Enciclopedia de la Literatura en México

Arcadia Mexicana, La

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En 1690 la reina Cristina de Suecia fundó en Italia la Academia de la Arcadia con el propósito de revivir el estudio de la poesía y rechazar los excesos del marinismo. Más tarde fue formalmente constituida por el poeta Crescimbeni, Alfesibeo, autor de La historia de la poesía italiana. Para explicar el origen de la denominación de esta Academia, Enrique Gómez Haro dice que la Arcadia era una región montañosa de la antigua Grecia, en la parte central del Peloponeso, habitada por arcadios o árcades, pueblo de pastores, y que las ficciones de los poetas convirtieron en la mansión de la inocencia y la felicidad. Esto explica que se dé el nombre de pastores árcades a los miembros de tan ilustre Academia y que se distinga a cada uno de ellos con el nombre de un pastor griego, real o imaginario, agregándole el adjetivo correspondiente a cualquier lugar, griego también.  Enrique Cordero y T., Poetas y escritores poblanos, Puebla, Ed. Nieto, 1943, p. 222.  

Pertenecieron a esta singular academia prelados, cardenales y hasta pontífices que ostentaron nombres curiosos y a veces duros al oído. Entre sus miembros figuraron algunos españoles como Nicolás Fernández de Moratín, que tomó el nombre de Leghinto Dulichio; Agustín Montiano, Flumisbo Thermondonciaco, y Ramón de la Cruz, Larissio Dianeo. Entre los poetas mexicanos que pertenecieron a esta academia deben citarse el obispo Ignacio Montes de Oca y Obregón, Ipandro Acaico; Joaquín Arcadio Pagaza, Clearco Meonio; Juan B. Delgado, Alicandro Epirótico; el padre Federico Escobedo Tinoco, Tamiro Miceneo, y Manuel Romero de Terreros, Gliconte Tirio.

A semejanza de esta agrupación surgió, en la todavía Nueva España, una arcadia, cuyos miembros adoptaron también nombres de pastores con el propósito de fomentar el cultivo de la poesía pastoril. Entre los socios más destacados se encontraban José Victoriano Villaseñor, Delio; Anastasio María de Ochoa y Acuña, Damón; Juan María Lacunza, Batilo; Mariano Barazábal, Anfriso; José Mariano Rodríguez del Castillo, Amintas, fundador de la Arcadia Mexicana; Ramón Quintana del Azebo, Dametas; Manuel Manso, Alexis; y el guatemalteco Simón Bergaño y Villegas. Francisco Manuel Martínez de Navarrete, a semejanza del anterior, tampoco tomó nombre de árcade, pero se llamó en sus versos como Silvio.

Hay que hacer notar que estos poetas, además del nombre arcádico, firmaron con seudónimos, anagramas e iniciales, lo cual hace que surjan confusiones al tratar de investigar su obra literaria. Juan Wenceslao Barquera, por ejemplo, usó seis nombres de letras; Barazábal, cuatro; Quintana del Azebo, nueve; Juan María Lacunza, siete y Rodríguez del Castillo, cinco.

No puede determinarse la fecha exacta de la fundación de la Arcadia Mexicana. Aproximadamente se señala el 16 de abril de 1808. Los fines que persiguió la agrupación se dieron a conocer en el Diario de México, Diario de México, México, 16 de abril de 1808. periódico que le sirvió de órgano publicitario. En él manifestaron los árcades que se reunían “por la dedicación mutua de sus composiciones”, y exhortaron a los poetas que escribían en el Diario a que se unieran a ellos, pidiendo que siempre pulieran y examinaran sus obras antes de publicarlas.

El jefe del grupo recibía el nombre de mayoral, y el primero a quien se concedió este título fue a fray Manuel Martínez de Navarrete, electo en 1809. Su muerte, acaecida ese mismo año, hizo que la Arcadia decayera notablemente, como lo apuntó José Mariano Rodríguez del Castillo en el Diario de México, Idem, México, 23 de agosto de 1809. recomendando al mismo tiempo al sucesor de Martínez de Navarrete que hiciera un esfuerzo especial para sostenerla. Parece que esto no sucedió así y la Arcadia pereció poco a poco.

La mayoría de los árcades mexicanos tomó parte en el certamen literario que la Real y Pontificia Universidad de México convocó el día 6 de enero de 1809 para solemnizar la exaltación al trono del monarca Fernando VII. Uno de los triunfadores en este concurso fue Navarrete, por entonces mayoral de la Arcadia Mexicana, con unas octavas reales. No llegó a conocer su triunfo.  Luis G. Urbina, Prólogo, en Antología del centenario, México, Imp. de Manuel León Sánchez, 1910, t. i, p. LXIX.

Para elegir nuevo mayoral, el 22 de septiembre de 1809 uno de los árcades propuso que, tomando en cuenta todos los poemas publicados en el Diario de México, se eligiera el mejor; el autor del mismo sería el mayoral, que se renovaría semestralmente. En la primera encuesta resultó electo mayoral Francisco Manuel Sánchez de Tagle. El número de árcades se aumentó con los nombres de Juan José Güido, Guindo, de Veracruz; José Leal de Gacie, Fileno; Juan Wenceslao Barquera. El Zagal Quebrara; Agustín Pomposo Fernández de San Salvador, Mopso; José Manuel Sartorio, Partenio; Ramón Roca, Marón Dáurico; Isidro García de Carrasquedo, Mirtilo, así como los poetas no identificados Palemón, Fisnaro y Antimio.

Se ha juzgado la obra de estos árcades como prosaica y con notables defectos prosódicos. Los asuntos de sus poesías en muchos casos son triviales y los versos mal medidos. Sin embargo debe recordarse lo que decía Zorrilla a propósito de Navarrete: “Los defectos de sus obras son los de su tiempo, pero sus excelencias le pertenecen todas a él."  José Zorrilla, La flor de los recuerdos, México, Imp. Correo de España, 1885. 

Navarrete fue el poeta más importante de todo el grupo de árcades. En sus composiciones, principalmente en los sonetos, se advierten ecos de los Siglos de Oro, pero inspirábale más de cerca Meléndez Valdés, poeta no sólo pastoril y elegíaco sino de tonos más elevados. Como poeta descriptivo y elegíaco Navarrete se contagia de la fúnebre sensibilidad de Young, el autor de The Complaint or Night-Thoughts, y nos da un anticipo romántico. Juzgándolo de acuerdo con la época que le tocó vivir, puede afirmarse que sobresalió entre un grupo de poetas mediocres. Su sencillez, que llega a la puerilidad, lo lleva a emplear un lenguaje abundante en diminutivos. Mas hay una armonía casi perfecta en su poesía, en la que el paisaje se hace románticamente solidario de los sentimientos del poeta. Los idilios campestres fueron los temas preferidos por este poeta neoclásico que careció de un ambiente adecuado para estimular sus trabajos poéticos. El poema “La mañana” se cuenta entre sus mejores poesías descriptivas, y en “Ratos tristes” se vislumbra el ya inmediato romanticismo.  Francisco Monterde, prólogo, en Fr. Manuel Navarrete, Poesías profanas, México, Imprenta Universitaria, 1939 (Biblioteca del Estudiante Universitario, núm. 7).

 


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1886

Con el nombre de la antigua Arcadia Mexicana de 1808 se fundó una corporación literaria, en 1886, con fin de cultivar las letras. El acta de inauguración dice lo siguiente:
En la Ciudad de México el día 22 de enero de 1886, reunidos en la casa número 10 del Callejón de la Santa Veracruz los señores Plotino Rhoda Kanaty, José Vera, Manuel Agoitia, José Muñoz, Carlos Servo, Felipe Torres, José Monroy y el que suscribe, después de aprobar el reglamento se declaró solemnemente inaugurada la Sociedad Arcadia Mexicana con el lema “Honradez en la Igualdad”El Siglo XIX, México, 28 de enero de 1886, p. 2.

En una reunión celebrada días antes se nombró presidente del grupo a José Monroy y secretario interino a Eduardo Álvarez. Consideráronse socios fundadores a las personas que firmaron el acta inaugural.

Al año siguiente el señor Monroy fue reelecto para ocupar la presidencia de la asociación; la secretaría la ocupó José María Lezama y la tesorería Alfredo Mateos. Entre los socios de mérito debe citarse al señor Francisco G. Cosío, gobernador en esa época del estado de Querétaro.

Dícese que esta agrupación tuvo un órgano difusor que llevó el mismo nombre de la corporación y que trató de fomentar en sus páginas la literatura nacionalLa Sombra de Arteaga, Querétaro, 5 de noviembre y 4 de diciembre de 1887..



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Barazábal, Mariano Escobedo Tinoco, Federico Fernández de San Salvador, Agustín Pomposo García de Carrasquedo, Isidro Gómez Haro, Enrique Martínez de Navarrete, José Manuel Monroy, José Montes de Oca y Obregón, Ignacio Ochoa y Acuña, Anastasio María de Pagaza, Joaquín Arcadio Rodríguez del Castillo, José Mariano Romero de Terreros y Vinent, Manuel Sánchez de Tagle, Francisco Manuel