suavidad de su tez y la turgencia de sus líneas, dicen que sí en todos los idiomas vivos y muertos de la tierra […] Nuestras Venus –añade el anuncio– están garantizadas para un servicio perfecto por diez años –duración promedio de cualquier esposa." Y siguen otros cuentos notables sobre temas femeninos: el extraño acerca de "Una mujer amaestrada", y la inquietante "Parábola del trueque" que comienza como sigue: "Al grito de '¡Cambio esposas viejas por nuevas!' el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos". Y en el tomo llamado Palíndroma (Joaquín Mortiz, 1971) hay dos textos muy sugestivos: el relato extenso "Tres días y un cenicero", que refiere el encuentro de una estatua antigua en la laguna de Zapotlán, y "El himen en México", turbadora fantasía, cuyo tema puede ilustrarse con un libro reciente: Acechando al unicornio. La virginidad en la literatura mexicana, selección, estudio y notas de Brianda Domecq.

¿Por qué son fascinantes los cuentos y las prosas narrativas de Juan José Arreola? Puedo proponer estos motivos: la novedad de sus temas, su humor malicioso, la perfección de su elaboración y la calidad de su estilo. Al panorama temático de nuestros narradores, restringido a temas rurales y a experiencias personales, Arreola le descubre las posibilidades de la imaginación, el mundo de los artistas y poetas y su búsqueda de la belleza (Aristóteles, Leonardo da Vinci, François Villon, Guillaume de Machaut, Garci-Sánchez de Badajoz, Luis de Góngora, Manuel Acuña, Enrique González Martínez), de personajes y hechos históricos y de obras científicas intrincadas. Y nuestro cuentista logra trasmutar estos temas hasta volverlos entrañables y emocionantes. Otro tanto hace con cuestiones teológicas y morales como el libre albedrío, la predestinación y el drama de estar en el mundo. El dicho bíblico sobre la salvación del alma de los ricos y el camello que pase por el ojo de la aguja, le inspira un cuento precioso, "En verdad os digo."

El mundo de la mujer, el amor y el destino de la pareja conyugal suelen ser el campo de un humor maligno y de fantasías crueles y resentidas. Para Arreola, el erotismo es como una fascinación de abismo y de perdición. "Todo lo que he escrito –dijo Arreola– es el terror de saberme responsable y solo. Mi aspiración ha sido perderme. Las mujeres han sido trampas temporales y accidentales. Y tengo la necesidad de ser devorado." Al mismo tiempo, ha reconocido el peculiar talante de su humor:

Me siento feliz de haber desembocado en humorista. Quizá lo que más pueda salvarse de mí es el soplo de broma con que agito los problemas más profundos, ya sean floraciones del mar o floraciones celestes. Lo mismo hablaría yo de las negruras del abismo que de las alturas de la luz. Allí el viento de mi espíritu se mueve con una sonrisa macabra y funesta. Tal vez tengo una incapacidad para tratar en serio los grandes temas. Necesito salirme por la tangente de la pirueta.[3]

La composición y el estilo de los cuentos y fantasías de Arreola es una rara combinación de finura, imaginación y precisión. Sabe condensar en los rasgos expresivos más eficaces la materia de sus historias. Marcel Schwob, el escritor a quien más le debe la prosa de Arreola, decía que el objetivo del arte biográfico debería ser el de captar los rasgos únicos, distintivos de la vida del personaje, lo que constituye su identidad fundamental, su parábola propia, a ninguna otra semejante, en el firmamento de la vida colectiva. Los textos de Arreola que se refieren a personajes cumplen este propósito, con gracia y agudeza. Y otro tanto hace con sus criaturas imaginarias, encontrando siempre su rasgo único. De ahí su eficacia.

En sus textos más elaborados, Arreola prefiere las frases cortas y su adjetivación es de calidad excepcional. Borgeana, podría añadirse. Nunca es un adorno gratuito.

El Bestiario (1959), que acompañan dibujos de Héctor Xavier, es un ejercicio de observación y de inteligencia, en prosas de concisión e intensidad admirable para captar lo distintivo de los 23 animales o familias que describe. Detengámonos, como muestras, en las focas:

Perros mutilados, palomas desaladas. Pesados lingotes de goma que nadan y galopan con difíciles ambulacros. Meros objetivos sexuales. Microbios gigantescos. Creaturas animadas de vida infusa en un barro de forma primaria, con probabilidades de pez, de reptil, de ave y de cuadrúpedo. En todo caso, las focas me parecieron grises jabones de olor intenso y repulsivo.

En alguna entrevista, Arreola observó que "el animal es el espejo del hombre […] En el animal vemos nuestra caricatura, que es una de las formas artísticas que más ayudan a conocernos".[4]

Arreola escribió conceptuosos sonetos en su juventud, y que no ha coleccionado. Y probó el teatro en dos piezas en un actoLa hora de todos (1954), interesante y traducida al francés, y Tercera llamada (1971), que es quizá su única obra prescindible; e hizo buenas traducciones del francés de textos de su predilección, especialmente de Paul Claudel (reunidos en Bestiario, Joaquín Mortiz, 1972).

La feria (1963) es la única novela de Arreola y fue su despedida de la literatura escrita. Su tema es Zapotlán el Grande, tierra de su autor. Cuenta la historia y la vida del pueblo deteniéndose sobre todo en los conflictos de los naturales para recuperar sus tierras; en los grandes temblores que destruyeron el pueblo; en los azares de la organización de las fiestas de octubre en honor de San José, el santo patrono; en la aventura agrícola de un zapatero que se mete a campesino; en las maliciosas confesiones de un muchacho; en las aventuras de las mujeres de vida alegre que regentea María la Matraca, con la singular historia de Concha de Fierro y el torero Pedro Corrales; en los amores de un adolescente y los afanes culturales del Ateneo Tzaputlatena con la poetisa Alejandrina; en las historias de muchachas robadas y abandonadas; y en el castillo pirotécnico de don Atilano, incendiado por unos desalmados. El resultado de este cúmulo de historias es encantador, lleno de frescura y gracias. El contrapunto con que se van hilvanando los diferentes hilos y el lenguaje popular de la región, funcionan con naturalidad. Hay frecuentes citas y trasposiciones de los profetas bíblicos y de los Evangelios apócrifos así como de documentos históricos (Sara Poot Herrera, Un giro en espiral. El proyecto literario de Juan José Arreola, 1992). En suma, Juan José Arreola escribió un hermoso y animado homenaje a su tierra natal.

En los años siguientes a La feria, Arreola dejó de publicar libros formales. Sin embargo, no se apartó de la literatura. Se ocupó de sus talleres y, de cuando en cuando, en entrevistas periodísticas y en coloquios contó su vida y sus ideas literarias. Y poco a poco lo fue absorbiendo la televisión, que supo aprovechar su simpatía, su capacidad para hablar con chispa e ingenio de todo lo divino y lo humano. Fue una dura tarea. Recorrió en un carruaje especial la república, viajó por el mundo e hizo una serie de conversaciones con Antonio Alatorre sobre temas literarios. Confieso que sólo lo he visto y oído en la televisión pocas veces, pero recuerdo que don Daniel Cosío Villegas, crítico temible, poco antes de morir, en 1976, me habló con admiración de los programas de Juan José. La televisión le dio fortuna aunque le alentó su propensión al despilfarro. Y a sus lectores nos hizo perder nuevos libros suyos, aunque muchos millares de televidentes disfrutaron del ingenio y el don verbal de Juan José Arreola.

Sin embargo, algo quedó impreso de estos años. En homenaje a los libros de lectura escolares que, a Juan José y a mí –pues compartí con él las primeras escuelas de Zapotlán–, nos hicieron descubrir y amar las letras escritas, en 1968 Arreola publicó la antología Lectura en voz alta, para despertar en los niños y los adultos el gusto por la literatura.

Arreola ha tenido la virtud de conquistar admiradores, admiradoras y discípulos. Uno de ellos, Jorge Arturo Ojeda, formó en 1969 una antología de cuentos de nuestro autor, precedidos por un extenso y minucioso estudio sobre su obra. Y el mismo Ojeda tuvo el acierto de recopilar, de entrevistas, declaraciones, coloquios y cursos, la que llamó la "prosa oral" de Arreola en dos libros muy interesantes. El primero se llama La palabra educación (1973) y está dividido en los siguientes incisos: Vida, Cultura, Conciencia, Los jóvenes, El maestro y Palabra. En uno de sus textos, dice Arreola:

Pertenezco al género confesional. Soy un hombre que siempre busca confidente […] Quiero morir sin que haya quedado oculta una sola de mis acciones. Entre sacerdotes de la infancia y médicos de la juventud, y amigos y amigas de todas las épocas, está mi vida hasta lo más vergonzoso. Todavía me queda esta última camiseta… hasta el hueso, pues.

La otra recopilación de la "prosa oral" de Arreola se llama Y ahora, la mujer… (México, Utopía, 1975). Es uno de sus libros más hermosos, por su sinceridad y agudeza. A modo de presentación, lleva un retrato de Arreola, escrito por una muchacha dibujante y pintora, que concluye así: "Los gestos angulosos dibujan actitudes de inteligencia. La delicadeza de su estructura ósea es responsable de una expresión corpórea en descomposición dramática: su esbeltez trae reminiscencias del ámbito teatral". Juan José Arreola se convierte en su propio espectador, asiduo y extasiado.

Bajo el título de Inventario (México, Grijalbo, 1976) reunió Arreola los artículos que escribió para el periódico El Sol, de la Ciudad de México. Son reflexiones sobre temas varios o cuestiones del día o bien traducciones de páginas destacadas o relatos de experiencias singulares. En una de ellas (página 151) relata su visita a Louis Jouvet, en París, quien le abre las puertas para que conozca el mundo del teatro francés de aquellos años. Y en otra página hay un recuerdo emocionado de Eugenio Ímaz, el filósofo español, entonces recién muerto en Veracruz.

Debemos a Arreola tres buenos estudios literarios. Su prólogo a los Ensayos escogidos de Montaigne (México, unam-Nuestros clásicos 9, 1959) muestra su familiaridad con la obra del creador del ensayo moderno; el "Posfacio" que escribió para Personae de Ezra Pound, con traducciones de Guillermo Rousset Banda (México, Editorial Domés, 1981) es una aguda reflexión sobre la validez de la poesía de Pound; y, en fin, el libro llamado Ramón López Velarde. Una lectura parcial (México, Fondo Cultural Bancen, 1988), publicado en ocasión del centenario, ofrece comentarios acerca de la obra del poeta que ha sido afición entrañable de Arreola.

En la colección Voz Viva de México, de la unam, número 12, hay un disco con la voz de Juan José Arreola leyendo textos de Confabulario, presentado por Antonio Alatorre, con un notable estudio.

Además de las ediciones originales de sus libros, existe una serie de cinco volúmenes de Obras de J.J. Arreola, que editó Joaquín Mortiz en 1971, 1972 y en 1993.

La editorial de la Universidad de Guadalajara ha publicado un libro importante sobre la obra de Arreola: Sara Poot Herrera, Un giro en espiral. El proyecto literario de Juan José Arreola (1992).

Trabajó desde los once años y desempeñó los empleos más diversos. Desde niño le atrajo la representación. Estudió con Fernando Wagner, fue actor y trabajó bajo la dirección de Rodolfo Usigli y Xavier Villaurrutia. Becado por el Instituto Francés de la América Latina viajó a París en 1945, donde estudió declamación y técnica de la actuación con Jean Louis Barrault, Pierre Renoir, Jean Le Gof y Louis Jouvet, y figuró como comparsa de la Comedia Francesa. Fue corrector del Fondo de Cultura Económica (1946-1949); director y fundador de la Casa del Lago de la unam; fundador y miembro del Consejo Literario del Centro Mexicano de Escritores, invitado a dirigir seminarios de escritores cubanos en la Casa de las Américas, en La Habana (1960); fundador de los Talleres Literarios de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam), del Instituto Politécnico Nacional (ipn), del Departamento del Distrito Federal (ddf) y de la Secretaría de Relaciones Exteriores (sre); fue coordinador de ediciones de la Presidencia de la República (1961-1966); profesor de la Facultad de Filosofía y Letras (ffl) de la unam y colaboró y actuó en programas culturales de la radio y la televisión (como conductor del programa "Vida y Voz"). Se le tributaron varios homenajes nacionales en las ciudades de México y Guadalajara. Con Héctor Mendoza dirigió algunos de los programas teatrales de "Poesía en Voz Alta", iniciados en 1956. Se inició como narrador en El Vigía, revista de Zapotlán que editó con Arturo Rivas Sáinz, y en Guadalajara, en las revistas Eos y Pan, que editó con Antonio Alatorre. En la ciudad de México, colaboró en las revistas América, Letras de México, Revista de la Universidad de México y otras, así como en los suplementos culturales de los principales diarios de la capital de la república y del semanario Siempre! Fundó y dirigió esfuerzos editoriales tan importantes como las colecciones "Los Presentes" (hasta el número 50), "Cuadernos y Libros del Unicornio" y las ediciones y revista Mester, de su "Taller Literario". Como universitario y humanista luchó por una educación más eficiente en México.

La literatura mexicana debe a Juan José Arreola Zúñiga valiosos aportes al cuento como género literario y al lenguaje como forma de designar y aprehender la realidad que circunda al hombre y su misteriosa y compleja interioridad. Él mismo solía decir: "Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu...". Arreola, con Rulfo y Revueltas, son cuentistas que en la década de los cincuenta marcaron nuevos rumbos a nuestra narrativa. La imaginación domina en los relatos de Arreola, a menudo breves y perturbadores para trascender nuestra realidad cotidiana y llegar a lo esencial. Con un tratamiento temático, un equilibrio estilístico excepcional más un sutil humor y una cabal economía de palabras para mayor concreción y síntesis expresiva, colocan la obra cuentística de Arreola en un lugar de privilegio y de vanguardia. Aun su novela, La feria, lo es de una manera singular; sus dieciocho historias cruzadas son un verdadero conjunto de relatos, muchos de ellos autónomos y suficientes, entrelazándose y fundiéndose en un remedo de la vida misma. Las preocupaciones fundamentales de Arreola en toda su narrativa fueron su pueblo Zapotlán el Grande, su humor, "soplo de broma con que agita los problemas más profundos", las referencias bíblicas y la mujer. Cultivó, también con acierto, el ensayo, la poesía y el teatro, y destacó como actor, locutor, maestro y editor. Sus alumnos aprendieron en sus talleres literarios y publicaron en sus editoriales, como Los Presentes y Cuadernos del Unicornio.

Vida y obra de Juan José Arreola

Estudio de grabación: Radio UNAM
Año de grabación: 1966
Temas: Juan José Arreola (Ciudad Guzmán, 1918-Guadalajara, 2001). A lo largo de su vida el notable escritor se desempeñó en varias facetas en torno a la literatura y la cultura, tales como encuadernador, corrector, profesor, editor, promotor cultural así como comentarista de radio y televisión, entre otros. Fue director fundador de Casa del Lago de la UNAM, la cual ostenta su nombre. Es autor de Confabulario, libro merecedor del Premio Jalisco de Literatura en 1953 y de otros volúmenes memorables: La feria, Varia invención, Bestiario o Palindroma, por citar sólo algunos. Fue distinguido con el Premio Juan Rulfo de Literatura Latinoamericana y del Caribe, el Premio Ramón López Velarde y el Premio Nacional de Ciencias y Artes, entre otros. En 1966, el escritor, periodista y crítico literario Emmanuel Carballo (México, 1929-2014), entrevistó al escritor jalisciense. Una entrevista memorable en la que el autor de El guardagujas comparte memorias de diversas etapas de su vida, la conexión que siempre tuvo con su lugar de origen, Zapotlán El Grande —hoy Ciudad Guzmán—, su llegada a la capital del país, sus andanzas por Europa, los diversos oficios que desempeñó y aquellos episodios en los que sintió profundamente el encanto de la literatura, primero para saborearla en la lectura y la declamación —“…a mí la literatura me entró por los oídos”, cuenta—, y luego a través del impulso creativo. Juan José Arreola es reconocido como una de las figuras literarias centrales del siglo XX en México, no sólo por la calidad de su obra, sino por ese espíritu multifacético que permitió abrir senderos y espacios físicos y editoriales a los escritores de su generación y a los venideros.

Juan José Arreola. El guardagujas

Lectura a cargo de: Alonso Arreola
Estudio de grabación: Radio UNAM
Dirección: Margarita Heredia
Música: Alonso Arreola
Operación y postproducción: Francisco Mejía / Cristina Martínez
Año de grabación: 2012
Género: Narrativa
Temas: Juan José Arreola (Ciudad Guzmán, 1918-Guadalajara, 2001), escritor. A lo largo de su vida se desempeñó en varias facetas en torno al libro y la cultura, tales como encuadernador, corrector, profesor, editor, promotor cultural así como comentarista de radio y televisión, entre otros. Fue director fundador de Casa del Lago de la UNAM, la cual ostenta su nombre. Es autor de Confabulario, libro merecedor del Premio Jalisco de Literatura en 1953 y de otros volúmenes memorables: La feria, Varia invención, Bestiario o Palindroma, por citar sólo algunos. Debido a la calidad indiscutible de sus letras, a lo largo de su trayectoria también fue distinguido con el Premio Juan Rulfo de Literatura Latinoamericana y del Caribe, el Premio Ramón López Velarde y el Premio Nacional de Ciencias y Artes, entre otros. A continuación reproducimos “El guardagujas”, en lectura a cargo de Alonso Arreola, nieto del autor. En este cuento, clásico indudable de las letras mexicanas, se narra el encuentro entre el guardián de una estación de ferrocarril y un forastero. Eminentemente filosófico, el diálogo entre ambos personajes constituye una dilatada reflexión en torno al sentido de la vida. Agradecemos la colaboración musical de Alonso Arreola, así como la autorización para la comunicación pública de esta obra de Fuensanta Arreola. D.R. © UNAM 2012

Juan José Arreola - Los escritores hoy #8, 9 y 10

Dirección: Arturo Azuela
Música: Vicente Morales
Operación y postproducción: Antonio Fernández y Lidia Camacho
Producción:  Radio Educación
Productor: Arturo Azuela
Música: Vicente Morales
Género: Entrevista
Temas: Juan José Arreola (Zapotlán el Grande, Jalisco, 21 de septiembre de 1918 – Guadalajara, Jalisco, 3 de diciembre 2001). Arreola cuenta de viva voz su vida, desde su niñez en la que fue llamado “Juan el mal hecho” hasta convertirse en un maestro de la forma en la literatura. En el programa Juan da crédito de sus inicios como escritor gracias a aquellas personas de su natal Zapotlán que eran buenos conversadores así como también al prestigio e inteligencia que tenía su familia. Cuenta sus charlas con Borges y de cómo hay diferentes tipos de lenguajes. Nos relata los sucesos que lo marcaron, como lo es aquella idea que tenía de la carencia del amor de su madre y que por ello, dice él, lo convirtió en “Un pordiosero del amor”, de igual manera habla de la guerra cristera durante su niñez y cómo veía con suma normalidad las ejecuciones y balaceras, y finaliza al hablando de algunas de sus obras y su forma de cuidar su escritura, pues creía que sólo en una forma bella podía ser habitada por un espíritu aún más bello.
Participantes:
Juan José Arreola, Arturo Azuela y María Luisa Capella

Juan José Arreola - Los andamios de la creación #43

Dirección: Héctor Azar
Operación y postproducción: Fructuoso López, Elia Fuente y Guadalupe Cortés
Producción:  Radio Educación
Productor: Héctor Azar
Género: Entrevista
Temas: Juan José Arreola (Zapotlán el Grande, Jalisco, 21 de septiembre de 1918 – Guadalajara, Jalisco, 3 de diciembre 2001). Arreola habla de aquel temblor de 1932 de 8.2 de grados Richter que hizo estragos en Jalisco y que lo terminó marcando en su vida, así como su trayectoria teatral, desde su natal Zapotlán interpretando pequeños papeles hasta participar en la gran escena teatral de París. Relata trágicamente su despedida de sus padres y familia para irse a la Ciudad de México de manera precaria y estudiar en la Escuela Teatral de Bellas Artes donde recibe ayuda de las personas menos pensadas y empieza a conocer a sus primeros amores. Así también habla un poco de sus autores que fueron inspiración para él, como lo fueron Marcel Proust y Pablo Neruda. Arreola, cuenta orgulloso, la historia de uno de sus tíos, que conoció a personajes como Ramón López Velarde y Madam Curie, quien le regaló un gramo del elemento Rodio a su tío y que este suceso sirvió de inspiración a Juan para escribir "El prodigioso miligramo"
Participantes:
Juan José Arreola y Héctor Azar

Juan José Arreola - Artesanos, artistas y literatura #77

Producción:  Radio Educación
Género: Opinión
Temas: Juan José Arreola habla de lo sagrado y su relación con el hombre en su día a día, así también como en la parte creadora, convirtiéndose el hombre en parte de lo sagrado al crear algo nuevo.
Participantes:
Juan José Arreola

Juan José Arreola

Editorial: Dirección de Literatura UNAM
Lectura a cargo de: Juan José Arreola
Año de grabación: 1960
Género: Narrativa
Temas: Juan José Arreola (Cd. Guzmán, antes Zapotlán el Grande, 1918-Guadalajara, Jalisco, 2001), escritor, promotor cultural y editor mexicano. A lo largo de su vida desempeñó numerosos oficios, tales como encuadernador, corrector, profesor, editor, así como comentarista de radio y televisión, entre otros. Es autor de Confabulario, libro merecedor del Premio Jalisco de Literatura en 1953 y de otros volúmenes memorables: La feria, Varia invención, Bestiario o Palindroma, por citar sólo algunos. Debido a la calidad indiscutible de sus letras, a lo largo de su trayectoria también fue distinguido con el Premio Juan Rulfo de Literatura Latinoamericana y del Caribe y el Premio Ramón López Velarde. A continuación reproducimos una selección de textos narrativos, pertenecientes a Confabulario, uno de los títulos más sobresalientes de la literatura mexicana, originalmente publicado en 1952. Este material forma parte del acervo de la emblemática colección Voz Viva de México y fue grabado por la Dirección de Literatura de la UNAM. Agradecemos a la Dirección de Literatura su autorización para la comunicación pública de este material. D.R. © UNAM 2012

Instituciones, distinciones o publicaciones


Casa del Lago Juan José Arreola
Fecha de ingreso: 1959
Fecha de egreso: 1961
Director y fundador

Centro Mexicano de Escritores
Fecha de ingreso: 1953
Fecha de egreso: 1953
Becario

Centro Mexicano de Escritores
Fecha de egreso: 1951
Fundador y miembro del Consejo Literario

Premio Nacional de Ciencias, Letras y Artes
Fecha de ingreso: 1979
Fecha de egreso: 1979
Ganador en el campo de Lingüística y Literatura

Premio Literario Internacional de Novela Novedades-Diana
Fecha de ingreso: 1986
Fecha de egreso: 1992
Jurado

Premio Xavier Villaurrutia de escritores para escritores
Fecha de ingreso: 1963
Fecha de egreso: 1963
Ganador con el libro "La feria"

Premio Internacional Alfonso Reyes
Fecha de ingreso: 1995
Fecha de egreso: 1995
Ganador

Eos
Fecha de ingreso: 1943
Editor

La Letra y La Imagen. Semanario cultural del periódico El Universal Ilustrado
Fecha de ingreso: 30 de septiembre de 1979
Fecha de egreso: 01 de marzo de 1981
Consejero de colaboración

Pan. Revista de literatura
Fecha de ingreso: 01 de junio de 1945
Fecha de egreso: 01 de agosto de 1946
Director fundador

Utopías. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México
Consejo editorial

Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde
Fecha de ingreso: 1998
Fecha de egreso: 1998
Ganador

Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo
Fecha de ingreso: 1992
Fecha de egreso: 1992
Ganador

Fondo de Cultura Económica FCE
Fecha de ingreso: 1946
Fecha de egreso: 1949
Corrector

Universidad Nacional Autónoma de México UNAM
Fundador de los Talleres Literarios

Facultad de Filosofía y Letras FFyL (UNAM)
Profesor

América. Revista Antológica de Literatura
Colaborador

Letras de México. Gaceta literaria y artística
Colaborador

Universidad de México
Colaborador

Mester
Fundador y director

El Colegio de México COLMEX
Becario

Universidad Autónoma Metropolitana UAM
Fecha de ingreso: 2002
Doctor Honoris Causa

Fondo de Cultura Económica FCE
Fecha de egreso: 1949
Creador del título de la colección Breviarios del FCE

Colección Los Presentes
Fundador y director

Colección Cuadernos del Unicornio
Fundador y director

Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA)
Creador emérito

Universidad Autónoma Metropolitana UAM
Fecha de ingreso: 2002
Doctor honoris causa

Pan. Revista de literatura
Fecha de egreso: 01 de agosto de 1946
Colaborador y editor

América. Revista Antológica de Literatura
Colaborador