Enciclopedia de la Literatura en México

Severo Amador

José Luis Martínez
1995 / 31 ago 2018 10:53

El zacatecano Severo Amador (1879-1931) publicó, entre otros libros, uno de cuentos, Bocetos provincianos (1907), cuadros de costumbres a la manera naturalista, y, años más tarde, dos colecciones de versos, Cantos de la sierra (1918) y Las baladas del terruño (1931), este último póstumo, en los que describe paisajes, escenas y tipos regionales, procurando reproducir el léxico popular.

Luis Adrián Linares Sánchez
16 nov 2018 12:14

Severo Amador Sandoval nació en Villa de Cos, Zacatecas, en 1886, y falleció en el Manicomio General “La Castañeda”, ubicado antiguamente en el pueblo de Mixcoac, el 28 de febrero de 1931. Descendió de una familia muy reconocida en Zacatecas; su abuelo, Juan Amador, introdujo las primeras ideas del protestantismo en México y su padre, Elías Amador Garay, fue un notable historiador, político y periodista en aquel estado.

Severo fue pintor y escritor. A pesar de que se dedicó primeramente a la pintura, también sobresalió en la literatura; ambas actividades le permitieron relacionarse con importantes artistas de la época, como Julio Ruelas y Amado Nervo, quienes influyeron en sus respectivos campos de acción. Gracias a una pensión otorgada por el gobernador de su estado natal, Jesús Aréchiga Mojarro, ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde estudió bajo la tutela de Santiago Rebull, Manuel Revilla, José María Velasco, José Salomé Pina y Germán Gedovius. Durante su juventud, participó en el grupo “Bohemio”, presidido por Gerardo Murillo “Dr. Alt” e integrado por artistas e intelectuales provenientes del interior de la República, entre los que destacaron Diego Rivera, Roberto Montenegro, Alfonso Garduño, Ramón López Velarde, Luis G. Urbina y Manuel M. Ponce. En 1908, ganó el segundo lugar del concurso de cuentos de El Diario Yucateco con la narración “Mancha de color”. Tiempo después, en 1914, dirigió la Sociedad Manuel José Othón. Al estallido de la Revolución, se enfiló en las huestes de Emiliano Zapata.

Amador colaboró en periódicos y revistas ilustrados regionales, capitalinos y extranjeros. La investigación hemerográfica sobre el escritor ha revelado que su labor literaria comenzó en 1903, en publicaciones como La Bohemia, El Observador, La Lira Aguascalentense y La Provincia. Además, se tiene noticia de que participó en El Trovador, Revista Blanca y Flor de Loto, impresos actualmente desconocidos. También se sabe que el periodista cubano Manuel S. Pichardo reprodujo poesías de Amador en El Fígaro de La Habana. De 1903 a 1904, los periódicos El Entreacto y La Patria imprimieron algunas de sus creaciones. Alrededor de esos años y hasta 1905, residió en Aguascalientes. Un año más tarde, participó en El Contemporáneo de San Luis Potosí y se trasladó a la Ciudad de México. Allí fue colaborador de Savia Moderna, revista fundada por Alfonso Cravioto y Luis Castillo Ledón. A pesar de que aparece como redactor a partir del número 3, su participación se limitó a un dibujo de Orfeo que acompaña al poema “Oda a Juárez” de Rafael López (número 5). Tiempo después, de 1908 a 1909, Arte, Arte y Letras, El Diario, La Semana Ilustrada, Revista de Revistas y el Diario del Hogar reprodujeron algunos de sus poemas en sus respectivas páginas. Entre 1912 y 1914, se integró a El Mundo Ilustrado, semanario para el que realizó algunas portadas y donde publicó varios poemas y cuentos; de igual manera, durante esas fechas, dio a conocer textos breves en El Trovador y La Ilustración Semanal. En 1916, colaboró asiduamente en El Pueblo, en el que publicó los cuentos “La sorpresa” y “Palabras póstumas”, previamente editados en su primer libro, así como algunas de sus baladas. A éstas se suman otras que se divulgaron en El Informador (1922) y El Porvenir (1923). De acuerdo con Julio Sesto, Severo compuso sus últimos escritos en 1923; probablemente, el autor se refiere a los textos incluidos en el periódico Azteca. La mayoría de su obra literaria la firmó con su nombre, sin embargo, se sabe que algunos de sus seudónimos fueron: “Yorik”, “Valencia”, “Yorick Valencia”, “Philae de Lesbos”, “Phillae Makalla”, “Taka Makala” y, después de su reclusión en La Castañeda, “Conde Doval”.

Amador incursionó en la poesía en 1903 y, un año después, en la narrativa. En cuanto a la primera, escribió “Rimas” (1903), “El poema del Angelus” (1904) y “Mi corbata” (1908), las cuales supuestamente se incluirían en el volumen titulado Brumas, el cual probablemente no se editó, ya que Amador sostuvo que su “primera cosecha poética” fue Brozas (1907). Además de esta obra, publicó Carbunclos (1908), Cantos de la sierra (1918) e Himno a Salomé (1918), texto atípico para su época pues, además de experimentar con la prosa poética, fue ilustrado e impreso por el autor. A la muerte de Amador, Higinio Vázquez Santana recopiló algunos de sus creaciones en la colección intitulada Las baladas del terruño (1931).

Por lo que corresponde a la narrativa, el propio autor estableció que su primera obra fue Confesión. La Sorpresa. Palabras póstumas (1905), dedicada a Justo Sierra, volumen compuesto por una novela corta y dos cuentos. Además de este ejemplar, publicó una compilación de doce “cuentos al natural”, titulada Bocetos provincianos (1907). Al final de su carrera incursionó, asimismo, en el género aforístico con Pensamientos (1918), libro editado también por él.

Lamentablemente, el conocimiento sobre el resto de su trabajo resulta insuficiente. Se han encontrado referencias a textos que no ha sido posible determinar si vieron la luz por aquellos años, tales como Estampas viejas, Preludios y brumas, Carbunclos, Cuentos exóticos, Promesas, La novia secreta, Cantares, Cuentos nacionales, Cuentos del terruño y El libro de mi vida, este último posible autobiografía escrita durante sus últimos años de vida.

Al difícil acceso a su obra de creación, se suma la falta de estudio riguroso en torno al autor. En este sentido, no es de extrañar que las aproximaciones críticas tanto a su trabajo literario como pictórico sean relativamente escasas y carentes de exactitud; lo que puede encontrarse al respecto puede dividirse en tres etapas.

La primera corresponde a la recepción de la obra amadoriana elaborada por sus contemporáneos (1905-1931). Este período inicial se distinguió por ligar su personalidad y su estética a la corriente modernista de corte decadente. Entre los artículos más destacados se cuentan los publicados en El Tiempo Ilustrado, donde apareció una semblanza anónima tanto de su vida como de su trabajo pictórico y escritural, acompañada de uno de sus grabados a pluma, “La última noche de Acuña”, así como en la revista Savia Moderna, en la cual se publicó un texto escrito por José M. Sierra. De acuerdo con este crítico, Confesión. La Sorpresa. Palabras póstumas es una obra profunda y fresca, cuyos personajes “anormales” están condicionados por el discurso científico de la época. En Arte y Letras, asimismo, se publicó una reseña sin firma de Brozas, en la que se elogiaron la “decente edición” elaborada por el mismo autor y la originalidad de los versos; y, por último, en la Revista Nacional, Julio A. Muñiz publicó un comentario a propósito de Himno a Salomé, al que calificó como un poema evocador y pagano con reminiscencias a la Salomé de Oscar Wilde y al Cantar de los cantares.

La segunda etapa abarca de 1931 a 1952; en ella se encuentran referencias y estudios de su vida y algunos de sus cuadros, más que apuntes acerca de su creación literaria. En cuanto a la primera veta, algunas plumas de El Nacional proporcionaron datos biográficos sobre el autor; sin embargo, en ese intento por mostrar la vida “atormentada” de Amador, los escritos de Alfonso de Toro, Jesús Romero Flores, Graciela Amador y Moisés Vázquez se mantuvieron en un nivel meramente anecdótico. En cuanto a la segunda, periodistas de la revista Impacto relacionados con las artes plásticas, como Gabriel de la Paz y Gilberto González Contreras, y redactores del Excélsior, como Luis Islas García y Jorge Crespo de la Serna, revisaron y reprodujeron algunas de sus obras pictóricas. Para ellos, la plástica de Amador recreaba muchos de los parámetros estéticos simbolistas, cuyas líneas temáticas eran el erotismo, la muerte, la espiritualidad y la vida interior. Dichos acercamientos a la obra pictórica de Amador fueron complementados con la exposición de sus dibujos en la Galería Romano en 1952.

Un tercer momento inicia en la segunda mitad del siglo xx. A diferencia de los años anteriores, sí se comenzó a estudiar su labor escrituraria, la cual, según los críticos, puede vincularse con dos estéticas diferentes. Por una parte, eminentes investigadores ligaron su literatura a los parámetros nacionales propuestos por la narrativa de la Revolución. En esta línea sobresalen los breves estudios de críticos como José Romero Flores en El Nacional (“El novelista Mariano Azuela y los escritores laguenses” y “Escritores anteriores a la Revolución”), Rafael Helidoro Valle en el Suplemento Dominical de la misma publicación (“Paseo literario entre la Revolución Mexicana”), J. S. Brushwood en Historia Mexicana (“La novela mexicana frente al porfirismo”) y José Luis Martínez en La literatura mexicana del siglo xx. Por la otra, se encuentran quienes continuaron con la línea propuesta anteriormente, al relacionar su obra con el modernismo de tendencia decadente; incluso asociaron ésta a la bohemia mexicana de principios de siglo. En este sentido, sobresalen los escritos de Julio Sesto, La bohemia de la muerte; José María Benítez en El Nacional (“Olvidados injustos. Severo Amador y su ‘Himno a Salomé’”); Antonio Saborit en Lectura (“El antro y sus metáforas”), y Juan Pascual Gay en Vísperas de la segunda bohemia literaria en México 1915-1930.

Recientemente, es necesario resaltar la importancia de los artículos publicados en La Jornada por Hermann Bellinghausen, “Trabajos perdidos” y “Encuentro con Severo”. Ambos textos, a pesar de tratarse de elaboraciones ficcionales, reconfiguran la imagen atormentada de Amador; además de enriquecer la información tanto de su vida como de su producción y exhortar a una investigación más detallada acerca del artista.

Seudónimos:
  • Yorik
  • Valencia
  • Yorick Valencia
  • Philae de Lesbos
  • Phillae Makalla
  • Taka Makala
  • Conde Doval