Enciclopedia de la Literatura en México

Rosario Castellanos

Diana del Ángel
2018 / 05 mar 2018

mostrar Introducción

in memoriam Raúl Ortiz y Ortiz[1]

Rosario Castellanos (1925-1974) es una de las escritoras mexicanas más reconocidas a nivel nacional e internacional. Combinó su labor creadora con la promoción cultural, la docencia, el periodismo y la diplomacia. Incursionó con éxito en la novela, el cuento, la poesía y la dramaturgia. Obras como Balún Canán, Oficio de tinieblas, Álbum de familia o Poesía no eres tú son indispensables en la literatura mexicana, pues dan cuenta de dos aspectos que hasta entonces no habían sido tratados literariamente o se habían trabajado con una perspectiva sesgada: la mujer y lo indígena. La escritora rehuyó las clasificaciones de indigenismo y feminista, pues su literatura abordaba ambas temáticas sin apegarse a un programa de ideas específico y sin idealizar a los personajes. 

La autora cultivó con empeño y rigor la escritura creativa y periodística: dejó un sinnúmero de colaboraciones en periódicos y revistas. En su época no recibió la atención que merecía, sin embargo después de su muerte los estudios sobre su obra, el reconocimiento de sus ideas y compromisos, el interés de los lectores por sus libros ha ido en ascenso. Murió en Tel Aviv, mientras ostentaba el cargo de Embajadora de México. Sus restos fueron traídos a la Rotonda de las Personas Ilustres. 

mostrar Infancia es destino o cómo resignificar el dolor

Rosario Castellanos Figueroa (25 de mayo de 1925) nació en la Ciudad de México porque su familia se encontraba de paso en la capital durante un viaje. Inmediatamente, fue llevada a Comitán, Chiapas, donde vivió toda su infancia. Su madre, Adriana Figueroa y su padre, César Castellanos, eran una pareja tradicional en todos los sentidos: mientras él se dedicaba a los negocios de la plantación de café y del ingenio azucarero, ella se distraía en reuniones domésticas. La reforma cardenista produjo la pérdida de muchos de los territorios paternos entre 1936 y 1940. A la muerte de sus padres, la autora recibió como herencia parte de las tierras que su padre había conservado: ella decidió devolverlas a los dueños originarios. 

Muchas de las experiencias vividas cuando niña serán para Rosario materia de escritura en su carrera posterior. El interés por los pueblos indígenas se debió a la convivencia con su nana Rufina, tzeltal, quien le contaba las historias de su pueblo y le hablaba en su lengua materna. A ello se suma, que en la sociedad comiteca era muy común que los hijos de los patrones tuvieran, además de sus juguetes, una niña o niño indígena que les hiciera compañía. Esta costumbre de las cargadoras “consistía en que el hijo de los patrones tenía para entretenerse, además de sus juguetes que no eran muchos y que eran demasiado ingenuos, una criatura de su misma edad.” María Escandón fue esa niña para Rosario, dice la autora: “Yo no creo haber sido excepcionalmente caprichosa, arbitraria y cruel. Pero ninguno me había enseñado a respetar más que a mis iguales y, desde luego mucho más a mis mayores. Así que me dejaba llevar por la corriente”.[2] A Rosario Castellanos la acompañó María Escandón y lo hizo no sólo durante la infancia sino hasta el casamiento de la escritora con el filósofo Ricardo Guerra.[3]

Otra de las experiencias que marcaron la vida y la obra de la escritora fue la muerte de su hermano menor, Benjamín, quien murió a la edad de 7 años en 1933. Este hecho fue un parteaguas para la niña Rosario, no sólo por lo que implica la pérdida de un ser querido, sino por lo que significó para sus padres, quienes hubieran preferido no perder al varón de la familia. “Aunque nunca me lo dijeron directa y explícitamente, de muchas maneras me dieron a entender que era una injusticia que el varón de la casa hubiera muerto y que en cambio yo continuara viva y coleando. Siempre me sentí un poco culpable de existir”[4] confiesa la autora a su “niño Ricardo”. Este pasaje biográfico aparecerá transformado en Balún Canán (1957), donde la protagonista, una niña de ocho años, pierde a Mario, su hermano menor.

mostrar Llegada a la Ciudad de México

Castellanos llegó a los 16 años al entonces Distrito Federal para estudiar la secundaria, donde trabó amistad con la también poeta Dolores Castro (1923). Posteriormente ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam), pero de inmediato se cambió a la carrera de Filosofía. En ese entonces las instalaciones universitarias se encontraban en el caserón de Mascarones, en la colonia Santa María la Ribera; ahí se encontró nuevamente con Castro. A los 18 años comenzó a publicar en la Revista Antológica América, que dirigían Marco Antonio Millán y Efrén Hernández.

Formó parte del Grupo de los Ocho poetas mexicanos, en el que se encontraban también Dolores Castro, Javier Peñalosa (1921-1977), Alejandro Avilés (1915-2005), Octavio Novaro (1910-1991), Efrén Hernández (1904-1958), Honorato Ignacio (1898-1974) y Roberto Cabral del Hoyo (1913-1999), llamado así por una antología del mismo nombre. “Se reunían semanalmente para leerse sus textos y un día Alfonso Méndez Plancarte les publicó una antología titulada precisamente Ocho poetas”.[5] Como grupo no tuvieron un manifiesto estético ni un programa ideológico, de ahí que Benjamín Barajas los estudie en dos rubros: poéticas de la revelación y poéticas de la meditación, en el cual incluye a Castellanos.[6]

Por otro lado, la autora es considerada dentro de la Generación del 50, donde también se integran escritores como Jaime Sabines (1926-1999) y Carlos Fuentes (1928-2012). Ezequiel Maldonado y Concepción Álvarez Casas opinan que hay dos rasgos que distinguen a Castellanos dentro de este grupo: “iniciar una profunda reflexión crítica sobre la mujer mexicana y develar la presencia indígena contemporánea”, es decir “dos sujetos invisibles para la ideología dominante”.[7] Estos dos factores son los que han hecho que la literatura de Castellanos con el tiempo vaya cobrando interés entre los lectores y estudiosos, pues no es una exageración decir que la escritora se adelantó a su tiempo. Emilio Carballido, amigo de la autora amplía el ámbito en que se desenvolvía al mencionar a los centroamericanos “Tito Monterroso, Carlos Illescas, Otto Raúl González, Ernesto Cardenal, Ernesto Mejía Sánchez, Rubén Bonifaz Nuño”. El dramaturgo cuenta que se reunían en el café de la casa de Mascarones.[8]

Después de terminar la licenciatura obtuvo el grado de maestra en filosofía en la unam, con la tesis Sobre cultura femenina (1950) que es una reflexión “en torno a la marginalidad de las contribuciones literarias, artísticas y científicas de las mujeres a la cultura occidental”. Gabriela Cano considera que si bien la “conclusión filosófica” fue pronto superada permanece la fuerza de las imágenes literarias con que Castellanos hiló sus argumentos.[9]

mostrar Viaje a Madrid para volver al terruño

Después de graduarse como Maestra en filosofía obtuvo una beca en el Instituto de Cultura Hispánica, y en 1950 realizó cursos de posgrado sobre estética y estilística en la Universidad de Madrid. Cartas a Ricardo (1996) recoge la experiencia del trayecto en barco a la península ibérica, así como algunas de sus experiencias en la capital española. Dolores Castro evoca ese viaje con estas palabras: “recuerdo a Rosario, en mar abierto, sonriente, plena de vida en la cubierta de aquel barco cuya travesía de un mes entre Veracruz y Barcelona nos hizo reír muchas veces, o llorar por nada”.[10] Durante su estancia en la capital española se acercó a la obra de santa Teresa y san Agustín. De estas lecturas vendrá su acercamiento a la mística. Fernando Martínez Ramírez da cuenta de que en Madrid Castellanos publica Presentación al templo (1951). 

A su regreso, en 1952 fue directora del Instituto Chiapaneco de Ciencias y Artes de Chiapas, en Tuxtla Gutiérrez, donde dirigió un grupo de teatro guiñol, tzeltal-tzoltzil, “Teatro Petul” para el que escribía guiones, cuyos temas eran la alfabetización y la difusión de la higiene dental, entre otros. De 1958 a 1961, redactaba textos escolares en el Instituto Nacional Indigenista de México. Castellanos combinó su labor como funcionaria pública con la de escritora, de 1954 a 1955 gracias a la beca Rockefeller, que por entonces se otorgaba en el Centro Mexicano de Escritores, escribió poesía y ensayo. 

En 1958 se casó con Ricardo Guerra, con quien tuvo tres hijos pero los dos primeros murieron; Lívida luz (1960) guarda registro de uno de estos eventos en la dedicatoria: “A la memoria de mi hija”. El tercero fue Gabriel, quien aparece frecuentemente mencionado y como destinatario de los textos rosarinos, de hecho el último artículo publicado en Excélsior se llamó “Recado a Gabriel”. De 1961 a 1966 fue jefa de Información y Prensa en la unam, con el rector Dr. Ignacio Chávez, por cuya salida estrepitosa de la universidad la poeta renunció al cargo.

El último cargo público que Castellanos ostentó fue el de embajadora de México en Israel. En la ceremonia donde fue nombrada, “el 15 de febrero de 1971, Rosario pronunció un discurso que podría ser el punto de partida del feminismo en México, su propio cambio de actitud fue radical”.[11] Por desgracia no tuvo tiempo suficiente para desarrollar esa nueva faceta.

mostrar Rosario, maestra

Otro aspecto de gran importancia en la vida de la autora fue la docencia. A decir de Elena PoniatowskaRosario concibe el magisterio como apostolado”,[12] pues era extremadamente atenta al resolver las dudas de sus alumnos. En la Facultad de Filosofía y Letras de la unam, entre 1962 y 1971, impartió clases de literatura comparada, novela contemporánea y seminario de crónica; durante su estancia en Chiapas impartió clases en la Facultad de Leyes. De 1966 a 1967 fue invitada a dar clases en las universidades de Wisconsin y Bloomington, experiencias que quedaron registradas en el discurso epistolar de las Cartas a Ricardo. En la Universidad Hebrea de Jerusalén, a la par de su labor diplomática, también impartió clases de literatura iberoamericana.

mostrar Testimonio de su poesía

En “La obra lírica de Rosario Castellanos, publicada en periódicos locales de Chiapas, desde 1940 hasta 1949”, Yolanda Gómez Fuentes da cuenta de los primeros poemas publicados por Castellanos, escritos en la Ciudad de México pero enviados a publicaciones chiapanecas como El Estudiante. Cuenta Poniatowska que Castellanos “escribía diez páginas diarias en la madrugada al levantarse y decía que un escritor sin disciplina jamás llega a serlo. También jerarquizaba sus lecturas con severidad, de suerte que toda su vida era un fervor”.[13] Castellanos ejerció la escritura con el rigor de un oficio que exige práctica y constante pulimento en la forma.

Apuntes para una declaración de fe (1947) y Trayectoria del polvo (1948) son sus dos primeros libros, para Rogelio Guedea son “el abstract de su poesía posterior” a lo que después añade la ironía “que surgió para responder, quizá de forma inconsciente pero nada inveterada, a su propio escepticismo, o para paliar su cada vez más pronunciado pesimismo”.[14] A estos poemarios siguieron De la vigilia estéril (1950) y El rescate del mundo (1952), donde poemas como “A la mujer que vende frutas en la plaza”, “El tejoncito maya” y el apartado “Diálogos con los oficios aldeanos” amplían su perspectiva poética, hasta entonces ensimismada, hacia aspectos y personajes marginales y marginados de su realidad.

Al final de Poemas 1953-1955 (1957) aparece “Lamentación de Dido”, texto donde la autora emplea el recurso del monólogo dramático, al superponer su voz y su historia con la voz y la historia de la famosa reina de Cartago, que enamorada y despechada por la partida de Eneas se prende fuego a sí misma. El poema está escrito en versículos que por momentos llegan a ser prosa, amplitud que se corresponde con el hondo aliento que anima el texto:

Esto era en el día. Durante la noche no la copa del festín, no la alegría de la serenata, no el sueño deleitoso
Sino los ojos acechando en la oscuridad, la inteligencia batiendo la selva intrincada de los textos
para cobrar la presa que huye entre las páginas.[15]

A decir de la propia Castellanos, Al pie de la letra (1959) “está lleno de reminiscencias prosísticas”;[16] sobre los poemas Lívida luz (1960) nos dice que en ellos reflexiona “sobre el mundo, ya no como objeto de contemplación estética sino como un lugar de lucha en el que uno está comprometido”.[17] Esta opinión coincide con otros especialistas que consideran que en Lívida luz hay una transición de la poesía intimista hacia una de corte más social.[18]

Materia memorable (1969) y En la tierra de enmedio (1972) son los libros donde se concentran los poemas más conocidos de Castellanos, como “Memorial de Tlatelolco”, “Bella dama sin piedad” y “Valium 10” por mencionar algunos. En estos poemas la ironía y el tono conversacional son rasgos determinantes. Para Rosa Sarabia, “la desautomatización de la vida diaria y sus quehaceres le permite a la voz poética de Castellanos promover una conciencia individual en status de sujeto con autoridad”.[19]

En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.
Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo del impuesto predial.[20]

Sus poemarios fueron reunidos en Poesía no eres tú (1972), que inevitablemente recuerda la rima de Bécquer, sin embargo Castellanos no deja lugar a la especulación y nos aclara que tuvo “un tránsito muy lento de la más cerrada de las subjetividades al turbador descubrimiento de la existencia del otro y, por último, a la ruptura del esquema de la pareja para integrarme a lo social, que el ámbito en que el poeta se define, se comprende y se expresa".[21] De este modo, el título de su obra reunida refleja el tránsito de una voz interna a una voz que puede nombrar y nombrarse con el mundo.

En respuesta a Alejandro Avilés sobre la poesía, Castellanos responde: “He oído decir que la poesía se hace sólo en ratos de ocio. Yo rechazo esta afirmación porque vivo de la poesía como un oficio, y su importancia es rescatar del naufragio que es el tiempo, el olvido y la muerte, a todas las cosas que nos rodean".[22] En efecto, la obra poética de la chiapaneca es una indagación constante sobre la condición humana, con un acento especial en la condición femenina, pero igualmente universal, un intento por conservar la vida que de otro modo se nos iría entre las manos.

Aunque la mayor cantidad de estudios sobre la obra de Castellanos se concentra en la prosa, recientemente se ha revalorado su obra poética. Rogelio Guedea afirma que: “lo perdurable en la obra de Rosario Castellanos está, indudablemente, en su poesía”, y precisa: “esa poesía en que la poeta muestra sin reticencias el dolor que le produce la vulnerabilidad de su ser frente a la crueldad del mundo que le fue dado vivir".[23] Antes de Guedea, Víctor N. Baptiste, Germaine Calderón, Angélica Tornero y Luz Elena Zamudio sentaron las bases para un estudio de la poesía rosarina. Para Raúl Ortiz y Ortiz, célebre traductor de Bajo el volcán, “con sus poemas había trascendido recónditas zozobras, se había liberado de las angustias más personales, había moldeado la delicada imagen del sufrimiento individual y proferido el éxtasis de la belleza interior al descender hasta los más profundos abismos de la desesperanza”.[24]

Fernando Martínez Ramírez hace un recuento de los autores preferidos por la poeta:

Pablo Neruda, por absoluto, vibrante y vivo; García Lorca, por su asombrante metáfora, complicada y sencilla a la vez; el Octavio Paz de Libertad bajo palabra; José Gorostiza, con su Muerte sin fin, considerado por Rosario como el mejor poema que se haya escrito en América. También le gustan Ramón López Velarde, Miguel Hernández, Rilke y, entre los clásicos, Garcilaso, fray Luis de León y san Juan de la Cruz.[25]

A esta lista habría que agregar a Gabriela Mistral que no sólo para Castellanos, sino para muchas de las escritoras latinoamericanas contemporáneas fue un referente ineludible. Dentro de la poesía femenina escrita en México, Castellanos se consideraba sucesora de Concha Urquiza.[26] La labor de Castellanos también abarcó la traducción de poemas de Emily Dickinson, Paul Claudel y Saint John Persecuyas versiones fueron incluidas en Poesía no eres tú. De la poeta norteamericana la escritora chiapaneca destacó que “los seres pequeños y desvalidos son rescatados con frecuencia en sus poemas”,[27] rasgo que también se encuentra en la obra narrativa y poética de la autora mexicana si recordamos que en su época la mujer y el indígena apenas eran tomados en cuenta. A Claudel y Saint John Perse los considera presentes en su obra “sobre todo en la ‘Lamentación de Dido’”,[28] aludiendo desde luego al uso del versículo también practicado por los franceses. 

mostrar Los caminos de su prosa

Balún Canán (1957), primera novela de Rosario Castellanos, merecedora del Premio Chiapas, es un texto con rasgos autobiográficos en donde la autora echa mano de sus recuerdos y vivencias de infancia en la casa comiteca como la muerte del hermano de la protagonista de la historia. Como telón de fondo del relato de las relaciones familiares está el ámbito social el racismo y clasismo de la sociedad chiapaneca. La novela está dividida en tres partes; la primera y la tercera está narrada por una niña de siete años, mientras que la segunda por un narrador omnisciente. La voz de la niña nos adentra en la vivencia íntima de un ser que está por perder la inocencia ante la crudeza del mundo, de ahí que en estas dos partes el discurso lírico cobre notoriedad. La segunda voz es empleada para dar cuenta del proceso histórico en el que se inscriben las experiencias de los personajes; así el periodo de Lázaro Cárdenas, cuya reforma agraria es única en la historia de México, es retratado en sus efectos en el estado sureño, donde la Revolución mexicana parece no haber llegado; pues la lucha por la tierra es un problema irresuelto hasta principios del siglo xxi.

La estudiosa Aralia López González concluye que estas tres partes tienen una distribución equitativa en la novela, lo que simbólicamente “parece decirnos que no hay revolución o cambio social que valga, si no se atiende y entiende la dimensión cultural de los sujetos históricos y las representaciones simbólicas que los orientan, a modo de determinaciones [...] en sus reacciones y acciones”.[29] La narrativa de Castellanos, y buena parte de su última poesía, escudriña lo social con la ayuda de su rigor filosófico y animada por el deseo explícito de comprender el mundo. De ahí que sus novelas y cuentos se hallan inscritos en la corriente denominada Realismo crítico, sin que por ello queden excluidas otras líneas interpretativas como la de la novela indigenista, que Castellanos rehuyó, o para el caso de Balún Canán la de novela de aprendizaje.

Aurora Ocampo, alumna de Castellanos, la define como “una escritora terriblemente inquieta, no sólo sobre su doble condición de mujer y mexicana, sino también por la relación víctima-verdugo”.[30] Este vínculo aparece notablemente explorado en toda su obra, pero de manera particular en su narrativa. La trilogía Balún Canán, Ciudad real (1960), colección de cuentos que le valió el Premio Xavier Villaurrutia y Oficio de tinieblas (1962), galardonada con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, forman parte del Ciclo de Chiapas, donde se agrupan obras literarias cuyo tema central es la problemática y el multiculturalismo de ese estado de la República. Las dos novelas abordan la cuestión indígena, desde la perspectiva mestiza, pero la autora retrata la opresión y la desigualdad a la que son sometidos los indígenas, no los idealiza, sino que logra hacer de sus personajes seres con pasiones y deseos; de ahí la principal diferencia con la corriente indigenista.

Ezequiel Maldonado y Concepción Álvarez Casas apuntan que para Castellanos escribir es “sobre todo una forma de autorreconocimiento y de explicación de aquellos asuntos de la vida y del mundo que llamaban su atención. Una búsqueda constante de sí misma, de aquellos caminos que la llevan a encontrar nuevos temas, otras formas de escribir que expresan nuevas dimensiones de los seres humanos”.[31] Esta manera de concebir la literatura es lo que hace de sus textos un espacio para profundas reflexiones, aunque no partan de experiencias personales; tal es el caso de Oficio de tinieblas, donde la autora superpone un suceso histórico: una rebelión chamula de 1867 y la situación en Chiapas a principios del siglo xx cuando el clasismo y el racismo habían cambiado poco. Al respecto es interesante el punto de vista del crítico Joshua Lund en El estado mestizo: literatura y raza (2017) en México, cuyo tercer capítulo está dedicado a la obra de Castellanos, particularmente Oficio de tinieblas, como un texto donde se refleja el vínculo entre raza y violencia en el México rural.[32]

La novela está narrada en tercera persona, sin embargo los personajes femeninos, indígenas o ladinos, juegan un papel trascendente en la dinámica dominado-dominante. Mercedes, mestiza, es la enganchadora de mujeres para Leonardo, el cacique, que engaña a su mujer con indígenas. Aunque la celestina se encuentra también atrapada en los barrotes del patriarcado, no sólo no se da cuenta sino que aprovecha la oportunidad de sobajar a quien está en una posición inferior: una mujer indígena: Marcela. Luego de ser engañada y entregada al patrón. “Marcela venía desencajada. Su pelo negrísimo, en desorden, daba a su rostro un nimbo patético. Se cubría los hombros con las manos como si tuviera frío”.[33] Cuando Mercedes intenta pagarle, la joven avienta el dinero, ante la mirada atónita y enfurecida de la alcahueta, y vuelve corriendo a su pueblo. La narración no termina ahí, pues falta una tercera mujer involucrada en estas relaciones de poder: la esposa de Leonardo, quien se siente doblemente humillada por ser engañada con mujeres indígenas. Tal es la densidad de pasiones y de acciones con que está escrita esta novela.

En Ciudad real (1960) los relatos se centran en las relaciones entre indígenas y ladinos en el campo; mientras que en Los convidados de agosto (1964) las protagonistas son mujeres provincianas y su contexto histórico. La temática de Álbum de familia (1971) se desenvuelve en la ciudad; aunque el ambiente sea distinto, el foco de la narrativa de Castellanos no cambia, al contrario amplía su objetivo: las relaciones de dominante-dominado en las que se inscribe la mujer mexicana de clase media. “Lección de cocina”, que en opinión de Seymour Menton “linda con el ensayo”,[34] es un cuento multicitado y conocido donde la protagonista, mientras prepara la cena para su marido, mediante sus reflexiones y pensamientos nos deja ver, no sin ironía, la sumisión y conformidad en que se halla.

mostrar Ensayo y periodismo cultural

Mujer que sabe latín... (1973) publicado dentro de la colección SepSetentas, de distribución gratuita. En el primer ensayo de este volumen, “La mujer y su imagen”, la autora desarrolla algunas ideas en torno a la dominación ejercida sobre la mujer desde el tamaño del pie hasta la función social asignada. A la autora le interesa recalcar que

pese a todas las técnicas y tácticas y estrategias de domesticación usadas en todas las latitudes y en todas las épocas por todos los hombres, la mujer tiende siempre a ser mujer, a girar en su órbita propia, a regirse de acuerdo con un peculiar, intransferible, irrenunciable sistema de valores.[35]

Por este tipo de ideas se ha considerado a Castellanos como una precursora del feminismo en México, a pesar de que ella nunca se autonombró de aquel modo. Lo cierto es que estos textos no han perdido su vigencia y que aportan matices interesantes y polémicos dentro del propio feminismo. El resto del libro es un conjunto de comentarios sobre Isak Dinesen, Doris Lessing, Natalia Ginzburg, Simone Weil, Ulalume González, Maria Luisa Mendoza, Maria Luisa Bombal, Clarice Lispector, Silvina Ocampo, Virginia Woolf, entre otras, que pueden considerarse las afinidades electivas de Castellanos. Aunque son textos breves, la chiapaneca da cuenta de su amplia cultura letrada y de su agudeza lectora.

Juicios sumarios (1966) es otra colección de ensayos que abordan autores y obras de la literatura mexicana. “Supo que escribir era su oficio, pero desde un principio vivió su doble condición; mujer y mexicana, mujer y latinoamericana, mujer y marginada. Testigo de su propio aislamiento y de su impotencia, quiso hacerlos evidentes con la mayor autenticidad”.[36]

Colaboró en Excélsior de 1963 a 1974 con artículos misceláneos, donde lo mismo incluía una reseña crítica sobre un autor contemporáneo, una reflexión sobre la condición de la mujer en México, “o relata con júbilo todas las situaciones desafortunadas en las que se mete”[37] durante su estancia como embajadora en Israel. Estos textos fueron publicados en los tres volúmenes de Mujer de palabras, artículos rescatados de Rosario Castellanos (2004), preparados y editados por Andrea Reyes. Producto también de su labor como periodista se compiló El uso de la palabra (1974) y El mar y sus pescaditos (1975) el cual se estaba preparando cuando falleció.

Rosario Castellanos “es creadora de un nuevo estilo en la forma de escribir que permea sus ensayos y un periodismo de corte moderno, con la presencia de la ironía y las sutilezas humorísticas; el manejo de un estilo sencillo, directo y aún coloquial trasladado a la escritura”.[38] Sus artículos son amenos de leer y abarcan variados temas como la literatura mexicana, la poesía femenina, la condición de la mujer en México, lo mismo le dedica líneas a autores consagrados como Carlos Pellicer que a autores como Diana Moreno Toscano, quien murió muy joven. Su obra periodística contiene reflexiones críticas necesarias a la hora de estudiar e intentar comprender la literatura de medio siglo.

Ernesto Mejía también elogió el rigor crítico de la autora en “Rosario Castellanos, critica”: “sus reseñas muestran a una colega que no asume superioridad ni se pone a dar consejos, sino que desentraña, desde el punto de vista del autor, el libro comentado”.[39] En efecto, en sus reseñas es una “lectora amable pero exigente” que no busca convencer sino compartir su punto de vista; el ejercicio crítico de Castellanos dista de la complacencia y de la mala fe a la hora de comentar a sus contemporáneos.

Emilio Carballido, compañero y amigo de Castellanos, abunda sobre esta cualidad crítica en el mundo del teatro. El dramaturgo cuenta que

De su pasión por el teatro y de su juicio crítico quedan innumerables crónicas publicadas en una revista del pan. Creo que se llamó Acción nacional. (Otros, escribíamos, ¡ay!, en la del pri.) Se firmaba “Antígona”, y la publicación empezó a venderse entre los teatristas gracias a esa columna. Nunca develó su seudónimo.[40]

La revista a la que alude Carballido, se llama La Nación y, en efecto, es el órgano oficial del Partido Acción Nacional; allí aparece desde el 21 de junio de 1953 hasta el 25 de diciembre de 1955, en ocasiones interrumpida por algunos números, una colaboración firmada por “Antígona”.[41] Naturalmente se requeriría de un estudio y documentación profundas para afirmar que fue Castellanos quien escribió todos esos textos, pues como dice Carballido la autora no alude a estas colaboraciones ni al seudónimo.

Lo que por ahora puede afirmarse es que Castellanos colaboró en La Nación, pues en tres números de la revista aparecen poemas de Castellanos no incluidos en Poesía no eres tú. Uno de ellos es el siguiente soneto:

¿Yo de amor y de ausencia qué sabía?
Y di al infiel, al fugitivo, al viento,
la tremenda verdad de un juramento.
Y en la nada mi voz se deshacía.

Para guardar el rostro que quería,
el agua sin memoria. Y el cimiento
sobre arena y espuma. Y el violento
ser del fuego, velando mi agonía.

Ay, fuego consumido y aire lejos
y agua anegando formas y reflejos,
todo pasó. La tierra persevera

con la paloma negra en su regazo
y su silencio. Y ese lento abrazo
que ceñirá mi pecho cuando muera.[42]

Aunado a ello, hay que considerar que Alejandro Avilés, también parte del grupo de los Ocho poetas, fue director de la publicación, en donde también encontramos textos de los otros integrantes. 

mostrar Últimas obras

Cuenta Raúl Ortiz y Ortiz que el proyecto de El eterno femenino data de 1971, a partir de una petición que la autora recibiera de parte de Emma Teresa Armendáriz y su esposo Rafael López Miarnau. Pero fue hasta 1973, en Tel Aviv, cuando Castellanos encontró el tiempo y el ambiente idóneos para terminar con esta pieza. El mismo Ortiz y Ortiz tuvo la encomienda de traer a México el manuscrito de esta obra, que Castellanos no vería publicada ni representada.

Desde un principio, el tema del proyecto era mostrar la situación en que vive la mujer en México. La pieza está dividida en tres actos, por los que desfilan personajes míticos e históricos como Eva, la Malinche, sor Juana Inés de la Cruz, Adelita y la emperatriz Carlota. La protagonista es Lupita, quien el día de su boda va al salón de belleza para arreglarse; la estilista prueba con ella un nuevo secador de pelo que tiene el defecto de proyectar visiones en quien lo usa. De esta suerte, la obra se convierte en un recorrido histórico del papel de la mujer en México, que confronta y cuestiona a la protagonista y también al espectador/ lector.

Ana Bundgaard destaca lo grotesco del lenguaje teatral desarrollado por Castellanos, pues “facilita el despliegue de un juego de apariencias y realidades que desde el distanciamiento de la enunciación polifónica devela la tensión entre realidad vivida y realidad construida por un sistema ideológico alienante”.[43] Así, en cada escena, el espectador se encuentra con un entramado de relaciones viciadas por el estatismo de los roles. Este recurso se complementa con un “idioma ágil, jocoso y dúctil”,[44] que dota a la obra del humor característico de Castellanos. La farsa se publicó en 1975 y se estrenó en marzo de 1976, dirigida por el propio López Miarnau.

De manera póstuma también se publicaron las Cartas a Ricardo (1994, 1996), cuyos originales también estuvieron al resguardo de Raúl Ortiz y Ortiz. Cabe decir que Castellanos había expresado su voluntad de publicarlas. En 1997, salió a la luz Rito de iniciación, una novela cuya escritura data de 1964 pero que la escritora había considerado malograda. Sin embargo, luego de su muerte fue encontrada por Ernesto Mejía y finalmente editada. Una de las particularidades de esta narración es la serie de elementos autobiográficos que han sido señalados por la crítica, empezando porque la protagonista se llama Cecilia Rojas, cuyas iniciales son la inversión de Rosario Castellanos.[45]

La amistad entre la poeta chiapaneca y Raúl Ortiz y Ortiz fue tan profunda que a la muerte de ésta, el célebre traductor se convirtió en su albacea literario. De esta relación queda testimonio escrito en el volumen Cartas encontradas, cuya publicación hasta mayo del 2017 no había sido aprobada por Gabriel Guerra, quien detenta los derechos sobre la obra de su madre, según relata María Helena Noval. La autora también afirma, luego de leer el prólogo, hecho por el propio Ortiz y Ortiz, que el epistolario promete mostrar a “una mujer que al final de sus días se confesaba liberada, realizada como escritora y [...] feliz con su trabajo como diplomática”.[46] Ángel Cuevas, poeta y colaborador de Ortiz y Ortiz hasta el fallecimiento de éste, asegura que, además de esta correspondencia, hay otros inéditos de Rosario Castellanos que el maestro, también cinéfilo, dispuso fueran publicados después de las epístolas.

mostrar Su modo de ser humano

Rosario Castellanos se divorció en 1971; al poco tiempo fue nombrada embajadora en Israel, cargo que ocupó con eficacia y alegría, combinó su labor diplomática con el periodismo cultural y con la docencia. Desafortunadamente, la escritora falleció el 7 de agosto de 1974, mientras intentaba encender una lámpara después de bañarse. A pesar de su prematura muerte, la escritora dejó un legado imprescindible con su vida y con su obra. 

Aunque muchos estudiosos han dedicado páginas a desentrañar el sentido de los textos rosarinos, vale la pena mencionar Rosario Castellanos: mujer que supo latín (1984), de Perla Swarchtz, uno de los primeros volúmenes dedicados a la poeta; la obra de Fabienne Bradú, Señas particulares: escritora (1987), la cual dedica un valioso apartado a la figura de la novelista. El perfil biográfico que Poniatowska trazó en “Rosario Castellanos: ¡Vida nada te debo!” posee un gran valor testimonial; las biografías de Óscar Bonifaz y de Beatriz Reyes Nevares son de suma utilidad, aunque por desgracia no son fáciles de localizar.

Rosario Castellanos: un largo camino a la ironía (1994), de Nahum Megged y La espiral parece un círculo (1991) de Aralia López González se enfocan en aspectos específicos de la obra de la chiapaneca: el recurso de la ironía y la narrativa. En los volúmenes colectivos Rosario Castellanos: de Comitán a Jerusalén (2006) y Rosario Castellanos: Rosario memorable (2012) encontramos artículos enriquecedores de Luz Elena Zamudio, Margarita Tapia, Blanca Ansoleaga, Luzma Becerra, Aralia López González, Gloria Prado y Maricruz Castro, en el primero; y de Dolores Castro, Toshiya Kamei, Rodrigo Landaeta, Nedda G. de Anhalt y Raúl Ortiz y Ortiz en el segundo. 

Elena Poniatowska expresa lo que seguramente es un consenso: “Rosario fue una gran escritora mexicana y lo fue no sólo para sí misma sino para las demás; las que vendríamos después. [...] En cierta forma es gracias a ella que escribimos las que ahora escribimos".[47] Estas sentidas palabras son un homenaje a quien, junto con autoras como Inés Arredondo, Elena Garro, por mencionar solo dos, abrieron un espacio para las mujeres en la escena literaria, con base en su trabajo.

José Emilio Pacheco, en el primer aniversario del fallecimiento de la chiapaneca afirma: “nadie en este país tuvo, en su momento, una conciencia tan clara de lo que significa la doble condición de mujer y de mexicana, ni hizo de esa conciencia la materia prima de su obra, la línea central de su trabajo. Naturalmente, no supimos leerla”.[48] Esto es cierto, no sólo para el espinoso tema relacionado con el género, sino para el resto de la obra de Castellanos que conforme pasa el tiempo es revalorada entre lectores, críticos y escritores.[49]

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mostrar Enlaces externos

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Dramaturga, ensayista, narradora y poeta. Vivió su infancia y adolescencia en Comitán, Chiapas. Obtuvo la licenciatura y la maestría en Filosofía en la unam. Con una beca del Instituto de Cultura Hispánica, realizó cursos de posgrado sobre Estética en la Universidad de Madrid. Fue promotora cultural en el Instituto de Ciencias y Artes, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas; directora de Teatro Guiñol en el Centro Coordinador Tzetal–Tzotzil del Instituto Nacional Indigenista en San Cristóbal, Chiapas; directora general de Información y Prensa de la unam (1960–1966); profesora en la ffyl  de la unam (1962–1971); embajadora de México en Israel (1971–1974). Tradujo a Emily Dickinson, Paul Claudel y Saint John Perse. Su novela Balún-Canán ha sido traducida al inglés, francés, alemán, hebreo e italiano. Colaboró en Excélsior. Becaria Rockefeller en el Centro Mexicano de Escritores, 1954. Premio Chiapas, 1958, por Balún Canán. Premio Xavier Villaurrutia, 1960, por Ciudad real. Premio Sor Juana Inés de la Cruz, 1962, por Oficio de tinieblas. Premio Carlos Trouyet de Letras, 1967. Premio Elías Sourasky de Letras, 1972.

Rosario Castellanos. Poesía

Lectura a cargo de: Margarita Castillo
Estudio de grabación: Universum. Museo de las Ciencias
Dirección: Eduardo Ruiz Saviñón
Operación y postproducción: Cristina Martínez /Gaby Jiménez
Año de grabación: 2012
Género: Poesía
Temas: Rosario Castellanos (DF, 1925-Tel Aviv, Israel, 1974) fue una destacada escritora mexicana, cuya producción literaria abarcó los géneros del ensayo, cuento, poesía y teatro. Maestra en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. A lo largo de su trayectoria, fue merecedora de diversos reconocimientos y se destacó por su labor como difusora de cultura. Gran parte de su infancia transcurrió en Chiapas, aspecto que en gran medida definió su producción literaria, pues allí mantuvo relación con comunidades indígenas y observó la relación de éstas con la clase media provinciana. Es autora de la trilogía narrativa más importante de la literatura indígena en México: Balún Canán, Ciudad Real y Oficio de tinieblas. Falleció en la ciudad de Tel Aviv, ciudad donde se desempeñaba como Embajadora de México, a mediados de la década de los años setenta. A continuación reproducimos una selección textos pertenecientes a los volúmenes: De la vigilia estéril, Lívida luz, Materia memorable, En la Tierra de en medio. Mosaico en voz de Margarita Castillo, en el que se da cuenta del gran talento poético de su autora a través de temas como la soltería, el dolor, la pobreza, la condición de extranjería y, por supuesto, la muerte. D.R. © UNAM 2012

Rosario Castellanos. Modesta Gómez

Editorial: Dirección de Literatura de la UNAM
Lectura a cargo de: Margarita Castillo
Estudio de grabación: Radio UNAM
Dirección: Eduardo Ruiz Saviñón
Operación y postproducción: Francisco Mejía
Año de grabación: 2008
Género: Narrativa
Temas: Rosario Castellanos (1925-1974) es una destacada escritora mexicana, cuya producción literaria abarca los géneros del ensayo, cuento, poesía y teatro. Fue merecedora de diversos reconocimientos y en vida se destacó por su labor como difusora de cultura. Parte de su infancia transcurrió en Chiapas, aspecto que en gran medida definió su producción literaria, pues allí mantuvo relación con comunidades indígenas y observó la relación de éstas con la clase media provinciana. La narración “Modesta Gómez”, perteneciente al libro Ciudad Real, constituye un ejemplo de sus intereses y preocupaciones fundamentales. El texto aquí incluido puede ser consultado, en su versión escrita, en la colección «Material de Lectura», editada por la Dirección de Literatura de la UNAM. D.R. © UNAM 2008

Rosario Castellanos. Lección de cocina

Editorial: Dirección de Literatura de la UNAM
Lectura a cargo de: Margarita Castillo
Estudio de grabación: Radio UNAM
Dirección: Eduardo Ruiz Saviñón
Operación y postproducción: Francisco Mejía
Año de grabación: 2008
Género: Narrativa
Temas: Rosario Castellanos (1925-1974), ensayista, poeta, cuentista y dramaturga, halló inspiración en su asidua observación de la realidad, en específico la realidad de la mujer indígena mexicana. Dentro de sus obras es posible encontrar su interés por la temática indigenista, o por los prejuicios de la clase media provinciana o los de la clase media urbana. Este último conforma el ambiente que define el relato “Lección de cocina”, de su libro Álbum de familia. Las reflexiones sobre la condición de la mujer en México marcaron su búsqueda intelectual. En este relato deja muy claro su postura sobre el rol femenino; hace la analogía de la cocción de un trozo de carne con las implicaciones del matrimonio, todo ello con un dejo de humor e ingenio verbal. El texto aquí incluido puede ser consultado, en su versión escrita, en la colección Material de Lectura, editada por la Dirección de Literatura de la UNAM. D.R. © UNAM 2008

Instituciones, distinciones o publicaciones


Asociación de Escritores de México, A. C. (AEMAC)

Centro Mexicano de Escritores
Fecha de ingreso: 1953
Fecha de egreso: 1953
Becaria

Premio Xavier Villaurrutia de escritores para escritores
Fecha de ingreso: 1960
Fecha de egreso: 1960
Ganadora con el libro "Ciudad Real"

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