Enciclopedia de la Literatura en México

Juan Carlos Onetti

mostrar Introducción

Juan Carlos Onetti nace el 1 de julio de 1909 en Montevideo, Uruguay. Hijo de Carlos Onetti, empleado de aduanas, y de Honoria Borges, descendiente de una familia aristocrática brasileña. Comparte hogar con dos hermanos: Raúl, mayor que él, y Raquel, la más pequeña. Muy joven contrae matrimonio con su prima, María Amalia Onetti, y posteriormente lo hará con otras tres mujeres: María Julia Onetti –hermana de María Amalia–,­ Elisabeth María Pekelhring y Dorotea Muhr, concibiendo de estos matrimonios dos hijos: Jorge e Isabel María.

Considerado como uno de los mejores escritores en español, la obra de Onetti escapa de los temas comunes de la novela latinoamericana de su tiempo: la narrativa localista, la lucha de la civilización, el costumbrismo o criollismo, y se centra en explorar las vicisitudes del individuo vencido ante su realidad, presa fatal de la existencia y el mundo que lo rodea.

Su recorrido en el mundo de las letras comienza en 1930 en la ciudad de Buenos Aires, donde es invitado a colaborar con una columna sobre cine en el diario Crítica. Tres años después, La prensa publica su primer cuento: “Avenida de mayo-Diagonal-Avenida de mayo”, y posteriormente, en 1939, Onetti toma el cargo de jefe de redacción en el semanario Marcha, en Montevideo, decisión que marcó un antes y después en su vida; ese mismo año El pozo, su primera novela, vio la luz con un tiraje de 500 ejemplares.

Desde 1941 hasta 1955 colaboró en las revistas Sur, La Nación, Clarín, la agencia Reuter y en periódicos de provincias. En esta temporada comienzan a gestarse las novelas de las que proviene su reconocimiento por parte de la crítica y el público: La vida breve (1950), El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964), las cuales integran la llamada “Trilogía de Santa María”, ciudad ficticia situada en algún punto entre Buenos Aires y Montevideo, que, a la manera de la Yoknapatawpha de William Faulkner (una de las grandes influencias de Onetti), constituye el centro de su universo ficticio.

Las publicaciones continuaron ininterrumpidamente hasta 1974 (Cuentos completos [1967], Novelas cortas [1968] y Obras completas [1970]). En febrero de 1974, Onetti funge como jurado de un concurso de narrativa organizado por el semanario Marcha, donde resulta ganador el cuento “El guardaespaldas”, de Nelson Marra, lo cual acarreará innumerables problemas para el uruguayo. La dictadura militar de Juan María Bordaberry calificó al cuento como una “asistencia a asociaciones subversivas” y llevó a la cárcel al autor, a Carlos Quijano (director de Marcha), Hugo Alfaro (redactor responsable) y a Juan Carlos Onetti y Mercedes Rein, miembros del jurado. Debido a lo anterior, y gracias a la ayuda de Juan Ignacio Tena, Onetti decide mudarse a Madrid al año siguiente, lo que da inicio a la última etapa del autor, con menos publicaciones pero mayor reconocimiento. Es durante estos años que publica Dejemos hablar al viento (1979), novela que lo consolida en el mercado editorial y alienta la concesión del Premio Cervantes (1980).

Juan Carlos Onetti pasó sus últimos años alejado del mundo, tirado en la cama fumando y tomando whisky encerrado en su departamento de la avenida América, en Madrid, recibiendo a veces a lectores o periodistas que lograban convencerlo. En 1993 publicó su último libro, la novela Cuando ya no importe, un testimonio literario en el que vuelve por última vez a Santa María. Murió el 30 de mayo de 1994 en el Instituto de Cirugías Especiales de Madrid, a los 84 años.

mostrar Onetti antes de Onetti

Lector y conversador desde niño, iniciador de guerrillas entre su barrio y otros, Juan Carlos Onetti solía narrar historias e inventar personajes fantásticos como si los hubiera conocido para diversión de sus amigos. Sobre su infancia, cuenta:

Recuerdo que cuando era niño me escondía en uno de esos armarios enormes que cubrían toda una pared y que casi siempre estaban llenos de trastos. Bueno, pues yo me escondía adentro con un gato y un libro. Dejaba la puerta entreabierta para poder ver y allí permanecía durante horas. Mis padres me buscaban por todas partes y terminaban por creer que me había ido a la calle. Y esta pasión por la lectura fue incrementada por el descubrimiento de un pariente lejano, y también lejano por la distancia. Había llegado a mis oídos que este hombre tenía la colección completa de las aventuras de Fantomas. Entonces yo me tenía que hacer cinco kilómetros a pie para conseguir que me prestara un tomo en cada visita […] Entonces yo llegaba a mi casa, devoraba el libro y volvía a hacer los cinco kilómetros para saber lo que seguía.[1]

Onetti solía encerrarse en el Museo Pedagógico a leer todo el día a Julio Verne, a esta obsesión por la lectura le debe su miopía temprana. Tuvo que abandonar sus estudios en el liceo por ser incapaz de aprobar dibujo, un episodio que nunca olvidará. Posteriormente, durante su juventud, su vida laboral se desenvolvió en distintos puestos: mozo de cantina, portero, vendedor de entradas para el Estadio Centenario, ninguno relacionado con la literatura pero sí, íntimamente, al desarrollo de aquella gran urbe llamada Montevideo.

En 1923 escribe y envía sus primeros cuentos y poemas a la revista El mundo uruguayo, sin conseguir que se publiquen. En 1928, a los 19 años, funda la revista La tijera de Colón, de la que alcanzan a editarse siete números, junto a dos amigos. En 1929, luego del vi Congreso de la Internacional Comunista llevado a cabo en Montevideo, el joven Onetti intenta viajar por primera vez a la Unión Soviética, donde imagina una sociedad mucho más avanzada con respecto a “la abolición de diferencias”, pero desiste después de la primera entrevista con el embajador soviético. En 1930, casado ya con María Amalia, el escritor emprende el viaje a Buenos aires, una ciudad desconocida pero familiar.

Durante la década de los años treinta, las ciudades rioplatenses se encontraban en un proceso de modernización, lo cual se convierte en una preocupación constante del escritor. Es, por ejemplo, uno de los primeros en hablar sobre la “inexistencia” del Montevideo real, el Montevideo de la transición, puesto que los literatos (preocupados por disfrutar las últimas mieles del criollismo) no se decidían todavía a hablar sobre la ciudad donde había más doctores, empleados públicos y almaceneros que todo el resto del país. ¿Cómo era?, ¿qué era?, ¿cómo era la gente que la habitaba?

No fue el único en intentar la descripción de ciudades inmigrantes, esos monstruos de miles de ojos y brazos, pero ninguno como él logró convertir la ciudad en personaje central de toda su obra. Es en Buenos Aires también donde conoce a Nalé Roxlo, quien lo acerca a Crítica, donde Onetti colabora con una columna sobre crítica cinematográfica, publica varios cuentos y un fragmento de Tiempo de abrazar.

Para Onetti, Montevideo era:

Una ciudad moderna recién refundada a orillas del Río de la Plata, en la que pujan la tradición centenaria con las utopías de realización inminente, una ciudad en la que las representaciones del futuro anticipado se ponen en tensión con las imágenes de la historia, configurando un proceso de transformación que a pesar de su profundidad aún puede ser retenido por una memoria individual, tal ha sido la intensidad y la urgencia de los cambios. Una memoria atrapada por la seducción de lo nuevo, que evoca con vacilación y nostalgia las huellas del pasado reciente.[2]

Es en Buenos Aires donde Onetti comienza a escribir en serio, sentado frente a una máquina de escribir en su oficina ubicada en un sótano. De un episodio fortuito nace el primer borrador de la novela que marcaría su vida: debido a la prohibición de venta de cigarrillos los sábados y domingos, la juventud solía abastecerse de tabaco cada viernes, Onetti incluido, hasta una semana de marzo en que olvida ir a surtirse. De esta desesperación por no poder fumar nace una novela corta de treinta y dos páginas, escrito en una sola tarde y de un tirón: “El pozo”, cuyo manuscrito se perderá en alguna mudanza.

mostrar Primeras publicaciones

En 1932, Onetti participa en un concurso de cuento organizado por La prensa. Su cuento, “Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de mayo”, es considerado uno de los mejores diez presentados al concurso y se publica a principios de 1933. “El obstáculo” ve la luz en 1935 y “El posible Baldi” el año siguiente, 1936, asentando con estas tres primeras publicaciones los registros y poética de sus posteriores obras. De estos años data también el primer manuscrito de Tiempo de abrazar y el comienzo de su amistad con Roberto Arlt, quien marcaría su vida. La obra de Arlt lo atrae por retratar a un hombre desahuciado, deshecho por el contacto extremo con su entorno urbano, por ser parte del engranaje de la ciudad.

En 1939, de vuelta en Montevideo y con Onetti trabajando para el recién fundado semanario Marcha como secretario de redacción (una columna de “alacraneo literario” donde llegó a publicar cuentos policiacos con seudónimos extranjeros), una versión revisada de El pozo es publicada con un tiraje de 500 ejemplares por ediciones Signo, con muy pocas ventas debido a la casi nula atención de la prensa.

El Pozo, relato de apenas 35 cuartillas a la manera de las nouvelles francesas, narrada en primera persona por Eladio Linacero, un personaje aislado del mundo, sin muchas esperanzas, que acaba de cumplir cuarenta años, invitándonos a conocer el interior de su mente. Diametralmente opuesta a los temas comunes en la literatura de esa época: la vida del gaucho y el costumbrismo indigenista, la novela del uruguayo exploraba las vicisitudes del ser y la existencia, con una voz personal y una poética ensimismadas, encerrada en sí mismas entre la angustia y el fracaso. Jean Paul Sartre había publicado La náusea (1938) el año anterior; El extranjero (1942) de Albert Camus llegaría tres años después, la literatura existencialista tenía apenas un par de bases aun no desarrolladas, de las cuales Onetti pasa inmediatamente a ser parte.

La novela en sí resulta de un estilo escarpado desde las primeras líneas, en las cuales vemos a Eladio Linacero pasearse por su cuarto imaginando que lo ve todo por primera vez. Este personaje narrador funciona como una conciencia subjetiva que se mira a sí misma: el yo existencialista. Dentro del brevemente descrito cuarto, Eladio no pertenece a ningún sitio, sino que se nos ofrece en la sensación de la carne.

Me paseaba con medio cuerpo desnudo, aburrido de estar tirado desde mediodía, soplando el maldito calor que junta el techo y que ahora, siempre, en las tardes, derrama dentro de la pieza. Caminaba con las manos atrás, oyendo golpear las zapatillas en las baldosas, oliéndome alternativamente cada una de las axilas. Movía la cabeza de un lado a otro, aspirando, y esto me hacía crecer, yo lo sentí, una mueca de asco en la cara. La barbilla, sin afeitar, me rozaba los hombros.[3]

El aspecto estructural fragmentario es otro de los puntos que constituyeron posteriormente a El pozo como un referente en la literatura escrita en español. Estructurada en dieciocho fragmentos separados por espacios en blanco, la novela parece retorcerse y entremezclar tiempos verbales, imágenes, símbolos y situaciones que no obedecen a un orden cronológico y desarman cualquier atisbo de linealidad narrativa.

Sin embargo, pasarán muchos años antes de que El Pozo tenga el reconocimiento que merece.

En 1940, “Convalecencia”, firmado con el seudónimo H. C. Ramos, es uno de los tres cuentos a compartir el primer lugar en un concurso de narrativa organizado por Marcha.  No se conocerá la verdadera identidad de su autor sino hasta 1973. También en esa época Onetti vuelve a Buenos Aires, desempeñándose como colaborador en La nación, Vea y Lea y otras publicaciones argentinas. A mediados de 1941 se publica “Un sueño realizado”, Losada edita Tierra de nadie (segundo lugar en su concurso de novela) y Tiempo de abrazar queda entre los seis finalistas del concurso de mejor novela inédita de Hispanoamérica organizado por la editorial Rinehart y Farrar, aunque termina ganando El mundo es ancho y ajeno, del peruano Ciro Alegría.

mostrar Una poética de la evasión

Desde la publicación de su primer cuento, “Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo”, en 1933, se puede apreciar la necesidad de Onetti de romper moldes, de transgredir las estructuras tradicionales. Se aleja del modelo de “realidad” que intentaban reflejar sus contemporáneos y prefiere apostar por una realidad propia, un universo privado desde el cual nos mostrará su visión del mundo, de la vida y la literatura.

Su obra es un mar de realidades que embonan unas con otras para formar un universo autosuficiente, verosímil, con límites y leyes que lo regulan, una ficción que demuestra en varias ocasiones ser consciente de serlo (universo que posteriormente llamará Santa María). Abundan allí los hombres y mujeres arrojados al límite de la fatalidad, del pesimismo, del fracaso, con la intención de mostrar la figura oculta en los puntos bajos de la existencia, la soledad, la nostalgia. Todo esto siguiendo una necesidad vital: la revalorización de los conceptos: la mentira, la farsa, el reflejo del espejo sucio; los escenarios donde se desarrolla la ficción onettiana representan un aparente escape del vacío, una ventana empañada a través de la cual el lector puede atestiguar, sin peligro, sin temor, lo incomprensible de la existencia. Sus personajes surgen desde el anonimato, desde lo homogéneo y el inminente golpe de la realidad.

Publicados en cuatro libros principales: Un sueño realizado y otros cuentos (1951), El infierno tan temido y otros cuentos (1962) y posteriormente editados en varias veces en Cuentos completos (1967, 1974, 1994 y 2006),  en sus cuentos puede apreciarse un doble movimiento estructural, la narrativa de dos actos como una poética del cuento que, sin embargo, no traiciona la expectativa de sus ficciones. En primera instancia, esta doble estructura permite al lector visualizar la multitud de posibilidades de la historia, en tanto que el segundo arco explora alguna de estas, la elegida por el personaje de turno. En “Un sueño realizado”, por ejemplo, la etapa de preparación es la mujer contando el sueño; la segunda, la escena. En “Bienvenido Bob” tenemos la diferencia bien marcada entre las descripciones de Roberto, mostrándonoslo primero como un adolescente y luego como un hombre adulto. En “Esberg, en la costa”, la estafa nos guiará entre dos etapas de la relación de Kirsten y Montes; en “Convalecencia” tenemos el día a día normal de la mujer en la playa, y luego la intromisión del vecino, el mensajero de las mil cosas que la protagonista intenta no recordar.

Lejos de la estructura del cuento clásico: inicio, desarrollo, clímax y final, Onetti se decanta por situaciones de tensión mucho más cercanas a la realidad. Las tramas de sus historias se despliegan a través de un acontecimiento importante que justifica el accionar de los personajes y explica la tensión de la que se nos ha hecho parte, con la intención de que podamos ser partícipes de la epifanía o testimonio final, que más que intentar dar una clausura funciona como un diálogo causa-consecuencia.

La propuesta estética de Onetti se desprende de esta constante sensación de alejamiento, de la falta de comunicación entre el protagonista y su mundo y la imposibilidad fatalista de volver atrás y seguir caminos distintos. “Bienvenido Bob” no tiene final, ni una resolución del conflicto de los personajes, sino que este se diluye y sitúa al lector frente a una situación que habrá de repetirse:

En el fondo sé que no se irá nunca porque no tiene sitio donde ir; pero me hago delicado y paciente y trato de conformarlo. Como ese puñado de tierra natal, o esas fotografías de calles y monumentos, o las canciones que gustan traer consigo los inmigrantes, voy construyendo para él planes, creencias y mañanas distintos que tienen luz y el sabor del país de juventud de donde él llegó hace un tiempo.[4]

Una fatalidad parecida nos espera también al final de “Esbjerg, en la costa”, cuando Montes “terminó por convencerse de que tiene el deber de acompañarla (a Kirsten), que así paga en cuotas la deuda que tiene con ella, como está pagando la que tiene conmigo”. A partir del momento en que Montes asume esta imposibilidad de escapar como una verdad inamovible, todas las veces en que ambos personajes caminan por el muelle y se miran hasta que no pueden más, cada uno pensando en cosas tan distintas y escondidas, estarán aceptando también la presencia de este presente infinito, la fatalidad cuidadosamente construida línea a línea que elimina cualquier posibilidad de cambio.

Los personajes de los cuentos de Onetti sobreviven gracias a este aferrarse a algo que, al mismo tiempo, tienen que rechazar: la posibilidad de un futuro mejor, cuya añoranza poco a poco los aleja más del futuro inmediato y los hunde. La psique de sus personajes no está regida por el amor, o por lo menos no por el amor como lo retratan otros autores latinoamericanos, sino, más bien, por un entrelazamiento de la soledad con algunos de los comportamientos considerados como los más bajos del ser humano: “El principio de odio y el fundamental desprecio que me ataban a ella, a su voracidad y a su bajeza”, dice Brausen en La vida breve. El odio, el desprecio, el temor, pero siempre motivados por una necesidad de contacto con el otro, por la búsqueda de encontrarse en el otro.

El fracaso onettiano, entonces, no representa el olvido, la inclinación a “lo absurdo de la existencia”, sino que la inacción del fracasado contiene dentro de sí una carga narratológica polisémica, puesto que es, en su estado más puro, motivada por el temor a hundirse aún más en la desgracia, proviene de la hiperbolización de la consciencia del existir, del enfrentamiento directo de los individuos con los límites de la razón y la desesperanza. Las líneas narrativas se desarrollan a través del juego de contrastes entre los impulsos más disímiles: la piedad y la vergüenza, el asco y la ternura, etcétera, llevan a los personajes a este choque que los hará sufrir, que los hará recordar que están vivos.

mostrar Tres novelas en Santa María

Siguiendo la influencia de William Faulkner y su Yoknapatawpha County, condado ficticio de Mississippi donde el escritor norteamericano ubicará varios de sus relatos y novelas, Onetti imagina una ciudad llamada Santa María, ubicada entre Buenos Aires y Montevideo, construyéndola mediante una incesante acumulación de transgresiones a sus propios límites, con una escritura áspera, de bordes afilados, disímil consigo misma –aunque solo en apariencia–, que se mueve a través de puertas y ventanas entre texto y texto para constituir una unidad general, a manera de universo conceptual y literario.

La ciudad de Santa María está basada en el mundo real, pero al mismo tiempo es un opuesto posible, una ficción imaginada por Brausen, protagonista de La vida breve (1950), dispuesta así por el autor en un intento de transgredir la idea del demiurgo en la novela clásica y depositando el poder creador en un escritor de poca monta que a veces es nombrado como fundador del pueblo y otras como su creador. Posteriormente varios de sus cuentos y novelas irán nutriendo este universo narrativo, siendo las más importantes La vida breve (1950), El astillero (1961) y Jundacadáveres (1964).

La creación de esta ciudad imaginaria obedece a la necesidad de Onetti por un lugar donde su universo narrativo pudiera desarrollarse, existir. Una idea materializada a través de la reaparición de personajes y lugares, que además de funcionar como vasos comunicantes, fungieran también como cimientos de un universo personal. Sin embargo, a pesar de ser la fundación de Santa María uno de los ejes principales de La vida breve (1950), es posible encontrar referencias a este espacio casi mítico en otros textos, como en la “La casa en la arena”, donde también vemos a uno de los personajes emblemáticos de la ciudad: el doctor Díaz Grey, o también en “Excursión”, parte de Tiempo de abrazar, donde se habla y describe vagamente las peculiaridades de un pueblo provincial cuyas disposiciones arquitectónicas se asemejan a las que posteriormente veremos en Santa María.

La ciudad ficticia fundada por Brausen en La vida breve, la ficción dentro de la ficción de un hombre triste común y corriente buscando escapar de la realidad de su esposa enferma y los problemas de dinero; un universo paralelo en el que puede iniciarse otra vida, diametralmente opuesta a la anterior. A través de las descripciones de la ciudad enunciadas por Brausen somos partícipes de su viaje iniciático, de la lenta creación de las esquinas y olores de una ciudad, de su gente y los gritos y los chismes, hasta poder verla desde lejos como si siempre hubiera existido, como si –al igual que Brausen– la conociéramos de hace años por haber hecho una visita feliz durante la infancia. Somos parte del proceso de Brausen admirando su creación al punto de traerla al mundo o traspasar él mismo sus fronteras y habitarla.

Cambiante en cada novela, alterable y desigual en cada recorrido de sus personajes, Santa María es el escondite de Larsen en El astillero (1961), el lugar perfecto para el exilio de un triste e ingenuo cincuentón pasado de peso, fluyendo por los dos escenarios irreparables de su vida: el aniquilado astillero de Jeremías Petrus, con cuya hija desea casarse, y el fatalismo de su propio destino. El astillero está muy cerca de Santa María pero no es Santa María, sino un mundo alterno al de la realidad, creado por Petrus a la manera del Brausen Dios y posteriormente destruido por el paso del tiempo y las malas decisiones. El astillero, aquel montón de piedras y charcos podridos, lúgubre y gris como el destino de Larsen, es también una transformación de la ciudad en un opuesto, tanto como la misma Santa María llega a serlo de Montevideo o Buenos Aires.

La Santa María de Juntacadáveres (1964) es también distinta. Publicada varios años después de la novela anterior pero cronológicamente anterior, en Juntacadáveres presenciamos una nueva aparición de Larsen, el personaje arquetípico onettiano del hombre fracasado que no se cansa de intentar. En esta novela la ciudad llega a un nivel más alto de significación y se transmuta en personaje, una fuerza opositora que se rebela contra los deseos de Larsen, el juntacadáveres, de inaugurar un prostíbulo en la zona. Una ciudad cuya fingida pureza logrará, al final, expulsar al demonio y sus mujeres de sus hogares.

De esta manera, es posible asumir que la fundación de Santa María en La vida breve obedece a la necesidad del autor por construir un mito del origen que pudiera también explicar el mundo real. A diferencia de Linacero, el protagonista de El pozo (1939), Brausen, rompe una barrera más que su antecesor y lleva la ficción intimista y existencial hasta una posible ficción autónoma constituyéndose a él mismo como narrador, personaje y, de cierta manera, también lector de sí mismo.

mostrar Cuadernos hispanoamericanos

Hasta la década de los años cincuenta, los libros de Onetti todavía no habían sido analizados a fondo, la crítica se ejercía aún en torno a sus cuentos y novelas como unidades individuales, y existían apenas lecturas fragmentarias de su obra. Para un escritor con textos como El pozo (1939) o Tierra de nadie (1941), resulta por lo menos curioso que el primer artículo largo sobre su obra haya aparecido más de diez años después de la publicación de su primera novela, en forma del prólogo a Un sueño realizado y otros cuentos, escrito por Mario Benedetti en 1951.

Largas y benevolentes reseñas se habían escrito al respecto de sus libros para ese momento, pero ninguna que analizara a cabalidad el universo que ya se estaba gestando en Santa María. Ángel Rama (Origen de un novelista y de una generación literaria) y Emir Rodríguez Monegal (La fortuna de Onetti) habían escrito sobre el autor, y están presentes, al igual que Benedetti, en las compilaciones de estudios en torno a la obra del uruguayo: Recopilación de textos de Juan Carlos Onetti (La Habana: Casa de las Américas, 1969), Onetti (Montevideo: Marcha, 1973) y Homenaje a Juan Carlos Onetti (Long Island: Anaya-Las Américas, 1974), organizados por Reinaldo García Ramos, Jorge Rufinelli y Helmy F. Giacoman, respectivamente. Los tres autores son también parte de la magna recopilación hecha en un número triple de Cuadernos Hispanoamericanos (292-294. Madrid, 1974), dividido en cuatro secciones: Páginas de Onetti, Poemas para Onetti, Aproximaciones, Libro tras libro y El oficio y la vida. El ejemplar alcanzó las 750 páginas, reuniendo la mayoría de textos publicados hasta ese momento sobre la obra del uruguayo, desde análisis narratológicos hasta creaciones inspiradas en sus cuentos o novelas.

“El gran pesimista”, “el maestro de la adjetivación”, “el primer existencialista latinoamericano” son algunos de los epítetos y cualidades que los reseñistas y articulistas confieren a Onetti en la recopilación de Cuadernos Hispanoamericanos dedicada a su obra, sin dejar de contradecirse en numerosas ocasiones, resaltando algunos lo que otros señalarán como puntos débiles de su narrativa. El esfuerzo de la recopilación de opiniones a manera de bibliografía crítica, sin embargo, servirá para asentar algunas reflexiones desde donde posteriormente se estudiará la obra de Onetti: el barroquismo de su prosa, su pesimismo fatal, la noción de la literatura no como un mecanismo de realidad, sino más bien como una posibilidad de encontrar sus distintas formas.

Es posible que el aparente olvido de la crítica hasta ese momento se haya debido a la predisposición onettiana a lo estético sobre lo social, a la tarea del escritor (escribir) más allá de cualquier otro compromiso imaginable. Son varias las opiniones al respecto: para Emir Rodríguez Monegal, por ejemplo, la clandestinidad de Onetti se debe a su carácter anacrónico. Su vocación es el fracaso, la fatalidad, nunca el éxito: llega demasiado pronto o demasiado tarde a todo. En 1941, por ejemplo, el autor llega muy pronto al concurso de novela que terminará ganando Ciro Alegría: su Tiempo de abrazar, ejemplar de una posible nueva novela latinoamericana, está demasiado adelantada a su tiempo. En 1967, por otro lado, es muy tarde ya para la obra de Onetti, cimentada en elementos literarios que las nuevas generaciones encuentran obsoletos:

En 1941, Onetti llega demasiado pronto para arrebatar el premio a Ciro Alegría y peca de anacronismo por ser un adelantado de la nueva novela. En 1967 llega demasiado tarde para poder disputar seriamente el premio a Vargas Llosa, y su anacronismo es el de todo precursor. Descolocado, desplazadísimo, Onetti no está nunca en el escalafón literario. Está, sí, en la literatura.[5]

Por su parte, Fernando Curiel asegura que el problema de Onetti para insertarse en encontrar nuevos lectores, incluso en el apogeo de la nueva literatura hispanoamericana de la que se le nombra precursor, se debe a la falta de respuestas claras en torno a algunos de los acontecimientos narrados en El astillero (1961), ¿quién es Larsen?, ¿qué es Santa María?, ¿quién está contando esta historia? La incapacidad del lector por acceder a los textos anteriores (editados con tirajes minúsculos) y la falta de una bibliografía crítica sobre el autor que facilitara el acercamiento a una obra que funciona a base de insinuaciones u signos solo en parte descifrados, fueron parte del problema. Incluso un texto de extrema calidad prosística y narrativa como El astillero, la novela que, en palabras de Fernando Curiel, “lanza” a Onetti, constituye tan solo un fragmento del universo en el que se movía ya el autor, un universo denso, de innumerables juegos narrativos y simbólicos, casi inalcanzable para los recién llegados.

mostrar El boom latinoamericano

Quizá a este aparente desconocimiento de la crítica en ese momento se deba el fracaso de El astillero (1961) en el Primer concurso de novela de la compañía Fabril Editora. Este fue tan sólo uno más de los varios episodios en los que el escritor uruguayo perdió una justa literaria. Comenzando en los 40, con el concurso de novela de Farrar y Rinehart, donde Tiempo de abrazar no lograría pasar ni siquiera la fase local, siguiendo con la publicación de Tierra de nadie (1941) después de quedar segunda en el concurso convocado por Losada, podemos anotar también el concurso de Life en Español en el que su cuento “Jacob y el otro” es derrotado por “Ceremonia secreta” de Marco Denevi.

Sin embargo, esta ocasión no es como las anteriores. Contemporánea de novelas consideradas actualmente como pilares de la literatura hispanoamericana (La ciudad y los perros [1963], Sobre héroes y tumbas [1961] o La muerte de Artemio Cruz [1962]), la obra del uruguayo fue arrastrada hacia una nueva corriente literaria que buscaba reclamar su propio lugar en el mundo: el “boom latinoamericano”, de la cual lo nombran precursor.

Es así como cientos de lectores descubren a Onetti, cuyas obras comienzan a traducirse al inglés, italiano y francés. En 1962, recibe el Premio Nacional de Literatura correspondiente a 1959-60, publica El infierno tan temido y otros cuentos (1962) en Asir, Tan triste como ella (1963) en la editorial Alfa (una de las principales promotoras de los autores del boom), El astillero (1961) es mencionada por la Fundación Faulkner como una de las mejores novelas aún no traducidas al inglés. La década sigue trayéndole buenas noticias: Juntacadáveres (1964) se edita y tres años después es finalista del premio Rómulo Gallegos, donde compite con La casa verde (1967), de Mario Vargas Llosa. Aparece la primera edición de sus Cuentos completos, editada por el Centro Editor de América Latina, en Buenos Aires.

Los críticos comienzan a enaltecer las virtudes que Onetti ha ido puliendo con el tiempo, una narrativa esencial, polisémica. Los libros de cuentos y novelas de años anteriores se reeditan, antologan y traducen. El pozo se reedita y agota tres veces, Casa de las Américas publica una recopilación de estudios sobre su obra. Sin embargo, a pesar de que se le ve en coloquios, congresos y reuniones, Onetti nunca llega a sentirse parte del movimiento y se mantiene lejos del escenario principal:

Cuando se dio el «bum» yo ya había escrito mucho y era conocido. Por eso digo que no tengo nada que ver (con él). El «bum» me arrastró a mí y lo hicieron los jóvenes.

Los escritores se agrupan en generaciones para ayudarse ellos mismos. Después organizan las mafias.

No creo que exista una narrativa latinoamericana como tal. Más bien me inclino a creer en la existencia de varios escritores aislados.[6]

Onetti siguió escribiendo desde la soledad, desde la decadencia de los personajes en conflicto con su propia existencia, a pesar de los reflectores, rehuyéndoles en lo posible. Esto se hace evidente en el xxxiv Pen Club Congress en Nueva York, donde se mantiene la mayoría del tiempo fuera del círculo formado por escritores de la talla de Neruda, Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa. En tanto el boom se expande, Onetti se deja llevar y escribe desde las sombras otra de sus grandes novelas: Dejemos hablar al viento, quince años después de Juntacadáveres.

mostrar Onetti en el exilio

En 1974, un jurado integrado por Juan Carlos Onetti, Jorge Rufinelli y Mercedes Rein concede el primer puesto del concurso de narrativa organizado por Marcha a “El guardaespaldas”, de Nelson Marra. Aquello representó un problema para todos. En la opinión de Rosalba Oxandabarat, para cualquier lector uruguayo medianamente informado, el texto evocaba sin disimulos al inspector de policía Héctor Morán Charquero, hombre clave en la lucha antisubversiva del gobierno y acusado de practicar la tortura. El autor (que había solicitado cambios antes de la impresión), Onetti (quien había dicho que no se publicara sin el visto bueno del director, Carlos Quijano), Mercedes Rein (quien ni siquiera había seleccionado el texto entre los siete mejores pero llegó a un acuerdo con los otros jurados), Hugo Alfaro (redactor responsable de Marcha en ese momento) y Carlos Quijano (quien no había leído el texto) terminaron en la cárcel. Pesaron casi tres meses de reclusión. Todos, excepto Nelson Marra.

En 1975, Onetti viaja a España y se instala en Madrid, en la Avenida América. Ve la luz Requiem por Faulkner y otros artículos, con una selección de las notas publicadas por Onetti en Marcha, utilizando su nombre o los seudónimos Periquito el aguador y Grucho Marx, junto a algunas entrevistas. En 1976 Lumen publica “El perro tendrá su día” en Tan triste como ella y otros cuentos, Onetti viaja a Cuba para ser jurado del premio Casa de las Américas, “Presencia” es publicada en Cuadernos hispanoamericanos 339.

Durante esta misma época es publicado por Bruguera Dejemos hablar al viento (1979), última novela situada en Santa María, la piedra fundacional de su universo narrativo. La obra recibe el premio de la crítica en España. Por un lado vemos a Larsen, dotado de vida nuevamente, intentar lograr en Lavanda (ciudad vecina de Santa María) lo que no pudo en la otra, solo para golpearse con la realidad de que ni siquiera él mismo es quien alguna vez fue; y Medina, comisario en fuga de la vieja Santa María buscándola en la ciudad vecina. La novela está llena de evocaciones al pasado, de una nostalgia por los ríos y los rincones y la gente antes conocida, la aventura dolorosa en una Santa María recobrada que tendrá que ser destruida por el fuego para lograr finalizar su cometido dentro del universo.

Los éxitos y reconocimientos siguen llegando: en 1980 es propuesto para el Nobel de literatura, asiste a un coloquio en México sobre su obra, gana el Premio Cervantes. Al final de la dictadura en Uruguay, en 1984, el recién electo presidente lo invita a su toma de protesta y, un año después, viaja hasta Madrid a entregarle el Premio Nacional de Literatura de Uruguay.

Un Onetti cada vez más ermitaño, a menudo renuente a la visita de periodistas o lectores en su casa sobre la avenida América, publica en 1987 Cuando entonces, su penúltima novela, cuya historia se desarrolla en torno a la muerte de una mujer y la investigación de varios hombres en narración intercalada, que buscan entender las causas de la muerte de la mujer y a la mujer en sí.

Finalmente, en 1993 llega su última novela: Cuando ya no importe (1993), publicada por Alfaguara, donde Onetti revisitará la vieja ciudad maldita. En esta novela testamento literario, Juan Carr, protagonista muy parecido al Linacero de los primeros años del escritor, nos presenta sus memorias a través de un diario. Abandonado por su mujer, se encuentra a sí mismo en la necesidad de mudarse a otro país y ejercer trabajos de poca monta, hasta el momento en que pasa a ser parte del tráfico de drogas. Un viaje sin retorno hacia la Santa María, renacida como un fénix con el nombre de Santamaría, dividida entre Vieja y la Nueva. Un escenario de fronteras imaginadas, difuminadas por el tiempo y el sudor y hastío de sus habitantes.

Es evidente la nostalgia en el personaje narrador (tal vez también del mismo Onetti), su desinterés total por la fatalidad de las cosas que lo rodean, ese hálito denso y desesperanzador que cierra perfectamente su imaginario. La vuelta a la vieja Santa María se convierte entonces también en el regreso al Montevideo de la memoria de Onetti, abandonado desde hace muchos años y reconstruido en la novela lentamente, a base de los pocos detalles conservados en el tiempo, apenas algunas calles y edificios. Un lugar al que Onetti tiene que volver, de cualquier modo, para poner un punto final, incluso si tiene que saltarse algunas reglas:

Trabajo con toda impunidad. Puedo resucitar a cualquier persona que me haga falta. Por ejemplo, fíjese en mi pobre amigo Larsen. Lo maté en El Astillero y luego reaparece en el último libro que publiqué. Reaparece con un cierto aroma de cementerio, un olor de tierra húmeda, pero lo necesitaba, lo llamé y es un buen amigo, vino a ayudarme. Fíjese bien, incluso los curas de Santa María, conmigo, no tienen una sola vida. Resucité al padre Berner y no me puse a pensar en la opinión de su Dios”. Después de un silencio que uno adivina consagrado a las fechorías de la cronología, dice: “Soy un inmoral, le diré que cuando me cortaron el cordón umbilical me cortaron otra cosa que se llama vanidad. No tengo, sobre todo a nivel literario, vanidad. Invento.[7]

Cuando ya no importe (1993) logró englobar todos los elementos que caracterizaron su obra y los deshizo, destruyendo lo que había creado, sin dejar puertas abiertas, poniendo los seguros a las ventanas. “Era como una locura mansa, como una furia melancólica, como si lo estuvieran llamando para nada y, sin embargo, él tuviera que ir” dice Onetti en La vida breve: la búsqueda de lo que sabemos imposible, una necesidad que el autor compartió siempre con sus personajes.

Tras más de diez años encerrado en su departamento casi sin salir, tirado en la cama fumando y tomando whisky, Juan Carlos Onetti murió el 30 de mayo de 1994 en el Instituto de Cirugías Especiales de Madrid, a los 84 años.

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Ainsa, Fernando, Las trampas de Onetti, Montevideo, Alfa, 1970.

Benedetti, Mario, “Juan Carlos Onetti y la aventura del hombre”, en Recopilación de textos sobre Juan Carlos Onetti, La Habana, Casa de las Américas, 1974.

Cueto, Alonso, Juan Carlos Onetti. El soñador en la penumbra, Lima, Fondo de Cultura Económica, 2009.

Curiel, Fernando, Onetti: obra y calculado infortunio, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1980.

Ferro, Roberto, Onetti/ La fundación imaginada, Buenos Aires, Corregidor, 2011.

Franz, Carlos, “Latinoamérica, el astillero astillado: una lectura de la Santa María de Onetti como metáfora de Latinoamérica”, en Revista de Occidente, núm. 301, España, 2006.

Mattalia, Sonia, Onetti: una ética de la angustia, Valencia, Universidad de Valencia, 2012.

Muñoz Molina, Antonio, “Sueños realizados: invitación a los relatos de Juan Carlos Onetti”, en Juan Carlos Onetti, Cuentos Completos, México, Alfaguara, 2013.

Onetti, Juan Carlos, Cuando entonces, Barcelona, Mondadori, 1987.

---, Cuando ya no importe, Barcelona, Mondadori, 1993.

---, Cuentos Completos, México, Alfaguara, 2013.

---, Dejemos hablar al viento, Barcelona, Bruguera, 1979.

---, El astillero. México, debolsillo, 2019.

---, Juntacadáveres, México, debolsillo, 2018.

---, La vida breve, Barcelona, Edhasa, 1992.

Rama, Ángel, La generación crítica 1939-1969, Montevideo, Arca, 1972.

---, “Origen de un novelista y de una generación literaria”, en Juan Carlos  Onetti, El pozo, Montevideo, Calicanto/ Arca, 1977.

Saer, Juan José, “La culpa y la identidad”, Buenos Aires, La Nación, 27 de febrero de 2002.

Verani, Hugo, Onetti: el ritual de la impostura, Caracas, Monte Ávila, 1981.

 

Enlaces externos

Onetti: Retrato de un escritor, entrevista hecha por Productora Imagenes, 15 de marzo de 2019. En línea (consultado el 14-04-2020). 

Jamás leí a Onetti, realizado por Imprescindibles, 24 de noviembre de 2014. En línea (consultado el 14-04-2020). 

Mario Vargas Llosa habla sobre Juan Carlos Onetti, entrevista hecha por Fundación Juan March, 25 de mayo de 2015. En línea (consultado el 14-04-2020). 

Entrevista a Juan Carlos Onetti, entrevista hecha por Encuentros con las letras (1977), 23 de julio de 2015. En línea (consultado el 14-04-2020). 

Entrevista a Juan Carlos Onetti en España, entrevista hecha por A Fondo (1977), 3 de octubre de 2016. En línea (consultado el 14-04-2020). 

Espejo de escritores: entrevista a Juan Carlos Onetti, entrevista tomada de Instituto Cervantes, 9 de enero de 2015. En línea (consultado el 14-04-2020). 

 

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