Enciclopedia de la Literatura en México

Literatura colonial

Antecedentes coloniales


La pobreza o inexistencia de la novela en México durante el periodo colonial puede explicarse, además de por factores psicológicos, por las prohibiciones reales que se dictaron para impedir que pasasen a las Indias libros de imaginación. El 29 de septiembre de 1513 el emperador Carlos V y el príncipe gobernador expidieron en Valladolid una real cédula que mandaba que “no se consientan en las Indias libros de romance que traten de materias profanas y fabulosas y historias fingidas se siguen muchos inconvenientes. Mandamos a los virreyes, audiencias y gobernadores, que no los consientan imprimir, vender, ni llevar a sus distritos, y provean que ningún español o indio los lea”Véase Julio Jiménez Rueda, Historia de la cultura en México. El virreinato, México , Cultura, 1950, p. 225..

Años más tarde, otra real cédula, del 4 de abril de 1531, prohibía de nuevo el paso a las Indias de “libros de romances, de historias vanas y de profundidad como son el Amadís y otros de esta calidad y porque éste es mal ejercicio para los indios y cosa en que no es bien que se ocupen ni lean”Irving A. Leonard, Books of the Brave, Cambridge, Harvard, 1949. (Los libros del conquistador, México, FCE, 1953, P. 81.).

Mas a pesar de estas disposiciones, se introdujeron en hispanoamérica, por los menos desde el siglo XVI, muchas novelas de caballería, novelas picarescas y aun La celestina, según se desprende de las investigaciones realizadas por el profesor Irving A. LeonardIrving A. Leonard, Romances of Chivalry in the Spanish Indies, Berkeley, University of California Press, 1933., y aun se escribieron algunas obras de carácter novelesco en los tres siglos coloniales.

Pero si era posible burlar la prohibición real en cuanto a la lectura y escritura de novelas, era mucho más difícil publicar las ficciones novelescas, ya que todos los libros que se editaron en México durante el periodo virreinal debían ser previamente autorizados por la censura.

Estas circunstancias determinaron el muy incipiente desarrollo que antes del siglo XIX tuvo nuestra novela, la que para vivir requiere, según ha expresado Agustín Yáñez, “amplias condiciones de libertad, de madurez y de ensayo tenaz”Agustín Yáñez. «Prólogo» a  Francisco Bramón, Los sirgueros de la virgen sin original pecado. Joaquín Bolaños, La portentosa vida de la muerte, México, Imprenta Universitaria (Biblioteca del Estudiante Universitario, 45), 1993, p. IX..

De hecho, no contó México ni la América hispánica con ninguna obra plenamente novelesca en los tres siglos coloniales, pero sí existen algunas en las que pueden reconocerse ciertos elementos novelescos.

De varias obras de esta índole sólo conservamos noticias de sus manuscritos o de sus raras ediciones. En su estudio sobre “Los novelistas de Colonia”Luis González Obregón, «Los novelistas de la colonia», en Croniquillas de la Nueva España, México, Botas, 1936, pp. 166-172., don Luis González Obregón consigna los siguientes informes: el licenciado y presbítero Antonio de Ochoa, natural de la ciudad de Puebla y “mayordomo de los bienes y rentas del convento de religiosas de San Jerónimo y de su colegio de Jesús María”, fue autor de una novela, “que según D. Diego Antonio Bermúdez de Castro, se intitulaba Sucesos de Fernando, y según Beristáin La caída de FernandoIbid. pp. 166-167.. Pero de ella sólo nos queda su nombre y el dato de que fue “escrita con toda erudición” hacia 1662.

Marcos Reynel Hernández, natural de Nueva España, catedrático de teología en el Seminario Tridentino de México y franciscano que adoptó el nombre de fray Miguel de Santa María, publicó en 1750 y en 1761 una “enrevesada obra mística con cierta traza novelesca”Carlos González Peña, Historia de la literatura mexicana, México, Porrúa, 1949, pp. 199-200. y de clara estirpe barroca, intitulada El peregrino con guía, y Medicina universal de la alma. Idea de un pecador, desde la cárcel de los pecados, hasta la Mesa del Sacramento.

El mismo González de ObregónLuis González Obregón. op. cit. refiere que su amigo Enrique Fernández Granados le mostró el manuscrito de una novela de aventuras y costumbres mexicanas, del siglo XVIII, intitulada Ciruelo Cerezo. La obra existía en el archivo de la Secretaria de Hacienda de donde desapareció.

Don Francisco Pimentel, en su estudio sobre los Novelistas y oradores mexicanosFrancisco Pimentel, «Novelistas y oradores mexicanos» en Obras completas, México, 1903-1904, vol. V., se refiere al presbítero José González Sánchez, quien dejó manuscrita una novela intitulada Fabiano y Aurelia, cuyo autógrafo, perteneciente al bibliófilo José María de Andrade, estaba fechado en México, el 20 de septiembre de 1760, y pudo leer el mismo Pimentel. Todos sus rastros se han perdido, de aquí que sea necesario atenernos al agrio juicio de don Francisco:

Esta novela escribe carece de todo mérito. Comienza por una dedicatoria al Dr. Pérez Cancio; sigue la introducción, pequeño cuento sin atractivo alguno, de amores poco decentes; viene después la novela cuyo argumento es una empalagosa relación de amoríos livianos, sin gracia, sin interés y sin importancia alguna, bajo la forma de un lenguaje rebuscado, altisonante, oscuro y pedantescoIbid., p. 276..

Finalmente, Federico Gómez de Orozco “cuenta haber visto en la biblioteca del convento de San Ángel manuscritos de relatos picarescos, pero hasta ahora no se han dado noticias precisas de ninguna de estas obras ni se han publicado”Véase Agustín Yáñez, «Prólogo» a Los sirgueros, op. cit., p. VIII..

No es posible, en cambio, conocer en reediciones modernas otras obras del periodo colonial que, aunque no son estrictamente novelas, pueden considerarse antecedentes del género: Son estas las siguientes: Los sirgueros de la virgen sin original pecado (1620), de Carlos de Sigüenza y Góngora, y La portentosa vida de la muerte (1792), de fray Joaquín Bolaños. En toda ella lo novelesco es aún un balbuceo.

Los sirgueros (o jilgueros) de la virgen, de Bramón, es una diluida novela pastoril, al estilo de La Galatea, de Cervantes, en la que se ha prescindido del tema amoroso y de los recursos sobrenaturales, propios del género, para ajustarla a un fin religioso: la loa de la Inmaculada Concepción, por medio del trino de sus jilgueros o cantores, de diálogos apologéticos, de explicaciones de símbolos, de representaciones dramáticas, el Auto del triunfo de la virgen y gozo mexicano, la mejor parte de Los sirgueros.

“Los patroncitos de ‘biscuit’ —dice Alfonso Reyes están plantados, inmóviles, en un paisaje artificial. Las parejas no tienen más fin que sostener el diálogo, sin pasión ni celos, y apenas con un poco de simpatía entre Menardo y Armida”Alfonso Reyes, Letras de la Nueva España, México, FCE (Tierra firme, 40), 1948, p. 89., dos de los personajes de la obra.

Los infortunios de Alonso Ramírez, de Sigüenza y Góngora, es propiamente una narración histórica de lo que aconteció a aquel puertorriqueño que cayó en manos de piratas ingleses que lo apresaron en Filipinas, y que navegó después “por sí solo y sin derrota, hasta varar en la costa de Yucatán, consiguiendo por este medio dar la vuelta al mundo”Ibid., p. 92.. Pero el relato está escrito en primera persona y los hechos que cuenta parecen más fantásticos que reales, por lo que se ha visto en esta obra histórica una biografía novelada.

La portentosa vida de la muerte, de BolañosEl padre José Antonio Alzate censuró, en sus Gacetas de Literatura, la obra de Bolaños, calificándola despectivamente de novela., que parece ser un plagio o imitación de una Vida de la muerte, escrita en el siglo XVII por el carmelita Felipe de San José, es acaso la obra más inconsistente de este grupo, y, al mismo tiempo, la que pudo haber sido más interesante si su autor hubiera sido un escritor mejor dotado. La antigua y rica tradición literaria sobre la muerte y sus representaciones parece superior al pobre ingenio de Bolaños, que no logra dar unidad a sus cuadros en torno a su protagonista central, la Muerte. Ésta se le deslíe en conceptos o se disfraza de espanto, de emperatriz o de pícaro, más abstractos que reales. Y todo se ve invadido por el afán de predicación y por la confusión barroca y pedante de los más varios registros: sentencias latinas y refranes populares, rasgos humorísticos y pesadas disquisiciones, paisajes amanerados y sermones gerundianos y aun ramplonerías y errores gramaticales de toda índole. Pero hay algún pasaje en su obra que, por su intención popular y satírica, anuncia ya la obra de Fernández de Lizardi.


El periodo colonial


Mucho se ha trabajado, desde las postrimerías de la Colonia, por organizar su conocimiento histórico literario. Un contingente notable de eruditos, entre los que debe recordarse a Eguiara y Eguren, Beristáin y Souza, José Fernando Ramírez, García Icazbalceta, Pimentel, León, Andrade, Rangel, Vigil, González Obregón, Romero de Terreros, Gómez de Orozco, Monterde, Toussaint, Abreu Gómez, Jiménez Rueda, Reyes, Castro Leal, Rojas Garcidueñas, Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte, y junto a ellos algunos extranjeros como Medina, Guerra y Orbe, Menéndez Pelayo, Henríquez Ureña, Schons, Spell, Leonard y Vossler, han realizado excelentes trabajos sobre las letras coloniales, los más de erudición y sólo muy pocos de interpretación crítica.

Pero los siglos coloniales, no obstante, siguen siendo una vasta y oscura mina de la que sólo conocemos sus líneas principales. Aún pueden reservarnos descubrimientos como los de Gabriel Méndez Plancarte sobre la trascendental significación de los humanistas del siglo XVIII, los de Alfonso Méndez Plancarte sobre tantos poetas olvidados de los siglos XVI o XVII, o el de José Miranda y Pablo González Casanova sobre la sátira anónima de fines del siglo XVIII.

La exploración de la historia cultural de la Colonia parece haber seguido un plan cronológico previsto. García Icazbalceta inicia magistralmente los estudios sobre el siglo XVI; el bibliógrafo Andrade y los primeros sorjuanistas y alarconianos modernos —Vigil, Menéndez Pelayo y Guerra y Orbe, respectivamente— abren la brecha del XVII, siglo de las grandes figuras, y en 1910, Pedro Henríquez Ureña, desde la magnífica Antología del Centenario, da el primer toque de atención sobre la importancia cultural del siglo XVIII, llamado que sólo recogerán, varias décadas más tarde, Gabriel Méndez Plancarte, y tras él, los investigadores jóvenes de El Colegio de México que se han interesado particularmente por la renovación filosófica y la historia de las ideas durante la centuria final del virreinato. Sin embargo, aun en estas exploraciones monográficas, quedan todavía muchas figuras y muchos problemas borrosos. Algunos de los cronistas e historiadores, y poetas y prosistas como Terrazas, Balbuena, Sor Juana, Alarcón, Sigüenza y Góngora, Clavijero y Landívar cuentan ya con buenos estudios, aunque sin duda superables en muchos casos y siempre posible de enriquecerse, como lo han mostrado, en el caso de Sor Juana, los estudios publicados en ocasión del tricentenario de su nacimiento. Pero junto a estas personalidades privilegiadas quedan muchos escritores, grandes, menores y pequeños, que apenas han sido tocados y que, aunque sea preciso conservarlos en el olvido o en una mención esquemática, es necesario asegurarnos de que ese es el lugar justo que merecen.

Contamos con útiles panoramas históricos de la literatura y de la cultura coloniales —debidos a Francisco Pimentel, Marcelino Menéndez Pelayo, Carlos González Peña, Julio Jiménez Rueda y Alfonso Reyes— que, por lo general, son sistematizaciones de las monografías y las investigaciones que les han precedido, y arrastran, consiguientemente, sus excelencias o sus limitaciones. Pero, vista en conjunto, la literatura colonial presenta aún muchas zonas imperfectamente conocidas. Rojas Garcidueñas apenas ha iniciado la investigación del teatro novohispano; Alfonso Méndez Plancarte no concluyó su fecunda y minuciosa exploración de la poesía; sólo comenzamos a saber de las novelas o prenovelas coloniales; la investigación de la literatura popular sólo nos ha revelado una muestra de su riqueza, y casi nada se ha hecho para conocer el vasto sermonario colonial y la no menos rica producción de prosa no narrativa.

 



1. Véase Julio Jiménez Rueda, Historia de la cultura en México. El virreinato, México , Cultura, 1950, p. 225.

2. Irving A. Leonard, Books of the Brave, Cambridge, Harvard, 1949. (Los libros del conquistador, México, FCE, 1953, P. 81.)

3. Irving A. Leonard, Romances of Chivalry in the Spanish Indies, Berkeley, University of California Press, 1933.

4. Agustín Yáñez. “Prólogo” a Francisco Bramón, Los sirgueros de la virgen sin original pecado. Joaquín Bolaños, La portentosa vida de la muerte, México, Imprenta Universitaria (Biblioteca del Estudiante Universitario, 45), 1993, p. IX.

5. Luis González Obregón, “Los novelistas de la colonia”, en Croniquillas de la Nueva España, México, Botas, 1936, pp. 166-172.

6. Ibid., pp. 166-167.

7. Carlos González Peña, Historia de la literatura mexicana, México, Porrúa, 1949, pp. 199-200.

8. Luis González Obregón. op. cit.

9. Francisco Pimentel, “Novelistas y oradores mexicanos” en Obras completas, México, 1903-1904, vol. V.

10. Ibid., p. 276.

11. Véase Agustín Yáñez, “Prólogo” a Los sirgueros, op. cit., p. VIII.

12. Alfonso Reyes, Letras de la Nueva España, México, FCE (Tierra firme, 40), 1948, p. 89.

13. Ibid., p. 92.

14. El padre José Antonio Alzate censuró, en sus Gacetas de Literatura, la obra de Bolaños, calificándola despectivamente de novela.