Enciclopedia de la Literatura en México

Edmundo Valadés

mostrar Introducción

Edmundo Valadés representa una de las figuras que toda tradición literaria necesita para consolidarse. Gracias a la edición de la revista El Cuento y a su amplia trayectoria como antologador del género, tendió puentes entre la literatura de México y las letras universales, colaboró en la formación de un público lector de los relatos breves y diversificó el cultivo de uno de los géneros en el que México ha hecho contribuciones a la tradición hispánica. Es autor de una obra clásica, La muerte tiene permiso (1955). Con ella anunció un momento estético posterior a su época en que ya no sería operante la separación de relato rural y relato urbano para México. Prefirió el final sorpresivo, la historia cerrada y recreó algunas inflexiones dialectales del habla popular del altiplano, con lo que amplió las posibilidades expresivas de narradores que lo sucedieron. También publicó los cuentarios: Las dualidades funestas (1966) y Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita (1980). 

Su labor como periodista ha quedado registrada en Excerpta (1984). Además de columnista, exploró las posibilidades del reportaje. Dos ensayos sobre literatura nos permiten apreciar su concepción estética de la narración, La Revolución y las letras (1960, en coautoría con Luis Leal) y Por caminos de Proust (1974).

Enormemente apreciado por su humilde generosidad y la calidad literaria de su breve obra, Valadés recibió en vida el reconocimiento de sus pares y varios homenajes nacionales: en 1981, le entregaron el Premio Nacional de Periodismo y, en 1982, el Premio Rosario Castellanos del Club de Periodistas de México; en 1984, le aplaudieron en la Galería del Centro Cultural Guadalupe Posada; en 1985, le dedicaron el Encuentro de narradores en Morelia; asimismo en 1985, le rindieron homenaje en la Universidad Nacional Autónoma de México; en 1987, le entregaron el Doctorado Honoris Causa en Letras (Universidad de Sonora); y en 1989, le dedicaron La Feria Internacional del Libro de Guadalajara

Edmundo Valadés es uno de los máximos conocedores del cuento en el México del siglo xx y su máximo difusor.

mostrar Noticia vital y años de formación

Edmundo Valadés, nacido en Guaymas, Sonora, el 22 de febrero de 1915 y muerto en la ciudad de México el 30 de noviembre de 1994. Desciende de Diego Valadés, quien arribó a América bajo las órdenes de Pánfilo de Narváez; Diego Valadés hijo, franciscano, autor de Rhetorica Christiana (1579), “el primer libro de un mexicano impreso en Europa”;[1] Adrián Valadés, su abuelo, historiador, periodista, recopilador de leyendas, poeta; Adrián Odilón Valadés, su padre, bohemio, poeta, periodista, político, aforista, lingüista interesado en las artes gráficas; Inés Mendoza, su madre, cuya muerte, hacia los cinco o seis años del futuro cuentista, impuso a éste “una desvaída imagen, una fugacidad inconcreta, una ternura incumplida”, que lo llevó, más de una vez, a interrogarse sobre el sentido e importancia de la imagen materna "–¿Qué me queda además de la visión irreal de su traje blanco, bordado?–", para luego responder, sin concesiones: “Puro desarraigo de mi primera infancia. Me ha dolido siempre”.[2]

Criado por las tías paternas, a Edmundo Valadés “lo acogieron en un medio inhóspito, falto de afecto, indiferente a las inquietudes de un niño”,[3] con quienes aprendió, por contraste, la maravilla de ser, “en el buen sentido de la palabra, bueno”.[4] Tan decisivas como los antecesores, serán las mujeres de Valadés. Un primer matrimonio, de encuentros y desencuentros, abrillantará pupilas con el nacimiento de Adriana Valadés, tan significativa en la vida del creador que lo llevará a plasmar sus alborozos, sentimientos y sensaciones paternos en “Adriana”, uno de los “pocos textos donde reina el optimismo” en la cuentística de Valadés.[5] Un segundo matrimonio, con Adriana Quiroz "–niña de bucles de oro, muñeca de alfeñique, dientes de perla y labios de coral–",[6] dará oportunidad a don Edmundo de reunir en una sola sonrisa las suavidades e irritaciones de cuantas damas le acompañaron en los diversos terrenos del amor, esa esperanza que impulsa a “lo espiritual”, “al deseo, a la comprensión, a la ternura. A la inteligencia a veces. Claro, el amor ideal es aquel en que confluyen todos esos elementos”.[7] Y no habrá más en el ámbito de lo familiar. Fue suficiente, sin embargo, para adquirir, madurar y reintegrar las bondades que se requieren en una mujer o en un hombre para llamarse, plenamente, humanos.

Otro camino por donde arribaron los atributos de Valadés como persona y como pensador es el de la formación intelectual y las acciones concretas en el campo de las ideas y la creatividad. Primero, los libros del infante: las “insaciables lecturas de folletines y novelas de la editorial Sopena –con llamativas carátulas a colores– después de que había dejado atrás los cuentos de Calleja, los de Pinocho y Chapete y la versión expurgada de Las mil y una noches”; “las Lecturas clásicas infantiles que editó Vasconcelos”; “La Iliada, en la serie de clásicos editados también por el propio Vasconcelos”;[8] una experiencia lectora, entre otras, mediante la cual entró en contacto con obras de Edmundo de Amicis, Julio Verne, Emilio Salgari, Alejandro Dumas, Eugenio Sue, Anatole France, Víctor Hugo. Más tarde, los deslumbramientos del adolescente: Leónidas Andreiev, Gabriel D’Anunzzio y, sobre todo, “un gran suceso en mi incipiente juventud, a los quince años”, “descubrir Las mil noches y una noche –después de la versión pudibunda de Galland, adaptada para niños– en la traducción literal que hizo Blasco Ibáñez de la Mardrus”, donde Valadés descubrirá, aunque ya lo intuía, el “más seductor espacio de la sensualidad y la fantasía”, “la libertad de los deseos y la imaginación”.[9]

Finalmente, los grandes encuentros literarios de la juventud y madurez: Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera, Ramón López Velarde, Julio Torri, Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela, Renato Leduc, Rubén Salazar Mallén, Xavier Villaurrutia –su maestro en la Secundaria 7, entonces en el exconvento de San Pedro y San Pablo, contraesquina de la Nacional Preparatoria, en la ciudad de México–, Miguel N. Lira, Octavio Paz, Efraín Huerta, Jaime Sabines, Juan Rulfo, Óscar Wilde, William Faulkner, John Dos Passos, Ambrose Bierce, Thomas Mann, Günter Grass, Henri Michaux, Franz Kafka, James Joyce, Marcel Proust, Horacio Quiroga, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Augusto Roa Bastos, etcétera, de quienes no sólo aprendió el arte de narrar, sino otras vías del arte literario para expresar la titánica aventura de mujeres y hombres rodeados por una naturaleza y una sociedad asaz agrestes o delicadas: la depuración de lo biográfico para transformarlo en mundo imaginado y la prosa trasminándose a la poesía y la poesía a la prosa, por ejemplo.

mostrar Visión de sí mismo y retrato polifónico

En las experiencias vitales y en las lecturas apasionadas, en diálogo continuo con la música, el teatro, el cine, se halla el origen del Edmundo Valadés periodista, difusor cultural, antologador, escritor de ensayo y cuentista, un hombre extraordinario que solía reclamarse las obras pospuestas, las desviaciones diarias para sufragar los costos de la exigente vida cotidiana, el oído atento, demasiado atento a veces, al canto de las sirenas. “Le fui infiel a la literatura”[10] se dijo una y otra vez. O, con otras palabras:

Literariamente, me agobian conflictos laberínticos. Vivo y sufro dentro de mí de un libro propuesto, del que no he sabido organizar su visión. Me duele con sus fragmentos dispersos, que no he podido ensamblar. Me siento nostálgico del libro que no he traducido. Me sufro casi inédito. En mi interior sigo viendo encarcelado a un escritor cuyas potencias posibles no he podido desplegar como yo quisiera. Muchas veces –me atrevería a decir que todos los días– ya en duermevela o ebrio de lucidez, mi imaginación despierta con luces que alumbran íntimas reconditeces del universo que gira en mi conciencia y que se compone de porciones de universos de otros seres que han girado en la órbita de mi vida –sucesión de perspectivas buscando empalmarse para dar sentido a mi tiempo, la danza, caída y resurrección de todos mis Edmundos, rostros vertiginosos requiriendo ser concretados, la complejidad de una época clamando ser reconstruida, la fascinación amorosa, simas de sueños, el asombro de la muerte, el apocalipsis de las dudas, la pesquisa de la fe, las preguntas, los sobresaltos, los agazapados personajes, las máscaras, tú eres esto, lo que está fuera de ti, la síntesis, yo tú, él, nosotros, vosotros, ellos– y anoto mentalmente fragmentos de ese libro increado que circula en las catorce letras de mi nombre, sin que mi voluntad se desentuma para apresarlo. Ahí sigue. Ahí continúo en tal maraña que es mi purgatorio y a veces la desesperación colérica de la impotencia creadora.[11]

Reclamos injustos pues si algo le quedó a deber a sus familiares, amigos y lectores fue una vida más prolongada, igual de fructífera en lo humano y en lo literario. Otros, tan exigentes como él, nada le recriminan. Sí, a cambio, le incluyen –como él lo hizo con Juan Rulfo, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, José Revueltas, Octavio Paz, Jaime Sabines, Luis Spota, Gastón García Cantú, Vicente Leñero, José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo, Henrique González Casanova– entre quienes “han enriquecido y renovado nuestra literatura; le han dado en casos exportación internacional y han logrado al fin interesar y crear en México a un público lector que los lee, los discute, los admira, los sigue, los consagra”.[12] O más aún, le reconocen como el gran maestro, tal cual lo hiciese Juan Rulfo el 5 de junio de 1984, en la Galería del Centro Cultural Guadalupe Posada: “Me alegra este homenaje a Edmundo Valadés porque no sólo se lo merece, sino que lo necesitaba desde hace muchos años, no como una necesidad personal, sino por la obligación que teníamos todos de reconocer en él al padre, al maestro de la cuentística mexicana”.[13] Palabras suscritas, sin duda, por todo lector de sus notas culturales, los cuentos seleccionados para la revista El Cuento y para las varias antologías por él preparadas, los ensayos sobre algunos de sus autores favoritos y, desde luego, los deslumbramientos narrativos de La muerte tiene permiso, Antípoda, Las dualidades funestas y Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita,[14] puerto de arribo y de partida de un Edmundo Valadés modesto, generoso, humilde, fraterno, afable, delicado, pudoroso, amable...

mostrar Edmundo periodista

Antes de seguir los pasos de sus antecesores, Adrián y Adrián Odilón, periodistas, entre otros quehaceres, Valadés fue coorganizador de las escuelas nocturnas para trabajadores de la Unión de Estudiantes Progresistas, Obreros y Campesinos, una de las cuales dirigió; maestro rural en Matamoros, Tamaulipas, y en La Concepción Tezontlalpan, Estado de México; agente fiscal-cobrador-ejecutor de la Tesorería del Departamento del Distrito Federal: “para cumplir esa función, iba con su bastón para defenderse de los perros en lo despoblado y entregar los recibos del predial y el agua y notificaciones de embargo”.[15]

Mas sangre es destino. En 1937, ingresa al mundo del periodismo, en la revista semanal Hoy, fundada y dirigida por Regino Hernández Llergo, donde será, además de secretario y jefe de redacción, uno de los responsables de los comentarios de libros y de las crónicas cinematográficas y las taurinas, en las cuales reseñará el “faenón de Garza, El Soldado, Armillita o Solórzano”.[16] También, “depuraría su vena narrativa y ganaría marcado reconocimiento al reportear, a mediados de 1941, una memorable excursión en las selvas de Oaxaca y Puebla en busca de los restos del Cuatro Vientos, avión que realizó el primer vuelo transoceánico desde España”.[17] Después, colaborará en las revistas Así, Celuloide, Vida Literaria y Cultura Norte; en los periódicos Novedades –“en cuyo seno aportó luz e ideas para fundar el suplemento México en la Cultura”–,[18] El Día, Unomásuno y Excélsior; como jefe de redacción, en Diario del Aire y, como redactor del servicio informativo, en Panorama Nacional, noticieros radiofónicos; en Invitación a la cultura, con José Luis Martínez, y Destellos informativos, con Luis Spota, programas culturales pioneros para la televisión mexicana.

De la mano del periodismo, llegará a ser “subjefe de la entonces Oficina de Prensa de la Presidencia de la República, durante el gobierno de Adolfo López Mateos” y encargado de hacer una síntesis diaria, con comentarios al calce, de “noticias para los presidentes López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz”.[19] Larga trayectoria la de Edmundo periodista, aunque hoy muchos de sus escritos se hayan perdido, por no firmarlos; otros pueden consultarse en los fondos reservados de los periódicos donde colaboró o en el Archivo Personal de Edmundo Valadés, bajo resguardo de Adriana Quiroz; algunos más pueden leerse en Excerpta, selección de textos extraída de la columna homónima publicada en Excélsior entre 1980 y 1983, cuando era coordinador de la sección cultural de dicho periódico.

Durante años había pulsado los derroteros de la cultura en México, advirtiendo sus conquistas y vacíos. Gracias a esta labor, en los años iniciales de los ochenta, paciente e informado, “incitaba a sus lectores a remitirse con despertada atención a escritores y obras, si no a temas sugestivos, los más de las veces olvidados o poco conocidos, aun cuando hubieran sido notables o apasionantes en sus épocas”, atendiendo, además, a “diversas figuras literarias, mexicanas y de otros países, ya por medio de sus propios testimonios o de quienes los conocieron o trataron, ya por el rescate de incidentes, anécdotas o juicios útiles para perfilar mejor sus personalidades” y las “características”[20] definitorias de sus obras. Ciertamente, para ese momento algunos de los temas ya no eran candentes, si bien todavía causaban escozor. Mas lo habían sido. Y él lo recordaba. Así ocurría con el de la diferencia entre pornografía y erotismo, avivado en México por las obras de Juan García Ponce e Inés Arredondo; con el de la censura a los mundos narrados y a “las palabras del habla coloquial consideradas obscenas o groseras”,[21] de la cual no escaparon, en tiempos distintos y distantes, Renato Leduc y Rubén Salazar Mallén, el Valadés de Antípoda y Las dualidades funestas, José Agustín, Gustavo Sáinz y Parménides García Saldaña; con el del abandono de lo rural y la preeminencia de lo urbano en las letras mexicanas, tránsito del cual fuese pionero con La muerte tiene permiso y Las dualidades funestas; con el del rechazo o aceptación en tanto arte narrativo de la greguería, minicuento o minirrelato, controversia dirimida a favor de las brevedades con Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita y, desde luego, con El Libro de la imaginación[22] y la revista El Cuento; con el de la autonomía o la dependencia a la literatura mexicana o estadounidense de las letras chicanas, inclinándose el sonorense por la primera.

Del tratamiento de esos temas, se desprendían sugerencias de lectura de algunos de los libros que más habían impactado en su fantasía; anécdotas divertidas o dolorosas de autores japoneses, árabes, europeos, latinoamericanos poco conocidos en el México de los ochenta; reconstrucciones de época y de ambientes culturales y literarios; historias, leyendas y mitos orientales y occidentales. En fin, contenía Excerpta una gama de saberes propia a un periodista cultural preocupado por alimentar las inquietudes de ávidos lectores; por comprender las circunstancias de una cultura, la mexicana, en plena consolidación; agregando a estas tareas, para regocijo de todos, algunas malicias, ingenios, divertimentos, juegos de palabras, frases felices, chanzas, que, con el subtítulo Vox Populi, remataban su columna.

mostrar Fundación de la revista El Cuento

El periodista informaba, sugería, incitaba. El hombre de letras contrajo otro compromiso: mediante una revista, llevar a manos del lector los sueños y los deseos de creadores de distintas culturas y tiempos. No era el primero del siglo xx en asumirlo. Otros habían ya concretado tal aventura, fundando Revista Moderna de México (1903), Arte y letras (1904), Savia Moderna (1906), Arte (1907), Zig-Zag (1909), Argos (1912), Nosotros (1912), Cervantes (probablemente en 1916), Gladios (1916), La Nave (1916), Pegaso (1917), San-Ev-Ank (1918), Revista Nueva (1919), México moderno (1920), Actual (1921), La falange (1922), Vida mexicana (1922), Antena (1924), La pajarita de papel (1924), Horizonte (1926), Ulises (1927), Contemporáneos (1928), Bandera de provincias (1929), Crisol (1929), Universidad de México (1930), Barandal (1931), Examen (1932), Nuestro México (1932), Cuadernos del Valle de México (1933), Número (1933), Ruta (1933), Fábula (1934), Frente a frente (1934), Taller poético (1936), Ábside (1937), Letras de México (1937), Taller (1938).[23] Tampoco era el descubridor de las vetas monogenéricas. Otros, una vez más, se le habían adelantado en la idea: por ejemplo, Salvador Novo y Xavier Villaurrutia dedicaron Ulises a la promoción de la poesía, como también lo hiciese Rafael Solana con Taller poético. Sin embargo, sí tomaba la vanguardia en cuanto refiere a recuperar y difundir las brevedades narrativas. Y así nace, en 1939, El Cuento. Los grandes cuentistas contemporáneos.

Juan Antonio Ascencio recuerda, en 1995, los orígenes de esta aventura. Integrados a “una plantilla de jóvenes prometedores” en la revista Hoy, Edmundo Valadés y Horacio Quiñones –el entrañable amigo de la Secundaria 7– compartían la “común afición por el género cuentístico”, alimentada por las lecturas de diversos autores admirados. A ella, unían su conocimiento de los objetivos y logros de periódicos y revistas culturales.

Todas esas circunstancias alentaban ilusiones y pronto comenzaron “a soñar despiertos su proyecto de publicar una revista literaria”.[24] Pero los sueños, sueños son, sobre todo cuando hay penuria en los bolsillos e ignorancia de las exigencias reales de cualquier empresa. Será Regino Hernández Llergo quien les modulará el ensueño, llevándolos a la responsabilidad, la disciplina y el trabajo diario: les financia, organiza la estructura administrativa, proporciona domicilio oficial y personal de apoyo, brinda espacio publicitario.[25] Y así, en junio de 1939, el número uno de El Cuento despliega entre sus páginas textos, entre otros, de Selma Lagerlöff, Gregorio López y Fuentes, Heinz Liepmann, Pietro di Donato, Waldo Frank, Sandor Hunyadi, Samuel Komroff y Ahmed Nury.[26]

Más tarde, mes tras mes, vendrán las entregas dos y tres –donde inició la primera sección de la revista, “¿La recuerda usted?–";[27] y finalmente, ya bimensual, las cuatro y cinco, con las cuales habrá de concluir el sueño, pero no sin dejar satisfacciones, como la aquiescencia del público, el reconocimiento de la valía de los narradores mexicanos –además de López y Fuentes, Jorge Ferretis y Efrén Hernández–, el ingreso a la cultura nacional de autores universales poco conocidos en ésta.

Entre 1939 y 1964, nacen y mueren revistas literarias; abren y cierran –o se consolidan– editoriales; debutan creadores o confirman otros sus trayectorias. En la narrativa, concluyen ciclos los escritores de la revolución, los estridentistas, los atentos al mundo indígena, los proletarios, los contemporáneos, los cristeros, los folkloristas; toman la palabra por asalto los indigenistas y expresionistas, dejando como invaluables preseas los cuentarios de Francisco Rojas González, Ramón Rubín, José Revueltas, Juan José Arreola, Francisco Tario, Juan Rulfo, Rosario Castellanos, Eraclio Zepeda; abren, con buena fortuna, nuevas rutas los integrantes de la Generación de medio siglo; inicia el atrevimiento y lo antisolemne de la narrativa de la Onda con La tumba de José Agustín.[28]

Valadés participa de estos movimientos literarios; vuelve a apoyar, sobre todo, la consagración de la narrativa breve con el renacimiento, en mayo de 1964, de El Cuento. Revista de imaginación, acompañado esta vez por Andrés Zaplana –audaz librero y entusiasta mecenas de la nueva empresa–,[29] Gastón García Cantú, Henrique González Casanova y Juan Rulfo. Se mantiene la idea original: “hacer una antología universal”,[30] donde reunir los mejores cuentos de todos los tiempos y de todas las culturas; se abren espacios para publicidad y para artistas plásticos, dibujantes e ilustradores; secciones culturales, a cargo de Rulfo y Valadés, entre ellas “Cartas y envíos”, que se convertirá, con el tiempo, en un “taller de creación literaria por correspondencia”;[31] concursos de cuento; y especialmente los “marquitos”[32] o “cuadritos” dedicados al minicuento.[33]

Serán esos caracteres la savia de una de las invaluables conquistas de la cultura mexicana, que Valadés mantendrá hasta el número 128, cuando su deceso lastima a su “legión de amigos” y a su “multitud de admiradores”,[34] si bien no clausura la existencia de la revista, ya bajo la responsabilidad de Juan Antonio Ascencio, Agustín Monsreal, José de la Colina y Eraclio Zepeda; serán esos caracteres los que lleven a Monsreal a la certera evaluación: “El Cuento descubre, rescata, restituye, amalgama lo incipiente y lo imperecedero; tamiza, confronta, valora; afina sensibilidades, confirma vocaciones, define preferencias y, mediante la suma de sus acciones y elementos, se convierte en una obra de dimensiones inmedibles, en un documento universal que representa una de las muestras más amplias y convincentes de la pluralidad cuentística”.[35] 

mostrar Coleccionista de la brevedad: oficio de antologador

La lectura de textos breves para armar la revista había afinado la mirada y el juicio de Valadés, preparándolo para su tarea de antologador: “en la confección de los sumarios de El Cuento, yo pensé antes que nada en mis lectores. Por eso escogía cuentos que iban a su raíz: contar algo de interés, de una manera mágica, ingeniosa o sorprendente, pero sobre todo aquellos que tocaban los conflictos humanos”[36] o, en palabras ceñidas, los “que cuentan una historia”.[37] De esa fuente, viene también su concepción del género:

Yo creo que hay dos tipos de antologías y las dos necesarias: una, que es fundamentalmente didáctica, y tiende más a elegir aislados cuentos representativos de la narrativa de un país, y que, pienso, tratan de mostrar el proceso de una narrativa en cierta etapa. Lógicamente en ella se debe partir de autores. La otra se basa fundamentalmente en cuentos que pueden ser bellos, insólitos, prodigiosos, singulares, ingeniosos, maravillosos, en fin, y que piensa más en los lectores. Yo he preferido hacer este tipo de antologías.[38]

De ahí asimismo, El libro de la imaginación, Los grandes cuentos del siglo veinte, Los cuentos de El Cuento, 23 cuentos de la Revolución Mexicana, El cuento es lo que cuenta, La picardía amorosa, Con los tiernos infantes terribles, Ingenios del humorismo, Amor, amor y más amor, Los infiernos terrestres y Cuentos mexicanos inolvidables,[39] significativas para la cultura mexicana no por convertir a Valadés en pionero de la labor antológica,[40] sino en artífice de la madurez –sin duda, definitiva– del cuento mexicano, alimentado –además sin duda– por el diálogo –a veces, estímulo– con los textos breves de autores extraordinarios seleccionados para El Cuento.

La liga entre la revista y las antologías estuvo siempre presente: “Se me ocurrió [...] poner a trabajar a mis lectores y organicé un concurso de minificción. La respuesta fue extraordinaria. Había de todo: algunos sin ninguno o escaso interés, pero también verdaderas joyas. En un momento dado, tenía yo tal cantidad de textos breves que surgió la idea de un libro donde recogerlos. Y formé El libro de la imaginación.[41] Ese lazo habla de la paciencia y el amor por un género que, hacia la década de los setenta, estaba apabullado por la novela, no sólo en México, sino en América Latina; habla de una voluntad inquebrantable por mostrar cuánto cabe en un cuentito, sabiéndolo acomodar. Y no pasó tiempo para el arribo de los reconocimientos. El 19 de septiembre de 1974, Julio Cortázar le envió una carta, escrita en Viena:

En cuanto al Libro de la imaginación, ya puedes suponer si me fascinó, al punto que no quise terminarlo enseguida y lo dividí en raciones cotidianas para que me durara lo más posible. Creo que nuestra América necesita cada vez más libros como esos, que invitan a las grandes escapatorias imaginarias; todos debemos agradecerte la paciencia y el buen gusto de esa selección de textos; y me hace feliz figurar entre ellos y sentirme metido dentro del libro que estoy leyendo.[42]

Nada más y nada menos: el objetivo de poner en diálogo al cuento y su lector se había cumplido, no sólo con los más de 200 textos de la primera edición, sino con el agregado de “más del doble” de la segunda, en 1976;[43] el difusor cultural podía darse por satisfecho. Pero no Valadés. Habría de insistir una y otra vez, hasta concretar el reconocimiento del cuento y del minicuento, ahora en paridad con la novela y la poesía.

En 1979, sorprende con Los grandes cuentos del siglo veinte, en cuya introducción, además de rastrear los orígenes del género, su desarrollo y estado actual, intenta captar su esencia a fin de definirlo, tarea improbable pues, como “gota de azogue, el cuento escapa a prefiguraciones téoricas”. Pese a esta preciosa derrota y de la mano de su única presea en ese ámbito, la de saber que “la única inmutable característica [del cuento] es la brevedad”,[44] Valadés ofreció a sus lectores sesenta y nueve cuentos –ninguno de autor mexicano–[45] elegidos por su valor estético y no por la celebridad o representatividad de su autor, “aquellos cuyo mecanismo es contar algo insólito o sorprendente de principio a fin, más que los que implican total ruptura”,[46] acompañándolos de breves notas informativas y certeros juicios críticos.

Similar en su composición y en sus intenciones a Los grandes cuentos del siglo veinte, en Los cuentos de El Cuento, de 1981, reúne 27 brevedades solicitadas a las páginas de la revista, en ese año ya con 86 números –y con más de 100 cuando, en 1987, sale la segunda edición, ahora como El cuento es lo que cuenta, “afortunado título [...] porque apunta al corazón mismo de la literatura [...]. Apunta y acierta: la literatura inventa una verdad que, tomada en serio, se convierte en la Verdad: la imaginación al poder, aunque sea tan sólo de uno mismo”.[47] Se reitera en la “Advertencia” el deseo de capturar la fantasía, la sensibilidad y la inteligencia del lector y las razones que llevaron a la elección de los textos:

pensé siempre primero en quien habría de leerlos: los lectores. Es decir, opté de preferencia por aquellos que mi intuición o mi experiencia, si no mi propia reacción, me indicaban que su trama y su desenlace provocarían un impacto íntimo en la imaginación o en la sensibilidad de quien los leyera. Es decir, tendí a elegir, en lo posible, aquellos que el cuentista armó con un dispositivo que hiciera estallar la sonrisa agradecida, la fantasía incalculada, la recreación sorpresiva o inesperada de la realidad; que produjera la revelación, fulminante o prodigiosa, de incidentes que nos ocurren o que ocurren a nuestro alrededor y que no habíamos sabido ver o captar. Y narrados en una secuencia fluida, en una acción que arrastre a los personajes hasta una culminación, un clímax, a veces desenvuelto en el propio universo interior.[48]

Propósitos tan finamente concretados que provocaron estas reflexiones de María Elvira Bermúdez: las ideas de Valadés pueden “servir de guía, no sólo al crítico literario, sino a los propios cuentistas”.[49]

Hacia 1985, cuando da a conocer 23 cuentos de la Revolución Mexicana, la narrativa breve en México era ya fruto en sazón, gracias a los aportes de los creadores de la Generación del medio siglo –entre ellos, el grupo de hispanomexicanos, José de la Colina y Federico Patán, por ejemplo–, de la Onda –algunos de los cuales habían optado por textos amorosos, irónicos, humorísticos y de crítica social y política–, de los postonderos –en su mayoría atraídos por las historias, personajes y ambientes del Distrito Federal–, de la narrativa del desierto y de la gay. Con esta antología, armada con 23 textos donde se reconstruye y valora tanto la fase armada como la fase de las desilusiones y amarguras venidas de la revolución interrumpida, Valadés recuerda a los practicantes del cuento moderno que tal modernidad tiene sus orígenes en el cuento y la novela surgidos de ese movimiento social, especialmente por cuanto refiere al

vocabulario propio que da salida también a la represión pulmonar que constreñía al pueblo, dando aire a la libertad de expresión idiomática para que se desplace un modo de hablar malicioso, intencionado, bronco, despectivo que empieza a circular por el país entremezclando giros con detonantes interjecciones, a veces previas a los balazos y expresivo de los sentimientos y actitudes, permeadas de fatalismo ante una vida imprevista, violenta y aventurera, de quienes se lanzaron a ella.[50]

No soslaya las debilidades del cuento de la revolución, “gratuito en la mayoría de los casos, porque se limita a recoger, sin imaginación, poderío, ingenio o malicia descriptivos, la anécdota de que aquélla propone nutrido filón, más en un traslado fácil de lances curiosos o terribles que una elaborada recomposición creativa”, pero sí insiste en sus aportes al desarrollo cuentístico –el amor por el habla popular, el estudio de la brutalidad y el rencor humanos, la presencia de todas las clases sociales en el movimiento armado–, convirtiéndose en uno de los puntos de partida, además de las gracias estéticas y temáticas de los ateneístas, estridentistas, contemporáneos e indigenistas, de “la que será la moderna literatura mexicana, por la cual desembocará más tarde, con sorprendente originalidad y maestría, Juan Rulfo, en una culminación denominada realismo mágico”.[51] Esa doble valoración lo lleva a concluir:

Algo emparenta a casi todos estos cuentistas, [...]: una coincidencia significativa en la reiteración irónica. Casi todas las historias fluyen para evidenciar las contradicciones humanas o los contrastes entre los ideales postulados por el movimiento y los resultados frustrados o incumplidos. Si por un lado esta cuentística es en mucho un testimonio anecdótico de la Revolución, en definitiva, explícita o indirectamente, desagua en una crítica, en una inconformidad, en una acusación. Son en mucho testificación de condena o decepción.[52]

Así, el difusor cultural y el ensayista literario –con el apoyo del teórico– contribuían a la promoción y análisis de una específica cuentística: la de la Revolución.

Aunque en esencia es una antología de carácter histórico, 23 cuentos de la Revolución Mexicana fue, quizá, el germen de las antologías temáticas, armadas con textos traídos de la revista El Cuento. En Con los tiernos infantes terribles (1988), aglutina Valadés “cuentos en los cuales los personajes son niños que viven una asombrosa multiplicidad de incidencias”, una diversa gama de las reacciones infantiles, estimuladas por la “fantasía, la vivacidad, la inocencia, la impertinencia, la malicia, la crueldad, la imaginación, la ternura”.[53] Los reunidos en La picardía amorosa (1988) recrean “la astucia puesta en acción para llegar, por los medios más curiosos e inesperados, a la conquista de Venus, si no es que se valen de las argucias más sutiles para la victoria de Eros”; “dan una visión de las trampas, ardides y sutilezas puestas en juego, quizá desde siempre, en las batallas amorosas”.[54] La tesitura humorística da cuerpo a Ingenios del humorismo (1988), convocando para ello “la gracia, el ingenio, la agudeza o jocosidad”.[55] El despertar sensual en la adolescencia, el cumplimiento o incumplimiento del ansia erótica, la ruptura de la pareja, el amor bajo el cerco de la culpa y el remordimiento, la búsqueda sin cortapisas del sexo, los suspiros clandestinos, las “múltiples incidencias y variantes que ocurren a los seres humanos en el juego de la relación amorosa o erótica”[56] son asunto de Amor, amor y más amor (1990). “El tema de la violencia, con sus estímulos de ira, crueldad, odio y venganza”, domina Los infiernos terrestres (1991). Están, en esta antología, los demonios del mal: los “actos despiadados o irracionales”, los “rígidos prejuicios”, “la intolerancia religiosa”, las varias facetas de “la destrucción, la aniquilación, el homicidio”, en fin, un sumario de las “peores y malévolas” negritudes humanas.[57]

Para 1991, Valadés había concretado un puntual registro de autores y obras universales y un vasto material de lectura. Paciencia, generosidad y ternura a manos llenas recorrían las catorce letras de su nombre. Era ya la hora de concentrar la sabiduría acumulada en una zona construida con los años: la de los Cuentos mexicanos inolvidables. La base de los dos tomos[58] será, por un lado, las selecciones previas para conformar El Cuento, El libro de la imaginación, Los grandes cuentos del siglo veinte, 23 cuentos de la Revolución Mexicana, Con los tiernos infantes terribles y Los infiernos terrestres, agregando otros antes no recopilados, y, por otro, los datos y juicios sobre obras señeras vertidos en sus ensayos. En el primero, hará sucinto recorrido histórico por la ruta del cuento mexicano del siglo xx, señalando sólo los grupos e individualidades donde el género breve tuvo sus más notables cimas; en el segundo, ratifica las aseveraciones vertidas en el antecesor y clarifica aún más el propósito de su antología: “un empeño por localizar, entre la producción de narraciones breves mexicanas del actual siglo, aquellas que, según otros juicios atendibles y los nuestros, merecen considerarse como las más bellas, magistrales, originales, ingeniosas, y en las cuales se manejan con oficio y arte literarios, tesituras que van de lo humorístico a lo dramático, haciéndolas inolvidables”[59], propósito cristalizado en una presea valadesiana más.

Cuentos mexicanos inolvidables fue el cierre idóneo de una empresa difusora realmente titánica, cuyas cualidades resume Monsreal de manera sutil y certera:

Libre de compromisos y prejuicios, sin ambición de poder ni afán de lucro, abierto con serena objetividad a las expresiones infinitas del destino del hombre y de los resortes íntimos que mueven sus emociones, Valadés, no como un mero recopilador de relatos, sino como un honesto transmisor de experiencias sustantivas, de indagaciones que dejan huellas perdurables, ha sabido combinar certeramente divulgación y estímulo, mezclando con laboriosidad y pericia, con rigurosa deliberación seleccionadora, las narraciones cortas más representativas de los grandes autores de todos los tiempos, con las de aquellos escritores, jóvenes y desconocidos en su mayoría, que muestran determinadas cualidades en la práctica del oficio literario.[60]

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Por dos vertientes, va la ensayística de Valadés: la atenta a los problemas sociales, concentrada en Los contratos del diablo, y la dedicada al universo literario, con ejemplos[61] como “La revolución en su novela”, Por caminos de Proust, “Ronda por el cuento brevísimo”, “Al rescate de Céfero”, “Realismo e imaginación”, “El insólito mundo de Adela Fernández” y “Monsreal, gran cuentista”.[62]

Los contratos del diablo (1975) "–un trabajo colectivo que me tocó guiar en sus generalidades–"[63] tiene un doble propósito: “por un lado, difundir aspectos sustanciales en la conflictiva del país hermano [Honduras] por liberarse, con toda razón, justicia y derecho, de los onerosos y opresivos contratos obtenidos, por medios que rebasan toda legalidad y moral, por las voraces bananeras, y, por el otro, aportar información y argumentos a favor del camino decisivo y deseado: la nacionalización”.[64] Ese doble propósito se cubre con creces con la historia de explotación y saqueo de las compañías bananeras en Centroamérica y Sudamérica (Colombia y Ecuador), en contubernio con ignaros jefes de estado, políticos de toda laya, banqueros voraces, comerciantes ambiciosos y caciques venales; con el análisis del aporte a la economía mundial del cultivo y comercio plataneros, causante, a veces, de cruentas intrigas o acciones homicidas; con las alternativas propuestas al gobierno de Honduras para concretar el proceso de nacionalización de propiedades de las transnacionales bananeras en favor del pueblo. En fin, el ensayo es testimonio irrecusable de la estatura ideológica de Valadés –quien se autodefinía como “un burguesito de clase media”,[65] aunque liberal– y de la liga pertinaz con los grandes problemas sociales, políticos, económicos y culturales de cada uno de los tiempos por él vividos.

Por la vía de la liga con lo cultural-literario, sorprende, un poco, el difusor del cuento universal y gran cuentista de lo rural y urbano con su ensayo “La revolución en su novela” (1960), antecedente, sin duda, de 23 cuentos de la Revolución Mexicana, un poco pues hasta entonces no había sino insinuado su interés por dicho género. Para cristalizar la empresa de mostrar cómo la novela de la Revolución mexicana recreó el movimiento de un “pueblo contra el régimen y la sociedad que lo oprimían”, “por derrumbar un sistema” que los agobiaba,[66] recurrirá a su método más usual: entremezclar sus juicios, breves, certeros, iluminadores, con extensos y abundantes pasajes extraídos de las obras narrativas consultadas. Así, revela a los lectores la importancia y sentido del paisaje, el tren, el fatalismo, los violentos y generosos revolucionarios y las amorosas y osadas soldaderas, los lúcidos, crueles y heroicos caudillos en esa cruenta lucha por fundar “un nuevo orden social y político”,[67] capaz de sustituir “la odiosa y ya intolerable dictadura porfirista”.[68]

Sin abandonar del todo su interés por los vínculos entre historia social y literatura, Valadés, en el campo ensayístico, dará paso a sus deslumbramientos personales... y nace Por caminos de Proust (1974). Anhela encontrar los orígenes de ese portento narrativo que es A la búsqueda del tiempo perdido; igualmente los vasos comunicantes entre vida personal y mundo narrado, los recursos estéticos del francés, el significado de la obra en el concierto literario mundial, pero no para darle pabilo a la íntima satisfacción, sino para compartir con los lectores los fulgores de una joya de inmedibles dimensiones, una joya exornada continuamente con anécdotas jocosas, ingeniosas, prontas a gestar la risa. Nuevamente, difusor cultural y ensayista se daban la mano a fin de corroborarse fidelidad.

A ese amor, amor y más amor, se integrará el teórico, con “Ronda por el cuento brevísimo” (1990), donde, amén de recordar cómo El Cuento fue, durante años, espacio para su auge y primeras nominaciones –minicuento o minificción–, se traza su origen y desarrollo en el siglo xx mexicano y latinoamericano. Además, Valadés destaca uno de los caracteres más socorridos del cuento brevísimo –o cuentos rápidos, o cuentos en miniatura–, a saber, una historia vertiginosa, cuya clausura contiene “un sorpresivo golpe de ingenio”, un “final inesperado de ingenio, cristalizado en contadas líneas, en una fórmula compacta de humorismo, ironía, sátira o sorpresa, si no todo simultáneo”.[69] Y para afirmar la pertenencia de éste al infinito ámbito de la fantasía y el intelecto humanos, con agudeza, en compacto resumen, comenta:

Minificción, minicuento, cuento brevísimo, arte conciso, cuento instantáneo, relampagueante, cápsula o revés de ingenio, síntesis imaginativa, artificio narrativo, ardid o artilugio prosísticos, golpe de gracia o trallazo humorístico, sea lo uno o lo otro, es al fin también perdurable creación literaria cuando ciñe certeramente su mínima, pero difícil composición, que exige inventiva, ingenio e impecable oficio prosístico, y, esencialmente, impostergable concentración e inflexible economía verbal.[70]

Para después llegar a definitiva conclusión: “La minificción no puede ser poema en prosa, viñeta, estampa, anécdota, ocurrencia o chiste. Tiene que ser ni más ni menos que eso: minificción”.[71]  De esta forma, el teórico se unía al concierto amoroso del difusor y el ensayista y contribuía, nuevamente, al enriquecimiento de la cultura literaria de México y Latinoamérica.

Pocos ensayos seguirán a “Ronda por el cuento brevísimo”. Todos ellos ilustran la voluntad de Valadés por rescatar obras y autores apenas conocidos y por compartir sus entusiasmos, sus deslumbramientos, como lector. Así lo ejemplifica “Al rescate de Céfero”, cuentario de “alto interés lingüístico, pues la lengua del protagonista” refleja “con naturalidad y sin alteraciones o provincialismos el habla popular media de esa región dialectal que es la altiplanicie mexicana”;[72] una lengua cargada de humor, picardía, pullas o ironías; una lengua que, al combinarse con el exacto armado de los cuentos, obligó a Rulfo a decir del autor de Céfero, Xavier Vargas Pardo: “Este se las sabe todas”.[73]

A su vez, en “Realismo e imaginación” (1993), ceñida valoración del cuento latinoamericano de los siglos xix y xx, revelará Valadés algunos de los cuentistas mexicanos de la vigésima centuria que más impactaron su sensibilidad, dejando entrever que el auge y madurez del género en México puede ubicarse a partir de los años cincuenta, salvando de las décadas anteriores sólo a Julio Torri y Efrén Hernández. Después, en “El insólito mundo de Adela Fernández” (1994) considerará a ésta como una cuentista de “rica invención de personajes insólitos, casi siempre alucinados”, lindando “con la locura o lo imposible”, puestos en “situaciones extrañas, insólitas, que a veces tocan el horror”. Finalmente, en “Monsreal, gran cuentista” (1995), destacó la habilidad lingüística de Agustín Monsreal, puesta a favor de la ironía, el humorismo, la inclemente burla de las utopías amorosas.

El itinerario del Valadés ensayista muestra cómo fue de los asuntos sociales a las obras de creadores sorprendentes, atrevidos, pasando por las valoraciones globales de la cultura literaria tanto latinoamericana como mexicana, hasta convertirse, como señala Giardinelli, “en uno de los mejores conocedores de este género literario [el cuento], en todo el mundo”.[74]

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La cuentística de Valadés, ahíta de hallazgos, tacaña en debilidades, ha enfrentado ya el dictamen de los lectores, saliendo ilesa en la mayoría de las ocasiones. En 1955, Rafael Solana comentó respecto a La muerte tiene permiso y a su autor: “este primer libro, que esperamos sea solamente el inicio de una carrera brillante, acusa las dotes de un valioso creador de genuina literatura nacional y moderna”, agregando después:

Es rarísimo encontrar en un escritor debutante la absoluta falta de afectación, la completa naturalidad que en Valadés se encuentran; ha llegado en su primer libro a una llaneza, a una claridad, a una sencillez que a otros escritores les cuestan años de trabajo y de severo estudio; dice lo que tiene que decir directamente, sin hacer frases, sin adornarse con hojarasca literaria; esto, en él, tiene que ser un don; llegar a esa transparencia de estilo por habérselo propuesto, es uno de los trabajos de Hércules, y una de las más admirables proezas de los escritores grandes.[75]

A su turno, en 1964, Emmanuel Carballo reseñó así aquel cuentario inicial: “El mundo que allí ofrece es amplio y generoso. Las anécdotas están tomadas de la realidad inmediata. En casi todos los cuentos la técnica es tradicional: Valadés se concreta a narrar cronológicamente los hechos hasta alcanzar el clímax y luego los remata con un final sorpresivo. Eso es todo”.[76] Dos años más tarde, en 1966, José Lorenzo Fuentes escribiría: “La muerte tiene permiso es todo un sacudimiento: en sus páginas está la habilidad literaria pero también la vida, poderosa, entrándole a los cuentos por todos los costados; vida e imaginación aunadas para entregarnos una realidad –como en Cortázar, como en Rulfo– que no es la de todos los días aun siéndola”.[77] Y después, Jorge von Ziegler comentará:

el libro oscila [...] constantemente: entre el regionalismo y la universalidad, la situación y la abstracción, la acción y la idea, el personaje y el tipo, el argumento y la mera reflexión. Se ha dicho de La muerte tiene permiso, pensando en el valor de los distintos cuentos, que es un libro desigual; yo atribuyo esa desigualdad a esta oscilación.
         En sus cuentos rurales y provincianos, tributo a una época literaria, Valadés acepta las aficiones del género: la disputa por la tierra, el despotismo del cacique, la justicia ausente, la desolación, la violencia, la muerte. También sus convenciones: habla popular, tono épico, argumento laborioso y tenso, desenlace inesperado. Sólo uno de estos cuentos, “No como al soñar”, se aparta de esta tradición y prefigura al Valadés de relatos futuros: encuentro del deseo y la realidad, el yo y el otro, los afanes de la infancia y la adolescencia. A la vez, se vincula a la visión intimista de los cuentos de tema urbano; a éstos acuden los personajes dilectos de Valadés: el empleado oscuro y desilusionado, el adolescente que descubre la soledad y el sexo, el niño azorado frente al mundo adulto. Las mejores historias son las que refieren una anécdota natural, sin sorpresas; no porque la sorpresa sea un efecto desdeñable, sino porque, cuando la intenta, Valadés suele debilitar al personaje. El medio natural de Valadés es el relato urbano, que ensaya con más variedad y cercanía, pero quizá sus mejores dibujos, [...], deban ser buscados en sus ficciones rurales.[78]

Valoración, la de Ziegler, muy distinta de la de Bella Jozef:

Consta de 18 cuentos en los cuales un narrador omnisciente hace hablar a los personajes en su lengua coloquial, distanciándose de los seres y las cosas, y les confiere una amplia visión crítica y la justa comprensión de la sensibilidad popular. A través del filtro de la inteligencia y de la razón, el autor perfila una visión globalizante, un extenso e intenso mural de la ciudad, en ocasiones tierno y de profunda humanidad, en ocasiones irónico, captando su faz esencial. Con la ironía que le da el escalonamiento de la perspectiva y la ternura, recrea un mundo, el de su infancia, en la historia de un pequeño poblado, un acontecimiento político, el mundo violento y trágico de los humildes de la tierra, como el cuento que da título al libro. La intención social se suma al drama humano y a la riqueza anecdótica del ambiente, captado en trazos rápidos.[79]

No fue La muerte tiene permiso el único libro juzgado; Antípoda, la plaquette de 1961, le provocó estas palabras a Rubén Salazar Mallén: “Valadés tiene una singularidad: emplea el idioma del mexicano de la ciudad, más concretamente, de la ciudad de México, esto es, de los bajos fondos metropolitanos. Singularidad es ésa, porque hasta ahora sólo se ha procurado llevar a la literatura el habla de provincia o, mejor todavía, el habla de los campesinos de diversas regiones”.[80] Y Emilio Uranga, desde la atalaya de la amistad, reprocharía:

Lo único que yo le reprocharía al artista Valadés es que la resolución de sus cuentos casi siempre es precipitada. Es moroso en la trama y en la pintura del conflicto, pero impaciente al redactar sus finales. Éstos se le vienen encima y como que deja que caigan sobre el lector sin ninguna complacencia. Termina sus cuentos a cuchilladas, suelo decirle. Y así sucede efectivamente. De los tres que aquí recoge, dos acaban por obra de un puñal. “Mozo acreditado pal cuchillo”, lo llamaría Jorge Luis Borges.[81]

Bella Jozef, refiriéndose a Las dualidades funestas, donde Antípoda se integró, dirá:

El segundo volumen [...] es más denso en sus siete cuentos. Las exploraciones intuitivas, a través del monólogo interior y la busca de expresiones, amplían los recursos narrativos, alternando diversos planos espacio-temporales. No se limita a lo anecdótico ni a la lógica realista de la expresión de los estados líricos, atmósfera ésta que mucho debe al surrealismo. Del lenguaje común, exento de la violencia, a la sintaxis ortodoxa que adopta modismos, importa expresiones y construye nuevos lugares comunes, Edmundo Valadés deriva a un estilo literario que hace exclusivamente suyo, formalizando el habla de una clase social. A través de la astucia de la literatura, reordena una realidad de violencia, crueldad, humor, ironía y sensualidad. El lenguaje es apenas medio de comunicación: cumple funciones principales en el contexto del cuento, como elemento interno de escritura. Sin concesiones “folklóricas”, obedece a un sentido existencial.[82]

Palabras que recuerdan las de Marco Antonio Campos, motivadas por la segunda edición de Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita:

Si bien en algunos cuentos de La muerte tiene permiso [...] el amor o el erotismo eran el tema central, en Las dualidades funestas son el incendio que todo alcanza. El sexo como cuchillo y ojo del universo. Fustiga, abrasa. La mujer es diosa que resplandece, pero también objeto o manzana de la discordia o figuración del mal [...]. Sangra en el recuerdo, en el alma, en el sueño, pero sobre todo en el cuerpo que la evoca, la invoca, le grita, y arde y arde sin cesar en su búsqueda y en su encuentro. Es el deseo y el acto aquí y ahora en su degradada pureza y en la pureza misma de su degradación. Por eso más que los argumentos importa la atmósfera: detrás de la página se alza la llamarada del sexo que en un instante más se habrá vuelto ceniza y materia de resurrección.[83]

Es una valoración abarcadora, como ya la había intentado José Emilio Pacheco, en 1982, a propósito del cuaderno dedicado a Valadés en Material de lectura, editado por la Universidad Nacional Autónoma de México:

Le tocó nacer en la generación de Arreola, Revueltas, Rulfo. No se parece a ninguno de los tres y al mismo tiempo hay en él algo de sus contemporáneos, y no podría ser de otro modo. Valadés rompió las falsas fronteras entre narrativa fantástica y realista, literatura urbana o rural. No cedió a ninguna prohibición: ha hecho cuentos magistrales que valen por sí mismos y también se anticipan a bastantes cosas que llegaron después. Le debemos narraciones de infancia y adolescencia, cuadros del holocausto nuclear, vasos comunicantes entre historia y vidas privadas. Van del extremo laconismo de “La incrédula” a la intensidad de “Rock”, una de las primeras expresiones de la violencia urbana, pasando por las magistrales “Raíces irritadas”.[84]

Además la de Jorge Ruiz Dueñas, en 1989, fina y puntual:

Edmundo Valadés ha cultivado el cuento –en el exacto sentido de la palabra– de manera tan natural como vive. [...]. Su producción se centra en personajes de la vida diaria: hombres y mujeres comunes que se preocupan demasiado o que envejecen muy de prisa.
         Valadés sabe que lo fantástico es precisamente lo cotidiano y que la magia se encierra en cada día vivido. Su prosa es a la vez lírica, precisa y evocadora. Con sus propias palabras podríamos afirmar que cumple, sobradamente, con la tarea que él mismo asigna al escritor definido como “el historiador del alma humana y sus conflictos”.
         El universo literario de Valadés es rico y variado, se asienta en su época, en el tiempo que vive. Como creador forma parte del mismo mundo de sus creaciones, se nutre de él, pero hay además una gesta, un espectáculo caótico, disociado y confuso, dentro de otros personajes que viven en todos los hombres y mujeres que no nos atrevemos a reconocer y a los que Valadés ha dado forma con los recursos de su narrativa: la intensidad, la rapidez y la síntesis.[85]

O, finalmente, la de Monsreal, uno de los más lúcidos:

La evolución, la maduración literaria de Valadés se advierte no sólo de libro a libro, sino de cuento a cuento. Desde los iniciales de La muerte tiene permiso –uno de los títulos más afortunados y una de las obras decisivas de la literatura mexicana–, hasta los de Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita, pasando por ese conjunto tan espléndido como incomprendido que conforma Las dualidades funestas, Edmundo Valadés ha demostrado ser un conocedor intenso de la psicología humana, de las pasiones del hombre, de sus más recónditas emociones, así como estar escrupulosamente dotado para asimilar y expresar con igual verosimilitud la vida del campo y de la ciudad, y dentro de estos territorios cotidianos, el múltiple purgatorio interior en que se debaten sus habitantes: la soledad, la desesperanza, los accesos de ternura malogradas, los irónicos paliativos de la sensualidad, la violencia y la venganza, las dolencias de la vigilia, los sueños irrecuperables... Todo ello sin altisonancias y hacia dentro siempre, incrustándose en la médula, socavándolas hasta sus últimas consecuencias, hasta encontrar la luz en las oscuridades de la conciencia. De esta manera, a más de un hecho literario construido con maestría, Valadés nos deja en cada relato un sólido testimonio de hondura humana.[86]

Ideas, las de Campos, Pacheco, Ruiz Dueñas y Monsreal, compartidas por otros lectores de la obra valadesiana, algunos de ellos reunidos en Este Cuento no ha acabado (La ficción en México). Homenaje a Edmundo Valadés, editado por la Universidad Autónoma de Tlaxcala, donde, por cierto, los estudiantes de literatura llevan 26 años realizando el Festival "La muerte tiene permiso", durante los días de muertos.

Entre esos lectores, puede citarse a Dámaso Alonso, quien, en 1993, le comenta a Eulalio Ferrer: “Valadés sabe a dónde va, y sabe trazarse los caminos. No le falta ternura, amor por sus personajes y gracia para exponerlo”. Agrega después: “He visto que Valadés maneja excelentemente la lengua popular, la de la calle. La única en que yo creo que debe hacerse literatura en nuestros tiempos”. Y concluye: “Por eso creo que Valadés pasará en primera línea a las historias de la literatura”.[87] También a Alonso Zamora Vicente, otro lector español:

He leído con verdadero placer los volúmenes de cuento de usted, que me han llegado a través de Eulalio Ferrer. Ha sido una experiencia valiosísima recorrer los plurales caminos de su narrativa. Son sencillamente excelentes.
         Supongo que a estas alturas de su tarea, usted no necesita elogios de nadie. Sin embargo yo necesito decirle que es muy poco frecuente ese manejo de la lengua viva, la que siempre está en trance inaugural, con la soltura y gracia con que usted lo hace.[88]

O, entre los latinoamericanos, a Augusto Roa Bastos:

...es realmente uno de esos libros que se meten un poco como a empujones, por su carga de explosiva verdad, bajo la piel del lector. Más que como lectura de ficción –sobre todo en algunos relatos. “Los dos”, “El Compa”, “El cuchillo”, uno los lee como lección de experiencia vivida, vivida por uno mismo con toda su potencia de realidad y de sueño. ¿No es este acaso el logro más efectivo de una obra de ficción? Pero claro que para esto son necesarios un estilo, una temática, una escritura, de gran precisión e intensidad, no solamente la felicidad de la anécdota. En sus cuentos hay eso; y hay sobre todo un contexto, una proyección metafísica que desnuda por dentro los hechos, las cosas, la realidad, hasta su núcleo último. Como cuando la angustia sexual, a extrema presión en alguno de sus cuentos, nos remite a otro campo, a otra atmósfera, en los que aparecen la desnudez y el desamparo esenciales del hombre. Todo eso que en otro sentido, a otra escala y con otra temática, me fascina también en Rulfo. Un texto me transforma en cierta medida cuando el autor, tocando fondo en sus propias verdades, me revela las mías o me las hace intuir como un desasosiego y una inminencia que nunca se agotan en sí mismos; quiero decirle –le estoy balbuceando un poco al correr de la máquina mis impresiones y no intento desde luego ser preciso– que una de las cosas que más me atraen en sus relatos es la aventura interna que usted logra desencadenar en ellos por encima o más allá de los hechos que narra. Y todo ello con medios de una gran economía verbal, con procedimientos cuya complejidad es de fondo o de significación bajo una tersa superficie que usted nunca busca enrarecer con pruritos meramente experimentales.[89]

Y a Julio Cortázar, quien advirtió otras características de la escritura e imaginación valadesianas: “De tus libros, leí La muerte tiene permiso, y me gustó mucho el ritmo de todos tus cuentos, la economía de medios con que llegas al fondo de cada situación, y desde luego ese lenguaje de tu tierra que siempre me atrajo”.[90] Opiniones que, en mucho, coinciden con la de Rulfo cuando señaló a Valadés como el “padre”, el “maestro de la cuentística mexicana”.

Fresco, diferente, el periodista; audaz, propositivo, incitador, el difusor cultural; comprometido con lo social y lo literario, el ensayista; breve, fulgurante, innovador el cuentista; por cualquiera de los Edmundos de Valadés se trasminaron los varios de los rostros del México de la segunda mitad del siglo xx. Así lo han reconocido sus lectores, entre ellos quienes, en 1981, le entregaran el Premio Nacional de Periodismo y, en 1982, el Premio Rosario Castellanos del Club de Periodistas de México; o, en 1984, le aplaudieran en la Galería del Centro Cultural Guadalupe Posada; o, en 1985, le dedicaran el Encuentro de narradores en Morelia; o, también en 1985, le rindieran homenaje en la UNAM; o, en 1987, le entregaran el Doctorado Honoris Causa en Letras (Universidad de Sonora); o, en 1989, le dedicaran La Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Y así lo reconocerán, sin duda, los lectores de los años por venir.

mostrar Bibliografía

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mostrar Enlaces externos

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Nació en Guaymas, Sonora, el 22 de febrero de 1915; muere en la Ciudad de México el 30 de noviembre de 1994. Narrador y ensayista. Fue fundador de la revista El Cuento; secretario de redacción y director editorial del Novedades; subjefe de la oficina de prensa de la Presidencia de la República; director de la Sección Cultural de Excélsior; director de Cultura Norte; coordinador de diversos talleres literarios y de periodismo; profesor del cme. Presidente de Periodistas Cinematográficos de México, de la Asociación de Periodistas de Radio y Televisión y de la aem. Colaboró en América, Cuadernos Americanos, El Día, El Nacional y Unomásuno. Medalla Nezahualcóyotl de la sogem. Premio Nacional de Periodismo 1981. Premio Rosario Castellanos 1982 del Club de Periodistas de México.

Se dedicó al periodismo desde 1937 hasta su muerte en revistas como Hoy, América, La Vida Literaria y en los diarios Novedades, El Nacional, El Día, Excelsior y Unomásuno. Fundó y dirigió la revista Cultura Norte (1987-1994) y El Cuento, que publicó cinco números en 1939. Entre 1964 y 1994 esa la revista se convirtió en un taller para nuevos cuentistas de México y de Iberoamérica, con quienes Valadés mantuvo una nutrida correspondencia. En 1948 don Edmundo publicó sus obras en periódicos, y en 1955 su primera colección de cuentos, La muerte tiene permiso, libro que lleva ya más de veinte ediciones y que se ha convertido en un clásico. A pesar de sólo tener otras dos colecciones de relatos, Las dualidades funestas (1966) y Sólo los sueños y los deseos son inmortales, Palomita (1980), son innumerables las antologías de sus cuentos y las antologías, propias y ajenas, donde aparecen sus textos.

Edmundo Valadés, narrador y crítico literario, es autor de cuentos de excelente factura por su fluidez y amenidad, en que presenta un mundo generoso basado en la observación aguda de la realidad. Con precisión sabe crear en sus historias atmósferas de violencia contenida. Autor de una voz muy propia, terrenal y lúdico unas veces, reflexivo y melancólico otras, el sustrato del escritor de carne y hueso está detrás de todos sus personajes que, al decir de Cortázar, manifiestan esa tensión y ese fuego que todo buen cuento debe tener desde las primeras palabras. Valadés mismo fue un gran recopilador de los cuentos de otros, se pasó la vida seleccionando y revisando obras para publicar en su revista El Cuento o en antologías que él mismo anotaba y prologaba. Presidió talleres de narrativa breve y fue un excelente periodista y crítico literario.

Instituciones, distinciones o publicaciones


Asociación de Escritores de México AEMAC
Fecha de ingreso: 1969

El Cuento. Revista de imaginación
Fecha de ingreso: 01 de junio de 1939
Fecha de egreso: 1994
Director

Cultura Norte
Fecha de ingreso: 1987
Fecha de egreso: 1995
Director

La Vida Literaria
Colaborador

El Nacional
Colaborador