Enciclopedia de la Literatura en México

Literatura para niños


La categoría literatura para niños es, en sí misma, compleja. La crítica anterior a los años setenta en México consideraba que la literatura para niños era cualquier impreso (tiras cómicas, biografías, poemas, leyendas, relatos históricos, novelas, resúmenes de obras clásicas, versiones abreviadas de la Biblia, libros de texto, textos científicos o con contenido moral o religioso, fábulas, etc.) destinado para los infantes. Sin embargo, en las últimas dos décadas, algunos especialistas han planteado una serie de preguntas sobre este asunto: ¿existe realmente una literatura para niños? Y, si existe, ¿qué obras participan de este género? ¿Cuál es el término apropiado para denominar a esta literatura: literatura infantil, literatura para niños o, como lo ha propuesto Evelyn Arizpe, “literatura de grandes para chicos”? En un artículo titulado “Breve (y muy subjetiva) crónica de la verdadera conquista de la literatura mexicana por y para niños”, Daniel Goldin opina que la literatura para niños es, ante todo, literatura y que, por lo tanto, no hay temas adecuados o no para los niños, hay sólo formas de presentarlos, de acuerdo con sus capacidades cognitivas o vivenciales. Y en un artículo titulado “¿Literatura infantil?”, Mario Rey comparte la idea de Goldin y propone utilizar el concepto “ediciones para niños”, pues considera que esta literatura (y el corpus que lo integra) debe valorarse de acuerdo con la calidad artística o literaria de las obras, lo cual implica dejar fuera a varios autores y títulos.

Aunque en el siglo XIX hay varios intentos por crear una literatura específicamente para niños, en términos generales podemos decir que, en México, los primeros proyectos importantes para acercar a los niños a la literatura fueron dos: el de la Imprenta Vanegas Arroyo, que en 1905 publicó una serie de relatos para niños, como El doctor improvisado, Juan ceniza, La niña de las perlas y La viejecita dichosa, con grabados e ilustraciones de José Guadalupe Posada y de Manuel Manilla (que recientemente han sido reeditadas por la Secretaría de Educación Pública (SEP) en su colección “Libros del Rincón”); y el proyecto del entonces ministro de Instrucción Pública, José Vasconcelos, que en 1924 publicó una antología de leyendas y cantares de gesta de varios países, titulada Lecturas clásicas para niños (reeditado en 1971), cuyo prólogo fue escrito por el propio Vasconcelos y en el que colaboraron Gabriela Mistral y Alfonso Reyes, entre otros escritores de prestigio. En esta década se editan, también, los cuatro volúmenes de cuentos infantiles de María Enriqueta Camarillo, titulados Rosas de la infancia, que durante más de treinta años fueron lecturas obligadas en las escuelas de educación primaria de México.

En 1941, Alfredo Ibarra Jr. publica Cuentos y leyendas de México, obra que continúa la veta abierta por Dolores Bolio (que había publicado en 1917 sus Leyendas y cuentos mexicanos) y cuya fama adquirió pronta acogida entre los niños. En 1943, los Talleres Gráficos de la SEP llevan a cabo un ambicioso proyecto editorial para niños, titulado Biblioteca de Chapulín, en el que se publicaron relatos infantiles de escritores tanto nacionales como extranjeros con ilustraciones de artistas reconocidos (en 1988, la SEP reeditaría algunos títulos de esta biblioteca, pero ahora bajo la colección “Libros del Rincón”). De la década de los cuarenta destacan también los relatos Jesusón, de Juan Ramón Campuzano, y La estrella fantástica, de Magda Donato, ambos publicados en 1944 y reeditados recientemente.

En 1945, José Moreno Villa, escritor español radicado en México, publicó Lo que sabía mi loro en la colección folklórica infantil de El Colegio de México, libro que –a decir de Alfonso Reyes- es una obra maestra del género, en donde la poesía, el folklore y la “sensibilidad paternal” aparecen en “rara concentración”.

Blanca Lydia Trejo, además de escribir distintos relatos infantiles, como “La marimba” y “Lo que sucedió al nopal”, logró reunir en 1950 una antología de cuentos y leyendas para niños, titulada La literatura infantil en México (Desde los aztecas hasta nuestros días). Ese mismo año también se publica El libro de oro de los niños, proyecto dirigido por el escritor español residente en México, Benjamín Jarnés. En 1951, Vicente T. Mendoza publica una recolección titulada Lírica infantil de México, que reúne “las cantilenas más favoritas que los niños de México entonan en sus entretenimientos”. Pascuala Corona (pseudónimo que Teresa Castelló Yturbide utilizó como una forma de rendir homenaje a su nana, quien le contó los relatos), publica en 1955 Cuentos mexicanos para niños, algunos de ellos reeditados recientemente por el Fondo de Cultura Económica (FCE) bajo el título El pozo de los ratones y otros cuentos, libro que constituye una verdadera obra maestra de la literatura mexicana para niños. Ese mismo año, un grupo de escritores se unen para editar el libro Pajarín (cuentos para chicos). La introducción al volumen es una clara muestra de la situación en la que se encontraba la producción literaria para niños a mediados de este siglo; en ella se dice que los maestros no podían responsabilizarse de la literatura infantil y los escritores la tenían abandonada. Más adelante se hace una invitación a los escritores a cubrir este renglón indispensable.

Por otra parte, Zoraida Pineda, en su estudio La educación de los párvulos, menciona la existencia, durante la década de los cincuenta y parte de los sesenta, de obras escritas por algunas maestras mexicanas, como Berta von Glumer, quien escribió Cuentos de Navidad, Dramatizaciones de Navidad, Para ti, niñito, y Rimas y juegos digitales; Alicia Fernández de Jiménez, quien hace una adaptación de leyendas mexicanas; Luz María Serradell, autora de varios libros, como Manojito de flores, ¿Quieres que te cuente un cuento?, Un cuento de navidad, Primavera y verano, Nuevos ritmos y otros varios, así como la serie de escenificaciones con muñecos titulada La alegría de los niños y las obras teatrales El teatro del niño y Adivina, adivina (esta autora también dirigió la revista educativa Semillita); por último, el profesor Santiago Hernández realizó la selección de lecturas para quinto grado de primaria, titulado Continente.

Entre 1950 y 1960 se publican también: Almirante, de Dolores Roldán de Vázquez; El cazador y sus perros, estampas poemáticas sobre el campo y la vida rural mexicana, escritas por Celedonio Serrano Martínez; Enrique Soto Izquierdo publica El espantapájaros; Mercedes Villarreal de la Garza, Pedro y María; María Mediz de Bolio escribe una serie de cuentos para niños titulada El panal de oro; Irene G. Lanz escribe El parguito rosado y Tismische, estampas sobre la vida de un niño negro. Algunas de estas obras –simples ejemplos de una larga lista de títulos de literatura infantil- siguieron el ejemplo de Gabilondo Soler, quien, con su Cri-crí musical, ha acompañado a los niños mexicanos durante casi todo el siglo.

Aunque durante la década de los setenta existen esfuerzos tanto individuales como gubernamentales por acercar a los niños a la literatura (pensemos, por ejemplo, en la creación, por parte de la SEP y la editorial Salvat, de la Enciclopedia Infantil Colibrí), el verdadero ascenso de la literatura para niños se da a partir de 1980, con obras a cargo de distinguidos escritores, como: Historia verdadera de una princesa, de Inés Arredondo; Un sueño de Navidad, de Alberto Blanco; Aura y sus amigos, de Elena Climent; Rufina la burra, de Eduardo Enríquez; Pájaros en la cabeza, de Laura Hernández; El humito del tren y el humito dorado, de Ricardo Garibay; Tajín y los siete truenos, de Felipe Garrido; La guerra de los hermanos, de Margo Glantz, y Las tres manzanas de naranja, de Ulalume González de León, entre otras. A este esfuerzo se han unido, en los últimos cinco años, las obras de otros escritores de prestigio, entre las que se encuentran: El pizarrón encantado, de Emilio Carballido; Las golosinas secretas y La fabulosa guitarra del Doctor Zipper, de Juan Villoro; No era el único Noé, Celestino y el tren y María contra viento y marea, de Magolo Cárdenas; Después de los misiles, La peor señora del mundo y Amadís de Anís, Amadís de Codorniz, de Francisco Hinojosa; El agujero negro, de Alicia Molina; Los zapatos de Juan y Julieta y su caja de colores, de Carlos Pellicer; El otro lado, de Alejandro Aura, El tlacuache lunático, de David Martín del Campo y Las aventuras de Buscoso Busquiento, de Eduardo Casar y Alma Velasco, entre otras, a cargo de diversas editoriales, como Trillas, Corunda, Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE), Patria, SEP, FCE (que cuenta con una colección especial para niños titulada “A la orilla del viento”, que también dio origen a un concurso internacional de cuento para niños), y Editorial Novaro.

.En la actualidad, existen varios proyectos importantes, como el que realiza la editorial Del rey Momo, que tienen como objetivo ofrecer a los pequeños lectores textos bilingües. Desde hace más de quince años se realiza en la ciudad de México la Feria Internacional y Juvenil, que también cuenta con un concurso de cuento para niños.



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Arredondo, Inés Aura, Alejandro Blanco, Alberto Bolio de Peón, Dolores Camarillo y Roa de Pereyra, María Enriqueta Campuzano, Juan Ramón Carballido, Emilio Cárdenas, Magolo Casar, Eduardo Garibay, Ricardo Garrido, Felipe Glantz, Margo González de León, Ulalume Hinojosa, Francisco Ibarra Jr., Alfredo Martín del Campo, David Mendoza, Vicente T. Pellicer, Carlos Serrano Martínez, Celedonio Velasco, Alma