Narrativa cristera



El origen de la literatura cristera es el conflicto y la persecución religiosa impuesta por el presidente Plutarco Elías Calles a mediados y finales de los años veinte, por lo que, en general, ha adquirido más valor documental que artístico, aunque en algunos casos el valor documental se ve disminuido por la pasión del autor.

Gran parte de las obras sobre este tema fue escrita por autores que apoyaban la causa de los cristeros. Por ello, su ideología es católica y en ocasiones se vincula con una narrativa de corte contrarrevolucionario. Algunos textos se consideran también costumbristas y en su conjunto aparecen como una derivación de la narrativa de la Revolución.

Los principales exponentes de esta tendencia son Jorge Gram, Fernando Robles, Claudio Álvarez, Jesús Goytortúa Santos, Carlos María de Heredia, Luis Rivero del Val, Jaime Randd, Severo García y, dentro del ala anticristera, José Guadalupe de Anda.

El primer autor cristero en sentido estricto es Jorge Gram, seudónimo del sacerdote David G. Ramírez, quien escribió una serie de novelas en defensa de esta causa. La primera llamada Héctor (San Antonio, Texas, 1930), es considerada por muchos críticos como una obra claramente contrarrevolucionaria. El autor llega a alterar hechos históricos para favorecer al movimiento. Luego siguieron La guerra sintética (1935), Jahel (1935), donde ataca a todo aquél que se oponga a la iglesia, La trinchera sagrada (1948) y Rebelde (1955).

Una postura ideológica semejante tuvo “Spectator”, seudónimo de Enrique de J. Ochoa, testigo presencial de los hechos, capellán militar y autor de Los cristeros del volcán de Colima; escenas de la lucha por la libertad religiosa en México, de 1926 a 1927, cuya primera edición fue una traducción al italiano en 1933.

Fernando Robles habla del movimiento cristero y de la persecución religiosa en dos novelas. Ambas fueron publicadas en Buenos Aires, durante el exilio del autor. La primera es La virgen de los cristeros (1934), donde denuncia el abuso de quienes usan la bandera de la Revolución para atacar a los católicos. La segunda, El santo que asesinó (1936), es una biografía novelada de José León Toral, quien, bajo el disfraz de un retratista, asesinó a Álvaro Obregón en el restaurante La bombilla, de San Ángel en 1928. En 1957, se publicaron las memorias de María Concepción Acevedo y de la Llata, conocida como la madre Conchita, mujer inocente a quien León Toral, sometido a toda clase de torturas, delató como partícipe del plan.

Una novela sobre los problemas y la persecución religiosa en Veracruz después de los arreglos de los cristeros en 1929 es Tirano y víctimas (1938), firmada por Claudio Álvarez, nombre que, según algunos, es un seudónimo. En ese mismo año se publica ¡Ay Jalisco… no te rajes! o la guerra santa, del jalisciense Aurelio Robles Castillo, obra que, por describir sobre todo problemas sociales y políticos, se considera también como manifestación de literatura de contenido social.

Jesús Goytortúa Santos no tuvo conexión directa con los cristeros. Ganó el Premio Lanz Duret en 1944 con Pensativa, novela cristera (1945), obra que compuso basándose en los relatos de sus amigos que sí estuvieron en la lucha. Lo mismo hizo Alberto Quiroz, de Guanajuato, en su novela Cristo Rey o la persecución (Mérida, 1952).

El sacerdote Carlos María de Heredia fue autor de una novela retrospectiva sobre los cristeros, En el rancho de San Antoñito (1947). Allí enaltece a quienes dieron su sangre por Cristo Rey. En la portada del libro, reza el subtítulo: “novela cinematográfica de costumbres mexicanas”. Un autor jalisciense conocido como Jaime Randd, seudónimo del Dr. Jesús Medina Ascensio, publica durante ese mismo año, en Michoacán, su obra más renombrada, la novela Alma mejicana. También dio a la luz algunos cuentos con la misma temática: “Camino perdido”, publicado en Ábside, en 1959, y “El indio que no supo callar”.

Miembro de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, Luis Rivero del Val escribió la novela Entre las patas de los caballos, diario de un cristero (1953), que trata sobre la Asociación Católica y la persecución religiosa. Su autor perteneció también al grupo Daniel O’Connell (uno de los más activos en la lucha por la libertad religiosa).

De Nayarit es Francisco López Manjarrés, que narra la historia de un muchacho que se une a los cristeros y resulta muerto en una batalla: Pancho Villanueva, el cristero (1956). Un año después, el tabasqueño Severo García, de familia campesina indígena, da a conocer El indio Gabriel, sobre un joven propagandista del Apostolado de la Oración y su asesinato en 1930. Esta obra es también manifestación de la narrativa indigenista. Su título original era: Apuntes sobre la persecución religiosa en todo el municipio de Macuspana y muy particularmente en el pueblo de San Carlos. El título de El indio Gabriel le fue dado por la Editorial Jus al publicarla en 1957. También es digna de mención la novela Las brígidas de Montegrande o los cristeros de Colima, por J. Jesús Figueroa Torres.

Quizá la obra más conocida sobre el movimiento cristero sea la novela Los cristeros, la guerra santa en los Altos (1937). Su autor, José Guadalupe de Anda, originario de los Altos de Jalisco, fue diputado y senador de la época de Calles y su posición era contraria a la lucha cristera. Los bragados (1942) es la continuación de Los cristeros y persiste en sus ataques al clero.

Entre las obras sobre este tema, cabe mencionar también Federico Reyes, el cristero (1941), de Rafael Bernal, escrita en verso libre: Por Dios y para la patria; memoria personal del periodo de persecución religiosa en México, bajo el gobierno del general Plutarco Elías Calles (1945), de Heriberto Navarrete; Capítulos sueltos o apuntes sobre la persecución religiosa en Aguas Calientes (1955), del canónigo Felipe Morones, y Memorias de Jesús Degollado Guízar, último general en jefe del ejército Cristero (1957).

Durante los años sesenta surgen otras manifestaciones de esta tendencia; por ejemplo: Antonio Estrada, con Rescoldo. Los últimos cristeros (1961) y Heriberto Navarrete, con El voto de Chema Rodríguez; relato de ambiente cristero (1964). Sin ser novela cristera, Los recuerdos del porvenir (1963), de Elena Garro, toca también el tema. En 1970, Alicia O. DE Bonfil publica una recolección de canciones, corridos e himnos del movimiento cristero: La literatura cristera. En 1990, Ezequiel Mendoza Barragán saca a la luz Testimonio cristero; memorias del autor, presentado por el historiador y ensayista Jean Meyer.

Uno de los últimos libros sobre el tema, la Antología del cuento cristero, por Jean Meyer, se publicó en Guadalajara en 1993. Su autor, de origen francés, compuso uno de los mejores ensayos sobre los cristeros: La Cristiada (tres tomos, 1973-1975) y Coraje cristero (1981). Por último, cabe mencionar un dato curioso: el primero de enero de 1928, los ideólogos cristeros promulgaron una Constitución Política de la República Mexicana cuyo objeto era sustituir a la Constitución de 1917. Consta de 242 artículos. Vicente Lombardo Toledano la publicó integra y comentada en 1963, bajo el título de La constitución de los cristeros.



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Anda, José Guadalupe de
Bernal, Rafael
Estrada M., Antonio
Figueroa Torres, J. Jesús
Garro, Elena
Goytortúa Santos, Jesús
Gram, Jorge
Quirozz, Alberto
Randd, Jaime
Rivero del Val, Luis
Robles, Fernando
Robles Castillo, Aurelio
Estética
Narrativa cristera
Periodo de actividad
aproximado:
1930

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