Enciclopedia de la Literatura en México

Sergio Magaña

mostrar Introducción

Sergio Magaña es considerado como uno de los autores dramáticos más representativos de la dramaturgia mexicana del siglo xx. Su obra no tan vasta como la de otros grandes dramaturgos como Rodolfo Usigli o como compañeros suyos de oficio, vocación y generación como Luisa Josefina Hernández y Emilio Carballido, puede reconocerse como fundamental. Las aportaciones de Magaña al teatro mexicano a través de su escritura dramática son, desde la mirada serena del siglo xxi y a más de veinte años de su fallecimiento, claras y sustantivas. Sergio Magaña aportó al teatro mexicano aspectos notables tanto desde la perspectiva temática como desde las estructuras mismas de sus obras. A lo largo de toda su dramografía podemos encontrar, lo mismo el espléndido manejo del melodrama, como obras con resonancias trágicas, así como formas cómicas y de la llamada pieza moderna. En su búsqueda de creador dramático, lo mismo explora en la historia de México, como en la vida cotidiana del hombre común de la Ciudad de México en donde su capacidad de observación le lleva a crear personajes y situaciones dramáticas que se traducen en momentos de “pequeñas tragedias cotidianas”, por decirlo de alguna manera, como puede verse en su obra Los motivos del lobo (1968). Magaña logró con su propuesta teatral hacer un poderoso retrato de costumbres de la realidad de su tiempo; del México de la segunda mitad del siglo xx y décadas posteriores. Sujeto a las influencias de los grandes autores dramáticos clásicos, pero también a la literatura y la dramaturgia norteamericana de su tiempo. Un autor abierto a las influencias del arte, con lo que logra desarrollar un estilo propio y al mismo tiempo variado. De Los signos del Zodíaco (1950) a Moctezuma ii (1954); de El pequeño caso de Jorge Lívido (1958) a La última Diana, por mencionar algunas de sus obras más representativas. Riqueza y pluralidad de temas, personajes y estructuras. Es pues, una referencia obligada para comprender mejor el teatro mexicano de la pasada centuria.

mostrar Contexto

Puede ubicarse claramente a Sergio Magaña como miembro de la llamada Generación del Medio Siglo, no sólo por su fecha de nacimiento, 1924, sino por su paso como estudiante por la Facultad de Filosofía y Letras en los primeros años de la década del cincuenta y por sus interacciones con muchos de los estudiantes de entonces, que después configurarían esa fulgurante generación, como fue el caso de Luisa Josefina Hernández, Jaime Sabines, Dolores Castro, Rosario Castellanos, Emilio Carballido, entre otros, sino también –y sobre todo– por sus preocupaciones temáticas y formales. Antes que renunciar al Realismo en el teatro, lo transforma a partir de hacer búsquedas formales en las estructuras cinematográficas y en la novela contemporánea y sus voces narrativas, como puede apreciarse en Los signos del zodiaco, Moctezuma ii o en la última de sus obras Los enemigos (1989), pieza basada en el drama quiché de origen prehispánico conocido como Rabinal Achí o el Varón de Rabinal. Pero el talento creativo de Sergio Magaña nos muestra a un dramaturgo inquieto que explora diversas posibilidades teatrales en cada una de sus obras. Así puede ceñirse a la sobriedad del drama histórico sustentado en el espíritu de la tragedia clásica, como en Moctezuma ii, como darse libertad creativa para construir una comedia musical como Rentas Congeladas o una suerte de parodia del mito de Jasón y los Argonautas en Cortés y la Malinche, llamada en un principio, justamente Los argonautas.

De la obra Los signos del zodiaco ha dicho Carlos Monsiváis, en sus “Notas a la cultura mexicana” que:

Los signos del Zodíaco [así fue escrito en el original] oscila entre un vértigo simbolista y una ansiedad naturalista. Si la literatura mítica se caracteriza por establecer un cosmos donde los sectores que suelen denominarse “lo humano, lo natural y lo sobrenatural” se entregan a un vasto y minucioso duelo de intercambios y metamorfosis, en la literatura mítica mexicana lo habitual es el desarrollo de un cosmos donde se van complementando e influyendo los enfrentamientos entre una colectividad desvalida (un país que puede resumirse en una vecindad) y su destino. Un mito clásico: la imposibilidad de huir de la suerte. No hay nada que hacer, la vecindad está cerrada con llave, el espacio es irrespirable, celebremos con una fiesta nuestra condena. Pese a sus errores y excesos lacrimógenos, Los signos del Zodíaco [así fue escrito en el original] es quizás y todavía lo más vital de nuestra literatura dramática. Allí, Magaña plasmó un orden moral y social de pretensiones y rechazos, de frustraciones y recelos, otorgándole una forma verbal cerrada y justa, un hálito melodramático que es la única salida expresiva a que estos personajes pueden aspirar. Magaña lo captó: el melodrama es, en la etapa presente de una colectividad como la mexicana, su estilización posible, el grado concebible de teatralización de las circunstancias cotidianas, la vía de acceso a los placeres del sufrimiento.[1]

Quizá pueda resultarnos un tanto chocante la afirmación de Monsiváis, en cuanto a que Los signos del zodiaco de Magaña sea la obra “más vital de nuestra literatura dramática”; pero en cambio sí puede afirmarse que el entonces joven dramaturgo Sergio Magaña en 1951 había dado certeramente en el blanco en su observación de una realidad social lacerada por la desigualdad social y la debacle de la Revolución mexicana. Mientras que desde la moderna presidencia de la república, encabezada por el licenciado Miguel Alemán se hablaba de los “cachorros de la revolución”, y de la llegada al fin de tiempos de prosperidad y bonanza social, en realidad lo que le ocurría al país es que se sumergía cada vez más en la confrontación desigual entre el México rural y el México urbano, entre el México de la clase media acomodada proclive a imitar el modelo de vida norteamericano y el México proletario y campesino que difícilmente alcanzaría las migajas de la riqueza económica y de la anhelada modernidad que ponderaba el régimen alemanista. De ahí el título de la obra; los personajes marginados, están condicionados por un destino fatal del que difícilmente podrán escapar.

Esta idea del destino en la obra de Sergio Magaña, podría considerarse como una obsesión creativa de nuestro autor. Lo mismo lo vemos en esta su primera y más célebre obra, que en Moctezuma ii, Los Argonoautas (Cortés y la Malinche), en Los enemigos, o hasta en obras con tintes de humor y más ligeras como en Santísima (1979), su versión teatral a propósito de la novela Santa (1903) de Federico Gamboa.

A pregunta expresa sobre sus motivaciones como dramaturgo, en una entrevista concedida en 1977 a Juan Manuel Corrales, Magaña ofrece estas reflexiones:

—¿Qué motiva a escribir al dramaturgo Sergio Magaña?
—Muy difícil de contestar. Generalmente lo que uno cree que lo motiva resulta una falsa actitud. Se ha puesto de moda el concepto de “necesidad de comunicación”. A esta pregunta se opondría otra ¿qué voy a comunicar? Y ¿a quiénes voy a comunicar? Para nuestros pueblos latinoamericanos el teatro es una tribuna reducida. Uno expresa ideas que generalmente delatan cosas insoportables. Aquí es donde el escritor acepta con valentía su carácter de delator. Entiéndase esto: un escritor no va a delatar a su pueblo porque esté desnutrido o mal educado o enajenado. ¿a quién delata entonces? La respuesta es obvia. Tan obvia que cualquier autor es calificado de subversivo. También es válido tanto para novelistas como para poetas. Las penurias e injusticias que padecen los pueblos deben ser expresadas. El pueblo no sabe cómo carece de técnica y de lo que muchos llaman criterio. ¿Callarse entonces? Pues no. El escritor es quien debe exponer las quejas de los gobernados para el oído de los gobernantes.[2]

mostrar Algunas notas biográficas

De los datos biográficos de Sergio Magaña[3] se puede mencionar lo siguiente: nació el 24 de septiembre de 1924 en Tepalcatepec, Michoacán. Y murió en la Ciudad de México en 1990. Estudió en una escuela de jesuitas en Cuernavaca; y los bachilleratos de ciencias físico-matemáticas, químicas y matemáticas en la UNAM; en donde también estudió dos años leyes, hasta ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras donde obtuvo la maestría con especialidad en letras inglesas. Formó en 1946 junto con Emilio Carballido y otros estudiantes la Sociedad Literaria Atenea, luego convertida en el Grupo de Teatro de Filosofía y Letras, con los que desarrolló un curioso ejercicio de escenificación teatral al que pusieron por nombre “Teatro de antecámara” y que consistió en presentar a un reducido grupo de espectadores pequeños montajes de sus primeros ejercicios dramatúrgicos en un cuarto de azotea que por entonces ocupaba como estudiante pobre el mismo Sergio Magaña. Si bien la experiencia fue reivindicatoria para sus compañeros de viaje en esa primera aventura, Emilio Carballido y Luisa Josefina Hernández; en el caso suyo, según su propio testimonio, fue un desastre. Pero a pesar de ello, Magaña no desistió en sus intentos de formarse como dramaturgo, y continuó escribiendo y recibiendo las enseñanzas de Rodolfo Usigli en el aula universitaria y de Salvador Novo en la Escuela de Arte Teatral. En 1948 Magaña asistió como espectador al montaje de Un tranvía llamado Deseo de Tennesse Williams, bajo la dirección del director japonés Seki Sano con el elenco del Teatro de las Artes. Esa experiencia le dejaría marcado de tal forma que Magaña decidió probar fortuna en la dramaturgia, aunque sin abandonar del todo sus dotes como narrador, pues para entonces Sergio Magaña había escrito dos libros; una novela Los suplicantes (1942) y el libro de cuentos El ángel roto (1943) y tenía en preparación otra novela El molino del aire que en 1953 ganaría el premio convocado por el periódico El Nacional. En 1949, Magaña se inscribe en los cursos de arte dramático con Seki Sano, que sin lugar a dudas le ayudaron para imprimir ese nuevo realismo que se nota en sus obras teatrales, empezando por Los signos del zodiaco. El escritor Enrique Serna publicó en la Revista de la Universidad, en octubre de 2010, un acercamiento biográfico a la vida de Magaña que retrata con pulcra fidelidad la personalidad y la vida de nuestro autor, titulado “Sergio Magaña, el redentor condenado”. En él Serna comenta lo siguiente:

Magaña tuvo la audacia de ventilar llagas que nadie había mostrado en el teatro, con un humor cruel que no excluía el apego sentimental a sus personajes […] Magaña no sólo fue un médium dotado con una certera intuición para auscultar el alma de los nobles prehispánicos: además renovó el drama histórico con una libertad creativa que lo llevó de la tragedia clásica a la parodia irreverente de sí mismo. Con un sentido paródico y juguetón que mucho le debe, supongo, al espíritu iconoclasta de los años sesenta en Los argonautas pasó del clasicismo al teatro épico brechtiano […]
La narrativa de Magaña está a la altura de su teatro, es decir, muy por encima de la medianía, y no creo que nuestra literatura haya dado tantos narradores valiosos como para darse el lujo de relegarla al olvido.[4]

A lo largo de su vida Sergio Magaña trabajó intensamente como dramaturgo, narrador y como guionista de cine. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores, profesor de la Escuela de Arte Dramático del INBA, director de la Escuela de Bellas Artes de Oaxaca. Columnista y crítico teatral, fue editor de la revista Wattusi (1968), en la que también escribía los argumentos. Fue colaborador en las revistas América y Mañana y en los suplementos Diorama de la Cultura de Excélsior y en Ovaciones. Sergio Magaña llegó también a laborar con el Servicio Exterior Mexicano y en 1974 fungió como Consejero en la Embajada de México en Colombia. Fue director de la Escuela de Bellas Artes de Oaxaca y maestro en la Escuela de Arte Dramático del INBA, donde coordinó varios talleres de composición dramática en el INBA y fue socio de la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México). Un rasgo singular de su obra dramática, es que Sergio Magaña escribió y compuso la letra y la música de sus propias obras para su escenificación.

Al final de su vida, Sergio Magaña recibió importantes reconocimientos a su trayectoria: En 1988 se le entregó el Premio Nacional de Literatura Juan Ruiz de Alarcón, por su trayectoria como dramaturgo y recibió un caluroso homenaje en la Décima Muestra Nacional de Teatro en Monterrey, Nuevo León en ese mismo año.

mostrar El teatro de Magaña frente a la crítica

En realidad la obra dramática de Sergio Magaña siempre fue muy bien recibida por la crítica especializada en los diarios nacionales. Puede decirse que la buena fortuna le sonrió igualmente en este aspecto. Su teatro siempre alcanzó una recepción positiva tanto del público como de la crítica, motivo por el cual, podemos decir, es un raro privilegio también.

En 1951, por ejemplo, Armando de Maria y Campos escribe una de las más certeras y elogiosas críticas a propósito del estreno de Los signos del zodiaco, de la cual extraemos un fragmento:

El Instituto Nacional de Bellas Artes ha presentado en su teatro titular –la sala de espectáculos del Palacio de las Bellas Artes–, la obra Los signos del zodíaco [así fue escrito en el original] del joven autor mexicano Sergio Magaña, y lo ha hecho con todas las características de un suceso extraordinario, provocando, como es natural, comentarios y discusiones. La presentación de Los signos del zodiaco es magnífica, la dirección excelente, y la interpretación por parte de los más calificados alumnos de la escuela dramática del propio Instituto, irreprochable. Como obra primeriza de autor que casi no había intentado el difícil género dramático Los signos del zodíaco [así fue escrito en el original] es digna del mayor encomio, anuncia a un escritor de talento y sensibilidad singulares que, si no se tuerce o malogra, habrá de dar gloria y provecho a la dramática nacional […]
En la casa de vecindad, con varios patios, que reproduce Magaña, ha desaparecido el retablo característico, con su veladora permanente e incansable, con sus flores siempre renovadas por la fe de los vecinos. Ahora, los vecinos de estas supervivientes aglomeraciones de viviendas, a punto de convertirse en edificios de "apartamentos", viven angustiados, sin fe ni esperanza, sin dinero también, víctimas de una depresión espiritual, de una neurosis producida por el ritmo de la vida, superior a toda posible asimilación fisiológica, complicada con un fenómeno cerradamente patológico, y que seguramente ha sido producido por el galopante y antihumano crecimiento de la vida moderna. Magaña me ha dicho que su pieza Los signos del zodíaco [así fue escrito en el original] es realista, y como también me ha declarado que "aspira a colocarse entre las obras representativas del teatro universal".[5]

Unos años después, en 1954, Sergio Magaña estrenaría la que para muchos es su obra cumbre Moctezuma ii. En esta obra, Magaña trabajó arduamente en una cuidadosa investigación histórica que sirve de sustrato a la composición de una pieza teatral con gran sentido de lo trágico. Del estreno del montaje de esta obra, dirigido por André Moreau, de nueva cuenta Armando de Maria y Campos mencionó lo siguiente:

Singular expectación –un poco artificial, oficial mejor dicho– precedió a la postura escénica de esta pieza, a la que su autor anunció como "la primera tragedia" del teatro mexicano y dio sus motivos que, a la postre, visto lo que es este drama entre familiares de Moctezuma, resulta excesivo. Sergio Magaña, inteligente y ambicioso, acertó a crear un Moctezuma con perfiles tan singulares y reacciones tan novedosas, que nadie dejará de reconocer que es "su" Moctezuma, personaje antihistórico, tanto como lo son ya el Juárez, el Maximiliano y la Carlota de Usigli. […]
El joven autor creó varias situaciones, dramáticas algunas, teatrales la mayoría, para que Moctezuma –a veces Xocoyotzin, en ocasiones Ilhuicamina– tuviera y sostuviera escenas violentas con el rey de Tlacopan (galán con técnica a lo Romeo, enamorado, claro, de una Julieta azteca, Tecuixpo, hija de Moctezuma, que había de adoptar el nombre de Isabel al recibir las aguas cristianas); Ixtlixóchitl, Cacama, Cuauhtémoc, Cuitláhuac, los señores de Culhuacán, de Xochimilco y de Coyoacán, el embajador maya Chan, y el ministro (especie de poder tras el trono, anticipo teatral de Richelieu). También aparecen la madre del emperador azteca, y el hijo menor, Axayácatl. Todos intervienen para que el poderoso Señor Sañudo se convierta en águila que cae en medio de discusiones, disputas y aun un monólogo hamletiano; todo con un marcado propósito dramático, nunca trágico, a pesar de la aparición –reminiscencia del teatro trágico de los griegos– de tres viejas agoreras y adivinas, que después, a su tiempo y en su tiempo, el genio de Shakespeare había de fijar en la escena universal como brujas macbethianas... Construida la pieza de Magaña con intuición y habilidad, hablada con dignidad, a veces el lenguaje se eleva más allá de lo normal pero en ocasiones roza lo vulgar; las metáforas no siempre son claras, exponentes al fin del fino y fresco ingenio de los indígenas. Pero es en todo instante una gallarda muestra del talento de quien no se conforma con la áurea mediócritas del teatro de aficionados y estudiantes que es característica de esta época nuestra […]
A la cabeza de todos, el joven Ignacio López Tarso –en Moctezuma–, que lleva el mejor camino para hacerse profesional y vivir con comodidad y respeto en tan ingrata profesión. El resto –creo que es inútil citar a todos e injusto dejar de hacerlo con algunos– desempeña sus partes con amor y disciplina. No se puede pedir más a quienes se acercan al teatro movidos por el noble y generoso impulso de su afición […]
El director profesional Moreau acertó al extraer de la acción y del sentido esotérico del diálogo, lo mejor del sabor local, ese aire de historia que sopla a lo largo del argumento convencional. A veces se antoja que el movimiento es lento, que la acción se arrastra. Pero, ¿no podría ser esta característica del tema y de la tragedia que los personajes llevan en su pecho, cargada de sangre, guerras y supersticiones...?[6]

Del montaje de 1961 realizado en las pirámides de Teotihuacán, por el director Álvaro Custodio, y que alcanzó una importante notoriedad en el medio teatral mexicano, la crítica y dramaturga Marcela del Río en su columna periodística hace una sucinta y precisa reseña al respecto:

Moctezuma ii. Al pie de la Pirámide del Sol, en Teotihuacán. Autor: Sergio Magaña. Dirección: Álvaro Custodio. Música, y bailables por conjuntos autóctonos. Reparto: Ignacio López Tarso, Daniel Villagrán, Graciela Orozco, Enique Aguilar, etcétera.
La reposición de Moctezuma ii, de Sergio Magaña, no es una reposición común y corriente. Al servirle de marco la Pirámide del Sol de Teotihuacán, la obra quedó situada en su ambiente, y se pudo apreciar toda su grandiosidad, su fuerza emotiva y la profundidad de su tragedia. El Moctezuma que nos presenta Magaña es un hombre que se rebela en contra de la condición sanguinaria y de las supersticiones de su época y de su pueblo, como si estuviera más influido por la concepción de vida de los toltecas que de los hombres de su raza. Nunca es un cobarde, aunque así sea juzgado por su pueblo, sino un hombre que está fuera de su tiempo y según la propia obra de Magaña, todo aquel que nace fuera de su tiempo es destruido. Esa concepción de la vida de Moctezuma, crea en los señores que lo rodean inconformidad y rebeldía, lo que hace que pacten con Cortés cuando éste llega a conquistarlos. Y Moctezuma, al verse sin armas para luchar, al encontrarse sin apoyo, al ser abandonado por todos, no puede hacer otra cosa que decir: Yo soy el señor, yo soy, pues, quien debe pactar con Cortés en nombre de todos los demás jefes. En ese momento culmina la tragedia. En ese instante sabemos que toda esa cultura será destruida y desaparecerá. En esto radica la tragedia. Y todo esto se nos dice, ahí, delante de la Pirámide del Sol, arriba de ella, abajo de ella, en ella. En el máximo monumento de aquellas culturas, de aquellos pueblos que escogieron su muerte. Y la tragedia nos hace entonces estremecer de dolor. Nos hiere y nos conmueve hasta el punto de gritar en nuestro interior. ¿Por qué tenía que suceder así?
No hay duda que Custodio ha logrado hacer lo que nadie: “acarrear” a su público de un lugar a otro de México. Y de todos sus acarreos, es en esta ocasión en la que ha logrado una mayor majestad. Es la primera vez que se atreve Custodio con una obra mexicana que además trata de los “mexicanos”(o meshicas) y puede decirse que su éxito ha sido completo. Custodio maneja los espacios con elegancia. La composición de sus escenas es tan plástica que podría decirse que son verdaderos cuadros de un gran pintor llevados a la vida. La forma en que maneja sus luces y todos los elementos naturales que le dan los sitios que elige para sus representaciones no hay quién los aproveche mejor. Las danzas autóctonas no podían ser de mejor calidad, en fin, se nos agotan las palabras para analizar todos los grandes aciertos de este espectáculo verdaderamente incomparable […][7]

Por último puede decirse que la obra de Sergio Magaña continua vigente en la escena mexicana y año con año alguna de sus obras dramáticas suele ser llevada a escena por algún grupo teatral de distintas partes del país. Y así como también el conjunto de su obra es ya objeto de estudios académicos con los que se ha ido valorando y dando relevancia a la calidad de su labor como dramaturgo. El trabajo académico más relevante en ese sentido es, desde luego, el de Leslie Zelaya, Imelda Lobato y Julio César López titulado Una mirada a la vida y la obra de Sergio Magaña (2006) publicado por la Secretaría de Cultura de Michoacán y el Centro Nacional de Investigación Teatral Rodolfo Usigli.

Si bien puede decirse que en su obra se manifiesta un autor crítico del poder y que expresa con sus creaciones dramáticas las contradicciones de la historia y la realidad de México; también es justo observar que como creador teatral, desde sus orígenes tuvo el privilegio de la cercanía con el ejercicio del poder cultural y sus poderosas personalidades, como fue el caso de Salvador Novo, quien lo protegió y lo impulsó. Magaña a diferencia de muchísimos otros autores teatrales en México alcanzó la cima del éxito desde sus inicios como autor y desde allí ejerció su oficio de dramaturgo en plenitud. Una suerte que pudo aprovechar con destreza, lo que le permitió escribir su teatro y que esas obras fuesen representadas con gran notoriedad. Cabe reconocer y admirar que justamente algunas de las piezas teatrales que Magaña escribió forman parte del repertorio teatral más significativo del México de la segunda mitad del siglo xx. Y esto es algo que vale la pena reconocer hoy a veinticinco años de la desaparición física del dramaturgo Sergio Magaña y en todo momento.

mostrar Bibliografía

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mostrar Enlaces externos

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Nació en Tepalcatepec, Michoacán, el 24 de septiembre de 1924; murió en la Ciudad de México, el 23 de agosto de 1990. Dramaturgo y narrador. Estudió la maestría en Letras Inglesas en la ffyl de la unam. Fue profesor en la Escuela de Arte Dramático del inba; director de la Escuela de Bellas Artes en Oaxaca. Se han puesto en escena sus obras La noche transfigurada, La triple porfía (en colaboración con Emilio Carballido), El reloj de la cuna, El viaje de Nocrecida (en colaboración con Emilio Carballido), Moctezuma II, El pequeño caso de Jorge Lívido, La canción nunca se acaba, El anillo de oro, Juguetes espaciales, Rentas congeladas, Medea, Los argonautas, Ensayando a Moliére, El mundo que tú heredas, El que vino a hacer la guerra, La dama de las camelias y La última Diana. Becario del cme, 1951. Premio del Concurso de las Fiestas de Primavera 1950 por El suplicante. Premio del Concurso de Novela de El Nacional, Revista Mexicana de Cultura 1954 por El molino de aire. Premio de la ucct a mejor obra del año 1980 por Santísima. Premio Nacional de Literatura Juan Ruiz de Alarcón 1988 por su trayectoria como dramaturgo. Premio Manuel Eduardo Gorostiza por Los motivos del lobo. Premio de la apt al mejor autor 1989 por Los enemigos.

Realizó estudios en la unam: dos años en la Facultad de Derecho, y Letras Inglesas y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras (ffl), donde fue alumno de Rodolfo Usigli y de Seki Sano. Fue miembro del grupo de teatro estudiantil Atenea (1946), después del grupo de teatro de la Facultad, que reunió a Emilio Carballido, Luisa Josefina Hernández, Miguel Guardia y a otros. Se le considera como uno de los dramaturgos de la Generación de Medio Siglo. Como becario del Centro Mexicano de Escritores (cme) (1951-1952) escribió sus primeras obras teatrales. Fue profesor de la Escuela de Arte Dramático del Instituto Nacional de Bellas Artes (inba), en el que coordinó varios talleres de Composición Dramática, además de dirigir la Escuela de Bellas Artes en Oaxaca. Fue consejero cultural de la Embajada de México en Bogotá (1974). A principios de los años sesenta trabajó en cine como argumentista y adaptador; fue también argumentista de la historieta humorística Watusi que editara Rius en 1968. Colaboró en las revistas América y Mañana y en los suplementos "Diorama de la Cultura" y en el de Ovaciones. Algunas de sus obras de teatro se publicaron en revistas literarias y otras fueron adaptadas al cine. En 1985, en Mazateupa, municipio de Nacajara, Tabasco, se inauguró un teatro al aire libre que lleva su nombre; lugar donde el Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena representó varias de sus obras.

Sergio Magaña Hidalgo, reconocido como dramaturgo, también cultivó la novela, el cuento y la crítica teatral; musicalizó algunas de sus obras. Su primera novela “Los suplicantes”, escrita en 1942, no se publicó. El Molino del aire, la siguiente, de carácter costumbrista, aborda la vida de una pequeña ciudad en el contexto de la Revolución, donde se visualiza el cacicazgo, un amor frustrado y los lazos familiares a través de los sueños y la fantasía de un niño. Es autor de drama y el melodrama, tragedia, farsa y comedia, también de corte musical, escribió pastorela y teatro para niños. Renovó el lenguaje teatral y gustó de la experimentación formal al combinar la tragedia griega o el drama shakesperiano con el contexto nacional. Apoyándose en obras de reconocido prestigio retomó sus temas: en La dama de las camelias, el autor parodia la obra de Alejandro Dumas, como el de una joven, que al desear ser actriz, queda embarazada; Santísima, que musicalizó, parte de la protagonista de Federico Gamboa para mostrar que cada prostíbulo es manipulado por el poder económico. En Ensayando a Molière, recrea al dramaturgo para cuestionarlo; El reloj y la cuna se basa en la figura trágica de Medea, para representar una mujer seducida y traicionada que asesina a su hijo y enloquece. Su comedia que lleva música de su autoría, Rentas congeladas es una crítica a los casatenientes y la corrupción de los funcionarios. Gran observador de la realidad social y de la sicología de los mexicanos, sus obras abarcan la crítica social y personajes complejos y simbólicos que en muchas ocasiones rompen con lo tradicional. Sus temas son múltiples y diversos: la historia de México, del periodo prehispánico a la Revolución (en el que uno de sus enfoques es el nacionalismo); la condición social (la justicia, la prostitución, la miseria, las clases sociales, principalmente la clase media); la gran ciudad; el amor, la soledad y el incesto; el suicidio y la muerte. Los signos del zodiaco, obra que lo consagró como dramaturgo, y considerada una de las mejores del teatro contemporáneo, se desarrolla en una vecindad, microcosmos de la vida urbana, donde sus solitarios personajes son confrontados ante la adversidad e impotencia. El pequeño caso de Jorge Lívido cuestiona el problema de la justicia y los procedimientos a los que se recurre para obtener una confesión. Los enemigos es una tragedia inspirada en Rabinal Achí, obra prehispánica traducida al francés por Charles Ètienne Brasseur a mediados del siglo xix; en la obra de Magaña el varón Queché es capturado y procesado por quebrantar el honor de Rabinal, por lo que se le castiga con la muerte. En sus pastorelas El mundo que tú heredas, auto sacramental y El que vino a hacer la guerra, western navideño, el nacimiento de Jesús simboliza la fe y los ideales del ser humano frente a la problemática social, la miseria y la injusticia. En Como las estrellas y todas las cosas pone en crisis los valores sociales, el personaje, un gran deportista, al quedar inválido decide suicidarse. Moctezuma ii rompe con los mecanismos clásicos de la tragedia; presenta a un México desunido y a un Moctezuma mítico, refinado y clarividente a quien los dioses deben destruir por haberse adelantado a su tiempo. Moctezuma ii resalta la crisis de valores religiosos y los cambios en el país, donde los augurios tienen una gran carga simbólica. Dentro de esta vertiente se encuentra: Cortés y la Malinche (antes Los argonautas), en la que utiliza la sorpresa, la sátira y el anacronismo, además de quebrantar la tradicional rutina escénica; Bernal Díaz del Castillo, uno de los personajes, habla directamente al espectador transgrediendo, para su época, el universo escénico. En Los motivos del lobo, drama de la ciudad fue adaptado al cine y a la televisión. Tiene base en un hecho real en que un padre obliga a su familia a un encierro forzoso y prolongado que tiene la intención de ser un microcosmos de aislamiento de la maldad humana, que se convierte en una nueva problemática de inseguridad, incesto y locura. Para el cine adaptó las obras clásicas de la literatura infantil como Caperucita roja y El gato con botas; en teatro, en El anillo de oro, obra parecida a la fábula, unos ratones y un gato ayudan a un niño y a su madre a salir adelante.

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Instituciones, distinciones o publicaciones


Centro Mexicano de Escritores
Fecha de ingreso: 1951
Fecha de egreso: 1952
Becario

Premio de Dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón
Fecha de ingreso: 1988
Fecha de egreso: 1988
Ganador

Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura INBA
Fue profesor de la Escuela de Arte Dramático

Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura INBA
Coordinó varios talleres de Composición Dramática

América. Revista Antológica de Literatura
Colaborador

Diorama. Suplemento cultural de Excélsior
Colaborador