Enciclopedia de la Literatura en México

Los espejos

mostrar Introducción

Los espejos es el último libro publicado por Inés Arredondo, un año antes de su muerte. Aparece después de Río subterráneo (1979) bajo el sello editorial Joaquín Mortiz en 1988, como parte de la colección "Serie del Volador". El libro agrupa ocho cuentos: "Los espejos", "Wanda", "Lo que no se comprende", "Los hermanos", "Opus 123", "De amores", "Sahara" y "Sombra entre sombras", escritos entre 1980 y 1987; a excepción de “Wanda”, que fue concebido años antes y se publicó en Diálogos en el ejemplar septiembre-octubre de 1976. Otros relatos de la colección también aparecieron previamente en revistas: “Opus 123” se editó como novela corta en 1983, “Sombra entre sombras” se dio a conocer también en Diálogos en 1984, y “Los espejos” apareció en La Orquesta en 1988.

Considerada una de las cuentistas más destacadas de la literatura mexicana, sus narraciones abordan temas como el dolor, la angustia, el miedo, el amor, el pecado de exceso, la perversión, el voyeurismo, la separación, la unión imposible, la frustración, la incomunicación, la maldad y la locura, y se caracterizan por desarrollar los sentimientos contradictorios del ser humano. Algunos de los temas que toca la serie de cuentos incluida en Los espejos son: la enfermedad, los hijos, la maternidad –concretada y fallida–, la paternidad, la infancia en oposición a la adultez, la homosexualidad, el incesto, la bisexualidad, los triángulos amorosos, el retraso mental, la deformidad, la inexplicable repetición de situaciones, la soledad, el abandono, la pérdida, la pasión escondida, la perversión, lo no dicho y la metamorfosis. A través de éstos, se problematiza el papel del individuo, la mujer y la familia, y se establece una pugna entre el universo íntimo y la sociedad. 

mostrar Inés Arredondo y su generación

Publicado en 1988, Los espejos –precedido por La señal (1965) y Río subterráneo (1979)– es la última obra del breve corpus desarrollado por Inés Arredondo desde mediados del siglo xx hasta finales de los años ochenta y que suma una treintena de textos.

La autora dedica Los espejos a Huberto Batis, Juan García Ponce y Juan Vicente Melo. Estos tres escritores formaron parte, junto con Arredondo, de la denominada Generación de Medio Siglo, bautizada así por el historiador Wigberto Jiménez Moreno. El nombre del grupo hace referencia a la revista Medio Siglo que surge en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y en la que participan algunos de los integrantes de esta generación. Entre otros miembros se cuentan asimismo Amparo Dávila, Emmanuel Carballo, José de la Colina, Julieta Campos, Rosario Castellanos, Rubén Bonifaz Nuño, Salvador Elizondo, Sergio Pitol, y Tomás Segovia. De acuerdo con Armando Pereira y Claudia Albarrán, esta generación relevó a sus “mayores para desplegar una nueva concepción del arte y la literatura que conllevaba también una nueva concepción del mundo”.[1]

Este grupo logró su auge en la década de los años cincuenta, y la mayoría de sus miembros nació entre 1921 y 1935. Una parte considerable de ellos llegó a la Ciudad de México desde la provincia del país, como es el caso de Arredondo, quien nació en Sinaloa y vino al Distrito Federal para estudiar biblioteconomía, arte dramático, letras y filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde posteriormente se titularía como Maestra en Lengua y Literaturas Españolas con una tesis sobre Jorge Cuesta.

Parte de la Generación de Medio Siglo a la que perteneció Arredondo también fue conocida como la Generación de la Casa del Lago, dado que muchas de las actividades que los involucraron, en particular el programa Poesía en Voz Alta, se concentraban en las instalaciones de La Casa del Lago, cuyo primer director fue Juan José Arreola. Entre 1961 y 1963 el director sería Tomás Segovia, entonces esposo de Inés Arredondo. En términos generales, la generación de esta escritora participa en un proceso que, de acuerdo con Albarrán, “fomentó y enriqueció una labor cultural con pocos precedentes en la historia nacional".[2] Las posturas generacionales identificadas por la misma autora incluyen: una visión crítica ante el nacionalismo de los años cuarenta, un cuestionamiento de los preceptos de la Revolución mexicana y sus promesas incumplidas, una afinidad hacia el cosmopolitismo, y el pluralismo, lo cual condujo a un interés por la literatura y la cultura de otros países, y una preocupación por apoyar a jóvenes artistas tanto nacionales como extranjeros con miras a establecer "otros rumbos y puntos de vista sobre el quehacer literario y cultural de México".[3]

Inés Arredondo, al igual que otros miembros de su generación, acompañó su quehacer de escritora con una participación constante en el ámbito académico y administrativo de múltiples instituciones educativas. Sostuvo una cercana relación con la UNAM a lo largo de su vida, fungiendo en esta institución como profesora, investigadora y funcionaria en varias de sus instancias, incluidos el Departamento de Información y Prensa, la Escuela de Cine de la misma UNAM, el Centro de Estudios Literarios, la Biblioteca Nacional alojada dentro de Ciudad Universitaria, Radio Universidad, el Colegio de Ciencias y Humanidades, y la Coordinación de Humanidades. Participó en otras instituciones como la Universidad Iberoamericana, la Indiana University, el Centro de Estudios de Historia de México (CONDUMEX), y el Departamento de Publicaciones del Comité organizador de la xix Olimpiada, así como la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio durante su estancia en Montevideo.

Arredondo formó parte de las primeras generaciones de escritores mexicanos becados por instituciones; recibió el apoyo del Centro Mexicano de Escritores en 1961 y 1962, periodo durante el cual escribió su primer libro, La señal, y donde convivió con Miguel Sabido, Vicente Leñero, Jaime Augusto Shelley y Gabriel Parra. Asimismo, fue becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes al final de su vida, en 1989. De igual forma, recibió apoyo de la Farfield Foundation de Nueva York.

Además, colaboró de manera constante en publicaciones importantes del ámbito literario de su generación, entre ellas, la Revista de la Universidad de México, donde publicó sus primeros cuentos, el suplemento "La Cultura en México" de la Revista Siempre! y “México en la Cultura” de Novedades, así como la revista El Cuento y la Revista Mexicana de Literatura, entre otras. En particular, su colaboración en esta última la convierte en miembro del denominado Grupo de la Revista Mexicana de Literatura, publicación que dio gran importancia a la crítica y la traducción, integrada por Tomás Segovia, quien fungió como su director, Huberto Batis, Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo y José de la Colina.[4] Inés Arredondo se desempeñó en la producción de esta revista a lo largo de varios años corrigiendo textos, editando números, formando parte de las reuniones editoriales, muchas veces llevadas a cabo en su propia casa; es así como surge su vínculo con Tomás Segovia. Sin embargo, como apunta Albarrán, su nombre no aparece en la lista de los miembros del consejo de redacción. De acuerdo con la propia escritora:

es curioso, yo siempre estuve metida en la revista, pero como sombra: las reuniones eran en casa de Tomás y mía, y yo sí votaba y todo, pero mi nombre no aparecía en la revista: mesas de redacción iban y mesas de redacción venían y a mí me tocaba corregir planas, corregir galeras, seleccionar material.[5]

mostrar De hijos, madres y padres: las aristas del espejo

Los espejos aborda, a partir de ocho narraciones independientes, situaciones atípicas en la familia, entidad social normalmente considerada como homogénea. Las relaciones entre la pareja y el papel de los hijos en proporción a los padres construyen el libro como un panorama de anécdotas familiares de un tipo muy específico: las que se callan, las que rompen la regla, la normalidad se quiebra y la vergüenza cede paso al silencio.

En el primer cuento, “Los espejos”, se presenta la historia de tres generaciones de una familia provinciana y rica. Las angustias de la narradora, madre/suegra/abuela, se incrementan a lo largo de la historia, centrándose en los temas de la madre desnaturalizada, el aborto, la unión imposible de la pareja, la muerte, la idea de falla a través del retraso mental, la enfermedad, el padre que es víctima y posteriormente victimario, la culpa, la repetición insólita, el incesto, las relaciones sexuales intrafamiliares y los hijos derivados de estos vínculos.

A través de “Wanda” se continúa el tema de la angustia de los padres para con los hijos y se aborda la temática de la iniciación sexual, la prostitución, el incesto, la metamorfosis, la infancia en oposición a la adultez, la ensoñación fantástica adolescente y la muerte.

En “Lo que no se comprende” se aborda el secreto a voces, el silencio; una vez más la idea de falla encarnada en el hijo nacido con deformidades, la angustia –en este caso, expresado incluso de manera alegórica a través de la experiencia física del hundimiento de la niña en el maíz–, la maternidad como peligro, la madre como amenaza, la madre fallida, el padre víctima y la infancia como testigo de la debacle familiar. “Los hermanos” es un cuento breve centrado en las relaciones no explicitadas, la hermandad, la pérdida de la inocencia, la repetición insólita, el matrimonio y la iniciación sexual.

En “Opus 123” se trata el tema de la homofobia, la homosexualidad, el silencio, el secreto a voces, las relaciones y angustias entre madres, padres e hijos y, de nuevo, la idea de los hijos como falla, así como la competencia y envidia entre éstos y los padres.

“De amores”, otro cuento breve, desarrolla el tema del amor, la unión imposible, las características de los amantes, los hijos como amenaza y raíz del distanciamiento en la pareja.

“Sahara” se finca en el diálogo. Aborda la crueldad y la violencia en la pareja, el exilio de la mujer por parte de la sociedad, la pérdida de los hijos y el matrimonio como un encierro.

En “Sombra entre sombras” se problematizan el matrimonio, el adulterio, la sexualidad, la bisexualidad, la frigidez en oposición a la perversión, la homosexualidad, la unión imposible, el rencor, el poder en proporción al amor y la repetición insólita.

De acuerdo con Claudia Albarrán, Francisco Segovia, hijo de Arredondo, afirma que el libro originalmente tenía por título Flecha sin rumbo,[6] pero resulta significativo que la autora decidiera finalmente titularlo con el mismo nombre que el primero de sus cuentos, puesto que la imagen del espejo se reitera simbólicamente a lo largo de la colección. Siguiendo a Albarrán, el título tiene su antecedente en uno de los cuentos de La señal, “La casa de los espejos”, en el cual se “utilizaba la imagen del espejo para referirse a las conflictivas y paradójicas relaciones que se establecen entre el protagonista del cuento y su padre moribundo y, en general, entre todos los miembros de la familia”.[7]

Los espejos, imagen dominante del título y el primer cuento de la colección, apunta Fabienne Bradu, “son los hijos que, en este [...] volumen de cuentos, están tal vez más presentes que en los anteriores. Pero los espejos son también las imágenes fijas, obsesivas y casi inmutables que contienen la cifra de una vida o que la marcaron en su origen”.[8] El tema de la familia y la figura de los hijos abarca, de manera explícita o implícita, a todos los cuentos; algunos de ellos tienen tintes autobiográficos. El papel de la familia y los hijos resulta imprescindible, ya sea que los hijos funcionen como actores principales o como testigos silenciosos de lo sucedido, como presencia o ausencia, ya sea como foco de adoración o causa de repugnancia. Los vínculos jerárquicos entre padres e hijos y las subsecuentes tensiones y angustias derivadas, detonan la acción a la par del cumplimiento o falla de las expectativas. Como apunta Albarrán,

a lo largo de Los espejos abundan los ejemplos referentes al tema de las relaciones familiares distorsionadas, a la alteración de los roles entre hijos y padres, a las paradójicas y secretas conexiones entre hermanos (sanos-enfermos, normales-anormales), a la orfandad que casi todos los personajes de Inés comparten.[9]

El relato donde se concretan estos elementos de manera más clara es aquel que comparte título con el libro, donde múltiples personajes femeninos dentro de la narración se elaboran como reflejo de otros: “hijas iguales [Tita y Lila], cuyos físicos reproducen los rostros de sus respectivas madres (hermanas entre sí) [Isis y Mina] y que, a la vez, son espejos enfrentados”.[10]

La imagen del espejo también aparece en cuentos como “Sahara”, “Wanda” y “De amores”, proyectada hacia la circunstancia amorosa, la desigualdad entre géneros y con el mismo “trastocamiento de roles: alteración, distorsión, duplicidad, inversión de la imagen”.[11] En este contexto se elabora el tema de la unión imposible. Según Bradu,

cuenta Inés Arredondo que [esta] obra se originó en una sola imagen: dos adolescentes abrazados, dos cuerpos imantados por el deseo, que un tercero intenta separar. Es la imagen del Amor Absoluto, el amor-pasión, que sólo puede alcanzar su plena realización en la muerte [...] las historias que derivan de esta imagen fundadora son un mismo drama de dolor, de abandono o de locura, que es el punto en que desembocan las pasiones truncas.[12]

Frouman-Smith concluye que al desarrollar el tema de la tensión entre mujeres y hombres "Arredondo crea un retrato revelador de la dominación masculina y la sumisión femenina [su] efecto estremecedor ayuda a transmitir las complejidades destructivas de la polaridad de género".[13] En “Wanda”, por ejemplo, se “subvierte la idea tradicional de la complementariedad entre los sexos”, en palabras de Avendaño-Chen,[14] donde la unión imposible entre Raúl y Wanda se concreta tras la aparente iniciación sexual del primero con una prostituta del pueblo, a raíz de la influencia de Rodolfo, evento que conduce a la devastadora desaparición de la iniciadora verdadera, Wanda, y termina con la locura y muerte de Raúl. Siguiendo con Avendaño-Chen, se establece que “el encuentro permanente con la existencia femenina, que daría como resultado el aniquilamiento de la soledad, es una utopía que sólo se cumple en el instante”.[15] El tema de la imposibilidad de la unión de los amantes se repite también en “Los espejos”, cuando Isis muere; en “Sombra entre sombras”, con la llegada de los nuevos Ermilios; en “Opus 123” a través de la imposibilidad del encuentro físico entre los dos personajes principales; en “Los hermanos”, por la boda de la narradora; y en “De amores” luego del rompimiento de los amantes a causa de la tentación de ella por tener hijos. La imposibilidad de la unión entre mujer y hombre y la subsecuente pérdida de identidad de ésta a la luz de una comunicación imposible se expresa particularmente en “Sombra entre sombras”. Para Frouman-Smith, se trata de un tema que Arredondo exploró previamente en La señal y Río subterráneo, en los cuentos “La Sunamita” y “Las mariposas nocturnas”, donde también “el deseo de la mujer y las expectativas del amor culminan en relaciones de dominación, perversas y abusivas, donde se les niega el reconocimiento que añoran”.[16]

Es en la familia, entidad social que evoca la repetición, pues por esta vía se consigue perpetuar a la especie, donde se finca el tema de la reiteración inexplicable y el reflejo. En particular, en “Los espejos”, “Sombra de sombras”, “Los hermanos” y “Opus 123”, se elabora “la inexplicable repetición de algunas situaciones en la vida de los personajes. De manera casual, los hechos van concatenándose de tal forma que se asemejan o son iguales a otros sucedidos en el pasado”. Mediante acciones repetidas, personajes que se parecen a otros y circunstancias que reflejan y remiten a un tiempo pasado, se utiliza la “repetición de conductas y modelos”, a decir de Adela Iglesias, para elaborar un

juego de reflejos, el constante trocarse de una imagen en otra, la eterna persecución de uno mismo, son los elementos que se constituyen en el infinito espejo que es el universo en que estamos inmersos, que somos nosotros mismos [se trata de una] narración entendida como la construcción de fragmentos especulares que nos incitan al desdoblamiento de la personalidad en imágenes diversas, a un complejo juego de reflejos en que tanto autor como lector penetran el mundo de los personajes creados.[17]

Dentro de este universo familiar donde la repetición y la mácula se construyen como eco, generación tras generación, la figura de la maternidad juega un papel fundamental. Desde la imagen de la exigencia maternal, hasta la madre desnaturalizada, el aborto, la maternidad como fracaso, como amenaza y la madre como figura que acecha. En una breve frase incluida en el cuento “Los hermanos” se resume la postura del libro en torno a ésta: “tampoco me hizo un hijo porque se apiadó de mí”.[18]

mostrar Silencio, pérdida, enfermedad, deformidad y metamorfosis

Ciertos temas atraviesan todo el libro, tocando las dinámicas familiares distorsionadas que revela cada cuento. El tema de la familia y el rompimiento de la normalidad resulta esencial. Asimismo, aquello que permanece no dicho, o explicitado a medias, se expresa a través del lenguaje y la acción. Dice Bradu que “la prosa de Inés Arredondo forma verdaderos diques de contención alrededor de los peligros que la fascinan y la repelen a un mismo tiempo”.[19] Los silencios y la interrupción permean a “Los espejos” de manera notable a través de frases como: “...pero no hablemos más de estas cosas”,[20] “o con… qué se yo, coqueteos, habladurías”,[21] “Sí, pero no hables, ni una palabra. Sssst.”,[22] “... no hay palabras para nombrar”,[23] y “No, hija, no digas cosas que no debes decir nunca”.[24] El secreto a voces que explicita la homosexualidad de los hijos, en el caso de “Opus 123”; la deformidad del hermano, en “Lo que no se comprende”; o las perversiones del esposo en “Sombra de sombras”, funcionan para concretar que resulta igual de importante lo que se dice, que aquello que se calla. De acuerdo con Martha Robles, la narrativa de Arredondo se finca a partir de “lo cotidiano que se calla y forma el carácter, porque los sucesos principales ocurren hacia el interior de quienes pulen, pacientemente, una realidad insospechada por los demás: el doble universo de sus tramas”.[25] Claudia Albarrán señala que de

este aparentemente simple juego alquímico entre palabra y silencio, entre la luz y la oscuridad, nace toda la tensión de los relatos de Inés, la ambigüedad de sus finales, los contrastes, los binomios locura-cordura, inocencia-maldad, amor-desamor, vida-muerte, los claroscuros, el sol y las sombras.[26]

La angustia maternal se toca en casi todos los cuentos, por ejemplo en “Los espejos”, narrado por la madre-abuela-esposa Isabel, quien se convierte en testigo de las desdichas de su familia, y “Sahara”, donde una madre confiesa las vejaciones que ha tenido que soportar. El tema se elabora de manera no explícita, como es el caso de “Opus 123”, donde la complicidad de la madre con el hijo se muestra primero como amor, y posteriormente como desdicha. O en “Wanda”, en cuyo texto la angustia de la madre y el padre funciona como trasfondo que, una vez acallado, detona la acción que se concretará en la muerte del hijo.

La pérdida y el abandono son también recurrentes. En “Lo que no se comprende” se elabora una suerte de orfandad maternal de la protagonista mediante su desaparición, e incluso cuando la encuentra el padre, sumergida en una montaña de grano, la niña tiene la certeza de que “nadie la había buscado hasta que él regresó del trabajo”.[27] Para Bradu, “la maestría de Inés Arredondo está en concentrar en esta sola e impresionante imagen todo el sentimiento de abandono, de desamor, que invade a la niña cuando la mirada de los adultos deja de sostenerla en su amor y la arroja al agujero horrible de la no-existencia”.[28]

La enfermedad se hace patente a lo largo de este último libro por medio de la convalecencia física y emocional de varios de los personajes. En particular en “Lo que no se comprende” y “Los espejos”. En este último caso, por ejemplo, la enfermedad se encuentra tan presente como el médico que constantemente auxilia a los protagonistas: desde Rodrigo (enfermo a nivel emocional tras la muerte de su esposa Isis, hijo de Isabel, la narradora de la historia y padre de Tita), hasta Mina (hermana de Isis y futura amante de Rodrigo), quien padece un retraso mental que la ha estancado en la infancia. El cuento relaciona, específicamente, los efectos físicos de la maternidad con el padecimiento y la muerte, particularmente en el caso de Isis, quien muere por un embarazo extrauterino. Paralelamente, la hija de Isis, Tita, también enferma a raíz del abandono de la madre. La enfermedad de madre e hija se convierten en un reflejo una de la otra; esto es, co-causantes del sufrimiento.

El tema de la metamorfosis se trata de manera particular en “Wanda”, donde Raúl representa la adolescencia como momento de transformación y se inicia en el universo de la sexualidad gracias a una relación erótica con una mujer misteriosa, posiblemente fantástica y sirénica, llamada Wanda. A lo largo de la narración se equipara la metamorfosis anímica de Raúl con su transformación en pez, literal o metafórica, y la cual conlleva a su muerte.

La otredad, que se concreta en la deformación y lo ajeno, se pone de manifiesto en diversas narraciones del libro. En “Los hermanos” a la par de la deformidad en la imagen del lagarto disecado en plena transformación. En “Lo que no se comprende”, de manera negativa en la figura del hermano oculto y que, se asume, es deforme de alguna manera; en Wanda, empero, la otredad juega un papel positivo, encarnado en la figura de la mujer misteriosa que comparte características con el mar y los peces. A su vez, el papel de la metamorfosis corporal y anímica que acompañan a la maternidad y el embarazo juegan un papel fundamental en “Los espejos” y en “Lo que no se comprende”. En el primer caso, se tematiza el embarazo como una amenaza que transforma a Isis, obligándola a dejar de ser quien es para convertirse en madre. Eventualmente, la maternidad es lo que le quitará la vida. En “Lo que no se comprende” se presenta al embarazo como una fuente de peligro también, al describir a la madre postrada en cama, esperando un nuevo hijo, como “parecida a una torre derrumbada”.[29]

mostrar Narraciones desde la provincia mexicana: tiempo, espacio, personajes, voz narrativa e intertextualidad

La mayoría de los escenarios donde suceden las historias de Los espejos se encuentran situados en la provincia mexicana, entre familias acomodadas. Resulta notorio el paralelismo con la vida misma de la autora, quien vivió su infancia en la hacienda azucarera de su abuelo materno Francisco Arredondo, cercana a Culiacán, y llamada "Eldorado". La pareja protagonista del primer cuento de la colección incluso lleva los mismos nombres de sus abuelos: Francisco e Isabel. Martha Robles describe los escenarios narrativos de Arredondo como un “universo de domesticidad, íntimo y sagaz [...] Lo cotidiano, para Inés, forma una entidad bordeada de silencio, sembrada de locuras mansas. Su estallido, siempre interno, conduce a los protagonistas de sus cuentos a una sensación de tristeza, mansedumbre”.[30]Comparando el universo narrativo de Arredondo con el de algunos de sus compañeros de generación, Domínguez Michael apunta que en ellos se ve

languidecer, mediante una suerte de entropía, a una serie de mundos cerrados, de inspiración faulkneriana, que se ubican en los sitios natales. La evocación de la naturaleza y el seguimiento de la geografía humana acaban por producir un vacío en las costumbres [...] La suya es una villa fantasma, donde juegos y espejos conservan un ritual permanente y antiguo [...] parece ser un lugar donde se respira polvo.[31]

Más allá del aspecto geográfico, los elementos sociales que ofrecen esta serie de cuentos elaboran una crítica a esa misma sociedad conservadora que experimentara Arredondo de primera mano. Como anota Albarrán, “una buena parte de la narración está dedicada a describir la estrecha mentalidad de las familias provincianas, ese ámbito reducido en el que las buenas conciencias establecen los parámetros de conducta social”.[32] La inmovilidad de las posturas de esta población queda fincada en la resignación de los personajes ante el estado de las cosas. Como señala Domínguez Michael, “el suyo es un mundo que se quiere perdido, ajeno al tiempo de la Ciudad, centrado en la exploración de algunas obsesiones que permanecen sin transformarse frente al curso de los años”.[33] E indica Raquel Velasco: “el mundo narrativo propuesto por nuestra autora se sale de los parámetros de la rectitud para, por el contrario, establecer uno nuevo en el cual el bien ha sido trastocado por el proceso que reclama la perversión y transformado por éste”.[34]

De los ocho cuentos que constituyen este libro, cuatro de ellos utilizan una voz narrativa omnipresente que da cuenta de las acciones ocurridas. Existen cuatro excepciones. En primer lugar, tres relatos en los cuales se emplea una narradora en primera persona, en todos los casos mujer, que suele ejercer una función de testigo y se desarrolla con carácter confesional: En “Los espejos” la narradora, que a tiempos adopta el papel de madre, suegra, esposa y abuela, construye la historia transgeneracional de una familia. En “Los hermanos” la narradora en primera persona se convierte en vínculo entre pasado y presente, igualmente con carácter confesional. En el caso de “Sombra entre sombras” la voz narrativa evoluciona a la par de la anécdota, funcionando como testigo relator y partícipe de la acción que influye sobre su propia transformación. El último caso, donde se rompe la constante de narrador omnipresente, es el cuento “Sahara”, que constituye un diálogo, casi entrevista, entre el personaje principal, una mujer y un interlocutor cuya identidad nunca se aclara.

La mayoría de las narraciones incluidas en el libro mantienen una temporalidad lineal. En “Wanda”, sin embargo, donde la narración se configura a partir de una voz narrativa omnipresente, que por momentos se torna en segunda persona, existen, empero, varios quiebres de tiempo. La acción general del cuento se conduce en pasado, con fragmentos narrados en presente intervenidos para interrumpir la narración principal y construir un ambiente de ensoñación y fantasía, en los episodios donde aparece Wanda, figura onírica, tentadora, amante, iniciadora al placer. De la misma manera, “Wanda” funciona como la excepción al acercamiento realista de Arredondo, pues se trata del único texto del libro donde se despliega un toque fantástico.

En palabras de Martha Robles, “Inés Arredondo ha expresado el drama del ser que se pliega a la fatalidad de un mundo que sabe no cambiar ni puede ser transformado. Es la aceptación, sin resistencia, de la condena de vivir”.[35] Bajo estas características se desarrollan la mayoría de sus protagonistas: madres angustiadas; hijos que buscan entender el quiebre entre ellos y la familia; amantes que sufren la imposibilidad de la comunicación plena; vástagos percibidos como deformes y grotescos desde lo físico hasta lo moral; la vida en pareja que transita desde la imposición involuntaria hasta la perversión. De acuerdo con Adela Iglesias, todos son “seres que, de una u otra forma, viven conflictos que los enfrentan a la concepción que de sí mismos tienen”,[36] y como tal, todos son protagonistas en crisis. Domínguez Michael ha señalado que “sus personajes se mueven como sombras tras un velo, víctimas de una tensión que se rompe cuando el cuadro inmemorial de las costumbres sufre la violencia del deseo”.[37] Claudia Albarrán señala que prácticamente la mitad de los cuentos de Arredondo están narrados por mujeres

–ya sean niñas, adolescentes o adultas– y muchos otros cuentos, si bien corren a cargo de un narrador omnisciente o de una voz masculina, tratan algún tema relacionado con las mujeres [...] aunque quizá Inés no se lo propuso así, muchos de sus relatos tocan aspectos de una condición muy particular, la femenina, ya sea por las problemáticas que en ellos se plantean (como el embarazo, la maternidad, el vínculo entre madres e hijos y la aceptación o el rechazo a la educación tradicional que las mujeres reciben de sus padres) o por la mirada y la voz de quienes cuentan las historias.[38]

Buendía subraya una particularidad importante de estos personajes: “no existe en los cuentos de Arredondo una reseña física” de los protagonistas.

Se intuye la juventud de los personajes, en pocas ocasiones se sabe de la ropa que usan (el uniforme de escuela o el vestido de novia), se desconoce el color o el largo del cabello o los detalles del rostro. En Arredondo, la belleza se atrapa al interior de los personajes, afín a una pintura abstracta: no se preocupa en representar objetos.[39]

El análisis de Maritza Buendía en torno a “Wanda” denota el uso del lenguaje, apuntando que el manejo de la prosa cargada de poesía “ocasiona la superposición de dos planos: el mundo de Wanda como el espacio donde se vive intensamente la poesía versus el entorno familiar y cotidiano de Raúl”.[40] La construcción de estos dos planos no sólo sirve a la textura del lenguaje, sino a la elaboración de dos planos que se muestran en contraposición y conflicto a lo largo de la anécdota. Tras la visita de Raúl a una prostituta y el quiebre del pacto entre éste y Wanda, donde

la falta de Raúl no se traduce simplemente en el acto sexual con la prostituta, no es la ofensa de una amante vulnerada por otra mujer; la falta adquiere su cabal dimensión por lo que simboliza: la contaminación del plano del placer (principio de la fantasía) por el plano de la realidad.[41]

En este libro, como en la mayor parte del trabajo de Arredondo, se tocan temas considerados como tabú, que detonan un cuestionamiento sobre el papel de las personas en la sociedad. Desde la maternidad y paternidad desnaturalizadas, como es el caso de Isis en “Los espejos”, y Teodoro en “De amores”; las relaciones sexuales intrafamiliares, abordadas en la relación entre Mina y Rodrigo en “Los espejos”; las primeras experiencias sexuales, como en “Wanda” y “Los hermanos”; la deformidad infantil, en “Lo que no se comprende”; la homosexualidad, en “Opus 123”; la violencia en el matrimonio y la pérdida de los hijos, en “Sahara”; las relaciones sexuales extramaritales, el abuso, la bisexualidad y el adulterio, en “Sombras entre sombras”. Raquel Velasco señala que este interés por abordar el rompimiento interno de lo social forma parte de la tendencia de la Generación de Medio Siglo a la que pertenece Arredondo: esta compleja concepción del mundo, definida por la “desvalorización de los valores supremos [...] es testimonio de una forma particular de hacer literatura, de dar libertad a ese yo poético que desde su individualidad interpreta la realidad a partir de una postura analítica y reflexiva caracterizada por la acidez y naturaleza irónica”.[42]

Velasco también apunta que, la ruptura de la regla social resulta esencial en el proceso interno de los protagonistas, pues la narrativa de Arredondo “se encuentra sostenida por un sistema de creencias [...] donde gradualmente se rompen las reglas que controlan tanto el pensamiento como las acciones de sus personajes”.[43] De ahí que los escenarios donde se despliega la acción se finquen en un realismo cotidiano, provincial, provisto de un sinfín de reglas con potencial de resquebrajamiento.

Existen múltiples casos de intertextualidad en Los espejos. Según Avendaño-Chen, particularmente en “Sahara” y “De amores”, se concentran temas bíblicos e históricos, respectivamente, “para plantear en un presente conflictos que han acosado a la humanidad a lo largo de su existencia: la injusticia, el abandono, la pasión”.[44] La investigadora encuentra además varios elementos intertextuales con los cuales “Wanda” “nos hace recordar historias infantiles que nos ponen en contacto con mitologías de sirenas y encantamientos, metamorfosis y hechizos [...] Wanda es un paradigma de alusiones al folclor y las mitologías mundiales”.[45] La autora identifica vínculos entre el cuento de Arredondo y otros textos y tradiciones literarias donde se aborda la relación entre un joven poeta y una mujer misteriosa asociada a los espíritus acuáticos, ondinas y sirenas, entre ellos: Bécquer (“Los ojos verdes”), Johann Wolfgang Goethe (“Der Fischer”), Friedrich de la Motte Fouqué (Die Undine), Heinrich Heine (Lorelei) y Jean Giradoux (Ondine). Principalmente, identifica un diálogo entre “Wanda” y “La sirenita” de Hans Christian Andersen, dado que “utiliza varias asociaciones con el clásico cuento infantil para subvertir totalmente la concepción amorosa de la ‘mujer sumisa y abnegada’”.[46] Asimismo, destaca la relación entre “Wanda” y “La Ondina del Lago Azul” de Gertrudis Gómez de Avellaneda, y califica el cuento de Arredondo como “en esencia, una reescritura de la historia de la Ondina”, donde “además del criado, también existe la intervención activa del padre en los acontecimientos. La semejanza entre el cuento de Avellaneda y el de Arredondo radica en el final trágico (la desaparición del poeta)”.[47]

Gracias a algunas entrevistas que diera Inés Arredondo a lo largo de su vida, es posible distinguir ciertas apropiaciones literarias más importantes para ella. Entre una multiplicidad de autores se mencionan a Juan Rulfo, Juan José Arreola, y a algunos de sus contemporáneos como Juan Vicente Melo (de quien dice, su novela La obediencia nocturna es una de las tres mejores novelas mexicanas), Thomas Mann, André Gide, Marcel Proust, James Joyce, William Faulkner, y Katherine Mansfield. En palabras de Arredondo,

no se trata pues de influencias directas, digamos, en el estilo de un escritor, sino de una postura ante la preceptiva, la moral literaria y los autores que nos formaron. Y ya que hablamos de influencias, como se dice ahora, yo creo venir de Chéjov, de Katherine Mansfield, de Cesare Pavese [...] Creo que es el caso de todos los escritores: tenemos padres, primos, hermanos, pero no gemelos.[48]

mostrar Los espejos de Inés Arredondo ante la crítica

A pesar de la escasez de su obra, compuesta por 34 relatos que integran sus tres únicos libros, y entre cuyas fechas de publicación existió –citando a Albarrán– un largo periodo de silencio, Christopher Domínguez Michael apuntó en 1988, tras la publicación de Los espejos, que Inés Arredondo ya está “grabada como un signo perdurable en el mapa de nuestras letras. Leyendo Los espejos sabemos que esa permanencia no sólo se produce como resultado de la pulcritud de su trazo, sino en la propia naturaleza extraterritorial de su obra".[49]

Sin embargo, once años después de la muerte de Arredondo, Claudia Albarrán advierte que se trata de una escritora

más aplaudida que leída, más adulada que comprendida [y] la figura de Inés –su vida, su obra, su trabajo intelectual– continúa siendo un enigma por descifrar, un laberinto cerrado en sí mismo por el que han deambulado las sombras, los rumores o el olvido, más que el deseo de los lectores y los críticos por comprenderla en profundidad. Y es que, en realidad, tanto la vida como la obra de Inés Arredondo ya forman parte de un mito, constituido más por el silencio que por las palabras.[50]

Pero aclara que la de Arredondo es “una obra escrita desde la lucidez, rumiada por una inteligencia feroz y extremadamente autocrítica, que no aceptó tropiezos ni otorgó concesiones”.[51] Según Domínguez Michael, Inés Arredondo “se sitúa entre los escritores para quienes la expresión es asunto de intimidad y no de historia”.[52] Los espejos destaca por “su prosa sutil, discreta, transparente, y el tono sostenido, libre de asperezas y exabruptos, que suele encontrar para escribir sus historias, le hacen merecer, sin duda, un lugar destacado entre los pocos narradores genuinos de las letras mexicanas de este siglo [xx]”.[53] De acuerdo con la misma autora, Inés Arredondo establece sus temáticas y poética en un pasaje del cuento “Río subterráneo”, donde la protagonista resume la actitud de la escritora: “Soy la guardiana de lo prohibido, de lo que no se explica, de lo que da vergüenza, y tengo que quedarme aquí para guardarlo, para que no salga, pero también para que exista”.[54]

Margarita Mejía Ramírez califica a Arredondo como “simplemente una de las mejores narradoras de México”,[55] y marca el impulso de la autora por deslindarse de su circunstancia de mujer, deseando que su obra se juzgue con neutralidad de género. Arredondo misma dijo querer

ser uno de los mejores narradores de México junto con los hombres’ [...] pues como menciona Miguel Ángel Quemain: ‘Quería ser el mejor escritor mexicano y combatió, el estúpido prejuicio que distingue entre literatura y literatura femenina’ [...] ‘A mí me gustaría estar entre los cuentistas, pero sin distingo de sexo, simplemente con los cuentistas’.[56]

Por su parte, Claudia Albarrán la distingue como “poeta maldita, guardiana de lo prohibido, niña perversa e imprudente, hechicera, loca”, y concluye que Inés Arredondo “supo hacer con las palabras y los silencios un verdadero arte de narrar”.[57]

Si bien la obra de Inés Arredondo fue breve, su capacidad para trastocar la normalidad de los escenarios cotidianos posee una fuerza excepcional que la ha establecido como uno de los ejemplos más notables de la narrativa mexicana del siglo xx.

mostrar Bibliografía

Albarrán, Claudia, “Inés Arredondo: el arte de saber decir y saber callar”, Destiempos, Revista de curiosidad cultural, núm. 19, año 4, marzo-abril, 2009, pp. 413-418. 

----, “Inés Arredondo y el México de los años sesenta”, Estudios, núms. 60-61, primavera-verano, 2000, pp. 19-46.

----, “Las mujeres de los cuentos de Inés Arredondo”, Debate Feminista, vol. 15, año 8, abril de 1997, pp. 93-99.

----, Luna menguante: vida y obra de Inés Arredondo, México, D. F., Casa Juan Pablos, 2000.

Arredondo, Inés, Cuentos completos, México, D. F., Fondo de Cultura Económica (Letras Mexicanas), 2011.

----, "Crónica de narrativa", reseña a Los espejos, por Fabienne Bradu, Vuelta, núm. 145, diciembre de 1988, pp. 43-45.

----, “Los espejos”, reseña a Los espejos, por Adela Iglesias, en Plural, núm. 208, vol. 18, enero de 1989, pp. 74-75.

Avendaño-Chen, Esther, Diálogo de voces en la narrativa de Inés Arredondo, Culiacán, Sinaloa (México), Dirección de Investigación y Fomento de Cultura Regional [Los Mochis, Sinaloa]/ Universidad de Occidente (Río subterráneo), 2000.

Buendía, Maritza M., Poética del voyeur, poética del amor, Juan García Ponce e Inés Arredondo, México, D. F., Universidad Autónoma Metropolitana/ Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/ Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, 2013.

Domínguez Michael, Christopher, “El mapa de Inés Arredondo”, Proceso, núm. 622, domingo 2 de octubre de 1988, s. p.

Frouman-Smith, Erica, “Women and the Problem of Domination in the Short Fiction of Inés Arredondo”, Letras Femeninas, núms. 1-2, vol. 23, primavera-otoño, 1997, pp. 163-170.

Mejía Ramírez, Margarita, “El trastrocamiento feminista de Inés Arredondo”, Destiempos, Revista de curiosidad cultural, núm. 19, año 4, marzo-abril, 2009, pp. 419-427.

Pereira, Armando, y Claudia Albarrán, Narradores mexicanos en la transición de medio siglo 1947-1968, México, D. F., Universidad Nacional Autónoma de México/ Instituto de Investigaciones Filológicas, 2006.

Robles, Martha, La sombra fugitiva. Escritoras en la cultura nacional: tomo ii, México, D. F., Universidad Nacional Autónoma de México/ Centro de Estudios Literarios, 1985.

Velasco, Raquel, “Tres mujeres en Inés Arredondo”, en La Palabra y el Hombre, núm. 121, enero-marzo, 2002, pp. 101-109.

mostrar Enlaces externos

Albarrán, Claudia, “Inés Arredondo: el arte de saber decir y saber callar”, (consultado junio de 2015).

Arredondo, Inés, “El presentimiento de la verdad”, entrevista por Miguel Ángel Quemain, (consultado junio de 2015).

----, “Entrevista a Inés Arredondo. Me apasiona la inteligencia”, por Mauricio Carrera, (consultado junio de 2015). 

----, "Material de lectura", (consultado junio de 2015).

Mejía Ramírez, Margarita, “El trastrocamiento feminista de Inés Arredondo”, (consultado junio de 2015).

Los espejos son los hijos, en donde los padres se ven reflejados con sus virtudes y defectos. Espejos, quizás, los desdoblamientos de la personalidad de quien, a través de la literatura, logra, como Inés Arredondo, compenetrarse con personajes cuyas circunstancias espacio temporales y psicológicas pueden ser tan lejanas como la imaginación lo permite, y verse reflejada en ellos, una vez que el relato cobra autonomía. Inés Arredondo recrea con su talento narrativo mundos de atmósferas misteriosas e intimistas; sus cuentos descubren lo apacible y sórdido a la vez de la vida provinciana, y hacen hablar a hombres y mujeres con claras connotaciones bíblicas, en quienes afloran los sentimientos más puros —el amor de los padres por los hijos, las revelaciones interiores de la infancia y la pubertad, la entrega amorosa total— y las pasiones más exacerbadas —sadomasoquismo, incesto, homosexualidad—, vividas, o mejor, padecidas hasta el límite de lo posible. Detrás de todo, impera un profundo sentido trágico, de donde se desprende una moraleja que parece decirnos que la vida no es más que aprender a sobrellevarla, aceptando las adversidades del destino.

De Inés Arredondo, Joaquín Mortiz ha publicado otro libro de cuentos, Río Subterráneo (1979).

* Esta contraportada corresponde a la edición de 1988. La Enciclopedia de la literatura en México no se hace responsable de los contenidos y puntos de vista vertidos en ella.


 

Otras obras de la colección (Serie del Volador):

Obras por número o año

Obras por género literario

Los palacios desiertos
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Cantar de ciegos
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador) / Alfaguara.

Tres cuentos
México, D. F. : Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

En presencia de nadie
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

En tela de juicio
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Figura de paja
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

La comparsa
México, D. F.: Universidad Veracruzana (Ficción) / Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Los relámpagos de agosto
La Habana, Cuba: Joaquín Mortiz (Serie del Volador) / Casa de las Américas.

El último oasis
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Farabeuf, o, La crónica de un instante
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Unos cuantos días
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Las visitaciones del diablo
México, D. F. : Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Beber un cáliz
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Desde el río
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Gazapo
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Cuadrivio
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Pepe Prida
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

La larga marcha
Traducción de Juan García Ponce. México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Las puertas del paraíso
Traducción de Sergio Pitol. México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Las fuentes legendarias
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Los climas
Ciudad de México: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Las dualidades funestas
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

De perfil
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Malafortuna
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).

Los falsos demonios
México, D. F.: Joaquín Mortiz (Serie del Volador).