Costumbrismo



Esta manifestación literaria se considera una derivación del realismo en tanto que posee un afán de describir objetivamente las costumbres, actitudes y modos de desarrollo de alguna colectividad o de alguna región. Las novelas de contenido rural, regionalista o de inspiración o ambiente provincianos, poseen elementos costumbristas, así como también ciertas obras urbanas o manifestaciones de literatura popular, narrativa indigenista, narrativa de la Revolución o  narrativa de la posrevolución. Claros antecedentes de este tipo de obras son novelistas decimonónicos como José Joaquín Fernández de Lizardi, Juan Díaz Covarrubias, Justo Sierra O'Reilly, Luis G. Inclán, Vicente Riva Palacio, José Tomás de Cuéllar, Manuel Payno o Ignacio Manuel Altamirano, entre otros muchos.

Ermilo Abreu Gómez opina que Ángel de Campo (Micrós) es uno de los más notables costumbristas mexicanos dentro de la línea de Lizardi y de Cuéllar, y para Martín Luis Guzmán, es uno de los escritores más originales que ha tenido México. Con novelas como La Rumba (1890-91) o cuentos como “El pinto”, en Ocios y apuntes (1890). Micrós –apoyado también en el naturalismo traza las costumbres de la urbe porfiriana en un ambiente de miseria material y espiritual. Cabe aclarar que La Rumba, si bien fue publicada por entregas en El Nacional entre el 23 de octubre de 1890 y el 1° de enero de 1891, no fue dada a conocer en forma de libro sino hasta 1951, en una edición de Elizabeth Helen Miller limitada a 50 ejemplares; posteriormente, en 1958 se publicaría con un tiraje más amplio.

Otros autores que le han dado gran importancia al costumbrismo y al elemento provinciano son José López Portillo y Rojas con novelas como La parcela (1898) y Fuertes y débiles (1919) o la colección de relatos Historias, historietas y cuentecillos (1918), donde aparece el célebre cuento realista “Reloj sin dueño”; y Rafael Delgado, con obras como La calandria (1890), Los parientes ricos (1901-1902) e Historia vulgar (1904).

Santa (1903), de Federico Gamboa, aunque influida por el naturalismo de Émile Zola, posee también algunos rasgos del costumbrismo. Lo mismo puede decirse de La Malhora (1923), de Mariano Azuela. Aunque con técnica innovadora, si tomamos en cuenta el resto de su producción, La Malhora incluye descripciones de los barrios bajos de la ciudad y malas costumbres, como el alcoholismo y la drogadicción, así como la animalización de los personajes. Los elementos naturalistas son importantes en esta novela.

Otras obras de carácter costumbrista y provinciano de las primeras décadas del siglo xx son el libro de cuentos Bocetos provincianos (1907), del zacatecano Severo Amador; Clementina Sotomayor, novela mexicana (1911), de Jesús María Rebollar; Paulina, novela tabasqueña (1912), de Teutila Correa de Carter; Carmen, novela regional mexicana (1913), de Salvador Torres Berdón, y Los amores de la gleba, novela vulgar (1914), de Francisco de Asís Castro.

El jalisciense Martínez Valadez publica Visiones de provincia en 1918 y Alma solariega en 1923, año en que Carlos Noriega Hope da a conocer La inútil curiosidad. Cuentos mexicanos. Un año después, Ignacio Valdespino y Díaz da a la luz la novela Lupe. Isidro Fabela también escribió dos libros de cuentos con carácter costumbrista: La tristeza del amo (1915) y ¡Pueblecito mío! (1958).

Novelas de este tono también María de los Ángeles, novela mexicana (1932) de Guadalupe Unda de Sáenz; Las perras (1933), de Justino Sarmiento; María del olvido, novela mexicana (1936) de Jesús Millán; Mi caballo, mi perro y mi rifle (1936) y La vida inútil de Pito Pérez (1938), ambas de José Rubén Romero; Los abrasados, novela tropical (1937), de Alfonso Taracena, y Juanita (1942), de Héctor Morales Saviñón.

Juan José Arreola publica en 1943 un cuento con elementos costumbristas: "Hizo el bien mientras vivió"  y, en 1963, la novela La feria. Al filo del agua (1947), de Agustín Yáñez, posee también elementos del costumbrismo.

Hay numerosos autores costumbristas de ambiente provinciano, entre los que cabe mencionar Gregorio López y Fuentes, con Arrieros, novela mexicana (1944); Rogelio Barriga Rivas, con La Guelaguetza (1947); Patricia Cox, con Umbral, novela provinciana (1948); Carlos Chávez Landeros, con Luna roja; un paisaje humano del campo de México (1959); Edmundo Valadés, con La muerte tiene permiso (1953); Carlos Owen, con Horizontes de redención, novela del campo (1958) y Sergio Golwarz, con Entrada prohibida, una novela picaresca mexicana (1959).


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