Enciclopedia de la Literatura en México

Literatura fantástica

Al margen de la literatura de corte realista y en oposición a ella, surge también una literatura imaginativa o fantástica, que suele crear situaciones, mundo o personajes alejados de la realidad. No obstante, esta literatura no sólo se mueve en el terreno de la imaginación, sino también en lo de lo incierto. La importancia de esta literatura radica sobre todo en las atmósferas, en el efecto fantástico que modifica la percepción de la obra. Ahora bien, dada la dificultad de definir los límites exactos entre los géneros “fantásticos”, el teórico Tzevetan Todorov, en su Introducción a la literatura fantástica, señala los rasgos más sobresalientes de lo fantástico, lo maravilloso y lo extraño, con el propósito de demostrar que lo fantástico propiamente dicho no existe. La diferencia entre los tres conceptos anteriores se centra, sobre todo, en la disolución de la ambigüedad y la incertidumbre que ésta genera tanto en los personajes como en el lector. Cuando al concluir la narración el lector o el personaje asume que la vida textual se rige por la realidad humana, y que ésta es capaz de explicar los fenómenos descritos, la obra pertenece –dice Todorov- al género de lo extraño. En cambio si los acontecimientos narrados sólo se pueden explicar mediante las leyes sobrenaturales, entonces la obra entra en el terreno de lo maravilloso. Si al lector o al personaje no le es posible explicar ningún hecho, se trata de un texto fantástico, pero este efecto dura sólo un instante, pues se manifiesta únicamente durante una parte de la lectura.

 

Por otro lado, se ha señalado también la diferencia (en la literatura hispanoamericana) entre lo que el escritor cubano Alejo Carpentier denominó “lo real maravilloso” en el “Prólogo” a su novela El reino de este mundo (1949), y el llamado “realismo mágico”, término acuñado en Alemania por el crítico Franz Roh para referirse a las pinturas postexpresionistas. En cuanto a lo real maravilloso, Carpentier, oponiéndose a la estética surrealista –basada en la libre asociación y en la experiencia onírica- establece que lo maravilloso surge, por ejemplo, de una “inesperada alteración de la realidad (el milagro)”, para lo cual es fundamental la fe. En otras palabras, lo real maravilloso parte de lo real, la maravilla reside en la misma realidad. Por el contrario, en el realismo mágico de escritores como el colombiano Gabriel García Márquez, la magia proviene de afuera, de la imaginación del artista. A todas estas categorías se debe agregar un género que puede participar en lo fantástico: la ciencia ficción, donde la injerencia de elementos científicos y racionales es lo que da verosimilitud a los fenómenos descritos, a diferencia de la realidad subyacente en la literatura fantástica.

 

Para no entrar en complicaciones, se enumerarán aquí algunas de las principales obras de la literatura mexicana que participan de cualquiera de las categorías antes mencionadas.

 

La literatura fantástica aparece en México con algunos autores del Ateneo de la Juventud*: Martín Luis Guzmán, Julio Torri y Alfonso Reyes. Más tarde, Juan José Arreola y Francisco Tario crearán también obras de este tipo.

 

El único cuento que, en sentido estricto, escribió Martín Luis Guzmán es “Como acabó la guerra en 1917” y fue publicado en Nueva York, precisamente en 1917. Este cuento ha sido considerado como uno de los primeros textos narrativos de ciencia ficción producido en México. (Véase Literatura de Ciencia Ficción*).

 

En ese mismo año, Julio Torri publica Ensayos y poemas, que contiene el irónico cuento “La conquista de la luna”. De Alfonso Reyes es El plano oblicuo (1920), con cuentos como “La cena”, considerado como fantástico por su atmósfera, su tiempo cíclico y en cierto sentido pesadillesco, así como por la ambigüedad que se crea alrededor de la identidad de los personajes. Este cuento ejercerá una influencia positiva en la novela Aura (1962), de Carlos Fuentes, donde una mujer vieja recobra cíclicamente la juventud por medio de la brujería. Para muchos críticos, Aura, considerada también como un relato fantástico, es la obra maestra de Fuentes.

 

José Vasconcelos, en su cuento “El fusilado” (1919), armoniza elementos fantásticos con su filosofía espiritualista.

 

Juan José Arreola, en Varia invención (1949), Confabulario (1952) y Bestiario (1958), entre otros libros, incursiona en la literatura fantástica, con cuentos como “El guardagujas” y “En verdad os digo”.

 

Con Pedro Páramo (1955), de Juan Rulfo, el realismo de la Narrativa de la Revolución* muere de forma definitiva. Sólo los fantasmas pueblan Comala, donde el tiempo es inexistente y sólo el recuerdo, los rumores perviven. Comala es viva alegoría de un cacicazgo anquilosado, de un patriarcado que se ha convertido en purgatorio.

 

Francisco Tario, seudónimo de Francisco Peláez, escribe La noche (1943), La puerta en el muro (1946), Equinoccios (1946), Tapioca Inn: mansión para fantasmas (1952), La noche del féretro y otros cuentos de noche (1958) y la antología Entre tus dedos helados y otros cuentos (1958).

 

La obra de Salvador Elizondo, donde la frontera entre el ensayo y la narrativa es a menudo muy difusa, posee también numerosos elementos de literatura fantástica. Destacan sobre todo sus novelas Farabeuf (1965), El hipogeo secreto (1968), y Elsinore (1988).

 

Autores más recientes dentro de este género son Ignacio Solares, quien, aunque no escribe literatura fantástica en toda la extensión del término, incluye elementos fantásticos en obras como Puerta del cielo (1976) o La fórmula de la inmortalidad (1982); Lilia Osorio, autora de Palimpsesto (1981); Humberto Guzmán, autor de Historia fingida de la disección de un cuerpo (1982), que nos presenta un mundo esquizofrénico y sin héroes; René Avilés Fabila, con La canción de Odette (1982), que incluye importante elementos fantásticos; Víctor Luis González, autor de cuento fantástico: Tenías que ser tú, novela corta y cuentos, publicada en 1985, y Naief Yehya, autor de Camino a casa (1949) y La verdad de la vida en Marte (1955).

 

Elementos como el milenarismo son tratados en Tiempo lunar (1993), de Mauricio Molina, y en La paz de los sepulcros (1955), de Jorge Volpi. Por su parte, Julián Meza, en El arca de Pandora (1993), trata el tema de los experimentos genéticos. Dos años después, en 1995, Beatriz Escalante publica La fábula de la inmortalidad, donde nos presenta a una alquimista que descubrió el tormento que significa ser inmortal.