Enciclopedia de la Literatura en México

Revista Moderna. Arte y Ciencia

mostrar Introducción

Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos como Leopoldo Lugones, Rubén Darío, José Santos Chocano o José Asunción Silva. Entre las plumas nacionales que publicaron en ella destacan las de José Juan Tablada, Amado Nervo, Bernardo Couto Castillo, Balbino Dávalos, Salvador Díaz Mirón y Rubén M. Campos.

La Revista se convirtió en el principal órgano de divulgación del Modernismo hispanoamericano y fue a su vez una de las primeras publicaciones mexicanas que tuvieron impacto internacional. Se le considera la sucesora de la Revista Azul (1894-1896), de Manuel Gutiérrez Nájera y Carlos Díaz Dufoo y de la Revista América (1894), de Rubén Darío y Jaimes Freyre.

En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.

mostrar La era de una revista

Según Rubén M. Campos, la vida literaria de México a finales del xix era un calvario en el que los escritores no veían recompensado su esfuerzo y donde los más jóvenes se conformaban con que sus obras aparecieran al lado de firmas consagradas sin recibir compensación económica alguna.[1] No obstante, con el gobierno de Porfirio Díaz –y pasando por el cuatrienio de Manuel González– nuestro país comenzó a desarrollar un proyecto modernizador de modelo liberal, tanto en lo político como en lo económico, que tendría amplias consecuencias en la cultura y especialmente en el ámbito de lo literario.

De las labores más importantes en este ámbito destaca la de Justo Sierra Méndez (1848-1912), quien como subsecretario de Justicia e Instrucción Pública, y luego desempeñándose en el cargo de ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, promovió el intercambio cultural con Europa, especialmente Francia; asimismo la Escuela Nacional Preparatoria, fundada en 1867 por Gabino Barreda (1818-1881), siguió siendo la palestra del positivismo en la educación mexicana. Es así que en los últimos años del siglo aparecieron en la república una serie de revistas literarias que consolidaron, al brindar los espacios de divulgación y soportes necesarios, la revolución modernista.

Para Belem Clark y Fernando Curiel fueron cinco los órganos que trazaron la historia del Modernismo en México: Revista Azul (1894-1896), Revista Moderna (1898-1903), Revista Moderna de México (1903-1911), Savia Moderna (1906) y la segunda Revista Azul (1907).[2] De éstas, la Revista Moderna y después la Revista Moderna de México, fueron las de mayor envergadura editorial y, por lo tanto, las que dieron una difusión más amplia al Modernismo hispanoamericano, particularmente al de América Latina.

Siguiendo la visión de Iván Schulman y de otros estudiosos, el inicio del Modernismo en México puede remitirse a Manuel Gutiérrez Nájera y particularmente a la publicación de El arte y el materialismo en 1876, lo que, para Clark, fractura la tradición de la escuela nacionalista de Ignacio Manuel Altamirano,[3] al proclamar la libertad del arte y su aspiración a la belleza. Para los modernistas, esto, en primer término, supuso atentar contra la hegemonía literaria de los modelos castizos defendidos por José Primitivo Rivera, José López Portillo y Rojas o Victoriano Salado Álvarez, entre otros; y en segundo, implicó una serie de estrategias anticanónicas con las que intentaron abrirse paso en el horizonte de la literatura de fin de siglo. Por último, es importante señalar que en enero de 1893 se entabló una polémica en torno a los nuevos procedimientos literarios de los modernistas que terminó con el anuncio de José Juan Tablada de la aparición en breves días de la Revista Moderna. Hay que aclarar que durante este tiempo los términos Modernismo y Decadentismo se confundieron y usaron indistintamente para denominar a aquella avanzada de escritores.

El quince de ese mes en el periódico El País, donde era jefe de redacción Tablada, apareció un carta titulada Decadentismo. Cuestión literaria [a los señores Balbino Dávalos, Jesús Urueta, José Peón del Valle, Alberto Leduc y Francisco M. de Olaguíbel] en la que éste, ofendido por la censura que había recibido un poema suyo por parte del mismo periódico, presentaba su renuncia y prometía la creación de la Revista Moderna. El poema era Misa negra:

¡Noche de sábado! En tu alcoba
flota un perfume de incensario,
el oro brilla y la caoba
tiene penumbras de santuario.
[...]

Toma el aspecto triste y frío
de la enlutada religiosa
y con el traje más sombrío
viste tu carne voluptuosa.
[...]

Quiero en las gradas de tu lecho
doblar temblando la rodilla...
Y hacer el ara de tu pecho
y de tu alcoba la capilla.

Y celebrar ferviente y mudo,
sobre tu cuerpo seductor
¡lleno de esencias y desnudo,
la Misa Negra de mi amor![4]

El texto había originado la indignación de buena parte de los lectores del diario y de la misma Carmen Romero Rubio, esposa del general Díaz. Sin embargo, como “misa” –confiesa el propio Tablada– produjo “la comunión de fervientes espíritus” en lo que se llamó Revista Moderna –y con ello la nueva etapa del Modernismo– en México, y como “negra” , acarreó una “sombra adversa” en su vida. A continuación, parte del alegato desarrollado por Tablada:

Muy queridos amigos y compañeros: La última vez que estuvimos reunidos en la capilla de nuestras confidencias artísticas, enlazados fraternalmente por una perfecta comunión de ideas, identificadas en absoluto por la afinidad de nuestros temperamentos, resolvimos unir nuestras fuerzas para luchar e impulsar lo más alto que nos fuera dado un principio artístico, un dogma estético que, por lo mucho que sentimos, es el más propio para reunir en una sola idea nuestros cerebros y en un solo latido nuestros corazones. [...] Y hoy que se fundan clubes para andar en bicicleta y para jugar football, ¿qué tiene de reprochable que nosotros, en vez de desarrollarnos las pantorrillas y adiestrarnos los pies, fundemos un cenáculo para procurar el adelanto del arte y nuestra propia cultura intelectual? [...] Y a todos ustedes aseguro, que si la Revista Moderna fue antes un proyecto, es hoy un hecho, y que su publicación se verá realizada en breves días.[5]

Sin embargo, su aparición se dilataría casi cinco años más. Los factores que propiciaron el que se publicara hasta después fueron múltiples, entre ellos el económico. Lo que sí ocurrió fue que el 6 de mayo de 1894, Gutiérrez Nájera y Carlos Díaz Dufoo sacaron al público la Revista Azul que era “substancialmente moderna” pues “buscaba las expresiones de la vida moderna donde más acentuadas y coloridas aparecen” .[6] Esta publicación, que estuvo vigente hasta 1896, un año después de la muerte del Duque Job, es el antecedente directo de la Revista Moderna. En parte porque sus aspiraciones estéticas eran similares, incluyendo la idea de cruzamiento literario proclamada por Gutiérrez Nájera, y porque, además, la mayoría de la nómina que publicaba allí continuó colaborando con su sucesora, aunque destacan por su exclusión escritores tan importantes como Ángel de Campo y Luis G. Urbina.

Otro antecedente importante para completar el panorama, en tanto grupo, es el hecho de que en 1897, El Nacional comenzó la publicación de un cuento diario en la primera sección de su periódico, donde aparecieron títulos de Amado Nervo, Rafael Delgado, José Ferrel, Ciro B. Ceballos, Alberto Leduc, Couto Castillo, entre otros. Para Rubén M. Campos, esta primicia se adelantaría al florecimiento de la Revista Moderna.[7] Por su parte, Ana Laura Zavala considera que la aparición de estos textos –que después conformarían la antología Cuentos mexicanos, actualmente no recuperada–, aunados a la publicación Oro y negro de Francisco M. de Olaguíbel o Asfódelos de Couto Castillo, pondría en marcha un proceso de expansión que se coronaría con la concreción de uno de los mayores proyectos editoriales mexicanos decimonónicos, la fundación de la Revista Moderna.[8]

mostrar El arranque del proyecto

El primer día de julio de 1898 salió el número uno de la Revista Moderna bajo la dirección de Valenzuela. La nómina quedó fijada del siguiente modo: Jesús Valenzuela como director y Guillermo de la Peña como administrador; para 1900 Jesús Urueta será jefe de redacción. Rubén M. Campos, Balbino Dávalos, Rafael Delgado, Alberto Leduc, José I. Novelo, Francisco M. de Olaguíbel, Manuel José Othón y José Juan Tablada aparecen en créditos como los redactores. Posteriormente Jesús Luján, empresario chihuahuense, se convirtió en patrocinador del proyecto, al grado de sufragar los gastos para que Tablada se fuera como corresponsal de la revista a Japón, así como permitir que se imprimiera en papel cuché.

Sobre el inicio del proyecto, recuerda Rubén M. Campos que Bernardo Couto Castillo –entonces de 17 años– llegó corriendo a ver a Jesús Valenzuela con un primer número que, sin embargo, no trascendería; no sabía qué hacer con ella, le pidió al norteño que aceptara ser el director y éste inmediatamente se convirtió en mecenas de la publicación; se pusieron entonces en marcha las máquinas y sacó el resto del tiraje de los rodillos; también se decidió que cada número viniera ilustrado por un dibujo de Julio Ruelas y se alquiló un entresuelo en la esquina de las calles Plateros y Bolívar en el centro de la ciudad que Jesús Valenzuela comenzó a decorar con muebles, tapices, mármoles y bronces. Así, continúa Campos, en cosa de días apareció instalada la revista en una “espléndida casa señorial”.[9]

Otra versión, ciertamente distinta, es la que cuenta el propio Jesús en sus memorias: fue un amigo suyo a verle y decirle que Couto quería hacer un periódico, a lo que contestó que si Couto quería, él lo ayudaría. Bernardo aseguraba tener el suficiente dinero en el banco para hacerlo, no obstante, una vez que publicó el primer número ya no se le encontró: “nos echamos mi amigo y yo a buscar a Couto en todas las cantinas”; cuando lo encontraron, Valenzuela le preguntó: “¿Qué sucede con el periódico? Nada. ¿Y qué piensa usted? Nada. ¿Estoy autorizado para hacer lo que me parezca? Sí, me contestó”. Fue entonces cuando Valenzuela se dirigió con el impresor y pagó la deuda que se tenía para poder sacar la revista de las máquinas. Desde ese momento se hizo cargo de la publicación.[10]

mostrar El primer número

En la portada del primer número aparece un grabado de Julio Ruelas, “Centauro en agonía”, que anuncia de una manera u otra la temática de la revista. La imagen, que por su semblante juvenil bien se puede asimilar con el mismo Ruelas –o cualquier otro de los muchachos de la redacción–, presenta a un centauro que yace moribundo sobre sus extremidades y con una herida abierta en el pecho. Este símbolo será una constante en el trabajo del ilustrador, en el que la dualidad hombre-bestia representará el ánimo espiritual del Modernismo.

En la página uno aparecieron a manera de credo, dos poemas: “Hostias negras. vi”, de José Juan Tablada y “El arte”, traducción de Téophile Gautier por Balbino Dávalos. El del francés encierra, en gran medida, parte de la verdad formal de estos poetas: el Parnasianismo, estética desarrollada en el país galo durante la segunda mitad del siglo antepasado que suponía la preeminencia de la forma y donde se concebía al poeta como un artífice, un artesano de la palabra:

Sí; la obra es más radiante
si el pulimento es terso:
diamante,
mármol, esmalte, verso.
[...]

Cincela, esculpe lima;
que tu flotante ensueño
imprima
su poderoso empeño.[11]

Mientras que el poema de Tablada traza en líneas generales el tono y ánimo de su poesía:

Murió bajo el negro pavor de las frondas
la luz argentada de los plenilunios...
y por la obsidiana de las yertas ondas
van –cisnes fantasmas– nuestros infortunios...[12]

A esta declaración de principios se suma el texto “Exempli gratia o fábula de los siete trovadores y de la Revista Moderna”, también de Tablada, que remata así: “¡Oh, público de la Revista Moderna obra a tu guisa, y si sólo tu indiferencia hemos de merecer, seguiremos con gusto la suerte de aquellos nuestros precursores, los siete trovadores medioevales”: ser convertidos en “adamantinas estatuas de nieve”[13] ante la obstinación de un público incapaz de apreciar su arte.

También colaboraron en aquel primer número Jesús Urueta, quien publicó “Armonías trágicas”, Jesús E. Valenzuela, con “Ave Imperatrix”; José Ferrel con “La consulta de Pedro”; Rubén M. Campos con su cuento “Karakowiak”; Antenor Lescano con el poema “Oración”; Ciro B. Ceballos, quien lanzó sus defensas literarias con “Seis apologías”; Alberto Leduc y el cuento “Verdades eternas” y René Maizeroy con sus “Flores de tilo”. Además, aparecen un artículo sin firma titulado “Notas y ecos de arte”, en el que se afirma que “El poeta es el artista soberano”, y una sección de “Notas de Actualidad”, que diserta sobre la guerra hispano-estadounidense.

mostrar Las veladas y las artes

Una vez instalada la Revista Moderna, un rasgo distintivo de su ánimo fue la interacción con la vida cultural. Es decir que como órgano del Modernismo no fue sólo una empresa editorial, sino que se convirtió en el centro de la vida artística finisecular del país. Las artes plásticas, la música, el teatro y la ópera eran consideradas como expresiones que debían de ser integradas a la poesía o la escritura, y de las que en muchos casos se hacía crítica. José Juan Tablada puede verse como un caso paradigmático, pues fue uno de los críticos de arte mexicano más importantes de su época, además de un gran impulsor y difusor de la cultura.

Consecuentemente, las oficinas de la Revista siempre estaban regaladas con la presencia de artistas de todas las disciplinas: escultores, cantantes, músicos, pintores, etc. Según Rubén M. Campos, la personalidad más distinguida fue el compositor Ernesto Elorduy, recién llegado de Europa donde había tomado clases con Georges Mathías, alumno de Chopin. Recuerda también a la cantante Ángela Peralta que había tenido el privilegio de ser llamada el “Ruiseñor Mexicano” o Fanny Anitúa que hasta ese momento había sido la “única mexicana que ha cantado en los teatros europeos o sudamericanos”. Felipe Villanueva, Alberto Villaseñor, Julio Ituarte, Tomás León, entre otros, eran algunos de los cantantes que acudían a las veladas literarias de la redacción. “El propósito de la Revista Moderna –continúa Campos–, sin embargo, no era más que el de reunir a los amantes de las letras y de las bellas artes en una reunión en la que hubiera intimidad y cordialidad”.[14] En estas reuniones era común que hubiera ejecuciones de piano, se dictaran conferencias o se recitaran poemas.

mostrar Una revista ilustrada: Julio Ruelas y sus grabados

El diseño y perfil editorial de la revista estuvo inspirado en publicaciones francesas de la época como El Mercurio de Francia o El Fígaro. Héctor Valdés, pionero en el estudio de la revista, señala en su fundamental trabajo Índice de la Revista Moderna, que los primeros números no alcanzaban todavía la calidad artística que conseguirían después. Durante el primer año, fue impresa a dos columnas y, salvo el dibujo de Ruelas en hoja brillante que incluía, el resto de la publicación estaba hecha en papel mate. Sus medidas estándar eran de 30 cm. de alto por 21 cm. de ancho. Para 1903 –registra el consabido autor– el costo de suscripción por semestre adelantado era de $3.00 en la Ciudad de México y de $4.00 para el resto de la república y el extranjero, los números sueltos tenían un valor $0.40 pesos. Su fabricación dependía de la imprenta de Carranza, “Tip. Callejón del 57, número 7”.[15]

Ya en 1899, en su segundo año, colaboran en la ilustración de la revista los pintores Leandro Izaguirre y Germán Gedovius, lo que le dio una apariencia más llamativa; deja de publicarse de manera quincenal y se imprime una vez al mes, aumentando asimismo al doble el número de páginas (de 16 a 32). También se comenzaron a publicar fotografías, principalmente de personajes de la vida pública de México, y reproducciones de obras del arte mundial. Indiscutiblemente el ilustrador oficial fue Ruelas, de quien, según constata Héctor Valdés, se imprimieron 222 grabados.[16] Además de los Izaguirre y Gedovius –que aportaron 28 y 10 ilustraciones respectivamente–, José Juan Tablada dio muestra de sus facultades como grabador con la aparición de ocho dibujos. Ángel Zárraga, Ramos Martínez, Murillo o Martín Chávez también colaboraron ocasionalmente. Asimismo, fotografías o retratos de obras de Miguel Ángel, Rafael o Leonardo da Vinci eran publicadas en una sola página para el gusto de los lectores.

Las estancias de Julio Ruelas en Alemania y en París –la primera de 1892 a 1895 y la segunda de 1904 a 1907, cuando muere– pusieron al pintor en contacto, por un lado con la obra de Arnold Böecklin (1827-1901), de tendencia simbolista, y por otro con el art nouveau, estilo que hace uso de motivos naturales, exóticos, mitológicos, la línea curva y la asimetría, así como de la estilización de las figuras, principalmente la femenina. Se puede decir, quizá sin exagerar, que la apariencia artística de la Revista Moderna fue, en todo sentido, la que Ruelas quiso darle; sus dibujos, retratos y viñetas llenan las páginas de sátiros o centauros, cuervos y buitres, alimañas y perros, de mujeres dolientes o demoníacas. Para Valdés, la viñeta que aparece en el primer número del año vi de la publicación condensa la visión decadentista de Ruelas. Se trata de una mujer desnuda y aprisionada por una suerte de alimaña que exhibe mórbidamente las redondeces de sus senos, muslos y caderas.[17]

mostrar Los siete trovadores y las “Máscaras” de la Revista Moderna

Aunque no hay nada que lo indique, Héctor Valdés ha conjeturado que los siete trovadores a los que alude Tablada en su “Exempli gratia” son el mismo Tablada, Ceballos, Dávalos, Couto Castillo, Olaguíbel, Valenzuela y Urueta.[18] No obstante, desde los primeros números colaboran Alberto Leduc, Antenor Lescano o Rubén M. Campos. En su nómina la Revista Moderna dio cabida lo mismo a escritores consagrados como Justo Sierra, Manuel José Othón, Salvador Díaz Mirón, Federico Gamboa o Carlos Díaz Dufoo, que a los más jóvenes: Efrén Rebolledo, Rafael López, Roberto Argüelles Bringas, Manuel de la Parra, entre otros. Esta apertura generacional consiguió que la revista se volviera un referente muy completo de la literatura mexicana de fin de siglo.

Pero fue precisamente la generación nacida entre 1866 y 1874 –notables excepciones son las de sus iniciadores, Bernardo Couto, que tenía 18 años al momento de fundar la revista y Valenzuela que cumpliría 44 años– la que se puede vincular directamente con el alma de la Revista Moderna, que, como se ha dicho, siempre aceptó a los maestros y los aprendices. Bajo este tenor, el testimonio más importante para entender la personalidad de los colaboradores es el de las “Máscaras” que se publicaron a partir de 1901 y hasta 1905. Es importante recordar que a partir de 1903 la revista cambia de nombre a Revista Moderna de México.

Se trata de semblanzas bio-bibliográficas críticas, trazadas en lenguaje lírico, que están dedicadas a cada uno de los autores del Modernismo y que, precisamente, eran preparadas por cada uno de ellos. A decir de Porfirio Martínez Peñaloza, estas semblanzas encuentran su inspiración en Liver des masque de Remy de Gourmont, que eran, según las define el mismo Gourmont, “Retratos simbolistas. Glosas y documentos de ayer y hoy”, que venían acompañadas de retratos de la autoría de Félix Valloton.[19]

A semejanza de las de Gourmont, las máscaras de la Revista Moderna estaban siempre acompañadas de un retrato del autor en cuestión. Aunque el ilustrador más recurrente fue Julio Ruelas, otros artistas como Alberto Fuster, Germán Gedovius y el mismo Tablada aportaron también uno o dos retratos. En total aparecieron 28 máscaras; 15 hasta la segunda quincena de agosto de 1903, cuando se convierte en Revista Moderna de México y da un giro al formato del magazine estadounidense donde se incluían, entre otras secciones de interés general, una de moda. Hasta esta fecha de agosto, se publicaron individualmente en la primera página de cada número, salvo en el folio correspondiente al 15 de febrero cuando se incluyeron dos.

La primera en aparecer fue la de Justo Sierra –con ilustración de Ruelas y a cargo de Luis G. Urbina–, que es también la más extensa: ocupa seis cuartillas cuando normalmente su tamaño era de una a dos. Luego, en un mismo número, siguen la de Luis G. Urbina escrita por Victoriano Salado Álvarez y la de José Juan Tablada realizada por Urbina. Posteriormente, Amado Nervo publica la de Joaquín D. Casasús y la de Julio Ruelas; Rubén M. Campos aporta la de Manuel José Othón y Tablada la del pintor Germán Gedovius; de la pluma de Juan Sánchez Azcona nace la de Jesús Valenzuela y el argentino Leopoldo Lugones regala la de Francisco M. de Olaguíbel. La máscara de Amado Nervo es tomada de un texto anónimo aparecido en El Cojo Ilustrado, publicación de Caracas, mientras que la de Carlos Díaz Dufoo es escrita por Salado Álvarez; la de Gaspar Núñez de Arce se toma también de un texto anónimo, la semblanza de Rubén M. Campos queda a cargo de Tablada y la de Rafael Delgado la firma el jalisciense Victoriano Salado Álvarez. El testimonio y la riqueza biográfica y literaria que dejan estas máscaras confirman que la personalidad de los autores moldeó sustancialmente el perfil del Modernismo.

Las primicias literarias de buena parte de los colaboradores se dan en la Revista. Efrén Rebolledo, por ejemplo, publica entre 1901 y 1902 muchos de los poemas que luego compondrán su primer libro, Cuarzos (1902); El florilegio (1899) de José Juan Tablada también cuenta con poemas que aparecieron como exclusiva en las páginas de la Moderna. Lo mismo ocurre con textos que figuran en Fresca. Ensayos de arte (1903) de Jesús Urueta o poemas de Místicas y Perlas negras, de Amado Nervo, así como con El donador de almas (1899), novela publicada íntegramente entre marzo y abril de 1899 en la revista. El género más socorrido fue, sin lugar a dudas, la poesía; ensayos, crónicas, cuentos y novelas cortas se disputan del segundo al quinto lugar, mientras que textos dramáticos y discursos quedan relegados a las últimas posiciones.

mostrar La Revista Moderna, órgano del Modernismo hispanoamericano

Si la Revista Moderna logró ser considerada el órgano más importante del Modernismo en México y en Hispanoamérica, fue porque en ella hubo el interés de entablar diálogos con escritores de diversas latitudes, acierto que permitió colocarla en el ámbito transnacional. Aparecieron colaboraciones de hispanoamericanos como Santos Chocano, Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Ricardo Jaimes Freyre y José Asunción Silva, entre otros, y de españoles de la talla de Manuel Machado, Eduardo Marquina, Salvador Rueda, Benito Pérez Galdós y Ramón María del Valle-Inclán.

La traducción también fue un mecanismo frecuente para vincularse con otras literaturas. Balbino DávalosBernardo Couto, junto a José Juan Tablada, son quizá los traductores más importantes de la revista. Tan sólo de Francia se vertió al español, de entre los escritores del momento, a Charles Baudelaire, Victor Hugo, Stéphane Mallarmé, Paul Bourget, Anatole France, André Gide, Edmond y Jules Goncourt, Auguste Villers de L'Isle-Adam, Jean Richepin, Marcel Schwob, Téophile Gautier, Téodore de Banville, Alphonse de Lamartine, Paul Verlaine, Maurice Rollinat, Sully Prudhomme y un largo etcétera. De angloparlantes se hicieron traducciones de Oscar Wilde, Walt Whitman, Edgar Allan Poe, Mark Twain o Rudyard Kipling; italianos como Gabriele D´Annunzio, Giosuè Carducci y Ugo Foscolo; Leon Tolstoi y Aleksander Pushkin de Rusia, así como la poetisa Komachi, Yoshiki y Tomon-Kodi de Japón, también aparecieron en lengua española. Es esta charla extendida a tan distintas culturas la que le permitió a la revista convertirse en un puente entre las nuevas propuestas mundiales y las autóctonas, abrir los caminos para nutrir y renovar las artes nacionales.

mostrar Páginas trascendentes

La importancia y las aportaciones de la Revista Moderna a la literatura de México son indiscutibles, pues, a decir de Vicente Quirarte, llegó al horizonte finisecular mexicano no sólo para modificar la concepción de literatura, sino la relación misma del lector con ella.[20] Su aparición, en palabras de José Luis Martínez, dio cohesión a los escritores, pintores y artistas que compartían las ideas estéticas del Modernismo y al mismo tiempo se convirtió, gracias a su apertura, en “un repertorio antológico no sólo del Modernismo hispanoamericano sino de las corrientes artísticas universales de la época”.[21]

En este sentido, Ciro B. Ceballos recalcó que la publicación representó una “tribuna para la difusión de nuestros pensamientos, para la producción de nuestra palabra”, y fue la trinchera para el debate ideológico que se desarrolló en torno a los modernistas.[22] Con razón José Juan Tablada aseguró que aquella revista renovó los ideales estéticos de una época, y que “como armonioso esfuerzo colectivo, ni tuvo precedente, ni ha tenido continuación en nuestros anales literarios”.[23]

En cuanto a su importancia en Latinoamérica, Pilar Mandujano, en su artículo “Revista Moderna: consolidación del proyecto del Modernismo hispanoamericano”, reúne una serie de juicios que la confirman. Julio Torri en el discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua asegura que desde un inicio la Revista Moderna se convirtió en la “portavoz del Modernismo” y Max Henríquez Ureña, en su Breve historia del modernismo, que ésta fue la vocera en todo el continente del Modernismo. Por su parte, Héctor Valdés considera que con dicho órgano se continuó la tarea que Rubén Darío y Jaimes Freyre habían iniciado en 1894 con la fundación de la Revista América. Finalmente, un comentario que anota Mandujano, es el de Carlos Alberto Loprete, quien al estudiar el Modernismo en Argentina, reconoce que el principal impulso de dicho movimiento estuvo en las revistas mexicanas, Revista Azul y Revista Moderna.[24]

Como juicio sumario, se puede decir que la aparición de la Revista Moderna en el horizonte cultural mexicano posibilitó que nuestras letras emprendieran su camino hacia la universalidad. Todo ello en el marco del proceso de modernización que atravesaba nuestro país con el Porfiriato y debido a la visión editorial que tuvo la revista, el diálogo que entabló con otras literaturas, su cosmopolitismo, la inclusión de otras artes, y el talento indiscutible de sus redactores.

mostrar Bibliografía

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La construcción del modernismo, comp. de Belem Clark de Lara, introd. de Ana Laura Zavala Díaz, México, D. F., Universidad Nacional Autónoma de México (Biblioteca del Estudiante Universitario; 137)/ Programa Editorial de la Coordinación de Humanidades/ Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial, 2002.

La República de las Letras. Asomos a la cultura escrita del México decimonónico. Volumen ii. Publicaciones periódicas y otros impresos, ed. de Belem Clark de Lara y Elisa Speckman Guerra, México:, D. F., Universidad Nacional Autónoma de México (Ida y regreso al siglo xix)/ Programa Editorial de la Coordinación de Humanidades/ Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial, 2005.

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mostrar Enlaces externos

Revista Moderna. Literaria y Artística, núm. 1, año 1, julio, 1898, p. 1, Hemeroteca Nacional Digital de México, Web, (consultado el 10 de noviembre de 2015).

Pineda Franco, Adela, “Más allá del interior modernista: el rostro porfiriano de la Revista Moderna (1903-1911)”, Revista Iberoamericana, núm. 214, vol. lxxii, enero-marzo, 2006, pp. 155-169, (consultado el 17 de marzo de 2014).

Tanto esta publicación como su continuadora, la Revista Moderna de México, pueden considerarse herederas en muchos aspectos de El renacimiento (1869), de Ignacio Manuel Altamirano y, más directamente, de la Revista Azul, de Gutiérrez Nájera. La Revista Moderna fue portavoz del Modernismo en Hispanoamérica y una de las revistas más influyentes de finales del siglo xix y principios del xx. Le confiere importancia al cultivo del “arte por el arte” y la búsqueda de la belleza en todas sus formas. Sus fundadores consideraron que la expresión lírica moderna requería de un espacio definido y propio y no se adoptó ninguna de las postura política ni religiosa. A su vez, crearon un órgano de difusión de los literatos extranjeros y le otorgaron igual importancia a escritores mexicanos e hispanoamericanos, aunque se mostró siempre una gran atención hacia los poetas franceses e ingleses.

En el primer número de la Revista Moderna Literaria y artística, como reza su nombre completo, apareció el primero de julio y se abre con los poemas “Hostias negras” de José Juan Tablada y “El arte” de Balbino Dávalos. En el segundo número del “director artístico” se convierte en “dibujante” y se incorpora el nombre de Rafael Delgado a su grupo de redactores.

A partir de este número, la revista se inicia con un dibujo de Julio Ruelas. Desde el número 3, Jesús E. Valenzuela aparece como director y la administración cambia de domicilio a la calle de Santa Clara 13. Cabe señalar que fue gracias a Valenzuela que la revista mantuvo estabilidad económica, aunque no fue su único mecenas. Jesús Luján contribuyó también a su mejoramiento.

En su sexto número, del 15 de octubre de 1898, aparece un texto de Valenzuela, quien dice que si bien la Revista Moderna no  pretende cubrir el vacío que existe en los asuntos de letras en México, desea transformar las tendencias literarias y artísticas ya conocidas y caducas. También aclara que con esta revista se pretende crear un periódico capitalino para el pensamiento artístico.

En su primer año, la publicación llegó a ocho números. A partir del número 1, del año ii, la revista cambia de subtitulo a Revista Moderna. Arte y ciencia, y se vuelve de periodicidad mensual. Manuel José Othón se incorpora en el grupo de redactores y hay un nuevo cambio de domicilio, ahora a la calle de Espíritu Santo 1-15. En 1902, el jefe de redacción es Jesús Urueta.

La revista moderna rompió tácitamente con la unión de literatura y sociedad que había adoptado su antecesora, la Revista Azul y sólo se involucró en hechos sociales en tanto que aportaciones al hecho cultural o literario.

Lili Atala
07 may 2019 10:03

Introducción

Entre 1898 y 1903 circuló la primera época de la Revista Moderna, célebre publicación del modernismo mexicano que dio un lugar prominente a la literatura, mucha de ella en traducción, y a las artes plásticas. En un inició ostentó el subtítulo Literaria y artística, que al poco tiempo sería sustituido por el de Arte y Ciencia. Una serie de cambios menores tuvieron lugar durante su desarrollo inicial, como el papel en que se imprimía, la oscilación entre la entrega quincenal y mensual, y la progresiva inclusión de un mayor número de ilustraciones de distintos artistas mexicanos, entre las que destacan las de Julio Ruelas. Sin embargo, las transformaciones más profundas que sufrió a partir de 1903 dieron lugar a lo que hoy se considera su segunda época,[1] que se extendió hasta 1911. La nueva faz coincidió con el cambio de nombre a Revista Moderna de México, la transformación de la nómina de sus colaboradores más asiduos, la incorporación de un nuevo director, la adopción de un nuevo formato, y la ampliación de la variedad de sus contenidos, pues a partir de entonces empezó a incluir temas sociales. Este panorama versa, no obstante, sobre el papel central de la traducción durante la primera etapa, recordada como la más afrancesada, subversiva y exclusivista.

La Revista Moderna mostró desde su número inaugural una clara preferencia por la literatura francesa, en particular la poesía simbolista, parnasiana y decadente, acorde con la adscripción de sus fundadores a la estética modernista. Si bien el gusto por lo francés no fue atípico durante el régimen de Porfirio Díaz,[2] el conjunto de temas y la actitud vital que promovieron los redactores de la revista, en íntima relación con la literatura que tradujeron y comentaron en artículos, cartas y discursos, se oponía en gran medida a la estricta moral de su tiempo. El afrancesamiento de la publicación se confirma al mirar las cifras concernientes a las nacionalidades con mayor representación en ella: 84 autores franceses, 68 mexicanos, 16 españoles, 11 japoneses, 8 italianos y 8 estadounidenses.[3] Si bien la cultura francesa se incluye de manera más visible mediante textos traducidos y en francés, además se inserta como tema, a través de menciones a autores, personajes y obras francesas en la producción de los autores mexicanos más cercanos a la revista. Y, de manera más sutil, se instala como la lente por medio de la cual se mira la cultura italiana, rusa, alemana, anglosajona y japonesa, también presentes en la publicación.

 

Perfil

La Revista Moderna fue el proyecto de un grupo de escritores, en un principio asociados con el decadentismo y, posteriormente, con el modernismo,[4] que buscó renovar la literatura mexicana en el marco del nacionalismo hasta entonces imperante. La revista fue un espacio simbólico –antes de su concreción– y luego real, en donde los autores plasmaron su comprensión de la modernidad literaria sin tener que lidiar con la censura. El mecenazgo de Jesús E. Valenzuela y de Jesús Luján, permitió la ejecución y larga supervivencia de este proyecto que se autoproclamó defensor del arte por el arte y dio un papel preponderante a la representación de los paraísos artificiales, el erotismo y el diabolismo; temas escandalosos en su tiempo y que se advierten de manera singular en el conjunto de textos traducidos en ella. En el repertorio francés sobresalen autores como Charles Baudelaire, Paul Verlaine, José-Maria de Heredia, Théophile Gautier, Catulle Mendés y Stéphane Mallarmé. Llama la atención que Edgar Allan Poe, figura central para estos autores según sus propias declaraciones, aparezca en ella tan sólo en cuatro ocasiones. De manera general, la presencia de la literatura anglosajona en la revista es tenue. La literatura estadounidense sólo tiene un momento estelar en noviembre de 1901, en el marco de la velada organizada por la revista durante la segunda Conferencia Panamericana que tuvo sede en México, y que constituye un raro episodio de diplomacia cultural en la publicación. También son dignas de mención las traducciones de José Juan Tablada de textos japoneses, herencia de la fascinación modernista por el Oriente y germen de la exploración que daría lugar, años después, a la introducción del hai-kai en la lírica mexicana.[5]

Podría decirse que el grupo inicial de la revista estaba conformado por Jesús E. Valenzuela, Balbino Dávalos, Jesús Urueta, Rubén M. Campos, Ciro B. Ceballos, Bernardo Couto Castillo y José Juan Tablada, a quienes, según el estudioso de la Revista Moderna, Héctor Valdés,[6] se refirió José Juan Tablada en el texto, usualmente considerado manifiesto, “Exempli gratia o fábula de los siete trovadores y de la Revista Moderna”. Sin embargo, se podría añadir a la lista a Joaquín D. Casasús, Alberto Leduc, Antenor Lescano, Amado Nervo, y Francisco M. de Olaguíbel, actores igualmente activos en la publicación y figuras recurrentes en la representación del grupo en cartas y memorias. Asimismo, es preciso señalar que en la revista colaboraron autores como Enrique Fernández Granados, Efrén Rebolledo, Rafael Delgado, Federico Gamboa, Francisco A. de Icaza, José López Portillo y Rojas, Manuel José Othón y Enrique González Martínez, quienes, sin adscribirse del mismo modo al modernismo, tuvieron un papel central en ella.

Además de contribuir con producciones originales, buena parte de los autores hasta aquí mencionados también tradujo textos para la revista. La persistencia y profusión de la traducción en esta publicación, sumada a la gran visibilidad que se le confirió cuando fue llevada a cabo por sus principales colaboradores, es prueba de su relevancia. Sin embargo, a pesar de ello, esta práctica no era del todo indispensable, pues “Los lectores de la RM conformaban, no sólo el reducido núcleo de estetas y hombres cultos, sino un sector afluente, competente, citadino”[7] y la inserción de 38 textos en francés, inglés, italiano, latín y portugués, de hecho, sugiere que la publicación interpelaba a un lector políglota. El acto de traducir se vuelve entonces opcional y, por lo tanto, cumple más bien funciones alternativas: ejercicio estético, herramienta de legitimación de una estética, medio de importación de temas y formas literarias, representación de los traductores como voceros de la modernidad literaria.

No debe perderse de vista, sin embargo, que algunos de estos escritores habían empezado a traducir a sus autores predilectos años antes de la fundación de la revista. Según lo indica la evidencia encontrada en los periódicos y revistas literarias de la última década del siglo xix, la recepción de la literatura simbolista, parnasiana y decadente se venía fraguando desde hacía algunos años. Por lo tanto, se puede afirmar que el repertorio de los traductores más activos de la revista, como Balbino Dávalos y José Juan Tablada, no inicia en, ni se limita a la Revista Moderna. Por ejemplo, en 1891 Tablada ya habían publicado su traducción de los poemas “El miedo”, “La desTablada” y “La habitación” de Maurice Rollinat en el periódico El Universal,[8] y hacia 1898, había identificado al autor francés entre sus principales influencias: “Vivía yo con el blasfemo Richepin, con Rollinat, el lamentable cantor de las Almas, de las Neurosis y de las Lujurias, el invernadero malsano de Baudelaire, la ciudad maldita de Verlaine, el laberinto de Mallarmé”.[9] La importancia de Rollinat, sin embargo, no es tan evidente en la Revista Moderna, pues sólo se incluyeron dos de sus textos. El primero de ellos es la traducción anónima de “Las cabelleras” publicada en abril de 1899, acompañada del retrato de Rollinat ilustrado por Tablada, sutil indicio de su interés por él; y el segundo, la traducción de Tablada del poema “La rezagada”, publicado, de manera un tanto tardía, en abril de 1902. En cuanto a los otros autores mencionados por Tablada, éste había traducido tres poemas de Jean Richepin para El Universal y El País entre 1891 y 1893, pero no tradujo ninguno para la Revista Moderna. A Verlaine y a Mallarmé, en cambio, no los tradujo nunca, en tanto que a Baudelaire lo tradujo en dos ocasiones: en El Universal, en 1892, y en la revista, en 1899. Hay una evidente desconexión entre la centralidad de ciertos autores en el discurso del cenáculo de la revista y su inserción, mediante la traducción, en esta publicación. En parte, ello se explica debido a que la revista aparece durante la culminación del modernismo en México y, por lo tanto, sus páginas son la versión más decantada del contacto de estos autores con sus principales afluentes.

En el caso de Tablada, la asimilación de la literatura extranjera no pasó de manera exclusiva por la traducción ya que publicó más obras originales que traducciones en la revista y, hasta cierto punto, ensayó en sus propios textos las enseñanzas de los maestros franceses, como en el caso del poema, “Hostias negras”, que para Martínez Peñaloza “revela un baudelerismo ingenuo […], una imitación meramente externa y no una asimilación de raíz”.[10] En este sentido, el caso de Balbino Dávalos es distinto, pues su contribución en la revista se basó más que nada en su labor traductora. A pesar de que varias de las traducciones de Dávalos recogidas en la revista habían aparecido antes en la prensa nacional, su rearticulación en ella es fundamental para ofrecer la visión de conjunto del grupo sobre la modernidad literaria, pues no hay que perder de vista que esta revista “fue también un repertorio antológico no sólo del modernismo hispanoamericano sino de las corrientes artísticas universales de la época”.[11] Además, al insertar sus propias creaciones dentro de esta selección de literatura extranjera el grupo de la revista contextualizó y legitimó su estética.

Ahora bien, el formato revista fue instrumental en la conjugación de géneros y autores de distintas épocas, corrientes y latitudes, práctica afín a las aspiraciones cosmopolitas del modernismo. Quizás a ello se deba la persistencia de esta forma de publicación en el modernismo hispanoamericano, en cuya estela hay varias revistas, como la propia Revista Moderna, la Revista de América, El Cojo Ilustrado, Cosmópolis, La Neblina, Pluma y Lápiz, El mercurio de América y La Revista Azul. Esta práctica editorial permitía la agrupación de textos diversos, lo cual, en el caso de la Revista Moderna, no sólo se evidencia en el amplio repertorio de textos traducidos, sino en la constante inclusión de autores de otros países hispanoamericanos como Rubén Darío, Leopoldo Díaz, Leopoldo Lugones, José Asunción Silva, Manuel Ugarte y Guillermo Valencia, por mencionar a los principales. A pesar del exclusivismo de los primeros números, esta publicación también dio cabida a autores mexicanos distantes de la estética modernista, como Victoriano Salado Álvarez, quien en su momento criticó severamente la estética del grupo.[12]

En lo que toca a los géneros, la Revista Moderna privilegió la poesía, en parte quizás debido a limitaciones espaciales, pero también publicó artículos, ensayos, crónicas, cuentos, fragmentos de novelas, discursos, recensiones, y teatro. Asimismo, se observa en ella una tendencia a publicar breves aforismos traducidos, práctica que le valió la crítica del periódico contemporáneo El Combate, cuya redacción consideró este procedimiento un “anacronismo en una Revista Moderna”.[13]

 

Contexto

Antes de la fundación de la Revista Moderna sus redactores habían protagonizado diversas polémicas por la novedad y atrevimiento de sus textos. Los autores que la impulsaron eran tildados de decadentistas, y si bien algunos de ellos asumieron esta etiqueta sin recelos, no todos se identificaban con ella.  El punto más álgido del antagonismo de estos autores con el medio literario de su tiempo tuvo lugar en 1893, cuando José Juan Tablada fungía como director de la sección literaria del periódico capitalino, El País, en donde el 8 de enero publicó el poema “Misa negra”, que conjugaba erotismo e imágenes religiosas. Las reacciones negativas a las que dio lugar revelan la estricta moral a la que la creación literaria estaba sujeta. Tablada renunció al periódico y en su carta titulada “Cuestión literaria. Decadentismo” publicada en El País el 15 de enero de 1893 anunció la próxima aparición de la Revista Moderna, planteada como un espacio de libertad artística: “Y a todos ustedes aseguro, que si la Revista Moderna fue antes un proyecto, es hoy un hecho, y que su publicación se verá realizada en breves días. / Ésa será la Pagoda en que seguiremos reverenciando al arte, nuestro ídolo común”.[14] Si bien la polémica antes aludida enfatizó la necesidad de fundar la revista (que no obstante tardaría cinco años más en concretarse) y justificó la actitud contestataria de estos autores, el poema de Balbino Dávalos, titulado “Preludio”, dedicado a la Revista Moderna y publicado días antes que “Misa negra”, confirma que su concepción es anterior a la polémica.[15]

Al margen del atrevimiento que supuso la representación de escenas eróticas, femmes fatales y paraísos artificiales, tanto en los textos originales como en las traducciones, buena parte de la novedad de la revista residía simplemente en su distanciamiento del casticismo y su negación a tratar temas locales y sociales. Esta tendencia, no obstante, no es exclusiva de esta publicación y ha de entenderse en el marco más amplio del cosmopolitismo que caracterizó a la estética modernista. Es preciso recordar que la Revista Moderna es considerada la sucesora de la Revista Azul (1894-1896) de Manuel Gutiérrez Nájera y Carlos Díaz Dufoo, primera revista del modernismo en México, con la cual compartió el culto por la belleza y la admiración por la literatura de Francia. Ambas se alejaron del “nacionalismo endogámico” que había prevalecido en la literatura mexicana y se inclinaron por la “heterogeneidad cosmopolita”.[16]

Ya en 1894 Gutiérrez Nájera, había proclamado: “La literatura francesa es ahora la más ‘sugestiva’, la más abundante, la más de ‘hoy’”.[17] Con dicha declaración, el Duque Job explicita la asociación entre literatura francesa y modernidad literaria. Asimismo, argumenta que la decadencia en que se encontraba la poesía española (que hasta entonces había sido un referente importante para la cultura mexicana), se debía a su falta de interacción con otras culturas. Describe, en lo que él denomina “plebeyos términos de comercio”, el papel central de la traducción como fuerza vigorizadora de una literatura: “Mientras más prosa y poesía alemana, francesa, inglesa, italiana, rusa, norte y sudamericana, etcétera, importe la literatura española, más producirá y de más ricos y más cuantiosos productos será su exportación”.[18]

 La afinidad del grupo de la Revista Moderna con el proyecto de Gutiérrez Nájera se advierte, por un lado, en el hecho de que de los principales traductores de la Moderna –Balbino Dávalos, José Juan Tablada, Alberto Leduc y Enrique Fernández Granados– figuraron en la nómina de traductores de la Azul. Por otro lado, el número de la Revista Moderna de la segunda quincena de febrero de 1901 contiene los discursos leídos en el “Festival artístico que organizó la ‘Revista Moderna,’ en homenaje al Duque Job, la noche del 3 de febrero de 1901”. A esto se suman las notables similitudes en los referentes franceses aludidos en artículos, cartas y discursos. Gutiérrez Nájera sugiere en un artículo de 1887: “Es la pasión que conoce la blanda somnolencia de la morfina, que busca los ‘paraísos artificiales’, que crea novelistas como Edgar Poe, poetas como Baudelaire y blasfemos como Richepin”,[19] autores fundamentales también para los redactores de la Revista Moderna.

Sin embargo, a pesar de la afinidad entre ambas publicaciones, hay diferencias significativas entre ellas. En la declaración de intenciones de la Revista Azul, Gutiérrez Nájera se dirige a la “generación sana, fresca, joven y valiente”[20] y muestra una actitud optimista y abierta, “nuestro programa se reduce a no tener ninguno”,[21] lo cual contrasta en gran medida con la actitud programática y de franca rebeldía de los primeros números de la Revista Moderna, la fascinación de su cenáculo por los bajos fondos y el repudio al público burgués. A diferencia de Gutiérrez Nájera, para algunos autores del cenáculo de la Revista Moderna el goce de la literatura trasciende la página y se mezcla con la experiencia corporal, tal como Jesús Urueta señala a Tablada en una carta en torno al decadentismo: “Inyectarse versos de Paul Verlaine es casi lo mismo que inyectarse morfina”.[22]

En vista de lo anterior, el primer número de la Revista Moderna muestra un alto grado de combatividad.  Entre los textos que lo componen se encuentran algunas declaraciones como la de Tablada: “¡Oh público de la ‘Revista Moderna!’ obra a tu guisa, y si sólo tu indiferencia hemos de merecer, seguiremos con gusto la suerte de aquellos nuestros precursores”[23] o la de Ciro B. Ceballos: “Porque nadie osará negar que el grito de rebelión que proclame entre el obscurantismo de nuestro medio intelectual, la autonomía absoluta del arte, está próximo a sonar!”,[24] que evidencian la actitud subversiva del grupo. Los autores de la revista reaccionan entre otras cosas a la estricta moral porfiriana, a las certidumbres positivistas, al nacionalismo en las letras mexicanas, y a la incipiente profesionalización del escritor que los había obligado a escribir en periódicos oficiales.

Gutiérrez Nájera había descrito la precariedad del medio literario mexicano en 1891: “no tenemos una publicación literaria de importancia, ni un saloncito donde hablar de arte”.[25] La Revista Azul fue acaso un primer intento por crear un espacio donde se pudiera dar cabida y coherencia a la literatura moderna, original o traducida. Sin embargo, su circulación fue breve y dependiente de una publicación ligada al régimen de Díaz, por lo que pronto quedaron los creyentes de la renovación literaria, desprovistos de un espacio para ejercer sus convicciones estéticas. Es evidente que la renovación que necesitaba la literatura mexicana a finales del siglo xix no se reducía a los temas y rasgos estilísticos, sino a los propios espacios de publicación y que las polémicas que se desataron a raíz de “Misa negra” muestran la conflictiva relación del escritor con los medios oficiales. Gracias al mecenazgo, la Revista Moderna pudo gozar de la libertad artística tan ansiada por sus colaboradores.  Además, gracias al patrocinio de Valenzuela y luego de Jesús Luján, estos autores pudieron no sólo contar con lujosas oficinas para la revista, sino extender su experiencia artística a los bares de la ciudad de México e incluso viajar a los países de sus ensueños: París e incluso Japón, en el caso de José Juan Tablada. La traducción figura como una de las varias formas en que estos autores entraron en contacto con sus influencias literarias.

 

Caracterización

La traducción cobra importancia en la revista desde su arranque. La primera página del número con el que se inauguró incluye, lado a lado, un poema de José Juan Tablada y la traducción de El Arte de Theóphile Gautier, a cargo de Balbino Dávalos. El poema de Gautier gira en torno al trabajo con la palabra y la búsqueda de la perfección formal. Su inclusión muestra, por un lado, la adscripción de la publicación al culto del arte por el arte y, por otro, la centralidad del material traducido en ella. Esta es de alguna manera la introducción a la revista/antología, en donde se presentará el canon de la literatura moderna conformado por autores extranjeros y locales. El primer año, la labor traductora corrió a cargo casi exclusivamente de Dávalos, Tablada y Alberto Leduc, lo cual deja ver el influjo de estos autores sobre la selección del repertorio presentado. Basta con mirar la lista de autores traducidos en el primer número, abundante en traducciones, por cierto, para identificar el perfil de la publicación: Théophile Gautier, René Maizeroy, Charles Baudelaire, Catulle Mendés, Pierre Louys, Paul Verlaine.

A pesar de que la presencia de la traducción en la revista es sobresaliente, la visibilidad de los traductores es variable. Al principio son relativamente pocas las traducciones sin crédito en la revista, aunque con el tiempo su número aumenta. En los casos en que sí se da crédito a los traductores, se observa una clara voluntad de darles gran visibilidad mediante el uso de una tipografía en ocasiones más grande que la empleada para consignar el nombre del autor original. Los traductores más próximos a la revista suelen gozar del mayor grado de visibilidad en ella, aunque, hay casos excepcionales, como el de Bernardo Couto Castillo, quien firmó sus traducciones con sus iniciales, B.C.C., usualmente incluidas en un diminuto paréntesis al calce del texto. Enrique Fernández Granados firmó sus traducciones con el seudónimo Fernangrana y, probablemente, otro miembro del grupo firmó sus traducciones con el seudónimo Rash, cuya identidad no ha sido determinada. Un número considerable de traducciones están firmadas con leyendas como “Traducción de la Revista Moderna”, “para la Revista Moderna” y “Versión de la Revista Moderna”. La elección de mantener en el anonimato a quienes produjeron estas traducciones originales resulta enigmática ante el gran reconocimiento otorgado a ciertos traductores. Esta práctica, sin embargo, también fue común en la Revista Azul, en la que se intercalaban traductores muy visibles con créditos semi-anónimos de este tipo.

 

Los traductores y sus traducciones

Hay 28 traductores conocidos en la revista.[26] Cuatro de ellos firmaron con seudónimos cuya identidad todavía no ha sido esclarecida (“Basch”, “D.H.”, “Rasch” y “X.X.X.”). Los traductores con nombre explícito, en orden alfabético, son: Rafael de Alba, Joaquín D. Casasús, B.C.C. [Bernardo Couto Castillo] , D.H. [posiblemente Darío Herrera], Balbino Dávalos, Leopoldo Díaz, Diego Fallón, Enrique Fernández Granados, Enrique González Llorca, Enrique González Martínez, Ramón Guerrero, José Augusto de Izcue, Alberto Leduc, Antenor Lescano, Ignacio Mariscal, Amado Nervo, Francisco M. de Olaguíbel, Porfirio Parra, J. Raisin, Justo Sierra, H.D. Steele, José Juan Tablada y Guillermo Valencia.

En esta nómina, hay miembros del grupo de la Revista Moderna, pero también traductores de la generación que los precedió, como Ignacio Mariscal, cuya traducción de El Cuervo originalmente publicada en el periódico El Renacimiento en 1869 y reeditada numerosas veces,[27] se reproduce en la revista, y Justo Sierra, de quien también se reproducen traducciones antes publicadas en la Revista Azul. Pero también se recurrió a traductores de otras nacionalidades, como en el caso de José Augusto de Izcue, traductor peruano; Darío Herrera, panameño; y los colombianos Diego Fallón y Guillermo Valencia, lo cual demuestra el sorprendente alcance continental de la revista, pues “en esos años de comunicaciones precarias, parece una hazaña esta circulación que lograron establecer los modernistas para conocerse, leerse entre sí y divulgar sus obras en revistas literarias”.[28]

Buena parte de los fundadores de la revista dividieron sus tareas entre la producción de textos originales y la traducción. Si bien Balbino Dávalos es el autor que firmó el mayor número de traducciones, José Juan Tablada, Alberto Leduc y Joaquín D. Casasús también sobresalen por el número de traducciones que hicieron. Dávalos tradujo a Théophile Gautier, Jean Richepin, Leconte de Lisle, Paul Verlaine, Jean Lahor, Raoul Gineste, Algernon-Charles Swinburn, Lorenzo Stechetti, Henry Wilde, Henry Wadsworth Longfellow, John Greenleaf Whittier, Walt Whitman, Edgar Allan Poe, Ramón Foulché-Delbosc y Maurice Maeterlinck. Tablada tradujo a Pierre Louys, Víctor Hugo, José-Maria de Heredia, Charles Baudelaire, Sully Prudhomme, Théodore de Banville, Albert Samain, Maurice Rollinat, Eugenio de Castro, una serie de utas japonesas de Murasaki, Sadaie, Saigio, Sandara, Saneskè y Tomono-Kodi y sus “Paráfrasis de poetas japoneses del Kokiñshifu: colección de odas antiguas y modernas”, que incluyen textos de Asayasu, Chisato, Heñzeu, Komachi y Yoshiki, y la comedieta “El manto de penitencia” de autor anónimo japonés; Alberto Leduc tradujo a Catulle Mendès, Joris Karl Huysmans, Paul Margueritte y Alberto Fogazzaro; Bernardo Couto Castillo, a Villiers de L’Isle Adam, Octave Mirbeau y a Bernard Henry Gausseron; Joaquín D. Casasús, a José-Maria de Heredia, Catulo y Bryant; Francisco M. de Olaguíbel se ocupó de la obra de Sully Prudhomme y Jean Dorraine; y Antenor Lescano tradujo exclusivamente a Baudelaire. Por cierto, una de sus traducciones está insertada en el texto “Caprichos de Pierrot” de Couto Castillo, publicado en la 1ª quincena de octubre de 1900, y constituye no sólo un ejemplo de la colaboración entre estos autores, sino también, de la inserción de la traducción en la ficción.

 

La lente francesa

La lista de autores franceses es larga –hay un total de 84–, pero destacan en ella por la cantidad de textos incluidos y en orden descendente: Paul Verlaine, José-Maria de Heredia, Charles Baudelaire, Jean Richepin, Octave Mirbeau, Catulle Mèndes, Jules y Edmond de Goncourt, Léon Bloy, Théophile Gautier, Joris Karl Huysmans, Stéphane Mallarmé, Paul Marguerite y Sully Prudhomme.[29] De varios de estos autores se publican tanto traducciones como textos en francés. Por ejemplo, en 1898 se publicaron dos poemas de Verlaine, “Monsieur Prudhomme”[30] y “L’eternel sol”[31] sin intermediación de la traducción. Posteriormente, se incluyeron versiones de sus poemas a cargo de Balbino Dávalos, Rafael de Alba, Guillermo Valencia, y Enrique González Martínez. La inclusión de Heredia en la revista también es una de las más sobresalientes. Las fuentes de las traducciones incluidas indican el amplio alcance de la influencia de este autor, pues se incluyen las traducciones de algunos poemas de Los trofeos que Justo Sierra había publicado en la Revista Azul en 1894, las traducciones expresas para la Revista Moderna de José Juan Tablada y Joaquín D. Casasús, y las del peruano José Augusto de Izcue. Las traducciones de la obra de Baudelaire, por su parte, corren a cargo, casi por completo, de Antenor Lescano. No deja de ser extraño que los principales traductores e impulsores de la revista, como Balbino Dávalos o José Juan Tablada se hayan dedicado tan poco a la traducción de este autor, acaso la principal influencia de sus actitudes decadentes. Quizás ello compruebe que el decadentismo se asumió de manera vivencial más que estética entre estos autores, como lo sugiere Martínez Peñaloza.[32]

Además de la traducción de textos literarios, hay un conjunto considerable de textos críticos que giran en torno a los autores centrales del canon modernista. Es aquí donde empiezan a verse las otras formas en que la literatura francesa se introduce en la publicación. En algunos casos estos textos fueron escritos por grandes figuras del modernismo hispanoamericano, como Rubén Darío, o por algún prominente autor francés. Algunos ejemplos son los ensayos “Baudelaire”, de Theodore de Banville, “Paul Verlaine” de François Copée, “Walt Whitman” y “Mallarmé” de Rubén Darío, o “Stéphane Mallarmé” de Ernest La Jeunesse.

Sin embargo, también forman parte de este conjunto de artículos, ensayos y recensiones firmados por autores franceses poco conocidos en la actualidad. Es evidente que la selección de los textos obedece a su contenido temático y no a su autor. No obstante, estos textos cumplen una función central pues son el punto de acceso a otras literaturas, entre las que destacan la anglosajona, alemana, rusa e italiana. Por ejemplo, se introducen los artículos “Walt Whitman” y “Los prosistas ingleses” de B.H. Gausseron, “Nietzche [sic] y la literatura francesa” de Pierre Laserre, “La literatura de Nietzche” de Henry Lichtenberger, o la traducción de la reseña de Lucien Moreau del libro “De Kant a Nietzche”. También es posible identificar la relevancia de la crítica francesa en la valoración de ciertas obras publicadas en esos años. Ello ocurre con la obra “L’Aiglon” de Edmond Rostand, de la cual se traducen reseñas de Gustave Geffroy, Jules Lemaitre, Emile Faguet, Gustave Larroumet, Lucien Muhfeld, Catulle Mendès o la reseña de Casimiro Stryenski sobre la novela Quo Vadis de Enrique Sienkiewicz.

La predilección por las fuentes francesas es evidente a lo largo del repertorio hasta aquí descrito, pero adquiere nuevas connotaciones en una “Nota de la Redacción” incluida al calce de la reseña “Resurrección, de Leon Tolstoi” de George Pellisier. En dicha nota se indica: “La traducción francesa es de Teodoro de Wyzewa; y es deber felicitar al traductor por su modestia y delicadeza. La traducción española que en México se vende, es de una casa editora italiana, y como la mayor parte de las ediciones de esa casa es detestable. La Revista Moderna recomienda a sus lectores la versión francesa”.[33] Una vez más queda en evidencia la asunción de que los lectores de la revista dominaban el francés y podían acceder a los textos en dicha lengua, pero también que pasar por la vía francesa no era excepcional en la época.

La importancia del francés como punto de acceso a textos a otras culturas también es notable en los casos en que se expone la traducción indirecta. El caso de la poesía de Edgar Allan Poe es uno de los más sobresalientes, pues dos de los tres textos traducidos expresamente para la revista, “Ulalume” y “Annabel Lee”, están acompañados de la nota: “de la versión francesa de Stéphane Mallarmé”. Y la prueba de que esta fue, de hecho, la vía por la cual estos autores accedieron al poeta estadounidense fue provista por Balbino Dávalos, quien afirmó: “Los decadentes de hoy no provienen de Verlaine, no descienden de Baudelaire, proceden de Edgar Poe a través de los últimos”.[34] La influencia francesa en la traducción de los textos japoneses a cargo de Tablada no se expone del mismo modo en la revista, pero ya ha sido discutido por Atsuko Tanabe quien concluyó que Tablada debió usar otras traducciones para crear estas versiones.[35] En otras ocasiones, sin embargo, las fuentes de la traducción se pierden por completo. No hay rastro, por ejemplo, de la intermediación francesa en la traducción de los “Himnos Órficos” de Teócrito a cargo de Balbino Dávalos, los cuales llevó a cabo a partir de la versión francesa de Leconte de Lisle.

 

El diálogo con el exterior

El cosmopolitismo de la revista está representado mediante la inserción de textos extranjeros, pero también mediante la demostración de la interacción de los autores mexicanos con los literatos del resto del mundo. Hay traducciones del español a otras lenguas que demuestran que la obra de estos autores también fue recibida en otras latitudes. Ello ocurre con el poema de Jesús Valenzuela, “La balada de las manos” – “Ballad of the hands”, traducido por H.D. Steele al inglés o la versión en francés del poema de Leopoldo Díaz “La flûte de pan”, a cargo de J. Raisin. También se suelen insertar facsímiles de cartas, evidencia irrefutable del contacto de estos autores con algunos de los autores traducidos. Un ejemplo de ello es la carta, en francés, de Maurice Maeterlinck a Balbino Dávalos a propósito de su traducción de Monna Vanna, publicada en la primera quincena de diciembre de 1901. Algo similar ocurre con las dedicatorias a diversos autores, la inclusión de discursos pronunciados en veladas en homenaje a algún personaje o cultura extranjera, o la reproducción de textos publicados originalmente fuera de la revista, pero dedicados a alguno de sus redactores, como en el caso del ensayo de Rubén Darío, “Soneto a Amado Nervo”, o el texto del brasileño Fontoura, “O pagem”, dedicado a Balbino Dávalos. Estos textos acentúan la impresión de que la revista es parte de una conversación más amplia. Asimismo, se hace manifiesto que la obra de estos autores resuena en otras partes del mundo. En algunos casos, incluso se traducen reseñas francesas de la obra de algún mexicano, como en el caso de la reseña de Louis Lejeune del libro El éxodo y las flores del camino de Amado Nervo o la nota sobre la traducción al inglés de los poemas de Enrique Fernández Granados llevada a cabo por Alice Gray Cowan en 1902.

Todos los mecanismos antes citados sumados a la presencia de distintas lenguas en la revista, la inclusión de textos que discuten específicamente el tema del viaje, como la serie “Álbum del extremo oriente” de José Juan Tablada, o aquellos que reflexionan sobre obras y culturas extranjeras, así como las numerosas traducciones, enfatizan la inscripción de esta revista en la cultura universal. 

 

Recepción

Si bien no hay estudios enteramente dedicados a la traducción en la Revista Moderna, son frecuentes los comentarios a esta actividad en la bibliografía crítica sobre la publicación. En 1953, Julio Torri dedicó su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua a la Revista Moderna en el que concluye que “Nunca fue tan cabal nuestro conocimiento de la literatura francesa como entonces. Estábamos enterados de las últimas novedades en letras de la ciudad del Sena. […] La Revista Moderna había hecho de nuestra ciudad una de las principales metrópolis líricas del orbe hispánico”.[36] En su ineludible, Breve historia del modernismo, Max Henríquez Ureña[37] usa la Revista Moderna como punto de arranque en su exposición del modernismo mexicano, pues considera que a finales del xix esta publicación se convirtió en el “vocero del movimiento modernista de todo el continente”. Son breves sus comentarios sobre la traducción, pero sobresalen sus elogios a las traducciones de Balbino Dávalos publicadas en la revista.

En 1967 se publicó el Índice de la Revista Moderna. Arte y Ciencia (1898-1903) de Héctor Valdés,[38] el cual hasta la fecha ofrece el análisis más completo sobre la publicación y la traducción en ella. En él se ofrecen distintos listados, entre los que resaltan la nómina de traductores, la de autores agrupados según nacionalidad y géneros, datos que permiten ver las tendencias más sobresalientes en el amplio repertorio de autores reunidos en la revista. Asimismo, Valdés ofrece breves reflexiones sobre la traducción al final de cada una de las secciones en donde discute los géneros representados en la publicación. Señala, entre muchas otras cosas, la importancia de la figura del poeta traductor en la revista, encarnada por Dávalos y Tablada, el hecho de que la literatura traducida muestra la apertura hacia lo novedoso y la recurrencia con la que se vertieron otras literaturas a partir del francés.

En 1981, Porfirio Martínez Peñaloza contribuyó con algunos datos importantes sobre la traducción en su artículo “La ‘Revista Moderna’”, donde además de sumarse a los elogios a las traducciones de Dávalos y Tablada, señala que en la revista se atribuyó erróneamente el texto “Une femme” a Charles Baudelaire, el cual en realidad se trataba de “Vers à une femme” de Louis Bouihlet, lo cual para él indica el conocimiento superficial que estos autores tenían de la obra baudeleriana.[39] La traducción aparece de manera tangencial en los estudios más recientes sobre la Revista Moderna, entre los que sobresalen los de Adela Pineda Franco, “Más allá del interior modernista: el rostro porfiriano de la Revista Moderna (1903-1911)”; Vicente Quirarte, “Cuerpo, fantasma y paraíso artificial”, y Christina Karageorgou-Bastea “Un arrebato decadentista: el pragmatismo corpóreo de José Juan Tablada”. Si bien no se refiere exclusivamente a la revista, Ana Laura Zavala Díaz emitió un certero juicio sobre los alcances de las actividades de Tablada en aquellos años: “posiblemente los argumentos decadentistas de Tablada pretendían la reubicación de los creadores de la comunidad, al conferirles la función de traductores y divulgadores de los componentes esenciales de la modernidad”.[40] A la vez, la Revista Moderna se menciona brevemente en los estudios sobre la traducción de algunos de los colaboradores de la revista, como Tablada, de cuyo acercamiento a la literatura japonesa hay copiosa bibliografía. Destaca, sin embargo, el estudio de Atsuko Tanabe, El japonismo de José Juan Tablada. También se encuentran alusiones a la revista en las reflexiones sobre las traducciones al español de ciertos autores prominentes en ella, como el estudio de la traducción de Poe en México a finales del siglo xix a cargo de Rafael Olea Franco y Pamela Vicenteño Bravo.[41]

 

Bibliografía

Carter, Boyd G., Las revistas literarias de Hispanoamérica, Ciudad de México, Ediciones de Andrea, 1959.

Ceballos, Ciro B., “Apología. Balbino Dávalos”, en Revista Moderna, i (1) 1º de julio de 1898, p. 10.

Clark de Lara, Belem y Ana Laura Zavala Díaz, La construcción del modernismo (Antología), Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2011.

Clark de Lara, Belem y Fernando Curiel Defossé, El modernismo en México a través de cinco revistas Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2000, p. 21.

El Duque Job [Manuel Gutiérrez Nájera], “Al pie de la escalera”, Revista Azul, t. i, núm. 1 (6 de mayo de 1894), p. 2, en Belem Clark de Lara, La construcción del modernismo, Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2011, p. 161.

Gutiérrez Nájera, Manuel, “El cruzamiento en literatura”, Revista Azul, t. i, núm. 19 (9 de septiembre de 1894), en Belem Clark de Lara y Ana Laura Zavala Díaz, La construcción del modernismo, Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2011, p. 92.

Henríquez Ureña, Max, Breve Historia del Modernismo, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 1954, pp. 465-500.

Martínez, José Luis, “México en busca de su expresión”, en Historia General de México, Ciudad de México, El Colegio de México, 2000, p. 750.

Martínez Peñaloza, Porfirio, “La ‘Revista Moderna’”, en Lily Litvak, El Modernismo, Madrid, Taurus, 1981, p. 361.

Mata, Rodolfo, “José Juan Tablada: translator”, Nicholas Goodbody (trad.), en Translation Review, 81 (primavera 2011), pp. 34-44.

Olea Franco, Rafael y Pamela Vicenteño Bravo, “Encountering the melancholy swan. Edgar Allan Poe and the Nineteenth-Century Mexican Culture”, en Emron Esplin y Margarida Vale de Gato (eds.), Translated Poe, Bethlehem, Lehigh University Press, 2014, pp. 141-142.

Pineda Franco, Adela, “Más allá del interior modernista: el rostro porfiriano de la Revista Moderna (1903-1911)”, Revista Iberoamericana, lxii (214), enero-marzo 2006, pp. 155-169.

Salado Álvarez, Victoriano, “Los modernistas mexicanos. Oro y negro”, El Mundo, t. iii, núm. 390 (29 de diciembre de 1897), en Belem Clark de Lara, op. cit., pp. 203-214.

Tanabe, Atsuko, El japonismo de José Juan Tablada, México, Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1981.

Torri, Julio, “La Revista Moderna de México [Discurso de ingreso en la Academia Mexicana de la Lengua]”, en Serge I. Zaitzeff (ed.), Obra completa / Julio Torri (11), Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2011, p. 348.

Valdés, Héctor, Índice de la Revista Moderna (1898-1903), Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México 1967, p. 25.

Zavala Díaz, Ana Laura, De asfódelos y otras flores del mal mexicanas. Reflexiones sobre el cuento modernista de tendencia decadente (1893-1903), Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2012.