Enciclopedia de la Literatura en México

Caro victrix

mostrar Introducción

El tema predominante de Caro victrix (1916), poemario publicado por la Imprenta de Ignacio Escalante, es el erotismo. Este libro es considerado por Xavier Villaurrutia, Carlos Montemayor y José Emilio Pacheco, entre otros, como el punto culminante de la obra de Efrén Rebolledo (1877-1929), dada la integración de la técnica y el asunto tratado. Su importancia dentro de la literatura mexicana es tal, que no hay antología de poesía erótica, hasta nuestros días, que no incluya al menos una de sus composiciones.

Francisco Monterde nos da noticia de que el buen cuidado y el preciosismo presentes en los versos eran análogos a la edición de los libros, pues eran “estuches adecuados a las joyas que guardan”.[1] “Posesión”, “El beso de Safo”, “Ante el ara”, “Tristán e Isolda”, “Salomé”, “El vampiro”, “La tentación de San Antonio”, “Leteo”, “En las tinieblas”, “Claro de luna”, “El Duque de Aumale” e “Insomnio”, son los títulos de los doce sonetos, en los que se trata, desde distintas perspectivas, el amor sexual. Algunos de los asuntos retratados con gran maestría en los endecasílabos que conforman los poemas son las relaciones lésbicas, el adulterio, la felación, el cunnilingus y la herejía.

mostrar De ferrocarriles y ambrosía

La época conocida como Porfiriato es en la que la figura de Porfirio Díaz, presidente de México, predominó a nivel político e histórico. Su autoridad, ganada con la participación en la Guerra de Reforma, se consolidó por más de 20 años en la presidencia. Durante su mandato creció la inversión extranjera, la administración de la violencia permitió una paz ficticia, el influjo francés dejó testimonios arquitectónicos en la ciudad de México, continuó la política de exterminio contra comunidades indígenas como la yaqui, y la pobreza se propagó al mismo ritmo que la red de ferrocarriles cubría distancias en el territorio nacional.

En 1888 Rubén Darío dio a conocer Azul en Valparaíso, cuya publicación fue tomada por mucho tiempo como el inicio del Modernismo en Hispanoamérica.[2] Diez años más tarde apareció en México el primer número de la Revista Moderna. Arte y ciencia (1898) como respuesta a la censura que la publicación de “Misa negra” en El País (1893), de José Juan Tablada, había sufrido por parte de Carmen Romero Rubio de Díaz. Alrededor de esta revista se agruparon escritores que desde hacía varios años ejercían el oficio con claras y distintas tendencias modernistas. Además de Tablada, cabe mencionar a Luis G. Urbina, Amado Nervo, Ramón López Velarde, Salvador Díaz Mirón, Jesús E. Valenzuela y al propio Rebolledo

De acuerdo con José Emilio Pacheco, el Modernismo mexicano se funda en el Romanticismo, caracterizado por “la rebeldía, la sinceridad, el subjetivismo apasionado, la elocuencia quejumbrosa, la improvisación”[3] y el academicismo, cuyos rasgos son “el cuidado formal, la presencia constante de la mitología grecolatina, el interés por el paisaje y una impersonalidad”,[4] que el crítico compara con la de los parnasianos franceses. A estas dos fuentes primordiales hay que sumar las del parnasianismo y simbolismo bebidos directamente de la lengua francesa o del renovado lenguaje labrado por Darío en su prosa y poesía.

Al igual que otros escritores de su tiempo –Federico Gamboa y José Juan Tablada– Efrén Rebolledo formó parte activa del gobierno de Díaz. En 1901, ingresó como diplomático en Guatemala, bajo las órdenes de Gamboa; años más tarde fue trasladado a Tokio, Japón, donde publicó Rimas japonesas (1907, 1915). Antes de viajar a Kristianía, actual Oslo, tuvo una breve estancia en México, durante la cual salió a la luz Caro victrix (1916), poemario que se nutre de las fuentes modernistas.

Por su actividad diplomática, Efrén Rebolledo no participó en los conflictos internos dentro del régimen de Díaz; sin embargo, sus estancias fuera del país no lo alejaron de la estética cultivada durante esos años, ni borraron en su obra las huellas de la cultura porfiriana. Desde la perspectiva de Carlos Monsiváis, un rasgo de esa sociedad cuyo esplendor y caída pueden datarse en 1910 fue la “búsqueda de sonoridad verbal, cultivo de la prosa oratoria, obsesiones prosódicas”.[5] De este modo, la perfecta forma y el extremo pulimento notables en la obra de Rebolledo, particularmente en Caro victrix, tienen un correspondiente directo en el ámbito histórico en que se publicaron. 

La ornamentación verbal que leemos en los poemas de Rebolledo, no debe ser interpretada como una cáscara métrica hermosa y vacía. Ya lo advierte José Emilio Pacheco: “nada de lo aparentemente caprichoso o extraño que hay en la poesía moderna es gratuito: responde al deseo de resolver la oposición entre la unidad y la pluralidad mediante el ritmo y la armonía”.[6] La perfección del molde y el adorno de las palabras usadas por Rebolledo son la respuesta del poeta a la turbulencia de la época y al inevitable cambio que se avecinaba, acaso percibido por el propio autor. La adhesión de los escritores modernistas al régimen de Díaz podría explicarse por el hecho de que ese gobierno había garantizado, y presumía conservar, una paz necesaria para desarrollar la escritura.

mostrar Modernismo y Decadentismo: dos caras de una misma moneda

Si bien es fácil ubicar históricamente a Rebolledo entre sus contemporáneos de la Revista Moderna (1898-1903) no lo es tanto desde el punto de vista de los contenidos, pues el poeta hidalguense “marcó su raya con respecto a los amigos de generación y penetró en el aún virgen mundo poético del erotismo”.[7] En “Rebolledo, el decadente”, Luis Mario Schneider confirma la cercanía del escritor con el Decadentismo, corriente importada de tierras galas; lo califica como “un antologista mental de las virtudes y defectos de la cultura de finales del xix”.[8] Entre sus maestros destaca al “Marqués de Sade, Barbey d’Aurevilly, Gautier, Stendhal, Baudelaire, Mallarmé, Verlaine, Maeterlinck, Huysmans, Dostoievski, Lorrain, los Goncourt, Wilde [y] D’Anunzio”.[9] La adhesión de Rebolledo a esta corriente, según el artículo, es viable dada su predilección por la salamandra, que simboliza a los personajes femeninos perversos y dañinos para el hombre.[10]

Durante las dos últimas décadas del siglo xix, Modernismo y Decadentismo fueron términos utilizados indistintamente; de ello da cuenta Jorge Olivares en su artículo “La recepción del decadentismo en Hispanoamérica”. Formalmente hablando, esta corriente “se caracteriza por el uso de la sinestesia, la transposición de las artes, la introducción de diversas estructuras sintácticas, la experimentación en la rima y por el uso de neologismos”.[11] Estos rasgos pueden ser encontrados en la poesía denominada modernista, de ahí viene gran parte de la confusión suscitada en los círculos literarios de finales del siglo xix. No obstante, otro rasgo definitorio del movimiento decadente, surgido en París, es que el “uso excesivo de procedimientos estilísticos que autores anteriores ya habían empleado, obedecen a un impulso de cultivar lo antinatural tanto en el fondo como en la forma”.[12] El ornamento y el horror, los bellos atavíos y lo diabólico, la más fina poesía y la muerte tuvieron un punto de encuentro en el Decadentismo, cuya temática no es difícil de rastrear en los sonetos de Caro victrix, cuya traducción más acertada es “victoria de la carne”.

Schneider también señala que “en México, el Decadentismo no fue emisor; fue receptor”,[13] de ahí, posiblemente, viene la mayor cantidad de diatribas en contra de quienes se adhirieron a esta corriente. Los escritores franceses establecieron un paralelismo entre la caída de la cultura romana y la del siglo xix, que llegaba a su fin. Los detractores del movimiento decadentista en Latinoamérica arguyeron que en el “nuevo” continente todavía no se podía hablar de una etapa decadente, sino todo lo contrario. En México, los dimes y diretes en torno a la validez de ese movimiento proveniente de Francia, iniciaron desde 1893, con la publicación de “Cuestión literaria. Decadentismo”, carta abierta, de José Juan Tablada dirigida a Balbino Dávalos, Jesús Urueta, José Peón del Valle, Alberto Leduc y Francisco de Olaguíbel. A esta misiva, que enarbolaba el Decadentismo como única posibilidad de hacer arte, respondió Leduc en franca oposición de mezclar en un movimiento artístico los deshonrosos derivados del verbo decaer.[14]

Algunas de las publicaciones que compartieron espacio con Caro victrix, fueron La hora inútil (1916) de Enrique González Martínez, La sangre devota (1916) de Ramón López Velarde, Libro del loco amor (1916) del propio Rebolledo y Antología romántica (1916) de Luis G. Urbina. Una somera lectura de estos títulos puede darnos una idea de la diversidad de propuestas que privaba en el ámbito literario, las cuales confirman la famosa frase de Pacheco sobre que “no hay modernismo, sino modernismos”.[15] Paradójicamente, un año antes se había publicado La muerte del cisne (1915) de González Martínez, cuyo soneto “Tuércele el cuello al cisne” señala las formas caducas en que había degenerado buena parte del Modernismo. La multiplicidad de expresiones poéticas, unas más afortunadas que otras, cuyo punto de partida había sido el movimiento iniciado por la Revista Azul llegaba a su fin al mismo tiempo que el régimen porfirista. Sin embargo, llama la atención que Rebolledo persistiera en el cultivo de las formas y los temas que habían animado el movimiento decadente o moderno en Hispanoamérica. Tal vez ello se explique porque su larga ausencia del país, debido a sus cargos diplomáticos, lo mantuvo al margen del gremio literario y de las nuevas tendencias.

A pesar de la continuidad formal modernista, notable en la obra de Rebolledo, Allen W. Philips propone una división en cuatro etapas:

El periodo inicial, durante el cual era uno de los más asiduos colaboradores de la Revista Moderna, comienza con la publicación en 1900 de su primera novela El enemigo y se cierra con la aparición, en 1907, de Joyeles, una antología que refunde sus primeros libros de poemas publicados en Guatemala. En la segunda etapa, ‘la japonesa’, publica Rebolledo la primera edición de Rimas japonesas (1907), y ahora su obra se enriquece sobre todo con tres libros en prosa (Nikko, Hojas de bambú y Caprichos). Hacia 1916 el autor está de nuevo en México y comienza un tercer período de gran productividad literaria. En verso publica su célebre colección de sonetos eróticos Caro victrix y, en el mismo año de 1916, Libro de loco amor, otra colección antológica de sus poesías; de aquel entonces datan su única obra de teatro, una tragedia en prosa, y las finas traducciones mencionadas en una nota anterior; y se dedica con ahínco a la prosa, dando a luz los poemas en prosa de El desencanto de Dulcinea, en dos ediciones distintas en 1916 y 1919. [...] En 1919 se marcha nuevamente de México, rumbo a Noruega, donde finaliza su vida literaria con la publicación de Joyelero (poesías completas) y la novela Saga de Sigfrida la Blonda, ambas obras de 1922.[16]

Al criterio temático que subyace a la segmentación propuesta, puede añadirse uno de índole geográfica, cuya importancia en la obra de Rebolledo no puede soslayarse si tomamos en cuenta que su trajinar diplomático determinó los asuntos habría de tratar en su obra. Antes de Caro victrix, el libro con que Rebolledo fue “verdaderamente laureado”,[17] no se le había leído con la atención necesaria y, salvo Salamandra, el resto de su trabajo ha permanecido a la sombra de esos 12 sonetos.

mostrar Erotismo, eje central del libro

Así como el gran reconocimiento obtenido por Caro victrix sirvió para nublar el interés de la crítica sobre el resto de la obra de Rebolledo, los rasgos eróticos notables en los sonetos han opacado otros aspectos interesantes de este libro. Para José Juan Tablada, “la nota erótica de Rebolledo no ha alcanzado ni más alto ni más suntuoso diapasón en toda nuestra lírica”.[18] Xavier Villaurrutia, por su parte, en su antología sobre el poeta hidalguense busca aislar la característica que “puede desafiar airosamente al tiempo”,[19] ésta es el erotismo.

La forma elegida por Rebolledo para tratar el asunto es el soneto clásico, cuyas reglas cultiva con “extremo morbo”[20] desde libros como Cuarzos (1902) y Rimas japonesas (1907,1915). Cada poema, de los doce que conforman el libro, fue trabajado con el cuidado de un artesano que busca hacer de su obra una pieza única. Luis G. Urbina recuerda a Rebolledo como un “admirable dominador de la forma”,[21] desde sus primeras composiciones. Sin embargo, lo que encontramos en Caro victrix va más allá de la maestría en el dominio de las reglas prosódicas, cada palabra ha sido puesta no para cumplir con el compromiso de la métrica, sino porque ocupa un lugar irremplazable en el universo de los catorce endecasílabos.

Te brindas voluptuosa e impudente,
y se antoja tu cuerpo soberano
intacta nieve de crespón lejano,
nítida perla de sedoso oriente.[22]

La escrupulosa armonía lograda en los poemas de Rebolledo ha llevado a distintos críticos a comparar su labor con la de quien busca en la piedra la forma de la belleza. Tablada, por ejemplo, establece un parangón entre la técnica poética del autor y la de un gliptógrafo,[23] cuyo estudio se centra en los grabados de las piedras. Urbina al describir las facultades artísticas del diplomático destaca que “sabía pulimentar los vocablos, como si fuesen láminas de mármol; sabía dar brillo y tersura al idioma, como si labrase un trozo de jaspeada malaquita”.[24]

Así, los sonetos de Caro victrix constituyen una suerte de esculturas donde distintas manifestaciones del erotismo, como la felación, quedan congeladas en el tiempo.

Tristán es como el bronce, obscuro y fuerte,
busca el regazo de pulida plata,
Isolda chupa el cáliz escarlata
que en crespo matorral esencias vierte.[25]

Carlos Montemayor encuentra que el uso de moldes clásicos para tratar el tema es el gran aporte de Rebolledo. “En lo que otros ven anacronismo, veo yo una atinada elección: los primeros poemas descarnados y profundos del erotismo poético mexicano quedaron como una llama, en un monumento firme y sólido, en versos pétreos, cincelados”.[26] La elección de estos temas, ubicados dentro del diabolismo o decadentismo, hallan su punto de equilibrio en la forma clásica que emplea el poeta. Siguiendo la divisa de Gautier, –sculpte, lime, cisèle[27] Rebolledo encuentra la pureza formal que se opone a la impudicia, lascivia e inmoralidad del hombre moderno. La contención de los poemas, dada por la estructura del soneto, hace que los textos no caigan en la vulgaridad. Rebolledo trata con frialdad la ardiente carne, en ello radica la maestría de Caro victrix.

mostrar Dos perfiles de mujer

El erotismo supone la presencia corporal. En el caso de los sonetos de Caro victrix, la voz lírica se refiere casi siempre a cuerpos de mujeres y en algunas ocasiones alude a reacciones fisiológicas como en el poema “Claro de luna”, en el que la “virilidad se enarca como un gato”.[28] Nidia Vincent señala que en el poemario encontramos dos tipos de mujer: la blanca y la morena, que en el Romanticismo –recuérdese la rima “xi” de Bécquer (“Yo soy ardiente, yo soy morena…), o la oposición entre la protagonista e Isabel puesta en escena en Clemencia de Ignacio Manuel Altamirano– sirvieron para representar dos caracteres opuestos, mientras que una simboliza lo espiritual a la otra se le asocia con la carne. Esta tipificación halló su continuidad en la elaboración literaria de la femme fragile y la femme fatale, estereotipos empleados tanto en la prosa como en la poesía modernista.

La mujer blanca de “seno mórbido y fragante”,[29] cuyo cuerpo se antoja “intacta nieve de crestón lejano” o “nítida perla de sedoso oriente”[30] aparece repetidamente comparada con la leche, el mármol, la luna, el cisne, la plata o cualquier otro elemento tendiente a resaltar su blancura, cuando no la lividez que recuerda a las heroínas románticas. Esta palidez del cuerpo se asocia, por lo general, con cualidades morales conservadoras o con una actitud pasiva en el acto amoroso.

Y dócil, mustia, como débil hoja
que gime cuando pasa el torbellino,
gemiste de delicia y de congoja.[31]

Extrañamente, “El beso de Safo”, poema celebrado por retratar el amor lésbico, tiene como protagonistas a dos cuerpos femeninos “más blancos que los blancos vellocinos”.[32] Este rasgo rompe con el estereotipo que asigna a la mujer blanca un papel pasivo y observante de las funciones impuestas por la sociedad. Otro tanto ocurre con Isolda, la mítica adúltera, cuyo regazo es comparado con la “pulida plata”.[33] Estas excepciones dan una idea de cómo la obra de Rebolledo, siendo parte inexcusable del Modernismo, no es una aplicación de recetas o moldes preconcebidos.

En el caso de la mujer morena, siempre “refleja indolente su desnudez en los espejos de su habitación y representa una amenaza”.[34] “Salomé” y “El vampiro” son las composiciones que mejor ejemplifican a este tipo de mujer transgresora. La primera, de “obscura tez”, cuya sensibilidad no se asusta ante la cabeza de Juan el Bautista, por el contrario “el núbil cuerpo enarca/ sacudida de horror y de deseo”;[35] y la segunda, mientras la voz lírica agoniza se muestra “sedienta,/ finge un negro y pertinaz vampiro/ que de mi ardiente sangre se sustenta”.[36] Ambas mujeres representan el lado oscuro de la potencia femenina, la belleza que mata, el abismo hacia el que el hombre se precipita sin remedio.

mostrar Los lugares del cuerpo

Siendo el cuerpo uno de los territorios donde Eros se manifiesta, los múltiples lugares que lo conforman son mencionados a lo largo de los sonetos. Tratándose de cuerpos de mujeres hay sitios más erotizados que otros. Así, por ejemplo, mientras que el codo o la rodilla nunca son mencionados, los labios, encendida lumbre; la lengua, fino dardo; los pezones, “dos pitones”;[37] el seno, “láctea ola”[38] o el vientre comparado con un vergel y las piernas vistas como “ancas de cebra” y “escorzos de serpiente”[39] son partes del cuerpo ampliamente pulidos por la palabra. La mención de estos fragmentos ayuda a crear una atmósfera sensual; su reiteración a lo largo de los versos hace de los sonetos cuerpos en sí mismos.

De entre las partes del cuerpo femenino, una que resultó de sumo interés para los simbolistas, decadentistas y modernistas fue “una cabellera copiosa, obscura, definitivamente negra y rizada”,[40] casi siempre asignada a la mujer morena. El tópico fue cultivado por poetas tan anteriores a Rebolledo, como Nono, autor de las Dionisíacas,[41] quien utiliza el antiguo vocablo griego para referirse a racimo de uvas –bõtrys– en el mismo sentido de rizo de cabello; es decir que aludía al origen del vino. No en vano, como refieren los poetas, la cabellera de la amada causa embriaguez y locura.

Charles Baudelaire en el poema en prosa “Un hemisferio en una cabellera” desarrolla el tópico profusamente: “Tus cabellos contienen todo un sueño, lleno de velámenes y mástiles; contienen grandes mares cuyos monzones me llevan a encantadores climas, donde el espacio es más azul y más profuso, donde la atmósfera se halla perfumada por los frutos, las hojas y la piel de los hombres”.[42] La exuberancia es tal que alcanza las dimensiones de otro territorio; la ductilidad de su forma permite a la imaginación del poeta desenvolverse por cada hebra hasta formar un mar de sensaciones y fantasías. En la obra de Efrén Rebolledo destacan dos composiciones en prosa en las que la cabellera juega un papel fundamental. La menos conocida pertenece a El desencanto de Dulcinea (1916), reunión de relatos publicada el mismo año que los sonetos, donde destaca el texto titulado “La cabellera”.[43] Ahí se narra cómo un poeta se siente atraído por una melena que se asoma por un balcón, cuando entra al cuarto se encuentra con una mujer hermosa y blanca como una estatua, quien se convierte en su amante por esa noche. A la mañana siguiente, el poeta se entrega a cavilaciones sobre el sentido de su vida, y al no hallar nada más fuerte que ese “instrumento de placer que había encontrado en aquella lira viva, que había vibrado de amor bajo su mano vencedora”[44] y que no podía ser duradero, resolvió ahorcarse con los oscuros hilos. Esta breve anécdota recuerda la de Salamandra, donde, desde otra perspectiva y otra intención, un poeta se suicida con la cabellera de su amada.

Ambas narraciones tienen como centro, sombrío y nefasto, la cabellera de una mujer hermosa, a veces perversa y maligna y otras, ingenua y bondosa. A juicio de Nidia Vincent la cabellera “juega un papel central”[45] en la obra de Rebolledo y de manera particular en Caro victrix, donde su imagen es esculpida desde distintas perspectivas y con suma delicadeza. En el poemario aparecen imágenes del cabello cual “una crencha olorosa como huerto”,[46] o bien, “saturados de bíblica fragancia/ se abaten tus cabellos en racimo”.[47] Pero también encontramos elaboraciones más complejas en los cuales se puede apreciar cómo los cabellos son por sí solos objeto de deseo.

Ruedan tus rizos lóbregos y gruesos
por tus cándidas formas como un río,
y esparzo en su raudal crespo y sombrío
las rosas encendidas de mis besos.[48]

La potencialidad metafórica de la cabellera llega a su punto máximo, dentro de Caro victrix, en el poema “En las tinieblas”, donde la voluptuosidad, la espesura y el color negro del pelo se transforman en el espacio idóneo para la pasión.

Tu cabello balsámico circunda
los lirios de tu rostro delicado
y al flotar por mis dedos destrenzado
de más capuz el tálamo se inunda.

Vibra el alma de mi mano palpitante
al palpar tu melena lujuriante,
surca sedosos piélagos de aromas,

busca ocultos jardines de delicias,
y cubriendo las flores y las pomas
nievan calladamente mis caricias.[49]

Mediante una hipérbole, el cabello pasa de rodear el rostro a ocupar la extensión de la cama, y más tarde será el jardín, mundo poblado de placeres que se recrean y multiplican en el íntimo negocio del tacto amoroso.

mostrar Tristán, la virgen y el duque

El motivo poético central de los sonetos se integra con personajes históricos o míticos. Salomé, Tristán e Isolda, el duque de Aumale, Safo y san Antonio son algunas de las presencias que hallamos a lo largo de los doce sonetos. Aunque unos provienen de la mitología bíblica o medieval y otros de la historia griega o parisina todos aúnan una faceta distinta de las pasiones humanas ligadas al eros. De este modo, además del erotismo, encontramos que los poemas tratan sesgadamente algunos otros asuntos de la condición humana. Casi todos ellos han sido inspiración para otras manifestaciones artísticas.

A propósito del santo, símbolo del conflicto entre el alma y la carne, dice Nidia Vincent que “para Rebolledo todo este sacrificio es inútil, bastarán un perfil, unos labios, una cabellera que se insinúa para que la naturaleza despierte”.[50] Así, san Antonio “ante la aparición blanca y risueña,/ se estremece su carne con ardores/ febriles bajo el sayo de estameña”.[51] Lo que el poema plantea no es la lucha sino la victoria de la carne sobre el alma.

Salomé, por su parte, pertenece a un linaje de mujeres que alimentaron la construcción del estereotipo de la femme fatale. La hermosa joven, en aras de vengar la ofensa de su madre, “la abierta rosa/ de su virginidad brinda al tetrarca”,[52] seduce con su baile a Herodes Antipas, su padrastro, y pide como premio la cabeza de Juan el Bautista. En el soneto que retrata su historia, motivo de representaciones tanto literarias como plásticas, se enfatiza el momento en que ella alcanza la cúspide de su deseo y de su venganza. El personaje atrajo tanto la atención de Rebolledo que tradujo el drama de Oscar Wilde, Salomé (1917), publicado por editorial Cvltvra

De entre los personajes históricos, Safo tiene tintes realmente míticos, pues de la poeta griega se conservan sólo fragmentos de su obra y las menciones que de ella hicieron los antiguos. A la par que lo que nos queda de su obra, llena de lirismo y erotismo, la historia de su vida ha pervivido en el tiempo. Originaria de Lesbos, se cuenta que la poeta sostuvo relaciones amorosas con otras doncellas, cuya pasión y regocijo quedaron atrapados en sus textos poéticos; de ahí que su nombre sea emblema de las relaciones lésbicas para el régimen porfirista. 

El Duque de Aumale, Henry d’Orleans, es otro de los personajes que desfilan en este rosario de momentos eróticos. En el soneto se alude a la invasión francesa en el territorio de Argelia, que supuso varias guerras desde 1832 hasta 1843, cuando se consumó la ocupación. La participación del duque en esa justa fue notable, sin embargo, lo que interesa al poeta es la íntima batalla entre una “grupa de esplendor sabeo”,[53] árabe, y el sexo enhiesto del francés. El noble guerrero “se ríe de sus triunfos, mas se precia / de haber abierto en el amor un rastro”[54] y con este gesto nos muestra la banalidad de los negocios humanos frente a la consumación secreta y gozosa del deseo en dos cuerpos amantes.

Tristán e Isolda, por su parte, representan el amor incontenible que trasciende las instituciones como el matrimonio o las conveniencias políticas. En todos los casos, los personajes que aparecen en los sonetos de Caro victrix han sido retratados para destacar su vena erótica, pero no por ello el resto de su carácter aparece desdibujado, sino que cada soneto es como un pequeño y virtuoso grabado.

mostrar La crítica seducida por Eros

La escasa atención que ha merecido la obra de Rebolledo se explica, en parte, por su constante ausencia del país, debido a sus cargos diplomáticos, así como por haber sido parte de los gobiernos de Porfirio Díaz y Victoriano Huerta. A pesar de que ambas son situaciones ajenas a la literatura, no han dejado de ser un factor determinante en la orientación de la crítica en general, y particularmente, de la obra del poeta hidalguense. “En contraparte, Arturo Herrera Cabañas en su ensayo, Efrén Rebolledo, el hidalguense, nos entera de que en la población donde vio la luz primera Efrén, Actopan, la gente atesora los libros del poeta”.[55]

Otra de las razones, según José Félix Meneses, por las cuales la obra de Rebolledo no es tan conocida es “[...] el atrevido y abierto erotismo (para aquella época de las primera décadas del siglo xx) de sus poemas, de manera particular los doce sonetos de Caro victrix”.[56] Paradójicamente, ese es el motivo que hoy en día lo conserva vigente y que llamó la atención de sus contemporáneos, quienes elogiaron su admirable cultivo de la forma y los textos inspirados por Eros. Luis G. Urbina, por ejemplo, admiraba “la obsesión constante de pintar el desnudo femenino”.[57] Francisco Monterde está de acuerdo con Villaurrutia, al señalar que los propósitos de Rebolledo “coinciden con aquellos de los parnasianismos, salvo en un punto: el erotismo, que señala Xavier Villaurrutia, en un certero estudio”.[58] Monterde se refiere a la introducción a la antología en la que Villaurrutia aisló la nota esencial de la poesía del hidalguense: lo erótico.

Dentro del poco conocimiento de la obra de Rebolledo, Caro victrix ocupa un lugar de privilegio –Salamandra estaría a su lado–. Los escritores de la generación de Contemporáneos contribuyeron a la recuperación y relectura, si bien sesgada por sus propios intereses estéticos, de la obra del hidalguense. Jorge Cuesta incluyó dos sonetos de Caro victrix en su polémica Antología de la poesía mexicana moderna y comparó las doce composiciones del poemario con Los doce gozos de Leopoldo Lugones, en una tentativa por universalizar la obra de Rebolledo.[59] Xavier Villaurrutia, por su parte, elaboró una antología de la obra del también autor de Cuarzos, en la que buscaba resaltar la nota erótica, pues, el resto, “curiosidades poéticas” del Modernismo “han pasado ya, eternamente, de moda”.[60] La atención de estos dos escritores valió para que la obra de Rebolledo no cayera en el olvido de las nuevas generaciones de escritores. 

La crítica, en su mayoría, ha persistido en caracterizar a Rebolledo como el poeta del erotismo o adjetivos similares. Luis Enrique Escamilla Frías lamenta que “en los estudios incluidos en crestomatías y antologías, a menudo se hace referencia a él [Rebolledo] por la vereda fácil (aunque cierta) de tacharlo de poeta erótico. ¡Claro, nada menos! Inauguró el erotismo en la poesía mexicana”.[61] Si bien es cierto, el tema predominante está vinculado a la pasión amorosa, también lo es que Caro victrix ofrece a la crítica la posibilidad de ahondar en lo que fue el Modernismo en México, de igual modo sería útil un estudio sobre la relación entre esta colección de sonetos y el posterior desarrollo de la poesía erótica mexicana.

mostrar Bibliografía

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mostrar Enlaces externos

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