Historia de las lenguas indígenas de México

mostrarIntroducción

He publicado en varias ocasiones un panorama de la historia de las lenguas indígenas de México.Véanse de este autor: “El futuro de las lenguas indígenas frente al español de México“, en El español actual. Contribuciones a su estudio. Necesidad de una defensa; “La historia de las familias lingüísticas en la época prehispánica“, en La historia de la lingüística de 1521 a nuestros días, y “Las lenguas en la reconstrucción histórica“, en Atlas de Lingüística; “Lenguas indígenas“, en Enciclopedia de México; 1988; “Pasado y presente de las lenguas indígenas de México“, en Estudios de lingüística de España y México. Es verdad que esas distintas versiones son de muy diversa extensión (y varían, por ende, en cuanto a la cantidad de información que proporcionan), pero lo que sé —o lo que ignoro— sobre este asunto sigue siendo básicamente lo mismo, aunque nuevas investigaciones nos permitan ir afinando y precisando ciertos aspectos. Lo publicado en mi Atlas de Lingüística (México, INAH-Planeta, 1988) es tal vez demasiado breve, pero compensa este defecto presentando la versión más reciente de los mapas de distribución histórica de las familias de idiomas. La historia que escribí en “Pasado y presente de las lenguas indígenas de México” infra (véase nota 1) es probablemente la más informativa, sobre todo por sus notas complementarias. Si el tiraje de alguno de estos impresos puede ocasionalmente dificultar el acceso a ellos, parece que el Atlas… y la entrada, “Lenguas indígenas” infra (véase nota 1), se editaron en cantidad suficiente para permitir su consulta a quienes puedan interesarse.

Así pues, aquí es inevitable repetir parcialmente la historia de las lenguas aborígenes de México como complemento al estudio de sus literaturas, entre las cuales las mejor conocidas y documentadas son las producidas en náhuatl y maya, idiomas de grupos hegemónicos y que se habían convertido por ello en lenguas francas, como en buena parte del occidente lo había hecho el tarasco. Antonio de Ciudad Real, en Tratado curioso y docto de las grandezas de la Nueva España. Relación breve y verdadera de algunas cosas de las muchas que sucedieron a […] fray Alonso Ponce […], México, UNAM, 1976, dice: “Las lenguas más generales que corren por toda aquella provincia del Santo Evangelio de México son la mexicana y la otomí” (t. I, p. 55), “la lengua común y general en la parte de Michoacán de la provincia de San Pedro y San Pablo es la tarasca […] y en la parte de Xalisco […] hay muchas diferencias de lenguas, pero la común que corre por toda ella es la mexicana” (t. II, pp. 65-66); en la provincia de San José de Yucatán “todos los indios […] hablan una lengua que se llama mayathan o lengua de maya” (t. II, p. 320). Pero si éstas son las lenguas francas regionales (y él mismo da otras para regiones más restringidas), también señala que “esta lengua mexicana corre por toda la Nueva España […] desde Zacatecas y más adelante hasta el cabo de Nicaragua” (t. I, p. 55). En el cuerpo del texto volveremos con mayor atención sobre este asunto.

La Relación breve y verdadera… escrita por fray Antonio de Ciudad Real se refiere al tiempo en que, como secretario de fray Alonso Ponce (comisario general de los franciscanos de 1585 a 1589) lo acompañó en sus recorridos. Por lo tanto, el panorama que vio es posterior en 60 años a la caída de Tenochtitlan y se limita al territorio de las provincias de los franciscanos que, como es sabido, se habían dividido el país con los dominicos y los agustinos (otras órdenes llegaron más tarde al reparto de la población evangelizable). Sin embargo, es claro que la conquista no se consumó en un instante sino que fue una labor de décadas y, además, fray Antonio había llegado doce años antes y había recogido noticias de sus predecesores y de misioneros de otras órdenes, por lo que en realidad no es tan largo el lapso transcurrido, ni estaba el autor tan ayuno de información sobre cosas que no conoció personalmente.
 

 

Leonardo Manrique Castañeda

 Instituto Nacional de Antropología e Historia

 

 

 

 

mostrarHistoria de las lenguas indígenas en la época prehispánica. Ratificación de algunas premisas

La historia de cualquier lengua tiene siempre fronteras imprecisas, pero no por culpa de sus historiadores, sino porque una lengua existe sólo durante cierto tiempo, sin que en la conciencia de quienes la usan haya habido solución de continuidad, ya que antes ha sido otra lengua diferente o más tarde se transforma en nuevas lenguas.Véase el diagrama del Atlas de lingüística, op. cit., p. 24. Una lengua se transforma paulatinamente en otra con el transcurso del tiempo aunque, si la fecha que se considera es más o menos arbitraria, también es cierto que una lengua determinada no ha existido por tiempo indefinido.

Si tenemos una lengua nueva, surgida por la transformación de la primera, es claro que ésta ha dejado de existir, y aunque no pueda fijarse un límite preciso a su extinción, pasa a ser lo que llamamos “lengua muerta”, a veces documentada. Lo más interesante de esa transformación paulatina consiste en que, salvo circunstancias muy especiales, las diferencias que surgen, no sólo hacen distinto al estado posterior de la lengua de su estado anterior, sino que producen una diversificación espacial, esto es, crean variantes regionales, a las que se llama con propiedad dialectos.Ibid., pp. 123-127. Los dialectos siguen transformándose poco a poco y, puesto que su diversificación consiste en que han sufrido cambios distintos a los que sufrieron los otros dialectos, es claro que las nuevas transformaciones estarán condicionadas, al menos parcialmente, por las modificaciones anteriores, de manera que la evolución paulatina tiende a acentuar cada vez más las diferencias. Cuando éstas impiden la comprensión entre quienes hablan sus distintas variedades, se dice que los dialectos se han convertido de nuevo en lenguas, esto es, formas de habla que las vuelve mutuamente ininteligibles. Si los dialectos están bastante extendidos, puede iniciarse en ellos una diferenciación interna antes de que se transformen en lenguas distintas. Cualquier lengua puede dar origen a dialectos que se convierten en lenguas, las cuales a su vez pueden convertirse en nuevos dialectos, aptos para modificarse en nuevas lenguas, y así indefinidamente.El proceso de diferenciación lingüística no es de ninguna manera tan sencillo, aunque pudo parecerlo en la época inicial de estos estudios, lo que sugirió la imagen —que muchos usan todavía como esencialmente correcta— del “árbol genealógico“ de un grupo de lenguas. Sin embargo, parece mucho más apropiado el modelo de una red, en la cual los puntos próximos son muy similares entre sí en cualquier porción de la misma que se examine, mientras que la diferenciación tiende a ser mayor mientras más alejados se encuentren dos puntos cualesquiera. Pero aun este modelo requiere muchas precisiones que no cabe hacer aquí; conformémonos con dos ejemplos, sin explicar los mecanismos que les dan origen: si bien la suma de las diferencias es mayor en dos puntos situados en bordes opuestos del área ocupada por una lengua, es común que en ciertos aspectos muestren mayor similitud entre sí que con otros dialectos; la distancia geográfica, medida sobre un mapa, rara vez se corresponde con la distancia lingüística.

Así pues, nos encontramos ante un dilema: si queremos hacer la historia de las lenguas indígenas que se hablan actualmente en nuestro país, no podríamos ir mucho más atrás del año 1000 de nuestra era, pues es entonces cuando podemos referirnos a ellas como el resultado de un proceso de diferenciación y transformación de idiomas que existió antes.

Si una y otra vez el proceso de diferenciación ha dado origen, primero a dialectos y, posteriormente, a lenguas, es conclusión ineludible que todas las lenguas actuales sean producto de ese proceso (con algunas excepciones cuya consideración no cabe aquí). También es de suponerse que las lenguas muestren grados de similitud y reflejen además las relaciones que había en las antiquísimas redes dialectales, que dieron origen a las lenguas cuya transformación las hizo desaparecer. Puesto que similitudes y diferencias pueden establecerse con toda precisión, es posible partir de un conjunto de lenguas actuales y rehacer sucesivamente estados anteriores y más arcaicos, cada vez con un número menor de redes dialectales que corresponden a lenguas antiguas; dicho de manera muy elemental, ésta es una de las labores de la lingüística histórica.El reconocimiento de las semejanzas entre las lenguas que ahora llamamos lenguas indoeuropeas, sirvió de base para desarrollar, hace casi dos siglos, las técnicas de la lingüística histórica y de la reconstrucción de lenguas antiguas; estas técnicas se han perfeccionado constantemente, primero con la observación de fenómenos que no se habían notado en un principio, y después, con el surgimiento —al que la lingüística histórica no ha sido ajena— de nuevas teorías sobre las lenguas y el lenguaje. Prefiero abstenerme de dar aquí referencias bibliográficas, cuya sola abundancia apenas daría una idea aproximada de las complejidades y refinamientos a que ha llegado la lingüística histórica; me conformaré con aclarar algunas ideas mediante notas.

Aunque, como hemos visto, entre una lengua antigua y los idiomas actuales —resultado de su diversificación— no hay discontinuidades, se acostumbra llamar “lengua madre” a ese primitivo idioma, y “lenguas hijas” a sus productos, que están genéticamente relacionados. Esta relación genética de parentesco puede ser de muy diverso grado; usando la misma metáfora genealógica, tendríamos que hablar de lenguas “nietas”, “abuelas” y “bisabuelas”, etc. Desafortunadamente, no hay acuerdo sobre la designación que debe darse a los conjuntos de idiomas que muestran distintos grados de parentesco; aquí emplearé las siguientes:

Lengua: habla, o conjunto de hablas, cuya diferenciación se inició aproximadamente hace 1 000 años. En algunos casos hay considerable variedad dialectal y en otros, hay pocos dialectos o los dialectos están mínimamente diferenciados (o ambas cosas a la vez). También hay lenguas monodialectales.
Subgrupo: conjunto de lenguas cuya diversificación debe datar de algún momento entre los inicios del siglo X de nuestra era, es decir, el proceso tiene entre 1 000 y 2 000 años, aproximadamente.
Grupo: es la subdivisión de una subfamilia, cuya diversificación se inició, aproximadamente, entre 1 000 años antes y el principio de nuestra era.
Subfamilia: es la porción de una familia que comenzó a diversificarse, probablemente, entre 2 000 y 1 000 años antes de nuestra era.
Familia: es el conjunto de hablas que derivan de una protolengua, cuya diversificación se inició entre 3 000 y 2 000 años antes de nuestra era. Pueden hacerse agrupamientos más amplios (o sea, reconocer una lengua madre más antigua), pero aunque resulte pertinente para la investigación prehistórica, difícilmente sería útil para el conocimiento de las culturas mesoamericanas, cuyos orígenes se remontan hacia el año 2000 antes de nuestra era.

Cabe aclarar que —no en todos los casos— se encuentran las agrupaciones de orden intermedio (no todas las familias tienen subfamilias sino que saltan a grupos; ni todas las subfamilias, cuando las hay, se componen de grupos, etc.), debido a las accidentadas historias de las lenguas, como ocasionalmente tendremos oportunidad de mostrar.

 

mostrarAntecedentes prehistóricos

Hace ya medio siglo, poco más o menos, quedó fuera de duda que el hombre americano que pobló lo que es ahora nuestro país, proviene del Viejo Mundo. Por algún tiempo se discutieron las posibles rutas de acceso, cuestión no zanjada por completo todavía, como tampoco la antigüedad del hombre en el continente ni la de su presencia en cada lugar. Aquí seguiremos la información que tiene más visos de verosimilitud.

Parece que la entrada más antigua del hombre en el continente se hizo entre 45 000 y 40 000 años antes de nuestra era, por la región alaskina y, en consecuencia, el sentido general del poblamiento americano se realizó de norte a sur, con un avance sumamente lento. A territorio actualmente mexicano, el hombre habría llegado ya hace 25 000 años (edad estimada del esqueleto de Chimalhuacán, todavía no comprobada, pero compatible con los 22 000 años que se otorgan a los restos de Tlapacoya) y de seguro, ya vivía aquí hace 10 000 años, como cazador de grandes animales —venados, berrendos, carpinchos, e incluso animales más grandes—, como lo atestiguan los restos arqueológicos.Puesto que el interés fundamental de este artículo es el de la historia de las lenguas, no documentaré las afirmaciones que haga sobre la historia cultural, para no exagerar el número de notas o su extensión.

Tal antigüedad fácilmente dobla la de las familias lingüísticas, dato no tan pertinente para nuestro asunto. Además, es muy difícil estimar la ubicación Hay varias técnicas, cuya aplicación conjunta permite situar una lengua antigua que se ha reconstruido. La más antigua es la llamada de Wörter und sachen (palabras y cosas), cuyos principios —enunciados muy toscamente— son: mediante la comparación de palabras “semejantes” de las lenguas hijas, puede reconstruirse la forma de palabras de la lengua madre; si el vocabulario de una lengua es el catálogo del mundo (natural, cultural y social) en el que viven los hablantes de esa lengua, luego el vocabulario reconstruido de la lengua madre es el catálogo del mundo de quienes hablaron esa lengua; tomando en cuenta factores como el cambio semántico, la sustitución léxica, la presencia de préstamos, etc., es posible determinar el ambiente geográfico donde se ubicaban esa lengua madre y sus hablantes, y si se reconstruyen nombres de objetos culturales cuyas correspondencias arqueológicas puedan determinarse, la distribución de estos objetos ratificará la localización de la antigua lengua.

La glotocronología —de la que trato en otra nota— permite formar antiguas redes de dialectos o de lenguas. Estas redes no tienen una ubicación ni una orientación per se, pero mediante datos adicionales pueden obtenerse; esto determina la localización de algunas hablas antiguas respecto a las otras y, por lo tanto, su primitiva ubicación geográfica.

Los préstamos (como se acostumbra llamar a palabras de una lengua adoptadas por otra) también permiten rastrear antiguos contactos que solamente fueron posibles en determinadas ubicaciones geográficas.

De sobra está decir que mientras más antigua es la lengua madre que se considera, más dificultades se encuentran en la aplicación de estas técnicas (que se complementan entre sí) y menos ciertas son las conclusiones a que se llega.
de las protolenguasEn lugar de la metáfora “lengua madre“, es cada vez más frecuente el uso del término técnico protolengua, que no está exento de dificultades, pues hay una protolengua que puede reconstruirse para cada lengua o agrupamiento (familia, subfamilia, etc.). Sin embargo, permite mayor precisión; por ejemplo, si sabemos que hay varios idiomas mixtecos, la lengua antecesora de ellos se puede designar “protomixteco“, y puesto que estos idiomas forman —con el cuicateco, el trique y el amuzgo— la subfamilia mixtecana, llamaremos “protomixtecano“ al idioma del que todos ellos son descendientes, como podremos llamar “protooaxaqueño“ al antecesor del protomixtecano y de las otras lenguas que constituyen la familia oaxaqueña, lo que permite una correspondencia entre las designaciones de los grupos actuales y de los distintos estados de la lengua que los precedieron. que obviamente se hablaban entonces. Existe un remoto parentesco (más lejano que el de familia) entre el tarasco y las lenguas quechuanas, como lo hay entre los idiomas de Florida y de Sudamérica,He elaborado un mapa de las familias lingüísticas americanas. Algunos ejemplares del mismo ya circulan entre colegas aun antes de su publicación, la cual se ha demorado porque el texto que debe acompañarlo todavía no está completo. En él reconozco 56 familias (usando el criterio de “grupo de cerca de 5 000 años de antigüedad“) para todo el continente, familias que pueden formar tan sólo 9 filumes; creo que es evidente la relación, aunque remota, entre familias norteamericanas y sudamericanas. lo que permite suponer que en el actual territorio mexicano se encontraban varias de las antiguas expresiones lingüísticas antecesoras de los idiomas que hoy se hablan en Sudamérica y que los protoidiomas antepasados de varias de las familias lingüísticas del México actual estarían en territorio de lo que hoy son Canadá y Estados Unidos de Norteamérica. En lo que ahora es nuestro país, se encontrarían solamente los antepasados de algunas de las familias típicamente mexicanas: la otopame,Véase el apéndice del Atlas de lingüística, op. cit., al que puede referirse constantemente el lector, pues no es muy conocida la clasificación de las lenguas aborígenes de México y, además, en las que se conocen (algunas producto de estudios tan meritorios cuanto antiguos) se empleaban criterios menos rigurosos. Por supuesto, hay también trabajos recientes, bien fundados y suficientemente documentados, pese a lo cual todavía existen algunas dudas y ciertas diferencias de opinión. la oaxaqueña, la chinanteca y la mangueña,La familia mangueña comprendía solamente las lenguas mangue y chiapaneca. La primera se habló en Centroamérica, es decir, fuera de México. Alrededor de 1940, poco antes de que muriera su última hablante; Roberto J. Weitlaner y Jorge A. Vivó pudieron registrar algo del chiapaneco, lengua a la que pertenecen algunos localismos así como topónimos (Najamutumba, Guajonguti, Nuyi, etc.) y apellidos (por ejemplo Nandayapa, que lleva un reconocido grupo de marimba). actualmente desaparecida,Con frecuencia, los lingüistas designan a las unidades genéticamente relacionadas empleando los nombres de las lenguas que se encuentran en los extremos de sus áreas de dispersión: yutoazteca, otopame (como turcotártaro, finoungrio). También se recurre a nombres geográficos: oaxaqueña, nilosahariano, lenguas del Golfo de México, o a términos en los que se confunden los nombres geográficos y los de las lenguas, porque unos derivan de los otros: malayopolinesio, indoeuropeo, sinotibetano. Son comunes los nombres formados por el nombre tradicional de una lengua del grupo especialmente destacado o conocido: mixtecano, germánico, zoqueano, mayense, samoyédico. Hay otras formas de designación, pero no intento agotar el punto. así como la maya, que en la actualidad está representada con profusión en Guatemala.

Entre 8 000 y 2 000 años antes de nuestra era, los grupos prehistóricos siguieron su avance paulatino hacia el sur, aprovechando lo que el ambiente les ofrecía y procurando no entrar en conflicto con los otros pobladores. Hubo en ese lapso cambios climáticos que modificaron la cubierta vegetal y la composición de la fauna, así que el hombre se dedicó cada vez más a la caza de animales pequeños (ratas, tuzas, liebres, tortugas, etc.) y a la recolección de semillas y de las partes comestibles de las plantas.En el valle de Tehuacán, sur del estado de Puebla, bajo la dirección de Richard McNeish, se ha descubierto la secuencia más larga y completa. Véase C. Byers, The Prehistory of Tehuacan Valley, y La cueva de El Texcal, Roberto García Moll (ed.). Los estudios de lingüística histórica Hoy en día hay trabajos comparativos sobre prácticamente todas las familias de lenguas aborígenes, por lo que su prehistoria e historia lingüísticas se conocen razonablemente bien. Naturalmente, se ha avanzado paso a paso y nuestro conocimiento se ha afinado y se sigue precisando constantemente. Parece que una bibliografía muy amplia no es indispensable en este momento, pero podemos dar como ejemplo una corta muestra de lo que hay sobre la familia oaxaqueña:

Al notarse ciertas “semejanzas” entre numerosas lenguas de México y Centroamérica, se propuso la existencia de una familia otomangue. Hubo intentos de mostrar más precisamente cómo era la relación, véase el de Lawrence Ecker: “Relationship of Mixtecan to the Otomian Languages”, poco concluyentes por la distancia de las unidades comparadas y lo reducido del material. Era necesario empezar con metas menos ambiciosas; María Teresa Fernández hizo la “Reconstrucción del protopopoloca” que pudo unirse a la del protomazateco de Sarah Gudschinsky en 1953 (Memorias del Congreso Científico Mexicano; Robert Longacre reconstruyó el grupo mixteco (Proto-Mixtecan); y Gudschinsky unió los resultados de las investigaciones anteriores (“Proto-Popotecan. A Comparative Study of Popolocan and Mixtecan”). Al mismo tiempo, se avanzaba en el estudio de las otras subfamilias de la familia oaxaqueña, y de otras lenguas del supuesto otomangue.

Sólo agregaré que a mi juicio —y fijando a las familias una antigüedad de unos 5 000 años— es necesario reconocer que no hay una familia otomangue, sino varias (por lo menos otopame, oaxaqueña y mangueña), lo que no quiere decir que éstas no estén emparentadas entre sí, pero al reconocer que forman parte de un filum —agrupamiento más amplio— habría que incluir en ellas a familias que no se acostumbra considerar otomangues, junto con otras generalmente admitidas.
permiten asegurar que varias de las protolenguas de las que se derivan las familias actuales, se encontraban ya en lo que después sería el área mesoamericana. Habían iniciado su diversificación en los idiomas que darían origen a las subfamilias actuales. La posibilidad de reconstruir nombres para varias plantas, que después fueron típicamente cultivadas, sugiere que los hablantes de protooaxaqueño desempeñaron un papel importante en el largo camino que lleva de la utilización de plantas recolectadas, a su cuidado y selección cada vez más constantes, hasta desembocar posiblemente en su cultivo,Había, por ejemplo, palabras para “maíz“, “frijol“, “calabaza“ y “chile“, así como para “espiga“ (que parece haber designado en especial al huautli) y para “sembrar, plantar“ y otras fases del cultivo y del desarrollo de las plantas. El nombre del “maguey“ debe ser más antiguo, como su utilización, pues sus reflejos (formas modernas derivadas de una raíz antigua) no se limitan a la familia oaxaqueña sino que se encuentran también en la otopame y tal vez la mangueña. Por el contrario, las voces para otras plantas tienen una distribución más limitada, por ejemplo, las subfamilias mixtecana y mazatecana tienen una misma raíz para “aguacate“, pero la subfamilia zapotecana tiene otra; el nombre en la familia chinanteca —que tiene también otro, derivado de una raíz diferente— puede ser préstamo popolocano (más difícilmente sería mixtecano), pero el préstamo puede haber sido en el otro sentido, o puede tratarse de una herencia común. a juzgar por los hallazgos arqueológicos en la región de Tehuacán o en la propia Oaxaca.

 

mostrarLos cimientos de las culturas mesoamericanas

El proceso de “domesticación” de las plantas fue muy prolongado: tuvo que transcurrir un largo período para que éstas constituyeran una parte sustancial de la alimentación. Todavía hacia 2 500 años antes de nuestra era seguía siendo muy importante la caza, la recolección y la pesca, aunque el cultivo ya permitía (y tal vez requería) la existencia de campamentos de larga estancia o permanentes, que favorecieron la diversificación dialectal. Para entonces, el antiguo protooaxaqueño ya se había subdividido en tres lenguas: protozapotecano, protopopolocano y protomixtecano, y este último, a su vez, tenía ya dialectos muy diferenciados, como corresponde a un pueblo que con toda probabilidad fue uno de los iniciadores del cultivo y tuvo parte en el desarrollo de algunas de las ideas y concepciones características de lo que sería Mesoamérica.Los datos arqueológicos de la zona están en conjunción con la información lingüística; véase Robert E. Longacre y René Millon, “Proto-Mixtecan and Proto-Macro-Mixtecan Vocabularies“, en Anthropological Linguistics, vol. 3, núm. 4, 1961, pp. 1-44. Con menor seguridad podemos hablar de las otras dos protolenguas emparentadas, pues si bien parecen haber iniciado su diferenciación más tarde, ésta pudo deberse a que sus dialectos mantuvieron contacto por mucho tiempo, influyéndose mutuamente.

Similar antigüedad tiene la diversificación de la familia otopame. Es posible que los otopames meridionales, al adoptar el cultivo, se hayan separado de los septentrionales, pero la diferenciación también puede haberse dado al exterior de lo que más tarde sería Mesoamérica (como más adelante veremos que sucedió con otras familias). Es más probable, dada su actual ubicación, que los protochinantecos y los protomangueños (cuya diferenciación conocida es mucho más tardía) se encontraran ya en territorio mesoamericano.

El idioma del cual derivó la familia maya parece haberse extendido por la costa del Golfo de México, desde la zona huasteca hasta el istmo de Tehuantepec. En tan amplio espacio es de suponerse que se habría diferenciado en una cadena de dialectos, cuyos extremos tal vez ya no se entenderían entre sí.

Un problema especial lo representan cuatro lenguas aisladas (o prácticamente aisladas, pues sus parientes están muy alejados): el huave, el chontal de Oaxaca (ambos actualmente en la costa del Pacífico), el chontal o tequistlateca y el cuiclateca; con las debidas reservas, podemos aventurar algunas hipótesis. El primero de ellos parece tener lejanas relaciones con las familias mangueña y mixeana de Mesoamérica, así como con las familias algonquina ritwan y del golfo del actual territorio estadunidense. Pero ahora es un solo idioma, cuyos dialectos no habrán tomado mucho más de 400 años para diferenciarse.Jorge A. Suárez, Estudios huaves, México, Departamento de Lingüística del INAH, 1975 (Col. Científica, 22). Si acaso hubo otras lenguas emparentadas, éstas desaparecieron sin dejar el más mínimo rastro. Posiblemente sus hablantes fueron empujados por quienes hablaban las otras protolenguas mencionadas, y quedaron arrinconados desde entonces en el istmo de Tehuantepec o sus cercanías. El chontal o tequistlateca es también una única lengua, cuyos parientes lejanos son las lenguas yumanas, el seri y el coahuilteco, todas de la región desértica del norte del país. Posiblemente avanzó por la región próxima a la costa, al mismo tiempo que los antepasados de la familia oaxaqueña lo hacían por el altiplano; puede suponerse que por ese entonces el tequistlateca se ubicara un poco más al occidente de su localización actual, pero su aislamiento impide cualquier precisión.

El cuitlateca, en 1980, contaba todavía con una hablante en Totolapan, Guerrero. Como las anteriores, fue una familia formada por una sola lengua de la que se desconoce si tuvo idiomas emparentados, aunque es posible que alguna de las lenguas de Guerrero, de las que no se conserva más que el nombre,El cuyuteca, el taltepaneca y algún otro parecen estar en este caso; sin embargo, es riesgoso tomar partido, porque sabemos de seguro que otros nombres designaban variantes de idiomas conocidos de distinta forma en otras partes (el cohuixca era náhuatl, por ejemplo) y de otros no hay seguridad. Entre las familias que posiblemente estén remotamente emparentadas con el cuitlateca se encuentran la yutoazteca y la chibchana, de tal forma que aquel idioma aislado podría resultar un prehistórico eslabón entre Norteamérica y América del Sur. perteneciera a la misma familia. Suponiendo que hubiera penetrado desde muy temprano en la región que después ocupó, tal vez pudiera adjudicarse a sus hablantes el cultivo del frijol y el del algodón.La base de esta opinión no es lingüística ni arqueológica, sino botánica.

Algunas diferencias y similitudes presenta el tarasco con el cuitlateca: está emparentado con el zuni de Norteamérica y con la familia quechuana de Sudamérica, de las cuales se encuentra muy alejado geográficamente. Ahora hay una sola lengua en la familia, pero es posible —y aun parece probable— que varias de las “lenguas particulares” del antiguo reino de MichoacánVéase la obra de fray Antonio de Ciudad Real. Similar información contienen la Descripción del arzobispado de México en 1570 y la Relación de los obispados de Tlaxcala, Michoacán, Oaxaca…, documentos publicados por Luis García Pimentel, en 1897 y 1904 respectivamente. de que tenemos noticia hayan sido sus parientes, sometidas por imposición al tarasco como lengua hegemónica.

 

mostrarLas lenguas durante la construcción de Mesoamérica

Los antropólogos llaman Mesoamérica a una región que, en los inicios del siglo XVI de nuestra era, tenía una cultura rica y compleja, de características propias, claramente distinta a la de los cacicazgos centroamericanos, o a la de los pequeños grupos de nómadas que vivían en los desiertos del norte.Paul Kirchhoff la definió formalmente en su artículo “Mesoamérica, sus límites geográficos, composición étnica y características culturales“. Su formación de etnólogo lo llevó a poner énfasis en algunos detalles culturales significativos pero poco brillantes, mientras que omitió aspectos tan llamativos para el lego como las pirámides. Trabajos posteriores de numerosos autores han enriquecido el concepto, sin alterarlo en lo fundamental. Naturalmente, esta notable civilización —que algunos teóricos cuestionan, no sin buenas razones— se fue erigiendo paulatinamente; sus constructores eran hablantes de las lenguas y protolenguas que aquí nos ocupan.En lo que actualmente es suelo mexicano, pero fuera de Mesoamérica quedaban idiomas —poco se sabe de ellos, desafortunadamente— de los que habrá que ocuparse más adelante.

El proceso de sedentarización y creciente dependencia del cultivo se ha establecido claramente en el valle de Tehuacán y en otros sitios. Los especialistas consideran que ya se puede hablar del formativo Propiamente la historia de Mesoamérica se inicia cuando esta área adquiere sus rasgos definitorios (antes, como hemos visto, es la prehistoria) y concluye cuando los pierde, por efecto de la conquista, hacia 1520. Los arqueólogos acostumbran distinguir en esta historia tres grandes períodos (que se subdividen convenientemente), llaman al primero —aproximadamente del año 2000 antes de nuestra era hasta los inicios de la misma— preclásico o formativo porque durante él los caracteres mesoamericanos se desarrollan y articulan, aproximándose cada vez más a la configuración que tendrán en el período siguiente. El segundo es el llamado clásico porque en él alcanzan su máximo esplendor las culturas aborígenes; principia con el inicio de nuestra era y se extingue paulatinamente, a lo largo de tres siglos, del año 700 al 1000 después de Cristo. El tercero y último período recibe el nombre de posclásico o histórico; lo primero porque sigue al clásico y es —según cierta opinión— menos brillante que éste; lo segundo, porque hay bastantes documentos sobre él. mesoamericano hacia el 2000 antes de nuestra era, cuando encuentran aldeas permanentes, una alfarería desarrollada, otras artesanías, así como elementos que señalan la presencia de chamanes-sacerdotes y de algunas ideas religiosas características de Mesoamérica.Por supuesto, no todos estos elementos se originaron en dicho período; MacNeish cree haber identificado algunos entre los resultados de sus excavaciones en Coxcatlán; otros pueden haberse inventado independientemente más de una vez (si la cerámica más antigua de Tehuacán, Puebla, se asemeja mucho a la de Puerto Marqués, Guerrero, y ambas pueden tener el mismo origen, es en cambio muy diferente la de Ocós, Chiapas), y otros más existieron separados en una o en otra región. Su presencia conjunta y articulada es lo que caracteriza a Mesoamérica. Al correr el tiempo, varias aldeas crecen e influyen sobre sus vecinas, hasta que cerca de 1 500 años antes de nuestra era, surge en La Venta, Tabasco, el primero de los grandes centros ceremoniales, cuyo influjo —proporcional a su magnitud— se deja sentir en buena parte del área.

Al ser La Venta un sitio tan significativo, es natural preguntarse qué idioma hablarían sus constructores; la respuesta no es segura, pero puede intentarse. En opinión de algunos arqueólogos y lingüistas debieron ser protomixeanos, pues en términos generales coinciden la región olmeca (aquella donde los restos arqueológicos son “como los de La Venta”) y la zona de lenguas mixeanas.Véase el artículo del arqueólogo Gareth W. Lowe, “Los olmecas, mayas y mixe-zoques“, en Antropología e historia de los mixe-zoques y mayas. Homenaje a Frans Blom. Creo que la realidad era más compleja, ya que en aquel tiempo el grupo winik de la familia maya —que había comenzado a diferenciarse del inik unos 500 años antes— debe haberse extendido sobre parte de la llanura costera del Golfo, las tierras bajas del Petén y el sur de la península de Yucatán, sin alcanzar todavía las tierras altas de Chiapas y Guatemala, y compartiría con hablantes de lenguas de la familia mixeana lo que ahora es el sur de Veracruz y el oriente de Tabasco, la llamada “zona olmeca”, por lo que La Venta sería la obra de una sociedad bilingüe en la que había hablantes de un dialecto winik —el de los protoyaxché—, y de protomixeano.Leonardo Manrique en “Conclusiones“, ibid., coteja cuidadosamente los datos arqueológicos y lingüísticos, y refuta la interpretación de otros autores, tal vez exagerando un tanto el papel de los mayances al hacer su defensa.

En las tierras bajas del Petén y el sur de la península de Yucatán, estaban ya quienes hablaban el dialecto protoyaxqué (antecesor del maya yucateco y el lacandón), y al occidente de ellos, en el curso bajo y en la desembocadura del Grijalva y el Usumacinta, vivían los antecesores de las que llegarían a ser las lenguas mayas de las tierras altas. Los miembros del grupo inik permanecían en el norte y centro del actual estado de Veracruz y zonas aledañas, separados de sus parientes por una cuña protomixeanaEn “La posición de la lengua huasteca“, doy más detalles sobre el proceso de diversificación en las lenguas de la familia maya, así como las razones que tengo para situar su centro de dispersión en la Huasteca, en vez de hacerlo en los Altos Cuchumatanes de Guatemala, como otros lingüistas han propuesto. El papel de los mixeanos en la separación de los dos grandes grupos mayenses ya había sido señalado por Wigberto Jiménez Moreno, en “El enigma de los olmecas“. que mantenía su unidad o apenas había iniciado su diferenciación. Los antiguos dialectos no dejaron descendientes que llegaran hasta nosotros.

Si al protomixtecano, como hemos dicho, puede acreditársele una tradición de cultivo, de la cual no podemos excluir a otros miembros de la familia oaxaqueña, es de esperar que la vida en aldeas hubiera favorecido la diversificación y que por este tiempo (alrededor del año 1500 antes de nuestra era), fueran ya lenguas claramente distintas el amuzgo antiguo —lo llamo así porque tiene una sola lengua hija, y de este modo evito abusar del prefijo proto-, el protomixteco-cuicateco, el protozapotecano y el protopopolocano, suposición que se ve confirmada por la glotocronología. Aun entre especialistas priva la idea de que la lingüística comparada y la reconstrucción nos dan la historia de un grupo de lenguas como simple sucesión de hechos, sin que pueda precisarse cuándo acontecieron. Consideran que sólo la presencia de documentos —que siempre faltan para los tiempos más remotos— que atestigüen un fenómeno, permite averiguar la fecha de éste. Hay dificultades adicionales (por ejemplo, el conservadurismo de la escritura, la adopción de sistemas ajenos) cuya discusión omito; de todos modos, muchos historiadores de las lenguas emplean su intuición informada (genial con frecuencia, hay que reconocerlo) para datar sucesos no avalados por documentos o que no puedan inferirse indirectamente de datos históricos, arqueológicos o de otra índole.

Todos estos datos y varios de tipo lingüístico pidió Sapir utilizar en un continente prácticamente sin documentación escrita, en “Time Perspective in Aboriginal American Culture; a Study in Method”. Intentando hacer de uso sistemático y práctico algunas de las sugerencias de su maestro, Morris Swadesh realizó estudios sobre el ritmo de sustitución del vocabulario en una muestra de lenguas; encontró que para cierta porción del léxico, este ritmo era suficientemente uniforme como para concretarlo en una fórmula matemática y medir así el tiempo de separación entre dos lenguas derivadas de una protolengua. De esta forma nació la glotocronología.

La glotocronología es, pues, un método exclusivamente lingüístico para fechar fenómenos lingüísticos, sin tener que recurrir a informaciones de otro tipo. Por ahora me limito a decir que —como acabamos de ver en el texto— las fechas glotocronológicas dadas para las lenguas aborígenes mesoamericanas corresponden con las obtenidas por otros medios (C14, secuencias cerámicas, fechas en monumentos o códices, etcétera).

Mi primera versión de los mapas de distribución de las lenguas de México tenía el propósito de investigar el grado de correspondencia entre la imagen que podía construir la lingüística con sus propios medios (muy particularmente la glotocronología) y la que construiría la arqueología. Desafortunadamente —pues puede introducirse un factor inconsciente de distorsión—, también tuve que elaborar estos mapas, ya que los arqueólogos no los habían ni los han hecho todavía. Véase “Relación entre áreas lingüísticas y áreas culturales”.
No es fácil averiguar sus ubicaciones respectivas; apoyado en sus mutuas relaciones, en su situación actual y en indicios arqueológicos, parece ser que el protozapoteco casi había llegado a la región donde ahora se encuentran sus descendientes; que el amuzgo antiguo posiblemente ocupaba buena parte de la Mixteca, tal vez al lado de los protopopolocas; y que el protomixteco, probablemente, se encontraba ya en una parte de Oaxaca, pero se extendía también por el actual estado de Puebla hasta las inmediaciones con Tlaxcala.

Probablemente los totonacos antiguos (evito el horrible término “protototonacanos”, que sería el apropiado, pues aún no se había diferenciado el tepehua) vivieran en una parte de la Sierra Madre Oriental, entre San Luis Potosí, Puebla e Hidalgo, aproximadamente, en la incipiente Mesoamérica de entonces, ya cerca de sus límites o incluso fuera de ellos. Lo más notable, sin embargo, es la total ausencia en territorio mesoamericano de cualquiera de las lenguas de la familia yutoazteca, cuyos descendientes más tarde serían tan sobresalientes.

La diferenciación de la familia yutoazteca se inició allá por el año 2700 antes de nuestra era, pues ésta es la divergencia máxima entre dos lenguas de la familia: el yute y un dialecto náhuatl, nótese que cada uno se encuentra en los extremos septentrional y meridional, respectivamente, de su área de dispersión y también puede observarse que todos los grupos muestran mayor semejanza con sus vecinos inmediatos que con cualquier otro, a lo cual se le llama “distribución en cadena”. Este tipo de distribución se produce, por lo regular, cuando los hablantes de una lengua antigua van extendiéndose en un solo sentido, sin abandonar su ubicación original. Las divergencias se dan cuando el alejamiento entre la avanzada y quienes quedan en el “hogar” primitivo es suficiente como para no ser compensado por las hablas intermedias. Existen, naturalmente, otros factores, así como episodios menores, flujos, reflujos y rupturas que deben tomarse en cuenta. Respecto a los protoyutoaztecas se puede afirmar que poblaban una región aproximada a los estados actuales de Nevada, Colorado y Utah —menos desérticas entonces—, y que una parte de ellos fue avanzando hacia el sur, especialmente por las sierras (en donde recolectaban piñones y bellotas) y por las llanuras próximas (de las que aprovechaban, entre otras cosas, tunas y conejos). Entre los años 2500 y 2000 antes de nuestra era, ya podía distinguirse una lengua septentrional —cuya historia posterior no nos ocupará, pues sus descendientes quedan fuera de nuestras fronteras—, y una lengua meridional que, hacia el 1500 antes de nuestra era, apenas llegaría a las sierras de Sonora y Chihuahua y su vecindad, para formar una cuña entre los idiomas hokano-cohauiltecos al este y al oeste. Por lo tanto, quedaba completamente fuera de Mesoamérica.

 

mostrarEl clásico y sus lenguas

Si el período preclásico se define por la formación progresiva de los patrones culturales mesoamericanos, el clásico se caracteriza, justamente, por la plena vigencia de estos patrones. Mucho hay que decir a este respecto: el arte, las ciudades, los grandes edificios, el calendario y la profundidad de los conocimientos astronómicos, etc. La tentación de hacerlo es grande, pero dejaremos todo esto a un lado, para ocuparnos exclusivamente de los factores que, hasta donde sabemos, influyeron en la historia de las lenguas de nuestro país.

La gente del clásico se sustenta en el cultivo (no desaparecen recolección, caza y pesca, pero su papel es mucho menor), lo que quiere decir que la ubicación de las familias de lenguas no se modifica; en cambio, la misma vida aldeana tiende a crear una fragmentación dialectal quizá semejante a la que ahora puede verse en varias regiones de Oaxaca: cada pequeño pueblo tiene un dialecto propio claramente distinguible, aunque se entienda sin dificultad con sus vecinos.El fenómeno que hemos notado todos los lingüistas que hacemos trabajo de campo, ha sido firmemente documentado por Steven Egland, Doris Bartholomew y Saúl Cruz Ramos en La inteligibilidad interdialectal en México: resultado de algunos sondeos. Este estudio muestra también las dificultades de comprensión que igualmente hay entre pueblos vecinos cuyo idioma tiene el mismo nombre; sostengo que el método empleado tiende a exagerar las diferencias, pero es innegable que existen y que en ciertos casos corresponden a lenguas diferentes, no a dialectos de una sola lengua.

Durante la fase temprana del período clásico (desde su inicio hasta el año 300 de nuestra era), se establecieron vastos señoríos centrados en ciudades que eran la sede de la hegemonía de un poder religioso-político. El de Teotihuacan ha sido llamado imperio y su gran influencia llegaba hasta la zona maya y a Monte Albán, como lo indican los restos teotihuacanos en dichos lugares (y en muchísimos más de Mesoamérica), así como unidades típicamente zapotecas y mayas en la propia urbe teotihuacana que debe haber sido una comunidad bilingüe o plurilingüe, como antes fue La Venta y deben haber sido otros centros importantes. Difícilmente puede caber duda acerca de que las lenguas hegemónicas de los señoríos se extendieron a costa de las hablas locales, haciendo desaparecer a muchas y marcando más las diferencias entre los idiomas subsistentes. Es muy probable que a este fenómeno se deba que ahora se encuentren lenguas cuya diferenciación, especificada por la glotocronología, se iniciara en los últimos 500 años del preclásico, pues difícilmente hubieran llegado a ser diferentes los dialectos que estaban constantemente en contacto. Así parece haber sucedido con las dos únicas lenguas de la familia totonacana que conocemos y también con lenguas popolocanas, mixtecanas, zapotecanas y mixeanas, lo que contrasta con el yucateco-lacandón, que parece haber iniciado al mismo tiempo que las anteriores una diferenciación nunca acabada, porque el permanente contacto mantiene un solo idioma.

En el centro de México —la zona directamente bajo la influencia teotihuacana—, a los pueblos de habla proto-otomiana vinieron a sumarse otros de habla protonahua (o nahua antiguo, si se prefiere), cuyo avance no había cesado, pues así lo muestran algunas fechas: la separación del tarahumara-cahita debe haber sido un poco anterior al principio del clásico, y quedó aproximadamente en la región que ahora ocupan, mientras los antiguos nahuas y los cora-huicholes seguían adelante. Es posible que estos últimos penetraran ya a Mesoamérica (una Mesoamérica marginal en todo caso), pero los nahuas iban delante de ellos, por lo que muy probablemente ya habían llegado a zonas de Jalisco y Michoacán, y también a Teotihuacan y su entorno, con una avanzada en Pochutla, Oaxaca.Doy más detalle en “La lengua de los nahuas y sus congéneres“, en Primer encuentro nahua: los nahuas de hoy, que baso en los materiales de Yolanda Lastra de Suárez, Las áreas dialectales del náhuatl moderno.

Si durante la fase temprana del período clásico se establecieron los señoríos, en la fase tardía (de 300 a 700 años de nuestra era), alcanzan su pleno florecimiento, con un dominio más claro de las poblaciones bajo su poder y una mayor estabilidad favorable al intercambio comercial.No nos interesa averiguar la forma que adoptaba este intercambio; podía ser mercantil, tributario o de otra clase, el caso es que en muchos sitios se encuentran objetos procedentes de otras partes, a veces muy lejanas, y hay también representaciones de plantas y animales de otros ambientes (por ejemplo, en Teotihuacan, seres marinos y de la selva tropical). En esta fase la actividad constructiva —apoyada en el trabajo de gran número de trabajadores—, da a la mayoría de los sitios arqueológicos el aspecto con el que los conocemos ahora. Tal situación era propicia para que los idiomas de los dominadores se usaran como lenguas francas, esto es, sin que desaparecieran las diversas lenguas regionales, por lo que era relativamente común que en vastas zonas coexistieran dos idiomas o más, a veces sin un claro predominio de uno de ellos.

Los nahuas, que se superpusieron a los antiguos habitantes proto-otomianos en el centro de México, como ya señalamos, eran un pueblo expansivo que aparece en varias regiones entremezclado con hablantes de otros idiomas, por lo que puede razonablemente suponerse que tenían el poder en Teotihuacan; probablemente a esto y a sucesos posteriores obedezca la uniformidad del náhuatl de esta región, mientras que la posición subordinada de los otomianos produjo, hacia el año 400, la divergencia de otomíes y mazahuas.

Dada la gran semejanza entre la arquitectura de Teotihuacan y la de El Tajín, Jiménez Moreno cree que en la primera se hablaba totonaco. Mi trabajo con las lenguas mayenses indica que los constructores de El Tajín no fueron totonacanos, sino “huastecanos” (esto es del grupo inik),Véase “La posición de la lengua huasteca“, en Actes du XLIIe Congrès International des Américanistes, citado ya en una nota anterior. Actualmente también algunos arqueólogos sostienen que ésta es una ciudad “huasteca“: Jeffrey K. Wilkerson: El Tajín, “Man’s Eighty Centuries in Veracruz“, en National Geographic Magazine, y en El Tajín: una guía para visitantes. sin embargo, los totonacanos no deben haber sido por completo ajenos a la innegable relación que hay entre ambos sitios (y otros intermedios, como Yohualichan), pues la familia totonacana —desde mucho antes separada en totonaco y tepehua—, ocupaba la Sierra Madre Oriental, entre lo que hoy es el norte de Puebla y Veracruz, posiblemente extendida hasta los llanos interiores, donde coexistiría con hablantes de nahua y, hacia el oriente, con los inik.

Creo que se debe al “imperio” teotihuacano la presencia original del náhuatl en muchas de las regiones donde ahora se le encuentra. En la región poblana parece haberse superpuesto a las lenguas de la familia oaxaqueña, cuya presencia en esa zona hemos señalado. Por el centro de Veracruz puede haber desplazado a otros idiomas, pero en el sur (en la vertiente que el istmo de Tehuantepec tiene sobre el Golfo de México), se hablaba al lado de dialectos mixes y zoques Hay algunos problemas de clasificación de la familia mixeana (o zoqueana, como también se le llama). Siguiendo las denominaciones tradicionales se dice que la componen tres lenguas: el mixe, el zoque y el popoluca. La última está muy diversificada, hasta el punto en que uno se pregunta si es un solo idioma o son varios; también se encuentra que algunas formas del “popoluca“ difieren de algunas del mixe (también muy diversificado) casi tanto como éstas entre sí, en tanto que otros “popolucas“ se acercan más al zoque. Si se atribuyeran al zoque unas variantes del “popoluca“ y otras al “mixe“ —como tiende a hacer Jesús Morales en su tesis profesional— quedaríamos con sólo dos lenguas, lo que tampoco resulta correcto porque no refleja la diversidad interna del “mixe“ y enmascara la del “popoluca“. Probablemente, lo mejor sería reconocer que no son únicamente tres las lenguas de esta familia, sino una red de varias más. Es posible que en el Clásico Tardío la cercanía geográfica de ciertas hablas mixes y zoques de la llanura costera haya hecho disminuir sus diferencias para formar los “popolucas“. y posiblemente llegaba ya al occidente de Tabasco, donde estaría en contacto con lenguas mayenses; el encontrarse estas avanzadas entre grupos de familias diferentes probablemente favoreció el inicio de su diferenciación dialectal.

La historia de algunos pueblos mayenses y sus lenguas, durante el período clásico, tiene aspectos muy interesantes. Debemos recordar que en la configuración de la cultura olmeca, durante el preclásico, tuvieron parte destacada los hablantes de un antiguo dialecto winik, el protoyaxché (antepasado del protocholano y el prototzeltalano). Ahora podemos agregar que los sistemas de registro olmecas son la raíz Investigaciones recientes tienden a señalar que las escrituras mesoamericanas pueden haberse originado en Monte Albán, pero su precedencia temporal no es de ningún modo evidente y estas inscripciones tienen un estilo manifiestamente “olmeca” u “olmecoide” que no excluye —sino más bien ratifica— el papel de los olmecas en la invención de la escritura en Mesoamérica.

A partir de la base olmeca se desarrollaron dos grandes grupos de sistemas de registro. El de Oaxaca y el centro de México y el de la zona maya. El primero no es de verdaderas escrituras, mientras que el segundo comprende al menos una escritura, si bien puede haber en él también semiescrituras. (Véase Leonardo Manrique, “Ubicación de la ‘escritura azteca’ en una tipología de sistemas de registro”, en Primer Coloquio sobre Documentos Pictográficos de Tradición Náhuatl y en los artículos sobre las escrituras mesoamericanas en el Atlas de lingüística).
de las escrituras mesoamericanas, entre las cuales está la maya que en el clásico se extendió por todas las tierras bajas. Buena parte de las tierras bajas no estaba poblada por gente del idioma protoyaxché de los olmecas, sino por los hablantes del yaxqué,No vale la pena llamarlo protoyaxqué porque no comprende más que una lengua cuyos dialectos —a veces bastante divergentes— reciben usualmente nombres distintos: maya y lacandón, hablados en México, e itza y mopán de Belice y Guatemala. que no tiene ningún parentesco especialmente cercano con ninguna de las demás lenguas del grupo winik, razón por la que de inmediato surge la pregunta de cómo pudieron éstos adoptar la escritura desarrollada por protocholanos-tzeltalanos.Ya en 1963 propuse en el Boletín del Instituto Nacional de Antropología e Historia que en vez del maya yucateco (como se venía haciendo) se usara sistemáticamente el chol en los trabajos para descifrar la escritura maya, pues mis investigaciones sobre la diversificación de las lenguas mayenses indicaban que era ésta y no aquélla la lengua de los primeros textos mayas. La respuesta está en que ambas protolenguas comparten una gran variedad de rasgos estructurales,Victoria R. Bricker muestra la gran semejanza de las lenguas cholanas y yucatecas en el segundo capítulo de su A Grammar of Mayan Hieroglyphs. posiblemente por la influencia mutua que muchos siglos de contacto constante produjeron. Cada uno de los grupos tuvo cambios propios que, incluso, ocasionaron la separación del cholano y el tzeltalano ya avanzado el clásico; cambios que saltan a la vista porque no exhiben la correspondencia fonológica regular que deberían tener y que en ciertos casos pueden documentarse con ejemplos de la escritura maya.Véase de John S. Justeson, William M. Norman, Lyle Campbell y Terrence Kaufman, The Foreign Impact on Lowland Mayan Language and Script. Los autores muestran algunos rasgos estructurales comunes al protoyaxché y protoyaxqué y numerosos elementos de vocabulario que comparten ambas protolenguas en exclusividad (es decir, no se encuentran en el resto de la familia), fenómeno frecuente cuando dos grupos han tenido una larga historia como vecinos. También demuestran préstamos de una de las dos protolenguas a la otra —en su mayoría del cholano al yucateco, como cabe esperar si los antiguos choles fueron (junto con protomixeanos) el prestigioso pueblo olmeca creador de la escritura— así como palabras provenientes de la familia mixeana, de los protozapotecos, y de nahuas y totonacanos antiguos.

La invención de la escritura es una hazaña que contribuye de manera destacada al esplendor del período prehispánico clásico, caracterizado por su solidez y estabilidad que habrían de perderse a partir del año 700 de nuestra era.

 

mostrarEl tránsito del clásico al posclásico

A finales del período clásico hubo un aumento de temperatura que provocó cambios climáticos. Uno de los efectos más notables de estos cambios consistió en que grandes extensiones que habían sido cultivables dejaron de serlo y tuvieron que ser cedidas a los nómadas o, al menos, sus habitantes se vieron forzados a modificar sus medios de subsistencia.Ana María Crespo Oviedo, Villa de Reyes, San Luis Potosí. Un núcleo agrícola en la frontera norte de Mesoamérica, es un ejemplo, pero pueden multiplicarse.

La retracción de la frontera norte de Mesoamérica hizo que se volcaran sobre esta área quienes antes habían podido subsistir del cultivo en zonas que ya no lo permitían. Pero ahí estaban los señoríos ocupando todo el espacio, incluso arrebatándose ocasional y mutuamente algunas zonas firmemente establecidas al menos en apariencia. Al respecto existen indicios de que las invasiones propiciaron revueltas internas de quienes habían dado lustre a las urbes con su trabajo, en acatamiento de la voluntad de los dioses todopoderosos, cuya capacidad para mantener el orden del universo se había perdido, según lo demostraban los acontecimientos. Los señoríos cercanos a la frontera septentrional fueron los primeramente afectados (Teotihuacan fue incendiada en el año 700) y su caída repercutió poco después sobre los reinos contiguos que un poco más tarde a su vez, desplazaron a sus vecinos hacia el sur y éstos a los de más adelante, y así sucesivamente a lo largo de 300 años, aproximadamente hasta el año 1000 de nuestra era.

Debemos entender que el derrumbe de las élites sacerdotalesNo puede caber duda, por ejemplo, de que los dirigentes teotihuacanos —con seguidores, probablemente— abandonaron la ciudad para radicar algunos en Azcapotzalco y otros en Cholula. no implica necesariamente el desplazamiento de los campesinos y los artesanos más humildes, quienes siguen en sus tierras haciendo su vida cotidiana, si acaso bajo nuevos dirigentes; por ello la mayoría de los nuevos reacomodos fue poco importante.Por ejemplo, el ixcateco (que solamente se habla en Santa María Ixcatlán) tiene como vecinos a pueblos de lengua chocha —o chocholteca, como sus hablantes prefieren ahora que se diga— de los que divergieron cerca del año 800, según la glotocronología. Dada su contigüidad actual, es poco probable que se hayan separado entonces y vuelto a aproximar más tarde. Parece más bien que los hablantes de dialectos ya diferenciados en una red, hicieron desaparecer las formas dialectales intermedias, poniéndose así en contacto hablas que ya no eran mutuamente inteligibles, de lo cual no hay huellas arqueológicas por la relativa uniformidad cultural de la región (toda ella de cultura “mixteca“). Hay también, sin embargo, desplazamientos notables: la presencia en Centroamérica del pipil“Pipil“ es uno de los nombres que se dan a formas del dialecto náhuatl de la periferia oriental (véanse las obras citadas en la nota 32 y Antonio García de León, Pajapan, un dialecto mexicano del Golfo, Col. Científica, 43). Su asentamiento entre los pocomes —una lengua maya de Guatemala— hizo que se diferenciaran el pocomam y el poconchí. Jiménez Moreno lo asocia con la presencia de “yugos“ y “palmas“ en ciertos islotes centroamericanos hasta Nicaragua a partir de la caída de Teotihuacan; puesto que estos objetos son más característicos de la costa del Golfo que del corazón teotihuacano, ratifican que los pipiles de Centroamérica tienen sus raíces en el náhuatl istmeño. procede de ese tiempo, antigüedad similar tiene en Costa Rica el mangue, separado del chiapaneco.Hasta ahora he supuesto que la familia mangueña estaba radicada desde muy antiguo en la zona chiapaneca, o muy cerca, y que el mangue partió de ahí. Es posible también que los hablantes del protoidioma hubieran radicado en otra región y se hubieran movido conjuntamente cerca del año 700 d.n.e., quedándose los antepasados de los chiapanecos en su ubicación históricamente conocida y siguiendo adelante los antiguos mangues. La divergencia de las dos lenguas inik (el huasteco y el cotoque o chicomucelteco) tiene unos 1 000 años, por lo que ocurrió a fines de los tres siglos de transición. Es de suponerse que antes ya existían diferencias dialectales, poco acusadas por efectos de su contacto y que éstas fueron, en parte, responsables del desplazamiento de los cotoques desde su patria de origen, en el centro de Veracruz, hasta Chicomucelo, donde entonces vivían los motocintlecos quienes se vieron así forzados a mudarse a Motocintla.

 

mostrarEl período posclásico o histórico

Es frecuente que se caracterice al posclásico como un período militarista, durante el cual, por todo el ámbito mesoamericano, la casta guerrera desplaza del poder a la sacerdotal y se enfrasca en un sinfín de batallas y conquistas. Se exagera, pues soldados y sacerdotes estaban inextricablemente enlazadosEntre los aztecas, los mismos individuos tenían a la vez funciones sacerdotales y guerreras. No cabe duda de que había variantes entre las distintas sociedades, pero no parecen haber diferido mucho. sin que unos desplazaran a los otros, y el empleo de la fuerza armada no es nuevo sino que tiene una larga historia. Es verdad, sin embargo, que proliferan los asentamientos en sitios fortificados y defendibles, que se hacen más numerosas las representaciones de guerreros y que hay claras noticias de conquista. Estas noticias han llegado a nosotros porque los registros indígenas (que conocemos como códices, mapas y lienzos) conservaron la memoria de estos sucesos y permitieron que después de la conquista se trasladaran a caracteres latinos; por ello el período posclásico recibe también el nombre de histórico.

Desafortunadamente para nuestro propósito, estas historias prehispánicas (como suele suceder en todo el mundo en sociedades de este tipo) centran todo su interés en las hazañas de los señores,En varios códices se narran las proezas de señores de los reinos mixtecos, Alfonso Caso, en Reyes y reinos de La Mixteca, hizo notables estudios de ellos y ha podido entregarnos las genealogías de los reyes mixtecos y las relaciones de sus conquistas, pero sólo en ciertos casos ha podido identificar los lugares a los que se refieren. Sabemos, por ejemplo, que 8-venado “Garra de Tigre“ era rey de Tututepec, en la costa de Oaxaca, pero ignoramos donde estuvieron “Montaña que Escupe“, “Cerro que se Abre-Abeja“, etc. y, por lo tanto, no podemos siquiera suponer qué lengua se hablaba ahí. de manera que sólo en algunos casos podemos inferir de ellas algo de lo que sucedía con las lenguas. Otra información debe obtenerse de los estudios propiamente lingüísticos —toponimia, lingüística comparada, rastreo de préstamos entre lenguas o interdialectales, etc.—, que no han podido, por lo general, hacerse con el detalle que requieren dado que era más urgente atender los problemas y panoramas globales.

La diversificación del matlatzincano (ahora dos lenguas: el ocuilteca y el matlatzinca, de la familia otopame), se fecha hacia el año 1000; puesto que la historia conocida de los matlatzincas es la de la reducción progresiva del área que ocupaban en el valle de Toluca. Parece que los matlatzincanos mismos no se movieron, sino que perdieron contacto al entrometerse en la zona otros pueblos, los nuevos dominadores. Uno de éstos era el náhuatl, tal vez componente mayoritario, junto con los otomíes, de la sociedad teotihuacana, que al fijar de nueva cuenta a los otomíes pudo haber producido su diversificación interna, que tiene unos 800 años.

Bastante bien documentadas están las luchas de algunas unidades políticas desde que su expansión las puso frente a frente, lo que produjo choques de lenguas cuando tenían diferente idioma. Así sabemos que los cuitlatecas fueron avasallados y desplazados por los tarascos, quienes probablemente habían hecho lo mismo con otras lenguas que suponemos tarasqueñas, los que a la postre se enfrentaron a los aztecas de habla náhuatl y llamaron en su auxilio a unos matlatzincas a los que recompensaron permitiéndoles establecerse en Charo, Michoacán, donde se les llamó “pirindas”. Igualmente es sabido que los tepanecas, cuyo reino de Azcapotzalco dominó desde Pachuca hasta Iguala, eran mazahuas al menos en parte, así es que su guerra con los aztecas (que fueron sus súbditos antes de arrebatarles la hegemonía) fue también la lucha entre una lengua otopame y el náhuatl. En cambio, tanto los tenochcas como los tlaxcaltecas hablaban náhuatl, de manera que no todos los enfrentamientos entre señoríos de nombre diferente enfrentaron a la vez lenguas distintas.

Cuando no se ha conservado memoria de acontecimientos similares, no todo está perdido, pues puede acudirse a los recursos de la lingüística aunque, como se dijo anteriormente, mucho falta por hacer. Las lenguas mayenses han sido estudiadas de esta manera con más detalle que otras, lo que permite decir, por ejemplo, que las lenguas tzeltalanas (tzeltal, tzotzil y tojolabal) se han movido en cierta medida unas respecto de las otras en el sentido de las manecillas del reloj en tiempos posclásicos.Esta afirmación se apoya en las distancias glotocronológicas de cada una de las lenguas tzeltalanas respecto a los demás idiomas de la familia, así como en la cuidadosa fonología histórica de cada lengua. Muchos desplazamientos hubo también en la península de Yucatán; están muy bien documentados los movimientos de los itzaes, desde el oriente a Chichén Itzá, hasta su asentamiento posterior en el lago Tayasal del Petén, así como la presencia de putunes en Campeche, o las pugnas entre cocomes y xiues de otros grupos con los traslados consiguientes, sin embargo, eran todos ellos de la misma lengua (el maya yucateco), así que poca consecuencia tuvo tanta agitación sobre el idioma que se habla en la región.

Después de algunos acomodos de importancia sucedidos durante los tres siglos de transición del clásico al posclásico, los señoríos históricos arraigaron a las poblaciones en sus tierras, para obtener de ellas tributos regulares, de manera que las lenguas (y por ende las familias que ellas forman) ya no cambiaron de ubicación, salvo la extensión de los idiomas hegemónicos convertidos en lenguas francas. El caso de los mexicas es ilustrativo: no eran los únicos que hablaban náhuatl y parece ser que iniciaron su expansión conquistando a otros nahuas, con quienes los hermanaba el idioma (no todos los sintieron hermanos, como lo prueba la feroz oposición de los tlaxcaltecas), para someter después a gente de lengua distinta. La extensión del náhuatl produjo la pérdida de hablas locales (tanto lenguas como dialectos, así del náhuatl como de otras familias) y tendió a homogeneizar las variantes que tenía este idioma; probablemente en el centro de su área surgió una especie de koiné, pero en zonas alejadas se mantuvieron, aunque ya disminuidas, las diferencias.

 

mostrarHistoria reciente de las lenguas indígenas

En comparación con los casi 4 000 años de historia lingüística prehispánica, los 500 transcurridos desde la conquista hasta nuestros días son muy pocos. Más aún, aunque haya diferencias en cada caso, se requieren aproximadamente 1 000 años para que dos formas dialectales que no se influyan mutuamente acumulen suficiente número de cambios como para que sus hablantes ya no puedan entenderse entre sí, esto es, para volverse lenguas distintas, de manera que para efectos prácticos las lenguas aborígenes que hoy se hablan en México junto con muchas que han desaparecido, ya existían entonces, y los cambios internos que han tenido no son muy notables o resultan, con ciertas excepciones, difíciles de documentar adecuadamente.

La historia de estas lenguas desde hace casi medio milenio tendrá que ser principalmente una historia externa.

 

mostrarLa conquista y su efecto sobre las lenguas nativas

La conquista fue un proceso relativamente largo. La caída de Tenochtitlan en 1521 acarreó el sojuzgamiento más o menos automático de los pueblos directamente sometidos a la Triple Alianza,Muy complejo aparece el panorama a la luz de los estudios que sobre la organización política y administrativa de los mexicas se realizan, con la coordinación de Pedro Carrasco, en la dirección de Etnohistoria del INAH. Algunos pueblos tributaban solamente a uno de los miembros de la Triple Alianza (Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan), pero otros lo hacían a la vez a dos o a los tres, lo que parece reflejar parcialmente a quiénes consideraban sus conquistadores. los que al fin y al cabo, solamente vieron que nuevos dominadores sustituían a los anteriores, de forma semejante a como había sucedido previamente no pocas veces. Pero no todos cedieron fácilmente, sino que los españoles debieron conquistarlos más tarde, así como a los señoríos que nunca cayeron bajo las fuerzas tenochcas (Michoacán, Meztitlán y Tututepec; Tlaxcala se alió antes), amén de las regiones a las que los mexicanos nunca habían intentado dominar directamente aunque mantenían con ellas un activo comercio, contra las que los españoles enderezaron nuevas expediciones guerreras. Por último, al norte estaban las tierras de los salvajes chichimecas, poco atractivas para los sedentarios mesoamericanos con la tecnología de cultivo que tenían, pero que resultaron más prometedoras para los europeos siendo poco a poco conquistadas a lo largo de dos siglos y medio.

La primera fase de la conquista, dirigida contra Tenochtitlan, no parece haber afectado en forma sensible a los idiomas nativos, pese a la violencia de los hechos de armas y a la crueldad de varias de las acciones guerreras. Fueron horribles las matanzas de Cholula y del Templo Mayor, pero en ellas encontraron la muerte sobre todo los miembros de los grupos dominantes pues, aunque en las fiestas de los meses del calendario prehispánico, se dice que participaba el pueblo, difícilmente se podía juntar todo el verdadero pueblo en los recintos donde se cometieron los asesinatos. Sangrientas como fueron muchas de las batallas, así como la campaña preparatoria del sitio de Tenochtitlan y el sitio mismo,Considero innecesario dar referencias bibliográficas sobre datos e información muy conocidos. Por ejemplo, parece fuera de duda que todos los lectores saben de la Visión de los vencidos que, además, figura en esta historia de la literatura. la mortandad por las armas de los españoles y de sus aliados indios no ponía en peligro la supervivencia de ningún idioma. Tampoco en esta fase parece haberse visto afectada mayormente la distribución de lenguas y dialectos, a pesar de que al lado de los conquistadores participaron numerosos contingentes indios (de manera significativa los tlaxcaltecas de habla náhuatl, pero también hubo totonacas y hablantes de algún otro idioma), ya que unos murieron, otros regresaron a sus tierras a esperar los beneficios de su alianza y muy pocos, si es que hubo alguno, mudaron su residencia.

Durante la fase de expansión de la conquista hubo ciertos cambios poco notables, debido al papel de los conquistadores indios y al terrible efecto de las enfermedades. Éstas fueron mucho más mortíferas que las armas y contribuyeron a la derrota ya desde la primera fase, cuando la viruela causó la muerte de Cuitláhuac junto con mucha gente más.Se dice que la viruela fue traída por un soldado de las fuerzas de Pánfilo de Narváez, cuando éste vino con el encargo de someter a Cortés y acabó sumándose al sitio de la capital tenochca, situación que propició el contagio. Se extendieron y atacaron a una población tras otra al expandirse la conquista, así que no es difícil que se hubieran extinguido pueblos enteros y con ellos su lengua, si eran los únicos que la hablaban. Sirva de ilustración lo que fray Antonio de Ciudad Real nos cuenta de Autlán (hoy Autlán de Navarro, Jal.), que claramente quedaba fuera de la esfera de influencia de la Triple Alianza: había sido: “de grandísima vecindad y poblazón, según dicen los viejos y parece agora por las ruinas de casas […] pero por una pestilencia y mortandad muy grande […] los vecinos que quedaban […] no llegaban a doscientos” cuando la visitó Fray Antonio, y la baja de población tal vez hizo desaparecer algún idioma dada la diversidad lingüística local pues “los de aquel pueblo y de otros de aquella guardianía hablan una lengua particular llamada auteca y en muchos otros hay una lengua diferente”.

También dice fray Antonio sobre la diversidad idiomática en la región de Autlán “pero los unos y los otros autecas y los de la otra lengua particular, entienden casi todos y hablan la mexicana y en ella confiesan y se les predica”. Puede pensarse que el náhuatl que ahí se hablaba en los tiempos en que estuvo fray Antonio, había sido llevado por la huestes de Nuño Beltrán de Guzmán que tenía soldados tlaxcaltecas y tenochcas, o por los nahuas que figuraron al lado de los españoles en la guerra del Mixton, o también por los aliados de alguna otra expedición; sin embargo, hay fuertes indicaciones de que en muchas partes se hablaban dialectos nahuas desde antes, como lo sugieren nombres locales (Mixton, Zacatecas, Culiacán, etc.) y las peculiaridades del idioma en el Arte de la lengua mexicana… como se habla en el obispado de Michoacán, de fray Juan Guerra, en 1692.
Por otra parte está la presencia de lenguas aborígenes en nuevas localidades en boca de los aliados nativos, ya fuera como acompañantes de los españoles o por sí mismos. En la mayoría de los casos había españoles —a veces unos cuantos— pero en ocasiones hubo caudillos indígenas, en especial otomíes, que se declararon súbditos de aliados de la corona y emprendieron conquistas en su nombre. Hernando de Tapia por ejemplo, cuyo nombre otomí fue Conin y había actuado como mercader intermediando entre los chichimecas de Querétaro y los tenochcas, se refugió con los primeros cuando huyó ante el desplome mexica y ahí sirvió como puesto de avanzada, también don Nicolás de San Luis Montañés, nativo de Jilotepec y más emprendedor, fue conquistador de Apaseo, fundó San Luis de la Paz y apaciguó otros lugares.

Significativo en la expansión del náhuatl fue el traslado en 1591 a la región de San Luis Potosí de 400 familias tlaxcaltecas ya evangelizadas, para que sirvieran de ejemplo a los chichimecas (sobre todo guachichiles) recién sojuzgados; dado que propiamente no se conquistó a los tlaxcaltecas sino que se aliaron libremente, las autoridades virreinales debieron suscribir con ellos unas capitulaciones en que los primeros aceptaban el traslado a cambio de ciertas supuestas ventajas.

 

mostrarPugna de idiomas en la colonia

En el transcurso del siglo XVI, pero sobre todo en los primeros cincuenta años después de la toma de Tenochtitlan, hubo extensas y graves epidemias porque las poblaciones aborígenes no habían desarrollado la resistencia que se crea —una forma de adaptación humana— cuando la exposición a los agentes infecciosos ha sido constante y milenaria. Hay clara y triste memoria de “pestilencias y mortandades”, como las llamaban los invasores, o matlazáhuatl, cocoliztli y aun hueycocoliztli, como se les dijo en la principal lengua nativa. Las peores eran probablemente, enfermedades virales (viruela, varicela, rubéola, sarampión, etc.), sin que puedan excluirse las producidas por microbios. En vista de que todavía había, como hemos visto, idiomas que se hablaban en zonas muy reducidas, es muy probable que varios de ellos se perdieran por tal causa. Ejemplo de lengua limitada en extensión es el matlame del actual estado de Guerrero por la semejanza de su nombre con el de matlatzinca y porque ambos estaban relativamente cercanos; se ha supuesto que eran lo mismo, pero no hay ninguna otra razón para apoyar esta hipótesis.

A lo referido antes sobre Autlán podemos agregar otro caso ilustrativo tomado de entre muchos: la catedral del obispado de Michoacán que estaba erigiendo Vasco de Quiroga en Pátzcuaro y que “llevaba mucha obra […] no se acabó porque con mortandades y pestilencias faltaron muchos indios y se pasó de allí la silla a Valladolid”; esto es, la población se redujo tanto que no sólo no pudieron seguir la construcción, sino que ni siquiera eran bastantes para dar el servicio a la silla o sede episcopal y eso contando con la acrisolada caridad de don Vasco.

Cuando los sobrevivientes de un pueblo eran muy pocos, se les concentraba o reducía en alguna población un poco mayor, a veces nueva. La política de reducciones tenía el propósito de facilitar la evangelización tanto como la administración civil y religiosa, pues no era lo mismo que uno de los pocos misioneros (o de los cobradores del tributo) tuviera a la mano a los destinatarios de su labor o que tuviera a lo sumo que visitar unas cuantas localidades, a que se viera forzado a hacer grandes recorridos con poco fruto.Muchas reducciones se hicieron por la fuerza pues los indios se negaban a dejar sus tierras, sus pueblos, los restos de sus antepasados y a sus dioses. Hay abundantes relatos sobre indios que preferían huir a los montes y ahorcarse, antes que ser reducidos. No faltan noticias sobre la concentración en una sola reducción de indios de distinta lengua. En los primeros tiempos eran, no pocas veces, hablantes de idiomas que coexistían desde antes en la región (las dos “lenguas generales” del rumbo, o aun los dos idiomas de un pueblo,Según la Relación del Arzobispado de México, Izcuincuitlapilco y sus vecinos eran en realidad un pueblo único, pues sólo los separaba una calle, pero en uno se hablaba otomí y en el otro náhuatl. o la “lengua particular” y la general), pero más tarde, sobre todo cuando la colonización avanzó por tierras de chichimecas, en una reducción, podían encontrarse miembros de cinco o más grupos.En la Misión de Santa Catarina de Rioverde, por ejemplo, se juntaron pames, mascorros y samúes con los domésticos otomíes y tarascos. El contacto físico en las reducciones propició la difusión de las enfermedades y más mortandad en la población amerindia.Así sucedió ya en las primeras reducciones en el centro del país, como lo muestra la necesidad en que se vieron las autoridades coloniales de aceptar nuevas tasaciones del tributo, porque habían fallecido tantos tributarios que los sobrevivientes no podían suplir su parte, ni siquiera con el mayor esfuerzo. Sin embargo, impresiona más lo que a mediados del siglo XVIII pasaba en la península de California donde, a decir del misionero jesuita Juan Jacobo Bagaert, en los 17 años que él pasó ahí casi habían desaparecido los guaycuras y semejante suerte habían tenido o pronto tendrían los de las demás lenguas.

No hay que suponer que la sociedad nativa estaba libre de agentes infecciosos propios,Los antropólogos físicos han reunido abundante e irrecusable información sobre enfermedades, lesiones y otros problemas de salud en las poblaciones prehispánicas. es posible incluso que algunos de ellos causaran estragos, casi tan grandes como las afecciones venidas del Viejo Mundo, entre los indios sometidos al extenuante trabajo de las encomiendas,Consistían éstas, en teoría, en encomendar ciertos indios a un español (de un pueblo o más, por lo común) para que cuidara de su cristiana salvación haciendo que se les adoctrinara, que recibieran los sacramentos y que vivieran de acuerdo con las normas civiles y religiosas de los católicos. Como justa recompensa a sus desvelos, el encomendero recibía una parte del tributo que los indios estaban obligados a dar. Bien conocida es la realidad: los encomendados vinieron a ser, en la práctica, siervos de la gleba, pues —arraigados a sus pueblos— se les pedían tributos excesivos y se les hacía trabajar (otra forma del tributo) en las tierras mercedadas al encomendero, en las minas y en el servicio personal de la casa del amo, obligándolos a aportar sus propios bastimentos desde distancias enormes. donde, en ciertos casos, según la región,Algunas de las zonas mineras primeramente explotadas fueron aquéllas donde era mayor la diversidad lingüística. Cerca de Taxco estaban el mexicano y el couixca (dialectos del náhuatl), el itzuco, el texome, el tuxteco y un mazateco y un chontal distintos de las lenguas conocidas por los mismos nombres en otras regiones; Michoacán era rico en “lenguas particulares“, tanto en zonas mineras cuanto donde se explotaban minas. Zacatecas recibe su nombre de los zacateca, grupo semisedentario relativamente extendido, pero no muy lejos había otros que también fueron llevados a trabajar a las minas. podían juntarse hablantes de distintas lenguas que recurrían por necesidad a la lengua franca nativa o, cada vez con mayor frecuencia, al español.

El castellano era la lengua de los dominadores, y por ello llegó a ser la lengua dominante al imponerse cada vez con más fuerza en la práctica, aunque la política oficial se inclinara, ora por la implantación forzada del castellano, ora por permitir el uso de los idiomas nativos dejando que el español se introdujera poco a poco. Siguiendo las ideas que como introducción a su Gramática castellana había expuesto Elio Antonio de Nebrija,Mostrando que el surgimiento y caída de los imperios del pasado es paralela al auge y declinación de una lengua para cada uno de ellos, Nebrija sostiene que el apogeo de un imperio y de un idioma, van emparejados y se refuerzan mutuamente. Podríamos decir que ésta es su teoría de la historia. Al terminar su gramática, cuando culminaba la Reconquista con la caída del reino de Granada —triunfo del cristianismo— Nebrija ofrece a sus Reyes Católicos la lengua que habrá de ser compañera del imperio en formación, y previendo que pueda extenderse hacia África, arriesga decir que tal vez el castellano se llegará a hablar en extrañas y peregrinas tierras. Su dicho tiene algo de profético, pues no podía saber de las “extrañas y peregrinas“ tierras americanas. la corona se inclinaba por imponer el empleo del español y la desaparición de los idiomas americanos, pero no podía dejar de ver aspectos prácticos,Conquistadores y misioneros reconocieron desde un principio la existencia de lenguas francas conocidas por la mayor parte de los nuevos súbditos (aunque no fueran propiamente suyas: “hablan X, pero entienden la mexicana y en ella se confiesan“) y las aprovecharon porque no hubiera sido posible llevar la administración civil y religiosa en español, lengua que todavía no hablaba casi nadie. Los españoles también contribuyeron a que se expandieran el náhuatl, el tarasco y el otomí por tierras de chichimecas donde antes no se habían hablado, pues llevaron a gente de estos idiomas como colonos o “indios mansos“ cuyo ejemplo enseñara las formas de la vida sedentaria a quienes habían sido hacía poco sometidos. ni desatender por completo las recomendaciones de los evangelizadores, cuyo fundamento paulista no ignoraban las autoridades católicas. Por su parte, los misioneros preferían que la administración de los sacramentos y la misa fueran en lo posible en las lenguas de sus feligreses, fundándose para ello en las sagradas escrituras. No era poca cosa que al venir sobre ellos, el Espíritu Santo hubiera dado a los apóstoles el don de lenguas que necesitaban para ir a predicar a todas las naciones, según mandato de Cristo.A este fin se destinaba la copiosa producción sobre idiomas indígenas: artes y vocabularios, destinados a que los nuevos misioneros aprendieran las lenguas que deberían usar, y para auxiliarlos mientras no las manejaban suficientemente, se redactaron también en lenguas aborígenes, confesionarios, sermonarios, doctrinas cristianas y otros textos. De más está decir la enorme utilidad que tales libros —varios de ellos sobre las lenguas hoy desaparecidas— han tenido para la investigación, ya sea que llegaran a nosotros impresos o en manuscritos.

Si en un principio la explotación de las minas se sustentaba sobre las espaldas de los indios encomendados, pronto su merma hizo que ya no fueran suficientes para el trabajo, la escasez de mano de obra se agravó al iniciarse la explotación minera en territorios donde no había pueblos nativos sedentarios. Se recurrió entonces a importar esclavos negros, que igualmente se destinaban a las plantaciones de caña en tierra caliente y, en ocasiones, para el cuidado del ganado en las soledades desérticas del norte, sin que su presencia parezca haber tenido prácticamente ningún influjo sobre los idiomas aborígenes. También se hizo cada vez más común la contratación de indios libres que venían de las tierras antiguamente mesoamericanas,En una relación del Obispado de Michoacán, ya avanzado el siglo XVII se repite pueblo tras pueblo, sobre todo en los mineros, la presencia de tarascos y mexicanos, de algunos otomíes y uno que otro que había sido chichimeca, pero a quienes podía ya hablárseles y por lo tanto administrárseles en español. quienes se agregaban a los pueblos castellanos y ahí abandonaban el uso de sus lenguas nativas para adoptar el idioma español.

Un poco diferente es lo sucedido en las provincias novohispanas norteñas, que no fueron colonizadas de manera firme sino hasta bien avanzado el siglo XVIII, aunque hubo penetraciones y asentamientos desde el XVI.Es de sobra conocida la precariedad que durante largo tiempo sufrieron pueblos como Monterrey o Saltillo, que no crecieron sino a partir de fines del siglo pasado. Igualmente se sabe de la inexistencia de cualquier poblado digno de tal nombre si se exceptúa tal vez a Tampico, situado en el extremo sur en el actual estado de Tamaulipas, abierto a la colonización por Escandón con el nombre de Nuevo Santander en tiempos del virrey Revillagigedo. Ahí los ganaderos entraron poco a poco y su relación con los indios nómadas pasó del enfrentamiento a una convivencia en la que éstos hacían labor de vaqueros, aprendiendo el español y olvidando sus lenguas, de las que no conocemos ni siquiera el nombre real.Varios de los nombres de “lenguas“ que han llegado hasta nosotros (narices, molinas, moraleños y otros) parecen haber sido apodos de cabecillas, empleados para identificar bandas a las que muchas veces se les daban nombres ridiculizantes o de animales (cuerosquemados, comecrudo, zapoteros, comepescados, pintos, borrados, garzas, tejones, cacalotes, etc.) que bien podían hablar lenguas o dialectos distintos a los de sus vecinos de otros nombres tan fantasiosos como éstos, pero lo mismo podía ser que hablaran exactamente igual. También hay nombres auténticos, como janambres, simariguanes, maratines y muchos más, de los cuales se ignora si se referían a formas de habla —lenguas o dialectos— bandas, lugares o regiones.

La historia de las lenguas aborígenes a lo largo de los 300 años coloniales tiene, como hemos visto, muchas modalidades, pero se resume en dos fenómenos: muchos idiomas se perdieron (no pocas veces sin dejar rastro), y la proporción de hablantes de lenguas indígenas se redujo constantemente, aunque todavía al iniciarse la guerra de independencia eran mucho más numerosos quienes hablaban lenguas indígenas que aquellos que usaban el castellano.En el cuerpo de este artículo hemos hecho hincapié sobre la drástica disminución inicial de la población aborigen, cabalmente documentada en las obras de Sherburn F. Cook, Leslie B. Simpson, Woodrow Borah y muchos otros autores, que sin embargo volvió a crecer más adelante. Los españoles que tomaron Tenochtitlan eran un puñado al que se sumó una inmigración constante pero poco notable porque muchos “indianos“ regresaban a su patria; más peso tuvo el crecimiento natural, pero de todos modos fueron siempre una minoría.

 

mostrarEl siglo XIX

Iniciada por criollos, la larga lucha por la independencia política se extendió, y mantuvo principalmente, por obra de caudillos mestizos y de combatientes indios que formaron el grueso de las fuerzas insurgentes desde un principio. Los movimientos de tropas desplazaban a sus elementos de un lugar a otro y, no pocas veces, fuertemente diezmados debían reorganizarse uniéndose a otros cuerpos del pueblo en armas. Como es fácil ver, esta situación podía poner en contacto a individuos de diferente lengua materna, quienes se verían forzados por la necesidad a usar el castellano como lengua de comunicación, en perjuicio de los idiomas nativos. Los movimientos de tropas están bien documentados, menos información hay acerca de movimientos de la población general vinculados con la guerra de independencia, y prácticamente no hay datos concretos sobre las lenguas involucradas. Hace falta recopilar noticias, por lo general muy breves y de propósito distinto, que se encuentran dispersas aquí y allá en archivos e impresos. Mencionaré un dato aislado, sin más fin que ilustrar lo accidental que puede ser la localización de estos informes y su pobreza: en uno de los libros de registro de bautizos de la parroquia de Teozacoalco, Oaxaca, el cura hizo una anotación lamentando que en esos días hubieran pasado por ahí las fuerzas de cierto insurgente —y aprovecha la ocasión para motejar a todos los insurgentes de bandidos—; a estas fuerzas se unieron varios indios del lugar. No tomé debida nota entonces (1956, cuando estaba recopilando datos demográficos con Borah y Cook), porque mi inexperiencia no me permitió advertir su importancia, pero sabemos que ahí se hablaba y se sigue hablando mixteco, de manera que si se recobra el nombre del caudillo en armas y se averiguan sus movimientos, sabremos más del pequeño grupo de mixtecos que lo acompañaba.

Bien se sabe cómo estuvo el país sumido en la inestabilidad de las pugnas entre liberales y conservadores, de centralistas y federalistas (no pocas veces teñidas de caudillismo y de ambiciones personales), por cerca de medio siglo más, tiempo en el que a la agitación interna se suman las intervenciones estadunidense y francesa. Desafortunadamente, poco se sabe de seguro en este sentido, aunque cabe suponer que la constante agitación y los movimientos de grupos armados que acudían a la leva con regularidad, tuvieron efecto similar al que tuvo la guerra de independencia: desaparición de lenguas y dialectos y el aumento de la proporción de hablantes de la lengua dominante, que de hecho ya se iba convirtiendo en la lengua nacional. No obstante, el número de hablantes y la proporción de monolingües era todavía elevado, especialmente en muchas de las comunidades prácticamente aisladas, tal vez por lo anterior y porque varios de quienes comandaban tropas, de una u otra fracción, eran indios que hablaban su lengua materna —o si no lo eran, habían crecido donde era predominante un idioma nativo (que sabían y usaban)— despreciaban tanto a los otros indios como a sus lenguas.Lo anecdótico no puede sustituir a una historia bien fundada en una sólida documentación y teoría, pero constituye trocitos de información que paso a paso pueden ir integrando esa historia que —como hemos visto— todavía falta. Veamos dos casos: el hecho de que Maximiliano de Habsburgo tomara lecciones de náhuatl parece indicar no sólo su romántico idealismo, sino la vigencia que por entonces aún tenía esta lengua. A Juárez correspondió autorizar la entrada y establecimiento en nuestro país (donde desde entonces tienen un poblado) de los kikapú, indios algonquinos que originarios de la región de los Grandes Lagos norteamericanos, habían venido desplazándose hasta Texas para mantenerse lejos del avance de los colonos blancos estadunidenses, y de su intención de someterlos al sistema de reservaciones que establecía la Indian Act, pidiendo asilo en México.

Los aborígenes habían sido explotados durante la colonia y siguieron siéndolo en el México independiente. Si en los siglos coloniales hubo “justificaciones” ideológicas de esta explotación, así como voces contrarias,No es éste el lugar para ocuparnos de la disputa cuyos representantes más notables y conocidos en la primera mitad del siglo XVI fueron Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas, pero en la que antes y después participaron muchísimos más, tanto en las elevadas esferas filosóficas y teológicas universitarias cuanto en los enfrentamientos que en la vida cotidiana colonial tenían los protectores y los explotadores de los indios. Recordemos entre todos ellos solamente a Juan de Palafox, quien aunaba la formación intelectual y el trato diario a los indios, cuando escribió a mediados del siglo XVII el Libro de las virtudes del indio. unas y otras tomaron nuevo aspecto en un país cuyo sistema político y económico cambiaba.Las formas capitalistas de producción cuya implantación paulatina acompaña a la independencia política, se presentan primero en las ciudades más grandes (en las cuales habían puesto pie con los obrajes, ya en la colonia), para difundirse después a centros de población menores y alcanzar por último al campo. Los indios se transformaron en proletarios rurales conforme transcurría la segunda mitad del siglo XIX, y esta nueva condición se tradujo en un desprecio general hacia ellos y, por ende, hacia sus lenguas, situación que puede interesarnos por el papel que haya desempeñado en la historia de los idiomas aborígenes.

Las nuevas formas económicas requerían, entre otras cosas, que volvieran a la vida económica del país fincas urbanas y rurales que las órdenes religiosas y el clero secular habían venido acumulando en sus manos para dejarlas en gran parte improductivas: para lograrlo se expidieron leyes de desamortización.Lamento no poder hacer justicia aquí a Benito Juárez y a otros prohombres de su tiempo que lograron la separación de la Iglesia y el Estado, limitaron los fueros y privilegios eclesiásticos y militares, instituyeron el registro civil, etc., dando un apoyo legal e ideológico a las nuevas formas económicas y políticas; deberé limitarme a aquello que influyó sobre la suerte de las lenguas indígenas. Esta legislación era aplicable por igual, desafortunadamente, a las tierras que los pueblos de indios poseían en comunidad (ejidos, agostaderos), y que pasaron a engrosar las ya extensas propiedades rurales individuales; los indios que habían sido sus dueños se encontraron sin tierras propias y tuvieron que arrendar las de los latifundios, que con frecuencia englobaban pueblos enteros, o a vender su fuerza de trabajo como peones, es decir, a convertirse en proletarios rurales.Hay, a no dudarlo, otros factores que complican las cosas: al lado de formas capitalistas subsisten formas feudales con disfraz de las primeras (peones teóricamente “libres“, arraigados forzosamente por las “deudas“ que tenían con las tiendas de raya), así como diferencias culturales entre indios y mestizos, etcétera.

Con respecto a la historia de los idiomas aborígenes, esta proletarización de los campesinos va acompañada de dos fenómenos. El primero consiste en que se acentúa el papel del español como lengua dominante, pues ya no pueden tener la función de lenguas francas, ni siquiera regionales, aquellos idiomas que alguna vez lo fueron; ahora el castellano es la lengua de relación en todo el país.Yucatán es un caso especial porque el maya es el único idioma indígena de la región, de manera que no había necesidad de una lengua franca. Los hacendados yucatecos se veían forzados a hablar “la maya“ con sus peones, pero el español era la lengua del grupo dominante y por ello era la lengua que se consideraba superior. El segundo consiste en “justificar” la explotación de los indios tachándolos de inferiores: se dice que los indios son borrachos, tontos, sucios, incultos, promiscuos, iletrados, vestidos con harapos, etc., mezclando sin recato rasgos de supuesta inferioridad innata, rara vez llamada con tal nombre, con aquellos que (como la pobreza de la ropa o la falta de instrucción) no podían deberse más que a la opresión de que eran víctimas. Conforme la proletarización se extiende y la explotación se intensifica, se acentúa el menosprecio hacía los indios y sus cosas, entre las cuales están las hablas: “eso” no puede tener una gramática, su vocabulario es incompleto e imperfecto, no sirve para expresar nociones abstractas, ni puede crearse con ello una literatura; en resumen, no son lenguas (como lo son el español o el francés) sino dialectos, según se les dice. No es ésta la correcta noción de dialecto, variante regional de una lengua. La idea popular generada a lo largo del siglo XIX, especialmente en su segunda mitad, es que el dialecto es una forma inferior de habla, característica de los indios. Sobre lo que comúnmente se dice que constituye esa inferioridad (y la réplica a tales disparates), véase “Lengua y dialecto”, pp. 123-127 del Atlas… citado en la nota 1 de este artículo.

Es interesante observar que los autores coloniales llaman lengua (y desde mediados del siglo XVIII también idioma) a las hablas de los indios. Véanse los ejemplos que doy en “Pasado y presente de las lenguas indígenas de México”, citado en otra nota de este artículo, comenzando por la ilustre “Breve y más compendiosa doctrina christiana en lengua mexicana y castellana” que en 1539 hizo imprimir fray Juan de Zumárraga.
Puesto que los indios eran tan mal vistos, quedaban de inmediato catalogados como sujetos explotables, y su lengua los identificaba como tales. La lengua indígena era un rasgo infamante que incluso los mismos indios consideraban que debería desaparecer y no sólo ocultaban conocerla cuando la sabían, sino que hicieron lo posible por desterrarla y adoptar en su lugar el castellano. No lo lograron porque la situación era poco propicia, pero no puede dudarse que varias lenguas llegaron así al borde de la extinción cuando no se logró hacerlas desaparecer del todo.

 

mostrarEl movimiento revolucionario de 1910 y los años posteriores

Si la historia de las lenguas indígenas en el siglo pasado que hemos podido ofrecer ha sido eminentemente externa porque un siglo es tiempo demasiado breve para observar cambios internos (que además están poco documentados), más difícil todavía es hacer la historia de los últimos años.

Para la historia más reciente de los idiomas amerindios del país, es innegable la importancia que tuvo la participación campesina en el movimiento político iniciado por Francisco I. Madero. Otra vez, como en la guerra por la independencia y en las luchas que siguieron, los movimientos de tropas grandes y pequeñas, desplazan con ellos a quienes las forman, que no pocas veces son hablantes de lenguas indígenas aunque, también como antes, recurran al español como lengua franca.En general las condiciones eran todavía más desfavorables para los idiomas nativos de lo que lo habían sido antes. En 1910 los hablantes de lenguas indígenas eran el 15% de la población del país, cuando en 1800 se acercaban al 60%. Las condiciones del peonaje habían llevado en muchas partes a la extinción de las hablas aborígenes, y en aquellos lugares donde no habían desaparecido eran objeto de común repulsa aun por sus hablantes quienes —como hemos visto— procuraban emplear el español y ocultar su conocimiento de la lengua indígena. Sin embargo, hubo excepciones, por ejemplo, los comunicados y manifiestos que Zapata (quien hablaba náhuatl) hacía en ese idioma a sus tropas y al pueblo campesino de Morelos. Esa misma participación propició que los gobiernos derivados de la Revolución crearan organismos destinados a atender con desigual fortuna los problemas de los indios,Ejemplares son el estudio La población del valle de Teotihuacan, modelo de investigación integral dirigida por Manuel Gamio, y la aplicación práctica de sus “iniciativas para procurar su mejoramiento, de los grupos étnicos“. No parece conveniente aludir aquí a los organismos indigenistas que se crearon; puede consultarse mi artículo “Pasado y presente…“, citado al principio. entre los cuales estaban las lenguas, a las que se seguía considerando (junto con las culturas de las minorías) como un obstáculo para el mejoramiento de los propios grupos étnicos y, en última instancia, un estorbo para el progreso del país, por lo que con la mejor buena voluntad se ha intentado, durante algún tiempo, desterrarlas.Los éxitos y fracasos, los altibajos en el respeto por las lenguas indígenas, se estudian —con contextos históricos y sociales más amplios que los que en este lugar puedo permitirme— en Shirley Brice Heath, La política del lenguaje en México: de la colonia a la nación (algunas de cuyas opiniones no comparto) y, con especial hincapié en cuestiones educativas, por Gonzalo Aguirre Beltrán: Lenguas vernáculas, su uso y desuso en la enseñanza: la experiencia de México. Solamente la lucha tenaz de algunos educadores y lingüistas logró de las autoridades educativas “concesiones” que permitieron de manera limitada la enseñanza en lengua nativa y despertar en un número cada vez mayor de sus hablantes —y eso no en todas partes— el orgullo por su idioma. Las condiciones del país y del mundo han seguido cambiando y desde hace unos 25 años las minorías han conseguido (con mayor o menor éxito) el derecho que tienen de que se respeten sus culturas y lenguas propias, y ha comenzado a desarrollarse un interés por la creación literaria y el cultivo de las lenguas aborígenes, movimiento del que ya forman parte varios de los grupos hablantes de lenguas indígenas en México.

La historia prehispánica de las lenguas indias mexicanas es ya considerablemente larga, pues se inicia con el ingreso de los primeros pobladores a nuestro territorio actual, hace unos 25 000 años. Tan remota antigüedad no está totalmente fuera de nuestro alcance, pero la mayoría de los lingüistas consideraría arriesgado en extremo remitirse a tales antecedentes. Nos conformamos, pues, con mucho menos: la antigüedad del parentesco que arbitrariamente hemos usado para definir una familia de lenguas, que es menor de 5 000 años y tiene la ventaja de ser, grosso modo, comparable con la historia arqueológica de Mesoamérica (constituida como tal hacia el año 2000 antes de nuestra era, es decir, hace unos 4 000 años).

Hemos visto cómo, en los primeros 3 500 de esos 4 000 años, las antiguas protolenguas se diferenciaban en más y más lenguas “hijas” hasta llegar aproximadamente a ochenta, que fueron las que encontraron en Mesoamérica los conquistadores. Conocemos los nombres de otras cuarenta (o algo más) en tierras de nómadas, pero no podemos saber si realmente corresponden a lenguas y menos aún podemos hacer su historia interna, lo que sí es posible con los idiomas mesoamericanos.

La historia a partir de la conquista (que es sólo la octava parte de los 4 000 años que he narrado) es una historia triste porque se va reduciendo constantemente la importancia social, aunque no científica, de las lenguas indígenas, objeto de nuestro estudio, hasta que se pierden en muchos casos ciertos idiomas, y además, no nos queda sino la posibilidad de hacer únicamente su historia externa. Los períodos más cercanos a nosotros son parte mucho menor de la historia de cuatro milenios. El México independiente abarca menos de su vigésima parte, y desde el inicio de la Revolución hasta nuestros días, ha transcurrido apenas más de medio siglo. Para tan breves lapsos, comparativamente, se entiende, sólo podemos ofrecer la historia externa, que repite si acaso agravadas las tendencias que primaron durante la colonia.

Ahora bien, una cosa es que no tengamos todavía la historia interna de las lenguas indígenas durante los últimos 500 años y otra cosa es que no pueda hacerse. Se trata de estudios dialectológicos profundos y detallados; no basta con sólo determinar la existencia de cierto número de dialectos en tal o cual lengua, sino con explicar su génesis y las posibles influencias interdialectales así como las de otras lenguas (entre las que el español es predominante), sobre cada uno de los dialectos y sobre grupos de ellos o sobre la lengua en conjunto, y dar fechas para que los cambios sean resultado de factores internos además de externos. Ésta es una labor ingente y parecería a primera vista que todo está por hacerse, pero no hay tal, ya se trabaja en este tipo de estudios y espero que en un futuro no muy lejano se pueda mostrar esta microhistoria lingüística. Creo que cometeré graves injusticias al dar unos cuantos ejemplos de estos estudios recientes; pido perdón a todos aquellos colegas a quienes no mencioné debiendo hacerlo, mis omisiones serán debidas a ignorancia, no a mala fe.

Ya ha publicado Yolanda Lastra Las áreas dialectales del náhuatl moderno, con los materiales en los que funda su estudio, donde no se reduce a delimitar los dialectos, sino que ofrece algunos atisbos sobre su formación, si bien señala que deben completarse.

Con sus materiales he iniciado esta labor en “La lengua de los nahuas y sus congéneres” (citado en la nota 32); ahí mismo reconozco tener propuestas de explicación para algunos de los grupos de dialectos, no para cada dialecto individual.

Los dialectos del mazahua reciben la atención de Roberto Escalante, quien tiene unos dos años de estar recopilando materiales de campo (no con dedicación exclusiva) y ha iniciado su análisis.

María Ángela Ochoa estudia los dialectos del huasteco, parte de un conjunto mucho más amplio de investigaciones que hace sobre esa lengua.

Dejo a un lado otros estudios dialectológicos para no alargar demasiado esta nota, pero no quiero olvidar otro tipo de estudio microhistórico. El ocuilteco se habla en una sola zona restringida del Estado de México, por lo que no tiene dialecto, pero Martha Muntzel investiga los procesos de cambio que se advierten estudiando las diferencias que causa el idioma en varias generaciones.

Hay además trabajos antiguos y modernos, algunos expresamente destinados a estudiar esta historia (por ejemplo, los que tratan la influencia del español sobre las lenguas indígenas, o viceversa), otros de diferente propósito en los cuales es posible espigar datos reveladores.

 

mostrarBibliografía

Aguirre Beltrán, Gonzalo, Lenguas vernáculas, su uso y desuso en la enseñanza: la experiencia de México, México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (Ediciones de la Casa Chata, 20), 1988.

Brice Heath, Shirley, La política del lenguaje en México: de la colonia a la nación, México, Secretaría de Educación Pública-Instituto Nacional Indigenista, 1972.

Bricker, Victoria R., A Grammar of Mayan Hieroglyphs, Nueva Orleans, Tulane University (Middle American Research Institute, 56), 1986.

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Filología, lingüística y teoría literaria
Historia de las lenguas indígenas de México

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