Enciclopedia de la Literatura en México

Colores en el mar y otros poemas

mostrar Introducción

Tras haber publicado en diversas revistas literarias algunas de sus primeras tentativas poéticas, Carlos Pellicer decidió reunir su producción en un primer volumen de poesía: Colores en el mar y otros poemas. Compuesto frente a las costas de Campeche y Tabasco, a las orillas del mar Caribe, entre la brisa del trópico latinoamericano, no extraña que Colores en el mar... sea, antes que nada, una colección de poemas sobre el océano. Dotado de una gran sensibilidad pictórica e imbuido en la estética modernista (ya para entonces agónica), Pellicer ofrece en este libro una galería de estampas y acuarelas del mar y sus facetas. El poeta evoca, de manera suntuosa, al mar de la tarde, al mar tempestuoso, al misterioso mar nocturno.

 Es preciso no perder de vista este libro —impreso en México por la editorial Cvltvra, en 1921, engalanado con cuatro ilustraciones de Roberto Montenegro—si queremos entender la trayectoria poética de Pellicer y su aportación a la poesía mexicana. Primero, muestra de un poeta joven que lucha por desprenderse de los resabios de la generación modernista para encontrar una voz propia. Más tarde, testimonio de los primeros deslumbramiento de Carlos Pellicer ante la naturaleza; deslumbramiento que, como se sabe, no lo abandonaría nunca. Son estos Colores en el mar... los que sumergen de lleno a la poesía mexicana en un arrebato de espumas y olas.

mostrar Tornasolados recuerdos de viento y de sal

Colores en el mar... es, en muchos sentidos, un diario de viaje, aunque dicho diario no sea, como es costumbre, un repertorio de anécdotas o un archivero de acontecimientos. Colores en el mar... es un diario de impresiones, un cuaderno en el que Carlos Pellicer ha vertido sus fluctuantes visiones del oleaje marino, o mejor dicho, de los varios oleajes marinos que besan las costas latinoamericanas.

Ya por sortear las balas, ya por cumplir con deberes diplomáticos, de 1915 a 1920, Pellicer recorrió las playas de nuestro continente. En 1913, el poeta huye de la Ciudad de México, asolada por la Revolución y, junto a su familia, habita en los estados de Veracruz, Campeche y Tabasco. Frente al crepúsculo tropical de esos parajes, el joven poeta compuso algunos de los poemas de Colores en el mar...:

En la tarde opalina, frente al mar de Campeche,

nupciales las Penumbras atlánticas me velan.

El oleaje finge rumores de gacela

perseguida. Es la hora que mi senda se estreche.[1]

Años después, de vuelta a la capital, el poeta se inscribirá en la Escuela Nacional Preparatoria, pero no permanecerá allí por mucho tiempo: su sino marino lo perseguía. Fue entonces cuando el presidente Venustiano Carranza optó, con el fin de fortalecer los lazos fraternos, por enviar una federación de Estudiantes Mexicanos a diversas naciones americanas. Pellicer, quien formaba parte de aquel grupo, emprendió un viaje por América Latina que se prolongaría por tres años, desde 1918 hasta 1921. A lo largo de dicho viaje que lo arrastró una vez más hasta las orillas del océano, el poeta dio las últimas pinceladas a sus Colores en el mar...

Pellicer, que estaba consciente de la importancia que habían tenido sus viajes por el continente, imprimió al frente de su primer libro de versos unas palabras preliminares en las que confiesa estar sumergido en las memorias de las costas americanas:

Playas de México, playas de Colombia, de Venezuela —repúblicas inolvidables a donde llevé durante dos años la representación de los estudiantes mexicanos—, playas de Cuba, sonoras playas del Atlántico, soberbias playas del Pacífico! La sal y el viento de sus panoramas han invadido mi sangre tornasolándola con todos sus recuerdos.[2]

mostrar Un mar de apropiaciones: agua nueva en vasos viejos

Como suele ocurrir con los poetas jóvenes, cuando Carlos Pellicer escribe Colores en el mar... se encuentra en busca de su propia voz. Por lo mismo, no es difícil vislumbrar, a través de sus aguas transparentes, las apropiaciones de los poetas que yacen en el fondo del libro. Dichas apropiaciones, además de ser evidentes son múltiples y, las más de las veces, bastante dispares entre sí. Por un lado, Colores en el mar... bebe de las fuentes cristalinas de Rubén Darío, Salvador Díaz Mirón y Amado Nervo; por otro, de los ágiles ríos de José Juan Tablada y Ramón López Velarde. De este modo, la obra se encuentra en una encrucijada, en un momento crucial en que la poesía mexicana atraviesa los umbrales de una época y se introduce en otra. Entre la suntuosa joyería del Modernismo y la otra, en la audacia de la imagen vanguardista.

El influjo del Modernismo “clásico”, por decirlo de alguna manera, es notorio en diversos aspectos de este primer libro de Pellicer. En el caso de la métrica, el poeta se halla inmerso, como apunta Monsiváis, en el festín musical de “los poetas del modernismo hispanoamericano, los que aportan el sentido melódico que amplía y renueva el idioma”.[3] En Colores en el mar... predominan dos tipos de versos: los alejandrinos (14 sílabas), majestuosos como elefantes en procesión, y los endecasílabos, de antiguo abolengo en la poesía castellana. Ambos se hallan casi siempre agrupados ya en sonetos, ya en serventesios (estrofa peculiar: cuartetos de rima consonante cruzada ABAB), respectivamente. Por poner un ejemplo del soneto alejandrino en Colores en el mar..., así se aprecia en el primer cuarteto de una composición dedicada al mar embravecido, donde se escucha el bramar de las olas:

Apogeo monótono de suprema pujanza:

gruesas ruedas de olas redobladas de viento

se rodaban redondas broncamente en su intento

rebotando en el muro, culminado de lanza.[4]

También lo presenta en serventesios esta opera prima de Pellicer:

Desde aquella caverna solitaria

oí la voz del mar. La tarde era.

Ennegreció una roca su estatuaria

tosca, gris, colosal, grave y primera.[5]

Esta clase de métrica, solemne y arquitectónica, es una nota constante de diversos autores modernistas, admirados por Carlos Pellicer. Por un lado, el soneto en versos alejandrinos es uno de los metros más usuales de Rubén Darío. La introducción de este metro constituye una renovación importante para la poesía española pues el soneto en nuestra lengua tradicionalmente se construye con versos de 11 sílabas. Podríamos citar muchísimos ejemplos de esta clase de soneto en Darío; baste ahora ver el primer cuarteto de “Caupolicán”, incluido en Azul...:

Es algo formidable que vio la vieja raza:

robusto tronco de árbol al hombro de un campeón

salvaje y aguerrido, cuya fornida maza

blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.[6]

El serventesio es una de las estrofas más asiduamente cultivadas por Salvador Díaz Mirón, quizá el poeta más admirado por Pellicer en sus años de juventud y a quien tuvo la oportunidad de conocer en la isla de Cuba. He aquí un serventesio de “Margarita”, conocido poema de Díaz Mirón con cuyos versos se esculpe la belleza de una muchacha:

Tu cuerpo... ¡que a menudo la locura

rasgó ante mí tus hálitos discretos,

y tu estatuaria y lúbrica hermosura

me reveló sus íntimos secretos.[7]

Otro de los rasgos típicamente modernistas de Colores en el mar... es el reiterado empleo de léxico suntuoso. No olvidemos aquel verso famoso del “Responso a Verlaine” de Darío: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto”. El ébano, los mármoles, la argentería, en fin, toda la pedrería del parnasianismo, se halla presente en el primer libro de Pellicer. El mar, así, parece en ocasiones un bibelot de porcelana, digno de adornar un refinado salón dieciochesco. Este rasgo puede observarse, por ejemplo, en el uso constante —a veces exagerado— de esdrújulos, joyas incrustadas en el entramado del verso. Veamos, por ejemplo, este primer cuarteto de un soneto en alejandrinos de Colores en el mar..., en el cual, como en el verso de Darío, hacen su aparición algunos entes verdaderamente estrafalarios:

Yo robaré tus múrices y nácares: Rito

de todo buen marino es robar al océano.

Yo robaré tu spóndylo más raro y haré un mito

maravillosamente profético y arcano.[8]

Algunas criaturas de la mitología grecolatina, que poblaban a sus anchas los jardines y riberas modernistas, se cuelan también en Colores en el mar. En algún momento, por ejemplo, dice el poeta: “Como un fauno marino perseguí aquella ola”.[9] En este fragmento de la obra de Pellicer aparecen las sirenas:

Un enfurecimiento de Sirenas

sacudió la espesura del océano,

y a veces se quedaba una melena

en la desnuda gracia de las manos.

 

Yo por idiosincrasia (conocida!),

de un salto audaz atravesé una ola,

al percibir la plateada vida

de una rútila cola.[10]

Las míticas sirenas nadan también en varios poemas de Amado Nervo, otro de los grandes modelos de Pellicer en aquel periodo, a quien lo unía, además de la filiación con la estética modernista, una profunda devoción religiosa. Este es el primer cuarteto de un soneto de Nervo, maravilloso, titulado “Las sirenas”:

En las ondas del verde caimanero,

estrïadas de luz en áureas venas,

un grupo bullicioso de sirenas

juega y canta su canto lisonjero.[11]

La aparición constante de correspondencias entre las artes es otro de los rasgos modernistas de Colores en el mar..., quizá el de mayor relevancia. La idea de la correspondencia entre las artes parte de un principio, mucho más general, que proclama la unidad, armonía y equilibrio que sostienen el universo. Hay proporciones inaprensibles y misteriosas que rigen las formas de las cosas: lo bello para la vista es bello también para el oído porque fue modelado bajo la misma norma fundamental por el ejecutor del universo. La noción está presente en la tradición de la lírica hispánica desde tiempos lejanos (la encontramos en Góngora, Quevedo y sor Juana, por mencionar algunos); sin embargo a Pellicer le llega a través de una vía que parte del Romanticismo alemán, atraviesa por Charles Baudelaire y aterriza en Rubén Darío y los seguidores del Modernismo. Quizá fue Baudelaire quien la expresó con mayor acierto y la colocó en el centro de la estética de finales del siglo xix. En uno de los sonetos más famosos de Las flores del mal, “Correspondencias”, exclama:

La Naturaleza es un templo donde los pilares vivientes

dejan a veces salir confusas palabras;

el hombre pasa a través de esos bosques de símbolos

que le observan con miradas familiares.

Como ecos prolongados que de lejos se confunden

en una tenebrosa y profunda unidad,

vasta como la noche y como la claridad,

los perfumes, los colores y los sonidos se responden.[12]

Rubén Darío, años después y en la misma tónica, pregonaba que el poeta debía “pintar el color de un sonido, el perfume de un astro”.[13]

En Colores en el mar... hay un diálogo constante, sobre todo, con dos artes, a lo mejor las más emparentadas con la poesía: la pintura —a la que Pellicer era particularmente sensible— y la música. La primera se anuncia desde el título: tenemos un libro de versos que es, no sólo palabras, sino colores en el mar. Las ilustraciones de Roberto Montenegro que acompañan el texto de Pellicer refuerzan el carácter notoriamente plástico del libro. La relación con la música es clara si atendemos al carácter melódico de las composiciones: Colores en el mar... presta mucha atención a los efectos sonoros del verso. Pongamos como ejemplo este alejandrino en el que es posible escuchar el rugir del océano: “Rueda en rápidas rondas el rebumbio pontino”.[14]

En el volumen hay también referencias directas a pintores y empleo de una terminología musical. Aquí por ejemplo, en un soneto que describe al mar apacible por la tarde, Pellicer trae a colación a Joaquín Sorolla. Dicho pintor, impresionista español, es famoso por sus lienzos resplandecientes en los que puede verse, entre otras cosas, la piel dorada y jovial de los muchachos desnudos que se bañan en las playas:

El mar. La tarde. Recuerdos de Sorolla.

(Corren las pinceladas del pintor, como el mar.)

El mar que ve a los niños disparatar, se embrolla

y se cae, se endereza y se pone a jugar.[15]

En este trío de cuartetos alejandrinos, el poeta emplea términos musicales para conseguir que los lectores escuchen el cristalino murmurar de las olas cuando se revuelcan plácidamente sobre la arena. Avanzan veloces, como una pieza musical ejecutada en andantino; se suceden las notas con rapidez, como en una ágil escala musical. El mar no es sólo un lienzo que moja la vista, es un concierto que inunda los oídos:

Del sur llegó el andante del mar, vuelto andantino.

A lo lejos las olas acordadas se ven.

Y al llegar a la playa, claras y burbujeantes,

abren escalas rápidas y brillantes.

 

Suenan grandes, solemnes, las olas a distancia.

En la orilla tiritan, gritan sus cristalillos.

Allá tumban a tumbos tantas notas que tratan

y aquí trituran cuentas de cristal y de vidrio.

Sonata alternativa de andante y andantino.

(Las notas que no surgen en perlas se cuajaron.)

Y el mar se desmelena tocando su divino

concierto matinal en sus gloriosos pianos.[16]

La confusión de los efectos producidos por lo visto y lo escuchado en Colores en el mar..., resulta en algunas sinestesias delirantes, es decir, imágenes en las que se confunden las acciones y efectos de nuestros sentidos: oír con los ojos, mirar con las manos, etcétera. Valdría la pena traer a cuento algunas de ellas. El primer verso del poemario evoca una aurora que surge del mar dando voces púrpuras: “Lanzó el mar el gran grito de la aurora”.[17] En este otro par de versos las nubes y la olas ejecutan refinadas melodías: “Nubes en sol mayor / y olas en la menor”.[18]

Además del influjo de Darío o Díaz Mirón, presente en la mayor parte de Colores en el mar..., Carlos Pellicer acoge los hallazgos revolucionarios de Ramón López Velarde y José Juan Tablada. Hay algunas imágenes de Colores en el mar... que ya se emparentan con las vanguardias. Imágenes que parecen sentirse incómodas en el ajustado corsé de las formas modernistas: agua nueva en vasos viejos. Entre los oropeles que revisten el mar en la mayoría de las composiciones del libro, se puede hallar algunos versos en verdad sorprendentes, por lo modernos y por lo vívidos: “Alguna vez las olas volaron. O fue un ave? / Que entre pluma y espuma certeza no se sabe”.[19] En otro lugar dice el poeta que la ola lleva “Suelta la cabellera y el talle azul-ondeante”.[20] Hay también secuencias que se acercan a la ingeniosa síntesis de los haikús de Tablada: “Esmaltín en la playa el cangrejo, / esparcía su absurdo vigor”.[21]

La inquieta indagación en nuevas formas de hacer poesía por parte de Carlos Pellicer, desembocará en el descubrimiento de su propia voz poética, expresada cabalmente en “Estudio”. Este poema, al que volveremos después, descuella sobre el resto de los poemas de Colores en el mar... y constituye, sin duda, lo mejor del volumen.

mostrar El mar: terrible amigo del hombre

Colores en el mar y otros poemas bien podría leerse como la expresión de un hombre que, desde sus primeros años, se halla fuertemente ligado a los ímpetus del océano. Su objetivo es mostrar como lo haría un pintor, el mar y sus múltiples facetas. A veces el poeta se complace en trazar con dos o tres pinceladas al misterioso mar nocturno: “Es un jardín el mar de nocturnos prodigios: / desdóblanse oleajes entre fosforescencia”.[22] Otras más, pinta sobre la hoja en blanco el mar apacible y transmite la serenidad de una tarde de otoño en la playa:

Mira cómo se van esas nubes de otoño

tendidas a lo largo del largo y quieto mar.

Mira cómo se van esas nubes de otoño,

como naves de fábula que pronto volverán.[23]

También que se confronta con el mar alborotado y terrible, cementerio de navíos:

Es un mar levantisco que ni con malecones

ha podido aquietarse: es un mar muy latino...

De la túrgida agua los móviles montones

truenan bárbaramente, tal el verbo marino.[24]

Los temas de Colores en el mar… no son nuevos: para componer este libro Pellicer no sólo hurgó en las estanterías de su memoria, sino también en las de su biblioteca. El mar es una de las grandes obsesiones del arte occidental de finales del siglo xix y principios del siglo xx. El origen de esta obsesión quizá se halle en el movimiento romántico, que buscaba, entre otras cosas, fundirse con la naturaleza para internarse en lo sublime y acercarse a ese estado primigenio del que el hombre se hallaba tan distanciado.

El mar es una estación inevitable de las búsquedas del Romanticismo. Y en el poemario del mexicano aparecen ecos de aquella hermandad terrible entre el hombre y el mar:

Y no hay nada tan bellamente enorme y retante

como la inmensidad y la salvaje prisa

deste mar ondulante, rebotante y triunfante.[25]

Pellicer, sin embargo, aspira constantemente a subsanar esa hermandad terrible y lograr una síntesis absoluta con el mar y su apabullante naturaleza. Quizá esa sea una de sus grandes aportaciones a la tradición que había venido configurándose alrededor del tema del hombre y la mar. Por eso no es, como algunos ya han señalado, un simple “poeta del paisaje”: está más cerca de Claude Monet que de José María Velasco. De acuerdo con Antonio Cornejo-Polar, Pellicer anhela una:

perspicacísima síntesis del mundo físico y del temple anímico de quien lo contempla, muy lejos del objetivismo neoclásico, del avasallamiento sentimental del mundo que los románticos realizaron con la imparable impetuosidad de su inquieto e ingobernable yo, y de la suntuosidad modernista que privatizaba, artificializándola casi como decoración interior, la belleza del paisaje.[26]

La afirmación anterior se confirma cuando el lector se percate de que casi no hay poema en Colores en el mar... en que no aparezca una conjunción entre el estado del océano y el estado del cantor que lo contempla: el mar inunda el alma del poeta y el alma del poeta incendia la marejada. La hermandad ya no es tan irreconciliable:

Ante la fuerza elástica de las olas enormes

que voltean sus caprichos en líneas poliformes,

las ideas salvajes de mi alma están conformes.[27]

El mar también es testigo, símbolo y depositario del amor juvenil. En estos versos desfila por primera vez aquella figura femenina que reaparecerá luego en los versos de Pellicer; una donna angelicata como la de los poetas del Renacimiento, más espíritu que carne, que lleva al poeta de la mano por la senda de la Virtud. De esta bella dama (que anduvo por las playas de Tabasco con el nombre de Esperanza Nieto), dice Pellicer en las palabras preliminares de Colores en el mar...:

La mujer admirable por cuya adoración se estremece este mar de páginas, vive en la provincia cálida de los grandes ríos mexicanos. Si hay penumbras en este libro, ella las ha colgado con sus manos morenas opacando así más de una estrella. Amor único, primero e inmortal.[28]

Algunos de los versos más bellos del primer libro de Pellicer se los debemos a este temprano idilio, a esta musa marina de algas y de espumas:

El mar durmió esa noche como hacía muchos años

no había dormido. El viento solía regresar.

Y pensé en Ella, aquella la de morenas manos

que alió sus dulces penas con mis gritos de mar.[29]

Ahora bien, ¿a qué se debe esta unión tan íntima del hombre, de sus más profundas emociones, con el mar? Quizá la respuesta se halle en eso que distingue a Pellicer del resto de los Contemporáneos: la religiosidad. El poeta, apunta Fernando Rodríguez, “establece la bondad de todos los entes, primero por la Creación Divina y, posteriormente a la caída, por la restauración de la bondad ontológica gracias a la Redención. [...] todos somos hermanos, incluyendo el mundo animal, el vegetal y el físico”.[30] La reconciliación del hombre con el mundo natural a partir del sacrificio de Cristo y su consecuente redención queda más que establecida desde los primeros versos de Colores en el mar..., los cuales, como ya el mismo Rodríguez ha apuntado, evidencian la lectura de la Divina Comedia de Dante Alighieri:

En medio de la dicha de mi vida

deténgome a decir que el mundo es bueno

por la divina sangre de la herida.[31]

Afortunadamente para todos sus lectores, Pellicer ha emprendido la búsqueda de la fraternidad con la Creación a través del camino de la palabra poética. Así lo dice Rodríguez: “Nuestro poeta contribuye, por medio de sus cantos, a luchar por esa fraternidad que es virtualmente real porque fuimos creados por el mismo Padre y redimidos por Cristo”.[32] El tabasqueño restituye, a través de la palabra anegada en las aguas de la Fe, el vínculo entre el hombre y el mar, amigos terribles, que parecía disuelto para siempre:

A veces te maldigo,

pero siempre te adoro.

Yo te he llamado mi terrible amigo

y yo soy el poeta que exalta tu tesoro.[33]

mostrar Las manos llenas de color

En este volumen es posible apreciar, por un lado, la manera en la que Pellicer (y toda su generación) combaten por desasirse del corsé de la trasnochada estética modernista. Existe, como se ha mencionado, un conflicto entre las viejas formas y las nuevas inquietudes de una generación ansiosa por renovar el lenguaje de la poesía mexicana. En Colores en el mar... hay tanto francos despliegues del más suntuoso de los modernismos como imágenes revolucionarias. Algunas de estas imágenes revelan no sólo un afán renovador —que será luego la nota distintiva de los Contemporáneos— sino también, las primeras muestras de lo que sería, con los años, la inconfundible voz del poeta.

En este sentido, “Estudio”, dedicado a la isla de Curazao, territorio autónomo del Caribe perteneciente a los Países Bajos (Holanda y América al mismo tiempo), es un poema importante. A propósito de aquella composición de juventud dirá el tabasqueño en su discurso de ingreso a la Academia: “Fue en Colombia y en la isla de Curazao donde escribí los primeros versos con acento propio. Campea en ellos una alegría bien humorada”.[34] Hay en ese poema, que no se parece a ningún otro de los contenidos en Colores en el mar..., hallazgos en verdad singulares:

estamos en Holanda y en América

y es una isla de juguetería,

con decretos de Reina

y ventanas y puertas de alegría

[...]

La Casa de Gobierno es demasiado pequeña

para una familia holandesa.

Por la tarde vendrá Claude Monet

a comer cosas azules y eléctricas.

Y por esa callejuela sospechosa

haremos pasar la Ronda de Rembrandt.[35]

En Colores en el mar... no sólo es visible el paso decisivo del joven poeta que deja atrás una voz impostada y halla el único e inconfundible tenor propio. El libro también deja ver, por vez primera, a aquel Pellicer que se ganaría un lugar entre los poetas más entrañables de México: deslumbrado ante los prodigios de la naturaleza, reverente ante la mano divina que ejecutó tales prodigios. Un poeta religioso, sí, pero no un místico; un enamorado de la vida, feliz entre las múltiples formas que pueblan este mundo:

Loemos al Señor que hizo en un trueno

el diamante de amor de la alegría

para todo el que es fuerte y es sereno.[36]

Entre las criaturas del mundo, entre sus diversas manifestaciones, el mar ocupa el puesto privilegiado en el universo poético de Pellicer. Si se tuviese que pensar en la aportación definitiva de Colores en el mar... a la poesía mexicana, tal vez sería esa: el regalo del mar. Regalo que hace posible que florezcan posteriormente en nuestra lírica otras figuras marinas como Eraclio Zepeda. Octavio Paz lo dice con estas palabras:

Cada poeta trae algo nuevo a la poesía. Uno de los grandes regalos que Pellicer nos ha hecho es el sol. El otro es el mar. [...] Pellicer lleva de la mano al mar nocturno y al mar diurno, al mar resonante de fechas y batallas y al mar salvaje, sin nombre todavía. [...] Ardiente constelación de luces rojas, verdes, azules. El pecho de piedra de México ya tiene un tatuaje de caracoles, frutos y aves marinas.[37]

Quizá haya pocos versos tan apropiados como estos de “Deseos” (quizá el poema más famoso de Carlos Pellicer) para cerrar esta breve revisión de su obra, con todo y que éstos no pertenecen a Colores en el mar..., sino a 6, 7 poemas. Pellicer sabía que cualquier palabra que se posara en sus manos se encendería con los reflejos del sol sobre la arena humedecida; que un poema suyo sería capaz de transformar un departamento citadino en medio del invierno en un festín de calores y colores tropicales:

Trópico, para qué me diste

las manos llenas de color.

Todo lo que yo toque

se llenará de sol.

En las tardes sutiles de otras tierras

pasaré con mis ruidos de vidrio tornasol.[38]

mostrar Recepción

Tal como afirma Guillermo Sheridan, la de Pellicer había sido desde sus inicios una trayectoria tan diferente a la del resto de los Contemporáneos (por ejemplo, a la de Jaime Torres Bodet, José Gorostiza o Xavier Villaurrutia) que, hacia 1921, “podía decirse con certeza que había alcanzado su propia definición en lo literario”.[39] Mientras gran parte de la poesía de su generación se demoraba en el resplandor de un moribundo simbolismo, los avances que Pellicer envía a México Moderno desde Sudamérica, denunciaron de inmediato la imagen de un escritor que había echado a volar, liberadas de toda decoración, de todo arrobado adjetivo, sus primeras imágenes.

Situado al principio de una obra tan extraordinaria como prolija, sin embargo, Colores en el mar… cedió rápidamente su lugar a los poemarios que uno tras otro se fueron sucediendo: Piedra de sacrificios, 6, 7 poemas y Hora y 20. Esta explosión creativa explica las pocas páginas que críticos e historiadores de la literatura mexicana han concedido a los primeros elementos poético-personales de Pellicer, mismos que germinarían años más tarde, hasta convertirse en naturaleza. También es cierto que, pese a la variedad de elementos temáticos, rítmicos, métricos que lo conforman, el tema paisajístico sugerido por el título ha sido determinante para la dirección que tomó la recepción de la obra.

En la puntual crónica del 8 de diciembre de 1921, Alfonso Teracena recuperó algunas noticias editoriales publicadas en diarios de la época donde la prensa celebraba este temperamento “siempre juvenil”, siempre poético de Pellicer, que vaticinaba en el “mar con sus motivos eternos” un “presagio de mejores frutos”.[40]

Es a propósito del cincuenta aniversario de la aparición de Colores en el mar…, que Porfirio Martínez Peñaloza realizó observaciones de carácter filológico sobre la primera edición del poemario, a partir de la recuperación de Teracena. Todo parece indicar, de acuerdo con su investigación, que hubo importantes variaciones tanto en el título como en el número de composiciones que integraron el manuscrito original; igualmente, que quedan aún composiciones del tiempo de Colores en el mar por compilar. Seguido por dos notas biográficas a cargo de Jaime Torres Bodet y Salvador Novo, Martínez Peñaloza evoca la imagen de Pellicer en los tiempos de la revista Pegaso, cuando inició la depuración de un estilo que se alejaba del Modernismo, un estilo fuertemente influido por el “esencialismo” de José Juan Tablada, el “tono admonitorio” de Enrique González Martínez, pero sobre todo, por el “ensimismamiento cada vez más absorto” de Ramón López Velarde, a quien dedica el poemario.[41]

Pero es probablemente que sea Luis Rius quien se haya dedicado con más exclusividad a la revisión del poemario; lo hizo entendiéndolo como parte primordial de ese conjunto heterogéneo que resultaba la edición del Material poético, 1918-1961, de Pellicer. El crítico identificó los principales centros temáticos de Colores en el mar…, intuidos como la “fuerza vital” que recorre de manera profunda, casi secreta, cada una de las estrofas y que recuerda “una gracia semejante a la que discurre por las venas de la obra de san Juan...”. Es la fuerza primordial del sentimiento de dicha, el afecto amoroso y la bondad lo que, asegura Luis Rius, conmueve e induce a sumirse en la gran vivencia del mar en toda la variedad de imágenes: desde las más elaboradas composiciones del ingenio, hasta las de elevada imaginación, desprendida “de una ingenuidad más pura”. Nada más natural que el mar de Pellicer se expresa para Rius como una vibración de ruidos, colores, formas, movimientos, que acompañan armoniosamente la íntima vibración del poeta, la contemplan o la incitan.[42]

El estudio de los distintos temas que constituyen la obra de Pellicer es uno de los campos que ha interesado a críticos e historiadores de la literatura, en años más recientes. Basado en la clasificación temática, propuesta por Guillermo Fernández, Gustavo Ramos encuentra en la disposición de los poemas de Colores en el mar…, un desarrollo temático cercado por la vida / muerte de las dos figuras paradigmáticas que sirven de norte al libro: de Ramón López Velarde hasta Amado Nervo (composición última del poemario). Es entre estas dos figuras —advierte Ramos— que se circunscribe el motivo del mar con su transfigurada connotación de vida / muerte / resurrección.[43]

Precisamente, son estas coordenadas de la historia particular de un mundo poético, sus imágenes o asociaciones más íntimas, las que se amplían en Colores en el mar… hasta lograr niveles simbólicos cosmogónicos, universales; y lo que permite situar el poemario de Pellicer dentro de la tradición de los poetas modernos. Esta es una de las lecturas más recientes de Yvette Jiménez de Báez,[44] para quien el tabasqueño, situando el poemario en su contexto estético, debería agruparse junto a los de otros escritores, herederos todos ellos de los ideales románticos de la comunión con la naturaleza, a la manera de Novalis, e incluso de Whitman. De ahí la preeminencia del mundo espiritual, religioso en el interior del sujeto poético, que dará forma a sus poemarios posteriores.

mostrar Bibliografía

Baudelaire, Charles. Las flores del mal. Edición bilingüe de Alain Verjat y Luis Martínez Merlo. Madrid: Cátedra, 1991.

Cornejo-Polar, Antonio. “El americanismo de Carlos Pellicer”. Tópicos y trópicos pellicerianos. Estudios sobre la vida y obra de Carlos Pellicer. Presentación y compilación de Samuel Gordon y Fernando Rodríguez. México: Horayveinte, 2005, páginas 145-155.

Darío, Rubén. Azul... Cantos de vida y esperanza. Edición de José María Martínez. Madrid: Cátedra, 2007.

Díaz Mirón, Salvador. Antología. Selección y preámbulo de Francisco Monterde. México: Fondo de Cultura Económica, 1979.

Henríquez Ureña, Max. “Ojeada de conjunto”. Breve historia del modernismo. México: Fondo de Cultura Económica, 1954, páginas 11-34.

Monsiváis, Carlos. “Las tradiciones de Carlos Pellicer”. Tópicos y trópicos pellicerianos. Estudios sobre la vida y obra de Carlos Pellicer. Presetación y compilación de Samuel Gordon y Fernando Rodríguez. México: Horayveinte, 2005, páginas 23-35.

Nervo, Amado. El libro que la vida no me dejó escribir. Una antología general. Selección y estudio preliminar de Gustavo Jiménez Aguirre. México: Fondo de Cultura Económica/ Fundación para las Letras Mexicanas/ Universidad Nacional Autónoma de México, 2006.

Paz, Octavio. “La poesía de Carlos Pellicer”. Obras completas. 3. Generaciones y semblanzas. Edición del autor. México: Fondo de Cultura Económica/ Círculo de Lectores, 1994, páginas 234-240.

Pellicer, Carlos. Colores en el mar y otros poemas. Ilustraciones de Roberto Montenegro. México: Ediciones del Equilibrista, 1993.

____________. 6, 7 poemas. México: Ediciones del Equilibrista, 1994.

Rodríguez, Fernando. “Carlos Pellicer, poeta religioso”. Tópicos y trópicos pellicerianos. Estudios sobre la vida y obra de Carlos Pellicer. Presentación y compilación de Samuel Gordon y Fernando Rodríguez. México: Horayveinte, 2005, páginas 381-388.

Samuel Gordon. Carlos Pellicer. Breve biografía literaria. México: Ediciones del Equilibrista/ Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1997.

mostrar Enlaces externos

Pellicer, Carlos. “La alegría del idioma”. Discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua. (Consultado el 13 de febrero de 2017).

Colores en el mar y otros poemas es el primer libro de poesía que publicó Carlos Pellicer, a la edad de 24 años. Originalmente impreso en hojas sueltas, sin índice ni paginación, con tres ilustraciones de Roberto Montenegro y prólogo del autor, sólo pudo aparecer como libro 70 años después. Aquí se encuentran las raíces y los primeros frutos de la voz propia e inconfundible del autor.

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