Enciclopedia de la Literatura en México

Narrativa policial en México


24 mar 2017 16:38

mostrar Introducción

La literatura policial es aquélla en la que el interés por el enigma, el delito y los seres que transgreden la ley es fundamental. Vale decir que una novela policiaca no es solamente una novela en donde hay enigma y delito; es un relato cuyo fin primordial es aclarar un enigma y un delito, y no puede existir sin ellos. Si el ilícito está narrado por su protagonista, entonces también se le llama "relato criminológico", y si al contar la historia de una transgresión se da demasiada importancia al contexto social en que surge, entonces se le conoce como relato negro.

En México, la narrativa policial surgió a partir de la década de los cuarenta del siglo xx en la revista Selecciones Policiacas y de Misterio (1946-1953) y se consolidó tras la aparición de dos novelas: Ensayo de un crimen (1944), de Rodolfo Usigli y El complot mongol (1969), de Rafael Bernal. Algunos de los autores representativos del género son Pepe Martínez de la Vega, María Elvira Bermúdez, Antonio Helú, Eduardo Villegas y Paco Ignacio Taibo II. Escritores como Vicente Leñero, Jorge Ibargüengoitia y Enrique Serna también han incursionado en la novela policiaca.

En las últimas décadas ha aparecido una nueva derivación del relato criminal, la llamada "narconovela", que muestra la violencia generada por el narcotráfico, sobre todo en la frontera norte. En esta vertiente, activa desde la década de los noventa, se sitúan las novelas de Élmer Mendoza, Juan José Rodríguez, Gonzalo Martré y Gerardo Cornejo.


Dr. Vicente Francisco Torres

Universidad Autónoma Metropolitana

 

mostrar Orígenes

En abril de 1841, la revista Graham’s, de Filadelfia, publicó la primera narración policiaca escrita en el mundo: “Los asesinatos de la calle Morgue”, de Edgar Allan Poe. Sin embargo, no todos los estudiosos del género están de acuerdo en la preeminencia de Poe en el alumbramiento de la criatura. No falta quien se remita a la Biblia o a Las mil y una noches; incluso los franceses han pretendido darle la paternidad de esta narrativa a Voltaire, quien en Zadig presenta una serie de razonamientos sutiles que, se ha dicho, proceden de textos persas.[1]

El género policial no surge inmediatamente después de la creación del primer cuerpo oficial de policía (1829), atribuido al inglés Robert Peel, pero tampoco arranca con las primeras averiguaciones ingeniosas que pueden rastrearse en las literaturas más antiguas. Todos los episodios literarios que tienen algo de detection (que puede traducirse como descubrimiento o averiguación), desde Edipo rey y la célebre anécdota de Arquímides quien desenmascarara a un joyero que había mezclado plata y oro en una corona que le encargó Hierón, rey de Siracusa hasta los ingeniosos juicios de Sancho Panza en la ínsula Barataria, no son más que antecedentes de la narración policiaca. ¿Por qué? Porque mientras no se documente el origen oriental del relato policíaco, los argumentos más firmes en Occidente dicen que el relato policial es resultado de elementos culturales y sociales que permitieron la escritura de “Los asesinatos de la calle Morgue”. Entre ellos destacan dos: la inteligencia, que se expresa en las deducciones, y lo irracional, que se manifiesta en los hechos sangrientos. Así, la novela policial armoniza las exigencias intelectuales que heredó el siglo xviii, el Siglo de las Luces, la edad de la razón, con un conjunto de elementos caros a los escritores románticos, como el interés por lo misterioso y por los seres que viven fuera de la ley.

El relato policial fue moldeando su ser con elementos tomados de la novela de aventuras, la folletinesca (que ponía toda su voluntad en interesar cada vez más a sus lectores) e incluso la del oeste. Elementos decisivos para la conformación de esta nueva rama de la narrativa fueron el auge de las ciudades y la creación de los cuerpos de policía (la raíz etimológica polis, que alude a la ciudad, encuentra aquí todo su sentido), amén de la existencia de un público lector que habría de ser determinante.[2]

Al momento de establecer los orígenes y los límites del género, hay que tener presentes las especificaciones que han hecho sociólogos y filósofos, como Lukács, quien observó interesantes correspondencias:

Mientras las primeras narraciones de esta índole, como las de la época de Conan Doyle, se apoyaban en una ideología de la seguridad y eran la glorificación de la omnisciencia de los personajes encargados de velar por la seguridad de la vida burguesa, en las novelas policiacas actuales privan la angustia, la inseguridad de la existencia, la posibilidad de que el espanto irrumpa en cualquier momento en esta vida que transcurre aparentemente fuera de todo peligro, y que sólo por una feliz casualidad puede estar protegida.[3]

Sin embargo, esta cita que podría sugerir que el género vino de menos a más, no es totalmente cierta, porque hubo un momento en que convivían las narraciones tradicionales o de enigma con las negras. Es decir, que mientras autores como Ágatha Mary Clarissa Christie comenzó a publicar en 1921, Dashiell Hammett lo hizo en 1923.

 

mostrar El relato negro

La narración negra, nacida en la revista norteamericana Black Mask alrededor de 1922, recibió tal denominación en Francia cuando, en 1945, Marcel Duhamel creó la Série Noire. En la presentación de uno de los primeros volúmenes – El pequeño César, de W.R. Burnett– se decía cosas como ésta:

El lector desprevenido debe desconfiar: es peligroso poner en manos de cualquiera los volúmenes de la Série Noire. El aficionado a los enigmas a lo Sherlock Holmes a menudo no encontrará en ellos lo que busca. Y tampoco un optimismo sistemático. La inmoralidad, además, es admitida generalmente en esta clase de obras con el fin de que sirva de contrapeso a la moral tradicional y la encontramos en igual medida que los buenos sentimientos y que la amoralidad misma. Su espíritu rara vez es conformista. Leeremos acerca de policías más corrompidos que los malhechores a quienes persiguen. El simpático detective no siempre logra descubrir el misterio. A veces ni siquiera hay misterio. Y otras, ni siquiera un detective. Pero ¿entonces? Entonces sólo queda la acción, la angustia, la violencia –bajo todas sus formas, en especial las más viles–, la tortura y la masacre…[4]

La novela negra ha sido una ficción en torno al crimen y no siempre sobre un crimen, porque en ocasiones esta narrativa atiende al acto delictivo más como una posibilidad o como una atmósfera que como un hecho consumado, tal como podemos ver en Luces de Holywood (1938), de Horace McCoy, en donde no hay un solo asesinato pero sí un ambiente abrumador y hamponesco.

 

mostrar América Latina

La literatura policial se arraiga en Latinoamérica a finales de la década de los veinte, gracias a las traducciones de novelas inglesas y francesas que entregaba la hispano-argentina Biblioteca Oro y, también, al puntual cultivo del género que se realizaba en Argentina, país europeísta por antonomasia. Coincidentemente, en la década del 40 surgió en México la revista Selecciones Policiacas y de Misterio, que vivió de 1946 a 1953 y dio a conocer, entre otros cuentistas, a Rafael Bernal, María Elvira Bermúdez, Pepe Martínez de la Vega y Antonio Helú.

A continuación se mencionan obras y autores fundamentales que dan muestra de las variantes que este tipo de narrativa ha tenido entre nosotros. No debe pasarse por alto un hecho importante: autores considerados aquí como policiacos, nunca pretendieron serlo y, sin embargo, nuestras mejores obras del género han salido de sus manos.

 

mostrar Vida y milagros de Pancho Reyes

En su Breve historia del cuento mexicano,[5] Luis Leal señala que la primera obra del género es un libro titulado Vida y milagros de Pancho Reyes.[6] El pequeño volumen está constituido por un par de aventuras adscritas al relato de enigma y reproducen un esquema semejante al que creó Conan Doyle: Pancho Reyes, hombre hosco, observador y deductivo ostenta el mexicanísimo apodo del Tejón. Sus aventuras las narra Carlos Montero, confidente, compañero preparatoriano y ayudante, pero, ante todo rico hacendado veracruzano que fuma puros Flores de Balsa.

Pancho Reyes, con su sombrero de ala ancha, es asiduo de los teatros de arrabal y de los bailes de rompe y rasga. Fuma Chorritos y Mascota y, excéntricamente, cita de memoria a Huysmans y a Schopenhauer. Es también un hijo de Vidocq: “admirador de la bohemia trashumante, frecuentador empedernido de sitios sospechosos de donde había salido más de una vez ileso gracias a su agilidad y a su buena estrella”.[7]

Las dos aventuras que reúne el volumen transcurren en la primera década del siglo xx porque encontramos, en un relato, frases como “Una mañana del mes de noviembre de 190...”; el otro, específicamente, se ubica en 1912. El primer episodio protagonizado por el detective flacucho, lacio e imberbe que utiliza corbatas de mariposa a lo Montmartre, “La suicida invisible”, tiene lugar en una ciudad de México idílica, cuando los números telefónicos tenían cuatro cifras y Tlalpan era un pueblo al que se llegaba en tren. “El tres de espadas”, la segunda aventura, comienza en Torín, en el estado de Sonora, en donde amanece muerto el coronel Federico Núñez, quien había ido a combatir a los yaquis en las sierras del Bacatete. Luego, el caso se traslada a la ciudad de México y observaremos un dato curioso para este par de narraciones ágiles: el anónimo autor, en un gesto indicativo de que los términos de la literatura policiaca todavía no eran moneda corriente, entrecomilla la palabra "detective".[8]Paradojas de la historia literaria: cuando acababa de leer las aventuras de Pancho Reyes, el autor de estas líneas encontró el número cuatro de la revista Aventura y Misterio (Originales en Castellano), correspondiente a 1957, en donde aparecía “El tres de espadas”, firmado por Santiago Méndez Armendáriz. Como si el genio de los baratillos le tuviera otra sorpresa, en la página inmediatamente anterior había un aviso que decía:

Editorial Novaro México S.A. se permite advertir a los autores que nos han enviado colaboración, así como a los que lo hagan para los siguientes volúmenes de Aventura y Misterio (Originales en Castellano), que toda similitud con cuentos, novelas, relatos, etc., de otros escritores, recaerá sobre su exclusiva responsabilidad.
       No es que supongamos que puede haber deliberada posibilidad de plagio, especialmente de obras publicadas en los países donde tanto se ha desarrollado la literatura policiaca, pero no es raro que, sin intentarlo, la impresión que deja la lectura haga incurrir a un autor en más de una coincidencia en tema o forma. En tales casos, ante la imposibilidad de un examen que no dejara lugar a dudas, no nos hacemos responsables ni legal ni moralmente. Aún más, publicaremos toda denuncia de plagio que se considere justificada.

Para cerrar este paréntesis agreguemos que Aventura y Misterio tenía un tiraje de 20 000 ejemplares.

Aventura y Misterio (Originales en Castellano) (México), Editorial Novaro, número 4, 1957, página 62.

 

mostrar Dos obras maestras

Antes de que surgiera la revista Selecciones Policiacas y de Misterio, que vivió de 1946 a 1953, la única muestra de narrativa policial escrita entre nosotros era El crimen de la obsidiana (1942), novela del catalán Enrique F. Gual. Así, antes de que en México tuviéramos una narrativa policial paródica y de enigma ajedrecístico, indigente en sus méritos pero que formó una verdadera escuela, Rodolfo Usigli dio, con Ensayo de un crimen (1944), una novela policial artística, misma que se mantuvo clamando en el desierto

[9] hasta 1969, año en que se publicó El complot mongol, otra novela que, por cierto, se quedó hablando sola durante cerca de tres lustros.

En Ensayo de un crimen se manifiestan varios rasgos provenientes de la personalidad del autor y algunas de las cosas que se propuso hacer. Al abrir la novela, el lector se topa con el mundo entonces aristocrático de la Colonia Roma, con sus casas llenas de arcos, vitrales, medallones, almenas y gárgolas que albergaban muebles trabajados por ebanistas europeos. Los personajes serán burgueses, políticos y nobles venidos a menos que decoran sus casas como anticuarios y se enjoyan con ostentación.

Roberto de la Cruz, personaje central de Ensayo de un crimen, es un hombre de ojos dorados, descendiente de una acaudalada familia provinciana (Carlota y Maximiliano se hospedaron una noche en casa de sus abuelos) y vive en la capital con los restos del antiguo esplendor económico que se reducen a unos cuantos pesos y algunas joyas de su madre. Usa corbatas Croydon Knit, sombreros marca Christy y lleva un reloj Movado.

La novela consta de tres partes, de tres ensayos para cometer un crimen, que será perfecto no sólo porque será desinteresado (nada de celos, robo ni venganzas), sino porque será estético debido a su diseño (“sin una comprobación, sin quedar registrado dentro del marco de la realidad por la policía, la autopsia y los periódicos, su crimen permanecería perdido en una zona irreal, en una especie de limbo, encerrado en el dominio del sueño”[10]) y al sentimiento que lo anima.

Usigli combina en esta novela la teoría del acto gratuito, de André Gide, y la del asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey. Pero agrega un planteamiento personal que ya asomaba en su Diario: para labrarse un destino, el hombre puede ser un gran santo o un gran criminal.

A Ensayo de un crimen se le ha reconocido como un testimonio de la vida en la ciudad de México a finales de los treinta y comienzos de los cuarenta, cuando las calles del centro estaban cuarteadas por el hundimiento progresivo del Palacio de Bellas Artes. Sin embargo, a pesar de que se ha puesto énfasis en los lugares distinguidos como la terraza del Hotel Reforma, Lady Baltimore, El Patio, Sanborn’s de Madero, el Café París en donde se reunían los Contemporáneos, el Swástica de las Lomas de Chapultepec, el bar Manolo, el del Hotel Ritz y el restaurante Tampico, en la calle de Balderas, no se ha destacado que Usigli también registra sitios menos chics, como un bar gay de Santa María la Redonda (El Club de los Locos, de la Plaza de Garibaldi, para ser exactos), algún sitio semiclandestino de Correo Mayor en donde se bebía anís y se fumaba en narghileh y, fundamentalmente, el cabaret Leda, de Doctor Vértiz 118 (más tarde bautizado como Club de los Artistas), a donde llegaban, en busca de emociones fuertes y de materia para sus trabajos, algunas personalidades comandadas por la pintora María Izquierdo, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Roberto Montenegro, Frida Kahlo, Aurora Reyes, el Indio Fernández, Agustín Lara, Luis Buñuel, Lola y Manuel Álvarez Bravo. Esta mezcla de gente elegante, obreros, prostitutas, rufos y tranviarios se prolongaba en los cercanos caldos de Indianilla, a donde llegaban, para terminar la parranda o para aliviar la resaca, obreros con chaquetas de mezclilla y mujeres envueltas en abrigos de piel.[11]

Ensayo de un crimen es una novela criminológica porque sondea la mentalidad de un asesino. Sin embargo, se apega a la novela-acertijo en un detalle importantísimo: la explicación que ata cabos llega hasta el final. Además, la novela se cierra con un giro grotesco: la policía no le cree a Roberto de la Cruz toda su teoría del crimen estético y lo manda al manicomio, bajo la más vergonzante explicación: él, que tanto despreció la plana roja de los diarios por su aplastante vulgaridad, queda como un marido cornudo que asesinó a una esposa infiel en un rapto de celos.

Más adelante, entre 1946 y 1947 Rafael Bernal publicó tres libros que permiten ubicarlo como uno de los precursores del género: Un muerto en la tumba y Tres novelas policiacas (ambas de 1946) y Su nombre era muerte (1947), todas en Editorial Jus. Sin embargo, no son lo mejor que saldría de su pluma, ya que fue autor de obras magníficas como Memorias de Santiago Oxtotilpan (1945), Trópico (1946), El fin de la esperanza (1948), Gente de mar, (1950) y Caribal. El infierno Verde (1954-1955).

En 1969 publicó El complot mongol, que pasó sin pena ni gloria debido a que, inexplicablemente, el libro permaneció embodegado varios años, pues su autor, que vivía en el extranjero debido a su desempeño diplomático, no tenía presencia física en el medio literario, aun cuando los libros que para entonces llevaba publicados como Tierra de gracia (1963), México en Filipinas (1965) y En diferentes mundos (1967)— demostraban que era un autor fundamental.

El complot mongol es una novela policial, sí, pero es también varias cosas más. En primer lugar, es una novela artística por la cantidad de aciertos de lenguaje coloquial que el autor va consiguiendo en cada una de sus páginas y por lo riguroso de su estructura, que se va ampliando en círculos concéntricos durante los tres días anteriores a la visita de un presidente norteamericano a la ciudad de México. Si contemplamos los 14 libros que Rafael Bernal había publicado anteriormente, descubriremos que apenas en Tierra de gracia (1963) asomaron las malas palabras, que se encaminaban a un cambio estilístico desconcertante que le permitió lograr una eficacia expresiva y una crítica acerba a los políticos posrevolucionarios.

Es una novela de espionaje también, porque, primero, incluye un supuesto complot que elementos de Mao Tse Tung habían tramado para asesinar al presidente de los Estados Unidos de América, quien llegaría de visita a México. Después resultó que unos gringos querían aprovechar el rumor del complot chino para asesinar a su presidente. Y finalmente resultó que no había complot magnicida, sino que los chinos, maoístas, abundantes en Cuba, querían lanzar una contrarrevolución anticastrista para rebelarse contra la tutela rusa y hacerse dueños de la Isla. Y como esta última versión resultó parcialmente cierta pero se aprovecharía la coyuntura para asesinar al presidente de México, El complot mongol se convierte en una novela política, de una imaginación muy crítica para los que subieron al carro de la revolución.

El protagonista de la novela, Filiberto García, no es un héroe ni un antihéroe. Extraña mezcla de policía y matón al servicio de un militar, que a su vez está subordinado a un político, resulta a la postre un insólito detective rentista cuya técnica detectivesca se parece a las de Dashiell Hammett y Raymond Chandler: arroja una herramienta entre los engranajes para que las situaciones revienten. Se despereza cuando lo llaman para asesinar o para realizar alguna investigación, pero él vive de las mensualidades que le da un edificio de apartamentos que tiene en la calle de Luis Moya. Filiberto tiene una cicatriz en la mejilla –signo de la vida que lleva–, los ojos verdes y el gesto fiero. Desde la primera página del libro, su muletilla hablará del pesimismo y la amargura que lo poseen: “¡Pinche pasado!” Con él no van los chistes ni la facundia; por eso se siente a gusto entre los impávidos chinos, que respetan a los viejos. Para destacar que García es un matón profesional, cada que puede, a manera de flash backBernal relata alguno de los trabajos de Filiberto.

En curiosa coincidencia con Ensayo de un crimen, El complot mongol tiene como escenarios las calles del viejo centro de la ciudad de México (Luis Moya, Cinco de mayo, Revillagigedo, Artículo 123; La Ópera, tradicional cantina ubicada en Cinco de mayo, es un punto neurálgico en la trama de la novela) y la vetusta colonia Guerrero (Camelia, Mina), llena de misterios, de cinturitas, de temblorosas vecindades y de tristes hoteles de paso. También hay otra coincidencia entre las dos novelas mencionadas: Filiberto tendrá citas en Sanborn’s de Lafragua y en el Café París; y Graves, el agente del FBI, fuma Lucky, como Roberto de la Cruz.

Unas palabras de Juan Carlos Onetti ayudan a valorar Ensayo de un crimen y El complot mongol, que son novelas policiales pero también algo más. Cuando Jorge Ruffinelli pregunta qué le falta a la novela policial para ser novela a secas, Onetti responde:

No es lo que le falta sino lo que le sobra: le sobra la necesidad de ser una novela policial. Le sobra la visible voluntad que tienen todas ellas de mantenerlo interesado a usted (...) en la policial común se nota el propósito de interesar al lector. Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov son policiales y a la vez novelas a secas. Son policiales porque hay crimen y misterio: ¿quién lo hizo y por qué lo hizo? Sobre todo en Los hermanos Karamazov. Y la intención de Dostoievski no era ésa de las novelas policiales que todos conocemos (...) lo que pasa en esas novelas es que mezclada con la peripecia policial está la vida de la gente, los conflictos, sobre todo. Por eso una novela como Laura es policial, sí, estamos de acuerdo, pero hay otros elementos literarios que van más allá de la mera intención policial.[12]

 

mostrar Las damas del crimen

Hasta donde se sabe, a Margos de Villanueva debemos la primera novela policiaca escrita por una mujer en México, 22 horas (1955). Su detective se llama José Silvestre y busca aclarar la muerte de un corredor de bolsa; es una novela de enigma ajedrecístico.

María Elvira Bermúdez, estudiosa y antologadora del género, en los cincuenta publicó una extensa novela policiaca, Diferentes razones tiene la muerte (1953) centrada en el enigma clásico que tanto le interesó. La obra se desarrolla en una finca de Coyoacán en la que se reúnen varias parejas para pasar un fin de semana cuando suceden varios asesinatos y aparecen varios sospechosos. La trama se complica porque a la reunión asisten antiguas parejas, ahora con sus nuevas compañías. Es un texto que borda el enigma del cuarto cerrado y presenta a Armando Zozaya, el detective aficionado que creó la autora.

Otras mexicanas que han cultivado el género policial son Ana María Maqueo y Malú Huacuja.

 

mostrar Sherlock Holmes en Peralvillo

Pepe Martínez de la Vega, a imagen y semejanza de Sherlock Holmes, le dio vida a Péter Pérez, un sabueso caricaturesco que vive en una accesoria de Peralvillo, duerme en un petate y tiene un ladrillo por almohada. Su disfraz está constituido por una barba mugrosa que se cuelga con unos alambres, una pipa apestosa en la que nunca fuma porque se marea y una gorrita a cuadros. Sólo se cambia de calcetines cada quincena debido a su persistente brujez.

Como se ve, Péter Pérez resulta una imitación burlesca de Sherlock Holmes a la que Pepe Martínez de la Vega le imprime una cachazuda crítica social y un personalísimo toque mexicano (téngase presente que las golosinas favoritas del excéntrico detective son las burritas de maíz con piloncillo y las pepitas de calabaza). Así como Sherlock Holmes se encerraba para inyectarse morfina, fumar tabaco fuerte y tocar el violín, Péter Pérez, cuando tenía algún caso que resolver, se encerraba a comer pepitas de calabaza, jugar solitarios con baraja española y chiflar una canción llamada “Tú ya no soplas”.

Péter Pérez resuelve los casos que no puede esclarecer el sargento Juan Vélez, quien resulta una caricatura del típico policía inepto y orgulloso. Así, el detective de Peralvillo se erige en un investigador que trabaja entre cirqueros, vendedoras descalzas –de las de tacón de hueso y de las que suplicaban, cuando había baile en su casa, que no tiraran las colillas en el suelo–, gendarmes chimuelos, bebedores de tequila, bailarinas de mambo y tango, aboneros y madres solteras; toda una galería de personajes que le soportan sus manías, como la de chupar caramelos que le hacen manchar con saliva las pruebas y a las víctimas mismas. A cambio de esto, el genial detective acepta como honorarios latas de manteca, gallinas, costales de azúcar o huevos de rancho. Dichos gestos, como se comprenderá, lo llevan a tal miseria que su disfraz, en lugar de provocar risa, consigue que le den algunas monedas de limosna que él se embolsa sin mayores preocupaciones.

Martínez de la Vega es de los primeros, si no es que el primero, que perfila uno de los rasgos del relato policial mexicano: su carácter burlesco y paródico.

 

mostrar El relato policial se hace trascendente

La publicación de Los albañiles, en 1964, marca el inicio de una serie de libros que Vicente Leñero fue construyendo con los recursos típicos, que no exclusivos, de la narrativa policial. Los albañiles está construida en torno a un crimen pero es mucho más que una novela policial: la trama gira alrededor del asesinato del velador de una construcción, Jesús Martínez Avilés, pero lo interesante es que cada uno de los personajes puede ser el criminal porque todos tienen un motivo y aparecen colocados en una situación que los hace sospechosos.

En 1985, Vicente Leñero va a la nota roja de los diarios para escribir el más vendido de sus libros: Asesinato. El doble crimen de los Flores Muñoz. Tal como sucedió con Los albañiles y El garabato (1967), Leñero no se conformará con la narración del doble parricidio, sino que destacará el misticismo del nieto asesino, su cristianismo fanático y el autoparalelismo que Gilberto Flores Alavez establece entre su caso y el martirio de Jesucristo. No menos atención le merece al novelista la volubilidad del peor periodismo, el que no tiene convicciones ni apego a la verdad (digamos a su verdad), sino va por donde le conviene, por donde huele a dinero y poder.

Asesinato guarda otra semejanza con Los albañiles: plantea la dificultad para que resplandezca la verdad. Sin embargo, mientras en Los albañiles la imposibilidad es resultado de un planteamiento religioso, en Asesinato la verdad se enturbia con las leyes, el dinero, la corrupción y los más sutiles recursos provenientes de las ciencias (psicología, medicina forense, criminalística). Así, Leñero parece coincidir con una idea que exponía José Revueltas en El apando (1969): el hombre se vale de sus más altas conquistas, como la geometría, para imponer la enajenación.

 

mostrar Espionaje a la mexicana

Si consideramos la narración de espionaje como una variante de la literatura policiaca tenemos que mencionar La cabeza de la hidra (1978), en donde Carlos Fuentes utiliza falsas identidades, persecuciones, tráfico de drogas, cambio de rostro mediante cirugía, cambio de nombre de embarcaciones en altamar, dispositivos creados por la alta tecnología (la piedra descifrada con rayo láser), discos grabados con datos peligrosos, tortura con golpes y reflectores, bebidas que ocasionan desmayos, estantes que dan vuelta al oprimir un libro, y cejas, bigotes, patillas y barbas de utilería.

Pero no se crea que lo aquí enumerado intenta descalificar la novela: no, y menos en el caso de un autor que no se dedicó a hacer novelines policiales y de espionaje. Lo que afirmo es que Fuentes no trivializa porque no ha hecho ciclos de este tipo para vender (cosa que, por lo demás, no necesitaba). Me parece que en este libro el autor de Aura respondió a un reto que Alfonso Reyes enuncia en su ensayo “Sobre la novela policial” (1945): “Las obras no son buenas o malas por seguir o dejar de seguir una fórmula. Siempre siguió una preceptiva de hierro la tragedia griega y no se le desestima por ello”.[13]

Carlos Fuentes usa los lugares comunes citados, pero de aquí se lanza hacia una originalidad artística que hace a su texto singular: si tradicionalmente la novela de espionaje trataba los conflictos de los campos capitalistas y socialistas, aquí los actores son otros: los intereses de los judíos frente a los de los árabes. Y, en medio de ellos, el petróleo mexicano, imprescindible si el segundo grupo decidiera no vender su oro negro a Estados Unidos y a otros países europeos. Y de aquí mismo deriva otro punto importante: Fuentes vuelve a romper el esquema porque en lugar de proponer un maniqueísmo que nadie creía en 1978, tiempo de la narración, y menos ahora, hace un planteamiento trascendente que tiene que ver con el poder y con la justicia, y se ilustra con la actividad tránsfuga de sus agentes. No hay buenos ni malos; hay intereses de los poderosos que se llevan entre los pies a los débiles: “nadie tiene el monopolio de la violencia en este asunto, mucho menos el de la verdad o el de la moral; todos los sistemas, sea cual sea su ideología, generan su propia injusticia; acaso el mal es el precio de la existencia, pero no se puede impedir la existencia por temor al mal”.[14]

 

mostrar Ibargüengoitia y la nota roja

Las páginas rojas de los diarios han sido fuente de inspiración para no pocos autores de historias policiales. En México destaca el guanajuatense Jorge Ibargüengoitia, quien utilizó el episodio protagonizado por las Poquianchis para escribir su novela Las muertas (1977). Esta novela habla de dos hermanas que se dedicaban a la trata de blancas pero, cuando fue prohibida la prostitución en el estado de Guanajuato, pasaron de la legalidad más o menos solapada, a la clandestinidad que derivó en tragedia inaudita.

Las muertas es una obra en cuya composición intervienen al menos doce personajes y un narrador omnisciente. Además, Ibargüengoitia incorpora al texto fragmentos de careos y declaraciones que caracterizan la personalidad de los declarantes. Aquí observamos algo que Max Aub ya había hecho al recopilar sus Crímenes ejemplares (1972): buscar el lado atrozmente humano de los delincuentes. Veamos cómo se expresaba el capitán Bedoya, un militar amante de Serafina Baladro: “estas mujeres que viven aquí ya no sirven, tienen la carne muy floja. Para que alguien las quiera tienes que echarlas en mole y servirlas en tacos (...) Esta mujer ya no sirve. Lo que deberían hacer es llamar a Ticho para que la lleve en la noche cargando a los basureros y la deje allí, para que se la coman los perros”.[15]

La forma de la novela permite que vayamos contemplando verdaderos cuadros dantescos –como el episodio en que quisieron curar la parálisis de Blanca aplicándole planchas calientes sobre la sábana hasta que la piel se adhirió a las mantas; o la escena en que quemaron el cadáver de la misma mujer para que no bajaran los zopilotes al gallinero– y que el punto de vista humorístico que solía usar el autor sólo aparezca en contadas ocasiones, como aquella en que los funcionarios de San Pedro de las Corrientes celebran el Grito de Independencia en un balcón del burdel, mezclando los vivas a los héroes de la patria con los lanzados a las patronas del Casino del Danzón.

Como último gesto tragicómico, Ibargüengoitia cierra su obra con la descripción del libro de contabilidad del Casino: en la primera parte aparecen las cuentas de las mujeres, en la segunda las de las personas respetables que frecuentaban el antro y, finalmente, las entregas que daban lo mismo al policía de la esquina que al Presidente Municipal de San Pedro de las Corrientes.

En Las muertas el autor no sólo quiso dejar constancia de un hecho atroz, sino que pretendió mostrar que tanto el crimen como la justicia irrumpen por oscuros designios de los que los hombres son víctimas. Serafina Baladro, por ejemplo, se hizo dueña de un centro nocturno tras haber recibido un bar como pago de una deuda y luego involucró a su hermana Arcángela porque no encontró una persona que administrara, sin robar, el local del que se había hecho dueña.

En uno de sus últimos artículos, Ibargüengoitia señalaba un hecho importante que de algún modo ayuda a comprender el interés puesto en el hecho que inspiró Las muertas:

“Leo notas rojas con frecuencia sin ser sanguinario ni sentirme morboso. Creo que de todas las noticias que se publican son las que presentan más directamente un panorama moral de nuestro tiempo y ciertos aspectos del ser humano que para el hombre común y corriente son en general desconocidos; además siento que me tocan de cerca: tengo más probabilidades de morir por obra de un fanático que de ganar la carrera de los cien metros planos o ser electo diputado”.[16]

Y lo curioso del caso es que Ibargüengoitia acertó en su premonición, pues la noticia de su muerte apareció en la plana roja de una revista, ocupando un mínimo recuadro junto a las fotos aparatosas del avión destruido, mientras grandes tomas mostraban en traje de baño a la actriz Fany Cano, quien murió en el mismo accidente en el aeropuerto de Barajas, España.

 

 

mostrar Taibo II

Si Ensayo de un crimen y El complot mongol en su momento constituyeron verdaderos hitos, la obra de Paco Ignacio Taibo II, en su conjunto, constituye un acontecimiento fundamental para el género. Este escritor surgió con un ímpetu arrollador y un espíritu contestatario que animó libros como Días de combate (1976), Cosa fácil (1977), No habrá final feliz (1981), Algunas nubes (1985), Sombra de la sombra (1986) y La vida misma (1987). Taibo alcanzó la gloria de que en él se repitiera la historia en que Connan Doyle tuvo que resucitar a su detective porque los lectores se lo exigieron. Sin embargo, comenzó a publicar libros que decepcionaron a muchos seguidores por el exceso de concesiones en la construcción y por el descuido creciente de la prosa, hechos que han impedido que sus lectores más atentos hayan proseguido la revisión de libros prometedores como La lejanía del tesoro (1992) y Cuatro manos (1990).

Desde Días de combate aparecen cuatro características que van a estar presentes en sus novelas policiacas: la ciudad como una jungla de asfalto, insegura y señoreada por la violencia; su interés por los problemas sociales que aquejan a nuestro país (huelgas, desempleo, represión, corrupción); el uso de un lenguaje soez, alburero y lleno de giros populares; una firme voluntad de incorporar a la literatura policiaca algunos de nuestros espacios más sórdidos (cabarets, cuartos de azotea, hoteles de paso).

Días de combate presenta al detective Héctor Belascoarán Shayne, que comparte con un plomero y con un ingeniero experto en drenaje profundo su oficina ubicada en Artículo 123.

En la segunda novela policiaca de Taibo II, Cosa fácil encontramos a Héctor Belascoarán Shayne con un vecino nuevo en el despacho: Carlos Vargas, de oficio tapicero. La novela tiene ahora tres líneas narrativas que son resultado de que el detective maneje tres casos a la vez: primero, averiguar si Emiliano Zapata realmente había muerto; segundo, cuidar a una adolescente que, al parecer, había intentado suicidarse; tercero, investigar quién había asesinado a un industrial de Tlanepantla.

No habrá final feliz es una de las mejores novelas policiacas mexicanas. Aquí aparecen los personajes que ya habíamos conocido en las dos novelas anteriores, el argumento es emocionante y polémico, y el fin de la obra resulta sentimental, pero de un sentimentalismo duro, como el que Juan Carlos Onetti elogió en El largo adiós, de Raymond Chandler.

El conflicto se inicia cuando un exjefe de los halcones –que asesinaron a varias decenas de jóvenes el 10 de junio de 1971– piensa que Belascoarán Shayne está enterado de varios datos acerca de aquella sangrienta fecha y decide eliminarlo. Para ello utiliza a un grupo de halcones que pasaron a formar parte del cuerpo de seguridad del metro. Se intercala aquí la trágica historia de Zorak, que en la vida real, como todos sabemos, se hacía llamar Zovek y murió cuando le dejaron caer desde un helicóptero debido, según parece, a que él había entrenado al grupo de los halcones.

En esta novela, después de haber acabado con el grupo de los halcones, Belascoarán muere partido en dos por un disparo de escopeta, luego de una boda a la que no llegó su novia. Es amarga la conclusión de Taibo II, pues su detective muere y los males siguen ahí. De esta manera, Taibo II pone en práctica una de las virtudes de la novela negra: la de mostrar la violencia que nos rodea, la pobre seguridad de la vida. Ella nos dice que no hay un orden que salvaguardar y que las cosas (la policía, el orden social, las jerarquías) no son todo lo buenas que podríamos desear.

Pero resulta que, como le sucedió a Conan Doyle, Taibo II decidió que las aventuras de su detective no podían terminar. Taibo II se las ingenió y dijo que Belascoarán no había resucitado, sino que la aventura de Algunas nubes sucedió después de Cosa fácil y antes de No habrá final feliz.

Quienes conocen las declaraciones de Paco Ignacio Taibo II sobre la novela policiaca, al ubicarlas en el contexto de nuestra narrativa reciente, seguro las han sentido desmesuradas. Pero, a fin de cuentas, creo que esas convicciones le han sido especialmente provechosas pues gracias a ellas tiene consolidada una obra, dispareja por momentos, pero coherente en sus logros y en sus aspiraciones.

 

mostrar Entre escritores te veas

En El miedo a los animales (1995), Enrique Serna plantea la investigación de un delito, la construcción de una atmósfera hamponesca, con asesinos y policías como personajes, deducciones, falsas coartadas, sangre, balazos, sexo, persecuciones y coincidencias folletinescas. Estos elementos, que reiteran la proverbial corrupción policiaca, exhiben el mundillo de los escritores mexicanos. Serna, desde su segunda novela, Uno soñaba que era rey (1989), usó paralelismos entre dos clases sociales antagónicas (la pudiente y la proletaria), pero en El miedo a los animales fue más lejos al plantear similitudes entre los policías corruptos y los escritores reconocidos, que en ocasiones son también funcionarios culturales. La novela se abre con un judicial que sueña los lugares comunes de un escritor progresista, con todas las aspiraciones cretinas que casi nunca manifiesta el hombre de letras: entre ellas están el recibir homenajes a sabiendas de que la fama y los premios no garantizan nada; aparecer entrevistado aunque sea con lugares comunes; dar autógrafos a los jóvenes humildes y estudiosos; sentirse honesto y contestatario. Este sueño rosa es bruscamente interrumpido por la presencia del comandante Maytorena, un jefe policiaco excelentemente caracterizado: cocainómano, asiduo de los burdeles, amante de travestis, cruel y brutal, corrupto y abanderado de la sagrada institución de la familia.

La novela se desarrolla como una novela negra, pero al final Enrique Serna hace varios esguinces que lo alejan del típico escritor policial: primero, como en las novelas de Leonardo Sciascia, se plantea un crimen no resuelto, pero Serna abandona tal posibilidad porque en México el crimen perfecto se ha vuelto costumbre. Si los desenlaces de la literatura policiaca cuentan con las más insólitas variantes que van desde las soluciones en chunga hasta la posibilidad de que la mamá del detective sea la culpable, Serna hace que el asesino entre a la cárcel y ahí le resuelva el caso al escritor policía. Al final, la novela se vuelve una licuadora en la que el bien y el mal se mezclan, se separan y se vuelven intercambiables, o francamente inciertos.

Enrique Serna encabeza una serie autores que han cultivado lo mismo la literatura policial y la oficial, como decía Alfonso Reyes. Entre ellos está Arturo Trejo, poeta que ha construido su novela policiaca Lámpara sin luz (1999) con personajes de la vida real y con el recurso de la intertextualidad pues su detective Conrad Sánchez es amigo de Héctor Belascoarán y de Eddy Tenis Boy.

 

mostrar Las primeras narco historias

En 1990, cuando los crímenes del narcotráfico eran parte de la plana roja de los diarios y no habían pasado a la literatura, Leobardo Saravia armó una antología, En la línea de fuego. Relatos policiales de frontera, que dio temprana muestra de la violencia que había generado el narcotráfico en nuestra frontera norte. Eran los tiempos en que se tenía la creencia ingenua de que la violencia era exclusiva del norte y no el cáncer que poco a poco se iba extendiendo por todo el territorio nacional. La Chinesca, barrio delincuencial de Mexicali, aparecía en esos cuentos e incluso se colaba una historia sobre el asesinato de un exguerrillero convertido en próspero hombre de bien. La vida pesadillesca de los migrantes contribuía a dar la atmósfera de esa tierra de nadie que suelen ser las fronteras.

La milenaria cultura china, con sus barrios misteriosos, restaurantes coloridos y personajes enigmáticos ha seducido particularmente a los autores de relatos policiales. Baste citar los nombres de Robert Van Gulik, Dashiell Hammett y Rafael Bernal.

Tal como Antonio Haas documentó en diversos medios, durante la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos necesitaba sedantes y analgésicos (morfina y heroína). Bajo la supervisión de soldados norteamericanos, ordenó a emigrantes chinos que cultivaran amapola en territorios de Sinaloa, Durango y Sonora. Cuando terminó la Guerra, las mafias heredaron el negocio con las secuelas de clandestinidad, violencia y corrupción que hoy vive nuestro país. Si a esto agregamos que, en 1947, cuando la Secretaría de Salud dejó de estar al frente de la drogadicción para ponerla en manos de la Procuraduría General de la República, se acentuó y violentó el negocio manejado por políticos, policías y traficantes.[17]

En 1991, Contrabando, de Víctor Hugo Rascón Banda, ganó el Premio Juan Rulfo de Novela. Sin embargo, fue hasta 2008, año de la muerte del dramaturgo, cuando la novela fue publicada. Contrabando mostró tempranamente cómo entró el narcotráfico a la sierra de Chihuahua: una vez las semillas las llevaron fuereños, otra los campesinos decidieron dejar la miseria y se incorporaron a la siembra clandestina, alguna viuda entró al narcotráfico por herencia del esposo. Después vino la revoltura entre comerciantes, campesinos, ejército, policía estatal, policía federal y la maraña acabó cubriendo a poblaciones enteras que sufrieron masacres, injusticias y ofensas sin cuento. Este fue un libro testimonial, como tantas otras obras de Rascón Banda, que no imaginó su carácter pionero en la literatura, que no en el periodismo ni en el ensayo político social. Rascón Banda, pese a su tema, narra seductoramente, con fuertes dotes de cuentero, como se estila entre los oriundos de la sierra —por ejemplo Gerardo Cornejo, nativo de la sierra sonorense, y lo que artísticamente resulta muy relevante, se entrega a la experimentación formal: es testigo, entrega diversos testimonios orales, consigna un cuaderno con la vida redonda de un personaje, transcribe cintas de audio, inserta letras de corridos y, la historia central se complementa con un guion cinematográfico y una pieza teatral.

En 1993, el escritor regiomontano Ricardo Elizondo Elizondo, quien asedió en sus libros el sentido de la vida y el destino, publicó Narcedalia Piedrotas, que documentaba la llegada de los chinos con sus labores de horticultura al norte de nuestro país y, específicamente, a Nuevo León. Él narró en esta novela la primera forma en que la droga era llevada desde México a Estados Unidos en el estómago de los burros. De aquí derivó la expresión burrero para definir a las personas que se prestaban y prestan a llevar en su cuerpo los cargamentos de droga.

Asesinato en una lavandería china (1996), de Juan José Rodríguez, retoma el mundo de los orientales que llegaron a establecer sus huertas en los estados del norte de nuestro país y, con habilidad e inteligencia, urde una trama ubicada en Mazatlán y que no tiene como escenario los hoteles de cinco estrellas, sino un burdel en que se compran y mendigan servicios sexuales masculinos y un vecindario que recuerda la melancolía de Marruecos y Calcuta.

El argumento arranca a comienzos del siglo veinte, cuando desembarca el abuelo del narrador, un árabe con algo de español quien, en un pueblo que perdió a sus hombres en el mar y en la revolución, abandona a una mujer preñada y se embarca para San Francisco en donde se dedicará al tráfico de chinos. Allá, el griego sufre un atentado en una lavandería de chinos pues los miembros de un Tong decidieron castigarlo porque tuvo tratos con una mujer perteneciente a los seres de la noche. He utilizado esta expresión para que la palabra vampiros no invitara al exabrupto pues si Juan José Rodríguez dice que sus personajes orientales son vampiros, lo hace sin asomo de sensacionalismo y con una preparación tal que, cuando la revelación llega, ya nos ha dicho que las leyendas y la literatura han distorsionado la personalidad de unos seres que son bastante normales pues no tienen colmillos, pueden vivir de día y de noche, se reflejan en los espejos, no les repugna el olor del ajo, no les afecta la luz del sol y, sobre todo, no son inmortales. Como cualquier ser vivo, pueden recibir la muerte con una bala de plata o de plomo, lo mismo que con una estaca. Sólo se distinguen en que son un poco más longevos que el común de la gente y en que su resistencia física es un poco mayor, tal como vemos cuando la novia de Alejandro Medina, el narrador, reciba un tajo en la garganta y pueda sobrevivir.

Hay un detalle muy notable en esta novela de Juan José Rodríguez: a pesar de que maneja elementos que en un momento dado pudieran parecer risibles, como el detalle de los vampiros demasiado humanos o la chinita vampira y manca que corta sus verduras, Rodríguez no permite que el lector suelte la carcajada, porque narra con tal mesura que, cuando reparamos en lo insólito de las situaciones, ya terminamos de leer el libro. La sonrisa puede venir después, pero durante la lectura uno está atento a la anécdota ya que el autor economiza su escritura y salva el escollo de la palabrería y el regodeo en las escenas de sexo y de violencia.

Diez años después, Juan José Rodríguez publicó Mi nombre es Casablanca (2003), que hace varios guiños a la novela El padrino. Es una inteligente muestra de las dos versiones que ha presentado la narrativa detectivesca (la negra y la de enigma), porque Rodríguez construyó una historia de narcos en Mazatlán que mucho tiene que ver con los planteamientos ajedrecísticos que Borges atribuía a la narración criminal.

En 1993, Gonzalo Martré publica El cadáver errante, una novela burlesca en la que el detective, que debe su formación a un curso por correspondencia que ofrece el Instituto Houdini de Catemaco, se ve inmerso en un problema de narcotraficantes sinaloenses.

Para elaborar su novela, Martré recorrió detenidamente el estado de Sinaloa. De otro modo no se explica la descripción minuciosa de la geografía, los alimentos y las expresiones que se incluyen en un glosario como en los libros de antaño. Hasta algunos mitos sinaloenses aparecen, como la figura de Malverde, héroe-santo a quien los narcos le rinden culto en su capilla en donde cada milagro se agradece con un poco de coca que le meten en la nariz. El sabueso, que unas veces se hace llamar Pedro Infante y otras Giordano Bruno, va en busca de la persona y el vehículo de un profesor norteamericano que venía al centro de México pero desapareció en Sinaloa. Esto da un pretexto para que Martré involucre, a veces con ficción y a veces con verismo, el incipiente clima de violencia y aventura que se vivía en Sinaloa. Con un puñado de ágiles capítulos uno pasa de la sonrisa a la carcajada, sin dejar de reconocer que debajo de esa ficción se retuerce una realidad que no ignoramos. Para ilustrar el trabajo paródico del autor podemos tomar el capítulo dedicado a los Chamagosos de Maquío, en donde vemos a un grupo de empresarios que, para defenderse de los secuestradores, crean su propia fuerza militarizada –pues los policías siempre resultan cómplices o culpables– y se amparan en la figura del anciano panista para reconocer su carácter empresarial y su búsqueda de dignidad; lo de chamagosos no es más que la aceptación de que su labor es sucia porque responde a otros actos sucios.

Martré no hace una novela policial ortodoxa porque sabe que eso lo llevaría a un serial de negociante, ajeno a la auténtica beligerancia política que él persigue. Sin embargo, con su novela y su detective de risa loca –que no vacila en sacar de su estuche Houdini-Catemaco un águila para que devore una serpiente que iba a atacar a su hermosa amante manca– está en posibilidad de unir la amenidad y el best seller con planteamientos verdaderamente subversivos.

A esta hilarante novela siguieron Los dineros de Dios (1999), que muestra los vínculos entre las altas esferas clericales y los capos de la droga, y Pájaros en el alambre (2000), que aborda las complicidades entre narcotraficantes y políticos.

El escritor sonorense Gerardo Cornejo, con Juan Justino judicial (1996), contribuyó a crear la imagen del pillo que se convierte en representante de la ley. A él se debe la representación temprana de cómo el corrido dramatiza y guarda memoria de los hechos protagonizados por el héroe bandido que se convierte en modelo a imitar para conseguir fama y poder. Uno de los logros más celebrados de este libro fue su coloquialismo norteño que, antes de que la violencia se extendiera como reguero de pólvora por todo nuestro martirizado país, quiso convertirse en uno de los rasgos de la literatura que se producía en la frontera con Estados Unidos, pasando por encima de la literatura que allí se había dado, como la de Jesús Gardea, los cuentos de Rosario Sanmiguel y las primeras novelas de Daniel Sada.

 

mostrar Nuestros días

La literatura policial mexicana suele volver a los barrios como escenarios. Así lo muestra El misterio del tanque (1989) de Eduardo Villegas Guevara, una obra burlesca que encaja en la vena popular y cachazuda de Pepe Martínez de la Vega, Rafael Bernal y Antonio Helú. En ella, el autor creó su alter ego, el detective Eddy Tenis Boy, un joven de 24 años de edad que es hijo de un soldado y estudió la carrera de detective por correspondencia y, para emprender su primer caso, manda a hacer sus tarjetas de presentación:

EDDY TENIS BOY

DETECTIVE PRIVADO

Calle de la transa No. 69.

Colonia: Glorioso Lodazal

Nezayorck. Tel: 0 00 00 00

Estos datos tienen que ver con la historia contada pues el detective resuelve el caso del robo de un tanque de gas en Ciudad Neza y sus fantasías eróticas coinciden con el número de su casa.

Para llegar a la solución del enigma, el detective nos cuenta sus andanzas con un lenguaje sabroso, coloquial y alburero y nos lleva en un rápido recorrido por Nezahualpolvo para ver a los provincianos recién llegados, a los sonideros, a los tianguistas, al judicial cornudo y a la güera de cascos ligeros.

Eddy es un digno descendiente de Péter Pérez, el detective de Peralvillo que convivía con tamaleras, bailarinas de mambo y policías chimuelos pues el robo del tanque no sólo es ridículo, sino la solución también, pues para aclarar el hurto Eddy tiene que ir en busca de su mamá para que le eche las cartas.

César López Cuadras es autor de La novela inconclusa de Bernardino Casablanca (1993), misma que se nutre de la corrupción, el tráfico de drogas, hace búsquedas formales ajenas al esnobismo y toma a una figura muy conocida para hacerla personaje literario.

En esta novela, Truman Capote llega a Sinaloa invitado por el profesor Narciso Capistrán, quien desea escribir una novela sobre el asesinato de Bernardino Rentería, un lenón que, según una prostituta, tiene parecido con Humphrey Bogart. Años más tarde, cuando el tratante de blancas deja de ser encargado y se convierte en patrón, le pone Casablanca a su burdel y, el nombre del local, sustituye al apellido Rentería.

Por su hechura, esta novela que se desarrolla en los años cincuenta, pertenece a lo que algunos críticos llaman metaficción pues el autor muestra la manera en que Capistrán va consiguiendo información, tomando apuntes —pláticas, cartas, monólogos, narraciones omniscientes y, al final, aunque no llegue a escribir la novela, nosotros tenemos todos los hilos en nuestras manos.

En 1995, el escritor lagunero Francisco José Amparán publicó Otras caras del paraíso, una extraordinaria novela, llena de humor, agilísima, que planteaba los nexos entre políticos y criminales. En su libro de cuentos Tríptico gótico (1997) entregó un relato excepcional, “Gótico lagunero”, que es la actualización concentrada, homeopática, de Filiberto García. Un policía lagunero resuelve el caso de una hechicera con capacidades taumatúrgicas y el relato tiene un coloquialismo y una oralidad que lo ponen a la altura de El complot mongol, pero al mismo tiempo lo acercan al relato fantástico.

Otras caras del paraíso (reedición de 2012), según apunta Julián Herbert en el prólogo del libro es la única novela de Amparán. Surgió motivada por las muertas de Juárez que, se sospechaba, estaban nutriendo el cine pornográfico en esa vertiente llamada cine de extinción, que filmaba los asesinatos de las mujeres.

Esta novela tiene un detective que es profesor universitario y resuelve enigmas sólo por afición, pero que no soporta ver cadáveres porque le provocan pesadillas. Narra la desaparición de una joven cuya búsqueda le encargan al profesor quien, por indagar el paradero de la muchacha, se va metiendo en problemas hasta que llega con el hijo de un senador, un joven desquiciado por todos los lujos que ha tenido y que acaba filmando orgías que culminan con el sacrificio vandálico de las mujeres, mismas que antes representaban su matrimonio ante las cámaras.

Luego viene el ajuste de cuentas al senador, que no conforme con su estratosférico salario, como el que detentan hoy sus semejantes, quiere despojar de sus tierras a un grupo de ejidatarios, tal como sucede hoy día. Y ¡oh milagro!, el senador recibe su merecido a pesar de su fuero y de sus contactos corruptos.

Otras caras del paraíso tiene elementos de la novela de enigma y de la novela negra. De la primera porque, mediante un ingenioso artilugio, según el cual el profesor y su amigo policía iban a morir frente a una metralleta, su captor se dio el lujo de regalarles la explicación de algunos pasajes de la escabechina a la cual asistimos. De la novela negra tiene el señalamiento de la corrupción de los adinerados, lo cual es ya un pleonasmo, además de los abundantes cadáveres y las escenas picantes.

La trama de esta novela está tejida magistralmente y tiene una enorme virtud: es capaz de hacer reír al lector a lo largo de 385 páginas en las que chispea el lenguaje, menudean las ocurrencias ingeniosas y se insertan multitud de epígrafes tomados de canciones en inglés y en español.

En 1999 apareció Élmer Mendoza con Un asesino solitario, a la que siguieron varias novelas como Balas de plata (2008) y La prueba del ácido (2010). A él se atribuye la paternidad de la narco novela, derivación negra del relato criminal pero, justo es decirlo, este tipo de narración, con sobrada calidad literaria, ya tenía tiempo de haber nacido.

A pesar de la moda disparada por la violencia social que vive México en nuestros días, se siguen publicando novelas que se atienen al enigma vinculado a otros aspectos que no son el tráfico de estupefacientes. Es el caso de Partitura para mujer muerta (2009) de Vicente Alfonso, quien desarrolla un enigma sazonado con los conocimientos musicales del autor y la proverbial corrupción policiaca. Los minutos negros (2006), de Martín Solares, es una voluminosa novela ubicada en un poblado ficticio aunque todo sugiere que se trata de Sinaloa. Hay una clara búsqueda de recursos formales y si bien el enigma consiste en la muerte de unas niñas, la alusión al desorden impuesto por el narcotráfico se mantiene como un telón de fondo.

Fisuras en el continente literario (2006), de Federico Vite, vuelve al mundo de los escritores que presentó Enrique Serna en El miedo a los animales. Ahora la nota humorística presenta a Octavio Paz secuestrado y convertido en novelista por el chantaje de un policía. Aunque se trata de una modesta novela llena de guiños al mundo literario nacional, llegó como un jarro de agua fresca en un mundo editorial señoreado por la narrativa con personajes dedicados al narcotráfico.

La aparición en 2006 de la primera novela de Guillermo Rubio, Pasito Tun tun (2006), coctel de crueldad y humor negro, fue una mohonera en la literatura mexicana. Era una novela negra escrita por un hombre que conocía, por sus labores desempeñadas a lo largo de muchos años, el mundo criminal desde las entrañas del monstruo. Cierto que Dashiell Hammett había sido detective y sabía de lo que hablaba, pero el caso más próximo al de Guillermo es el del novelista italiano José Giovanni, quien se desempeñó algún tiempo como policía y acabó convertido en un exitoso novelista. A él lo difundió Ricardo Piglia desde Buenos Aires en la Editorial Tiempo Contemporáneo.

El Sinaloa (2012), segunda novela de Rubio, basa su argumento en el encargo de un asesinato, hecho que luego se complica y adereza con múltiples incidentes que nos recuerdan la novela de aventuras tipo Emilio Salgari, en donde cada episodio tiene un valor en sí mismo más allá de la línea dominante del argumento. Entrar en las páginas de este libro es como si fuéramos invitados a ver las mansiones de los narcos, a mirar sus carreras de caballos y sus peleas de gallos. Como si metiéramos la cabeza a los closets para mirar su ropa, sus botas, sus alhajas, sus maletas llenas de dólares, sus armas de fuego y escuchásemos sus conversaciones en donde hablan de comilonas, fiestas y múltiples amantes. Pese a todo esto, su mundo es sombrío y sórdido.

El Sinaloa es una novela iluminadora porque muestra que la convivencia de policías, militares y narcos no puede generar más que corrupción. No hay solución posible porque la autoridad que detiene o decomisa queda atrapada en la misma telaraña. De este modo tenemos uno más dentro de la corrupción y la clandestinidad, pero también de la opulencia de la que ya no puede ni quiere salir; queda atrapado en la telaraña pegajosa del crimen que también tiene la fragancia de los billetes de banco.

Una espesa nata se cierne sobre todos los personajes: la traición. De aquí se desprende un hecho: nadie sale del negocio si no es con los pies por delante. Y el ejemplo es el personaje central de la novela. Quiso huir para vivir como un tranquilo padre de familia, pero acabó cumpliendo lo que José Revueltas llamó Realismo dialéctico. El Sinaloa saca de trabajar a una joven colombiana, empleada de una casa de citas —lo que nos da a Lucrecia con el Muñeco, protagonistas de Los errores— y se va con ella a Sudamérica, hasta donde lo alcanza el crimen organizado como sugiere el final abierto de la novela.

A mi juicio, son dos los valores de la novela: la vívida recreación del mundo de policías y narcotraficantes, y la caracterización del habla de esos personajes, que es violenta y a ratos descarnada, pero resulta una aproximación a ese grupo terrible que tiene de cabeza a nuestro atribulado país.

Toda la sangre (2013), de Bernardo Esquinca, tiene mucha detection y un solo policía, que además lleva un papel secundario. Como en la época del boom, cuando Carlos Fuentes publicó “Chac Mool” (1954), Julio Cortázar “La noche bocarriba” (1956) y José Emilio Pacheco “Tenga para que se entretenga” (1972), así Esquinca construye Toda la sangre en un escenario eminentemente urbano, con elementos religiosos prehispánicos y se atiene en su construcción a los rasgos de la narración fantástica.

Así como Honorio Bustos Domeqc resolvía los enigmas policiales que le llevaban hasta su celda de la penitenciaría de Buenos Aires, Esquinca concibe al Griego, un personaje que resuelve enigmas desde su habitación del hospital siquiátrico en donde está recluido. El personaje Casasola es periodista de nota roja, un tipo de información que a Esquinca siempre le ha interesado, quizá porque pone al ser humano desnudo frente a las trampas de la vida.

Esta novela es una bitácora puntual del centro histórico, con sus bares, restaurantes y cervecerías, más sobre todo de algunos edificios y de las ruinas que vemos en la superficie. A esto debemos agregar los meandros que se encuentran debajo de la catedral metropolitana y que no son accesibles a todos nosotros.

El autor fue a visitar esos espacios para montar sus ficciones sobre ellos pero, ante todo, se documentó en libros de historia y arqueología para hacer una novela verosímil. Esto es lo que los novelistas de antaño llamaban la arqueología de sus ficciones. Vale la pena destacar que esta novela, como Un sueño de Bernardo Reyes (2013), de Ignacio Solares, son novelas con bibliografía, sin que esto le dé un tufillo académico a sus creaciones.

Toda la sangre relata cómo Casasola va tras un asesino ritual y, en las últimas páginas de la novela, es auxiliado por un policía. Estamos ante una novela detectivesca sin policías y, como sucedió en la novela negra norteamericana, el esclarecimiento de los ilícitos queda en manos de un periodista. Aunque el desenlace podría ser fantástico, cabe la posibilidad de que haya habido una sugestión y el mundo siga girando bajo el orden de todos los días.

La portada y las primeras páginas de Tiempo de alacranes (2005), de Bernardo Fernández, despiertan reservas porque uno piensa que entrará en uno de tantos novelines de narcos y guaruras que son superados por las páginas rojas y criminales, generalmente muy bien escritas, de medios como La Jornada y Proceso. Pero Fernández urde su novela con inteligencia, sin calcar un hecho específico suficientemente documentado en la prensa y tiene un gran acierto: su versatilidad para reproducir el coloquialismo de los mafiosos mezclado con hablas marginales de distintos países.

El libro está dividido en tres caídas, como en la lucha libre, para señalar que la vida del matón profesional que protagoniza la novela es una lucha constante por sobrevivir y por alejarse del mundo criminal. Aunque es conocido como el Güero, no por el color de su piel sino porque tiene la ferocidad y la letalidad de los alacranes dorados, es un asesino con corazón de pollo que le perdona la vida a un testigo protegido, sólo porque descubre que es un buen padre de familia.

La novela está contada en pequeños capítulos que no permiten que el lector la suelte. Fernández logra construir una suerte de arquetipo del mundo criminal porque perfila sicarios, ladrones de tierras, policías, guaruras, drogadictos, líderes de cárteles, escabechinas y hasta matones de buen corazón. Incluso entrega una jefa de cártel que le regala al Güero los recursos para recomenzar su vida fuera del mundo delictivo.

En el año 2004, en el Fondo Editorial Tierra Adentro, apareció Trabajos del reino, de Yuri Herrera, pero no fue sino hasta 2008 —gracias a los oficios de Elena Poniatowska—, cuando se publicó en España, que empezó a mencionarse como uno de los acercamientos al orden social nacido del narcotráfico. La novela inventa un coto, un reino, señoreado por un capo que tiene a su alrededor varios satélites como el contador, el periodista, los sicarios, las mujeres y el artista, un compositor de corridos que también trabaja para el capo, que aquí se menciona como el Rey. Lo más notable de la novela es que ofrece una propuesta de estilo muy semejante a la que habían hecho en el siglo pasado Daniel Sada, Jesús Gardea, Gerardo Cornejo y, en menor medida, Eduardo Antonio Parra.

En medio del alud de libros nacidos de la sangrienta cultura del narco tráfico, sobresale Fiesta en la madriguera (2010), de Juan Pablo Villalobos, porque es uno de los más artísticos y puede ser medido con cualquier literatura sin adjetivos. Es una novela decantada que pasa por los ojos de un niño, hijo de un capo, que vive encerrado en la mansión que ha fabricado su padre, llena de lujos y que tiene su cuarto de armas. Las observaciones del menor a veces resultan irónicas o humorísticas pero eso permite que los episodios sangrientos, o de violencia, relevantes en otros libros de esta corriente, aquí parezcan ocurrencias o hechos patéticos y lejanos, como cuando el niño va a conseguir el hipopótamo enano que anhelaba para su zoológico particular. La edad del menor permite también que su expresión se vaya convirtiendo en un estilo literario.

Cabe agregar que el narcorrelato —tan abundante en México como la violencia de donde nace, ramificación de la novela negra, es tan exitoso que los editores convocan a los novelistas para que colaboren en volúmenes dedicados al tema. Tal es el caso de Narcocuentos (2014), volumen que convoca a Alejandro Almazán, Bernardo Fernández, Rogelio Guedea, Julián Herbert, Antonio Ortuño, Juan José Rodríguez, Daniel Espartaco Sánchez y Eduardo Antonio Parra quien, con “No hay mañana”, de su más reciente volumen de cuentos, Desterrados (2013), logra dar un giro sorprendente y humorístico al relato cuyo tema es la violencia.

Con su oficio y talento narrativo, Enrique Serna mostró, en La doble vida de Jesús (2014), la manera en que los traficantes de drogas van cooptando, con los más diversos recursos (dinero, cargos públicos, dádivas, chantajes, relaciones amorosas, violencia y crímenes) a los políticos para convertir a nuestro país y sus instituciones en el galimatías que padecemos. Funcionarios y narcos forman un sistema de vasos comunicantes que inunda gubernaturas, instituciones, cámaras de diputados y senadores y cuerpos de policía.

Serna no ha incursionado en una corriente literaria de moda, sino llevó los hechos que padecemos a la esfera de sus intereses. De aquí que muestre las flacas convicciones de los que quieren ordenar el mundo y la bisexualidad exacerbada que viven algunos de los personajes más destacados de su universo literario.

La literatura criminal y su variante que ha detonado la violencia generada por el narcotráfico es amplia y cada día crece más. Valga este recuento como una muestra en la que seguramente faltan más obras que fue imposible mencionar por la dificultad para conseguirlas o, hay que decirlo, por un desconocimiento involuntario.

 

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