Enciclopedia de la Literatura en México

Metaedición: libros sobre libros en México

Gerardo Kloss
01 may 2019 / 11 may 2019 15:03

mostrar Introducción: ¿Qué es la metaedición?

El término metaedición es un neologismo y no aparece en los diccionarios. Se utiliza para referirse a las “ediciones sobre la edición”; es decir, a los géneros editoriales que producen herramientas útiles para analizar como objeto a la propia actividad editorial, por analogía con el término metalingüístico, referido al uso del lenguaje como herramienta para analizar el propio lenguaje como objeto.[1]

Es posible que la palabra metaedición ya lleve algún tiempo usándose en el habla profesional de los editores, pero no está documentada. En 1988 el Metalibro de Bulmaro Reyes Coria afirmaba, en el prólogo, que dicha obra era “una orientación sistematizada que muestra el camino completo para procesar un libro”;[2] es decir, que el libro trataba acerca de cómo debía hacerse un libro. El propósito de este artículo es ofrecer un panorama de las ediciones, editores y editoriales dedicadas a reflexionar acerca de las propias ediciones, editores y editoriales en México. Los futuros investigadores podrán atribuir a Marina Garone y Jorge Mendoza la decisión de incluir el término metaedición en esta enciclopedia.

Muchos términos editoriales, como texto, lectura, libro, edición, diseño o digital, son lo que Raymond Williams denomina “palabras claves”: términos situados en el núcleo de creencias axiológicas que nadie cree necesario debatir y se tienen por sobrentendidos, lo que los vuelve lugares comunes y permite que se les adjudiquen significados alternativos y hasta contradictorios en diferentes contextos.[3]

El propio término edición, que sería el objeto de análisis de la metaedición, puede referirse a conceptos diferentes, como la fabricación física y venta de libros, la compilación, organización y corrección de textos, y, en un sentido más amplio, todas las actividades requeridas para gestionar, filtrar, amplificar, enmarcar[4] y poner los contenidos en el medio, soporte, formato, precio, momento y lugar en que sean más significativos para sus posibles lectores.[5]

Parece sencillo comunicar la idea de la reflexión metaeditorial con la poderosa sinécdoque del objeto “libro”: la metaedición consiste en producir libros sobre libros. Las personas que entrevistamos para preparar este artículo así lo hicieron. Tomás Granados usó este nombre para una colección y eso la define con mucha precisión ante los ojos del público. Pero, como libro es otra palabra clave, si se mira de cerca puede referirse al contenido idealizado (leer libros es bueno), al contenedor idealizado (los libros huelen rico), a la obra o contenido concreto (en este archivo de Word está mi libro), al objeto físico concreto (ese libro que está en la mesa es mío), al producto comercial desarrollado por una editorial (en el otoño lanzaremos el libro) o a la noción misma de interfaz para la lectura.[6] En consecuencia, un libro sobre otros libros podría ser cualquiera de estas seis cosas hablando acerca de cualquiera de estas seis cosas; por ejemplo, cualquier texto filológico acerca de otra obra, el inventario de existencias de Gandhi o el archivo digital donde usted, lector o lectora, está leyendo el presente artículo sobre libros sobre libros.

Más allá del poder comunicativo de la sinécdoque, una reflexión metaeditorial centrada sólo en el objeto “libro”, o en el texto, el autor, el diseño, la tipografía o la encuadernación, suele perder de vista las prácticas sociales de la edición y sus condiciones económicas e históricas de producción y consumo, que a menudo requieren las instrucciones más prácticas y las reflexiones más urgentes.

Así, pues, el componente esencial del concepto de metaedición es la autorreferencialidad; esto es, que los protagonistas de los distintos procesos editoriales tengan capacidad para reflexionar, mirarse en el espejo, distanciarse de su propia práctica y tomarla como objeto de enseñanza, análisis y crítica, idea que parece reflejarse en el nombre de la colección “Yo medito, tú me editas”, de Alejandro Zenker. Pero, como veremos, no todos los textos que hablan acerca de libros o de ediciones tienen en la misma proporción todas estas tres características:

a) Ser reflexivos.

b) Abordar las prácticas del campo editorial y las condiciones económicas e históricas de producción y consumo de objetos editoriales, como “libro”, “texto” o “edición”, más que dedicarse a estudiar los atributos de los objetos en sí mismos.

c) Ser útiles como herramientas para un análisis crítico, contrastable y comunicable de los problemas editoriales tomados como objeto.

mostrar ¿Qué es o no es un texto metaeditorial?

La selección de los entrevistados para el presente artículo se hizo siguiendo el criterio de que fueran editores con experiencia de primera mano en alguna de los proyectos explícitamente metaeditoriales disponibles en México, y casi coincide con los ponentes que participaron en una sesión sobre este mismo tema, celebrada el 25 de mayo de 2018, en el marco del iv Coloquio de Estudios del Libro y la Edición, en la Casa Universitaria del Libro de la unam.

Por definición, consideraremos metaeditorial cualquier obra práctica sobre las tareas editoriales, los manuales y guías para optimizarlas, para aprenderlas, y los libros con métodos concretos para implementar mejores prácticas editoriales, en particular los escritos desde la experiencia de sus propios practicantes.

Algunos ejemplos son el Tratado práctico de edición, de Philippe Schuwer;[7] Cálculo editorial. Fundamentos económicos de la edición, de Alfonso Mangada Sanz;[8] La industria del libro. Pasado, presente y futuro de la edición, de Jason Epstein;[9] Editar para ganar. Estrategias de administración editorial, de Thomas Woll,[10] El autor y su editor, de Siegfried Unseld;[11] Cómo seleccionar títulos rentables, de Leonard Shatzkin;[12] Manual de edición literaria y no literaria, de Irene Gunther y Leslie T. Sharpe;[13] Gestión de proyectos editoriales. Cómo encargar y contratar libros, de Gill Davies;[14] Manual del editor. Cómo funciona la moderna industria editorial de Manuel Pimentel;[15] El libro y el editor, de Éric Vigne;[16] La sabiduría del editor, de Hubert Nyssen[17] o Editor, de Tom Maschler.[18]

Otros textos son metaeditoriales porque convocan a la controversia, critican el propio campo editorial, cuestionan sus prácticas, creencias y debilidades, e intentan advertir con más o menos tino de las amenazas en su contra. Algunas obras que en su momento hicieron sonar alarmas son La edición sin editores[19] y El control de la palabra,[20] de André Schiffrin, El futuro del libro. ¿Esto matará eso?, de Geoffrey Nunberg,[21] Nadie acabará con los libros, de Umberto Eco y Jean-Claude Carrière,[22] Los demasiados libros, de Gabriel Zaid[23] o La máquina de contenido[24] y Curaduría. El poder de la selección en un mundo de excesos,[25] de Michael Bhaskar.

Abundan las memorias donde editores, correctores, agentes literarios, tipógrafos, diseñadores, impresores, libreros y bibliotecarios analizan, critican y documentan las prácticas editoriales. Entre los clásicos de este género podríamos incluir Autores, libros, aventuras: observaciones y recuerdos de un editor, de Kurt Wolff;[26] La verdad sobre el negocio editorial, de sir Stanley Unwin;[27] Editar la vida. Mitos y realidades de la industria del libro, de Michael Korda;[28] Fragmentos de memoria, de Giulio Einaudi;[29] Llamémosla Random House, de Bennett Cerf[30] o La marca del editor[31] y Cien cartas a un desconocido,[32] de Roberto Calasso.

El metaeditor más prolífico en español es Jorge Herralde, autor de Opiniones mohicanas,[33] Flashes sobre escritores y otros textos editoriales,[34] El observatorio editorial,[35] Por orden alfabético. Escritores, editores, amigos,[36] Canutos con Copi. Aventuras de un editor,[37] y El optimismo de la voluntad. Experiencias editoriales en América Latina.[38] En España están publicadas las memorias de Manuel Aguilar[39], Carlos Barral,[40][41] Rafael Borrás,[42][43] Esther Tusquets,[44] Javier Pradera[45] y otros, así como las Memorias de un librero, de Héctor Yánover,[46] y la Memoria de la librería, de Carlos Pascual, Paco Puche y Antonio Rivero.[47]

En Argentina destaca Mario Muchnik, con Oficio editor,[48] Ajuste de cuentos,[49] Lo peor no son los autores,[50] Léxico editorial. Para uso de quienes todavía creen en la edición cultural[51] y Banco de pruebas. Memorias de trabajo 1949-1999.[52]

Otro género clásico de la metaedición son las biografías, como Gaston Gallimard: medio siglo de edición en Francia, de Pierre Assouline;[53] A dos tintas. Josep Janés, poeta y editor, de Josep Mengual;[54] Senior service. Biografía de un editor, de Carlo Feltrinelli[55] y Max Perkins. El editor de libros, de Andrew Scott Berg.[56] En este contexto, una variante de las biografías son las entrevistas: Un oficio de locos. Editores fundamentales en conversación;[57] Jaime Salinas. El oficio de editor[58] y Por el gusto de leer. Beatriz de Moura, editora por vocación, de Juan Cruz Ruiz;[59] ¡A los libros! 25 entrevistas a profesionales del sector del libro, de Daniel Heredia[60] y Conversaciones con editores en primera persona, editado por Felicidad Orquín, donde aparecen Amparo Soler, Josep Lluís Monreal, Francisco Pérez González, Juan Salvat, Germán Sánchez Ruipérez, Beatriz de Moura, Jorge Herralde y José Manuel Lara Bosch.[61]

Algunas críticas al circuito de producción y consumo del libro tienen un giro de ironía, como Contra la lectura. Un ensayo dedicado a los lectores que no creen que los libros sean intocables, de Mikita Brottman;[62] Veinte buenísimas razones para no leer nunca más, de Pierre Ménard;[63] Cómo hablar de los libros que no se han leído, de Pierre Bayard;[64] Cosas raras que se oyen en las librerías, de Jen Campbell,[65] o Roba este libro. Introducción a la bibliocleptomanía, de Miguel Albero.[66]

Resulta más conflictivo definir si son metaedición o no los libros teóricos y académicos, o los sondeos y reportes sobre la lectura y el consumo cultural,[67] dado que el campo de los estudios editoriales es transdisciplinario y tiene incontables colindancias e intercambios. Al final, casi cualquier texto filológico o estudio de lectura es un “libro sobre otros libros”. En 1958 Robert Escarpit[68] propuso que la producción y consumo de los libros y el estudio empírico de la lectura tendrían que ser el objeto de estudio de la sociología de la literatura. Muchos autores han ensanchado ese camino desde entonces, convencidos de que es infructuoso estudiar un texto sin considerar sus condiciones sociales de producción y recepción.

Los trabajos académicos de bibliología, sociología de la literatura y pedagogía de la lectura frecuentemente tienen efectos metaeditoriales, y muy especialmente las obras de historia cultural que documentan las prácticas editoriales, como La imprenta como agente de cambio, de Elizabeth Eisenstein;[69] Los primeros editores, de Alessandro Marzo Magno;[70] La aparición del libro, de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin;[71] Historia de la lectura en el mundo occidental, de Guglielmo Cavallo y Roger Chartier;[72] Historia de la edición francesa, de Roger Chartier y Henri-Jean Martin;[73] Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna, de Chartier;[74] Una historia de la lectura, de Alberto Manguel,[75] o Historia del libro, de Svend Dahl.[76]

El interés por el campo editorial es mucho más palpable, por ejemplo, en Roger Chartier,[77] Robert Darnton,[78] Donald McKenzie,[79] en los estudios de Pierre Bourdieu sobre los editores franceses,[80] en los textos pedagógicos de Emilia Ferreiro[81] o en manuales prácticos de diseño e impresión, que en la mayor parte de la obra de Barthes, Greimas y Eco, en estudios sobre la lectura como los de Iser,[82] Harris,[83] Wolf[84] o Smith,[85] o casi todos los estudios literarios centrados en las cualidades de los textos. Aun así, es imposible afirmar que un libro de lingüística, retórica, semiótica, filología, oftalmología, psicolingüística, neurología, diseño gráfico o tipografía no ayuda en nada a la reflexión sobre la práctica editorial.

Si todo novato que ingresa a un campo social está obligado a leer textos sobre los saberes que sostienen la estructura de ese campo, entonces es metaeditorial cualquier texto canónico habitualmente empleado para formar editores. En México se cree que no existe un canon pedagógico de la edición porque es un oficio práctico que no debería poder enseñarse en una escuela, pero esto no es del todo cierto.

Según Lev Vygotsky, a diferencia de otras tareas más simples, leer y escribir son procesos psicológicos superiores avanzados que requieren una intervención pedagógica deliberada, característica, pero no exclusiva, del medio escolar.[86] Si la enseñanza de las tareas editoriales es de igual o mayor complejidad que la de la lectoescritura, dicha intervención pedagógica deliberada bien puede provenir de un familiar, un amigo o jefe, y no necesariamente de una escuela. La mayoría de los editores dicen haber aprendido su oficio gracias a que trabajaron bajo las órdenes de algún maestro, quien, además de señalarles sistemáticamente el modo correcto de hacer su trabajo, les recomendó leer algunos libros esenciales.

En México casi no hay escuelas para editores, pero en Europa, América del Norte y Asia sí existe un campo académico institucionalizado de Publishing studies. En México la formación práctica hace continua referencia a editoriales, ferias, organismos y escuelas extranjeras, y hay un consenso muy básico acerca de las cosas que tiene que saber y leer un editor, por lo que evidentemente existe un canon y un currículum oculto. Casi todos los proyectos de metaedición provienen, de una u otra manera, de demandas formuladas en espacios educativos.

La Biblioteca del Libro, de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez,[87] se lanzó en 1983 y llegó a tener más de cincuenta títulos; primero en coedición con Editorial Pirámide y luego bajo sello propio. Estos libros españoles eran útiles, significativos, bien editados, difíciles de conseguir y muy caros, y algunos incluso llegaron a ser pequeños símbolos de estatus, porque de algún modo materializaban lo inaccesible que era la buena bibliografía profesional para los editores mexicanos de los años ochenta y noventa. El editor Germán Sánchez Ruipérez, alumno de Stanley Unwin y fundador de Ediciones Anaya, creó la Fundación en octubre de 1981 con su propio patrimonio para promover el libro y la lectura. Estableció sedes en su natal Peñaranda de Bracamonte, en Salamanca, y en Madrid. A partir de la muerte de su fundador, en 2012, los herederos han ido haciendo modificaciones bastante controvertidas, a las que se les atribuye su gradual pérdida de importancia. Mucho de la colección consistió en traducciones de obras fundamentales y en reediciones de clásicos agotados en otras editoriales.[88]

Con el paso de los años, algunos autores que colaboraron con la Biblioteca del Libro, por ejemplo José Martínez de Sousa con todos sus diccionarios, a su vez migraron a Ediciones Trea,[89] editorial fundada en Gijón (Asturias, España) en 1991, que a la fecha tiene más de un millar de títulos y en el buscador de su sitio web ofrece un fondo de más de sesenta libros sobre los temas específicos de edición, tipografía y cultura escrita. Durante muchos años Trea editó Cultura Escrita & Sociedad. Revista internacional de historia social de la cultura escrita, y ahí se encuentran, entre otros muchos, Historia y poderes de lo escrito,[90] de Henri-Jean Martin; El papel y el píxel. De lo impreso a lo digital: continuidades y transformaciones,[91] de José Afonso Furtado, o El libro y la edición. De las tablillas sumerias a la tableta electrónica,[92] de Lluís Borràs Perellò.

Trea se ha esforzado mucho más que la Fundación Germán Sánchez Ruipérez en contar con una razonable distribución en México, lo que permite encontrar algunos ejemplares de sus títulos en librerías grandes; pero no se salva de tener que recuperar sus costos en euros, lo que para el mercado mexicano los hace difícilmente accesibles. Por ejemplo, el Manual de diseño editorial de Jorge de Buen[93] tiene precios de lista por arriba de $1400, que ya con mucho optimismo y una agresiva política de descuentos llega a bajar hasta unos $1100.

El Centro Regional del Libro para América Latina y el Caribe (Cerlalc) es un organismo internacional de carácter intergubernamental, creado por la unesco, para asesorar a los gobiernos en la definición y aplicación de políticas, programas, proyectos y acciones para la promoción del libro, la lectura y el derecho de autor. En la 14ª Conferencia General de la unesco, en 1966, se estableció un programa de fomento del libro que preveía crear cuatro centros repartidos por el mundo: América Latina, Asia, África y los países árabes. El gobierno de Colombia propuso hacerse cargo del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el 3 de marzo de 1970 se firmó su acta de fundación. En los cuatro primeros años de vida del Cerlalc se afiliaron Argentina, Bolivia, Brasil, Costa Rica, Chile, Ecuador, Panamá, Paraguay, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Actualmente se han sumado también Cuba, El Salvador, España, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Perú y Portugal, para un total de 21 estados miembros.

El Cerlalc publica de diez a quince títulos por año, incluyendo documentos de trabajo acerca de políticas públicas de fomento al libro y la lectura, por ejemplo Orientaciones para la evaluación de planes y políticas públicas para la primera infancia, de Angélica Ponguta y Fernanda Potenza[94] o Recomendaciones para el diseño de un plan nacional de preservación y fomento de las expresiones tradicionales culturales, de Fredy Forero,[95] el anuario El libro en cifras y estudios como Radiografía de la autopublicación en América Latina, de Daniel Benchimol;[96] Zoom a las ferias, de José Diego González[97] o Dossier: bebés lectores. ¿Cómo leen los que aún no leen?, de Alma Carrasco-Altamirano.[98]

También edita la Revista Iberoamericana de Derecho de Autor. Sólo por mencionar algunos, destacaremos Bibliotecas y librerías: entre herencias y futuro, de Roger Chartier;[99] El futuro de la lectura, de Marianne Ponsford, Michael Bhaskar y Peter Florence;[100] Medición de la lectura: fundamento y técnicas, de John Guthrie y Mary Seifert,[101] y Metodología común para explorar y medir el comportamiento lector. El encuentro con lo digital, de Lenin Monak Salinas;[102] la Tabla de materias isbn-Índice alfabético de materias, de Juan Carlos Merlo,[103] y Panorama de las agencias del isbn de Iberoamérica, de Diana Cifuentes;[104] el Manual de mercadeo para empresas editoriales[105] y el Manual de gestión y mercadeo para editoriales universitarias,[106] Jorge Alfonso Sierra; el Manual de administración editorial[107] de la unesco; el Derecho de autor y derechos conexos[108] y los Nuevos temas sobre derechos de autor,[109] de Delia Lipszyc; la Historia de las empresas editoriales de América Latina,[110] de Juan Gustavo Cobo; el Manual de edición de Carmen Barvo;[111] el nuevo Manual de edición. Guía para estos tiempos revueltos,[112] de Manuel Gil y Martín Gómez, y la pionera “Serie profesional del libro y la edición”, que a inicios de los noventa incluyó fascículos sobre gestión, cálculo, investigación, diseño y hasta un glosario editorial.

Los libros de Trea y de Cerlalc están bien editados y diseñados, aunque no tienen cubiertas rígidas ni los acabados de lujo que tenían los de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Trea hace libros más académicos y doctos; Cerlalc los hace un poco más técnicos. Ambas editoriales llegan a investigadores, docentes y metaeditores. Los libros de Cerlalc siempre tuvieron problemas serios de distribución en México. Se podían comprar personalmente en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara o por correo. En la Feria Internacional del Libro (fil) había pocos ejemplares, el pago debía ser en efectivo con dólares estadunidenses y era imposible obtener una factura. Por correo, había que girar en dólares a Bogotá y esperar el envío, confiando en que no se perdiera (o “se hiciera perdedizo”) en el servicio postal, o que la respuesta del Cerlalc no fuera negativa, bien por solicitar un libro agotado sin planes de reimpresión, o, como en algún caso muy viejo que hemos podido documentar, porque los estudiantes querían el libro para una tesis cuyo asesor era crítico del Cerlalc. Estos problemas se empezaron a resolver con la llegada de los archivos ePub y una muy encomiable política de acceso abierto, gracias a la cual los materiales digitales producidos con recursos públicos ya pueden descargarse gratuitamente de su sitio web.

Una pequeña colección de libros metaeditoriales temáticos muy útiles y apreciados por quienes los conocen, son las memorias de los distintos foros de editores o de editores universitarios de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, publicados por la Editorial Universitaria de Guadalajara,[113] casi siempre en coedición con la propia fil, la Universidad de Guadalajara (udg), la Caniem, el Cerlalc, la unesco, la Red Nacional Altexto de anuies y diversas empresas privadas.

Marta Acevedo formó un gran número de profesionales en la Secretaría de Educación Pública (sep) en los años ochenta, en la época de los Libros del Rincón, pero no se publicó nada metaeditorial. En el Programa de Lectura del año 2000, el Estado mexicano incluyó la adquisición de materiales, la formación de maestros, la modificación de las prácticas pedagógicas y una estrategia de información sobre el libro y la lectura, que nunca se llevó a cabo. El equipo editorial encabezado por Alejandro Portilla produjo Libros y niños,[114] de Sarah Corona y Arnulfo de Santiago, una recopilación histórica de todas las ediciones infantiles de la sep desde su creación en 1921 hasta 2011. David Acevedo no recuerda que el Estado haya generado otros proyectos de reflexión profesional, ni en torno de los libros de texto gratuitos ni de otras iniciativas. Los catálogos de Libros del Rincón se publicaban, pero por lo demás sólo parece haber algunas normas de estilo, algunos informes, y los catálogos generales de la sep de 1949 y 1986, este último hecho con prisa y bastantes erratas.[115]

No siempre son necesariamente metaeditoriales, aunque en general lo parezcan, las obras normativas o preceptivas, diccionarios, glosarios, manuales de estilo locales y normas de citación, redacción, ortografía u ortotipografía, cuando su único fin es establecer la forma correcta de escribir algo y no reflexionar sobre las propias prácticas. Muchos autores de manuales de estilo o de normas no hacen ningún tipo de análisis crítico y hasta lo rehúyen, ya sea por una antigua aspiración sincera de ver a la edición como una técnica exacta, por inercia de seguir haciendo las cosas como se han hecho siempre o con la intención de fijar, institucionalizar y perpetuar sus propias prácticas y puntos de vista.

Finalmente: los textos de ficción literaria no son reflexiones prácticas y contrastables sobre los problemas de la edición, pero algunas novelas sí llegan a formar parte de la formación de un buen editor. El mundillo profesional de los libros es un tema muy frecuente de la narrativa de ficción, especialmente cuando explora lo que pasaría si se llegara a alterar alguno de los valores más sagrados del circuito editorial, como el respeto al texto original, al autor, al libro físico o al derecho de leer.

Desde el corrector que altera la Historia del Cerco de Lisboa hasta las extrañas muertes de los monjes que leen la desaparecida Comedia de Aristóteles, pasando por Auto de fe, de Elías Canetti; El bibliómano, de Charles Nodier; Fahrenheit 451, de Ray Bradbury; El Club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte; El librero asesino de Barcelona, de Ramón Miquel y Planas, La biblioteca de los libros rechazados, de David Foenkinos o La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, es fácil encontrar abundantes novelas acerca de bibliófilos, librerías, bibliotecas y editoriales.

Los problemas de la cadena editorial se describen acuciosamente en novelas como Musa, de Jonathan Galassi; Bestseller, de Alessandro Gallenzi; Un día en el atardecer del mundo, de William Saroyan; El asesinato de Laura Olivo, de Jorge Eduardo Benavides; La buena novela, de Laurence Cossé; La librería quemada, de Sergio Galarza; Mi maravillosa librería, de Petra Hartlieb; El último día de Terranova, de Manuel Rivas; Una librería con magia, de Thomas Montasser; Una librería en Berlín, de Françoise Frenkel, o El coleccionista de libros, de Charlie Lovett.

mostrar Biblioteca del editor, UNAM

Hasta 1986 toda la actividad editorial en la Universidad Nacional Autónoma de México dependía de la Imprenta Universitaria, pero a partir de ese año cada dependencia, instituto, facultad, programa o coordinación de la unam adquirió la capacidad de editar y distribuir sus propios libros.[116][117]

Para fortalecer esa descentralización y formar a los editores universitarios profesionales que se requerirían, en diciembre de aquél año se inauguró la Casa Universitaria del Libro[118] en la colonia Roma. El Consejo Asesor del Patrimonio Editorial de la unam planeaba establecer ahí un centro de educación editorial que impartiera cursos, talleres y, con el tiempo, una licenciatura en Edición. El director general de Fomento Editorial, Arturo Velázquez Jiménez, y el doctor Ernesto de la Torre Villar idearon la colección, que pudo llamarse “Libros de cabecera del editor” o “El taller del editor”. Eligieron “Biblioteca del editor” porque combinaba la idea de una colección de manuales con una de libros informativos; es decir, libros llenos de datos pero también libros prácticos que dieran luz al trabajo.

La Biblioteca del editor lanzó su primer volumen en 1987. De la Torre tenía un concepto muy amplio del mundo del libro y empezó a reunir textos sobre periodismo, bibliotecas, encuadernación, librerías y mucho más. Algunos ya estaban editados, como su Breve historia del libro en México,[119] pero algunos, como los de edición científica,[120] se hicieron por encargo y en ocasiones tardaban en escribirse. La unam ya había editado libros para bibliotecarios y tipógrafos; y por esos años la Dirección General de Publicaciones estaba lanzando una colección historiográfica con obras clásicas de Enrique Fernández Ledesma, Manuel de Olaguíbel, José Toribio Medina o Jesús Ymhoff Cabrera. Sin embargo, la Biblioteca del editor es la primera colección totalmente dirigida a los profesionales de la edición en México.

Se abrió el diplomado de Edición, pero el resto del proyecto no pudo realizarse. En abril de 1986 Jorge Carpizo presentó el documento “Fortaleza y debilidad de la unam”, en septiembre se aprobó una reforma que desencadenó una huelga estudiantil de 20 días y la reforma fue derogada. En los años posteriores se hizo común decir que los investigadores no investigaban, los trabajadores no trabajaban, los maestros no enseñaban, los editores universitarios no editaban, la imprenta universitaria no servía y la distribución de las publicaciones estaba mal hecha, y se volvió riesgoso hablar de fallas o de errores dentro de la administración. Todo eso hirió de muerte el proyecto de profesionalización editorial de la unam.

El libro La actividad editorial universitaria,[121] coordinado por Arturo Souto Mantecón, es una fotografía del quehacer editorial de la unam en 1988. Había dos dependencias: una Dirección General de Publicaciones, que hacía ediciones, y una Dirección General de Fomento Editorial, que debía distribuir lo que editaban todas las dependencias universitarias. Fomento Editorial tuvo muchos proyectos durante la gestión de Arturo Velázquez Jiménez, un programa de radio, ejercicios de servicio social dentro de las áreas editoriales, etcétera, pero en este país hay que cancelar todo lo que hizo la administración anterior. En 1997 se unieron las direcciones de Publicaciones y Fomento Editorial, y la imprenta universitaria dejó de hacer libros, dejó de hacer negativos, los monotipos y linotipos empezaron a quedarse sin piezas. Fue un proceso dramático que obligó a cancelar muchos proyectos. Algunos títulos, como El libro y sus orillas[122] y la Breve historia del libro en México, se reeditaron, pero se perdieron otros como un manual para linotipistas. El metalibro[123] de Bulmaro Reyes Coria, fue muy exitoso y no se actualizó como merecía.

En treinta años la Biblioteca del editor ha publicado 24 títulos y sólo diez de ellos se siguen reimprimiendo. La colección tiene un formato medio oficio en rústica, pero hay excepciones; por ejemplo, Ex libris y marcas de fuego[124] es tamaño carta en pasta dura, e Ilustradores de libros[125] es de 22 x 30 cm, pero en rústica. Fueron libros grandes y costosos que no han sido reimpresos.

Desde la administración de Javier Martínez la colección volvió un poco a la vida, pero también hubo problemas de origen externo. Por ejemplo, el autor de Tlacuilo[126] participó en el guión del documental de 1988 que tenía el mismo título y el guionista original, que era otro investigador, demandó al que presentó el proyecto en la unam y el libro tuvo que ser retirado. Circula poco y se volvió un libro raro, una especie de leyenda muy cotizada en el mercado. Ese fue un golpe muy fuerte para la colección, como la salida de El libro y sus orillas, de Roberto Zavala, que tenía mucha demanda y se fue a Libros sobre libros. Esa decisión es entendible. Un autor migrante no tiene que verse como un problema. Al contrario, la comunicación entre editoriales y entre colecciones es positiva y muy frecuente; pero la unam ya no le estaba dando al autor lo que él quería. Ninguna colección puede llevar una vida sana si su editor no la atiende.

Ernesto de la Torre Villar tenía plena autoridad en la selección de los contenidos de la Biblioteca del editor. Después de su desaparición en 2009, los sucesivos directores de Fomento Editorial se hicieron cargo, pero hoy en día no tiene un director de colección ni un consejo editorial propio. El comité editorial de Fomento Editorial ha rechazado algunos proyectos muy innovadores, como libros sobre derecho de autor que criticaban el copyright o libros sobre edición electrónica con proyecciones de lo que serán el nuevo lector y el nuevo editor.

Considerando el paso de la edición caliente a la edición fría, la corrección en pantalla y todos los cambios de procesos, la Biblioteca del editor recorre prácticamente todo: desde que los autores no manejaban computadoras y la imprenta universitaria tenía linotipistas y monotipistas, un fotolito para hacer negativos, pruebas azules y lectura de galeras. Ahora la unam tiene otro tipo de librerías, otra editorial, otro estilo, otra estrategia, aunque los mismos correctores.

Tras la salida de Arturo Velázquez, la Casa Universitaria del Libro nunca llegó a ser el Instituto del Libro que soñó, vinculado con Caniem y con los profesionales, y terminó como un centro cultural más de la Coordinación de Humanidades. Muchos proyectos no se lograron, por ejemplo un manual de estilo, pero otros van bien. En 2015 apareció La cultura editorial universitaria, de Camilo Ayala,[127] un nuevo retrato, a la vez diacrónico y sincrónico, del sistema editorial de la unam. En 2018 apareció Filobiblón (amor por los libros), un tratado de bibliofilia de Ricardo de Bury, un obispo del siglo xiv, y ya viene Paisajes del libro electrónico, de Isabel Galina. El Metalibro se reimprimió más bien como un testimonio histórico, porque el mismo Bulmaro Reyes Coria dice que no lo puede actualizar sin que se convierta en otro libro.

El financiamiento depende por completo de la Dirección de Publicaciones y Fomento Editorial. Según las disposiciones generales de 1986 en materia editorial, la idea del Consejo Asesor del Patrimonio Editorial era que todo el ingreso por la venta de libros debía usarse para hacer más libros, pero ha sido muy difícil. En realidad, si no hubiera asignación presupuestal no habría tanta producción.

El mayor reconocimiento es que la Biblioteca del editor tiene un público leal de profesionales que la conocen y la citan, en México y en algunos otros países. Los públicos y los mecanismos de distribución han cambiado mucho. Ahora hay mucha demanda y oferta de una formación editorial que antes no existía: cursos, diplomados, la maestría de la uam, la de Morelos y diversos másters españoles en línea. A las editoriales no solía preocuparles la actualización del personal, pero ahora les resulta urgente. Los libros de Biblioteca del editor se agotan y reimprimen mucho más rápido que la mayoría de los demás libros del Fondo Editorial unam. Además, ahora los libros de papel se ofrecen en librerías y puntos de venta, pero también a domicilio, en pantalla y en impresión bajo demanda, para que el lector pueda imprimir su copia en cualquier país. Hay muchos interesados en adquirir la colección completa, lo cual es difícil porque más de la mitad de los títulos ya no circulan; quizá se puedan rescatar en la opción de impresión bajo demanda.

Hoy en día la Biblioteca del editor depende de la Dirección General pero no tiene director, comité, presupuesto asignado ni cuota de producción propia. No está mal publicar dos títulos al año, pero igual podría tener cinco, ya que hay la necesidad de hablar de diseño, tipografía, derechos de autor, agencias literarias, ferias.

El catálogo de los títulos disponibles se puede consultar en la librería digital de la unam,[128] buscando por colección o por autor. El catálogo histórico no está disponible en línea, pero sí en el Centro de Información y Preservación de Publicaciones Universitarias de la unam.[129]

mostrar Quehacer editorial

Alejandro Zenker se convirtió en editor en la década de 1980, un tiempo marcado por la necesidad de adaptarse y sobrevivir a una ola de innovación tecnológica nunca vista hasta entonces. Aprendió de grandes maestros, como Alí Chumacero, Felipe Garrido y Martí Soler, aunque afirma que a veces era difícil que “soltaran toda la sopa” y, además, tampoco conocían las nuevas tecnologías. Eso lo tuvo que aprender a solas, sobre todo en revistas extranjeras de computación y desktop publishing, pues internet todavía no estaba disponible ni había cursos de formación profesional para editores.[130][131]

Alejandro es pedagogo de origen y formador de traductores. Como director del Instituto Superior de Intérpretes y Traductores entre 1983 y 1986, creó las primeras licenciaturas en traducción e interpretación que hubo en México. La similitud entre el vacío de formación, información y disposición a compartir información entre los editores y el de los traductores lo llevó a organizar uno de los primeros seminarios de formación editorial, cuando Felipe Garrido era gerente de producción del Fondo de Cultura Económica y Margo Glantz directora de literatura del inba. Poco a poco se fue metiendo en el campo editorial y, después de un largo proceso de reflexión y aprendizaje, detectó tres necesidades: a) capacitación profesional, b) un medio para compartir información y c) un Instituto del Libro y la Lectura.

En 1994 Alejandro fue pionero en México en usar la tecnología Docutech de Xerox, un sistema de impresión digital que se podía ensamblar en cadena, con feeder, dobladora, encuadernación y todo lo necesario para fabricar libros sobre demanda. La Docutech estaba dirigida a la industria editorial y habría resuelto los problemas relacionados con los bajos tirajes, pero tropezó con mucha resistencia y quizá estaba adelantada a su tiempo. Los editores preferían hacer los libros en una imprenta “de verdad”, y no en una máquina que percibían como una especie de inmensa fotocopiadora; por su parte, los libreros y los bibliotecarios temían que el tóner redujera la duración de los libros. En el año 2000 quebró Xerox y en su lugar entró Heidelberg, que ya era un proveedor gigante de las artes gráficas desde muchos años antes, y tenía más respeto que Xerox en la industria editorial.

Heidelberg se acercó a los antiguos dueños de equipos Docutech, y Alejandro los invitó a participar en la fil de Guadalajara del 2000, como parte del proyecto del Pabellón Tecnológico que le propuso a María Luisa Armendáriz y Raúl Padilla. En ese contexto, invitó a distintos protagonistas de la industria editorial a colaborar en un libro colectivo acerca de los cambios que se estaban viviendo, El libro y las nuevas tecnologías, y la respuesta fue muy buena. Llegaron tantos artículos que pensó en hacer una revista, pero al final lanzó el libro, como estaba prometido, en la fil de Guadalajara en 2001, en el marco del exitoso Pabellón Tecnológico donde participaron Heidelberg (que ofrecía impresión digital), Apple (que puso las computadoras) y Adobe (que aportó su cosmovisión del futuro del libro electrónico). Ese primer libro resultó una fotografía, un corte representativo de cómo estaban los ánimos, las ideas y las expectativas en ese momento.

A partir de ahí arrancó la revista Quehacer editorial. El libro creó la ilusión de que habría material para hacerla trimestral, pero escribían más o menos los mismos autores, y poco. Los primeros dos números salieron uno tras otro, luego se volvió trimestral y al final se convirtió en un anuario. Más que “tirar línea” o establecer normas, la revista pretende registrar lo que piensa el mundo de la edición. Si bien cada número funciona por separado, la colección se ha vuelto una herramienta de investigación, que muestra cómo han ido evolucionando las preocupaciones.

La revista siempre fue muy abierta. Ante la escasez de artículos de fondo, y para no ser como otras revistas que, en palabras de Zenker, “se alimentan con cinco artículos de diferentes seudónimos del mismo autor”, recurrió a otras formas de obtener textos. Uno de los más provechosos ha sido publicar entrevistas.

Como algunos textos rebasaban el marco del artículo o del ensayo, y el primer libro tuvo buena recepción, Zenker decidió iniciar una colección “de libros sobre libros”. El siguiente título fue Flashes sobre escritores y otros textos editoriales.[132] Jorge Herralde tenía muy claro lo que quería y eligió Ediciones del Ermitaño porque simpatizaba con el proyecto y quería su libro en una editorial independiente. Trabajar tan de cerca con Herralde fue una gran escuela, no sólo editando el libro, sino preparando la presentación y todo lo demás. Después, cada vez que Herralde iba a la fil, pasaba por el stand a platicar y preguntar cómo iba El Ermitaño. Con esa experiencia nació formalmente la colección Yo medito, tú me editas.

Otra idea que se había venido trabajando desde que apareció El libro y las nuevas tecnologías fue la del Instituto del Libro y la Lectura. La idea era que fuera independiente de todas las instituciones, del gobierno y de la Caniem. Hubo mucha cercanía con Tomás Granados, que por ese entonces ya publicaba Hoja por hoja y comenzaba con el proyecto de Libros sobre libros. En una reunión en el ático de la casa de Zenker en San Pedro de los Pinos hablaron sobre el instituto y articularon el proyecto entre los dos. En ese momento le quedó claro a Alejandro que Tomás tenía un proyecto muy centrado, que quería publicar libros que fueran guías para los editores, manuales prácticos que también sirvieran para la docencia, para formar jóvenes editores; y aunque El Ermitaño también quería hacer libros que giraran en torno al libro, prefería publicar ensayos de reflexión sin una línea tan precisa.

Por ejemplo, los Flashes de Herralde son básicamente memorias, pero Juan Domingo Argüelles publicó ahí el primer tomo de su diccionario[133] (el segundo con Oceano). Al Ermitaño se han acercado autores reconocidos, que podrían publicar donde les diera la gana, porque personalmente simpatizan con el proyecto. La colección es variada; está el manual de Mauricio López Valdés, para académicos;[134] y otros libros que analizan el lenguaje o critican a la Real Academia, un poco como continuando con la obra de Nikito Nipongo.

Desde el principio fue muy claro que el público de Yo medito, tú me editas eran editores, traductores, promotores de lectura o bibliotecarios; el mundo que existe alrededor de la edición y del libro. Todos han participado; por ejemplo, está el libro de Lourdes Epstein, que es bibliotecaria.[135] El proyecto sí ha cumplido con su cometido, porque ese tipo de personas sí adquiere y colecciona los libros. También colecciona la revista Quehacer editorial, que es una especie de revista/ libro, algo así como un anuario. Sus lectores llevan la cuenta de los números que ya tienen y buscan los que les faltan. La intención de la revista es publicar reflexiones más allá del momento coyuntural y no incluir artículos de actualidad que sean perecederos. De todos modos, tarda tanto en salir que lo mejor es no publicar noticias.

Algunas discusiones se han vuelto documentos históricos. Por ejemplo, muchos hoy se burlan de quienes esperaban la muerte del libro o creían que el libro electrónico iba a sustituir al papel. La revista contribuye a ponerse en los zapatos del momento. No es como aquellas revistas de transición, como Publishing, que eran efímeras pero muy prácticas y muy útiles, ya que permitían saber qué nuevo equipo estaba saliendo, qué nuevo programa, y tenían procedimientos, pasos, costos, tutoriales incipientes para hacer cosas que parecían maravillosas, como generar y modificar fuentes tipográficas. Zenker recuerda que esa época le pareció muy divertida. Vivía de hacer libros de economía y tuvo que utilizar ese tipo de recursos para encontrar soluciones a muchos problemas tipográficos, como fórmulas matemáticas cuyos caracteres no estaban disponibles.

Llegan muchísimas propuestas, pero en realidad es muy raro que Ediciones del Ermitaño llegue a publicar material no solicitado. Hay mucha vinculación con el medio profesional y 90% de las propuestas llegan del mismo medio, son propuestas muy sólidas y muy recomendadas, así que es raro publicar algo que sea una aventura total. Ediciones del Ermitaño utiliza la tecnología de impresión digital desde 1994 en todos sus trabajos, incluyendo Quehacer editorial y la colección; por eso no existe el problema de calcular los tirajes. Se pueden hacer tirajes de cincuenta o cien ejemplares y reimprimir cuantas veces sea necesario, así que varía mucho. Algunos números de Quehacer editorial habrán acumulado entre ochocientos y mil ejemplares; otros mucho menos, quizá cuatrocientos o quinientos.

El tiraje y la circulación dependen más de la difusión que se le logre dar a cada número. Donde más circulan generalmente es en la fil de Guadalajara. El título Quehacer editorial le llama la atención a quienes están en el medio y eso le da mucha penetración; pero a otros públicos fuera de este sector no les dice gran cosa. Se distribuye en el stand y en la Librería del Ermitaño, aunque muchas cosas se han modificado porque ahora está disponible a través de la red de Bibliomanager, y se puede obtener en México, España, Argentina, Colombia o Perú en producción bajo demanda. Antes de participar en Bibliomanager nunca existió la intención de entrar a los canales tradicionales de distribución, aunque llegó a estar en Gandhi.

Hubo un tiempo en que el Indautor suspendió la asignación de issn porque México no había cumplido con los acuerdos internacionales y era imposible entrar a librerías, porque exigían que la revista tuviera issn. Gracias a que Quehacer editorial tiene un título propio para cada edición, aunque está numerada, fue posible registrarla como un libro seriado con isbn y llevar la colección completa a las librerías, donde se exhibe por más tiempo que una revista normal.

Desde el inicio, todos los números se publican para consulta gratuita en el sitio web[136] y una cantidad nada desdeñable de los ejemplares se regala a gente del medio, aunque debería comprarlos, para que sepan que existe. El financiamiento de ambos proyectos depende por completo de que, como imprenta, Solar Editores genera excedentes que le permiten a Ediciones del Ermitaño ser independiente del Estado y de la Caniem, y emprender proyectos tan arriesgados como estos o la Librería del Ermitaño. Normalmente no se considera razonable que una editorial tenga su propia librería, porque ésta necesita ofrecer títulos de muchas editoriales y aquélla necesita estar disponible en muchas librerías; pero Alejandro cree que una librería de barrio todavía es perfectamente viable si se le dedica suficiente esfuerzo.

La revista podría tener más proyección y más frecuencia, vender suscripciones y contar con un pequeño equipo de profesionales dedicados. La designación de Camilo Ayala en el comité editorial ha sido de gran ayuda, porque amplía la convocatoria y el acopio de materiales. Lo ideal, según Alejandro, sería que la revista no muriera con él. También la colección Yo medito, tú me editas tiene muchísimas áreas de oportunidad porque, en una época de cambios, se generan necesidades de formación, reflexión y actualización. Hay un cambio generacional y aparecen jóvenes comprometidísimos con el quehacer editorial y con las ciencias, artes y oficios del libro: una nueva generación de encuadernadores, tipógrafos, editores, dando clases y escribiendo manuales. Todo eso hace avanzar la reflexión.

Ninguno de los dos proyectos ha recibido premios ni reconocimientos, pero la mayor satisfacción es contribuir a crear una comunidad y encontrar tantos amigos en México y otros países que están haciendo cosas similares, con los que se puede hablar un mismo lenguaje.

En la página de Quehacer editorial está disponible el catálogo histórico completo y las revistas en el formato Issuu, que se puede hojear y leer. No se puede bajar el pdf, porque la intención es decirle al lector que, si le interesa tener el ejemplar impreso, haga un pequeño esfuerzo y lo compre. También está la página de Ediciones del Ermitaño,[137], [138] que vende bastante bien. Algunos lectores no saben o no entienden que es una revista fundamentalmente impresa, pensada para el papel, pero uno de los proyectos es pasarla a libro electrónico, en mancuerna con Bookwire, y eso permitiría hacer llegar ambos proyectos como libro electrónico a más de 600 canales a nivel mundial.[139]

mostrar Libros sobre libros

Libros sobre libros tiene dos grandes áreas: a) libros prácticos y b) libros de reflexión sobre asuntos de libros y edición. Entre los libros prácticos hay subdivisiones, como libros para libreros, para editores o para aspectos puntuales de la edición; y en la parte de reflexión hay libros de historia y algunos ensayos sobre el oficio editorial.[140]

Los libros prácticos son para simplificarle la vida al que no tiene experiencia o se está preparando. Al inicio se hizo mucho énfasis en la administración y el marketing, porque mucha gente quiere trabajar en los aspectos más creativos, más intelectuales o más imaginativos, editar textos, diseñar libros, leer ensayos de historia cultural, pero descuida un aspecto “sucio”, que es administrar y comercializar, temas sobre los que había pocas herramientas en español.

Los libros de historia y de reflexión se incluyen porque en el último medio siglo ha surgido un enorme campo de estudios sobre el libro, la edición, la lectura, y muchos libros compatibles con el propósito de la colección no estaban publicados. Tomás estudió la maestría en Edición de la Universidad de Guadalajara (1993-1996), dirigida por Jesús Anaya Rosique, de quien retoma la idea de que el editor necesita conocer la historia de su oficio para poder practicarlo. Muchos de sus profesores eran expertos muy reconocidos pero no tenían grados académicos, y eso ya era sintomático; compartían verbalmente sus experiencias, pero escaseaba la bibliografía y mucho de lo que se leía eran fragmentos, fotocopias, traducciones o libros en otros idiomas, que había que comprar en ferias o pedir por correo, pagar en dólares a través de giros y esperar durante meses.

Un paso lógico era explorar el campo editorial de otros países en busca de una oferta capaz de satisfacer esa demanda, buscando en la incipiente internet, recorriendo librerías, comprando derechos y traduciendo al español. Por ejemplo, durante una estancia de prácticas Tomás descubrió en Vancouver el libro Publishing for profit, de Thomas Woll, que sintetiza el objetivo inicial de la colección: editar libros prácticos acerca de habilidades concretas que se pueden enseñar.

En la prehistoria de la colección está una coedición de La aparición del libro, de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin, hecha en 2000 por Ediciones del Castor (Sayri Karp), el Centro Internacional de Estudios Profesionales para Editores y Libreros de la Universidad de Guadalajara (Jesús Anaya), Libraria (Tomás Granados y Marina Garone) y Alejandro Valles. Esa edición se gestó en la maestría, primero, por la dificultad de conseguir el texto; segundo, por la complicidad entre los estudiantes. Ese texto sería el primer libro de historia en Libros sobre libros.

Libros sobre libros no nació en el Fondo de Cultura Económica. Granados presentó un proyecto de coinversión en el Fonca y obtuvo los recursos para publicar 500 ejemplares de Editar para ganar, Marketing editorial y ¿Cómo escoger títulos rentables? Pero decidió no hacer presentaciones convencionales, sino seminarios de capacitación, trayendo a México a los autores para que dieran clase y demostraran en acción que sus libros eran útiles. Al acercarse a Consuelo Záizar, entonces directora del fce, para que apoyara los seminarios, ella ofreció una coedición, agregó al paquete la obra de Febvre y Martin, y convirtió un proyecto de tres títulos y 1,500 ejemplares en otra cosa: cuatro títulos con 8,000 ejemplares.

La colección funcionó como una coedición entre el fce y Libraria hasta 2009, cuando Tomás tuvo que cerrar Libraria, la empresa titular de los derechos, y entró a trabajar al fce bajo las órdenes de Joaquín Díez-Canedo. Tomás se enfrentó al dilema de ceder el control de la colección para garantizar su supervivencia, que era casi como dar un hijo en adopción, y Libros sobre libros pasó al fce a partir de 2010. De cualquier manera, hasta febrero de 2016 Tomás fue gerente editorial del fce, es decir, el funcionario encargado de gestionar su propia colección. La salida de Tomás Granados del fce fue abrupta e infundada, pero logró mantener su relación institucional como editor de Libros sobre libros, lo que permitió publicar tres libros en dos años. Pese a la incertidumbre que existió en el fce a finales de 2018, Tomás conversó informalmente con gente cercana al nuevo director acerca de mantener la colección, e inclusive coeditarla con la Cámara Editorial. Además hay dos títulos en preparación. Uno es de Patricia Piccolini, editora y profesora de la carrera de Edición de la Universidad de Buenos Aires, sobre edición de libros informativos, de referencia, de texto, diccionarios y libros prácticos, menos luminosos que la edición literaria, pero más prolíficos en títulos, ejemplares y mercados. El otro libro fue publicado por la Universidad de Chicago, apenas se está terminando de traducir y se llama Lo que hacen los editores. Trata acerca de las labores concretas que se realizan en los distintos aspectos de la función editorial.

La adquisición de contenidos empezó por una construcción muy deliberada de estructura del catálogo, a partir del diagnóstico de ausencias, y ya en la década de 2010 se volvió más aleatoria. La experiencia de los seminarios condujo a buscar libros sobre temas no abordados, cuyos autores estuvieran vivos, activos en la industria editorial o en la capacitación, y dispuestos a impartir seminarios.

La edición es un oficio de minorías y en México los profesionales apenas agotan 500 ejemplares, pero cuando el fce llevó los libros a otros países y esas minorías empezaron a sumarse, se hizo posible vender más de 4,000 ejemplares de algunos títulos. Independientes, ¿de qué? Hablan los editores de América Latina, de los editores argentinos Hernán López Winne y Víctor Malumián, surgió de una demanda de los lectores y aborda un problema que tiene similares diagnósticos a lo largo del continente. Algunos títulos, La aparición del libro o La máquina de contenido, están adoptados en escuelas, pero Tomás insiste: “bueno, escuelas es mucho decir… son cursos de edición, posgrados, siguen siendo minorías”.

En lo que respecta a los mecanismos financieros, por una combinación de suerte, buena planeación, ágil adaptación a la demanda y pertinencia editorial, Libros sobre libros nunca representó una dificultad. Nació con recursos aportados por el Fonca a fondo perdido y después se hizo sostenible gracias a los seminarios; Libraria nunca dependió realmente de los ingresos de la colección, que siempre fueron marginales, aunque muchas veces inesperados y benéficos; y en los últimos años quedó a cargo exclusivamente del Fondo.

Lamentablemente, el Fondo destina pocos recursos a reimprimir. Hay libros que se siguen demandando y no existen ejemplares para surtir. Un caso que nunca debió haber sucedido es, por ejemplo, El libro y sus orillas, de Roberto Zavala. Una de las razones por las que Tomás reconoce habérselo “robado” a la unam es porque no lo reimprimían, lo dejaban morir y es un texto que se vende todo el tiempo.

Libros sobre libros no tiene premios, pero ha abierto puertas para dialogar y conseguir intercambios con autores, editoriales, ferias y organismos públicos en México, Argentina, España y otros países. Como editor, la máxima satisfacción es poder introducir autores a la lengua española, como Thomas Piketty y Michael Bhaskar.[141], [142] Ese trabajo de amplificación es característico de un buen editor: poner un autor y un tema en el centro de la agenda. El único aspecto negativo ha sido tener que dejar la colección en manos de una empresa tan grande como el fce, porque Tomás se siente involucrado con la colección a nivel personal. Aun siendo gerente editorial del fce lamentaba perderse el placer de cuidar cada libro, página por página. La colección tiene 27 títulos hasta la fecha, pero el sitio web del Fondo de Cultura Económica sólo muestra los que se encuentran a la venta.[143]

mostrar Fundiciones

La colección Fundiciones surgió de la necesidad de procurar la historia del libro y sus desafíos históricos. El primer título, Cronología de la escritura, la lectura y el libro, fue producto de una exposición en el Palacio de Minería en 2008, que mostró algunos huecos históricos y metodológicos acerca de la historia del libro. El público vio con mucho interés la exposición, incluso la fotografiaba y la filmaba; no sólo querían conocer la historia de la producción de libros, sino también su apropiación ideológica, su importancia como vehículo para transmitir ideas en muchos movimientos revolucionarios.[144][145]

Después del éxito de la exposición, la colección se le propuso al comité editorial del Fondo Editorial del Gobierno del Estado de México (Foem). Los integrantes del Consejo eran doctos en otros temas, pero no en este, y no lo vieron muy viable, por lo que hubo que salir a buscar apoyo en otras academias, como la unam, la uam o la Adabi,[146] que tiene fondos importantes, buscando expertos, no sólo para que generaran contenidos, sino también dictaminadores que dieran fe de que hacer esta colección es importante. Finalmente la recepción fue muy favorable, se llegaron a hacer tirajes de mil, dos mil y hasta tres mil ejemplares, y así se logró tener un presupuesto permanente para publicar dos títulos al año.

A partir de 2010 el Foem se dio a la tarea de invitar autores que fueran abonando a este proyecto y agregando temas sin ser muy rígidos. Habría sido ideal construir la colección en una línea cronológica, como estaba planeada, pero es difícil ubicar y contactar a los especialistas, y hacer coincidir sus tiempos. El primer título apareció en 2012 y se ha mantenido un ritmo, aunque el Foem tiene más de mil títulos en su catálogo y Fundiciones es apenas una pequeña fracción.

Algunos títulos de esta colección, como Libro antiguo o Marcas de propiedad en los libros novohispanos, tienen que ver con las bibliotecas y el resguardo de los libros; hay otro sobre las cubiertas, que podrían parecer como un objeto secundario, pero en realidad son fundamentales. El doctor Carpallo, encargado de los fondos en la Universidad Complutense de Madrid, escribió sobre encuadernaciones artísticas y Marina Garone publicó un estudio sobre un antiguo Arte de ymprenta inédito. Hay otro libro que aborda, por ejemplo, el desafío de la “palabra electrónica”; es decir, de los nuevos formatos en que hoy buscan los jóvenes sus lecturas, que quizá parezcan novedosos pero en realidad ya llevan algunas décadas.

Al Foem le importa mucho rescatar algunas microhistorias locales, que son muchas y muy diversas, y que pueden aportar mucho a la historia del libro, de su reproducción y de esos personajes detrás de los libros. De ahí la importancia de la Cronología de las ediciones en el Estado de México. Se reprodujo también el facsímil de un libro de horas, un valioso ejemplar único de la Biblioteca Nacional, que ha sido muy bien acogido por los amantes de la historia del libro. Algunos se han agotado y hay posibilidad de reeditarlos, pero además todo está disponible para consulta y lectura en un repositorio del Gobierno del Estado de México.

A la fecha hay dos libros en preparación; uno es Con imborrable tinta alegre. La imprenta del Instituto Literario del Estado de México (1851-1889), de Marina Garone e Iván Pérez. El otro es de Silvia Salgado y Argentina Enríquez, sobre el Tratado de los bienes del silencio y males de la lengua de la Biblioteca Nacional. Parecería que ya hay mucho sobre historia del libro, pero es inagotable.

El Foem es una institución del Gobierno del Estado y de vez en cuando tiene que publicar algún tema de la administración pública, pero esa parte es mínima. En realidad lo más fuerte del catálogo es literatura, porque tiene a su cargo uno de los certámenes más importantes del país: el Premio Internacional Sor Juana Inés de la Cruz, que ya lleva diez ediciones y ha recibido un promedio anual entre 500 y 600 trabajos de ensayo, cuento, novela, poesía y dramaturgia, hasta de 41 países. Por eso el Foem se ha hecho básicamente un catálogo de literatura original.

La colección Fundiciones es resultado de un trabajo de equipo, pero la idea original es de Hugo Ortiz, quien dice que ha sido un gran necio al respecto y no se arrepiente, incluso, de haber sido hasta un poco impertinente con las autoridades que, por ejemplo, en algún momento han pretendido que Fundiciones se fusionara con una serie de historia. La colección ha sobrevivido a tres gobernadores del Estado de México sin que los cambios de administración la hayan afectado. En el Foem se hace mucho énfasis, más que en limpiar la imagen de un gobernador o de un político, en construir una imagen más seria de la administración pública estatal. Este trabajo ha logrado estar por encima de las administraciones y de los cambios, porque los fondos editoriales demuestran una calidad consistente.

Durante las primeras etapas de la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, el Foem publicó una revista con el maestro Juan Carlos Cue, que se llamaba Gesta y se regalaba. Pero el público la rechazaba, literalmente la aventaba diciendo “pongan a leer al tal por cual…”, en fin, ya sabemos a quién, era un asunto de mucha confrontación. Sin embargo, los autores y las instituciones han constatado que el trasfondo del libro como un bien social va más allá de la lectura y conlleva también la divulgación de autores y de temas de discusión. Lo mismo pasa con la participación en las ferias. Hay que enfrentarse a visiones mecanicistas y reduccionistas como ¿para qué asistir a una feria si no es rentable? La marca editorial del Estado de México existe y está presente gracias a esta necedad.

Los gobiernos no van a las ferias a ganar dinero, van a ganar presencia, a reproducir capital simbólico, y el Estado de México gana con esta presencia. Así es también como el Foem se ha ganado un presupuesto etiquetado para hacer estos libros sobre las diferentes edades del libro. Se asiste a las ferias a mostrar el certamen internacional Sor Juana, pero también el patrimonio natural y cultural.

El Foem ha tenido la confianza del Colegio Mexiquense, del Colegio de Michoacán o del Instituto Nacional de Antropología para publicar sus contenidos, y hay autores que solicitan publicar bajo ese sello por su cuidado editorial, por su prestigioso catálogo de autores literarios. Hugo Ortiz se enorgullece de contratar dictaminadores con mucha propiedad, con mucha honorabilidad, que no se arriesgarían a dar fe de un certamen en el que esté de por medio algo torcido. Ese es el mismo compromiso de darles seriedad a las publicaciones.

El público más receptivo de la colección Fundiciones son básicamente claustros académicos, pero varía. Por ejemplo, el tema de encuadernaciones artísticas lo buscan muchos restauradores, ya que se había publicado poco sobre cubiertas, que tienen una gran diversidad y muchísimo material histórico; también lo buscan estudiantes de diseño y bibliotecarios. Habrá otros interesados, pero básicamente ese es el target. La selección y adquisición de los contenidos parte de los treinta años que lleva Hugo Ortiz haciendo libros y, de que siempre ha sido un apasionado del libro antiguo, lo que le ha permitido construir e ir ampliando una red de contactos. Acude a las universidades que tienen líneas de investigación compatibles, invita a los investigadores a participar, les presenta el prototipo de los libros y el manejo de los contenidos, y eventualmente los convence de que escriban.

Hay temas muy amplios que no han logrado entrar en la colección, pero mucho depende de acercarse a los investigadores o escribirles, como es el caso del doctor Carpallo, que vino de España a presentarlo con un gran esfuerzo de su parte.

Al recibir los originales no existe ninguna restricción respecto a la extensión. En realidad el mayor desafío son los documentos que pertenecen a fondos reservados y a veces son un poco engorrosos los trámites para tener acceso a los documentos y fotografiarlos. Otra parte del mismo problema es que la obra completa debe registrarse ante el Indautor y, por lo tanto, se debe tener la certeza de contar con los permisos correspondientes para cada texto y para cada imagen. A veces algunos autores declinan en cuanto ven esta parte del problema.

La dictaminación está a cargo de un comité de académicos; a veces se hace al interior del consejo, pero otras veces se manda a hacer en la Universidad Autónoma del Estado de México. Hay un presupuesto anual para todas las publicaciones del Foem, que proviene totalmente de recursos públicos, con la meta de publicar ochenta títulos al año entre todos los temas. Dentro de esa programación se pueden inscribir dos títulos al año en la colección Fundiciones.

Hasta 2018 Fundiciones ha estado en todas las redes de Educal; cabe esperar que esto no se interrumpa con los cambios políticos en el país y, por el contrario, surja una nueva etapa. El Foem tiene dos librerías muy decorosas en la ciudad de Toluca y distribuye a Centroamérica y Sudamérica por medio de Cangrejo & Aljure; también envía sus títulos o al menos sus catálogos a todas las ferias nacionales e internacionales a través de Caniem. Fundiciones ha estado en la London Book Fair, en la Buchmesse de Frankfurt, en la Feria del Libro de Bogotá.

En las ferias internacionales hay incluso más receptividad a esta temática. Hugo cuenta, por ejemplo, que en la Feria de Frankfurt es mucho más difícil promover la literatura mexiquense. Cierta vez un editor alemán preguntó por la colección Suma de días, de literatura mexiquense, libros muy llamativos por su cromática, que traen un resguardo sonoro de viva voz de los autores, como hizo la unam durante muchos años; le parecía muy interesante el formato de la colección, el color y la tipografía, pero preguntó quiénes eran esos autores. Su conclusión fue “pues me gusta mucho la edición, pero si voy a publicar a un mexicano desconocido mejor publico a un alemán desconocido”. Los libros de creación literaria no tienen garantizado su paso a otros países, pero los temas de historia del libro son más universales, tocan a todas las civilizaciones y logran llegar a más públicos.

Fundiciones ganó el premio Caniem al Arte Editorial en la temática de ensayo, por Bibliotecarios novohispanos, de Elvia Carreño. Fue una grata sorpresa, porque demostró que se ha estado aportando algo, aunque sea poco, a la historia del libro.

El peor problema para las publicaciones que se gestan en la administración pública es la lentitud de los protocolos para la adquisición de bienes. Es entendible que el gasto público debe ejercerse a través de licitaciones públicas, pero muchos proveedores declinan cuando conocen los procesos, que son muy restrictivos. Cuando el Foem emite una licitación no es sólo para un libro; muchas incluyen la impresión simultánea de treinta o cuarenta libros, y hay que cuidar cada uno de ellos. No hay libro menor. No hay libros buenos y medios buenos, todos tienen que ser de primera clase porque existe una gran responsabilidad en el gasto público.

Por otro lado, la colección está a cargo de gente muy capaz. Hay un joven tipógrafo que se encarga del cuidado de la colección, de su diagramación, de su retícula, y un grupo de correctores muy avezados, con mucha experiencia. No se publica nada sin la autorización del autor, sin cesiones de derechos, el Foem es muy cuidadoso con eso. La parte editorial no tiene lo que se puede llamar un gran desafío. Siempre los hay, pero se van resolviendo.

La colección Fundiciones[147] se puede encontrar completa, para su consulta descarga en formato digital, en la página del Gobierno del Estado de México.[148]

mostrar Texturas y tipos móviles

Trama Editorial tiene su sede en Madrid, pero varios de nuestros entrevistados mencionaron el esfuerzo personal que Manuel Ortuño ha estado haciendo durante los últimos años para distribuir Texturas y Tipos móviles en México, lo cual de alguna manera nos da pie para entrevistarlo y, tal vez, empezar a considerarlo como parte de la “flora local”.[149][150]

Trama se fundó en 1996 con una colección de Ciencias Sociales y otra más bien literaria. La revista Texturas apareció a finales de 2006 y el primer título de la colección Tipos móviles apareció en 2008. Actualmente tiene varias colecciones, pero los temas metaeditoriales sólo pertenecen a Tipos móviles o a la revista Texturas. Ambas tratan sobre el universo del libro, la edición, la lectura y la creación editorial. Cuando apareció Tipos móviles, ya existía en México el referente de una colección muy importante, con la que Manuel tiene una relación personal, incluso afectiva, que es Libros sobre libros. Lo que hizo al diseñar la colección Tipos Móviles fue dividirla en dos partes: por un lado la recuperación, publicación y difusión de memorias de protagonistas importantes del libro en la segunda mitad del siglo xx; por el otro, ensayos críticos sobre el mundo de las librerías, la edición, la lectura y el cambio al paradigma digital; un acervo de recuerdos de grandes protagonistas de la historia del libro: editores, libreros, periodistas, grandes lectores y, en la otra mano, algunos buenos ensayos críticos sobre la realidad profesional.

Manuel piensa que este catálogo le permite colaborar con Libros sobre libros de manera que los dos proyectos se complementen y no choquen. Sin embargo, Manuel Ortuño cuenta que se ha reído mucho con Tomás Granados cuando los dos han coincidido buscando adquirir los mismos libros en el extranjero, aunque siempre ha sido desde la complicidad, desde el cariño y desde una excelente relación. El siguiente título de Tipos móviles es de Tomás Granados y salió en febrero de 2019. Es una antología corregida y ordenada de muchos textos sueltos, de la Gaceta del Fondo, de Letras libres, de aquí y de allá. No es todo, es una selección de Tomás, luego Orduño le metió mano, se corrigieron cosas, se le quitó el carácter coyuntural y se ordenó de otra manera. Va a quedar un volumen muy atractivo.

Trama es un proyecto horizontal, no una editorial al uso; aunque es una empresa y tiene que funcionar como cualquier empresa, es pequeña, marginal y casi clandestina, interesada en juntar amigos, colaboradores y cómplices interesados en el mundo del libro. Desde esa reflexión, desde ese trabajo continuo de un grupo de amigos preocupados, surgió la idea de que el universo del libro en español tiene un peso muy importante en términos intelectuales, culturales, económicos y políticos. Parece mentira que no existan, o que cada vez haya menos espacios de reflexión, de diálogo, de debate, de intercambio. Después de haber editado otro tipo de revistas, Manuel decidió que quizás una revista podría ser un buen pretexto para encontrarse para reflexionar, discutir y debatir.

La revista cayó muy bien desde el principio en el sector editorial y empezó a tener cierta presencia fuera de España, fundamentalmente en México, Colombia y Argentina. En el número 30 de Texturas aparece un artículo sobre la historia y los objetivos de la propia revista. El éxito de la revista hizo deseable otro proyecto de reflexión de más largo aliento, en el soporte libro, una pequeña colección que recuperara grandes protagonistas y diera salida a esas discusiones más críticas.

Trama se financia como cualquier otro proyecto editorial privado y, según Manuel, no puede quejarse en la medida en que los números van encajando. No son proyectos dirigidos a obtener un éxito económico ni comercial, pues se dirigen a sectores muy específicos. Lo mejor no es la parte económica o empresarial, sino la proyección, la presencia, la influencia que han adquirido la revista y la colección. Eso es lo produce más satisfacción y orgullo, seguir creciendo, llegar a más lugares y ser capaces poco a poco de abrir esa colección a autores mexicanos y argentinos. En un proyecto tan específico, con mantenerse en equilibrio es suficiente. La edición les interesa a grandes minorías, sobre todo la cultural y la independiente. Como dicen muchos colegas, si el motor de estos proyectos realmente fuera el beneficio económico y la rentabilidad, nos dedicaríamos a otra cosa. Sin embargo, afortunadamente la gran avenida del mundo de la edición está cambiando; los márgenes cada vez son más amplios y las minorías cada vez más grandes.

Desde 2006, que comenzó la revista, y 2008, que comenzó la colección, eran para un público muy definido: editores, libreros, bibliotecas, académicos, prensa cultural o especializada, y en los últimos tres o cuatro años se ha notado un mayor interés por parte de un público más general. Un público culto y lector, no profesional y no compulsivo, pero constante, que se acerca a este tipo de libros porque le interesa conocer la trastienda detrás de un libro, cómo funciona, qué problemas tiene, con qué criterios trabaja. Lo mismo pasa con la revista: en los últimos años, analizando a los suscriptores de Texturas, que son el grueso de sus lectores, ha aparecido gente que no pertenece al mundo del libro y la lectura, ni profesional ni académicamente, pero que tiene interés por conocerlo. Eso es satisfactorio.

En el caso de la colección Tipos móviles la selección de contenidos es mixta. Hay un consejo, no tanto como un comité editorial, sino un consejo de amigos que se reúne muchísimo en torno de la revista. Ahí surgen propuestas e ideas de libros para la colección, que pueden provenir de tres fuentes: la primera es ir a buscar y adquirir los libros; la segunda es encargarlos, sobre todo con autores en español, y la tercera es que llegan ya muchas propuestas, que se analizan y se seleccionan. Hay una capacidad muy limitada para editar cada año, pero a Trama le interesa mucho encontrar equilibrios entre diferentes tipos de autores, entre países y culturas diferentes y entre los distintos subsectores del mundo del libro. Así como hay textos históricos sobre grandes editores, es importante que también haya experiencias de librerías y libreros, un poco del mundo de la comunicación, como las memorias de Bernard Pivot,[151] y que todos los subsectores estén más o menos representados.

Trama está pendiente de las cosas que van saliendo fuera del mundo en español. Manuel Ortuño se considera muy lector y muy scout,[152] viaja mucho, tiene muchas redes de relaciones, incluso personales, y puede estar al día de lo que se publica en otros sitios. No es fácil, a veces son muy costosos los derechos, las traducciones y otros gastos. Pero una red tan extensa de complicidades permite grandes alegrías, como encontrar autores importantes que se sorprenden de la lista de autores que tiene Trama y hablan con sus agentes literarios para que den facilidades, con los derechos o con la traducción, para poder estar en la colección.

La distribución es uno de los problemas más grandes y va a sufrir grandes transformaciones. La distribución comercial a librerías y bibliotecas en España es convencional y más o menos funciona, aunque tampoco es fácil porque no hay distribuidores especializados. Trama también tiene algunos pocos distribuidores en América Latina. Sus dos sitios más fuertes son México y Colombia, y también hay relaciones directas con librerías y bibliotecas en América Latina, que se atienden directamente porque tienen intereses muy específicos. En España hay otro problema muy importante: el costo de distribución es muy alto y el distribuidor no asume en principio el trabajo que los franceses llaman de “difusor”: ir con el jefe de logística o de compras a explicar los libros y los catálogos. En España el distribuidor no asume las dos tareas, o las asume y no hace bien ninguna de las dos, y eso aumenta los costos, porque hay que pagar un difusor o darse tiempo como editores para hacer ese trabajo personalmente. Las librerías en España están cambiando mucho y hay un boom de pequeñas librerías independientes, que tienen muy claro el tipo de fondos que quieren; por otro lado, la competencia brutal de las grandes plataformas, sobre todo de Amazon, tendrá que ayudar a que los distribuidores perfilen mejor su trabajo, distingan entre la labor de presentación, de difusión del catálogo y de los títulos, de la parte logística. Hay que ser optimistas.

Manuel Ortuño nunca ha lamentado dedicarle a Trama toda su energía y toda su capacidad física y mental, “cada vez menor”. Son preocupantes los problemas que amenazan al mundo editorial, sobre todo a las pequeñas y medianas, y a los pequeños libreros. Hay muchos retos que quizá no estamos sabiendo acometer por falta de una cierta cohesión entre los diferentes mundos del libro, el mundo de la edición, el de la librería, que estos subsectores trabajen de manera coordinada. Hay cosas puntuales, pequeños espacios de encuentro, pero no son tan ordenados y articulados como en Alemania o en Francia; ojalá pudiéramos hablar de que los retos y los problemas nos afectan a todos y necesitamos sentarnos, organizarnos, articularnos, gastar y compensar nuestras energías y nuestras inversiones, porque todos estamos jugando en el mismo terreno de juego.

Trama ha tenido algunos reconocimientos y algunos premios, pero lo más importante son los lectores, los autores y la gente que felicita al editor, que le escribe, que lo encuentra, por ejemplo, en un pasillo de la Feria de Guadalajara, y se acercan sin conocerlo: “usted es el señor de Trama, usted edita Texturas y Tipos móviles, pasé por su stand y lo quiero felicitar”. Al margen de los premios y los agradecimientos públicos o privados, que son siempre bienvenidos y dan mucho gusto, quienes participan en Trama tienen muy claro que lo más emocionante es el reconocimiento de los lectores, del autor que quiere que Trama le publique.

En términos legales y financieros, Trama es propiedad de Manuel Ortuño, porque alguien tiene que dar la cara en esas cuestiones tan poco gratificantes; pero es un grupo de amigos que colaboran más que si fueran empleados o socios de la editorial. Trama está muy descentralizada y no podría ser de otra manera, porque cada uno se encarga de distintas áreas y todos participan desinteresadamente en el proyecto común. Manuel sabe que, si el día de mañana no está por alguna razón, Trama va a continuar con esa pequeña cooperativa de amigos, donde sólo le tocó poner el capital inicial y firmar los papeles legales, pero es de todos.

Los 26 títulos de Tipos móviles y los 37 números de Texturas son distribuidos en México por Colofón, y empiezan a llegar a bibliotecas académicas. Es importante tener un catálogo vivo y que, si hay que reimprimir, se reimprima porque alguien necesita estos libros; y que estén en bibliotecas, tanto públicas como académicas, porque un proyecto como este no habrá pasado de moda dentro de cinco, diez o veinte años. En el sitio web hay un catálogo completo, incluso lo que está agotado, y todos los números de la revista. Trama también envía semanalmente un boletín por correo electrónico a unos ocho o diez mil suscriptores, Texturas Exprés, con novedades sobre el mundo del libro y la edición, algunas elaboradas por la misma editorial y otras en forma de un compendio de noticias importantes. También existe un blog en la página web de Trama, y mucha actividad en redes sociales.[153]

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Zenker, Alejandro (comp.), El libro y las nuevas tecnologías, México, Ediciones del Ermitaño (Yo medito, tú me editas), 2001.

 

Revistas

Quehacer editorial, El libro en busca de lectores, núm. 1.

Quehacer editorial, Editores y lectores, hábitos y vicios, núm. 2.

Quehacer editorial, Del cálculo editorial al placer de la lectura, núm. 3.

Quehacer editorial, Encuadernadores, libreros, prostíbulos y bibliotecas, núm. 4.

Quehacer editorial, Autores, editores y lectores…hasta que las rejas nos separen, núm. 5.

Quehacer editorial, Parábola de un editor, el fomento a la lectura y la traducción de groserías, núm. 6.

Quehacer editorial, Editores, lectores y globalización o la desmitificación de la cultura letrada, núm. 7.

Quehacer editorial, De cómo dejar de sufrir por las letras, los libros de artista y los correctores, núm. 8.

Quehacer editorial, Divagaciones sobre el futuro que no tendrá forma. Bibliotecas, ciberliteratura y el nativo digital, núm. 9.

Quehacer editorial, La transición de lo analógico a lo digital y la resignificación del libro, el lector y la lectura, núm. 10.

Quehacer editorial, De la galaxia Gutenberg a la aldea global, núm. 11.

Quehacer editorial, El futuro del libro, núm. 12.

Quehacer editorial, Las resistencias a los futuros del libro, núm. 13.

Quehacer editorial, El libro y la lectura como caótica ficción, núm. 14.

Quehacer editorial, Formas y contenidos, lectura y estadísticas en el mundo de las maravillas, núm. 15.

 

Entrevistas orales

Entrevista con Alejandro Zenker, San Pedro de los Pinos, Ciudad de México, grabada el 10 de diciembre de 2018.

Entrevista con Camilo Ayala Ochoa, jefe del Departamento de Contenidos Electrónicos y Proyectos Especiales, Subdirección Editorial, Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la Universidad Nacional Autónoma de México, Feria Internacional del Libro de Guadalajara, grabada el 26 de noviembre de 2018.

Entrevista con David Acevedo Santiago, director de Bibliotecas y Promoción de la Lectura, Dirección General de Materiales Educativos, de la Secretaría de Educación Pública, Feria Internacional del Libro de Guadalajara, grabada el 26 de noviembre de 2018.

Entrevista con Hugo Ortiz, subdirector de producción editorial del Fondo Editorial del Gobierno del Estado de México, Feria Internacional del Libro de Guadalajara, grabada el 26 de noviembre de 2018.

Entrevista con Manuel Ortuño, Feria Internacional del Libro de Guadalajara, grabada el 27 de noviembre de 2018.

Entrevista con Tomás Granados Salinas.

 

mostrar Enlaces externos

Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México

Casa Universitaria del Libro

Colección Yo medito, tú me editas

Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal

Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial

Ediciones del Ermitaño

Ediciones Trea

Editorial Universitaria de la Universidad de Guadalajara

Fondo Editorial del Estado de México

Fondo Editorial del Estado de México (elem)

Fundación Germán Sánchez Ruipérez

ibby/ Banamex, Primera Encuesta Nacional sobre Consumo de Medios Digitales y Lectura, 2015.

Libros unam

National Endowment for the Arts, Reading at Risk: A Survey of Literary Reading in America

Revista Quehacer editorial

Trama Editorial