Enciclopedia de la Literatura en México

Regionalismos y la formación de una cultura del libro: la imprenta fuera de la Ciudad de México y el desarrollo de bibliotecas

mostrar [Introducción]

La literatura, como faceta de la cultura disponible al público alfabeto en general, así como oficio capaz de producir gran fama y riqueza, es difícil de concebir sin la existencia de la imprenta. Durante más de un milenio la conservación de la palabra escrita se debió a las labores lentas y monótonas de copistas, generalmente religiosos, quienes duplicaban manuscritos, a veces con magníficas miniaturas y letras capitulares, los cuales posteriormente se guardaban en bibliotecas conventuales para la consulta. Los lectores de estas obras, principalmente de temas religiosos y filosóficos en lengua latina, eran los mismos religiosos, quienes gozaban de una exclusividad prácticamente absoluta sobre el alfabetismo. Durante la segunda mitad del siglo xv la tipografía utilizando letras móviles metálicas, fáciles de componer y de poco desgaste, permitió tirajes largos de impresos relativamente baratos y, con ello, el anhelo de la civilización occidental: alfabetismo universal y una sociedad instruida, con la potencialidad de ser consumidora de la literatura en todas sus formas. Tal como crecía la producción de la imprenta y la disponibilidad de su producto, florecieron el alfabetismo y el consumo de la palabra escrita.

La imprenta, después de dos siglos y medio y el correspondiente aumento de la lectura y la instrucción, fue el principal impulsor de la Ilustración y la divulgación de nuevos conocimientos por medio de impresos de temas seculares en lenguas vulgares. Esto no quiere decir que dejara de existir el renacimiento del interés en las obras clásicas ni el ocaso del humanismo, sino que esos autores fueron unidos con los modernos. La Ilustración, a su vez, aumentó la demanda de libros y dio ímpetu al desarrollo de mejores técnicas de impresión, resultando en ediciones más grandes, una disminución de costos y el aumento de libros ilustrados, muchos de ellos con grabados en cobre; así se permitió el empleo de la misma plancha para múltiples tirajes.

Con la expansión de las artes gráficas en Nueva España la competencia entre los impresores dio lugar a la presentación de solicitudes de derechos exclusivos para producir los impresos oficiales de instituciones como el gobierno real y virreinal, el gobierno eclesiástico, el Santo Oficio de la Inquisición, las universidades, las audiencias y los consulados. Dichos contratos aseguraron un ingreso económico constante aun en tiempos de depresión, por medio de la producción de cédulas, provisiones, decretos, cartas pastorales, bandos y bulas. La adición del título de la concesión (por ejemplo del gobierno, del obispado, de la universidad, del Santo Oficio, del consulado, etc.) al pie de imprenta daba cierto prestigio a la imprenta. Además de estos apellidos cuasioficiales, varios impresores añadieron, sin ningún vínculo legal o social, algún nombre de prestigio, percibido por ejemplo en el caso de “Plantiniana” o “Nueva Madrileña”. A veces estos apellidos indicaban la adquisición de nuevas prensas o tipos u orlas de Europa y, por ello, una nueva calidad estética para las impresiones. Asimismo, el incremento de la ilustración de libros con láminas xilográficas o grabados en cobre, obra de grabadores independientes contratados generalmente por los autores o, a veces, por el impresor, contribuyó al prestigio de cualquier taller. El aumento de los libros ilustrados los hizo más atractivos, y aunque no es algo que podamos aseverar con certeza, tal vez condujo a algunos de sus dueños hacia el alfabetismo; no cabe duda de que las láminas alegóricas de tales temas, como la boca del infierno y las ánimas en el purgatorio, tuvieron impacto en el pensamiento popular.

Lo mismo que en España, los impresos novohispanos estaban sujetos a los requisitos de aprobaciones, licencias y tasas, las cuales sirvieron de hecho como una forma de censura. Todas las obras escritas o ideadas por el clero, sin distinción de tema, fueron remitidas a los superiores regulares o diocesanos o, a veces, a ambos, para las debidas revisiones y aprobaciones; y los impresos y las estampas de cualquier índole quedaron también bajo el escrutinio del Santo Oficio. Los derechos de autor, es decir su protección contra la piratería de su obra, se concedían en exclusividad por un tiempo determinado, todo por medio del pago de una tasa fijada para cada ejemplar de la obra. Con la excepción de las hojas volantes y la folletería, todos los impresos llevaban como parte de los preliminares las aprobaciones, las licencias y las tasas, confirmando el cumplimiento con las leyes por parte del impresor.

La venta del libro continuó dentro de la tradición establecida en el medievo europeo, es decir, principalmente por los mismos impresores y sus agentes, corredores de libros, quienes viajaron de pueblo en pueblo para vender, tanto la producción de su patrón, como los títulos que él manejaba en distribución. Los talleres solían tener un cuarto dedicado a la venta al público donde guardaban las existencias de sus propios impresos y formularios, los de otras empresas novohispanas foráneas, y los libros importados de Europa y de otras posesiones españolas. A partir de 1572 las importaciones de libros, enviados por representantes-agentes comerciales en España y desembarcados principalmente por el puerto de Veracruz, aunque ya en el siglo xviii algunos impresos limeños, quiteños y filipinos entraban por Acapulco, eran sujetos a escrutinio por el comisario del Santo Oficio de la Inquisición. Estos funcionarios revisaban los manifiestos de carga y, en caso de encontrar obras prohibidas, las confiscaban o las hacían enmendar según el Indice Librorum Prohibitorum vigente. Desde luego, como en todos los ramos del comercio colonial, los libros también formaban parte del contrabando, ya fuese por su contenido prohibido, por evadir los impuestos, o por ambas razones.

Portada del Arte de lengva mexicana, por Antonio Vázquez Gastelu, Puebla, Imprenta de Francisco Xavier de Morales y Salazar, 1716. (Biblioteca personal del autor.)

Desde la antigüedad la sabiduría escrita fue conservada en bibliotecas que, hasta el siglo xviii estaban casi universalmente bajo la custodia de las órdenes religiosas, la jerarquía eclesiástica y algunos nobles cultos. El incremento de las universidades, colegios y seminarios, debido a la disponibilidad de información impresa, ha sido vinculado con la formación de academias y Sociedades Económicas de Amigos del País durante la Ilustración. Al mismo tiempo, las reformas borbónicas en España, en el siglo xviii, contribuyeron al crecimiento de burocracias y centros de gobierno, con sus funciones de administración de justicia y hacienda, aumentando así la demanda de libros en estos campos. Estas instituciones requerían recursos de consulta y divulgación y, con el extraordinario aumento de los impresos, las bibliotecas no solamente se multiplicaron, sino que también empezaron a adquirir aspectos nuevos. En todos los repositorios creció notablemente el número de títulos en lenguas vulgares y de temas seculares. Las instituciones académicas establecieron sus propias bibliotecas y mantuvieron una política más liberal en cuestiones de acceso a los acervos; y las colecciones particulares de eclesiásticos y seglares vieron una expansión extraordinaria.

Aunque las materias tradicionales de teología, sagrada escritura, patrística, filosofía, gramática, retórica, literatura clásica humanística (todas principalmente en latín), igual que las artes y vocabularios en lenguas indígenas, permanecieron entre los acervos de la mayoría de las bibliotecas establecidas en los siglos anteriores, a lo largo del xviii la presencia de la Ilustración se hizo más evidente con el aumento de obras de tema secular en castellano y otras lenguas vernáculas, como historia natural y humana, ciencias puras, geografía, descubrimientos, viajes, administración y gobierno civil y militar. No solamente dentro de las colecciones tradicionales de los conventos y obispados, sino también en las más recientes de audiencias y tribunales, seminarios, colegios y universidades y particulares de los nuevos profesionistas sacerdotales, académicos, militares, jurídicos y burocráticos, las bibliotecas experimentaron una expansión a la par de la producción de las imprentas europeas y novohispanas. Cualquier biblioteca americana notable del siglo xvi comprendía entre cien y novecientos volúmenes, en el siguiente siglo entre mil y seis mil, y en el siglo xviii entre seis y quince mil libros. Finalmente, la bibliofilia, o la formación de un fondo por el puro placer de poseer libros, contribuyó a convertir la biblioteca en un bien que proporcionó no sólo cultura sino también beneficio económico al dueño y, por ello, fue frecuentemente inventariada en los testamentos. Los libros personales enviados desde España, al igual que las compras particulares llegadas desde Europa, se sometían a las mismas reglas de revisión, confiscación y enmienda por el Santo Oficio que las cargas comerciales. Sin embargo, no cabe duda de que estas revisiones no eran tan rigurosas, especialmente en el caso de instituciones y personajes eclesiásticos, gubernamentales y militares de alto rango, quienes muchas veces poseían libros prohibidos o proscritos en sus colecciones.

 

mostrar La expansión de la imprenta en la Nueva España

Los extraordinarios adelantos en las artes gráficas en el virreinato de Nueva España a lo largo de casi tres siglos se expresan en una aproximación estadística de títulos producidos. Éstos sumaron, en la ciudad de México, entre 1539 y 1600, 235; entre 1601 y 1700, 1 830; y entre 1701 y 1800, 7 400. Ciento tres años después de la apertura de la imprenta en la ciudad de México el primer taller novohispano de provincia inició sus actividades en Puebla de los Ángeles; de él aparecieron aproximadamente 254 títulos entre 1642 y 1700, y 1 660 entre 1701 y 1800. La imprenta poblana, como en el caso de la capitalina, inició su existencia en forma de monopolio, pero a lo largo de los años los talleres se multiplicaron por las vías de la herencia, la compraventa y la importación de equipo. Asimismo, como en la industria de la ciudad de México, la producción poblana aumentó notablemente en el siglo xviii.[1]

La introducción de la imprenta en Puebla es análoga a su inicio en México por fray Juan de Zumárraga en 1539, y posteriormente en Guadalajara por fray Antonio Alcalde, en 1793; es decir, se debía al esfuerzo del obispo bibliófilo local. En el caso de Puebla, don Juan de Palafox y Mendoza promovió la apertura del primer taller, por Pedro Quiñones, en 1642. Durante el siglo xvii, además de sermonarios, catecismos y otros impresos religiosos, se estableció una tradición notablemente poblana, la impresión de folletos con la letra de los villancicos cantados en la catedral metropolitana. Además, durante aquel periodo de inicio se destacan unos títulos: Historia Real Sagrada, De príncipes, y súbditos, Francisco Robledo, Impresor del Secreto Santo Oficio, 1643; Francisco Pacheco de Silva, Doctrina Christiana, Traducida de la Lengua Castellana, en Lengua Zapoteca Nexitza, Imprenta Plantiniana de Diego Fernández de León, 1689; Antonio Vázquez Gastelu, Arte de Lengua Mexicana, Imprenta de Diego Fernández de León, 1693.[2]

Al finalizar el siglo, el taller de Diego Fernández de León (1682-1695; 1704-1710) fue seguido en el monopolio de la imprenta por el capitán Juan de Villa Real (1695-1697), cuyo taller pasó más tarde a los Herederos del Capitán Juan de Villa Real en el Portal de las Flores (1697-1701), y después al Capitán Sebastián Guevara y Ríos en el Portal de las Flores (1701-1702), y a José Pérez, en la calle de Cholula (1701-1711). La empresa fue adquirida en 1711 por Miguel de Ortega y Bonilla, mercader y natural de Puebla, casado en 1704 con Manuela de la Ascensión Cerezo, quien presumiblemente compró la imprenta de José Pérez en el mismo año; de esta manera se constituyó la Imprenta Plantiniana de Miguel Ortega y Bonilla, en el Portal de las Flores (1712-1714). La sucesora, Manuela de la Ascensión Cerezo, bajo el nombre de Viuda de Miguel de Ortega, compró la imprenta de Juan José de Guillena Carrascoso en la ciudad de México en 1714, y en 1725 recibió por real cédula la concesión exclusiva para imprimir papeles sobre funciones públicas, sermones y relaciones de méritos y servicios. Otra imprenta, de Xavier Morales y Salazar, en el Portal de Borja, se abrió en 1723 y funcionó hasta 1736; Cristóbal Tadeo de Ortega y Bonilla, hijo de Miguel y Manuela y heredero en 1734, continuó el taller familiar bajo su antiguo nombre hasta 1772. En 1758 la Compañía de Jesús estableció una prensa en el Real Colegio de San Ignacio y dio a la estampa actos públicos, en contravención del privilegio de Ortega. Esta empresa terminó con la expulsión de los jesuitas en 1767 y fue rematada en los Reales y Pontificios Colegios de San Pedro y San Juan, por orden del obispo Francisco Fabián y Fuero; los mismos fueron incorporados, junto con el Colegio de San Pantaleón, en el Real y Pontificio Seminario Palafoxiano en 1769. La imprenta del seminario funcionó desde 1770 hasta 1795, apoyada por reales cédulas de privilegios para la impresión de actos y, en 1783, la concesión del monopolio de la impresión de catecismos en Nueva España. La firma de los Herederos de la Viuda de Miguel Ortega, entre 1773 y 1776, compitió activamente con el seminario; en 1777 Pedro de la Rosa, casado con María de la Luz Ortega, hija de Tadeo Cristóbal, sucedió en el puesto de administrador de la imprenta con la denominación de Oficina Nueva Matritense de D. Pedro de la Rosa, hasta 1779, cuando adoptó el nombre con el cual continuaría hasta 1830, Imprenta de D. Pedro de la Rosa.[3]

Vinculado con el desarrollo de la tipografía, el arte del grabado se estableció en Puebla en el siglo xvii, aunque numerosas láminas procedentes de la ciudad de México también aparecieron en los impresos poblanos. La mayor parte de las estampas comprendían temas religiosos y alegóricos, pero también aparecían retratos de santos, obispos, sacerdotes y monjas; blasones de nobles y prelados, así como armas y planos de la ciudad. En 1694 y 1695 Miguel Amat introdujo el grabado en cobre, abriendo dos láminas de armas, pero la xilografía, generalmente anónima, predominó hasta mediados del siglo xviii. Los grabadores, un tal Zúñiga y Diego Villegas, trabajaron entre 1701 y 1735. Villegas produjo retratos en cobre en 1727 mientras, entre 1730 y 1760, un cierto Perea firmó planchas de armas y un mapa ilustrando la penumbra del eclipse de 1727. José Ortiz Carnero grabó un plano de Puebla en 1754; Juan Rodríguez Carnero, nieto del pintor Juan Rodríguez Carnero, firmó grabados en 1758; en 1765 y 1766 Francisco Rodríguez y un tal Guzmán abrieron planchas; José Viveros grabó retratos de santos entre 1775 y 1791, y en 1798 F. Águila grabó las armas de la catedral. Estos trabajos, sin embargo, no se acercaron a la belleza de la obra de José de Nava. Nacido en Puebla c. 1735, Nava inició su carrera en 1754 y produjo, antes de su muerte en 1817, 751 láminas numeradas, incluyendo retratos, la vida de santa Rosa de Viturbo en 36 láminas sin texto, dos vistas de la Biblioteca Palafoxiana, ilustraciones de la Missa Gothica en 1770, en 1790 retratos de santo Tomás de Aquino y el beato Sebastián de Aparicio (éste avecindado y sepultado en Puebla) y, en 1796, un plano de la ciudad.[4]

Además de las decenas de folletos en octavo de la letra de los villancicos cantados en la catedral metropolitana, salieron en Puebla también impresos típicos de la ciudad de México. Éstos eran reglas, manuales, liturgia, ordenanzas, cartas pastorales, relaciones de méritos y, a partir de 1720, en una hoja en folio, invitaciones a las defensas de tesis presentadas por seminaristas poblanos en la catedral. En 1708 tuvo su principio en Puebla un fenómeno notablemente novohispano, la impresión de novenas y oraciones en octavo, siguiendo el formato establecido en México al mismo tiempo. A partir de 1721 estos devocionarios aparecieron en doceavo y dieciseisavo y, junto con los sermones impresos, demostraron el aumento del alfabetismo. Estos libritos, expresiones de religión popularizada por la prensa, salieron en decenas de devociones tradicionales, como las dedicadas a las varias apariciones de la virgen, la Santísima Trinidad, la Sagrada Familia, san José, san Ignacio de Loyola, santo Domingo de Guzmán, san Francisco de Asís, san Juan Nepomuceno, los nuevos santos Luis Gonzaga, Estanislao Kotska, Rosa de Lima y la Inmaculada, además de los locales, como Nuestra Señora de Guadalupe, de la Conquista, de Ocotlán, el Cristo de Ixmiquilpan, el de Esquipulas y el beato Sebastián de Aparicio. Frecuentemente estos impresos incluían breves biografías y un retrato del respectivo santo, y aparecían en extensos tirajes de hasta un millar, alcanzando, a partir de 1770, un promedio de diez a quince títulos por año. Sólo de la devoción guadalupana aparecieron 23 impresos poblanos entre 1715 y 1800.[5]

Entre los impresos poblanos del siglo xviii, de índole secular, destacan: de Gabriel Bocángel, El Cortesano, Y Discreto, Politico, Y Moral Principio de los Romanzes, Relox concertado para sabios y despertador de ignorantes, Viuda de Miguel de Ortega, 1717; de Antonio de Olmedo y Torre, Arte de Lengva Mexicana compuesto por el Bachiller D. Antonio Vasquez Gastelu, Diego Fernández de León, 1726; de Pedro de Fuentes, Doña Francisca La Captiva. Dase Quenta de vn Portentoso Milagro, Que obró la Virgen Santissima del Carmen con esta Señora, librandola del poder de los Turcos, Viuda de Miguel Ortega, 1745; de fray Antonio de los Reyes, O. P., Arte en Lengua Mixteca, Viuda de Miguel de Ortega, 1750; de José Mariano de Medina, Heliotropio Critico Racional Prognostico computado à el Meridiano de la Puebla de los Ángeles, para el Año de 1753, Viuda de Miguel de Ortega 1752; de Juan Antonio de Rivilla Barrientos, Astronomía Americana Septentrional Regulada al Meridiano de la Puebla Ciudad de los Ángeles. Para el año de el Señor de 1753, Viuda de Miguel de Ortega, 1752, y de Gerónimo Thomas de Aquino Cortés y Zedeño, Arte, Vocabulario, y Confessionario en el Idioma Mexicano, Como se usa en el Obispado de Guadalaxara, Colegio Real de San Ignacio, 1765. Por su extraordinaria belleza sobresale dentro de las artes gráficas durante los tres siglos de Nueva España Missa Gothica seù Mozarabica, et officium itidèm gothicum diligentèr ac dilucidè explanata ad usum percelebris mozárabum aacelli Toleti á munificentissimo cardinali Ximenio erecti..., Seminario Palafoxiano, 1770, con la portada y numerosas páginas a tinta roja y negra, y cuatro láminas pictográficas y una de música de José de Nava, impreso por orden del obispo Francisco Fabián y Fuero, padrino del ilustrado arzobispo de México, Francisco Antonio de Lorenzana y Buitrón.[6]

Lámina por José de Nava: Missa Gothica seù MozarabicaPuebla, Seminario Palafoxiano, 1770. (Biblioteca personal del autor.)

Vinculada económica y culturalmente con Puebla, la ciudad de Oaxaca fue la tercera con imprenta en Nueva España. Aunque no se conoce con certeza ningún impreso de la sucursal establecida en Antequera por el impresor poblano Diego Fernández de León entre 1685 y 1706, aparentemente el taller utilizó los tipos y una prensa traídos de Puebla; la sucursal fue administrada por el capitán oaxaqueño Antonio Díaz Maseda, pasando posteriormente al maestre de campo general Luis Ramírez Aguilar, como depositario. Catorce años después, en 1720, el primero y único impreso oaxaqueño conocido de esta primera etapa tipográfica salió de la imprenta de Francisca Flores de Sierra y Valdés, viuda de Ramírez de Aguilar: el Sermon Fvnebre, qve en las honrras de la venerable madre Iacinta Maria Anna de S. Antonio, Religiosa de el monasterio de Sãcta Catharina de Sena de esta ciudad de Oaxaca. Predicò el M. R. P. M. F. Sebastian de Santander del orden de Predicadores. Evidentemente el fallecimiento de doña Francisca, el 2 de enero de 1725, dio fin a la empresa oaxaqueña, aunque un taller local renació en 1789 con un impreso con pie de imprenta en San Lorenzo Zimatlán.[7]

Hacia finales del siglo, otra vez gracias al esfuerzo de la autoridad episcopal, fray Antonio de Alcalde, se logró el establecimiento de una universidad y, en el mismo año, una imprenta, en el centro administrativo y económico del occidente del virreinato, Guadalajara. Con los acostumbrados privilegios y monopolios se pidió en 1792 permiso para abrir un taller en Guadalajara bajo la dirección de Mariano Valdés Téllez Girón, hijo de Manuel Antonio Valdés, editor e impresor afamado de México, con la finalidad de aumentar el negocio familiar. En respuesta, el 10 de agosto de 1793 le fue concedida una real cédula para el establecimiento de una imprenta con exención de alcabalas. No obstante la demora en recibir las confirmaciones formales, en enero de 1793 Valdés comenzó su trabajo con, tristemente, Elogios Fúnebres con que la Santa Iglesia Catedral de Guadalaxara ha celebrado la buena memoria de su Prelado el Illmo. y Rmo. señor Mtro. D. Fr. Antonio Alcalde, seguido en el mismo año con Novena de la milagrosa Imagen de Nuestra Señora de Aranzazú. En 1795 Valdés inició la impresión de numerosas relaciones de méritos del clero diocesano; le fue concedido el privilegio exclusivo de la impresión de catecismos, cartillas y actos de la Real Universidad de Guadalajara; y recibió la designación de impresor del consulado al dar a la estampa Real Cedula de Ereccion del Consulado de Guadalaxara, expedida en Aranjuez a vi de junio de mdccxcv. Al finalizar el siglo 65 títulos habían salido de la prensa de Valdés, incluyendo numerosos devocionarios y novenas, de los cuales ocho eran de Nuestra Señora de Guadalupe, e invitaciones a actos de defensa de tesis en el Colegio Seminario Conciliar y la Real Universidad. Aunque la mayoría de las 32 láminas impresas en Guadalajara durante el siglo xviii fueron abiertas en México, José Simón de Larrea, grabador de México, trabajó en la ciudad desde 1794 a 1799, produciendo cuatro láminas de santos y armas, las cuales fueron repetidas varias veces posteriormente.[8]

La cuarta ciudad novohispana con imprenta, Veracruz, inició las artes gráficas en 1794 según los términos de una real cédula concedida a Manuel López Bueno, natural del mismo puerto. Su primera obra fue Alabanzas al Nombre Santisimo del gloriosisimo patriarca Sr. S. Joseph..., 1794, en 16o, y la segunda, Real cedula de S. M. para la ereccion del Consulado de la M. N. y M. L. ciudad de Veracruz, 1795, le dio el título de Oficina de Manuel Lopez Bueno Impresor del Consulado. El tercer título, en 1796, Almanak mercantil ó Guia de Comerciantes para el año de 1796 apareció bajo el rubro de Imprenta de D. Manuel Lopez Bueno.[9] El establecimiento, en 1795, de consulados, tribunales encargados de la resolución de disputas entre mercaderes, de asuntos aduanales, de cuestiones de alcabalas y de la organización de ferias comerciales en estas dos ciudades mercantiles, dieron a sus respectivos impresores, no solamente trabajo remunerado, sino también un cierto prestigio al ser contratados por esta institución.

mostrar Bibliotecas en provincias

El establecimiento de bibliotecas, al igual que el establecimiento de las imprentas en México, Puebla y Guadalajara, se debe a los mismos obispos, Zumárraga, Palafox y Alcalde, respectivamente. Aun cuando era la sede del virreinato, del arzobispado y de la audiencia, la ciudad de palacios, de conventos, de iglesias y de la Real y Pontificia Universidad, México ocupó el segundo lugar en bibliotecas hasta las últimas décadas del siglo xviii. En Puebla, ciudad de conventos, colegios y seminarios, el 5 de septiembre de 1646 Juan de Palafox y Mendoza (1600-1659) donó su biblioteca personal de cinco mil volúmenes a los colegios de San Pedro, de San Pablo y de San Juan Evangelista (sucesor del segundo seminario novohispano, San Juan Bautista, fundado en 1596) ante el escribano Nicolás de Valdivia. La más cercana al concepto moderno de una biblioteca pública, la establecida por Palafox en 1648, disponía de un horario fijo durante el cual estaba abierta a todos para la consulta sin préstamo, un estudiante en el puesto de bibliotecario con acceso exclusivo a los estantes, y reservas monetarias para nuevas adquisiciones. Obispo contencioso desde 1639, Palafox sirvió de juez de residencia de los virreyes marqueses de Cerralvo y Cadereita en 1640, destituyó al virrey marqués de Villena en 1642, e inició con la Compañía de Jesús un conflicto sobre cuestiones jurisdiccionales que duró más de un siglo. El legado de Palafox después de su partida para España, en 1649, creció con donativos menores que contribuyeron a mantener la biblioteca como la más grande del virreinato. Después de donar su propio acervo, el obispo Manuel Fernández de Sahagún y Santa Cruz (1676-1699) tuvo que ordenar el aumento de los anaqueles. Al cumplir la biblioteca más de un siglo de existencia, en 1765 el obispo Francisco de Fabián y Fuero, también bibliófilo, determinó la edificación de una instalación permanente y propia para la biblioteca en el Colegio de San Juan. Durante la construcción del nuevo edificio, de dos pisos de 51 varas de longitud y 14 ¾ varas de altura, con cinco bóvedas y elegante estantería de maderas finas, el obispo redactó las ordenanzas para la biblioteca que llevaría el nombre de Palafoxiana; en 1771 hizo él un donativo de sus propios libros a los colegios de San Pedro y San Juan; al año siguiente supervisó el traslado de 2 015 títulos de los colegios de los jesuitas expulsos de Espíritu Santo y de San Ildefonso, y en 1773 inauguró la nueva instalación. Fabián y Fuero continuó la entrega de sus libros al fondo hasta su muerte, en 1802.[10]

Portada: Sermon fvnebre, qve en las Honrras de la Venerable Madre Iacinta Maria Anna de S. Antonio... por Sebastián de Santander. Oaxaca, Francisca Flores, 1720.(Cortesía de Juan Pascoe, Tacámbaro, Michoacán.)

Otros prelados también formaron bibliotecas notables durante el siglo xviii. Manuel Ignacio González del Campillo, natural de Zacatecas, se trasladó a Puebla en 1775, donde sirvió en el cabildo eclesiástico hasta 1779 en el puesto de administrador diocesano, en el de arcediano en 1799, y desde 1803 a 1813 sucedió a Fabián y Fuero en la mitra de Puebla. Su biblioteca particular consistía en 684 títulos en 1 850 volúmenes, de los cuales 206 eran de derecho civil y canónico, 191 de temas religiosos, 43 de teología, 56 de literatura clásica, española y francesa, 35 de historia y geografía, 24 de filosofía, 23 de política y economía, 9 de ciencias, 5 de pedagogía, 1 de artes y técnicas y 49 de diccionarios y vocabularios. Los autores de obras seculares representadas incluían a Séneca, Cicerón, Tertuliano, Miguel de Cervantes, Francisco López de Gómara, Antonio de Herrera y Tordesillas, Nicolás Antonio, Bernal Díaz del Castillo, Gerardo Lobo, Francisco Benegasi, Juan de Mariana, Antonio de Solís, Tomás de Iriarte, Gregorio Mayans y Siscar, José Francisco de Isla, Diego José de Abad, Francisco Javier Alegre, Jorge Juan, Antonio de Ulloa, Voltaire y Fénelon. Por ser biblioteca urbana, los diccionarios eran de lenguas europeas; faltaban libros de artes y técnicas.[11]

Contemporáneo de González del Campillo, Antonio Bergosa y Jordán, natural de Jaca, Huesca (España), doctor en derecho canónico en 1771 por la Universidad de Valencia, se trasladó a México en 1779 y ocupó el puesto de inquisidor fiscal del Santo Oficio hasta su confirmación en la mitra de Antequera de Oaxaca, en la que ejerció desde 1800 hasta 1817. Su biblioteca, de 569 títulos en 1 424 volúmenes, se componía, según temas, de 139 títulos de derecho, 212 de religión, 29 de teología, 5 de filosofía, 15 de ciencias, 56 de historia y geografía, 3 de pedagogía y educación, 12 de política y economía, 13 de literatura, 38 diccionarios y vocabularios de lenguas europeas, y 11 de artes y técnicas. Entre los autores de temas seculares se encontraban Cicerón, Tertuliano, Séneca, Salustio, Horacio, Ovidio, Miguel de Cervantes, Tomás de Iriarte, Francisco Benegasi, Diego José de Abad, Rafael Landívar, Lorenzo Boturini, Antonio de Solís, Francisco Xavier Clavijero, Miguel Venegas, Thomas Gage, Antonio de Alcedo.[12]

Escasamente documentada, la notable biblioteca de obras de religión y derecho de fray Antonio de Jesús Sacedón, O. F. M., natural de Alcarria (España) y primer obispo de Nuevo León, fue formada con libros comprados en México; pero después de un viaje a España, en 1778, trasladó su fondo que tenía en este país a su sede en Linares. Tristemente, tras la muerte del obispo, en 1779, su biblioteca fue dispersada por subasta en 1808. Su sucesor, fray Rafael José Verger, O. F. M., nativo de Mallorca, amigo y correligionario de Junípero Serra y Francisco Palou, y guardián del Colegio Apóstolico de San Fernando, llegó en 1783 a la nueva sede de Monterrey con una biblioteca que al año siguiente de su muerte, en 1790, fue subastada. El tercer obispo, Andrés Ambrosio de Llanos y Valdés, natural de Jerez, Zacatecas, doctorado en sagrados cánones por la Real y Pontificia Universidad de México en 1758 bajo el profesorado de Juan José Eguiara y Eguren, y en leyes el de Cayetano Antonio Torres Quintero, formó una biblioteca durante sus años de estudiante. En 1792, al llegar a Monterrey, donó su acervo al seminario diocesano, hecho que concretó al año siguiente. Además de obras de temas religiosos, el fondo, único académico abierto en la provincia, contenía obras de historia por Arlegui, Lorenzana, Remesal, Villaseñor, Torquemada y Díez de la Calle. El obispo continuó sus donativos al seminario hasta su muerte, en 1799.[13]

A nivel diocesano, los seminarios mantuvieron sus acervos bibliográficos para la consulta de su profesorado y, en forma limitada, de los seminaristas, aunque éstos generalmente formaban sus propias bibliotecas por medio del dictado de textos impresos que copiaban a la letra en cuadernos. El primer seminario diocesano fue fundado en Oaxaca por fray Bernardo de Albuquerque, entre 1562 y 1579, y continuado bajo el nombre de Seminario de San Bartolomé por fray Bartolomé de Ledesma, obispo de 1584 a 1604. La biblioteca fue ampliada con el obispo Nicolás del Puerto, en 1681, con la donación de su acervo personal; la adición de 2 545 volúmenes del colegio de los jesuitas, en 1768, requirió que el deán Domingo de San Pelayo mandara ampliar los anaqueles. El Seminario Tridentino del Señor San José de Guadalajara fue establecido en 1696 para preparar al clero diocesano, dado que en ese año el único otro seminario de la ciudad era el de la Compañía de Jesús, Santo Tomás. La biblioteca del Tridentino se destacó por tener el puesto de bibliotecario o “guarda libros”, y en 1775 el obispo Antonio Alcalde informó que era numeroso el acervo, sin detallar el contenido. En 1678 se estableció en Chiapas el Seminario de la Limpia Concepción; en 1702 el Seminario de Durango; en 1770 el Seminario del Señor de San Pedro de Valladolid, dotado con su biblioteca particular por el obispo Pedro Anselmo Sánchez de Tagle; en 1751 se fundó el Seminario Conciliar de San Ildefonso en Mérida; en 1771 el Colegio Seminario de Querétaro se constituyó a partir de colegios ex jesuitas, y en 1795 se abrió en Zacatecas el Seminario de San Luis Gonzaga. Las bibliotecas de estas instituciones experimentaron notables aumentos a partir de 1768 con la redistribución de fondos de los colegios locales de la Compañía de Jesús.[14]

Los colegios diocesanos también mantenían bibliotecas, algunas de ellas notables. El más antiguo, el Colegio de San Nicolás Obispo, fundado en Pátzcuaro en 1540 por el obispo don Vasco de Quiroga, quien donó sus libros a la institución, se trasladó a Valladolid en 1580, donde fue beneficiario en 1785 de la redistribución de varios miles de libros del colegio ex jesuita de San Luis de la Paz. Las congregaciones del Oratorio de San Felipe Neri, establecidas en Oaxaca en 1661, Guadalajara en 1664, Puebla en 1676, San Miguel el Grande en 1712, Orizaba en 1725, Querétaro en 1763 y Guanajuato en 1793, también fueron conocidas por sus bibliotecas y sus colegios de alto nivel intelectual; entre ellos se destacó la de San Francisco de Sales en San Miguel. El Colegio Carolino de Puebla, fundado en 1790 por real cédula de Carlos iv, fue instalado en el edificio del Ex Colegio del Espíritu Santo con dos bibliotecas, formadas con los acervos que no pasaron a la Palafoxiana; la suya tenía 2 012 títulos en 4 485 volúmenes y 739 títulos en 1 166 volúmenes. Aunque solicitada por el obispo fray Antonio Alcalde en 1775, la Universidad de Guadalajara no se inauguró hasta 1791. Su biblioteca fue integrada con las del Seminario Concilar de San José y de los ex colegios jesuitas de Guadalajara y Zacatecas; se incrementó al año siguiente con el fondo del Colegio de Santo Tomás, entregado por orden de la audiencia.[15] Aunque sus acervos estaban generalmente limitados a las materias más tradicionales de sagrada escritura, derecho canónico y civil, historia eclesiástica, liturgia, metafísica y filosofía, moral, patrística, sermones, homilías y teología, también tenían vocabularios y gramáticas de lenguas indígenas. Había pocas obras de ciencias.

Portada: Elogios Fúnebres con que la Santa Iglesia Catedral de Guadalaxara ha celebrado la buena memoria de su prelado el Illmô. Y Rmô. Señor Mtrô. D. Fr. Antonio Alcalde. Guadalajara,Mariano Valdés Téllez Girón, 1793. (Biblioteca personal del autor.)

Las bibliotecas conventuales de la orden franciscana, las primeras establecidas en Nueva España, frecuentemente reunieron acervos notables con el paso de los años. En el siglo xvii el convento de Santa María Asumpta, de Toluca, reportó una biblioteca de 378 volúmenes, los cuales incluían títulos en latín y griego de Esopo, Cicerón, Ovidio, Salustio, Terencio, Virgilio, y obras de humanistas contemporáneos, como Desiderio Erasmo, Benito Arias Montano, Francisco Cervantes de Salazar, Martín de Azpilcueta, Diego de Estela, Antonio de Guevara, Elio Antonio de Nebrija, Juan Luis Vives, Juan de Zumárraga y Diego de Valadés; en 1723 el inventario alcanzó 1 395 volúmenes, pero en 1774 bajó a 477, después de la distribución de duplicados a otros conventos y reportes de deterioros y préstamos no controlados.[16] El convento de San Francisco de Guadalajara, fundado por fray Antonio de Segovia en Analco en 1542 y trasladado en 1554 a Guadalajara, se convirtió en el centro educativo de la provincia de Santiago de Xalisco, creada en 1606. El inventario de la biblioteca, levantado en 1610, señaló 700 títulos en 878 volúmenes, 124 de sagrada escritura, 89 de derecho, 21 de historia, 4 de lengua náhuatl, 18 de literatura secular, 33 de liturgia, 131 de metafísica y filosofía, 70 de moral, 8 de patrística, 115 de sermones y homilías y 87 de teología, con obras de Esopo, Cicerón, Persius Flaccus, Plinio, Terencio, Virgilio y Antonio de Guevara.[17]

Otras bibliotecas conventuales franciscanas notables incluyeron la de San Gabriel de Cholula, con 700 títulos, con obras de Virgilio, Cicerón, Ovidio, Juvenal, Terencio, Esopo, Horacio, Séneca, Vives, Arias Montano y Nebrija; la de Atlixco, con 238 títulos; la de San Andrés de Cholula, con 165 títulos; la de la Asunción de Tlaxcala, con 427 títulos en 1723 y, según los inventarios de 1774, la de San Luis de Huexotla, que había iniciado desde 1668 la ordenación de sus acervos por materias, con 348 títulos; la de San Francisco de Tepexí con 253 títulos, incluyendo el Tratado breve de medicina de fray Agustín Farfán, de 1592, y un arte hebreo (todos ordenados por materias); la de Santiago de Tecozautla, con 200 títulos; la de La Asunción de Cuernavaca, con 200, y la de Tepeaca, con 293 (todos clasificados por orden alfabético e incluyendo obras de Vives y Lorenzo Valla).[18] Además se establecieron métodos de organización de los acervos, se crearon fondos para la compra de impresos europeos y novohispanos y, en 1798, se formalizó el oficio de bibliotecario. Las bibliotecas franciscanas hasta cierto grado funcionaban en una forma colectiva. En 1707, para la fundación del Colegio Apostólico de Propaganda Fide de Nuestra Señora de Guadalupe en Zacatecas, cuando fray Antonio Margil de Jesús solicitó libros de España por conducto del capitán Alonso Sánchez Piñeiro, de la ciudad de México, los libros fueron enviados por cuenta del síndico Ignacio Bernárdez en 1715 e incorporados a los libros que Margil había donado. Asimismo, en 1731 libros del Colegio Apostólico de Propaganda Fide de Santa Cruz de Querétaro fueron despachados para la fundación de su hermano colegio de San Fernando de México, y en 1758 la distribución de duplicados fue ordenada a los conventos donde faltaban libros, beneficiando especialmente a los de Tehuacán y Xalapa.[19]

Portada: Alabanzas al Nombre Santísimo del Gloriosísimo Patriarca Sr. S. Joseph. Veracruz, Manuel López Bueno, 1794. (Biblioteca personal del autor.)

A menor escala, las otras órdenes mendicantes establecieron bibliotecas en sus conventos. Aunque los carmelitas y mercedarios sostuvieron acervos bibliográficos, se destacaron los de los conventos agustinos de San Agustín de Puebla y de San Nicolás Tolentino de Michoacán, éste fundado en 1601. Por su parte, los dominicos formaron bibliotecas notables en las provincias de San Hipólito de Oaxaca y de Puebla, establecidas en 1592 y 1656, respectivamente.[20]

Sin duda las bibliotecas creadas por la Compañía de Jesús en Nueva España eran las más importantes, no solamente por su contenido académico sino también por su diversidad de materias, debido en gran parte a los extensos fondos de autores de la misma orden, los cuales trataron todas las facetas de la sabiduría de la Ilustración. La llegada tardía de los jesuitas, en 1572, fue compensada por el rápido crecimiento de sus operarios, tanto llegados de España como graduados de los seminarios novohispanos. Así se establecieron colegios en Puebla, Espíritu Santo (1579), San Jerónimo (1580), San Ildefonso, San Ignacio (1702) y San Francisco Xavier (1744), y en San Luis de la Paz (1595), Mérida (1618), San Luis Potosí (1623), Querétaro (1625), Parral (1639), San Javier de Querétaro (1680), Chiapas (1683), San Juan Bautista de Guadalajara (1696), Monterrey (1713), Campeche (1716), Chihuahua (1718), Celaya (1720), León (1731), Guanajuato (1732).[21] Aunque no disfrutó de vida universitaria, gracias a los colegios jesuitas Puebla fue, hasta la segunda mitad del siglo xviii, el segundo centro educativo del virreinato.

Además de sus centros urbanos, a partir de 1591 la Compañía de Jesús administraba un vasto campo misional que incluía las regiones de Sinaloa, Coahuila-Parras, Durango-Tepehuanes, Chihuahua-Tarahumara, Sonora-Pimería Alta, California y Nayarit. Cada una de las misiones jesuitas incluía su acervo bibliográfico compuesto de un fondo de trabajo, con libros religiosos como misales, breviarios, diurnos, Biblias, devocionarios, catecismos y confesionarios; otro de estudio, con libros de teología, filosofía, patrística, metafísica, cartas y vidas edificantes y lenguas indígenas; de consulta, con libros de derecho, medicina, arquitectura, matemáticas, historia natural, cocina y artes manuales, y un cuarto de diversión, con libros de historia, poesía, ensayos y ficción. En contraste con las bibliotecas de los siglos xvi y xvii, en que predominaron obras en latín e impresos europeos, y los temas eran estrictamente religiosos, clásicos y legalistas, en las jesuitas del siglo xviii el mayor número correspondía a obras en castellano, autores de la Compañía de Jesús, temas seculares y modernos, e impresos novohispanos.[22]

La importancia de estos acervos salió a la luz durante los años posteriores a la desastrosa expulsión de la Compañía de Jesús de los dominios españoles, en 1767-1768, cuando se levantaron inventarios de las bibliotecas con la finalidad de trasladarlas o dispersarlas. El destino de las bibliotecas fue determinado por las juntas de temporalidades de los jesuitas, en los obispados de Puebla, con jurisdicción sobre los colegios de Espíritu Santo, San Francisco Xavier, San Jerónimo, San Ildefonso, San Ignacio y Veracruz; Valladolid, con jurisdicción sobre los colegios de Valladolid, Guanajuato, San Luis Potosí, Pátzcuaro, Celaya, San Luis de la Paz; Oaxaca, con jurisdicción sobre el colegio de Oaxaca; Guadalajara, con jurisdicción sobre los colegios de Santo Tomás, San Ignacio y Zacatecas, más las 73 misiones de Sinaloa, Sonora, Pimería, California y Nayarit, y Durango, con jurisdicción sobre los colegios de Durango, León, Chihuahua, Parras, Parral y 29 misiones en Tarahumara, Chínipas y Tepehuanes. El primer traslado fue realizado en 1768 con el envío de 2 546 volúmenes del fondo del Colegio de Espíritu Santo a la Biblioteca Palafoxiana de los Reales y Pontificios Colegios de San Pedro y San Juan; pero la disposición de la mayoría de las bibliotecas jesuitas tardó varios años y condujo a deterioros y pérdidas. Los 1 106 títulos en 1 719 volúmenes de las bibliotecas de 28 de las misiones de Tarahumara y Tepehuanes en 1772 estaban concentrados en el Colegio de Chihuahua donde, en 1791, inventariados junto con el acervo del colegio en 3 322 volúmenes, por orden virreinal fueron destinados al seminario diocesano de Durango. Sin embargo, al revisar el acervo se descubrió que 2 047 volúmenes eran totalmente inservibles por el deterioro debido al descuido y a la polilla y por ello fueron destruidos, con solamente 702 títulos en 1 275 volúmenes remitidos a Durango en 1793.[23] Con motivo del traslado de las misiones ex jesuitas de California a la orden dominica, en 1773 se levantaron inventarios de los acervos de trece misiones. Con un promedio de 155 títulos por misión, los inventarios sumaron 862 títulos en 1 855 volúmenes, con los fondos mayores en la cabecera de Nuestra Señora de Loreto con 340 volúmenes, Santa Rosalía de Mulegé con 273 y San Ignacio Cadacaamán con 222. Predominaban las obras de Juan de Esteyneffer, Florilegio Medicinal de todas las enfermedades, México, Juan Joseph Guillena Carrascoso, 1712, en nueve ejemplares; Alonso de la Peña y Montenegro, Itinerario para parochos de Indios, Madrid, Joseph Fernández de Buendía, 1688 en ocho; Juan Eusebio Nieremberg, Obras, Madrid, Domingo García y Morras, 1651, y José Ortega, Apostólicos Afanes de la Compañía de Jesús, Barcelona, Pablo Nadal, 1754, en cinco ejemplares cada uno. Ilustrando la erudición de sus dueños por la extensa variedad de temas, aun en el último rincón del virreinato, las bibliotecas en conjunto contenían seis títulos de artes manuales, 63 de biografías, 15 de ciencias y medicina, 11 de derecho civil y canónico, 21 de filosofía y metafísica, 16 de gramáticas y diccionarios, 65 de historia, geografía y viajes, 5 de literatura, 79 de manuales, misales, calendarios, devocionarios y reglas, 57 de moral, 30 de sagrada escritura, 127 de sermones y homilías y 33 de teología. De lenguas, había 3 en alemán, 269 en castellano, 6 en francés, 26 en italiano, 138 en latín, uno de cada uno en cahíta, náhuatl, ópata y tarasco y, por lugar de impresión, 85 impresos novohispanos, 2 limeños y 1 de Manila.[24] Continuó la distribución de los fondos bibliográficos, con resultados negativos y positivos. El Colegio de Celaya, que en 1767 poseía 986 títulos en 1 236 volúmenes, en 1772 vio su biblioteca reducida a 226; los demás se encontraban maltratados. Los que quedaron fueron dañados de nuevo con su traslado a las Casas Reales en 1776, y finalmente, en 1782, los restantes fueron entregados al cura de Celaya. En Oaxaca, de los 2 954 volúmenes inventariados en el colegio ex jesuita en 1770, sólo 2 545 fueron entregados en 1782 al colegio seminario diocesano de Santa Cruz. Por otro lado, en 1771 San Luis de la Paz contaba con 301 títulos en 515 volúmenes, muchos de ellos del antiguo colegio de indios fundado en 1595; este fondo fue enviado intacto al Colegio de San Nicolás Obispo, en Valladolid, en 1785. En Santa María de las Parras, fundado como una misión jesuita en 1594 y convertido en un colegio de indígenas en 1622, en un inventario de 1767 se anotaban 489 títulos en 756 volúmenes, los cuales quedaron encerrados en la biblioteca hasta 1793, cuando fueron trasladados al seminario diocesano de Durango por orden del virrey conde de Revillagigedo.[25]

Biblioteca Palafoxiana, por José de Nava, Puebla, siglo xviii. (Biblioteca personal del autor.)

Aunque de menor noticia y tamaño, las bibliotecas particulares formadas en la época de la Ilustración demostraron el aumento de la curiosidad intelectual del público, del nivel académico en las profesiones y del desarrollo cultural en general en Nueva España. La proliferación de acervos privados había llegado a tal número en el siglo xviii que será prácticamente imposible describirlos en detalle, y sólo se presentarán unos ejemplos de colecciones variadas. Distintas de las bibliotecas conventuales y académicas, las colecciones particulares generalmente se consideraban como bienes personales y se dispersaban al fallecer el dueño. Por ello se conocen principalmente por testamentos, inventarios de bienes de difuntos y de libros en donativo, compraventa o subasta (almoneda).

En la frontera minera de Nueva Vizcaya, en 1580 el cura de Nuestra Señora de las Nieves, Luis Ponce de Esquivel, dejó una biblioteca notable y extensa, considerando la época y el lugar. Entre los bienes administrados por su albacea, el minero más adinerado de la región, Juan Bautista de Lomas, el fondo de 24 títulos del cura incluyó libros de religión, manuales, un catálogo de libros prohibidos y un vocabulario y un confesionario en lengua mexicana.[26] El gobernador de Nuevo León, Martín de Zavala, natural de Zacatecas, fallecido en 1664, quien había estudiado en Salamanca e Italia, formó en 1626 la primera biblioteca de la región, con libros europeos de varias materias. Éstos incluían obras de geografía, historia, literatura clásica y religión; aparecían títulos de Juan de Torquemada (Monarquía indiana), Álvar Núñez Cabeza de Vaca (Naufragios y Comentarios), José de Acosta (De Natura Novi Orbis), Francisco López de Gómara (Historia General de las Indias), Virgilio, Cicerón, Aristóteles y Ovidio.[27] En contraste, en la ciudad de Guadalajara el doctor Manuel Colón de Larreátegui, prebendo de la catedral, y el padre Salvador Antonio Verdín, de la Congregación de San Felipe Neri, albaceas del difunto oidor licenciado José Manuel de la Garza Falcón, en 1664 negociaron la venta de sus 1 130 libros a la Congregación de San Felipe Neri por 3 050 pesos pagaderos mil pesos por año, convirtiendo así la biblioteca en un bien lucrativo, mientras se la mantenía intacta.[28]

La formación de bibliotecas por el clero diocesano y el sector oficial aumentó en el siglo xviii. En 1715 el padre oblato Gerónimo López Prieto, natural de Monterrey y fundador del Colegio de San Francisco Javier, donó su biblioteca al colegio de la Compañía de Jesús, encabezado por el padre Francisco Ortiz, S. J.,acto seguido por un donativo de libros que realizó el gobernador Francisco Báez Treviño.[29] Tomás de Aguilera, cura de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, había reunido 81 títulos en 102 volúmenes antes de su muerte, en 1780. Tristemente, cuando el acervo fue puesto en venta en San Juan, el mercado resultó ser limitado y este fondo de trabajo con sermonarios, moral y derecho, y un Florilegio medicinal, fue remitido a Guadalajara, donde fue descartado por no igualar el valor de los gastos de envío.[30] Entre los funcionarios reales, Vicente González de Santiánez, natural de Granada y gobernador de Nuevo León desde 1781 hasta 1787, mantuvo en Monterrey una biblioteca de libros de ordenanzas, leyes y tratados militares hasta que se retiró de su puesto. Durante el mismo periodo Antonio de la Rígada e Inda, regidor, procurador y alcalde de Monterrey, cuando regresó a España en 1788 declaró que llevaba una carga notable de sus libros personales. Tal vez la biblioteca particular más extensa de la región de la frontera norte perteneció al coronel Juan de Ugalde, caballero de la Orden de Santiago, gobernador de Coahuila de 1777 a 1783 y comandante general de las Provincias Internas de Oriente en 1788. Su acervo, originalmente traído de España, incluía tratados de táctica militar y fortificación, de historia universal y americana; libros de viajes, geografía, y leyes, así como atlas y diccionarios.[31]

En general, además de las materias tradicionales adquiridas en el curso de los años, las bibliotecas novohispanas del siglo xviii incorporaron libros europeos actualizados en los campos de las ciencias, el humanismo, la filosofía y la jurisprudencia. Durante la segunda mitad del siglo las colecciones particulares solían aumentar el número de títulos en francés, italiano y, en menor grado, inglés, incluyendo las obras de los enciclopedistas y científicos en sus ediciones originales. El rápido crecimiento de los títulos dio principio a sistemas de organización y clasificación y a la formación de catálogos. Aunque el acceso a las bibliotecas aumentó notablemente, en términos prácticos sus usuarios todavía eran miembros de los grupos privilegiados de europeos y criollos. La imprenta en el virreinato siguió elevando geométricamente su producción en el siglo xviii, y muchas bibliotecas de los conventos en funciones y de las diócesis, los seminarios y las demás instituciones académicas, crecieron a partir de 1750, la mayoría gracias a la secularización de los conventos en zonas urbanas y la expulsión de los jesuitas. Sin embargo, muchas bibliotecas extraordinarias establecidas durante los dos siglos anteriores quedaron dispersas, perdidas, destruidas y deterioradas, trayectoria que, tristemente, seguirían durante el siglo venidero.[32]

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