Enciclopedia de la Literatura en México

Popol Vuh

La Biblia India del Popol-Vuh o Libro del Consejo, poema en lengua quiché alfabetizado hacia 1554-1558, “que contiene pasajes evidentemente antiguos y presenta numerosos vestigios de poesías salmodiadas o cantadas, y a veces con bailables, muestra, como tantos otros documentos de la América Media (así en el drama-baile del Varón de Rabinal, inestimable joya en la corona literaria de Guatemala), un empleo muy frecuente y aun excesivo del paralelismo y el balanceo; y no sólo en las ideas, frases y períodos, sino también en los nombres propios —dioses, héroes, jefes, lugares— acoplados inútilmente en parejas, muchas veces de sentido igual o casi igual” (G. Raynaud). Estos nombres son de muy delicada traducción; si, en ocasiones, un miembro de la pareja explica al otro, en ocasiones también, cuando se da el traspaso de una lengua a otra, o por cualquiera otra circunstancia se olvida el sentido original, la incomprensión da lugar a todo un mito explicativo, al “cuento etiológico” de los mitólogos. Tampoco escasean los errores causados por la transcripción de ideogramas o fonogramas, y otros achaques habituales.

Centón de versiones orales y textos hieráticos, pretende sacar de aquí una historia seguida todavía parecía a Max Müller cosa quimérica. La ciencia, con todo, logra al fin traslucir entre las nubes tornasoladas del Popol Vuh una síntesis histórica. Véase, en tal sentido, la diáfana introducción que don Adrián Recinos —ilustra guatemalteco a quien la ingratitud de la política devolvió a las Musas— pone al frente de su recientísima y sabia traducción (1947). Aunque se ha pretendido atribuir la obra a un indio Diego Reynoso, las pruebas son endebles, por lo que el “famoso manuscrito tiene que seguirse considerando como un documento anónimo, escrito por uno o más descendientes de la raza quiché, conforme a la tradición de sus antepasados” (A. Recinos).

La primera parte trata del origen del mundo y creación del hombre; la segunda y más extensa narra hazañas de los héroes míticos Hunahpú e Ixbalanqué. Ha inspirado a los poetas alemanes; se le compara con el Ramayana por aquella mágica participación de los animales en los destinos humanos; con la Ilíada por la intervención divina en los combates terrestres; con la Odisea por las aventuras fantásticas o las escenas de apacible intimidad. La publicación de su primera versión en 1857 marca un nuevo rumbo en el estudio de las antigüedades americanas.

He aquí, pues, un laberinto de cosmogonía, teogonía y génesis humana; creación, no ex nihilo, sino arrancada, como entre los griegos, de alguna materia preexistente; antropocentrismo que junta en el pecho del hombre los doce puntos cardinales, según los tres cuadros concéntricos del cielo, la tierra y la infratierra; mezcla de religión, en que el sacerdote implora, y de magia, en que ordena y esclaviza al dios con la palabra; cábala de los números sacros; parangón del contraste egeo-helénico entre una creencia de los vencidos, popular, ctónica, algo perseguida, oculta en cavernas e impregnada de “nagualismo” (espíritu guardián y metamorfosis animales), y una creencia oficial de los vencedores, instituida en iglesia, y al cabo, menos resistente que la otra al embate del cristianismo, según todavía se comprueba en la brava supervivencia de los lacandones.    

Comienza el poema enumerando grandiosamente los seres divinos y sus varias denominaciones; las tres únicas verdaderas diosas, las Madres —Abuela, Dadora de Monos y Virgen-Sangre, la Eva del sistema— acompañadas por “paredros” masculinos o dioses menores como en las mitologías egeo-asiáticas. Nos cuenta las genealogías de los Increados, Poderosos o Maestros Gigantes que, con ayuda de los Abuelos, van engendrando cielo y tierra, agua, plantas, animales y, al fin, los astros (la luz ya existía desde antes); y que, necesitados de plegarias y presentes, sustento espiritual y físico que mal podrían darles los animales, intentan al fin plasmar a los humanos.

La tarea adelante entre peripecias sin cuento, guerras sobrenaturales, Gigantomaquias de los descendientes divinos con los Espíritus de la Desaparición —simbolizadas en los desafíos del Juego de Pelota—, ecos de cataclismos y aun de guerras entre las tribus, congregación de energías vitales, rayos y truenos. Pero todo ello, en vez de entes humanos, apenas produce brutos y simios.

Al fin, vencidos por los Magos Luminosos todos los Demonios Sombríos, vencidas las Tinieblas, se descubre al Rey de los Cereales, el Maíz, que incorporado en la carne viva, hace al hombre, al agrícola, al maya-quiché, contrapuesto al bárbaro y selvático. 

Pero antes de llegar a este acierto, han acontecido algunas calamidades. Los Abuelos habían engendrado a unos Mellizos, cuyo primogénito, a su vez, engendró en una vaga diosa a dos Artistas. Los cuales, reducidos a Dioses-Pitecos, serán, entre otros pueblos de categoría inferior, los sumos patronos de las artes. Durante el combate de pelota en que las divinidades de la Desaparición son “descalificadas” por haber incurrido en faltas, el primogénito de los Mellizos ha tenido tiempo de unirse a la Virgen-Sangre, hija de los lugares penumbrosos, quien concibe una descendencia. Escapa Sangre a las maldiciones paternas, vence pruebas y peripecias, llega a la tierra y se  hospeda en el país de los Artistas, donde da luz a dos nuevos Magos —Brujo y Brujito— que, hostigados por la envidia de sus mayores, los metamorfosean en monos, y éstos escapan a la selva.

Por orden de los dioses supremos, los Magos combaten y derrotan al falso dios Guacamayo, que pretendía ser el Sol y la Luna y es posible residuo de las luchas religiosas entre quichés y yucatecos anteriores al siglo VI. Cumplida esta hazaña, atacan a dos divinidades terrestres que son sus hijos: el Pez-Tierra y el Titán- Terremoto. Aquí se intercalan episodios de la lucha entre el Pez-Tierra y ciertos entes que serán las Pléyades, y otros sucesos complicados.

Sobreviene otro desafío de pelota, otra Titanomaquia entre los Jefes del Lugar de la Desaparición y los Dioses Magos, y la alianza, como en el Ramayana, entre los Magos y los Animales, con quienes aquéllos se cambian la sacra Palabra de la Jungla. Y como, además, los nombres de los jefes adversos han sido descubiertos, apoderándose de tales nombres resulta fácil derrotarlos. Pero antes deben dejarse matar, o bien fingirlo, “ritos de pasaje” indispensables para que pueda darse el retorno de la Desaparición a la Vida. Y entonces transforman a los vencidos en Dioses de la Muerte y la Desgracia, subordinándolos para siempre a las divinidades del cielo.

De paso, se nos revelan las prescripciones necesarias para escapar al aniquilamiento absoluto, pues hay que saber morir rectamente si hemos de salvar el arco de ultratumba —verdadero Libro de los Muertos comparable al ritual de Osiris—, y también se nos dan a conocer algunos festejos y danzas de los “naguales”. Resuelto ya definitivamente el combate entre la Luz y las Tinieblas, los Magos suben al cielo metamorfoseados en el Sol y la Luna.

Y pasamos de la teogonía a la leyenda, preludio de la historia. También aquí, como en Grecia, las hazañas divinas quedan relegadas a un pasado anterior al tiempo, el “tiempo arqueológico” de Picard. Los dioses ya no obran por sí, obran a través de los héroes intermediarios, semidioses o protectores nacionales: Volcán, Sembrador y Pluvioso. Surgen cuatro héroes, seres gigantescos y muy sabios, que los dioses sus creadores, celosos, reducen gradualmente a la dimensión de jefes, sacrificadores titulados, capitanes de emigraciones. Ellos conducen a las tribus, tal vez según el camino del sol; viven por varias generaciones; pelean con hordas salvajes; no siempre triunfan.

Interceptan este magno desfile con los cuentos etiológicos sobre la invención del nacimiento, el dón del fuego, el porqué de ciertos animales, fábulas ejemplares y castigo de soberbios, dioses tentados por las muchachas, el equívoco que explica los sacrificios humanos y otros temas universales del folklore.   

Las guerras de tribus, sus disputas por los climas propicios, son ya prefiguraciones de la historia, humosas todavía de magia y leyenda. Así las visitas al Edén de Tula (no es la Tula mexicana) y las evocaciones de la Edad Áurea. Luego, rápidamente, pisamos el suelo ya real, y se enumeran las tribus, las familias o Grandes Mansiones, las capitanías y sacerdocios. En la voz del Popol-Vuh, celebran sus nupcias lo maravilloso y lo grotesco. 

Letras de la Nueva España, de Alfonso Reyes (Obras completas de Alfonso Reyes; XII. México: Fondo de Cultura Económica [Letras Mexicanas], 1960).
* Esta contraportada corresponde a la edición de 1984. La Enciclopedia de la literatura en México no se hace responsable de los contenidos y puntos de vista vertidos en ella.