Enciclopedia de la Literatura en México

Efraín Huerta

mostrar Introducción

Casi medio siglo abarca la obra poética de Efraín Huerta (1914-1982). Este arco temporal fue tensado de un modo distinto a medida que su poesía se transformaba. Grave, vehemente, colérica, surrealista: así fue en su primer periodo al que corresponden Absoluto amor, Línea del alba, La rosa primitiva o Los hombres del alba. Este último, publicado en 1944, es considerado como una de las cimas líricas de la poesía mexicana de todos los tiempos. En sus versos la Ciudad de México se convierte por primera vez en personaje colectivo y es retratada sin ningún tipo de complacencia. Se obsesiona con el alba –el momento de indecisa luz que desemboca en la claridad– y se puebla de quienes están al margen de las actividades diurnas, y habitan el espacio público durante la noche: obreros, periodistas, prostitutas, poetas; “son los que tienen en vez de corazón / un perro enloquecido”.[1] En estos poemas, paradójicamente, Huerta abandona los procedimientos metafóricos y la imagen se torna realista: retrata los perfiles de los marginales en el momento de su impostergable degradación. Para conseguirlo, los sustantivos convencionalmente agradables son acidulados con adjetivos oscuros, hostiles. Así se habla de la protagonista de “La muchacha ebria” y “su sexo dormido de orquídea martirizada”.[2]

En correspondencia con su militancia política, Efraín Huerta escribió con diversa fortuna poemas de contenido social. De entre ellos, algunos que intentaron condenar el imperialismo o celebrar los avances del socialismo resultaron fallidos estéticamente, a pesar de sus intenciones políticas. Sin embargo, como afirma Carlos Montemayor, los poemas urbanos o de desastre son más persuasivos y alcanzan la poesía frente aquellos otros: “porque son reales, directos, sensoriales, con una intensa emoción del descubrimiento humano".[3] En todo el siglo xx, muy pocos poetas de México pudieron alcanzar la eficacia verbal de “Avenida Juárez”, o “Amor, patria mía”. Son poemas cívicos a la vez que íntimos.

Con “El Tajín” y los responsos, contenidos en la última sección del volumen compilatorio Poesía 1935-1968, alcanza durante la década de los sesenta un segundo periodo de madurez y se prepara para un cambio radical de su poesía. A la manera de José Juan Tablada, Efraín Huerta rejuvenece gracias a la brevedad y el humor, y sobre todo, gracias a un recurso que el poeta porfiriano hubiera dudado en emplear: el lenguaje de las calles, el de las conversaciones. A partir de 1969, Efraín Huerta comienza el tercero y último periodo de su obra con la invención de un artefacto verbal que enriqueció las posibilidades expresivas del castellano, el poemínimo. Poema breve, de intención lúdica, que lo mismo emplea recursos de la cultura letrada que de la tradición popular. Cercano a la humorada, la greguería, la oda elemental, el antipoema o al epigrama clásico, el poemínimo da espacio al gozo erótico, al autoescarnio, a la denuncia social, a la crítica moral o estética. Con estos poemas y con los de largo aliento de los libros de la década de 1970, Los eróticos y otros poemas, Circuito interior y Amor, patria mía, el sujeto poético se traslada al otro extremo de la primera época de la poesía de Huerta. Con elementos de juego, humor, burla, desenfado y camaradería, otorga espacio al otro en una polifonía que alimenta un lenguaje que por momentos aparece con un estilo barroco.

Sin embargo, cada sector de su poesía se comunica con otros mediante un cordón umbilical: una sana incorrección política. Las virtudes estéticas, la variedad de sus registros y las invenciones verbales alcanzadas, le otorgan un sitio central en la tradición literaria de México a la poesía del apodado Gran Cocodrilo.

Además, Efraín Huerta también ejerció el periodismo. Poco antes de su muerte fueron publicados algunos volúmenes que contenían ensayos o conferencias sobre temas literarios. A partir de 2006 ha comenzado un trabajo de rescate de la obra periodística que espera alimentar varios volúmenes de prosa.

mostrar De la infancia a la juventud

Efrén Huerta Romo, nombre original y completo de Efraín Huerta, nació en Silao, Guanajuato, el 18 de junio de 1914. Hijo menor –de entre cinco hermanos– de José Mercedes Huerta, abogado de profesión, y de Sara Romo. El México que conoció Huerta –aquél sobre el que habrá de reflexionar años después– estuvo profundamente marcado por la Revolución mexicana. Su nacimiento tuvo lugar en el marco de uno de los momentos más ríspidos del conflicto entre las distintas facciones en pugna que tuvo como resultado miles de muertes. 

La vida provincial es el escenario de los primeros años de Efraín Huerta. En 1917 se muda junto con su familia a Irapuato, lugar donde aprende los rudimentos del oficio de tipógrafo. Tiempo después, y a raíz de la separación de sus padres, cambia su residencia a León con su madre y hermanos, y en 1925 la familia se traslada a Querétaro en donde, de acuerdo con la cronología de Emiliano Delgadillo Martínez, Huerta comienza tardíamente su formación en la escuela primaria. El padre permanecerá en Irapuato, donde un Huerta adolescente habrá de visitarlo en algunas ocasiones.

Desde muy joven Efraín Huerta trabajó en toda clase de oficios. Gran parte de su tiempo libre lo ocupaba en jugar fútbol con gran ahínco. En Querétaro ingresa al Colegio Civil del Estado y luego a la Academia de Bellas Artes: este momento, coincide, por un lado, con la escritura de sus primeros versos, algunos de los cuales realiza por encargo para acompañar sencillos anuncios publicitarios –como es el caso de ciertos versos rimados que compone para la propaganda de la cantina La Victoria: “Qué sería de este Querétaro,/ bella ciudad colonial,/ si no pudiera beberse/ de ‘La Victoria’ el mezcal”–. Por otro lado, éste es el momento de su despertar político, el cual se evidencia con su ingreso al Gran Partido Socialista del Centro de Querétaro.

Entre los primeros poemas de Efraín Huerta los investigadores Guillermo Sheridan y Carlos Ulises Mata han considerado “El Bajío” –concluido entre los diecisiete y dieciocho años de edad–, el primero, y “Tarde provinciana”, el segundo. “El Bajío” apareció en La Lucha, un diario local que él mismo editaba a lado de sus amistades de Irapuato. En “El Bajío”, Huerta aglutina las diversas propuestas estéticas que tenía a la mano y, al mismo tiempo, sus inquietudes poéticas individuales. En el prólogo a Aurora roja, donde están antologadas las crónicas juveniles de Huerta, Guillermo Sheridan describe este momento como el de “los encontronazos definitorios entre la conciencia creativa individual y las corporaciones políticas”.[4] Como sucederá en el primer poemario de Efraín Huerta, en el “El Bajío” se hace notoria una desigualdad de estilo: en este primer poema conviven algunas enseñanzas o apropiaciones del Modernismo junto con algunos atrevimientos de vanguardia. En términos generales, la intención del poema es recrear la vida campesina del Bajío y aportar una visión particular sobre ésta. “Tarde provinciana”, su nombre lo indica, es una imitación de Ramón López Velarde.

mostrar En la Ciudad de México

Con el deseo de ingresar a la Academia de San Carlos, motivado por su afición al dibujo, en 1930 Huerta se muda con su familia a la Ciudad de México, aunque finalmente fue rechazado por la institución. Como si la poesía fuera su destino, en 1931 entra a la Escuela Nacional Preparatoria, el primer año en el edificio del templo de San Pedro y San Pablo y posteriormente en San Ildefonso, donde tiene como profesores, entre otros, a Julio Torri y Agustín Loera y Chávez. Muy pronto entabla una sólida amistad con Rafael Solana y Carmen Toscano. Octavio Paz también estudiaba en San Ildefonso, un grado adelante de Huerta, y comenzaba por esos años, junto con su grupo, a preparar la publicación de la revista Barandal. Esto explicaría porqué los dos futuros poetas fueron presentados posteriormente gracias a Toscano. En 1934 Huerta ingresa a la Escuela de Leyes de la Universidad Nacional Autónoma de México a la que sólo asiste un par de años. Por esas fechas, a sugerencia de Rafael Solana, cambia su nombre a Efraín (quizá por una cuestión de sonoridad) y adopta momentáneamente la ortografía hebrea “Ephraím”, que significa doble recompensa.

Absoluto amor, su primer poemario, se publica en 1935 en la editorial Fábula, con un tiraje tan reducido que hoy resulta casi imposible conseguir un ejemplar. Unos meses después, Huerta decide abandonar para siempre la carrera de Derecho y dedicarse enteramente a la poesía, a la militancia política y al periodismo. Comienza a colaborar activamente en El Nacional y, más tarde, en el semanario El Fígaro, enfocándose en la crítica de teatro y cine, actividad que perdurará hasta sus años de madurez y que lo llevará a presidir, en 1970, la agrupación de Periodistas Cinematográficos de México.

Huerta contribuyó a la fundación de la revista Taller Poético (1936-1938), creada y dirigida por Rafael Solana y editada en los talleres de Miguel N. Lira. El poeta rememora estos años con un tono de autocrítica mordaz y, al mismo tiempo, risueña: “éramos muchachos pedantes que siempre andaban con el libro bajo el brazo. No sé si sólo nos sentíamos o en realidad la gente nos veía como 'poetas malditos'”.[5]

De Taller Poético sólo aparecen cuatro números, consagrados exclusivamente a la poesía. En 1937, Alberto Quintero Álvarez plantea a los demás redactores –Paz, Huerta y Solana– la posibilidad de ampliar el espectro de la revista para incluir cuento, ensayo, crítica, traducciones y notas de diversa índole. El primer número con este nuevo perfil aparece en diciembre de 1938 y el nombre de la revista cambia a ser sólo Taller (1938-1940). Solana es el director desde el primero hasta el cuarto número; no obstante, su crédito no aparece ya en el directorio. Desde el momento en el que Paz se convierte en director de Taller, y hasta los siguientes ocho números, comenzaron a publicarse en esta revista a los escritores españoles refugiados, otrora agrupados en la revista Hora de España. Gracias a las nuevas amistades que Paz había entablado durante su estadía en España en 1937, además de Juan Gil-Albert y José Moreno Villa, que ya habían colaborado en Taller Poético, se cuentan entre ellos a Ramón Gaya, Juan Rejano, María Zambrano, Antonio Sánchez Barbudo, José Bergamín y Francisco Giner de los Ríos. Solana expresa su desacuerdo con la decisión de otorgarles tal espacio y argumenta que Taller “se convirtió, o muy poco le faltó para ello, en una revista española editada en México”.[6] Años después, declarará que Taller murió de “influenza española”.[7]

No obstante, aun cuando la postura de Solana ante la nueva dirección de Taller no es infundada, es necesario reconocer la importancia de la lectura de los poetas de la Generación del 27 en la formación de Efraín Huerta, así como de muchos de sus contemporáneos. Huerta se refiere a los españoles en Aquellas conferencias, aquellas charlas como “nuestros mejores informantes sobre la importancia [...] del movimiento surrealista [francés]” y afirma que “Cernuda, Larrea y Aleixandre, más el Rafael Alberti de ‘Sobre los Ángeles’, trastornaron en forma un tanto demencial la vida literaria de muchos países”.[8] Con respecto a la visita de este último a México, Huerta dice: “Rafael llegó en el momento propicio [1935]: México vivía unos días excepcionales en su historia: los días del cardenismo”; y, más adelante: “[...] tenía una brasa en las manos y cien poemas suyos en la garganta. La brasa era el poema ‘La toma del Poder’ de Louis Aragon, traducido por el propio Alberti”.[9] La otra figura decisiva para los poetas mexicanos fue el Federico García Lorca del Romancero gitano y de Poeta en Nueva York. El poeta granadino es invitado a colaborar en Taller Poético en 1936 por Rafael Solana y sus poemas aparecen en el primer número de Taller gracias al apoyo del Secretario de Relaciones Exteriores, Genaro Estrada, quien trae de España personalmente cinco poemas de Lorca, la mayoría de ellos inéditos, copiados a mano en una libreta, según afirma Alicia Correa.[10]

Para completar el panorama de las lecturas de lo que José Emilio Pacheco denomina el “surrealismo en lengua española”[11] es preciso mencionar la admiración que provocó entre los jóvenes poetas mexicanos Residencia en la tierra (1935) de Pablo Neruda y su ensayo “Sobre una poesía sin pureza” de capital importancia para el joven Efraín Huerta, publicado en el mismo año por la revista que editaba el propio Neruda, Caballo Verde para la Poesía. Este texto es una especie de manifiesto que marca una distancia con la tendencia más prestigiada durante la época, la poesía pura, asumida por la generación de Contemporáneos, José Gorostiza y Xavier Villaurrutia, principalmente.

En el contexto de las revistas antes mencionadas, la palabra taller resulta emblemática para entender la intención por conciliar el trabajo intelectual y artístico con el trabajo técnico: transmite la idea de que la poesía se construye con las manos, con herramientas. En otras palabras, sustenta la idea de que la poesía también es un oficio y el poeta es un obrero de la palabra. Refiere Solana que el nombre fue sugerido por Carmen Toscano. Originalmente, la revista se iba a llamar Panteón, “pues se trataba de levantar un templo en el que fueran adorados todos los dioses, los más antiguos o los más nuevos”,[12] pero repararon en que de entre todas las acepciones de la palabra, en el uso cotidiano, predominaba la más fúnebre, así que se decidieron por Taller. Además, la alusión al trabajo manual traía a la mente la idea de la revista como un lugar de aprendizaje: “nos considerábamos aprendices, gente dispuesta a trabajar, a pulir, a sudar en el aprendizaje”.[13] Esta actitud no sólo se hizo patente en el título, sino en el hecho de que invitaran a colaborar, reconociéndolos como maestros, a poetas mayores y consagrados, como Enrique González Martínez y a varios de los Contemporáneos. Sin embargo, marcada como estaba por las diferencias internas, Taller no pudo continuar publicándose. A su “muerte” surge otra publicación, Tierra Nueva, auspiciada por la Universidad, la cual reunirá a varios escritores de la revista anterior. El primer número aparece al mismo tiempo que los últimos de Taller, en 1940. Los responsables de Tierra Nueva eran Jorge González Durán, Leopoldo Zea, José Luis Martínez y Alí Chumacero.

Para entonces Huerta ya se había alejado de Taller, debido quizás a su creciente interés por la actividad política. En 1935 había ingresado a la Federación de Estudiantes Revolucionarios y conocido a José Revueltas. El comunismo se convertiría así para Huerta en uno de los temas predilectos para la reflexión, lo cual se verá proyectado también en su poesía. En 1936 da a conocer Línea del alba, bajo el sello editorial Taller, su segundo libro de poemas, en el cual se muestra una escritura más pulida y una voz poética mejor delineada con respecto al irregular y movedizo Absoluto amor. Los poemas de este volumen continúan explorando la temática amorosa; también en ese año ingresa oficialmente al Partido Comunista. 

mostrar El borrador para un testamento

Efraín Huerta y Octavio Paz establecieron una relación estrecha durante los años de juventud. En la década de los treinta los hermanaron las situaciones políticas y sociales, aunadas a la búsqueda compartida de una determinada postura ideológica. Por ejemplo, ambos participaron en distintos actos de protesta. En el terreno personal, refiere Emiliano Delgadillo, Octavio Paz fue testigo en 1941 de la boda del primer matrimonio de Huerta con Mireya Bravo Munguía.[14]

Cuando en 1934 José Revueltas fue remitido por el gobierno a las Islas Marías por practicar “actividades antisociales”, Huerta y Paz pelearon por su liberación; un año después, los dos recibieron con gran entusiasmo a Rafael Alberti en su visita a México y, posteriormente, se opusieron de manera activa a la devastación que dejó tras de sí la Guerra Civil española. Incluso, documenta Emiliano Delgadillo Martínez, fue Huerta quien avisó a Paz de la invitación de Neruda, Serrano Plaja y Alberti, para asistir al Congreso Antifascista de Valencia, España.[15] Tanto en la poesía de Huerta como en la de Paz se perciben las marcas que dejaron las grandes guerras del siglo xx, los conflictos políticos mundiales y nacionales; al mismo tiempo, lo entrañable de su amistad se deja ver en algunos poemas que rememoran los años de su juventud, como “Borrador para un testamento” (1964) de Huerta y “El mismo tiempo” de Paz (1958).

En el terreno estético, ambos poetas partieron de las mismas lecturas: Juan Ramón Jiménez, la Generación del 27, los Contemporáneos y Pablo Neruda. El arco que dibuja la poesía de Paz sigue la trayectoria de la poesía que se origina en el Romanticismo y transita hacia el Simbolismo, la poesía pura, el Creacionismo, el Surrealismo o la Poesía concreta (en todos estos movimientos el principio de analogía es el centro del discurso poético), mientras que Huerta parte del principio de analogía y posteriormente toma la dirección del denominado por José Emilio Pacheco realismo coloquial u “otra vanguardia” (nombre en el que concurren diversos poemas bajo un propósito desolemnizador del lenguaje y que adquieren denominaciones distintas: antipoema, poema coloquial, poema conversacional, etc.).[16] Este cambio de orientación de la poesía de Huerta ya se advertía en sus poemas sobre la ciudad y se manifiesta enteramente a partir de los poemínimos y de los libros publicados después de 1968, Los eróticos y otros poemas, Circuito interior y Amor, patria mía.

En una entrevista con Christopher Domínguez Michael, David Huerta considera que para hacer un juicio sobre la amistad entre Huerta y Paz debe considerarse que por muchos años ambos poetas dejaron de verse, debido a que el autor de Libertad bajo palabra radicó en distintos países ejerciendo actividades diplomáticas. Con el paso de los años, el distanciamiento entre ambos escritores se debió a sus convicciones políticas. Paz denunció los crímenes del estalinismo, mientras que Huerta se mantuvo como estalinista hasta su muerte.[17] Guillermo Sheridan cita las palabras de Paz: “las pasiones políticas nos separaron y nos opusieron pero no lograron enemistarnos”.[18]

En 1965, Efraín Huerta pronunció varias conferencias sobre la poesía mexicana en el Instituto Cultural Hispano Mexicano, una de las cuales fue dedicada a Octavio Paz. Efraín Huerta repasó varios comentarios críticos de diversos autores sobre Paz y declara que, más que hablar de la obra, le interesa “dar una imagen del hombre” y agrega: “negarlo tercamente, es tan dañino como venerarlo”. Y en una evaluación general concluye la conferencia: “así nuestro Octavio, que todo lo enaltece y todo lo multiplica –hombre que multiplica el pan de la poesía– es hoy el alto mando en la poesía de México, es el poeta de las más fértiles vigilias, el hombre de la eléctrica angustia”.[19] Estos comentarios, sin embargo, no impiden que dos años después difiera de la búsqueda estética de Paz, cuando es asumida por los poetas jóvenes del momento. En “La poesía actual de México”, artículo publicado por la revista Espejo y que después queda compilado en Textos profanos, afirma: “los poetas han vivido mirándose en el espejo inagotable, pozo de infinitas alturas, hora redonda de la poesía mexicana, de Octavio Paz. Encarcelados en Libertad bajo palabra, no supieron, no saben hallar la escapatoria, si es que la anhelan”.[20]

La publicación en 1966 de la antología de Carlos Monsiváis y de Poesía en movimiento suscitó un reacomodo del paisaje estético. En relación con el prólogo de la segunda antología, Huerta se ve obligado a precisar que su poesía, al contrario de lo que afirma Paz, no es resultado del último verso de Muerte sin fin (1939): “¡Anda, putilla del rubor helado,/ anda, vámonos al diablo!”: “Yo escribí y publiqué 'Declaración de odio' en 1937 (en la revista 1937, que dirigía Marco Antonio Millán), con una espléndida ilustración de Rafael Solana. Tengo, entonces, la leve sensación de que no saqué partido de nada ni de nadie…”.[21]

De acuerdo con la investigación de Emiliano Delgadillo Martínez, es probable que el último encuentro público entre ambos poetas haya sido el 9 de octubre de 1977 en el Palacio de Minería de la Ciudad de México.[22]Protagonistas de una lectura poética, Efraín Huerta y Octavio Paz se encontraban en el centro de una mesa a la que también fueron invitados Rubén Bonifaz Nuño, Jaime García Terrés, Ulalume González de León, Eduardo Lizalde, Hugo Gutiérrez Vega, Tomás Segovia e Isabel Fraire. De la lectura quedan los testimonios salidos de la pluma de Vicente Quirarte y de la cámara de Xavier Quirarte. Las fotografías pueden verse en Efraín Huerta. Iconografía y una evocación de la lectura en Peces del aire altísimo del primero:

Imposible olvidar la emoción de aquel domingo [...] cuando en el Palacio de Minería la primera división de la poesía mexicana se reunió para leer versos. El Gran Cocodrilo se hallaba sentado, entre Octavio Paz y Eduardo Lizalde, bajo una doradísima águila mexicana. Casi se había extinguido la voz física de Efraín [...] sin embargo, sus poemas zumbaban en el aire y nos llegaban al corazón gracias a la voz de Esteban Escárcega. Cuando le llegó a Octavio Paz el turno de leer, alguien entre el público intentó iniciar un abucheo. Efraín fue el primero en incorporarse de su asiento y mirar hacia el sitio de donde partía la injuria.[23]

Para David Huerta “el mito del distanciamiento” entre los dos poeta creció a raíz de la publicación de la novela Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, “donde hay claras insinuaciones de que había una enemistad poética entre ellos, fruto de las diferencias políticas.” Él mismo rememora:

Octavio Paz pudo leer sus poemas porque, por decirlo de algún modo, Efraín estaba protegido de los infrarrealistas. Efraín Huerta, a su vez, “protegió” a Paz de esos muchachos, haciéndolos callar con gestos muy enérgicos; luego, Paz y mi padre se dieron un abrazo. Ignoro si los infrarrealistas entendieron lo que estaba pasando ahí, ojalá lo hayan entendido porque estaban frente a dos amigos, frente a dos camaradas poéticos; lo que no borra las diferencias políticas, por supuesto.[24]

mostrar El corazón blindado

Huerta publica sus Poemas de guerra y esperanza en 1943 y Los hombres del alba en 1944, este último es considerado como la obra central del autor. En el primero incluye algunos poemas sobre la guerra civil española y otros donde expresa sus sentimientos hacia la injusticia social; la mayoría de estos poemas refleja el clima político de la década: el fin de la Segunda Guerra Mundial, el franquismo, la Guerra Fría y la amenaza sorda de la bomba atómica. Destacan dos poemas de tema comunista: “Stalingrado en pie” (1942) y “Canto a la paz soviética” (1947).

Por otra parte, en Los hombres del alba recopila los poemas tempranos de Línea del alba y otros que habían aparecido en revistas, como Taller y Taller poético. En esta obra se entrelazan dos de los temas más frecuentados por Huerta: el amor y la soledad. Asimismo, la ciudad moderna (en particular, la de México) se muestra como la gran protagonista de estos versos, evidenciándose la conflictiva relación entre el poeta y la urbe. Este libro marca un hito, no sólo en la carrera literaria de Huerta, sino en el panorama de las letras mexicanas. Los poemas de Los hombres del alba poseen, a veces, un tono elegíaco o de invectiva; en ellos confluyen insultos desesperados, imprecaciones y declaraciones de odio: 

Te declaramos nuestro odio, magnífica ciudad.

A ti, a tus tristes y vulgarísimos burgueses,

a tus chicas de aire, caramelos y films americanos,

a tus juventudes ice cream rellenas de basura,

a tus desenfrenados maricones que devastan

las escuelas, la plaza Garibaldi,

la viva y venenosa calle de San Juan de Letrán.[25]

Desde este poemario, el tema social de Huerta habrá de atravesar su obra poética de principio a fin. Lo cual forjaría la imagen del poeta comprometido, quizá en detrimento del valor estético de su obra.

Con Los hombres del alba Efraín Huerta comienza a trazar una poética de la Ciudad de México. Sin embargo esta atención hacia la urbe se origina en una crónica o artículo que Efraín Huerta escribió a la edad de 18 años, “Estética de la calle”. Para Carlos Montemayor:

Donde reside la mayor fuerza de este poeta es en su acercamiento a la ciudad. [...] En este libro, las palabras por vez primera son cotidianas y concretas; sus imágenes no son malabarismos, juegos intelectuales o alardes poéticos; son imágenes recogidas del mundo, de las calles, de los bares, de la realidad.[26]

Desde el punto de vista de Marco Antonio Campos:

Siendo hermosos y llenos de dulzuras y tristezas los poemas de amor, lo verdaderamente original, lo que hace del libro una piedra de fundación de la lírica mexicana moderna, son las piezas de la ciudad. Al menos tres caben en cualquier exigente crestomatía: ‘Declaración de odio’, ‘Los hombres del alba’ y ‘La muchacha ebria’”[27].

Además, para David Huerta, en este libro Efraín Huerta halla su voz, el registro verbal que lo volverá inconfundible en el concierto de la poesía mexicana.

mostrar Militancia, disidencia y marginación

En la década de los cuarenta, el Partido Comunista Mexicano (pcm) pasa por una crisis interna. El pacto de no agresión firmado en 1939 por la Alemania nazi y la Unión Soviética es otro factor determinante para la segregación del bloque comunista mexicano. El enfrentamiento entre estalinistas y trotskistas divide los segmentos del partido y genera enemistades en todos los ámbitos. El caso de los muralistas es muy claro: Siqueiros se convierte en mordaz crítico de Rivera como persona y como pintor:

Rivera no es militante revolucionario no ha querido pensar en esos problemas, porque ha querido seguir siendo pintor aislado sin disciplina, que no acepta ninguna disciplina ideológica, que se cree dueño absoluto de la ideología mejor […] no comprende el carácter psicológico que la observación produce y de esa manera […] produce una obra pasiva.[28]

Así, mientras que Diego Rivera decide romper definitivamente con el partido y proteger a Trotsky, Siqueiros toma parte en un intento de asesinato contra éste.

Las actitudes ante esta crisis son diversas. José Revueltas, por ejemplo, se aleja del pcm, a manera que aumenta su disconformidad con éste, y dirige sus críticas desde el periódico El Partido. Estas ideas desembocarán, años más tarde, en la redacción de su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (1962). Además, forma y encabeza la célula de periodistas dentro del partido, a la que pertenece Huerta, llamada “José Carlos Mariátegui” en honor al filósofo, periodista y luchador social peruano, de quien Revueltas había sido gran lector y difusor.

Los problemas al interior del partido se agudizan cuando, en 1940, el nuevo dirigente, Dionisio Encina, propone una coalición con la Confederación de Trabajadores de México (ctm), la Confederación Nacional Campesina (cnc) y el Partido de la Revolución Mexicana (prm), antecedente del pri (Partido Revolucionario Institucional). En 1943, ambos escritores y muchos otros militantes en desacuerdo firman un documento en el que desconocen a Encina. Este acto desencadena la expulsión de numerosos miembros del Partido; entre ellos, Efraín Huerta, José Revueltas y José Alvarado.

mostrar Crónicas de cine

En 1947, Efraín Huerta consolida el semanario El Fígaro –del que llegará a convertirse en director interino–, y escribe las columnas “Radar fílmico” en El Nacional, “Ases y estrellas” en Nosotros, “Llamado a las siete” en Cinema Reporter, así como “Linternazos fílmicos” y “Palo dado”, en las cuales utilizó seudónimos como “Filmito Rueda”, “Fósforo”, “Juanito Pegafuerte” y “Robert Browning”.

El domingo 6 de abril de 1947 colabora por primera vez en la sección “Close up de nuestro cine” en la Revista Mexicana de Cultura, suplemento cultural de El Nacional, donde se publican alrededor de ciento cuarenta y cinco colaboraciones del poeta. En sus columnas, Huerta pretendía colaborar “honestamente en la búsqueda y en el hallazgo de una auténtica expresión de nuestro cine”, al tiempo que criticaba las fórmulas del cine nacional: comedia ranchera o urbana, películas de ambiente cabaretero y popular, lleno de rumberas, prostitutas y “cinturitas” que descubrían la pobreza estética y la desnutrición del cine mexicano. De este modo, entre los artículos críticos de Huerta que aparecen en “Close up de nuestro cine”, llaman la atención sus crónicas sobre “El cine de Xavier Villaurrutia” y la película Los olvidados, de Luis Buñuel.[29]

Alejandro García, con la colaboración de Evelin Tapia, compiló estas reseñas críticas en Close up i y ii (2010, Universidad de Guanajuato). En el prólogo del primer volumen, García apunta que: “En 1951 Huerta fue reconocido como parte de ‘un grupo de cronistas cinematográficos mexicanos capaces de representar digna y certeramente a la prensa especializada del país’”.[30] Fuera de su labor periodística, Huerta publicó otras obras en prosa, el ensayo Maiakovski, poeta del futuro (1956) y pronunció conferencias, escribió prólogos o ensayos que fueron recopilados posteriormente en distintas ediciones de la UNAM: Textos profanos (1979), seleccionados por el propio autor; Prólogos de Efraín Huerta (1981); o Aquellas conferencias, aquellas charlas (1983).

mostrar En busca de la ciudad sagrada

En 1949, Huerta recibe las Palmas Académicas por parte del gobierno de una Francia en plena reconstrucción. Un año después publica un volumen de seis poemas, La rosa primitiva, “olvidado” por la crítica –salvo media cuartilla escrita por Raúl Leiva y sendos comentarios de Carlos Montemayor, Carlos Monsiváis y Marco Antonio Campos–. Leiva sugiere que este poemario sintetiza líricamente el período más doloroso de la poesía de Huerta. El poeta escribe “bajo el ala del ángel más perverso”. El monumento de Independencia es su “rosa primitiva”. La voz, ahí, es un ente que percibe el caos desde lo alto. Es posible leer el poema “La rosa primitiva” como el ars poética del autor: en éste se desdobla la ciudad, se particulariza la urbe en el hombre que camina sobre ella: “sé dueño de tu infierno, propietario absoluto/ de tu deseo y tus ansias, de tu salud y tus odios./ Fabrícate, en secreto, una ciudad sagrada,/ y equilibra en su centro la rosa primitiva”. Para Carlos Montemayor en este libro disminuye la calidad de la obra de Huerta: “su depurado oficio decae, sus metáforas son a veces gratuitas y sus versos, huella retórica de su gran poesía anterior”.[31] Frente a este juicio, Carlos Monsiváis alaba la capacidad de Huerta para convertir en piezas memorables “poemas de circunstancias”. Se refiere a la “Breve elegía a Blanca Estela Pavón”, escrito a propósito de la muerte de la actriz de cine en 1949.[32] Para Marco Antonio Campos, el poema “La rosa primitiva” sería representativo de la primera de las tres formas de escritura en que divide la obra de Huerta: “La primera sería la de la poesía ríspida, irritante, cargada de prosaísmos, donde hablan más el resentimiento y el odio, y donde aun allí no alcanza Huerta a evitar la ternura ni a perder la mano noble”.[33]

De 1949 a 1953 Efraín Huerta recorre las geografías de los dos extremos ideológicos de la época. Visita el sur y la Costa Este de Estados Unidos y posteriormente recorre Moscú, Eriván, Praga y otras ciudades de Europa del Este. En Nueva York acude al Congreso de Cronistas Cinematográficos –al que también asiste el fotógrafo mexicano Gabriel Figueroa. El resultado de estos viajes es una serie de poemas “exterioristas” contenidos en Los poemas de viaje, publicado en 1956. Da cuenta de sus estancias en el extranjero a través de impresiones que reflejan, la mayoría de las veces, los problemas sociales que presencia. En una de las secciones, “Greyhound poems”, escrita en 1949, habla principalmente de los Estados Unidos. Se ocupa del tema de la discriminación racial y del conflicto –tan arraigado en el sur de dicho país– de la violencia y el rechazo sufridos por los negros, abordando incluso el tema del Ku Klux Klan. Algunos de estos poemas tienen la métrica y la esencia del blues así como la angustia existencial de la raza afroamericana. Los versos de la “Canción”:

La luna tiene su casa

Pero no la tiene

la niña negra

la niña negra de Alabama[34]

se inscriben indirectamente (único caso en la poesía mexicana hasta entonces) en el movimiento de la negritud comenzado por el senegalés Léopold Senghor (1906-2001) y el francés Aimé Césaire (1913-2008) y continuado en el continente americano por los poetas Langston Hughes (1902-1967) y Nicolás Guillén (1902-1989). En este libro se encuentra también un poema para su hijo recién nacido, “Pequeñas palabras para el pequeño David”, que escribe en Checoslovaquia, poema donde convergen las impresiones de un lugar ajeno con un canto emocionado, íntimo. El resto de los poemas son una exploración poética del socialismo que contrasta con su visión del imperialismo norteamericano.

También en 1956 publica Estrella en alto, donde conviven algunos poemas amorosos con otros de corte político. En este libro, de acuerdo con la lectura de Carlos Montemayor, la poesía se pone al servicio de una profesión de fe política.[35] Contrastan títulos como “Ternura”, que evoca ese sentimiento mediante la flor o una paloma, y “Perros, mil veces perros”, un canto furioso contra el intervencionismo norteamericano. Sobresale “Avenida Juárez”, uno de sus poemas más conocidos sobre la Ciudad de México:

Hay en el aire un río de cristales y llamas,

un mar de voces huecas, un gemir de barbarie,

cosas y pensamientos que hieren;

hay el breve rumor del alba

y el grito de agonía de una noche, otra noche,

todas las noches del mundo

en el crispante vaho de las bocas amargas.[36] 

Estos versos abordan un tema en boga durante aquellos años: la presencia del extranjero. Tras el cardenismo y la expropiación petrolera, se presenta en el país un período de controversias en cuanto a la política exterior y la actitud hacia lo extranjero sufre un cambio: el gobierno busca pertenecer al contexto mercantil internacional y apuesta por la inversión extranjera –especialmente estadounidense–. En “Avenida Juárez”, como antes lo había hecho en “Declaración de odio”, Huerta refleja la presencia alienante de la cultura norteamericana instalada en la médula de la vida cotidiana en la metrópoli. Otros poemas de Estrella en alto trazan la cartografía de la capital mexicana, como uno dedicado a la Diana Cazadora. En 1959 publica dos poemas, también de tema testimonial: “Mi país, oh mi país” y “Elegía de la policía montada”.

A propósito de “Avenida Juárez” vale la pena realizar algunas consideraciones. Fue publicado sin la firma del autor en México en la Cultura en febrero de 1956. Este error de edición, nos informa Emiliano Delgadillo, provocó que fuera atribuido a disitintos autores.[37] En 1968, considera José Emilio Pacheco que este poema y “El Tajín” bastarían para justificar toda la obra de Huerta.[38] Según Marco Antonio Campos el poema se origina de un verso de la célebre “Oda a Roosvelt” de Rubén Darío: “¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?”.[39] Carlos Montemayor asevera que “Avenida Juárez” y los poemas sobre la ciudad de Los hombres del alba sirvieron para que Efraín Huerta advirtiera que en su vocación realista, “la vocación de la poesía por mirarnos y descubrirnos” radicaba “su profunda fuerza, no los malabarismos con imágenes, conceptos o pasatiempos”.[40] En contraste, José Joaquín Blanco descalifica el poema totalmente.[41]

mostrar El Gran Cocodrilo, cipactli

Según relata Raúl-Otto González, “el Cocodrilismo” nació en la navidad de 1949 en San Felipe Torresmochas, Guanajuato.  Con motivo  de la fundación de una escuela, se reunieron en aquel lugar algunas personas entre las que se encontraba Huerta; y contaron cuentos de cocodrilos. La aportación de Efraín Huerta: “Es que todos llevamos adentro un cocodrilo”, que es un poemínimo adelantado. Entonces se concibió el Manifiesto del Cocodrilo: extraordinaria escuela de optimismo y alegría; escuela lírica y social que se opone al existencialismo.[42]

Desde entonces a Huerta se le conoció con el mote de “El Gran Cocodrilo”. Este cambio en la visión de Huerta lo acercó a la ironía que mostrará en los poemínimos. Entre 1957 y 1961, editó los Cuadernos del Cocodrilo, una revista literaria que toma su nombre del apodo con el que sus amigos lo designaban. En ella colaboraron Edmundo Valadés, Thelma Nava, Alfredo Cardona, Rubén Bonifaz Nuño y Jaime Sabines, entre otros. Los editores fueron Jesús Arellano y Antonio Silva Villalobos, ambos directores de la revista Metáfora (1955-1958). A pesar de que Efraín Huerta nunca publicó en esta revista, es importante mencionarla debido a una rencilla literaria que suscitó.

En Metáfora –donde a decir de José Emilio Pacheco aparecieron los primeros poemas conversacionales de México– se publicaban textos de todo tipo.[43] Las colaboraciones –en su contenido y estilo– no tendían a la homogeneidad, por lo que no puede pensarse como una revista que represente a una generación o a una determinada corriente literaria. No obstante, Metáfora se convirtió en un foco de polémica por dos razones. La primera fue la intención que tenían sus directores y colaboradores de desmitificar a ciertas figuras consagradas de la literatura de la época: su principal blanco fue Alfonso Reyes, sobre todo como poeta. Según Silva Villalobos: “Metáfora decidió revalorar ciertas figuras de nuestra literatura, por creer que había exageraciones y disminuciones en cuanto al prestigio de que gozaban”.[44]

La segunda causa de controversia fue la sección de la revista dedicada a la crítica, llamada “Colofón”. Desde allí se lanzaban opiniones poco amistosas –por decir lo menos–, se exponían rencillas personales de manera supuestamente encubierta y se defendían posturas estéticas e ideológicas, la mayoría de las veces, sin mencionar nombres. Los textos no iban firmados. La coartada era perfecta: “¿han visto un colofón firmado?”.

Algunos intelectuales suspicaces, como Francisco Zendejas, creyeron leer la voz de Huerta tras el anonimato de los colofones. En 1958, desde El Excélsior, Zendejas reclama: “desde hace meses que vemos, con incertidumbre, cómo el poeta Huerta se escuda en el anónimo para atacar fieramente a sus supuestos enemigos poéticos, desde Paz hasta Calvillo, pasando por el joven García Terrés y el consagrado Alfonso Reyes”.[45] Huerta desmiente este hecho en una carta dirigida a Octavio Paz, Alfonso Reyes y Francisco Zendejas, quien finalmente se disculpa en un texto publicado también en El Excélsior. No obstante, Huerta no era del todo ajeno a Metáfora, pues, como se dijo arriba, a pesar de que nunca colaboró en esta revista y sin haber nunca participado en la crítica “anónima” de sus colofones, sostuvo una amistad estrecha con sus redactores. Un ejemplo de ello es su libro Estrella en alto, el cual se publica en la colección editorial Metáfora.

mostrar Genealogías

“No vivas solo, porque podrías caer en la cima de un individualismo negativo”, le recomienda a Huerta, en una carta, su amigo Carlos Mora; “cásate, para que goces las delicias de una serie de sentimientos insignificantes (resultan indescriptibles), pero de una profundidad humana que llegarás a comprender”.[46] Huerta parece compartir este punto de vista. Entre la década de los cuarenta y la de los sesenta contraerá matrimonio dos veces y tendrá cinco hijos. En 1941 contrajo matrimonio con Mireya Bravo Munguía, a quien había conocido una década atrás, en la Preparatoria de San Ildefonso, y quien aparece con el seudónimo de “Andrea de Plata” en la obra de Huerta, especialmente en Absoluto amor. Con ella tuvo tres hijos: Andrea Huerta Bravo (1943), Eugenia Huerta Bravo (1945) y David Huerta Bravo (1949), poeta. Huerta se casó por segunda ocasión en 1958, cuando la escena política mexicana se sacudía por el movimiento ferrocarrilero y la feroz represión durante la presidencia de Adolfo López Mateos. Con la poeta Thelma Nava tendrá dos hijas: Thelma y Raquel Huerta-Nava –nacidas en 1959 y 1963, respectivamente. No obstante, a pesar de que muchos aspectos de su vida personal pueden inferirse o entresacarse de cartas y notas periodísticas, Huerta no escribió textos autobiográficos, pues como apunta José Emilio Pacheco: “no pensó mucho en el sitio que le reservaría el impredecible hit-parade de los muertos. Al despreocuparse por lo que aún seguimos llamando 'posteridad', no escribió memorias”.[47]

mostrar De las ciudades y sus revoluciones

Casi a la par del triunfo de la Revolución cubana y luego del intento de invasión por parte de los Estados Unidos a principios de los sesenta, Huerta viaja dos veces a Cuba, pues se sentía ligado a lo que representaba ese país en el ánimo latinoamericano. Su primera visita data de 1967, año en que muere Ernesto “Che” Guevara en Bolivia– a quien llama “Che-Diamante. Joven barbado, invencible, iracundo”,[48] en un poema que hace las veces de despedida del comandante argentino. La segunda, en 1969, después del movimiento estudiantil de 1968 y del asesinato de Martin Luther King –recordado en el poema “Esto se llama los incendios”.[49]

No obstante, su obra ya estaba marcada por una crítica tenaz a la sociedad: en 1962 escribe “La raíz amarga”, poema donde se manifiesta contra la opresión de la libertad, característica de la década de los sesenta. “¿Quién habla, quién nos llama desde el frío, / desde aquella sorda celda, desde nuestros muertos?”.[50] Versos que muy probablemente aluden a los muchos presos políticos de la época, entre ellos a David Alfaro Siqueiros, quien desde 1960 permanecía en Lecumberri. “Diego ha muerto. José Clemente ha muerto / David vive. David Ama. / Hablémosle en voz baja”.[51] Este es el momento en el que Huerta se encuentra más cercano al pensamiento y la lucha ideológico-social de Siqueiros.

A “La raíz amarga” le sigue “El Tajín” –ambos recogidos en El Tajín y otros poemas (1963)–, en este último Efraín Huerta desatiende el tema de la ciudad e indaga la realidad y sus resquicios desde la pirámide totonaca. A propósito de lo anterior, Antonio Deltoro refiere que el poeta “se sale de la urbe, nos sitúa en el antiguo lugar de rayos, como es ahora, eterno, contundente y misterioso”.[52] El autor recorre, junto con su amigo Pepe Gardea y su hijo David Huerta, el templo desolado y los jardines de un verdor asfixiante. El poema, dedicado a los dos compañeros de viaje, tiene una estructura compleja en tanto que explora la profundidad histórica y simbólica de la pirámide.

El Tajín, zona arqueológica ubicada cerca de Papantla, Veracruz, consta de siete plataformas superpuestas y significa en lengua totonaca “ciudad del trueno”. Gracias a esto, el texto se presta a una lectura simbólica: el poema-pirámide como lugar de encuentro de geometrías poéticas o poéticas geométricas. Un ejemplo son los últimos versos, que pueden leerse como el rayo que choca en la cúspide de la pirámide y cae, se desvanece sobre ese “país-serpiente”, emulando su movimiento:

Oh Tajín, oh naufragio,

tormenta demolida,

piedra bajo la piedra;

cuando nadie sea nada y todo quede

mutilado, cuando ya nada sea

y sólo quedes tú, impuro templo desolado,

cuando el país-serpiente sea la ruina y el polvo,

la pequeña pirámide podrá cerrar los ojos

para siempre, asfixiada,

muerta en todas las muertes,

ciega en todas las vidas,

bajo todo el silencio universal

y en todos los abismos.[53]

Ricardo Aguilar, en un extenso análisis de este poema dice: “En ‘El Tajín’, la pirámide estructural se vierte de lo que significa la pirámide física de Tajín, Veracruz. Huerta empieza su poema con una explosión de imágenes funestas”.[54] En efecto, los siete escalones o los niveles de la pirámide se corresponden con las siete estrofas que componen el poema; las tres partes en que está dividido, representan, por un lado los tres periodos históricos de México: el prehispánico, el colonial y el moderno, de igual modo, para Aguilar, los tres personajes del poema: Efraín, Pepe y David, aluden a ese tránsito histórico y quizá también a las tres edades del hombre. Apunta el crítico: “El Tajín ha pasado por tres épocas fundamentales: el período precortesiano, el período colonial y el período mexicano de la postguerra de independencia”.[55]

Se descubre, así, según David Huerta, una apocatástasis: el regreso de todas las cosas a su origen y un posible nuevo punto de partida –del mismo modo que sucede con las revoluciones–: “Tajín, el trueno, el mito, el sacrificio. / Y después, nada”.[56] Para David Huerta, ya como crítico y no como personaje del poema: “El Tajín transmite todos los valores de una escena grandiosa y resonante: la de México en su devenir; sintetizado en los nichos y las columnas de una civilización muerta”,[57] puesto que en sus versos se resumen siglos de historia, problemas culturales y preocupaciones estéticas. Por su parte Octavio Paz celebró el poema en una carta enviada a Efraín Huerta desde Nueva Delhi en 1964.[58]

mostrar Responsos del 68

En 1968 apareció una selección de los poemas leídos por el propio autor en el disco de la serie Voz Viva de México de la Universidad Nacional Autónoma de México, con una presentación de José Emilio Pacheco, y hacia el final de ese mismo año se editó Poesía 1935-1968, por la editorial Joaquín Mortiz. Ambos volúmenes marcaron un punto de inflexión en la obra de Efraín Huerta. Pusieron en manos de un amplio número de lectores una poesía escasamente asequible en las ediciones originales de cada poemario y permitieron apreciar un cuadro de conjunto de la poesía del Gran Cocodrilo. También a partir de ese año, Huerta se convirtió en un poeta de culto para los jóvenes, según refiere José Joaquín Blanco. De acuerdo con su Crónica de la poesía mexicana: “Huerta se convirtió de pronto en el poeta más admirado e influyente entre los jóvenes; se veía en él, en cuanto personaje, al Neruda mexicano, y en cuanto obra, sus palabras eran imprescindibles para expresar la crisis”.[59]

La última parte de Poesía 1935-1968 incluye la sección “Responsos”, en la cual se advierte otro registro de la obra de Huerta. Son cantos elegíacos, homenajes a las figuras admiradas por el poeta. En el esquema interpretativo de Marco Antonio Campos otorgan rostro a la segunda forma de escritura en la obra del autor: “los poemas de amplia respiración [...] escritos por los sesenta, y en los que estimablemente no lo vence ni el hálito ni el ritmo mismo del versículo. Allí están algunos de los mejores poemas de Huerta…”.[60] Seleccionados en diversas antologías de poesía mexicana, “Sílabas por el maxilar de Franz Kafka” y “Responso por un poeta descuartizado” son dos de los poemas más emotivos de toda la obra de Huerta. También sobresale “Borrador para un testamento”, dedicado como dijimos anteriormente a Octavio Paz. Este arreglo de cuentas con la juventud responde a la misma intención que anima el “Nocturno de San Ildefonso” del autor de Pasado en claro.

En 1973 aparece Poemas prohibidos y de amor, publicado por la editorial Siglo xxi –en la Poesía completa este libro aparece no como unidad, sino dividido en cuatro partes e intercalado con otros poemarios–. Poemas prohibidos... contiene textos de épocas remotas que no habían sido recogidos, entre ellos, dos poemas que datan de tiempos de la Guerra Civil española: “Presencia de Federico García Lorca” y “Ellos están aquí”. El primer poema lamenta la muerte de esa voz andaluza en la poesía española:

Federico: son las seis de la tarde

en la ciudad de Mérida; la Península nuestra

llora y se enluta por tu valiente sangre,

por tu sagrada sangre de mar, aurora y selva;

por tu estupenda sangre de saludable ángel

o demonio moreno; por tu madura sangre de gitano

y Hombre del Universo.[61]

En el segundo poema se alude al arribo de los españoles refugiados en México:

A los umbrales húmedos de nuestra Patria

llegan los hombres verdes a lamentos,

llegan los cuerpos rotos,

las mujeres sin senos,

los niños sin su fresca alegría,

los milicianos abatidos por los beduinos.

Llegan las venas, las vísceras, los huesos,

los músculos: el ejemplo sonoro

de los trabajadores españoles.[62]

El libro contiene, además, los poemas “Hotel Caribe, Panamá” y once poemínimos: “Amenaza”, “Cosa tórrida”, “Siniestridad”, “Propo”, “Hamacoide”, “Reisgnación”, “La ley”, “Tránsito”, “Lilia Prado [1]”, “Lilia Prado [2]” y “Lo dicho”, los cuales son definidos por el propio Huerta, apoyado en la opinión de su hija Raquel Huerta-Nava y de Octavio Paz, como chistes. Este libro, a la luz del prólogo que acompaña la edición de 1973, da cuenta de la faceta de Huerta comprometido con las causas sociales, tanto nacionales como extranjeras, rasgo que fue sin duda uno de los elementos que más se ha reconocido en su obra. Este volumen es el complemento o envés de Poesía 1935-1938

mostrar Amor, polifonía, humor y erotismo

Como preámbulo a la tercera forma escritural de Efraín Huerta, y siguiendo la propuesta de interpretación de Marco Antonio Campos, debemos considerar un hecho biográfico en el que no se han detenido los críticos del poeta. El Gran Cocodrilo viajó a Cuba en febrero de 1969 para formar parte del jurado del Premio Casa de las Américas de poesía. Debemos suponer que, a diez años del triunfo de la Revolución cubana y en plena efervecencia de las poéticas que a lo largo de este artículo hemos englobado bajo la denominación de Realismo coloquial, Efraín Huerta se enfrentó a una gran variedad de realizaciones estéticas de lo que en ese momento comenzaba a ser el discurso lírico predominante en Latinoamerica. Además, Huerta deliberó al lado de Agustín Goytisolo y de Roberto Fernández Retamar quien, desde Casa de las Américas, había venido teorizando sobre los rasgos de la nueva estética desde hacía tiempo. El libro ganador resultó ser Taberna y otros lugares del salvadoreño Roque Dalton. En este libro, una de las secciones más interesantes es “Taberna” cuyo subtítulo es “(Conversatorio)”, un coro de voces que charlan sobre varios temas que en este espacio no se pueden enumerar. Es probable que a raíz de este viaje, Huerta haya trasladado su atención estética de la construcción de imágenes de sus libros anteriores hacia una combinatoria de múltiples voces que producen una yuxtaposición o barroquismo verbal, en el que, por ejemplo, Abigael Bohórquez encontró la ruta de su búsqueda estética.

En 1974 se publica Los eróticos y otros poemas, dividido en seis secciones: “Los eróticos”, “Barbas para desatar la lujuria”, “Cuba Revelación”, “Los poemínimos”, “Para pintores” y “Los otros poemas”, que dan cuenta de la variedad de temas que Huerta abordó en su poesía. En la primera parte se resignifica la sensualidad: mediante los ojos del amante se construyen las calles de la ciudad y los rincones de la amada: “Con helénicos pasos hechiceros pasos / La avenida que no es Shakespeare ni Mariano Escobedo / sino inmensamente doradamente Rubén Darío / Cogerte del brazo y desparramar la mirada”.[63] Otro ejemplo de esta interesante e innovadora mezcla entre el discurso amoroso y el tema de la ciudad es “Meditación en el metro”.

“Barbas para desatar la lujuria” es un largo poema que, si bien continúa con el tema del erotismo, nos presenta juegos experimentales del lenguaje. La inclusión de palabras en otras lenguas –so, alors, bloom, baby, Joarez Avenue– u onomatopeyas aparentemente sin sentido –“bas bas bas Universidad Universidad ra ra ra– dotan al poema de un lenguaje que en ocasiones cobra giros humorísticos. El tercer apartado, ["Cuba Revelación"], como su nombre sugiere, da cuenta de las visitas que hizo el poeta a Cuba. Varias de las dedicatorias o menciones en los poemas nos hablan de las amistades y, quizá, lazos estéticos que forjó en la isla caribeña: Lilia y Alejo Carpentier, René Depestre, Roberto Fernández Retamar y José Lezama Lima, con quien mantuvo una correspondencia fecunda.

La cuarta parte, “Los poemínimos”, son nuevamente esa suerte de género breve en donde Huerta explora el humorismo, la ironía e, incluso, el cinismo. “Para pintores” es un pequeño tributo a la plástica, representada por figuras como Irene Arias y Rina Lazo. El diálogo con la pintura, a decir de Raúl Bravo está presente en Huerta desde Absoluto amor. “Los otros poemas”, la última parte del libro, contiene varios textos que no están relacionados entre sí.

Sobresale, por otro lado, “Del miedo y de la compasión”, dedicado a los compañeros del ipn, que alude al conocido y lamentable suceso del 10 de junio de 1971: “Dios nos bendiga, / diez, dieces de junio, dioses de siempre / y compadezcamos a Dios / que tampoco vio nada”.[64] Texto fechado el 24 de septiembre de 1971. De todos los poemas de esta nueva etapa estética de Huerta, quizá el más representativo sea “Juárez-Loreto”, resumen del trazo de nuevas sonoridades, de una polifonía y de un retrato de la vida citadina experimentada en el transporte público.

En Circuito interior (1977), donde conviven poemas de largo aliento y otros breves, encontramos nuevamente el tema de la ciudad, visible desde el título, al que se añaden homenajes celebratorios o responsos como los escritos a raíz de las muertes de Roque Dalton y José Revueltas. En “La otra heredera” y en otros poemas breves apreciamos cierta experimentación visual. Uno de los aspectos más interesantes de este libro reposa en el interés de Huerta por el sistema de transporte colectivo, el metro, que le cambió el rostro a la capital de la república.

mostrar Sustracciones: los poemínimos y la transa poética

Al respecto de los poemínimos y de la orientación que adquiere la obra de Huerta en la década de los setenta, la presentación de José Emilio Pacheco al disco de Voz Viva de México resultó profética:

Con todo, hay excepciones que ponen a prueba la regla. Efraín Huerta es una de ellas: a los cincuenta y tantos años está escribiendo poesía mejor que nunca. Es de aquellos privilegiados –como su compañero Octavio Paz– que pueden renovarse sin desconocerse y mantener despiertos los sentidos. Abundan en todas partes quienes de por vida siguen escribiendo, mal o bien, en el lenguaje (literario) que imperaba cuando tenían veinte años. Huerta ha demostrado no ser uno de éstos.[65]

 A los pocos meses de la aparición del disco, Efraín Huerta comenzó a explorar un nuevo artefacto poético que bautizó con el nombre de poemínimo. Fechados en mayo de 1969, los primeros poemínimos aparecieron en la revista Comunidad y en el suplemento La Cultura en México, luego en Poemas prohibidos y de amor (1973) y después en Los eróticos... (1974), Circuito interior (1977) hasta dedicarles un volumen entero en 50 poemínimos (1978). Huerta abandonó los elementos expresivos de su poesía de juventud y se acercó al Realismo coloquial. Del mismo modo que José Juan Tablada (1871-1945), Efraín Huerta encontró en la brevedad un camino para rejuvenecer poéticamente. Estos bonsáis verbales representan, según el juicio de Marco Antonio Campos, la tercera y última forma escritural que adoptó la poesía de Huerta.[66]

Sobre este género de su invención, el autor relata: “[...] la cosa empezó a humear y provocó el incendio previo a la estampida cuando aparecieron, casi al hilo, Circuito interior y los letales 50 poemínimos, librito, este último, inencontrable”.[67] El comienzo de éste alude a una nueva etapa en el quehacer literario de Huerta, donde la poesía y la labor del que escribe se vuelven tema de escritura.

Maximínima

Sólo

A fuerza

De Poesía

Deja uno

De ser

Un poeta

A fuerza.[68]

breve poema, denso, contiene muchas de las directrices que dan forma y sustancia a la poesía de Huerta. En este poemínimo el humor, acaso ironía, se emparenta con la máxima. Así, aunque el texto inicialmente conduzca al juego merece una reflexión seria: mediante la contradicción se genera sentido. Este mecanismo de antítesis lo hallamos en el resto del poema, donde la palabra fuerza contribuye a crear la idea contraria: naturalidad, facilidad, juego, etc., términos que se asocian con el carácter poético de la obra del guanajuatense.

Los poemínimos, quizá los más conocidos de la obra de Huerta, conservan la estructura del “poema” –entendido según la tradición canónica– y toma aspectos de lo que está en el imaginario colectivo sobre “la poesía” y la construcción de “lo poético” para reconfigurar o poner en crisis la idea de poema y de poesía misma.

Poetitos

El que

Esté libre

De influencia

Que tire

La primera

Metáfora[69]

En 50 poemínimos encontramos que esta forma también se presta para hablar de temas políticos.

Pinochet

¡Ah

Maldito!

Todo

Lo pagarás

Con la

Misma

Moneda[70]

Aunque varios de los poemínimos podrían ser considerados meros juegos de ingenio o chistes, su valor  para la literatura estriba en despojar a la poesía mexicana de un carácter solemne, de incluir temas que no siempre son considerados como susceptibles de ser literarios. Según Huerta,

un poemínimo es un mundo, sí, pero a veces advierto que he descubierto una galaxia, y que los años luz no cuentan sino como referencia, muy vaga referencia, porque el poemínimo está a la vuelta de la esquina o en la siguiente parada del Metro. Un poemínimo es una mariposa loca [...][71]

Entonces, la labor del poeta es atraparla con la rapidez de la ironía y la brevedad del haikú, –como se conoce en México a la forma tradicional japonesa del haikai, introducida en la poesía castellana por José Juan Tablada–. Heriberto Yépez hace notar que la valía del poemínimo es  “su  desandanza  del  ‘verso  libre’ y su estética posmodernista basada en la fragmentación, la apropiación y el pop [sic]”.[72] El poemínimo encuentra un terreno fértil en la segunda década del siglo xxi en medio del auge de las redes sociales que obligan a la transmisión de mensajes breves. Además, esta época encuentra natural que un artefacto verbal incorpore referencias de la cultura popular, la académica o la de masas. 

mostrar Enfermedad, muerte y legado

Transa poética, publicada por Era en 1980, es una suerte de antología personal donde, según Huerta aparecen poemas que se suponían extraviados en diversas revistas, como el poema inédito “El día”, dedicado a Rosarito Ferré. Otros, a decir del autor, estaban escritos en “serviles servilletas” o al margen de diversas ediciones de sus ya conocidos poemas como “El Tajín”, “La muchacha ebria” o “La rosa primitiva”. Transa poética, como su nombre sugiere –transa en el español de México significa trampa–, implica un confesado engaño al lector, pues contiene poemas ya publicados –siete de Los hombres del alba y otros siete de Los eróticos, cuatro de Circuito interior, cuatro más de los que sólo aparecieron en el volumen Poesía 1935-1968 e incluso uno de Poemas prohibidos y de amor. Además de éstos, conforman el libro doce poemas más o menos inéditos y el poema, publicado por separado en el mismo año, “Amor, patria mía”, que es uno de los más celebrados del autor.

“Amor, patria mía” cierra en un punto esplendente el ciclo de los poemas cívicos de Efraín Huerta. Es uno de los grandes poemas de nuestra tradición en evidente relación textual con La suave patria, de Ramón López Velarde: testamento poético que cumple el programa que se fijaron los miembros de Taller: reunir poesía, erotismo y rebelión. Es pues, épico, íntimo, monológico y polifónico:

En un lugar de tu vientre

de cuyo nombre no quiero acordarme,

deposité la seca perla de la demencia.[73]

En 1973 a Efraín Huerta le es diagnosticado un cáncer de laringe y se le practica una laringectomía, gracias a lo cual Huerta vivirá durante casi una década más. Sin embargo, pierde la voz y con la ayuda de un foniatra la recupera de modo parcial. En una carta, Mónica Mansour anima al poeta a seguir con la escritura aunque cambie su ritmo poético. Cuenta Vicente Leñero que escuchó decir a Huerta: “Me voy a ir a vivir con Elías Nandino […]; él se está quedando sordo y yo mudo: seremos la pareja perfecta”,[74] una anécdota que muestra su capacidad para encontrar la veta humorística incluso en la tragedia propia, quizá como una forma para sobrellevar la realidad y transformarla.

Efraín Huerta murió a los sesenta y siete años de edad, el 3 de febrero de 1982 en la Ciudad de México, debido a una insuficiencia renal, según relata Raquel Huerta-Nava, tras padecer durante ocho años los estragos del cáncer. Su biblioteca y archivo personal fueron adquiridos por el gobierno y se encuentran a la disposición del público en la Casa del Poeta Ramón López Velarde, donde también está albergada la biblioteca de Salvador Novo. En 1988, el Fondo de Cultura Económica publicó la primera edición de su Poesía completa, compilada por Martí Soler, con un prólogo de David Huerta. Por su labor como escritor y periodista, Efraín Huerta recibió, entre otros, los siguientes reconocimientos: Las Palmas Académicas de Francia (1948); el Premio Xavier Villaurrutia (1975); el Premio Nacional de Poesía (1976) y el Premio Nacional de Periodismo (1978).

Aunque durante un largo tiempo se difundió la idea de que Huerta era un poeta marginal lo cierto es que “siempre [...] fue considerado en todas las antologías de poesía mexicana y en las historias de la literatura nacional”.[75]

Ha sido pilar de la tradición mexicana, en la voz de escritores posteriores que abrevan en la luminosa y citadina obra de Huerta. Ricardo Aguilar revisa la obra de seis poetas jóvenes –en los años ochenta– que a su juicio han seguido el derrotero poético trazado por Huerta, entre ellos Alejandro Aura, Ricardo Castillo y Vicente Quirarte. Para José Emilio Pacheco Los hombres del alba ha generado una “vasta descendencia”, “una ancha corriente de poesía mexicana; no la única, desde luego”; pero sí una de las más vigorosas.

mostrar Bibliografía

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mostrar Enlaces externos

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Nació en Silao, Guanajuato, el 18 de junio de 1914; murió en la Ciudad de México el 3 de febrero de 1982. Poeta y ensayista; reconocido como el poeta de la Ciudad de México. Estudió Leyes en la unam. Fue reportero, reseñista, editorialista, dibujante, crítico de cine y de teatro; fundador de Taller (1938-1941); impulsor de Cuadernos del Cocodrilo. Perteneció al Partido Mexicano Comunista del que fue expulsado en 1943. Presidió la agrupación Periodistas Cinematográficos de México. En 1977 el Gobierno del Estado de Guanajuato instituyó el Premio de Poesía Efraín Huerta. Colaboró en Así, Comunidad, Diario de México, Diario del Sureste, El Corno Emplumado, El Día, El Fígaro, El Heraldo de México, El Mundo Cinematográfico, El Nacional, El Popular, Esto, La Capital, Metáfora, Nivel, Novedades, Pájaro Cascabel, Revista de Bellas Artes, Revista Universidad de México. Recibió la orden de las Palmas Académicas 1945 del Gobierno de Francia. Premio Xavier Villaurrutia 1975 por su obra en general. Premio Nacional de Poesía 1976. Premio Nacional de Periodismo 1978. Medalla de la Universidad Autónoma de Chiapas 1978. El Quetzalcóatl de Plata 1977 del df el Premio Nacional de Periodismo 1978 y la Medalla de la Universidad Autónoma de Chiapas 1978. Su libro para niños Piel de cocodrilo, publicado por Ediciones sm en 2003 fue seleccionado por la sep para el programa Biblioteca de Aula.

José Luis Martínez
1995 / 07 ago 2018 10:32

El trabajo cotidiano de Efraín Huerta (1914-1982) fue el periodismo en todas sus modalidades, y su vocación persistente, la poesía. A lo largo de casi medio siglo, cultivó variados temas y estilos: el sentimiento y la emoción, la ciudad, la política, los apuntes de viajes, el erotismo, el ingenio alburero y la concentración final de los poemínimos. Algunos fueron etapas que abandonó, y otros más bien modos a los que retornaba.

Sus dos primeros libros, Absoluto amor (1935) y Línea del alba (1936) son de una adolescencia enamorada del amor, de las palabras y las imágenes luminosas:

Alba de añil vagando entre palomas,
asombro de montañas y de plumas,
blanda manta del día, perfecta causa
de los estanques con violines claros.

Después de una colección prescindible de versos políticos, Efraín Huerta publicó Los hombres del alba (1945), su más hermoso libro. Si la protesta contra un mundo insensible que hay en su poesía la comparte con muchos otros poetas jóvenes, en cambio, la patentización desolada del fango, del horror y la miseria de la crápula, al lado de indagaciones tan serenas como la de “Problema del alma”, es una de las tónicas distintivas de su obra. “Flores turbias”, “espléndidas blasfemias”, “espectro de estertores” y otras denuncias tales, pueblan con desilusionada tristeza sus versos. En ellos, la ciudad de México, harapienta y cruel, tierna y hermosa, es uno de los escenarios preferidos. Le ha dirigido transidas declaraciones de amor y de odio, y es sensible a sus viejas raíces y se ha apiadado de sus más desvalidos pobladores. Pero aunque en la poesía de Huerta aparezca el resentimiento, el amor y la piedad siguen siendo el impulso original, aunque el desaliento y la cólera lo disfracen. Así ocurre en poemas como “Los hombres del alba” –"caídos en sueños y esperanzas”– o en “La muchacha ebria” –"la muchacha de sonreír estúpido / y la generosidad en la punta de los dedos”–, el más conmovedor de Huerta. El poeta describe su corazón como “desamparado y negro”, de “madera húmeda”, pero de él surgieron poemas henchidos de humor sórdido que esconden una ultrajada ternura. En el inteligente prólogo que escribió Rafael Solana para la primera edición de Los hombres del alba, comparó la condición desagradable y la violencia de la poesía de Huerta en este libro, con la pintura de José Clemente Orozco.

El tema de la ciudad de México vuelve, con otros tonos, en poemas posteriores. Por ejemplo, en “Avenida Juárez”, de Estrella en alto (1956), se convierte en una mala diatriba contra los turistas. Y sobre nuestro país escribió Huerta dos poemas importantes: “¡Mi país, oh mi país!” de 1959, que comienza así: “Ardiente, amado, hambriento, desolado”, enturbiado luego por agravios políticos; y “Amor, patria mía”, de 1973-1978, que es una rememoración de momentos de la Independencia –los procesos de Hidalgo y de Morelos–; pero lo singular, como explica David Huerta, es que “el escenario es una cama donde los amantes conversan; o mejor dicho, donde el amante le dice a su compañera de lecho cuánto la quiere y cómo la historia nacional es como es, a sus ojos de poeta y de amante” (prólogo a Efraín Huerta, Poesía completa, México, Fondo de Cultura Económica, 1988).

En otros temas, “Praga, mi novia”, de Estrella en lo alto, es un lindo poema y “Borrador para un testamento”, de 1965, es una cálida evocación de la juventud de su grupo literario:

Éramos como estrellas iracundas:
llenas de libros, manifiestos, amores desolados,
desoladamente tristes a la orilla del mundo,
víctimas victoriosas de un
severo y dulce látigo de aura crepuscular.

Hacia 1970, Efraín Huerta abandona las formalidades líricas y las iras políticas y se refocila en el erotismo, el humor malicioso y en los chispazos de ingenio de los poemínimos. Entre sus muchas composiciones eróticas, la más divertida y lograda es “Juárez-Loreto”, de 1970, en el estilo de picardías defeñas:

La de piernón bruto me rebasó por la derecha:
rozóme las regiones sagradas, me vio de arriba abajo
y se detuvo en el aire viciado: cielo sucio
de la Ruta 85...

En esta línea de versos relajientos, “Barbas para desatar la lujuria”, de 1965, es la crónica de una parranda, con abundantes albures, cachondeces y asociaciones incongruentes.

Coincidiendo con el principio de la grave y larga enfermedad que sufrió, Efraín Huerta se armó de un humor agudo y concentrado e inventó un género singular, los poemínimos:

tango

Hoy
Amanecí
Dichosamente
Herido
De
Muerte
Natural.

Su creador los ha explicado así:

El poemínimo parece facilísimo (cualquiera lo hace) pero los imitadores descubrieron que era demoniacamente difícil. Hacerlo, requiere de una espontaneidad diferente a la del meditado epigrama, y de un maligno toque poético que lo coloca a cien años de luminosa oscuridad del hai-kai (haikú); tampoco es un aforismo ni un apotegma ni un dogma. Para medio llegar a un acuerdo, inventé el vocablo apodogma –y todos tan tranquilos.
Dislocar y trastocar; crear, es el único secreto de esta singular forma de expresar referencias maternales sin llegar jamás a los extremos líricos y delictuosos de la mentada misma.

Junio de 1980[1]

El centenar y medio de poemínimos que escribió Efraín Huerta seguirá siendo muy disfrutado. Su ingenio, su humor y sus hallazgos no decayeron. Fueron la burlona y alegre despedida de un poeta múltiple.

Martí Soler cuidó la edición de la Poesía completa de Efraín Huerta, con prólogo de David Huerta (México, Fondo de Cultura Económica-Letras Mexicanas, 1988). Acerca de la vida y la obra de Huerta se ha hecho un hermoso libro: Absoluto amor, a cargo de Mónica Mansour, con prólogo de José Emilio Pacheco, Gobierno del Estado de Guanajuato, 1984. Puede consultarse también la antología de Efraín Huerta con estudio preliminar de Carlos Montemayor, México, crea, Terra Nova, 1985; y José Homero, La construcción del amor, Efraín Huerta, sus primero años, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 1991.

Hizo sus primeros estudios en Irapuato, León y Querétaro. Cursó la preparatoria y los primeros años de Leyes en la Universidad Nacional Autónoma de México (unam). Periodista profesional desde 1936, trabajó en los principales periódicos y revistas de la Ciudad de México y en otros de la provincia. Ejerció durante muchos años la crítica de cine, especialmente en el semanario El Fígaro; en El Nacional, con sus columnas "Radar fílmico" y "Close up" y en Cine Mundial, del que fue director. Perteneció a la generación de Taller (1938-1941), revista literaria que agrupó entre otros, a Octavio Paz, Rafael Solana, Neftalí Beltrán y Alberto Quintero Álvarez. Entre 1949 y 1953 viajó a diferentes países de América y Europa, experiencia que dejó en sus Poemas de viaje. De 1957 a 1961 editó la colección Cuadernos del Cocodrilo. A su muerte, el Instituto Nacional de Bellas Artes y la unam le rindieron sendos homenajes.

Efraín Huerta Romo, "el gran Cocodrilo", como lo llamaban sus amigos, fue un poeta que se distinguió entre los de su generación por su sana conciencia lírica, apasionado interés por la redención del hombre y por el destino de las naciones que buscan, en su organización, nuevas normas de vida y justicia. Sus primeros libros, Absoluto amor y Línea del alba, reunidos en Los hombres del alba (1944), y los poemas sueltos en publicaciones periódicas, tienen como temas centrales el amor y la soledad: una ternura desolada llena de vida y de muerte a la vez, unida al tema de la rebeldía contra la injusticia, temas que estarán presentes en toda su obra (más de veinte libros publicados). De 1968 a 1974 reunió su Obra poética en Poesía. 1935-1968Poemas prohibidos y de amor (1973), y en Los eróticos y otros poemas (1974). Póstumamente, en 1988, se reunió su Poesía completa, que corroboró lo que Sábato dijera acerca de lo que es un gran escritor: más que un artífice de la palabra, un gran hombre que escribe. Efraín Huerta contribuyó a la desmitificación de la poesía; como Jaime Sabines, la revistió de sencillez y fuerza y la rescató de la enajenación elitista y desesperanzada. Poeta de mil voces, la Ciudad de México fue una de las más importantes inspiradoras de bellos y desesperados poemas no exentos de humor, en los que a la vez que describe y ataca las lacras citadinas demuestra su amor y su odio.

Seudónimos:
  • Julián Sorel
  • Filmito Rueda
  • Fósforo
  • Juanito Pegafuerte
  • El Periquillo
  • Juan Ruiz

Efraín Huerta. Poesía

Lectura a cargo de: Juan Stack
Estudio de grabación: Universum. Museo de las Ciencias
Dirección: Eduardo Ruiz Saviñón
Música: Alonso Arreola
Operación y postproducción: Cristina Martínez/Sonia Ramírez
Año de grabación: 2014
Género: Poesía
Temas: Efraín Huerta (Silao, Guanajuato, 1914- Ciudad de México, 1982). Poeta, periodista y crítico de cine. Fue columnista y colaborador de diversos medios impresos de la Ciudad de México, como la revista Taller, en la cual participó a lado de escritores como Octavio Paz, José Revueltas y Rafael Solana. Su vitalidad expresiva lo llevó a iniciar una corriente literaria conocida como neovanguardista o cocodrilismo con la cual buscaba reflejar la realidad social con ciertos giros de humor. Por su prolífica obra, principalmente lírica, recibió diversos reconocimientos como la Orden de las Palmas Académicas del gobierno francés (1945), los premios Xavier Villaurrutia (1975), Nacional de Poesía (1976), Nacional de Ciencias y Artes (1976) y Nacional de Periodismo (1978). En vida publicó numerosos libros, entre los que se destacan Absoluto amor (1935), Línea del alba (1936), Poemas de guerra y esperanza (1943), Los hombres del alba (1944), La rosa primitiva (1950), Estrella en alto y nuevos poemas (1956), ¡Mi país, oh mi país! (1959), Elegía de la policía montada (1961), La raíz amarga (1962), El Tajín (1963), Los eróticos y otros poemas (1974) y Estampida de poemínimos (1980). En el marco del centenario de su natalicio, presentamos, en voz de Juan Stack, cuatros poemas y cuatro poemínimos de este autor cuya mirada crítica de la realidad lo distinguió como un artista rebelde y comprometido con temáticas como la injusticia, la discriminación, la soledad y el amor. Sobre el poemínimo, el poeta comentó en una ocasión: “es una mariposa loca, capturada a tiempo y a tiempo sometida al rigor de la camisa de fuerza”. Agradecemos a la familia Huerta la autorización para hacer pública la grabación de estos poemas, así como la colaboración musical de Alonso Arreola. D.R. © UNAM 2014

Efraín Huerta

Editorial: Dirección de Literatura UNAM
Lectura a cargo de: Efraín Huerta
Año de grabación: 1968
Género: Poesía
Temas: Efraín Huerta (Silao, Guanajuato, 1914- Ciudad de México, 1982). Poeta, periodista y crítico de cine. Fue columnista y colaborador de diversos medios impresos de la Ciudad de México, como la revista Taller, en la cual participó a lado de escritores como Octavio Paz, José Revueltas y Rafael Solana. Su vitalidad expresiva lo llevó a iniciar una corriente literaria conocida como neovanguardista o cocodrilismo con la cual buscaba reflejar la realidad social con ciertos giros de humor. Por su prolífica obra de alta valía literaria, principalmente lírica, recibió diversos reconocimientos como la Orden de las Palmas Académicas del gobierno francés (1945), los premios Xavier Villaurrutia (1975), Nacional de Poesía (1976), Nacional de Ciencias y Artes (1976) y Nacional de Periodismo (1978). En vida le fueron publicados numerosos libros, entre los que se destacan Absoluto amor (1935), Línea del alba (1936), Poemas de guerra y esperanza (1943), Los hombres del alba (1944), La rosa primitiva (1950), Estrella en alto y nuevos poemas (1956), ¡Mi país, oh mi país! (1959), Elegía de la policía montada (1961), La raíz amarga (1962), El Tajín (1963), Los eróticos y otros poemas (1974) y Estampida de poemínimos (1980). Los siete poemas que se presentan a continuación, en el marco del centenario de su nacimiento, fueron grabados en 1968 en voz del autor para la colección «Voz Viva de México», de la Dirección de Literatura de la UNAM. Piezas como “Pequeñas palabras al pequeño David”, “La muchacha ebria” y “Praga, mi novia” muestran la versatilidad de temas que interesaron al autor a lo largo de su vida y la intensidad de su expresión lírica. Agradecemos a la Dirección de Literatura de la UNAM su apoyo y autorización para hacer la comunicación pública de este material, así como a los herederos del autor. Agradecemos también el apoyo de la Fonoteca Nacional por la digitalización del material. D.R. © UNAM 2014

Instituciones, distinciones o publicaciones


Premio Nacional de Ciencias, Letras y Artes
Fecha de ingreso: 1976
Fecha de egreso: 1976
Ganador en el campo de Lingüística y Literatura

Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores
Fecha de ingreso: 1975
Fecha de egreso: 1975
Por su obra general

Taller
Fecha de ingreso: 1938
Fecha de egreso: 1941
Responsable

Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta
Fecha de ingreso: 1978
Creación del Premio auspiciado por el Gobierno de Guanajuato y el Festival Internacional Cervantino

El Nacional
Colaborador