Enciclopedia de la Literatura en México

La suave Patria

mostrar Introducción

El último y más extenso poema de Ramón López Velarde es “La suave Patria”, considerado un hito dentro de la historia de la poesía mexicana. Desde su publicación en 1921 ha figurado entre las obras que han recibido más atención de la crítica, reflejada en una bibliografía de decenas de títulos de libros, estudios, investigaciones, ensayos y artículos. En paralelo, se ha convertido en una de las más populares entre los lectores, como lo indica la cantidad de sus ediciones y su presencia obligada en las antologías. Significativa en su momento y circunstancia histórica, ha conservado en el curso de las generaciones su fuerza emblemática y el enigma de sus muchas lecturas posibles, que contradicen su naturalidad y su sencillez aparentes.

Valorado como uno de los poemas que cierran el modernismo y a la vez inauguran la poesía contemporánea en México, “La suave Patria” responde a un momento crucial en la conformación de la cultura mexicana moderna, el de la transición de la etapa armada de la Revolución a su etapa constructiva y de renovación social y política. Aunque en distintas ocasiones se le quiso ver como reflejo de la ideología de ese momento y como expresión de uno de sus puntales, el nacionalismo, el poema distó mucho de ceñirse estrictamente a semejantes ideas e ideales y sostuvo un tenso contrapunto con el programa estético adoptado por la Revolución.

“La suave Patria” es un poema que se aleja del realismo y el didactismo revolucionarios, aunque en la superficie admita ver una pintura colorista, afectiva y emotiva del país y ofrezca un mensaje elemental, de tinte admonitorio y doctrinario. Más allá de ese revestimiento, López Velarde se propuso captar el ser íntimo de la patria, su existencia subjetiva, su “ánima” profunda. Lo consiguió en estrofas y versos, en pequeños cuadros y estampas, que cifran sus realidades y expresan sus rasgos distintivos, proponiendo a los mexicanos la fórmula de una “nueva Patria”. La riqueza y la profundidad de esa fórmula se revelan en la labor que la crítica ha dedicado desde entonces a descifrarla.

mostrar Un canto para el centenario de la Patria

El poema lleva al final la fecha “24/Abril/1921”. López Velarde lo entregó para su publicación en el tercer número de la revista El Maestro, fechado a su vez el 1° de junio de 1921, pero aparecido hasta fines de ese mes. El autor no llegó a verlo publicado, pues falleció el 19 de junio y sólo pudo revisar las pruebas de imprenta. El Maestro. Revista de Cultura Nacional, creada por el rector de la Universidad de México José Vasconcelos, imprimía entre 60,000 y 75,000 ejemplares destinados a apoyar la labor educativa en escuelas, bibliotecas, centros laborales y hogares de todo el país. Este hecho se tradujo en una amplia difusión del poema desde un principio, no sólo en México sino también en el extranjero, porque uno de los afanes de la publicación fue, al decir de Vasconcelos, llevar “la fama de un México culto a todos los pueblos civilizados”.

El Maestro surgió en medio de los preparativos de la celebración del primer centenario de la consumación de la Independencia de México, efeméride a la que dedicaría la revista su número doble de agosto-septiembre de ese 1921. La publicación era parte del movimiento nacional y la gran campaña educativa que, con Vasconcelos al frente, estaba convocando al país a la reconstrucción tras la contienda revolucionaria y a su renovación moral y cultural. Este llamado asignaba a los intelectuales y artistas la tarea de contribuir con su obra al redescubrimiento de la esencia, la identidad y los valores genuinos de México, y a participar en la acción social y en la misión de educar al pueblo. Semejante espíritu de revaloración del pasado, acción en el presente y visión del futuro se veía acentuado por la conmemoración obligada del primer siglo de vida independiente del país.

Ramón López Velarde se sumó a la mayoría de artistas que respondieron al llamado vasconcelista. Aceptó el empleo que Vasconcelos le ofreció de redactor de El Maestro, con la libertad de escribir sobre lo que quisiera. Ya en el primer número de El Maestro, de abril de ese año, había publicado la prosa breve “Novedad de la Patria”, un texto que parece escrito para adherirse sin reservas a los postulados y exhortos de Vasconcelos. Ahí el poeta habla de una “nueva Patria” por descubrir. Era necesario sacudirse el fastidio y la indiferencia para escuchar su voz; eran necesarios la sinceridad y el entusiasmo para interrogar su enigma. Este “regreso a la nacionalidad” mostraría el rostro de México que, en afanes de boato y engañosa ostentación, había ocultado la paz porfiriana y al que vuelve ahora “el país [que] se renueva ante los estragos” de la Revolución. Estos últimos orillan, dice López Velarde, a “concebir una Patria menos externa, más modesta y probablemente más preciosa [...] una Patria no histórica ni política, sino íntima [...] Individual, sensual, resignada, llena de gestos, inmune a la afrenta, así la cubran de sal”. Declara: “[...] nuestro concepto de la Patria es hoy hacia adentro”, y propone: “Un gran artista o un gran pensador podrían dar la fórmula de esta nueva Patria”.[1]

Dos meses después, “La suave Patria” será un intento de encontrar esta nueva fórmula de la nacionalidad. El programa estético dibujado en “Novedad de la Patria” se concretaba en “La suave Patria”. La teoría estética se materializaba en la obra de arte; la poética, en el poema. Al menos así fue para el lector, de acuerdo con el orden de publicación de los textos, pues no hay certeza sobre la cronología de la escritura del poema y, en particular, sobre el momento en que López Velarde lo concibió y el tiempo que le llevó componerlo. Lo único cierto es que su aparición en ese momento preciso, la víspera de la celebración de la independencia nacional, que coincidía con la conmemoración del cuarto centenario de la caída de México-Tenochtitlan (1521), también presente en el poema, le dio un carácter de poesía de circunstancias, pero destinada a trascender su coyuntura y a revestirse de un significado intemporal.

En 1932 “La suave Patria” fue incluido, como pieza final, en el poemario póstumo El son del corazón, con textos introductorios de Djed Bórquez y Genaro Fernández Mac Gregor y epílogo de Rafael Cuevas.

mostrar Sentidos de un título

A pesar de su notable sencillez, el sentido del título de “La suave Patria” ha sido ampliamente discutido, interpretado y criticado. Las confusiones han sido parte de esa conversación, comenzando con las variantes que se le han dado. Ha sido citado con el artículo determinado “la” y sin él: “La suave Patria” o simplemente “Suave Patria”. En el uso de mayúsculas y minúsculas se ha echado mano de todas las posibilidades: “La suave Patria”, “La Suave Patria”, “La suave patria”. Variantes que no resultan inocuas, porque matizan o modifican el significado. Ciertos críticos autorizados, como Francisco Monterde, se han pronunciado por “La suave Patria”, que denota la individualidad de esa Patria, ésta, la mexicana, no una patria genérica; que personifica alegóricamente a esta Patria mujer, mediante la mayúscula; y que sitúa, con la minúscula, la función meramente calificadora, ancilar, del adjetivo “suave”.

La noción de la Patria suave, referida a la tierra mexicana, parece estar en relación armónica con las otras que destacaba el poeta en “Novedad de la Patria”: modesta, preciosa, íntima, sensual, resignada... Pero el adjetivo sintetiza también la extensa paleta de matices con que se muestra la Patria a lo largo del poema. Y sobre todo con los matices de su alegorización femenina. La Patria mujer del poema reúne la dualidad de la madre y la amada, de la mujer que da la vida y de la mujer que encarna la belleza que deslumbra y enciende los sentidos. Como opina José Emilio Pacheco: “La Patria es una matria: todas sus imágenes son femeninas, es presentada como tierra cálida, protectora, dulce y generosa. El adjetivo ‘suave’ sólo es aplicable a una figura femenina y también maternal. [...] Para él [López Velarde] la Patria es su provincia, la provincia es la tierra y la tierra la mujer amada. La amada y la matria tienen mucho de la madre”.[2] Y también: “La relación con la Patria es más erótica que filial. López Velarde le habla como si ella fuera una muchacha que tiene ‘mirada de mestiza’, capaz de poner ‘la inmensidad sobre los corazones’, cabello rubio (el maíz que nos alimenta y a la vez torna en desierto la tierra que lo nutre)”.[3]

A esto ha añadido Alfonso García Morales: “La concepción de la Patria como mujer, como cierto tipo de mujer, es en realidad la clave del poema: justifica realmente el título, nos orienta sobre buena parte de sus imágenes y explica, en fin, su sentido general”. Observación a la que añade la nota:

Con todo, hay que señalar que el título, que algunos han encontrado poco justificado, puede estar inspirado en una frase de Enrique Farnesio que el humanista novohispano Carlos de Sigüenza y Góngora incluyó en los preludios de su Teatro de virtudes políticas que constituyen a un príncipe (1680): “Es pues la patria una cosa saludable, su nombre es suave, y nadie se preocupa de ella porque sea preclara y grande, sino porque es la patria” (Seis obras, Caracas, Ayacucho, 1984, p. 174). Ignoro en este momento si alguien ha señalado antes esta posible fuente, que debo a la amable sugerencia de mi colega Carmen de Mora Valcárcel.[4]

El título del poema, por otro lado, corresponde directamente al apóstrofe que el poeta utiliza a todo lo largo de la composición –salvo en el intermedio, en que cambia– para hablar a la Patria. Ese apóstrofe está construido, a la vez, como epíteto: suave Patria, Patria suave. López Velarde lo emplea ocho veces, alternándolo con Patria mía y simplemente Patria. Así el apóstrofe del texto se transforma, mediante un paso lógico, en el enunciado objetivo del título.

mostrar Composición: armonía y simetría

El poema está compuesto por 153 versos endecasílabos distribuidos en 33 estrofas. Versos y estrofas se reparten en cuatro secciones: Proemio, Primer Acto, Intermedio y Segundo Acto. El Proemio consta de 18 versos y 4 estrofas; el Primer Acto, de 56 versos y 12 estrofas; el Intermedio, de 20 versos y 4 estrofas; y el Segundo Acto, de 59 versos y 13 estrofas. Es decir, los principios constructivos son el equilibrio y la simetría, aplicados con rigor cercano a la exactitud. Las dos secciones breves (el Proemio y el Intermedio), por una parte, y los dos Actos, por otra, tienen casi el mismo número de versos y estrofas (y en consecuencia de palabras). En las cuatro partes, a su vez, pueden distinguirse dos: una, el Proemio y el Primer Acto, y otra, el Intermedio y el Segundo Acto, en una secuencia rítmica de lectura de secciones breve/larga, breve/larga, bajo el principio simétrico de los dos actos y el efecto de espejo entre uno y otro (obra dividida en dos partes iguales).

La crítica habitualmente destaca la obvia estructura dramática del poema, que no denomina a sus partes largas como cantos sino como actos, a semejanza de una obra teatral. El símil puede aplicarse también a otra forma del arte escénico, la ópera, no sólo por la estructura, sino por la declarada identificación de su punto de vista y su contenido con la música, como agudamente lo advirtió Octavio Paz. En cuanto a la estructura, es más propio de la ópera que del teatro la existencia de un intermedio; y si bien el proemio alude con su nombre al prólogo de un escrito, aquí funciona también como obertura, introduciendo los motivos principales de la obra (la Patria “impecable y diamantina”) y anticipando su “tonalidad”. Ahí el poeta identifica su canto con gestos musicales: interpretará una partitura; su voz será como la del “tenor que imita la gutural modulación del bajo”; aplicará la sordina; envolverá a la Patria con “la más honda música de la selva”. Es tópico de la poesía referirse al poeta como cantor y al poema como canto, pero “La suave Patria” trasciende el tópico y profundiza su intencionalidad musical tanto en la estructura como en el tono y la sonoridad de su materia verbal. “Espectáculo para la vista y el oído –escribió Paz–, ‘La suave Patria’ se parece, más que a la pintura mural, a la música de Silvestre Revueltas”.[5]

En sus variadas combinaciones estróficas el poema no presenta, por otra parte, una estructura regular. Alterna estrofas de 8, 7, 6, 5, 4, 3 y 2 versos sin un patrón fijo. La última estrofa del Primer Acto llega incluso a 14 versos, si bien algunas ediciones la dividen en dos: un octeto y un sexteto. Los tercetos (6) y los pareados (5) son todos monorrimos. El poeta Víctor Manuel Mendiola ha observado que:

En cuanto al ritmo, siempre utiliza el verso endecasílabo en sus tres variaciones fundamentales: melódica, con los acentos en [las sílabas] 6 y 10; sáfica, con los acentos en 4, 8 y 10; y, la más rara acentuación, dactílica, con los acentos en 4, 7 y 10. [...] Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares dijeron alguna vez que recordaban el poema como si estuviera escrito en silva y que esto ‘es una extraordinaria prueba de la variedad lograda por López Velarde con los endecasílabos’. Asimismo, Carmen de la Fuente estimó que esta pieza también podría verse como una sucesión de haikus, sobre todo en los versos pareados. En este sentido, nosotros podríamos decir que el texto contiene un gran número de poemas en segundos, es decir, versos que podrían ser en sí mismos un poema total.[6]

Con su mezcla de equilibrio y simetría en su estructura externa, y de variación y plasticidad en la conformación interna de cada una sus secciones, “La suave Patria” consigue un efecto de flujo musical y cristalino, sonoro y visual, rico en alternancias de timbre y tono, de imágenes tenues y deslumbrantes, de sentidos claros y enigmáticos.

mostrar El “argumento”

La estructura dramática del poema sugiere la idea de acción, pero no consiste en una composición escénica ni narrativa propiamente dicha, y apenas si cuenta con personajes, aparte de la Patria alegorizada bajo sus diversas encarnaciones (niña, muchacha, madre, novia, esposa, amante), el propio poeta y la figura de Cuauhtémoc (el Niño Dios, el diablo, César, la Malinche, la emperatriz de Cuauhtémoc o San Felipe de Jesús son sólo menciones). Sin embargo, en sus distintas partes, como en todo poema, hay un acontecer de imágenes, un flujo de descripciones que puede sintetizarse así:

Proemio (versos 1-18). El poeta toma la palabra y anuncia lo que va a hacer. Dejará por un momento su modo habitual de hacer poesía –poesía lírica, personal, subjetiva, intimista– para intentar una poesía épica –la epopeya, el canto civil. Pero esa épica será en sordina, de intensidad y volumen disminuidos. El objeto del canto será la Patria, a la que se dirige pidiéndole que acepte esa música.

Primer Acto (vv. 19-74). El poeta describe las cualidades y riquezas de la Patria: maíz, minas, cielo, establos, petróleo. También sus contrastes: la capital impura y la provincia ingenua, la mutilación del territorio y la grandeza de lo que resta, la inocencia de las costumbres y el vicio. Alaba sus olores y sabores: panadería, compotas, ajonjolí. Y exalta la bendición de sus lluvias: el trueno del temporal, que hace girar la vida y los destinos.

Intermedio. Cuauhtémoc (75-94). Ahora el poeta se dirige a Cuauhtémoc, “joven abuelo” y “único héroe a la altura del arte”. Ante él se inclina la civilización de su vencedor, que lamenta y enaltece su sacrificio. Su efigie nos llega en una moneda, símbolo de ese heroísmo: su captura, el hundimiento de Tenochtitlan, la pérdida de su mundo.

Segundo Acto (95-153). El poeta vuelve a su alocución a la Patria. Le dice que su valor está en las virtudes de sus mujeres y que por esas virtudes la ama: la magia, la recatada sensualidad, el pudor, la belleza. La Patria, pese a su riqueza natural, es humilde, pobre, aunque pródiga para sus hijos: aun en el hambre y en la guerra, florecerá. Pero ahora buscan cambiarla, hacer morir su “ánima” y “estilo”. El poeta le pide entonces que no cambie, que se mantenga igual, fiel a su “espejo diario” y al modelo de su espiritualidad, de su dicha y paz: la madre de Dios. Y también a los valores que simboliza su bandera, su ser republicano, y a las esencias de su campo.

“La suave Patria” es un poema sobre un presente de México en el que se proyecta sutilmente –en sordina– su historia. Ese México de 1921 es varios Méxicos, pero el poeta se pronunciará por uno. Ya desde la primera parte, esos Méxicos se confrontan entre sí: el México rural de las planicies de maíz y la ganadería con el incipiente México industrial, cuyo emblema es la explotación petrolera; la gran Capital, de ritmo vertiginoso y vida disipada, y la provincia, de tiempo pausado y costumbres recatadas; la sociedad que anda al paso arcaico de la carretela y la que viaja a la velocidad del ferrocarril. Al México que nace a la industrialización se sobrepone aun el de la miseria y la honrosa pobreza de sus oficios y tradiciones. El territorio es inmenso, pero el poeta no olvida su mutilación, aludiendo al despojo de la guerra de 1846-1848 contra los Estados Unidos.

En el Intermedio, el poema se centra en otra pérdida histórica, la que significó la caída de México-Tenochtitlan en 1521. Cuauhtémoc, el último emperador mexica, aparece como el abuelo, padre de la Patria, que es la madre de los mexicanos, nietos por ello del héroe. Desde su presente, en el que ese acontecimiento es cotidianamente evocado por las monedas que cada mexicano porta, el poeta viaja cuatrocientos años atrás para recordarnos que ese pasado distante es también el hoy de la Patria. Ya en la primera parte el poeta, al celebrar los bienes de la tierra, tomaba partido por los que producía el campo frente a los extraídos para fomentar la industria: “El Niño Dios te escrituró un establo/ y los veneros del petróleo el diablo”, dice en un pareado que se cita siempre. Bendición y maldición, la de la forma de vida tradicional y la del desarrollo moderno. Pero en la segunda parte, esta preferencia se declara y se eleva a exhortación. Hay una verdad de la Patria y esa verdad sólo puede estar en sus raíces y costumbres. Una Patria que deseamos inmutable porque es protectora, generosa y hospitalaria, desde la infancia a la tumba, en el verano y en el invierno. Por eso el poeta le dice: no cambies, no te seduzcan los engaños de los tiempos nuevos, permanece igual, como la Virgen María. En la referencia al “hambre y el obús” se suele ver una alusión a la Revolución recién transcurrida, así como en la “trigarante faja” sobre el pecho de la Patria, en los últimos versos, la enseña con que simbolizó el país la consumación de su Independencia en 1821.

mostrar Lecturas e interpretaciones

“La suave Patria” es uno de los poemas más estudiados dentro de la historia de la poesía mexicana. Se le han dedicado incontables comentarios, glosas, exégesis, interpretaciones y valoraciones. De Ramón López Velarde ha dicho José Emilio Pacheco: “Es un poeta de tal complejidad que necesitaría de una exégesis verso a verso como la que se ha hecho con Luis de Góngora. López Velarde presenta una pluralidad de alusiones, reticencias, elipsis, sobrentendidos y significados subtextuales como no hay en ninguno de sus antecesores mexicanos”.[7] Aunque “La suave Patria” se aparta en varios sentidos del resto de la poesía velardeana, como el propio poema expresa, estas palabras se aplican con exactitud a su escritura, a juzgar por las múltiples maneras en que ha sido leído por los escritores, los historiadores y críticos de la literatura.

Entre las diversas interpretaciones y lecturas que se han hecho de “La suave Patria” destacan cinco tipos: las biográficas, las estilísticas y retóricas, las críticas o estéticas, las contextuales y las ideológicas o políticas. Estos enfoques han aparecido comúnmente entremezclados en un mismo comentario, aunque con predominio de uno de ellos.

La lectura biográfica de “La suave Patria” ha utilizado hechos y datos de la vida del poeta para explicar el significado de pasajes, alusiones y versos y del poema en su conjunto. En sus Glosas a La suave Patria, Eugenio del Hoyo busca el sentido de muchos versos en las experiencias de infancia y adolescencia del poeta en su Jerez natal y en sus primeras observaciones de la realidad y la naturaleza en aquella provincia. Alfonso García Morales reconstruye la situación crítica que López Velarde vivió en 1920 a la caída del gobierno de Venustiano Carranza y el ascenso al poder de Álvaro Obregón; como integrante del primero, el poeta cayó en la depresión y la automarginación y sólo la cruzada cultural iniciada por Obregón y Vasconcelos le abrió nuevas perspectivas de participación. “La suave Patria” se explica como un gesto de colaborar con las nuevas publicaciones culturales y su llamado a dar a la cultura un propósito y un sentido nuevos bajo el proyecto de la Revolución.

La lectura estilística o retórica se ha detenido en el despliegue de recursos propiamente literarios del poema –repertorio de imágenes, metáforas, estructura, métrica, rimas, combinaciones estróficas– como sustrato esencial de sus significados y de sus calidades estéticas. Gran parte del análisis del poema por Martha L. Canfield, uno de los más detallados que se han hecho, se basa en el estudio de sus figuras retóricas y sus efectos semánticos.

La lectura crítica, histórica y estética enfatiza las influencias, las citas veladas a obras literarias, los préstamos y los diálogos visibles con la tradición literaria dentro del poema. Mediante procedimientos comparativos, se pone a López Velarde en relación con otros autores, y a partir de sus contribuciones y hallazgos poéticos en esta obra, se le sitúa en la historia literaria. Esta clase de lectura apunta a la apreciación de conjunto, al todo del poema, para instaurar categorías estéticas que engloben su carácter y valor; suele consistir en un juicio general, en una definición o un concepto abarcador, por encima del detalle o del análisis puntilloso. Así, se ha concluido que “La suave Patria” es un poema “demasiado célebre... un magnífico ensayo de transición... hacia mayor popularidad” (Torres Bodet); composición de un “mexicanismo esencial” (Phillips); un “poema exterior” (Paz); un “poema provinciano esencial” (Carrión); un “despliegue de pirotecnia poética”, “festival de excesos, agrio y divertido” (Sheridan); o “un poema doblemente revolucionario” (Quirarte).

La lectura contextual pretende hacer de la explicación de los sobrentendidos del poema –realidades familiares en la época en que se escribió pero no después– la base para facilitar su comprensión y, a partir de ella, su plena valoración. Al respecto afirmaba Francisco Monterde: “Contemporáneos del autor, percibimos totalmente el mensaje; pero sus metáforas y reminiscencias ya intrigan a los extraños; mañana cada frase requerirá una exégesis [...]”. En este proceso, se han ido multiplicando los análisis que explican el contexto del poema, esas realidades que reclaman una información o una nota para ser cabalmente entendidas.

La lectura política e ideológica ha privilegiado el desmontaje del “pensamiento” del poema y la posición religiosa, moral y política del autor, al igual que su concepción de la historia de México. Se trata de determinar en favor o en contra de qué se pronuncia el texto. Así, se ha analizado el número de referencias a etapas o hechos específicos de la historia mexicana; a ritos, relatos y motivos de la religión católica; y a juicios sobre las transformaciones económicas, políticas y sociales de la realidad nacional. A contrapelo de la declaración de López Velarde sobre la esencia íntima, más que histórica o política, de la nueva imagen de la Patria revelada por la Revolución, esta clase de interpretaciones ha querido desentrañar la Patria histórica y política del poema. Se ha llamado la atención sobre los episodios históricos veladamente presentes en él: la Conquista, la Independencia, la guerra contra Estados Unidos y la Revolución. También, sobre los temores que expresa hacia la acelerada industrialización y la influencia anglosajona en el estilo de vida de México. En este plano, se discute el catolicismo de López Velarde, su postura reaccionaria de regreso a la tierra y defensa de las tradiciones, su nacionalismo en el rechazo a la extranjerización.

mostrar Modelos de una obra singular

En su modernidad y originalidad, se ha tendido a resaltar en “La suave Patria” todo aquello que la constituye en una obra singular y única. Pero no se ha dejado de lado el conjunto de rasgos que la inserta en una tradición de obras que ha tratado temas parecidos con medios similares a lo largo de los siglos. En esa tradición figuran obras tanto de la literatura universal como de la nacional. En primer lugar, la del latino Virgilio. Mucho se ha escrito sobre el profundo parentesco entre el inicio de la Eneida y el de “La suave Patria”; temáticamente, son naturales sus ecos de las Bucólicas y Geórgicas. El motivo del poeta que se propone dejar la lira amorosa para cantar hazañas épicas y hechos heroicos aparece en la primera oda de Anacreonte. Martha L. Canfield ha señalado la influencia de la obra del poeta provenzal Frédéric Mistral Mirèio, una epopeya en varios cantos que recurre a los modelos clásicos (Homero y Virgilio) y que presenta numerosas analogías con la familia de poemas velardeanos a la que pertenece “La suave Patria” y con este poema en particular.

En Hispanoamérica el poema de López Velarde encuentra un célebre ancestro en la Silva a la agricultura de la zona tórrida del venezolano Andrés Bello. Y también, en cuanto a su inicio, se suele señalar un paralelismo con “Yo soy aquél que ayer no más decía” de Rubén Darío. Francisco Monterde ha destacado la orientación que López Velarde halló en el argentino Leopoldo Lugones y sus Odas seculares y el “discreto precedente” del colombiano José Asunción Silva. Se habla también del Lugones de Crepúsculos del jardín y El libro de los paisajes y de Julio Herrera y Reissig en Los éxtasis de la montaña.

Dentro de la poesía encomiástica de México y lo mexicano deben mencionarse Grandeza mexicana de Bernardo de Balbuena; Rusticatio mexicana de Rafael Landívar; y poemas de José María Heredia como “En el teocalli de Cholula”. Aunque de carácter y tema muy distinto, “La Duquesa Job”, de Manuel Gutiérrez Nájera, incluye numerosos elementos que prefiguran a “La suave Patria”: la metáfora insólita, el sentido del humor, la audacia de las rimas, la imagen pictórica y descriptiva, la observación de México, la modernidad. José Emilio Pacheco ha dicho que “La Duquesa Job” es, de Gutiérrez Nájera, “su mejor poema y el primero realmente moderno escrito en México”.[8] Sería entonces uno de los que abren el modernismo en México, mientras que “La suave Patria”, para el propio Pacheco, es el que lo cierra.

mostrar El lugar del poema en la historia de la poesía mexicana

“La suave Patria” está considerado como uno de los más importantes, y en opinión de muchos de sus estudiosos, el más importante, poema de Ramón López Velarde, valorado, por su parte, como una figura clave en el surgimiento de la poesía moderna en México. Esto lo convierte en una de las obras más notables de la historia de la poesía mexicana.

José Luis Martínez considera que la obra de López Velarde “es el punto de partida de nuestra poesía contemporánea” y, aludiendo a “La suave Patria”, señala que él, como poeta, “concertó y cristalizó nuestro moderno sentido de la nacionalidad”:[9]

Escrito en ocasión del primer centenario de la consumación de nuestra Independencia, 1921, el mismo año de la muerte de su autor, “La suave Patria” es un poema que muestra la transmutación de la experiencia personal de López Velarde en sus últimas composiciones –retorno nostálgico, por desencanto del mundo, a la pureza provinciana– en una experiencia nacional. La doctrina de su mayor poema es la del retorno a los orígenes, que él nos presenta revestidos de todas las galas, femeninas y tradicionales, con que su imaginación sentía a México. Pero, al mismo tiempo es, técnicamente, la suma de las experiencias verbales de López Velarde en el resto de su obra, llevadas a un intento de mayor popularidad. Poema de transición, pues, entre su manera íntima y su manera “nacional” –que no llegó a realizarse– “La suave Patria” es un impuro canto lírico y un canto épico subjetivo y caprichoso. Por razones tan oscuras como la de nuestra adhesión a la “x” del nombre de México, es ya para muchos mexicanos una especie de segundo himno nacional lírico, intocable y ya tradicional.[10]

Allen W. Phillips ve al poema como uno de los momentos culminantes del movimiento cultural que a principios del siglo XX había conducido a México a una profunda introspección y al descubrimiento, o redescubrimiento, de su ser interior:

En resumen, “La suave Patria” es el tributo de Ramón López Velarde a la grandeza de su patria, exactamente en el momento de crisis en que México empezó a verse a sí mismo y a reconquistar su pasado para actualizarlo y encontrar así su nuevo sitio en el mundo moderno. El poema es espejo fiel de ese movimiento hacia dentro, hacia la intimidad, que se había iniciado años atrás y que se propagó a todas las esferas de la vida intelectual.[11]

La obra de López Velarde ha sido también situada en relación con la corriente poética dominante en su época, el modernismo. Francisco Monterde ve en López Velarde a un posmodernista; para él, el poema recoge “tendencias convergentes, dentro de la estela del modernismo”, como el retorno hacia lo autóctono y el origen para descubrir, paradójicamente, su “novedad” y actualidad. José Emilio Pacheco, en cambio, entiende a López Velarde como un modernista en sentido pleno, pero uno que tuvo un papel singular dentro del modernismo: “López Velarde cierra el modernismo mexicano. Al mismo tiempo que José Juan Tablada, lo convierte en modernidad, piedra de fundación de nuestra poesía contemporánea. [...] se parece más a los escritores del novecientos que a los vanguardistas de los veinte. [...] La amplitud de su visión y la actualidad de muchas imágenes le dan un sitio único en la galería de soledades que fue el modernismo”.[12] En “La suave Patria”, Pacheco encuentra un ejemplo de este tránsito del modernismo a la modernidad en las imágenes del Intermedio que describen la caída de los aztecas (“el sollozar de tus mitologías” y “los ídolos a nado”) y “que ya no pertenecen al modernismo, sino a la lírica contemporánea”.[13] A Pacheco le interesa corregir la visión de “La suave Patria” como un emblema de la poesía o la estética nacionalista que promovieron los gobiernos revolucionarios, y situar al poema dentro de la muy distinta estética del modernismo. Para él: “’La suave Patria” no inicia una tradición de poesía nacionalista: cierra con el brillo cegador de un sol poniente la gran aventura del modernismo. Ramón López Velarde se despoja de su experiencia para contemplarla bajo la luz intolerable de la melancolía: se despide de un México que fue suyo y que se borra y se pierde para siempre”.[14]

Ya antes Octavio Paz se había referido a la disidencia de López Velarde dentro del movimiento nacionalista impulsado por la Revolución: “[...] López Velarde se sitúa, sin proponérselo, en el antípoda de la pintura mural mexicana que, precisamente, se iniciaba en esos años. Así pues, por comodidad verbal o por apego a las clasificaciones históricas, se le puede llamar poeta de la Revolución –nunca poeta revolucionario. Su actitud, por otra parte, ha sido casi constantemente la de toda la poesía mexicana moderna”.[15] López Velarde planteaba la necesidad de una patria no histórica ni política sino íntima, contrapuesta a la asumida por el muralismo. José Gorostiza afirmaba ese mismo año (1963) justamente lo contrario: “En términos de poesía [López Velarde] había logrado lo que Clemente Orozco y  Diego Rivera [...] maduraron con el pincel”.[16] También para Carmen de la Fuente: “Se trata de un soberbio mural que se anticipa con una década al movimiento nacionalista; pero como en la pintura de Diego Rivera, la obra de conjunto no impide que el artista se solace en la gracia y fidelidad de los detalles”.[17]

Como toda obra de arte, “La suave Patria” resiste a las clasificaciones: es un poema modernista, o posmodernista, por sus vínculos y afinidades estéticas con una determinada corriente poética, pero es un poema moderno porque trasciende los rasgos y límites de ese movimiento y tiende puentes con la poesía que surgirá en las décadas sucesivas. Es también un poema popular, que exalta, recrea y representa la cultura del pueblo, y popular porque consiguió llegar al lector común como pocas obras de la literatura mexicana lo han hecho. Pero tales definiciones no agotan su sentido y poco describen su valor único, insustituible, dentro del repertorio de la poesía mexicana, en el que ocupa un lugar sólo comparable con el que han alcanzado poemas como Primero sueño, Muerte sin fin o Piedra de sol.

mostrar Bibliografía

Arreola, Juan José. Ramón López Velarde. Una lectura parcial. México, Fondo Editorial BANCEN, 1988.

Canfield, Martha L. La provincia inmutable. Estudios sobre la poesía de Ramón López Velarde. México, La Otra/Instituto Zacatecano de Cultura (Colección Clepsidra), 2015.

Carrión, Benjamín. “La patria en tono menor”, Calendario de RLV, 5 de mayo de 1971.

García Morales, Alfonso. “López Velarde 1921: La médula guadalupana de ‘La Suave Patria’”. Publicación electrónica: Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2011.

Hoyo, Eugenio del. Glosas a La suave Patria. México, Ediciones de la Diócesis de Zacatecas, 1988.

Le Corre, Hervé. “Ramón López Velarde: Visión y versión de la Patria”, en Poesía hispanoamericana posmodernista. Historia, teoría, prácticas. Madrid, Gredos, 2001, pp. 212-218.

López Velarde, Ramón. La suave Patria/The Soft Land. Ensayo introductorio, recopilación de notas y edición de Víctor Manuel Mendiola y traducción de Jennifer Clement. México, Ediciones de El Tucán de Virginia, 2013.

_________, Obra poética. Edición crítica coordinada por José Luis Martínez. Madrid, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México/ ALLCA XX (Colección Archivos 36), 1998.

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La aparición de La suave patria, en la revista El Maestro, estaba presidida por la inesperada muerte de Ramón López Velarde, el 19 de junio de 1921. Esta triste coincidencia aumentaba la nostalgia del escritor desaparecido, convertía al texto recién editado al final de ese mismo mes, en una obra póstuma —el autor tuvo en las manos las pruebas, pero no alcanzó a ver la revista impresa— y dejaba en el misterio cómo el poeta había logrado saltar de una poesía muchas veces oscura, hermética, intimista y supersticiosa a otra aparentemente mucho más simple, liviana, social y pletórica de animación. Era evidente que había algo nuevo, un giro distinto en esa escritura. El poema, como las otras composiciones líricas de López Velarde, avanzaba a través de zonas difíciles de entender, pasajes muy barrocos y expresiones inusitadas, pero estas cualidades sin dejar de producir el efecto de un mundo desconcertante, pasaban casi inadvertidas en el aire de una visión fina, generosa y ligera, bajo la forma de quien da un consejo grato, con una ingravidez de fe, felicidad y humor. ¿Qué significaba este cambio? ¿Un abandono de la poesía anterior? ¿La búsqueda de más lectores y de popularidad? ¿Una forma de ponerse en paz con las nuevas figuras de la política triunfante? ¿La alegría desmesurada para paliar una depresión honda? ¿Una digresión para volver después al estilo característico y aceptado entre lectores duchos y poetas de abolengo?

* Esta contraportada corresponde a la edición de 2013. La Enciclopedia de la literatura en México no se hace responsable de los contenidos y puntos de vista vertidos en ella.