Enciclopedia de la Literatura en México

El apando

mostrar Introducción

El apando, publicado por editorial Era en 1969, es la séptima novela de José Revueltas (1914-1976). Escrita entre los meses de febrero y marzo del mismo año desde la celda que ocupaba en la Cárcel Preventiva de Lecumberri. Es, quizá, la obra más comentada por la crítica y considerada por muchos una verdadera obra maestra del relato breve. Revueltas había ingresado al Palacio Negro acusado de incitación a la rebelión, asociación delictuosa, sedición, daño a propiedad ajena, ataques a las vías generales de comunicación, robo, despojo, acopio de armas, homicidio y lesiones.[1]

La historia del apando es la historia de una cárcel dentro de la cárcel, y es también la historia de la degradación del ser humano, de la involución que lleva a la barbarie. Sus protagonistas son seres a los que Revueltas conoció durante su confinamiento. Polonio, Albino y El Carajo son “presos comunes”, como aquellos que en algún momento atacaron a los presos políticos y a quienes el novelista retrata con los ojos atentos del observador incansable que siempre fue.

Entre la cárcel y la sociedad “libre” no hay diferencia. “Todos estamos presos” dice uno de los personajes de En algún valle de lágrimas (1957); ésta es la tesis de José Revueltas desarrollada a lo largo de su novelística y que sella con broche de oro en las páginas de El apando. Para el escritor, la sociedad “libre” marcha junto a la confinada creyendo pertenecer a su opuesto, cuando en realidad se trata de un mero reflejo.

mostrar Si luchas por la libertad tienes que estar preso

José Revueltas es uno de los escritores más congruentes que ha existido en el siglo xx mexicano y, en palabras de su contemporáneo Octavio Paz, “el hombre más puro de México”.[2] Porque no se ha dado en este país, y me atrevo a decir en Latinoamérica, un escritor de la talla moral de Revueltas. ¿Quién, de nuestros supuestos “intelectuales de izquierda”, estaría dispuesto a perder su libertad en defensa de sus convicciones políticas? José Revueltas no sólo defendió sus ideales, sino que en muchos casos la crítica a su partido le ganó el desprecio de sus propios camaradas. Uno de sus tantos logros como escritor fue haber hecho de su ética una estética, quizá por eso tenga más detractores que lectores en la república de las letras, mundillo tan corrupto como el político y donde varios de sus colegas se dejan seducir por el primer canto de sirenas.

El 16 de noviembre de 1968, cuatro días antes de cumplir cincuenta y cuatro años, José Revueltas fue detenido y acusado de asociación delictuosa, entre otros delitos. El escritor no opuso resistencia y se adjudicó el liderazgo de un Movimiento Estudiantil que sólo era la punta del iceberg de un inmenso hartazgo popular. ¿Lo hizo por “protagonismo” como algunos suponen? Resulta difícil creer que un hombre que durante gran parte de su vida había sido el centro de polémicas filosóficas y políticas, un intelectual reconocido que no tuvo empacho en decir lo que pensaba, asumiera tal liderazgo sólo para atraer los reflectores. José Revueltas no era un mediocre escritorcillo que de la noche a la mañana figuraba en las portadas de los periódicos.

En 1968 era uno de los más importantes escritores de su generación, respaldado por una fecunda obra que incluía ensayo, novela, cuento, guion, teatro y poesía. También resulta difícil pensar que el régimen en turno, que más sabía por diablo que por viejo, se “tragara” la versión de que un solo hombre manejó semejante movimiento. Convengamos en algo: Revueltas creyó que ayudaría echándose la culpa y, al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, le convino que lo creyera.

En palabras de Roberto Escudero, entonces integrante del Movimiento Estudiantil, "Revueltas se adjudicó el liderazgo porque creía que de esa manera ayudaba a los estudiantes";[3] pensó que si asumía el papel de líder los jóvenes quedarían en libertad. Al fin y al cabo él era un personaje público cuyas ideas políticas el régimen conocía muy bien y era fácil ligarlo a las protestas que terminaron con la masacre del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas. Pero de nada sirvió su intención porque todos fueron recluidos y él acusado de una decena de delitos. Hay que aclarar que la versión de que Revueltas pasó encarcelado la mitad de su vida forma parte de la leyenda. Según Philippe Cheron, las diversas estancias de Revueltas en prisión suman un total de cuatro años y cuatro meses,[4] es decir, mil quinientos ochenta días, número nada despreciable en la vida de cualquier ser humano.

Ingresó a Lecumberri el 18 de noviembre de 1968 y ahí pasó su cumpleaños; todo volvía al principio, como cuando festejó sus quince años en la Correccional. Pero ahora ya no era el jovencito orgulloso de su encarcelamiento como buen comunista que se preciara de serlo. Era, más bien, un militante maduro, sin partido y bastante decepcionado. En la cárcel no dejó de leer ni de escribir. El poeta Martín Dozal, quien compartió su celda durante dos años, lo recuerda como un hombre disciplinado y con gran sentido del humor que no dudaba en proponer lecturas y discusiones.[5] Privado de su libertad, volvía a los rusos, pero sobre todo a Soljenitsin, con quien se identificaba en varios aspectos. En una entrevista realizada por Ignacio Solares, Revueltas responde a la pregunta de por qué cierta franja de la izquierda rusa condenó a Soljenitsin: “El mayor problema es que no lo han leído. Sólo ven cómo lo ha utilizado el imperialismo para llevar agua a su molino. Y entonces, en un perfecto sofisma, Soljenitsin resulta un reaccionario”.[6] Revueltas parece hablar de sí mismo. El año pasado, durante los festejos por el centenario del nacimiento del escritor, contacté a algunos ex militantes del Partido Comunista Mexicano, ahora desperdigados en una izquierda más semejante a una hidra desorientada que a la cabeza del proletariado. Varios de ellos criticaron las posturas políticas de Revueltas y lo tacharon de “mal escritor”, aunque reconocieron no haberlo leído. En su momento, también resultó un reaccionario con la publicación de Los días terrenales (1949) y Los errores (1964).

La frase con la que Elena Poniatowska titula una de sus entrevistas resume la postura de José Revueltas ante la vida: “Si luchas por la libertad tienes que estar preso, si luchas por alimentos tienes que sentir hambre”.[7] Hay que tener en cuenta el contexto en el que emite este juicio. No lo dice desde la comodidad de un escritorio. Lo dice desde la soledad de una celda, acusado de delitos que no ha cometido y con un estado de salud bastante frágil. Sólo quien ha padecido en carne propia la cárcel puede defender a capa y espada la libertad, nos dice Revueltas, y parece una postura bastante radical. Sin embargo, hay que aceptar que quienes no hemos pisado nunca una prisión poco y nada podemos alegar contra esta sentencia, por más Bentham y Foucault que hayamos leído.

En cuanto a su postura en relación al panorama intelectual y literario en Latinoamérica, Revueltas expresó un abierto rechazo al Boom, fenómeno latente durante el periodo de escritura y publicación de El apando. Según el escritor, el movimiento era "una estupidez editorial hecha por las empresas a la cual se han prestado [...] muy tontamente los escritores”. Y continúa este argumento con un juicio que expone la situación de las letras en dicha época: “...Además es falsa. No hay nada de boom sólo por que nos lean un poco más en España. [...] Qué boom ni qué nada. Nos ignoran como perros”.[8]

mostrar La geometría enajenada

La geometría es una de las ciencias más antiguas de la Humanidad, una de las más prestigiadas también. El campo donde se aplica es amplio: física, mecánica, arquitectura, geografía, cartografía, astronomía, náutica, topografía, balística, diseño y artesanía. Quizá por eso el autor elige el pensamiento más elevado de la Humanidad para aplicar su teoría de la enajenación.

A lo largo de El apando, Revueltas se refiere a la cárcel como a un cubo. En gran parte de su obra se observa el juego espacio-geométrico. Basta recordar un cuento como “La conjetura”, incluido en Dios en la tierra (1944): allí se habla de la salina como de una “geometría cegadora”, y la referencia final a la sal como “cuerpecitos poliédricos que hieren los pies descalzos”, recoge la diseminación geométrica referida a las múltiples caras, no del poliedro sino del hombre.

En el final de Los días terrenales (1949), Gregorio despierta en una celda y siente sobre su hombro “la perpendicularidad del otro muro”, cierta presión que describe como una “noción difícil y primitiva del cubo”; de ahí en adelante la referencia al “cubo” es constante hasta el momento cumbre, cuando escucha los pasos de sus verdugos. Se cierra así la referencia geométrica con la derrota del personaje, lo mismo sucede en el final de El apando, cuando se produce la lucha entre celadores e internos: “en un diabólico sucederse de mutilaciones del espacio, triángulos, trapecios, paralelas, segmentos oblicuos o perpendiculares, líneas y más líneas, rejas y más rejas, hasta impedir cualquier movimiento de los gladiadores y dejarlos crucificados sobre el esquema monstruoso de esta gigantesca derrota de la libertad a manos de la geometría”.

En 1975, un año antes de su muerte, José Revueltas asiste a la Universidad Veracruzana donde se desarrolla un seminario sobre El apando. Allí dice el autor que su último libro es una pequeña novela que lleva al límite todos los cuestionamientos: “La cárcel misma no es sino un símbolo, porque es la ciudad cárcel, la sociedad cárcel. No sé si habrán reparado en un pequeño párrafo donde hablo de ‘la geometría enajenada’: es la invasión del espacio, cuando también ellos [los personajes Albino y Polonio] van siendo cercados por los tubos y quedan ahí como hilachos colgantes. Y hago hincapié exactamente en ese término, que es probablemente el eje metafísico, el eje cognoscitivo de toda la novela”.[9]

Aquí, como en el cuento “Hegel y yo” –también de trasfondo carcelario–, Revueltas vuelve a sus influencias filosóficas. Si para Hegel la “enajenación” del sujeto es el mecanismo por el cual el espíritu busca el autoconocimiento en su acontecer colectivo, sin por ello anular su individualidad, para Revueltas el mejor espacio donde situar el espíritu enajenado es la cárcel. Es ahí donde el hombre puede llegar al verdadero autoconocimiento a través del otro. Es en la cárcel escribe Revueltas en Los errores y lo lleva a la práctica en El apando donde el hombre se conoce desnudo, en toda su “atroz” humanidad. Nada mejor que una celda para conocer al otro y, por lo tanto, conocerse a uno mismo. Es por ello que los personajes se presentan en parejas: mono y mona; mono y mono; Albino y Polonio; la Chata y la Meche; El Carajo y su madre. En el fondo, estos dúos son uno y el mismo, como El Carajo quien a través de un juego simbólico se resiste a salir del vientre materno, y su madre que le reclama: “No debería haberte parido”.

mostrar Los monos y las monas

Evodio Escalante uno de los críticos con mayores aportes a la obra de José Revueltas y a quien debemos el acertado título de “una literatura del lado moridor”, que tan bien refleja la producción revueltiana escribe que el inicio de El apando esconde “cierto sesgo homofóbico”.[10] Deduce esto de la descripción con que inicia la novela: “Estaban presos ahí los monos, nada menos que ellos, mona y mono, bien, mono y mono, los dos, en su jaula”.[11] Para el joven investigador José Manuel Mateo, esta apertura, más que una connotación sexual indica: “el lejano índice edénico de una falta (de una ausencia) que permanece vigente en el cuerpo de los monos-policía: aunque parecen hombres (y mujeres), su perfil antropomórfico está varado en el punto mismo que marca el primer instante del universo”.[12]

Mateo recuerda que el autor utiliza este recurso en otros inicios de novelas, como el caos de Los días terrenales y esa “especie de infinito” con la que inaugura Los errores. Partiendo de esta tesis, el narrador de El apando nos remite al inicio del Universo, cuando al caos siguió el orden, y al orden la ley del Supremo mono, el vigilante mayor, el ojo que todo lo ve, y la orden máxima de no transgredir ciertos espacios de la cárcel-paraíso. Pero la transgresión no fue suficiente, porque a la supuesta “liberación” la opacó la culpa, el fratricidio, la prueba terrible de asesinar al unigénito y un largo etcétera que pervive hasta nuestros días. Ergo, la historia del hombre se reduce a la falta de libertad. La cárcel, en todas sus expresiones (tanto físicas como mentales), es el “cubo” al que fue confinado el ser humano, alfa y omega de su existencia, memoria de su caída. En El apando se hace referencia a los monos como a seres antropomórficos “varados en el punto mismo que marca el primer instante del universo”.[13] Pero también se observa la inconsciencia de su propio encierro. Los monos son “tan estúpidos” que no se dan cuenta de que ellos también están cautivos. Presos los internos, presos los celadores y presas las visitas, porque la cárcel no acaba en la reja de salida, se extiende a la ciudad, al país y al mundo.

La tesis de que “todos estamos presos” o la de “tener la ciudad por cárcel” no está nada alejada de la realidad si pensamos en las cámaras de vigilancia que nos monitorean en las calles, en los parques, en los centros comerciales, en las fábricas, en las oficinas, en las escuelas, en las bibliotecas y en los hospitales. Con sólo referir el número de pasaporte o la credencial de elector, el Estado lo sabe todo: dónde vivimos, a qué nos dedicamos, qué leemos, etc. Recordemos que también los nazis identificaban a sus prisioneros gracias a un número. Si desarrollamos la teoría de Revueltas a nivel nacional, el Estado es el gran mono que vigila al ciudadano común y hace la vista gorda ante el poderoso; entonces el país se convierte en un panóptico tan perfecto que es capaz de desaparecer personas de la noche a la mañana sin que nadie vea nada. Porque ésa es la gran ventaja diseñada por Jeremy Bentham: el vigilante lo ve todo, el vigilado no.[14]

Hay que destacar que ya en la década de los sesenta, José Revueltas hablaba abiertamente del narcotráfico enquistado en el sistema carcelario mexicano y de los arreglos de los directivos con los capos. Delito que las autoridades del siglo xxi creen haber descubierto y ante el cual se rasgan hipócritamente las vestiduras.

mostrar Mamacita santa

La imagen de la mujer ha sido muy cuestionada en la obra de José Revueltas. Para algunos, se trata de un escritor misógino empeñado en denigrar al sexo opuesto. La mayor parte de las mujeres que presenta Revueltas son prostitutas. En El apando hay un trío de mujeres: la Chata, la Meche y una anciana. Las primeras son amantes de Polonio y Albino, la vieja es la madre de un despojo humano apodado El Carajo.

La madre innominada de El Carajo tiene su antecedente en la de Mario Cobián de Los errores, también innominada. Recordemos que Mario asesina a su propia madre, a la que se refiere como “mi mamacita santa”. Con esta paradoja se muestra una constante de la sociedad mexicana: “El problema de la madre en México es un problema de orfandad; tan es así que para sustituir la devastación, el despojo absoluto de que la Conquista hizo víctimas a los aborígenes, surge la Virgen de Guadalupe, la Madre colectiva, la Madre Nacional y ahora ya casi la Madre de América”.[15] Pero la orfandad del mexicano es casi siempre del lado paterno. El padre ausente cuya máxima caracterización literaria es Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo es la constante de muchos hogares en los que la mujer es la responsable de la crianza de los hijos. La madre se convierte así en el apoyo, pero también en el sujeto dominante del hijo que venera en ella la imagen misma de la Virgen María, de allí la gran ofensa del insulto “chinga a tu madre” o “hijo de la chingada”.

La madre de El Carajo es el personaje femenino más importante en la trama de El apando. Si bien las otras dos mujeres tienen un papel significativo porque representan los deseos frustrados de los reclusos y de las monas que abusan en cada revisión, es esta mujer adulta, abnegada y sufrida quien se lleva la principal carga simbólica de la novela. La descripción no tiene desperdicio, la madre está sentada en la sala de defensores: “con el vientre lleno de lombrices que le caía como un bulto encima de las cortas piernas con las que no alcanzaba a tocar el suelo, hermética y sobrenatural a causa del dolor de que aún no terminaba de parir a este hijo que se asía a sus entrañas mirándola con su ojo criminal, sin querer salirse de claustro materno, metido en el saco placentario, en la celda”.[16]

La mujer no termina de parir a ese hijo tullido, tuerto, cojo y drogadicto. Los males físicos y morales se acumulan en el engendro y por eso le recrimina: “No debería haberte parido”. Encargada de trasladar en su vagina la droga-extensión del hijo, la anciana es la elegida porque con ella “las monas no se atreven”, a ella sí la respetan. En las revisiones, las celadoras manosean a las amantes de los internos, pero la anciana, además de su edad, es digna de respeto porque pertenece más al mundo masculino que al femenino, de allí la frase del narrador respecto a “lo macha” que resultaba ser por haber aceptado la propuesta.

La madre de El Carajo logra su propósito, pero es traicionada por su hijo, quien al final la denuncia, liberándose del saco placentario-cárcel para caer nuevamente en un apando. Porque ése es el lugar que seguramente le espera después del motín. La anciana se convierte en la antípoda de la Dolorosa y asume el papel de madre del traidor. ¿Acaso Judas no tenía madre? La delación de El Carajo, máxima expresión de vileza tratándose de la mujer que le dio la vida, lo devuelve al sitio al que pertenece. El Carajo corta el cordón umbilical y se libera de la autoridad materna para caer en la cárcel dentro de la cárcel. Así, el hombre comprueba una vez más que no hay escapatoria posible porque desde el principio de los tiempos está condenado al encierro.

mostrar Recepción

Entre noviembre de 1969 y diciembre de 1971 se escribieron alrededor de diez reseñas sobre El apando. La cifra se asemeja a la que siguió a la publicación de Los errores (1964), sólo que en esta ocasión la recepción fue bastante positiva. Entre los reseñistas más reconocidos figuran Rosario Castellanos, Hernán Lavín Cerda, José de la Colina, María Elvira Bermúdez, Luis Javier Garrido y Miguel Donoso Pareja. Todos, salvo Miguel Donoso Pareja, se refieren a El apando como novela breve o simplemente novela.

El chileno Hernán Lavín Cerda se adelanta a lo que tiempo después verá el cineasta Felipe Cazals en la séptima novela de José Revueltas: “El apando tiene la fuerza visual y la riqueza de detalles de un guión cinematográfico […]. El carácter fílmico de la narración me parece verdaderamente destacable”.[17] El texto de Hernán Lavín Cerda destaca este recurso y asevera que el lenguaje “opera como una cámara que se acerca a los detalles, de preferencia para situar en primer plano ciertos ángulos de náusea y crueldad”.[18] Para el crítico, en las páginas de El apando Revueltas mezcla la picaresca española (Rinconete y Cortadillo de Cervantes), las pesadillas de Dostoyevski y la violencia de Faulkner. Hay que destacar una muy buena observación de Lavín cuando se afirma que: “El lenguaje respalda con exactitud una construcción casi musical de violencia ‘in crescendo’ que culmina en un pandemónium carcelario al desbaratarse el plan de los drogadictos”.[19] Martín Dozal recuerda que José Revueltas le comentó que mientras escribía El apando tenía en mente “El bolero de Ravel”.[20] Y el pandemónium del que habla el reseñista es nada más y nada menos que la “geometría enajenada” del final.

José de la Colina también alaba el lenguaje de esta “novela corta” y destaca su carácter “agónico”, adjetivo que extiende a toda la producción de José Revueltas porque “en ella no hay más que lucha, aunque a veces –la mayoría de las veces, precisamente– esa lucha no es manifiesta, ocurre sordamente, en los entresijos de la sociedad, en el alma de los individuos”.[21]

En cuanto a esta opinión me permito un paréntesis. Yo agregaría que no sólo la obra de José Revueltas sino su existencia fue “agónica” en el sentido unamuniano del término, porque así como San Manuel Bueno se debatía entre razón y fe, y compadecía el credo ciego “del carbonero”, José Revueltas mantuvo durante toda su vida una constante lucha entre el dogma y la heterodoxia de su partido, y compadeció a los militantes que como el viejo tranviario Eusebio Cano de Los errores– sentían “el mismo amor por el partido, el amor elemental, casto, sin sospechas, que se tiene hacia una esposa fiel”.[22] En este aspecto, tanto Unamuno como Revueltas, uno en torno al cristianismo y otro al comunismo, fueron dos agónicos. Siempre en lucha, vivieron al filo de la herejía y murieron atormentados por la duda. El primero, en la incertidumbre de un Dios omnipotente; el segundo, en la sospecha de una doctrina infalible.

En otro párrafo de su reseña, José de la Colina destaca: “Los personajes de Revueltas son torturados. ¿Por quién? Por Revueltas mismo. Llama la atención que al final de este relato los personajes principales, presos comunes en una celda de incomunicación, sean inmovilizados, después de su revuelta en una geométrica estructura de tubos intercalados entre los barrotes, cercándolos en el espacio, apresándolos en una especie de celda dentro de la celda, elevada al cubo”.[23] El concepto con el que De la Colina ilustra esta novela es el más acertado para describir la idea de prisión que logra transmitir la misma: apandados + barrotes + tubos = celda al cubo. Sensación que se transmite en el uso del lenguaje, ese “cuadriculado cubo de palabras” que asfixia al lector. El reseñista concluye que la obra de Revueltas “al contrario de ser pesimista o fatalista, como algunos pretenden, es eminentemente trágica”.[24]

En coincidencia con José de la Colina, María Elvira Bermúdez escribe una breve reseña en la que califica a El apando como novela corta “sobresaliente” que muestra “un ambiente de miseria moral, que no obstante su vulgaridad alcanza relieves de tragedia auténtica”.[25] Para la autora de Muerte a la zaga (1985) en la prosa “directa y fuerte de José Revueltas, los personajes corrientes y prostituidos de una cárcel podrán merecer compasión o repulsa, pero nunca una remilgada indiferencia”.[26]

A la vez que Bermúdez hace hincapié en el carácter “trágico” de la novela y alaba la construcción de los personajes, Rosario Castellanos afirma que “[e]l testimonio de Revueltas es un testimonio de cargo y lo rinde con aquellas palabras en las que el idioma ha acumulado toda la pasión de la cólera justiciera, todos los fantasmas de la obscuridad, todo el horror del desamparo”.[27] Castellanos finaliza su comentario preguntándose “¿Quién es capaz de distinguir entre el verdugo y la víctima?”.[28] Y es que en esta novela no hay ni víctimas ni verdugos; más bien, los personajes intercambian sus roles para dar paso a un sistema cerrado, a un círculo vicioso que forma parte de esa “geometría enajenada” de la que es imposible salvarse porque tanto vigilados como vigilantes pertenecen al panóptico mayor.

A esta idea apunta Argelio Gasca cuando se pregunta: “¿Hay alguien que esté completamente seguro de que el mundo no es ‘precisamente’ un cuarto con la puerta cerrada?”.[29] Para el crítico, Revueltas “se desesperó, hurgó y halló finalmente el ojo de la cerradura”.[30] Gasca concluye que “sería absurdo no reconocer en este denso tejido que es El apando una gran cantidad de conocidas costumbres mexicanas, en su gesto más drástico”.[31] Hemos de suponer que la frase “conocidas costumbres” se refiere al sistema de corrupción que permea la novela, a la imagen de la madre y al rol de la mujer en la sociedad mexicana.

Por su parte, Luis Javier Garrido escribe que el novelista ha evolucionado como escritor y que, pese a su brevedad, El apando es “la más cabal y equilibrada de sus novelas”.[32] Garrido coloca al autor de Dios en la tierra (1944) al mismo nivel de los grandes narradores del siglo xx al afirmar: “Es cierto que la debatida obra literaria de Revueltas, discreta y lúcida, no es, por su dureza, accesible a un público fácil. La obra de Franz Kafka tampoco lo es”.[33]

Finalmente, me ocupo de la reseña del ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, el único entre los críticos que clasifica a El apando como un “cuento largo” y, en sintonía con Garrido, considera a El Carajo como “un hermano del Gregorio Samsa de La metamorfosis, hijos ambos del Hipólito dostoivskiano, aunque más miserable, más doloroso aún el personaje de Revueltas porque el sentido de su destrucción va mucho más allá de cualquier sujeción ética límite, más allá incluso de los propios instintos”.[34] Para Donoso Pareja la delación del Carajo cierra en un perfecto círculo esa escala animal que abre el texto: “Al final, las cosas llegan a un clímax en que el mono-hombre, el descendido en la escala zoológica, actúa como tal, absolutamente de acuerdo con su condición, aferrándose a su instinto básico, el de la conservación de la vida”.[35]

Como se ha podido observar a lo largo de este recorte crítico, la recepción que siguió a la publicación de El apando fue completamente favorable. A diferencia de Los días terrenales (1949) y Los errores (1964), la séptima novela de José Revueltas obtuvo los aplausos de un público entusiasta que la colocó entre las mejores del novelista y a él al mismo nivel de Franz Kafka, Faulkner o Dostoyevski. La gran diferencia radica en que en este texto están ausentes los comunistas atormentados y mártires; pero ante todo, en que la mayoría de los reseñistas eran literatos antes que militantes y supieron valorar la prosa de un hombre que no hacía más que trasmitir su entorno. El apando no es una denuncia social, ni un panfleto, ni siquiera un tratado penitenciario: es, ante todo, un símbolo de la opresión, porque las cárceles (físicas o mentales) sólo dejarán de serlo cuando el hombre-mono tome verdadera conciencia de ellas y rompa las cadenas de su involución.

mostrar La película

El apando (1975), bajo la dirección de Felipe Cazals se estrenó el 5 de agosto de 1976. José Revueltas, quien había participado en la redacción del guion junto a José Agustín, no alcanzó a ver el estreno. El elenco estuvo integrado por Salvador Sánchez (Albino); Manuel Ojeda (Polonio); José Carlos Ruiz (El Carajo); Delia Casanova (La Chata); María Rojo (Meche); Luz Cortázar (Madre de El Carajo). Esta cinta figura entre las cien mejores del cine mexicano en el lugar sesenta.

La versión de Cazals logra transmitir la atmósfera opresiva de la novela, escrita en un solo párrafo y sin ningún descanso más que el punto final. Las interpretaciones son bastantes apegadas a la versión original. Quizá, para plantear cabalmente la idea del encierro total le faltó ahondar en las vidas de los celadores “afuera”. Si bien lo intenta, el tratamiento no alcanza a mostrar el concepto revueltiano de ciudad-cárcel.

Uno de los mayores aciertos de la película es la actuación de la madre de El Carajo, sobre todo porque no se trata de una actriz profesional sino de una mujer común y corriente, una vendedora de hierbas medicinales en un puesto callejero. Esta mujer es el rostro perfecto de la Coatlicue impávida ante la traición del hijo, patrona de la vida y de la muerte, la misma que fecunda y maldice su maternidad.

Ésta es la única obra de Revueltas llevada al cine; no es un autor muy solicitado para este tipo de adaptaciones debido quizá a la complejidad filosófica de sus novelas. Sin embargo, un texto que parece escrito para el cine es Los errores, no sólo por su descripción de la ciudad de México de la primera mitad del siglo xx, sino por los personajes del hampa y la doble trama que permitiría la inclusión de la técnica del flashback para orientar al espectador en cuanto a la trama policial y la política que terminan anudándose al final.

mostrar Bibliografía

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Concentracion del tiempo y el espacio, lugar de tensiones entre vigilados y vigilantes, que pueden ver intercambiadas sus posiciones, aqui la carcel, el "Palacio Negro" de Lecumberri, se convierte en un pequeño y tenso mundo tragico, circunscrito por una estructura narrativa vigorosa, por un lenguaje implacable que adquiere la textura misma de estas vidas llevada al limite, acosadas por sus obsesiones, sus temores, sus ansias. Obra maestra de la novela corta, El Apando reafirma a un escritor capaz de dar el maximo de intensidad en el minimo de extension y de imprimir en nuestra memoria un nucleo de personajes desgarradamente vivos.

* Esta contraportada corresponde a la edición de 1979. La Enciclopedia de la literatura en México no se hace responsable de los contenidos y puntos de vista vertidos en ella.


Concentración del tiempo y el espacio, lugar de tensiones entre vigilados y vigilantes, que pueden ver intercambiadas sus posiciones, aquí la cárcel, el “Palacio Negro de Lecumberri, se convierte en un pequeño y tenso mundo trágico circunscrito por una estructura narrativa vigorosa, por un lenguaje implacable que adquiere la textura misma de estas vidas llevadas al límite, acosadas por sus obsesiones, sus temores, sus ansias. Obra maestra de la novela corta, El apando reafirma a un escritor capaz de dar el máximo de intensidad en el mínimo de extensión y de imprimir en nuestra memoria un núcleo de personajes desgarradamente vivos.

* Esta contraportada corresponde a la edición de 2013. La Enciclopedia de la literatura en México no se hace responsable de los contenidos y puntos de vista vertidos en ella.


Concentración del tiempo y el espacio, lugar de tensiones entre vigilados y vigilantes, que pueden ver intercambiadas sus posiciones, aquí la cárcel, el “Palacio Negro de Lecumberri, se convierte en un pequeño y tenso mundo trágico circunscrito por una estructura narrativa vigorosa, por un lenguaje implacable que adquiere la textura misma de estas vidas llevadas al límite, acosadas por sus obsesiones, sus temores, sus ansias. Obra maestra de la novela corta, El apando reafirma a un escritor capaz de dar el máximo de intensidad en el mínimo de extensión y de imprimir en nuestra memoria un núcleo de personajes desgarradamente vivos.
* Esta contraportada corresponde a la edición de 2016. La Enciclopedia de la literatura en México no se hace responsable de los contenidos y puntos de vista vertidos en ella.


 

Otras obras de la colección (Alacena):

Obras por número o año

Obras por género literario

Los pájaros
México, D. F.: Era (Alacena).

Aura
México, D. F.: Ediciones Era (Alacena).

Grecia 60: Poesía y verdad
México, D. F.: Era (Alacena).

Breve historia de Coyoacán
Fotografías de Ricardo Salazar. México, D. F.: Era (Alacena).

Ha vuelto Ulises
México, D. F.: Era (Alacena).

La noche
México, D. F.: Era (Alacena).

Oración del 9 de febrero
Autor secundario Gastón García Cantú. México, D. F.: Era (Alacena).

Antes del reino
México, D. F.: Ediciones Era (Alacena).

Cuentos Pánicos
México: Era (Alacena).

Fin de semana
México, D. F.: Era (Alacena).

Un otoño en el aire
México, D. F.: Era (Alacena).

Geografía
México, D. F.: Era (Alacena).

La señal
México, D. F.: Era (Alacena).

La primera batalla
México, D. F.: Era (Alacena).

Los trabajos perdidos
México, D. F.: Era (Alacena).

Canciones de amor y sombra
México, D. F.: Era (Alacena).

Teatro pánico
Dibujos de José Luis Cuevas. México, D. F.: Era (Alacena).

Muerte de Miss O
México, D. F.: Era (Alacena).

Narda o el verano
México, D. F.: Era (Alacena).

No hay tal lugar
México, D. F.: Ediciones Era (Alacena).

Relación de los hechos
México: Ediciones Era (Alacena).

Historias y poemas
México, D. F.: Era (Alacena).

El viento distante y otros relatos
México, D. F.: Era (Alacena).

El apando
México, D. F.: Ediciones Era (Alacena).

Sólo esta luz
México, D. F.: Era (Alacena).