Enciclopedia de la Literatura en México

Literatura popular

Frente a la literatura escrita para un determinado tipo de público por autores cultos, surge la expresión popular, generalmente anónima y para un público analfabeto o que tiene un acceso limitado a la cultura escrita. La literatura popular es creada por el pueblo y en gran parte es conservada por tradición oral, por medios rudimentarios como hojas sueltas, volantes, etc. o reescrita por recopiladores y eruditos. Para Rubén M. Campos el folklore es la producción popular de nuestro arte: la recolección folklórica de un pueblo comprueba, para él, que no hay sólo unos cuantos literatos que gozan del privilegio de decir bellamente cosas, sino también una infinidad de sabios iletrados.

 

Esta literatura se manifiesta de muchas formas, principalmente en poemas, adivinanzas, anécdotas, cantares, cuentos, epigramas, fábulas, leyendas, juegos infantiles, refranes, ocurrencias, pasquines, pastorelas, sátiras, tradiciones, versos callejeros, “calaveras” (versos para el día de muertos), villancicos, panfletos, albures, propaganda religiosa, chistes, teatro popular, leyendas de calles o de barrios, corridos, graffitis pintados en paredes, baños, etc., así como toda manifestación escrita proveniente del pueblo en periódicos, revistas o letras de canciones.

Existe también una literatura escrita por autores cultivados que refleja a las clases populares y recrea su lenguaje y sus modos de vida. Se debe, pues, distinguir la literatura creada directamente por el pueblo, de aquélla que posee claras fuentes populares. Cuando el escritor pertenece a una clase alta o cultivada, algunos estudiosos lo incluyen dentro de la literatura folklórica. Ambas modalidades serán incluidas aquí y se relaciona con la Literatura costumbrista*. Hay autores cuyas fuentes directas son eminentemente populares, aunque sus obras no sean consideradas ni costumbristas ni folklóricas.

Cabe destacar que los lenguajes de la radio, la televisión, las fotonovelas y las historietas cómicas se han convertido en recuerdos narrativos de autores cultos.

Armando Jiménez, que utiliza fuentes netamente populares, publica en 1960 su primer libro, Picardía mexicana, que se convierte de la noche a la mañana en un verdadero éxito (78 ediciones hasta 1998). Posteriormente publica Nueva picardía mexicana (1971), Vocabulario prohibido de la picardía mexicana (1974), Grafitos de la picardía mexicana (1975), Tumbaburros de la picardía mexicana (1979) y Dichos y refranes de la picardía mexicana (1981). Asimismo, un autor de origen popular, Armando Ramírez, da a luz en 1972 su novela Chin Chin el Teporocho, recreación del barrio de Tepito, donde, sin pretensiones costumbristas, dibuja a las clases populares. Un año después da a luz Crónica de los chorrocientos mil días del barrio de Tepito. El mismo escritor publica en 1985 Quinceañera, y en 1994 Me llaman la Chata Aguayo. Más jóvenes, pero en una línea semejante a la de Ramírez, se encuentran autores como Eduardo Villegas y Emilio Pérez Cruz.

El poeta popular no busca crear un estilo propio; sólo le interesa comunicar lo que piensa o siente sobre lo que pasa en su momento. A veces la poesía popular aparece como sátira, denuncia, protesta o sentencia moral o política. Como un hecho eminentemente colectivo, social, recoge el sentir común, la manera colectiva de pensar acerca de un suceso. Campos recoge en El folklore literario de México algunas coplas de la Revolución Constitucionalista, que son verdaderas protestas contra la opresión, como “Himno de huelga” o “Ay, qué malo es el patrón”. El mismo autor recopila una serie de anécdotas y ocurrencias sobre Porfirio Díaz, Francisco Villa y los demás revolucionarios o generales del ejército federal, pero también sobre algunos poetas, como Díaz Mirón, José Juan Tablada, etc. En su libro Lírica popular tabasqueña (1980), Francisco Quevedo (Quico), considera a los cantadores de Tabasco como poetas notables, que trovaron y cantaron en los bailes populares de la Chontalpa. Cita a varios cantadores y coplas. Pero, dentro de la lírica popular, el género que más aceptación ha tenido en México es el corrido.

En su artículo “Literatura del pueblo”, aparecido en la revista Nuestro México*, Salvador Novo afirma que es quizá el Dr. Atl (Gerardo Murillos), quien primero le concede importancia a los corridos cantados y leídos por el pueblo, al dedicarles un capítulo en el tomo segundo de sus Artes Populares en México (1922), donde hace apreciaciones generales y entusiastas, y los sitúa en una rama genealógica de la literatura popular.

Entre los estudios que se han escrito sobre este género, destaca Imagen de nadie (1932), por Héctor Pérez Martínez. Pero será Vicente T. Mendoza quien investigará sobre estas formas de expresión con mayor profundidad y alcance, en libros como El romance español y el corrido mexicano (1939), El corrido de la Revolución Mexicana (1956) y Corridos mexicanos (1964), entre otros. El corrido, género épico-lírico-narrativo que se deriva del romance castellano, surge aproximadamente en el último cuarto del siglo XIX, cuando el pueblo cantaba las hazañas de algunos que se rebelaban contra el gobierno de Porfirio Díaz. Se hace énfasis en la valentía de los héroes. Pero el corrido más conocido es aquél que emergió de la Revolución Mexicana, con todos los antecedentes, rebeliones o motines previos a la caída del porfirismo y hasta el asesinato de Obregón, la rebelión del General Saturnino Cedillo o la Expropiación del Petróleo. Hay múltiples corridos que expresan las hazañas de Benito Canales, Francisco Villa, Emiliano Zapata, etc. Casi siempre son anónimos, aunque a veces se han publicado con las iniciales del autor, y en algunos casos con el nombre completo, al pie del texto.

Entre las canciones y corridos de la Revolución más famosos, se encuentran el “Corrido de Don Francisco I. Madero”, “Carabina 30-30”, el “Corrido de la Decena Trágica”, “La coronela”, la simpática canción “Marieta”, el “Corrido de los Dorados de Villa”, “La Valentina”, “La Adelita”, el “Corrido de la muerte de Emiliano Zapata”, la popular canción “La cucaracha” y el “Corrido de Cananea”, incluido (entre otras manifestaciones de literatura popular), en la revista Bandera de Provincias*.

El corrido y muchas canciones expresan, pues, de un modo sencillo, temas afines a los que trata la literatura culta, como la Narrativa de la Revolución*, la Literatura de contenido social*, la Narrativa cristera* e incluso la Literatura del petróleo*. Más reciente es el “Corrido de la popular Tita”, recogido por Elena Poniatowska en La noche de Tlatelolco (Literatura del 68*).

En cuanto al teatro folklórico, el llamado “Género chico”, de impulso popular, colorido y sabor local, se desarrolla desde finales del siglo XIX y principios del XX con un propósito nacionalista. Encontramos los sainetes líricos y las zarzuelas mexicanas. Una de las obras más representativas de este género fue En la hacienda, de Federico Carlos Kegel, con música de Roberto Contreras. Estrenada en 1907, tuvo un éxito extraordinario y fue la primera obra mexicana de teatro de la que se hizo una versión cinematográfica, en 1921. Trata sobre las injusticias del amo contra el peón. En el “Género de la revista” el tema político fue muy importante. Así, México Nuevo (1909), de Carlos M. Ortega y Carlos Fernández Benedicto, contiene alusiones satíricas sobre la designación de vicepresidente de la República. Dice Antonio Magaña Esquivel que en aquella pléyade de autores de sainetes líricos y zarzuelas breves no figuran intelectuales de tipo académico sino periodistas de índole popular, que se permitían burlas y sátiras en torno a la actualidad. A partir de 1910 aparecen muchas obras que corresponde a lo que podría llamarse la etapa anecdótica y pintoresca de la Revolución. Entre estas últimas obras, se encuentra El tenorio maderista, de Luis G. Andrade y Leandro Blanco, y El surco, de José F. Elizondo y José Rafael Rubio. De la misma época es el Teatro regional yucateco, que emplea el habla de Yucatán, con términos de origen maya. La serie de obras que se representaron no sólo incluyen tradiciones, esquemas populares y costumbristas, sino también llega a haber protesta social. En 1907 se representa la zarzuela Rebelión, de Lorenzo Rosado Domínguez. La censura porfirista castigó al compositor y al autor, quien tuvo que huir precipitadamente.

Después de la Revolución, en 1921 y en la ciudad de México, Rafael M. Saavedra inauguró y dirigió, con el patrocinio del Estado, el Teatro regional. Pero la compañía que aspiró a un mayor relieve y calidad fue fundada en 1924 por Luis Quintanilla: el Teatro del Murciélago, cuyo afán fue el mismo que el del Teatro regional: acomodar en escena los materiales típicos, el color popular, costumbres, tradiciones y, en general, la riqueza folklórica de México. Fue así como los habitantes de la ciudad de México conocieron la danza humorística de Michoacán conocida como El juego de los viejitos; La danza de los moros, fiesta indígena, y La ofrenda, ceremonia dedicada a los muertos, pero también las obras con tema urbano, como Fifis, cuadro costumbrista y satírico de la capital; Aparador y camiones, etc. En 1926, el Teatro del Murciélago realizó otras representaciones donde se ofrecieron obras como La Xtabay, escenificación de una leyenda maya; La Tona, diálogo de origen oaxaqueño; Casamiento de indios, etc. En esta ocasión, participaron autores como Ermilo Abreu Gómez, Guillermo Castillo y Fernando Ramírez de Aguilar. Con el tiempo, los materiales se agotarían y el grupo decaería. En 1929, la Secretaría de Educación Pública (SEP)* fundó el Teatro del Periquillo, cuyas intenciones principales fueron pedagógicas, pero que aprovechó muchos elementos populares. Otro género dramático popular es la pastorela, originaria de Italia, que cobra auge con los franciscanos. Llegó a la Nueva España, donde tuvo un desarrollo muy particular. En el siglo xx se siguen representando.

El cuento popular, generalmente con moraleja, ha sido uno de los géneros predilectos. El narrador suele tomar elementos de todo lo que ha escuchado para cautivar a sus oyentes. El pueblo es el creador y por ello cada cuento puede tener variantes más o menos considerables.

La anécdota es un género muy relacionado con el cuento. En 1935, Carlos Filipo publica un libro de contenido humorístico y popular: El libro de las anécdotas. Entre las recopilaciones de cuentos y anécdotas más importantes por su seriedad, se encuentra la de Pablo González Casanova, Cuentos indígenas, publicada en 1946. Diez años después, B. Traven saca a la luz su Canasta de cuentos mexicanos. Algunos argumentos proceden directamente de la tradición indígena; otros fueron traídos por los conquistadores y adaptados por los indígenas al medio mexicano. Algunos cuentos que han pasado por tradición oral fueron publicados por Angelina Saldaña en Tejocote; cuentos de la sierra mexicana (1971).

Las leyendas sobre calles o barrios son también manifestación importante de la literatura popular y han tenido sus estudiosos, como Juan de Dios Peza, con su libro Leyendas históricas, tradicionales y fantásticas de las calles de México (1898), Luis González Obregón, con Las calles de México (1922), o Gustavo A. Rodríguez, quien publica una serie de “Leyendas de las calles de Xalapa” durante varios años en la revista Xalapa*. Artemio de Valle-Arizpe publica en 1959 Historias, tradiciones y leyendas de las calles de México. Del mismo autor son también los libros Leyendas mexicanas (1943) y Personajes de historia y de leyenda (1952).

En su prólogo de 1908 al libro Romances, tradiciones y leyendas guanajuatenses (1910), de Agustín Lanuza, Juan de Dios Peza define la leyenda como “Una relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos”. En el mismo texto, el poeta aplaude a los escritores que se consagran a popularizar nuestras tradiciones y ataca duramente al Modernismo*, argumentado que “asesina” el sentimiento y sólo deja vivo el rebuscamiento de la frase.

En cuanto a la tradición, Luis Rublúo, en su libro Tradiciones y leyendas hidalguenses (1986), la define como un género narrativo cuyas fuentes son la realidad histórica, social y popular, sin la necesaria y rigurosa comprobación documental de los hechos. Entre los temas más recurrentes en las tradiciones y leyendas se encuentran los seres sobrenaturales, alguna aparición del diablo, el tema de las brujas y la veneración oculta de algún santo, virgen o de alguna representación de Cristo. Al respecto, Mario Colín Sánchez publica en 1981 Retablos del Señor del Huerto que se venera en Atlacomulco.

Entre los tradicionistas mexicanos más importantes cabe mencionar a Valentín Frías, quien publica su libro Leyendas y tradiciones queretanas en 1900. Frías fue un gran conocedor del Estado de Querétaro y recopiló en varios tomos su literatura popular. Sobre este libro, dice Francisco Monterde que hay semblanzas de tipos que han muerto ya , como el sereno; el vendedor de tamales, con su pregón en verso; el señor Maestro, el demandante, el cilindrero, etc.



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